Morfema Cero

  • Actos gratuitos

    Actos gratuitos

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    El viejo comerciante de telas abre su tienda todos los días a la misma hora. Pocas veces llegan clientes porque Damasco, la legendaria ciudad donde vive, está en guerra. Pero él lo hace pues ahí están sus raíces y piensa que si las pierde lo perdería todo. Las jornadas se suceden solitarias y monótonas. Mañana abrirá de nuevo. Sin solución de continuidad, como dicen los clásicos, hasta que alguna vez todo termine y la tienda no vuelva a levantar su cortina. En tal perseverancia habrá un sentido. Nadie más que él lo conocerá.

           Marguerite Yourcenar terminó una mañana de verano su novela Obra negra y tendida en una hamaca repitió más de trescientas veces el nombre de Zenón, el médico protagonista de la obra que acababa de morir. Esa repetición fue una salmodia que se pronunció sola. La escritora se entregó al acto gratuito de la invocación, como el agua ocupa cualquier espacio porque se adapta a él. Tal era su sabiduría: amasar el pan, barrer el umbral, recoger madera muerta luego de las noches de mucho viento. Como si tuviera sentido, así lo adquiría.

          La penumbra envuelve los movimientos de esa modesta mujer que sale todas las madrugadas a barrer la acera de su casa. Su invariable regularidad es el reloj de los madrugadores del pueblo. Quienes se cruzan con ella van a sus oficios por razones personales. El viejo egoísmo humano se echa a andar para que el carnicero prepare su negocio, el panadero horneé a tiempo el pan y la lechería abra oportunamente sus puertas. Pero en ella no está en juego esa razón. Cuando alguien le pregunta por qué lo hace ahora sólo se ríe. Antes todavía explicaba lo que ninguno iba a entender: no hay un por qué.

           “Ningún alimento sano se atrapa con red ni trampa” escribió el visionario poeta William Blake en sus Proverbios del Infierno. Borges dijo de él que fue el menos contemporáneo de los hombres. Enfermo, el último de sus días lo pasó trabajando en una serie de ilustraciones sobre Dante. Su mujer lloraba junto a la cama donde yacía. De pronto le pidió que no se moviera y comenzó a dibujarla. La veía como un ángel y la representó con devoción. Luego murió. Con el tiempo aquel dibujo se perdería. Varias veces se ha dicho que fue encontrado. No hay tal. Su sentido fue efímero.

           Ese músico asiste todas las noches a su taller de composición. Después de impartir largas horas de clase llega desfondado al pequeño departamento donde vive solo. Está componiendo una pieza instrumental a la que le dedica el par de horas diarias que todavía resiste despierto. Avanza con dificultad y cansancio en la obra, buscando combinaciones melódicas que no se le revelan. Apenas está escribiendo el inicio y sabe que no vivirá para terminarla. Pero cada vez que se encuentra con ella se comporta como si fuera a lograrlo. A veces actúa como si la hubiera terminado. Esas noches la termina.

           El ama de casa arregla todos los días su hogar. Lo mira como un santuario y también como un quirófano. Sabe que la perfección no existe pero secretamente la está buscando. Cree encontrarla en los dobleces de las telas o limpiando el rincón que nadie ve. Después habla con las plantas y hace la comida. Algunas mañanas ha creído que la rutina es su tabla de salvación, que ordena el pensamiento frenético e induce tranquilidad. El marido y los hijos lo dan todo por descontado, la consideran simple y servicial. Un acto gratuito cuyo discernimiento nada más ella percibe.

           El mimo está en el crucero actuando para nadie. Un hombre detenido en el alto desvía la mirada, ignorándolo ostensiblemente. Otro está embebido en su teléfono celular. Sólo un par de niños lo observan desde la esquina. Empuja su pelota con dos bastones y la hace girar velozmente de uno a otro. Logra lanzarla y recibirla después sobre el pequeño círculo del bastón con pericia circense. Algunas otras fantasías con la esfera completan su espectáculo. El mimo no recibe nada a cambio. Dirige su caravana hacia los niños. Para él y para ellos su acto tuvo sentido.

           Trazando un retrato de Natalie Barney, la poeta y novelista avecindada en París, Marguerite Yourcenar reconoció su suerte al haber vivido en una época en la que la idea del placer todavía era la noción civilizatoria que ya no es, también al lograr huir de las garras intelectuales de la modernidad sin haberse psicoanalizado ni convertirse en existencialista. Al no preocuparse por realizar actos gratuitos y permanecer fiel a las evidencias de su espíritu, de sus sentidos, de su “buen sentido común”. O por la proeza, siempre incomprendida, de llevar una vida libre según su voluntad.

           Gratuito significa hacer algo de balde o de gracia. La palabra gratitud está contenida en el término. De ahí que la tradición pietista luterana establezca que pensar es un equivalente de agradecer. La vida se regula en instancias que no son visibles. El utilitarismo es lo contrario de la gratuidad. Hoy el sistema-mundo castiga y desdeña los actos gratuitos. Todo tiene precio, todo debe reportar utilidad. Pero vivir no es útil o inútil. Sócrates quiso aprender a tocar la flauta antes de morir. No había un porqué, sólo un espontáneo hacer.

           ¿Cómo se expía la vida? ¿Cómo se calcinan los años? Disuelve y coagula. Vía húmeda, vía seca. Es de noche, la línea blanca del mar parece un bordado difuso que se mira a lo lejos, como una cinta, un fantasmal y tenue tejido. Y el golpe ctónico de las olas, su diapasón solemne, el fuelle incesante que cae, cae, cae teniendo/no teniendo sentido. Y ese inmenso corazón que lo abarca todo y todo lo aligera. Estas líneas, estas quejas, estas cuitas de lo irremediable vivido. Dios, dirá Shankara, es “Aquel ante el cual retroceden las palabras”. Entonces sólo quedan los actos gratuitos: en ellos radica el silencio absorto del Ser.

  • Robert Valerio: abrir perspectivas de especulación

    Robert Valerio: abrir perspectivas de especulación

    Colaboraciones

    Soledad Velasco

    Soy artista plástica, por lo que mi punto de vista sobre el libro Atardecer en la maquiladora de utopías del crítico de arte Robert Valerio, surgirá de esa inquietud o vocación mía. También he de anotar que, aunque soy oaxaqueña, yo poco residí en Oaxaca; hasta ahora, llevo cinco años aquí, contando tres de encierro pandémico. Señalo esto porque sin duda mi mirada viene de fuera, de quien es y no es parte de la escena artística oaxaqueña.

    Lo primero que quiero decir es que es un libro fácil de leer, debido a la metodología que emplea Robert Valerio a lo largo del libro: la mayéutica socrática. En el capítulo “Uristikor o del estilo” es muy evidente, en ese diálogo genial que Uristikor sostiene con Elentikor.

    Desde hace muchos años oí hablar de Robert Valerio, pero, sinceramente, como un destructor, un crítico demoledor o un enfant terrible. Yo creo que Robert Valerio era un hombre inteligente y analítico, enemigo de dictar máximas. Tampoco perseguía destruir. Intentaba hacernos reflexionar. Sí, la mayéutica. A través de una, otra y otra pregunta; ¿qué es lo que pensamos nosotros? ¿A qué conclusiones llegamos? Él nos pone los “hechos” sobre la mesa y va incorporando razonamientos que poco a poco le llevan a hilar un discurso que lo saca de la cueva del minotauro.

    Luego de leerlo por segunda vez, creo que será mi libro de cabecera: Todo lo que un buen pintor debiera saber o del manual del perfecto artista.  Lo digo con cierto humor, pero es verdad. Ser artista debe implicar reflexionar profundamente sobre el oficio. Este libro nos da pistas, nos ayuda. Nos invita a razonar sobre a qué respondemos cuando pintamos, qué nos impulsa a pintar, qué temas tratamos, por qué, y se adentra incluso en intersticios del oficio: ¿cómo queremos expresar o representar? Según lo que hayamos escogido hacer. Valerio me parece un valiente porque analizar así, diseccionar con ese comedimiento la llamada Escuela Oaxaqueña y el arte que se producía en Oaxaca en aquellos años de bonanza, no debió de ser tarea sencilla.

    Otra crítica que siempre he oído es la preocupación que afirma que preguntarse todo ello podría repercutir en el mercado del arte; que quien preguntaba tanto sólo perseguía, consciente o inconscientemente, sacrificar el mercado y afectar a las personas que habían logrado salir de circunstancias de vida complicadas mediante el oficio del arte.

    Pero es que a lo largo de la historia las vidas particulares somos sólo anécdotas, y la función del crítico no es centrarse en ellas, su campo es global, es el de las ideas.

    Me centraré en abordar sólo tres puntos porque no hay suficiente tiempo para más y porque han sido para mí una preocupación constante, sobre todo en los últimos años. El primero tiene que ver con reflexiones que vienen del pasado y que pueden encontrar hoy en día una respuesta. Los otros dos son una revisión de los capítulos en que se examina el concepto del estilo y el tema ya que se convierten en la búsqueda de la gran mayoría de los artistas y tienen que ver con el acto de crear.

     1. La importancia del espectador

    Valerio se pregunta sobre lo que se cuece entre la inauguración y la clausura de una exposición. Esa sabiduría anónima contenida en el libro de comentarios, que puede alumbrar el camino del crítico con frases tan francas como “ya ni chingan con sus pinches copiones”. Valerio nos aclara en su primer capítulo El estado crítico de la crítica: “Un peligro es el divorcio entre la crítica y el público que no participa ni en la curaduría ni en la compra de obra, es el gran olvidado”.

    En la libreta de comentarios de la exposición Nueve pintores oaxaqueños inaugurada en el año 1996 hay frases tales como: “¿Por qué no hay mujeres?”  o “¿No hay mujeres artistas en México?” Supongo que Valerio presenta un resumen de los comentarios en aquella libreta. Sea como fuere, sale a colación el tema de lo que hoy llamamos “la cuestión de género”.

    Valerio puso énfasis en otros aspectos clave que ya hemos nombrado. Su campo de estudio, el que desarrolló, fue otro. Ahora lo que quiero resaltar es la necesidad que existe, aún después de 26 años, de abordar eso que él señaló.

    Hay muchos grupos de mujeres artistas en la actualidad, pero yo echo de menos una exposición colectiva mixta, de ocho hombres y ocho mujeres, pintores y pintoras, escultores y escultoras, cuyo rango de edad sea de los 55 años para arriba. Es decir, que tengan una trayectoria de largo recorrido. Los parámetros son arbitrarios porque hay que acotar de alguna manera.

    Mucho han hecho para visibilizar el trabajo de las mujeres los grupos femeninos que organizan exposiciones exclusivas de ellas y para ellas. Pero creo que de una exposición como la que planteamos, puede resultar un diálogo muy interesante. Existe un proyecto sobre este tema que está buscando sede. Lo elaboramos el crítico Jorge Pech, la galería Noel Cayetano y yo.

    Luego de leer el libro de Valerio, vemos interesante que este proyecto nazca de esos tres ejes: crítico, galerista y pintora. Resulta interesante porque los nombres propuestos obedecen a su calidad artística y edad, y no a que trabajen o no con determinada galería. Nos hemos propuesto que el tema del mercado no importe. Lo interesante va a ser reflexionar sobre lo que se hace ahora. Un nuevo factor para tomar en cuenta, y que al principio no contemplamos, es el invitar a participar al campo de la escultura. Con la segunda lectura del libro de Valerio, es evidente que este campo era entonces casi inexplorado por los oaxaqueños. Será interesante valorar su papel dentro del campo del arte en la actualidad.

    Es decir, este proyecto expositivo que ya está tocando puertas nació de la lectura de este libro por primera vez. La idea es seguir su estela. Entonces ese tema surgió con mucha fuerza. Tal vez es hora de retomar la inquietud que ya existía en 1996. Imaginen un encuentro equitativo de hombres y mujeres con trabajos en grandes dimensiones, a ser posible en un lugar amplio para establecer ese diálogo: demostrar que hay hombres y mujeres dedicados desde hace años de igual manera en el campo del arte.

    Estoy segura de que ese encuentro demostraría que hoy existe una variedad enorme de temas, de maneras de abordar el oficio pictórico, y de las múltiples motivaciones que a cada uno alimentan. Creo que actualmente es un campo heterogéneo. Pero estaría por verse. En dicho proyecto tienen un lugar destacado los críticos, haciendo caso a Valerio sobre la necesidad de que existan escritos que analicen más allá de los textos que se incluyen en los catálogos individuales, que suelen ser halagadores. Para ello, el proyecto incluye a cuatro críticas y críticos. Hombres y mujeres. Dos que ejercen en Oaxaca y dos de fuera del estado. Nos aplicaremos en sacar adelante este proyecto que incluye mesas de diálogo. Ya es tiempo de que se realice.

    2. Del estilo

    Qué capítulo más interesante el titulado “Uristkor o del estilo”. Como he dicho, leí el libro hace poco y de ahí me han surgido varias inquietudes que se han concretado en ideas y éstas en hechos. Mi última exposición individual se tituló “En fuga del estilo propio” y lo hice, sí, a partir de la lectura del libro Atardecer en la maquiladora de utopías. ¿Qué es el estilo? ¿Buscamos un estilo propio? ¿Ser reconocibles? Y.… cuando hemos sentido que lo hemos encontrado… ¿nos da pavor dejarlo a un lado? ¿Seguimos por el camino conocido por miedo a ser ignorados? A que digan “ésta no sabe ni lo que quiere hacer, está perdida”. Soy, digamos, figurativa/ expresionista, y en esa exposición me presenté con cuadros naturalistas.

    La idea era explorar un lugar donde no tuviera mi zona de confort. Casi nada me parece más difícil de capturar que la mar y de la mar la espuma. Esa masa abstracta de cerca pero de lejos tan figurativa. Es espuma y no es otra cosa. Qué difícil para mí, qué bonito, qué reto. Recuerdo una cita que hay en el libro, es del pintor Felipe Morales: “Uno no pinta como quiere, sino como puede”. Bueno, tal vez no sea ese el único camino.

    Valerio confronta las opiniones de Aceves Navarro y Cuevas en alusión a este tema. Mientras el primero asevera: “Cualquier estilo no es otra cosa que un límite tremendo autoimpuesto; es decir aquí llego y me repito porque quiero ser yo mismo siempre”, Cuevas responde: “El arte es una obsesión y quien no tiene una obsesión definitivamente no es artista”. Es decir, la validación de la búsqueda de la estabilidad vs. la variabilidad, la claridad de rumbo o pérdida de este. Yo estoy de acuerdo con Aceves Navarro pero hay muchos otros caminos. El capítulo es abundante en razonamientos, recomiendo leerlo, acá no hay tiempo de decir más.

    3. De la evasión de la realidad: el tema

    En cuanto a los temas, Valerio reflexiona sobre la necesidad de retratar la realidad objetual. Pero hay también una realidad emocional por la cual yo me decanto. En la página 280 presenta un cuadro sinóptico y entre los temas que escaseaban en ese momento en el arte oaxaqueño enlista: licuadoras, autobuses urbanos, reportaje, actualidad, ciudad, tecnología política, ironía. No habla de las emociones, echo en falta eso que yo nombraría “el análisis de la naturaleza humana”, aunque al enlistar los estilos pictóricos que escaseaban nombra al “expresionismo” en donde, en esencia, van incluidas.

    Las cosas han cambiado mucho desde que Valerio escribió. La violencia que vivimos en la actualidad ha entrado en la temática como un vendaval pero es importante reflexionar sobre nuestro oficio y remontarnos a ese pasado de buena esperanza que vivió Oaxaca en las artes, analizarlo.

    Valerio lo dice claro en su obra: “A lo largo de este libro, mi intención ha sido más que establecer conclusiones firmes, abrir perspectivas de especulación”.

    Socrático hasta el final. Esa frase resuena en mis oídos como si dijera “yo sólo sé que no sé nada”.

  • El Inicio del fin de la fábrica de sueños

    El Inicio del fin de la fábrica de sueños

    Colaboraciones

    Siegrid Wiese

    Atardecer en la maquiladora de utopías de Robert Valerio sonó como un disparo en el momento de su publicación, y su eco sigue reverberando a través de los años en el mundo artístico oaxaqueño.

         De humor elegante y análisis certero, este libro aborda la práctica plástica en Oaxaca de la segunda mitad de los años 90. En él, Valerio da cuenta del juego económico-político que determina qué es lo que se muestra en las galerías y en los museos; nos abre la puerta de la trastienda para mostrar lo que no vemos, los mecanismos que determinan el mercado. Robert se cuestiona de dónde viene ese movimiento económico-ideológico que articula el arte en Oaxaca. Su objetivo: desenmascarar eso que no es claro para los demás, transparentar, mostrar el mecanismo oculto. Con una mirada amplia y filosa Robert Valerio logra desmarañar el quesillo, alzando la bandera roja del estado de la crítica en Oaxaca, que queda pobre en percepción artística y arrastra con esto en muchos casos la creación misma.

             La hoy trillada Escuela Oaxaqueña de Pintura era en ese entonces intocable; esa manera de pintar muy de aquellos años termina siendo portavoz de las atracciones turísticas y nombra a Oaxaca como “la meca espiritual mexicana”, según sugiere Alicia Azuela. Pero entonces, ¿de dónde viene todo ese mundo artístico? ¿De los maizales de Ocotlán en el caso de Rodolfo Morales? ¿O viene de más lejos, quizás de los trigales de Van Gogh?

           Es importante que Oaxaca sea sede de artistas de otros lados de México y del mundo; que las artes no se desliguen de lo que pasa afuera del “reino encantado”; esto es sumamente benéfico para lograr que el arte sea un lenguaje universal, que aunque se toquen temas locales resulte una puerta abierta para llegar al alma. En ese contexto la critica debe ser una ventana y no un espejo, como bien lo dice Robert.

          En el libro que hoy celebramos Susana Wald expresa inconformidad por el rechazo hacia los artistas foráneos. Hoy en día eso ha cambiado en Oaxaca pero nos ocasionó un avance lento, lo que nos hace llegar siempre tarde a todo, quedar desfasados por miedo a no aprender a dialogar con un lenguaje más amplio; siempre es más fácil quedarse cerca de la zona de confort. Pero esto cobra un precio muy alto: responder a las exigencias de un mercado viciado que limita la experimentación y por ende el crecimiento. Así trabajaron los artistas y algunos cuantos hasta el día de hoy, manipulando una tradición y un lenguaje local. Cito a Luis Zárate: “Lo tradicional está bien pero ¿por qué no podemos hacer algo a partir del instante preciso en el que estamos?” Este comentario consignado en el libro de Robert Valerio me parece una de las claves: ahí está la carne viva, la que arde.  

           Es importante darnos cuenta de que encerrarnos en un mundo local nos corta las alas, el mundo está conectado y el diálogo puede ser mucho más amplio e interesante. Dialoguemos con palabras o con imágenes, hagamos crítica con letras o con trazos.

          Aunque muchos sentimos la palabra “crítica” como una palabra destructora o muchas veces como un palabrerío endulzado, existe la esperanza —gracias a la punta de lanza que resulta ser este libro—-, que deje de ser en la mayoría de los casos proporcional a la cantidad de billetes que los intereses vacíos producen. En este libro el autor nos deja claro que la critica no tiene un afán destructor; debemos de abordarla desde el conocimiento para crecer. Sugiere evitar el halago pero tampoco estar en contra. Si no hay critica no hay propuesta. Hay que ser valientes y aceptar una visión honestamente escrutadora.

          De la mano de Valerio avanzamos y descubrimos más de lo que creemos que existe en este libro. Robert deja su piel en cada capitulo y en ese ejercicio de desollamiento podemos ver la esencia de los artistas y de él mismo como autor y como artista —no olvidemos que era un maravilloso poeta—, algo que yo agradezco infinitamente porque de eso se trata la vida. En cambio usar pieles ajenas me parece un terrible desperdicio.

          ¿Qué pasa cuando no hay crítica? Todo mundo hace lo mismo, terminan copiándose unos a otros porque no existe una búsqueda profunda, pintan desde afuera para salir ilesos ante el universo. Una cita con el Universo es lo que deberíamos tener justamente. Hagamos esto si queremos aportar algo valioso, seamos canales para traer al plano físico lo que no se ve pero mueve armoniosamente al mundo.

          Considero que este libro es un barco, nos ha salvado de ahogarnos.

    Si este libro no existiera, posiblemente seguiríamos nadando en el agua sucia –– cito a Plinio Villagrán en uno de los capítulos de Estación Antequera—. Este maravilloso libro es un artefacto que se contrapone a la ideología de los años 90, y gracias a eso hoy en Oaxaca tenemos la cabeza fuera del agua turbia, invitándonos a la valiosísima autocritica para salir ilesos del crash después del boom.

           Hoy el concepto de Escuela Oaxaqueña de Pinturaestá bastante superado, el barco ya navega hacia otro lado, hacia las propuestas conceptuales, al enriquecimiento entre disciplinas, al arte fuera del cubo blanco. Pero también de ese lado tenemos una problemática: cuando se valora más un plátano pegado en la pared que un cuadro colgado en un museo estamos desfasados nuevamente. Ahora, si lo analizamos desde las herramientas de la crítica no está mal, es parte de un proceso, de un cambio, de una búsqueda que afortunadamente experimentará una depuración natural y, estoy segura, encontraremos el punto exacto donde el compartir artísticamente se convierta en un acto sublime.

            Estas disidencias en México han dado claves para lo que sucede hoy en el mundo del arte. Por ejemplo, en nuestro país el movimiento de la Ruptura dio paso a un lenguaje más cosmopolita no sólo para los mexicanos. Este tipo de movimientos que accionan en pro de la libertad son los que producen los cambios que a su vez nos llevan al crecimiento como humanidad, a la importancia de situarse en el tiempo y no en el lugar.

          El arte refleja la realidad del mundo. Hoy día debiera tener un contenido terrible, un contenido esperanzador, un contenido de amor, un contenido de problemática, un contenido de crítica social, de crítica ambiental o un contenido que nos abrace amorosamente para llenarnos de esperanza. Pero ¿qué sucede?

          Aunque ahora mucho menos, seguimos con el pensamiento localizado en una tierrita, llamémosle Oaxaca, México, Canadá o China. Seguimos siendo locales en nuestra tierra. Lo que sigue es conocer lo que hay fuera de los territorios, salir del cuerpo, traer el lenguaje de las estrellas, hablar, escribir, bailar, pintar con nuestra propia luz. La luz de cada uno de nosotros es lo más valioso que hay y los artistas, cualquiera que sea nuestra disciplina, tenemos el compromiso y la obligación con el mundo de hablar con este idioma. Si no es así mejor dediquémonos a otra cosa y dejemos de estorbar.

          El diálogo futurista en las páginas finales de Atardecer en la maquiladora de utopías es una verdadera joya. Si después de recibir esta papilla en la boca no entendemos, es momento, por favor, de dejar de herir al Arte y dejar de confundir a los que vienen atrás.

         La libertad aunque nos incomode persiste

         “El Inicio del fin de la fábrica de sueños” hoy cumple 26 años.

     

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    Atardecer en la maquiladora de utopías. Robert Valerio. Crítica de la pintura oaxaqueña.

  • Una tarde que llovía

    Una tarde que llovía

    TA MEGALA

     Fernando Solana Olivares

    O una mañana radiante de sol. Conocí a Robert Valerio hace años en Oaxaca. Era un brillante autor (tal vez decir pensador sería más justo) de origen inglés que aprendió a escribir en un español impecable, como si esta lengua de antiguas piedras latinas hubiera sido suya desde mucho antes.

           Falleció repentinamente, sin aviso, malogrado a destiempo. Quizá el viejo proverbio clásico resulte cierto y los elegidos de los dioses mueran jóvenes, quizá los cristianos tengan razón y las almas de los justos sean recogidas antes de comenzar las grandes tribulaciones.

           Días atrás había dejado en mis manos el manuscrito de un libro que entonces prometí publicarle en una edición intempestiva. Tal fue el nombre en el cual hay ecos de Nietzsche de la efímera empresa, Ediciones Intempestivas, , que lo puso en circulación con la generosa ayuda editorial de Araceli Mancilla, Fidel Luján y Verónica Loera, enfrentando resistencias y superando mezquindades, pues tanto su sugerente título como su inusual contenido merecían difundirse: Atardecer en la maquiladora de utopías, un volumen de inteligentes y creativos ensayos dedicados a desmenuzar y deconstruir el mito y las circunstancias de la plástica oaxaqueña.

           Ya diría Merleau-Ponty que mirar es rodear un objeto, o los alquimistas que pensar es experimentar. Atardecer era un texto deslumbrante, no se parecía a ningún otro y desde su aparición provocó asombro y admiración. Ahora es un clásico, es decir, una obra que ya es parte de la memoria común. Y aunque su tema es local, la plástica oaxaqueña, su tratamiento, su inesperada y sapiente metodología son universales.

           Interpretación, comprensión, aplicación. Estos tres pasos hermenéuticos se cumplen con un rigor poco común en Atardecer. Interpretación de un fenómeno de orden estético en sí mismo, en conexión con el arte occidental y el contexto social donde surge. Comprensión de su naturaleza, de sus causas y sus efectos, de sus razones y circunstancias. Aplicación de dicho conocimiento al objeto mismo de la indagación, pero también —y esto es parte central de la proteica brillantez del ensayo de Valerio— a cualquier otro tema que quiera descifrarse y conocerse así.

           Él mismo lo formularía de esta manera: reemplazar los conceptos recibidos por el contacto directo con lo que se pretende conocer. Decía Goethe que “Cada objeto, adecuadamente contemplado, crea un órgano para su percepción”. El contemplar es aquel mirar profundo citado líneas atrás: rodear el objeto, experimentarlo para pensarlo. Hablemos pues de esta riqueza analítica, de esta lógica inusual de aproximaciones heterogéneas, de puntos de vista y miradas varias que nunca pierden ni la noción ni el contacto con lo que se quiere conocer. 

           No hay ninguna linealidad en el sistema deconstructivo de Atardecer. No es un orden cartesiano, sucesivo o geométrico lo que lo determina sino una simultaneidad propia de un orden supra racional. Deconstruir consiste en cambiar el eje de significación. O también, como lo hace Valerio, consiste en multiplicarlo creativamente “en plena y gozosa libertad”, según él mismo diría al indagar por las características de una plástica ideal.

           Tiene razón Teresa del Conde, quien mucho apreciaba este libro, al afirmar que las estrategias operativas de Robert Valerio están a la vista: son valientes y honestas, como las llama, pues su razonamiento está libre del matiz retórico que con frecuencia acompaña a los textos sobre arte. En su escritura hay un rigor poundiano: dejar la lírica atrás y emplear la prosa; no escribir “bonito” sino bien; no aludir sino mostrar. Ahora pienso que si Rulfo hubiera escrito sobre arte, en mucho lo habría hecho así.

           El método Valerio está descrito en el primer capítulo de Atardecer, “El estado crítico de la crítica”. Seis son sus propuestas, que significan otro pensar y contienen otro proceder, un modelo cognitivo original y creativo hasta entonces no utilizado en la crítica de arte:

          1) Hacer a un lado “dudosos ordenamientos”: luz oaxaqueña, rico patrimonio, magia ancestral y “demás misterios”, para mirar con detenimiento y atención, con tiempo, los cuadros mismos, dedicando más espacio a describir lo visto y lo sentido.

                  2) Desconfiar de discursos establecidos, provengan de donde sea. Es decir, no atender la doxa, el lugar común ni el pensamiento que nos piensa. Valerse en cambio de algunos de los muchos enfoques disponibles, pero sin dejarse limitar por ninguno.

           3) No discutir ni considerar el arte oaxaqueño de manera auto referencial, como si no tuviera vínculos con lo que sucede en el resto del país y del extranjero. No permitir que la noción de una “modalidad oaxaqueña” excluya la percepción de esos vínculos. El antídoto para ello está en el arte universal mismo. En el conocer para saber.

           4) Privilegiar lo poco o nada estudiado: la relación entre el arte y el mercado, la opinión del público —que Valerio convertirá en un brillante método dentro del método al estudiar las libretas de comentarios de las exposiciones, en este caso las del desaparecido MACO— y, de modo prioritario, estudiar “la influencia de una idea de Oaxaca construida desde el exterior” (y ahora, en tiempos que el autor de Atardecer no conoció, profundizada por el turismo, introyectada por la disneylandia oaxaqueña y comercializada a escalas desmedidas por la masificación). Valerio acuñará un término entre socialmente patético y semánticamente preciso para aludir a estas circunstancias: la “guelagetzificación”.

           5) No imponerse ninguna restricción en cuanto a la escritura crítica. Permitirse la fantasía, la banalidad, la erudición, la ironía. De tal manera que la crítica represente un acto de alta creatividad.

           6) Multiplicar los enfoques sin perder de vista la obra plástica: su significado, su significancia, su naturaleza y su condición. “Es importante —escribirá Valerio— que la crítica sea una ventana y no solamente un espejo”.

           Valerio distingue entre retórica y debate alrededor de la obra plástica. La retórica es el impulso por reforzar y generalizar juicios establecidos, el debate equivale al escudriñamiento profundo que él alcanza en Atardecer. El ensayista parte de una certeza que a lo largo de trescientas páginas fundamentará una y otra vez: “el desarrollo de las artes plásticas en Oaxaca dependerá cada vez más del desarrollo de la crítica o, si esta no se da, de la retórica”.

           La crítica de arte Berta Sichel, una de las referencias empleadas por Valerio con su método envolvente: utilizar todo lo utilizable para construir una epistemología pictórica, considera que en América Latina aún subsisten residuos de “la influencia colonial barroca, donde preponderaba la retórica por encima del debate”. Esa preponderancia, observa el autor, retrasa la crítica y se convierte en un producto consumible para discursos oficialistas, turísticos y aún diplomáticos.

           Atardecer es además un libro político, en cuanto decodifica elementos provenientes de un proceso histórico de dominación ideológica. Lo que ha surgido, observa Valerio, como “una forma nueva y refinada del colonialismo: la autenticidad obligatoria”. Dicho de otro modo, un “estilo” oaxaqueño o oaxaqueñizado para satisfacer una circunstancia surgida en el siglo veinte: la decisión de los vencedores históricos después de 500 años (el eurocentrismo occidental) de que los vencidos deben conservar sus formas propias de manifestación, su “color local”, que así se volverá cada vez más una parodia, un artificio comercial. Son las formas de lo näif, la tradición iluminista del buen salvaje y sus objetos estéticos ahora codiciados por su supuesta condición extravagante, su otredad atribuida, para satisfacer a “un mercado ávido de exotismo”

           En ello radica la escasez crónica del realismo y en menor medida de la abstracción en la pintura oaxaqueña, que Valerio analiza en el capítulo 7, “Lo real no tan maravilloso. Realidades ausentes en la plástica oaxaqueña contemporánea”. Deliberadamente ajenos a las dos características dominantes en el arte moderno, la “Gran abstracción” y el “Gran realismo” (Werner Hofman), los pintores considerados por Valerio en cuanto a su obra expuesta y en sus respuestas a preguntas específicas se caracterizan (a excepción de Alberto Ramírez, Marco Antonio Bustamante y Filemón Santiago) por una iconografía, una paleta y un tratamiento conceptual que el crítico Alberto Ruy Sánchez llamará “Fundamentalismo fantástico”.

           Una suerte de esteticismo a ultranza ha evitado a la pintura oaxaqueña ocuparse de la realidad —la miseria, el atraso cultural, la postergación social, el marginamiento, la lumpenización, la urbanización bárbara, la destrucción ecológica, el crimen organizado y la violencia familiar, interétnica, de género o política, entre otros males—, realidad que al no representarse deja de existir en el imaginario construido para el turismo y las oligarquías propias y ajenas. La realidad, afirma el autor, una fuente primaria de formas e ideas, “es una de las matrices del arte”. Aunque existe una razón, abunda Valerio, para desentenderse de ella: el temor a enfrentarla. Se pregunta entonces si la relegación del realismo refleja un temor colectivo a mirarse a sí mismo.

           “Quien no conozca su rostro —escribe— está condenado no solamente a ser caricaturizado, sino también a no darse cuenta del hecho. Por esta vía se llega a la cima del desconocimiento de uno mismo: la autoparodia involuntaria”. Valerio postula que la vocación “mágico-mitológica” de la pintura oaxaqueña, su fundamentalismo fantástico responde en gran medida a las visiones utópicas eurocentristas y a las exigencias de un mercado orientado hacia afuera.

           Así se justifica la desatención de cualquier acercamiento a “la realidad actual e inmediata” del Estado, pues ello sería incompatible con esa “arcaica atemporalidad” (Merewether) que hegemoniza la representación plástica. Entre las inteligentes preguntas que Valerio dirigió a varios pintores hay una sobre el papel de las galerías en este constructo (horrible término) del arte oaxaqueño contemporáneo, la mal llamada —y en Atardecer queda otra vez claro— Escuela Oaxaqueña de Pintura. No del todo un canon pero sí una impronta.   

            Dos de los pintores entrevistados por Valerio, Ramírez y Bustamante, refieren cómo sus galeristas objetaron un cambio de estilo pictórico dirigido a buscar formas expresivas diferentes a las que hasta entonces los habían caracterizado, invocando los hábitos del mercado. Otra anécdota, que Valerio seguramente no conoció y por eso no la cita, narra cómo una muy prestigiada galería oaxaqueña rechazó más cuadros de un pintor defeño avecindado en Oaxaca, a pesar de haber vendido varias obras entregadas apenas unos cuantos días atrás. Lo que este autor al vender afectaba eran los intereses económicos de pintores oaxaqueños ya consagrados que vendían en esa galería.

           Atardecer en la maquiladora de utopías es un libro poliédrico y caleidoscópico: resulta un tratado de arte, un compendio antropológico, un estudio de la cultura contemporánea, un libro sobre el proceso creativo, una sutil disertación acerca del humor y la ironía, en suma, un conjunto de sorpresas. Entre todo ello, mi parte preferida es un alarde de imaginación tan asombroso y divertido como pictóricamente ejemplar. La descripción del cuadro “Naturaleza muerta: Interior del Xoxo-ISSSTE a las 21:30 horas”, atribuido a un tal Armando Silva en 1977. No es frecuente (yo no conozco ningún otro caso) que las carencias que una crítica plástica señala sean resueltas imaginariamente por esa misma crítica mediante la invención.

           “En la alta fantasía llueve”, afirmó el Dante. Y desde su alta fantasía, Valerio hace una pormenorizada y fascinante descripción de un cuadro imaginario, el cual representa todo aquello que no hay en la pintura oaxaqueña: tal realismo simbólico le sirve para establecer el contra-canto de un universo paralelo que terminará siendo existencial. Escribir así es equivalente a pintar. Mostrar esa realidad urbana (que sabremos ficticia hasta muchas páginas después, porque su existencia misma y el matemático detalle con el que está descrita son incuestionables), obliga al lector a evocar cada uno de los rasgos impresionistas que Valerio describe: la calle oscura por la que circula el camión, el letrero luminoso pero indescifrable de una farmacia, el manejo sutil de los planos y las sombras, la sensación de estar en el interior de una jaula que también podría ser un útero, impresión “inquietante” que hace un eco con la figura de la mujer embarazada que está en el centro de la composición. “Respiramos el aire frío que penetra a través del cristal roto —escribe Valerio acerca de su falso/verdadero cuadro—, presentimos la hostilidad circundante, la incertidumbre del nacimiento”.

           Atardecer en la maquiladora de utopías fue escrito hace un cuarto de siglo. Algunos de los juicios y muchas de las constataciones encontrados por su excepcional autor siguen siendo vigentes en la pintura oaxaqueña: la persistencia de un dictum mercadológico, una fatal tendencia hacia la autoparodia de la incesante repetición, una negativa al realismo real (el feo, el grotesco, el verdadero), un esteticismo complaciente con los sentidos pero incapaz para servir como soporte de la contemplación, una paleta primaria, una iconografía fantástica gastada por el uso voraz.

           Pero otras cosas sí han cambiado. Se me ocurren algunos ejemplos de ello: la gráfica cimarrona e insurreccional producida por colectivos juveniles durante el levantamiento popular de 2006 contra el mal gobierno, entre cuyas imágenes sobresalía un ardiente y original Toledo punk; el atrevimiento deconstructivo de pintores como Manuel de los Ángeles con la pintura clásica o el sugerente diálogo de Siegrid Wiese con la obra de Vlady, cuyos poderosos y bellos resultados cuelgan hoy en este Museo de la Plástica Oaxaqueña. El diálogo es el arte del mirar juntos, representa una apertura, una multiplicación y un contacto nutricios que alimentan el proceso creativo: todo cuadro sale de otro cuadro. Estos diálogos y su técnica plástica rompen con el solipsismo que Valerio desmereció.

           Sin embargo, hizo aprecio de los “juegos ilusionistas” de Marco Antonio Bustamante y las fructíferas labores gráficas de Demián Flores como ejemplos refrescantes y saludables en el contexto plástico oaxaqueño. También de la obra de Hugo Tovar, defeño radicado en Oaxaca desde 1992, celebrando el empleo de materiales de desecho para crear ensamblajes que estimulaban la reflexión sobre temas sociales: pobreza, consumismo, religión, que desde su perspectiva subvertían “el discurso plástico imperante”.

           Un cuadro cuelga en mi casa: es La olla, de Sebastián Aplin. Un insinuante caldero que para ese inteligente pintor inglés muy apreciado por Robert Valerio, y cuya estancia oaxaqueña fue lamentablemente corta, representaba todo lo que hay en Oaxaca, también llamado Xashaca: una permanente cocción.

            Veintiséis años después de su intempestiva publicación, las ocho miradas de este coloquio han sido apenas un acercamiento a Atardecer, un libro que admite adjetivos de magnitud porque en su caso no conducen a la infelicidad de la imprecisión sino a un texto inesperado y singular, genial por momentos, en cuya creativa e inteligente originalidad merece ser leído y estudiado a profundidad para aprender de él.

  • Personas no humanas

    Personas no humanas

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    Una juez de Buenos Aires reconoció en 2015 el estatuto de “persona no humana” para Sandra, una orangutana recluida en el zoológico. Su sentencia la consideraba como un sujeto no humano titular de derechos fundamentales, y señalaba que su cautiverio y exhibición pública los violaba, así Sandra fuera bien alimentada y tratada sin ninguna crueldad.

           Antes, en julio de 2012, se había dado a conocer la Declaración de Cambridge firmada por importantes especialistas en neurología. Su conclusión decía: “El peso de la evidencia indica que los seres humanos no son los únicos que poseen los sustratos neurológicos necesarios para generar conciencia. Animales no humanos, incluyendo todos los mamíferos y pájaros y muchas otras criaturas, entre ellas los pulpos, también poseen esos sustratos neurológicos”.

            La determinación histórica del concepto de conciencia supone la existencia de lo que la filosofía llama una esfera de la interioridad. Esto significa no solamente la cualidad de conocimiento que la mente logra a través de los contenidos síquicos que capta interna y externamente, sino también una actitud que se ha llamado “retorno a sí mismo”. Platón, en definición legendaria, la llamó “el diálogo interno del alma consigo misma”.

           No hay ningún elemento para negar a los animales ese retorno a sí mismos, el diálogo interno con su alma, salvo nuestra radical ignorancia al respecto. Y también el narcisista y cruel antropocentrismo, parte esencial de nuestra violenta civilización. La violenta teología cristiana materialista entrega a la pareja adánica la propiedad de toda la tierra y de sus creaturas sin ninguna restricción: que “señoree” sobre ellos, como manda Dios en la Biblia. Una interpretación más cristiana  y humanizada vendrá después, cuando se diga que Jesús murió en la cruz no solamente para expiar los pecados humanos, sino para recordar a los seres humanos su función olvidada de “mediadores” entre los órdenes que las cuatro direcciones de la cruz indican: arriba, lo divino; abajo, lo subterráneo; a los lados, el mundo animal y vegetal.

           Ninguna otra cosmogonía, los cuentos de nuestros orígenes, rechaza la zoomorficación de los dioses tan tajantemente como lo hace la judeocristiana. En las demás el antropocentrismo no es dominante porque sólo representa otro estado del ser, producto todos de causas anteriores al nacimiento. La noción budista de sâmsara, el ciclo de las existencias condicionadas al que todos los seres incesantemente están sujetos, describe seis destinos. Tres de ellos se consideran malos, y en ellos el sufrimiento es intenso.

           Los infiernos, fruto de un karma de cólera o de odio en donde, sin que el castigo sea eterno pues para el budismo nada lo es, los seres sufren profundamente. El dominio de los espíritus hambrientos, fruto de la avidez y la avaricia, un mundo de privación extrema. El de los nacimientos animales, que provienen de lo que la explicación canónica llama fruto de la estupidez y conducen a un mundo sin libertad.

            La diferencia entre los dos primeros destinos y el tercero es que éste se manifiesta físicamente ante los sentidos humanos y animales. Los dos comparten su forma de estar en el mundo: percibiéndolo y viéndose entre sí. El quinto destino, el de los asuras o titanes, seres poderosos dominados por la envidia y los celos que luchan entre ellos sin cesar, es imperceptible. Igual que el sexto, el de los dioses, seres bienaventurados que se caracterizan por el orgullo y la autosatisfacción, pero cuya terminación es aún más dolorosa.

          La doctrina oriental dice que el mejor estado para nacer es el humano. El más precioso y dotado de cualidades (una afirmación harto difícil de creer en estos inhumanos días oscuros). El nacimiento humano viene del deseo y causa un sufrimiento adecuadamente intenso para suscitar la voluntad de liberación, la cual es posible alcanzar con un método o una práctica (no de inmediato, como quiere el compulsivo y ansioso tiempo de estos días, sino luego de siete existencias, según dice el budismo, quien llama a esta operación “entrar en la corriente”).

           De ahí que los seres humanos tengan la obligación de reconocer los derechos animales. Quién sabe si la civilización posea tiempo histórico para lograrlo de un modo que vaya mucho más allá de la banal fiebre contemporánea de sobrehumanización de los perros, aquellos seres a los que efectivamente, según afirma la frase que se atribuye a Federico II, mientras más se conoce a los seres humanos más se les quiere. No tanto como se les idolatra en las ciudades por aquella función emocional que cumplen para los posmodernos y solitarios de esta hora, los de las relaciones líquidas.

          El péndulo social va a los extremos y buenas iniciativas parecen volverse parodias. Es más difícil amar a los seres humanos, lo cual no debiera ser excluyente para seguir amando a nuestras mascotas y avanzar hacia el respeto integral de toda forma viviente.

           Mientras leo este texto a Jonás, mi perro de raza solovino, me contempla con una cortés y cariñosa indiferencia. Luego se echa en posición de esfinge y se queda mirando al vacío. Ha retornado a sí mismo.

    Sumario:

    Tags:

    La conciencia animal. Los derechos animales.      

  • Péguese mi lengua

    Péguese mi lengua

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    1. Fernando Solana Olivares

    Es un escritor. Bajo esa palabra sagrada, se asoman múltiples oficios: subdirector del Museo de Arte Moderno en la época de Teresa del Conde, director de La Jornada Semanal y del suplemento y sección diaria de cultura de El Nacional; director del MACO en Oaxaca, activo editor en la Casa del Tiempo de la UAM, miembro fundador de Canal 22, profesor universitario en los Altos de Jalisco, ensayista y novelista sin par.

    Como ensayista, Solana posee una voz única porque a la vez que describe y analiza obras literarias tiene, al mismo tiempo, una mirada proveniente de su profundo conocimiento del budismo y de autores que se han cuestionado donde comienza la realidad. 49 y nueve movimientos es un libro extraordinario que describe los distintos estados de conciencia; Luna roja y Casandra se desvanece dialogan con la obra de Eduardo Subirats, porque, efectivamente, como diría Francisco Sánches, a plena luz caminamos a ciegas.

    En cuanto a las novelas, Parísgótica nos da cuenta de los recorridos físicos y literarios del narrador por la ciudad Luz; sus novelas oaxaqueñas nos remiten a su terruño y a sus orígenes; Hormiguero es una obra polifónica en la que, como en un coro griego, escuchamos las voces -disonantes, dolorosas, agresivas, conmovedoras- de los miembros de una comunidad cuyo eje es la violencia…

    Ahora nos entrega su más reciente novela.

    1. Péguese mi lengua

    Miguel Miramón fue uno de los niños héroes. Fue también el presidente más joven en gobernar nuestro país. Fue fusilado junto con el emperador Maxilimiano.

    Surge la pregunta indispensable: ¿fue un traidor a la patria?

    El narrador de la novela señala: “Técnicamente Miramón era un traidor; técnicamente Miramón no era un traidor”.

    Y es que el mismo hombre que apoyó a Maximiliano se negó a regresar con extranjeros para reconquistar México y dijo antes de ser fusilado en el Cerro de las Campanas: “¡Mexicanos! Protesto por la nota de traidor que se ha querido arrojarme para cubrir mi asesinato. Muero inocente de este crimen”.

    Miramón era un conservador y, como tal, conbatió al ejército liberal de Benito Juárez. Fueron los conservadores los que lo llevaron a la Primera Magistratura y… el resto es historia. Fue también una lucha entre el juarismo y la masonería yorkina y Maximiliano y la masonería escocesa (otra lectura del conflicto).

    En la novela aparece también Juárez, quien utiliza tácticas orientales para su resilencia: no moverse es la mejor estrategia. Y no se mueve ni conmueve ante los ruegos de Concha Marimón.

    Aparece el emperador Maximiliano- -ese inocente que creyó que sería admirado, aclamado y bienvenido por un pueblo extranjero- y su amante indígena, cuyo cuerpo recuerda, como en el poema de Cavafis, los amores que tuvo con “su Max”.

    Aparece por supuesto Carlota y su infinita peregrinación con las autoridades civiles y eclesiásticas -Napoleón y el Papa- para suplicarles que utilicen su poder para recuperar el Imperio. Pero la geopolítica ha cambiado y México ya no será un botín sino un problema. La negativa abre las puertas a la sinrazón. Así la describe Solana: “Esa noche se abrió el infierno. La rodearon trasgos entarascados con largas narices y hocicos de aves rapaces. Abrieron paso a una presencia que se anunció como el señor de la Disolución”. A partir de ese momento, Carlota y su locura sobrevivirían todavía muchos años en el castillo de Miramar. Será recordada por la canción que compusiera Vicente Riva Palacio: “Adiós, mamá Carlota, adiós mi tierno amor”.

    Aparece también la conciencia indígena, tan diferente a la nuestra: “Para los binnizá el tiempo descansa sobre una triada: el orden mensurable del movimiento, una esfera que todo lo abraza como imagen móvil de la eternidad; también era un movimiento que la conciencia intuía, de ahí su ritmo profundo, casi detenido, lentísimo: ahora es antes y también será después; y asimismo era la matriz que sostiene las posibilidades de lo existente, el espacio donde la conciencia actuaba sin saber por qué”.

        Aparece en la novela, como figura deslumbrante, Concha Miramón. Después del fusilamiento de Miguel, malpasó el resto de su vida y a los 81 años, 54 después de la muerte de su esposo, decidió escribir sus memorias. El narrador señala: “¿Cuántas veces se va representando la propia vida en un mapa cuyo diseño aparece desde el comienzo pero solamente se entiende hasta el final?

    Las últimas palabras de Concha Miramón fueron “Me voy acercando, alma mía”. Nunca lo olvidó. De allí viene el título de la novela de Fernando Solana Olivares: un amor sin olvido.

         Dice Pura López Colomé en el prólogo: “Si como dice Solana ‘un símbolo es aquello que se lanza para unir’, esta sangre verdadera también nos mueve a comprender al otro y compadecerlo, padecer con él. Llámese Maximiliano, Juárez o Miramón. Llámese Lear, enorme creación shakesperiana que sobrevuela esta novela, capaz de alzar la voz para conmover al universo: ‘Rómpete corazón, te lo suplico’”.

        Péguese mi lengua, de Fernando Solana Olivares, es una novela bella, profunda, triste. En la comparación con la icónica Noticias del imperio de Fernando del Paso, yo prefiero la novela de Solana. Me parece mejor. Sin embargo, mi opinión subjetiva es intrascendente. Lo que es cierto es que Solana está en plena madurez creativa, dueño de los recursos narrativos que ha ido puliendo desde que fue becario del Centro Mexicano de Escritores, discípulo de su tutor Juan Rulfo. Fernando Solana Olivares es un escritor mayor. Esta obra lo demuestra con creces. ¡A leerla!

    P.D. Péguese mi lengua será presentada el viernes 24 de octubre por Jorge Pech, Eduardo Subirats, José Antonio Lugo y el autor, a las 1900 horas, en el Museo de la Pintura Oaxaqueña de la ciudad de Oaxaca. Están cordialmente invitados.

  • Salinger y Nueve

    Salinger y Nueve

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    I.

    Al final todo hace sentido. La vida y la obra de J. D. Salinger son mucho más asombrosas y mucho menos truculentas y anormales de lo que se afirma. Es asombrosa su renuncia tajante a la fama, su repentina desaparición de la escena pública y su disposición de no publicar más. En 1951 había aparecido El guardián entre el centeno, una novela talismánica y profundamente influyente que hasta hoy ha vendido más de 65 millones de ejemplares, y en 1953 el libro Nueve cuentos, que agrupaba algunos de los publicados con gran éxito en The New Yorker. Luego siguió otra narración, Fanny y Zooey, y un cuento, “Hapworth 16, 1924”, publicado en junio de 1965 antes del inviolado silencio que guardaría hasta su muerte en 2010.

           Pero a la vez no es asombrosa su renuncia, su apartamiento, su negativa a publicar. Estas acciones fueron necesarias para dar lugar a su escritura misma, a lo que alcanzará desde ella. En la monumental aproximación a su vida y obra —que no se parece a una biografía y sin embargo lo es— de David Shields y Shane Salerno, Salinger, ellos concluyen que diez condiciones determinaron la vida de tal genio literario, quien escribió: “estoy en este mundo pero no formo parte de él”.

           Uno. Su anatomía, en la cual faltaba un testículo, circunstancia que lo avergonzaba mucho. Esa carencia está reflejada en su obra donde, como afirman los retratistas críticos, se sucede una y otra vez la obsesión de varones maduros por una sexualidad no genital. De ahí se infiere la intensa atracción que Salinger vivió por chicas muy jóvenes y sin experiencia sexual, con una de las cuales se casaría. Otras conclusiones a las que llegan Shields y Salerno son discutibles, como que aquel testículo ectópico fue también causa de su reclusión y apartamiento del escrutinio público. Dos. Haber perdido a la bella y joven Oona O’Neill y vivir la vida entera “colgado” de una relación no consumada. Tres. La guerra, en la cual experimentó cuatro campañas atroces y un descubrimiento desquiciante para el cual no tenía ninguna preparación, aquel “capítulo final de purificación espiritual”, el más patético y destructor espiritualmente posible, como afirmó alguien: el encuentro inesperado con el campo de exterminio nazi de Kaufering IV. Salinger, según los autores, convirtió sus heridas de guerra en un arco de violín para tañer su arte, pues fue la guerra la que al destruirlo lo creó. El propio escritor le dirá después a A. E. Hotchner que “el arte de la escritura es la experiencia magnificada”.

           Cuatro. Su conversión al vedanta hindú y su “resuelto” cumplimiento de las cuatro etapas que pregona ese camino: el aprendizaje, la vida familiar, el apartamiento y la renuncia al mundo. Dos fronteras cruciales determinan la vida de Salinger: el antes y el después de la guerra y el antes y el después de la religión, según afirman Shields y Salerno: “la guerra lo destruyó como hombre pero lo convirtió en un gran artista; la religión le ofreció consuelo espiritual tras la guerra pero destruyó su arte”.

           Esta última afirmación es equivocada, pues el genio narrativo de Salinger consiste además en transmitir literariamente contenidos religiosos sin que ellos preponderen sobre el vehículo empleado, sobre la literatura como tal, sin degradarla estéticamente, y es de creerse que su arte nunca resultó destruido. Muestra de ello es Nueve cuentos, tema de esta nota. Y también las obras escritas por Salinger que serán publicadas de manera escalonada entre 2015 y 2020.

           Cinco. Después de interpretar unos años con cierta buena voluntad el papel de un hombre que había dejado atrás la pesadilla de la guerra y regresaba a su natal Nueva York, la atmósfera laica y materialista de la ciudad resultó insoportable tanto creativa como existencialmente para Salinger, quien se marchó a Cornish y allí pasó solitario las dos últimas décadas de su vida, dedicado a prácticas espirituales (que la distancia ignorante de los biógrafos ante el tema reduce a un: “preparándose para el otro mundo”) y escribiendo una obra que sería póstuma por decisión expresa —decisión que contiene la renuncia al fruto del acto: publicar, pero no al acto mismo: escribir.

           Es el “como sí” que la deidad Krishna le requiere a Arjuna, el Hamlet indio, quien duda antes de entrar al combate: entregarse a la circunstancia por completo, con la máxima impecabilidad posible. Aquellos fueron sus “años de trabajo”. Propenso al retraimiento, ahora Salinger se retrajo más. Entonces creció el mito.

    La sexta condición propuesta por los biógrafos Shields y Salerno para intentar explicar lo inexplicable, el genio literario de Salinger, consiste en el cumplimiento de la segunda etapa entre las cuatro que predica el credo del vedanta al que se convirtió el escritor de El guardián entre el centeno: la vida familiar. Aun sin contar con un temperamento propicio para ser marido o padre, Salinger cumplió formalmente esa etapa, la cual describe en alguno de sus cuentos con una perfección literaria contradictoria con el imperfecto y ausente modo de vivirla que tuvo. Esa paradoja tan común en el drama humano del escritor: poder escribir sabiamente sobre lo que no se logrará vivir con satisfactoria normalidad.

           La séptima condición es un mero énfasis de la anterior: los hijos. Salinger tuvo dos que según los biógrafos representaron la mejor encarnación posible de partes distintas de sí mismo: Matthew y Margaret. El hijo reverente y agradecido, devoto del padre y ahora administrador del patrimonio de Salinger y del proceso de publicación de sus textos inéditos. La hija rebelde, crítica del padre y confrontadora, cuyo libro de memorias, El guardián de los sueños, es descrito como una canción de amor desgarrada de la hija al padre en 450 páginas, la cual “no importaba: él estaba a millones de kilómetros de distancia, en su torre”.

           Y la octava circunstancia, la obsesión de Salinger, tanto en su obra como en su vida, por las jovencitas al borde de la sexualidad: “un mundo físico edénico, una sexualidad anterior al Pecado”, anterior al tiempo atroz de la guerra que convierte todos los cuerpos en cadáveres. Traumas, culpas por haber sobrevivido, inconsciencia deseada y no obtenida, concluyen Shields y Salerno, para casi saldar así el mapa emocional de Salinger.

           Son las últimas dos condiciones, la reclusión y el desapego, las que acabarán de construir el fenómeno de esta existencia tan singular. En palabras de Paul Alexander, Salinger era un ermitaño que coqueteaba de cuando en cuando con el público para recordarle que era un ermitaño. La retirada del mundo, etapa final del vedanta, también representa la estrategia publicitaria perfecta: si era invisible para la gente, podría estar en todos los lugares de la imaginación pública.

           Esta afirmación de los biógrafos, cínica y utilitaria, sugiere que Salinger instrumentó para su beneficio literario la religión a la que se convirtió. Shields y Salerno transcriben lo que señala Margaret, la hija, al exponer el desapego, la última condición de las diez mencionadas para explicar al autor de Nueve cuentos:

           “Siente desapego por tu dolor, pero Dios sabe que el suyo se lo toma con una seriedad mortal”. Margaret acabó dándose cuenta, como escribe en sus corrosivas memorias, que Salinger, contra todas sus declaraciones y escritos, era un hombre sumamente necesitado de atención. Se trata una vez más de la frágil reputación de los muertos, además de una interpretación posmoderna desacralizante, signo de la época, que no atiende lo sustantivo, lo único verdaderamente sobreviviente: la obra del autor.

           El genio narrativo de Salinger consiste en un arte de la sustracción mediante el cual quien elabora una historia que conoce en todos sus detalles, aun aquellos pormenorizados y minúsculos, no la cuenta así sino habiéndola sintetizado. Todas las cargas ocultas y los sentidos implícitos de una narrativa que sólo muestra sus conclusiones, como si se tratara de un lienzo en el cual los fondos y las veladuras que se han ido untando en capas no aparecen delante de la mirada y sin embargo no dejan de ser parte definitiva de la obra. De tal manera, el volumen de Nueve cuentos comienza con una narración ejemplar e incomparable, “Un día perfecto para el pez plátano”, y cierra con la deslumbrante pieza “Teddy”, donde se muestra la capacidad estética de Salinger para integrar con inesperada naturalidad temas orientales y metafísicos en un horizonte ajeno hasta entonces a la irrupción de ese sincretismo, un poderoso signo cultural de la época.

           “Las mejores obras de Salinger no son buenas. No son muy buenas. Y no son magníficas. Son perfectas. ‘Perfectas’, sin embargo, no es necesariamente el mayor elogio que se les puede hacer”, escribe David Shields. Dicha perfección es una virtud irrevocable pues el lector está dentro del texto en cuanto inicia su lectura. La voz narrativa se dirige a él, como si hubiera estado esperándolo: él está en el cuento, él mismo es el cuento. Él es quien lo escribe mientras el cuento lo escribe a él. Él es Salinger, Salinger es él.

  • Márai, Bodor, Krasznahorkai

    Márai, Bodor, Krasznahorkai

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    1. Hungría

    A mediados del milenio pasado, durante siglo y medio, el reino de Hungría estuvo desmembrado en tres partes: la occidental, bajo los Habsburgo; la central, con la ciudad de Buda en poder de Turquía, y la oriental, Transilvania, principado autónomo (hoy Transilvania pertenece a Rumania). Esto nos da una idea de la compleja riqueza cultural de lo que fue la mitad del Imperio Austro-Húngaro. 

    Entre los autores húngaros más conocidos están los filósofos Gyorgy Lukács y Arthur Koestler, el novelista Stephen Vizinczey, autor de En brazos de una mujer madura, muy leída en México, e Imre Kertész, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2002, cuya obra se inscribe en la “literatura del apocalipsis”. Habría que destacar también a los cineastas István Szabó y Béla Tarr, así como el pintor Brassaï. 

    Hoy nos referiremos a los tres escritores más importantes de las últimas décadas. 

    1. Sándor Márai

    Después del fin de la Segunda Guerra Mundial, los escritores húngaros tuvieron que elegir entre la sumisión y el exilio. Márai se exilió en los Estados Unidos. Es autor de novelas formidables: El último encuentro, que describe cómo dos viejos amigos que conformaron un triángulo con la esposa de uno de ellos, cuarenta años después se dan cuenta de que ninguno de los dos tuvo las agallas para hacerla feliz; La mujer justa, una novela dividida en tres partes, que describen al hombre pequeño burgués, a su mujer que comparte esos valores y a una campesina arribista. Como en la vida nadie deja de ser quién es, el resultado es desgraciado para los tres. Destaco también La amante de Bolzano, que describe la llegada de Giacomo Casanova a esta ciudad, para encontrarse con un viejo amor y su anciano esposo, donde ella le demuestra a Casanova que es muy bueno para conquistar a cualquier mujer, pero es incapaz de amar. 

    1. Ádám Bodor 

    Debo a Héctor Orestes Aguilar, que anduvo dando clases por la zona del Imperio Austro-húngaro, haber leído El distrito de Sinistra, de Ádám Bodor, un escritor que escribe en húngaro pero que nació precisamente en la comunidad húngara de Transilvania.

    El personaje Adam Bodor -homónimo del autor- viaja al distrito de Sinistra a la búsqueda de Béla, su hijo adoptivo. Todo es amenazador e irreal. Una combinación de un bosque con niebla y el mundo opresivo de Kafka. Le retiran el pasaporte, no lo dejan moverse ni regresar; nada tiene sentido. Al final de la obra, su hijo accidentalmente se prende fuego: “Le ardieron hasta las uñas, le chisporrotearon la punta de la nariz y las orejas, estallaron sus bolsillos. Aún tuvo tiempo de ver a los curiosos que se congregaron a su alrededor, de comprobar la indiferencia vidriosa de sus miradas”. 

    1. Lázlo Krasznahorkai, Premio Nobel de Literatura 2025

    En su discurso al recibir el Premio Formentor, subrayó “el poder transformador de la literatura y su capacidad para reconfigurar el mundo”. Evocó con gratitud las influencias literarias que lo han guiado, mencionando a autores como Franz Kafka, Thomas Pynchon, y Fiódor Dostoyevski, así como a poetas y narradores húngaros como Attila József y Péter Hajnóczy. Destacó que el acto de escribir es, ante todo, un compromiso con la búsqueda de lo inefable. 

    He leído Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río, cuya trama tiene lugar en el sur de Kioto. El protagonista es el nieto del príncipe Genghi -sí, el de la novela de Murasaki Shikibu y el del cuento de Madame Yourcenar-. “La mirada del príncipe Genji impresionaba, en efecto a quien podía verlo. Era la confirmación en la realidad de que la sensiblidad humana, la solidaridad y la compasión, la discreción y la buena voluntad, el tacto y la humildad, la excelsitud y la vocación para grandes metas poseían un mundo en la tierra”. 

    1. Los premios Nobel de literatura.

    Están los que no ganaron: Tolstoi, Kafka, Pessoa, Musil, Proust, Musil, Joyce, Nabokov, Yourcenar, Durrell, Borges, Dinesen…

    Están los que sí y lo merecían, como Thomas Mann, por citar sólo uno. Están los que “ni fu ni fa” y ni los mencionaremos.

    El premio sirve para celebrar a quien lo merece y todo mundo conoce (Gabo, Vargas Llosa) o para difundir a estupendos escritores (Tocarczuk, Kraznahorkai, Fosse) que sin el premio no serían traducidos a muchos idiomas -o lo harían más lentamente-.

    Hay que leer más libros del ganador de este año. Es en primer término un premio personal. Es también una celebración de la cultura húngara, heredera del Imperio Austro-húngaro, que a principios del siglo pasado refulgió como uno de los momentos más luminosos de la cultura occidental. 

  • Cantos de la vejez (Fragmento)

    Cantos de la vejez (Fragmento)

                                       

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Para Diana, cuando se va

                                                     I.

    Está perseguido por la desgracia y muy cansado. Él mismo personifica la decadencia sobre la que podría escribir. La escritura es un desdoblamiento, fractales que se tocan sin descanso, se multiplican, se ponen a decir. Entonces el titán, Giovanni Papini, escribe en su diario un trece de abril: “A los sesenta y cuatro, cuando otros acaban, yo empiezo. Veo claro sólo ahora, cuando estoy perdiendo la vista”.

           Ha ido ya desde aquella fantástica pluma de los inicios escrita al dictado del diablo, según dijo un crítico que lo llamó “envenenador de ti mismo y los demás”, hasta la extraña conversión al cristianismo, explicada por varios debido a su ansia de absoluto y de verdad. Su adherencia al fascismo de Mussolini, los honores que recibe y luego la repulsa final, el silencio que sufre por su pasado colaboracionista al fin de la guerra.

           Ha vivido la destrucción de su casa en Bulciano, de la cual huye cargando el extenso manuscrito del Juicio Universal, que al final quedará inconcluso. Se ha alojado en un convento y desde ahí debe rescatar los libros de su biblioteca. Después irá a Florencia, se le diagnosticará parálisis progresiva y morirá. Son sus diarios los que dan cuenta de esta marcha hacia la metamorfosis o hacia la nada, como se quiera imaginar.

           Un 7 de octubre Papini anota: “Me entristece el pensamiento de que ya no podré escribir, de que ni siquiera podré acabar las obras ya comenzadas o próximas a su fin. El pensamiento aún está vivo —o me lo parece—, pero la mano ya no es dócil, y yo soy reacio a dictar. El pesar de no poder escribir se añade a la humillación de no poder caminar”.

          Inicia entonces la verdadera vejez, la odiosa vejez, como el escritor la llama. Está medio ciego, un poco sordo, no lo sostienen las piernas, cojea, no puede leer, caminar o fumar. Las primeras líneas de un escritor (quien sobre todo es una escritura) concluyen entre las finales. El circuito, un ouroboros, cierra con el comienzo de lo escrito, en una relación de inicio/final.

           Y sin embargo la vejez de un sabio, salvando la impiedad, a veces se anticipa a lo que consagra el Corán: “Hemos quitado tu velo, y hoy tu mirada es penetrante”. Papini es descarnadamente crudo, documental, porque la ácida mirada de esos días últimos también puede contener una lacerante claridad.

           “La vida está hecha de errores y renuncias —anota—. En la primera mitad los errores son más numerosos que las renuncias. En la segunda mitad siempre abundan los errores, pero crecen continuamente las renuncias. Solamente la extrema renuncia —la muerte— cierra para siempre la serie de errores”.

           El titán se siente herido por las ráfagas del tiempo y en los últimos saldos de sus días no cuentan ya los dones solares de sus obras memorables. Tampoco, según parece, el amparo abrigador de la fe. La vida sólo se aferra a sí misma como un impulso instintivo, y Papini sufre un grave desconsuelo en medio de su amarga lucidez. Los sufrimientos no han sido todavía peldaños hacia el esclarecimiento. Queda tiempo aún, suficiente para agonizar. Ágon: máximo esfuerzo final.

           La última entrada que Papini pudo hacer por sí mismo en su diario dice: “10 de marzo. He pasado largos meses de melancolía y sufrimiento. Lo he soportado todo con la esperanza de sanar. Me han pinchado centenares de veces y me han dado masaje a brazos y piernas. Pero no puedo caminar sin ayuda ajena, y mi mano derecha a duras penas puede sostener la pluma”.

           Quien creyó haber vivido tan profunda como ingenuamente las ilusiones pudo ver, al final, el engaño, dijo de sí mismo el autor. Es perturbador: ¿de cual engaño habla? La vejez, una oscura debandada, una catarsis, un refinamiento existencial. ¿O una falsificación?

                                                    II.

    En una preclara introducción a Schopenhauer, Franco Volpi menciona la biblioterapia (lectura profunda de los clásicos en su idioma original) y la escritura diaria, atendiendo la recomendación de Plinio el Viejo: “Nulla dies sine línea”, como dos técnicas básicas “del dominio y la administración de la vejez” que el filósofo pesimista pone en práctica.

           Otras técnicas para ello provienen de epicúreos y estoicos. Van desde la redacción de un libro de reglas y principios sobre la conducta y la prudencia, que debe memorizarse porque servirá al modo de aquel maletín que el cirujano lleva consigo, hasta la reflexión sobre los males futuros (el Praemeditatio malorum latino), no para hacerse desdichado antes de tiempo sino para saber que no se trata más que de sufrimientos pasajeros que culminan en la liberadora Meditatio mortis, la meditación para la muerte que mediante la sabiduría se propone atenuar el dolor del fin.

           La edad antigua consideró la comprensión de la vejez y con ella de la muerte como la esencia de la reflexión filosófica. Aunque pueda parecer paradójico dada su radical definición acerca de la vida: algo que no es bello sino oscilante entre el tedio y el dolor, Schopenhauer se adscribió a la tradición literaria del Ars bene moriendi contenida en escritos antiguos y patrísticos, una filosofía práctica del cuidado de sí mismo, complementaria del arte del bien vivir que la filosofía enseña.

           Esta tradición hace una analogía entre las edades de la vida, las estaciones del año y las partes del día. Toda equivalencia o analogía es un multiplicante del sentido, una semiosis del entender. Dicha escuela recomienda vivir la vida como si contuviera una vida entera. Epicteto, una lectura frecuente de ese budista extraviado en Occidente que fue Schopenhauer, afirma a su vez que la muerte sorprende al zapatero cosiendo zapatos, al escultor modelando una figura y al marinero surcando el mar.

           La incógnita a resolver —similar al planteamiento budista theravada del último pensamiento que se tendrá al morir— es la actividad en la que se desea ser sorprendido por la muerte (este autor desearía ser tomado por ella mientras escribe). Un suceso así representa la debida conclusión de una vida completa y razonablemente feliz, un término que Schopenhauer reconocerá en los últimos años de su existencia, cuando una serena felicidad derivada del sosiego y el contentamiento llegue hasta él.

           Décadas de sombra e invisibilización intelectual, de ser ignorado por la filosofía académica, de ediciones no vendidas y cátedras casi vacías están concluyendo por fin. Su fama como filósofo se corona en Europa. La hermosa y joven escultora Elisabeth Bey modela su busto y el de su perro Atman, al cual amaba más que a los seres humanos, y el misántropo pensador se dulcifica en su proximidad.

           “En otro sentido se puede decir asimismo —escribe quien definió a la especie como la única en la creación que obtiene placer al infligir dolor a sus semejantes— que los primeros cuarenta años de nuestra vida suministran el texto; los treinta siguientes el comentario de este, el cual nos instruye en la comprensión de su verdadero sentido y cohesión, así como también de su moral y todas sus sutilezas”.

           El pensador que daría lugar a la modernidad existencialista lo mismo que a la budiatría occidental, entendía ahora la etapa última de la existencia como una cosecha, un comentario por fin comprendido, incorporado al ser, como “la alegría de quien ha soportado los grilletes por mucho tiempo y se mueve ahora libremente”.

           A la distancia se contemplan la seducción, el deseo, la exaltación y hasta el dolor. Esa sosegada tranquilidad es “la condición y lo esencial” de la felicidad que puede alcanzarse en la vejez. La conclusión de Schopenhauer es simple: “Se debe envejecer de una forma elegante, lo demás viene dado”.

           La vejez o un arte del ser que surca el tiempo, de aquel que existe en el mundo como voluntad y representación.

                                                           III.

    La primera pregunta fue: ¿cuántos años tiene? También podría ser la última, porque si la edad de la postulante rebasaba una cierta cifra, ni siquiera sería considerada para la vacante en Historia del Arte. Este semestre no se había podido ‘ofertar’ esa materia, como ahí dicen, por falta de maestros.

           Esa indagación dio cabida a otras: ¿cuál es la edad máxima de los maestros de asignatura, como era el caso, quién lo decidió, con qué criterios?

           Vinieron las respuestas, esta gente siempre tiene explicaciones: sí porque sí. Treinta y cinco años máximo. Lo decidió el más reciente formato de procedimientos burocráticos dictado por la central del departamento de personal universitario, invadiendo atribuciones académicas y actuando con criterios empresariales.

           Y no, la joven funcionaria no conocía los criterios que fundamentaban la decisión. Ninguna razón, sólo un nuevo ucase expedido desde el escritorio de un agente de la racionalidad, la rentabilidad o la competitividad: palabras epistemológicamente equivocadas en el tiempo terminal de ahora, cuando la erosión de un sistema mundo y en medio de una perspectiva apocalíptica. Lo que gusta es la mediocridad, escribió Montherlant, porque nuestros jueces se reconocen en ella.

           La siega social de la erradicación de los viejos, la evaporación de su saber y experiencia, su invisibilización pública, los convierten en parte de la población prescindible que el neoliberalismo exige. La mayoría de las personas se definen existencialmente por su trabajo, pero al perderlo y no poder encontrar otro se desdefinen, dejan de ser. La vejez es una desdefinición.

           La experiencia significa el tránsito de una negatividad —el pensamiento ilusorio— a una positividad —la realidad tal como es. Yo actúo, decía el áspero Schopenhauer, según la sentencia de Bías: la mayor parte de los hombres son malos. ¿Qué hacen los viejos en la sociedad sin trabajo, sin tener ocupaciones propias o representar alguna utilidad ajena? ¿Qué le sucede a una sociedad cuando mutila la continuidad en la memoria de sus integrantes, cuando niega la comprensión del pasado en el presente, la función enlazadora que representan los viejos? ¿Qué pasa cuando juvenilia, la compulsión por ser y lucir joven, se convierte en un tóxico artículo de fe?

           Mientras más viejo más libre, clamaba Saramago. Entonces mientras más libre, más radical. Importa y a la vez no importa. Pero como la dureza económica no parece remitir o atemperarse, habrá que considerar la amarga medicina de tres saberes: saber ser pobre, saber ser solo, saber ser viejo. Y aceptar para uno mismo la vida propia como una aparición episódica, aleatoria, combinada y desigual.

           Todo consuelo espiritual sirve para lograrlo, desde luego, pues la poca ciencia de la juventud aleja, y lo vivido, la mucha ciencia que en la vejez amansa, vuelve a llevar. El Dhammapada afirma: “Contemplad este bello cuerpo, masa de dolores, montón de grumos, trastornado, en el que nada persiste”. El cuerpo no deja de ser el templo del alma ni la vejez un tránsito hacia otro plano.

           Lo anterior debió ser considerado en aquel instante mientras la primera pregunta quedaba preguntada: ¿cuántos años tiene? La joven aspirante a impartir la materia tenía veintiocho años, pero de tener más ni siquiera una acreditada experiencia docente habría hecho que la tomaran en cuenta. No porque no.

           Los viejos debemos evaporarnos, pasar a otra dimensión. La de la sabia indiferencia. La del sosiego. La de la confiada vejez.

  • Nuestro sennin

    Nuestro sennin

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Guárdate de lo que deseas, porque alguna vez se cumplirá. Guárdate de lo que lees, porque sin darte cuenta lo repetirás. Guárdate de lo que imaginas, porque un día podrá hacerse cruda realidad. Le ocurrió a Balzac, entre otros, quien en su lecho de moribundo, después de veinte años de trabajo pantagruélico y noventa novelas publicadas, reclamaba delirante la presencia de algún médico extraído de su Comedia Humana —la inmensa narración de la cual fue un amanuense predestinado—, antes que aceptar los habituales auxilios del galeno Nacquart, su viejo y fiel amigo.

              Aunque conserva similitudes con ésta, la anterior es otra historia: se trata de un artista cuyo inconsciente materializa las creaciones de su fantasía, pues tanto la vida vivida como la vida escrita resultan ser, las dos, existencia idéntica. Esto comenzó debido a un cuento del escritor japonés Ryunosuke Akutagawa que di a leer a mis alumnos: Sennin. Por molicie propia o por desinformación ajena llevaba varias sesiones explicando al grupo a mi cargo esa condición que se requiere para comprender todo fenómeno estético: la suspensión temporal de la incredulidad. 

              Mis alumnos son hijos de la época y están educados por las imágenes visuales planas, así que suponen que la verosimilitud aparente es una condición necesaria de la verdad. Les encantan los efectos especiales y se muestran reacios en aceptar que un mero decorado escénico basta para aludir suficientemente a cualquier situación. Han perdido, si alguna vez la tuvieron, aquella capacidad de convocar imágenes en ausencia que llamamos imaginación. Como fuere, me hicieron el favor de leer la historia del sirviente Gonsuké.     

              Los alumnos supieron entonces que un sennin es, conforme a la tradición china, un ermitaño sagrado que tiene poderes mágicos como el de ascender por los aires y disfrutar de una larga y plena longevidad. Espectadores, que no lectores, de Harry Potter y de El señor de los anillos, consumidores de superhéroes televisivos de toda laya que realizan cualquier suerte de milagros metafísicos, la condición fantástica de alguien capaz de volar por los aires o vivir durante siglos no perturbó gran cosa su principio de realidad. 

             Lo que les chocó, en cambio, fue el sentido final del cuento de Akutagawa y la manifiesta credulidad de Gonsuké, su protagonista, el cual, conducido arteramente por el empleado de una agencia de colocaciones, se compromete a trabajar como criado sin paga alguna durante veinte años en una cierta casa para, finalizado ese lapso, recibir de los fraudulentos patrones, un médico hipócrita y su abusiva esposa, la revelación de los atributos extraordinarios que ansía obtener. 

              Transcurren los años y el hombre trabaja sin descanso, ajeno a cualquier queja auto conmiserativa y lejano a toda desconfianza lógica. Cuando al fin el extendido plazo se cumple y Gonsuké solicita la revelación del secreto, la mujer, una vieja arpía, contrariando las alarmadas advertencias del médico, lo hace subir hasta la punta de un alto pino en el jardín de la casa y le exige soltar la última rama donde apenas se sostiene. En aquel instante ocurre el súbito prodigio, el criado queda suspendido sobre la nada como una marioneta pendiendo de hilos invisibles, y de esta manera cuenta Akutagawa el desenlace: “—Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin —dijo Gonsuké desde lo alto. Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más arriba, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes”. 

              Lo anormal para los estudiantes no fue la conclusión del relato: Gonsuké flotando por los aires, sino sobre todo el medio que el sirviente había empleado para alcanzar la incuestionable convicción de convertirse en sennin. ¿Fe ciega o estupidez divina? ¿Azar arbitrario o providencia ignota? ¿Exageración poética o terca perseverancia que vence al destino? ¿Metáfora de un comportamiento o textualidad de una situación? Después de ventilarse en clase las escépticas dudas de una generación como ésta, tan sentimental lo mismo que racionalista, ahíta de mentiras socialmente aceptadas pero adversa, por reflejo mental, a cualquier cuestión no comprobable mediante el consenso de los prejuicios heredados, pedí que se hiciera al respecto un ensayo reflexivo. O razonado. O cuando menos, esforzado.

              Algunas lecturas me han hecho saber que el género del ensayo está emparentado con la palabra latina gustus, que significa cata, gustación o probadura, y designa además aquella arriesgada tarea que antaño se cumplía para saber si los alimentos de emperadores y reyes estaban envenenados o no. Acaso ensayar el gusto siempre entrañe un peligro potencial. Prohibí, como anacrónicamente lo hago, consultar Internet para cumplir el encargo, y fijé la fecha de entrega de los trabajos.

              Nada relevante encontré en ellos hasta ahora, cuando una escritura manuscrita, sin que lleve prólogo digresor o introducción contextual, recién me informa: “Estimado maestro, yo fui sennin. Más bien, yo fui ese Gonsuké que se convirtió en sennin. Podría decirse que conocí al escritor japonés que lo contó aunque precisamente ahora no lo recuerde, pero sí todo lo demás expresado en esa historia. Con una modificación: nada de eso ocurrió en Japón sino en mi propia casa, donde mi madre es la vieja arpía y mi padre el culero doctor…”. 

              Aún cavilo si calificaré con diez al sorprendente redactor.

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