Ta Megala
Fernando Solana Olivares
I.
El axioma central del pensamiento budista afirma que la mente es la base universal de toda experiencia, “la creadora de la felicidad y la creadora del sufrimiento, el hacedor de lo que llamamos vida y de lo que llamamos muerte”.
Sabiendo eso fue que el historiador Arnold Toynbee, entre otros, predijo que uno de los sucesos más importantes del siglo XX sería la llegada o el encuentro del budismo a Occidente. Tal contacto ha sido esencial para descubrir que existe una ciencia de la mente más antigua y mucho más sabia que cualquier disciplina occidental al respecto.
Textos como el Abhidamma, un extraordinario y detallado modelo de la mente elaborado por el budismo medieval (editado por primera vez en traducción directa del pali al español por el Colegio de México) representan para autores occidentales como Daniel Goleman —masivamente conocido por sus investigaciones sobre inteligencia emocional—, “una entidad significativa desde la perspectiva de la psicología moderna, debido a que es un sistema psicológico con unas raíces completamente distintas. Y ofrece como tal por primera vez a la psicología moderna algo similar a un ‘encuentro íntimo en la tercera fase’: un encuentro con una inteligencia extraña que pocos, tal vez ninguno, creían realmente que existiera. Por supuesto, casi todos los psicólogos y psiquiatras dirían que no existe ninguna psicología plenamente desarrollada fuera del redil del pensamiento occidental moderno. Ahora, sin embargo, es evidente que hay una, y que tiene algo importante que decir a las psicologías de Occidente”.
Un dicho tibetano asegura que un sabio nunca convencerá a un necio y que un necio siempre refutará a un sabio. Algo parecido, aunque más sintético, dicen los evangelios cristianos ante las buenas nuevas: quien tenga oídos para oír, que oiga. Esa psicología, entre otras cosas, trata del fuego, del calor interior que ciertas técnicas yóguicas tibetanas logran producir asombrosamente. La primera noticia europea al respecto fue dada por la budista francesa Alexandra David-Néel, la primera mujer occidental que ingresó a Lhasa en 1924, la entonces misteriosa y sagrada capital del Tíbet, todavía no envilecida ni saqueada por la brutal ocupación china hasta hoy vigente en ese internacionalmente abandonado país.
Vale la pena citar un pequeño pasaje de uno de los libros esenciales de Alexandra David-Néel, Místicos y magos del Tíbet (Colección Austral, Espasa-Calpe), mediante el cual muchos hispanohablantes tuvimos un primer contacto articulado y coherente con el budismo. En él, quien fue llamada Nuestra Señora del Potala, describe las prácticas del yoga tibetano g Tum-mo (en la grafía del libro, Tumo):
“Los neófitos se sientan en el suelo, con las piernas cruzadas, y desnudos. Se mojan sábanas en agua helada y cada individuo se envuelve en una y tiene que secarla sobre el cuerpo. En cuanto la sábana se seca, vuelven a mojarla en agua helada y a colocarla sobre el cuerpo del novicio como antes para que la seque otra vez. La operación prosigue de ese modo hasta el amanecer. Entonces, se proclamará ganador de la competición al que haya secado mayor número de sábanas. Además de secar sábanas húmedas sobre el propio cuerpo, existen varias pruebas más para determinar la cuantía del calor que es capaz de irradiar el neófito. Una de estas pruebas consiste en sentarse en la nieve. La cantidad de nieve que se funde debajo del sujeto y la extensión que se funde a su alrededor se consideran la medida de su capacidad”.
Robert A. E. Thurman, doctor en Filosofía y profesor de estudios indotibetanos en la Universidad de Columbia, considera que ese empeño competitivo tan increíble como fantástico para secar sábanas heladas en un clima extremo no es otra cosa que “una manifestación periférica, una especie de signo exterior machista de que se está operando sobre el nivel interno”. Lo pintoresco espiritual, podría decirse.
A partir de estudios hechos por Herbert Benson —científico de la conducta que ha sido pionero en la investigación acerca de la influencia de la mente sobre la salud física—, así como de sus propias experiencias y reflexiones, Thurman afirma que la meditación g Tum-mo, “el yoga del furor encauzado que puede dirigir calor intenso para generar experiencias interiores específicas y deseadas”, es parte del desarrollo psicológico budista de una diversidad de modelos de realidad, de relaciones mente/cuerpo, todos ellos útiles para propósitos diversos.
Parte de un software mental muchísimo más amplio que aquel restringido, materialista y unidireccional como el predominante en el Occidente moderno. Thurman se cuestiona qué estamos haciendo como civilización en el proyecto de desarrollo que constituye nuestro “progreso”, sobre todo en el área de comprensión de la conciencia humana y de sus capacidades cognitivas. Nuestra equivocación se debe a lo que designa como un error filosófico básico de la cultura, aquella decisión que no proviene de ningún descubrimiento objetivo: excluir a la mente del orden natural y considerar todos los problemas como materiales. Juzgar la realidad como algo solamente material.
II.
Ese hecho determinante: considerar la realidad como un fenómeno meramente material, aunque no proviene de ningún descubrimiento objetivo se convirtió en ideología colectiva y ha conducido al dogmatismo del materialismo científico, que en su versión psicológica niega la importancia de los estados mentales interiores hasta llegar a desecharlos como ilusorios, inaccesibles e inútiles.
La psicología occidental, de ser en sus orígenes una ciencia interna se ha convertido en una disciplina puramente física que resuelve la problemática mental de los individuos, siempre provisionalmente, mediante fármacos y entornos artificiales como los manicomios. Lo único que se consigue entonces es un estancamiento del problema anímico, con escasas esperanzas de mejora integral y en cambio grandes posibilidades de deterioro.
El asunto se parece al intento de reparar un ordenador que funciona mal por un problema de software sin analizarlo ni mucho menos modificarlo, porque el empeño de solución, al ser materialista y dogmático, se dirige sobre todo al hardware.
Y es en esta encrucijada histórica de una cultura gravemente enferma como la nuestra, donde las afecciones psíquicas crecen atroz y exponencialmente (“Intenta suicidarse niño de cuatro años”, reporta una nota fechada en Aguascalientes), cuando las tradiciones psicológicas budistas, según afirma Thurman, significarían una aportación vital para Occidente, pues “con sus métodos refinados de análisis y modificación del software pueden ayudar a la reprogramación interna del individuo”.
Se trata de una vasta gama de artes o tecnologías mentales, técnicas de reprogramación interior que permiten al sujeto integrar a su vida concreta y cotidiana un software cognitivo y emocional considerablemente más eficaz y saludable. Se trata, en suma, del amplio y generoso repertorio de las prácticas de meditación.
“Pero la meditación por sí sola —escribe Thurman— no puede lograr el objetivo. Debe estar apoyada desde abajo, digamos, por un estilo de vida sólidamente ético que genere un mínimo de perturbación en el individuo y sus allegados y un máximo de armonía y energía sustentadora, y debería estar guiado desde arriba por el entendimiento, por la programación inteligente a través de orientaciones o puntos de vista realistas, lo que los budistas llaman sabiduría”.
Al respecto menciona aquella “tarea de reprogramación necesaria para modificar el funcionamiento de un bio-ordenador humano dirigido por la cólera y el odio, convirtiéndolo en un funcionamiento guiado por la paciencia y el amor”, sugerida por el Dalai Lama durante los debates del simposio Ciencia y Mente realizado en 1991 por la Universidad de Harvard. Una tarea de reprogramación psíquica conseguida a partir de métodos contemplativos sostenidos por la ética, la compasión y la comprensión.
Thurman se refiere a dos ejemplos de ello provenientes de la tecnología mental tántrica. Uno es la diagnosis médica a través del examen de los canales nerviosos en el pulso del paciente, al sentir los cuales el médico, después de un largo adiestramiento de veinticinco años, convierte su cuerpo y su mente en una especie de escáner psíquico que obtiene notables resultados diagnósticos, incomprensibles aún para la medicina occidental.
El otro es aquel yoga del fuego interior llamado g Tum-mo, un intenso calor (“una energía furiosa”, la llaman los textos) que surge del centro del ombligo y se dirige a fundir los nudos de la conciencia del sistema nervioso central para producir estados intencionales de realización psíquica, y cuyos efectos físicos secundarios, esas fantásticas olas de calor que irradian la superficie del cuerpo, han atraído la atención científica de Occidente.
En su texto “La psicología tibetana: un software complejo para el cerebro humano” (publicado dentro del volumen colectivo CienciaMente. Un diálogo entre Oriente y Occidente), Thurman ofrece una explicación sintética acerca de los pasos que el yogui o la yoguini siguen al hacer esta meditación. Son complejos, propios de grandes atletas del espíritu y lejanos a la conciencia materialista predominante. Pero no así la lógica conceptual que los dirige. Tampoco su mismo sentido común: la mente es la base universal de toda experiencia.
“El yogui —escribe Thurman— funde la autoimagen del cuerpo ordinario habitual examinando su vacío básico. Esto significa que el yogui tiene que ser alguien que haya tenido cierto grado de experiencia visceral de vacío. Ha tenido la experiencia del yo disolviéndose completamente y ha descubierto (…) la carencia de algo al final del séquito de símbolos. El séquito de símbolos del ‘yo’, el séquito de ‘mí mismo’, este cuerpo, estos dos brazos, etcétera; ha llegado más allá de los átomos subatómicos de este cuerpo, ha ido a donde todo eso se ha disuelto y lo ha experimentado visceralmente a través de la meditación crítica sobre el vacío”.
Después de que el adepto ha imaginado su cuerpo y el entorno como una manifestación simbólica o arquetípica —ayudado para ello por la vívida representación de esas deidades policromas y barrocas del arte tibetano, que no son otra cosa que modelos operativos y posibles del yo—, revisualiza su complejo mente/cuerpo como una máquina viviente, como un bioordenador, una red neural.

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