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Péguese mi lengua

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. “Rómpete corazón, te lo suplico”
Esta famosa frase de El rey Lear, de William Shakespeare, describe los diversos rompimientos del corazón de los personajes de la más reciente novela publicada de Fernando Solana Olivares: Péguese mi lengua.
El rompimiento del corazón de Miguel Miramón, niño héroe y el más joven presidente de México, quien es fusilado en el cerro de las Campanas y que fue un traidor y no lo fue. Hay que entender su raíz conservadora en un México dividido entre liberales y conservadores y cómo esa fidelidad a sus ideas lo llevó a estar del lado del emperador Maximiliano de Habsburgo.
El rompimiento del corazón del propio Maximiliano, quien creyó con una ingnorancia supina que la totalidad de los mexicanos lo iban a querer y aceptar a largo plazo aunque fuera extranjero. Un ingenuo a quien fascinaban las plantas y su amante indígena y que terminó siendo más liberal que los liberales -lo que irritó a los conservadores-. Nunca se dio cuenta de que sólo era un peón intercambiable en los retorcidos juegos de la geopolítica europea.
El rompimiento del corazón de Carlota que creyó que los reyes europeos y el Papa la iban a apoyar cuando era claro que el fin del experimento de Maximiliano y de ella en México estaba decidido. Con el corazón desgarrado llegó al castillo de Miramar, donde se le desgarró también el entendimiento, evasión menos terrible que afrontar la realidad.
El rompimiento del corazón de Concha Miramón, quien a una edad muy avanzada y próxima a la muerte escribe sus memorias, para contarnos cómo le dijo muchas décadas atrás al joven Miramón que si la pretendía sólo lo aceptaría si llegara a general, lo que él cumplió con gran rapidez. Ella mantuvo su palabra, se casó con él, sin saber o acaso sabiendo que se convertiría en su viuda y que la fidelidad a su recuerdo –“Péguese mi lengua si lo olvido”- sería la razón de ser de su vida: mantener incólume una memoria triste y, en cierto modo, luminosa.
El rompimiento que no se da es el del corazón de Benito Juárez, a quien Solana retrata como el astuto político que sabe mejor que nadie que la mejor táctica, la mejor estrategia, es esperar y no moverse, con la certeza de que los demás serán los que se tropiecen -solos o con ayuda-.
Fernando Solana Olivares nos cuenta que la novela nació de un sentimiento subjetivo: la convicción de que le debía a Concha escribir esta novela, por la relación del autor con la familia Cortina, que hizo posible la publicación de sus memorias.
Es una obra espléndida, no sólo porque le da voz con empatía a la subjetividad de cada uno de los personajes principales, sin convertirlos en héroes o en villanos, sino por la manera en que hábilmente entrelaza los capítulos para convertir a la novela, que inicia con el fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mejía, en una obra que se lee como un thriller o una novela del siglo XIX publicada por entregas. Péguese mi lengua confirma el lugar de excepción que ocupa Solana entre los narradores mexicanos actuales.
II. Cuatro novelas
A Péguese mi lengua habría que agregar, cuando menos, otras tres.
Hormiguero, una visión polifónica sobre un profesor universitario, sus alumnos, sus colegas, un feminicidio, un asesino, la policía, los maleantes, una locutora desbocada, las feministas misándricas, un liberador de animales enjaulados, los amores juveniles, la alumna objeto del deseo… Un mosaico donde se muestran las voces narrativas de una torre de Babel donde cada cual vive su propia realidad mezclada con la de los demás y la violencia es la argamasa, la amarga realidad que los une a todos.
Parisgótica es una novela que disfrutará más quien esté cerca de la literatura y el arte franceses. El personaje principal va recorriendo museos, calles, esquinas, casas de escritores en la ciudad luz, convirtiéndose en mucho más que un cronista, en el recreador gozoso de una civilización.
En La rueca y el paraíso el personaje Jacobo Cartola pierde sin saber en dónde tres años de su existencia. Una intención literaria, como afirma la contraportada, “para contar la desintegración de esa noche nuestra que a veces llamamos modernidad”.
III. Cuatro libros de ensayo
Luna roja (El tapiz del unicornio, 2018) tiene cinco apartados: “Registro de resistencias”; “Museo de máscaras”; “Apuntes desde Rulfiana”; “Los libros, las palabras, las transfiguraciones” y ¨Piezas sueltas”. Reflexiones desde la esperanza -todavía-.
Casandra se desvanece: ensayos, fragmentos, astillas (Universidad de Guadalajara, 2021), cuyos textos van desde el relato de una sirvienta fiel, una Felicité -por el cuento de Flaubert- a la mexicana, el recuerdo de Alexandra David Néel -mujer extraordinaria, la primera en pisar el Potala-, hasta aterrizar en el 68, la Marcha del silencio y la masacre. Escritos luminosos.
Cuarenta y nueve movimientos describe 49 estados de conciencia. Si dejamos a un lado el ruido de la coyuntura y la violencia política, la conciencia debería ser el único tema relevante, porque define nuestra actitud ante el mundo, nuestro ser en el mundo.
En Los extraños reinos: Cervantes y Shakespeare, Solana, después de escribir ensayos sobre ambos, imagina un diálogo supramundano: Shakespeare: “Admiro la crudeza de su lenguaje”; Cervantes: “Admiro el control de sus medios”.
Por supuesto estos ocho libros no agotan la bibliografía de Solana Olivares; su descripción es sólo para dar una muestra. Habría que agregar su trayectoria personal como becario de Juan Rulfo en el Centro Mexicano de Escritores; jefe de redacción de Casa del Tiempo, la revista de la UAM; editor de La Jornada semanal y director de la sección de cultura de El Nacional y su suplemento Dominical; subdirector del Museo de Arte Moderno; fundador del Canal 22; director del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca en dos periodos; articulista del periódico Milenio desde su fundación y, actualmente, profesor universitario de Humanidades en Lagos de Moreno y director del portal Morfemacero: lenguaje, pensamiento, cultura y sociedad.
Más allá del impresionante curriculum, la obra literaria de Solana -escrita con una prosa precisa, como alguien que ama a Flaubert y Yourcenar, maestros de “le mot juste”-, es una indagatoria sobre la condición humana, sobre nuestro desventurado y luminoso país y sobre estos tiempos terminales que nos tocó vivir, que sólo nos dejan como posibilidad existencial la lucidez y la resistencia desde los pequeños formatos.
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CAMINO SIN ORILLAS

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
La decisiva imagen es de Juan Rulfo: un camino que al no tener lados representa una dirección antes que un trayecto, y un trayecto que a su vez abarca todo lo que en él se recorra así esté próximo o sea lejano. Arrieros somos y en los caminos sin orillas andamos. Me escribe un generoso lector para solicitarme explicaciones acerca de ciertas frases que se han dicho en estas páginas; me pide también un pronóstico sobre el futuro inmediato: ¡Válgame Dios!
Yo tenía ganas de transcribir, a manera de regalo de abril, aquel el mes más cruel que engendra lilas de la tierra muerta, como escribió T. S. Eliot, una joya de Olaf Stapledon en Star Maker, “Historias universales”: “En un cosmos inconcebiblemente complejo, cada vez que una criatura se enfrentaba con diversas alternativas, no elegía una sino todas, creando de este modo muchas historias universales del cosmos. Ya que en ese mundo había muchas criaturas y que cada una de ellas estaba continuamente ante muchas alternativas, las combinaciones de esos procesos eran innumerables y a cada instante ese universo se ramificaba infinitamente en otros universos, y estos, en otros a su vez”.
Y ya transcrito el delicado obsequio, paso a aquellas cuestiones que el lector me pregunta. 1) Sí, detesto esta época, no la comprendo y en mucho la presiento ajena a mí. Pero a la vez intelectualmente me fascina, históricamente me intriga, existencialmente me determina. Trato de seguir una sentencia doble que conocí hace años en Canetti: odiar la época, amar la época. 2) No, no creo que el capitalismo pueda corregirse desde adentro y por sí mismo. Ejemplos que sistemáticamente se repiten en el tiempo me hacen saber que las culturas sólo cambian por la catástrofe. Recuso la base moral del capitalismo: el nihilismo puro, y creo que el marxismo y sus variantes son la vía izquierda de esa misma raíz: el nihilismo puro. 3) Si no suena muy rebuscado, diría que oscilo entre la inmanencia y la trascendencia. Es decir, que a veces confío en que la vida en sí misma tiene sentido. Otras veces acepto que detrás de las apariencias de la realidad hay algo adicional, la cosa en sí, y que ésta es metafísica. 4) No adscribo a ningún credo religioso. Me asombra la época por su globalización espiritual, somática y cultural. Será una compensación por su condición horrible —el feísmo posmoderno —, y acaso por ello estos tiempos terminales ofrezcan opciones para, como diría un agudo crítico de la modernidad, cabalgar al tigre de la época y no ser devorado por él. Pero tampoco soy creyente de la diosa Razón y procuro cuidarme del sentimentalismo mediático hegemónico. 5) Sí, su opinión me recuerda la frase de Montaigne: para vivir solo hay que tener algo de animal o algo de dioses. Y políticamente no me imagino todavía cómo podrían traducirse en acción colectiva las transformaciones interiores de la gente, su revolución interior. ¿Lo proclamó el hipismo? Entonces tuvo razón. 6) Creo, con quien lo dijo, que envejecer es ir haciendo limpieza, tirar lo inútil, desprenderse de ello. Así se ayuda cada uno: calcinando las impresiones mentales que va dejando la vida (karmáticas, según los budistas), para no llevarlas con uno mismo al momento de abandonar el cuerpo. De ahí que se afirme que lo único que transmigra entre vida y vida es la neurosis. Hacer limpieza es resolver la neurosis. 7) No me considero ni de izquierda ni de derecha, aunque mi alma plebeya siempre tienda a las causas populares, sino más bien creyente en la aristocracia del espíritu, en el gobierno de los mejores, el cual no veré, desde luego. De los más sensibles y considerados, los entusiastas y alegres, los creativos, los más humanos. No son las élites contemporáneas donde están estas gentes, sino en los pequeños formatos. 8) En cuanto a la cultura soy conservador, canónico y establecido, aunque abierto y dispuesto. Creo que las formas estéticas sólo pueden modificarse cuando se dominan. Hoy domina el antojo, el pensamiento basura, la emoción, y no el dominio del arte mismo. Pero hay excepciones. Luego entonces creo que lo contracultural hoy es la misma cultura. 9) Sí, he escrito que toda identificación es una restricción, pero suelo considerar que efectivamente nuestro mundo penetra en un nuevo medioevo (un período, por cierto, totalmente distinto a como lo describe el pensamiento ilustrado, el políticamente correcto). Volverán los gremios, la comunidad como eje de las relaciones humanas, el super-realismo (la coexistencia de lo que se ve con lo que no se ve: hay muchos mundos y están en éste) como imaginación aceptada, y volverá el cesarismo político, sea encarnado por el gobierno mundial de corporaciones o por sus representantes formales. Usted me percibe pesimista y hasta amargo. Me curo de ello considerándome realista-apocalíptico, pero integrado. Optimismo y pesimismo son conductas emocionales.
Dejo otros de sus cuestionamientos para una ocasión posterior. Y desde luego, no tengo ningún pronóstico por empeñar. Si quiere, usted puede consultar un anuario astrológico, agenciarse unas runas druídicas o hacer lo que yo: preguntar al Libro de las Mutaciones (en versión de Richard Wilhelm, la más autorizada y confiable) cómo será el año 2026, el del Caballo de Fuego (Yang), conforme al zodiaco chino. Le dirá cosas útiles y precisas que podrá emplear para una interpretación de lo que le ocurre. Además del libro sólo necesita otra cosa: colapsar temporalmente su incredulidad. Pensar en un camino sin orillas puede ayudarlo para atender el oráculo como lo hacían los griegos, nuestros abuelos que están de regreso: con entera seriedad.
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Milady y D’Artagnan

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
- D’Artagnan
El famoso personaje de Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas fue una persona real. Según el libro D’Artagnan, de Eugène d’Auriac (La Table ronde, 1993), Charles de Batz de Castelmore fue el modelo del personaje. El propio Dumas, al inicio de la obra, reconoce que encontró un folio donde venía la historia de este mosquetero y que en él se basó para escribir su obra.
- Los tres mosqueteros
Recordemos brevemente la trama. Athos, Porthos, Aramís y el muy joven D’Artagnan, salvan la reputación de Ana de Austria, la esposa de Luis XIII, que había iniciado un romance con el duque de Buckingham. Interfieren Milady y Rochefort, los esbirros del cardenal Richelieu, hombre fuerte del rey y enemigo jurado de los mosqueteros comandados por Monsieur de Tréville. Milady envenena a Constance, la novia de D’Artagnan -quien, haciéndose pasar por otro, se había acostado con Milady-. Recordemos que ella está marcada con la flor de lis, sello reservado a los peores criminales. Al final de la novela, Milady es ejecutada por el verdugo, condenada por un jurado en el que se encuentran los cuatro mosqueteros.
La saga continuó en Veinte años después, donde D’Artagnan ya es capitán de mosqueteros y en El vizconde de Bragelonne, donde los lectores fuimos testigos con tristeza de la muerte del hercúleo Porthos y, en la escena final, de la de D’Artagnan -una bala le atravesó la garganta- al momento de recibir el bastón que lo acreditaba como mariscal de Francia, en el sitio de Maastrich, en Los países bajos. En marzo de 2026, hace unos días, se descubrieron, frente al altar de una iglesia en ese mismo lugar, los restos mortales del famoso mosquetero, junto con una moneda que data de 1600 y parte de una bala de plomo.
En El vizconde de Bragelonne, hay una cena con Luis XIV a la que asisten Aramís y D’Artagnan. Athos y Porthos ya murieron. Se dicen: “Amémonos como cuatro, que ya sólo somos dos”. Tristísimo.
- Quería vivir (Je voulais vivre)
Esta novela -Grasset, 2025- resultó ganadora del Premio Renaudot. En ella, se da voz a Milady de una manera inteligente. La autora, Adélaïde de Clermont-Tonerre, no inventa nada -en relación con la novela-, pero llena los huecos; lo que en la novela de Dumas se describe en dos líneas, Adélaïde lo hace en varios capítulos. Así, los lectores somos testigos de cómo fue asesinada la madre de Milady, cómo fue conducida a diversos conventos, sedujo a un sacerdote para emprender su huida y acabó convertida en amiga de Richelieu y de su brazo derecho Rochefort, así como del duque de Buckingham, que pretendió enamorar a Ana de Austria, la esposa de Luis XIII, para lograr una alianza de Inglaterra con España. Como en la novela, al final Milady es decapitada por el verdugo, después de un juicio sumario en el que participan los cuatro mosqueteros, comenzando por Athos, el conde de la Fère, quien fue su esposo hasta que descubrió en su espalda la flor de lis marcada por un hierro candente, la señal de la ignominia y el deshonor.
- Milady y D’Artagnan
Un día antes de su ejecución, los dos conversan. Milady le pide al mosquetero que la escuche. Le dice que todas sus acciones fueron producto de la necesidad de proteger a su hijo Mordant y del amor a Francia. Su lógica es precisa como el acero. D’Artagnan le reprocha que haya matado a su novia, Constance Bonacieux. Milady le responde que su intención era esconderla con la duquesa de Chevreuse pero, que al escuchar que los mosqueteros estaban llegando, sabiendo que Constance portaba secretos de la reina que no le pertenecían, se vio obligada a envenenarla. Le reprocha también al mosquetero -quien la había seducido (a Milady) haciéndose pasar por otro hombre- que no parece que amara tanto a su novia. Le reprocha asimismo a los mosqueteros que hayan creído ingenuamente que el duque de Buckingham podía ser su amigo, toda vez que siempre fue un inglés que odiaba a Francia. D’Artagnan, a su pesar, se convence e intenta facilitarle la huida. Sin embargo, Athos, que preveía que su joven amigo podría ser seducido por las palabras de Milady, lo impide y ella es ejecutada por el verdugo. En la novela, Milady señala: “Mi corazón palpitaba. Mi pecho se henchía a cada respiración de esperanza y de envidia. MI piel pedía caricias. Mi sexo vibraba de placer. Tenía veinticinco años. Era mujer. Era madre. Yo servía a Francia. Y quería vivir”.
- Adélaïde de Clermont-Tonerre
Al final de la obra viene una nota de la autora. (Curiosamente, la novelista se dedicó antes de escribir al sector financiero y vivió en México varios años mientras trabajaba para el banco francés, Societé Generale). Adelaïde explica: “Tuve el sentimiento de que ella (Milady) me eligió para que la justicia sea dicha, ya que no puede hacerse. Es demasiado tarde para salvarla”. Y señala: “Yo no corrijo. Tampoco acuso. Escucho su voz. Es clara. Es determinada. Su voz de mujer en tiempos de hombres”.
De niño, después de leer a Salgari, Los tres mosqueteros me fascinó y me convirtió en lector, alguien que gozosamente lee para obtener placer, vivir otras vidas y aprender cosas. Disfruté la lectura de Je voulais vivre (Quería vivir) de Adelaïde de Clemont-Tonerre como ese niño que fui. ¡Que vivan por siempre Athos, Porthos, Aramís y D’Artagnan! ¡Todos para uno y uno para todos!
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Los tres mosqueteros
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Hilo desde la calma durante la espera

Hilar el mundo
Nidia Esteva
Llegamos al mes de abril y quizá al final nos preguntemos, como Joaquín Sabina, “¿quién me ha robado el mes de abril”? El tiempo transcurre, pero se disfruta y aprende de él precisamente cuando se vive la calma en la espera, esa lección valiosísima. Por ello esta columna, con su espíritu originario de admiración al textil artesanal, alude al recuerdo de aquella paciente espera al confeccionar una prenda para una ocasión especial, que entre sus muchas cualidades se impregnará del tiempo que lleva su elaboración.
Recuerdo que de niña mi abuela mencionaba, entre sus muchos oficios, el de costurera —de ahí que mi madre supiera usar una máquina de coser y me hiciera ropa en múltiples ocasiones. Aprendí la calma en la espera de una prenda. Hay un valor inconmensurable en el textil artesanal: cuando esa espera se habita con serena calma la experiencia se vuelve aún mayor.
En la calma existe una quietud que permite vivir la lección del aguardar. Por ejemplo, la abuela que teje o borda algo para la llegada de un nieto o nieta, y así se prepara para recibir y dar cariño filial de otra forma a lo que para ella fue maternar (dar a luz y criar) directamente.
La espera en la oxidación de los tintes naturales, la espera en el crecimiento de las plantas, las flores, las verduras o los frutos que nos alimentan, la espera de la temporada de mangos. Esperar a teñir el hilo, a comprar la tela, a bordar o tejer, imaginar la combinación perfecta de los colores que sólo la dan los días comunes de siembra, de caminata, de vida.
La lección no siempre es quietud, a veces está llena de impaciencia, de ansiedad y desesperanza porque queremos que las cosas brillantes y luminosas ocurran en una entrega prime de Amazon. Somos la sociedad que describe Gilles Lipovetsky en La felicidad paradójica (2007): aquella que ha sustituido las pasiones por la fiebre del confort, abriendo paso a la sociedad del hiperconsumo donde la espera y el manejo del tiempo se vuelven casi impensables.
Las cosas planeadas a largo plazo, la calma como etapa de un proceso que requiere maduración, parecen cosa del pasado. Doña Guadalupe, tejedora originaria de San Pedro Apóstol, Oaxaca, ha querido vender sus bordados bajo esa otra lógica—la de la espera—, sin embargo cada tanto debe subir una serie de prendas a una red social virtual para que los ojos de la inmediatez las vean y consuman de inmediato.
En esta era en que el manejo del tiempo es síntoma de la modernidad elusiva—ese concepto que Zygmunt Bauman desarrolló en Modernidad líquida (2000) para describir cómo el tiempo se escapa y toma múltiples formas entre nuestras manos— podríamos, antes de que nos roben el mes de abril, atrevernos a ser, parafraseando a Lipovetsky, íntegramente nosotras mismas en medio de esta era del vacío, y disfrutar al máximo la vida aunque eso implique habitar con calma la espera de todo lo que hoy nos fijamos como meta.
Quizá la respuesta no esté en resistir la corriente sino en aprender a fluir con ella. Byung-Chul Han, en El aroma del tiempo (2015), señala que lo que hemos perdido no es la lentitud sino algo más sutil: el ritmo. Quizá, el tiempo se acelera no porque vaya más rápido sino porque ha perdido su trama. La misma trama que se construye con una madeja de hilo y que pasa despacio entre los dedos de una persona.
Hilemos el mundo con el tiempo y la calma suficientes, no para pensar en Lipovetsky, en Han o en Bauman, sino porque al tensar el hilo le devolveremos su ritmo al tiempo, le reintegraremos su aroma. Despertemos la capacidad de habitar un instante con suficiente plenitud como para que ese instante huela a algo. A cempasúchil recién cortado. A mango en plena temporada. Al mes de abril que aún no nos han robado.
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Salinger

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
El comunicado que la familia del escritor J. D. Salinger distribuyó después de su muerte fue lacónico: “Hay dos fronteras cruciales en la vida de Salinger: el antes y el después de la guerra, y el antes y el después de la religión. La guerra lo destruyó como hombre, pero lo convirtió en un gran artista; la religión le ofreció consuelo espiritual tras la guerra, pero destruyó su arte”.
Ese extraño éxito obtenido por su novela de culto El guardián entre el centeno, que muy rápidamente rebasó la condición literaria para convertirse en un libro de revelaciones cuya arbitraria interpretación metatextual se multiplicó entre mucha gente a partir de 1951 cuando fue publicado, gente que consideró a su autor un gurú o un instrumento de entidades inefables que se manifestaban en la magistral historia atormentada del inconforme y desavenido adolescente Holden Caulfield, recientemente expulsado de la escuela y quien antes de volver a casa se dedica a vagar por Nueva York, en medio de un desencantado, ansioso y hormonal sinsentido existencial escrito como un crudo monólogo de lenguaje común, de diálogo interior en primera persona.
A Salinger le pareció aberrante esa condición atribuida a su novela, la cual alcanzó su clímax cuando John Hinckley Jr. intentó asesinar al presidente Ronald Reagan en marzo de 1981 y se declaró después obsesionado por El guardián, con una copia de él entre sus pertenencias encontradas en el hotel por la policía. Meses atrás, el 8 de diciembre de 1980, Mark David Chapman había asesinado de cuatro tiros a John Lennon afuera del edificio Dakota para luego sentarse en la escena del crimen a leer el ejemplar de la novela que llevaba consigo. La había comprado esa misma mañana y en ella había escrito: “Esta es mi declaración”, firmando como Holden Caulfield. La leyenda circulante menciona la existencia de otro ejemplar sobre la mesilla de noche de Lee Harvey Oswald, el supuesto asesino de Kennedy.
El tormentoso éxito de la novela, que la llevó de ser prohibida por inmoral a formar parte canónica de las bibliotecas escolares, sobre la que Salinger sólo dio una entrevista y mandó quitar su fotografía desde la tercera edición, reforzó su deseo de recluirse con su mujer y su hija en su apartamento neoyorkino, no como un ermitaño sino como un hombre privado y muy discreto que acudiría a los lugares de siempre y frecuentaría a la misma gente, manteniendo toda su vida un idéntico y estrecho círculo de amistades, alejado por completo de cualquier medio literario o intelectual.
La descripción de Shane Salerno, uno de los biógrafos de Salinger (Seix Barral, 2014), sobre la vida cotidiana del escritor al lado de su esposa Claire, enfatiza la sencillez y espiritualidad de cualquiera de sus íntimas y solitarias tardes dedicadas a la meditación, el yoga y la lectura de textos sagrados del Vedanta hindú. En una atmósfera de serenidad y recogimiento así no puede haber literatura porque ésta proviene del desasosiego y no de la fe. Aún la fe del escritor en el lenguaje, por más grande que sea, no resulta comparable a aquello tan integral y monolítico como ofrece el creer religioso.
La literatura se origina en el impulso contrario. Nada de religar con la existencia, que debe mirarse y contarse con la distancia de una voz crítica que pone en duda el valor de su propia existencia: “Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es donde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas mamadas estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso”.
El comienzo de El guardián corresponde a su capítulo veintiséis, breve y último, que concreta un empeño restrictivo: “Esto es todo lo que voy a decirles”. La primera persona en singular, Holden Caulfield, una voz narrativa que se dirige a la segunda persona en plural, los lectores, a quienes les ha venido contado la historia y a los que paradójicamente advierte en las últimas dos líneas de la novela: “No cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo”, adquiere así una dimensión adicional que bien podría explicar las duras fantasías extratextuales que ha provocado.
Se dice que Salinger escribió quince novelas más pero en un código secreto indescifrable. Debe entenderse entonces: la escritura y Dios. O el sacrificio de la escritura, al fin un medio, en el altar de un fin, para el encuentro con el campo semántico inagotable que bajo tantas representaciones llamamos Dios.
El budismo atrajo poderosamente a Salinger pero lo repelió su ateísmo, así fuera un ateísmo religioso. En 1946 leyó la novela de Somerset Maugham El filo de la navaja, cuyo epígrafe es un fragmento del Kata Upanishad, uno de los textos sagrados del hinduismo: “Cuesta pasar por el borde afilado de una navaja / y así de difícil dicen los sabios que es el camino de la salvación”, y en ella conoció el hinduismo vedanta.
Fue amigo del maestro zen D. T. Suzuki, pero al fin se convirtió al hinduismo advaita vedanta influido por El evangelio de Sri Ramakrisná en traducción de Joseph Campbell. “Un acontecimiento central en su vida, solamente por detrás de la guerra”, dijeron sus biógrafos. Desde entonces hasta su muerte Salinger siguió estrictamente las cuatro etapas de la vida, o asramas, según las explica el swami Nikhilnanda, su maestro espiritual.
1) Brahamacharia. La fase del estudio y el aprendizaje, de la preparación. 2) Garahastia. El momento de casarse, fundar una casa, crear una familia, mantenerla y contribuir al bienestar de la comunidad. 3) Vanaprashta. El distanciamiento de la sociedad y la marcha al bosque para continuar los estudios y el perfeccionamiento religioso. 4) Sannyasa. La renuncia al mundo y la conversión en sannyasin, hombre sagrado. Un estado en el que ya no es posible (ni necesario) escribir, y menos publicar. Y en el cual, según el mismo Salinger había comentado “se está en el mundo pero ya no se forma parte de él”.
Algunos comentaristas han afirmado que Salinger transformó su arte en religión; sus acuciosos biógrafos David Shields y Shane Salerno dicen que fue al contrario, que aquejado de estrés postraumático y en plena búsqueda de sentido y de Dios, “convirtió la religión en su arte”.
Quizá el único que tuvo razón fue él mismo: Salinger, dijo, era “un estado, no un hombre”. Dejemos que así sea.
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Joseph Roth (1894-1939)

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
A Javier García-Galiano
- Stefan Zweig sobre Joseph Roth
Zweig fue, en los años treinta del siglo pasado, el escritor más leído del mundo. Amigo y protector de Roth, escribió sobre él, después de su muerte: “Había en él un hombre ruso -casi un Karamazov- que fatalmente era llevado a la autodestrucción por ese impulso. Pero había otra persona en Roth, el judío brillante inusitadamente alerta y una tercera persona, el austriaco noble y maravilloso. Tan solo esa mezcla peculiar e irrepetible puede explicarme la singularidad de su ser y de su obra”.
- ¿Quién era Joseph Roth?
Judío que nació en Brody, en Galicia, casa de los pobres judíos ortodoxos del este, ciudad perteneciente al imperio austro-húngaro. Renegó de sus raíces religiosas porque quiso volverse austriaco, escritor en lengua alemana, e inscribirse en la gloriosa tradición del pensamiento y la cultura de ese país. Sin embargo, el advenimiento del nazismo convirtió a Alemania en el lugar de los antivalores. Todo esto lo podemos leer en la estupenda biografía de Keiron Pimb, La fuga sin fin: genio y tragedia de Joseph Roth, publicada en inglés hace tres años y cuya traducción, publicada por la Universidad Veracruzana, fue presentada hace unas semanas por José Luis Martínez S., Armando Gónzalez Torres y el autor del prólogo del libro, Javier García-Galiano.
El alcoholismo lo acompañó, junto con las deudas y un estilo de vida imposible de sostener -pese a que fue un escritor muy bien pagado, como periodista y como novelista-. Su primer mujer, Frieldl Reichler, terminó en Steinhof, el manicomio municipal de Viena -cuya vista tenía desde su estudio Elías Canetti, quien en 1981 ganaría el Premio Nobel de Literatura-. En buena medida, Friedl se apagó por la manera en que la controlaba Roth, sin dejarle oportunidad de moverse y ser ella misma. Roth tuvo diversas amantes, de manera destacada Andrea Manga Bell, una mujer negra exesposa de un noble de Camerún, con quien tuvo una relación más que compleja.
Joseph Roth murió demasiado joven, estragado por el alcohol y la tristeza de ver cómo se derrumbaba el mundo que amaba.
- La marcha Radetzky y Jefe de estación Fallmerayer
Entre una copiosa obra, la novela que tiene como nombre la pieza musical de Johann Strauss es quizá la más célebre, porque simboliza el canto del cisne del Imperio Austro-húngaro, que fue una combinación imposible de nacionalidades y culturas. La novela narra la historia y decadencia de una familia -los Trotta-. Cuando es asesinado el arquiduque Francisco Fernando -lo que dio inicio a la Primera Guerra Mundial- al recibir la noticia unas nacionalidades se conduelen de la muerte del heredero y otras se acarician los bigotes imaginando que su grupo étnico se convertirá en una nación independiente (como sucedió en el caso de los húngaros, por ejemplo).
Por su parte, Jefe de estación Fallmerayer es un cuento espléndido, que narra cómo un simple burócrata ferroviario se convierte en alto mando del ejército alemán por amor -si somos románticos- o por deseo -si somos lacanianos- a una mujer a la que en un principio anheló sin esperanza y luego poseyó de manera casi sorpresiva. “Vio su propia personalidad y su amor asegurados de manera irrefutable”. Al final, sin embargo, perdió en el juego azaroso de la guerra, donde los dados nunca se sabe hacia qué lado van a caer. Dice Durrell: “Los jugadores y los enamorados juegan para perder”.
Me entusiasma leer en la biografía que este cuento le gustaba mucho a Marlene Dietrich, que pensó llevarlo a la pantalla. Roth, bastante estragado ya, quiso viajar a Hollywood. Sin embargo, decidió quedarse en Europa y reventar allí en su prematura muerte, alcohólica y depresiva.
- Ostende, Bélgica
En el verano de 1936 Roth viajó a este puerto belga para reencontrarse con su amigo y protector Stefan Zweig, que iba acompañado de su nueva mujer, Lotte Altmann, mientras Roth conoció allí y pronto vivió con su nueva novia, Irmgard Keun. En el espléndido libro Ostende, de Volker Weiderman (cuya traducción al inglés del alemán fue publicada por Pantheon Books, New York, 2006), se cuenta cómo en ese balneario belga en 1936 se reunieron el periodista y escritor Egon Erwin Kish -quien luego se exilió en México, junto con Paul Westheim, por cierto-, Arthur Koestler, Ernest Toller y otros pensadores e intelectuales. No creían que Hitler fuera capaz de invadir Austria.
Roth era menos escéptico. De hecho, al final de su vida le reprochó a su maestro, benefactor y amigo no haber sido suficientemente duro contra Hitler. El “pacifismo blando” de Zweig le parecía a Roth inútil y medroso. “Pelée o cállese la boca” le escribió. Zweig alegaba que no se opuso a Hitler en forma directa porque no quería perjudicar más a los judíos. Después de esa temporada en Ostende, nos dice Weiderman: “Los amigos nunca se volvieron a ver. Cada uno tomó su propio camino hacia la muerte”.
Cuando pienso en esos meses en los que no se pensaba que las cosas pudieran ponerse peor de lo que estaban, me pregunto si no estamos viviendo en Ostende, México; en Ostende, Europa, o en tantos lugares del mundo. Sin ser paranoico o fatalista, creo que a veces confiamos demasiado en la esperanza, de la que tanto desconfiaban los griegos.
- Roth, Benajmín, Zweig
Roth, que anticipó lo que iba a pasar, se trasladó a París y bebió hasta reventar, después de derrumbarse en un café, en 1939.
El filósofo Walter Benjamín se suicidó en 1940.
Stefan Zweig se fue con su mujer Lotte a Petrópolis, Brasil, y allá se suicidó junto con ella, en 1942.
Tres ángeles caídos.
La extrordinaria biografía de Roth nos recuerda ese mundo perdido, el de Viena y el imperio austro-húngaro a través de la mirada de un “santo bebedor”, un artista poliédrico, sin raíces fijas, que hizo de la desilusión el alimento principal de su obra literaria y periodística. Enorme escritor, inventó muchos mundos. Como dice en el prólogo García-Galiano, cuando se le acusó de mitómano Roth contestó: “Yo no miento; yo hago literatura”.
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El pasado que pudo no haber sido

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Moctezuma cometió, dice la historia, dos errores cruciales al saber de la presencia de Cortés y sus soldados en los dominios imperiales: envió opulentos regalos que mostraban sus grandes riquezas, y pidió amablemente en mensajes a los visitantes que regresaran sobre sus pasos, lo que expuso su debilidad.
Cien esclavos entregaron a los extraños recién llegados joyas, telas, bellos trabajos de arte plumario y dos platos de oro y de plata “tan grandes como las ruedas de un carro”, que envenenaron la insaciable codicia de los aventureros. El lenguaje de sus cartas, en las que exigía casi rogándole a Cortés que no se acercara más a Tenochtitlán, era obsequioso y blando, nada temible ni propio de un poderoso emperador.
Cuando los españoles llegaron a la ciudad sin ningún impedimento, el cual hubiera sido muy fácil establecer, se les dio la bienvenida y fueron llevados a alojamientos especiales en el palacio de Axayácatl. El ejército azteca esperando en las afueras de la ciudad, que habría aniquilado a los invasores cortándoles la retirada y sitiando la maravillosa ciudad en el lago, nunca fue llamado a intervenir.
Cortés lo supo por un intérprete y muy pronto pondría a Moctezuma bajo arresto en su propio palacio. Las horas entre ellos dos, el profundo azoro del encuentro, la lucha entre la parálisis dubitativa y la audacia suicida representan una inmensa tragedia histórica y fundan un brutal comienzo nacional.
La filosofía de la victoria afirmará que Cortés obtuvo la victoria por necesaria fatalidad: ganó porque debió de haber ganado. Pero las condiciones objetivas de entonces cancelaban prácticamente esa posibilidad. El belicoso pueblo azteca, cuyo ejército superaba mil a uno a los invasores, fue presa de la vacilación de un emperador superado por acontecimientos cuyas referencias interpretativas eran solamente un pasado mitológico. Una variante escénica que no se podía prever.
“Señor nuestro: te has fatigado, te has dado cansancio: ya a la tierra tú has llegado. Has arribado a tu ciudad: México”, dijo el emperador, acompañado de su hermano Cuitláhuac y grandes señores locales, transportado en una litera con dosel de plumas bordado con hilos de oro y plata e intercalaciones de jade, al recibir a quien los mexicas llamaban Malinche. Lo llevó a una amplia habitación del palacio y le propuso sentarse en un gran trono que ahí había.
El historiador Hugh Thomas afirma que por más dudas que Moctezuma tuviera sobre las intenciones de Cortés, sobre su condición humana o divina, para recibirlo se impuso la tradición indígena de la cortesía. “Me inclino ante ti”, “beso tus pies”, fueron fórmulas posibles en el encuentro.
Parece una razón secundaria en el complejo contexto del gozne histórico donde los vertiginosos acontecimientos se vuelven apocalípticos: terminarán dioses, emperadores, instituciones, derechos, lenguas, costumbres, ritos y memorias. El emperador duda, es vacilante y sus errores ante Cortés se multiplican. En él actuará la convicción de que el recién llegado es Quetzalcóatl. Entonces Malinche da un golpe de mano.
Ya hubo un hecho, entre tantos, que anunciaría a la civilizada ciudad (aun con sus sangrientos sacrificios religiosos), recogida durante la noche, la irremediable llegada del espanto. Los arcabuceros españoles dispararon una salva y después los cañones retumbaron para festejar la victoria de haber llegado hasta ahí.
La suma de prodigios se completaba: los jinetes sobre sus bestias, extraños centauros, el rayo mortal que salía de sus manos, sus rostros grises con vestimentas de piedra, las casas flotantes que los trajeron, los feroces mastines que los acompañaban, el abstracto crucifijo reverenciado, las capillas que iban levantando, el atronador ruido que producían. Y antes, el cometa premonitorio que todo lo anunció.
Moctezuma regresó después de cenar, como lo había prometido, para ver a su huésped. Cortés, con la ayuda de Marina y Aguilar, sus intérpretes, le hizo saber al emperador que había hecho un formal acto de sumisión que le daba derecho a él para considerar toda hostilidad mexica como una rebelión y conquistar lo que dispusiera en nombre de Carlos V.
El español quiso creer que las muestras de cortesía habían sido fórmulas de sometimiento. Afirmaría después que Moctezuma había reconocido que el caudillo y sus soldados eran dioses, dirigentes perdidos cuyo regreso se esperaba y temía. Que sabían que cuando ello sucediera los indígenas serían sus vasallos.
Según Hugh Thomas, Moctezuma estaba deslumbrado por la energía, la confianza en sí mismos y el poder que mostraban los castellanos. Para la discreción propia de los mexicas, sus modos tácitos y tangenciales, los extraños seres de más allá del mundo se comportaban de un modo extravagante. Tal fascinación con el verdugo, con la acción equivocada que perjudica los intereses propios corresponde a la insensatez, una constante histórica inevitable.
En todo encuentro alguien gana y otro pierde. Más tarde Cortés perdería (exactamente: nunca llegaría a tener) su marquesado, y el imperio español se haría decadente por una conquista despiadada. No hay acto así que no lo sea.
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El librepensador

Colaboraciones
Eduardo Subirats

Un hombre saltó de pronto sobre unas cercas que protegían de una autopista densamente transitada. Llevaba un maletín desvencijado y parecía llegar de un largo viaje. Una toga negra y harapienta era toda su vestimenta. Mechones de cabellos grises caían sobre su rostro. Su larga barba, la delicadeza de sus rasgos faciales, sus manos delgadas y su mirada profunda le daban un semblante profético. Un temor inexpresable parecía atormentarlo interiormente. De pronto le vi agitar sus brazos con gestos nerviosos, mientras pronunciaba a grandes voces:
“¿Dónde están los hombres y las mujeres capaces de pensar… Libre-pensadores independientes de los escenarios políticos, de los espectáculos mediáticos y del tedio académico? ¿Dónde, intelectuales libres de las censuras comerciales y administrativas? ¿Fugitivos de la repetición y la obediencia a las lingüísticas corporativas? ¿Un real pensamiento iluminador…?”
El bullicio de los automóviles me impedía discernir algunas de sus palabras perdidas al viento.
“¿Dónde… una conciencia ejemplar de nuestro tiempo…?” – se oía y repetía una y otra vez –. “¿Dónde una autoconciencia soberana? ¿…un libre-pensador…? ¿Dónde el intelectual asume el papel educador de una comunidad humana permanentemente idiotizada por el consumo, manipulada por las redes de información, vigilancia y punición…, vigilada…, militarmente aplastada…? ¿Dónde la inteligencia dice No? Un No a la permanente distorsión de la realidad por las agencias mediáticas… No a las estrategias financieras y militares de deconstrucción y destrucción de ciudades, culturas y vidas humanas… No…”.
Transcurrido un cierto tiempo el extranjero volvió a agitarse y a exclamar con mayor vehemencia todavía:
“¡Nosotros…! ¡Nosotros le hemos dado muerte al librepensador…! ¡Nosotros hemos acabado con la independencia intelectual! ¡Hemos suprimido el pensamiento…! ¡Nosotros confiamos en las pantallas mediáticas como si fueran verdaderos oráculos! ¡Nosotros asumimos las disciplinas académicas como sacerdotes eunucos de una ciencia irreflexiva sobre sus medios y sus fines institucionales y administrativos…! ¡Arrastrados por la venalidad hacia una competencia fratricida y absurda por conseguir un lugar en las estanterías vacías de la historia…, en medio de paisajes infinitos de destrucción industrial e intelectual del planeta, científicamente, biológicamente, espiritualmente… triunfo de la irreflexión y la mediocridad… escisión esquizofrénica de la inteligencia humana… depresión colectiva… ¿Dónde… un intelectual… una conciencia libre… una luz?”.
Se dirá, sin lugar a dudas, que este aprendiz de profeta ignora que la cultura administrada eleva todos los días al intelectual a un rango de suprema estrella. Flashes, pantomimas y aplausos son sus señas de identidad pública. El intelectual esgrime con arrogancia un discurso narcisista compuesto de fórmulas y eslóganes prediseñados. Erige su autoridad como guardián de las jergas políticamente correctas.
Subalternidad, postfilosofía y postsubjetividad, hibridismo, multiculturalismo y human rights son algunos de sus más repetidos slogans. Las condiciones postmoderna o posthumana se suceden en sus performances como las marcas de un catálogo de ropas de moda. Al mismo tiempo, este letrado asume las jurisdicciones y territorios que la administración cultural vigila: son entertainers y ficcionalistas, o bien investigadores y expertos. Se los puede definir con mucho mayor rigor como ideologues en el sentido napoleónico de la palabra: reproductores de sistemas semióticos sin referente, embaucadores al servicio de las corporaciones académicas y mediáticas. Son representantes de un conocimiento científico de cuyos últimos fines éticos “man nicht sprechen kann… man schweigen muss” (“no se puede hablar… se tiene que callar”—Wittgenstein).
En el sistema académico este intelectual ha menguado el alcance de su inteligencia a los escasos metros cuadrados de su cubículo y al limitado campo de concentración disciplinaria al que sus bibliografías, metodologías y epistemologías pueden darle acceso. Su función no consiste en pensar, ni mucho menos en esclarecer, sino en disfrazar y enmascarar los dilemas de una sociedad dividida bajo el sistema de reproducción automática de discursos prêt-à-porter. Su principio de conocimiento consiste en la repetición y la reproducción ad nauseam de siempre las mismas cosas y los mismos paradigmas; y siempre con diferentes colores y títulos. Un sujeto completamente vacío.
Es un experto de conocimientos especializados y lingüísticamente segregados que garantizan la reproducción indefinida de un espectáculo político de poderes globales que son violentamente conflictivos y completamente opacos. Un especialista idiota en el sentido de la palabra griega idiotés: la conciencia acantonada tras las murallas de sus intereses económicos egoístas y de sus destinos individuales. Posthumano incapaz de articular una comprensión cabal del mundo. Y un completo inepto a la hora de reflexionar sobre los dilemas ecológicos, tecnológicos, militares y políticos de nuestra edad final.
Tanto en las organizaciones políticas, como en las mediáticas y académicas su quehacer invierte el principio del esclarecimiento de todos los tiempos: pensar por sí mismo, hacerse un juicio propio a partir de una experiencia ejemplar de la realidad, rechazar la diseminación masiva de la ignorancia a través de los medios de comunicación corporativos, y educar a partir de un conocimiento claro, crítico y responsable.
Aquella misma obsesión por menguar la inteligencia, aquel mismo “rencor contra el desarrollo del cerebro humano”, que Thomas Mann puso de manifiesto en la literatura del nacionalsocialismo europeo del siglo pasado, distingue hoy a la condición mediáticamente impuesta sobre una aldea global masivamente idiotizada.[1] El microintelectual como star de los vigilados escenarios culturales no es más que la cima de este proceso de degradación de la inteligencia bajo el poder de las monoculturas de la conciencia, de sus lingüísticas uniformadas, y de una obediencia servil a las reglas de juego de los mercados culturales y las burocracias democráticas.
Este proceso de empobrecimiento intelectual es paralelo a la sofocación comercial de toda expresión artística que sea reflexiva, asuma una conciencia al mismo tiempo formal e históricamente compleja, y esté atravesada por una voluntad emancipadora. Lo mismo curadores que editores y simples funcionarios repiten la cháchara de la muerte del arte, de la conversión de la literatura en ficción y entretenimiento, y de un pacto mefistofélico del pensamiento y la lógica del mercado. Todos ellos dan por sentado que sólo CNN, RT, DW… son reales.
Frente a la degradación de la enseñanza a discursos automáticos de una razón instrumental y una semiología sin referentes, frente a las catástrofes ecológicas industrialmente generadas, frente a sucesivas guerras diseminadas en las cuatro partes del mundo, frente a las decisiones financieras que condenan a masas humanas de decenas de millones a la miseria y la violencia como última forma de supervivencia, frente a un sistema democrático degradado por las demagogias del espectáculo, frente a todo ello y mucho más, el intelectual, la inteligencia que no ha sido completamente mermada por sus funciones de cubiculista académico, productor de bestsellers o media-star, es una obscena ausencia.
La economía se contempla fuera de sus marcos ecológicos y sociales, los estudios políticos se desgajan de la historia social, la ingeniería genética se analiza con entera independencia de sus efectos sobre la biodiversidad y la salud humana, y el calentamiento global se debate fuera de los campos de interés del complejo militar, industrial y energético que lo genera. La literatura es recortada a textualidades herméticamente selladas frente a la realidad humana y social. Y la filosofía se enclaustra tras las murallas lingüísticas de las escolásticas y los sistemas de reproducción departamentalizados. Las micropolíticas y las políticas identitarias, institucionalmente implementadas en el interior de las megamáquinas académicas han empequeñecido las inteligencias escolares hasta su completa esterilidad. La fragmentación de saberes genera perfiles profesionales inmunes a toda reflexión y a toda crítica racional. Su actuación se recorta según los patrones de una praxis al mismo tiempo reproductiva y subalterna. Su autoconsciencia se reduce al punto lógico de una identidad existencialmente vacía. La inteligencia humana se torna irrelevante. La inteligencia artificial invade y coloniza progresivamente todos los aspectos de la vida humana.
Estas limitaciones coinciden con la eliminación institucional del intelectual independiente en todos los espacios públicos, desde los festivales literarios y artísticos, hasta los talk shows televisivos. Estas limitaciones coinciden con su neutralización lingüística en los centros de investigación y en las mismas aulas académicas. Son demarcaciones y fronteras epistemológicas que por sí mismas inducen y presuponen la evaporación de la inteligencia humana y su función articuladora de un esclarecimiento antropológico y político sobre el desorden mundial realmente existente; presuponen la suplantación de la experiencia por la información y el triunfo absoluto de la repetición sobre la reflexión.
Incipit vita nuova
¿Era necesaria esta defección del intelectual? ¿Es acaso el signo y el sino de una condición histórica postmoderna providencialmente elevada a fetiche? Y, ¿qué significa una edad, una comunidad y una realidad histórica transnacional de sujetos carentes de una conciencia reflexiva capaz de rebasar las fronteras disciplinarias del conocimiento corporativamente reglamentado, y de sus aduanas epistemológicas y políticas? ¿Qué ingenio diabólico y qué maligno principio nos obliga a caminar ciegos al borde de un precipicio, bajo la vigilancia de los pentágonos del poder que, como verdaderas aves de rapiña, se enriquecen con la destrucción masiva de los equilibrios biológicos y no disimulan su desprecio por las vidas humanas?
La disminución de la inteligencia y la ausencia del intelectual en el amanecer del siglo veintiuno reiteran aquella trahison des clercs que Julien Benda denunció un siglo antes, en el amanecer de la Europa de los nacionalismos e imperialismos fascistas.[2] La traición y complicidad de aquellos “clérigos” fue, efectivamente, la premisa que desbrozó el camino a los líderes de los autoritarismos europeos que elevaron el estado nacionalsocialista y las políticas imperialistas a realidad. Hoy esta ausencia es la condición de la marcha ciega de la humanidad hacia un suicidio gradual pero irreversible a través de sus propios instrumentos de dominación.
La ausencia del intelectual y la disminución de la inteligencia humana que esta ausencia propaga es la condición al mismo tiempo deslumbrante y ciega frente a los signos adversos de nuestro tiempo, desde las epidemias y los desastres ecológicos, al militarismo y los totalitarismos electrónicos. Aquella síntesis de una visión apocalíptica y una voluntad mesiánica bajo la que Benjamin describió el destino del Ángel de la Historia o Angelus Novus se ha trocado por una conciencia impotente frente al ciego destino de una guerra global, híbrida e indefinida.
Pero, a diferencia del silencio de la intelligentsia europea durante el período de entreguerras del pasado siglo, denunciado por Julien Benda o Thomas Mann, y por tantas voces intelectuales, en el mundo postmoderno la “muerte del arte”, el “último libro” y el “final de los discursos” se han celebrado con estrepitosos aplausos como la máxima expresión de la libertad. Han sido objeto de cultos masivos y se ha enaltecido bajo el glamour de una verdadera avant-garde revolucionaria postmoderna.
Frente a este nihilismo que recorre la administración burocrática de las culturas autoproclamadas avanzadas, frente a la ceguera ante los signos apocalípticos de nuestro tiempo histórico y frente a los sistemas de educación departamentalizada y deshumanizada, podemos y debemos oponer el postulado universal del esclarecimiento, el mantra de Horacio: Sapere Aude. Esclarecimiento como voluntad e impulso existenciales hacia lo verdadero; esclarecimiento como el arrojo de querer saber; esclarecimiento como soberanía del espíritu y autonomía individual de la reflexión; esclarecimiento como proceso colectivo de formación de una sociedad reflexiva y responsable.
El objetivo y el sentido original de este arrojo del conocimiento, de acuerdo con la filosofía del esclarecimiento de Kant, era la Mündigkeit, una palabra corrientemente traducida, en castellano o en inglés, por “madurez”, cuya raíz germánica munt la vincula, sin embargo, a la mano tutora y a la vez manipuladora de la que la conciencia esclarecida se libera exactamente en el sentido de una “manumisión”.
A comienzos del siglo veintiuno nuestra esperanza histórica no reside en la visio et fruitio dei consumada en el acto místico de la comunión espiritual con cualquier objeto de consumo; tampoco es la esperanza del devoto arrodillado ante los templos mediáticos de los poderes corporativos, académicos y políticos en espera de una protección, favor o gracia de sus organizaciones. Es más bien la esperanza de que se detenga el crecimiento de las megamáquinas militares del planeta, que se suspenda la contaminación y destrucción de la biosfera, que se interrumpa el proceso de empobrecimiento material y espiritual de los seres humanos, y que se ponga fin al desorden ético y la violencia que hoy impera urbi et orbi.
Nuestra última esperanza es el retorno del fuego usurpado por la corporación olímpica de los dioses, y su devolución a los humanos para su desarrollo civilizatorio en armonía con los ciclos eternos de una naturaleza creadora e increada. Esperanza en el poder esclarecedor de la inteligencia humana.
[1] Thomas Mann und Karl Kerényi, Gespräch in Briefen (Zürich: Rhein Verlag, 1960), p. 42 (20/2/1934).
[2] Lucien Benda, Le trahison des clercs (Paris: B. Grasset, 1927).
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Las bodas de Cadmo y Harmonía

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
El erudito italiano Roberto Calasso (1941-2021), discípulo de Mario Praz y director hasta su muerte de la editorial Adelphi, escribió este libro, un compendio de la mitología griega narrada como si fuera un relato, articulada en torno a ciertos motivos. Cada capítulo plantea un tema. El eje central temático es la desaparición de los dioses y de los héroes en la vida del ser humano. Calasso tenía toda la mitología en la cabeza y eso le permitió escribir este libro asombroso. Repasemos brevemente sus capítulos, como una invitación a leer esta obra monumental.
- “Pero ¿cómo había comenzado todo?”.
“Las figuras del mito viven muchas vidas y muchas muertes, a diferencia de los personajes de la novela, vinculados en cada ocasión a un único gesto. Pero en cada una de estas vidas y de estas muertes están presentes todas las demás, y resuenan”.
Calasso nos narra los amores de Teseo y Ariadna, que ayudó al primero a vencer al Minotauro; la lucha de poder entre Zeus y su mujer Hera, y el rapto de Europa, que permitió que los ritos cretenses pasaran a Grecia.
- “Hay un toma y daca entre los dioses, una rigurosa contabilidad, que se difunde a través de las eras”.
Aura enfurece a Artemisa por un comentario sobre sus senos. Lo pagará caro. Dioniso la embriaga y luego la posee. Hay una epidemia de suicidios femeninos: Ariadna, Fedra, Erígone. Era necesario lavar toda esa sangre. Todo comenzó cuando Semele fue fecundada por Zeus y de sus entrañas nació Dioniso, el Dios del vino.
- “La virginidad perenne, que la pequeña Artemisa pide como primer don al padre Zeus, es la señal invencible de la distancia. La cópula es ‘mezcla’ con el mundo”.
Apolo fecundó a Corónide. Ella, después se sintió atraída por un extranjero. Su castigo fue morir a manos de Artemisa. Antes de perecer, le dijo a Apolo que había matado también a su hijo. “Cuando el cuerpo perfumado de Corónide quedó tendido sobre la hoguera, las llamas se abrieron ante la mano rapaz del dios, que extrajo del vientre de la muerta, ileso, a Asclepio, el que cura”.
- “Homero vislumbraba en el futuro a su gran enemigo: Platón, el evocador de las copias, de las irrefrenables cascadas de copias que sumergen el mundo”.
Dice Calasso: “Cuando los griegos tenían que referirse a una autoridad última, no citaban textos sagrados, sino a Homero. Grecia se basaba en la Ilíada”. De la vida sólo ha quedado un largo cansancio. Sólo han quedado los simulacros. Helena es el simulacro. “En el origen del simulacro está la imagen mental”.
- “El lógos, cuando aparece, aniquila lo concreto, la acumulación de detritos que hay en cada experiencia, la coacción que obliga a repetir cualquier detalle”.
Este capítulo está dedicado a la sibila, la pitonisa de Delfos. (Quien esto escribe, gracias a que me llevó allí Andrés Ordoñez, querido amigo, fui a Delfos y me incliné ante el famoso oráculo, la piedra sagrada). Atisbar el futuro era el don de Prometeo. Epimeteo, su hermano, en cambio, ve hacia el pasado. Tratan de comprender la vida. “¿Acaso el exceso no es la vida misma?”.
- “Olimpia es la felicidad de los griegos, expertos en infelicidad”.
Tántalo invitó a los Olímpicos a comer y les sirvió su propio hijo, Pélope. Zeus decretó terribles castigos para Tántalo. En estas cadenas de atrocidades, Egisto y Clitemnestra mataron a Agamenón, sólo para que más adelante Orestes los matara a ellos (su madre y el amante de ella).
- “El mar es lo continuo, la perfección de lo indeferenciado. En la tierra su emisario es la serpiente. Allí donde está la serpiente, mana el agua”.
Zeus poseyó a Démeter y nacería Perséfone, la cual, ya convertida en mujer, fue raptada por Hades, quien la llevó al inframundo. Démeter, enloquecida, paralizó al mundo, hasta que se hizo un pacto. Perséfone volvería seis meses a la tierra -tiempo de siembra y cosecha- y el resto del año reinaría en el mundo de la muerte.
- “La vida: incurable, tenía que aceptarse como era, en su malignidad y en su esplendor”.
Sentencia Calasso: “Los mitos griegos eran historias construidas con variantes. El escritor -fuera Platón u Ovidio- las recomponía, de manera diferente, en cada ocasión, omitiendo o añadiendo. Pero las nuevas variantes debían ser raras y poco visibles. Así, cada escritor incementaba y afinaba el cuerpo de las historias. Así siguió respirando el mito en la literatura”.
- “Hierogamia y sacrificio olímpico tienen en común el tomar posesión de un cuerpo, invadiéndolo o devorándolo”.
Nos dice Calasso: “En Delfos, los consultantes interrogaban a la Pitia para conocer el pensamiento de Apolo. En Dodona, los consultantes interrogaban a la encina para que Zeus les guiara en el laberinto de los dioses”.
- “Algo separa a los héroes homéricos de lo que fue escrito antes y se escribiría después”.
La muerte de Jasón fue como la de Cyrano de Bergerac: una viga le cayó en la cabeza.
- “Corresponde a la esencia de Ulises ser el último de los héroes, el que cierra el ciclo”.
Menelao mata a Helena, la adúltera. Ulises y Penélope se reencuentran en Itaca. “Solitarios por larga costumbre, les costaba reconocer a alguien con quien compartir el propio monólogo”.
- “Ni los dioses ni los hombres sabían que la fiesta nupcial de Cadmo y Harmonía había sido el momento de su máxima aproximación. A la mañana siguiente, el palacio se había vaciado de los Olímpicos. Cadmo y Harmonía se despertaron en el lecho preparado por Afrodita. Ahora sólo eran un rey y una reina”.
Cadmo había llevado a Grecia vocales y consonantes: el alfabeto.
Las bodas de Cadmo y Harmonía, de Roberto Calasso, hace un repaso de toda la mitología griega: las uniones de los dioses con los humanos, el fin de los héroes, el sacrificio, el simulacro, estupros y suicidios, nacimientos, asesinatos, afrentas y ofrendas a los dioses. Todo está allí. Espléndido mosaico. No es un diccionario de mitos, a la manera de Robert Graves, es casi una novela, el compendio de los mitos griegos que abarcan a los dioses y a nosotros, pobres seres humanos, esplendorosos seres humanos que ya no necesitamos a los dioses. Para bien o para mal -anticipándonos al existencialismo- sólo nos tenemos a nosotros mismos.
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Cartas de cumpleaños Ted Hughes / II

Colaboraciones
Héctor Ramírez
Andreu Jaume en su introducción dice: Un poema no es el relato de un acontecimiento, sino un acontecimiento en sí mismo. Y estas Cartas de cumpleaños son una prueba palpable de tal afirmación. Son tantas las cosas que hay que destacar de estos poemas, que, la verdad, desde aquella época en la que me deslumbraron los libros del Cioran, siendo yo muy joven, y que quedaron como testimonio de esa sorpresa y admiración resplandecientes e interminables subrayados casi en cada una de sus páginas, ahora con este gran libro he revivido esa emoción.
En esta breve reseña tuve que ser selectivo respecto a las citas de los poemas, pero creo que —de manera muy sintética— resultan una buena invitación para realizar su lectura. Hay uno en particular que me parece fundamental transcribirlo íntegramente pues, aunque parece dirigido a Sylvia Plath, me da la impresión de que Ted Hughes se habla a sí mismo y a todo aquél que escribe o que ha escrito, que ha accedido (o tratado de acceder) a lo que esto representa y a lo que significa hacer literatura o —quizá— cualquier manifestación artística:
EL DIOS
Eras como un religioso fanático
sin dios, incapaz de rezar.
Querías ser escritora.
¿Querías escribir? ¿Qué había dentro de ti
que debía contar su cuento?
La historia que ha de ser contada
es el Dios del escritor, quien más allá del sueño
proclama inaudible: ‹‹Escribe››.
¿Escribir qué?
Tu corazón, en medio del Sahara, rabiaba
en su vacío.
tus sueños estaban vacíos.
Te inclinaste sobre el escritorio y lloraste
sobre la historia que se negaba a existir,
como sobre una plegaria
que no podía rezarse
a un Dios inexistente. Un Dios muerto
con una voz terrible.
Eras como aquellos ascetas del desierto
que te fascinaban
agostándose en la tortura
de un vacuo Dios
que succionó trasgos de la punta de sus dedos,
de las suaves notas de los haces de luz,
del rostro de una roca inexpresiva.
El amordazado rezo de tu esterilidad
era un Dios.
Igual tu pánico al vacío, un Dios.
Le ofrecías versos. Primero
pequeñas ampollas de vacío
en las que tu pánico dejaba caer sus lágrimas
que se secaron dejando espectros de cristal.
Costras de la sal de tu sueño,
como el sudor del rocío
en algunas rocas del desierto, tras el alba.
Oblaciones a una ausencia.
pequeños sacrificios. Pronto
tu silencioso aullido a través de la noche
se había hecho una luna, un ardiente ídolo
de tu Dios.
Tu llanto llevó a cuestas su luna
como una mujer a su niño muerto. Como una mujer
que cuida de un niño muerto, inclinándose para refrescarle
los labios con gotas de lágrimas en la punta de los dedos,
así te cuidé yo, que cuidabas a una luna
humana pero muerta, marchita, y que te quemaba
como un trozo de fósforo.
Hasta que se desperezó el niño. Su agujero bucal se desperezó.
Rezumaba la sangre en tu pezón,
alimento que goteaba sangre. ¡Nuestro momento de dicha!
El pequeño dios voló hasta el Olmo.
En tu sueño, de ojos vítreos,
oíste sus instrucciones. Al despertarse
moviste las manos. Y las miraste decepcionada
mientras hacían un nuevo sacrificio.
Dos puñados de sangre, de tu propia sangre,
y en esa sangre pedacitos míos,
envueltos en el tejido de una historia que por algún motivo
se escurrió de ti. El embrión de una historia.
Ni podías explicarlo ni saber quién
comió de tus manos.
El pequeño dios rugió en la noche del huerto,
Y su rugido parecía risa.
Le alimentabas de día, bajo la tienda de tu pelo, sobre tu escritorio, en tu secreta
casa de los espíritus, mientras susurrabas,
tamborileabas sobre tu pulgar con los dedos,
agitabas las conchas de Winthrop para oír voces marinas
y me diste una efigie, una hoja de salvia
prensada en una Biblia de Lutero.
No podías explicarlo. El sueño se había abierto.
La oscuridad salía de él, como un perfume.
Tus sueños reventaron su ataúd.
Cegado encendí una luz,
y me desperté del revés en tu casa de los espíritus
moviendo miembros que no eran mis miembros,
y contando, en una voz que no era mi voz,
una historia de la que nadie sabía.
Mareado
con el humo del fuego que atendías
llamas que sin quererlo había yo encendido
y que se volvían blancas en el surtidor de oxígeno
de tu susurro encantador.
Alimentaste las llamas con la mirra de tu madre
el incienso de tu padre
y con tu propio ámbar y las lenguas
de fuego contaron tu cuento. Y de repente
todos lo sabían todo.
Tu Dios aspiró el grasiento hedor.
Su rugido fue como la caldera de un sótano
en tus oídos, trueno de los cimientos.
Entonces escribiste en un arrebato furioso, llorando,
tu júbilo de bailarín en trance
entre el humo de las llamas.
‹‹Dios habla a través mío››, me dijiste.
‹‹¡No digas eso!››, grité. ‹‹No digas eso.
¡Trae muy mala suerte!››.
En tanto allí me senté con los ojos irritados
mirándolo arder todo
en las llamas de tu sacrificio
que al fin también te alcanzó a ti hasta
que desapareciste, explotando
en esas llamas
de la historia de tu Dios
que te abrazaba
y de tu Mamá y de tu Papá,
de tu Dios azteca de la Selva Negra
bajo el eufemismo Aflicción.
