Morfema Cero

  • Salmos ante un auditorio vacío

    Salmos ante un auditorio vacío

    TA MEGALA

     Fernando Solana Olivares

     I.

    Fechas púdicas y secretas. O tan evidentes que se vuelven invisibles. ¿Dónde se esconde lo que no quiere ocultarse? A la vista de todos. ¿Dónde debe decirse lo que no ha de escucharse? En medio de las multitudes.

    No hay respuestas sino preguntas. Aunque algunos justos que sostienen al mundo aún se empeñan en encontrar posibilidades. “Unificar y, por lo tanto, santificar”, escribe un autor desesperado —toda escritura es desesperación; comunicar, hacer común, proviene de un acto de angustia, pero en la neolengua de estos días el término se reemplaza por compartir, ofrecer meros pedazos, partes separadas de un todo.

    Un hombre sabio propuso un sistema de rectificaciones. Sus objetos, el yo, esa hipótesis inútil, y la conciencia como propósitos minúsculos de la persona; el lenguaje, que de ser orientativo se volvió descriptivo; el cuerpo separado de la mente y la mente descarnada del cuerpo; la oposición entre el intelecto y la emoción; el acento puesto en el conocer como algo opuesto al conocimiento.

    Dijo más: la pérdida del sentido de la unidad, aparte de ser un error epistemológico, representa sencillamente una equivocación estética. También corrigió: no pienso y luego existo, sino porque existo puedo pensar. Después guardó silencio.

    El grado de realidad de un ser depende de la unión de sus partes. Pero el dios tutelar de los tiempos posmodernos es Xipe-Totec, el Desmembrado. A su lado reina Némesis, cuyo motivo es la retribución, el castigo de la presunción humana. Y además Ghede, aquel señor de los muertos en la mitología vudú que reanima a los cadáveres como zombis, anomalía tan festejada en estos días.

    Una atmósfera de coliseo, convertida en la carpa mediática de la sociedad del espectáculo y el entretenimiento (ominosa palabra: ¿entre que ocurre qué?). Una gradual y creciente sumisión del pensar ante la fe y la autoridad, el miedo y la incertidumbre, ante el estado de contingencia en que se vive la vida. Una sustitución generalizada del conocimiento por la creencia —no es casual que se diga “yo siento” en lugar de “yo pienso”.

    Crisis de la educación, vacuidad de las humanidades antropocéntricas, empobrecimiento del juicio crítico, pensamiento complejo sustituido por el fast think del no pensamiento. El mundo neomedieval o la historia que regresa. Ayer fue la Iglesia la única fuente del conocimiento. Hoy lo son las redes sociales de la enajenante videoesfera, cuando todos se abisman en el embrujador rectángulo que llevan en la palma de la mano. Las estrellas miran hacia abajo, la gente también.

    La flexibilidad analítica, la curiosidad mental, la ambigüedad de lo real, ¿qué se hicieron? No sentimos pasar mudos los años, tampoco la súbita erosión de un mundo cuyas certezas, así fueran ilusorias, se han evaporado. Desde la filosofía griega comenzó esa fragmentación. El cuerpo se convirtió en la cárcel del alma y dejó de ser su templo. Entendíamos el Logos como razón unificada. Aquella mayúscula inicial no existe más.

    En la fase declinante de una civilización es cuando suena con mayor estruendo el tambor de la autocomplacencia. La crepuscular hegemonía orwelliana del imperio anglosajón, divulgadora urbi et orbi del pensamiento único y la clausura de las ideologías, va destruyendo los mínimos e inestables equilibrios de la época mientras el estrépito de su nihilismo narcisista se desliza hacia el abismo de la guerra termonuclear, de la inteligencia artificial deshumanizante y el colapso ecológico terminal. Cuando se contempla el abismo éste contempla a quien se asoma a él. ¿Dónde se imparten lecciones de abismo para no caer?

    Las evidencias no existen. La nube del control ideológico está hecha de percepciones inducidas, sentimientos sobre estimulados, reducciones maniqueas y manipulaciones informativas. Su ámbito es el de la opinión. Yo soy mis opiniones, afirman los últimos hombres. Los ciudadanos han sido reemplazados por los consumidores, usuarios terminales de sí mismos. Los paradigmas conceptuales agonizan. ¿Qué es lo real? Aquello que se repita una y otra vez como tal. Lo advirtió la Reina de Corazones de Alicia: “Ya te lo dije tres veces. Entonces es verdad”.

    Verbosidad hueca, fragmentos de fragmentos, nunca totalidades. El saber se ahoga entre baratijas de nombres herméticos. “¡Basta de mamemas, estamos hablando de arte!”, clamó el maestro ante una avalancha de deconstrucciones, literaturidades y narratologías avant-garde ajenas a aquel Uno en el Todo que hasta el siglo XVII prevaleció en Occidente como un principio cognitivo: sólo relaciona, el mundo es una matriz vinculada y todo mirar es rodear un objeto. La raíz lingüística de la palabra “red” sostiene al vocablo “realidad”. La inteligencia aspiraba a comprender: las palabras eran perspectivas. De ahí la cancelación contemporánea de los sinónimos. Toda degradación comienza por el lenguaje. Aquel pensar bien, sentir bien, decir bien, ya no es necesario. El mutismo síquico y conceptual de estas horas finales no lo requiere. Como quedó escrito en un epitafio poético, ahora la inteligencia es una soledad en llamas.

    “En el principio fue la palabra”, establece el Evangelio de Juan, texto fundacional. Hoy el libro tutelar promulgaría “En el principio fue la imagen”. Digitalizar es un instrumento de descomposición o recomposición mediante el cual todo conjunto o contenido puede ser manipulado y mezclado. Para el homo videns ninguna realidad es estable o definitiva sino relativa, intercambiable, banal, aburrida y fugaz. Está roto en pedazos el contrato entre las palabras y el sentido, entre su significado estable y el mundo que nombraban. Advino el fin de las grandes narrativas y el lenguaje dejó de abarcar la experiencia humana como lo había hecho hasta apenas ayer. Un koan apócrifo mexicano lo sintetiza: “Agárrense de la brocha, porque les vamos a quitar la escalera”. Y nos la quitaron.

    Cuenta Scholem en su mística judía que cuando Baalschem realizaba una obra secreta en beneficio de los hombres iba a un rincón del bosque, encendía el fuego, se concentraba en la meditación, decía las oraciones y todo se cumplía. En la generación posterior, el Magidd de Meseritz debió hacer lo mismo y fue al rincón del bosque. No pudo encender el fuego, aunque dijo las oraciones y su ruego le fue concedido. En la siguiente, el rabino Leib de Sassov llegó al rincón del bosque sin lograr encender el fuego y habiendo olvidado ya las oraciones. Sin embargo, conocer aquel rincón del bosque resultó suficiente. En la última generación, Israel de Rischin reconoció que no podía llegar al rincón para encender el fuego ni decir las oraciones. Pero contó la historia y tuvo el mismo efecto milagroso de los tres rituales anteriores. Hoy ignoramos el rincón del bosque, la ceremonia del fuego, las oraciones. Y ya no podemos contar la historia. Las civilizaciones perecen por omisión.

    La impaciencia nos expulsó del paraíso, la impaciencia nos impide volver a él, afirma Kafka. El lenguaje mutilado ignora dicho aforismo, la moraleja que contiene, las lecciones que ofrece. Invisibilidad. De ese aforismo se derivó la historia de Bailey, lector de aquél: “Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta”. Un escritor tardomoderno hizo la variante actual: la mujer ha muerto, todos han muerto, nadie toca a la puerta. Invisibilidad.

    II.

    En el Mahabaratha se menciona la primera fecha de la última edad. Fue en la medianoche del duodécimo día de la guerra de Kurukshetra, cuando los ejércitos se negaron a detenerse en el crepúsculo para orar y siguieron matándose hasta el amanecer. De los millones de hombres en combate sólo sobrevivirían doce, ocho de un bando y cuatro del otro. Es entonces que comienza la última etapa del ciclo, el Kali-Yuga, la edad oscura. Anunciada no por la sangrienta batalla sino por la omisión del rezo y el recogimiento, goznes rituales que hacían del tiempo una vinculación de los hombres con el orden espiritual. Aquella oración vespertina simbolizaba la pertenencia a una totalidad. No era una preceptiva moral sino la celebración diaria de un sentido integral más allá de lo contingente. Cuando los ritos pierden sus virtudes se vuelven cascarones vacíos y los seres humanos se ven librados a sí mismos. El tiempo queda disuelto en el espacio. Surge el dominio de lo mensurable, el reino de la cantidad. Lo separado.

    Dejó de importar el por qué de las cosas ante el incuestionable es así de las mismas. En ese crepúsculo aciago la correlación reemplazó a la causalidad. De ahí en adelante contarán los efectos y no las causas. No interesa más lo real verdadero, la demostración, único criterio de la verdad. A partir de entonces nada es cierto, todo está permitido. Sólo existe lo que se toca. El mundo ignorará los tantos mundos que están en éste. El mundo será solamente su superficie. Edad triste-triste, le llaman los jainas. Comenzó entre el 5561 y el 3137 antes de la era cristiana. Es el tiempo del desorden, la etapa del utilitarismo más bajo. El descenso de un cuerpo sólido que acelera su caída hasta chocar.

    Signos sobre signos. La propuesta fue asumida como una extravagancia más entre tantas que surgían durante la cruenta mutación de la Revolución Francesa: la Entrada a la Casa de Plutón, una abertura monumental simbólica que daría acceso a una cámara interior excavada varios metros bajo tierra, propuesta por el arquitecto Lequeu a Robespierre. Nunca sería construida pero bastaba su intención para establecer el inferus privador, antes abajo y ahora en el mundo, que someterá a los seres humanos, sus convocantes. Fue la apertura de un portal sellado o el preludio de un proceso que iría creciendo hasta el dominio de los dioses sicóticos. Las masas se postran ante los demonios y el Anticristo está henchido de ilusiones.

    Nos hemos hecho pobres, observó Walter Benjamin hace casi cien años, porque hemos ido empeñando un pedazo tras otro de la herencia humana por cien veces menos de su valor, sólo para obtener la miserable y pequeña moneda de lo actual.

    La deificación del hombre se formuló en el Renacimiento y su ideal fue simbolizado por Fausto, el mago que mediante los poderes dados por Mefistófeles a cambio de su alma obtendría omnipotencia sobre la naturaleza para utilizarla a su antojo. Así escaparía del reino de la necesidad. ¡Oh, paradoja! La deificación del hombre que condujo a la aniquilación del hombre.

    III.

    ¿Cómo ha de decirse que todo está terminando? Casandra ya lo hizo y nadie le prestó atención. ¿“Despéñate, torrente de la inutilidad”, según proclamarían los malditos tranquilos sentados al margen de las mareas? ¿O más bien: “Oigan, ya todo se terminó”, conjugando la noticia terminal en pasado perfecto de indicativo? Al anunciarlo deberá aclarase que este ahora último que se dice comenzó ayer.

    A pesar de cultivar “la absurda superstición de lo nuevo”, Occidente está enamorado de su propio final. La raíz escatológica se arraiga en un dios que comienza la creación y la acaba por el mismo motivo: crear a los seres humanos en medio de la naturaleza para que lo adoren y canten sus alabanzas y luego destruirlos cansado de su propia creación. Un dios niño que juega cruelmente. Y aunque las ideologías liberales prediquen el tiempo continuo, aquella flecha surcando el tiempo y el espacio por toda la eternidad, el progreso incesante del racionalismo, cuando el dios del Génesis manda que se haga la luz implícitamente dispone el comienzo de su contrario: la clausura de la luz. Texto, subtexto, metatexto.

    El mundo —escribirá Walter Benjamin al comentar una sentencia de Karl Kraus: “El origen es la meta”—, visto como garantía que contiene un retorno al Paraíso perdido, un tikkun o enmienda mística, una apocatástasis o surgimiento de lo pendiente en el presente para resolverse, una restitutio ónmium o restablecimiento del equilibrio, es una mera deriva, una desviación, un rodeo. Oxímoron: la flecha no es más que un bumerán.

    La escatología occidental consuma la historia. La visión cíclica del Oriente concibe el fin de un mundo, el fin de una ilusión, como el instante postrero cuando se produce una corrección que inicia otra vez el tiempo mitológico antes que el tiempo histórico, aquel que aparecerá conforme la sociedad de los hombres vaya apartándose de ese momento inicial. Diferencias de grado: terminar o volver a comenzar. Así la historia es la glosa del alejamiento, de la densificación. La pertenencia no tiene historia. Tal es la caída y la expulsión. A partir de entonces diremos: yo.

    Toda enfermedad está compuesta de tres posibilidades: homeostasis, curación, agravamiento. La segunda es imposible para la época, la primera está ontológicamente cancelada, la tercera conduce a una conclusión: todo lo compuesto ha de perecer. Bienvenida la catástrofe. Por ello Pablo, el profeta estupefacto, suspiró y dijo: “Señor Dios, ¡ten piedad de tu creación, ten piedad de todos tus hijos, ten piedad de tu imagen!” Dios nunca respondió.

    IV.

    Según un conocido pasaje de Sören Kierkegaard, el fin del mundo ocurrirá cuando un payaso salga a escena e interrumpa la función para informarle al público que un fuerte incendio se ha declarado tras bastidores. Los asistentes reirán entre aplausos. El payaso lo anunciará de nuevo, ahora gritando y haciendo aspavientos. El público se mostrará todavía más contento y alborozado. “Así creo que se irá a pique el mundo —advirtió el filósofo en el siglo XIX—, en medio del júbilo generalizado de las sabias cabezas que creen que se trata de un chiste”.

    —Mejor vámonos de aquí.
    —No hay a dónde ir.
    —Pero ya llegó Godot.
    —¿Dónde está?
    —Yo soy Godot.

    Opciones. Entrar cantando a la hoguera igual que entre los cátaros lo hacían los Perfectos. Saber que el sistema mundo no tiene remedio pero estar empeñado en cambiarlo. Hacer caso del consejo de Shiva a Arjuna y actuar como si la vida tuviera sentido, como si el combate lo tuviera, como si la escritura también. Distinguir entre la verdad convencional y la verdad última, de acuerdo con el budismo. Saber qué y quién no es infierno, hacerlo durar y darle espacio. Preferir que el fin de los tiempos nos pille bailando. Comprender que no hay comprensión posible para aquello que por naturaleza es incomprensible. Dejar el error ajeno donde está. Saber que sí porque sí, que no porque no, que sí pero no. Olvidar todas las opciones.

    Esta vez no habrá quien escuche el anuncio. Un hombre saldrá detrás del telón para contemplar un auditorio vacío. “El incendio todo lo destruyó”, dirá con voz neutra, inexpresiva. Hará una caravana a la nada y volverá por donde vino. Después el teatro colapsará. Lascas crepitantes serán el último sonido que se escuche.

    Y luego todo volverá a comenzar, en un nuevo inicio donde la esperanza será otra vez.

  • Un deceso, una exposición, un catálogo

    Un deceso, una exposición, un catálogo

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    1. Roger von Gunten

    Ha muerto en estos días uno de los sobrevivientes de la Generación de la Ruptura. Suizo de nacimiento, hizo de México -y de los colores de nuestro país- su verdadera patria. Apenas hace un par de años una exposición retrospectiva en el Museo de Hacienda de la Ciudad de México celebró su trayectoria. Pintó los dibujos que ilustran “El gato”, el famoso cuento de Juan García Ponce, mismos que podía uno disfrutar en la sala del escritor y crítico de arte. Sobre von Gunten, García Ponce escribió: “En Roger von Gunten la pintura vive como una pura manifestación de lo visible, pero el verdadero carácter de esa visibilidad se centra en el hecho de que a través de la mano del pintor el orden que su mirada crea está lleno de sentido. Es un orden que nos muestra lo que el mundo puede ser, lo que el mundo nos puede entregar una vez que su realidad se abre ante el poder de la mirada”. 

    1. Exposición sobre el poema “Muerte sin fin”

    En la casa Jaime Sabines, los curadores Perla Arroyo, Rodrigo Garza Arreola, Gabriela Eugenia López y Luis Ignacio Saínz proponen la exposición “La muerte y los muertos en la poética de José Gorostiza” que es también un homenaje a Francisco Castro Leñero e Irma Palacios.

    Gorostiza es autor de uno de los poemas señeros de nuestra literatura “Muerte sin fin”, que así termina:

    “Desde mis días insomnes

    mi muerte me está acechando,

    me acecha, sí, me enamora

    con su ojo lánguido. 

    ¡Anda, putilla del rubor helado,

    anda, vámonos al diablo!”

    Los artistas convocados a reaizar una obra sobre este tema conforman una enorme lista. Menciono a Manuel Marín, Perla Arrroyo, Guillermo Arreola, Guylaine Couttolenc, Ilse Gradwhol, Lenka Klobásová, Irma Palacios, Mónica Dower, Saúl Kaminer, Jazzamoart, Paloma Torres, Francisco y José Castro Leñero, Gustavo Monroy, Nunik Sauret -a quien deseamos pronta y total recuperación-, Fabiola Tanus, Rodrigo Garza Arreola y un largo etcétera.

    La capacidad de convocatoria trajo como respuesta una cascada sin fin de obras, dibujos, pinturas, estampas, arte objeto, esculturas, que abarcan lenguajes y miradas distintas y complementarias: “!Oh sí, como una semilla enamorada que pudiera soñarse germinando…”.

    1. El catálogo de Miguel Covarrrubias

    En días recientes se acaba de presentar en la ciudad de México el catálogo sobre la exposición de Miguel Covarrubias en el Palacio de Iturbide que reunió y exhibió Fomento Cultural Banamex.

    Miguel Covarrubias (1904-1957) fue un dibujante singular que realizó espléndidas piezas sobre el jazz y los negros en Harlem. Fue también nuestro Gauguin, dado que se fue a vivir a Bali y dibujó cuerpos polinesios; además de cartógrafo y museógrafo. A su regreso a México, se dedicó a la danza desde la Coordinación de Bellas Artes. Personaje multifacético, como muestran los ensayos de Antonio Saborit y de Alberto Dallal, entre muchos otros textos que reúne este libro espléndido. 

    Llenarnos la vista con los colores de la paleta de Roger von Gunten; asistir a la mirada de algunos de los mejores artistas plásticos contemporáneos en nuestro país sobre “Muerte sin fin” de Gorostiza y recordar a Miguel Covarrubias  -por la exposición y por el catálogo-… Son pequeños formatos que nos permiten vencer la incertidumbre que nos rodea. La belleza es el antídoto contra la estulticia, la fealdad y la violencia. 

  • El sentido de la noche

    El sentido de la noche

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

     Un autor infrecuente, Nicolai Berdiaev, escribió hace años que humanismo, racionalismo e individualismo constituían desarrollos y posibilidades de un impetuoso proceso que iba llegando a su fin y se aproximaba al anochecer. A un mundo impregnado de oscuridad, como diría algún comentarista, a aquel “abismo privado de nombre” cantado por el poeta, o a esa noche del filósofo, “dispensadora de palabras esenciales”, cuando los ojos de la conciencia velan y se aguza el oído de la mente que aguarda el desenlace. 

           Para el pensador de origen ruso exiliado en París después de la revolución bolchevique, todas las señales alrededor suyo atestiguaban la entrada colectiva a una era nocturna. Que sería necesaria, consideraba, a pesar de su despiadada violencia y cruel desigualdad, para transitar desde las tinieblas actuales hasta el amanecer de un nuevo periodo histórico.

           En tal visión cíclica —cuatro edades del ciclo, y ésta la última: Kali yuga, la edad oscura—, y por el hecho de corresponder a una de las últimas fases, la época actual debe, antes de concluir, agotar las posibilidades más inferiores que hay en ella. Ese desorden predominante y múltiple contendría un orden futuro que nadie puede percibir todavía (los desórdenes existentes, afirma el punto de vista tradicional, no son tales sino en la medida en que se contemplan en sí mismos y de forma separativa).  

           Pero por ahora, los seres humanos hemos entrado a un porvenir desconocido, cuyo signo es la incertidumbre, lo inesperado, la evaporación de las certezas. Y a diferencia de otros momentos —los seres humanos siempre han vivido porvenires desconocidos— no lo han hecho llenos de entusiasmo creador como al comienzo de esta época, sino debilitados, desorientados, vacíos y sin fe. A pesar de que este crepúsculo vaya envuelto entre los brillantes, pero vacuos envoltorios tecnológicos de la sociedad del espectáculo y el consumo (“Amo mis juguetes”, dice un adulto vuelto niño en un reciente anuncio orwelliano sobre la última versión del último teléfono inteligente), a pesar de eso su condición concluyente se evidencia en todo aquello que la Biblia llama signos de los tiempos: la noche de la humanidad.  

           Berdiaev consideraba que la dominación de la máquina había destruido la estructura secular de la vida humana, antes orgánicamente vinculada con la vida de la naturaleza y ahora desprendida de ella, fragmentada, escindida. En el organismo cósmico —del cual los seres humanos somos integrantes, aunque la civilización actual no pueda comprenderlo— las partes están vinculadas al centro, son dependientes de él.  

           Un organismo es más que la suma de sus partes y una máquina solamente está hecha de partes. Y cuando ellas se desprenden, se independizan de ese centro vinculante del cual provienen, insensiblemente se someten a una naturaleza inferior, como sucede ahora donde lo material es el máximo valor, el dinero representa una deidad universal y todo lo orgánico se va mecanizando. El Estado-máquina, la condición-máquina crecen sin cesar y son nocturnas.

            “Vendrá la noche y es mejor obedecerla”, dice una línea de Shakespeare. ¿Qué hacer, pues? ¿Lamentarse, dormirse, asustarse, desvelarse? ¿Es posible vivirla de tal manera que sea un tránsito hacia algún amanecer? Esta última opción no supone corregir la historia del momento. No es una alternativa sociologizante o masiva, sino sobre todo significa una acción personal. Y no se realiza entre los otros si no sucede antes en el interior de la persona. La revolución psicodélica de la conciencia de hace cincuenta años proclamaba eso, que la verdadera (y primera) revolución era personal. 

           En tal clarividencia sonaban ecos budistas introducidos por los beatniks en aquella de contra cultura utópica del siglo anterior, otro más de los últimos bienes humanos perdidos. En ella puede haber un instructivo para ayudar a transitar por la noche civilizacional y moverse, así sea mentalmente, a una libertad desconocida. 

          La noche se equipara a la vejez. Mientras más viejo más libre, mientras más libre más radical. Es un juego mayúsculo: buscar el sentido de las cosas entre acontecimientos que no tienen sentido. Noche, vejez, radicalidad: pueden ser ciertas condiciones de la levedad y el desprendimiento, de creer que sí importa y a la vez aceptar que no importa. Es un juego de contrarios que se desdramatizan uno al otro y ponen en condición de mirar el gran teatro del mundo cuando la noche crece. 

  • Carta a un editor español

    Carta a un editor español


    Colaboraciones

    Carta a un editor español 1

    Eduardo Subirats

    Preludio

    Quiero contarles hoy un chisme, una patraña. Pero que es también un síntoma de la regresión cultural llamada a establecerse globalmente a través de una variedad de instancias administrativas del conocimiento, y a través de las propias palabras. Su protagonista es un joven editor madrileño que se encaprichó con mi ensayo Una edad de destrucción, aparecido en la revista electrónica colombiana Crisis y crítica y, más recientemente, en el primer número de un Almanaque literario editado en México.2 El editor en cuestión pretendía publicarlo de manera inmediata junto con otros ensayos breves. Pero a la hora de revisar las galeradas me asombró con una serie de exigencias de limpieza lingüística dictadas en nombre de la Real Academia Española. Primero traté de negociar sus rectificaciones y depuraciones, y de corregir de algún modo sus enmiendas, pero a medida en que releía el manuscrito me convencía de la fiscalización irreversible de sus alteraciones. Finalmente opté por escribirle una carta de despedida.

    Carta a un editor español

    Vaya por delante, mi querido editor, el más cariñoso agradecimiento por sus comentarios de estilo a mi manuscrito Una edad de destrucción.3 Algunos de los párrafos que usted consideraba confusos los he corregido. Sin embargo, sus rectificaciones no me han parecido siempre pertinentes. 

    Quiero expresar en primer lugar mis disculpas. La vida errante de un hispano-germano entre París, Berlín, Nueva York, México y São Paulo, y casi siempre fuera de España, quizás explique mi tendencia a introducir expresiones cotidianas comunes en el lenguaje internacional. Los slums, slogans y stars, y los flashes, bestsellers y alibis, que usted condena sumariamente como anglicismos, son algunas de esas palabras comúnmente usadas en cualquier país, incluso en España. Expresiones como “por todo remate”, que usted dictamina como un mexicanismo por las mismas razones que mis amigos mexicanos podrían esgrimir contra sus sucedáneos madrileños como castellanismos, son asimismo expresiones individuales de alguien que está más en casa en México, Colombia o Brasil, que en un Madrid castizo y casticista que censura mis libros, mis críticas y mis ideas por extravagantes. 

    No desearía que viera en estos comentarios un ataque personal contra las normas de edición de su casa editorial. En realidad, todas las editoriales españolas “importantes”, es decir, dotadas de un poder de expansión comercial sobre América Latina, limpian sistemáticamente sus obras de hispanoamericanismos. Un escritor mexicano me llegó a confesar incluso que esta suplantación de las voces latinoamericanas por sus supuestos sinónimos madrileños, la realizó una prestigiosa editorial española sin siquiera pedirle su consentimiento. Esta rancia práctica imperial se legitima hoy democráticamente para que todos, tanto peninsulares como hispanoamericanos, puedan comprender el ensayo o la novela en cuestión. Lo que supone, y no tengo que subrayarlo, confundir la democracia con la masificación y la uniformización lingüísticas. Y no sólo lingüísticas. Tampoco tengo necesidad de recordarle que semejante “limpieza”, esgrimida como el más alto valor de la Real Academia de la Lengua Española, ha sido, desde su misma fundación por la lexicografía de Antonio de Nebrija, un postulado programáticamente racista y un principio gramatológicamente colonizador.

    En numerosas ocasiones iza usted la bandera del Diccionario de esa Real Academia como suprema autoridad y dueño incuestionable de las palabras que pueden o no pueden pronunciarse con plena legitimidad. A este propósito tengo que mencionar a Carlos Subirats Rüggeberg, un lingüista innovador que ha publicado al respecto algunos comentarios jocosos. Cito un párrafo a título de ejemplo: “Haciendo propia la herencia del nacional-catolicismo, la Academia define ‘protestante’ como persona ‘que sigue el luteranismo o cualquiera de sus sectas’. Y por si al lector le cupiera alguna duda sobre la cerrazón de dicha definición, la Academia insiste de nuevo en la entrada luteranismo, que define como “secta de Lutero”. Asimismo, es fantástico constatar que la sacrosanta Institución define “alma” tal como enseñaban los frailes del siglo XVI: “sustancia espiritual inmortal”. 

    Más adelante, mi hermano, que obviamente ha acabado en el exilio de la International Computer Science Institute de Berkeley y vive en Canadá, se refiere a la pintoresca definición de la voz “mendrugo” en ese mismo diccionario: “pedazo de pan duro o desechado, y especialmente el sobrante que se suele dar a los mendigos”. Y no solamente subrayó el desprecio por la realidad lingüística y multicultural que atraviesa tanto al español como al hispanoamericano (que ese diccionario sigue tratando como un dialecto colonial), sino también su obediencia ciega a las tradiciones nacionales más vetustas: este moderno Diccionario simplemente había reproducido la susodicha definición de mendrugo de un Diccionario de Autoridades del siglo XVIII, sin añadir ni un acento, ni una coma. 

    En fin, para hacer breve la historia sólo mencionaré un inventario improvisado de ausencias, en la edición de 2002 de ese Real diccionario, que Carlos Subirats puso de manifiesto en un libro precisamente titulado Intransiciones. Su repertorio incluía las palabras acientífico, antialérgico, antiterrorista, celulitis, circularidad, clasificable, destacable, enfatización, entreno, finalización, fluctuante, hinchable, indisociable, iniciático, karaoke o lanzamisiles, y un interminable etcétera. Sin lugar a dudas, estos comentarios se refieren a ediciones pasadas y es posible que algunos de esos extravíos lingüísticos hayan sido subsanados a raíz de su protesta. La cuestión que ésta levantaba no reside, sin embargo, en la serie de sus ostensibles ausencias y definiciones polvorientas. El problema subyacente a este Real diccionario es su anacronismo estructural, que lo convierte en un testimonio ejemplarmente decrépito entre los grandes diccionarios comerciales de la lengua española. 

    Sin embargo, usted me acaba de descubrir otra ausencia no menos significativa: lo mistérico. “Esta palabra no existe en el Diccionario…” ha sido su veredicto. Y no tengo más remedio que aceptar su institucional condena contra la mera existencia de dicha palabra. Pero debiera usted recordar que el cristianismo imperial romano y bizantino acabó con los cultos mistéricos de Eleusis a sangre y fuego. Y ese baluarte del nacionalcatolicismo que es la Real Academia pretende desterrar también su diabólico nombre, para borrar para siempre la memoria religiosa de esos sagrados misterios.

    Debo añadir que una de sus correcciones me ha hecho sonreír: la substitución de mis “humanos” por sus “personas”. En rigor, ambas voces no pueden considerarse como simples sinónimos. Soy plenamente consciente de que recordar el bello concepto latino de humanus en las provincias de Castilla es chocante: se tiene por costumbre suplantar patriarcal y sexistamente lo humano por los “hombres”, una palabra que incluye a las mujeres sin necesidad de mencionarlas en un acto de reducción lingüística que emula el Génesis bíblico. Usted, para sortear ese entuerto, opta por sus “personas”. Sólo que en latín esta palabra designaba a las máscaras teatrales y en la filosofía moderna europea define específicamente a un sujeto moral. Y yo no me refiero en mi ensayo ni a sujetos morales ni a sus mascaradas, sino a los millones de humanos exterminados en la sucesión de holocaustos que recorre la sangrienta historia de la civilización occidental.

    Entre sus correcciones he encontrado otro detalle interesante: su obsesiva españolización de los nombres de ciudades mundiales, de Dresde a Pequín, y desde Calcuta a la misma Nueva Jersey dónde yo vivo. De nuevo le ruego que no se tome esta apostilla como una diatriba personal. Pero siento la misma aversión a un trueque tan gratuito como innecesario de nombres propios y personales, que al de nombres de ciudades. Puede ser que algún español se tragara la “n” final de Dresden, ya sea por descuido, ya sea por torpeza muscular de su lengua, e inmediatamente después se impusiera el resultante error fonético como Ley lingüística de obediencia absoluta: la española ciudad de Dresde. 

    Los ejemplos son abundantes y me pregunto qué sentido tiene hoy usar nombres diferentes para las mismas cosas, ciudades y regiones enteras, compartidas por una comunidad global y en inglés como su lengua franca. Para cualquier individuo situado en un aeropuerto de Moscú, São Paulo o Shanghai el significante Dresde no tiene significado alguno. La situación se extrema todavía más en el espacio virtual de la comunicación electrónica. 

    Esta obsesión de hispanizar ciudades es un anacronismo colonial, bajo cuyo poder de falsificación lingüística adulteró, cuando no eliminó, los nombres de ciudades sagradas, como Tenochtitlán o Kosko, desfiguró la denominación de regiones enteras como la península de “Yucatán” (una alteración del enunciado maya para decir que no se comprendía la pregunta que hacía un conquistador cualquiera por el nombre de su civilización y su tierra, rigurosamente pronunciada en la lengua de Castilla), e impuso nombres arbitrarios a naciones enteras como Perú, sin otras razones que las de un puñado de conquistadores que en una playa de Tawantinsuyo, que significaba las cuatro partes del universo, interrogaron a un  “indio occidental” que respondió por su nombre propio, Pelú, y por el nombre del río Berú, en el que estaba pescando. No en último lugar, este mismo principio de limpieza lingüística permitió suplantar impunemente los nombres de los dioses y las diosas de América: la profundidad ctónica de la Gran Madre Coatlicue por una celestial Virgen de Guadalupe, por recordar un caso sonoro. 

    Me duele tener que repetirlo: esta obsesión de cambiar, imponer, unificar y normalizar los nombres de las cosas cuando no se tiene la capacidad de comprenderlas, ni tampoco de definirlas, constituye la fórmula mínima del anacronismo.

    Pero quiero pedirle mil perdones por molestarle con esos reparos, que sin lugar a dudas usted considerará desechables y superfluos. Además, deseo expresarle de nuevo mi agradecimiento por sus correcciones gramaticales y sintácticas, y su interés por publicar Una edad de destrucción, un ensayo del que nunca hubiera imaginado que pudiera despertar interés alguno por parte de un editor español. Sin embargo, tengo que observar en mi defensa un concepto realmente importante desde el punto de vista del proyecto intelectual que recorre este ensayo: una nueva ética y estética, y una nueva epistemología reflexiva y crítica que defino con el nombre de esclarecimiento: un concepto que tampoco nombra su ilustre Diccionario.

    Así como la lengua jurídicamente adueñada por la Real Academia Española sustenta la mala costumbre de no pronunciar las ciudades por su nombre propio, así también asiste y secunda la traducción al castellano de los nombres de reformas en el pensamiento y la cultura a los que el mismo tradicionalismo que ella sustenta les cerró violentamente el paso con inquisiciones y una variedad de supresiones y exilios, y con un reiterado ninguneo a lo largo de los siglos. Humanismus y Reform, Enlightenment y los Droits de l’homme, Liberalism y Open society… son algunos de esos nombres vertidos al castellano por signos que en la “Realidad histórica de España” (por recordar al exiliado y ninguneado historiador español Américo Castro) carecen rigurosamente de referentes gracias a sucesivas y eficaces estrategias de “limpieza” teológica, política y también lingüística. 

    Uno de estos nombres, precisamente el más importante desde el punto de vista de una definición rigurosa de modernidad, es Aufklärung: una palabra germánica que usted corrige en varias ocasiones como aufklärung, con minúscula inicial, probablemente con la venia de ese mismo Real Diccionario. Dicha Aufklärung con mayúscula nos conduce al argumento principal de mi ensayo Una edad de destrucción que usted pretendía publicar.

    La palabra Aufklärung tiene grabada en su memoria etimológica el simbolismo apolíneo de la claritas grecolatina, cultos milenarios al sol y el fuego que remontan al lejano Oriente, así como diferentes expresiones de la espiritualidad hindú, budista e islámica, vinculadas a la luz. El principio moral e intelectual de esta Aufklärung es el gnōthi seautón, el“conócete a tí mismo”, que todavía hoy corona el Templo de Apolo en Delphi. Su principio racional de soberanía subjetiva lo formuló Kant cuando redefinió el Sapere aude de Horacio en los términos Habe Mut dich deinen Verstand zun bedienen…  Ten el ánima y el aliento de servirte de servirte de tu propio entendimiento”.

    Pero escribo en español, y ni en Castilla, ni en la Península Ibérica, ni tampoco en sus colonias o excolonias americanas ha existido una reforma del pensamiento filosófico y político que sustentara este principio de autonomía y autorreflexión que definió paradigmáticamente el proyecto intelectual de la Aufklärung. En uno de mis libros más extensos, Memoria y exilio (obviamente censurado por las más distinguidas editoriales y los más distinguidos intelectuales españoles), dedico un largo artículo de casi cien páginas a demostrar que el referente de lo que los hispanistas legitiman como “ilustración” del español siglo XVIII no es conceptualmente equiparable al esclarecimiento formulado por el filósofo cordobés e islámico Ibn Rushd (Averroes) en el siglo XII, o por escritores y filósofos modernos como Leibniz, Lessing o Kant. Y allí también pongo de manifiesto que la misma palabra “ilustración” es equívoca, puesto que designa el lustre del que se han revestido los pensadores oficiales españoles de ayer y de hoy, esos “picos de oro” que grabó sarcásticamente Goya. Y allí también pongo de manifiesto el ocultamiento precisamente bajo el brillo y lustre del oropel y las candilejas ilustrados, las luces de una razón que esa misma cultura ha desechado como el peor enemigo de un sacrosanto orden político y teológico autoritario hasta las mismas puertas del siglo veintiuno. 

    Por decirlo con palabras llanas: las culturas hispánicas son ilustres, lustrosas y muy ilustradas, pero nunca han asumido un proceso de esclarecimiento en el sentido de la máxima del templo de Apolo y la definición de Aufklärung formulada por Kant. Y ahora usted pretende rebajar nominalistamente el centro conceptual de mi ensayo, es decir este esclarecimiento sobre la actual crisis civilizatoria, escamoteándolo bajo una trivializada “ilustración”, y pretende hacerlo con la sola justificación de un anacrónico diccionario al que usted rinde culto y pleitesía como única e incontrovertible autoridad gnoseológica, moral y política.

    Además, usted soslaya y elude por el mismo procedimiento gramatológico mi crítica de la modernidad. Concretamente trata de menguar mi pregunta por el sangriento vuelo del ángel de la historia a través de un continuum de holocaustos, y del Holocausto nuclear de la humanidad como coronación genocida del Leviatán moderno. Sí, Holocausto nuclear con H mayúscula. Un término que tampoco existe en su diccionario.

    En cambio tiene muy a bien ensalzar a los patronos de la Iglesia, y en una frase en la que resumo la continuidad discursiva del antihumanismo de Loyola, el racionalismo ascético de Descartes y la identidad de conocimiento y dominación de Bacon (una tesis que desarrollé en mis años de estudiante en mi ensayo El alma y la muerte), usted rompe el ritmo necesariamente uniforme de estos tres nombres al distinguir al primero de ellos con el prefijo de “Santo”, o sea todo un “San Ignacio de Loyola” junto a los nombres distintivos del enlightenment o la Aufklärung que siglos atrás constituyeron el núcleo de la conciencia europea. Todo ello con la finalidad irreflexiva e inconsciente de que yo asuma el supremo postulado antiesclarecido que representan las cartas sobre el principio de autoridad absoluta que en su día santificó el fundador de la Compañía de Jesús.

    El último argumento que usted esgrime para justificar esa limpieza, normalización y unificación nominales, y sus implícitas rebajas y achatamientos conceptuales, es la fluidez del estilo, el buen escribir y un limpio castellano. Con ello invoca usted sin percibirlo la gran tradición española de los “picos de oro”, de los “eruditos a la violeta” y de los “asnos ilustres” que en su día ridiculizaron tres destacables intelectuales del siglo XVIII español: Goya, Cadalso y Blanco White. 

    Admito que no es fluido hablar de Holocausto nuclear: más bien es chocante, conflictivo, brutalmente violento respecto a la corriente neutralización nominal y mediática del genocidio genético que la moderna guerra representa para la vida humana, animal y vegetal del planeta. De este Holocausto no se puede hablar, ni tampoco pensar, y precisamente gracias a que ustedes prohíben su nombre. Y para un español nacional-católico hablar de esclarecimiento en lugar de alabar su celebrada ilustración resulta extravagante, puesto que le obliga a reflexionar sobre una historia cultural que no ha conocido ninguna de las reformas que ha atravesado la Europa moderna: un humanismo expulsado por judaizante; la Reforma perseguida a sangre y fuego por la Inquisición; la ciencia y el esclarecimiento, desechados como teológicamente aberrantes; y la propia democracia, cuyo lamentable espectáculo de decadencia hoy es ostensible en las expresiones más comunes de la civilización moderna, lo mismo orientales que en occidente, y pese a todas sus diferencias. 

    Repito mi agradecimiento por sus correcciones. E insisto en que no pretendo herirle personalmente con estos comentarios que usted considerará oscuros, abstrusos y enredados. Incluso doy por bueno que mis distinciones conceptuales harían ininteligibles mis argumentos contra el nuevo totalitarismo electrónico y corporativo, y en definitiva perjudicaría la venta y el consumo de mi ensayo sobre nuestra edad de destrucción ecológica, financiera y militar. Pero debe reconocer también que no se trata de una mera cuestión de sustituir unas palabras por otras. Son maneras diferentes de ver la realidad que sus respetables correcciones nominales no respetan. 

    Y se trata, y no en último lugar, de ritmos vitales. Usted me redondea los verbos, la puntuación, frases enteras. Desecha las sentencias tensas, los contrapuntos dramáticos, la composición desencajada de una escritura que desea esclarecer un mundo desvertebrado, fragmentado y destruido. Y si Usted no puede asumir esas diferencias como editor yo prefiero quedarme con mi edición colombiana y mexicana, que no ha pasado por los rigores de esa irreal Academia de la Lengua y su dogmático desprecio por la libertad de las palabras.

    Epílogo

    No me queda otro remedio que justificarme frente a Ustedes y frente a la ciudad letrada española por una afrenta tan agresiva como la que he acabo de leerles. Menciono, además, a esta “ciudad letrada” no solamente en memoria de otro voluntario olvido, el de uno de los máximos críticos de la sociedad y la literatura latinoamericanas en el siglo XX: Ángel Rama. Subrayo esta “ciudad letrada” como categoría central de la teoría crítica contemporánea y del rechazo de una élite hispánica que a lo largo de su breve historia ha ignorado todo principio de independencia intelectual y muy raras veces ha puesto en cuestión la continuidad del poder colonial. Con grandes excepciones, confortablemente censuradas, como la de Simón Rodríguez y José María Blanco White. 

    Pero sólo puedo legitimar mi osada desobediencia al orden gramatológico que representa esa Real Academia con lo que tengo a mano, es decir, mi propia relación intelectual vis-à-vis el llamado “problema” de España. Y como tengo que dar por descontado que ese problema ha sido evaporado por sucesivas generaciones de letrados para quienes tanto la realidad histórica de España como la de Hispanoamérica nunca han entrañado problema alguno, tengo que añadir unas palabras explicativas. Ese “problema” de España fue un eslogan bajo el que una serie de voceros protofascistas, de Maeztu y Azorín a Unamuno y Ortega, plantearon el colapso de la conciencia imperial española a raíz de la pérdida de sus últimas colonias americanas, la subsiguiente desvertebración de su unidad política, el derrumbe de la monarquía nacional-católica y una sucesión de regímenes políticos regresivos. 

    No me queda mucho tiempo hasta el cierre de esta conferencia y por consiguiente seré muy breve. Mi primer descubrimiento, cuando era estudiante de filosofía, fue que España no había experimentado un esclarecimiento científico, ético y político en el sentido de la Aufklärung alemana o Les Lumières francesas. Sólo conoció los rigores de una restauración absolutista y una prorrogada Inquisición. Tampoco pudo experimentar una Reforma religiosa, sino precisamente una Contrarreforma y sus subsiguientes guerras contra los poderes reformistas centroeuropeos. La monarquía española tampoco conoció un humanismo secular en el sentido de Erasmus, Bruno, Spinoza o Goethe, sencillamente porque el poder de la Iglesia católica veía en ello una amenaza a su oscuro monopolio ideológico y político. En consecuencia, escribí un ensayo titulado La ilustración insuficiente. Fue, por así decirlo, mi primer gesto de protesta desde mi exilio de la España franquista en Berlín occidental. Posteriormente, en un libro que la censura eclesiástica española hizo destruir, El continente vacío, puse de manifiesto la teología política de la colonización de América. Por último, tengo que mencionar la colección de ensayos que mencionaba en la carta: Memoria y exilio. En esta obra reviso todo lo que puede revisarse de la historia de la decadencia hispánica: desde la extirpación sistemática de la diversidad lingüística, religiosa y étnica a lo ancho de sus colonias en África y América, hasta la teología política de la obediencia absoluta al sistema moral del imperialismo cristiano formulado por Loyola. 

    Con ello llegamos a nuestro punto de partida. Llegamos a los chismes y los síntomas de una regresión de la masa encefálica humana llamada a perpetuarse globalmente a través de una variedad de instancias administrativas, mediáticas y también académicas. Y llegamos a nuestra pregunta final sobre los dueños jurídicos de nuestras palabras. 

    Que las palabras poseen dueños, administradores, vigilantes físicos y electrónicos, sistemas de vigilancia e instancias de legitimación parece un sólido fundamento para nuestras precarias existencias. Pero la palabra libre, la palabra poética y los conceptos filosóficos recorren otras veredas que los diccionarios reales y la academia muerta. Son los caminos y las veredas de las memorias perdidas y del silencio que envuelve a las palabras. Son, como un día me escribió la poeta argentina Ana March, “el batir de alas de un misterio ancestral que se cuenta un cuento a sí mismo mientras pasa de cuerpo en cuerpo su delirio milenario”.4 El mismo destino recorre la palabra reflexiva y el concepto filosófico, si es que alguna vez reflexión, filosofía y poesía pueden segregarse como estamentos independientes.

    Gracias por su atención.

    1 Carta leída en el Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 10 de septiembre, 2015. 

    2 En 2016 fue publicado en forma de libro: Una edad de destrucción, México, Fineo, 2016.

    3 E. S., Una edad de destrucción: http://cvisaacs.univalle.edu.co/crisisycritica/

    4 Ana March, en un e-mail del 10 julio de 2015. 

    La “Carta a un editor español”, fue enviada en un e-mail el 9 de julio de 2015. La presente edición ha sido alterada en algunos detalles de estilo. Su versión original puede encontrarse en: http://infoling.org/elies/?t=ir&info=InformacionGeneral&id=49&r=180#.Vawd9rfLCCQ

    He mencionado en esta carta dos libros que entre tanto han encontrado editores: Una edad de destrucción fue publicada por la editorial mexicana Fineo, y Memoria y Exilio ha sido publicada en su cuarta edición por la Universidad de Guadalajara, México. 

  • Sobrevolando la etnología

    Sobrevolando la etnología

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    1. Saúl Millán y Alejandro Rossi

    Hace muchas décadas, Rossi decidió dirigir un taller literario a través del Instituto Nacional de Bellas Artes. Los elegidos -después de una convocatoria y un concurso- fuimos Fabio Morábito, Mauricio Carrera, Saúl y yo. Durante un año Rossi nos torturó/asombró con su buen ojo literario y su erudición. Después, mantuvimos con él una amistad que perduró hasta su muerte. A Saúl, Rossi le ofreció un trabajo que no aceptó -había decidido dedicarse a la etnología- y que -según se relata en los primeros tomos de los Diarios de Rossi, editados minuciosamente por Malva Flores- aceptó Juan Villoro. Décadas después, Millán ha publicado un par de libros de relatos literarios y muchos más de etnología, ya que es profesor/investigador de la ENAH y miembro del Sistema Nacional de Investigadores.

    1. Ontologías indígenas: visiones comparadas de la alteridad

    Su más reciente libro (INAH/FCE 2024), si bien es un texto dirigido principalmente a los etnólogos, la buena prosa de Millán lo vuelve accesible a los profanos. Manifiesta que la idea perspectivista -que convierte a la visión indígena en un punto de vista, una mirada- debe ser sustituida por una ontología, toda vez que se trata de una cosmovisión inherente, sustancial.

    De hecho, el historiador Guilhem Oliver, especialista en Mesoamérica e investigador del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, señala que: “Al adoptar el término ‘ontología’ Millán precisa que se trata de un ‘sistema conceptual que distribuye las propiedades de los seres, un marco dentro del cual está autorizado un pensamiento y con él, las teorías sobre el universo que les son inherentes’. Considerando que la cosmovisión o visión del mundo ‘no es una característica exclusiva de los seres humanos’, el autor propone que su estudio debe integrar los puntos de vista de todos los actores, no solamente los de los seres humano, sino también los de los animales y de las divinidades”.

    A partir de esa concepción, el libro de Millán se dirige hacia el problema teórico de la alteridad, no sólo entre los antropólogos occidentales versus la antropología indígena -que va más allá de las relaciones entre humanos-, sino entre la alteridad de los pueblos indígenas con elementos pertenecientes a otros ámbitos, como los muertos, espíritus y otras entidades, que determinan, en la concepción de algunos grupos étnicos, origen y destino: “A diferencia del mundo occidental donde el pasado define la preservación de las identidades futuras, las narrativas indígenas suelen asumir que la alteridad se encuentra en el orirgen y destino de los seres animados”.

    Al final del libro, Millán afirma: “Si Occidente es una civilización que ha interiorizado su historia y piensa su presente a través de su pasado, otras sociedades han imaginado la historia con severos cortes en su porvenir, produciendo en consecuencia distintas clases de antepasados. La idea de un origen primigenio carece de sentido para aquellas identidades que emanaban de tiempos y lugares heterogéneos,  o de una tradición empeñada en descifrar la causa original. De ahí que no sea necesario ser un indígena del siglo XVI para estar de acuerdo con Agamben, en calidad de que ‘la filosofía de la historia es y sigue siendo una disciplina esencialmente cristiana’, y por lo tanto una preocupación ausente en un pensamiento ajeno a esta conquista espiritual”.

    Ontologías indígenas, de Saúl Millán, se presentará el próximo viernes 20 de febrero a las 15 horas en el salón El Caballito, de la Feria Internacional del libro del Palacio de Minería/UNAM. 

  • De los actos de amor literarios

    De los actos de amor literarios

    Ta Megala

     Fernando Solana Olivares

    Llamativo en su fervor y ligero por su sencillez, sintético e intenso desde su concisión, este libro es una suma de celebraciones y homenajes que cumplen como un estímulo. Bitácora, recuento o guía, el entusiasmo que lo caracteriza obedece al dios interior de su autor: la literatura.

    También a una pedagogía no solemne ni profesoral construida desde el amor a los libros y la lectura. El espacio de los encuentros de Silenciar el miedo son estampas, veloces apuntes sobre textos narrativos, sobre todo novelas, a los que José Antonio Lugo, escritor él mismo, alude en sus líneas de fuerza principales, incluida en ellas la relación personal, biográfica y aún emocional que mantiene con lo que ha leído. Una educación sentimental libresca.

    José Antonio Lugo es un autor poliédrico que incursiona en diversos géneros literarios. El principal de ellos es la lectura. Un libro siempre sale de otro libro y es la misma escritura —esa materia indescifrable y por ello maravillosa donde a lo largo de milenios se ha contado lo humano— un arte que se enseña a sí mismo. No hay creador literario que no lea como primer paso (y también último) de su formación estética.

    Este “virus de lo absoluto” exige devoción y fidelidad. Su práctica enriquece ontológicamente porque mejora la vida y la multiplica. Leer es poblar la existencia personal de historias ajenas que al leerlas se vuelven propias. Lo sabe todo lector y así lo muestra José Antonio Lugo en este pequeño volumen.

    “¿Cuántos eres: uno o muchos?”, pregunta un personaje de Joseph Roth. Quien lee es muchos; quien no lo hace sólo es uno. Silenciar el miedo representa un encuentro con los muchos. Sus sobrias glosas descansan en un método recomendado por los latinos: si breve, dos veces bueno. La cortedad como otra forma de la profundidad. O las alegorías de un amor desinteresado.

    En las páginas de estos textos asoman recuerdos de la formación universitaria, años que forjarán el gusto, el saber y la amistad a partir de complicidades literarias, vínculos indisolubles. Y una nutrida nómina de autores, un abundante bosque de voces irradiantes y de obras icásticas, inolvidables.  

    Ana Clavel y Darío Galicia, condiscípulos; Juan García Ponce, maestro de Lugo, quien fue su orgulloso escribiente; Hernán Lara Zavala desde su guía hedónica; Mario Vargas Llosa, deudor de Flaubert y Víctor Hugo; Tomás Segovia y la generación del 27; Álvaro Mutis vinculado con Rabelais y Montaigne; Jorge Luis Borges parafraseado a partir de sus tantos dones; José Emilio Pacheco en diálogo lírico con un poema emblemático que se duele de la patria mancillada; Marguerite Yourcenar, Señora de las Letras del autor frecuentada admirativas veces; Franz Kafka y Marcel Proust desde el signo de Cáncer; Émile Zola entre el arte y la justicia; Muriel Barbery en tres novelas; Charles Baudelaire poeta y Enrique Metinides fotógrafo de nota roja; Annie Hernaux y su crudeza expresiva; Murasaki Shikibu, la Proust del Japón feudal; Ryonosuke Akutagawa al lado de Yukio Mishima; Kensaburo Ôe y Akira Kurosawa; Karen Blixen, Carson McCullers y Marylin Monroe, un trío de reinas; Veza y Elías Canetti, pareja desfavorecida matrimonialmente pero literariamente no; o cinco mujeres artistas y desobedientes: Madame de Lafayette, Kinuyu Tanaka, Marguerite Duras, Marguerite Yourcenar, Francoise Gilot.  Y tantos autores más.

           Además de ello, derivaciones temáticas de esa forma más alta de la inteligencia que alcanza la escritura, los vasos comunicantes de estas notas de literatura comparada construyen una hermenéutica literaria de la levedad y la alusión. Pensar es agradecer, a-sombrarse del misterio de lo existente en lo visible, en el reverso de lo aparente y en el lenguaje como su vehículo. José Antonio Lugo reflexiona sobre el poder perdido de la imaginación, la existencia empírica de lo que se percibe, el derecho a la libre expresión, las nuevas amenazas de la irracionalidad, la esquizofrenia, las realidades alternativas, la perfección si la hubiera, los afeites políticamente correctos de la novela, la cultura de la cancelación o la amenaza de la inteligencia artificial, entre otros tópicos de la época. El destino de los libros, la quema de las bibliotecas, el mundo de las erratas librescas, el arte del taichi, el helenismo o la coronación de los reyes en la sociedad del espectáculo, a la manera de un retrato contemporáneo trazado en escorzo desde zonas vitales de la cultura.

           Pequeño cofre de sorpresas, canto literario de horizontes encabalgados o fábulas de lo real sorpresivo, José Antonio Lugo, ese autor/lector que en sus frecuentaciones literarias ha sido tantos y tantas, despliega aquí una forma cuya concisión deslumbra, pone en curso un método operativo que hace de estas prosas en primera persona experiencias orgánicas, una entrega estética sin condiciones como parte necesaria de la victoria sobre el temor: amor incondicional, generoso y festivo sobre la grandeza de la escritura, sobre los inagotables modos del ser y sus incontables formas expresivas.

           Prólogo, antesala, preámbulo. Un libro como este no lo requiere. Más bien exige una fenomenología directa: ir a las cosas mismas. Entrar a su lectura, perderse entre sus autores, encontrarse ya distinto en su multiplicidad.    

           Leer nos hace humanos. Silenciar el miedo nos humaniza.

    Silenciar el miedo. Ensayos literarios (El tapiz del unicornio, México 2025) de José Antonio Lugo, será presentado este martes 17 de febrero a las 19:00 horas en la librería Octavio Paz del Fondo de Cultura (Miguel Ángel de Quevedo 115, Chimalistac, Álvaro Obregón, CDMX), con la participación de Aída Lara Zavala, Andrés Ordóñez, Tae Solana y el autor.

  • Las pájaras

    Las pájaras

    Colaboraciones

    Arturo Alvar Gómez Xelhuantzi

    Dice mi padre que en los árboles no hay sexo que los distinga; que esa es una distinción reservada para las aves y los mamíferos. Y tiene razón. La biología del árbol es una unidad que no entiende de nuestras divisiones. Sin embargo, ante la lectura de esta novela, sentí la necesidad de contradecir la botánica para salvar la poesía. Propongo este «Bosquejo de las árbolas» porque, si en la naturaleza el sexo es invisible, en la literatura el género es un acto de resistencia. Si en la memoria colectiva de Oaxaca estas mujeres se han fijado bajo el nombre de «pájaras», yo he querido trazar para ellas un refugio que hable su misma lengua.

    Hay algo en común entre la novela y la poesía: la búsqueda de una epifanía. Siempre he dicho que en la poesía se ve el bosque, mientras que en la novela se ven los árboles. Pero en Las pájaras, lo que vemos es un ecosistema de vulnerabilidad y fuerza: el prodigioso claro del bosque.

    Recibí el paquete en la Biblioteca de México, pero fue en la breve estancia en Tlaxcala donde el libro se abrió paso. Entre el humo de un cigarro, vi aparecer a esa veintena de mujeres-enaguas cruzando el río; figuras que son, en sí mismas, la tensión de una ribera que espera. Nallely logra en su ópera prima algo que pocos consiguen: quitar la niebla del paisaje para dejarnos ver el peligro irremediable al que se dirigen.

    Y es que, aunque el lenguaje de Nallely es hondo y por momentos místico, esta no es solo una ficción contemplativa. Esta novela tiene un origen de tierra y asfalto: nace de la mirada sociológica de la autora sobre la Central de Abastos de Oaxaca. Ahí, donde Nallely estudió los liderazgos y las disputas, entendió que el mundo se juega en la periferia social. La trama es la matriz de un suspenso real: la lucha encarnizada de un grupo de choque —las Pájaras— contra el poder vertical de figuras como Doña Martha.

    Desde la sociología, sabemos que el territorio es identidad. En esta novela, el conflicto no es por grandes extensiones de tierra, sino por el derecho a existir en diez centímetros de pasillo, por el sitio donde poner las flores o las verduras. Es la lucha por un lugar en el «mercado de la vida». Nallely nos conduce por el mundo de los techos de lámina y los fogones, pero también por la intimidad de la culpa.

    Las «pájaras» de esta novela no solo nos cuentan una historia que llamaríamos costumbrista; es una narración en el fragor de las múltiples luchas que se originan en cualquier sitio de nuestro país. El escenario es Oaxaca, pero no la de los folletos turísticos, sino la de la periferia social, donde los pensamientos se pueblan con la sabiduría del dicho popular. Dos grupos de mujeres buscando su lugar en un mercado recién construido es la batalla donde habrá ganadores y perdedores; circunstancia que las hace concebir una identidad común que define el nombre que el destino o la brega les otorga: Pájaras.

    Aunque desfilan nombres como Juanita o Chucho Villarreal, el personaje central es el pueblo insurrecto que se arma de piedras para decir un ¡ya basta! a siete calles del centro que el crecimiento urbano ya ha devorado. Es una novela histórica sin pretenderlo, que se convierte en fuente de ella misma. Es como si los personajes buscaran no solo un sitio para vender sus flores, sino un sitio dentro de las letras. Son «pájaras» y no «pájaros», porque no van a contarnos el mismo trinar.

    Estamos ante una «toma de las letras mexicanas». Mientras se escribe desde las aulas y los olimpos de la gran cultura, Nallely se une a voces como las de Cristina Rivera Garza, Yuri Herrera o Emiliano Monge, para rescribir una literatura nativa que habla de areneros y estufas de leña. Una vuelta a nuestros espejos cotidianos, tan vieja como los fogones que iluminaban nuestros rostros en la noche.

    Esa búsqueda de lugar llega incluso a lo sagrado. Lo vemos cuando una de las protagonistas se hinca ante la Virgen de la Soledad:

    “Santísima virgen, yo no soy religiosa… vengo a pedirte perdón por mis pecados y a agradecer que me permitas cometerlos, porque si tuvieras oposición alguna, si me vieras con malos ojos, no me permitirías hacer lo que hago” (p. 167).

    La novela misma es un «pecado» necesario que la Soledad le permitió a Nalle compartir. Escribir esta obra ha sido como ir al infierno sin Virgilio y regresar para contarlo. Por eso, aunque la biología diga que los árboles no tienen sexo, yo elijo llamarlas árbolas. Porque en el mundo de Nallely, hasta el paisaje debe tomar partido. Estas «árbolas» son las mujeres-tronco que sostienen el cielo para que el vuelo de las pájaras, aunque peligroso y encarnizado por diez centímetros de territorio, sea al menos posible.

    ¡Que vuelen las pájaras muy alto, y que estas árbolas sigan extendiendo su sombra necesaria en el cosmos de nuestra literatura!

    Las pájaras
    Nallely Tello
    Editorial Almácigo, 2025

  • Sobre Sófocles 

    Sobre Sófocles 

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    George Steiner, en su libro Antígonas, nos cuenta que, hasta inicios del siglo XX, la obra más leída y considerada la mejor de Sófocles fue Antígona. Sin embargo, la influencia de Freud convirtió a Edipo Rey en la más comentada desde entonces. Repasemos estas obras. 

    1. Antígona 

    La hija de Edipo se opone al edicto del tirano Creonte, que ordena que no puede enterrar a su hermano Polinices, dado que éste atentó contra la ciudad (Tebas). El castigo de la desobediencia a la ley será la muerte.

    A Antígona no le importa, porque cree que hay un deber -un derecho natural- que está por encima de la ley -el derecho positivo-. Entierra a su hermano. El tirano Creonte la encierra en un círculo de piedra donde no pueda comer ni beber. Antígona es prometida de Hemón, el hijo de Creonte. Éste le dice a su padre que sea sensato. A regañadientes, el tirano acepta liberar a Antígona. Es demasiado tarde. Ella ha muerto. Hemón le escupe a su padre y después se quita la vida. La madre de Hemón también se suicida. El tirano se queda solo, con el peso de sus malas decisiones. 

    Antígona representa los ideales que están por encima de la ley. El problema es quién decide lo que debe estar por encima del orden jurídico. Todas las dictaduras han convertido “la ley y el orden” en el pilar de la violencia institucionalizada. Del otro lado, muchos grupos terroristas se colocan por encima de la ley, con argumentos débiles que se convierten en una patente de corso para la violencia en contra de las instituciones. ¿De qué lado estar, de la revuelta o del orden? Es un débil equilibrio, en medio de un mar de sofistas. 

    Steiner nos comenta que Hegel, que estudió a fondo la diferencia entre el derecho natural y el derecho positivo, comenzó a traducir Edipo en Colono, la última obra de Sófocles, que nos cuenta el fin de Edipo, su muerte en un lugar sagrado. El que Hegel haya comenzado a traducir esta obra nos confirma el interés que tenía en esta disyuntiva, que abordó en la Fenomenología del espíritu. 

    Se supone que ese es el trasfondo de Antígona.

    Yo tengo una proposición distinta y complementaria.

    Antígona dice: “!Ay, desdichada de mí!, que no comparto la morada ni con los hombres, ni con los cadáveres, ni con los vivos, ni con los muertos”.

    Quizá Antígona no fue muerta por haber enterrado a su hermano, sino por ser diferente, por “no pertenecer” por ser un ser liminal, intersticial, por vivir en los márgenes. Bajo esta hipótesis, su muerte equivale a la de las brujas en la Edad Media o en Salem. Quien es diferente se erige como una amenaza para la sociedad y deberá ser exterminado por los poderes fácticos, llenos de miedo ante quien se rebela ante el orden establecido.

    Antígona señala también: “No he nacido para compartir el odio, sino el amor”.

    Todavía más subversiva.

    1. Edipo Rey

    Edipo, que mató a su padre y está casado con su madre Yocasta, con quien ha procreado a sus hijos/hermanos, se encuentra con Tiresias, el vidente, a quien agravia e insulta. Veamos uno de los diálogos más estremecedores de la historia de la literatura:

          “Edipo.- Si no fueras como eres un anciano, como parece, azotara tu rostro para que advirtieras tu falsedad.

          Tiresias.- Rey eres, no lo niego. Pero somos iguales en derecho de hablar. Déjame que conteste. Tengo también poder y derecho. Yo no estoy sujeto a ti: estoy sujeto a Apolo. Y no soy de los que sirven como favorecidos a Creón. Oye pues lo que diga:

    Te burlas de mi por ser ciego. Tú, tú sí ves. Pero no ves en qué desgracia vives. Ni dónde vives ni con quién cohabitas. ¿Sabes de quién naciste? En la tierra, en el Hades, repugnante serás a quien te mire. Doble azote tendrás: el de una madre, el de un padre también. Fuera de esta tierra habrán de expulsarte. ¡Terrible cosa: hoy miras: un día ya no verás… serán tus ojos perpetuas tinieblas. Y, ¿a dónde irás? ¿Qué tierra podrá pisar tu planta? ¿Qué puerto habrá, qué monte Citerón a que te acojas? ¿Qué ayes de dolor ha de repetir el eco, cuando adviertas tu boda, esa boda de males que es núcleo de tormentas que tú soñaste dichas! Y mayores infortunios aún que harán iguales a ti y a tus hijos. Eso… eso… y ahora sigue insultando a Creón, sigue vilipendiando mis predicciones. Ten por seguro que ningún hombre jamás será azotado por el Destino como lo serás tú”.

    Dos obras maestras, dos obras inmortales que siguen siendo vigentes hoy, queridos lectores de Morfemacero.

  • La canción de las hojas

    La canción de las hojas

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Las hojas de una higuera cubrieron el sexo de la pareja adánica cuando se descubrió desnuda. La conciencia de sí es una hoja. Pero el jardín primordial quedó perdido al mirar el Creador ese súbito atuendo. Pudor, vergüenza, timidez. Aquella hoja es el testimonio de que alguna vez fuimos en el paraíso.

    * * *

    Un viejo diccionario cerrado representa la materia virgen. Al abrirse, se vuelve materia fecundada. Entre sus polvorientas hojas está la definición de la palabra hoja. Quizá nunca nadie en él la había inquirido. Hoja, del antiguo foja, o de igual significado. Las hay lineales, aciculares, aovadas, lanceoladas, aserradas, dentadas, escotadas, enteras, discoloras, nerviosas, digitadas, venosas, compuestas, escurridas, envainadoras o radicales. Toda hoja significa lo mismo, toda hoja resulta diferente.

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    Existen las hojas de ruta que consignan las mercancías transportadas por un tren con todos sus pormenores. Las expide el jefe de estación. Sólo esas dos vías fijas que se pierden en el horizonte permiten garantizar el inventario. Vivir, en cambio, es ignorarlo de antemano, como se ignora la estación a la que se arribará o la autoridad que dará fe de la carga que se lleva. Vivir es carecer de hoja de ruta.

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    El universo es un inmenso libro, escribió Mohyddin ibn-Arabi, el cual solemos abrir por una sola de sus hojas. Las epifanías milagrosas suceden cuando se atisban los pliegos siguientes, y las reminiscencias fulminantes ocurren como un regreso a páginas anteriores. Al universo lo componen sus hojas y es Dios quien escribe en ellas.

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    Las hojas de palma seca tratadas con humo fueron un soporte milenario de la escritura. El diseño redondo y cursivo de muchas grafías resultó de una adaptación al uso de esas láminas vegetales que las letras angulares podían desgarrar. Antes aún las tablillas de arcilla grabaron caracteres, explicaron el mundo y contaron sus orígenes. Siempre las hojas sin importar su materia. Todo espíritu requiere una forma de manifestación.

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    En yoga existe una postura que se conoce como de la hoja plegada. El cuerpo queda recogido e inmóvil, doblado sobre sí mismo. Se juntan las piernas para sentarse sobre los talones, la inspiración une los omóplatos, las manos detrás de la espalda dejan caer el tronco hacia adelante. La frente toca el suelo y sobreviene la metamorfosis: el cuerpo/mente ya es una hoja.

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    Cual la generación de las hojas, así la de los hombres, dice la Ilíada de Homero. El viento otoñal que las esparce por el suelo y la primavera reverdeciéndolas son equivalentes a la siega humana: una generación nace y la otra perece. Supremo orden de las correspondencias donde todo lo compuesto ha de morir, luego volver y después irse de nuevo. Como hojas al viento, porque nada orgánico nos es ajeno.

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    Los colores son los actos de la luz, me dijiste esa tarde de quimeras. Escuché el sonido de tu voz entre el follaje y las hojas repitieron tu certeza desde los brillos incandescentes. Fue entonces cuando supe llamarte nuestra señora de las plantas, yacer a tu lado y mirar el caleidoscopio de nuestra vida. Penetramos sus telones para contemplar aquel lugar donde la alta fantasía llueve y tomados de la mano entramos a él. Con su manto nos cubrió el agua. La lluvia descendió como mansas hojas.

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    Los golpes a la hoja de la puerta que se escuchan en Macbeth luego del asesinato del gentil Duncan son un anuncio del cambio de la naturaleza humana por la diabólica. Un perspicaz comentarista del pasaje habla de la retirada del corazón humano y el ingreso del corazón demoníaco. Sobre una plancha de madera retumba mínimo un sonido. El mundo se transforma mediante esa llamada. Las hojas abren o cierran los infiernos. Las hojas también ensanchan el cielo.

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    Sólo decir por decir. Las palabras flotan. Pasa el tiempo, huye la vida, canta el poeta. Yo digo igual. El lugar en el que soy posible, ¿es aquí? Hace algunas noches vi un camino místico, la luna llena iluminaba un sendero. Encima de ella, uno sobre otro, en conjunción perfecta, gravitaban Marte y Urano. Quise seguirlo, pero me detuve a levantar una hoja que brillaba bajo la luz de plata. Como es arriba, es abajo, pensé, y me quedé aquí.

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    Soy un viejo yo que se habla a sí mismo como a un tú conocido, pero que se trata con la dura crudeza de un él ajeno. Yo, tú, él: nominaciones convencionales que quedan escritas sobre una hoja en blanco. Quizá la corrección no sea la del vidente: yo es otro, sino yo es lo otro, y esta alba nobleza de la hoja intocada permita enunciarlo así. Esta hoja, que también se nombra lapas, frunze, bunkun, jani, lá, dhail, blad, yaza.

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    Las hormigas se transforman en pedacitos de hoja. Abren senderos de doble sentido y su persistente caravana va y viene por ellos sin cesar como una naturaleza vegetal en movimiento. No cortan las hojas de cualquier planta: desprecian los paraísos y podan los fresnos, rasuran la enredadera y no tocan la hiedra, despojan la vid pero ignoran la lavanda. En una sola noche expropian un jardín o saquean una hortaliza.  Mi mujer puso en su camino granos de arroz que también se llevaron. Las hojas se convierten en hormigas. Las hormigas son las hojas que caminan hasta el hormiguero.

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    Los druidas, antiguos sacerdotes de los pueblos celtas, recibían su nombre de los árboles porque moraban en bosques apartados, según contaron los historiadores clásicos. Los druidas fueron los hombres de las hojas que cortaban el muérdago, planta vampiro de los robles, con una hoz de oro solar cuya hoja curva simbolizaba a la luna. El universo constituye un conjunto donde todo se integra. El hombre no es, deviene. Los druidas, tales sabios desconocidos que devinieron de las hojas.

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    Aquellos días terminaban en clase de Caligrafía. El maestro Juárez, vestido con un traje de tres piezas, pulcro y acicalado, nos enseñaba a escribir en letra Palmer. Abríamos el cuaderno siguiendo sus instrucciones y después pasábamos la mano sobre la hoja para alisarla. Tóquenla suavemente, nos decía, la hoja son ustedes, ustedes son la hoja. También el lápiz y la letra que hoy escribiremos. ¿Dónde estarán esas tardes cuando fuimos lápiz, letra y hoja?

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    Se llaman fásmidos y su nombre viene del griego antiguo: phasma, aparición o espíritu. Se especializan en el camuflaje. Utilizan la homotipia y la homocromía y su críptica apariencia representa un sistema defensivo. Existen desde hace cuatrocientos millones de años y hubo un primer ejemplar que aprendió de las mismas hojas para simular su morfología y agitarse al viento como ellas. Las hojas educaron a los insectos hoja, esas apariciones o espíritus del alma del mundo. De ahí la alegoría, metáfora de la metáfora: el ser humano es como una hoja al viento. Otra phasma. Otra homotipia.

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    “Yo pertenezco”. La plegaria, voz que viene de precaria, surgió por sí misma ante las planchas doradas, hojas de luz que se alzaban al cielo desde las nubes para formar un halo supremo y mostrar la escalera de la transformación. El espontáneo decir era abarcante: pertenecer a las nubes, a sus nimbos cromáticos, al sol vuelto compasivo tras bastidores, a las hojas ascendentes y sus escalones de oro. Pertenecer.

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    Un texto chino advierte que “los hombres santos de antiquísimos tiempos anudaron cuerdecitas (escribieron) con el fin de gobernar”. Aparecerían después de “una sinuosa y lenta andadura” sellos mágicos sobre piedra y madera, textos sagrados en materia vegetal. El papel se introdujo en Samarcanda hacia el año 650. Después llegaría a La Meca, al valle del Nilo, a Bagdad y hasta España. Las hojas de papel hicieron las civilizaciones. Pensar es escribir sobre una hoja. Pensar es una hoja.

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    El poeta salvaría el incendio. El lector salvaría las hojas. Libre: libro: hojas. Deben tocarse, mirarse, escucharse para ser. Los muertos inolvidables esperan vivir de nuevo mientras descansan pacientemente entre ellas.

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    Este es un canto de las hojas que tiemblan, dicen y sueñan. Son aves ligeras, frágiles y poderosas. Señoras del tiempo y la memoria. Su autor está en las hojas. 

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    La muerte se esconde en aquella gota que desciende por las hojas en la lluvia mansa, llanto del cielo. ¿Qué tipo de tiempos donde hablar de los árboles y sus hojas es un delito porque implica silencio sobre tantos horrores? se pregunta el escribiente. Por eso, en la seriedad fúnebre de la época, la muerte esconde su escondite y se mimetiza con la gota, una forma líquida de la hoja.

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    La hoja es un motivo ornamental en las culturas de los labradores. En Oriente simboliza la felicidad y la fortuna. Las tres hojas del trébol significan la Trinidad y un cuadrifolio es la cruz en sus cuatro direcciones, también los cuatro evangelios y las virtudes cardinales. Cuando son siete, aluden a los dones del Espíritu Santo. De ahí que se sepa que un símbolo es aquello que se lanza para unir. Una hoja es tantas cosas: tantas cosas son una hoja.

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    El médico Guillotin consideró una utilidad práctica y dos características físicas. Abreviar los procesos, aumentar el peso del instrumento y afilar su hoja, la lama de acero, con un filo oblicuo. La hoja de acero zumba al bajar y produce un silbido. Las hojas de acero cantan al chocar entre sí. Entonces la poética antigua habló de la música de las hojas para decir batalla. Después de la Revolución francesa se hizo popular un corte de cabello que se llamó corte guillotina. Las peluqueras afeitan el cuello con una navajita cuya hoja lleva un filo oblicuo.

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    Entre los hipónimos de hoja están margen, dorso, envés, haz, vientre o lámina. Los pétalos son hojas de una flor, como la parte sembrada en una tierra o la que se deja en barbecho. La hoja de lata se llama hojalata. Dar vuelta a la hoja es concluir algo y pasar a lo siguiente. No tener vuelta de hoja es aludir a lo irremediable. Desistir se entiende como mudar la hoja.

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    Un doble desfiguramiento es una misma hoja por el envés y el revés. Moisés, mago egipcio, sacerdote derrotado de Akenatón, crea la religión judía trasladando a ella tales elementos. Pablo, fariseo judío protoromano, traduce a esa mentalidad el cristianismo de Jesús. Dos milenios después, un escritor usará la técnica literaria del cut-up: cortar una hoja y juntarla con otra distinta para producir un nuevo significado. La delgada y blanca hostia de la comunión es aquella hoja que juntó lo ajeno, refiguró lo desfigurado y produjo un tercer sentido. Búsquese la acepción: hoja que vuelve a reunir.

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    Una orquídea fantasmal está prensada entre las hojas de una libreta de apuntes cuya primera línea dice Tat tvam así, “Tú eres eso” en sánscrito. Es una sentencia de los Upanishads que señala la unidad fundamental entre el ser individual y la conciencia cósmica: “Tú eres, en ti está la totalidad de la existencia”, vendría a decir. La hoja es palmeada y conserva el discreto color del oro apagado del otoño. Se forma de tres cuerpos, aludiendo quizá a esa integración del hombre, la tierra y el cielo. Su finura es metafísica. Esa hoja trasciende el yo.

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    Aquellas señoritas repartían a la salida de misa hojas volantes impresas en un papel de nombre perentorio: “Revolución”. La temida clasificaciónde las películas que llegaban a la ciudad, las Apreciaciones. Erande carácter moral y no cinematográfico: A, para todo público; B, para adolescentes y adultos; C, prohibidas por la doctrina cristiana. B y C significaban inaccesibles para nosotros, confinados a los filmes A. Mis padres dejaron de creer en ellas cuando las guardianas de la moral pública fueron vistas en una película de clasificación C. Esas hojas mentían.

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    Las hojas secas crepitan al pisarse. Alquimia: son otro fuego. Se harán polvo para volverse tierra, alfombrarán el estío mientras tanto. Las hojas son episódicas. Maestras de lo efímero que crujen para durar mientras desaparecen. Su vida es como el destino que se pierde y aleja para volver. No se crean ni se destruyen, dice la metafísica: se transforman y entonces son.

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    Sobre el polvo trazó su plan. Frente al extendido ejército enemigo, el estratega tebano le llamó falange oblicua a la concentración de hombres que haría en el flanco izquierdo para romper la formación espartana y rodearla después. El suelo también es una hoja con planes de batalla. La victoria antes del desenlace.

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    En su Ars poetica,Horacio aconsejó que Medea no matara a sus hijos ante el público. La anotación se perdió entre las frágiles hojas de pergamino que se astillaron por el comercio de tantas manos. Hasta que esa observación del poeta a la tragedia de Eurípides no tuvo que leerse, pues quedó asumida como parte de la representación. Al contarse en escena es como si se mostrara. Las hojas perdidas construyen la memoria: evocan, como aquello que sólo se sugiere.

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    Lo sagrado murió para los muchos (los tantos), no para los muy pocos que se marchan al bosque de su interior. Los emboscados viven entre las forestas. Las hojas que frecuentan representan lo sagrado. ¿Entonces aquello venerable envuelve a los renunciantes? Sí, es un hálito, un manto, un aura. Todo eso que se llama hojas.

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    Cuenta la tradición que mil monjes se reunieron durante un año para escribir el canon pali en sus tres partes: la Cesta del discurso, la Cesta de la disciplina y la Cesta del conocimiento superior de los fenómenos. La Caverna de las Siete Hojas resonó con la repetición de las enseñanzas del iluminado y su confirmación a coro: así fue dicho, así fue enseñado. Siete hojas fueron parte de un eco sagrado.

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    El barco de papel surca la corriente de agua que la lluvia dejó a la orilla de la banqueta. Los pequeños que lo arrojaron viajan en él. Uno de ellos llevó la hoja, otro le dio forma y el tercero lo puso en el agua. Como un prisma, sus mutaciones son incesantes. Toda la tarde han sido valientes guerreros, pilotos audaces, inflexibles marchantes de estampitas. Ahora son osados navegantes que al terminar la travesía, cuando su barco naufraga en el agua indómita, deciden volver a ser quienes son y ya no quienes han sido. Entonces brincan en los charcos, espejo de los follajes, duplicación de las hojas. Cada uno llega a su casa empapado.

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    Mi viejo perro Jonás descansa a mi lado. Ha envejecido conmigo y escucho su respiración ahora cadenciosa. Esto lo anoto en una hoja, antes acaso en la de mi mente. Jonás es un perro viejo. Mi mente es una hoja.

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    Aparece en el alféizar. Inmóvil, orante, meditativa. Es una Mantis religiosa que fue llamada así por su postura de recogimiento. Sus patas delanteras parecen rezar. Y su cuerpo es un monumento de piedra donde ella descansa y su mente está en paz. Para el Oriente simboliza la meditación y la calma interior. Para el África es magia y brujería. Paciente, quieta y entonces sabia, esta campamocha semeja ser una hoja. Insecto camuflaje, insecto mudanza, insecto permutante. Su reposo es una variante del movimiento. Luego esa hoja que no es hoja desaparece.

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    La piedra está, dijo el filósofo, la planta vive, el animal siente, el hombre comprende. Aquella hoja acontece. Por eso está, por eso vive, siente, comprende. Hoja-piedra, hoja-animal, hoja-humana, hoja-comprendiente. Platón habla del hombre como una planta celeste, un árbol invertido cuyas raíces van hacia el cielo y sus ramas hacia abajo. Las hojas penetran en la tierra y se expanden. Entonces son hojas-rizoma, hojas-origen

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    Aprender del animal su estar presente. Aprender de la hoja su inmutable variabilidad. El canto de las hojas es una salmodia que el viento entona. Una melodía que significa compasión: padecer con.

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    Los vio venir hacia él avergonzados y cabizbajos, cubriendo con las manos sus partes pudendas. Las manos vueltas hojas, las hojas hechas destierro. La conciencia de sí es una pérdida que se oculta entre las hojas.

    Texto recién publicado por Mano Santa Editores en la colección Prueba de autor. Se imprimieron 50 ejemplares, numerados y firmados por el autor.

  • Hamnet

    Hamnet

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    1. El libro de la irlandesa Maggie O’Farrell 

    La mejor novela que he leído en mucho tiempo. A partir de unos cuantos datos: Shakespeare tuvo con su mujer Anne Hathaway tres hijos, la primera Suzanne y luego dos gemelos Judith y Hamnet, habiendo el niño perdido la vida a los cuatro años de edad, la novelista imagina cómo se encontraron ella -en la novela Agnes- y Shakespeare -nunca se le menciona por su nombre-.

    A Judith le da peste. La muerte parece inminente. Los gemelos son uno y Hamnet, a su cortísima edad, decide ofrecer a su hermana su vida, intercambiarse con ella, engañar a la muerte para que se lo lleve a él y no a su hermanita. Lo logra. Judith sana y Hamnet muere. Agnes se vuelve loca y le reprocha al padre -que vive en Londres representando sus comedias- que no estuvo cuando el niño murió, que no se quede en Stratford-upon-Avon ahora que ya no está. Él la deja. Ya no escribirá comedias sino una tragedia: Hamlet.

    Agnes asiste al teatro y al final comprende: “Este Hamlet del escenario es dos personas, el joven, vivo, y el padre muerto. Está vivo y muerto al mismo tiempo. Su marido lo ha devuelto a la vida de la única forma que podía. Mientras el fantasma habla, se da cuenta de que, al escribir esta obra, su marido se ha cambiado el sitio con su hijo. Ha cogido la muerte de su hijo y la ha hecho suya; se ha puesto él en las garras de la muerte y ha resucitado al hijo en su lugar”. 

    1. La metaliteratura 

    Me encantan las novelas que se basan en otras novelas. Viernes o los limbos del Pacífico de Michel Tournier y Foe de J.M. Coetzee son variaciones de Robinson Crusoe de Daniel Defoe. Estas novelas contemporáneas son magníficas. Hay también grandes fracasos, como el de la novelista italiana Pía Pera que en su Diario de Lo intentó reescribir Lolita de Nabokov desde la visión de la nínfula.

    Acercarse a obras maestras o a un personaje de la talla de Shakespeare requiere un gran talento para estar a la altura. O’Farrell lo logra. Su ambiciosa novela da en el blanco y es una maravilla. 

    III. Hamnet, la película 

    La escenografía, la ambientación, la cámara que crea claroscuros que son cuadros, la actuación, todo parece espléndido aunque la necesidad hollywoodense del final feliz casi lo echa a perder todo. En la película el padre dramaturgo -su nombre sí se menciona- y Agnes intercambian sonrisas alegres, han entendido su cita con el Destino, han hecho bien las cosas, igual que Hamnet, que reaparece como un espectro. No había necesidad de agregarle crema chantilly a la tarta de chocolate amargo. Incluso la música, que al principio era magnífica, se vuelve al final melcochosa y digna de un aumento desmedido de la glucosa. Sin embargo, no la descalifico por completo. La disfruté y bueno, el espectador juzgará. Leer el libro y ver la película es un doble manjar. ¡Háganlo, queridos lectores de Morfemacero! 

    1. Hamlet, de Shakespeare

    Horacio.- Pronto le harán saber de Inglaterra el éxito que ha corrido su empresa.

         Hamlet.- Pronto será; pero el interín es mío, y la vida de un hombre se apaga con un soplo.

    (…)

          Hamlet.- Me muero, Horacio. El activo veneno subyuga por completo mi espíritu. ¡Lo demás es silencio!… ¡Oh!, ¡oh!, ¡oh!… (Muere). 

    En el original:

          Hamlet.- O! I die, Horatio; the potent poison quite o’er-crows my spirit… The rest is silence (Dies). 

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