Morfema Cero

  • Sobre cuerpos desaparecidos y bolsas negras de basura

    Sobre cuerpos desaparecidos y bolsas negras de basura

    El laberinto del mundo
    José Antonio Lugo

    Fui invitado a participar en el Segundo Coloquio Internacional sobre Desaparición de personas en escenario forense: narrativas, interpretaciones y rituales funerarios. Va mi texto:

    Desde siempre, la especie humana ha estado obsesionada por la muerte. 

    Hace más de dos mil años, Gilgamesh se sorprendió ante la muerte de su amigo Enkidu: “¡Mi amigo, a quien yo amaba, ha vuelto al barro! ¿No habré yo de sucumbir como él? ¿Nunca jamás me habré yo de levantar?”.

    En el siglo XV, Jorge Manrique escribió: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando
    cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando”.

    En el siglo XVII Rembrandt pintó “La lección de Anatomía”, y nos presentó como objeto de estudio a un cuerpo desalmado, un cuerpo sin alma, un cadáver.

    En el siglo XX, Xavier Villaurrutia escribió sobre la muerte, que le dijo: “Aquí estoy. Te he seguido como la sombra que no es posible dejar así nomás en casa. ¿No me sientes? Abre los ojos; ciérralos, si quieres”.

    En el camino hacia la muerte, tenemos nuestros Virgilios. 

    Anubis en la mitología egipcia, Caronte y su barca en la mitología griega, el Xoloitzcuintle, guía en el Mictlán, los tanatólogos en fechas recientes. Se trata de acompañar el último tránsito y guiar a los vivos al reino de los muertos. 

    Hoy, en el México del siglo XXI, no hay quien conduzca los restos fragmentados al inframundo, ni pueden hacer nada Caronte, Anubis o el Xoloitzcuintle,  porque no tenemos cuerpos.

    Sin cuerpo no hay duelo. Por eso claman las madres buscadoras, para que descanse en paz su muerto y para elaborar su duelo infinito.

    En el mejor de los casos, valga la expresión, tenemos bolsas negras donde se guardan fragmentos de restos humanos.

    Hoy, el cordón rosa de la bolsa negra es la placenta de la muerte. 

    Rembrandt nos mostró en su famoso cuadro un cuerpo: una unidad.

    El moderno Prometeo, Frankenstein, la inmortal creación de Mary W. Shelley, está hecho de pedazos de cadáveres. Está unido a pesar de las costuras, es uno. Uno/unido.

    Ni eso tienen los muertos que yacen en las bolsas de plástico. Frankesteins al revés, están des/unidos, ya no son uno, son meros pedazos.

    Y las bolsas, su contenedor, su útero, son bolsas de basura.

    Los fragmentos humanos en bolsas negras son basura. 

    Y algunos ni llegan a la bolsa. 

    Han sido asesinados y aventados en fosas comunes, corroídos por el ácido del tamalero o devorados por animales de carroña.

    Esta realidad no acepta alegorías, metáforas ni adjetivos. Las alegorías y metáforas quedarían cortas, los adjetivos serían fútiles. 

    Ante el horror, la literatura puede describir, solamente. Editorializar el horror es trivializarlo. 

    El horror simplemente es. 

    Hemos pasado del asombro ante la muerte, la impermanencia de la vida, el estudio del cuerpo y la conciencia de la muerte a una realidad inimaginable, atroz.

    Cabe la pregunta: ¿Qué culpa pagamos los mexicanos para convertir a los hijos de la Suave Patria en bolsas de basura rellenas?

    Dentro de unos días festejaremos un cumpleaños más de México. ¿Hay algo que celebrar?

    No soy psicoanalista ni psicólogo social. Esa respuesta no me corresponde. 

    Sólo sé que si las bolsas de Best value que se consiguen en los centros comerciales o por kilo sin marca en los mercados van a ser la metáfora del futuro de nuestra juventud, estamos jodidos, como diría Mario Vargas Llosa. Dije mal. No debía decir: “van a ser”, están siendo, gerundio doloroso. 

    En esta tardomodernidad hemos normalizado esta pesadilla y la ponemos junto al resultado de la copa del mundo, el escándalo político de moda o los chiles en nogada.

    Como si los fragmentos de cuerpos en las bolsas negras de basura no fueran importantes, como si los cuerpos inexistentes no fueran lo más importante. 

    Atrás quedaron Gilgamesh, Jorge Manrique, Rembrandt y Villaurrutia.

    Podía haber hecho la lista más grande. 

    Hasta en los tzompantlis los cráneos miran al espectador y son vistos por él. 

    En las bolsas de basura nadie puede ser mirado. 

    La bolsa de basura es un agujero negro.

    Es una nada cuya fuerza de gravedad nos jala como un poderoso imán.

    Alexander Pushkin, el más grande poeta ruso de todos los tiempos, escribió en su obra Eugenio Onegin la descripción de un duelo, sin imaginar que estaba contando la que sería su propia muerte a manos de Eugenio d’Anthès, un pobre diablo que pasó a la historia por ese hecho.

    Ojalá no imaginemos lo peor. Pero debemos decir, con claridad atroz:  cualquiera de nosotros podemos terminar en una bolsa de plástico negra con cordones de placenta rosa. Nadie elige ser víctima. Simplemente, sucede, le pasa a alguien, nos pasa.  

    Aclaro que no me siento inseguro ni soy paranoico. Simplemente cumplo con la misión más alta de la literatura: describir el horror (y también la belleza, hay que decirlo). 

    Si la literatura no sirve para mover almas, no tiene sentido escribir y todos seremos las almas muertas de Gógol.

    Sumario:

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    Sobre los desaparecidos en México.

  • Señor tiempo

    Señor tiempo

    Hilar el mundo
    Nidia Soledad Esteva

    Señor tiempo, dígame
    Por qué tarda el verano tanto, tanto en llegar
    Y cuando llega se va deprisa

    Señor tiempo, quédese
    Siéntese, tome un café  (Marta Gómez)

    La relación entre la vida y el tiempo es absoluta y ambigua. El tiempo parece todo al mismo tiempo; de prisa, ambiguo, lento, amable, efímero incluso a veces pareciera eterno y a veces cíclico.  Quizá por eso los griegos no tenían una sola palabra para el tiempo; Chronos (Χρόνος) es el tiempo secuencial. Aión (Αἰών) es el tiempo sin fin, la duración eterna y circular. Kairós (Καιρός) es el tiempo oportuno, el instante que hay que aprovechar. 

    Este hilo está dedicado al tiempo, busca que seamos conscientes y disfrutemos el aquí y ahora. Que nos hagamos responsables y capitanes de nuestro propio momento.  Vale la pena detenerse en esas tres dimensiones. Cuando miro las manos de mi abuela, a sus 91 años, comprendo que el valor de los años transcurridos, es la densidad de lo que esas manos contienen..

    Escuché hace poco a una banda de música del Valle de Oaxaca pasar de un ritmo colonial que todavía suena a España al vals porfiriano, de ahí a los corridos de la Revolución, y cerrar con un son contemporáneo hecho de todo lo anterior. Ninguno de esos tiempos había muerto. Estaban los cuatro ahí, tocando juntos, en el mismo instrumento y a la misma hora. Eso es Aión: el tiempo que no pasa, que se sedimenta, y que a veces se puede oír.

    Chronos es otra cosa. Chronos se mide, y todo lo que se mide se administra. La primera medida fueron el Sol y la Luna; después vinieron los instrumentos, y con los instrumentos vino quien los opera. Las fechas ayudan a marcar un ciclo, un tiempo, cuando sus hijas o hijos están punto de entrar a un nuevo ciclo escolar, el tiempo que llevas dedicado a un oficio o un trabajo. Esa ha sido la historia de la humanidad pareciera que forja horizonte, destino y tiempo, pero quizá la primera medida del tiempo fue la aparición del Sol y la Luna.

    Ahora los calendarios son un instrumento de medición, planeación y de conmemoración de fecha, de ritos o mitos. Sobre el calendario Jacques Attali nos cuenta en sus Historia del tiempo narra La casa del calendario, refiriéndose a China y su vínculo entre tiempo, poder y calendario e incluso hace referencia a los Mayas. El autor dice “El reloj hidráulico se transforma en mecánico, el calendario ritual se convierte también en el de los comerciantes. El Tiempo de los Dioses se vuelve de los cuerpos.”

    Hoy habitamos la era de la inmediatez. La hegemonía del algoritmo reduce nuestra atención a ráfagas de quince, sesenta o noventa segundos. Todo lo exigimos digerido, convertimos nuestra existencia en una carrera contra el reloj donde la pausa es vista como un desperdicio.

    Un reel puede durar tres minutos, pero el algoritmo no premia la duración sino la terminación: gana el video que se ve completo. En X, quien no paga tiene ciento cuarenta segundos, exactamente los mismos que fueron caracteres cuando la red se llamaba Twitter, ahora, todo lo queremos preferentemente en un minuto.

    Contra esa aritmética está Penélope. Solemos decir que esperó veinte años a Odiseo, pero Penélope no esperó: tejió. De día tejía el sudario de Laertes y de noche lo deshacía, y en ese deshacer fabricaba el único bien que le quedaba, que era tiempo. No lo pasó: lo produjo. Con las manos.

    Tres pares de manos, entonces. Las de mi abuela, que contienen el tiempo. Las de Penélope, que lo fabrican. Y las nuestras, reducidas a un pulgar que empuja hacia arriba para que el tiempo pase más rápido.

    Entre aquella astrología que también estudia el tiempo a través de los astros hasta estar frente a la urgencia ciega del algoritmo y las promesas de la inteligencia artificial, acaso el único acto de resistencia radical sea volver a las manos. Detener la prisa, recuperarnos y recordar a aprender, recordar o amar no son contenidos de consumo rápido, sino telas que exigen ser tejidas y deshechas hilo por hilo, aquí y ahora.

  • Iván Illich y el maíz azul

    Iván Illich y el maíz azul

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Quedó el retrato de un hombre de rostro anguloso, dueño de una mirada profunda y dulce, de sonrisa cálida con un suave rictus triste, un rostro confirmador del apotegma que dice que la forma más alta de la inteligencia es la bondad, la inteligente bondad, como se ve en el suyo. El rostro de otro testigo crítico de la sociedad industrial, inspirador del movimiento ecológico y profeta de la era de los límites. La muerte de Iván Illich, ocurrida el 2 de diciembre de 2002 en Bremen, Alemania, significó una pérdida cultural mayor. Las elegías siempre suelen hablar bien de los difuntos con el fin de consolar a los deudos, que en este caso seremos tantos, pero la del ex-sacerdote católico y pensador Illich debería ser la conmemoración luctuosa de un muerto fundamental para entender el proceso de sombras, como decía él, que arroja nuestro futuro.   

           Durante la primavera de 1989, en su casa de Ocotepec, Morelos, “un pequeño pueblo en las pendientes de la Sierra Madre, a unos ciento diez kilómetros de la ciudad de México”, según lo describieron, dos editores conversaron con Illich y éste mencionó el ejemplo de la tortilla azul que se elaboraba hacía menos de quince años en el pueblo con un grano precortesiano, ahora desaparecido, compuesto por ciento cincuenta cepas genéticas distintas cuyo color al hacerse harina era tan azul como las flores de la localidad.

           El color del sembradío impregnaba ceremonias, templos parroquiales, fiestas populares y dietas. Por ello, y aunque el grano se hubiese dejado de cultivar después del arribo a la zona de las técnicas agrícolas desarrollistas con semillas intervenidas y violentos agroquímicos promovidas y subsidiadas por el gobierno, después de que las milenarias terrazas agrícolas prehispánicas quedaran agrestes y fueran devastadas, se continuaba celebrando el festival del maíz azul.

           Iván Illich se refería a la brutal transición ocurrida en el corto intervalo de dos generaciones entre un mundo agrícola estable y un espacio social trastornado por las necesidades inducidas del desarrollo, transición donde las efemérides simbólicas de un mundo recién llegado a su fin continuaban inercialmente sin que aparecieran las compensaciones materiales prometidas por la modernidad. En el término “desarrollo” Illich cifraba la desviación moderna del reino de la necesidad que había gobernado a todas, lo subrayaba, a todas las sociedades anteriores, para diseñar al individuo posesivo y sus deseos ilimitados, para construir la sociedad contemporánea de la insaciable demanda por tener más.  

           El desarrollo reduce las limitaciones de la necesidad y deposita su fe en que la tecnología llevará a la sociedad a una evolución material constante. Existe una condición para que esto ocurra: la gente debe convertir sus deseos vagos y difusos, inconscientes y publicitarios, en “necesidades” de consumo que deben ser satisfechas. El mundo moderno eso le parecía a Illich: la construcción ideológica de la necesidad, aunque mentirosamente prometiera llevar a la gente fuera de la necesidad. Por eso le fascinaba a la vez que le repelía la ciudad de México, a la que veía situada más allá de la catástrofe, como “una metáfora de todo aquello que ha salido mal en el desarrollo.”

           Sin embargo, el fenómeno gracias al que la ciudad sobrevivía como un símbolo de estabilidad y equilibrio entre la gente después de la catástrofe —en la charla de ese día de primavera se ejemplificaba lo anterior con los varios millones de habitantes del Valle de Chalco sin agua corriente e instalaciones sanitarias que de una manera u otra asumían esa carencia, entre otras, y la masa fecal resultante, gestionando por sí mismos la precariedad—, estaba conduciendo al surgimiento de “formas alarmantes pero efectivas de auto-gobierno que mantienen al gobierno y a las instituciones del desarrollo fuera de los asuntos cotidianos de la gente.” Esa tendencia había surgido después del terremoto de 1985 en organizaciones como la Asamblea de Barrios, y para Illich configuraría el porvenir inmediato.

           Hoy se multiplican en la geografía nacional todo tipo de experiencias autogestivas y rupturistas, desde aquellas barbáricas como los actos de justicia popular por propia mano, hasta las delincuenciales que sustraen territorios y pobladores al imperio de la ley como el narcotráfico o los crímenes seriales de Ciudad Juárez; desde las insurreccionales que disputan la soberanía territorial y el dominio de los recursos naturales como el zapatismo indigenista, hasta las que resisten para defender la propiedad ejidal como San Salvador Atenco; desde las organizaciones vecinales que se hacen cargo de su propia vigilancia hasta la difusa y extendida desconfianza individualista en todo tipo de instituciones.

           El autogobierno de los grupos y los individuos, o lo que Iván Illich llamó “la autoadministración de necesidades genuinamente básicas”, aunque en ese amplio espectro también alienten las formas de la mayor disolvencia social.

           Iván Illich fue considerado un pensador apocalíptico y un intelectual crítico incómodo para las estructuras de poder. Desde su llegada a México en 1961, donde más tarde fundaría en Cuernavaca un legendario espacio de diálogo reflexivo, el Centro Intercultural de Documentación, CIDOC, su obra personal y los procesos intelectuales que sus actividades generaron lo condujeron a sufrir la persecución inquisitorial de la Iglesia católica. La Congregación para la Defensa de la Fe lo emplazó a responder un “espantoso cuestionario” (como lo llamó Javier Sicilia en un bello texto recordatorio) que lo juzgaba herético y anticristiano.

           La ofensa resultó suficiente para que Illich renunciara al sacerdocio. Entre tantas preguntas —cada una de las cuales era una acusación: investirse de carisma y desarrollar ideas disolventes, ser rebelde a la autoridad eclesial, formar parte del clero progresista, asimilar el marxismo al cristianismo, practicar y promover la sexualidad, contaminarse de psicoanálisis, denunciar a la Iglesia como un supermercado de ganancias, etcétera— estaba la expulsión o, cuando menos, la reducción al silencio.

           Pensar es anticipar y también agradecer. Entre sus lúcidas demoliciones de las falacias culturales, económicas y políticas de nuestro tiempo, Iván Illich anticipó la necesidad de encontrar un lenguaje para comprender la experiencia de la mayoría tecnofágica que se alimenta de los desperdicios del desarrollo, desde el Valle de Chalco hasta la Ciudad de los Muertos en El Cairo, para elaborar una ecología global basada en el manejo del agotamiento de los bienes comunes, y con ella construir una política “no del mayor bien ni del menor dolor, sino del máximo manejo del dolor para la especie.”

           En sus libros (Energía y equidad, La convivialidad, En el viñedo del texto, Toward a History of Needs, entre otros), Iván Illich agradeció el misterio de la existencia, que consideraba producto de la gracia divina aun en el mundo posmoderno de nuestros días, y aventuró cómo saldríamos de esta época material nihilista y desmesurada: mediante la catástrofe o gracias a la transformación. Pero habrá futuro, así lo creyó.

  • Yo, Sufriente

    Yo, Sufriente

    Colaboraciones

    Héctor Ramírez

    Hay que sufrir hasta el final, hasta el momento
    en que se deja de creer en el sufrimiento.
    E.M. Cioran

    Empezaré por decir que el origen de las palabras a veces no es ni griego ni latino, pueden provenir de raíces extrañas, más cercanas en el tiempo, pero que le dan sentido a las cosas y a las conductas. 

           Leopold von Sacher-Masoch es el escritor que, por sus fabulaciones, le da origen al término «masoquismo». Nació en Leópolis, una ciudad de Galitzia ubicada en el antiguo territorio del Imperio austro-húngaro y creció en el seno de una familia aristocrática. Su padre, Leopold Johan Nepomuk Ritter von Sacher, ocupaba un alto cargo del imperio como jefe de policía, y su madre, Charlotte von Masoch, era descendiente de una familia noble ucraniana. Leopold hijo estudió Historia, Matemáticas y Derecho en la ciudad de Graz y posteriormente hizo un doctorado que le permitió trabajar como profesor de Historia en la universidad entre 1856 y 1870. Después de este tiempo, decidió abandonar la vida académica para dedicarse al periodismo y la literatura. Entre 1881 y 1885 fue editor de la revista En el pináculo, una publicación mensual de Leipzig. Además, escribió múltiples ensayos sobre las minorías austrohúngaras y sobre su Galitzia natal, los cuales fueron alabados por autores e intelectuales de la época, como Víctor Hugo o Émile Zola. Hasta aquí algunos aspectos biográficos de don Leopold hijo, que bien podrían formar parte del CV de muchos profesores y académicos de la UNAM, egresados de casi cualquier facultad de esta querida institución. 

         Es el escándalo que acompañó la publicación de algunas de sus novelas —en particular de manera muy destacada la que se titula La Venus de las pieles— lo que le valió el curioso privilegio de que su apellido se asociara con la complacencia en sentirse humillado o maltratado y —ya en casos más extremos y extraños— en lo que se conoce popularmente como la perversión sexual de quien goza con verse sometido o denigrado por otra persona. 

         No sé si lo mío califique como masoquismo (en todo caso del más ligth) pues mis gustos en lo que a sexualidad se refiere no son tan desenfrenados. Lo que si es cierto y debo reconocerlo es que soy lo que podría llamarse un “Gran Sufridor”.

        Sufro por grandes y trascendentales temas y por otros que, francamente, podrían entrar más bien en la categoría de “insignificantes”. Por supuesto uno de los grandes motivos de mi sufrimiento es la humanidad. Estoy consciente de los millones de seres humanos que habitamos este planeta, y lo que me hace sufrir es —por supuesto— que después de miles de años parece que no hemos aprendido nada. Para comprobarlo lo único que hace falta es escuchar un noticiero, cualquier día en cualquier momento. Sufro por ello, pero también me hace sufrir el hecho de que las personas en el transporte público se levanten en el último momento, a pesar de que saben que ya están a punto de llegar a su destino. Es increíble que aunque el camión o el vagón del Metro estén atiborrados —que no haya espacio literalmente para un cristiano más— los pasajeros estén asombrosamente compactados y haya quienes esperan hasta el último instante para abandonar sus asientos. Lo peor de todo es que se salen con la suya, logran su cometido y consiguen abandonar el vehículo justo en donde les conviene o lo tenían previsto.

        Qué decir del sufrimiento que me produce el hecho de que en el Metro haya quienes disfrutan enormemente el viajar en las puertas estorbando la salida y la entrada de los heroicos usuarios. No importa que su viaje sea de terminal a terminal de la línea que usan cotidianamente; tampoco parece ser significativo para ellos que haya una gran cantidad de asientos disponibles, ellos prefieren estorbar en las puertas con sus, en muchos casos, voluminosos cuerpos y enormes mochilas o bultos. En este tema tanto me hacen sufrir los obstáculos humanoides, como aquellos que se sienten con un derecho inalienable de heredar el asiento que ocupan. Parece que hay un asunto como de sucesión testamentaria tramitada ante notario público que les da un derecho, a nivel constitucional, de determinar quién es el que debe ocupar el asiento que van a dejar libre, sin importar que haya alguien con más derecho por proximidad o cuestiones de linaje.

        Sufro por lo que pasa, pero también por lo que no ha pasado. Me asombra mi capacidad de sufrimiento y es claro que esto también me hace sufrir con una intensidad inaudita. 

         Me causa un gran sufrimiento la pobreza, pero la supuesta soledad en la que viven los multimillonarios también me produce el mismo sentimiento. A veces no sé si sufrir de esta manera tiene sentido, pero —para no sufrir por utilizar demasiado este concepto— trataré de utilizar sinónimos que se supone se refieren al mismo concepto, aunque ya sabemos que un supuesto sinónimo no necesariamente describe con certeza y de manera puntual el concepto del que es equivalente, lo cual por supuesto me produce un lingüístico sufrimiento.

        Siempre me han agobiado (hecho sufrir) las guerras, aunque creo que éstas son motivo de orgullo del hombre —aquí incluyo a las mujeres— por aquello de la paridad de género y porque definitiva e históricamente sí que se las han gastado y contribuido al tema de una manera bastante absurda. Entiendo aquello de los territorios, los intereses económicos y todas esas cosas, pero a estas alturas ya podríamos ir entendiendo que las pérdidas son demasiado cuantiosas en todos los sentidos. 

        Casi de la misma manera me produce un indescriptible agobio (sufrimiento) el hecho de que, en las escaleras eléctricas del Metro, las personas se empeñen en no dejar libre el lado izquierdo para que transiten aquellos que tienen prisa ¿qué les cuesta mantenerse a la derecha? ¿por qué si van con un acompañante les molesta tanto interrumpir por unos segundos sus interesantes pláticas y dejar el paso libre, simplemente alineándose a su derecha?    

           Estas simples reglas de convivencia social que son tan necesarias para una mejor circulación se vienen abajo porque quienes estorban creen firmemente que el utilizar una escalera mecánica les da un derecho incuestionable para no moverse y están convencidos que, quienes no quieran hacer uso de este inmóvil privilegio tienen que hacer uso de los peldaños tradicionales.

        Me afligen (hacen sufrir) demasiado los sonidos inútiles en las calles. ¿Por qué las motocicletas que cada día se multiplican más, se empeñan en producir un insoportable escándalo mientras circulan por estas calles de Dios? Como si no fuera suficiente la zozobra que genera el no saber si esos intrépidos bikers que atiborran las avenidas y rebasan irresponsablemente por donde se les da la gana son repartidores de comida, de medicamentos o cualquier otra cosa (incluyendo seres humanos, pues ahora ya los llevan y los traen en dos ruedas las aplicaciones de transporte). Es decir, no se sabe si son honestos trabajadores que se están ganando la vida o si se trata de asaltantes dispuestos a desplumarte… eso sí, muy respetuosos de las leyes que les impiden circular sin casco, lo cual les sirve muy bien para ocultarse y mantener su anonimato. 

        La proliferación de estos cafres de dos llantas ha generado un novedoso riesgo para quienes utilizan el transporte público, ya que en muchas ocasiones circulan por el espacio que queda entre los camiones y la banqueta, pasando a toda velocidad y a menudo estando a punto de llevarse de corbata a los distraídos pasajeros que abordan o descienden de los destartalados camiones. Pero no son sólo los motores, los camioneros también contribuyen cuando hacen uso de escandalosos claxons que hacen sonar a la menor provocación: para saludar al colega que pasa en sentido contrario, asustar al transeúnte despistado o simplemente mentarle la madre a quien se les pegue la gana, por quítame estas pajas.

        La angustia (entiéndase ésta como sufrimiento) se apodera de mí cuando me doy cuenta de que todas las personas que están absortas en sus teléfonos no se encuentran haciendo una consulta en Wikipedia, tampoco leyendo un e-book o escuchando embelesados uno de los conciertos de Brandemburgo. La realidad es que están utilizando un sofisticado y en muchas ocasiones carísimo dispositivo para satisfacer sus lúdicas obsesiones con jueguitos en los que el mayor reto es colocar, uno tras otro, cubos de colores. Y ya que hablo de celulares, me aflige (hace sufrir) enormemente el pensar que la escritura puede convertirse en un recurso en peligro de extinción, pues ya casi nadie se toma la molestia de escribir mensajes de texto y ahora es más común que se envíen mensajes de voz. Esto significa que las cosas se han invertido, pues han quedado muy atrás los tiempos en los que la escritura era un sistema de comunicación humana que traducía los sonidos del habla a términos visuales mediante signos gráficos convencionales (como letras, símbolos o jeroglíficos) dispuestos sobre un soporte físico. ¿Estamos destinados a quedarnos sin memoria? Al perder la escritura, estamos perdiendo un medio fundamental para registrar, conservar y transmitir información a través del tiempo y la distancia. Con todo este asunto tan digital por supuesto sufro enormemente.

          El peatón, ambulante, caminante, andariego, paseante, transeúnte o viandante ya no solo es víctima y presa de los automovilistas y de los motociclistas, ahora lo es también de esa raza conocida como los ciclistas y, por supuesto, eso me genera (adivinó usted) un enorme sufrimiento. Ay de aquel que ose usar una de las vías destinadas para la circulación de bicicletas, no importa que éstas se encuentren a un lado de las aceras, pues ¿qué pretenden cuando se molestan porque —para llegar al otro lado de la calle— tenemos que pisar una ciclopista? ¿Que la evitemos levitando? Quienes andan pedaleando por la vida se han convertido en cafres agresivos e intolerantes; en desalmados que no se tientan el corazón para embestirte impunemente o pegar un enardecido grito para advertirte que van a pasar a toda velocidad.

         Hay cosas que me provocan un enorme sufrimiento en otras áreas, como la estética, por ejemplo. No me refiero a la rama de la filosofía que estudia la esencia y la percepción de la belleza, el arte y el juicio de valor sobre lo que consideramos atractivo o desagradable, es más bien acerca de una cuestión más frívola y que tiene que ver con lo que alguna vez se conoció como “Estéticas Unisex”. Es en este tipo de lugares a los que acuden algunas mujeres para que les apliquen tintes que les dejan los cabellos de insospechados colores, o bien para que les depilen totalmente las cejas y se las tatúen. No sé cómo tendrán que ser las instrucciones que dan para obtener tan infames resultados: “quiero cejas en un ángulo que me haga parecer permanentemente sorprendida”, “me gustaría que mis cejas hagan evidente que vivo eternamente enojada… no, no, mejor que me hagan ver furiosa ‘por todo y contra todos’, como decía Dostoyevski”. Por lo que recuerdo haber visto, estos procesos siempre me parecieron dolorosos, porque los hacían pelo por pelo, pero se limitaban a dar cierta forma a las cejas y en todo caso eliminaban los vellos adicionales o fuera de lugar, pero ahora ese asunto tan radical e irreversible me parece temerario. Creo que lo socialmente aceptado es (o era) el eliminar el vello de las piernas y de las axilas, aunque sé de muy buena fuente que la famosa pintora Frida Kahlo no acostumbraba hacerlo en estas regiones anatómicas y mucho menos en lo que se refiere a sus famosísimas cejas.

           Me parece que el regocijo de aquel Leopold von Sacher-Masoch habría sido infinito si le hubiera tocado vivir en esta época en la que la humanidad no pierde oportunidad para sufrir o para causar sufrimientos y donde parece que el gozo, de unos y otros, es generalizado.

  • Obra de teatro inédita de Juan García Ponce

    Obra de teatro inédita de Juan García Ponce

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

             I. Alfonso D’Aquino y Ediciones Odradek

             Alfonso D’Aquino (1959-) poeta, ensayista, editor y traductor, escribió, a la muerte de Juan García Ponce: “Su obra está hecha de obsesiones personales y literarias, regida por una incomparable búsqueda espiritual, y una actividad que abrió una singular perspectiva para la literatura y el arte mexicanos del siglo XX, no sólo por la cantidad de autores y obras que dio a conocer, sino también por la visión que a partir de ellas fue instaurando, primero en su propia obra y, a través de su reflexión, en la literatura mexicana.”

             En los últimos años la editorial que dirige, Ediciones Odradek, ha estado publicando las obras de teatro de García Ponce. Ese fue el caso de La feria distante. 

             II. La feria distante (primera edición, 1959, ediciones Odradek, 2025) 

             Alfonso D’aquino me invitó a escribir el prólogo de esta obra. Allí afirmé: “En La feria distante, la rueda de la fortuna rodó hacia abajo, para todos los personajes: «Julia: Cuando nos conocimos, éramos otras personas. Tú querías ser escritor y yo.. yo tocaba el piano. Teníamos confianza, alegría (…) ¡Podía haber sido tan bonito! ¡Por qué no fuimos afortunados? ¿Por qué?».

             Veamos: Miguel es un tonto que confunde el sentirse bien con la habilidad mercantil. Su torpeza y su ingenuidad harán que se pierda la casa que ha sido el punto de encuentro de todos. Su mujer se verá obligada a seguirlo a Veracruz, aunque su corazón no lo desea: «Yo estoy cansada de Miguel y del niño y de todo. ¿Te das cuenta? ¡Estábamos enamorados! ¡Y acaba de pedirme Alberto que me vaya con él! (A Julia). Cuando entré, venía a decirle que aceptaba, que me llevara adonde quisiera porque ya no puedo más, ¡no puedo más! (Rompe a llorar). Pero no me atreví. Tú lo viste. No me atreveré nunca…». 

             Julia no se atreve tampoco a aceptar la propuesta de Gabriel de irse con él a vivir a Frontera. «Gabriel: «Es muy probable que no vuelva a intentar escribir. (Pausa). Voy a regresar. (Julia lo mira sin comprender). Quiero decir, para siempre. Voy a quedarme a vivir allá. Mi papá me lo pidió apenas llegué. Le dije que iba a pensarlo, pero voy a regresar».

             Alberto seguirá siendo un sólido funcionario bancario, sin estar convencido. Le da trabajo como su secretaria a Julia, que no sabe hacer nada. A Elvia y Mercedes, las dos mujeres de edad, sólo les toca ser testigos -como el guayabo que plantaron Alberto y Miguel-, de la decadencia y la caída de un mundo, como en el caso de la familia Buddenbrook, en la novela de Thomas Mann, tan apreciada por García Ponce: «Thomas Mann sabe que ha asistido y hecho visible y palpable para nosotros el fin de una forma de vida, la anulación de una serie de creencias, la imposibilidad de mantenerse dentro de los seguros cánones que establece un determinado mundo social».

             Esta última cita muestra con precisión lo que sucede en La feria distante. Lo que quedó alejado, distante, de todos los personajes, es la fortuna. Sólo queda la resignación, el abandono, el retiro, la despedida, el sometimiento, el sacrificio, junto con el recuerdo de la felicidad perdida y, al contrario de Proust, a través de la memoria, nunca recobrada. 

             III. La noche transfigurada

             Ahora, Ediciones Odradek acaba de publicar una obra de teatro inédita de García Ponce. Su archivo fue donado por Meche Oteyza a la Universidad de Princeton. Gracias a ese archivo la editorial realiza este rescate.

             Me sorprendió la importancia que tiene la culpa católica en esta obra primeriza del autor yucateco. No hay nada que extrañar, toda vez que García Ponce se educó con los hermanos maristas. 

             En esta obra vemos el enfrentamiento entre un hombre liberal pero destruido por el alcohol y una vieja mocha que quiere que Emilio se vaya al seminario y se aleje de la vida. Emilio es un personaje muy bien logrado, toda vez que podemos ver su sincera atracción por el seminario pero también por la carnalidad representada por la criada Lydia.

             Al final, ganan el conservadurismo yucateco, la culpa y la represión. 

             Sobre esta obra, Javier García-Galiano, escritor del prólogo, afirma: “La lectura de las obras de teatro de Juan García Ponce importa menos como una curiosidad de adeptos en busca de indicios y minucias peculiares o una cacería oficiosa de escolásticos, que una revelación, que acrecienta la complicidad del lector con su creación literaria que naturalmente derivó en la dramaturgia, en la narrativa, en el ensayo, en la crítica, en el aforismo, que conforman un rompecabezas, que cada lector puede armar de maneras varias, cambiantes”.

             Felicidades a Ediciones Odradek por la publicación de esta obra de teatro inédita. ¡Sigamos leyendo a Juan García Ponce! 

  • La impermanencia

    La impermanencia

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

     Para Diana, que se fue apenas      

    Era un viernes por la noche con luna nueva. Las estrellas brillaban a plenitud. Terminaba un encargo equivocado, una necedad juvenil de un año, y la noche se vivía liberadora. Cuando llegué a la casa, mi adorada perra Quiara murió a mis pies. Milou, su hijo y compañero, tan querido como ella, salió corriendo despavorido y apareció muerto por la mañana detrás del corral de las cabras.

           La agonía de Quiara fue corta pero muy dolorosa. La impotencia ante su sufrimiento también. Esperamos el regreso de Milou durante horas, estupefactos por el hecho, rotos de tragedia, ese paso repentino y violento de la felicidad a la infelicidad. El veterinario llamado con urgencia vio los síntomas de Quiara, la lengua amoratada y el rigor mortis repentino, y habló de un poderoso veneno, algo prohibido para matar coyotes que se consigue con facilidad. 

           El sábado por la mañana celebramos los funerales de nuestros perros en el panteón donde están los restos de Petra y Galleta junto a un pino azul. Las galas del campo llovido y sus florecillas multicolores fueron el marco del tristísimo momento, su imposible compensación. ¿Qué se hace con el dolor? ¿Desde qué dice el poeta: umbrío por la pena, casi bruno, porque la pena tizna cuando estalla, donde yo me hallo no se halla hombre más apenado que ninguno?

           Hay dolor profundo y dolor permanente. Éste es equivocado y el otro es necesario. De todos modos resulta inexplicable. Ahora que escribo estas líneas catárticas vuelve a mi mente la imagen de la cruel agonía y la fiel nobleza de Quiara y Milou que resistirían el veneno hasta esperar mi llegada para morir una delante de mí y el otro habiéndose despedido, y debo despojarla del corrosivo sentimiento de dolor que me causa en las entrañas, del llanto que me provoca y no sé cómo sacar: así es la oscura desbandada de los seres y las cosas, todos episódicos, no duraderos, efímeros. Lo único permanente es la impermanencia de cuanto hay.

           O el factor estoico: Dios nos los dio, Dios nos los quitó, bendito sea Dios. No encuentro otro arreglo posible ante la fatalidad. Me digo que buscarle causas es incurrir en una distracción epifenoménica para aceptar el suceso, una distracción inútil: ¿quién fue, cómo fue? Es el apego, el deseo desesperado porque nuestros guardianes y compañeros vuelvan a estar aquí. Una imaginaria operación sentimental sobre el tiempo: cuánto quisiéramos que estuvieran.

           Veo volar una garza blanca que despega de la pequeña poza de agua. Pienso que es el alma de Quiara y Milou yéndose de aquí hasta ese lugar de la alta fantasía donde llueve, otro plano de la conciencia u otro estado del ser. Nada se crea, nada se destruye, todo se transforma. Y los dioses se burlan de los hombres quitándoles sus bienes más preciados. 

           Mi mujer habló del dolor que vivió Quiara y dijo algo que me llamó la atención: —Qué bueno que lo sacó, que no se lo llevó. Creyendo en la existencia de un orden providente, sabemos que Milou también sufrió y se liberó. 

           Por eso la garza blanca alzó el vuelo y una segunda pasó después. Los dos se fueron a un estado desconocido donde hay eso: lo desconocido, una promesa común a cualquier entidad o ser compuesto, que no tiene esencia propia pero cuyas cualidades son percibidas y se toman por verdaderas: todos conocerán sin falta en qué consiste esa desconocida condición evaporada de ya no estar en el mundo más.

           Siendo así, el mundo es un escenario donde la representación se va haciendo por sí misma como un fluido ininterrumpido en constante movimiento. ¿Cómo convencer al deseo que se resigne a desprenderse de lo que ama, que se conforme a su perentoriedad súbita, y que no reclame como Fausto: detente, instante, eres tan hermoso? Es un arte supremo aprender a soltar.

            No puede tenerse pan sin cocción: el conocimiento es el agua, el cuerpo es la harina y la emoción es el fuego. Todo dolor es una emoción. Esa advertencia es antigua y dura: nos hacemos en el dolor, aunque en él nos deshacemos. Dice el proverbio árabe que el azar es el nombre de Dios. Aunque lo que ocurre es una fatalidad necesaria, entonces lo que ocurre es la sombra de Dios.

           He vuelto a ver la luna nueva, pequeña y brillante. Las tardes se suceden entre nubes y crepúsculos luminosos. La vida sigue, por eso desaparece. Mientras uno se hace viejo lo va sabiendo: existir es un misterio para la razón. Y el dolor quema, purifica.  

  • El periodismo de la Tía Teté

    El periodismo de la Tía Teté

    Administración de los males públicos

    Jorge Pech Casanova

    En 1988 Guillermo Sheridan publicó uno de sus primeros libros: Frontera Norte (y otros extremos), en la Biblioteca Joven que editaba el Fondo de Cultura Económica como parte de un programa para difundir la lectura entre las juventudes. En ese libro desenfadado y muy dispuesto al relajo, Sheridan conjuntó crónicas y ensayos que aún hoy resultan muy divertidos en su mayoría. Entre esos textos resalta uno que el autor aseguró haber copiado a la letra de una sección semanal de algún periódico norteño: “Los domingos de la tía Teté”.

             La sección periodística comentaba acontecimientos sociales con un tono confianzudo, cuya autora (o autor) asumía el papel de una tía chismosa del norte contándoles a sus sobrinos las novedades de sociedad: cumpleaños, casamientos, fiestas de quinceañeras y otros festejos. Lo que le llamó la atención a Sheridan fue el tono casi bizarro de quien redactaba la columna en su afán de ser gracioso y ocurrente al tratar los manidos sucesos de los festejos.

             Sheridan siguió escribiendo libros y en algunos textos periodísticos perdió la gracia (al convertirse en rabioso defensor del conservadurismo político más rancio y corrupto). En cuanto a la “Tía Teté”, el internet aclara que se trata del columnista Guillermo Fárber, nacido en Sinaloa y aún activo en periódicos del norte mexicano.

             El comentario en línea sobre “Domingos de la Tía Teté” apunta que “es una referencia directa a las anécdotas, dichos y reflexiones de un personaje entrañable de la tercera edad frecuentemente citado en el espacio de opinión y la cultura popular regional —como en los textos memoriales y costumbristas del escritor y periodista Guillermo Fárber en el norte de México—, caracterizado por una visión realista, directa y sin filtros de la vida cotidiana”.

             Sheridan no reprodujo en su libro la columna de Fárber por su calidad literaria, sino por su extravagancia, como un ejemplo extremo de la inanidad informativa.

             Y si bien quienes practicamos la comunicación por lo general rechazamos esta clase de textos, al ser parte del medio informativo, no se puede negar a las secciones de sociales su calidad de textos periodísticos, por mal que se mire a sus autoras y autores a causa de su frivolidad y escasa sustancia. Por otra parte, es innegable que muchos medios cotidianos se han sostenido precisamente con la venta de sus secciones de noticias “de sociedad”.

             Entonces, el periodismo de “la Tía Teté” es una forma poco prestigiosa pero sin duda común en las prácticas periodísticas mexicanas. No se le puede negar a Fárber el título de comunicador por su frivolidad. Y en el plano de la rentabilidad de sus textos, probablemente “Domingos de la Tía Teté” redituaban más a su periódico que un puntual reportaje de investigación sobre serios problemas sociales.

             En la caótica realidad de los medios informativos actuales, numerosos comunicadores basan la captación de auditorios mediante frivolidades y extravagancias. Por ello, es válido considerar que los actuales “influencers” han sustituido a los antiguos cronistas de sociales.

             La información y los sucesos con que esos “influs” se dirigen al público son, al menos, tan superficiales y prescindibles como las minicrónicas de bodas y fiestas de cumpleaños. Pero indudablemente atraen a un público cuantioso que se entretiene con la insustancialidad de las transmisiones en redes sociales y canales de YouTube.

             Aunque la inanidad de sus mensajes pueda causar desdén o aun indignación, los “influencers” como Valeria Márquez o César Gastélum cumplían y cumplen una función similar a los “Domingos de la Tía Teté” del cronista Fárber: informan de manera ramplona y extravagante sobre asuntos triviales que encomian el estatus de cierto sector social.

             En el caso de Márquez y Gastélum, sus respectivos fines violentos evidencian un trasfondo que en el caso de “Tía Teté” permaneció siempre oculto: la relevancia social de sus sujetos estaba ligada a un poder cuyos manejos incluían no pocas veces la violencia. Las pueriles piñatas y los cursis arreglos florales de fiestas “nais”, a veces procedían del despojo y el abuso ejercido por los parientes de los festejados (políticos, empresarios, autoridades).

             En el caso de los actuales “influencers”, su celebración de un estilo de vida consumista, despilfarrador, está cada vez más ligado a la riqueza de jefes de la delincuencia organizada. La ejecución de Valeria Márquez cada vez parece más consecuencia de su relación con el hijo de un notorio capo del narcotráfico, y el ataque que privó de la vida a Gastélum, desde el primer momento ofreció lecturas que lo ligan con un jefe mafioso.

             Sin embargo, aun si estas víctimas de crímenes resultaran responsables de complicidad con la delincuencia, es incontestable que, en caso de probárseles, debieron ser procesados por las autoridades, no exterminados a tiros por sicarios. Aunque hubiesen pactado con malhechores, Márquez y Gastélum tenían derecho a un proceso legal. De ninguna manera se les debió privar de la vida por sus malas decisiones.

             En vista del fin que han tenido esos jóvenes promotores de la frivolidad y el exceso consumista, el ejemplo de Fárber produce en estos días la añoranza de esos tiempos en que practicar un género informativo poco prestigioso era, cuando mucho, motivo de rubor para sus autores, pero de ninguna manera una profesión de alto riesgo.

             El “periodismo de la Tía Teté” se ha vuelto tan riesgoso como el del reportero de guerra, con la desventaja de una aparente ausencia de peligros. Informar sobre vanidades pareciera no corresponder al oficio periodístico, pero pone a sus practicantes bajo una amenaza aún mayor que la de quienes cuestionan al poder y al crimen organizado.

             La paradoja es alarmante: aliarse a los poderes oscuros no protege a sus aliados, sino que los coloca como la primera línea de posibles bajas en un medio que —cada vez más— coloca a los comunicadores como víctimas propiciatorias ante un sistema profundamente corrompido y criminal.

  • Tres exposiciones en Oaxaca

    Tres exposiciones en Oaxaca

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    1. Rodolfo Morales (1925-2001) 

             En compañía de Jorge Pech, director del Museo de los Pintores Oaxaqueños, del escritor Canek Sandoval y de la artista plástica Soledad Velasco, fuimos a Ocotlán de Morelos, en Oaxaca, a visitar el mural de Rodolfo Morales en el Palacio Municipal, su casa y la fundación/museo del maestro. 

              En el palacio municipal se aprecia un inmenso y descuidado mural, al que debe sumarse el que pintó en la Prepa 5 de la UNAM en la ciudad de México, donde dio clases 32 años antes de que el apoyo de Rufino Tamayo le permitiera jubilarse y ser conocido y valorado en Europa. 

              En estos murales y en las piezas que se pueden disfrutar en su museo de Ocotlán, fuimos testigos de sus primeras obras, en las que nace el mestizaje entre realidad y fantasía que creó su estilo único, donde los personajes de sus cuadros no son realistas sino que poseen una visualidad particular producto de esa fusión. Aparentes caricaturas que son quizá retratos de su ser profundo, personajes rodeados de los azules, ocres y rojos que caracterizan al entorno de Ocotlán y de todo Oaxaca. 

              En su libro Atardecer en la maquiladora de utopías: ensayos críticos sobre las artes plásticas en Oaxaca, Robert Valerio señaló “la sombra multicolor de Tamayo, Morales y Toledo”. Teresa del Conde, en el prólogo al libro, publicado en la década de los 90, apuntó que “Valerio pone nuevamente en la palestra aquella cuestión que sacó a la luz Andrés Henestrosa: el tema, ya reiterado, de la posible existencia de una escuela oaxaqueña de pintura”. Y el editor de 1450 ediciones señala “el vacío crítico en cuanto a la pintura oaxaqueña, ya que los análisis de los escritores que intentan revisar la creación plástica local son precarios y esporádicos, la mayoría de las veces autocomplacientes o cortesanos”.

             De hecho, hace un año, en el MUPO tuvo lugar una mesa redonda, encabezada por Fernando Solana Olivares, con la presencia de artistas plásticos locales y protagonistas de la cultura, en la que se señaló la vigencia del libro de Valerio, piedra fundacional de la crítica de arte en el estado.

    1. Soledad Velasco

             Las pinturas de Soledad Velasco describen la segunda capa de la realidad. Como en el cuadro de Dalí donde una mano levanta la piel del mar para permitir atisbar un mundo que vive debajo, en sus cuadros vemos que detrás de la superficie del sentimiento, que se refleja quizá en una cara o en una postura, habitan sentimientos que la pintura no nos muestra de manera directa. Sin embargo, al no ser evidentes, sus cuadros nos asombran y nos conducen de la mano a una suerte de caverna luminosa, oxímoron donde coexisten la oscuridad y la luz. 

              La exposición que se presenta en el Museo de Pintores Oaxaqueños (MUPO) en la ciudad de Oaxaca tiene que ver con la muerte. A continuación cito el texto que escribí para la misma: “Hace más de dos mil años, Gilgamesh se sorprendió ante la muerte de su amigo Enkidu: “¡Mi amigo, a quien yo amaba, ha vuelto al barro! ¿No habré yo de sucumbir como él? Nunca jamás me habré yo de levantar?”.

              En el siglo XV, Jorge Manrique escribió: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando
    cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando”.

             En el siglo XVII Rembrandt pintó “La lección de Anatomía”, y nos presentó como objeto de estudio a un cuerpo desalmado, un cuerpo sin alma, un cadáver.

              En el siglo XX, Xavier Villaurrutia escribió sobre la muerte, que le dijo: “Aquí estoy. Te he seguido como la sombra que no es posible dejar así nomás en casa. ¿No me sientes? Abre los ojos; ciérralos, si quieres”.

             Marguerite Yourcenar, en boca de Adriano, escribió: “Tratemos de entrar a la muerte con los ojos abiertos”. 

              Si la vida es sueño, la muerte es sueño vivido”.

              Soledad Velasco nos muestra la muerte en vida que proviene de un dolor profundo, una transubstanciación de ambas en sus cuadros y en sus intalaciones, como las ceras sobre madera de ébano. Muerte en vida; vida estática.  

    1. Maribel Portela. 

             En el Centro Cultural San Pablo, en el corazón de la ciudad de Oaxaca, se exhibe la exposición Códigos verticales de esta artista nacida en la ciudad de México. Gran amiga, he visto cómo ha pasado de los cráneos colocados sobre una varilla, al jardín onírico donde creó flores imaginarias, a los personajes/arquetipos de la exposición que presentó hace años en el museo de la Secretaría de Hacienda, a las obras en papel -producto del aprendizaje en sus viajes a China- hasta llegar a esta exposición de esculturas.

             En la videoconferencia que dictó para esta exposición, el crítico de arte Esteban García Brosseau -hijo del maestro Fernando García Ponce- se refirió a la relación que Maribel ha ido construyendo con las plantas, a través de su imaginación o de los sueños, en yeso, en barro o en distintos materiales. Las obras de Códigos verticales me recuerdan a Han Khan, la escritora coreana ganadora del Premio Nobel de Literatura, que en su novela La vegetariana describe cómo su protagonista, del impulso inicial de rechazo a la carne y a su padre que la violentó al intentar obligarla a deglutir un pedazo de cerdo, termina viéndose a sí misma como un vegetal, haciendo que su admirador enamorado -videasta y artista plástico-, pinte el cuerpo desnudo de ella con flores y árboles y luego se pinte a sí mismo de igual manera para poder hacerle el amor. Dos humanos que se transforman en plantas. Portela no se ha convertido en planta, pero las crea, las imagina, las hace suyas y nos las ofrece a la mirada, convirtiéndonos en espectadores gozosos de esa flora creativa. 

  •  Sobre la existencia

     Sobre la existencia

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Dos actitudes son posibles ante el misterio de la existencia. La primera, propia del pensamiento occidental, abarca desde el cristianismo hasta el existencialismo. Afirma que la existencia del sujeto no es algo elegido por él mismo sino resuelto bien sea por los dioses o por el azar con independencia de la voluntad propia. Se viene al mundo por un designio divino o por un accidente biológico. Los dos hechos escapan al escrutinio de la razón. Uno de ellos tal vez será descifrado por el creador metafísico al morir, pero el otro volverá a aquella nada informe de la que se dice haber surgido.

           La segunda actitud, proveniente del pensamiento tradicional (la tradición no como una costumbre antropológica sino como una realidad más allá de la genealogía de los pueblos y de las vidas individuales), llamado filosofía perenne, afirma que la existencia es un hecho elegido por el sujeto. Y que se debe a un desafío: conquistar el sentido de esa misma existencia mediante un combate contra las fuerzas del caos y de la mente, contra las fuerzas del tiempo histórico predominante que, como el de ahora, niega todo significado, excepto el material e inmediato, al hecho extraordinario de existir.

           Estas actitudes establecen la distinción entre dos tipos de seres humanos: los retóricos, que buscarán su razón de ser entre lo que poseen y lo que obtienen a partir de los dogmas que profesan, y los persuadidos, para quienes el mero hecho de existir ya es la respuesta al enigma de estar aquí, al enigma de por qué hay algo y no más bien nada.

           Tal fue, como para tantos otros, la convicción de Albert Camus al sublimar el castigo de Sísifo, “el más hábil de los mortales” según los antiguos griegos, haciendo que éste ame el bloque de mármol que debe subir a la colina una y otra vez durante toda la eternidad. Sólo amando (o aceptando valientemente) nuestro destino podemos vencerlo, darle sentido. Pero amarlo es considerarlo amable, merecedor de amor, así sea una tribulación tan grande como la de aquel rey de Corinto. El sentido está en la aceptación.

           Uno podría afirmar con Cyrill Conolly: “En cualquier momento, me desagradó mi persona; la suma de esos momentos es mi vida.” Y aun en tal antipatía existe la serena convicción de que haber sido así tuvo sentido porque nos permite mirar aquellos momentos personales que llamamos vida como un sendero, inevitable cuando fue pero diferente hoy: es algo que ya no es sino que ha sido. El sentido está en el reconocimiento.

           El relato de Franz Kafka, “Ante la Ley”, ilustra el mismo dilema: la existencia nos es dada o la existencia es una elección. Un hombre de campo pide ser admitido ante la Ley. El guardián de la puerta que lleva a ella se niega a dejarlo pasar, pero le ofrece un banco y le permite sentarse. Pasan los días y los años, durante los cuales el hombre sufre su destino y después, mientras la vejez lo va cercando, decae entre lamentaciones. Cuando llega el final de su vida y está agonizando dirige una última pregunta al guardián: ¿por qué en todos estos años nadie más quiso entrar? La respuesta es devastadora: “Nadie ha querido entrar pues esta puerta solamente estaba destinada a ti. Ahora voy a cerrarla.”

           Ese hombre de campo nunca leyó a Epicteto: “Recuerda lo esencial: la puerta está abierta.” Pero Henri de Montherlant sí, y acaso condensó el tópico de la puerta, el solicitante y el guardián en esta sentencia: “La gente no sabe hasta dónde puede osar sin peligro; si lo supiera se volvería loca de pesar por no haber osado más.” El sentido está en el atrevimiento.

           Dicha audacia también es conceptual. Consiste en entender la vida propia como un tapiz tejido por fuerzas invisibles donde el significado está en las experiencias, en los sutiles patrones y las discretas enseñanzas desde los acontecimientos cotidianos. Los antiguos llamaban a esta facultad ciencia de la imaginación o arte de la liberación. Hoy en día esos instrumentos para comprender la verdad existencial son rechazados por la misma gente que se deja burlar por los fabricantes de imágenes políticas y engañar por los productores de publicidad. 

           El sentido está en la imaginación. Pero va marchitándose la fuerza imaginativa de la gente, esa energía fantástica confirmada por el poeta: hay muchos mundos y están en éste. El hombre ha dejado de ser rey de su mente, “donde permite que corra, fétido río de desperdicios, un flujo de conciencia que tampoco intenta ya dirigir”, escribe Elémire Zolla.

           La existencia recibida y la existencia elegida derivan en una tipología humana esencial: los dormidos y los despiertos. Los dormidos viven una vida ajena dispuesta por su creador, por el incomprensible azar o por la ideología. Los despiertos se hacen cargo de sí mismos y reiteran aquella oración última del Ulises joyceano: “…y su corazón golpeaba como loco y sí yo dije quiero sí.” El sentido está en la afirmación.

  • Vicente Quirarte 

    Vicente Quirarte 

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    I. La oscura desbandada 

    Así llamó Juan Antonio de Zunzunegi a la muerte -no me gustan los eufemismos: se nos adelantó, etc.-, que ahora uso para amigos muy queridos, miembros de la república de las Letras. En marzo del año pasado le tocó el turno a Hernán Lara Zavala (1946-2025); ahora, a Vicente Quirarte (1954-2026).

    II. El primer taller de cuento 

    Apenas tenía 20 años cuando quien esto escribe se inscribió a un taller de cuento que él impartió en el Palacio de Minería. En ese taller estuvimos también Alejandro Toledo y Nedda Anhalt.  

    III. Fra Filippo Lippi: Cancionero de Lucrecia Buti (UNAM, 1981)

    Quirarte escribe: “¿Quién puede vivir con gloria en la tierra / cuando el tiempo nos quita el goce eterno? / Por eso no olvido, mi madona / por eso no pidas, mi Lucrezia, / que olvide el viaje por ese océano abierto, / márcame para siempre con tus ojos / y después de la herida nazca el mundo”. 

    IV. Puerta del verano (Cuarto menguante, 1982)

    “Como el amor, el mar / no necesita de nosotros. / Y cuando yo no exista / habré de presentirlo entre los faros, / la esbelta nube blanca que me diga: ‘Alguna vez el mar se duerme entre mis brazos’”.

    V. Plenilunio de la muñeca (Loa libros del fakir, 1984)

    “Estática, me contempla, y en el último instante de mi razón contemplo su cabello mojado, sus ojos absortos, su boca semiabierta, su garganta, sin la medalla de plata de Notre-Dame de Arles, a cuya blancura se dirigen mis garras”.

    VI. Zarabanda con perros amarillos (Les écrits des Forges, 2004)

    “Hoy cumplo la edad que tú tenías / la mañana puntual de tu naufragio. / La edad en que Fernando Pessoa / dibujó las colinas de Lisboa / en un tren amarillo”. 

    VII. Los días del maestro (Conaculta, 2008)

    Es un libro de ensayos dedicado a sus maestros: José G. Moreno de Alba, José Emilio Pacheco, Alí Chumacero, Rubem Fonseca, Gabriel Vargas, Manuel Maples Arce… Al frente, el epígrafe: “Al primero en el tiempo, / en amoroso fuego todo ardiendo / el maestro Martín Quirarte”.

    VIII. Merecer un libro  (Amaquemecan, 2014) 

    “Cuando Cervantes escribió Don Quijote se valió no de una sino de varias plumas. La velocidad de ejecución de la escritura dependió de la cantidad de tinta que la pluma pudiera contener. El lapso entre su inmersión y su regreso al papel era un compás de espera que permitía la respiración de la prosa, la carcajada de piedad o el desencanto que al autor le causaban seguramente las desventuras y alegrías de su criatura”. 

    IX. Teoría del oso (ISSSTE, sin año)

    “Una nueva lanza tumba al oso cuando el cuerpo del bruto entra en el agua. La herida crece pero es ya compartida. El aire tenso de la noche dice que alguien ama mientras en su propia sangre muere el oso”. 

    X. La isla tiene forma de ballena (Seix Barral, 2015)

    Habla (en la novela) Margarita Maza de Juárez: “Mi esposo amado: No he tenido dolor tan grande como haber perdido para siempre a Pepe, el hijo en quien tantas esperanzas tenías. No dejo de mirar su fotografía, su manita apoyada en el mueble, como si él lo estuviera sosteniendo y no al contrario, tan serio y formal como debes haber sido tú a esa edad, aunque él ya no vista el calzón de manta que tú a esa edad llevabas”.

    XI. Luz armada (Joaquín Mortiz, 2019)

    Libro dedicado a su madre. Quirarte escribe: “Este es un libro que quiere ser de mi madre. Si vuelvo a cada momento a la evocación paterna es porque mi obsesión por vencer el lado oscuro de la Fuerza no existiría de no ser por la constante lección de la luz de cada día. Luz de cada día. Su inconciencia feliz, su inocencia feroz”. (El libro está dedicado a la mamá de Eusebio Ruvalcaba).

    Yo edité en mi editorial, El tapiz del unicornio, el libro de Eusebio Los ojos de las mujeres. Por ello, en la Fonoteca Nacional Vicente y yo presentamos hace unos años los dos libros, el de Eusebio y el de Quirarte. Fue la última mesa que comparti con él.

    Estas líneas han pretendido rendir un homenaje, a través de citas de sus libros, a mi maestro y amigo Vicente Quirarte. Vicente: estuvimos juntos en la casa de Aída despidiendo a Hernán Lara Zavala. Ahora me toca despedirte y darte las gracias por tu amistad cómplice. Adiós, amigo.

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