Después de que el adepto ha imaginado su cuerpo y el entorno como una manifestación simbólica o arquetípica ---ayudado para ello por la vívida representación de esas deidades policromas y barrocas del arte tibetano, que no son otra cosa que modelos operativos y posibles del yo---, revisualiza su complejo mente/cuerpo como una máquina viviente, como un bioordenador, una red neural.
