Hilar el mundo a la ilusión vivificante

Hilar el mundo


Nidia Soledad Esteva

Hay una mañana en que una se levanta sin saber bien por qué. No hay ninguna cita urgente que atender. Y sin embargo algo pequeño, casi ridículo te pone en pie. Por si alguna vez te preguntas qué hace que sigamos, qué te hace persistir. No es autoayuda; quizá se trata de una ilusión vivificante en sentido positivo y constructivo. Estamos en el quinto mes del año y esto no es una referencia a la ilusión como falso espejismo. 

Algunos hemos descubierto con el tiempo que la vida no se trata de soplar una flor de diente de león y esperar que los sueños se alcancen o deshojar una flor para saber si te quieren. En medio de los días buenos y los que no lo son tanto es ahí donde habita la ilusión vivificante. No es ese autoengaño de cerrar los ojos ante la realidad, ni la promesa vacía de que todo mejorará si uno «le echa ganas»; por el contrario, es la energía concreta, pequeña a veces, que nos orienta hacia algo para enfrentar nuestro mundo.

Sin duda, que exista ilusión requiere tener sentido del humor, aunque las cosas no salgan a la primera, las cosas requieren esa actitud para encontrar claridad del por qué o para qué hacerla. Trabajamos para encontrar algo más que subsistencia, más allá de un sinfín de las necesidades que requieran ser cubiertas. 

Durante mucho tiempo, la ilusión no se elegía: venía de fábrica. Casarse, tener hijos, jubilarse. Era un guion heredado que daba estructura y, con ella, una dirección hacia dónde caminar. Las generaciones de hoy han roto ese guion —y eso es una ganancia enorme en libertad e identidad, pero también significa que la ilusión ya no se hereda: hay que construirla. Sin jubilaciones garantizadas, cuestionando la maternidad y la paternidad, expandiendo los bordes de quiénes podemos ser, vivimos en un momento en que la pregunta ¿para qué sigo? ya no tiene respuesta automática. Y quizá eso, lejos de ser una pérdida, sea la oportunidad más honesta que hemos tenido de encontrar una ilusión verdaderamente propia — no prestada, no impuesta, sino elegida para ser vivificante.

La ilusión puede ser casi ficción, pero no es un sueño de oropel, es esa posibilidad de haber logrado el proceso para llegar al final de cada semana o año; desayunar con calma, poder comprar el cereal preferido de la casa, obsequiar una flor, mirar a esa persona y contribuir a su sonrisa, Pero también está en las grandes hazañas para conquistar una meta, terminar una carrera contra todo pronóstico, obtener un empleo, realizar un viaje, influir en la vida de muchos o de pocos.

El propósito de tener una ilusión es quizá de las cosas en las que menos pensamos, pero es la más importante. Esta es una invitación diaria para tener un pequeño logro: tomar el autobús a tiempo, ser puntual, permanecer en la escuela contra todo pronóstico, lograr algo en el trabajo, felicitar a alguien en su cumpleaños. Constantino Cavafis lo escribió hace más de un siglo y sigue siendo cierto: «Ten siempre a Ítaca en la memoria. / Llegar allí es tu meta.» La ilusión vivificante es eso: el rumbo y con él la meta.

La ilusión vivificante tiene también su banda sonora. Mira al otro océano, al Atlántico, donde se puede escuchar la canción entonada por Shakira y María Bethânia (mayo 2025, Copacabana), aquella clásica de Gonzaguinha «O Que É o Que É». La letra dice lo que en esta columna se intenta reflexionar: que la vida, aunque debería ser mejor y tal vez lo será, ya es bella. Que vivir sin avergonzarse de ser feliz, y reconocerse aprendiz eterno, es quizá la ilusión más honesta y duradera de todas.

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