Morfema Cero

  • El coito del agua

    El coito del agua

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    En 1928, durante una visita a París, el médico norteamericano Friederich van Urban entró a un café del bulevar Clichy frecuentado por artistas y bohemios del rumbo. Se sentó en una mesa al lado de una joven y atractiva pareja que de pronto empezó a sostener una violenta pelea. Después de gritos e improperios, de mutuas recriminaciones a la francesa, la hermosa mujer dejó el lugar con un portazo. Van Urban después sabría que se llamaba Mimí. 

           El doctor había leído, después de varios años de olvidada, sobre la técnica fisiológica y espiritual del sexo llamada karezza (carezza en italiano, caricia) por John Noyes, su descubridor a mediados del siglo XIX. Una técnica que llevaba a las parejas a intensos goces de amor mutuo, a una plenitud sexual definida por sus practicantes como luminosa, extática y prolongada, aún después de años en común. 

           Así que abordó al hombre luego de la salida de la joven dama, la adorable y rabiosa tempestad pelirroja que airadamente se había marchado. Platicaron y Rudolph, un escritor bien parecido, novio de la bella Mimí, le confesó a van Urban que él era un amante salvaje, artístico, caprichoso. Hacía el amor frecuentemente con ella, pero sin duración. Mimí alcanzaba el orgasmo casi al comenzar la cópula, apasionada aunque corta. Mientras más rápidos eran los encuentros, Rudolph creía que su pasión amatoria resultaba superior. Le enorgullecía su velocidad.

           Van Urban le explicó que no, que la frecuencia de esos orgasmos drenaba su fuerza y su trabajo creativo. Que los cuerpos requieren suficiente tiempo para intercambiar su energía bioeléctrica, veintisiete minutos cuando menos, sin importar cuántos orgasmos se hubieran tenido. Le mencionó a Rudolph algunas reglas que lo enfurecieron: besarse durante unos ocho minutos, abrazarse más de doce, yacer juntos el tiempo necesario para transmitir del uno al otro la energía corporal y espiritual, ya que no hay cuerpo sin espíritu.

           Rudolph se indignó aún más. Le dijo al médico que eso le parecía un régimen militar, mecánico, que negaba la espontaneidad erótica, como si ésta no fuera una danza de vida e intensidad. Lo llamó intelectual del sexo, pero lo dejó continuar. El médico le respondió que el agudo sentido de insatisfacción y duda de la gente, “repetitivo como el amor”, se alivia sólo momentánea y genitalmente, y que ese alivio sirve como un asilo sexual-político poco duradero, temporal. 

           El escritor estalló cuando el médico le dijo que no había ninguna amante comunión en una pareja que no ha cedido y confesado entre sí “sus privadas tácticas de aislamiento, sus tendencias eróticas, sus ritos sexuales, sus tabúes, y se ha atrevido a representar ante el otro las fantasías secretas.” Y que era obvio que Mimi y él todavía no lo habían logrado. 

           El tantra y el taoísmo consideran que el orgasmo convencional no es el fin de la sexualidad. Cultivan un sexo que comparta la amplificación de las energías bioeléctricas y espirituales, similar a lo descubierto por la teoría física de los campos magnéticos. La antigua certeza de la existencia de una fuerza poderosa desarrollada entre el hombre y la mujer al juntarse físicamente, de una energía que procura salud física y desarrollo espiritual, cuyo descubrimiento fue ocultado por el pudor victoriano de la época pocos años después de darse a conocer.

           En contraste con la tradición china de la sexualidad, el norteamericano John Noyes descubrió la karezza debido al profundo amor que sentía por su hermosa mujer, con quien llevó una vida sexual normal hasta que en su decimoctavo año de matrimonio estudió el tema del coito y descubrió esa técnica. Se vio obligado a hacerlo después de que ella tuviera cinco partos, cuatro de los cuales fueron prematuros y comprometieron su salud. En el verano de 1844 Noyes le juró a ella que no volvería a ponerla en ese peligro. 

           Comenzó por razonar que los órganos sexuales poseen otra función además de su tarea generativa. Lo puso en práctica con su esposa y resultó absolutamente satisfactorio, lo fue enseñando a sus amigos íntimos y fundó una comunidad donde se aplicaron y siguieron los resultados de su modelo de cópula. La teoría de Noyes afirmó la existencia de una fuerza magnética que se intercambiaba en el acto sexual. 

           Noyes regresaba a lo que los taoístas practicaban sin nunca decirlo a la pareja, a la que se le facilitaba el orgasmo para que el varón, conteniendo su propia eyaculación, se proveyera de la mayor cantidad de fluido yin femenino proveniente de la boca (pico del loto rojo), de la transpiración en los pechos de la mujer, que libándose (jugo de melocotón, pico del loto gemelo) prolonga la salud y la vida de manera espectacular, y el fluido de la vagina, llamada el pico del hongo púrpura, la gruta del tigre blanco o la puerta misteriosa. 

           “A su libación se le llama la flor de la luna, y fluye de la vulva durante el coito, cuando el rostro de la mujer se arrebola y su garganta emite murmullos. Para absorber esta esencia, el macho retirará su pene de forma que sólo alcance dentro de la vagina la profundidad del pulgar. El hombre absorbe esta libación a través de la piel del pene”, escribiría James Powell, hablando de los adeptos chinos, de Noyes y de van Urban, que trataba de explicárselo al boquiabierto Rudolph, el atropellado amante de Mimí.

          Van Urban le contó que Noyes y su esposa acostumbraban yacer quietos durante media hora, aunque el miembro de él no estuviera erecto, y siempre de lado, sin ejercer una presión sofocante sobre el cuerpo de ella, usual entre amantes típicos como era él, de dos o tres minutos cada contacto crispado con Mimí, precoz, jadeante, histérico. La misma relajación profunda y el sentimiento pleno de amor que les daba su espera también eran obtenidos por los Noyes cuando mantenían prolongados contactos corporales sin coito y hasta sin penetración.

           El sexo del agua, dijo von Urban que se podía llamar, porque según los filósofos chinos el agua no tiene forma alguna y quien flota en ella debe utilizar lo que la naturaleza le haya dado, dejar que las corrientes vayan y vuelvan, irse al fondo con los remolinos y emerger con las corrientes, siguiendo los caminos del agua sin pensar en sí mismo al flotar. Rudolph opinó que Mimí debería escucharlo. 

           “Pero si usted quiere ser un amante taoísta, no debe decírselo”, le contestó el médico. “Sólo que quiera practicar karezza. Recuerde: juguetear con ella media hora, besos y caricias sin agotarse. Nada genital en ese tiempo. Y después prolongar el coito cesando todo movimiento y relajándose cuando se va a llegar al orgasmo. Respire profundo entonces y espere veintisiete minutos: por impacientes fuimos expulsados del paraíso; por impacientes no podemos volver a él. Le aseguro que si lo hace se volverá luminoso. Inténtelo con Mimí. Adieu.”

           Von Urban abandonó el café y nunca volvió a París. No supo si Mimí y Rudolph salvaron su relación con ese tantra sexual de Occidente compuesto de tiempo demorado y manos, mejillas, labios, cuellos, hombros, sobacos, pechos, caderas, genitales, muslos, rodillas, tobillos, pies. El universo nace de la cópula.

  • 16 de junio de 1904

    16 de junio de 1904

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    Para Aída

    I.- James Joyce y Ulises

    Ese día, el autor de la novela con la mayor recepción del siglo XX, Ulises, conoció a su mujer, Nora Barnacle, una camarera que lo acompañó a Trieste y a Zurich y fue la madre de sus hijos Lucía y Giorgio. 

    La trama de la novela transcurre en un sólo día, que es, precisamente, la fecha señalada, como un homenaje del autor a la que fue su compañera el resto de su vida (ella vivió hasta 1951; él falleció 10 años antes). 

    Ulises narra, a la manera de una moderna Odisea -la obra de Homero- las visicitudes de Leopold Bloom, que sufre la infidelidad de Molly su mujer, quien sin embargo se entrega a él de nuevo al final del libro: “y las estupendas puestas de sol y las higueras en los jardines de la Alameda sí y todas esas callejuelas raras y casas rosas y azules y amarillas y las rosaledas y el jazmín y los geranios y los cactus y Gibraltar de niña donde yo era una Flor de la montaña sí cuando me ponía la rosa en el pelo como las chicas andaluzas o me pongo una roja sí y cómo me besó al pie de la muralla mora y yo pensé bueno igual da él que otro y luego le pedí con los ojos que lo volviera a pedir sí y entonces me pidió si quería yo decir sí mi flor de la montaña y primero le rodée con los brazos sí y le atraje encima de mí para que él me pudiera sentir los pechos todo perfume sí y el corazón le corría como loco y sí dije sí quiero Sí”. El famoso monólogo interior, flujo de la conciencia. 

    II.- Retrato del artista adolescente y Dublineses   

    Antes, Joyce publicó Retrato del artista adolescente, donde el protagonista, Stephen Dedalus -quien aparecerá también en Ulises-, ante la disyuntiva de convertirse en un académico de por vida o en un artista, le dice a uno de sus amigos: “Te voy a decir lo que haré y lo que no haré. No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi patria o mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo en vida y arte, tan libremente como me sea posible, tan plenamente como me sea posible, usando para mi defensa las solas armas que me permito usar: silencio, destierro y astucia”. 

    Habría que agregar a este repaso el libro de cuentos Dublineses, uno de cuyos relatos, “Los muertos”, fue llevado al cine -fue su última película- por el director John Huston en 1987. 

    Por cierto, en las librerías de la ciudad de México podemos encontrar una nueva edición de las cartas entre Nora y James, así como la primera traducción argentina del Finnegan’s Wake, la novela que escribió Joyce después de Ulises y que se consideraba intraducible, por ser casi un juego fonético. 

    III.- La metaliteratura: “El guante negro”, relato de Hernán Lara Zavala 

    La metaliteratura es la literatura basada en la propia literatura.

    Hernán Lara Zavala (1946-2025) era un lector apasionado de Joyce y le dedicó uno de sus cuentos. En él narra los primeros encuentros de James y Nora. Él la lleva a una especie de parque donde intenta tocarla. Ella tiene que irse a su trabajo de recamarera y no tiene mucho tiempo. Le pide que no se mueva y con su mano envuelta en un guante negro baja la cremallera de su pantalón y lo masturba. Él le pide que le regale el guante: “Ella sonríe maliciosa ante su petición y, mirándolo a los ojos, se desabrocha uno a uno los botones de la muñeca derecha para después, como parte de un ritual, meterse el dedo meñique entre los dientes y jalarlo para seguir por el anular y, al llegar al pulgar, extender el brazo para que sea el mismo Herr Satan quien dé el jalón final y deje su mano desnuda ante sus ojos. La besa piadosamente en el dorso y cuando por fin coge el guante se lo unta en la cara y lo huele de manera profunda…”. Él regresa a casa y “se adentra en las profundidades de su propio ser con plena conciencia de haber salido en busca de la infelicidad y de haber vuelto dueño de su propio reino”.

    IV.- 16 de junio

    Ese día, en Dublín, se reúnen cada año miles de aficionados a la literatura de James Joyce para hacer el recorrido que hace Leopold Bloom por las calles de la ciudad.   Algún día haré también ese recorrido como un homenaje al gran escritor irlandés y a mi amigo Hernán. 

  • Los puentes: metafóricos y tangibles

    Los puentes: metafóricos y tangibles

    Hilar el mundo 

    Nidia Soledad Esteva

    Iniciar este texto con una imagen prestada del poema “Gente en el puente” de Wisława Szymborska puede ser riesgoso, pero la vida requiere que una se atreva a transitar los puentes. 



    […] Extraño planeta y extrañas las gentes que aquí viven.
    Sucumben al tiempo, pero sin querer admitirlo.
    Tienen sus trucos para expresar su desacuerdo.
    Crean imágenes como por ejemplo ésta:

    Nada de particular a primera vista.
    Se ve el agua.
    Se ve una de sus orillas.
    Se ve una piragua que avanza penosamente río arriba.
    Se ve un puente sobre el agua y se ven hombres en el puente.
    Los hombres aprietan visiblemente el paso,
    porque comienza a azotarlos la lluvia
    que cae de una nube oscura. […]

    Más o menos así la gente apretaba el paso sobre los viejos durmientes de madera de un puente dónde mis bisabuelas trajinaron a bordo de un tren que ya no viaja más, ese viejo puente de fierro naranja que aún semeja una postal sobre un bello río que en el sur del país mexicano transcurre de suroeste a noroeste.  Un caudal que va en sentido contrario sigue uniendo algo más que dos municipios pero en otra parte alejada del continente americano. Por ello para los pueblos yugoslavos la destrucción en 1993 del Stari Most (Puente Viejo) de Mostar en Bosnia-Herzegovina significó un acto de guerra intestina atroz. 

    Los puentes imaginarios o físicos han construido las microhistorias de muchos pueblos y las grandes hazañas. Desde aquellos puentes dónde pasaron trenes en pequeños poblados y que hoy son sólo una ventana a la historia, hasta los que construyen imaginarios para países enteros pues significan la conexión entre fronteras de poblados enteros o bien el aislamiento mutuo cuando se encuentran en guerra. Punto y aparte es lo que puede significar la contemplación a la que nos llevan los puentes icónicos del mundo.

    Hoy no son suficientes las horas doradas de las postales: el rojo del Golden Gate de San Francisco, el Tower Bridge en Londres, el sobreviviente Ponte Vecchio en Florencia o el puente que nos hace soñar en la reconciliación como el Nelson Mandela en Johannesburgo. La humanidad requiere puentes transitados por personas interesadas en cruzarlos en un mundo dónde la tecnología ha desaparecido fronteras pero profundizado diferencias casi irreconciliables. Ante la polarización en el mundo, todos esos icónicos puentes de la arquitectura, esas historias de la que han sido testigo o resultado de ellas requieren ser revisadas, porque como continúa el poema que transcribí al inicio:

    […] Pero ya no sucede nada más.
    La nube no cambia de color ni de forma.
    La lluvia no arrecia ni amaina.
    La piragua navega sin moverse.
    Los hombres del puente corren
    hacia donde antes corrían. […]

    Ya no sucede nada, sólo queremos dialogar con quiénes piensan como nosotros, los países sólo se conjugan en bloques de una derecha creciente en América Latina y bloques europeos dónde sólo resaltan liderazgos extremos o de ultraderecha o quienes se atreven a recibir al Papa dónde las iglesias están en crisis porque la gente busca experiencias o mindfulness, no religiones.

    La IA aísla de un trabajo colaborativo, de intercambiar opiniones y recibir críticas y construir de forma conjunta. En días recientes en México se recibió al rey de España después de años de distanciamiento. Quienes habitamos el mundo debiéramos recordar que tenemos muchas más cosas en común que diferencias, que probablemente lo que ahora mismo estemos comiendo ha viajado por muchos puentes de las maneras más insospechadas: quizá alguna semilla llegó a nuestra territorio entre el cabello rizado de una persona afrodescendiente.

    Quizá el hartazgo ante los partidos políticos sea el mismo de una pequeña ciudad africana y el amor por el mar sea el mismo amor de una costa europea de otro océano y de otra bahía amenazada por las inmobiliarias y el turismo. Quizá la  resistencia de los pueblos primigenios probablemente tenga muchas cosas en común con alguna aldea en la amazonia brasileña.

    Lo que sí ha cambiado, y mucho, es el mundo que esa imagen retrata. Aquella postal rural de Utagawa Hiroshige (1857), el aguacero y las figuras anónimas que cruzan el puente y que inspiró a la poeta polaca Wisława Szymborska, se ha transformado hoy en grandes estructuras atravesadas por personas diversas, de orígenes, colores y lenguas distintas, y en autopistas llenas de tecnología pero a menudo carentes de humanidad.

    Hay un puente que casi nadie cruza para llegar al otro lado: las personas se atraviesan, lo obstruyen para ser fotografiadas. Es el Pont del Bisbe, el pasadizo que une el Palau de la Generalitat con la Casa dels Canonges, en el corazón del Barrio Gótico de Barcelona. Gárgolas, arcos apuntados, una calavera cruzada por una daga y un aire medioeval tan convincente que millones de turistas se detienen a inmortalizarlo creyendo que habitan el siglo XIV. Es sólo un imaginario porque el puente se levantó en 1928 como un decorado que el arquitecto Joan Rubió i Bellver, discípulo de Gaudí, diseñó para la Exposición Internacional de 1929. “El Barrio Gótico no existe”, admitió él mismo, había que inventarlo, y lo inventaron. Nada más realista que esa escena: esperar turno para retratarse junto a un pasado que nunca corroboramos su existencia, mientras los puentes que sí podrían unirnos, los de carne y hueso, los del desacuerdo, los de la conversación con quien no piensa como uno se quedan vacíos.

    Esa voluntad de atravesar y transitar, de dar el paso, hacer el esfuerzo, eso parece que se evapora. Esa sociedad que ponga al centro su voluntad, sus valores, sus argumentos, su entorno, el agua, el medio ambiente y los derechos, eso parece que se evapora y los puentes quedan vacíos. Les invito, a la manera de la última estrofa del poema que he compartido a ir más lejos, más allá del rumor. A que seamos los de “Un camino sin fin eternamente por recorrer”, quienes “en su desfachatez creen que en realidad así es.”

  • El otoño de Otelo

    El otoño de Otelo

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Entonces recordó sus celos. Vaya que los había padecido. Yago intrigaba dentro de él. Una variante que el universo cuántico de Shakespeare permite considerar seriamente: ¿dónde está Yago? Adentro de él. Y le mal aconsejaba mucho sobre su bella y casta Desdémona.

           Aquellos fueron tiempos plenos. La pasión relampagueaba y ninguna representación era tan potente como el lienzo cromático, veloz y plástico de la celotipia fantástica. Toda imagen es una acción. Desdémona se entregaba a Cassio con un lujo de detalles que sólo él, Otelo Montes, reconstruía en su subjetividad. Imaginación proléptica o profecía autocumplida, pero de tal manera que esas desconfianzas mentalizadas le fueron costumbre un largo tiempo.

           Ahora los papeles se habían invertido. La señora Desdémona Pérez estaba hecha una furia porque en su imaginación establecía que su marido, un adulto arañante de la tercera edad, le era infiel en aquella zona de su conciencia que ella llamaba “su vida secreta”. Habían remontado con buena fortuna las otras dos etapas conocidas: la vida pública y la vida privada, pero ella porfiaba sobre la etapa final que la pareja ocupaba.

           Sí porque sí, no porque no y sí pero no. Desdémona establecía su peregrina suposición en un correo electrónico recientemente enviado a él por una antigua amiga, término éste negado sardónicamente por la esposa, quien estaba dispuesta a descubrir el sucio juego del marido con la otra, según sus propias palabras:

           —Piensas dejarme, ¿verdad?

           Otelo quedó paralizado por la sorpresa. Así es la vida: inesperada. Recorrió mentalmente las notorias evidencias de lo contrario y se dio cuenta que ella no miraba lo que miraba él. ¿Por qué sufre la gente? Porque la gente, que no es seria, no cesa de inventarse dramas. Así era Desdémona: celosamente empoderada.

           —¿Cuándo te cambias de casa? Quiero saberlo.

           —¿Y por qué voy a cambiarme de casa?

           —¿Pues no te escribió ésa?

           —Tú leíste su mensaje y mi respuesta. ¿Cómo puedes decir tal locura?

           —Debe haber claves entre ustedes, lenguajes cifrados. A ver, cuéntame de tu vida secreta con ésa.

           —No salgo de aquí desde hace años.

           —¿Ves cómo lo reconoces?

           —¿Qué?

           —Obvio: que tienes una vida secreta con ésa. No presencial, todavía, pero ya lo estás pensando.

           —¿Sasqué? Cuídate. Estás bien loca.

           Loca que toma la casa, que husmea por los rincones, los intersticios, los subtextos paranoicos, loca que amarga la convivencia. Otelo Montes se dijo para sí que ella, otra vez, no comprendía. Él estaba dedicado a los planetas y su relación con las libélulas, al arte, pues, según definición magistral de Cardoza y Aragón, y más allá de ella, su mujer ahora, no volvería a tener otra, y mucho menos ésa, la némesis conyugal.

           Otelo consideró que la comparación simplemente lo ofendía. El hecho de que ésa alucinara a su señora no suponía que lo alucinara a él. Hasta tomó en cuenta, invirtiendo los espejos, la posibilidad de que ésa le gustara más bien a Desdémona. Malos gustos, se comentó a sí mismo, con autoridad fundada de lesbiano sexual. Luego pasó a perdonarla, acaso su demanda también era conmovedora: conocer su vida secreta, conocerla bien.

           Pero no era el tono debido: mucha histeria, mucha desproporción entre el hecho y la imagen, entre el incidente y la reacción emocional. Recordó una historia recientemente leída sobre el hombre más feliz del mundo según sensores neurocerebrales y pruebas científicas, un dialogante con su hemisferio mental izquierdo, donde la felicidad y el placer residen, monje budista célibe, francés ilustradísimo y renunciante total. 

           Para gente tan superior no aplicaba el precepto coránico de que no hay hombre completo sin mujer bajo las sábanas. Quien se mueve hacia otros estados del ser va volviéndose suprahombre y no necesita tener a nadie en el lecho, sólo la cobijante intemperie de la soledad.

           Si supiera su vida secreta, Desdémona se perturbaría aún más. Otelo llevaba un buen tiempo aprendiendo a desvanecerse, practicaba la ciencia del ritmo, sostenía diálogos cuánticos en su interior y pugnaba por superar su nivel psicológico para penetrar a otros estados que le parecían potenciales y posibles del ser. Pero tenía hecho un voto de fidelidad y permanencia con su señora que estaba dispuesto a cumplir hasta el final.  

           Nunca se marcharía a otro plano de la conciencia pues mejor se aplicaba al yoga de lo cotidiano con Desdémona. Solía decirse a sí mismo que lo que fuera que pudiera conseguir en psicología de la mutabilidad por allá podría obtenerlo por acá. Otelo actuaba en el futuro, acometía sus tareas como pendientes existenciales que debían cumplirse bien para despejarse, uno de ellos su conyugalidad, palabra que viene de yugo, para no tener que repetirlos en una existencia posterior. Hombre prevenido renace mejor.

           Volvió a convocar aquellos tiempos plenos, cuando cien aforismos lo entusiasmaban, la carne era firme y la hora temprana. ¡Ah, su Desdémona! Convino consigo mismo que no tenía por qué sufrir la febrilidad imaginativa de la señora, cuando los años pasaban de prisa y debían vivir con seriedad.

           Después miró por la ventana y contempló a la distancia elefantes que parecían blancas colinas, o al revés. Luego consultó el Libro de los Cambios y leyó el hexagrama 23, La Desintegración. Sonrió ante el oráculo y decidió redoblar su intocable serenidad. 

           Entonces Desdémona dijo…

  • El mundo cabeza abajo

    El mundo cabeza abajo

    Colaboraciones

    Eduardo Subirats

                                   

    1

    Koyaanisqatzi 

    La realidad social, política y militar que experimentamos todos los días, en Brasilia, Berlín o Washington, y tanto en las calles como en las pantallas del espectáculo mundial es turbadora. Vivimos progresivamente cercados por sistemas automatizados de control y supervisión. Nuestra sensibilidad estética, nuestra conciencia moral y nuestra inteligencia se subordinan a códigos lingüísticos y normas de conducta programados a partir de las megamáquinas académicas, políticas y comerciales. Desde la escuela hasta los parlamentos nuestra comprensión de la realidad histórica y nuestros ideales colectivos están sometidos a una sistemática manipulación lingüística y hermenéutica. Día a día el espectáculo del mundo corporativamente diseñado y diseminado se expande, y nuestro cerebro se encoge a las estrictas dimensiones de las lingüísticas y los iconos políticamente correctos. 

    Este proceso involutivo de la inteligencia humana ha sido sutil y silencioso, pero no debería ser un secreto para nadie. Más bien ha sido anunciado a los cuatro vientos bajo rutilantes nombres y en sucesivas etapas de la expansión del espectáculo moderno y postmoderno: posthistoria, postpolítica, postfilosofía, postarte, postsujeto, postnaturaleza, posthumano… 

    No sólo asistimos a una carrera historica en dirección hacia una ceguera mental y una total impotencia moral: las dos amenazas que Greta Thurnberg reveló en su alocución a las Naciones Unidas de New York el año 2019. Además, tenemos que confrontarnos con los tres peligros que asedian nuestra supervivencia: la autodestrucción ecológica y biológica del planeta, el derrumbe ético de las democracias de Occidente y la guerra total. Tenemos que confrontar, queramos o no queramos, esa “Chut du ciel”, esa caída del cielo, es decir, el derrumbe del orden ético del universo, que el chamán Davi Yanomani Kopenhaga ha denunciado como terminación de la vida humana sobre la Tierra.  

    Hemos acreditado los discursos propagandísticos contra Rusia, China, Venezuela, Irán, Iraq…, hemos asumido como dogma religioso la charlatanería del West Against the Rest, asistimos al incremento indefinido de estrategias para asfixiar económica y militarmente al Sur Global. Somos testigos en tiempo real del genocidio perpetrado a plena luz del día contra el pueblo palestino. Presenciamos la extensión de guerras neoimperiales contra el universo espiritual islámico, a través de una serie indefinida de asesinatos y decapitaciones ostentosamente organizados por los servicios de inteligencia militar occidentales. Los crímenes contra la humanidad perpetrados en nombre de unos indefinidos valores de Occidente y de una turbia delimitación de ese Occidente, son incontables. 

    Y de pronto, cuando la angustia de la masa electrónica postmoderna frente al holocausto nuclear de la humanidad parecía olvidada en las cenizas de un oscuro pasado, han retumbado los tambores y los cañones financieros, propagandísticos y militares de una deseada guerra de contención y supresión contra Rusia y China, seguidas del genocidio perpetrado por Israel y los Estados Unidos contra el pueblo palestino y la guerra permanente contra Irán propagandísticamente representado como el Mal de toda esta historia.  

    Estas estrategias reales han comprendido, entre otras atrocidades, el ataque de artillería contra centros de producción nuclear de energía. Estos centros han sido oficialmente designados como santuarios excluidos de las hostilidades militares porque las implicaciones letales masivas de la radiación nuclear resultante afectan a decenas de millones de humanos y no respetan fronteras. Y no sólo esto. Precisamente en medio del acoso militar de Occidente contra Rusia se ha esgrimido la real posibilidad de una guerra nuclear. E incluso se ha debatido públicamente esta guerra como una necesidad histórica para salvar los valores de Occidente de unos, o para poner fin a la incorregible arrogancia de este mismo Occidente, por los otros de la orilla opuesta.

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    Estulticia = locura + ignorancia

    El humanista Desiderius Erasmus escribió, en el siglo dieciséis, una sátira de la modernidad europea que acababa de nacer en los campos de batalla de la teología política imperial de la Contra-reforma contra la Europa reformista de Luther a Thomas Münzer. Su título: Elogio de la locura; su versión latina: Stultitia laos

    En esta sátira, la Estulticia, que etimológicamente reúne los dos sentidos complementarios de la locura y la ignorancia, se instaura como Diosa única y universal. Sus poderes residen en sus incesantes engaños y traiciones, y en su capacidad de despertar las furias más funestas del espíritu humano. Erasmo, en fin, describió irónicamente algunos de los más horrendos crímenes por cuyo medio esa diosa gobernaba el mundo. 

    Nuestra condición política contemporánea no me parece muy diferente de las sociedades secretas que rendían culto a esa diosa de la alegoría de Erasmus. Somos exciudadanos de una civilización desgobernada por una banda de payasos, estafadores y misioneros; somos sobrevivientes en un mundo administrado por agentes civiles y militares de contrincantes imperialismos; somos marionetas en las manos de líderes clínicamente certificados como dementes y ostensiblemente enfermos. Los flujos de influencias, dinero y sexo alimentan los escándalos de corrupción y abusos de poder, y un progresivo deterioro intelectual se extiende desde las más altas cumbres políticas hasta nuestras mismas aulas universitarias. Hemos sido reducidos a la condición de existencias fantasmales y conciencias vacías a lo largo de la transformaciones electrónicas de nuestro estado de guerra global en un espectáculo apocalíptico y grotesco.

    La autodestrucción de la conciencia moderna

    Este encogimiento de la conciencia humana comienza en la reducción lógico-transcendental de la experiencia de lo real. Su premisa epistemológica consiste en aislar un objeto, reconstruirlo en estado puro, imposibilitando con ello activamente toda posibilidad de una interrelación de las partes con el todo. Como el diabolos Mephistopheles aconseja cínicamente a un inocente estudiante en Fausto. Una tragedia de Goethe: “Quien quiere reconocer y describir algo viviente/ trata primero de arrancarle el espíritu;/ tiene entonces las partes en su mano/pero le falta, infelizmente, el vínculo espiritual.” Esta disección de lo real, su fragmentación y mapeamiento microanalíticos acompañan necesariamente la segmentación, departamentalización y manipulación micropolíticas del conocimiento. El resultado de esta reducción científica de la experiencia, su conclusión, fue anticipada por el filósofo sefardí del siglo dieciséis Francisco Sánches con las siguientes palabras: “A plena luz caminamos a ciegas”. 

    Vemos en las pantallas imágenes de la corrupción sexual, política y monetaria; pero no lo vemos, no lo entendemos, no somos capaces de relacionarlo con nuestra experiencia cotidiana. Reconocemos las narraciones ficticias de la propaganda y las retóricas políticas que declaran golpes de Estado como actos de resistencia democrática, representan a los genocidios como actos de salvación nacional y legitiman la guerra total como una necesidad histórica en aras de la preservación de Occidente como poder único y excluyente. Pero tampoco lo reconocemos. Valores de Occidente, democracia y progreso son eslóganes fundamentalmente vacíos. Y nada valen las palabras y nada valen las cosas allí donde se disuelven sus vínculos semánticos. Nuestra propia existencia tiende a percibirse como una presencia inmaterial evaporada en las redes del espectáculo. 

    El efecto del estado permanente de división interna entre lo real y la propaganda es una conciencia escéptica que ve, pero no entiende, y que descifra, pero no sabe; una conciencia fundada en un escepticismo epistemológico y una debilitada voluntad individual. Su resultado final es el postsujeto posthumano: un estado mental de permanente ignorancia e infantilismo en un sistema civilizacional que no es capaz de comprender su propio pasado, ni tampoco de construir racionalmente un futuro. 

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    La supresión del intelecto

    En 1944, en las etapas finales de la Guerra Mundial y un año antes del holocausto nuclear de Hiroshima y Nagasaki, el sociólogo estadounidense Charles Wright Mills escribió: “American intellectuals are suffering the tremors of men who face overwhelming defeat”. Hoy, casi un siglo después de esta declaración, y frente al horizonte de nuevas guerras y catástrofes industrialmente inducidas, y frente a los cuadros crecientes de corrupción e incompetencia de los aparatos políticos, la completa desaparición del intelectual, y su ausencia como conciencia independiente y pública, ya no mueve a ningún corazón humano, ni levanta la pluma más ligera. La inteligencia simplemente ha desaparecido, y lo ha hecho con la misma imperceptibilidad que distingue la extinción de otras mil especies a lo largo del progreso histórico de la civilización mundial. 

    A grandes trazos, la breve historia de la intelligentsia europea moderna, y en una cierta medida de la intelligentsia mundial, puede dividirse en tres periodos y una conclusión. La primera fase comprende la implosión social inmensamente creativa tanto en las ciencias y las artes como en la política, en la música y las artes visuales, en la literatura y la filosofía, a lo largo de las tres primeras décadas del siglo veinte. Fue el instante histórico de la creación de lo que hoy llamamos “cultura europea moderna” o “cultura moderna”. En la música y la arquitectura, en el pensamiento filosófico, la literatura y en las artes visuales se revelaron en esas décadas nuevas harmonías musicales y coloristas, formas políticas y sociales revolucionarias, reformas lingüísticas y nuevos proyectos que abarcaban a todas las artes y todas las fantasías. 

    Pero el siguiente periodo y la siguiente ola avanzaron impetuosamente en el sentido contrario: la reacción fascista, el autoritarismo, el militarismo y todas las pestes del infierno. La reacción ultraconservadora europea fraccionó y disolvió la renovación intelectual y la imaginación social que acababa de despertar. Fue un choque abrupto, atravesado por la militarización de la cultura, la censura y los crímenes contra la humanidad. 

    La tercera fase de la historia intelectual de último siglo es la consecuencia de las estrategias de tierra quemada de los populismos fascistas que le precedieron. Esta etapa se caracteriza por la reflexión sobre las vidas quebradas y las ciudades bombardeadas, los campos de concentración y exterminio absurdo de decenas de millones de humanos. Este tercer momento está marcado por la reflexión negativa o más bien explícitamente nihilista sobre la condición histórica del ser humano. Su representación literaria por antonomasia ha sido La nausée de Sartre. La definición existencialista de una antropología negativa, una existencia vacía y un ser-para-la-nada.

    5

    Happy Ending

    He comenzado esta conversación con una introducción al estado general del presente histórico y sus múltiples conflictos y crisis. He tratado de definir nuestra era y nuestra edad, y lo he hecho bajo la categoría histórico-filosófica Koyaanisqatzi, originaria de la cultura Hopi en Norteamérica. Este concepto define un proceso terminal de declinar y disolución de la sociedad humana y del cosmos. A continuación, he comparado nuestra edad histórica con la saga de una nación entera que adora desesperadamente a la ignorancia y la locura, encarnadas en el poder mitológico de la diosa y emperadora Estulticia. 

    He señalado asimismo la condición esquizofrénica de nuestra conciencia postmoderna. Y he apuntado algunas de sus características: el desfallecimiento de los vínculos entre las palabras y las cosas, la fragmentación de la experiencia, la irracionalidad de los discursos políticos transnacionales, el vaciamiento autista de lo social, el aislamiento psicológico de la persona física, la manipulación propagandista de la información, la vigilancia electrónica, el silencio de las intelligentsias, el debilitamiento general de la voluntad… Finalmente, he expuesto la conclusión necesaria a la constitución de poderes totales: el ser-para-la-muerte a lo largo de una guerra global indefinida.  

    Pero desearía acabar esta disertación con algo más complaciente que estos sombríos presagios. Quiero cerrar esta conferencia con una reflexión sobre nuestro futuro como civilización humana. Con este propósito formularé una constelación intelectual, una construcción elemental de lo moderno; formularé una orientación en el espacio y el tiempo, y un punto de partida desde donde en el caso extremo podamos contemplar la catástrofe con la mirada puesta en el día después. Llamaré a esta constelación del pensamiento, las artes y la política, esclarecimiento, enlightenment, Aufklärung

    Definiré sucintamente este esclarecimiento a través del mito del mito de Prometeo, a través de un enunciado de Horacio y a través de una teoría critica del colonialismo. En primer lugar, Prometeo es el “esclarecedor por excelencia” (Klaus Heinrich), y es un mito vinculado a los fundamentos éticos del industrialismo moderno. Quiero recodarles solamente un aspecto de la saga: el Prometeo que roba el fuego, que antes le había usurpado Zeus, y lo ofrece a los humanos con el fin de sobrevivir y construir una civilización durable. 

    En segundo lugar, quiero subrayar una definición epistemológica de esclarecimiento. Para eso quiero recordarles la protestación de Horacio: “Sapere aude” o “atrévete a conocer”. Kant definió esta voluntad y arrojo de conocer con la proposición: “ten el ánimo de servirte de tu propio entendimiento”: “Habe Mut, dich deines eigenen Verstandes zu bedienen!”. Esta voluntad de experimentar y conocer por sí mismo es el fundamento pedagógico y moral del esclarecimiento.

    Quiero señalar un último aspecto de este proyecto de reformulación de un esclarecimiento como filosofía, como política y como pedagogía en nuestro tiempo histórico. Este tercer capítulo es la crítica del colonialismo occidental, la crítica de la teología política del colonialismo, la crítica del universalismo imperial cristiano-romano, la crítica del colonialismo industrial y del colonialismo postcolonial, la crítica de un colonialismo material y biológico, y de un colonialismo espiritual. 

    Con esta recomendación me despido cordialmente de Ustedes. Muchas gracias.

    Conferencia pronunciada en la Universidad Federal de Brasilia en verano de 2026

  • Fernando Pessoa y Ramón López Velarde

    Fernando Pessoa y Ramón López Velarde

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    Para Andrés Ordóñez 

    I.- Fernando Pessoa 

    Nació el 13 de junio de 1888 en Lisboa. Uno de los más grandes poetas del siglo XX, nos enseñó que cada uno de nosotros es una multitud. Lo hizo creando los heterónimos, voces narrativas que tienen una identidad propia -a diferencia del seudónimo, que es sólo un cambio de nombre-. Así, Pessoa es una constelación de escritores. Veamos.

    Alberto Caeiro, el poeta panteísta: “Pensar molesta como caminar bajo la lluvia cuando aumenta el viento y parece que llueve más. No tengo ambiciones ni deseos. Ser poeta no es una ambición mía; es mi manera de estar solo”.

    Fernando Pessoa, el poeta ortónimo (el mismo nombre del autor), lleno de dudas luminosas: “Todo es nocturno y confuso de lo que de nuestro aquí hay. Proyecciones, humo difuso de lumbre que brilla, ocluso a la mirada que la vida da”.

    Ricardo Reis, el poeta clásico griego: “Lidia, ignoramos. Somos extranjeros donde quiera que estemos. Construyamos con nosotros mismos el retiro donde escondernos, tímidos ante el insulto del túmulo del mundo”.

    Álvaro de Campos, el poeta futurista y metafísico: “No soy nada. Nunca seré nada. No puedo querer ser nada. Además de eso, tengo en mí todos los sueños del mundo”.

    Bernardo Soares, prosista, autor de El libro del desasosiego. “Pertenezco, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no ven sólo la multitud de la que son, sino también los grandes espacios que hay al lado. Por eso no he abandonado a Dios tan ampliamente como ellos ni he aceptado nunca a la Humanidad”. 

    Alexander Search, el heterónimo que escribió en inglés: “I love the Real when I love my dreams” (Amo lo Real donde amo mis sueños). En inglés escribió también el poema Antinoo, dedicado al amante del emperador Adriano (traducido al español por Cayetano Cantú): “El joven yacía muerto.  En el bajo lecho y sobre su total desnudez, se vertía la opaca luz del eclipse de la muerte, ante los ojos de Adriano, cuyo dolor era miedo”.

    Rafael Balaya: El heterónimo astrólogo de Pessoa. En 2016 asistí como ponente al Congreso Ibérico de Astrología. Otro de los conferencistas comandó un equipo que se sumergió en la Biblioteca Nacional de Portugal para hacer acopio de los miles de hojas y apuntes astrológicos de Pessoa. De hecho, él mismo elaboró las cartas astrales de sus heterónimos -y también la suya-. En el Centro Cultural San Ángel, hace muchos años, tuvo lugar una exposición de Pessoa que exhibían colgadas en la pared las cartas astrales de los heterónimos -impresas por quien esto escribe-.

    Hace unos años, el poeta Hernán Lara Varela me invitó a exponer y describir en la casa del Poeta Ramón López Velarde la carta astral del poeta mexicano. En la mesa estábamos Hernán, la escritora Claudina Domingo y un servidor. Noche memorable.

    Lecturas imprescindibles, además de las obras de los heterónimos: la biografía de João Gaspar Simoēs, publicada por el FCE, Un místico sin fe, de Andrés Ordoñez, publicada por siglo XXI y las Cartas de amor de Fernando Pessoa e Ofélia Quiroz (Assírio & Alvim, 2012, Porto editora).  

    II.- La metaliteratura sobre Fernando Pessoa

    Según la Real Academia Española, la metaliteratura es la literatura cuyo objeto es la misma literatura. Es un subgénero  fascinante en el que la literatura se convierte en su propio objeto de reflexión. Vale la pena comentar dos obras.

    El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago. En un entrañable homenaje a Pessoa, Saramago escribe una novela donde nos cuenta la muerte de Fernando Pessoa. Sus heterónimos -que no saben que lo son ni que por tanto no pueden tener vida sin su creador- se reúnen en Lisboa para el entierro del poeta. Les queda un año de vida, después de lo cual desaparecerán. El poeta fallecido -Pessoa- se les aparece como un fantasma vivo. Vemos entonces ese año de la muerte de Ricardo, que decide no tener hijos con Lidia -dice no a la vida- para luego fundirse en el olvido con el propio Pessoa, al término del año establecido.

    He estado un par de veces en Lisboa. Mi visita obligada es el café Martinho de Arcada, situado en la Praça do Comércio, frente al estuario del Tajo. Allí hay dos mesas en las que nadie se puede sentar. Una en la que se sentaba Pessoa; en la otra, en la que se sentaba Saramago. En esta última está O ano da morte de Ricardo Reis, la versión en idioma orginal de la novela que hemos comentado. 

    La novela Lluvia oblicua, de Manuel Moya, actual traductor de Pessoa, nos narra el último posible encuentro entre Ofélia -el gran amor de Pessoa, sus cartas son una maravilla-. Un encuentro que no se produce. Pessoa está en el café y la ve del otro lado de la calle. Se atraviesa el famoso tren de Lisboa y cuando termina de pasar ella ya no está. En el último momento decidió no asistir a la cita, lo que incrementa la saudade -la melancolía- del gran poeta. 

    III.- Ramón López Velarde 

    Cuando puse en la computadora los datos de nacimiento de López Velarde, pensé: “Esta carta ya la vi”. Lo que pasa es que el mexicano nació el 15 de junio de 1888, dos días después de Pessoa; uno en Jerez, Zacatecas, el otro en Lisboa. De esta manera, podemos decir, alegremente, que López Velarde es como nuestro Pessoa. 

    El poeta portugués estaba interesado en el sebastianismo, una teoría política/teleológica que buscaba darle una trascendencia, casi metafísica, al hecho de ser portugués. El mexicano, simplemente, escribió el gran poema sobre nuestro país, Suave Patria -que debería ser nuestro himno nacional, si un día decidimos reeemplazar el belicoso texto de hoy: 

    Diré con una épica sordina:
    la Patria es impecable y diamantina.

    Suave Patria: permite que te envuelva
    en la más honda música de selva
    con que me modelaste por entero
    al golpe cadencioso de las hachas,
    entre risas y gritos de muchachas
    y pájaros de oficio carpintero.

    Patria: tu superficie es el maíz,
    tus manos el palacio del Rey de Oros,
    y tu cielo, las garzas en desliz
    y el relámpago verde de los loros.

    Fernando Pessoa y Ramón López Velarde: dos poetas unidos por ser Géminis y haber nacido casi el mismo día, del mismo año. Hoy los recordamos con agradecimiento y los releemos. 

  • Tratando con don Cusa

    Tratando con don Cusa

    Ta Megala

     El filósofo Nicolás de Cusa solía decir que el quincuagésimo es el año del jubilado para recompensar el trabajo de vivir siete veces siete años. Pero eso no le importa para nada a Nicolás Cusa, un homónimo alteño nacido quinientos años después de que el pensador alemán hubiera muerto. Don Cusa, como le apodan por aquí, se emplea talando árboles. Hace jales así, según dice él, desde antes de cumplir medio siglo, y sigue haciéndolos ahora sin jubilarse cuando va rodando a la vejez.

           Las razones para su empleo son dos: ser el único en el pueblito y sus alrededores que posee una motosierra orgullosamente comprada hace años en la ciudad, y además ser leñador en una geografía donde hay pocos árboles. Su trabajo no tiene que ver con devastar bosques sino con cortar un eucalipto mal plantado que ahora está a punto de tirar un venerable torreón de adobe y una barda en cualquier propiedad rural, por ejemplo, o un geno que se secó o un laurel muerto por plagas.

           —¿Y usté qué hace, don? —me pregunta, después de revisarme con la socarrona desconfianza rural que me prodigan los lugareños. Le parezco exótico, como a todos los moradores del pueblito instalado en la Alta Rulfiana con los que trato. Pero como a casi todos, no les caigo mal, porque por parecer distinto les resulto un acontecimiento que altera la rutina humana y eso lo aprecian más que cualquier otra cosa.

           —Escribo, don Cusa. Libros, textos, artículos.

           —Por eso, ¿y a qué se dedica?

           —Escribo, don Cusa, de eso vivo. Así como usted con su sierra, yo con mi máquina.

           —¿Y cuánto cobra? Porque esto va a estar difícil.

           —Depende, pero no crea que mucho. ¿Y usted?

           —Tampoco: mil cuatrocientos, además me llevo un pedazo del tronco para hacer una banca y usté va por mí y me regresa con mis cosas y el trozo, don.

           El regateo sigue por más de media hora, pero don Cusa no cede ni un ápice: mil cuatrocientos, trozo para hacer una banca y camioneta con chofer.

           —Y entonces, ¿usté qué hace, don? ¿A qué se dedica?

           —Escribo, don Cusa, pero ni usted ni yo. Ceda en algo.

           Otra vez: precio, pedazo, camioneta, una sorda letanía dicha con cierta burla y tanta calma como si tuviera a su alrededor todo el tiempo del mundo. Más la rudeza directa del lenguaje campesino que a las cosas las llama por su nombre.

           —No me chingue, don, que casi no es nada. Lo sabrá usté por su trabajo. ¿A qué dice que se dedica?

           Don Cusa no es duro sino paciente, y lo mismo que a su oficio leñador, se ha hecho de ese modo por dos razones. A) No sabe cuántos ciclos estacionales más vivirá pero comprende que la clave está en los mismos ciclos: hay que esperar. Que esto sea un conocimiento que solamente da el vivir en la cíclica naturaleza queda fuera de toda discusión. Sabiduría proveniente del tedio de la soledad. B) Don Cusa detecta mi prisa irreparable, propia de quien ha crecido en la ciudad y se ha educado sentimentalmente en el fastidio de la sociedad, que aunque ahora es mucho más sutil porque el sitio contagia a cualquiera de su serenidad solitaria, luce como una prisa que ante la calma atávica del hombre me muestra casi impaciente y me hace perder el ritmo tácito de la tratada, como aquí se le llama al regateo, delante de la táctica cusiana de la repetición invariable. Al modo de un jugador de peones de ajedrez indestructibles: aunque yo lo contrato, él pone las condiciones.

           —No, si aquí mi compadre es duro —dice el lugareño que lo trajo a negociar conmigo, como dando por hecho el resultado. —Pero cóbrele el trozo para la banca, don, porque sólo la quiere para estar de criminoso afuera de su casa y echando cervezas.

           —No me infame, compadre, ¿qué va a pensar el don? —y luego los dos se carcajean junto conmigo, que parezco celebrar así la victoria de don Cusa, y quizá hasta su criminosa pedez pueblerina cuando esté sentado en el banco que sin ninguna duda le donaré.

           —¿Sabe qué, don? Ni para usted ni para mí. Es un ejemplo para que este cabrón no se vaya al norte. Que vea que aquí también se puede vivir.

           Este cabrón es su sobrino veinteañero, un mocetón cuya estatura y fuerza darían temor de no ser porque viene con don Cusa, acreditado vecino del lugar: ningún otro es dueño de una sierra que sólo el joven gigante puede utilizar, imposible el tío, estratega del no perseverante, una mente fuerte para las tratadas pero un hombre ya viejo y desgastado por los años estoicos de vivir en Rulfiana.

           —Por qué mejor no pone una estatua ahí en lugar del árbol, don —comenta el sobrino, después de indagar si yo vivo en ese rancho y qué hago. Me asombra su idea y él se asombra todavía más por mi respuesta.

           —Me parece muy bien. ¿La estatua de quién sugieres tú?

           A continuación me siento como si fuera un sabio zen que aplicara un koan a un discípulo y a éste le tronara la cabeza, porque el mocetón se queda perplejo y no vuelve a abrir la boca, reconcentrado o ausente, da lo mismo, mientras don Cusa filosofa y sigue intercalando en la plática sus mismas condiciones. Truena mente perfecta, cosa que también suele pasar por aquí.

           —Le digo a éste que para qué quiere largarse al norte, si aquí están las mujeres más bonitas y hay de a bola, tantas que uno se puede dar el lujo de escoger. Con el debido respeto, don ¿usté tiene señora? ¿O no puede tener por su trabajo?

           —¿Pues a qué cree que me dedico, don Cusa? Ya le dije, soy escritor. La mía vive aquí conmigo. Es bueno tener mujer bajo las sábanas, ¿no?

           —Dígamelo a mí, don, que fui enamoradizo y de a caballo fino, bien puesto. Hombre galante, pues. Y entonces los que hacen un trabajo como el suyo sí pueden tener mujer.

           —Sí, aunque somos pobres casi todos, don Cusa. Por eso, ¿cuánto me va a cobrar?

           —¿Qué no ya quedamos, don? Si hasta mi compadre terció con la falsedad de para qué quiero poner la banca en la puerta. Más tiene el rico cuando empobrece. Luego el precio de la muerte del eucalipto es para darle el ejemplo y que no se vaya este cabrón.

           Así quedamos a fin de cuentas. Don Cusa hizo su voluntad.

           Luego anduvo diciendo en el pueblo que seguramente yo era mahometano porque eso de la necesidad de tener mujer bajo las sábanas lo había sacado de El Corán. Y que además no trabajaba en nada que le quedara claro, porque él sabía que los escritores sólo se sientan a escribir. Y pasarla sentado todo el día indica que uno anda nada más en el social, así, con artículo masculino, como le llaman aquí a la convivialidad.

           Pero esa tarde dilatada, viéndose caer al sol delante del amplio valle metafísico de los Altos de Rulfiana, fue el gigantesco sobrino quien cerró la negociación.

           —¿Me va a ocupar para aserrar el árbol, qué no, tío? Entonces ya no se raje con la tratada, porque aquí con el don vamos a poner una estatua en el hoyo. Sabe de quién.

           La primera palabra final, “sabe”, era una elipsis. Una forma tajante de terminar.

  • Cumpleaños de Marguerite Yourcenar 

    Cumpleaños de Marguerite Yourcenar 

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    I.- Los inicios

      Hace unos días fue su aniversario. Nació el 8 de junio de 1903, en Bélgica, de madre belga y padre francés. Ella murió de fiebre puerperal a los ocho días de haber nacido la futura escritora. Su padre le puso preceptores que la educaron y le enseñaron griego y latín. Así nació un espíritu libre que, en sus propias palabras, estuvo lejos de las instituciones que le enseñan a los niños el significado del “no”: la madre y la escuela.

      Publicó una edición de autor de sus primeros poemas. Su primer libro de ensayo fue sobre el poeta griego Píndaro.

      En su libro Cuentos orientales, destacan el cuento que describe cómo el anciano pintor Wang-Fo y su discípulo Ling se pierden en el interior de una pintura y “La última noche del príncipe Genghi”, que imagina el final del príncipe, personaje principal de Genghi Monogatari, la novela de Murasaki Shikibu, novelista francesa del año 1000 de nuestra era, a la que Yourcenar llamó “la Marcel Proust del Japón feudal”.

      En su primera novela, Alexis o el tratado del inútil combate, el personaje le escribe una carta a su esposa donde le confiesa que está enamorado -y de otro hombre-. Es un homenaje a la primera novela psicológica francesa, La princesa de Clèves, de Madame de Lafayette -escrita en el siglo XVII-, donde el personaje principal le escribe a su marido para decirle que está enamorada del duque de Nemours. 

      II.- Sus principales personajes

        El emperador, el personaje principal de Memorias de Adriano. Comienza su reflexión cuando percibe, al inicio de la novela, el perfil de su muerte y termina cuando dice: “Tratemos de entrar a la muerte con los ojos abiertos”. 

        Zenón: Médico, alquimista, escritor de herejías, astrólogo, personaje principal de Opus Nigrum. Si Adriano se define por decir a todo que sí, como un ogro, Zenón prueba y después de hacerlo da un paso atrás y dice que no; establece distancias, no se la cree. Al final se quita la vida horas antes de que se la quiten a él, condenado por… (lo que fuera). Condenado, en el fondo, por ser diferente, por ejercer el derecho a pensar. 

        Natanael. Ayudante de editor, es un hombre cualquiera, un hombre oscuro como el título de la nouvelle. En él, sin embargo, se concentra, como en cualquier ser humano, “la dicha y el infortunio de existir”. 

        III.- La saga familiar

          Después de Opus Nigrum, vino la saga familiar, formada por tres obras: Recuerdos piadosos, (sobre su raíz materna), Archivos del Norte (sobre su familia paterna, los Cleenewerck de Crayencour) y Qué, ¿la eternidad?

          Este último título se refiere a un verso de Rimbaud. En esta obra Yourcenar recuerda nuevamente a su padre Michel de Crayencour, a su madre Fernande y se deja entrever como niña y adolescente. Allí escribirá: “Uno ama como puede y tanto como puede”. El título de la trilogía es El laberinto del mundo, nombre de esta columna que estás leyendo, querido lector de Morfemacero

          IV.- La correspondencia y el ensayo.

            Cuando apareció la correspondencia de Marguerite Yourcenar, publiqué en el Dominical, suplemento literario del periódico El Nacional que dirigía Fernando Solana Olivares, una nutrida muestra. Destacan las cartas entre ella y Thomas Mann: “Me emociona ver esas cualidades de sutileza y profundidad, esa especie de generosidad para definir y enunciar en un ser o en una cosa sus riquezas y sus complejidades escondidas, todos los poderes de reflexión que estoy habituada a encontrar en sus libros, aplicarse esta vez a una obra salida de mis manos” (se refiere a su obra de teatro Electra o la caída de las máscaras).  Quizá su mejor ensayo es “Magia y hermetismo en Thomas Mann”. La amplitud de sus intereses no tenía límites. Tradujo del inglés el francés los Espirituales negros, esos cánticos religiosos afronorteamericanos, y del griego antiguo al francés elaboró una antología de poesía titulada La corona y la lira

            V.- Su concepto de la felicidad.

              A los 20 años escribió en Alexis o el tratado del inútil combate: “Toda felicidad es una inocencia”.

              A los 50 años escribió, en Memorias de Adriano: “Toda felicidad es una obra maestra”.

              A los 80 años escribió que “estaba en un hotel en Tokio, cuando sentí, no un instante de felicidad, porque la felicidad no se mide por instantes, sino la súbita conciencia de que la felicidad nos habita”. 

              VI.- ¿Qué fue para Yourcenar el acto de leer?

                En el libro/entrevista que le concedió a Mathieu Galey, la escritora afirmó: “Cuando se ama la vida, es normal que se lea mucho”.

                VII.- Primera mujer en la Academia Francesa de Letras. 

                  La Academia fue creada por el cardinal Richelieu, el enemigo a muerte de los mosqueteros. Durante 300 años no aceptó el ingreso de ninguna mujer.

                  Yourcenar fue la primera. El académico Jean d’Ormesson, en el discurso de recepción, señaló: “No está aquí por ser mujer, sino por ser una gran escritora. No omito decir, sin embargo, que si hubiera sido hombre hubiera entrado antes”.

                  No había indumentaria para una mujer. Se le encargó la tarea a Yves St. Laurent, quien diseñó un discreto vestido gris con un chal de seda blanco. En ese chal se envolvió la urna con sus cenizas, en 1987, un año después de haber ido a Ginebra a platicar con Jorge Luis Borges para el ensayo que escribió sobre él.

                  VIII.- Su epitafio

                    Nos da una idea del tamaño de su alma.

                    “Pluga a Aquel que es quizá dilatar el corazón del hombre a la medida de toda una vida”.

                    IX.- Gratitud.

                      Marguerite Yourcenar, Nuestra señora de las Letras: Gracias por haber existido. Gracias por haber comprendido como nadie el mundo y por compartirnos su visión del arte y la literatura. Gracias por sus letras. Gracias por lo que nos ha dado. Su literatura me ha hecho una mejor persona.

                      Gratitud infinita. 

                      Sumario:

                      Tags:

                      Marguerite Yourcenar. Jean d’Ormesson. Mathieu Galey. Thomas Mann. Arthur Rimbaud. Jorge Luis Borges.

                    1. Siegrid Wiese: Numinosa

                      Siegrid Wiese: Numinosa

                      Ta Megala

                      Fernando Solana Olivares

                      En la antigua Roma la palabra Numen designaba la manifestación del poder divino. Numinoso nombra la experiencia plena, terrible y fascinante de lo sagrado: la irrupción de “lo absolutamente otro”. Nicolás de Cusa la definió como Mysterium tremendum porque rebasa todas las categorías humanas y, al mismo tiempo, nos sobrecoge, nos paraliza y cautiva. Es el Dios escondido (Deo Abscondito) que sin previo aviso se revela, nos a-sombra y así disipa las opacidades de nuestra limitada razón.

                      Una tradición medieval distinguía tres niveles de respuesta sobre dónde está Dios. Si preguntaba alguien del pueblo se le decía que Dios está en el cielo y que, a través de sus intermediarios religiosos, observa las acciones de las gentes. Si preguntaba una persona de inteligencia media, la explicación era que Dios se encuentra en todas partes. Pero si la pregunta la hacía un sabio o una sabia la respuesta cambiaba: Dios no está en ninguna parte, porque lo es todo y no puede afirmarse que se presente en este lugar aunque no allá.

                      Tal vez esa sea la respuesta que Siegrid Wiese privilegia al dar a su muestra pictórica un título en femenino: Numinosa. ¿Dónde está Dios para esta artista? En 17 piezas sin título —buscando que cada espectador les otorgue nombre, en otro gesto de manifestación e intangibilidad— en las cuales no lo muestra, no lo ilustra ni lo señala; pero sí lo alude, lo metaforiza y lo vuelve evidente a través de su ausencia, de su drástica irrepresentación.

                      Formulado con mayor claridad: ¿dónde está el Dios/Diosa de Siegrid Wiese? Lo numinoso no es Dios mismo sino su intuición. La tradición perenne, aquello radicalmente contrario al materialismo contemporáneo, entiende el arte como se definía antaño a la belleza: “el esplendor de la verdad”. No un mero esteticismo que complace los sentidos sino un soporte para la contemplación. Y ésta sugerida sólo como un anhelo, un empeño o un afán.

                      Toda re-velación es un mostrar que vuelve a esconder lo mostrado. Bien sea porque lo que se aludió no está sino que es, bien sea por la naturaleza misma del hecho estético, esa intuición de lo bello en tanto secreto: “Jamás se captó una verdadera obra sino cuando ella se expuso ineludiblemente como secreto”, escribió Walter Benjamin, para designar tal objeto, la obra verdadera, a la que le resulta esencial el velo. Antes, en el siglo VI, el poeta hindú Kalidasa habrá dicho que “velados, los senos son más deseables que desnudos”.  

                      Dos rostros casi bocetados, uno de cuyos ojos parten triángulos en direcciones contrarias llenos de luz y otro de cuencas vacías también enmarcado en un triángulo de vértice hacia abajo, repitiendo una figura geométrica que predominará en 10 de las piezas de Numinosa, siempre triángulos equiláteros símbolo de la divinidad; una figura humana ascendente, abducida entre cambios de veladuras y tal vez la obra más directa en la exposición del esclarecimiento que un flotante rapto eleva hacia arriba; otros cuerpos imprecisos o siluetas rodeados de formas orgánicas que en su casi abstracción apuntan a conjuntos más allá de aquel campo semántico inagotable del cual todo decir es directamente imposible y —paradoja— aquí queda dicho sin decirse, sugerido sin nombrarse, mostrado entre alusiones que lo esconden al apuntarlo: Dios/Diosa, cuyo nombre es el silencio.

                      Numinosa

                      La cromática característica de Siegrid Wiese, proveniente de mezclas y tonalidades propias de una maestría que sólo otorgan el tiempo, el talento y la práctica, ahora alcanza una belleza que es otro orden de la expresión, la correspondencia de la forma y el fondo resultado de una serenidad: el dominio que se logra por el oficio. Y aunque todo comienzo es un volver comenzar de nuevo, como si fuera la primera vez (“para nosotros sólo cuenta el intento, afirma un poeta, lo demás no es asunto nuestro), los tonos y las combinaciones de esta paleta singular, lenguaje plástico dentro del lenguaje, son parte de este encuentro con lo inefable que inquiere —y al hacerlo logra— Numinosa, en toda su refrescante singularidad.

                      El signo de la obra creativa excepcional es la poderosa extrañeza y la gran belleza. Extraña por única y atípica, bella por el alcance de su condición. Esta muestra de Siegrid Wiese encuentra su originalidad temática y plástica dese el único camino posible para ello: volver al origen. Y en el origen está lo trascendente, lo innominado, lo absolutamente otro, como líneas atrás se mencionó. Esta búsqueda metafísica es propia de los que no están dormidos sino despiertos, según distinguen los gnósticos entre la gente.

                      Y Siegrid Wiese está despierta, develando con su poderosa y sorprendente pintura los muchos mundos que están en éste. Una autora con la que queda emparentada, Simone Weil (SW), dijo imaginar que Dios ama esa perspectiva de la creación que sólo puede ser vista desde el punto donde ella se encuentra. “Pero yo hago las veces de una pantalla —escribió—. Debo retirarme para que Dios pueda verla”. Lo mismo ha hecho Siegrid Wiese (SW): vaciarse de sí, retirarse para mirar, estar presente sin estar.

                      Como si una cuarta dimensión conceptual se agregara a las otras tres sobre la ubicación de Dios/Diosa: donde uno, estando, no está.   

                      Numinosa. Buscando a Dios. Galería Arte de Oaxaca. Murguía 105, Centro. Oaxaca de Juárez. Del 6 de junio al 6 de julio de 2026.

                    2. Sobre la ceguera 

                      Sobre la ceguera 

                      El laberinto del mundo

                      José Antonio Lugo

                      I. El hecho de no ver.

                      “Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta demostración de la sabiduría de Dios / que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche”, clama Jorge Luis Borges, el escritor infinito, como su Aleph. 

                      Arnold Hauser en su Historia social de la literatura y el arte, al hablar de Homero, señala que no hay testimonio histórico de que haya perdido la vista y que, quizás, su ceguera es una metáfora. Homero no ve producto de un trauma, y eso le permite ver más que los demás. Metáfora del artista, según Hauser.

                      En el famoso diálogo entre Edipo -todavía rey- y el vidente Tiresias, el primero veja al segundo y éste le contesta: “Te burlas de mi por ser ciego. Tú, tú sí ves. Pero no ves en qué desgracia vives. Ni dónde vives ni con quién cohabitas”.

                      De modo que ver o no ver puede leerse literal o metafóricamente. 

                      II. Ensayo sobre la ceguera de José Saramago

                      A la muerte del Premio Nobel portugués, publiqué un ensayo cuyo título sintetiza lo que pienso: “El predicador mató al novelista”. 

                      Saramago es autor de novelas estupendas, como Memorial del convento o El año de la muerte de Ricardo Reis

                      Sin embargo, al final de su vida el escritor portugués comenzó a escribir novelas de tesis, es decir, posicionando un mensaje. Esas novelas no son las mejores. “Cuando quiero mandar un mensaje, envío un telegrama” decía Borges.

                      En Ensayo sobre la ceguera, todos los seres humanos se quedan ciegos menos, misteriosamente, una mujer. El pecado del libro es que el autor establece un juicio moral contra la humanidad. Los hombres se quedan ciegos porque están ciegos ante los horrores del mundo. “Por qué nos hemos quedado ciegos. No lo sé, quizá un día lleguemos a saber la razón. Quieres que te diga lo que estoy pensando. Dime. Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos. Ciegos que ven. Ciegos que, viendo, no ven”.   

                      III. El ejército ciego

                      La más reciente novela de David Toscana se sitúa en el otro extremo de la banda. A partir de la historia de Ioannis Skylitzes (1040-1011), se nos cuenta cómo el rey Basílides mandó sacar los ojos a 15 mil soldados búlgaros y los devolvió a su ciudad natal, provocando la muerte por un ataque al corazón del zar Samuel, quien no pudo soportar verlos llegar. 

                      Con una imaginación desbordante, el novelista crea personajes inolvidables: el titiritero, el gordo, el herrero, el judío Moskono. Todos los ciegos hacen un denodado esfuerzo por seguir siendo lo que eran, lo que es prácticamente imposible.

                      El autor describe con minuciosidad cómo se vacían los ojos de las cuencas y se les guarda o incluso se juega con ellos. 

                      Al final de la novela, el hijo del rey que mandó a sus habitantes a la batalla -sólo para que regresaran sin vista-, decide reclutar y armar un ejército de ciegos, que manda a combatir en una noche oscura sobre los ganadores del anterior conflicto, que ahora pierden ante el empuje enloquecido de millares de invidentes convencidos de que triunfarán. Estaban convencidos también la primera vez, pero esa convicción no asustó a sus enemigos, mientras que ahora esa certeza los humilla y los vence.

                      La cronica de los vencidos convertidos en triunfadores no pasará a la historia. El novelista afirma: “Lo que después ocurrió habrá de leerse en cualquier compendio de historia, porque los historiadores hablan de grandes cosas que a pocos interesan. En cambio no hablan del día en que los ciegos nos metimos como niños al mar, ni de aquella distante mañaña en que los cuervos escarbaron en nuestras cuencas; los historiadores no tienen idea de quén fue Igorón o su princesa ni tienen noticia de aquellos ojos de sol y luna… En cambio, sí mencionarán lo que todo mundo sabe. Que antes de que pasaran tres años dejó de existir el imperio búlgaro. Por eso de la historia de los quince mil ciegos acaso quedará que matamos de pena a nuestro zar Samuel y los garabatos que un delirante escriba sin ojos trazó en los muros de su celda con la pluma negra de un cuervo”. 

                      La enorme diferencia entre Saramago y Toscana es que el novelista mexicano no califica moralmente, sólo describe. Lo hace con imaginación y una prosa impecable y precisa, sin la sabiduría tipo Coelho que Saramago usa en sus últimas novelas, en las que se convierte, como he dicho, en un predicador.

                      No dejen de leer El ejército ciego, de David Toscana, así como la novela que escribió antes, El peso de vivir en la tierra. Dos obras maestras, en mi humilde opinión.  

                      Sumario:

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                      Jorge Luis Borges. José Saramago. David Toscana.

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