Morfema Cero

  • Hilo a las infancias y la sonrisa

    Hilo a las infancias y la sonrisa

    Hilar el mundo

     Nidia Soledad Esteva

    Todos los adultos hemos pasado por la infancia, etapa de vida que generalmente va desde el nacimiento hasta los 12 años, dividida en subetapas que reflejan el desarrollo físico, cognitivo y emocional. Mucho se ha escrito e investigado sobre esta etapa de vida y su impacto en todo lo subsecuente. Su trascendencia es innegable, pero su fragilidad lo es aún más.

    Mientras escribo, resuena de fondo “Smile Jamaica” de Bob Marley. La canción es un himno de resistencia para un lugar que parece perderlo todo de forma cíclica entre huracanes, sismos y crisis políticas. En ese contexto de pérdida, surge un dato revelador: se estima que en la niñez se sonríe, en promedio, 400 veces al día. Al llegar a la adultez, esa cifra se desploma a apenas 20. Una caída dramática que marca nuestro paso por el mundo.

    En las subetapas de la infancia se aprende a comer, la autonomía, las muestras de emociones, el control o autocontrol de otras tantas. Pero es también ahí donde se tejen las primeras y más crueles desigualdades: la calidad de la nutrición, la estimulación cognitiva y la construcción emocional determinan quiénes seremos.

    Por ello hablar de la sonrisa, que tiene tantas definiciones y enfoques, desde una visión fenomenológica puede interpretarse como un acto que revela la interioridad del sujeto. Umberto Eco sugería que la sonrisa es una herramienta de la ironía, la marca del escéptico culto; por su parte, para su conocido personaje literario, Jorge de Burgos, la risa es vulgar, hace que los aldeanos pierdan el miedo y eso entraña múltiples riesgos para el poder, pero ambos coinciden en que es fuente de rebeldía y libertad. La risa y la sonrisa son, entonces, el gesto de quien entiende que la realidad tiene múltiples capas y a veces es puente entre lo íntimo y lo social, un gesto que comunica sin palabras. Hay, además, un “misterio” de la biología que conmueve: los bebés que nacen ciegos sonríen al sentir alegría, sumando un argumento a que el gesto es una herencia genética del gozo, incluso antes de ser un espejo social.

    Sin embargo, en las infancias actuales se reflejan los mayores fracasos de la humanidad. Hoy, millones de niñas y niños carecen de acceso a esquemas básicos de vacunación o salud; los espacios escolares para la primera infancia en el sector público son escasos y miles de vidas transcurren bajo el estruendo de la guerra.

    UNICEF ha publicado recientemente su informe bandera «Estado Mundial de la Infancia 2025», el cual se centra en la pobreza infantil, pero también aborda las «megatendencias» (como el cambio climático y la tecnología) que están moldeando el presente y futuro de las infancias. Acaso, se pretende que las generaciones nacidas después de la primera década del siglo XXI comiencen a enfrentar el mundo con inteligencia artificial para sortear los misterios de la vida. 

    Hemos pasado del mundo que mi abuela vio transformarse en derechos y asfalto, al milagro del estado benefactor que soñaron los padres de los sesenta del siglo XX, hasta llegar a los millennials —la última generación que conoció el tiempo de la carta postal antes de la inmediatez—. Hoy, frente a la Generación Z y la niñez que vienen, urge recuperar el proyecto ético de la alegría, tal como lo sugiere Fernando Savater recuperando a Aristóteles, la sonrisa es la manifestación de la eutrapelia: la virtud del buen humor y la alegría moderada. No es una burla, sino una forma de hospitalidad hacia el otro. 

    Quizá por eso la sonrisa infantil, repetida cientos de veces al día, sea el verdadero patrimonio de la humanidad. No es ingenuidad, es conciencia. Y cuando el mundo les niega agua, salud, escuela o futuro, lo que se apaga no es sólo un gesto: es la posibilidad misma de que la conciencia se exprese en plenitud.

    La vida entre su inicio (infancia) y fin (vejez) no sólo no puede prescindir sino que debiese llevar una alta frecuencia de sonrisas. Y mientras termino de teclear este texto, resuena “Al final de este viaje” de Silvio Rodríguez, que dice “Quedamos los que puedan sonreír”. Les propongo tejer el hilo que interpela las injusticas, reconoce la generosidad y no pierde la gratitud, con un sólo gesto. A manera de paráfrasis vamos a quedarnos los que queramos sonreír en plena luz.

  • Abigael Bohórquez, poeta rompehuevos

    Abigael Bohórquez, poeta rompehuevos

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    I.

    Lo escribió el genio de Ezra Pound antes de ser confinado en una jaula por el ejército yanqui como castigo a su simpatía y colaboración con el régimen fascista de Mussolini, volcadas ambas en legendarios programas de radio —eruditos, inapelables, virulentos— que cruzaban el Atlántico e iban desde Italia, donde vivía, hasta Estados Unidos, su patria que por ello lo acusó de traición pero lo juzgó como si estuviera loco. Así la quiero, decía de la poesía: dura, en los huesos, libre del baboso sentimiento, del efecto complaciente, del kitsch emocional.

              Que Pound fuera exhibido como un criminal demente por los vencedores de la guerra sólo resultaba un efecto inevitable de esa doctrina de la precisión y la esencia, porque para ser coherente con la desnudez estética predicada por este gran creador (il miglior fabbro, como le llamó Eliot al dedicarle La tierra baldía), él mismo debía pensar y opinar estando libre del baboso sentimiento, ya fuera el amor patrio o los valores supuestos de una civilización. En un sentido no hay hechos sino interpretaciones, así que el viejo Ezra eligió la suya y combativamente la fundamentó. Las buenas conciencias políticamente correctas se escandalizan todavía de su error histórico, una apuesta política equivocada porque el fascismo italiano perdió la contienda bélica junto a sus aliados.  

              Se comprende así por qué Platón expulsó a los poetas de su república ideal, argumentando en ellos trastornos incurables como decir siempre lo que se cree, lo que se piensa, lo que poéticamente se percibe. Estas aflicciones los convertían en nocivos para la comunidad, en asociales. La razón de tales cargos —apenas aludida por Platón, él también políticamente correcto— era, como siempre, un conflicto de poder. Abigael Bohórquez, poeta sonorense nacido en Caborca en 1936 y fallecido en Hermosillo en 1995, mucho pudo decir al respecto, pues su deslumbrante y poderosa obra poética corresponde canónicamente a la superioridad expresiva requerida por Pound para la verdadera lírica, y cae bajo el anatema dictado por el griego que desde hace más de dos mil años gobierna la razón occidental: poetas los dos, Ezra y Bohórquez, expulsados del ideal público según los respectivos seguidores del filósofo que le tocaron sufrir en suerte a cada quien.

             Lo mismo que la del malogrado autor de los modernos Cantares, la vida de Bohórquez está llena de las pruebas del héroe y su poesía también consiste en una verdadera revelación. De pronto, conforme el azar se muestra pródigo y sorprendente, al cumplir la tarea de dictaminación para diversos proyectos culturales llegan a manos de uno papeles inesperados que cuentan la historia de este poeta sonorense genial—“el mejor que ha producido el Norte de México en mucho tiempo”, afirmó hace años Carlos Pellicer, sin que se le hiciera caso—, y muestran estrujantes partes de su obra, desconocida masivamente hasta hoy debido al ninguneo cultural y al silencio crítico organizados alrededor de su inmenso y renovador valor literario. 

              Debido a eso, precisamente: a su valor literario. La cultura también es un espacio de poder y cuando aparece un talento de primer orden todo se coaliga a su alrededor para vencerlo, advirtió Balzac desde el siglo antepasado. El ninguneo y el silencio son una táctica constante de los grupos de interés en todas las repúblicas de las letras. “Me resigné ante juicio tan unánime (no existe unanimidad más perfecta que la del silencio)”, confesó un dolido Italo Svevo alguna vez sobre su obra ignorada. Pero el temple literario de Bohórquez no se resignó ante el silencio amafiado o envidioso y siguió escribiendo hasta morir, con su obra poética y dramatúrgica prácticamente inédita, tenida por objeto de culto entre unos pocos enterados y obviada por el parnaso nacional. 

              Según diversos testimonios de quienes lo conocieron, como el de Alejandra Olay, el conflicto de Abigael Bohórquez se originó cuando en un programa de Paco Malgesto, y después en un acto celebrado en el Politécnico, discutió, presumiblemente de poesía y quizá de política, con Carlos Monsiváis. “Estos encuentros —escribe Olay—propiciarían el silencio y la indiferencia de las vacas sagradas hacia Abigael Bohórquez y su obra, todo ello maquillado desde el centro del país por La Mafia, como se hacía llamar el grupo que dirigió durante años el periodista y escritor Fernando Benítez.”

              Quienes conocimos a Fernando Benítez y trabajamos con él comprendemos una imputación así, proveniente de la provincia mexicana culturalmente invisibilizada por el centro del país. Está en lo posible que Benítez hubiera excluido de sus refinadas ediciones a cualquiera que se confrontara de un modo para él hostil con algún amigo suyo, ya que sus amigos constituían su riqueza principal, su orgullo humano. Un defecto editorial fincado en una virtud moral, si se quiere, que de todos modos no empaña su venerable y querida memoria para los que fuimos alguna vez, sin que la obra poética anfibia y luminosa de Bohórquez pasara por nuestras manos, sus colaboradores. 

              Sin embargo, otros creen que el hermanito Benítez se comportó como un cabrón. Dijo el poeta Alonso Vidal a Alejandra Olay lo siguiente: “A Abigael se le hizo fácil pelearse con Monsiváis pero le cerraron las puertas en suplementos y publicaciones de la ciudad de México porque conocían a Benítez. Fue un boicot para no publicarle.” Tanto las antologías poéticas de Zaid y Monsiváis publicadas entonces, que instituían el canon poético del momento, lo omitieron. Bohórquez, pues, no existía.

              Entonces se marchó a Milpa Alta para vivir aislado del medio literario que lo había proscrito —todo paranoico se pregunta si está vivo o muerto: Bohórquez estaba culturalmente muerto—, cultivando lechugas entre otras hortalizas, bebiendo, amando carnalmente a otros hombres y escribiendo su salvación poética, una alta obra de la literatura en lengua española —así de grande es la magnitud de esta “furibunda ansiedad de rompehuevos”, según afirma Dionicio Morales, uno de los pocos autores que han escrito hasta hoy sobre los libros de Bohórquez, a diferencia de unos cuantos años más cuando los ensayistas y estudiosos sobre el gran poeta y dramaturgo de Caborca tendrán que ser, si es que existe la justicia poética en la historia de la literatura mexicana, un abundante grupo de análisis crítico y atención divulgativa—.  

              Puede ser que una de las claves de la historia de Abigael Bohórquez consista en la observación de su amigo Alonso Vidal: “se le hizo fácil pelearse”. Como a Pound, que se le hizo fácil emprender transmisiones radiales para conminar a los Estados Unidos a no sumarse a la guerra, a Bohórquez se le hizo fácil enemistarse aquí y allá con quienes no coincidía. Y dado que los no coincidentes tenían los instrumentos para declarar su existencia literaria inmediata o su estado civil contrario: ser el ninguneado que en la república de las letras es ninguno, Bohórquez no pudo ser algo: un poeta laureado. Pero en cambio fue alguien: un poeta canónico de profunda extrañeza y gran belleza cuya obra comienza por fin a conocerse gracias al tiempo, único juez que para la literatura existe.

       II.

    Los nuestros son los peores tiempos posibles para la lírica. No para escribirla sino para darla a conocer. La poesía es indispensable en el sistema inmunológico del lenguaje, que a pesar de las destrucciones mediáticas cotidianas y de los envilecimientos políticos sufridos en las democracias modernas, a pesar del mutismo psíquico que afecta a los sujetos ansiosos, aburridos y superficiales característicos de la actual sociedad del espectáculo, seguirá siendo un elemento esencial de la conciencia humana. Somos humanos gracias al lenguaje y desde él pueden alcanzarse estados superiores de la conciencia que ya no requieren de las palabras para expresarse o vivirse, un tópico ajeno al caso.

              Existe la poesía y poetas que la escriben, pero no vivimos una cultura mayoritaria que la aprecie o necesite, que la lea. Esa marginalidad minoritaria no obsta para que la república de las letras donde habitan los poetas sea un lugar no muy diferente a cualquier otro en el cual se junten más de dos personas y establezcan entre sí jerarquías, luchas de poder. Aunque sin duda es un sitio distinto a otros tipos de gremios más terrenales como los contadores o los bomberos, por su condición sensible, imaginaria, hasta existencial: cada poeta se percibe a sí mismo como un admirable sistema viviente y su autoconcepto es singular y complejo, es decir, poético.

              Resulta un lugar dispar también porque la literatura es una continuidad, al modo de una cadena con eslabones, fundada en las autoridades que el paso del tiempo ha establecido en la memoria común. Como en todo asunto donde se hable de autoridades, debe diferenciarse la autoridad legítima de la ilegítima, la racional de la irracional. O la temporal de la intemporal. La autoridad literaria temporal la ejercen quienes tienen los aparatos de resonancia crítica en sus manos: revistas, periódicos, premios, libros o antologías. La otra autoridad intemporal está radicada en el tiempo, único juez literario que sanciona legítimamente cuál escritor, siendo nadie ahora, se volverá parte de la memoria común, y quién otro, siendo omnipresente y celebrado hoy, será nadie mañana.

              Si quienes tenían la posibilidad (y en un sentido literario y cultural la obligación) de publicar la poesía de Abigael Bohórquez no lo hicieron, si su hartazgo por las relaciones fingidas e instrumentales del medio literario mexicano lo llevó a la misantropía y al ostracismo, si fue borracho y homosexual, si se le hizo fácil pelearse con quien no debía, todo ello le ocurrió como parte ineluctable (o sea: a huevo, poeta rompehuevos) del guion que la historia literaria llama la “aparición del autor canónico y sus denodados trabajos del héroe y luego la horrible relatoría de todas las puertas que se le cierran.”  

              La ecuación es tan diáfana como sencilla: profunda extrañeza + gran belleza = obra canónica. Una escritura poética o prosística que rompe los huevos del aparato crítico. Y aquellos autores que incurren en tal atrevimiento desatan a su alrededor el silencio y la incomprensión de sus pares, con una frecuencia en la historia literaria que sólo puede entenderse como un patrón fatal cuya razón parece ser el precio del escritor a pagar por haber obtenido la obra canónica. Cuídate de la envidia de los dioses, advierten aquí y allá. Pero cuídate más de la envidia de los demás.

              Abigael Bohórquez se cuidó muy poco de eso. Gracias a su favorecida soledad en Milpa Alta, a su elección estrambótica de ponerse a cultivar lechugas en lugar de construir y promover su persona en los espacios indicados y con los modos debidos, en vez de estar siempre presente y yendo a todas, el poeta de Caborca (no debe olvidarse a Pellicer: “el mejor del norte mexicano”) vivió una fructífera creatividad, quién sabe si “exitosa” pero objetivamente poderosa, no sentimental, y entonces feliz y plena a fin de cuentas. Por eso su nombre y su obra no se van a olvidar. 

              No viene al caso contar otras adversidades del poeta, como que su impresionante y conmovedor canto elegíaco Poesida ganó un premio internacional sobre el tema en 1992, pero que las instituciones convocantes, la OPS y la UNAM, no le entregaron el monto del galardón ni publicaron el libro, dado a conocer hasta que un grupo de fieles amigos lo imprimió (autor canónico: autor póstumo). O que la alta burocracia cultural le prometió publicar el hermoso libro finalista de 1975 en el importante Premio Aguascalientes, Memoria en la Alta Milpa, y nunca lo hizo (autor canónico: autor ocultado). 

              Veneno que cura del veneno. Si se dice que Abigael Bohórquez escribió poesía homosexual sería falso. Lo mismo si se afirmara —como pudo haber ocurrido— que su poesía no amorosa tenía rasgos políticos. Para la preceptiva literaria no hay más que dos tipos de poesía: buena y mala. La de este autor es extraordinaria. ¿Una muestra? El poema Reincidencia:

              Dejó sus cabras el zagal y vino…

              ah libertad amada dije

              éste es mi cuerpo, laberinto, avena,

              maduro grano que arderá en tus dientes,

              esquila, choza, baladora oveja,

              técorbito y aceite, paja y lumbre;

              baja a llamarme, a reprenderme, a herirme,

              a serenar turbadas hendiduras;

              baja, pupila de avellana, baja

              rústico centelleo, ráfaga de rocío,

              colibrí de ardimientos,

              soy también tu ganado, ven, congrégame,

              descíñete, descúbreme

              asido a tu cintura, dulce ramo, 

              caramillo de azahares en mi boca.

              No resulta extraño que los antiguos cantares eróticos del rey Salomón se reanuden mediante un poeta que llegó a la literatura mexicana desde Caborca, pequeño pueblo ignoto del desierto de Sonora. No es inusual porque el espíritu de la literatura sopla donde quiera y no suele mantener predilección geográfica o de clase. Tampoco es anormal que a Abigael Bohórquez le haya ido públicamente de la chingada dado que las cosas así resultan para aquellos a quienes se les hace fácil pelearse con los demás, sobre todo cuando esos demás pueden decidir temporalmente el futuro literario de uno. Sólo brevemente, como ya se dijo: el único juez es el tiempo.

              La literatura por fortuna no es una democracia. Pero muy a menudo está secuestrada en sus manifestaciones inmediatas por los grupos de poder. El poeta Bohórquez, rompehuevos del norte, como otros lo hicieron antes y otros lo harán después, se construyó a sí mismo un callejón sin salida en la vida para ponerse a escribir de verdad. Todos lo ayudaron a lograrlo: los que le hicieron bien, los que le hicieron mal y los que lo ignoraron. También aquellos que ahora, deslumbrados y agradecidos, lo leemos.

  • Virgilio y Hermann Broch

    Virgilio y Hermann Broch

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    1. La Eneida 

    Piedra fundadora de la literatura latina, esta obra, combinación de la Ilíada y la Odisea, narra las visicitudes de Eneas, desde las tribulaciones de su viaje que recuerda al de Odiseo hasta su llegada a las inmediaciones del río Tíber, donde, en lugar de una cruenta guerra con el rey Latino, sellan un pacto, que da origen a la Roma inmortal. “Entonces Eneas piadoso reza de este modo con la espada enhiesta: ‘Sé ahora, Sol, mi testigo en esta invocación junto con la tierra por la que soportar he podido tantas fatigas. Los Enéadas no desafiarán estos reinos con la espada’”.

    Entre las vicisitudes tiene lugar la pérdida de Palinuro, el piloto de la nave de Eneas -que muchos siglos después será el personaje principal de la novela de Fernando del Paso Palinuro de México-. La Eneida tiene casi 10 mil versos y está dividida en dos mitades, la del viaje y la del desembarco de Eneas en el espacio geográfico donde sentará una nueva estirpe, los latinos/romanos, creando así un mito fundacional. La influencia de esta obra llevó a Dante Alighieri a convertir a Virgilio en su guía por el Infierno y el Purgatorio. Se dice que al final de su vida quiso quemar su obra maestra. 

    1. Hermann Broch (1886-1951) 

    Novelista austriaco, se exilió hasta el fin de su vida en los Estados Unidos -igual que Sándor Márai, el escritor húngaro-. Allí escribió una de sus obras más importantes, La muerte de Virgilio, que narra el intento de Virgilio por destruir la Eneida y cómo el emperador le hace ver que esa obra inmortal ya no le pertenece.

    El gran crítico literario Juan García Ponce, en su ensayo sobre Broch incluido en su libro Entrada en Materia (UNAM, 1982) junta bajo un mismo paraguas a tres escritores: Robert Musil, Franz Kafka y Hermann Broch. “Como artista, su posición no es distinta a la de Kafka o Musil. Como el de ellos, el arte de Broch es esencialmente problemático. Es antes que nada un novelista en crisis. Toda su obra está atravesada por el reconocimiento de que en su tiempo, como él mismo lo definía, todavía no se abandonan los viejos valores que han perdido su validez y han dejado de funcionar en un sentido vital, ni se encuentran aquellos capaces de sustituirlos, dándole una nueva dirección a la vida. Dentro de esta situación su obra ejerce conscientemente la función de un puente mediante el cual el autor espera trascender esta situación por medio de la palabra”. 

    1. La muerte de Virgilio

    En esta obra mayúscula, Virgilio desea quemar su obra por considerar que no vale la pena, que es un intento fallido. Un intento fallido -diría yo- por alcanzar el absoluto. Ya lo dijo Musil en su Diario “El absoluto no puede conservarse”. El Emperador no deja que lo haga. La Eneida permanecerá por los siglos de los siglos. Sin embargo, para su autor el lenguaje -el instrumento que tenemos para al mismo tiempo crear y asir la realidad – es insuficiente.

    Los límites del lenguaje es un tema que preocupaba a Heidegger y a Wittgenstein. También al budismo zen. El lenguaje no es la realidad, aunque intenta representar esa realidad. Pero se queda corto. Y, sin embargo, es lo que tenemos. 

    1. El final de la novela. 

    “El universo se disipaba ante la palabra, disuelto y superado en la palabra, mas conservado y contenido en ella, aniquilado y creado de nuevo para siempre, porque nada se había perdido, porque el fin se unía al principio, renacido, volviendo a procrear; la palabra se cernía sobre el universo, se cernía sobre la nada, flotaba más allá de lo expresable y lo inexpresable, y él, sobrecogido por la palabra y rodeado por su rumor, se cernía con la palabra; no obstante, cuanto más le envolvía, cuanto más penetraba él en ese mar de sonido y era penetrado por él, tanto más inaccesible y grande, tanto más pesado e inaprensible se tornaba la palabra, un mar cerniéndose, un fuego cerniéndose, pesado como el mar y leve como el mar, sin dejar por ello de seguir siendo palabra: no pudo retenerlo y no debía hacerlo; para él era inconcebiblemente inefable, pues estaba más allá del lenguaje”.

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    Bajo el volcán, de Malcolm Lowry y A la búsqueda del tiempo perdido, de Marcel Proust son novelas que describen la imposibilidad del amor. La muerte de Virgilio de Hermann Broch describe los límites del lenguaje. Sonoros fracasos, digámoslo así, que dieron origen a obras literarias excelsas, del más alto nivel posible. 

  • Nudos y alteridades

    Nudos y alteridades

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    El conocimiento se funda en una vieja cláusula que ha nutrido siempre el proceso creativo. Séneca la trasmitió así: “Mío es todo lo que fue bien dicho por cualquiera”. Uno se alimenta de los otros enunciados para construir los propios, que serán tomados a su vez por alguien más y compondrán un decir, un tejido lingüístico humano y colectivo que de tal manera se va haciendo. Si todo lo sabemos entre todos, el lenguaje lo vamos haciendo entre todos.

           Del mismo modo, las personas son un sistema de relaciones que introyectan a varias generaciones familiares —dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos— en ellas mismas.  Si las siete mujeres y los siete hombres de tales generaciones anteriores son esas familias felices descritas en Ana Karenina, las cuales todas se parecen en su bienestar, representan un recuerdo emocional amparador y confortable: una alentadora genealogía.

           Pero si corresponden a las familias infelices, aquellas que Tolstoi dice que practican cada una su propia manera de infelicidad, significan algo más complejo que a veces puede resultar irreparable y alcanzar la locura desatada por los fantasmas y espectros que habitan en el interior de la conciencia. Dichas familias han enterrado a sus muertos los unos en los otros.

           Cuando se hace un intento serio de pensar hacia adentro un conjunto familiar de tres generaciones, la situación se vuelve insoportablemente compleja, afirma Ronald D. Laing.  Las alteraciones de la identidad familiar son variadas. Uno es esposo, padre, abuelo, hijo, sobrino, primo. También es sus alteraciones pronominales: yo, tú, él. Lo mismo sus alteraciones familiares: las tantas otras personas que representamos para los nuestros. De ahí proviene además la relación de cada persona consigo misma, “normada a través de las relaciones entre las relaciones que comprenden el conjunto de relaciones que tiene con los demás”.

           Un sistema orgánico de este tipo (que la enfermedad mental puede volver mecánico) debe abarcar, para funcionar aceptablemente, un conjunto de piezas capaces de encajar unas con otras. Diría Laing que toda persona es un conjunto de alteraciones. La alteración es el otro, aquello en lo que se convierte uno para los demás, quienes se vinculan a nosotros como nosotros a ellos. Aun la propia persona vista en el espejo con cierta frecuencia ve a ese otro.

           Los nudos son un concepto analítico y metodológico desarrollado por Laing en su tratamiento e interpretación de la enfermedad nombrada como esquizofrenia, en donde quien la padece ha internalizado a nivel psicológico y existencial una situación familiar multigeneracional.

            Esa internalización de relaciones, después de tres o cuatro descendencias, acabará formando un nudo indesatable que atrofia la psique y la obliga a una operación curativa que suele entenderse al revés, creyéndose que el comienzo del viaje esquizofrénico es manifestación de la enfermedad cuando significa el necesario inicio de su solución simbólica y psíquica.

           El esquizofrénico —aquel que ha sido etiquetado como tal— ha “perdido” el contacto con lo que llamamos realidad. El mundo de los símbolos, validados por consenso y en el que la gente normal se mueve con relativa facilidad, le parece totalmente extraño y en gran parte malévolo. Una teoría sobre la esquizofrenia afirma que es detonada en aquel que ya tiene una predisposición genético-parental por vínculos dobles en su infancia temprana (Double binds), patrones contradictorios de comunicación.

           La voz materna que habla de amor, pero los ojos que expresan odio o molestia. Esto es un vínculo, y lo que lo hace doble es que el niño no puede salir de esa situación ni comprenderla. Lo infantil resume las instancias reprimidas a medias que actúan desde niveles de penumbras ocultadas, e incluso anuladas, en lo más recóndito de la psique.

           Tres reglas construyen el doble vínculo. Regla A: no (hagas, digas, toques, sientas, etcétera); regla B: la regla A no existe; regla C: nunca hables de la existencia o inexistencia de las reglas A, B, C. Y los mensajes paradójicos que mediante su repetición lo propician (sí porque sí, no porque no, sí pero no) conducen a una escisión entre sentimientos y emoción, entre sentimientos y comportamiento.

           Laing, un demoledor crítico de la camisa de fuerza conceptual del término esquizofrenia, propone otra perspectiva. La aparente irracionalidad del individuo declarado como enfermo esquizofrénico encuentra su racionalidad en el contexto familiar de origen. De ahí la imagen del eslabón más sensible y a menudo más inteligente de la cadena que se enferma para desatar de una vez los nudos del proceso patológico familiar. Lo hace en nombre de todos y su curación, de darse, también será la de ellos.

           Llama “metanoia” (que significa arrepentimiento, cambio de opinión) a la sucesión del proceso en su comienzo, en su parte media y en su final. Un viaje hacia adentro y hacia atrás, hasta llegar a un punto decisivo en que el viajero regresa curado. Y afirma que en su larga experiencia clínica nunca ha visto darse esta metanoia ni en las mismas familias ni en las clínicas mentales ortodoxas.

           Por eso participó en la fundación de Kingsley Hall, una casa de salud (o contra-hospital, según Cooper, otro médico antipsiquiatra) londinense donde se cambió el régimen médico deconstruyéndolo, cambiando el eje de significación: los tranquilizantes fueron administrados a los médicos y enfermeras, de ser necesario, y se dejó a los “pacientes” en libertad de vivir su viaje metanoico con sólo dos restricciones: no atentar contra otros ni contra ellos mismos. Luego de la metanoia, cumpliéndose completa, sobreviene lo que Laing llama “neogénesis”. Una sucesión muerte-renacimiento exitosa que permite regresar a la gente al mundo de la realidad común en un nivel más alto que en su funcionamiento existencial anterior.

           Las estadísticas de Kingsley Hall son casi absolutas en la recuperación psíquica de quienes ahí estuvieron. El sistema de salud estatal —sistemas que viven de la enfermedad y no de la salud— las interrumpió. Pero quedó demostrado que todo nudo se desata. Quienes practican procesos creativos profundos (escritura, pintura, música, teatro, meditación, técnicas espirituales o artes adyacentes) exploran su propia metanoia y pueden alcanzar esa neogénesis. Quienes le rezan fervientemente a la Virgen Desatanudos también.

  • José Antonio Lugo, cartógrafo

    José Antonio Lugo, cartógrafo

    Colaboraciones

    Andrés Ordóñez

    Autor prolífico y avidísimo lector poseedor de una memoria envidiable, José Antonio Lugo nos entrega Silenciar el miedo, un extenso compendio de noticias y reflexiones cuyo eje central es la literatura como ámbito idóneo de la transversalidad en las humanidades. Se trata de un ejercicio fragmentario y fragmentado. Los textos que componen su obra más reciente son breves y, lejos de ordenar el caos, mas bien parecen suscitarlo. De manera voluntaria o no, Silenciar el miedo evoca la herencia retórica de Nietzsche, referente fundamental de quien, junto con nuestro entrañable y recordado Hernán Lara Zavala, el autor identifica como uno de sus maestros, Juan García Ponce, y referente también de otros dos de sus escritores predilectos: Lawrence Durrell y Fernando Pessoa.

    Para un lector, como es mi caso, propenso a los textos académicos, el libro de Lugo reviste, en principio, un carácter paradójico. De una parte, su lectura es amena desde la primera página. Sin embargo, por otra, su sentido general no es fácil de asir. En una lectura inicial, el libro desconcierta por su renuncia a la jerarquización de temas, autores y circunstancias. En primera instancia, fuera del goce de la reflexión y del recuerdo, el libro parece conducir a ningún lado. Podríamos decir que Silenciar el miedo ostenta un carácter centrífugo, cosa que lo convierte en una ametralladora de estímulos que, lejos de concentrar nuestra atención, la dispersa en una proliferación de sentidos posibles cuyo efecto es el de un barroquismo posterior a la mismísima posmodernidad; algo que, al tiempo de antojarse natural de un texto producido en la coyuntura de atomización absoluta que vive el paradigma occidental al cual pertenecemos, les asigna una historicidad precisa al libro y a su autor.

    La peculiaridad centrífuga que he aludido antes lleva consigo otra característica del texto: su audacia. No se trata de una audacia formal. La audacia de Silenciar el miedo es más bien sustantiva. Un lector distraído podría caer en la tentación de juzgar la proliferación en su contenido como un defecto. A mis ojos, no es ese el caso. Y no lo es porque el texto de Lugo es fundamentalmente una obra testimonial heredera de la tradición, iniciada por nuestros intelectuales porfirianos cosmopolitas, de dar noticia en el país de lo que era “el mundo” y que alcanzó su punto más alto en la obra ensayística -es verdad, a veces un poco precipitada- de Octavio Paz en libros hoy cada vez más olvidados como Las peras del olmo, Cuadrivio o Puertas al campo.

    Probablemente algunos de ustedes estimen mi apreciación exagerada. En mi defensa diría que el testimonio que brinda José Antonio Lugo es el de la configuración intelectual, estética y política, en una palabra: cultural, de la mayoría de quienes esta noche nos encontramos aquí reunidos. Ese hecho nos vuelve problemático identificar el fondo de Silenciar el miedo. La razón de ello es, simple y llanamente, porque aún carecemos de suficiente distancia crítica para objetivar su contenido y, más aún, a nosotros mismos.

    Si algo caracteriza el libro y a su autor son, junto con su erudición, dos cosas: sinceridad y generosidad. Con la candorosa transparencia que atesoramos sus amigos, José Antonio Lugo nos abre el camino a las entretelas de sus afectos intelectuales y personales. En el desorden de sus pasiones, José Antonio nos presenta un rompecabezas fascinante y bien humorado que, como la Rayuela de Cortázar, deja su ensamblaje al criterio, a la voluntad, al interés o al ánimo de cada lector.

    En lo que a mí respecta, la lectura de Silenciar el miedo me ha hecho recalar en José Antonio Lugo, el cartógrafo. El libro es un planisferio o, si se prefiere, un compendio de mapas que, en un arco de largo aliento en términos geográficos y espaciales, al tiempo de trazar la geografía intelectual de su autor, lo sitúa como actor y producto de su tiempo. De la Grecia clásica a la física cuántica. De Murasaki Shikibu del siglo xi japonés a David Toscana hoy, José Antonio traza un derrotero de fascinación por la diversidad. En este viaje el autor echa mano de un astrolabio cuyas piezas fundamentales son Jorge Luis Borges y Marguerite Yourcenar, los referentes básicos que orientan su perspectiva de las cosas.

    Como lo he mencionado antes, Lugo es heredero de la tradición noticiosa de la que Octavio Paz es epítome. De allí resulta tal vez, en conjunción con el carácter generoso que le es propio, la voluntad pedagógica que permea Silenciar el miedo. Sin embargo, vale la pena notar que la pedagogía del autor no se ejerce desde la altura de la autoridad, que de sobra posee, sino a partir del entusiasmo del amigo que comparte lo que ha aprendido. Tal es la clave de la amenidad de la lectura, donde resuena el eco de Carl Sagan en su labor de difusión. Y la mención de Sagan me lleva a otro aspecto destacable en el libro: su atención a la cultura de masas, pero especialmente en la manera en que el autor la aborda.

    Es claro que lo que fascina a Lugo es el relato que encierran las cosas, pero también es evidente que su fascinación es indisociable del placer que le causa identificar la continuidad en las rupturas: la manera en que todo es igual, pero distinto, sea en el espacio o en el tiempo. De tal suerte, con la memoria enciclopédica que la naturaleza le concedió, José Antonio recuerda, entre otras muchas cosas, los detalles de series de televisión que han llamado su atención, pero en consonancia con fenómenos sociales y tecnológicos de los cuales los relatos en sus capítulos han constituido puntos de inflexión. Por ejemplo, la premonición de la telefonía celular en Viaje a las estrellas o, con relación a esa misma serie, las implicaciones de una conversación casual entre una joven actriz de raza negra y el reverendo Martin Luther King, con el primer beso interracial de la televisión estadounidense. Lo mismo podríamos decir del fenómeno amarillista de la prensa de tabloides y la admiración por la belleza trágica, aspecto sustancial en la obra del fotógrafo mexicano Enrique Metinides, o el rescate de la cultura new age al despojarla de su frivolidad intrínseca cuando ubica el tai-chi en su sentido primordial y le restituye su dignidad científica y cultural.

    El mundo es un texto complejo. Todo en él es narración: la ciencia, la técnica, la política, la gastronomía, el cine, y todo cabe en la literatura sabiéndolo acomodar. Así parece entenderlo José Antonio Lugo, y su hilo de Ariadna es la literatura y sus autores. Es a través de los escritores que han nutrido su percepción del mundo que el autor de Silenciar el miedo traza la ruta de su élan vital, del impulso que anima su curiosidad voraz en los territorios del pensamiento, la belleza, la naturaleza, la sensualidad y el erotismo.

    Mirado en su conjunto, el universo de José Antonio Lugo se encuadra estrictamente en las coordenadas de los referentes más decantados de la cultura del siglo xx occidental y sus fuentes decimonónicas. Es desde ese mirador privilegiado que Lugo aborda la otredad, es decir, los territorios culturales del Oriente y la diversidad africana. Pero no solamente. Es también desde ese balcón que nuestro autor examina la realidad mexicana, misma que advierte partícipe del Occidente que tanto aprecia, pero a la vez no exenta de la singularidad que también la caracteriza.

    En uno de los memorables textos de reflexión literaria de Fernando Pessoa, el poeta portugués sentencia que la poesía es aquello que, siendo íntimamente nuestro, es también de los demás. La íntima cartografía de José Antonio Lugo resulta ser también la nuestra. La estética ponderada por el autor en sus páginas es también la de quienes, nacidos hacia fines de la década de los cincuenta y principios de los sesenta, incorporamos en nuestra educación intelectual y sentimental los valores en crisis del fin del siglo XIX tamizados por la violenta transformación de la guerra fría en los dominios, lo repito, del pensamiento, la belleza, la naturaleza, la sensualidad y el erotismo.

    Concluyo mi lectura de Silenciar el miedo destacando otra de las características del autor plasmada en su libro. Con la misma sinceridad con la que nos revela su deleite por la televisión y el cine, José Antonio Lugo renuncia a limitarse a la admiración de los consagrados y, con igual entusiasmo, abre sus páginas a sus contemporáneos, tanto a aquellos que, como él, gozan ya de reconocimiento, como a quienes por azares del destino vieron truncado el desarrollo de su talento. En una coyuntura marcada por la polarización y el denuesto como recurso para la propia exaltación, la generosidad de José Antonio nos hace abrigar la esperanza de que exista en el medio mexicano un camino alternativo al de las catacumbas.  

  • Lobo Antunes y Saramago

    Lobo Antunes y Saramago

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    “Cuánto más se conoce a
    los hombres, más se aprecia
    a los electrodomésticos”. 
    ALB

    1. António Lobo Antunes

    Ha muerto este gran novelista portugués, premio FIL de Guadalajara. Psiquiatra, su obra está marcada por una visión lúcida y sin esperanza, redimida sin embargo por la escritura.

    Tuve la oportunidad de verlo y escucharlo en el Palacio de Bellas Artes. Ante pregunta expresa sobre el Premio Nobel de Literatura, contestó que a él lo único que le interesaba de los premios era el cheque y lo único que le importaba era escribir ocho horas diarias o más.

    Repasemos su primera novela, en la que se anuncia el resto de su obra magnífica. 

          II. Memoria de elefante 

    Narra un día en la historia de un psiquiatra, narrador alter ego de Lobo Antunes, que soporta la consulta en el hospital para enfermos mentales, le pide a un amigo que vayan a comer una hamburguesa -está deprimido- pero no puede degustarla porque le ganan las arcadas y vomita. “Había hecho de la vida una cama de fuerza en la que se le hacía imposible moverse, atado por las correas del disgusto de sí mismo y del aislamiento que lo impregnaba de una amarga tristeza sin mañana”. Y, sin embargo, el psiquiatra quiere escribir, encuentra que esa es la única salida, la única batalla por librar: “Para el psiquiatra el manoseo de las palabras constituía una especie de vergüenza secreta, obsesión eternamente postergada”. Sin embargo, la falta de ternura del mundo lo carcome. Recuerda el cuento “La gaviota” de Chéjov “cargado de la pavorosa angustia de la vida”; escucha las notas de Charlie Parker y piensa: “Aquella gaviota soy yo y yo también soy quien huye de mí. Y no tengo siquiera el valor necesario para volver atrás y ayudarme”.

    Lamento la muerte de Lobo Antunes, para mí, mucho mejor novelista que José Saramago, aunque éste último haya ganado el Premio Nobel de LIteratura.

    1. José Saramago 

    Reconozco que es el autor de dos o tres novelas espléndidas. Pienso en El año de la muerte de Ricardo Reis, entrañable homenaje a Fernando Pessoa; en Memorial del convento, que narra la historia de la construcción del convento de Mafra y la invención de una máquina de volar -la pasarola; pienso también en La balsa de piedra, que imagina que la Península Ibérica se separa del continente y navega sin rumbo por el Atlántico. Quizá también Ensayo sobre la ceguera.

    Sin embargo, el predicador le ganó al novelista. Borges decía que cuando quería mandar un mensaje, ponía un telegrama. Novelas con mensaje casi siempre son malas novelas. La caverna y tantas otras obras quieren darnos leccionesmorales. De bostezo. Me agradan, sin embargo, los Diarios de Lanzarote, en algunos fragmentos. Saramago quiso ganar el Nobel y lo obtuvo, haciendo lo necesario; Lobo Antunes sólo quería escribir y lo logró también.

    1. Monasterio de los Jerónimos, Lisboa

    Mi querida amiga Verónica González Laporte -que vive en Lisboa- me anuncia que irá al funeral de Lobo Antunes en el famoso recinto. Le pedí que le llevara al Maestro una flor, de parte de un lector mexicano. ¡Salve, maestro! Prefiero tu oscura lucidez a la Francis Bacon que los mensajes edulcorados de quienes quieren dar sermones desde la literatura. 

  • Hilo a los cuidados y la ternura

    Hilo a los cuidados y la ternura

    Hilar el mundo

    Nidia Soledad Esteva

    Hablar de cuidados y ternura en plena primavera puede sonar cursi e ingenuo, pero en un mundo aquejado por la violencia y el clima es, quizá, el gesto más radical y tierno que nos queda. Estamos viendo las violencias, constatando las desigualdades, viviendo las injusticias, padeciendo la sed de una tierra agrietada por el cambio climático; y antes habiendo vivido entre pandemias y aislamientos. Estoy segura de que a mí me han salvado el cuidado y la ternura que, de forma directa o indirecta, han salvado a varios en los días de su vida.

    Aquí, en el sur de México, o en el rincón más aislado del mundo, nos agrupamos en redes humanas. Algunas son estructuras de gestión participativa; otras, fenómenos sociales colectivos. Desde distintos lugares (cómodos, adversos o expuestos) nos rodea y podemos constatar, si tenemos la sensibilidad necesaria, aquello que señaló Olga Tokarczuk al recibir el Nobel de Literatura en 2018: “La avaricia, la falta de respeto a la naturaleza, el egoísmo, la falta de imaginación, la rivalidad interminable y la falta de responsabilidad han reducido el mundo al estado de un objeto que se puede cortar en pedazos, agotar y destruir”.

    Esta labor, que durante siglos fue un mero silencio doméstico, encontró nombre y argumentación cuando Carol Gilligan señaló en su libro In a Different Voice de 1982 que existía una ética del cuidado distinta a la ética de la justicia. Argumentó que mientras la moral tradicional se basa en reglas y derechos, la ética del cuidado se basa en la responsabilidad por los demás y en mantener los vínculos humanos.

    Hilar cuidados es sostener el mundo con hebras invisibles que evitan que se desgarre, es ese algo que ha estado ahí siempre y es imposible cuantificar, algo que ha movido la propia economía, algo que hace funcionar el mundo como un organismo infalible, los cuidados, esos que todas las personas necesitamos en todas las etapas de la vida, en todas las condiciones y clases sociales, en todos los momentos, hasta al comer y tomar agua, por ejemplo, sin discutir la calidad y periodicidad de la misma ni lo que fue necesario para que ese líquido vital esté a nuestro alcance.

    El cuidado no es sólo un concepto ético: es el motor oculto de la economía. Está en los núcleos mínimos, en la madre que teje una red invisible para que sus hijos e hijas sean los primeros miembros de la familia en pisar una universidad o cruzar una frontera, posibilitando así romper el círculo de la pobreza. Lamentablemente, muy pocas veces esos cuidados esenciales que las personas necesitan para mejorar sus condiciones de vida están en un sistema político que se haga cargo de sostenerlos. Quizá se encuentran, de manera incompleta, en algunas políticas públicas de movilidad social, horarios de trabajo, enfoques de género y derechos humanos.

    En medio del cuidado más cercano es más fácil advertir la ternura, un gesto que allí podemos encontrar casi a diario, como lo menciona Tokarczuk: “dar existencia a todas las pequeñas partes del mundo que están representadas por las experiencias humanas”.

    Las políticas públicas, las economías, los feminismos en México y el mundo discuten como articular el sistema de cuidados desde una mirada positivista, pero no debe olvidarse que los sistemas de organización son diversos: comunitarios, urbanos, rurales, y que no existe una receta única para cuantificarlos o potencializarlos. Las posibilidades radican en la voluntad de las personas para hacer conciencia y no perder la ternura en el intento de aprender a dar y recibir cuidados.

    El cuidado y la ternura atraviesan todas las vidas y las impactan mucho más de lo que creemos. Sería fácil y tal vez sonaría superficial indagar en las vidas de familias que nacieron con capas de privilegio, pero también ahí existen esas manifestaciones y sus necesidades. Para ejemplificarlo recomendaré el libro Lazos fuertes- lazos débiles de Patrick Inglis (2026). A través de preguntas metodológicas pertinentes, Inglis documenta historias de personas cuyas trayectorias se transforman entre procesos de movilidad social como puente de vínculos, entre lazos (fuertes y débiles) que impactan sus vidas. Recuerdo especialmente su encuentro con Francesca en la periferia profunda de la capital del país, una zona de contrastes como Chimalhuacán, y más tarde en la Central de Abastos, epicentro de una metrópoli avasalladora. Al enterarse del embarazo de Francesca, Inglis reflexiona con una crudeza poética sobre la fragilidad de su red de apoyo: «Un lazo débil que pende en el aire, pienso para mí mismo. Un lazo fuerte ahora deshilachándose».

    A este panorama vivencial, debemos sumar la explotación externa y extrema a la que somos sometidos por la búsqueda del éxito, lo que Byung-Chul Han describe en La sociedad del cansancio: nos hemos convertido en sujetos de rendimiento que se autoexplotan hasta el colapso. En esa carrera por la productividad, el «otro» desaparece y, con él, la capacidad de cuidarlo. El descuido no es solo falta de atención, es la erosión misma de la vida bajo el peso del éxito individual.

    El cuidado no es únicamente un principio ético: es el engranaje invisible que sostiene la economía y la vida. Está en la madre que teje un futuro improbable, en las redes comunitarias que rompen el círculo de la pobreza, y en las pocas políticas públicas que logran reconocerlo, también en la sonrisa de mis abuelos que sembraron mangos durante décadas. Sin ese tejido, el mundo se desploma. 

    Entonces, sin cuidados y sin ternura, el mundo no se deshilacha: se rompe.

  • Cioran en Tlacuitapa

    Cioran en Tlacuitapa

    Ta Megala          

    Fernando Solana Olivares

    Es extraño o simplemente curioso, pero mientras más pasa el tiempo menos se entiende lo que va sucediendo. Quien diga lo contrario peca de soberbia y miente. O bien —siempre hay almas buenas— cree que entender tanta complejidad sin síntesis nada más consiste en el uso de algunos términos adecuados para ello: globalización, democracia crujiente, posmodernidad. Ha de ser, pero parece más propio de estas horas revueltas darse cuenta de que los pájaros aprenden cosas mejor que la gente.

              Me lo contó el bardo de por aquí y lo tuve que ir a corroborar. Los cuervos colocan todo tipo de granos y hasta nueces y bellotas a medio metro de las llantas de los vehículos cuando el semáforo del cruce de la carretera está en rojo. Se retiran un par de metros, dando saltitos como se acercaron, y aguardan que su comida haya sido pulverizada al ponerse la luz verde para picotearla enseguida a placer.     

              El bardo, un solitario sujeto al que cada vez que encuentro lo veo más acabado, quiso demostrarme con ese ejemplo de inteligencia ornitológica que su más reciente decisión existencial era la correcta: dejar la lírica, retirarse del medio literario en el que hasta hoy contemporizaba y no volver a publicar. Pero sí escribir, dijo. Lo de publicar era una exageración aplicada a su magra obra, que acaso sumaba tres o cuatro folletos, tal vez un par de libros y la participación en una antología.

              —¿Sabe qué ocurrió, doctor? —me preguntó a bocajarro antier, cuando yo iba cruzando en diagonal por la plaza del pueblito y él vino hacia mí. Le tengo dicho que no soy doctor pero le da exactamente igual. Nunca hizo caso de mi culterana broma marxista: ¿para qué querer ser algo cuando se es alguien, eh?

              —No, ¿qué pasó?

              —Fíjese que escribí un pequeño texto para la cuarta de forros del libro de ensayos de un amigo. Y que me habla una muchachita de la editorial y me dice que mis líneas se van a tener que recortar porque he incurrido en una “saturación de la expresión”. Gulp: me quedé estupefacto, lo mismo que Mozart cuando el rey idiota le dijo que en alguna de sus sinfonías sobraban notas. 

              —¿Y usted es escritora, señorita? 

              —Pues sí, un poco. A veces.

              —Ah, caray. ¿Cómo cuántas veces?

              —Ay, pues mire, no sé. Además no cabe.

              —Pero si el autor que me lo pidió solicitó media cuartilla y eso envié.

              —No, lo que no cabe es la saturación de la expresión.

              Me confesó el bardo que luego de la llamada se sintió desolado: casi treinta años de escritura le mostraron su irreparable inutilidad. ¿Tanto para esto?, se preguntó. Luego recibió la llamada siguiente: el mero director en jefe, otro muchachito más. 

              —Oiga, don, ¿y qué le parece la frase final de su texto donde dice: “Léalo sin falta usted”?

              —Pues a mí, bien. Es una recomendación para el lector.

              —Será contraproducente, don: no me lo tome a mal, pero van a sospechar que el libro es tan malo que debe recomendarse.

              “Y vaya que me esmeré, doctor. El texto de la contra es bastante lindo”, siguió diciendo. Yo argumenté que eran gajes del oficio, y le conté algunas anécdotas de mi amigo entonces recién fallecido, el poeta Francisco Cervantes, quien vivía en un modestísimo cuarto vitalicio del gótico hotel Cosmos y escribió una, más que otras, entre tantas líneas admirables: “Dame, Señor, piedad para mí mismo y que mi obra te responda.”

              —Pues yo le respondo a Dios por cualquier palabra que haya escrito, pero mis editores no conocen la piedad, doctor. Voy a contarle más para que tenga el contexto de mi mal karma publicativo y autoral. ¿Sabe usted qué me dijo hace no mucho el editor de mi última obra? Primero, que todos los grandes autores son póstumos. Segundo, que de todos modos yo soy un asceta — me dijo el bardo.

              —Usted es un hombre muy delgado —le contesté.

              —O sea, como soy flaco no necesito nada. Así me lo espetó. Y como le resulto o un pretencioso o de verdad un buen escritor, mi literatura podría existir en un hipotético futuro canónico siempre y cuando desaparezca mi incómoda y ascética persona. Dos razones que explican la nula promoción que mi librito recibió de sus propios editores. Y antes que dolido, quedé desconcertado —confesó dolido.

              —Los tiempos son muy difíciles y a veces parece que todo está al revés. Ánimo. Recuerde lo que Eliot decía de Joyce: siempre escribirá obras maestras porque no depende del estímulo exterior para hacerlas —comenté, intentando que saliera de su monomanía.

              —¿Le digo una cosa? Ya no me importa. No sé cómo lo logré, si lo supiera quizá me haría rico al vender a otros la receta, pero la serpiente de la autoestima cada vez me corroe menos las tripas.

              El bardo repitió así las palabras que un autor le atribuye al César y que tal vez ya conocía. Es un hombre delgado que se va haciendo impalpable, pero su cultura autodidacta, la suya de él, parece ser sólida y estar bien nutrida en las bibliotecas de Los Altos.

              —¿Y eso no será también motivo de antipatía? —le pregunté, pensando en su amplia nómina de lecturas. El bardo despierta una conmiseración que estoy empeñado en no dejar que se convierta en lástima sensiblera, pero su apasionado drama personal a veces me conmueve. Sin embargo, él continuaba en el otro tema. 

              —Sí acaso les molesta que su boicot me vaya siendo indiferente, lo siento mucho. Pero la felicidad personal es una cosa muy importante para hacerla depender de la ruindad de los demás. ¿Cómo ve, doctor? Parece que ya entendí —concluyó, mientras los dos continuábamos a la sombra del quiosco de la plaza del pueblito donde el bardo había encajonado mi caminata en diagonal.

              Fue entonces que surgió la afirmación increíble:

              —¿Usted conoce a Cioran, el filósofo que ahora vive en Tlacuitapa? —me dijo de pronto, impertérrito.

              —Cioran murió en París en 1995 —me burlé.

              —Por eso, después vino a vivir ahí —dijo tan fresco.

              —No me diga, cómo no —contesté, obligado a marcharme por el horario del correo al que me dirigía antes de mi encuentro. Me remordió la conciencia cristiana dejarlo con la palabra en la boca. El bardo solía ser muy sentido y no perdonaba ningún desaire. Así y todo, seguí el camino de mi encargo. Ya sabemos que al final todo esfuerzo es inútil pero que todo esfuerzo es necesario al ser.

              Yo no le creía aquello de la alta cognición de los cuervos y la fui a comprobar. Vine a Tlacuitapa porque un bardo ascético, retirado del mundanal agandalle, escritor de malfario karmático, maltratado por ser ninguno entre sus pares, me dijo que aquí vive Cioran después de muerto, el genial y ácido rumano que escribió en el mejor francés posible máximas estoicas sobre resignarnos sin murmurar ante las cosas que no dependen de nosotros y adoptar una actitud totalmente indiferente ante ellas.

              El mundo se manifiesta de modo tan bizarro que podría ser: un muerto inolvidable cuya presencia ha pasado desapercibida porque en Tlacuitapa toda la gente es muy discreta. O cuervos que conocen la luz de los semáforos. Podría ser.

  • Huellas tal vez

    Huellas tal vez

    Colaboraciones

    Blanca Luz Pulido

    Ato y desato…

    Ato y desato
    las puntas del día.

    ***

    Las palabras
    que veo surgir en el papel
    dibujan el contorno
    de un árbol.

    Y sin embargo 
    ningún pájaro canta aquí.

    ***

    Desierta soledad
    de cierta soledad
    soy presa
    y perdí
    el contorno 
    que en la noche
    deja en mi almohada
    tu ausencia lunar,
    tu ardiente sombra.

    Luz de Sabines

    Corazón a la intemperie,
    de tan hondo,
    de tan vivo,
    de tan nuestro.
    Manos abiertas que dibujan 
    las sombras y la luz
    y lo que no puede ser nombrado.
    Voz que se atreve a cantar lo más sencillo
    que será siempre lo indócil, fugitivo,
    como decir luna perdiéndose en el agua
    imprecisa y tenaz de algún recuerdo.

    Es el amor cambiándose de espejo,
    es un ritmo de aire y de palabras
    que nos sorprende y nos cambia y nos aumenta 
    y nos trastorna y nos vuelca y nos alegra
    y nos revela otro tiempo en mitad de las heridas,
    el gozo que no supimos nuestro 
    y ahora comprendemos y labramos,
    definitivo azar en la memoria.

    Es también descubrir toda la sangre
    de enfermedades secretas y cautivas,
    el río de muerte que yace en cada espera 
    que nos alumbra y a veces 
    nos condena.

    Pero es también, también y siempre
    una sed que atesoran los sentidos,
    una miel de palabras confundidas,
    fundidas en abrazos como frutas 
    que regalan a los ojos sus aromas,
    sus amores abiertos cara al sol,
    entre la gente,
    nunca más amor furtivo y solo,
    sino torrente y avalancha y grito
    y resurrección 
    ganada a pulso entre las sombras.

    Insomnio

    Se pone el sol
    en un negro universo.


    Mientras, 
    luna y estrellas
    componen un baile de pies descarriados,
    y a él me sumo.

    Intento en vano
    hallar el momento preciso
    de perderme en el sueño.

    Confusión de soles y lunas
    pálidos, negras…
    sólo imágenes 
    que se deshacen
    para desengañarme, 
    repitiendo
    su mensaje de ayer
    y de mañana:

    aún estás despierta.

    Mancha en la página

    Pensemos
    que estos signos
    esta mancha
    en el papel
              son un poema

    Se parece
    al tipo de poemas
    que muchos hoy escriben
              pues sus líneas breves
              y su falta de puntuación
    así lo dejan
    intuir
    o sospechar

    Sin embargo
    en ellas no aparecen
              mundos abiertos
              ni tampoco cerrados
    no hay voces confesionales
              ni misticismo

    Sólo hay esbozos
    signos dispersos
              huellas tal vez
    como las que dejan
    las patas de las gaviotas
    en la playa

    el poema estaba ahí
              mas desapareció

    Sólo este silencio
              en medio de la página
    un espacio                      en blanco

              como la vida
    y su final
              imprevisible

    Umbral

    De pronto
    me descubro atenta
    al menor gesto de las cosas
    para entrar en mí

    Como si necesitara
    un permiso
    para detenerme;
    vacaciones del ser
    para volver a ser

    Y descubrir
    que mientras he vivido
    se formó algo que no esperaba,
    sin dar siquiera
    el más leve atisbo
    de que
              silencioso
    esperaba su tiempo
              para salir de lo profundo
                        hacia la luz


    Selección de poemas de Huellas tal vez, poemario de Blanca Luz Pulido que próximamente será publicado por Casa Hydra Editores en Puebla

  • Un mundo al revés

    Un mundo al revés

    Colaboraciones

    Eduardo Subirats

    En 1944, al concluir la Guerra Mundial y un año antes del holocausto nuclear de Hiroshima y Nagasaki, 1 C. Wright Mills escribía: “American intellectuals are suffering the tremors of men who face overwhelming defeat”. 2 Hoy, casi un siglo después de esta declaración, y frente al horizonte de nuevas guerras, catástrofes naturales industrialmente inducidas, contaminación masiva del ecosistema y los sucesivos colapsos terminales de naciones enteras, la completa desaparición del intelectual como conciencia independiente y pública ya no mueve a ningún corazón humano, ni levanta la pluma más ligera. El intelectual simplemente ha sido eclipsado. Ha desaparecido con la misma imperceptibilidad que envuelve la extinción de otras mil y una especies de seres vivos e inteligentes a lo largo del progreso de la razón en la historia de la humanidad. 

    En las sociedades postmodernas el intelectual es una obscena ausencia.

    El crecimiento y la expansión de la tecnociencia fundada por Francis Bacon, ayer instrumento de las empresas coloniales europeas y hoy sirviente de las megamáquinas tecnológicas, mediáticas y militares, ha disminuido correspondientemente la intensidad espiritual, la reflexión filosófica y la autonomía ética de la inteligencia humana. ¿Para qué tenemos que pensar si, al fin y al cabo, ya tenemos smartphones, 5G y AI…?

    Vivimos progresivamente cercados por sistemas de vigilancia automática. Nuestra sensibilidad estética, nuestra conciencia moral y nuestra inteligencia se subordinan a controles lingüísticos cada día más precisos y eficaces. Nuestras decisiones y acciones, nuestra comprensión de la realidad y nuestros más sublimes valores ideales son predefinidos en nuestras redes sociales de comunicación y manipulación. Día a día nuestra existencia se empequeñece y las culturas intelectuales y artísticas empobrecen. 

    Las últimas memorias de las grandes civilizaciones de Oriente desaparecen bajo el fuego de los cañones y las corporaciones capitalistas, mientras la conciencia histórica de Occidente ya hace tiempo que ha sucumbido en los archivos electrónicos o se han travestido de fetiches. Tampoco existen espacios públicos de comunicación intelectual y artística que puedan llamarse rigurosamente independientes y libres de los sistemas académicos y mediáticos de vigilancia lingüística y de las normas vigentes en los mercados. En el mundo del espectáculo sólo hay alfombras rojas, stars y mise en scène

    La inteligencia humana ha fallecido. Su de-función ha sido anunciada bajo rutilantes slogans: posthistoria, postpolítica, postfilosofía, postarte, postsujeto, postnaturaleza, posthumano…

    Pero no sólo asistimos a la carrera histórica del progreso científico-técnico hacia el reino de una ceguera intelectual y una total impotencia ética: las dos amenazas que Greta Thurnberg reveló en su alocución a las Naciones Unidas, en New York de 2019. Las crisis de nuestro tiempo no pueden definirse solamente en los términos de una Dialektik der Aufklkärung: el reduccionismo instrumental de la razón científica moderna en los sistemas administrativos que sostienen los pentágonos del poder político, las megamáquinas civilizatorias, y el totalitarismo liberal del siglo veintiuno. 

    Se trata de algo peor: una profunda reducción del conocimiento y la inteligencia a los sucesivos modelos epistemológicos positivistas, estructuralistas y postestructuralistas, y a una creciente segmentación, fragmentación y disolución de la experiencia y la propia existencia humanas; junto a ello, el progreso de las tecnologías electrónicas y automáticas de vigilancia, control y punición. 

    Esta “dialéctica del esclarecimiento”, que por primera vez definieron Horkheimer y Adorno inmediatamente acabada la Segunda Guerra Mundial, en un intento de redefinir un nuevo concepto de esclarecimiento (Aufklärung) a la altura de nuestro tiempo histórico, no solamente delata hoy la reducción instrumental del esclarecimiento a un aparato de propaganda y violencia de magnitudes extremas. Hoy nos revela, además, las dimensiones de un proceso imparable de automación de la conducta humana, de la robotización de la vigilancia social, y del poder omnímodo de las megamáquinas que regulan la educación, el desarrollo industrial y financiero, y, por encima de todo, las nuevas guerras globales e indefinidas. Y un proceso continuo de regresión mental y ética.

    Asistimos a múltiples recortes burocráticos de la inteligencia en las universidades y en los mass media. Nuestra comunicación cotidiana obedece a las vigilancias lingüísticas político-correctas. Nos subordinamos voluntariamente a las epistemologías de la producción corporativa del espectáculo del mundo. No sólo arrojamos un conocimiento, una intuición, una capacidad imaginativa y una inteligencia individuales al basurero de la indiferencia. Y no sólo nos definimos como posthumanos en relación a la constitución filosófica y estética del humanismo de Las Casas, Vives, Paracelsus, Erasmus o Franck. Sobre todo, somos posthumanos porque confrontamos el vacío como el fundamento último de nuestra existencia y nuestra acción. Vivimos una edad neoexistencialista.

    En un extremo, las lingüísticas automáticas y las agencias de inteligencia comercial, política y militar; y en el otro, el chantaje sistémico contra la humanidad a lo ancho de las redes y estrategias del holocausto nuclear, biológico y climático del planeta. Frente a esta realidad, cuya monótona repetición la vuelve progresivamente banal e imperceptible, la inteligencia humana y humanizadora no posee ya poder alguno, ni moral, ni político, ni intelectual; impotencia mucho mayor en los escenarios del espectáculo de la política y la guerra. La existencia ha sido despojada de su sentido transcendente y esclarecedor; y la conciencia individual ha sido desposeída de su función reflexiva sobre el pasado, el presente y el futuro. Su acción mental ha sido reemplazada por los lenguajes artificiales y los sistemas computacionales, por su lógica binaria, y su segmentación del conocimiento y la conducta humana.

    Lejos de los ideales de desarrollo y libertad que prometieron emancipar a la existencia humana de las tutelas y censuras eclesiásticas y monárquicas en el siglo de Les Lumières, el pensamiento occidental ha disminuido su envergadura a las dimensiones de un espectáculo político anodino, en última instancia aferrado a las mismas viejas teologías y teleologías imperiales que pretende haber superado. La conciencia occidental, moderna y postmoderna, la conciencia que representan New York, Shanghai o Berlín ha sido incapaz de definir un proyecto humano y global políticamente transparente; y contempla inerme su propia impotencia de concebir y construir una estrategia racional de supervivencia espiritual y material para toda la humanidad.

    La consecuencia ética de la retirada del intelectual de la vida pública, y del vaciamiento intelectual de una cultura integralmente administrada es la completa escisión entre la inteligencia humana y la realidad biológica, histórica y social; y es la constitución de un “impersonal power” y una “organized irresponsability” (Mills), es decir, los componentes éticos constituyentes del totalitarismo liberal postmoderno. La muerte del intelectual como conciencia independiente y voz pública, como inteligencia crítica y referente esclarecedor sólo es un síntoma externo de la transformación de la democracia bajo los “Pentagons of Power” (Mumford) en el sistema de la “société du spectacle” (Debord), a lo ancho de las redes administrativas y sus inteligencias artificiales, y a lo largo del progreso de la violencia industrial y militar.

    1 La palabra “holocausto” ha sido mediáticamente asociada con la shoah judía, perpetrada por el nacional-socialismo alemán y secundada por otras naciones europeas en el siglo pasado. En este ensayo empleo el concepto de holocausto en su literal sentido etimológico griego: holo-kauston = “incineración total”.

    2 C. Wright Mills, Power, Politics and People (New York: Ballantine Books, 1959), p. 292.

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