Morfema Cero

  • Disonancia cognitiva

    Disonancia cognitiva

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Greta Thunberg, líder del movimiento juvenil que ha conmocionado al mundo, acusó a los dirigentes políticos de padecer disonancia cognitiva ante la crisis ecológica posmoderna que cada vez más parece ser terminal. 

           El vocablo lo acuñó Leo Festinger hace décadas al describir el intento de la psique humana para alcanzar consistencia interna a pesar de sus contradicciones, tratando con ello de armonizar ideas, creencias y emociones que se oponen entre sí. Aceptando además la mentira como una verdad. Descubrió que las personas llegan a racionalizar esta disonancia, que se establecen cognitiva y moralmente en ella e internamente viven separadas. Su mente y su conciencia representan un yo desintegrado. 

           Miles de años antes del psicólogo moderno, el legendario Emperador Amarillo que unificó los reinos de China llamó al sabio Confucio para preguntarle cuál debería ser la acción esencial de su gobierno. El maestro le aconsejó la corrección de las denominaciones: llamar a las cosas por su nombre, actuar entonces y sentir en consecuencia. Decir, hacer, sentir. Armonizar, consonar, acordar. Los antónimos de la disonancia.

           La áspera impaciencia de los movimientos emergentes, desde los niños y jóvenes que exigen detener el ecocidio y salvar el planeta hasta las violentas feministas anarcas y antipatriarcales, obedece a un sentido de urgencia y hartazgo. No es lo mismo la sequedad imperativa de Greta Thunberg que la diplomática dulzura de Malala Yousafzai. Urgencia ante la evidencia de que ya no hay tiempo. (“No nos quedan más comienzos”, escribe Georges Steiner.) Hartazgo ante la misma retórica política repetida una y otra vez.

           Las ciencias cognitivas aluden a lo que llaman nivel de representación. Afirman que entre el nivel neuronal y cultural de toda persona hay un nivel de representación que actúa en la mente de todos. No se puede ver ni tocar porque se compone de nociones, esquemas, ideas, símbolos, entidades mentales. Este es el terreno de lo descompuesto, de la disonancia cognitiva y sentimental. La crisis cultural y la muerte de la civilización occidental sucede en dicho nivel de representación.

           ¿Se conmueven los políticos cuando se enteran de que han sido fustigados así por una jovencita cuya legitimidad humana es más alta que la de ellos? Antes de su condición: ser actores y ambicionar el poder, los dirigentes políticos debieran mostrar el mismo instinto de sobrevivencia, el mismo impulso vital que cualquier persona. Esto no es posible porque son producto de otra disonancia cognitiva, la del egoísmo nihilista de un sistema económico abstracto y al fin suicida que sólo busca la rentabilidad en el corto plazo y emplea a los políticos como administradores de sus intereses. Constituye la crisis del principio de realidad.

           El capitalismo es estructuralmente ecocida y su asombroso desarrollo desde la revolución industrial hasta nuestros días se ha basado en la explotación irracional de los seres humanos y del planeta. Hace años ya que James Lovelock, pionero ecológico que bautizó al gran sistema viviente, complejo y autoconsciente de la Tierra como Gaia, diosa mítica igual que Khali o Némesis, una madre cariñosa o extraordinariamente cruel hacia los transgresores, citó las palabras del ambientalista y diplomático inglés Sir Crispin Tickell dichas en un discurso que pronunció en 2002.

           Tickell señaló entonces que la ideología de la sociedad industrial, basada en crecimiento económico, niveles de vida cada vez más altos y fe ciega en que la tecnología lo arreglará todo, incluido el mismo desastre ecológico que ha causado, era insostenible en el mediano plazo. Y propuso trabajar para construir una sociedad humana donde la población, el uso de los recursos (horrible eufemismo cosificante para referirse a los pródigos bienes de la naturaleza), el procesamiento de los residuos y el medioambiente fueran balanceados.

           Exigió ver la vida sobre todo con respeto y asombro. Construir un sistema ético en el cual el mundo natural tenga valor no solamente como algo útil para el bienestar humano sino por sí mismo. “El universo es algo interno además de externo”, dijo Tickell al hablar en la catedral de Portsmouth hace diecisiete años.

           Sobrevivir significa reducir. De ahí que Lovelock hable de una urgente retirada de la insostenible posición a la que hemos llegado por el uso inapropiado de la tecnología: retirarnos ahora, proponía años atrás, cuando aún tenemos energía y tiempo. El talento de un general se mide, escribió, por su capacidad de organizar con éxito una retirada. Pero los nuestros sufren de disonancia cognitiva.

           La febril compulsión del sistema de consumo y sus usuarios no permite esta urgente hiperpolítica (política para los últimos) de la frugalidad. Los mixes hablan de dos formas de la riqueza: a) la acumulación patológica, b) la reducción drástica de la necesidad. La primera es el modelo, el nivel de representación que ha provocado el estado de las cosas. La segunda se convertirá en una estrategia de sobrevivencia vital. Abreviar, disminuir, simplificar. Renunciar. Al fin, diría el filósofo, basta muy poco para ser feliz. 

           La velocidad del tiempo aumenta, los fenómenos se multiplican y lo impensable ocurre. Las mismas analogías que se han hecho con la edad oscura, cuando las órdenes religiosas conservaron en discretos monasterios la esencia de la civilización, son posibles ahora en cierta medida con los anti retóricos e impacientes jóvenes que protestan. Ellos son, junto con los heroicos y perseguidos ambientalistas de todas partes, asesinados metódicamente por los intereses capitalistas depredatorios, los custodios de la metamorfosis civilizacional, la cual para suceder debe sobrevivir a los desastres.  

           No es entonces que sean tiempos de malos modales, sencillamente son de áspera claridad. A las cosas se les dice por su nombre. Catástrofe etimológicamente significa “vuelco”, “ruina”, “desenlace fatal”. Esa gran tribulación con sus sombrías consecuencias que hace doscientos años comenzó.

  • Madame Borges

    Madame Borges

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

          1. La metaliteratura

          Es la literatura cuyo objeto es la propia literatura; es decir, se trata de obras que hablan de libros, de la lectura, de la escritura o del oficio de escribir. Me encantan las novelas que refieren a otras novelas, si bien no siempre o casi nunca el resultado es tan bueno como el modelo.

          Ejemplos notables son Monsieur Bovary, de la novelista italiana Laura Grimaldi, donde la autora convierte la novela de Flaubert en una relación amorosa entre Charles Bovary y Justin, el aprendiz del farmacéutico o Mademoiseille Bovary, de Raymond Jean, donde el autor “continúa” la novela, para contarnos la venganza de Bertha, la hija de Charles y de Emma, en contra del vizconde y del usurero.

          Otros ejemplos son El diario de Lo, de la novelista italiana Pía Pera, que intenta darle la voz al personaje Lolita, de Nabokov, en lo que fue considerado un sonoro fracaso o Territorio Lolita, de Ana Clavel, suerte de novela/ensayo de una de nuestras mejores narradoras mexicanas contemporáneas.

          Destaca Je voulais vivre, de Adélaïde Clermont-Tonerre, novela recién publicada en Francia, donde la novelista recrea la historia que se narra en Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, desde la perspectiva de Milady de Winter, la enemiga de Athos, Porthos, Aramís y D’Artagnan. 

          Ahora toca el turno de escribir, para los lectores de Morfemacero sobre una novela cuyo personaje es María Kodama, la compañera y esposa de Jorge Luis Borges. 

          2. Madame Borges

          Esta novela, de la escritora argentina Florencia Etcheves (Planeta, 2026), recrea la vida de Kodama, desde que era una niña a quien su padre le leyó el cuento “Las ruinas circulares” de Jorge Luis Borges, hasta la muerte del escritor y la de ella misma.

          Confieso que el texto de la contraportada me sacó ronchas y casi me hizo desistir de la compra y de la lectura. “En esta novela íntima y conmovedora, Florencia Etcheves retrata a una mujer extraordinaria que hizo de la lealtad una forma de vida”. Y, sin embargo, la novela se deja leer muy bien. 

          El texto nos cuenta cómo se conocieron María y Jorge Luis y cómo éste le propuso que estudieran juntos inglés antiguo.

          Pasa por describirnos las fallidas relaciones de Borges con Estela Canto y Elvira de Alvear, la relación de Georgie con doña Leonor Acevedo de Borges, su madre, y la forma cómo el escritor reaccionó ante la muerte de quien había sido todo para él; el progresivo avance de su ceguera, la amistad con Bioy Casares, a quien el personaje Kodama califica de “traidor” por haber contado la intimidad de su mejor amigo en el monumental libro Borges, donde Bioy regala a los lectores todo lo que Borges comentaba en las cenas en casa de él y de su mujer Silvia -Ocampo-.

          Destaca el viaje en globo -que narró Vargas Llosa en su columna Piedra de toque, para el periódico español El país-. “Lo que Borges no pudo ver, lo pudo sentir: el espacio abierto, el viento que al tiempo que los acariciaba los empujaba hacia adelante, el ruido del aleteo de algunos pájaros que los acompañaron durante todo el recorrido, el olor a tierra, y ese vacio que percibe el cuerpo cuando debajo de los pies no hay nada. El resto se lo fue describiendo la voz aterciopelada de María”.

          En la novela, Etcheves inventa un personaje, Ceferino, un joven malevo -malévolo, en lunfardo- al que poco a poco conduce al mundo de la lectura, a través, precisamente, del cuento de “El aleph”. Al final de la obra, la autora señala: “Ceferino Paredes no existe, o sí. Ceferino es cada uno de nosotros, los lectores, porque Borges es de todos y nos espera en cada cuento, en cada verso, en cada estrofa”. 

          Es Ceferino quien, dentro de la novela, se entera, por Internet, de la noticia: “Murió María Kodama, viuda de Jorge Luis Borges”.

          Ceferino va la Fundación, donde encuentra una caja que lo espera, que María le dejó y que contiene las obras completas de Borges, un caleidoscopio, y el cuaderno con los cuentos de Ceferino, con las correcciones manuscritas que le hizo María Kodama. También hay una carta para él: “Ceferino: Los libros no cambian al mundo, pero pueden cambiar a las personas, y Borges nos cambió a los dos. Un libro es un Aleph, contiene todos los objetos y todos los mundos. Lo otro es sólo un caleidoscopio. Ambos son para vos. Gracias, soldado. Misión cumplida. Madame Borges”.

          Madame Borges, de Florencia Etcheves, nos permite acompañar a María Kodama y a Borges en su andar, desde la imaginación de una novelista cómplice. Tocará al agudo lector juzgar… o simplemente sentir.

  • Un gran espíritu antideportivo

    Un gran espíritu antideportivo

    Colaboraciones

    Héctor Ramírez

    Se podría decir que soy un ser sedentario, a veces por la naturaleza de los trabajos que he realizado a lo largo de mi vida y otras por elección propia. Para mi modo de ver el caminar es en sí un magnífico ejercicio y con ello tengo más que suficiente. Por supuesto que mis caminatas, cuando suceden, las llevo a cabo en la ciudad y de ninguna manera me arriesgaría a practicar eso que llaman “senderismo” y que está tan de moda. Por otra parte, para mí está muy bien que el caminar sea considerado un deporte, pues me deja la conciencia tranquila y satisfecho con respecto a las necesidades personales de actividad y movimiento. Todo esto viene a cuento porque hace poco tuve una experiencia que me hizo ver lo alejado que estoy del ámbito de lo deportivo. 

         En el sur de la ciudad de México, por los rumbos de San Ángel, hay un gran predio que ha sufrido enormes y radicales transformaciones. Está ubicado en la avenida de los Insurgentes, justo antes de entrar a la Ciudad Universitaria y hace varias décadas, cuando yo lo conocí, fue un pequeño centro comercial llamado Relox. Tenía tiendas de ropa, algún bar, una cafetería que visitábamos en las épocas estudiantiles —cuando podía tomar ingentes cantidades de café sin que esto me representara un desquiciante insomnio— e incluso en el lugar había un pequeño cine en el que se exhibían películas cuando era la muestra internacional de cine. Con el tiempo el centrito comercial desapareció para dar paso a una mega tienda de artículos de papelería, en la cual era sorprendente la oferta de artículos que ofrecía en ese rubro. Había todo lo que necesitaras y lo que no también. Incomprensiblemente dejó de ser ese almacén monstruoso que se atascaba de desesperados padres de familia en la temporada de regreso a clases de los chamacos y que también era frecuente y permanentemente visitado por estudiantes de las carreras de diseño, arquitectura y de artes para dejar en las cajas registradoras de la tienda cualquier cantidad de quincenas de los ilusionados progenitores que tenían la esperanza de que sus vástagos fueran personas de provecho y que llegaran a ser alguien en la vida, o por lo menos útiles a la sociedad. El caso es que un día cambió de rubro para convertirse en lo que es en la actualidad: una inmensa tienda de artículos deportivos.

         Hace poco acordé con una persona encontrarnos en la entrada de dicha tienda, pues me dijo que “necesitaba” comprar algunas cosas. De entrada el verbo que utilizó me generó un mórbido interés porque me pareció excesivo y arrastrado por la curiosidad acudí a la cita. Llegué un poco antes y eso me dio la oportunidad de ver otros personajes que acudían a la tienda especializada en deportes porque también “necesitaban” algún producto o accesorio. Poco antes de llegar al sitio iba yo pensando que me encontraría un poco avergonzado pues seguramente a ese establecimiento acudirían personas con envidiables musculaturas, tremendos abdómenes con forma de lavadero, ejercitadas pantorrillas y más que evidente salud física y mental. Durante el tiempo que permanecí afuera del deportivo negocio, lo que pude ver fue que entraban y salían personas con indiscutible sobrepeso, claras muestras de estrés y una energía tan paupérrima que me hicieron sentir el mismísimo Heracles.

         Una vez dentro de la tienda, pude ver el mismo tipo de consumidos consumidores, pero con un extraño brillo en los ojos que les hacía anhelar todo lo que estaba en los anaqueles y al parecer eso era lo que les hacía despertar de un marasmo que los aproximaba más a una apariencia de zombis que a la de atletas de alto rendimiento. Francamente yo me encontraba en un desconcertado estado de estupefacción, pues al contrario de lo que estaba presenciando, mi interés era inversamente proporcional porque creo que nunca había estado en un sitio donde todo me resultara tan absolutamente indiferente.

         Entendí que un lugar así es el paraíso de los amantes del deporte en cualquiera de sus modalidades, pero el nivel de especialización me pareció realmente absurdo. En el caso del ping-pong —por ejemplo— hay mesas, raquetas y pelotas, pero también hay bolsitas especiales para cargar las pelotitas, fundas para las raquetas, indumentaria especial para practicar dicho “deporte”, un tipo determinado de cachuchas, gafas para jugadores, muñequeras, toallas y un largo etcétera.  En lo que se refiere a actividades como la natación, para lo cual uno pensaría que un traje de baño es suficiente, se está en un gran error. Hay gorras de baño de diferentes tipos y modelos; goggles de una gran cantidad de formas, colores e incluso hay unos bifocales; batas para entrar a la alberca y batas especiales para cuando los tritones abandonan las aguas; una enorme diversidad de chanclas; aditamentos para bloquear la entrada de agua en la nariz y en los oídos (y no dudo que para todo tipo de orificios); por supuesto toallas, cachuchas que identifican a quienes practican este deporte; pants y playeras que fueron especialmente diseñadas para quienes gustan de zambullirse en las albercas y, por supuesto, otro largo etcétera.

         Mi docta ignorantia se hizo patente cuando tuve que preguntar a alguna de las amables vendedoras acerca de ciertos artículos a los cuales no les encontraba forma o utilidad. Este fue el caso de un extraño paquete de plástico termoformado que resultó contener un visor con snorkel o un bastón retráctil especial para recorrer cualquier campo por agreste e indomable que parezca, pero que una persona arruinó en 10 segundos cuando con toda torpeza lo desplegó.

         Si usted piensa que una chamarra impermeable es un atuendo genérico y le puede resultar útil para cubrirse de la lluvia en cualquier situación, permítame decirle que está en un error, pues nada tiene qué ver la que está diseñada para los senderistas con la que está hecha especialmente para quienes juegan golf y ésta en nada se parece a la confeccionada para los tenistas y, por supuesto, que la que usan los jugadores de ping-pong tiene características muy distintas por practicarse esta actividad en interiores.

    Reconozco que la visita a esta tienda deportiva fue interesante, pero no tan apasionante como me resulta el acudir a una librería o a un museo y, por lo mismo, veo muy probable que mi espíritu antideportivo no conduzca mis pasos a este tipo de lugares de nuevo.

  • La mente y el budismo

    La mente y el budismo

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    I.

    El axioma central del pensamiento budista afirma que la mente es la base universal de toda experiencia, “la creadora de la felicidad y la creadora del sufrimiento, el hacedor de lo que llamamos vida y de lo que llamamos muerte”.

           Sabiendo eso fue que el historiador Arnold Toynbee, entre otros, predijo que uno de los sucesos más importantes del siglo XX sería la llegada o el encuentro del budismo a Occidente. Tal contacto ha sido esencial para descubrir que existe una ciencia de la mente más antigua y mucho más sabia que cualquier disciplina occidental al respecto.

           Textos como el Abhidamma, un extraordinario y detallado modelo de la mente elaborado por el budismo medieval (editado por primera vez en traducción directa del pali al español por el Colegio de México) representan para autores occidentales como Daniel Goleman —masivamente conocido por sus investigaciones sobre inteligencia emocional—, “una entidad significativa desde la perspectiva de la psicología moderna, debido a que es un sistema psicológico con unas raíces completamente distintas. Y ofrece como tal por primera vez a la psicología moderna algo similar a un ‘encuentro íntimo en la tercera fase’: un encuentro con una inteligencia extraña que pocos, tal vez ninguno, creían realmente que existiera. Por supuesto, casi todos los psicólogos y psiquiatras dirían que no existe ninguna psicología plenamente desarrollada fuera del redil del pensamiento occidental moderno. Ahora, sin embargo, es evidente que hay una, y que tiene algo importante que decir a las psicologías de Occidente”.

           Un dicho tibetano asegura que un sabio nunca convencerá a un necio y que un necio siempre refutará a un sabio. Algo parecido, aunque más sintético, dicen los evangelios cristianos ante las buenas nuevas: quien tenga oídos para oír, que oiga. Esa psicología, entre otras cosas, trata del fuego, del calor interior que ciertas técnicas yóguicas tibetanas logran producir asombrosamente. La primera noticia europea al respecto fue dada por la budista francesa Alexandra David-Néel, la primera mujer occidental que ingresó a Lhasa en 1924, la entonces misteriosa y sagrada capital del Tíbet, todavía no envilecida ni saqueada por la brutal ocupación china hasta hoy vigente en ese internacionalmente abandonado país.

           Vale la pena citar un pequeño pasaje de uno de los libros esenciales de Alexandra David-Néel, Místicos y magos del Tíbet (Colección Austral, Espasa-Calpe), mediante el cual muchos hispanohablantes tuvimos un primer contacto articulado y coherente con el budismo. En él, quien fue llamada Nuestra Señora del Potala, describe las prácticas del yoga tibetano g Tum-mo (en la grafía del libro, Tumo):

           “Los neófitos se sientan en el suelo, con las piernas cruzadas, y desnudos. Se mojan sábanas en agua helada y cada individuo se envuelve en una y tiene que secarla sobre el cuerpo. En cuanto la sábana se seca, vuelven a mojarla en agua helada y a colocarla sobre el cuerpo del novicio como antes para que la seque otra vez. La operación prosigue de ese modo hasta el amanecer. Entonces, se proclamará ganador de la competición al que haya secado mayor número de sábanas. Además de secar sábanas húmedas sobre el propio cuerpo, existen varias pruebas más para determinar la cuantía del calor que es capaz de irradiar el neófito. Una de estas pruebas consiste en sentarse en la nieve. La cantidad de nieve que se funde debajo del sujeto y la extensión que se funde a su alrededor se consideran la medida de su capacidad”.

           Robert A. E. Thurman, doctor en Filosofía y profesor de estudios indotibetanos en la Universidad de Columbia, considera que ese empeño competitivo tan increíble como fantástico para secar sábanas heladas en un clima extremo no es otra cosa que “una manifestación periférica, una especie de signo exterior machista de que se está operando sobre el nivel interno”. Lo pintoresco espiritual, podría decirse.

           A partir de estudios hechos por Herbert Benson —científico de la conducta que ha sido pionero en la investigación acerca de la influencia de la mente sobre la salud física—, así como de sus propias experiencias y reflexiones, Thurman afirma que la meditación g Tum-mo, “el yoga del furor encauzado que puede dirigir calor intenso para generar experiencias interiores específicas y deseadas”, es parte del desarrollo psicológico budista de una diversidad de modelos de realidad, de relaciones mente/cuerpo, todos ellos útiles para propósitos diversos.

           Parte de un software mental muchísimo más amplio que aquel restringido, materialista y unidireccional como el predominante en el Occidente moderno. Thurman se cuestiona qué estamos haciendo como civilización en el proyecto de desarrollo que constituye nuestro “progreso”, sobre todo en el área de comprensión de la conciencia humana y de sus capacidades cognitivas.        Nuestra equivocación se debe a lo que designa como un error filosófico básico de la cultura, aquella decisión que no proviene de ningún descubrimiento objetivo: excluir a la mente del orden natural y considerar todos los problemas como materiales. Juzgar la realidad como algo solamente material.

    II.

    Ese hecho determinante: considerar la realidad como un fenómeno meramente material, aunque no proviene de ningún descubrimiento objetivo se convirtió en ideología colectiva y ha conducido al dogmatismo del materialismo científico, que en su versión psicológica niega la importancia de los estados mentales interiores hasta llegar a desecharlos como ilusorios, inaccesibles e inútiles.

           La psicología occidental, de ser en sus orígenes una ciencia interna se ha convertido en una disciplina puramente física que resuelve la problemática mental de los individuos, siempre provisionalmente, mediante fármacos y entornos artificiales como los manicomios. Lo único que se consigue entonces es un estancamiento del problema anímico, con escasas esperanzas de mejora integral y en cambio grandes posibilidades de deterioro.

           El asunto se parece al intento de reparar un ordenador que funciona mal por un problema de software sin analizarlo ni mucho menos modificarlo, porque el empeño de solución, al ser materialista y dogmático, se dirige sobre todo al hardware.

           Y es en esta encrucijada histórica de una cultura gravemente enferma como la nuestra, donde las afecciones psíquicas crecen atroz y exponencialmente (“Intenta suicidarse niño de cuatro años”, reporta una nota fechada en Aguascalientes), cuando las tradiciones psicológicas budistas, según afirma Thurman, significarían una aportación vital para Occidente, pues “con sus métodos refinados de análisis y modificación del software pueden ayudar a la reprogramación interna del individuo”.

           Se trata de una vasta gama de artes o tecnologías mentales, técnicas de reprogramación interior que permiten al sujeto integrar a su vida concreta y cotidiana un software cognitivo y emocional considerablemente más eficaz y saludable. Se trata, en suma, del amplio y generoso repertorio de las prácticas de meditación.

           “Pero la meditación por sí sola —escribe Thurman— no puede lograr el objetivo. Debe estar apoyada desde abajo, digamos, por un estilo de vida sólidamente ético que genere un mínimo de perturbación en el individuo y sus allegados y un máximo de armonía y energía sustentadora, y debería estar guiado desde arriba por el entendimiento, por la programación inteligente a través de orientaciones o puntos de vista realistas, lo que los budistas llaman sabiduría”.

           Al respecto menciona aquella “tarea de reprogramación necesaria para modificar el funcionamiento de un bio-ordenador humano dirigido por la cólera y el odio, convirtiéndolo en un funcionamiento guiado por la paciencia y el amor”, sugerida por el Dalai Lama durante los debates del simposio Ciencia y Mente realizado en 1991 por la Universidad de Harvard. Una tarea de reprogramación psíquica conseguida a partir de métodos contemplativos sostenidos por la ética, la compasión y la comprensión.

           Thurman se refiere a dos ejemplos de ello provenientes de la tecnología mental tántrica. Uno es la diagnosis médica a través del examen de los canales nerviosos en el pulso del paciente, al sentir los cuales el médico, después de un largo adiestramiento de veinticinco años, convierte su cuerpo y su mente en una especie de escáner psíquico que obtiene notables resultados diagnósticos, incomprensibles aún para la medicina occidental.

           El otro es aquel yoga del fuego interior llamado g Tum-mo, un intenso calor (“una energía furiosa”, la llaman los textos) que surge del centro del ombligo y se dirige a fundir los nudos de la conciencia del sistema nervioso central para producir estados intencionales de realización psíquica, y cuyos efectos físicos secundarios, esas fantásticas olas de calor que irradian la superficie del cuerpo, han atraído la atención científica de Occidente.

           En su texto “La psicología tibetana: un software complejo para el cerebro humano” (publicado dentro del volumen colectivo CienciaMente. Un diálogo entre Oriente y Occidente), Thurman ofrece una explicación sintética acerca de los pasos que el yogui o la yoguini siguen al hacer esta meditación. Son complejos, propios de grandes atletas del espíritu y lejanos a la conciencia materialista predominante. Pero no así la lógica conceptual que los dirige. Tampoco su mismo sentido común: la mente es la base universal de toda experiencia.

           “El yogui —escribe Thurman— funde la autoimagen del cuerpo ordinario habitual examinando su vacío básico. Esto significa que el yogui tiene que ser alguien que haya tenido cierto grado de experiencia visceral de vacío. Ha tenido la experiencia del yo disolviéndose completamente y ha descubierto (…) la carencia de algo al final del séquito de símbolos. El séquito de símbolos del ‘yo’, el séquito de ‘mí mismo’, este cuerpo, estos dos brazos, etcétera; ha llegado más allá de los átomos subatómicos de este cuerpo, ha ido a donde todo eso se ha disuelto y lo ha experimentado visceralmente a través de la meditación crítica sobre el vacío”.

           Después de que el adepto ha imaginado su cuerpo y el entorno como una manifestación simbólica o arquetípica —ayudado para ello por la vívida representación de esas deidades policromas y barrocas del arte tibetano, que no son otra cosa que modelos operativos y posibles del yo—, revisualiza su complejo mente/cuerpo como una máquina viviente, como un bioordenador, una red neural.

  • Cien años del nacimiento de Jaime Sabines 

    Cien años del nacimiento de Jaime Sabines 

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    • 1. Victor Hugo, Amado Nervo y Jaime Sabines

          A la muerte del autor de Los miserables, dos millones de personas lo despidieron (40 mil lo acompañaron en la guardia bajo el Arco del triunfo). A la llegada de los restos de Amado Nervo desde Uruguay, después de 5 meses de travesía marítima, hubo también enormes muestras de cariño: hasta 300 mil personas lo acompañaron hasta la Rotonda de los hombres ilustres. 

          Ese cariño lo recibió también el poeta chiapaneco Jaime Sabines. La lectura de sus poemas en el Palacio de Bellas Artes, con cientos de jóvenes siguiendo el recital desde pantallas colocadas al exterior del recinto, mostraron un afecto pocas veces visto en el mundo de las letras.

          Para mi generación, Jaime Sabines formó parte de nuestra educación sentimental. “Los amorosos callan / el amor es el silencio más fino / el más tembloroso, el más insoportable…”. Literalmente, lo tenemos en la cabeza, como, en el campo de la narrativa, muchos tienen a la Maga y a los demás personajes de Rayuela en su imaginario personal. Yo, El cuarteto de Alejandría…

    • 2. Exposiciones en la Casa Jaime Sabines y el Centro Cultural San Angel 

          “Es la sombra del agua” es el nombre de la exposición que se presenta en la Casa Jaime Sabines y en el Centro Cultural San Ángel, bajo la curaduría de Pilar Jiménez Trejo y Luis Ignacio Sáinz, quienes convocaron a 85 artistas plásticos, entre los que destacan Miguel Ángel Alamilla, Perla Arroyo, Daisy Ascher, Alberto Castro Leñero, Mónica Dower, Águeda Lozano, Gabriel Macotela, Pablo Rulfo, Nunik Sauret, Jorge Ismael Escalona -el autor del busto de Sabines que se encuentra en el recinto-, Saúl Kaminer, Jazzamoart, Ilse Gradwohl y un larguísimo etcétera. Fotógrafos y artistas plásticos celebran con sus obras al gran poeta. 

    • 3. Poemas rescatados (1948-1968)

          Sabines escribió muchos poemas que no publicó en vida. Antes de su muerte, revisó con sus hijos sus viejos cuadernos y palomeaba algunos que le parecía que podían ser rescatados para una posterior publicación. Ahora, en 2026, su hija Judith entregó a Marco Antonio Campos, el director de la famosa colección Poemas y ensayos -que fue dirigida, en otras épocas, por Jaime García Terrés y Juan García Ponce- estos poemas rescatados. Va una muestra:

          “No hay nada más hermoso que una mujer a punto de entregarse. / Amo esos días en que duda y celo cobijan al amor incipiente. / Amo esa mirada rápida e imprecisa, / ese corazón que crece entre el deseo y el miedo. / Amo la discreta coquetería, / el juego sutil, el distante conflicto / el adivinado, imaginado, malestar de amor. / Amo todo lo que puedo hacer en el corazón como un nido, / y ninguna dicha comparo a la del primer encuentro, / al nervioso silencio apasionado. / Amo la adolescencia iniciada otra vez / en el limpio gesto de amor, / en los ojos sin experiencia, / en los labios que olvidaron todo. / Amo lo que principia, / lo que despierta, / lo que vence. / Amo el paso breve de la desconocida, / de la que teme y quiere; / el roce, el aire, la huella invisible, / el olor de amor. / Amo a las madres jóvenes que pasan con el niño / entre los hombres codiciosos, / y aquellas que sonríen en soledad / con un pensamiento en los labios. / Amo lo entrevisto, lo posible, / el velo de oro, la imagen fugaz, / el desnudo instantáneo como la muerte. / Amo el juego de amor / lo verdadero”.

          El centenario del nacimiento de Jaime Sabines nos permite releer nuestros poemas favoritos -o escucharlos en Youtube o en Voz viva de Mexico-, convocar a más de 80 artistas a celebrarlo -vayan a ver la exposición- y leer poemas inéditos que han rescatado sus hijos y la UNAM. La mejor manera de rendirle homenaje es seguir leyéndolo y que continúe formando parte de nuestra educación sentimental.  

  • México y Francia

    México y Francia

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    Con motivo de los 200 años de relaciones entre México y Francia, se presentan dos interesantes exposiciones en la ciudad de México.

    1. Biblioteca Vasconcelos

    En este icónico espacio, la exposición -curada por Philliphe Ollé-Laprune y Conrado Tostado- muestra las “Declaraciones provisionales”, el primer contacto diplomático entre los dos países; la llegada de Fray Servando Teresa de Mier a París, donde tradujo Atala de Chateaubriand, junto con Simón Rodríguez -el maestro de Simón Bolívar.

          En su libro Vistas de las cordilleras y monumentos de los pueblosindígenas de América, Alexander von Humboldt dio a conocer en 1810 las primeras imágenes de México, impresas en París. Mientras, Julio Verne publicaba Un drama en México y Alejandro Dumas Diario del viaje a las islas del Pacífico y a México.

          La exposición “Resonancias, disonancias y contrapuntos”, señala la llegada del conservador José María Gutiérrez Estrada a Francia y su propuesta de erigir un imperio católico y latino, que se contrapondría a la expansión anglosajona, propuesta que sedujo a Eugenia de Montijo. 

          Se exhiben las palabras de Lázaro Cárdenas: “El pueblo de Francia legendariamente ha sido el portavoz de las libertades humanas y de los derechos del hombre, así como de la moralidad internacional”.

          Avanzamos en el tiempo. La muestra documenta cómo, bajo el impulso de André Breton, la Galería Renou et Colle, en París, acogió obras mexicanas, entre ellas algunas de Frida Kahlo, abriendo la puerta para la llegada a nuestro país de Benjamín Péret, Alice Rahon y Victor Serge y su hijo Vlady. 

          Para cerrar el círculo se muestra el Citröen intervenido de Gabriel Orozco, la cerámica de Gustavo Pérez, las letras de Guadalupe Nettel y la fotografía de Pía Elizondo.

          Jean Marie Le Clézio, Premio Nobel de Literatura que estudió en el Colegio de Michoacán, afirma: “México era el modelo de la reovolución, de la invención, de la literatura, del arte, de la religión, el modelo absoluto de la humanidad. Estaba completamente seducido por ese país”. 

    1. Museo Tamayo

          En el Museo Tamayo se presenta una exposición sobre la etapa parisina de tres grandes pintores oaxaqueños: Rufino Tamayo, Francisco Toledo y Rodolfo Nieto. Cabe señalar que en la exposición de la Biblioteca Vasconcelos se muestran las fichas de inscripción a la Cité universitaire de Manuel Felguérez y de Francisco Toledo. Estaban tan jóvenes que cuesta reconocerlos.

          Cedo la palabra sobre estos tres maestros.

    Tamayo: 

          Sobre él, Octavio Paz señaló: “Ante su pintura percibí, clara e inmediatamente, que Tamayo había abierto una brecha. Yo traduje sus formas primordiales y sus colores exaltados a esta fórmula: la conquista de la modernidad se resuelve en la exploración del subsuelo de México. No el subsuelo histórico y anecdótico de los muralistas y los escritores realistas sino el subsuelo psíquico. Mito y realidad: la modernidad era la antigüedad más antigua”.

          Y Juan García Ponce afirmó: “Tamayo posee el secreto de la pintura. Pero eso no equivale más que a decir que no ignora que la pintura es un secreto impenetrable. Siempre se toca su centro sin poder recordar jamás cómo se ha llegado a él desde la superficie. Este es su oficio. Una y otra vez la misma tela. Se trata siempre del mismo cuadro. Hay que volver a pintar la pintura para que la pintura exista”. 

    Toledo:

          En la revista Imágenes del Instituto de Investigaciones Estéticas, Adolfo Mantilla recuerda el artículo “Yo, chango de Juchitán”, donde Toledo afirma: “Yo, chango de Juchitán, salgo de mi comunidad y tengo que aprender, como Peter el Rojo, a comportarme y vestirme. El mono no logra adaptarse por completo a la sociedad ni yo tampoco lo he logrado a mis casi 65 años. Digamos que mi naturaleza simiesca, como en la obra de Kafka, no ha sido aplacada del todo”. 

    Nieto:

          Octavio Paz dijo de Nieto: “Lo interesante de él era la búsqueda, la inquietud y la falta de satisfacción que sentía con lo que hizo, que es un síntoma de indudable talento. Era un hombre inteligente, un pájaro raro”. 

          Dos exposiciones que celebran, por una parte, la amistad de Francia y México y, por la otra, la estancia de tres maestros oaxaqueños en París. Hay que verlas. 

  • El mago en Lagos

    El mago en Lagos

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Cierta regla literaria advierte que todo escritor es elegido por su predecesor. Los scholars de la literatura, astrónomos que nunca han visto las estrellas, repiten aquel concepto acuñado por el crítico Harold Bloom (el sí un astrónomo hecho de polvo de estrellas): la angustia de las influencias, para perder de vista, pues su contacto con la escritura creativa es sólo una pose académica, lo más sustancial y verdadero que contiene: un encuentro inesperado, una resonancia inexplicable, una pertenencia inevitable, una elección venida de más allá del tiempo presente y del espacio dado. Un misterio, pues.

           Los gremios se estructuran mediante conocimientos tácitos. Y a veces basta un pequeño consejo del maestro al aprendiz para que éste comprenda repentinamente los arcanos más complejos del oficio. En mi caso fue una frase de Sergio Pitol la que me instaló, si no en la realización literaria, tan elusiva siempre, cuando menos en su perseverancia. “Escribe dos horas diarias”, me dijo hace años, y eso tan escueto me fue suficiente para encarar el desperdigamiento de entonces con el cual posponía hasta un mañana que nunca llegaba la novela que debía comenzar en aquel preciso hoy.

           Jamás le dije lo importante que había sido su consejo, ni siquiera cuando hace unos días vino a comer a mi casa, para colocarme según mis propios medios en aquella obligación primordial del escritor promulgada por Robert Graves y citada por él mismo en su luminoso libro El mago de Viena, que ahora, deslumbrado y absorto, he vuelto a leer: trabajar, sin concederse tregua, trabajar en, desde, con y sobre la palabra. 

           Tampoco le conté que poco a poco me va pasando lo que a Italo Svevo, uno de sus autores más apreciados, quien se resignó “a juicio tan unánime (no existe unanimidad más perfecta que la del silencio)” ante sus obras, pero todavía no lo que al autor de El viejo y la joven que durante años dejó de escribir. 

           Hubiera sido de mal gusto, en medio del suculento y alegre banquete que mi mujer preparó para agasajar al querido amigo (sopa de almeja chocolata, salmón horneado a las finas hierbas con berenjena, pimiento y raíz de hinojo italiano, ensalada de arúgula y lechuga cultivadas en el pequeño huerto familiar, postre de fresas con cardamomo, helado de piñón y pistache, más varios vinos que acompañaron la comida), hablarle de mi creciente hartazgo ante editores y editoras de toda laya que no leen los libros que se les propone, tampoco contestan las cartas que se les envía y mucho menos responden a las llamadas telefónicas que se les hace, pues la burocracia prepotente y zafia reina ya en todas partes, privadas,  públicas y librescas por igual.

            —Hace tiempo que superé el ego —dijo Pitol con suavidad en algún momento de la cálida plática.  

            —Después de recibir el Cervantes, cualquiera puede —repuse yo con ironía.

            —No, en verdad, me ocurrió antes —insistió él, con su dulce y ecuménica sonrisa de dientes de conejo.

           Y desde luego le creí, no sólo porque estaba hablando de su interés desde quince años atrás en el budismo, sino porque su etérea presencia, flotante y afectuosa, así lo dejaba ver. No había nada sentencioso en sus comentarios, ninguna reafirmación, ninguna primera persona avasallante, ningún gesto autocelebratorio, como si de algún modo hubiera descubierto aquel bisturí sagrado que felizmente extirpa la hipótesis inútil que llamamos yo. 

           Hablamos después del texto que al día siguiente daría lectura para inaugurar la licenciatura en Humanidades del Centro Universitario de Los Lagos, motivo de su visita a estas tierras rulfianas, y de las preguntas que los alumnos le harían al concluir su intervención.

           Las palabras, atributos propios de la magia literaria de Sergio Pitol, últimamente se le dificultan. Una dolencia pasajera —todas lo son— le impide formular el lenguaje con la refinada y veloz exactitud que le ha sido característica. “Tú respondes por mí”, me dijo ante el dilema. Me sentí honrado por su propuesta pero incapaz de cumplirla. Así convenimos que para contestar lo que le fuera preguntado yo leería un fragmento suyo, algunas páginas tan notables, por ejemplo, de El arte de la fuga, donde el memorable primer texto, “Todo está en todas las cosas”, comienza diciendo: “Sí, también yo he tenido mi visión…”.  

           Igual la tuvieron todos aquellos que al día siguiente a las doce del día atiborraron el aula magna del campus universitario para escuchar a Sergio Pitol leer, con algunos mínimos tropiezos dramáticamente entrañables, una hermosa defensa y una imaginativa exaltación del libro y de la lectura, de las humanidades en tiempos de penuria y de la palabra como único talismán del ser. La visión de un hombre tocado por la gracia, de un sabio de la tribu desprendido de sí y actuante, al cual podía creérsele todo lo que dijera porque el espíritu revoloteaba en él. La visión de un maestro cuyos encantamientos son mediante el lenguaje, la visión de una autoridad racional y estética, en estos días cuando quedan tan pocas.

           El laureado escritor regresó después a su jardín de Xalapa. Yo me quedé aquí con su segunda e idéntica lección: escribir, así nunca se encuentre o se merezca una publicación. Egoísta que es uno, porque tengo para mí que a eso vino a visitarme este mago generoso: todo ejemplo superior de perseverancia es una orden silenciosa que se transforma en curación. Escribir dos horas, me dijo entonces. Escribir siempre, aun contra el lenguaje que se escapa o contra el editor que se esconde, me enseña ahora Sergio Pitol.

  • La astilla del druida

    La astilla del druida

    Colaboraciones

    Héctor Ramírez

    En alguna parte escuché o leí una definición de lo que es la puntualidad y me pareció francamente reveladora: el que llega antes es un paranoico, el que llega a tiempo es un neurótico y el que llega tarde es un narcisista. Sin lugar a dudas pertenezco al segundo grupo, pues soy neuróticamente puntual. No sé si los ingleses, que tienen esa fama lo son, pero también es cierto que tienen un enorme reconocimiento por ser refinados y la verdad es que durante varios siglos fueron piratas que mantuvieron asolados los mares. Hablaba yo de mi puntualidad porque hace poco me ocurrió algo que —de alguna manera— tiene que ver con mi rigurosa formalidad en lo que al tiempo y las citas se refiere. 

         Era un viernes de esos caóticos en los que por más que uno se lo proponga, parece que no hay manera de llegar a tiempo a ninguna parte: desorden vial, anarquía en el transporte público, desenfreno por llegar a bares y cantinas y, por si fuera poco, lluvia. A estos factores hay quien agregaría lo que llaman “viernes de quincena”, pero como yo llevo décadas sin recibir ese tipo de emolumentos, para mí eso se ha convertido más bien en un mito. El caso es que tenía yo una cita de carácter social para despedir a unos amigos que dejaban el país y decidieron convocar a una reunión para que les interpretáramos las lacrimosas Golondrinas.

         Ya dije que pertenezco al grupo de los neuróticos en lo que a puntualidad se refiere, lo que quiere decir que para nosotros es un auténtico e imperdonable sacrilegio y una terrible muestra de impuntualidad el llegar anticipadamente a un encuentro previsto para determinada hora. El asunto es que, por tanta precaución de mi parte, y no sé que tipo de alineación de los planetas, me encontraba saliendo del Metro media hora antes de lo previsto para llegar a mi destino. ¿Planetas? ¿Destino? Eso ya se estaba convirtiendo en una especie de sesión astrológica, en un augurio que parecía anticiparme lo que me sucedió esa tarde que estaba a punto de convertirse en noche.

         La lluvia nuevamente hizo acto de presencia y, sumándola a mi impuntual anticipación, decidí que no valía la pena cometer una doble falta: llegar con tanto tiempo de antelación al guateque y, además, hecho una sopa. Por esa razón decidí cruzar la calle y refugiarme en un café que estaba en la acera de enfrente. Cuando estaba a punto de entrar al lugar, recordé que después de cierta hora el café se convierte para mi en un detonador del insomnio y no estaba dispuesto a pagar semejante precio. Fuera del local había una enorme gualdra que hacía las veces de banca y decidí que era un buen lugar para matar el tiempo, esperar a que amainara la lluvia y llegar puntualmente a la reunión. Me coloqué los audífonos y me dispuse a seguir al pie de la letra lo que dicta aquella famosa canción de Armando Manzanero cuando dice “Esta tarde vi llover/ vi gente correr/ y no estabas tú”.

         El contrato social de vivir en una gran ciudad parece obligarnos a nunca hacer un alto. Es como si estuviera prohibido que se hagan pausas para dejar de correr de un lado al otro como ardillas asustadas. Nos sentimos obligados a estar ocupados o a parecerlo. Yo de vez en cuando renuncio a pertenecer a esa tribu y esa tarde decidí hacerlo. Escuchaba música mientras veía pasar a las personas a toda prisa y a los autos lentamente, por esa torpeza que se desencadena en los automovilistas al caer algunas gotas de lluvia, sin importar que se trate de un chubasco, una granizada, o de un huracán, pierden parcial o totalmente toda pericia al volante.

         No puedo evitar la manía de usar la cámara del teléfono y, a la menor provocación, empiezo a tomar fotos. En eso estaba cuando de pronto vi pasar a un hombre pequeñito, impecablemente vestido que caminaba a toda prisa, aunque la lluvia prácticamente había terminado. Su manera de caminar era peculiar y su paso era seguro. Vestía un traje azul marino, una camisa blanca, corbata roja y llevaba puesta una elegante boina inglesa de color negro. Cuando saco fotos de las personas trato de ser lo más discreto posible, aunque sé que el estar mirando un teléfono es una acción solapada porque las personas no saben si estás leyendo un mensaje, viendo un video o jugando solitario, lo cual es muy distinto a enfocar y disparar con una cámara. El caso es que, por tratar de ser prudente, apenas pude sacar un par de fotos de espaldas a ese personaje que pasó velozmente.

         Seguí en lo mío, pensando que el tiempo tiene dos ritmos: cuando vas a llegar tarde el tiempo pasa rapidísimo y cuando vas “con tiempo”, el tiempo se toma su tiempo, es decir, pasa insospechadamente aletargado. Estaba en estas existenciales reflexiones cuando vi al pequeño personaje que caminaba de regreso con una diminuta bolsa de papel en la mano. De inmediato me apresuré a seleccionar la aplicación “cámara” del teléfono y en el momento que apunté la lente hacia el hombrecito, me di cuenta que éste giraba sus pasos y se enfilaba hacia donde estaba yo. Entré en pánico. Empecé a pensar en toda una serie de pretextos que justificaran el por qué estaba yo apuntándole con mi teléfono. Los nervios me nublaron el pensamiento y me preparé para ofrecerle toda clase de disculpas. Se detuvo frente a mi y en el momento que yo esperaba un enérgico reclamo, lo que salió de su boca fue una inesperada frase: “Tienes una gran aura”, me dijo. Su voz era cordial y amable, tanto como su actitud. Por supuesto que con semejante enunciado de inmediato capturó mi atención, porque no sabía si se trataba de un asunto esotérico o de ese tema de Farmear Aura que está tan de moda, aunque francamente me pareció que ni el personaje ni yo estábamos ya muy aptos para andar en eso. 

          Cuando ya lo vi de cerca, pude darme cuenta de que su tez era exageradamente blanca, sus ojos tenían un evidente estrabismo, sus manos un poco huesudas pero se notaba que no eran las de un campesino y sus zapatos increíblemente lustrosos a pesar de los charcos que había en las calles. Me soltó una retahíla de oraciones en las que hablaba alternativamente de mi pasado, de mi presente y de mi futuro: “Has realizado muchos y muy grandes proyectos, aunque algunos han terminado en un fracaso porque ha habido gente que te tiene mucha envidia”; “Tienes infinidad de ideas que quieres llevar a cabo, ¡pero tienes que tener cuidado!”; “Vienen para ti tiempos de gran bonanza y vas a tener una gran cosecha de lo que has sembrado” y cosas por el estilo. Yo estaba francamente sorprendido y anonadado pues su voz, aunque suave, tenía un tono de enorme autoridad. Entre todas las cosas que me dijo, de pronto hizo un alto y me preguntó si yo creía en Dios, a lo que respondí con toda naturalidad con un simple “no”. “No importa” me respondió mientras se llevaba la mano a la bolsa izquierda de su saco —a esa que arropa el corazón— y sacó un objeto diminuto mientras me pedía que le mostrara la palma de mi mano. Así lo hice y colocó en ella una diminuta astilla de madera al tiempo que me pedía que cerrara el puño. Estaba yo tan sorprendido con todo esto que no recuerdo cuáles me dijo que eran las virtudes de la astilla y el por qué me traería increíbles beneficios el tener ese mágico objeto en mi poder. Me dijo que tenía que guardarla en mi billetera, que debería que sacarla de vez en cuando y pronunciar una sencilla oración que me recitó. Como mi memoria no es de una gran retentiva, le pedí que me la repitiera para anotarla en una libreta y es por esa razón que la puedo incluir aquí: “Astilla milagrosa, manda bendiciones, dicha y prosperidad. Amén”.

          Después de todo esto y cuando yo estaba plenamente convencido de que me había topado con un druida, sucedió lo que técnicamente definimos en México como “salió el peine”. El hombrecito me empezó a contar que él pertenecía a una cofradía y que necesitaba llevar $250.00 pesos a su templo, los cuales yo tenía que darle a cambio de la astilla benefactora. De manera absolutamente civilizada le expliqué que, como ya le había comentado, no creo en Dios y, por lo tanto, no daba aportaciones de ningún tipo a ninguna clase de iglesia o templo porque mi condición de lo que algunos llaman agnóstico me lo impedía. De inmediato me dijo que entonces yo tendría que devolverle la misteriosa astilla. No sé de qué magnitud fue mi desilusionada expresión que el druida me miró con sus desalineados ojos y me devolvió el diminuto pedazo de madera, al tiempo que me decía que la podía conservar sin que le pagara nada. Se despidió amablemente y dando media vuelta siguió su camino.

         La astilla del druida la conservo en mi billetera con la esperanza de que, algún día, se cumplan las profecías callejeras de este misterioso personaje.

  • El fracaso del éxito

    El fracaso del éxito

    Ta Megala   

    Fernando Solana Olivares

    El mayor insulto de la época versa sobre el fracaso: “eres un perdedor”, dícese cuando se quiere descalificar al otro. El éxito es la ideología más falsa en circulación, pero eso no obsta para que resulte la aspiración dominante. El perdedor es quien no tiene éxito, o sea, quien no tiene nada, porque tener éxito significa, a secas, tener: cosas, gente, propiedades, presencia, reputación —si esta línea de razonamiento se extiende y escribo: “autoconcepto”, mi amigo Enrique me dirá que frecuentemente no entiende mis artículos, que no puede volver dos veces a leer una misma línea, eso sí no, que quien puede lo más, sea ello lo que sea, puede lo menos, y que trate siempre de darme a explicar.

           Pienso entonces en mi fuero interno —y lo formulo así más bien por facilitar la comprensión de mi amigo Enrique y para que aprecie mis ganas de complacer su bienintencionada demanda, todo sea por el éxito— que el mamón de Joyce confesó que escribía sus galimatías para mantener trescientos años ocupados a los críticos. Pero mencionar nombres es ponerse culto e incomodar, en este caso, al interlocutor. Y Joyce no tuvo éxito, así que si mi amigo lo supiera tendría otro punto a su favor. 

           Además de que hace la crítica del modo como los escribo, descubro que también sospecha de los temas que trato. Intento explicarle que sufro una enfermedad del alma mía que me lleva a una profunda güeva mental para tratar los tópicos de la temporada que contienen comprobado éxito mediático —“son lo de hoy, mi buen”, dice mi amigo, ya pedo al tercer chinchón—: y enumera a la celayense Lady Fox preparándose para heredar Los Pinos desde la exitosa zona mediática “del corazón”, una vieja historia humana: el verdadero poder y la inmensa ambición que se ejercen entre las sábanas. Él no lo plantea así, desde luego, porque está habituado a mensajes condensados del estilo de “toda la carne al asador” o “hay que echarle ganas”. La mera comunicación.

           Pero esa era la idea: la señora de Fox y sus increíbles esfuerzos en el increíble sistema político de un increíble país para aspirar a la Presidencia o para sondear la increíble posibilidad de llegar a ella. Y el libro escandaloso: una contrapropaganda que servirá para multiplicar la imagen de la rutilante señora en un mercado donde no importa la calidad de la reputación sino la reputación misma (¿esto se entiende, Enrique?), como tampoco le importa a mi amigo, obsesionado con el éxito en un país narcotizado por los banales escenarios de la política interpretada como telenovela, e instalado en su cuarto, muy exitoso anís chinchón.

           Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad. Éste me la espeta, para apuntalar mis posibilidades de éxito, en esas lecciones que los ebrios invariablemente dan a los demás. O sea, no me ha leído porque no puede platicar de ello con sus conocidos del club rotario local en donde vive. Franqueza se corresponde con franqueza, según la homeopatía de los buenos modales. Con objeto de que no se avergüence por la cruda confesión de que no necesita leer lo que escribo para decirme cómo hacerlo mejor y triunfar: ¿ser anunciado en la cartelera del generoso periódico donde mis textos se publican y/o no sufrir las implacables erratas que suelen afligir los viernes a estas colaboraciones? 

           Quizá: aunque la victoria resplandeciente que me anuncia, el mero indagar entre sus agremiados: ¿leyeron a mi amigo?, le parece todo lo más a lo que yo puedo aspirar, si logro al fin aprender aquello mínimo indispensable sobre las reglas de la celebridad. Pura comunicación condensada: un solo monosílabo opinante acerca de mil ciento treinta y seis palabras. Para documentar su entusiasmo sobre mi escritura, le cuento lo que recién me acaba de pasar con una mujer, quien me dijo que llevaba casi tres años de obviar sistemática y semanalmente la página del diario donde aparecían mis artículos debido nada más a mi nombre, atribuido por ella a un homónimo al que detesta tanto, aceptó rotunda, que nunca estaría dispuesta a leer algo firmado con su apelativo, así no fuera el suyo de él sino el mío de mí. 

           El amigo le da la razón a la mujer de inmediato —“¿ya ves, ya ves?”, festeja— y brinda con el sexto, séptimo trago, para conjurar mi mala suerte profesional, mientras yo consumo el quinto oranchito de la noche y pienso en Güilson, Dios de la Güeva, esa genial criatura del caricaturista Falcón, que lleva un buen rato apoderado de la soliloquial plática etílica de este buen hombre devoto del triunfo, la mayor deidad, fetichista del objeto, trofeo que otorga el triunfo (¿me explico, Enrique, o lo vuelves a leer?), y él mismo un fracaso, porque en el mundo sólo existe la pureza del error y el éxito es un malentendido.

           Dado que no mirará estas consideraciones, mi amigo —la amistad, esa sombra de una sombra, escribía el griego (esto se entiende, Enrique, ¿eh?)— no sabrá que por causa de gente como él surgen películas como Matrix, que popularizan en versión tecno-intelectual la existencia de una matriz, llamada desde hace miles de años Velo de Maya por los hindúes, que fabrica la percepción común de la realidad y hace pensar a las masas de ciertas maneras. Tal cual a este amigo mío alcohólico, drogadicto del ego, que hace tiempo ya no escucha nada más que a sí mismo y repite un modo demandante y verborreico: yo, yo, yo. El éxito se basa en ese artículo y él se queda en su primer sonido, no cuenta con un puñal para matar al yo, nunca estando tan ebrio.

           Seis oranchitos bastan para entrar al agitado mar de la pedez alcohólica, si no exactamente igual que los colgados al Anís del Mono, como mi amigo, cuando menos a la altura de un atrevimiento inútil: contarle que mi mujer opina que es mejor la perspectiva del santo oculto que la del héroe público, que el comentario lo externó hace pocos días al pie de un eclipse total de Luna, sentados ella y yo contemplando a la sombra terrestre darle volumen hasta mostrarla en sus tres, cuatro y hasta cinco dimensiones (¿me transcribes tal cual, señor tipógrafo/a, o trato de ser más claro, Enrique?), en tanto me tranquilizaba por las ostensibles muestras de silencio y ninguneo vigentes a mi alrededor. Te tocará ya viejo, dijo, con voz que parecía verlo, y en ese momento recordé a un regular crítico literario, deudor de favores varios, que hasta hoy ha sido incapaz de escribir unas cuantas líneas, así sean madreadoras o negativas, sobre los libros míos que amable y amistosamente he puesto a su consideración.  

           Mi amigo estaba tan pedo que no contrargumentó lo misóginamente lógico: que a fin de cuentas ella es mi mujer y su opinión se funda en la balsámica parcialidad amorosa, porque ya presentaba todas las disminuciones del emborrachamiento, la atrofia verbal y motora y la infantilización sentimental: el mono babeante, repetitivo, caído, sin ningún éxito que ejemplificar. 

           No fue el caso de salir con una cita citable al final del encuentro, antes de su desplome sobre la mesa: ni amo de sí mismo ni incapaz de decepción. No sé si para mi desgracia o para mi fortuna creo que la sustancia del método se compone de quietud, pasividad y pobreza. Del antiéxito, para decirlo de una vez (se entendió todo, Enrique, ¿qué no?): la escritura que hace lectores.

  • Naturalezas no humanas

    Naturalezas no humanas

    Colaboración

    Liliana Magdaleno Horta 

    Te invitamos a recorrer Naturalezas no humanas, exposición fotográfica de Carlos Alberto Vargas Meza, donde el cielo, la luna, las estrellas, las montañas y las huellas de la presencia humana se encuentran para construir una mirada distinta sobre el paisaje. A través de 16 imágenes, la muestra propone detenernos, observar y preguntarnos qué permanece cuando dejamos de ocupar el centro de la escena. 

    Entre las fascinaciones que permanecen en la humanidad, merece especial atención la observación de los cuerpos celestes. Se trata de una obsesión antiquísima, que continúa aún en nuestros días, cuando buena parte de los misterios del mundo parecen estar resueltos. Esperamos vida, atmósferas o sensibilidades distintas a la nuestra, como si adivináramos que, aún después de nuestro paso por esta tierra, los astro continuarán su ciclo, transformándose en un espacio de revelaciones. Bajo esta premisa, Carlos Vargas presenta Naturalezas no humanas, una serie de fotografías agrupadas bajo un principio de exploración en los espacios cósmicos y terrestres. La primera serie contempla las posibilidades del universo: si previamente la literatura buscaba el pensamiento y la sensibilidad en los cuerpos que forman la bóveda celeste (recordemos Solaris, ese planeta oceánico dotado de memoria e inteligencia), en el arte fotográfico esta exploración desemboca en la facultad de la imagen para evocar, imaginar o predecir. Hay en El Cielo de Santa Cruz la idea del mundo infinito, una grieta en el universo: percibimos la epidermis cósmica formada por distintas temperaturas; en Circumpolares, una irradiación lunar que se amplifica; dejando ver la técnica y la potencia de la imagen, que encuentra su plenitud en la Luna rosada, materia cubierta por estelas de constelaciones, semejantes a las figuras del zodiaco. 

    El siguiente grupo de fotografías es el resultado de una suerte de pesquisas: se trata de la espera por el acontecimiento, donde Vargas Meza identifica el diálogo de los astros con las construcciones humanas en un momento específico. Una vez al año la luna se transforma en la cabeza de la estructura pétrea; el lente y el cuerpo deben estar listos para disparar. El fotógrafo reconoce los ciclos lunares pero también las posibilidades urbanas para su escenificación a partir de largas caminatas donde se marca la ciudad en los recovecos de la mente. A modo de vestigios humanos, las esculturas o los lloraderos son testimonios de la luminosidad estelar: papilla solar servida en la mesa, una superficie que hierve lazada por la silueta de un charro, una luna que baja como agua o se instala sobre un cuerpo que no le pertenece. 

    La última serie Paisajes, pareciera ser la más hermética de la propuesta: las montañas se esconden entre la bruma de las nubes, en tiempos distintos donde el sol nace, reposa y vuelve a ocultarse. Tiempo y misterio, piedra y oscuridad. Un recuerdo del cuidado que debemos al sitio que nos contiene. Naturalezas no humanas nos invita a pensar la permanencia más allá de la mirada antropocéntrica y de la certidumbre de las superficies sobre las que tenemos conocimiento. 

    La exposición se presenta el jueves 10 de septiembre en el Centro Cultural y Museo de la Ciudad, Lagos de Moreno, Jal. en punto de las 19:00 hrs. como parte del Programa Expositivo de la Red de la Imagen de FOTOSEPTIEMBRE | Festival Internacional de Fotografía de México 2026.

    Para mayor información visita las redes sociales: pandalberto.fotografía

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