Colaboraciones
Héctor Ramírez
Se podría decir que soy un ser sedentario, a veces por la naturaleza de los trabajos que he realizado a lo largo de mi vida y otras por elección propia. Para mi modo de ver el caminar es en sí un magnífico ejercicio y con ello tengo más que suficiente. Por supuesto que mis caminatas, cuando suceden, las llevo a cabo en la ciudad y de ninguna manera me arriesgaría a practicar eso que llaman “senderismo” y que está tan de moda. Por otra parte, para mí está muy bien que el caminar sea considerado un deporte, pues me deja la conciencia tranquila y satisfecho con respecto a las necesidades personales de actividad y movimiento. Todo esto viene a cuento porque hace poco tuve una experiencia que me hizo ver lo alejado que estoy del ámbito de lo deportivo.
En el sur de la ciudad de México, por los rumbos de San Ángel, hay un gran predio que ha sufrido enormes y radicales transformaciones. Está ubicado en la avenida de los Insurgentes, justo antes de entrar a la Ciudad Universitaria y hace varias décadas, cuando yo lo conocí, fue un pequeño centro comercial llamado Relox. Tenía tiendas de ropa, algún bar, una cafetería que visitábamos en las épocas estudiantiles —cuando podía tomar ingentes cantidades de café sin que esto me representara un desquiciante insomnio— e incluso en el lugar había un pequeño cine en el que se exhibían películas cuando era la muestra internacional de cine. Con el tiempo el centrito comercial desapareció para dar paso a una mega tienda de artículos de papelería, en la cual era sorprendente la oferta de artículos que ofrecía en ese rubro. Había todo lo que necesitaras y lo que no también. Incomprensiblemente dejó de ser ese almacén monstruoso que se atascaba de desesperados padres de familia en la temporada de regreso a clases de los chamacos y que también era frecuente y permanentemente visitado por estudiantes de las carreras de diseño, arquitectura y de artes para dejar en las cajas registradoras de la tienda cualquier cantidad de quincenas de los ilusionados progenitores que tenían la esperanza de que sus vástagos fueran personas de provecho y que llegaran a ser alguien en la vida, o por lo menos útiles a la sociedad. El caso es que un día cambió de rubro para convertirse en lo que es en la actualidad: una inmensa tienda de artículos deportivos.
Hace poco acordé con una persona encontrarnos en la entrada de dicha tienda, pues me dijo que “necesitaba” comprar algunas cosas. De entrada el verbo que utilizó me generó un mórbido interés porque me pareció excesivo y arrastrado por la curiosidad acudí a la cita. Llegué un poco antes y eso me dio la oportunidad de ver otros personajes que acudían a la tienda especializada en deportes porque también “necesitaban” algún producto o accesorio. Poco antes de llegar al sitio iba yo pensando que me encontraría un poco avergonzado pues seguramente a ese establecimiento acudirían personas con envidiables musculaturas, tremendos abdómenes con forma de lavadero, ejercitadas pantorrillas y más que evidente salud física y mental. Durante el tiempo que permanecí afuera del deportivo negocio, lo que pude ver fue que entraban y salían personas con indiscutible sobrepeso, claras muestras de estrés y una energía tan paupérrima que me hicieron sentir el mismísimo Heracles.
Una vez dentro de la tienda, pude ver el mismo tipo de consumidos consumidores, pero con un extraño brillo en los ojos que les hacía anhelar todo lo que estaba en los anaqueles y al parecer eso era lo que les hacía despertar de un marasmo que los aproximaba más a una apariencia de zombis que a la de atletas de alto rendimiento. Francamente yo me encontraba en un desconcertado estado de estupefacción, pues al contrario de lo que estaba presenciando, mi interés era inversamente proporcional porque creo que nunca había estado en un sitio donde todo me resultara tan absolutamente indiferente.
Entendí que un lugar así es el paraíso de los amantes del deporte en cualquiera de sus modalidades, pero el nivel de especialización me pareció realmente absurdo. En el caso del ping-pong —por ejemplo— hay mesas, raquetas y pelotas, pero también hay bolsitas especiales para cargar las pelotitas, fundas para las raquetas, indumentaria especial para practicar dicho “deporte”, un tipo determinado de cachuchas, gafas para jugadores, muñequeras, toallas y un largo etcétera. En lo que se refiere a actividades como la natación, para lo cual uno pensaría que un traje de baño es suficiente, se está en un gran error. Hay gorras de baño de diferentes tipos y modelos; goggles de una gran cantidad de formas, colores e incluso hay unos bifocales; batas para entrar a la alberca y batas especiales para cuando los tritones abandonan las aguas; una enorme diversidad de chanclas; aditamentos para bloquear la entrada de agua en la nariz y en los oídos (y no dudo que para todo tipo de orificios); por supuesto toallas, cachuchas que identifican a quienes practican este deporte; pants y playeras que fueron especialmente diseñadas para quienes gustan de zambullirse en las albercas y, por supuesto, otro largo etcétera.
Mi docta ignorantia se hizo patente cuando tuve que preguntar a alguna de las amables vendedoras acerca de ciertos artículos a los cuales no les encontraba forma o utilidad. Este fue el caso de un extraño paquete de plástico termoformado que resultó contener un visor con snorkel o un bastón retráctil especial para recorrer cualquier campo por agreste e indomable que parezca, pero que una persona arruinó en 10 segundos cuando con toda torpeza lo desplegó.
Si usted piensa que una chamarra impermeable es un atuendo genérico y le puede resultar útil para cubrirse de la lluvia en cualquier situación, permítame decirle que está en un error, pues nada tiene qué ver la que está diseñada para los senderistas con la que está hecha especialmente para quienes juegan golf y ésta en nada se parece a la confeccionada para los tenistas y, por supuesto, que la que usan los jugadores de ping-pong tiene características muy distintas por practicarse esta actividad en interiores.
Reconozco que la visita a esta tienda deportiva fue interesante, pero no tan apasionante como me resulta el acudir a una librería o a un museo y, por lo mismo, veo muy probable que mi espíritu antideportivo no conduzca mis pasos a este tipo de lugares de nuevo.

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