Morfema Cero

  • Hilo desde la calma durante la espera

    Hilo desde la calma durante la espera

    Hilar el mundo

    Nidia Esteva

    Llegamos al mes de abril y quizá al final nos preguntemos, como Joaquín Sabina, “¿quién me ha robado el mes de abril”? El tiempo transcurre, pero se disfruta y aprende de él precisamente cuando se vive la calma en la espera, esa lección valiosísima. Por ello esta columna, con su espíritu originario de admiración al textil artesanal, alude al recuerdo de aquella paciente espera al confeccionar una prenda para una ocasión especial, que entre sus muchas cualidades se impregnará del tiempo que lleva su elaboración.

    Recuerdo que de niña mi abuela mencionaba, entre sus muchos oficios, el de costurera —de ahí que mi madre supiera usar una máquina de coser y me hiciera ropa en múltiples ocasiones. Aprendí la calma en la espera de una prenda. Hay un valor inconmensurable en el textil artesanal: cuando esa espera se habita con serena calma la experiencia se vuelve aún mayor.

    En la calma existe una quietud que permite vivir la lección del aguardar. Por ejemplo, la abuela que teje o borda algo para la llegada de un nieto o nieta, y así se prepara para recibir y dar cariño filial de otra forma a lo que para ella fue maternar (dar a luz y criar) directamente.  

    La espera en la oxidación de los tintes naturales, la espera en el crecimiento de las plantas, las flores, las verduras o los frutos que nos alimentan, la espera de la temporada de mangos. Esperar a teñir el hilo, a comprar la tela, a bordar o tejer, imaginar la combinación perfecta de los colores que sólo la dan los días comunes de siembra, de caminata, de vida.

    La lección no siempre es quietud, a veces está llena de impaciencia, de ansiedad y desesperanza porque queremos que las cosas brillantes y luminosas ocurran en una entrega prime de Amazon. Somos la sociedad que describe Gilles Lipovetsky en La felicidad paradójica (2007): aquella que ha sustituido las pasiones por la fiebre del confort, abriendo paso a la sociedad del hiperconsumo donde la espera y el manejo del tiempo se vuelven casi impensables.

    Las cosas planeadas a largo plazo, la calma como etapa de un proceso que requiere maduración, parecen cosa del pasado. Doña Guadalupe, tejedora originaria de San Pedro Apóstol, Oaxaca, ha querido vender sus bordados bajo esa otra lógica—la de la espera—, sin embargo cada tanto debe subir una serie de prendas a una red social virtual para que los ojos de la inmediatez las vean y consuman de inmediato.

    En esta era en que el manejo del tiempo es síntoma de la modernidad elusiva—ese concepto que Zygmunt Bauman desarrolló en Modernidad líquida (2000) para describir cómo el tiempo se escapa y toma múltiples formas entre nuestras manos— podríamos, antes de que nos roben el mes de abril, atrevernos a ser, parafraseando a Lipovetsky, íntegramente nosotras mismas en medio de esta era del vacío, y disfrutar al máximo la vida aunque eso implique habitar con calma la espera de todo lo que hoy nos fijamos como meta.

    Quizá la respuesta no esté en resistir la corriente sino en aprender a fluir con ella. Byung-Chul Han, en El aroma del tiempo (2015), señala que lo que hemos perdido no es la lentitud sino algo más sutil: el ritmo. Quizá, el tiempo se acelera no porque vaya más rápido sino porque ha perdido su trama. La misma trama que se construye con una madeja de hilo y que pasa despacio entre los dedos de una persona.

    Hilemos el mundo con el tiempo y la calma suficientes, no para pensar en Lipovetsky, en Han o en Bauman, sino porque al tensar el hilo le devolveremos su ritmo al tiempo, le reintegraremos su aroma. Despertemos la capacidad de habitar un instante con suficiente plenitud como para que ese instante huela a algo. A cempasúchil recién cortado. A mango en plena temporada. Al mes de abril que aún no nos han robado.

  • Salinger

    Salinger

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    El comunicado que la familia del escritor J. D. Salinger distribuyó después de su muerte fue lacónico: “Hay dos fronteras cruciales en la vida de Salinger: el antes y el después de la guerra, y el antes y el después de la religión. La guerra lo destruyó como hombre, pero lo convirtió en un gran artista; la religión le ofreció consuelo espiritual tras la guerra, pero destruyó su arte”.

           Ese extraño éxito obtenido por su novela de culto El guardián entre el centeno, que muy rápidamente rebasó la condición literaria para convertirse en un libro de revelaciones cuya arbitraria interpretación metatextual se multiplicó entre mucha gente a partir de 1951 cuando fue publicado, gente que consideró a su autor un gurú o un instrumento de entidades inefables que se manifestaban en la magistral historia atormentada del inconforme y desavenido adolescente Holden Caulfield, recientemente expulsado de la escuela y quien antes de volver a casa se dedica a vagar por Nueva York, en medio de un desencantado, ansioso y hormonal sinsentido existencial escrito como un crudo monólogo de lenguaje común, de diálogo interior en primera persona.

           A Salinger le pareció aberrante esa condición atribuida a su novela, la cual alcanzó su clímax cuando John Hinckley Jr. intentó asesinar al presidente Ronald Reagan en marzo de 1981 y se declaró después obsesionado por El guardián, con una copia de él entre sus pertenencias encontradas en el hotel por la policía. Meses atrás, el 8 de diciembre de 1980, Mark David Chapman había asesinado de cuatro tiros a John Lennon afuera del edificio Dakota para luego sentarse en la escena del crimen a leer el ejemplar de la novela que llevaba consigo. La había comprado esa misma mañana y en ella había escrito: “Esta es mi declaración”, firmando como Holden Caulfield. La leyenda circulante menciona la existencia de otro ejemplar sobre la mesilla de noche de Lee Harvey Oswald, el supuesto asesino de Kennedy.

           El tormentoso éxito de la novela, que la llevó de ser prohibida por inmoral a formar parte canónica de las bibliotecas escolares, sobre la que Salinger sólo dio una entrevista y mandó quitar su fotografía desde la tercera edición, reforzó su deseo de recluirse con su mujer y su hija en su apartamento neoyorkino, no como un ermitaño sino como un hombre privado y muy discreto que acudiría a los lugares de siempre y frecuentaría a la misma gente, manteniendo toda su vida un idéntico y estrecho círculo de amistades, alejado por completo de cualquier medio literario o intelectual.

           La descripción de Shane Salerno, uno de los biógrafos de Salinger (Seix Barral, 2014), sobre la vida cotidiana del escritor al lado de su esposa Claire, enfatiza la sencillez y espiritualidad de cualquiera de sus íntimas y solitarias tardes dedicadas a la meditación, el yoga y la lectura de textos sagrados del Vedanta hindú. En una atmósfera de serenidad y recogimiento así no puede haber literatura porque ésta proviene del desasosiego y no de la fe. Aún la fe del escritor en el lenguaje, por más grande que sea, no resulta comparable a aquello tan integral y monolítico como ofrece el creer religioso.

           La literatura se origina en el impulso contrario. Nada de religar con la existencia, que debe mirarse y contarse con la distancia de una voz crítica que pone en duda el valor de su propia existencia: “Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es donde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas mamadas estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso”.

           El comienzo de El guardián corresponde a su capítulo veintiséis, breve y último, que concreta un empeño restrictivo: “Esto es todo lo que voy a decirles”. La primera persona en singular, Holden Caulfield, una voz narrativa que se dirige a la segunda persona en plural, los lectores, a quienes les ha venido contado la historia y a los que paradójicamente advierte en las últimas dos líneas de la novela: “No cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo”, adquiere así una dimensión adicional que bien podría explicar las duras fantasías extratextuales que ha provocado.

           Se dice que Salinger escribió quince novelas más pero en un código secreto indescifrable. Debe entenderse entonces: la escritura y Dios. O el sacrificio de la escritura, al fin un medio, en el altar de un fin, para el encuentro con el campo semántico inagotable que bajo tantas representaciones llamamos Dios.

           El budismo atrajo poderosamente a Salinger pero lo repelió su ateísmo, así fuera un ateísmo religioso. En 1946 leyó la novela de Somerset Maugham El filo de la navaja, cuyo epígrafe es un fragmento del Kata Upanishad, uno de los textos sagrados del hinduismo: “Cuesta pasar por el borde afilado de una navaja / y así de difícil dicen los sabios que es el camino de la salvación”, y en ella conoció el hinduismo vedanta.

           Fue amigo del maestro zen D. T. Suzuki, pero al fin se convirtió al hinduismo advaita vedanta influido por El evangelio de Sri Ramakrisná en traducción de Joseph Campbell. “Un acontecimiento central en su vida, solamente por detrás de la guerra”, dijeron sus biógrafos. Desde entonces hasta su muerte Salinger siguió estrictamente las cuatro etapas de la vida, o asramas, según las explica el swami Nikhilnanda, su maestro espiritual.

           1) Brahamacharia. La fase del estudio y el aprendizaje, de la preparación. 2) Garahastia. El momento de casarse, fundar una casa, crear una familia, mantenerla y contribuir al bienestar de la comunidad. 3) Vanaprashta. El distanciamiento de la sociedad y la marcha al bosque para continuar los estudios y el perfeccionamiento religioso. 4) Sannyasa. La renuncia al mundo y la conversión en sannyasin, hombre sagrado. Un estado en el que ya no es posible (ni necesario) escribir, y menos publicar. Y en el cual, según el mismo Salinger había comentado “se está en el mundo pero ya no se forma parte de él”.

           Algunos comentaristas han afirmado que Salinger transformó su arte en religión; sus acuciosos biógrafos David Shields y Shane Salerno dicen que fue al contrario, que aquejado de estrés postraumático y en plena búsqueda de sentido y de Dios, “convirtió la religión en su arte”.

           Quizá el único que tuvo razón fue él mismo: Salinger, dijo, era “un estado, no un hombre”. Dejemos que así sea.

  • Joseph Roth (1894-1939)

    Joseph Roth (1894-1939)

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    A Javier García-Galiano

    1. Stefan Zweig sobre Joseph Roth 

    Zweig fue, en los años treinta del siglo pasado, el escritor más leído del mundo. Amigo y protector de Roth, escribió sobre él, después de su muerte: “Había en él un hombre ruso -casi un Karamazov- que fatalmente era llevado a la autodestrucción por ese impulso. Pero había otra persona en Roth, el judío brillante inusitadamente alerta y una tercera persona, el austriaco noble y maravilloso. Tan solo esa mezcla peculiar e irrepetible puede explicarme la singularidad de su ser y de su obra”.

    1. ¿Quién era Joseph Roth?

    Judío que nació en Brody, en Galicia, casa de los pobres judíos ortodoxos del este, ciudad perteneciente al imperio austro-húngaro. Renegó de sus raíces religiosas porque quiso volverse austriaco, escritor en lengua alemana, e inscribirse en la gloriosa tradición del pensamiento y la cultura de ese país. Sin embargo, el advenimiento del nazismo convirtió a Alemania en el lugar de los antivalores. Todo esto lo podemos leer en la estupenda biografía de Keiron Pimb, La fuga sin fin: genio y tragedia de Joseph Roth, publicada en inglés hace tres años y cuya traducción, publicada por la Universidad Veracruzana, fue presentada hace unas semanas por José Luis Martínez S., Armando Gónzalez Torres y el autor del prólogo del libro, Javier García-Galiano.

    El alcoholismo lo acompañó, junto con las deudas y un estilo de vida imposible de sostener -pese a que fue un escritor muy bien pagado, como periodista y como novelista-. Su primer mujer, Frieldl Reichler, terminó en Steinhof, el manicomio municipal de Viena -cuya vista tenía desde su estudio Elías Canetti, quien en 1981 ganaría el Premio Nobel de Literatura-. En buena medida, Friedl se apagó por la manera en que la controlaba Roth, sin dejarle oportunidad de moverse y ser ella misma. Roth tuvo diversas amantes, de manera destacada Andrea Manga Bell, una mujer negra exesposa de un noble de Camerún, con quien tuvo una relación más que compleja. 

    Joseph Roth murió demasiado joven, estragado por el alcohol y la tristeza de ver cómo se derrumbaba el mundo que amaba.  

    1. La marcha Radetzky y Jefe de estación Fallmerayer

    Entre una copiosa obra, la novela que tiene como nombre la pieza musical de Johann Strauss es quizá la más célebre, porque simboliza el canto del cisne del Imperio Austro-húngaro, que fue una combinación imposible de nacionalidades y culturas. La novela narra la historia y decadencia de una familia -los Trotta-. Cuando es asesinado el arquiduque Francisco Fernando -lo que dio inicio a la Primera Guerra Mundial- al recibir la noticia unas nacionalidades se conduelen de la muerte del heredero y otras se acarician los bigotes imaginando que su grupo étnico se convertirá en una nación independiente (como sucedió en el caso de los húngaros, por ejemplo).  

    Por su parte, Jefe de estación Fallmerayer es un cuento espléndido, que narra cómo un simple burócrata ferroviario se convierte en alto mando del ejército alemán por amor -si somos románticos- o por deseo -si somos lacanianos- a una mujer a la que en un principio anheló sin esperanza y luego poseyó de manera casi sorpresiva. “Vio su propia personalidad y su amor asegurados de manera irrefutable”. Al final, sin embargo, perdió en el juego azaroso de la guerra, donde los dados nunca se sabe hacia qué lado van a caer. Dice Durrell: “Los jugadores y los enamorados juegan para perder”. 

    Me entusiasma leer en la biografía que este cuento le gustaba mucho a Marlene Dietrich, que pensó llevarlo a la pantalla. Roth, bastante estragado ya, quiso viajar a Hollywood. Sin embargo, decidió quedarse en Europa y reventar allí en su prematura muerte, alcohólica y depresiva. 

    1. Ostende, Bélgica

    En el verano de 1936 Roth viajó a este puerto belga para reencontrarse con su amigo y protector Stefan Zweig, que iba acompañado de su nueva mujer, Lotte Altmann, mientras Roth conoció allí y pronto vivió con su nueva novia, Irmgard Keun. En el espléndido libro Ostende, de Volker Weiderman (cuya traducción al inglés del alemán fue publicada por Pantheon Books, New York, 2006), se cuenta cómo en ese balneario belga en 1936 se reunieron el periodista y escritor Egon Erwin Kish -quien luego se exilió en México, junto con Paul Westheim, por cierto-, Arthur Koestler, Ernest Toller y otros pensadores e intelectuales. No creían que Hitler fuera capaz de invadir Austria. 

    Roth era menos escéptico. De hecho, al final de su vida le reprochó a su maestro, benefactor y amigo no haber sido suficientemente duro contra Hitler. El “pacifismo blando” de Zweig le parecía a Roth inútil y medroso. “Pelée o cállese la boca” le escribió. Zweig alegaba que no se opuso a Hitler en forma directa porque no quería perjudicar más a los judíos. Después de esa temporada en Ostende, nos dice Weiderman: “Los amigos nunca se volvieron a ver. Cada uno tomó su propio camino hacia la muerte”. 

    Cuando pienso en esos meses en los que no se pensaba que las cosas pudieran ponerse peor de lo que estaban, me pregunto si no estamos viviendo en Ostende, México; en Ostende, Europa, o en tantos lugares del mundo. Sin ser paranoico o fatalista, creo que a veces confiamos demasiado en la esperanza, de la que tanto desconfiaban los griegos. 

    1. Roth, Benajmín, Zweig

    Roth, que anticipó lo que iba a pasar, se trasladó a París y bebió hasta reventar, después de derrumbarse en un café, en 1939. 

    El filósofo Walter Benjamín se suicidó en 1940.

    Stefan Zweig se fue con su mujer Lotte a Petrópolis, Brasil, y allá se suicidó junto con ella, en 1942.

    Tres ángeles caídos. 

    La extrordinaria biografía de Roth nos recuerda ese mundo perdido, el de Viena y el imperio austro-húngaro a través de la mirada de un “santo bebedor”, un artista poliédrico, sin raíces fijas, que hizo de la desilusión el alimento principal de su obra literaria y periodística. Enorme escritor, inventó muchos mundos. Como dice en el prólogo García-Galiano, cuando se le acusó de mitómano Roth contestó: “Yo no miento; yo hago literatura”.  

  • El pasado que pudo no haber sido

    El pasado que pudo no haber sido

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Moctezuma cometió, dice la historia, dos errores cruciales al saber de la presencia de Cortés y sus soldados en los dominios imperiales: envió opulentos regalos que mostraban sus grandes riquezas, y pidió amablemente en mensajes a los visitantes que regresaran sobre sus pasos, lo que expuso su debilidad. 

           Cien esclavos entregaron a los extraños recién llegados joyas, telas, bellos trabajos de arte plumario y dos platos de oro y de plata “tan grandes como las ruedas de un carro”, que envenenaron la insaciable codicia de los aventureros. El lenguaje de sus cartas, en las que exigía casi rogándole a Cortés que no se acercara más a Tenochtitlán, era obsequioso y blando, nada temible ni propio de un poderoso emperador.

           Cuando los españoles llegaron a la ciudad sin ningún impedimento, el cual hubiera sido muy fácil establecer, se les dio la bienvenida y fueron llevados a alojamientos especiales en el palacio de Axayácatl. El ejército azteca esperando en las afueras de la ciudad, que habría aniquilado a los invasores cortándoles la retirada y sitiando la maravillosa ciudad en el lago, nunca fue llamado a intervenir. 

           Cortés lo supo por un intérprete y muy pronto pondría a Moctezuma bajo arresto en su propio palacio. Las horas entre ellos dos, el profundo azoro del encuentro, la lucha entre la parálisis dubitativa y la audacia suicida representan una inmensa tragedia histórica y fundan un brutal comienzo nacional.

           La filosofía de la victoria afirmará que Cortés obtuvo la victoria por necesaria fatalidad: ganó porque debió de haber ganado. Pero las condiciones objetivas de entonces cancelaban prácticamente esa posibilidad. El belicoso pueblo azteca, cuyo ejército superaba mil a uno a los invasores, fue presa de la vacilación de un emperador superado por acontecimientos cuyas referencias interpretativas eran solamente un pasado mitológico. Una variante escénica que no se podía prever.

           “Señor nuestro: te has fatigado, te has dado cansancio: ya a la tierra tú has llegado. Has arribado a tu ciudad: México”, dijo el emperador, acompañado de su hermano Cuitláhuac y grandes señores locales, transportado en una litera con dosel de plumas bordado con hilos de oro y plata e intercalaciones de jade, al recibir a quien los mexicas llamaban Malinche. Lo llevó a una amplia habitación del palacio y le propuso sentarse en un gran trono que ahí había. 

           El historiador Hugh Thomas afirma que por más dudas que Moctezuma tuviera sobre las intenciones de Cortés, sobre su condición humana o divina, para recibirlo se impuso la tradición indígena de la cortesía. “Me inclino ante ti”, “beso tus pies”, fueron fórmulas posibles en el encuentro.

           Parece una razón secundaria en el complejo contexto del gozne histórico donde los vertiginosos acontecimientos se vuelven apocalípticos: terminarán dioses, emperadores, instituciones, derechos, lenguas, costumbres, ritos y memorias. El emperador duda, es vacilante y sus errores ante Cortés se multiplican. En él actuará la convicción de que el recién llegado es Quetzalcóatl. Entonces Malinche da un golpe de mano.

           Ya hubo un hecho, entre tantos, que anunciaría a la civilizada ciudad (aun con sus sangrientos sacrificios religiosos), recogida durante la noche, la irremediable llegada del espanto. Los arcabuceros españoles dispararon una salva y después los cañones retumbaron para festejar la victoria de haber llegado hasta ahí. 

           La suma de prodigios se completaba: los jinetes sobre sus bestias, extraños centauros, el rayo mortal que salía de sus manos, sus rostros grises con vestimentas de piedra, las casas flotantes que los trajeron, los feroces mastines que los acompañaban, el abstracto crucifijo reverenciado, las capillas que iban levantando, el atronador ruido que producían. Y antes, el cometa premonitorio que todo lo anunció. 

           Moctezuma regresó después de cenar, como lo había prometido, para ver a su huésped. Cortés, con la ayuda de Marina y Aguilar, sus intérpretes, le hizo saber al emperador que había hecho un formal acto de sumisión que le daba derecho a él para considerar toda hostilidad mexica como una rebelión y conquistar lo que dispusiera en nombre de Carlos V. 

           El español quiso creer que las muestras de cortesía habían sido fórmulas de sometimiento. Afirmaría después que Moctezuma había reconocido que el caudillo y sus soldados eran dioses, dirigentes perdidos cuyo regreso se esperaba y temía. Que sabían que cuando ello sucediera los indígenas serían sus vasallos.

           Según Hugh Thomas, Moctezuma estaba deslumbrado por la energía, la confianza en sí mismos y el poder que mostraban los castellanos. Para la discreción propia de los mexicas, sus modos tácitos y tangenciales, los extraños seres de más allá del mundo se comportaban de un modo extravagante. Tal fascinación con el verdugo, con la acción equivocada que perjudica los intereses propios corresponde a la insensatez, una constante histórica inevitable.

           En todo encuentro alguien gana y otro pierde. Más tarde Cortés perdería (exactamente: nunca llegaría a tener) su marquesado, y el imperio español se haría decadente por una conquista despiadada. No hay acto así que no lo sea. 

  • El librepensador

    El librepensador

    Colaboraciones

    Eduardo Subirats

    Un hombre saltó de pronto sobre unas cercas que protegían de una autopista densamente transitada. Llevaba un maletín desvencijado y parecía llegar de un largo viaje. Una toga negra y harapienta era toda su vestimenta. Mechones de cabellos grises caían sobre su rostro. Su larga barba, la delicadeza de sus rasgos faciales, sus manos delgadas y su mirada profunda le daban un semblante profético. Un temor inexpresable parecía atormentarlo interiormente. De pronto le vi agitar sus brazos con gestos nerviosos, mientras pronunciaba a grandes voces:

    “¿Dónde están los hombres y las mujeres capaces de pensar… Libre-pensadores independientes de los escenarios políticos, de los espectáculos mediáticos y del tedio académico? ¿Dónde, intelectuales libres de las censuras comerciales y administrativas? ¿Fugitivos de la repetición y la obediencia a las lingüísticas corporativas? ¿Un real pensamiento iluminador…?”

    El bullicio de los automóviles me impedía discernir algunas de sus palabras perdidas al viento.

    “¿Dónde… una conciencia ejemplar de nuestro tiempo…?” – se oía y repetía una y otra vez –. “¿Dónde una autoconciencia soberana? ¿…un libre-pensador…? ¿Dónde el intelectual asume el papel educador de una comunidad humana permanentemente idiotizada por el consumo, manipulada por las redes de información, vigilancia y punición…, vigilada…, militarmente aplastada…? ¿Dónde la inteligencia dice No? Un No a la permanente distorsión de la realidad por las agencias mediáticas… No a las estrategias financieras y militares de deconstrucción y destrucción de ciudades, culturas y vidas humanas… No…”.

    Transcurrido un cierto tiempo el extranjero volvió a agitarse y a exclamar con mayor vehemencia todavía:

    “¡Nosotros…! ¡Nosotros le hemos dado muerte al librepensador…! ¡Nosotros hemos acabado con la independencia intelectual! ¡Hemos suprimido el pensamiento…! ¡Nosotros confiamos en las pantallas mediáticas como si fueran verdaderos oráculos! ¡Nosotros asumimos las disciplinas académicas como sacerdotes eunucos de una ciencia irreflexiva sobre sus medios y sus fines institucionales y administrativos…! ¡Arrastrados por la venalidad hacia una competencia fratricida y absurda por conseguir un lugar en las estanterías vacías de la historia…, en medio de paisajes infinitos de destrucción industrial e intelectual del planeta, científicamente, biológicamente, espiritualmente… triunfo de la irreflexión y la mediocridad… escisión esquizofrénica de la inteligencia humana… depresión colectiva… ¿Dónde… un intelectual… una conciencia libre… una luz?”. 

    Se dirá, sin lugar a dudas, que este aprendiz de profeta ignora que la cultura administrada eleva todos los días al intelectual a un rango de suprema estrella. Flashes, pantomimas y aplausos son sus señas de identidad pública. El intelectual esgrime con arrogancia un discurso narcisista compuesto de fórmulas y eslóganes prediseñados. Erige su autoridad como guardián de las jergas políticamente correctas.

    Subalternidad, postfilosofía y postsubjetividad, hibridismo, multiculturalismo y human rights son algunos de sus más repetidos slogans. Las condiciones postmoderna o posthumana se suceden en sus performances como las marcas de un catálogo de ropas de moda. Al mismo tiempo, este letrado asume las jurisdicciones y territorios que la administración cultural vigila: son entertainers y ficcionalistas, o bien investigadores y expertos. Se los puede definir con mucho mayor rigor como ideologues en el sentido napoleónico de la palabra: reproductores de sistemas semióticos sin referente, embaucadores al servicio de las corporaciones académicas y mediáticas. Son representantes de un conocimiento científico de cuyos últimos fines éticos “man nicht sprechen kann… man schweigen muss” (“no se puede hablar… se tiene que callar”—Wittgenstein).

    En el sistema académico este intelectual ha menguado el alcance de su inteligencia a los escasos metros cuadrados de su cubículo y al limitado campo de concentración disciplinaria al que sus bibliografías, metodologías y epistemologías pueden darle acceso. Su función no consiste en pensar, ni mucho menos en esclarecer, sino en disfrazar y enmascarar los dilemas de una sociedad dividida bajo el sistema de reproducción automática de discursos prêt-à-porter. Su principio de conocimiento consiste en la repetición y la reproducción ad nauseam de siempre las mismas cosas y los mismos paradigmas; y siempre con diferentes colores y títulos. Un sujeto completamente vacío.

    Es un experto de conocimientos especializados y lingüísticamente segregados que garantizan la reproducción indefinida de un espectáculo político de poderes globales que son violentamente conflictivos y completamente opacos. Un especialista idiota en el sentido de la palabra griega idiotés: la conciencia acantonada tras las murallas de sus intereses económicos egoístas y de sus destinos individuales. Posthumano incapaz de articular una comprensión cabal del mundo. Y un completo inepto a la hora de reflexionar sobre los dilemas ecológicos, tecnológicos, militares y políticos de nuestra edad final.

    Tanto en las organizaciones políticas, como en las mediáticas y académicas su quehacer invierte el principio del esclarecimiento de todos los tiempos: pensar por sí mismo, hacerse un juicio propio a partir de una experiencia ejemplar de la realidad, rechazar la diseminación masiva de la ignorancia a través de los medios de comunicación corporativos, y educar a partir de un conocimiento claro, crítico y responsable.

    Aquella misma obsesión por menguar la inteligencia, aquel mismo “rencor contra el desarrollo del cerebro humano”, que Thomas Mann puso de manifiesto en la literatura del nacionalsocialismo europeo del siglo pasado, distingue hoy a la condición mediáticamente impuesta sobre una aldea global masivamente idiotizada.[1] El microintelectual como star de los vigilados escenarios culturales no es más que la cima de este proceso de degradación de la inteligencia bajo el poder de las monoculturas de la conciencia, de sus lingüísticas uniformadas, y de una obediencia servil a las reglas de juego de los mercados culturales y las burocracias democráticas.

    Este proceso de empobrecimiento intelectual es paralelo a la sofocación comercial de toda expresión artística que sea reflexiva, asuma una conciencia al mismo tiempo formal e históricamente compleja, y esté atravesada por una voluntad emancipadora. Lo mismo curadores que editores y simples funcionarios repiten la cháchara de la muerte del arte, de la conversión de la literatura en ficción y entretenimiento, y de un pacto mefistofélico del pensamiento y la lógica del mercado. Todos ellos dan por sentado que sólo CNN, RT, DW… son reales.

    Frente a la degradación de la enseñanza a discursos automáticos de una razón instrumental y una semiología sin referentes, frente a las catástrofes ecológicas industrialmente generadas, frente a sucesivas guerras diseminadas en las cuatro partes del mundo, frente a las decisiones financieras que condenan a masas humanas de decenas de millones a la miseria y la violencia como última forma de supervivencia, frente a un sistema democrático degradado por las demagogias del espectáculo, frente a todo ello y mucho más, el intelectual, la inteligencia que no ha sido completamente mermada por sus funciones de cubiculista académico, productor de bestsellers o media-star, es una obscena ausencia.

    La economía se contempla fuera de sus marcos ecológicos y sociales, los estudios políticos se desgajan de la historia social, la ingeniería genética se analiza con entera independencia de sus efectos sobre la biodiversidad y la salud humana, y el calentamiento global se debate fuera de los campos de interés del complejo militar, industrial y energético que lo genera. La literatura es recortada a textualidades herméticamente selladas frente a la realidad humana y social. Y la filosofía se enclaustra tras las murallas lingüísticas de las escolásticas y los sistemas de reproducción departamentalizados. Las micropolíticas y las políticas identitarias, institucionalmente implementadas en el interior de las megamáquinas académicas han empequeñecido las inteligencias escolares hasta su completa esterilidad. La fragmentación de saberes genera perfiles profesionales inmunes a toda reflexión y a toda crítica racional. Su actuación se recorta según los patrones de una praxis al mismo tiempo reproductiva y subalterna. Su autoconsciencia se reduce al punto lógico de una identidad existencialmente vacía. La inteligencia humana se torna irrelevante. La inteligencia artificial invade y coloniza progresivamente todos los aspectos de la vida humana.

    Estas limitaciones coinciden con la eliminación institucional del intelectual independiente en todos los espacios públicos, desde los festivales literarios y artísticos, hasta los talk shows televisivos. Estas limitaciones coinciden con su neutralización lingüística en los centros de investigación y en las mismas aulas académicas. Son demarcaciones y fronteras epistemológicas que por sí mismas inducen y presuponen la evaporación de la inteligencia humana y su función articuladora de un esclarecimiento antropológico y político sobre el desorden mundial realmente existente; presuponen la suplantación de la experiencia por la información y el triunfo absoluto de la repetición sobre la reflexión.

    Incipit vita nuova

    ¿Era necesaria esta defección del intelectual? ¿Es acaso el signo y el sino de una condición histórica postmoderna providencialmente elevada a fetiche? Y, ¿qué significa una edad, una comunidad y una realidad histórica transnacional de sujetos carentes de una conciencia reflexiva capaz de rebasar las fronteras disciplinarias del conocimiento corporativamente reglamentado, y de sus aduanas epistemológicas y políticas? ¿Qué ingenio diabólico y qué maligno principio nos obliga a caminar ciegos al borde de un precipicio, bajo la vigilancia de los pentágonos del poder que, como verdaderas aves de rapiña, se enriquecen con la destrucción masiva de los equilibrios biológicos y no disimulan su desprecio por las vidas humanas?

    La disminución de la inteligencia y la ausencia del intelectual en el amanecer del siglo veintiuno reiteran aquella trahison des clercs que Julien Benda denunció un siglo antes, en el amanecer de la Europa de los nacionalismos e imperialismos fascistas.[2] La traición y complicidad de aquellos “clérigos” fue, efectivamente, la premisa que desbrozó el camino a los líderes de los autoritarismos europeos que elevaron el estado nacionalsocialista y las políticas imperialistas a realidad. Hoy esta ausencia es la condición de la marcha ciega de la humanidad hacia un suicidio gradual pero irreversible a través de sus propios instrumentos de dominación.

    La ausencia del intelectual y la disminución de la inteligencia humana que esta ausencia propaga es la condición al mismo tiempo deslumbrante y ciega frente a los signos adversos de nuestro tiempo, desde las epidemias y los desastres ecológicos, al militarismo y los totalitarismos electrónicos. Aquella síntesis de una visión apocalíptica y una voluntad mesiánica bajo la que Benjamin describió el destino del Ángel de la Historia o Angelus Novus se ha trocado por una conciencia impotente frente al ciego destino de una guerra global, híbrida e indefinida.

    Pero, a diferencia del silencio de la intelligentsia europea durante el período de entreguerras del pasado siglo, denunciado por Julien Benda o Thomas Mann, y por tantas voces intelectuales, en el mundo postmoderno la “muerte del arte”, el “último libro” y el “final de los discursos” se han celebrado con estrepitosos aplausos como la máxima expresión de la libertad. Han sido objeto de cultos masivos y se ha enaltecido bajo el glamour de una verdadera avant-garde revolucionaria postmoderna.

    Frente a este nihilismo que recorre la administración burocrática de las culturas autoproclamadas avanzadas, frente a la ceguera ante los signos apocalípticos de nuestro tiempo histórico y frente a los sistemas de educación departamentalizada y deshumanizada, podemos y debemos oponer el postulado universal del esclarecimiento, el mantra de Horacio: Sapere Aude. Esclarecimiento como voluntad e impulso existenciales hacia lo verdadero; esclarecimiento como el arrojo de querer saber; esclarecimiento como soberanía del espíritu y autonomía individual de la reflexión; esclarecimiento como proceso colectivo de formación de una sociedad reflexiva y responsable.

    El objetivo y el sentido original de este arrojo del conocimiento, de acuerdo con la filosofía del esclarecimiento de Kant, era la Mündigkeit, una palabra corrientemente traducida, en castellano o en inglés, por “madurez”, cuya raíz germánica munt la vincula, sin embargo, a la mano tutora y a la vez manipuladora de la que la conciencia esclarecida se libera exactamente en el sentido de una “manumisión”.

    A comienzos del siglo veintiuno nuestra esperanza histórica no reside en la visio et fruitio dei consumada en el acto místico de la comunión espiritual con cualquier objeto de consumo; tampoco es la esperanza del devoto arrodillado ante los templos mediáticos de los poderes corporativos, académicos y políticos en espera de una protección, favor o gracia de sus organizaciones. Es más bien la esperanza de que se detenga el crecimiento de las megamáquinas militares del planeta, que se suspenda la contaminación y destrucción de la biosfera, que se interrumpa el proceso de empobrecimiento material y espiritual de los seres humanos, y que se ponga fin al desorden ético y la violencia que hoy impera urbi et orbi.

    Nuestra última esperanza es el retorno del fuego usurpado por la corporación olímpica de los dioses, y su devolución a los humanos para su desarrollo civilizatorio en armonía con los ciclos eternos de una naturaleza creadora e increada. Esperanza en el poder esclarecedor de la inteligencia humana.


    [1] Thomas Mann und Karl Kerényi, Gespräch in Briefen (Zürich: Rhein Verlag, 1960), p. 42 (20/2/1934).

    [2] Lucien Benda, Le trahison des clercs (Paris: B. Grasset, 1927).

  • Las bodas de Cadmo y Harmonía

    Las bodas de Cadmo y Harmonía

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    El erudito italiano Roberto Calasso (1941-2021), discípulo de Mario Praz y director hasta su muerte de la editorial Adelphi, escribió este libro, un compendio de la mitología griega narrada como si fuera un relato, articulada en torno a ciertos motivos. Cada capítulo plantea un tema. El eje central temático es la desaparición de los dioses y de los héroes en la vida del ser humano. Calasso tenía toda la mitología en la cabeza y eso le permitió escribir este libro asombroso. Repasemos brevemente sus capítulos, como una invitación a leer esta obra monumental.

    1. “Pero ¿cómo había comenzado todo?”.  

    “Las figuras del mito viven muchas vidas y muchas muertes, a diferencia de los personajes de la novela, vinculados en cada ocasión a un único gesto. Pero en cada una de estas vidas y de estas muertes están presentes todas las demás, y resuenan”.

    Calasso nos narra los amores de Teseo y Ariadna, que ayudó al primero a vencer al Minotauro; la lucha de poder entre Zeus y su mujer Hera, y el rapto de Europa, que permitió que los ritos cretenses pasaran a Grecia.

    1. “Hay un toma y daca entre los dioses, una rigurosa contabilidad, que se difunde a través de las eras”.

    Aura enfurece a Artemisa por un comentario sobre sus senos. Lo pagará caro. Dioniso la embriaga y luego la posee. Hay una epidemia de suicidios femeninos: Ariadna, Fedra, Erígone. Era necesario lavar toda esa sangre. Todo comenzó cuando Semele fue fecundada por Zeus y de sus entrañas nació Dioniso, el Dios del vino.

    1. “La virginidad perenne, que la pequeña Artemisa pide como primer don al padre Zeus, es la señal invencible de la distancia. La cópula es ‘mezcla’ con el mundo”.

    Apolo fecundó a Corónide. Ella, después se sintió atraída por un extranjero. Su castigo fue morir a manos de Artemisa. Antes de perecer, le dijo a Apolo que había matado también a su hijo. “Cuando el cuerpo perfumado de Corónide quedó tendido sobre la hoguera, las llamas se abrieron ante la mano rapaz del dios, que extrajo del vientre de la muerta, ileso, a Asclepio, el que cura”.

    1. “Homero vislumbraba en el futuro a su gran enemigo: Platón, el evocador de las copias, de las irrefrenables cascadas de copias que sumergen el mundo”.

    Dice Calasso: “Cuando los griegos tenían que referirse a una autoridad última, no citaban textos sagrados, sino a Homero. Grecia se basaba en la Ilíada”. De la vida sólo ha quedado un largo cansancio. Sólo han quedado los simulacros. Helena es el simulacro. “En el origen del simulacro está la imagen mental”.

    • “El lógos, cuando aparece, aniquila lo concreto, la acumulación de detritos que hay en cada experiencia, la coacción que obliga a repetir cualquier detalle”.

    Este capítulo está dedicado a la sibila, la pitonisa de Delfos. (Quien esto escribe, gracias a que me llevó allí Andrés Ordoñez, querido amigo, fui a Delfos y me incliné ante el famoso oráculo, la piedra sagrada). Atisbar el futuro era el don de Prometeo. Epimeteo, su hermano, en cambio, ve hacia el pasado. Tratan de comprender la vida. “¿Acaso el exceso no es la vida misma?”.

    • “Olimpia es la felicidad de los griegos, expertos en infelicidad”.

    Tántalo invitó a los Olímpicos a comer y les sirvió su propio hijo, Pélope. Zeus decretó terribles castigos para Tántalo. En estas cadenas de atrocidades, Egisto y Clitemnestra mataron a Agamenón, sólo para que más adelante Orestes los matara a ellos (su madre y el amante de ella).

    •  “El mar es lo continuo, la perfección de lo indeferenciado. En la tierra su emisario es la serpiente. Allí donde está la serpiente, mana el agua”.

    Zeus poseyó a Démeter y nacería Perséfone, la cual, ya convertida en mujer, fue raptada por Hades, quien la llevó al inframundo. Démeter, enloquecida, paralizó al mundo, hasta que se hizo un pacto. Perséfone volvería seis meses a la tierra -tiempo de siembra y cosecha- y el resto del año reinaría en el mundo de la muerte. 

    • “La vida: incurable, tenía que aceptarse como era, en su malignidad y en su esplendor”.

    Sentencia Calasso: “Los mitos griegos eran historias construidas con variantes. El escritor -fuera Platón u Ovidio- las recomponía, de manera diferente, en cada ocasión, omitiendo o añadiendo. Pero las nuevas variantes debían ser raras y poco visibles. Así, cada escritor incementaba y afinaba el cuerpo de las historias. Así siguió respirando el mito en la literatura”.

    1. “Hierogamia y sacrificio olímpico tienen en común el tomar posesión de un cuerpo, invadiéndolo o devorándolo”.

    Nos dice Calasso: “En Delfos, los consultantes interrogaban a la Pitia para conocer el pensamiento de Apolo. En Dodona, los consultantes interrogaban a la encina para que Zeus les guiara en el laberinto de los dioses”.

    • “Algo separa a los héroes homéricos de lo que fue escrito antes y se escribiría después”.

    La muerte de Jasón fue como la de Cyrano de Bergerac: una viga le cayó en la cabeza.

    • “Corresponde a la esencia de Ulises ser el último de los héroes, el que cierra el ciclo”.

    Menelao mata a Helena, la adúltera. Ulises y Penélope se reencuentran en Itaca. “Solitarios por larga costumbre, les costaba reconocer a alguien con quien compartir el propio monólogo”.

    • “Ni los dioses ni los hombres sabían que la fiesta nupcial de Cadmo y Harmonía había sido el momento de su máxima aproximación. A la mañana siguiente, el palacio se había vaciado de los Olímpicos. Cadmo y Harmonía se despertaron en el lecho preparado por Afrodita. Ahora sólo eran un rey y una reina”.

    Cadmo había llevado a Grecia vocales y consonantes: el alfabeto.

    Las bodas de Cadmo y Harmonía, de Roberto Calasso, hace un repaso de toda la mitología griega: las uniones de los dioses con los humanos, el fin de los héroes, el sacrificio, el simulacro, estupros y suicidios, nacimientos, asesinatos, afrentas y ofrendas a los dioses. Todo está allí. Espléndido mosaico. No es un diccionario de mitos, a la manera de Robert Graves, es casi una novela, el compendio de los mitos griegos que abarcan a los dioses y a nosotros, pobres seres humanos, esplendorosos seres humanos que ya no necesitamos a los dioses. Para bien o para mal -anticipándonos al existencialismo- sólo nos tenemos a nosotros mismos.  

  • Cartas de cumpleaños Ted Hughes / II

    Cartas de cumpleaños Ted Hughes / II

    Colaboraciones

    Héctor Ramírez

    Andreu Jaume en su introducción dice: Un poema no es el relato de un acontecimiento, sino un acontecimiento en sí mismo. Y estas Cartas de cumpleaños son una prueba palpable de tal afirmación. Son tantas las cosas que hay que destacar de estos poemas, que, la verdad, desde aquella época en la que me deslumbraron los libros del Cioran, siendo yo muy joven, y que quedaron como testimonio de esa sorpresa y admiración resplandecientes e interminables subrayados casi en cada una de sus páginas, ahora con este gran libro he revivido esa emoción.

    En esta breve reseña tuve que ser selectivo respecto a las citas de los poemas, pero creo que —de manera muy sintética— resultan una buena invitación para realizar su lectura. Hay uno en particular que me parece fundamental transcribirlo íntegramente pues, aunque parece dirigido a Sylvia Plath, me da la impresión de que Ted Hughes se habla a sí mismo y a todo aquél que escribe o que ha escrito, que ha accedido (o tratado de acceder) a lo que esto representa y a lo que significa hacer literatura o —quizá— cualquier manifestación artística:

    EL DIOS

    Eras como un religioso fanático

    sin dios, incapaz de rezar.

    Querías ser escritora.

    ¿Querías escribir? ¿Qué había dentro de ti

    que debía contar su cuento?

    La historia que ha de ser contada

    es el Dios del escritor, quien más allá del sueño

    proclama inaudible: ‹‹Escribe››.

    ¿Escribir qué?

    Tu corazón, en medio del Sahara, rabiaba

    en su vacío.

    tus sueños estaban vacíos.

    Te inclinaste sobre el escritorio y lloraste

    sobre la historia que se negaba a existir,

    como sobre una plegaria

    que no podía rezarse

    a un Dios inexistente. Un Dios muerto

    con una voz terrible.

    Eras como aquellos ascetas del desierto

    que te fascinaban

    agostándose en la tortura

    de un vacuo Dios

    que succionó trasgos de la punta de sus dedos,

    de las suaves notas de los haces de luz,

    del rostro de una roca inexpresiva.

    El amordazado rezo de tu esterilidad

    era un Dios.

    Igual tu pánico al vacío, un Dios.

    Le ofrecías versos. Primero

    pequeñas ampollas de vacío

    en las que tu pánico dejaba caer sus lágrimas

    que se secaron dejando espectros de cristal.

    Costras de la sal de tu sueño,

    como el sudor del rocío

    en algunas rocas del desierto, tras el alba.

    Oblaciones a una ausencia.

    pequeños sacrificios. Pronto

    tu silencioso aullido a través de la noche

    se había hecho una luna, un ardiente ídolo

    de tu Dios.

    Tu llanto llevó a cuestas su luna

    como una mujer a su niño muerto. Como una mujer

    que cuida de un niño muerto, inclinándose para refrescarle

    los labios con gotas de lágrimas en la punta de los dedos,

    así te cuidé yo, que cuidabas a una luna

    humana pero muerta, marchita, y que te quemaba

    como un trozo de fósforo.

    Hasta que se desperezó el niño. Su agujero bucal se desperezó.

    Rezumaba la sangre en tu pezón,

    alimento que goteaba sangre. ¡Nuestro momento de dicha!

    El pequeño dios voló hasta el Olmo.

    En tu sueño, de ojos vítreos,

    oíste sus instrucciones. Al despertarse

    moviste las manos. Y las miraste decepcionada

    mientras hacían un nuevo sacrificio.

    Dos puñados de sangre, de tu propia sangre,

    y en esa sangre pedacitos míos,

    envueltos en el tejido de una historia que por algún motivo

    se escurrió de ti. El embrión de una historia.

    Ni podías explicarlo ni saber quién 

    comió de tus manos.

    El pequeño dios rugió en la noche del huerto,

    Y su rugido parecía risa.

    Le alimentabas de día, bajo la tienda de tu pelo, sobre tu escritorio, en tu secreta

    casa de los espíritus, mientras susurrabas,

    tamborileabas sobre tu pulgar con los dedos, 

    agitabas las conchas de Winthrop para oír voces marinas

    y me diste una efigie, una hoja de salvia

    prensada en una Biblia de Lutero.

    No podías explicarlo. El sueño se había abierto.

    La oscuridad salía de él, como un perfume.

    Tus sueños reventaron su ataúd.

    Cegado encendí una luz,

    y me desperté del revés en tu casa de los espíritus

    moviendo miembros que no eran mis miembros,

    y contando, en una voz que no era mi voz,

    una historia de la que nadie sabía.

    Mareado

    con el humo del fuego que atendías

    llamas que sin quererlo había yo encendido

    y que se volvían blancas en el surtidor de oxígeno

    de tu susurro encantador.

    Alimentaste las llamas con la mirra de tu madre

    el incienso de tu padre

    y con tu propio ámbar y las lenguas

    de fuego contaron tu cuento. Y de repente

    todos lo sabían todo.

    Tu Dios aspiró el grasiento hedor.

    Su rugido fue como la caldera de un sótano

    en tus oídos, trueno de los cimientos.

    Entonces escribiste en un arrebato furioso, llorando,

    tu júbilo de bailarín en trance

    entre el humo de las llamas.

    ‹‹Dios habla a través mío››, me dijiste.

    ‹‹¡No digas eso!››, grité. ‹‹No digas eso.

    ¡Trae muy mala suerte!››.

    En tanto allí me senté con los ojos irritados

    mirándolo arder todo

    en las llamas de tu sacrificio

    que al fin también te alcanzó a ti hasta

    que desapareciste, explotando

    en esas llamas

    de la historia de tu Dios

    que te abrazaba

    y de tu Mamá y de tu Papá,

    de tu Dios azteca de la Selva Negra

    bajo el eufemismo Aflicción.

  • Cuaderno pautado: Xashaca

    Cuaderno pautado: Xashaca

    Ta Megala          

    Fernando Solana Olivares

    —Pero mire usted —dijo el hombre desde el Portal de Mercaderes, atiborrado de un sol calcinante, pesadísimo, junto al animal suntuoso de la Catedral, con su reloj colorido untado en la torre, y toda la gente dando vueltas, protestando, paseando, vendiendo, meando al pie de la cantera, cagando en los rincones.

         —Nadie habla con ellos. El poder no abre ninguna puerta —continuó el hombre.

         —Así es aquí —contestó el otro, fascinado con los cuadernos llenos de mierda y belleza que lo asombraban a la vez. —Este pueblo siempre ha tenido caciques autoritarios, poco aptos para negociar.

         —Sí —convino el primero. —Así es Oaxaca.

    Al viajar por la Mixteca todo son montañas, las que le sobraron a Dios en la creación, y cañadas que están secas, yermas de sol. Pero en sus pliegues de tanto en tanto aparece un nido de vida: diez metros arriba, diez metros abajo y en medio una choza colgada de la gravedad, como un verde pubis henchido que refrenda el pacto entre el hombre y la naturaleza desde los pequeños formatos.

    Desfila por la ciudad nublada una procesión de pequeñas mujeres indígenas vestidas con huipiles grana. Todas gritan con comedimiento la desesperanza histórica que es su signo y su condición. Protestan, aunque en tono femenino y menor. Ningún reclamo parece convencerlas de que las cosas van a cambiar. Jóvenes y viejas tienen la misma talla, un metro y medio, cuando más. Forman hileras disciplinadas, metódicas, como listones escarlatas que se mueven en el tiempo antes que en el espacio, diferenciadas solamente por su similitud. Detrás de esa coreografía marchan los hombres, tan pequeños casi todos como sus pequeñas mujeres adelantadas, menos sabios que ellas porque con su combatividad vociferante demuestran creer lo que las otras no: que basta una marcha para que la miseria cese, que basta un grito para que el palacio se abra, que basta la voluntad del pueblo para que el mundo sea otro lugar.

    ¿Qué se hace en un lugar donde la inteligencia sólo representa y no conceptualiza, donde la imagen plástica avasalla las ideas y ninguna inmaterialidad, ninguna sutileza es concebida como realmente existente? Dice Unamuno que los escritores llevan dentro un mendigo desdeñoso. Desean ser leídos pero a fin de cuentas no les importa la opinión de quien los lee. Siempre, o casi siempre, esa opinión estará por debajo de la intención de lo escrito. Mendigo desdeñoso: sólo el escritor cree que las palabras siguen siendo las marcas del espíritu.

    Cuanto más pequeño es un pueblo más fuertes son los estragos de la proximidad entre la gente. Por eso hay sitios donde cuando se saluda a alguien éste nunca pregunta por el otro: “¿Y tú?”. Esas dos palabras pueden derrumbarlo todo.

    Todo tiempo malo también es bueno, aun cuando las turbas de visitantes secuestran el centro de la ciudad y desfilan sin rumbo fijo, ahítos de música metálica, mezcal, chucherías artesanales y folclor. Esos tiempos permiten simplificar y ponerse a salvo desde el propio interior de cada cual. Y ver los gajos de sol que alfombran la sierra plástica de San Felipe, que a veces viene y a veces va, como si la distancia fuera ilusoria y la atmósfera su trapecio pendular.

    Esta época sin síntesis: cualquier museo tiene libretas en las que los visitantes consignan su opinión. Unos celebran en ellas el arte expuesto y lo agradecen, pero otros escriben insultos con una liberalidad estremecedora y critican por lo que no comprenden, que es casi todo lo que ven. “No me gusta”, es el prejuicio que emiten como si fuera un juicio, como si su gusto fuera una percepción propia, elaborada, y no un frágil y prepotente lugar común. ¿De qué es anuncio esa violencia escrita en un lugar generosamente público, que mayoritariamente proviene de asistentes oriundos del lugar?

    Las civilizaciones integradas a medias pueden retroceder a estirpes neuróticas y barbarizadas, porque en los tiempos como los actuales, donde la forma de lo grande cambia, surgen todo tipo de patologías de la pertenencia a lo local, de búsquedas quiméricas —y en casos extremos, sangrientas— sobre aquellas fronteras imaginarias y puras donde la amargura étnica se convierte en el éxtasis del exterminio de los otros, los extranjeros, aunque durante siglos hayan vivido pared de por medio. De ahí que toda xenofobia no sea más que el pánico abortivo de una colectividad.

    Hay una mole majestuosa que reina sobre una planicie. Es la nave capitana desde donde se tejió toda la aventura civilizatoria dominica: Yanhuitlán. La conquista devocional fue una batalla. Por eso quedaron tantas cicatrices y algunos sitios de poder. Ese viejo y poderoso convento es el corazón secreto del reloj de la parte invasora, racional y cristiana. Los soldados de Dios: tal confusión. Las celdas taoístas de sus ascetas hace siglos que están desocupadas.

    Una corriente de pensamiento advierte que estamos en el vórtice de algún tipo de transformación morfogenética, en el nacimiento de una nueva forma, en un quiebre de sistema. El problema real es de qué especie es esa transformación y si, a partir de una comprensión renovada de los modelos pasados, los hombres y sus sociedades podremos acercarnos a ciertas tendencias y alejarnos de otras, que han demostrado su atroz inutilidad. Todo indica que no: nuestro nuevo medioevo es más grave que el anterior, y como informaba Johan Huizinga para aquel periodo más temprano, la depresión vuelve a estar por doquier. La peste negra diezmó la cultura feudal de Europa y la llevó a la discontinuidad. Hoy el cáncer, el sida, la contaminación, la violencia y el número destruyen los precarios términos de la confianza vital. Aquella verdad habitual que aglutinó mundos y domesticó instintos se ha fragmentado en un montón de verdades parciales. Heráclito tuvo razón: el logos es común a todos, pero cada cual actúa como si fuese dueño de una lógica particular. Sobre todo ahora, cuando no se dice “yo pienso que” sino “yo siento que”, como si el sentimiento no fuera la verdadera superestructura de la brutalidad.

    Primero escribió que esa ciudad taladra el alma. Después su destino lo llevó a vivir en ella, regresó para que lo que había sido literatura se hiciera vida. Entonces se dio cuenta: sin saberlo, uno escribe lo que le espera porque a pesar de todo siempre se habla de sí. Esa noche rezó por Kafka, por Lampedusa, por Rulfo, por Flaubert. Todavía no termina. Apenas empezará a pedir por él.

    “Autónomo y anónimo”, dijo, y clavó otro clavo en el ataúd. 

  • El inconmensurable Ovidio

    El inconmensurable Ovidio

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    A Laura Emilia Pacheco

    1. Inconmensurables 

    Inconmensurable es lo que no puede medirse. 

    Marguerite Yourcenar dijo de Murasaki Shikibu, la gran escritora japonesa que escribió la Historia de Genghi en el año 1000, que en su obra estaban todos los sentimientos humanos. Lo mismo dijo Harold Bloom de Shakespeare, que escribió sus tragedias 600 años después. Yo agregaría a Jorge Luis Borges, creador de constelaciones. Los tres, inconmensurables. Antes de ellos, Publio Ovidio Nasson, autor de El arte de amar y Las metamorfosis

    1. El arte de amar 

    Es el primer tratado en Occidente sobre el amor. Reúne consejos para los amantes sobre cómo seducir, retener e incluso engañar al ser amado. Es la primera piedra de libros que han reflexionado desde el ensayo sobre el amor, como Del amor, de Stendhal, El amor y Occidente, de Dennis de Rougemont, Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, y de novelas que han intentado explorar ese sentimiento, como El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, entre tantas otras obras y ensayos.

    Además de El arte de amar, sobre ese mismo tema, Ovidio escribió Remedios contra el amor, Amores y Sobre la cosmética. El éxito de estos libros fue sin medida. 

    En El arte de amar, Ovidio afirma: “Si hay alguien entre el público que no conozca el arte de amar, que lea esta obra y, cuando se haya documentado leyéndola, que ame. (…) Lo primero de todo, tú que por primera vez vienes como soldado a revestirte con armas nuevas, procura descubrir lo que deseas amar. El paso siguiente es conquistar a la joven que te ha gustado; y en tercer lugar, conseguir que el amor dure por largo tiempo. Éste es mi plan; éste es el campo que mi carro dejará señalado a su paso, ésta es la meta que deben tocar mis ruedas en su loca carrera”. 

    1. La Metamorfosis

    A lo largo de infinidad de pequeños relatos, Ovidio nos muestra cómo se transforman humanos en animales, piedras, árboles o constelaciones o cómo cambia la esencia de un ser humano. Todo cambia, como decía la cantante y miles de años antes los presocráticos. De entre la enorme galería de transformaciones, quiero destacar la de Acteón, que ve a Diana desnuda y la posee con la mirada. La Diosa se deja mirar pero transforma al voyeur en ciervo. No se puede ver la belleza absoluta sin pagar un precio. Sobre este episodio, Pierre Klossowski escribió su libro El baño de diana

    Destaco también la metamorfosis de Tiresias, que fue hombre, luego mujer y de nuevo hombre y afirmó que en el sexo la mujer gozaba más que el varón. “Asumiendo el papel de árbitro del jocoso litigio, confirma las palabras de Júpiter; dicen que la Saturnia se ofendió más gravemente de lo razonable, de manera desproporcionada para el tema, y condenó los ojos del juez a la noche eterna. Pero el padre omnipotente (pues a ningún dios le está permitido dejar sin efecto las acciones de otro dios), a cambio de la luz que le había sido arrebatada, le concedió conocer el futuro y suavizó su castigo con este honor”. 

    Es el mismo Tiresias, que al ser insultado por Edipo, le dice, en la tragedia de Sófocles: “Te burlas de mí por ser ciego. Tú, tú sí ves. Pero no ves en qué desgracia vives. Ni dónde vives ni con quién cohabitas. ¿Sabes de quién naciste? En la tierra, en el Hades, repugnante serás a quien te mire. Doble azote tendrás: el de una madre, el de un padre también. Fuera de esta tierra habrán de expulsarte. ¡Terrible cosa: hoy miras: un día ya no verás… serán tus ojos perpetuas tinieblas! Ten por seguro que ningún hombre jamás será azotado por el Destino como lo serás tú”. 

    1. Publio Ovidio Nasón 

    Fue el más célebre de los escritores en lengua latina después de Virgilio. Nació el 23 de marzo del 43 a.C. y murió el 17 de marzo del 17 d.C. Su éxito fue su perdición. Fue desterrado al confín del Imperio Romano, a Dacia, específicamente a la ciudad de Constanza, en Rumania, que entonces se llamaba Tomis. Estuvo allí 8 años, olvidado. Un día desapareció. No se conocen las causas exactas de su desaparición física. La influencia de su obra traspasa los siglos: el Roman de la Rose, Shakespeare, Dante, Shakespeare, Orfeo, de Jean Cocteau… 

    1. El último mundo, de Christoph Ransmayr

    Este novelista austriaco, nacido en 1954, escribió esta espléndida novela, que recrea el exilio de Ovidio -llamado en la novela Nasón-. Allí plantea distintos motivos del ostracismo: el haberse dirigido al público directamente, en lugar de al César; haber albergado en su casa los amores ilícitos de la nieta del César; haber escrito un discurso casi revolucionario; incluso, haber pertenecido a una secta neopitagórica… 

    El último mundo recrea no la continuación de la vida de Ovidio, el famoso poeta, sino su transformación, su metamorfosis íntima y personal. A través de un juego de espejos, los lectores atisbamos distintas posibilidades de la vida de Nasón, tanto las reales como las simbólicas, en una obra donde se entremezcla el tiempo romano con la actualidad. 

    “Y Nasón había acabado liberando a su mundo de los seres humanos y de sus disposiciones al poner fin a cada historia. Entonces él mismo había entrado en la imagen deshabitada, rodado por las laderas como un guijarro invulnerable, rozado como un cuerno marino las crestas espumosas del oleaje y descansado como triunfante musgo púrpura sobre el último y efímero resto de muro de una ciudad. Los libros se desmoronaban con el moho; incluso los signos grabados en basalto desaparecían bajo la paciencia de las babosas. La inventiva de la realidad no necesitaba más anotaciones”.

    Hay que leer y releer a Publio Ovidio Nasón, el inconmensurable. 

  • Cartas de cumpleaños de Ted Hughes / I

    Cartas de cumpleaños de Ted Hughes / I

    Colaboraciones

    Héctor Ramírez

    Para Mariana Jasso
    Con infinito agradecimiento por esta revelación

    En mis lecturas tengo la pésima costumbre de muchas veces saltarme las trancas de los prólogos y de las introducciones. Es por ello que cuando inicié la lectura de Cartas de cumpleaños de Ted Hughes pensé que se trataba de una cuestión epistolar tradicional y me lancé de lleno a las páginas iniciales. Por supuesto no entendí nada. Me desconcertó enormemente el encontrarme con lo que me pareció una prosa cortada o una poesía extendida, me refiero por supuesto a la estructura de los párrafos, sin embargo, desde las primeras líneas (ya después de leída la introducción y puestas en contexto muchas cosas) caí en un estado de fascinación que hace mucho no me ocurría.

    A diferencia de lo que me sucede con la novela, me gusta leer los libros de poesía de “una sentada”, de principio a fin, por lo menos al realizar la primera lectura, ya después regreso con otro ritmo e incluso con otro orden. En el caso del libro de Hughes, una hermosa edición bilingüe de Lumen, parecía muy complicado seguir mi costumbre pues se trata de 477 páginas y en un principio dudé cumplir con mi hábito, pero no fue así. El libro lo abrí la mañana de un domingo y pensé que llegaría hasta donde tuviera que llegar ese día. Sin darme cuenta las horas se me fueron acumulando y me encontré sin la menor intención de abandonar la lectura. Cancelé un par de actividades que tenía planeadas para ese día y me dejé llevar por la lectura como en uno de esos ríos que en las películas llaman “rápidos” donde la corriente es de una fuerza y velocidad inauditas y quienes conducen las balsas apenas tienen tiempo y oportunidad de esquivar las rocas y otros obstáculos.

    Andreu Jaume en su introducción hace un brillante análisis de la obra de Hughes, de su relación con T. S. Elliot como su primer editor, de su evolución como poeta y lo determinante que es en su obra la de William Shakespeare. Inevitablemente realiza algunos apuntes de la relación de Sylvia Plath y Ted Hughes, el suicidio de la poeta norteamericana en 1963 y cómo este hecho empañó la carrera del poeta inglés con especulaciones respecto a su responsabilidad en el suceso; asimismo de lo que califica como “mimético suicidio”  de Assia Wevill, la también poeta alemana por la que Hughes decidió dejar a Plath y que , al quitarse la vida en 1969, resolvió llevarse consigo a Shura, la hija que había tenido con Hughes. ¿Hasta dónde tuvo qué ver el poeta inglés con en estos lamentables acontecimientos? Esto se ha discutido mucho desde aquella época y, según dicen algunos, es justo este dilema el que ha contribuido al aura de la que gozan la poeta norteamericana y su obra. Al respecto Hughes escribió:

    “En los años siguientes a la muerte de Plath, cuando los estudiantes se me acercaban, yo trataba de tomar sus aparentemente serias preocupaciones por la verdad sobre Sylvia Plath también con seriedad. Pero aprendí la lección rápidamente… Si trataba esforzadamente de explicar cómo ocurrieron algunas cosas, con la esperanza de rectificar alguna fantasía, era muy probable que yo fuese acusado de intentar suprimir el “Libre Discurso”. En general, mi rechazo a tener algo qué ver con la Fantasía Plath ha sido considerado justamente como un intento de suprimir dicho “Libre Discurso”… La Fantasía acerca de Sylvia Plath es más anhelada que los hechos. Si ello permite el respeto por la verdad de su vida (y de la mía), o de su memoria, o por la tradición literaria, eso yo no lo sé.”

    De lo que si podemos hablar es de los ochenta y ocho poemas que conforman estas Cartas de cumpleaños y que —de alguna u otra manera— narran aspectos personalísimos de la relación que sostuvieron por algunos años los dos poetas: desde que se conocieron cuando ella llegó a Inglaterra, de su Luna de miel, del viaje que realizaron a Estados Unidos, de su regreso al Reino Unido y de muchas otras cosas más. En este que fue el último libro de poesía que publicó Ted Hughes es claro que no está escrito desde el remordimiento, la culpa o el arrepentimiento: se trata de literatura pura. El lenguaje poético transita de lo personal a lo universal sin que nos demos cuenta, y los versos se multiplican cuando escribe: Y tus palabras/ eran rostros a contraluz/ sujetándose las entrañas. O bien cuando en el extenso poema “18 Rugby Street” afirma: Mientras caíamos/ en un estruendo de alma tu cicatriz me contó/—como contraseña o nombre secreto—/ cómo habías intentado matarte. Y oí/ sin dejar ni un momento de besarte,/ como si lo susurrase una estrella serena/ sobre la ciudad que giraba retumbando: aléjate.

    El poeta entra y sale de la narración de acontecimientos para pasar a la descripción de la mujer amada sin ningún obstáculo, como en el poema donde narra del día en que se casaron:

    Estabas transfigurada.

    Tan esbelta y nueva y desnuda, 

    asertiva esencia de lilas húmedas.

    Temblabas, sollozabas de alegría, eras la profundidad del océano

    colmada de Dios.

    Dijiste que habías visto abrirse el cielo

    y mostrar riquezas, prestas a caer sobre nosotros.

    Levitando a tu lado, permanecí sometido

    a un raro tiempo verbal: el futuro hechizado.

    Mientras que para Plath la visión acerca de Europa era idealizada, para su esposo, quien había vivido desde un inicio los horrores de la Segunda Guerra Mundial, la visita a París en la Luna de miel tenía muy poco de sublime: Mi París era un superviviente útil de la posguerra./ El hedor del miedo colgaba aún de los armarios. Para más adelante afirmar en el mismo poema: Tu París/ era el secreter de una pensión/ donde tus cartas/ esperaban sin abrir. Era un laberinto/ dónde aún corrías, derramando lágrimas./ Era un sueño en el que no podías/ despertar ni hallar la salida,/ ni al Minotauro que pusiera un final feliz/ al tormento. Así de dispares eran los pensamientos y los anhelos de los dos poetas.

    En el poema titulado “55 Eltisley” Hughes hace referencia a la casa que habitaron a su regreso de la Luna de miel: Nuestro primer hogar nos ha olvidado./ Cuando un día pasé por delante conduciendo,/ ví lo insignificantes que habían sido nuestras vidas/ al no dejar ningún rastro. / Cuando allí nos mudamos por primera vez. Para más adelante escribir: Afiancé a solas nuestro primer hogar/ y dormí solo en él,/ intentando no inhalar el fantasma/ que colgaba aún del aliento de la cama./ La muerte de él y el duelo de ella/ fueron nuestros únicos invitados a la fiesta de inauguración. Los fantasmas rondan a la joven pareja y no son solo los que heredan en la casa que recién habitan, también los invocan como sucede en el poema titulado “Ouija” y en el que se acumulan preguntas y respuestas de temas tan británicos como son los resultados de la quinielas de fútbol o fragmentos de poemas de Shakespeare y más concretamente del Rey Lear, uno de los temas preferidos del autor. Pero la hay una interrogante que llama más la atención: 

    Una vez, arrimados los dos, pregunté:

    ‹‹¿Seremos famosos?››, y tú apartaste la mano hacia arriba

    como si alguien la hubiese agarrado desde abajo.

    Destellaron tus lágrimas, tu cara estaba convulsa,

    tu voz se rompió, era a la vez trueno y relámpago:

    ‹‹¿Y salir a la luz? ¿Eso es lo que queréis?

    ¿Por qué queréis ser famosos?

    No lo veis, la fama lo arruinará todo››

    Para más adelante concluir:

    Te negaste a seguir con la ouija. Nada

    de lo que se me ocurría explicaba

    tu impresión y tu llanto. Tal vez,

    simplemente, habías cazado un susurro que se me escapó,

    antes de que nuestro vaso se moviera, una débil y quieta voz:

    ‹‹Vendrá la Fama. Especialmente para ti.

    La Fama no puede evitarse. Y cuando llegue

    la habrás pagado con tu felicidad,

    con tu marido y con tu propia vida››.

    Sin lugar a dudas el lenguaje poético le ofrece un atuendo distinto a la realidad. A veces la engalana, otras la disfraza y otras más la desnuda. En estas maravillosas cartas Ted Hughes hace postales de lo bueno y de lo terrible que hay, siempre, en las relaciones de pareja; el péndulo se mueve para dejarnos en ese viaje que realiza las virtudes y los defectos de “el otro” y le otorga a ese otro exactamente la misma oportunidad para que vea lo mismo en nosotros. Antes de transcribir algunas líneas del poema titulado “Rodaballo”, me gustaría compartir aquí la información que ofrece Wikipedia:

    “El rodaballo (Scophthalmus maximus) es una especie de pez marino pleuronectiforme de la familia Scophthalmus. Su cuerpo es romboidal, casi circular, con los ojos en el flanco izquierdo, llegando a alcanzar una longitud de 100 cm y 12 kg de peso, aunque lo más habitual son los 60 cm. Los machos son más pequeños que las hembras.” 

    El poema habla de un día de pesca, justo de esta curiosa especie, pero lo realmente importante es la impresión que produce en el poeta:

    Qué diminuta aventura

    para hacerse tan monumental en nuestro matrimonio.

    Una leve ordalía de lo que pudo haber sido, 

    y un leve aliento de emoción de lo que es la vida para muchos.

    Un pequeño trofeo, un juguete en miniatura 

    de esa vida que pudo habernos unido

    en un solo animal y en un alma sola.

    Fue una visita de la diosa, la belleza,

    hermana de la poesía, vino para decir

    a la poesía que nos mimaba en exceso.

    La poesía quizás lo oyó, nosotros no oímos nada.

    Y la poesía no nos lo dijo. Y nosotros

    solo hacíamos lo que la poesía dictaba.

    En este mapa tan personal que va trazando Hughes, los lugares, los espacios que ocupa el matrimonio son puntos de gran importancia que se revelan así por la extensión de los poemas, cuando se trata de estos temas. 9  Willow Street que en su primera línea define como Calle del Sauce, poético domicilio es el lugar que habitan cuando viajan a los Estados Unidos y, como en las otras residencias, Boston está lleno de luces y sombras, de encuentros y desencuentros:

    Te envolví

    con las alas negras, alas de la negritud que me encerraban,

    meciéndome de modo infantil,

    y encerrándote conmigo. Y tu corazón

    daba brincos contra las costillas, te faltaba el aire.

    Intentabas aprehender el mundo

    esforzándote inútilmente, tu café matinal, cualquier cosa

    con tal de seguir volando.

    (…)

    Como siameses, cada uno pudriéndose

    en la singular toxina del alma del otro,

    éramos cada uno una estaca

    empalando al otro. Avanzábamos en silencio

    por las calles, afirmándonos mutuamente,

    tullidos por los sueños y por los sueños cegados.

    (…)

    La felicidad

    apareció momentáneamente,

    se asomó a tu ventana

    como un migrante salvaje, una oropéndola,

    un sinsonte, un colibrí, puramente americano,

    pedacitos marrones de la libertad del continente,

    pero, sin rumbo, se marcharon

    antes de que los pudiéramos identificar.

    (…)

    En casa miré la sangre y me acordé:

    los murciélagos americanos tienen la rabia. ¿Cómo podría el Hado

    montar un tan simbólico escenario

    sin haber escondido el fin trágico

    y la muerte irónica? Confirmó

    el mito en el que habíamos entrado cual sonámbulos: la muerte.

    Esa era la luz del murciélago en la que vivíamos: la muerte.

    Los versos se suceden, el viaje continúa y nos va llevando de una emoción a otra, de momento en momento: Nuestra mirada bogó a través suyo como una pluma/ perdida en el resplandor crepuscular de sus sensaciones. O para generar imágenes: A lo largo del sur/ la tormenta se deslizaba y resplandecía como una guerra. En sus cartas Ted Hughes también habla de sí mismo y, por momentos, es el centro: Estaba mirando al mar, supongo./ Intentando sentirme profundamente solo,/ simplemente yo mismo, con afiladas aristas./ El mar y yo una gran tabula rasa,/ como si mis huellas al retornar/ desde aquel lienzo de resplandor, aquel borrón a lo largo del horizonte,/ pudieran ser un nuevo comienzo.

    El padre de la Plath es un tema recurrente en Cartas de cumpleaños: Finalmente, te habías arrancado el vestido de la muerte/ y lo quemaste en la tumba de Papá/ Lo hiciste con tanta resolución, creaste/ de ello tal triunfante magia, que la Vida/ se sintió atraída y se volteó,/ dudosa, como una paloma silvestre que se posara en tu cabeza. O en otro poema, en otros versos donde dice: Tuviste que levantar/ la tapa del ataúd un dedo./ ¿En tu sueño o en el mío? Extraño buzón./ Sacaste el sobre. Era/ una carta de tu Papá. ‹‹Estoy en casa./ ¿Puedo ir a verte?›› Nada dije./ Para mí una solicitud era una orden. Para más adelante afirmar en el mismo poema: Como una monja/ atendiste a lo que quedaba de tu Papá./ Vertiendo nuestras vidas del cántaro/ en su café matinal. Luego hiciste/ añícos, toscas estrellas/ y se lo diste a tu madre.

    Esta edición bilingüe de Cartas de cumpleaños nos permite apreciar cómo, en el idioma original, algunas frases o conceptos tienen una mayor sonoridad en la lengua original, como es el caso del poema titulado “The rag rug” donde las erres vibrantes múltiples crean de entrada un divertido juego que hace sonar pobre y sin gracia la traducción que la define como “alfombra de retales”; de entrada me parece que más que “alfombra” es lo que nosotros conocemos como “colcha de parches”; en fin, sin importar de qué objeto se trate, la diferencia es muy significativa. Es en ese poema en el que, mientras Sylvia Plath trabaja en cuestiones domésticas, el poeta la entretiene, en un cuadro muy hogareño: De igual modo, podía/ sentir tus dedos acariciando mi lectura hora tras hora,/ ensamblando el desordenado arcoriris de la serpiente./ Yo era como el encantador de serpientes, cimbreándose/ mi voz sobre las tiras amontonadas. Mientras tú/ sacabas de la tierra algo más profundo que nuestros versos./ Un conocimiento como las dos mitades de un imán roto.

    En esos asuntos domésticos se encuentra de manera cotidiana también la muerte y el padre de ella. Un tema que ronda constantemente estas cartas en la vida de los poetas. Así sucede cuando Hughes habla de la mesa que le construyó para que ella pudiera escribir:

    Compré una ancha tabla de olmo de dos pulgadas de grosor.

    La corteza silvestre rematando el borde,

    toscamente cortada para un ataúd. El olmo de los ataúdes 

    halla una nueva vida, con su cadáver,

    hundido en las aguas de la tierra. Da protección

    a los muertos para un viaje ligeramente más largo

    que el que podrían hacer el fresno, el haya o el pino. Con un cepillo

    preparé una perfecta pista de aterrizaje 

    para tu inspiración. No sabía

    que había fabricado y dispuesto una puerta 

    que, hacia abajo, comunicaba con la tumba de tu Papá.

    (…)

    Ya no es un escritorio.

    Ni tampoco una puerta. Una vez más sencillamente es una tabla. 

    La tapa de un ataúd

    apartada con la violencia

    de tu mirada hacia arriba.

    Volvió de nuevo a la superficie,

    alcanzó la orilla, al otro lado del Atlántico,

    un objeto curioso,

    fregado con el sudor con que lo empapé

    encontrando a tu padre para ti y luego

    abandonándote con él.

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