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Sobre la existencia

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Dos actitudes son posibles ante el misterio de la existencia. La primera, propia del pensamiento occidental, abarca desde el cristianismo hasta el existencialismo. Afirma que la existencia del sujeto no es algo elegido por él mismo sino resuelto bien sea por los dioses o por el azar con independencia de la voluntad propia. Se viene al mundo por un designio divino o por un accidente biológico. Los dos hechos escapan al escrutinio de la razón. Uno de ellos tal vez será descifrado por el creador metafísico al morir, pero el otro volverá a aquella nada informe de la que se dice haber surgido.
La segunda actitud, proveniente del pensamiento tradicional (la tradición no como una costumbre antropológica sino como una realidad más allá de la genealogía de los pueblos y de las vidas individuales), llamado filosofía perenne, afirma que la existencia es un hecho elegido por el sujeto. Y que se debe a un desafío: conquistar el sentido de esa misma existencia mediante un combate contra las fuerzas del caos y de la mente, contra las fuerzas del tiempo histórico predominante que, como el de ahora, niega todo significado, excepto el material e inmediato, al hecho extraordinario de existir.
Estas actitudes establecen la distinción entre dos tipos de seres humanos: los retóricos, que buscarán su razón de ser entre lo que poseen y lo que obtienen a partir de los dogmas que profesan, y los persuadidos, para quienes el mero hecho de existir ya es la respuesta al enigma de estar aquí, al enigma de por qué hay algo y no más bien nada.
Tal fue, como para tantos otros, la convicción de Albert Camus al sublimar el castigo de Sísifo, “el más hábil de los mortales” según los antiguos griegos, haciendo que éste ame el bloque de mármol que debe subir a la colina una y otra vez durante toda la eternidad. Sólo amando (o aceptando valientemente) nuestro destino podemos vencerlo, darle sentido. Pero amarlo es considerarlo amable, merecedor de amor, así sea una tribulación tan grande como la de aquel rey de Corinto. El sentido está en la aceptación.
Uno podría afirmar con Cyrill Conolly: “En cualquier momento, me desagradó mi persona; la suma de esos momentos es mi vida.” Y aun en tal antipatía existe la serena convicción de que haber sido así tuvo sentido porque nos permite mirar aquellos momentos personales que llamamos vida como un sendero, inevitable cuando fue pero diferente hoy: es algo que ya no es sino que ha sido. El sentido está en el reconocimiento.
El relato de Franz Kafka, “Ante la Ley”, ilustra el mismo dilema: la existencia nos es dada o la existencia es una elección. Un hombre de campo pide ser admitido ante la Ley. El guardián de la puerta que lleva a ella se niega a dejarlo pasar, pero le ofrece un banco y le permite sentarse. Pasan los días y los años, durante los cuales el hombre sufre su destino y después, mientras la vejez lo va cercando, decae entre lamentaciones. Cuando llega el final de su vida y está agonizando dirige una última pregunta al guardián: ¿por qué en todos estos años nadie más quiso entrar? La respuesta es devastadora: “Nadie ha querido entrar pues esta puerta solamente estaba destinada a ti. Ahora voy a cerrarla.”
Ese hombre de campo nunca leyó a Epicteto: “Recuerda lo esencial: la puerta está abierta.” Pero Henri de Montherlant sí, y acaso condensó el tópico de la puerta, el solicitante y el guardián en esta sentencia: “La gente no sabe hasta dónde puede osar sin peligro; si lo supiera se volvería loca de pesar por no haber osado más.” El sentido está en el atrevimiento.
Dicha audacia también es conceptual. Consiste en entender la vida propia como un tapiz tejido por fuerzas invisibles donde el significado está en las experiencias, en los sutiles patrones y las discretas enseñanzas desde los acontecimientos cotidianos. Los antiguos llamaban a esta facultad ciencia de la imaginación o arte de la liberación. Hoy en día esos instrumentos para comprender la verdad existencial son rechazados por la misma gente que se deja burlar por los fabricantes de imágenes políticas y engañar por los productores de publicidad.
El sentido está en la imaginación. Pero va marchitándose la fuerza imaginativa de la gente, esa energía fantástica confirmada por el poeta: hay muchos mundos y están en éste. El hombre ha dejado de ser rey de su mente, “donde permite que corra, fétido río de desperdicios, un flujo de conciencia que tampoco intenta ya dirigir”, escribe Elémire Zolla.
La existencia recibida y la existencia elegida derivan en una tipología humana esencial: los dormidos y los despiertos. Los dormidos viven una vida ajena dispuesta por su creador, por el incomprensible azar o por la ideología. Los despiertos se hacen cargo de sí mismos y reiteran aquella oración última del Ulises joyceano: “…y su corazón golpeaba como loco y sí yo dije quiero sí.” El sentido está en la afirmación.
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Vicente Quirarte

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. La oscura desbandada
Así llamó Juan Antonio de Zunzunegi a la muerte -no me gustan los eufemismos: se nos adelantó, etc.-, que ahora uso para amigos muy queridos, miembros de la república de las Letras. En marzo del año pasado le tocó el turno a Hernán Lara Zavala (1946-2025); ahora, a Vicente Quirarte (1954-2026).
II. El primer taller de cuento
Apenas tenía 20 años cuando quien esto escribe se inscribió a un taller de cuento que él impartió en el Palacio de Minería. En ese taller estuvimos también Alejandro Toledo y Nedda Anhalt.
III. Fra Filippo Lippi: Cancionero de Lucrecia Buti (UNAM, 1981)
Quirarte escribe: “¿Quién puede vivir con gloria en la tierra / cuando el tiempo nos quita el goce eterno? / Por eso no olvido, mi madona / por eso no pidas, mi Lucrezia, / que olvide el viaje por ese océano abierto, / márcame para siempre con tus ojos / y después de la herida nazca el mundo”.
IV. Puerta del verano (Cuarto menguante, 1982)
“Como el amor, el mar / no necesita de nosotros. / Y cuando yo no exista / habré de presentirlo entre los faros, / la esbelta nube blanca que me diga: ‘Alguna vez el mar se duerme entre mis brazos’”.
V. Plenilunio de la muñeca (Loa libros del fakir, 1984)
“Estática, me contempla, y en el último instante de mi razón contemplo su cabello mojado, sus ojos absortos, su boca semiabierta, su garganta, sin la medalla de plata de Notre-Dame de Arles, a cuya blancura se dirigen mis garras”.
VI. Zarabanda con perros amarillos (Les écrits des Forges, 2004)
“Hoy cumplo la edad que tú tenías / la mañana puntual de tu naufragio. / La edad en que Fernando Pessoa / dibujó las colinas de Lisboa / en un tren amarillo”.
VII. Los días del maestro (Conaculta, 2008)
Es un libro de ensayos dedicado a sus maestros: José G. Moreno de Alba, José Emilio Pacheco, Alí Chumacero, Rubem Fonseca, Gabriel Vargas, Manuel Maples Arce… Al frente, el epígrafe: “Al primero en el tiempo, / en amoroso fuego todo ardiendo / el maestro Martín Quirarte”.
VIII. Merecer un libro (Amaquemecan, 2014)
“Cuando Cervantes escribió Don Quijote se valió no de una sino de varias plumas. La velocidad de ejecución de la escritura dependió de la cantidad de tinta que la pluma pudiera contener. El lapso entre su inmersión y su regreso al papel era un compás de espera que permitía la respiración de la prosa, la carcajada de piedad o el desencanto que al autor le causaban seguramente las desventuras y alegrías de su criatura”.
IX. Teoría del oso (ISSSTE, sin año)
“Una nueva lanza tumba al oso cuando el cuerpo del bruto entra en el agua. La herida crece pero es ya compartida. El aire tenso de la noche dice que alguien ama mientras en su propia sangre muere el oso”.
X. La isla tiene forma de ballena (Seix Barral, 2015)
Habla (en la novela) Margarita Maza de Juárez: “Mi esposo amado: No he tenido dolor tan grande como haber perdido para siempre a Pepe, el hijo en quien tantas esperanzas tenías. No dejo de mirar su fotografía, su manita apoyada en el mueble, como si él lo estuviera sosteniendo y no al contrario, tan serio y formal como debes haber sido tú a esa edad, aunque él ya no vista el calzón de manta que tú a esa edad llevabas”.
XI. Luz armada (Joaquín Mortiz, 2019)
Libro dedicado a su madre. Quirarte escribe: “Este es un libro que quiere ser de mi madre. Si vuelvo a cada momento a la evocación paterna es porque mi obsesión por vencer el lado oscuro de la Fuerza no existiría de no ser por la constante lección de la luz de cada día. Luz de cada día. Su inconciencia feliz, su inocencia feroz”. (El libro está dedicado a la mamá de Eusebio Ruvalcaba).
Yo edité en mi editorial, El tapiz del unicornio, el libro de Eusebio Los ojos de las mujeres. Por ello, en la Fonoteca Nacional Vicente y yo presentamos hace unos años los dos libros, el de Eusebio y el de Quirarte. Fue la última mesa que comparti con él.
Estas líneas han pretendido rendir un homenaje, a través de citas de sus libros, a mi maestro y amigo Vicente Quirarte. Vicente: estuvimos juntos en la casa de Aída despidiendo a Hernán Lara Zavala. Ahora me toca despedirte y darte las gracias por tu amistad cómplice. Adiós, amigo.
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Gonzalo Vélez: Entre la fragilidad y la firmeza

Colaboraciones
Héctor Ramírez
“Una burbuja es una pequeña esfera de gas atrapada
dentro de un líquido o un glóbulo de una sustancia en
otra, sin embargo una burbuja también describe un
espacio aislado o una situación frágil que puede
estallar.”
Una definiciónLa pandemia fue una tragedia que nos tocó vivir, no sé si merecidamente o no. La realidad es que a todos nos afectó de alguna u otra manera, pero también es verdad que al parecer nada o muy poco ha cambiado a pesar de lo mal que nos la pasamos en todos los ámbitos: el personal, el social, el económico y un larguísimo etcétera. En un principio creímos que el medio ambiente saldría beneficiado porque fuimos testigos de idílicas escenas que parecían sacadas de la película 12 monos de Terry Gilliam con animales paseando libremente por grandes ciudades desiertas. Solo fueron espejismos que pretendimos esperanzadores.
¿Qué aprendimos de esa brutal y angustiante eperiencia? En lo social parece que muy poco. En un principio todo mundo hizo “buenos propósitos” —como esos que se hacen cada principio de año— y al pensar que esa sería una pesadilla que duraría solo unos cuántos días, los humanos nos humanizamos, después, poco a poco, el aislamiento y la posibilidad de contagio nos empezó a transtornar. El terror nos acobardó y nos obligó a vivir una vida enmascarados, distantes a la fuerza. Creo que aprendimos muy poco porque en la actualidad de nuevo las personas nos pueden estornudar en la cara sin ninguna reserva ni pudor. Las reglas se hicieron para no respetarlas o para olvidarse. La protección nos la tenemos que procurar nosotros porque a los otros poco o nada le importa el hecho de esparcir sus virus.
Los artistas en general y los poetas en particular ya están en condiciones de compartir sus experiencias en este negro periodo del siglo XXI que nos ha tocado sufrir. Es curioso porque son justo ellos (los artistas) quienes generalmente realizan su trabajo en soledad, pero ésta fue tanta y tan grande que en muchos casos los sobrepasó, quizá los paralizó, pero afortunadamente para nosotros hay quienes tuvieron la oportunidad de producir material que nos ayude a comprender mejor y no olvidar tan fácilmente.
Este es el caso de Gonzalo Vélez (CDMX, 1964) quien nos ofrece algunas de sus experiencias pandémicas en un libro de poemas titulado Burbuja. En él nos cuenta algo de lo vivido y nos hace pensar en nuestra propia burbuja cuando escribe: Los viernes fabrico filosofías,/ los lunes se las explico a mí mismo, / los jueves las cargo de simbolismo/ y los domingos las sirvo bien frías. / Duran hasta el martes sin compañía,/ el miércoles se ven como espejismo, / en sábado me abrumo de realismo/ y así me la paso todos los días. Con muy pocas, con poquísimas variantes, nuestras semanas transcurrían de manera muy similar y hacíamos grandes esfuerzos por conservar la cordura. Su bitácora tiene una carga de humor que, seguramente, como a muchos nos sucedió era el recurso que empleamos para no hundirnos en lo patético de una situación que se fue prolongando más y más.
Las burbujas, por su propia naturaleza o composición tienen esa textura que nos remite al vidrio o al espejo. El autor relaciona esto con las experiencias que tuvimos que vivir en ese encierro ya sea frente a un televisor, un teléfono o una pantalla de computadora para tener la posibilidad de encontrarnos con otros seres humanos: Todas las personas son planas/ como el vidrio de las ventanas. Para más adelante en el mismo poema titulado “Universo Digital” afirmar: Sabemos que estamos a salvo/ de este lado de la cámara./ Sabemos que estamos juntos,/ que somos estupefacción compartimentada./ La casa es el nuevo universo. / Afuera, en la calle, está de la chingada.
Ahora que escribo esto consultando el libro de Burbuja, me doy cuenta de su potencia en lo que empatía se refiere. Gonzalo Vélez habla por él y por todos nosotros como en aquel juego infantil en el que se tenía que cantar “uno, dos, tres por mí y por todos mis compañeros” lo cual representaba la salvación. La poesía, la buena poesía, tiene siempre esa potestad reivindicadora y este caso, cuando el tema es uno que todos padecimos, adquiere una significación mayor que no está exenta de contradicciones que “son la nueva naturaleza” como nos lo hace ver el poeta y en esa paradoja entonces se declara: Hoy soy:/ un devoto que no reza./ Soy un depredador hambriento/ que no se come/ a su presa. / Soy un capitalista feroz/ que hizo voto/ de pobreza.
En este poemario el autor es un auténtico bardo que juega con la rima, con lo que aligera un poco la tragedia que vivió, que compartimos y al definirse genera una especie de comunidad pandémica: Hoy me obliga a contemplarme/ cual vulgar/ hijo de tal:/ un individuo residual, / un ser humano parcial,/ un espectador virtual/ del melodrama. Sí, un melodrama en el que el reparto fue la humanidad entera, esa arrogante humanidad que apenas un siglo antes enfrentó la llamada “Gripe Española” y que tuvo el pretexto del desconocimiento, de la ciencia en pañales que unos cuántos años después tuvo la buena idea de organizar una nueva Guerra Mundial para probar que es capaz de exterminarse con armas nucleares. Y de nuevo Vélez reflexiona en lo que todos enfrentamos: Hoy estoy/ embriagado de pasado./ Nueve rostros en el computador/ demarcan los linderos/ de mi vecindario. / Todos juntos le damos forma/ al nuevo abecedario. Esa era nuestra nueva realidad “a distancia” que generó una novedosa forma de trabajar, de estudiar sin conocer a los compañeros de clase, de vernos las caras en una pantalla sin poder reconocernos y el poeta nos propone una salida: Nos ha llegado la era/ de respirar/ profundo:/ Cerremos ahora los ojos./ Inventemos el futuro. / Pensemos nuevas maneras/ con la convicción del olmo/ que da peras.
La Burbuja de Gonzalo Vélez cambia de forma para convertirse en un reloj de arena. Las paredes siguen siendo transparentes, pero no dejan de ser una prisión. El tiempo en la pandemia se enredó entre la física y la filosofía y que, según el diccionario de la Real Academia es “Duración de las cosas sujetas a mudanza.” “Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro, y cuya unidad en el sistema internacional es el segundo.” O bien “Parte de la secuencia de los sucesos.” Ese tiempo que se nos vino encima y a todos nos dejó indefensos, el autor del poemario lo define de esta manera: Perder el aliento/ no tiene sentido:/ es tiempo perdido,/ es cultivar el descontento. / Ahora todo va más lento/ y tengo la cabeza llena./ De mañana un rugido,/ por la noche un suspiro:/ así es el esquema/ de mi cuarentena.
El estar aislados nos desquició a todos. Vélez pasa de la plegaria a lo que él llama “Doctor Elíxir” con un : Tú traes tranquilidad y esperanza/ proporcionas burbuja segura:/ eres signo de confianza. A la inevitable culpa que en un momento todos sufrimos al sentir que el planeta nos estaba pasando la cuenta: El mundo no resistió nuestro asedio./ Todo nos indica que ya no hay remedio./ Nuestra desidia bloqueó la salida./ la necedad acabó con la vida./ Y un vil catarro nos quita de en medio, según lo expresa en otro de sus poemas.
Caminar agarrados de las manos/ es un acto subversivo y lo sabemos./ Caminamos/ a contracorriente,/ queremos creer. Así eran esos días en los que estaba prohibido todo contacto, en los que todos como el poeta estábamos llenos de preguntas: ¿Dónde es hoy?/ ¿Cuándo mañana?/ ¿Es ahora el pretérito o el infinito? Y las caricias no eran otra cosa que nostálgicos recuerdos: Llevo tu beso estampado/ como una cicatriz de ácido./ Soy un acumulador de ha sido.
En “Borbotones de un domingo artificial” es inevitable pensar en los Poemínimos de Efraín Huerta, cuando Gonzalo Vélez escribe: Metido en mi burbuja/ me va a chupar/ la bruja o bien Tu musa,/ Medusa,/ me usa. Por su sentido del humor, por la exactitud de las palabras, están definitivamente emparentados: Ya lo ves, tía:/ yo a la vez a la bestia/ vestía. Se aligera el tono y se convierte en declaración de principios: Con esta vida artificial/ me vuelvo cada vez/ más animal. El juego de palabras pasa a ser una especie de postulado filosófico: Amar a la distancia/ ya no es/ lo que era antes.
Burbuja es un libro imprescindible, un recordatorio necesario de mucho de lo que vivímos/padecimos en la era de la pandemia. Vale la pena mencionar aquí la pulcra y muy bien resuelta edición de Editorial La Tinta del Silencio con una estupenda portada obra del pintor Hugo Vélez, que renuncia a la perfección de una burbuja tradicional y se convierte en una masa extraña, violenta, ajena como lo fueron esos años de pandemia y que adquiere todo el sentido al leer el libro. De la misma manera las ilustraciones en interiores tomadas del cuaderno de dibujo de Gonzalo Vélez, los cuales bien podrían definirse como galimatías gráficos que representan ese asunto oscuro, de confusión y extraña estructura que le significó a él y, me atrevería afirmar que a todo el mundo, el terrible encierro por la llamada “emergencia sanitaria”.
Gonzalo Vélez. Burbuja. Colección Peces del viento, número 10. Editorial La Tinta del Silencio. Ciudad de México, 2026.
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Una rupia en Gales

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Daisaku Ikeda, un historiador del budismo histórico, alude a la investigación del profesor Kenshi Hori, quien leyó una reflexión de Schopenhauer que determinaría los siguientes treinta años de su vida: “Algún día, un estudioso de la Biblia que también esté versado en las religiones de la India logrará, fundándose en pruebas ciertas y detalladas, mostrar las conexiones que hay entre el cristianismo y esas religiones”.
Hori trabajó en ello por décadas hasta demostrar la existencia de una región central vinculada por intercambios e influencias mutuas, que iba del Mediterráneo hasta la India y en la que habían surgido el budismo y el cristianismo —“productos del mismo mundo”, escribe Ikeda—, la cual quedaba confirmada entre otras pruebas por la obtenida en una expedición francesa a Afganistán en 1958 que descubrió la inscripción tallada en piedra de un edicto del rey budista Asoka en griego y en arameo, la lengua corriente en Palestina cuando Jesús, quien así pudo haber conocido el budismo y verse influido por algunas de sus enseñanzas.
El concepto budista del bodhisatva, aquel que hace el voto de postergar su iluminación definitiva hasta salvar al último de los seres sintientes, y la práctica monacal de los esenios, una secta de la que Jesús se presume que formó parte, se han visto como influencias provenientes de la doctrina budista en el cristianismo.
Diversos autores citados por Ikeda afirman que un número importante de fábulas, leyendas y cuentos de hadas occidentales habrían tenido su origen en el budismo de fuentes hindúes: “Además, la famosa parábola del hijo pródigo, como se ha hecho notar con frecuencia, guarda un paralelo casi exacto con el Sutra del Loto”.
Hay constancias físicas de esas conexiones y vínculos: en Europa septentrional se han excavado restos de monasterios budistas y una pequeña estatua devocional de Buda fue descubierta en Suecia. La sugerencia de que el budismo pudo haber llegado a Inglaterra antes que el cristianismo proviene de la mención hecha por Orígenes en el siglo segundo de la era cristiana: “En la isla, sacerdotes druidas y budistas habían propagado ideas relativas a la unicidad de Dios y por esa razón los habitantes ya estaban inclinados a él”.
En el emplazamiento de una antigua ciudad romana en el sur de Gales fueron encontradas muchas monedas de la época, entre las que estaba una rupia proveniente del reino de Milinda o Menandro, quien dominó desde la India Central hasta partes de Afganistán durante el siglo segundo. Milinda, después de conquistar militarmente su amplio reino, dedicó su interés al pensamiento hindú y a los debates filosóficos. No hubo quien pudiera igualarlo en tales disciplinas hasta que llegó a Shakala, la capital del reino, el monje budista Nagasena, cuyo nombre significa en sánscrito “elefante”, un preciado animal de alto valor simbólico y práctico para Oriente.
El monje era un adversario retórico temible según el texto pali que registra el histórico encuentro. Descrito con el florido estilo de la época —“Imperturbable como las profundidades del mar, inconmovible como el rey de las montañas; vencedor en la lucha, disipador de tinieblas y difusor de luz; vigoroso en elocuencia, confundía a los discípulos de otros maestros y aplastaba a los adeptos de doctrinas rivales”—, su notable destreza argumental era ampliamente reconocida a pesar de su juventud.
Nagasena y el rey son dos filósofos que debaten representando al budismo uno y a la razón occidental el otro. A petición del renunciante budista, Milinda acepta debatir como sabio, mediante argumentos, y no como rey, imponiéndose por la fuerza. El monje al fin convence al soberano de que el budismo representa un sistema de vida y una interpretación de la realidad superiores, y lo convierte a esa forma de vida.
“El tacto tiene memoria”, escribió Baudelaire. Si la moneda del reino de Milinda en Gales pudiera contar la historia de todas las manos por las que habría pasado —apenas esbozadas por Ikeda: su presencia en el surgimiento de la transformación doctrinal budista mahayánica, como limosna de un mercader a un monje en ruta misionera hacia el oeste, como testigo silencioso de la muerte de un mesías en Palestina, como ganancia de una transacción comercial y luego adquisición de un coleccionista romano, quien la atesoró donde fue hallada—, esa relación de intercambios permitiría seguir el destino trashumante del budismo propagado a través del destino humano que desde el amanecer de los tiempos ha empujado a los hombres al viaje y al movimiento, a dar a conocer la revelación de la verdad.
El círculo de metal ágil entre dedos ávidos, indiferentes, furtivos, piadosos, apresurados y ansiosos que poco a poco gastaron sus bordes, casi borraron sus inscripciones y abrillantaron sus caras, contiene la memoria de tantos tactos, el sudor o la resequedad, la suavidad de las manos que la poseyeron, los sitios donde fue intercambiada, los servicios y objetos que significó. ¿Quién hará su historia, quien la usará de caleidoscopio literario como el denario del sueño de Marguerite Yourcenar, y haciéndolo cantará sus avatares?
Una humilde rupia (rûpyakam = moneda de plata) confirmará la tesis de Schopenhauer, que sugiere ser de doble vía: la India budista fue a Inglaterra e Inglaterra regresó a ella. Es una hipótesis histórica más verosímil que el aislamiento cultural autista porque el dios Shiva crea el mundo danzando y toda danza es un intercambio, desde una moneda hasta un cometa. Los viáticos humanos quedan entonces condensados. Una rupia desenterrada en Gales es su reiteración.
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El polen del universo

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Leyó la frase y recordó su procedencia milenaria, el Mahabharata hindú: “El tiempo es el polen del universo”. No había podido, en cambio, recordar el término “sobriedad” cuando instantes atrás lo buscó en su mente. La edad dificultaba ciertas sinapsis que a últimas fechas iban apareciendo con retraso. Eso era la vejez: retrasos. O apresuramientos hacia el final.
Pensó en las estrategias de sustitución vinculadas a un placer delicado y apenas conocido que requería irse probando mediante pequeños sorbos, como se muestra la belleza verdadera o se domina la auténtica plenitud. No de inmediato sino poco a poco hasta establecerse indudable su tersa condición: la sobriedad, droga de todas las drogas. Como aquel poeta, ahora amaba las mañanas, el centro de las cosas, la claridad. Una flotante claridad.
Sin ser convocado vino a su recuerdo un hermoso cuento de un talentoso escritor cuyo protagonista era un niño que llamaba a sus canicas con nombres cósmicos: Tierra, Luna, Sol, los únicos tres que escolarmente conocía, y a las otras Neón, Centella, Bengala o Gato. Un misterio el de los nombres, el enigma lingüístico del nombrar. El ser y el enunciado, la summa de las palabras y la realidad.
Todo acto cognitivo, afirman los sabios, es básicamente un acto de lenguaje. Entonces ningún acto hermenéutico es mudo y toda epistemología representa un acto del habla, del pensar en lenguaje porque no hay otro pensar donde la conciencia se perciba a sí misma —lo siguiente, la supra conciencia, está más allá. De tal manera que postular al tiempo como el polen del universo era un alcance biográfico y un ejercicio del reconocimiento: avances verbales del ir viviendo para al fin terminar.
La memoria, entidad arbitraria, le hizo considerar una historia antigua: la de un tal señor Aldaco, quien entraba desnudo en una cueva y ahí se quedaba durante días para indagar el origen del lenguaje. Nunca lo encontró pues ese comienzo es trascendente, adviene de alguna otra parte y no obedece solamente a razones funcionales como el empleo de herramientas, la ingesta de proteínas o la socialización. Y Aldaco ya sabía hablar.
Sonrió ante la imagen mental de aquel ingenuo y aterido explorador de la casa del conocimiento buscando lo que no puede encontrarse, como si un pez indagara por el agua donde está. El lenguaje es el polen de la conciencia, la fecunda y la articula, la elabora y la multiplica. El lenguaje es la casa del ser.
Así obtuvo tres referencias. La primera, que un escolástico del siglo XI explicó el paganismo panteísta como un error gramatical tenebroso provocado por el plural de la palabra “divinidad”. La segunda, que la historia del pensamiento era la historia del lenguaje. La tercera, que cuando se escribió el poema fundacional del Cid la palabra “recordar” todavía significaba “volver en sí”.
Volvió en sí mediante el recuerdo, volvió a sí. Especuló que habría una gramática de la verdad en la memoria, aunque ella se hiciera de palabras justas o verdaderas o imaginarias o ideales o posibles o deseables o múltiples, estratificadas una y otra vez en una arqueología de la vida sucedida como esa flor de la harina que el polen simboliza en latín. Y la noción de alcanzar algo escondida en ella. Una mera fonética: po-len, po-tencia, po-der, po-sibilidad.
El paso de la palabra a la realidad, dicen los hindúes, es el sphota, la abertura o el brote. Y los nombres no son ni los hermanos ni los hijos sino más bien los padres de los objetos sensibles. Siempre se habla en el nombre de algo, y al enunciarlo una intangible cortina de fuego demarca lo perecedero de lo imperecedero.
De ahí que el acertijo homérico de Ulises mañero, el mago lingüístico: “Mi nombre es Nadie”, haya bastado para derrotar al cíclope, porque lo que no tiene nombre no tiene sustancia tangible ni guarda ninguna responsabilidad. Quizá apenas comenzaban a abrirse las zonas selladas de su psique. Buscó sentido a esa corazonada, lo mismo que a una idea súbita (la primera idea es la mejor idea): terminar era comenzar, de ahí que la vejez no significara caducidad sino persistencia, aquello durable que participaría de la eternidad.
Paradoja de lo próximo o el niño que se oculta en toda ancianidad, este polen germinal del tiempo ensanchaba un espacio que prometía concluir expandiéndose y que anunciaba expandirse al concluir. Un lapso que no se crea, no se destruye, sólo se transforma. Y su materia es la palabra. De tal modo que entrar a la muerte con los ojos abiertos, y antes a su prefacio, los últimos años de la vida humana, era una mera perspectiva del lenguaje, un modo preciso y distinto del decir o envejecer con dignidad.
Se contó su vida a sí mismo con cruda dulzura. La raíz griega de la palabra tiempo es temnó: yo divido, yo corto. A contratiempo, el sumó y restauró. Invocó la fórmula donde la eternidad se oculta en un grano de arena: “Había una vez…”.
Y en el final comenzó.
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La anticipación decadente y el duelo

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
A la banda de Concordia
- Paul Auster: la anticipación decadente
Judío neoyorquino (1947-2024). En su trilogía Historias de Nueva York (Ciudad de fantasmas, Leviatán y Una habitación cerrada) encontramos una empatía hacia la alteridad, hacia el otro; el conceder un gran valor al azar en las relaciones amorosas y el hecho de ser un cronista del instante feliz, que fácilmente se desgarra y se fragmenta.
Su novela Baumgartner nos describe la vida del profesor de filosofía del mismo nombre -alterego de Auster-. Nos cuenta sobre Anne, la mujer con la que vivió feliz durante décadas, hasta que ésta -nadadora experta- entra al mar para nunca más salir. A partir de allí, comienza la lenta descomposición de Baumgartner.
Pasan los años y encuentra a otra mujer -Judith-. Después de mucho pensarlo, se anima a platicar con ella y le dice que le gustaría tener más de lo que ahora disfrutan (es decir, quiere casarse). Ella le responde que está bien así como están, que disfruta mucho su libertad. Él entiende que ella no quiere casarse con un hombre maduro que está entrando a la senectud, y que esa fue su última oportunidad para no morir solo. “La razón por la que este asunto es más urgente para él que para ella es porque Judith tiene más tiempo que él, y según su interpretación de la palabra tiempo, lo más probable es que él se muera antes de que ella llegue a decidirse alguna vez”.
Sin embargo, aparece una estudiante de literatura que quiere trabajar sobre la poesía de su primera mujer y hacer una estancia en la ciudad donde vive Baumgartner, quien le ofrece un espacio en su casa y se entusiasma ante su arribo. Poco antes de que ella llegue, ocurre un suceso inesperado y…
Baumgartner es la historia de la anticipación de la muerte del propio Auster. Aunque utiliza ese apellido, es claro que se refiere a sí mismo y por supuesto, a su mujer, la estadounidense de origen noruego Siri Hustvedt.
2. Siri Hustvedt: el duelo
Historias de fantasmas es un libro que comienza a partir de la muerte de Paul Auster y que recuerda su relación, desde el momento en que se conocieron, a partir del cual, después de una pequeña indecisión de parte de él, los llevó a compartir la vida.
El libro incluye cartas que se escribieron entre ellos, así como las que el abuelo Auster empezó a escribirle a su nieto Miles -que resultaron ser unas cuantas- menos de las que Auster había pensado.
La dura introspección que hace Siri en este libro nos permite asomarnos al vacío en que se convierte un duelo; la dificultad para vivir sin el ser amado y, sin embargo, la resilencia que hace posible seguir viviendo con ese vacío.
“Paul estaba enfermo cuando terminó su última novela, Baumgartner. El protagonista viudo de Paul utiliza la amputación y el miembro fantasma como metáforas para describir el duelo por su esposa, Anna, fallecida hace nueve años. (…) El 27 de abril Paul dijo que quería volver como fantasma. Estoy contando historias de fantasmas”.
3. Paul y Siri
Los dos libros mencionados describen la unión improbable entre un judío neoyorquino y una estadounidense de ascendencia noruega y luterana. Describe también cómo en cualquier relación, el esfuerzo por entender al otro viene con un paquete de inseguridades y egoísmos de parte de cada uno. Es emocionante y amenazador.
Tanto Paul como Siri tuvieron relaciones anteriores y, en un principio, cuando estuvieron en una suerte de limbo sin compromisos, quizá tuvieron otras relaciones simultáneas. Lo sabemos de él, no de ella porque no lo cuenta y Paul no quiso preguntarle.
Siri fue atestiguando el deterioro físico y cognitivo de él. No hay duda: el precio que paga el sobreviviente es muy elevado. El que se va… se fue.
Pero es duro ver venir a la muerte, que es lo que nos cuenta Baumgartner.
Las dos obras dialogan entre sí. Él ganó el premio Príncipe de Asturias y ella, años después, el Princesa de Asturias. Los dos fueron íntimos amigos de Don de Lillo y de Salman Rushdie. Baumgartner e Historias de fantasmas son dos estupendos libros sobre la despedida y la memoria, que permiten -además del gozo de la lectura-, que reflexionemos sobre la fragilidad de la vida y la fortaleza del recuerdo.
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Preso en Milán

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Peripecias y reconocimientos componen el argumento de toda tragedia, como la que sigue. Un hombre, adulto joven, investigador y docente en una universidad del interior, viaja a Italia para visitar a su mujer de esa nacionalidad y a sus dos pequeños hijos. Cuando baja del avión en Milán, cargado de regalos, es detenido, cumpliéndose así una denuncia penal que ella ha interpuesto contra él sin informárselo. Peripecias: el paso repentino de una situación a su contraria.
La esposa ya llevaba meses en su tierra, a la que había regresado huyendo de los maltratos del marido. Sería ocioso preguntarse cuán graves fueron éstos porque siendo los que hayan sido, eran. Y en el contexto de la disputa matrimonial había alcohol, pócima necesaria para que el monstruo masculino despierte. Un antiguo dicho romano aseguraba que beber vino y no golpear a la mujer era como acudir a un circo donde no hay leones. Extraña simetría: el alcohol, la droga del ego, y la violencia contra las mujeres.
La tragedia trata de acciones, no de caracteres. De tal manera que la acción de este hombre habla por sí misma y lo condena. La dura ley. Además, preso en el extranjero. Algunas versiones afirmaron que la esposa estaba arrepentida de su denuncia y las consecuencias con ella desencadenadas. Pero la justicia no toma en cuenta que los estados mentales que determinan la conducta son transitorios: un solo acto puede determinar la suerte de un sujeto.
Y éste fue encerrado en una cárcel que luego de tres años de cautiverio llamaría “un verdadero infierno”, en una carta enviada a sus íntimos: “a los crueles suplicios de toda clase, como estar atrapado entre los barrotes 22 horas al día, hay que añadir el odio, las venganzas, las calumnias, palabras indecentes, todo tipo de maldiciones, peleas, actos perversos, juramentos injustos, muerte ‘naturales’, innaturales, suicidios, angustia, soledad inconmensurable”.
Reconocimiento: cuando el personaje pasa de un estado de ignorancia al de conocimiento y gracias a ese tránsito logra hacerse cargo de, o cuando menos comprender, su situación. Tal fue la causa por la que este hombre se declarara culpable ante el juez de los delitos que le imputaban. Esa actitud desconcertó a un alto funcionario que viajó hasta allá para dar testimonio jurídico del buen del impecable desempeño laboral y la buena fama pública del investigador.
La carta confirma dicho giro, un tercer elemento de la trama, además de las peripecias y el reconocimiento: lo patético, la acción dolorosa que se representa. Rimbaud dijo: yo es otro. Este hombre dijo: yo soy culpable. Tal comportamiento corresponde a lo que toda tragedia completa busca, la catarsis, la purificación de las pasiones del protagonista.
Esa acción, purificarse, este hombre la asumió como una conversión al cristianismo. “El motivo de esta carta es muy simple: hacer eco a la voz de la esperanza. Estoy convencido de que todos nosotros somos constructores inaplazables de un mundo nuevo”, escribe al comienzo de sus páginas manuscritas. Después cita un dicho árabe: “Si quieres trazar el surco justo sobre la tierra, apunta tu arado a una estrella”, para añadir, devoto y no metafórico: “Yo agregaría: esa estrella se llama Jesucristo”.
Amor, compasión, caridad, Ratzinger el teólogo, Tomás de Aquino, citas bíblicas y latinas, un místico de la tradición ortodoxa, dos beatos, uno de ellos vietnamita, entre otras menciones etéreas de salvación componen la mayor parte del mensaje, cuya tendencia metafísica pareciera quitar tensión al tema, pero no es así: “ningún hombre está perdido”, escribe.
Quizá es extramundano el dios que este hombre invoca. Quizá si lo asumiera como intramundano describiría con detalles (peripecias) la experiencia de permanecer en una prisión extranjera por más de mil días y encontrar ahí la presencia divina. Afirmar esto resulta injusto: a un texto nada ajeno al mismo se le debe pedir.
Los maestros narradores enseñan que sobre el protagonista de un relato no debe decirse que está triste sino en vez de ello mostrar esa aflicción. Sin embargo, el lenguaje, elusiva sustancia transpersonal, tiene lógica propia y ella es empecinada. Súbitamente así, sin anunciarlo, luego de exponer todas sus hipótesis de esperanza, la carta deriva hacia confesiones personales que no se extienden porque, según afirma su remitente, “parecería que escribo para llorar y desahogarme”.
Menciona brevemente a algunos “amigos musulmanes”, a un sacerdote que lo conforta y a sus hijos, a quienes hace años no ve. Reitera su amor por familiares y amigos, porfía en su fe cristiana —la que define como un hábito— para cumplir el orden riguroso que guarda la tragedia. Cuando salga del cautiverio, porque saldrá, este hombre habrá ganado todo habiéndolo perdido todo.
La gracia acude hasta el final en las tragedias griegas, la sucesión de acciones, no de caracteres. Tal vez pueda haber tragedia sin caracteres, pero nunca sin acciones. Este hombre está en su celda y desde ahí escribe una carta de anunciación, mensajero de una buena nueva. ¿Sabrá que al escribirla y enviarla él mismo liberó su alma? ¿Qué llegó hasta la cárcel para vivir esa experiencia y escribir esa carta? Toda tragedia deja explicaciones inconclusas, cabos sueltos, vectores abiertos, potenciales historias que son otras historias.
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Sucesos culturales 1988-2024

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
El Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura, GRECU, comandado por Eduardo Cruz Vázquez, acaba de publicar este libro, que repasa los eventos más importantes relacionados con los artistas y las políticas culturales, dividiendo este tiempo en sexenios. Veamos.
- 1988-1994
- Aparece el periódico Reforma.
- Inicia la FIL de Guadalajara.
- Nace el Museo Amparo, en Puebla.
- Inauguración del Museo Dolores Olmedo en La noria, Xochimilco.
- En La Ciudadela se inaugura el Centro de la Imagen.
Eduardo Nivón recuerda la creación del CONACULTA y los problemas derivados de su legalidad frente al INBAL y el INAH, así como la polémica sobre el Encuentro Siglo XX: la Experiencia de la Libertad, organizado por Vuelta y el Coloquio de Invierno, por Nexos. Alejandro Ordorica describe la creación en 1985 del Programa Cultural de las Fronteras, que dirigió durante varios años. Celso José Garza recuerda la creación en 1991 del Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO), en 1991. María Dolores Repetto recuerda la inauguración, en 1990, del Instituto Cultural de México en Washington, así como la exposición México: esplendores de treinta siglos, mientras que Francisco Moreno recuerda cómo se recuperó como recinto cultural el Colegio de San Ildefonso.
- 1994-2000
- Nace Zona MACO.
- Adopción de la Convención sobre la Protección y Promoción de las Expresiones Culturales de la UNESCO.
- Inicia el Festival Internacional de Cine de Morelia.
- Se crea la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).
- Se edifica la Biblioteca Vasconcelos en la Ciudad de México.
José Antonio McGregor recuerda la creación de la Dirección General de Culturas Populares, que dirigieron, entre otros, Guillermo Bonfil y José del Val. Eduardo Vázquez Marín celebra la aparición en 1997 del Instituto de Cultura de la ciudad de México, a cargo de Alejandro Aura, así como la aparición de la Fábrica de Arte y Oficios, mejor conocido como el Faro. Rael Salvador habla de la muerte de Octavio Paz y de la aparición de los libros que sobre su obra escribieron Christopher Domínguez Michael y Malva Flores.
- 2006-2012
- Se inaugura la Fonoteca Nacional.
- Se promulga la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro.
- Inicia actividades el MUAC.
- Se remodela la Cineteca Nacional.
- Abre sus puertas en Bogotá, Colombia, el Centro Cultural Gabriel García Márquez del FCE.
Teresa Vicencio recuerda la creación del Centro Cultural Tijuana (CECUT) y la creación del Fidecine. Marco Antonio Silva recuerda cómo apoyó a un joven talento de la danza, convertido ya en una figura internacional: Isaac Hernández. Virginia Bautista abunda sobre la creación de los Centros de las Artes en Guanajuato, San Luis Potosí y Oaxaca, entre otras entidades. Edgardo Bermejo describe el impulso a la cultura que realizaron los agregados culturales en muy diversos países. Menciona también que este sexenio fue un periodo floreciente para la inscripción de sitios mexicanos en la lista de patrimonio cultural de la humanidad de la UNESCO. Andrés Webster describe los tres ejes de la gestión de Consuelo Sáizar al frente de Conaculta: la promoción de una agenda digital, el fortalecimiento de la infraestructura cultural y la transformación de la Biblioteca Nacional para albergar la adquisición de bibliotecas particulares de grandes escritores.
- 2012-2018
- Se inaugura el Museo Internacional del Barroco en Puebla.
- Inauguración del Museo Jumex.
- Nace la Red de Librerías Independientes (RELI).
- Inicia actividades la Casa de México en España, en Madrid.
- Se promulga la Constitución Política de la Ciudad de México, convirtiéndola en un Estado de la Federación.
Leonardo Sarabia recuerda la presencia en la cultura mexicana de Carlos Monsiváis y la apertura del Museo el Estanquillo, en 2006, que alberga sus colecciones. Nubia Martínez señala la importancia en la cultura del Centro Mexicano para la Filantropía y de las distintas organizaciones sociales. Fernando Gómez Pintel puntualiza la importancia de la Cuenta Satélite de la Cultura. Silvia Isabel Gámez recuerda la doble gestión de Rafael Tovar y de Teresa al frente de Conaculta, que terminó con la creación de la Secretaría de Cultura.
5. 2018-2024
- La Residencia oficial de Los Pinos se convierte en complejo cultural.
- Se crea el Programa de Cultura Comunitaria en la Secretaría de Cultural Federal.
- Aparece el libro Miriam Kaiser, una guerrillera por amor al arte. Atisbos de la gestión cultural en México, de Angélica Abelleyra.
- Abre el Museo Kaluz en la Ciudad de México.
- Muere Francisco Toledo.
Paulina Castaño Acosta pone el dedo en la llaga al hablar de los recortes presupuestales en el campo de la cultura y la extinción de fideicomisos del sector. Sandra Ontiveros habla de la creación de las UTOPÍAS y los PILARES, nacidos en Iztapalapa y hoy con réplicas en toda la ciudad de México. Sonia Sierra cuestiona la pertinencia del Proyecto Chapultepec, diseñado por el artista Gabriel Orozco. María Helena González reflexiona sobre la nueva Museología, que pretende crear narrativas para una mejor interacción y reflexión de los visitantes a los museos. Susana Harp señala cómo, en su gestión como Senadora, impulsó el reconocimiento de los afromexicanos y nuestra herencia indígena.
La recopilación que nos propone Sucesos culturales 1988-2024 es muy valiosa para continuar el debate sobre las políticas culturales. Felicito a su compilador -Eduardo Cruz Vázquez-, recordando que en un lejano pasado fuimos becarios Salvador Novo del Centro Mexicano de Escritores, junto a Estela Leñero y Alejandro Toledo. ¡Larga vida al Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura (GRECU)!
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Cuerpo desollado. ¿Para qué la carne si mi espíritu es libre?

Colaboraciones
Siegrid Wiese
“La poesía es hacer caso al llamado de las cosas, sucede justo en el espacio que hay entre la realidad corpórea y el entendimiento del espíritu”, me dijo Araceli Mancilla al preguntarle sobre la poesía.
Pensé en esto antes de leer Un carretón de gitanos y visualicé ese espacio exactamente donde los extremos se tocan, donde uno se queda suspendido como gota de agua que no obedece a la fuerza gravitacional.
Entiendo que la vida en los sueños está construida por el inconsciente, en el albedrío que logra navegar en el todo. En cambio, el consciente está encerrado en carne y huesos, en un cuerpo funcionando efímeramente como un mero instrumento de transición.
El tema de los sueños, presente en mi vida, se ha hecho notar como una mano que se mueve eufórica en el lejano horizonte de un mar agitado; es por eso que leer la poesía de Araceli de la otra vida de los sueños me hizo viajar para llegar hasta donde estaba esa mano y descubrir que el ser que me llamaba desesperadamente era yo misma.
Considero a los sueños comodines, que se ajustan a lo que cada quien necesita saber. Yo creo que son vida, porque escucho su latir en cada poema de este libro.
En Un carretón de gitanos Araceli logra expresar el trasfondo de “la otra vida” en un lenguaje vital donde hay ojos, oídos y piel encontrando un sendero escondido que nos lleva hacia adelante, hacia lo búsqueda del Yo. La poesía de los sueños descifra un secreto universal: la poeta nos presenta el valioso abecedario del adiós, ese “huir hacia adentro” como una clave de libertad.
El cargamento que logramos traer de la vida espiritual a la vida física lo nombramos con la palabra Arte. La autora cruzó aquel umbral cargada de vida innombrada, de esa vida que no tiene testigos ni recuerdos para quitarnos el enfoque encasillado de la vigilia, logrando provocar un Colapso interno, pero que parece dejar intacto todo por fuera:
Lo conocido que es ajeno y huele a café, casas, camas, amantes, lluvia, sombras, la luz como guía, rostros cambiantes, cadenas humanas, cimas, construcciones mampuestas, las formas rectangulares cuadriculadas que aparecen cuando tallo mis ojos también están ahí, incluso logra abrir la ventana enamorada y traer a mi muerto a la vida.
Despierto cuando duermo.
Mi cuerpo en reposo da paso a una realidad ámbar.
El agua de mi cuerpo se suspende, mis venas se aprietan contra espejos rotos
No logro escuchar mi voz, el eco retumba en la llaga
Estoy pero no me veo
Mi cuerpo es una caja de cristal como la habitación de los amantes.
La máquina de carne abre caminos de sangre arena.
¿Dónde estoy?
Como tierra y mi boca se seca
Vivo mi muerte más de 3 veces
Juego con la idea y vuelvo a morir
Vivo y me burlo del Inexistente vacío… salto de un tercer piso.
Valiente eres Araceli por desollarte, por dejarte viva la carne y caminando con más fuerza que nunca. Así, nos dejas lamiéndonos la piel como animales hambrientos de verdad.
Oaxaca, julio de 2026
Este texto fue leído por su autora en la presentación del libro de Araceli Mancilla Un carretón de gitano (O la otra vida de los sueños). Coedición de 1450 Ediciones y Editorial Almadía, Oaxaca, 2026.

