Morfema Cero

  • Morir… ¿a qué edad?

    Morir… ¿a qué edad?

    Textos sin permiso

    Henri Brunel 

    El hombre tiene el destino de la chispa.
    Louis Aragon, Elsa

    Ryokan, el poeta del siglo XVIII, el San Francisco de Asís del budismo, que sabía hablar a las plantas, los insectos y los pájaros, era conocido en el Japón por su sabiduría y la eficacia de sus kitos (ceremonias para que sea atendido un voto). De todas partes del país acudían a consultarle y a pedirle que intercediera ante los dioses.

           Y resultó que una mañana se presentó ante su choza de ramas un honorable monje, muy delgado y reseco por la edad.

           —Me honra tu visita, santo monje —dijo Ryokan—. Tu fama de bondad ha llegado hasta aquí. ¿Qué deseas?

           —Quisiera un kito —dijo el hombre, acariciándose la barba, corta y blanca.

           —Con mucho gusto —dijo Ryokan—, ¿y qué deseas?

           —Quisiera que mi vida sea larga…

           —¿Qué edad tienes?

           —Ochenta años desde la última floración de los cerezos.

           —¿Y hasta qué edad tengo que pedir a los dioses que se prolongue tu vida?

           —Cien años. Cien años me parece una buena cifra; sí, cien años está bien.

           —Estoy asombrado por la modestia de tu petición —dijo Ryokan—. Si has venido de tan lejos para pedirme este kito, ¿por qué contentarte con cien años?

           —La verdad es que incesantemente voy prodigando a mi alrededor sabiduría e influencia benéfica —suspiró el visitante—; ¡qué no haría si viviese más! Digamos ciento veinte o ciento treinta; o pongamos una cifra redonda: ciento cincuenta años. ¿Es posible?

           —Por supuesto —dijo Ryokan—; entonces decimos ciento cincuenta años. Mis kitos son muy precisos, de modo que te voy a preparar uno para ciento cincuenta años exactamente. Pero ¿lo has pensado bien? Tienes ochenta años: te quedarían por vivir setenta, menos de lo que has vivido; pero bueno, eso es lo que deseas, y tú eres un hombre sabio y poco exigente.

           —Espera un momento, ahora que lo dices —interrumpió el octogenario—. Es verdad que setenta años son pocos, porque estos primeros ochenta años se me han pasado como un sueño, y me parece que fue ayer cuando jugaba con mis hermanos y hermanas en el jardín de mis padres.

           —La segunda parte de la vida —señaló Ryokan— es como la otra vertiente de la colina, se baja más deprisa de lo que se ha subido.

           —¡De acuerdo, me rindo a tus argumentos, sabio Ryokan, hazme un kito para… digamos… trescientos años!

           Ryokan se rascó la cabeza y después se quedó inmóvil.

           —Bueno, ¿qué estás esperando? —preguntó impaciente el visitante—, ¿mi petición es excesiva? —añadió inquieto.

           —No, no, estaba pensando —dijo Ryokan—. En el fondo, ¿por qué pararte en trescientos años? Cuentan que hay tortugas que viven mil años, y las grullas… ¿Por qué solo trescientos?

           —¿Mil años? Buenooo… al fin y al cabo…, la perspectiva no carece de alicientes. ¡Tengo tantas buenas acciones que hacer, y podría hacer tanto bien en mil años!

           Ryokan estaba inmóvil y parecía perplejo.

           —Santo monje —dijo Ryokan—, sopeso tus palabras y me doy cuenta de lo valiosísima que es tu vida; la mejor solución sería que no murieses.

           —¿Podrías hacerme un kito que me impidiese morir?

           —¡Sí, pero sería muy caro, carísimo, y muy difícil!

           —Estoy dispuesto a pagarte lo que haga falta, a practicar los más duros ejercicios. Me has convencido, noble Ryokan: te lo ruego, haré cuanto exijas, pero hazme el kito que me hará inmortal.

           A partir de aquel día, Ryokan tuvo en su humilde cabaña de ramas a aquel viejo procedente del norte. Cortaban juntos la madera, iban juntos a buscar el agua al río, dormían en el mismo suelo de tierra apisonada, y rezaban y meditaban durante largas horas. Se comían el bol de arroz o se reían al contemplar el vuelo de un arrendajo torpe. En primavera, Ryokan compuso unos poemas:

                                Este mundo

                                no es otra cosa

                                que flores de cerezo.

           Y también:

                                 El ruiseñor

                                 me despierta del sueño,

                                 mi arroz en la mañana.

           O bien:

                                 La barca del arroz

                                 se dirige

                                 hacia la luna del tercer día.

           Así fueron pasando un invierno, una primavera y un verano.

           Una tarde de final de verano, estaban sentados los dos ante la cabaña, contemplando la primera bandada de ocas salvajes, cuando Ryokan dijo:

           —Mañana voy a proceder a la ceremonia del kito que te hará inmortal, como habíamos convenido.

           —La verdad es que ahora no entiendo —dijo el octogenario soñador acariciándose la barba, ya muy crecida— por qué te pedí aquel kito.

                                                    *

           Lo finito es lo infinito, y lo infinito es lo finito. El presente es la eternidad.

    Tomado de Los más bellos cuentos Zen, José J. de Olañeta, Editor, Palma de Mallorca, España.

  • El elefante y el Zen

    El elefante y el Zen

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    Los sabios dicen que ha de caminarse mucho para descubrir que los remedios están en casa.

           Esa es la forma abreviada de aquel cuento jasídico que se conoce como paradoja de la proximidad: un soñante sueña que en el puente de acceso al castillo del rey de una ciudad lejana encontrará un tesoro. Hace grandes esfuerzos para alcanzarlo. El capitán de la guardia lo increpa viéndolo vagabundear por ahí, y al escuchar su historia acaba confesándole, llamándolo iluso, su propio sueño: el tesoro que está debajo de una baldosa en un patio cuya descripción es idéntica al patio de la casa del soñante. Éste le da las gracias, regresa a ella, lo busca donde dijo el otro y lo encuentra.

           Por tales razones uno puede encontrarse un libro revelador en la pequeña y única tienda de periódicos del pueblo, que reúne conferencias de un importante estudioso, practicante y divulgador del pensamiento oriental, Alan Watts: ¿Qué es el Zen?, perdido y semioculto entre revistas de chismes, artistas y trivialidades.  

           Dicho encuentro suele ocurrir cíclicamente. Cada tanto el Zen se presenta así en la vida de quien esto escribe, de manera inesperada, de manera Zen. Y el Zen, dice Watts, es un método para volver a descubrir la experiencia de estar con vida.

           El pequeño volumen agrupa las últimas conferencias que Watts dio a un grupo de estudiantes en seminarios de fin de semana impartidos en su casa flotante, la barca SS Vallejo fondeada en Sausalito: el Zen es como el agua, el maestro vivía sobre ella.

           Sin ningún lenguaje discursivo, tan lacónico y directo como su mismo objeto de conocimiento, el libro de Watts es un diálogo sobre la sabiduría que la práctica del Zen se propone alcanzar mediante una forma de liberación que tiene características básicas (compartidas por otras disciplinas espirituales): un despertar a la unidad o esencia de la vida y una interiorización espiritual del campo semántico inagotable que llamamos Dios, una totalidad, dejando de considerarlo externo a la conciencia.

           ¿Liberación de qué? De un sentimiento profundo de separación con las cosas, con las gentes, con nosotros mismos. Para el Zen la mente humana no es una entidad separada que observa el proceso de la vida desde afuera, sino que está involucrada porque forma parte integral de él. El conflicto que esta mente racional establece con el fluir de la vida, una entidad separada que cree que debe dominar y conquistar, sólo es una desdichada ilusión creada por ella misma.

           Esta ilusión, dice el sensei Watts, surge debido a que la mente es parte de este patrón que fluye, pero como tiene la capacidad de representar estados anteriores de ese patrón a través de la memoria cree que es sólido, fijo, permanente.

           El Zen afirma que uno no puede ser consciente de la estructura básica del mundo porque es parte de ella, así como el pez tampoco es consciente del agua en la que vive. De ahí se desprende ese dejar de aferrarse a uno mismo que enseña el Zen, pues tal identidad construida responde a una muy estrecha visión: la de la persona que cada uno cree ser, un mero producto de una convención social.    

           Sus caminos son dos: la meditación sedente y el colapso de la mente lógica. Esto último se logra mediante el koan, enigmas que no tienen solución cartesiana y pueden conducir a la mente a la comprensión súbita de lo real. Watts cita el texto Zen El caminosencillo, el camino difícil para ilustrar la sutil esencia y el juego de contrarios de esta doctrina:

           “Si alguien pregunta sobre asuntos sagrados, respondan siempre con términos profanos. Si se les pregunta sobre la realidad última, respondan en términos de la vida cotidiana. Si se les pregunta sobre la vida de cada día, respondan con términos de la realidad última”.

           Para lograr la comprensión del Zen, afirma Watts, pueden emplearse tres minutos o treinta años. Occidente se atormenta por descubrir esos tres minutos. A Oriente no le importa. El secreto del Zen es dejar de hablar con uno mismo, silenciar el diálogo interior. Dicho a la manera Zen: dejar de hablar para tener algo que decir.

           Existen artes adyacentes del Zen que pueden cultivarse, desde la ceremonia del té, la pintura y los arreglos florales hasta el tiro con arco, las artes marciales o la esgrima. La Doctrina alegre, como se le conoce, aconseja buscar en la propia naturaleza de la mente, más allá del intelecto.

           El Zen es una forma superior de curación para el dualismo de la conciencia, una atención plena directa y total al momento presente.Un cuento zen de origen indio, “Renki, el elefante”, así lo ilustra:

           “Ryoto, joven monje budista, se quejaba de no poder mantener la mente en reposo. Su mente saltaba sin parar, como un cabrito…

           “—O como un elefante salvaje —dijo el viejo maestro Zen. Y le contó una historia:

           “Renki era un elefante salvaje que capturaron a la edad de tres años. Cuerpo de color gris claro sin mácula, defensas largas, finas y puntiagudas, orejas de perfecta forma triangular, un hermoso macho al que su amo, un comerciante de elefantes amaestrados, esperaba vender a buen precio al señor del reino. Sujetaron a Renki a una estaca, al cabo de una cuerda muy sólida. El joven elefante empezó a debatirse con energía, con furia; coceaba, pisoteaba salvajemente la tierra con sus pesadas patas, lanzaba bramidos que partían el alma. Pero la estaca estaba bien clavada, y la cuerda era gruesa. Renki no podía soltarse ni de una ni de otra. Entonces le entró una rabia desesperada, mordía al aire, con la trompa alzada, bramando lastimeramente hacia el cielo. Se agotaba de tantos esfuerzos y gritos.

           “Y de repente, una mañana, Renki se serenó, ya no volvió a tirar de la cuerda, ni a maltratar el suelo a cuatro patas, no volvió a hacer temblar los alrededores con sus bramidos. Entonces el amo lo soltó. Pudo ir de un lugar a otro, llevando un barril de agua, saludando a todo el mundo, prestando servicio a la comunidad. Fue feliz y libre.

           “—Tu pensamiento es como un elefante salvaje —dijo el maestro. —Coge miedo, salta en todos los sentidos y brama a los cuatro vientos. Tu ‘atención’ es la cuerda, y el ‘objeto escogido para tu meditación’ es la estaca clavada en el suelo. Serena tu pensamiento, domestícalo y conocerás el secreto de la verdadera libertad.

           “El maestro explicó al joven monje esa meditación, diciéndole: —La estaca es la respiración: inspira, espira, sin cambiar cosa alguna; tú eres esa respiración, que viene y va, que sube y baja, sin cesar, sin cansancio, que viene y va… La cuerda es la atención: observas —sin impaciencia, sin ira, sin juzgar, sigues con mirada interior, benevolente y neutral— esa respiración que viene y va. Si tienes ganas de moverte, de dar patadas, de bramar como Renki, contemplas tus pensamientos, tus emociones, que te sacuden y te arrastran, y tú no te implicas, dejas que las cosas vengan, y dejas que se vayan. Y todas las iras, todas las impaciencias se disipan como el humo. Y vuelves a mirar el aliento que viene y va…”

           Un haikú de Soseki, poeta del siglo XIX, dice:

           He arrojado esa cosa minúscula

                       que llaman “yo”

            y me he convertido en el mundo inmenso.

             Eso es el Zen.

  • El pesimismo de ayer

    El pesimismo de ayer

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    Tiempo atrás, menos de diez años, ocurrió un encuentro en Zúrich que documentó el periodista Javier Ayuso en El País. Ahí Dirk Helbing, un académico suizo, hizo dos preguntas que conmocionaron a los presentes, sembrando el pesimismo entre ellos y dejándolos en silencio: ¿quién gobernará en un mundo roto? y ¿cómo responder a los riesgos de la inestabilidad total?

           Volvió a suceder entonces lo que Sloterdijk define como “angustiosas conferencias a bordo de un barco que surca un mar de ahogados”, y los participantes del encuentro se vieron obligados a nombrar el agua turbia de la situación actual. Es curioso: la positividad impuesta por el neoliberalismo posmoderno (su “me gusta” como única posibilidad) no logra impedir que en cualquier reunión de más de tres gentes se discuta la amarga condición de estos instantes tan nietzscheanos: o nos aniquilamos o nos volvemos más fuertes como única posibilidad.

           Si a la boca —sugiere el chiste filosófico— viene la palabra “apocalipsis”, pronunciarla es la mejor estrategia para gestionarlo. Y aunque el tono entre grave y conminatorio de los participantes dejó al final de la reunión una atmósfera de pesadumbre en el público, “pocas razones para el optimismo”, el mero hecho de enunciar las circunstancias vigentes fue un primer paso de su eventual solución.

           Elif Shafak, pensadora turca, denunció Internet y su pancake del conocimiento: “poco profundo y muy desparramado”. Una cultura superficial que usualmente proviene de sus propias fuentes, no muy confiables, y que ha fracturado la tradición ilustrada del conocimiento moderno. Una herramienta de liberación devenida en lo contrario. Moisés Naím habló de una revolución de las tres emes que ha puesto al poder y a las certezas en crisis: la del más, la de la movilidad, la de la mentalidad. Más de todo, más movimiento de personas, más mentalidad inconforme entre la gente.

           Se mencionó una nueva lucha de clases: el pueblo contra las élites, que son directamente cuestionadas junto con el sistema mismo y la democracia representativa. O el surgimiento de posiciones populistas que abarcan todo el espectro político. Robert Kaplan, otro participante, tuvo una intervención shakespeariana: “Se evitan las tragedias pensando de forma trágica”, dijo, al recorrer la nómina de perturbaciones y guerras de baja o alta intensidad que están en curso ahora como la guerra cibernética.

           No faltó quien recordara, para edulcorar el poco halagüeño panorama, los alcances positivos de la globalización, la reducción de la desigualdad en naciones emergentes o la mejora de ciertas condiciones de vida.  Branko Milanovic, el optimista, advirtió que habría futuro sólo si se afronta esta era inestable con otras tres transformaciones profundas: la ecológica, la digital y la financiera. Mencionó una palabra con alma, así la conjugara en un mañana todavía condicionado e impreciso: habría futuro.

           La lluvia que cayó después del encuentro oscureció el color de las piedras centenarias de la ciudad y encrespó con pequeñas ondas metálicas el río que la divide.

           Dos hombres que habían presenciado el encuentro caminaban comentándolo. Después de aquella tarde de preguntas sin respuesta y conclusiones imposibles de alcanzar, iban platicando que los significados históricos de optimismo o pesimismo —“palabras que sólo definen actitudes sentimentales”, acotó uno de ellos— siguen en erosión. Otros términos que van vaciándose de sentido a gran velocidad.

           Entraron al Café Rousseau y su caldeada atmósfera los confortó. Los dos estuvieron de acuerdo, sentados a una mesa, en que la palabra más precisa para definir las horas actuales era “realismo”. Y que eso requería poseer temple. Exploraron la facultad necesaria para practicar un sano realismo: arrojo, valentía, contención, fuerza. Toda virtud es energía. Por eso, dijo uno, se pregunta ¿hay buen temple? para saber cómo está alguien más. Temple, templo, templanza, que es una virtud cardinal.

            Acabaron hablando de la vida y su inagotable variedad. El realismo resulta un encuentro directo con lo que aparece, porque en él cabe cuanto hay. Así que no sólo la época histórica y sus males andaban por ahí. También los pequeños gestos, los tragos, la sosegada plática, la noche que despacio iba cayendo entre los dos. 

           Al día siguiente se marcharían y no han vuelto a verse. Ayer uno de ellos observó en la vitrina de una librería un libro sobre la Orden del Temple y recordó aquello que aquí se contó.

           Siete años atrás resulta todo el tiempo del mundo. Hoy aquel encuentro simplemente no tendría lugar pues la fase de estos días es más avanzada, un proceso general de derrumbe donde lo prioritario es lo perentorio: una época en disolución.

  • Novelas escandinavas

    Novelas escandinavas

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    En otro Laberinto hemos repasado el extraño caso de la literatura islandesa. Islandia es una isla y su literatura es otra ínsula. Ahora toca el turno a Noruega, Suecia, Dinamarca y Finlandia. 

    1. Noruega

    Kristina Lavransdatter es una trilogía que le permitió a Sigrid Undset ganar el Premio Nobel de Literatura. Recordemos que los premios de las primeras décadas del siglo pasado se concedían a novelas naturalistas. Esta monumental obra de más de mil páginas es un fresco que pinta a la Noruega del siglo XIV, en el contexto del sufrimiento de la protagonista ante las visicitudes de la vida desde su fe católica. Una obra excelente que nos adentra en la conciencia de los noruegos de ese siglo, en sus costumbres y en la interioridad femenina de Kristina.

    La gran novela noruega es Bendición de la tierra, de Knut Hamsun, a quien Bashevis Singer llamó “el padre de la literatura moderna” y que inspiró a Hesse, Kafka y Thomas Mann. Isak e Inger, los protagonistas, trabajan duro la tierra; reciben sus dones y padecen sus sinsabores. Además, sus obras Hambre y Pan anticipan el existencialismo. Su caso es fascinante, porque fue colaboracionista nazi. Sin embargo, los noruegos hace poco le erigieron un museo. No lo indultan ni lo idealizan, reconocen el valor de su obra y los claroscuros del ser humano. 

    Por su parte, la novela Trilogía de Jon Fosse, nos retrata una historia triste. Unos jóvenes se ven, se gustan, ella se embaraza… y no encuentran nadie que les tienda la mano, les regale un pedazo de pan o les ofrezca albergue, lo que va a conducir al muchacho a robar y asesinar, a huir con su mujer y su hija a otra ciudad, hasta donde lo encontrará una suerte de inspector Javert (el policía de Los miserables) para llevarlo al cadalso. ¿Su mujer y su hija? Ella se venderá al pequeño burgués que la quiere en su cama y que a cambio les dará casa y sustento. Pero ella se adentrará en el mar, como Alfonsina Storni… 

    1. Suecia

    La gran escritora francobelga Marguerite Yourcenar apreciaba a dos mujeres escritoras: la japonesa Murasaki Shikibu y la sueca Selma Lagerlof. Tradujo a una tercera: Virginia Woolf y su obra Las olas.

    El maravilloso viaje de Nils Holgerson nos cuenta el viaje de un año que realiza el pequeño Nils sobre el cuello de una oca, viajando al Norte por el Oriente y descendiendo de Laponia por el Poniente. En el camino, Nils dejará de ser un niño maldoso y aprenderá de los animales la empatía y el respeto a la vida, dentro de la cual la muerte es natural y parte del proceso. Al final de la novela, recupera su forma humana. “Sólo una bandada voló en silencio mientras él pudo seguirla con los ojos. Nils tuvo una sensación tan dolorosa que casi hubiera preferido continuar siendo un hombre pequeño, para poder viajar por encima de la tierra y del mar con una bandada de patos silvestres”. 

    Las novelas de Henning Mankell son de lo mejor en el género policiaco. Su lectura, en el orden en el que aparecieron publicadas, nos permite ver cómo la violencia en Suecia se fue incrementado de forma exponencial. Esas novelas están en la serie Wallander, producida por los suecos -se puede ver en Film & Arts-. Al final de su vida, con un cáncer terminal, Mankell escribió en Arenas movedizas cómo La consagración de la primavera, de Stravinsky, en su estreno, y la versión en ballet de Pina Bausch, la gran bailarina, muchas décadas después, confirman que el arte es la más poderosa manifestación en contra de la barbarie: “La música de Stravinsky y la extraordinaria coreografía de Pina Bausch cuentan la historia de una época de guerras y, al mismo tiempo, de la capacidad humana para ofrecer una resistencia demoledora”.  

    1. Dinamarca 

    No hay manera de asomarnos a la literatura danesa sin pasar por Hans Christian Andersen, el extraordinario cuentista autor, entre muchos otros, de “El patito feo”. Sin jugar a ser Freud, queda claro que el patito feo era él -como lo fue Charles Dodgson (Lewis Carroll) el autor de Alicia en el país de las maravillas. Su relato más conocido es “La sirenita”, que es la historia de una sirena que se enamora de un príncipe humano. “Era la última noche de respirar el aire que él respiraba y de ver el mar inmenso y el cielo estrellado; noche eterna, sin pensamientos ni ensueños para ella, que carecía de alma porque no pudo conquistarla”. 

    Karen Dinesen, la baronesa Blixen. Su primer libro lo firmó como Isak Dinesen, porque no quería que la juzgaran como mujer sino como escritor (sin género). Escribió también fantásticos relatos, como El festín de Babette, que relata como ningún otro texto la forma en que la comida puede volverse una obra de arte espiritual. Narró sus aventuras en el continente negro en Africa mía. “Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong”. Supo empatizar y describir a los masais, a los suajilis. Se ganó su respeto, porque supo respetarlos, sin dejar de ser una colonialista.

    1. Finlandia 

    Hasta que llegò a mis manos Litterature de Finlande de Kai Laitinen, me enteré de que la novela que leí en mi infancia con singular alegría, Sinuhé el egipcio, había sido escrita por un autor finés, Mika Waltari. “Yo, Sinuhé, hijo de Senmut y de su esposa Kipa, he escrito este libro. No para cantar las alabanzas de los dioses, porque estoy cansado de los dioses. No para alabar a los faraones, porque estoy cansado de sus actos. Escribo para mí solo”. Laitinen sugiere con precisión que Sinuhé narra el conflicto “entre idealismo y realismo cínico” que muestra el autor narrando la vida de Sinuhé, el trepanador real, en la época en que Amón-Ra instauró el monoteísmo en Egipto.

    Mi primer muerto, de Leena Lehtolainen, es la primera novela que tiene como protagonista a la inspectora de policía Maria Kallio. Ya son 12 las novelas de la saga, aunque sólo la primera está traducida al español. Sin duda Kallio es la Wallander finlandesa. “A pesar de que aún estábamos en verano, el tintineo de los cables contra los mástiles de los barcos que se mecían en el muelle le daba a laa escena un aspecto otoñal. El mundo de Piia me hacía sentir frío por dentro”. Las novelas de Lehtolainen confirman la vitalidad del subgénero policiaco en la literatura de los países escandinavos. 

    Las literaturas de Islandia, Noruega, Suecia, Dinamarca y Finlandia tienen sabores exóticos, mucho frío, trabajo duro, así como pasiones que se esconden bajo una frialdad aparente. Tierras de géiseres -Islandia- y de saunas -Finlandia-, de lapones y Groenlandia -Dinamarca- de Björk y de Abba, de Sibelius y de pintores deslumbrantes como el noruego Edward Münch. Vale la pena asomarse. Son un mundo aparte. Sus obras estéticas son auroras boreales, paisajes no vistos en otros lares.  

  • El canon de Bloom

    El canon de Bloom

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    Fue tardío y a contracorriente. Propuso una clasificación literaria jerárquica en un momento cuando corrían turbulentos vientos de fronda y la noción de autoridad quedaba erosionada por el multiculturalismo. Un momento histórico donde el valor estético se consideraba una idea como otras y no, conforme poco antes se pensaba, un valor universal compartido por todos. 

           Harold Bloom definió a veintiséis escritores como autores canónicos, es decir, autoridades de nuestra cultura, vigentes en el tiempo y parte de su memoria común, entre los cuales solamente tres escribieron en lengua española: Cervantes, Borges y Neruda (de éste último diría después que debió cambiarlo por César Vallejo o por Gabriela Mistral).

           ¿Qué convierte a un autor y sus obras en canónicos? Además del tiempo, de la memoria común y la valoración de otras autoridades, Bloom postuló la hipótesis de que ello era la extrañeza: una forma de originalidad que nos asimila de tal modo que dejamos de verla de esa manera. Una mezcla de profunda extrañeza y gran belleza, dijo, compone las obras canónicas.

           El crítico literario estadunidense decía que al leerse por primera vez una obra canónica se experimenta un inesperado y misterioso asombro —“casi nunca lo que esperamos”— que lleva a sentirnos transportados a una estancia mental desconocida pero a la vez familiar sin dejar de ser ajena, transportados a la intemperie de una tierra extraña en la cual nos movemos como en casa. Siendo un misterio, esta facultad profunda de la obra canónica es inescrutable.

           Los cánones han sido instrumentos de poder, utilizados para establecer dominios imperiales que niegan la distinción entre el saber y la opinión e imponen una norma única referencial, ortodoxa. El proceso de destrucción de los cánones, trátese del de Bloom o de cualquier otro, incluso la desaparición de la idea misma de canon (palabra de origen religioso: suma de autoridades), ha venido ocurriendo durante el siglo veinte, una etapa de destrucción de los universos estéticos, de erosión del valor artístico y de plena arbitrariedad al decidir qué es arte. Un momento de repulsa de toda autoridad, toda jerarquía 

           Aunque postuló un canon anglosajón, con un centro hacia adelante y hacia atrás al mismo tiempo ocupado por William Shakespeare, “inventor de lo humano” según el crítico neoyorquino y judío, el que se llamaba a sí mismo “bardólatra” para reconocer su culto al dramaturgo inglés, y a quien una memoria fotográfica permitía leer 400 páginas en una hora, él mismo reconoció que su español no era suficiente para elaborar un canon en esa lengua. Y sin embargo no erraba: creía que Rulfo era superior a Cortázar y a García Márquez, cuyo realismo mágico veía como un falso recurso.

           A Bloom no le interesó el ala derecha del canon, compuesta de solemnes y apolillados defensores de supuestos (e inexistentes) valores morales en las obras de la memoria común. Pero repudiaba acremente la trama académico-periodística, el ala izquierda a la que llamó Escuela del Resentimiento, la cual deseaba derrocar el canon para instaurar en su lugar otros valores extra literarios tales como la particularidad.

           Esa corriente de contra-pensamiento no se interesa en los mejores por ellos mismos, sino siempre referidos a una condición ajena a lo literario: mujeres, africanos, hispanos, homosexuales o de preferencias distintas, asiáticos, minusválidos. Bloom llamó a dicha particularidad “un resentimiento cultivado como parte de su identidad”, una no literatura. 

           Desde que la escritura creativa existe quedaron establecidos sus dos tipos genéticos: la buena y la mala, una cuestión que nunca dependerá del tema. Federico Nietzsche, tiempo antes, escribió contra los sentimientos de venganza y rencor. En su filosofía habló de una praxis consistente en una victoria sobre el resentimiento: “liberar el alma de él —primer paso para curarse”. 

           Bloom especula, sobre una base literaria y subjetiva, acerca de Betsabé, la madre de Salomón, como posible autora de partes de la Biblia: Génesis, Éxodo y Números. La figura llamada el Yahvista o J bien pudo ser una mujer de la corte del rey Salomón, afirma, un lugar de sofisticada cultura, considerable escepticismo religioso y gran complejidad psicológica.

           El Yahvé humano, demasiado humano, que come, bebe y pierde los nervios, regocijado en sus maldades, celoso y vengativo, “un grave caso de ansiedad neurótica”, ese dios ambivalente resulta contado por una mujer que logra una reunión entre lo divino y lo humano. La conmoción fundamental de esta originalidad canónica es observar que la adoración occidental a Dios por judíos, cristianos y musulmanes es la fascinación por un personaje literario: el Yahvé de J, ironizó el crítico no hace mucho muerto, casi intacto, a los 89 años.

            “Nadie es más que otro si no hace más que otro”, explicó don Quijote a Sancho Panza alguna vez. Bloom lo creía, estudioso de la Cábala aplicada a la literatura, radical e independiente de los pensamientos comunes, así escudriñó la profunda extrañeza y la gran belleza de las obras canónicas. Su análisis crítico fue un proceso pleno de creación literaria. De tal manera custodió el acto irrenunciable de leer y salvaguardó el acto necesario de escribir. 

  • “Debes decirles lo que estás viendo”

    “Debes decirles lo que estás viendo”

    COLABORACIONES

    Eduardo Subirats

    Quiero leerles unos comentarios en torno a tres obras recientes del escritor mexicano Fernando Solana Olivares: un ensayo, Casandra se desvanece (UdeG, México) publicado en 2021, y dos novelas, Hormiguero, de 2023, y Péguese mi lengua que hoy se presenta en Oaxaca en este otoño de 2025. Son tres obras muy diferentes, pero tres libros que comparten algo más que su único autor. Y, si no me equivoco, las tres obras trazan un pensamiento consistente con el mundo contemporáneo o, más exactamente, tratan de establecer un nexo intelectual entre el pasado, los múltiples conflictos y crisis del presente histórico, y lo que podemos esperar en lo por venir. En las tres obras nos encontramos con un pensamiento reflexivo, en el sentido de constituir lingüísticamente una conciencia de nuestro tiempo, y de configurar literariamente y construir conceptualmente un mapa transparente del estado creciente de desequilibrio, precariedad y angustia bajo el que sobrevivimos. 

          Comenzaré con Casandra, y no solo por ser el primero de los tres títulos en ser publicado, sino también porque su prefacio, titulado “Escolios desde la peste”, traza un paisaje histórico consistente con dimensiones extraordinariamente dramáticas y anticipadoras: crisis climática, la catástrofe pandémica, los conflictos financieros y militares patrocinados por el imperialismo de los Estados Unidos, desde la Guerra contra el Mal en las postrimerías del siglo veinte hasta la Guerra Global inaugurada con la destrucción del World Trade Center de Manhattan en el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001. 

          En este ensayo de ensayos Solana define la función del mito de Casandra con el siguiente enunciado: “oír el presente del ominoso futuro”. Y lo que recorre el ensayista como cronista filosófico y literario son una serie de hitos o fragmentos en un collage de considerable envergadura en el que precisamente hay de todo. Fernando llama a este caleidoscopio “recuerdos del futuro” en consonancia con esta unidad del pasado y lo por venir. Son destellos de luz que evocan los libros y guardan las memorias. Sus tonos son mayormente graves: “La agonía de Fausto, el último filósofo, el sentido de la noche, del sí al no…” Pero también hay notas musicales altas: la “Carta desde uno mismo”, por ejemplo, en la que este escritor formula el principio subjetivo y autónomo de toda actividad intelectual pura: “Debes decirles lo que estás viendo”.

           Todas estas palabras las pronuncio a título personal de presentación y resumen del proyecto literario e intelectual que formula clara y distintamente la Casandra de Fernando Solana. Pero ahora viene una cuestión interesante: ¿Qué significa esta fragmentación y desmoronamiento del discurso que afirma rotundamente Solana? ¿Qué quiere decir en la historia del ensayo latinoamericano que un escritor abandone entera y descaradamente les grands récits de Occidente? ¿Y por qué constituye un hito importante a lo largo del declinar de la cultura occidental y del repensar la historia de las civilizaciones desde perspectivas fragmentarias y diversas, desde sujetos múltiples y diferentes, en lugar de los discursos alineados y vigilados de todos los días por un sistema colonizador universal – más tarde llamado orden global – de educación, organización política y reconfiguración electrónica de las culturas?

        Lo formularé sumariamente: Fernando Solana elimina de un solo golpe la supremacía de los discursos unívocos de Occidente y pone de manifiesto la posibilidad de un pensamiento crítico, ágil y riguroso que no sacrifica por ello un espíritu humanismo sólidamente anclada tanto en tradiciones europeas como asiáticas y amerindias. Y sobre todo un humanismo universal, a mil leguas de las lingüísticas estructuralistas de New York o Londres. Sólo quiero citar, a título de conclusión a sus excursos, aforismos y fragmentos, la definición clásica del “Espíritu de nuestro Tiempo” de Fernando Solana como “la oposición al totalitarismo económico, político y social, la rebeldía ante un pensamiento único y una epistemología impuesta para todos”.

          En una siguiente jornada, la segunda jornada, nos encontramos con Hormiguero, una novela publicada en 2023 (El tapiz del unicornio, México). Y aquí tenemos algo diferente, pero desde otro punto de vista también similar. Estamos de nuevo frente a una reconstrucción microanalítica de situaciones cotidianas y discontinuas de la sociedad mexicana, pero que en muchos aspectos podría ser también cualquier sociedad americana o europea. Podríamos hablar de un microrealismo literario. Un realismo muchas veces crudo y violento, pero que en otras ocasiones deriva en el minimalismo repetitivo del Op Art. Y cuya lectura se vuelve, por momentos, sofocante, maníaca, incluso paranoica, al punto que yo, como lector, no podía comprender cómo esta confusión de voces, estas líneas de choque y estos enormes vacíos existenciales que la novela describe es simplemente posible en tiempo real. Algo que también me ha sucedido con Kafka, cuya novela América, por ejemplo, nunca he llegado a leer hasta su final, temeroso de confrontar el sinsentido de mi propia existencia. 

           Es este desorden de emociones, categorías y acciones dramáticas lo que precisamente señala el título de esta novela: un hormiguero. El narrador describe destellos y aristas de la vida urbana y cotidiana de México en una vasta zona fronteriza con los Estados Unidos. Un hormiguero precario atravesado por contrastes y conflictos irreales, irracionales o surreales. Y Solana nos confronta con una mirada analítica, desnuda y realista. Su lenguaje es preciso, frío, minuciosamente objetivo, pero su efecto es expresionista y, en ocasiones, devastador. Pero, sobre todo, es fiel a su postulado literario general anunciado en Casandra se desvanece: “Debes decirles lo que estás viendo”.

           Pero en esta novela, lo mismo que en su ensayo, también nos enfrentamos con una narrativa fragmentada y con el fragmento como forma. Felizmente esta descomposición cubista de la forma y del tiempo literarios, y la deconstrucción expresionista del lenguaje y el relato de una realidad humana desgarrada, cuenta con un gran escritor y una gran voz en la literatura mexicana y mundial: Juan Rulfo. Y Hormiguero puede leerse, o mejor, debe leerse como una reformulación postmoderna de Pedro Páramo. Es el relato colectivo de una existencia rota por la violencia de la colonización, por la violencia de la desigualdad social, y por la violencia de la represión postcolonial bajo sus múltiples máscaras, esencialmente aunque no literalmente idénticas con los páramos y las sombras de Rulfo.

          ¡Pero con una importante diferencia! En Pedro Páramo el protagonista y narrador de la novela desaparece materialmente del espacio literario, para sumergirse y derretirse literalmente en las aguas mitológicas del inframundo del Mictlán y el Tlalocan precoloniales, y sus vínculos biológicos y espirituales con una naturaleza femenina a la vez misteriosa y exuberante. Además, este protagonista lucha por abrirse paso en un mundo de sombras, en busca de su origen paterno y patriarcal. En Hormiguero no hay protagonistas y el narrador mantiene una distancia impasible y analítica frente a la realidad; tampoco existen las profundas voces femeninas de Comala.

          La novela moderna, la novela que representan las Metamorfosis del escritor latino Apuleyo o Don Quijote de Cervantes, nace con un narrador individual, y entreteje una red de asociaciones metafóricas en torno al carácter, la personalidad y la constitución de un sujeto literario. Los ejemplos se pueden prodigar. Pero podemos seguir con estas mismas dos novelas: Metamorfosis y Don Quijote. En un caso tenemos el relato de una iniciación individual a los misterios de la diosa Isis; en el otro, la iniciación ritual de un caballero andante y su profusión de aventuras picarescas en aras de su unión mística con la diosa Dulcinea en una virtual Edad de Oro.  

          En el mundo que llamamos postmoderno (a falta de un nombre propio) esta constitución literaria del sujeto simplemente se desmorona y desaparece. Tres ejemplos cristalinos: Kafka, Beckett y el propio Rulfo. En el primero de ellos tenemos el relato de un protagonista que asume su condición alienada hasta el extremo de aceptar como un destino la lógica capitalista y totalitaria de su supresión. En Beckett tenemos la fusión de narrador y protagonista literario en el proceso narrativo de su desintegración y autodisolución intelectual y existencial, a lo ancho de un incierto e inhóspito universo político, social y cultural posthumano. En Pedro Páramo de Rulfo nos encontramos con un cuadro ligeramente diferente: sus personajes femeninos diluyen sus perfiles individuales en las metáforas ya casi irreconocibles de antiguas diosas, bajo el poder de su manipulación así sexual como teológico-política y económica que ejercen los representantes del poder colonial y postcolonial: un cacique corrupto y un sacerdote interiormente corroído por su conciencia culpable. 

           La novela Hormiguero de Solana se inserta directamente en esta tradición literaria del siglo veinte, en la medida en que pone de manifiesto no sólo la desaparición del narrador, sino también el colapso ético de una sociedad contemporánea en una serie de escenarios que comprenden los extremos más radicales de las vidas humanas. Análogamente a la novela Pedro Páramo, Solana disuelve los personajes literarios en una multitud proteica y fantasmática, y anuncia con ello las formas de vida de una edad posthumana. La metáfora de un “hormiguero” subraya precisamente esta visión confusa y oscura del inframundo de las hormigas.  

            La novela que presentamos hoy en Oaxaca, Péguese mi lengua (El tapiz del unicornio, México, 2025)  es otra historia completamente diferente. No es una novela deconstruccionista con reflejos surrealistas, sino una novela realista y una novela histórica.  Su tiempo y espacio se extiende en el México del siglo diecinueve, desde la independencia del poder colonial español hasta la ocupación neocolonial napoleónica, y bordea la naciente sombra amenazadora del imperialismo de los Estados Unidos. Sus escenas, que Solana describe con meticulosa precisión, ya sean los aires aristocráticos de Viena, ya sean los bastidores más oscuros de la política mexicana, son esplendorosas. 

         Mientras leía esta novela no podía dejar de asociarla, tanto por su forma, cuanto por su fondo histórico, con el realismo histórico de Tolstoi en Guerra y Paz.  Mentalmente establecía asociaciones libérrimas. Solo señalaré una de ellas. Tolstoi relata el asombro del ejército napoleónico cuando entra en Moscú con la arrogancia del sempiterno imperialismo europeo y se encuentra con una ciudad que, en lugar de acogerle triunfante, es una ciudad vacía y en llamas, porque toda su aristocracia e inteligencia simplemente había huido al interior de Rusia e incendiado sus mansiones. Solana cuenta una escena paralela de las jóvenes de la clase alta oaxaqueña invitadas por los cadetes franceses a una fiesta de gala ofrecida para celebrar su victoria sobre México. Todas las muchachas asistieron, sin excepción, pero todas vestidas de riguroso luto. Un luto por la muerte de sus hijos, sus hermanos y sus amantes en manos del invasor. 

          A este respecto ambas novelas, el testimonio de la victoria del imperialismo napoleónico en la novela de Tolstoi, y sobre un México apenas emancipado del imperialismo hispano-cristiano, se transforman artísticamente en el espejo de la derrota moral del ejército militarmente vencedor. 

          Ciertamente, la novela Péguese mi lengua es muy diferente de la novela de Tolstoi. Sus paisajes son más amplios y coloridos. Describen en un extremo los patios coloniales de Oaxaca, y en el extremo opuesto los palacios y jardines barrocos de Viena. Está atravesada por relatos crudos y encuentros galantes, lo mismo que en la novela de Tolstoi. Y posee una unidad fluida del espacio y el tiempo, lo mismo que la novela histórica europea del siglo diecinueve. Sin embargo, su principio formal es dispar. Solana parte de la fragmentación del discurso y la realidad, su composición cubista integra escenas y realidades desconectadas en un ritmo expresivo discontinuo de intensidades emocionales altas y bajas a lo largo de la novela. No existe en ninguna de las dos novelas de Solana un narrador orquestando la realidad. En su estructura formal, que llamaré cubista en un sentido muy laxo de la palabra, tampoco se configuran centros privilegiados de actuación y tensión dramáticos. La historia misma de México se fragmenta y deshace.  

          En esta trilogía – dos novelas y un ensayo – Fernando Solana ha expuesto una mirada analítica y cortante del pasado y una visión esclarecedora del presente. Siempre bajo el lema: “Debes decirles lo que estás viendo”. La breve cita de la novela de Solana que les voy a leer podría ser una de sus posibles conclusiones: “(México) necesita un gran choque para salir del marasmo, de su encierro en lo irracional, de su tristeza profunda, de su fatalidad colectiva”.

  • Actos gratuitos

    Actos gratuitos

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    El viejo comerciante de telas abre su tienda todos los días a la misma hora. Pocas veces llegan clientes porque Damasco, la legendaria ciudad donde vive, está en guerra. Pero él lo hace pues ahí están sus raíces y piensa que si las pierde lo perdería todo. Las jornadas se suceden solitarias y monótonas. Mañana abrirá de nuevo. Sin solución de continuidad, como dicen los clásicos, hasta que alguna vez todo termine y la tienda no vuelva a levantar su cortina. En tal perseverancia habrá un sentido. Nadie más que él lo conocerá.

           Marguerite Yourcenar terminó una mañana de verano su novela Obra negra y tendida en una hamaca repitió más de trescientas veces el nombre de Zenón, el médico protagonista de la obra que acababa de morir. Esa repetición fue una salmodia que se pronunció sola. La escritora se entregó al acto gratuito de la invocación, como el agua ocupa cualquier espacio porque se adapta a él. Tal era su sabiduría: amasar el pan, barrer el umbral, recoger madera muerta luego de las noches de mucho viento. Como si tuviera sentido, así lo adquiría.

          La penumbra envuelve los movimientos de esa modesta mujer que sale todas las madrugadas a barrer la acera de su casa. Su invariable regularidad es el reloj de los madrugadores del pueblo. Quienes se cruzan con ella van a sus oficios por razones personales. El viejo egoísmo humano se echa a andar para que el carnicero prepare su negocio, el panadero horneé a tiempo el pan y la lechería abra oportunamente sus puertas. Pero en ella no está en juego esa razón. Cuando alguien le pregunta por qué lo hace ahora sólo se ríe. Antes todavía explicaba lo que ninguno iba a entender: no hay un por qué.

           “Ningún alimento sano se atrapa con red ni trampa” escribió el visionario poeta William Blake en sus Proverbios del Infierno. Borges dijo de él que fue el menos contemporáneo de los hombres. Enfermo, el último de sus días lo pasó trabajando en una serie de ilustraciones sobre Dante. Su mujer lloraba junto a la cama donde yacía. De pronto le pidió que no se moviera y comenzó a dibujarla. La veía como un ángel y la representó con devoción. Luego murió. Con el tiempo aquel dibujo se perdería. Varias veces se ha dicho que fue encontrado. No hay tal. Su sentido fue efímero.

           Ese músico asiste todas las noches a su taller de composición. Después de impartir largas horas de clase llega desfondado al pequeño departamento donde vive solo. Está componiendo una pieza instrumental a la que le dedica el par de horas diarias que todavía resiste despierto. Avanza con dificultad y cansancio en la obra, buscando combinaciones melódicas que no se le revelan. Apenas está escribiendo el inicio y sabe que no vivirá para terminarla. Pero cada vez que se encuentra con ella se comporta como si fuera a lograrlo. A veces actúa como si la hubiera terminado. Esas noches la termina.

           El ama de casa arregla todos los días su hogar. Lo mira como un santuario y también como un quirófano. Sabe que la perfección no existe pero secretamente la está buscando. Cree encontrarla en los dobleces de las telas o limpiando el rincón que nadie ve. Después habla con las plantas y hace la comida. Algunas mañanas ha creído que la rutina es su tabla de salvación, que ordena el pensamiento frenético e induce tranquilidad. El marido y los hijos lo dan todo por descontado, la consideran simple y servicial. Un acto gratuito cuyo discernimiento nada más ella percibe.

           El mimo está en el crucero actuando para nadie. Un hombre detenido en el alto desvía la mirada, ignorándolo ostensiblemente. Otro está embebido en su teléfono celular. Sólo un par de niños lo observan desde la esquina. Empuja su pelota con dos bastones y la hace girar velozmente de uno a otro. Logra lanzarla y recibirla después sobre el pequeño círculo del bastón con pericia circense. Algunas otras fantasías con la esfera completan su espectáculo. El mimo no recibe nada a cambio. Dirige su caravana hacia los niños. Para él y para ellos su acto tuvo sentido.

           Trazando un retrato de Natalie Barney, la poeta y novelista avecindada en París, Marguerite Yourcenar reconoció su suerte al haber vivido en una época en la que la idea del placer todavía era la noción civilizatoria que ya no es, también al lograr huir de las garras intelectuales de la modernidad sin haberse psicoanalizado ni convertirse en existencialista. Al no preocuparse por realizar actos gratuitos y permanecer fiel a las evidencias de su espíritu, de sus sentidos, de su “buen sentido común”. O por la proeza, siempre incomprendida, de llevar una vida libre según su voluntad.

           Gratuito significa hacer algo de balde o de gracia. La palabra gratitud está contenida en el término. De ahí que la tradición pietista luterana establezca que pensar es un equivalente de agradecer. La vida se regula en instancias que no son visibles. El utilitarismo es lo contrario de la gratuidad. Hoy el sistema-mundo castiga y desdeña los actos gratuitos. Todo tiene precio, todo debe reportar utilidad. Pero vivir no es útil o inútil. Sócrates quiso aprender a tocar la flauta antes de morir. No había un porqué, sólo un espontáneo hacer.

           ¿Cómo se expía la vida? ¿Cómo se calcinan los años? Disuelve y coagula. Vía húmeda, vía seca. Es de noche, la línea blanca del mar parece un bordado difuso que se mira a lo lejos, como una cinta, un fantasmal y tenue tejido. Y el golpe ctónico de las olas, su diapasón solemne, el fuelle incesante que cae, cae, cae teniendo/no teniendo sentido. Y ese inmenso corazón que lo abarca todo y todo lo aligera. Estas líneas, estas quejas, estas cuitas de lo irremediable vivido. Dios, dirá Shankara, es “Aquel ante el cual retroceden las palabras”. Entonces sólo quedan los actos gratuitos: en ellos radica el silencio absorto del Ser.

  • Robert Valerio: abrir perspectivas de especulación

    Robert Valerio: abrir perspectivas de especulación

    Colaboraciones

    Soledad Velasco

    Soy artista plástica, por lo que mi punto de vista sobre el libro Atardecer en la maquiladora de utopías del crítico de arte Robert Valerio, surgirá de esa inquietud o vocación mía. También he de anotar que, aunque soy oaxaqueña, yo poco residí en Oaxaca; hasta ahora, llevo cinco años aquí, contando tres de encierro pandémico. Señalo esto porque sin duda mi mirada viene de fuera, de quien es y no es parte de la escena artística oaxaqueña.

    Lo primero que quiero decir es que es un libro fácil de leer, debido a la metodología que emplea Robert Valerio a lo largo del libro: la mayéutica socrática. En el capítulo “Uristikor o del estilo” es muy evidente, en ese diálogo genial que Uristikor sostiene con Elentikor.

    Desde hace muchos años oí hablar de Robert Valerio, pero, sinceramente, como un destructor, un crítico demoledor o un enfant terrible. Yo creo que Robert Valerio era un hombre inteligente y analítico, enemigo de dictar máximas. Tampoco perseguía destruir. Intentaba hacernos reflexionar. Sí, la mayéutica. A través de una, otra y otra pregunta; ¿qué es lo que pensamos nosotros? ¿A qué conclusiones llegamos? Él nos pone los “hechos” sobre la mesa y va incorporando razonamientos que poco a poco le llevan a hilar un discurso que lo saca de la cueva del minotauro.

    Luego de leerlo por segunda vez, creo que será mi libro de cabecera: Todo lo que un buen pintor debiera saber o del manual del perfecto artista.  Lo digo con cierto humor, pero es verdad. Ser artista debe implicar reflexionar profundamente sobre el oficio. Este libro nos da pistas, nos ayuda. Nos invita a razonar sobre a qué respondemos cuando pintamos, qué nos impulsa a pintar, qué temas tratamos, por qué, y se adentra incluso en intersticios del oficio: ¿cómo queremos expresar o representar? Según lo que hayamos escogido hacer. Valerio me parece un valiente porque analizar así, diseccionar con ese comedimiento la llamada Escuela Oaxaqueña y el arte que se producía en Oaxaca en aquellos años de bonanza, no debió de ser tarea sencilla.

    Otra crítica que siempre he oído es la preocupación que afirma que preguntarse todo ello podría repercutir en el mercado del arte; que quien preguntaba tanto sólo perseguía, consciente o inconscientemente, sacrificar el mercado y afectar a las personas que habían logrado salir de circunstancias de vida complicadas mediante el oficio del arte.

    Pero es que a lo largo de la historia las vidas particulares somos sólo anécdotas, y la función del crítico no es centrarse en ellas, su campo es global, es el de las ideas.

    Me centraré en abordar sólo tres puntos porque no hay suficiente tiempo para más y porque han sido para mí una preocupación constante, sobre todo en los últimos años. El primero tiene que ver con reflexiones que vienen del pasado y que pueden encontrar hoy en día una respuesta. Los otros dos son una revisión de los capítulos en que se examina el concepto del estilo y el tema ya que se convierten en la búsqueda de la gran mayoría de los artistas y tienen que ver con el acto de crear.

     1. La importancia del espectador

    Valerio se pregunta sobre lo que se cuece entre la inauguración y la clausura de una exposición. Esa sabiduría anónima contenida en el libro de comentarios, que puede alumbrar el camino del crítico con frases tan francas como “ya ni chingan con sus pinches copiones”. Valerio nos aclara en su primer capítulo El estado crítico de la crítica: “Un peligro es el divorcio entre la crítica y el público que no participa ni en la curaduría ni en la compra de obra, es el gran olvidado”.

    En la libreta de comentarios de la exposición Nueve pintores oaxaqueños inaugurada en el año 1996 hay frases tales como: “¿Por qué no hay mujeres?”  o “¿No hay mujeres artistas en México?” Supongo que Valerio presenta un resumen de los comentarios en aquella libreta. Sea como fuere, sale a colación el tema de lo que hoy llamamos “la cuestión de género”.

    Valerio puso énfasis en otros aspectos clave que ya hemos nombrado. Su campo de estudio, el que desarrolló, fue otro. Ahora lo que quiero resaltar es la necesidad que existe, aún después de 26 años, de abordar eso que él señaló.

    Hay muchos grupos de mujeres artistas en la actualidad, pero yo echo de menos una exposición colectiva mixta, de ocho hombres y ocho mujeres, pintores y pintoras, escultores y escultoras, cuyo rango de edad sea de los 55 años para arriba. Es decir, que tengan una trayectoria de largo recorrido. Los parámetros son arbitrarios porque hay que acotar de alguna manera.

    Mucho han hecho para visibilizar el trabajo de las mujeres los grupos femeninos que organizan exposiciones exclusivas de ellas y para ellas. Pero creo que de una exposición como la que planteamos, puede resultar un diálogo muy interesante. Existe un proyecto sobre este tema que está buscando sede. Lo elaboramos el crítico Jorge Pech, la galería Noel Cayetano y yo.

    Luego de leer el libro de Valerio, vemos interesante que este proyecto nazca de esos tres ejes: crítico, galerista y pintora. Resulta interesante porque los nombres propuestos obedecen a su calidad artística y edad, y no a que trabajen o no con determinada galería. Nos hemos propuesto que el tema del mercado no importe. Lo interesante va a ser reflexionar sobre lo que se hace ahora. Un nuevo factor para tomar en cuenta, y que al principio no contemplamos, es el invitar a participar al campo de la escultura. Con la segunda lectura del libro de Valerio, es evidente que este campo era entonces casi inexplorado por los oaxaqueños. Será interesante valorar su papel dentro del campo del arte en la actualidad.

    Es decir, este proyecto expositivo que ya está tocando puertas nació de la lectura de este libro por primera vez. La idea es seguir su estela. Entonces ese tema surgió con mucha fuerza. Tal vez es hora de retomar la inquietud que ya existía en 1996. Imaginen un encuentro equitativo de hombres y mujeres con trabajos en grandes dimensiones, a ser posible en un lugar amplio para establecer ese diálogo: demostrar que hay hombres y mujeres dedicados desde hace años de igual manera en el campo del arte.

    Estoy segura de que ese encuentro demostraría que hoy existe una variedad enorme de temas, de maneras de abordar el oficio pictórico, y de las múltiples motivaciones que a cada uno alimentan. Creo que actualmente es un campo heterogéneo. Pero estaría por verse. En dicho proyecto tienen un lugar destacado los críticos, haciendo caso a Valerio sobre la necesidad de que existan escritos que analicen más allá de los textos que se incluyen en los catálogos individuales, que suelen ser halagadores. Para ello, el proyecto incluye a cuatro críticas y críticos. Hombres y mujeres. Dos que ejercen en Oaxaca y dos de fuera del estado. Nos aplicaremos en sacar adelante este proyecto que incluye mesas de diálogo. Ya es tiempo de que se realice.

    2. Del estilo

    Qué capítulo más interesante el titulado “Uristkor o del estilo”. Como he dicho, leí el libro hace poco y de ahí me han surgido varias inquietudes que se han concretado en ideas y éstas en hechos. Mi última exposición individual se tituló “En fuga del estilo propio” y lo hice, sí, a partir de la lectura del libro Atardecer en la maquiladora de utopías. ¿Qué es el estilo? ¿Buscamos un estilo propio? ¿Ser reconocibles? Y.… cuando hemos sentido que lo hemos encontrado… ¿nos da pavor dejarlo a un lado? ¿Seguimos por el camino conocido por miedo a ser ignorados? A que digan “ésta no sabe ni lo que quiere hacer, está perdida”. Soy, digamos, figurativa/ expresionista, y en esa exposición me presenté con cuadros naturalistas.

    La idea era explorar un lugar donde no tuviera mi zona de confort. Casi nada me parece más difícil de capturar que la mar y de la mar la espuma. Esa masa abstracta de cerca pero de lejos tan figurativa. Es espuma y no es otra cosa. Qué difícil para mí, qué bonito, qué reto. Recuerdo una cita que hay en el libro, es del pintor Felipe Morales: “Uno no pinta como quiere, sino como puede”. Bueno, tal vez no sea ese el único camino.

    Valerio confronta las opiniones de Aceves Navarro y Cuevas en alusión a este tema. Mientras el primero asevera: “Cualquier estilo no es otra cosa que un límite tremendo autoimpuesto; es decir aquí llego y me repito porque quiero ser yo mismo siempre”, Cuevas responde: “El arte es una obsesión y quien no tiene una obsesión definitivamente no es artista”. Es decir, la validación de la búsqueda de la estabilidad vs. la variabilidad, la claridad de rumbo o pérdida de este. Yo estoy de acuerdo con Aceves Navarro pero hay muchos otros caminos. El capítulo es abundante en razonamientos, recomiendo leerlo, acá no hay tiempo de decir más.

    3. De la evasión de la realidad: el tema

    En cuanto a los temas, Valerio reflexiona sobre la necesidad de retratar la realidad objetual. Pero hay también una realidad emocional por la cual yo me decanto. En la página 280 presenta un cuadro sinóptico y entre los temas que escaseaban en ese momento en el arte oaxaqueño enlista: licuadoras, autobuses urbanos, reportaje, actualidad, ciudad, tecnología política, ironía. No habla de las emociones, echo en falta eso que yo nombraría “el análisis de la naturaleza humana”, aunque al enlistar los estilos pictóricos que escaseaban nombra al “expresionismo” en donde, en esencia, van incluidas.

    Las cosas han cambiado mucho desde que Valerio escribió. La violencia que vivimos en la actualidad ha entrado en la temática como un vendaval pero es importante reflexionar sobre nuestro oficio y remontarnos a ese pasado de buena esperanza que vivió Oaxaca en las artes, analizarlo.

    Valerio lo dice claro en su obra: “A lo largo de este libro, mi intención ha sido más que establecer conclusiones firmes, abrir perspectivas de especulación”.

    Socrático hasta el final. Esa frase resuena en mis oídos como si dijera “yo sólo sé que no sé nada”.

  • El Inicio del fin de la fábrica de sueños

    El Inicio del fin de la fábrica de sueños

    Colaboraciones

    Siegrid Wiese

    Atardecer en la maquiladora de utopías de Robert Valerio sonó como un disparo en el momento de su publicación, y su eco sigue reverberando a través de los años en el mundo artístico oaxaqueño.

         De humor elegante y análisis certero, este libro aborda la práctica plástica en Oaxaca de la segunda mitad de los años 90. En él, Valerio da cuenta del juego económico-político que determina qué es lo que se muestra en las galerías y en los museos; nos abre la puerta de la trastienda para mostrar lo que no vemos, los mecanismos que determinan el mercado. Robert se cuestiona de dónde viene ese movimiento económico-ideológico que articula el arte en Oaxaca. Su objetivo: desenmascarar eso que no es claro para los demás, transparentar, mostrar el mecanismo oculto. Con una mirada amplia y filosa Robert Valerio logra desmarañar el quesillo, alzando la bandera roja del estado de la crítica en Oaxaca, que queda pobre en percepción artística y arrastra con esto en muchos casos la creación misma.

             La hoy trillada Escuela Oaxaqueña de Pintura era en ese entonces intocable; esa manera de pintar muy de aquellos años termina siendo portavoz de las atracciones turísticas y nombra a Oaxaca como “la meca espiritual mexicana”, según sugiere Alicia Azuela. Pero entonces, ¿de dónde viene todo ese mundo artístico? ¿De los maizales de Ocotlán en el caso de Rodolfo Morales? ¿O viene de más lejos, quizás de los trigales de Van Gogh?

           Es importante que Oaxaca sea sede de artistas de otros lados de México y del mundo; que las artes no se desliguen de lo que pasa afuera del “reino encantado”; esto es sumamente benéfico para lograr que el arte sea un lenguaje universal, que aunque se toquen temas locales resulte una puerta abierta para llegar al alma. En ese contexto la critica debe ser una ventana y no un espejo, como bien lo dice Robert.

          En el libro que hoy celebramos Susana Wald expresa inconformidad por el rechazo hacia los artistas foráneos. Hoy en día eso ha cambiado en Oaxaca pero nos ocasionó un avance lento, lo que nos hace llegar siempre tarde a todo, quedar desfasados por miedo a no aprender a dialogar con un lenguaje más amplio; siempre es más fácil quedarse cerca de la zona de confort. Pero esto cobra un precio muy alto: responder a las exigencias de un mercado viciado que limita la experimentación y por ende el crecimiento. Así trabajaron los artistas y algunos cuantos hasta el día de hoy, manipulando una tradición y un lenguaje local. Cito a Luis Zárate: “Lo tradicional está bien pero ¿por qué no podemos hacer algo a partir del instante preciso en el que estamos?” Este comentario consignado en el libro de Robert Valerio me parece una de las claves: ahí está la carne viva, la que arde.  

           Es importante darnos cuenta de que encerrarnos en un mundo local nos corta las alas, el mundo está conectado y el diálogo puede ser mucho más amplio e interesante. Dialoguemos con palabras o con imágenes, hagamos crítica con letras o con trazos.

          Aunque muchos sentimos la palabra “crítica” como una palabra destructora o muchas veces como un palabrerío endulzado, existe la esperanza —gracias a la punta de lanza que resulta ser este libro—-, que deje de ser en la mayoría de los casos proporcional a la cantidad de billetes que los intereses vacíos producen. En este libro el autor nos deja claro que la critica no tiene un afán destructor; debemos de abordarla desde el conocimiento para crecer. Sugiere evitar el halago pero tampoco estar en contra. Si no hay critica no hay propuesta. Hay que ser valientes y aceptar una visión honestamente escrutadora.

          De la mano de Valerio avanzamos y descubrimos más de lo que creemos que existe en este libro. Robert deja su piel en cada capitulo y en ese ejercicio de desollamiento podemos ver la esencia de los artistas y de él mismo como autor y como artista —no olvidemos que era un maravilloso poeta—, algo que yo agradezco infinitamente porque de eso se trata la vida. En cambio usar pieles ajenas me parece un terrible desperdicio.

          ¿Qué pasa cuando no hay crítica? Todo mundo hace lo mismo, terminan copiándose unos a otros porque no existe una búsqueda profunda, pintan desde afuera para salir ilesos ante el universo. Una cita con el Universo es lo que deberíamos tener justamente. Hagamos esto si queremos aportar algo valioso, seamos canales para traer al plano físico lo que no se ve pero mueve armoniosamente al mundo.

          Considero que este libro es un barco, nos ha salvado de ahogarnos.

    Si este libro no existiera, posiblemente seguiríamos nadando en el agua sucia –– cito a Plinio Villagrán en uno de los capítulos de Estación Antequera—. Este maravilloso libro es un artefacto que se contrapone a la ideología de los años 90, y gracias a eso hoy en Oaxaca tenemos la cabeza fuera del agua turbia, invitándonos a la valiosísima autocritica para salir ilesos del crash después del boom.

           Hoy el concepto de Escuela Oaxaqueña de Pinturaestá bastante superado, el barco ya navega hacia otro lado, hacia las propuestas conceptuales, al enriquecimiento entre disciplinas, al arte fuera del cubo blanco. Pero también de ese lado tenemos una problemática: cuando se valora más un plátano pegado en la pared que un cuadro colgado en un museo estamos desfasados nuevamente. Ahora, si lo analizamos desde las herramientas de la crítica no está mal, es parte de un proceso, de un cambio, de una búsqueda que afortunadamente experimentará una depuración natural y, estoy segura, encontraremos el punto exacto donde el compartir artísticamente se convierta en un acto sublime.

            Estas disidencias en México han dado claves para lo que sucede hoy en el mundo del arte. Por ejemplo, en nuestro país el movimiento de la Ruptura dio paso a un lenguaje más cosmopolita no sólo para los mexicanos. Este tipo de movimientos que accionan en pro de la libertad son los que producen los cambios que a su vez nos llevan al crecimiento como humanidad, a la importancia de situarse en el tiempo y no en el lugar.

          El arte refleja la realidad del mundo. Hoy día debiera tener un contenido terrible, un contenido esperanzador, un contenido de amor, un contenido de problemática, un contenido de crítica social, de crítica ambiental o un contenido que nos abrace amorosamente para llenarnos de esperanza. Pero ¿qué sucede?

          Aunque ahora mucho menos, seguimos con el pensamiento localizado en una tierrita, llamémosle Oaxaca, México, Canadá o China. Seguimos siendo locales en nuestra tierra. Lo que sigue es conocer lo que hay fuera de los territorios, salir del cuerpo, traer el lenguaje de las estrellas, hablar, escribir, bailar, pintar con nuestra propia luz. La luz de cada uno de nosotros es lo más valioso que hay y los artistas, cualquiera que sea nuestra disciplina, tenemos el compromiso y la obligación con el mundo de hablar con este idioma. Si no es así mejor dediquémonos a otra cosa y dejemos de estorbar.

          El diálogo futurista en las páginas finales de Atardecer en la maquiladora de utopías es una verdadera joya. Si después de recibir esta papilla en la boca no entendemos, es momento, por favor, de dejar de herir al Arte y dejar de confundir a los que vienen atrás.

         La libertad aunque nos incomode persiste

         “El Inicio del fin de la fábrica de sueños” hoy cumple 26 años.

     

    Tags:

    Atardecer en la maquiladora de utopías. Robert Valerio. Crítica de la pintura oaxaqueña.

  • Una tarde que llovía

    Una tarde que llovía

    TA MEGALA

     Fernando Solana Olivares

    O una mañana radiante de sol. Conocí a Robert Valerio hace años en Oaxaca. Era un brillante autor (tal vez decir pensador sería más justo) de origen inglés que aprendió a escribir en un español impecable, como si esta lengua de antiguas piedras latinas hubiera sido suya desde mucho antes.

           Falleció repentinamente, sin aviso, malogrado a destiempo. Quizá el viejo proverbio clásico resulte cierto y los elegidos de los dioses mueran jóvenes, quizá los cristianos tengan razón y las almas de los justos sean recogidas antes de comenzar las grandes tribulaciones.

           Días atrás había dejado en mis manos el manuscrito de un libro que entonces prometí publicarle en una edición intempestiva. Tal fue el nombre en el cual hay ecos de Nietzsche de la efímera empresa, Ediciones Intempestivas, , que lo puso en circulación con la generosa ayuda editorial de Araceli Mancilla, Fidel Luján y Verónica Loera, enfrentando resistencias y superando mezquindades, pues tanto su sugerente título como su inusual contenido merecían difundirse: Atardecer en la maquiladora de utopías, un volumen de inteligentes y creativos ensayos dedicados a desmenuzar y deconstruir el mito y las circunstancias de la plástica oaxaqueña.

           Ya diría Merleau-Ponty que mirar es rodear un objeto, o los alquimistas que pensar es experimentar. Atardecer era un texto deslumbrante, no se parecía a ningún otro y desde su aparición provocó asombro y admiración. Ahora es un clásico, es decir, una obra que ya es parte de la memoria común. Y aunque su tema es local, la plástica oaxaqueña, su tratamiento, su inesperada y sapiente metodología son universales.

           Interpretación, comprensión, aplicación. Estos tres pasos hermenéuticos se cumplen con un rigor poco común en Atardecer. Interpretación de un fenómeno de orden estético en sí mismo, en conexión con el arte occidental y el contexto social donde surge. Comprensión de su naturaleza, de sus causas y sus efectos, de sus razones y circunstancias. Aplicación de dicho conocimiento al objeto mismo de la indagación, pero también —y esto es parte central de la proteica brillantez del ensayo de Valerio— a cualquier otro tema que quiera descifrarse y conocerse así.

           Él mismo lo formularía de esta manera: reemplazar los conceptos recibidos por el contacto directo con lo que se pretende conocer. Decía Goethe que “Cada objeto, adecuadamente contemplado, crea un órgano para su percepción”. El contemplar es aquel mirar profundo citado líneas atrás: rodear el objeto, experimentarlo para pensarlo. Hablemos pues de esta riqueza analítica, de esta lógica inusual de aproximaciones heterogéneas, de puntos de vista y miradas varias que nunca pierden ni la noción ni el contacto con lo que se quiere conocer. 

           No hay ninguna linealidad en el sistema deconstructivo de Atardecer. No es un orden cartesiano, sucesivo o geométrico lo que lo determina sino una simultaneidad propia de un orden supra racional. Deconstruir consiste en cambiar el eje de significación. O también, como lo hace Valerio, consiste en multiplicarlo creativamente “en plena y gozosa libertad”, según él mismo diría al indagar por las características de una plástica ideal.

           Tiene razón Teresa del Conde, quien mucho apreciaba este libro, al afirmar que las estrategias operativas de Robert Valerio están a la vista: son valientes y honestas, como las llama, pues su razonamiento está libre del matiz retórico que con frecuencia acompaña a los textos sobre arte. En su escritura hay un rigor poundiano: dejar la lírica atrás y emplear la prosa; no escribir “bonito” sino bien; no aludir sino mostrar. Ahora pienso que si Rulfo hubiera escrito sobre arte, en mucho lo habría hecho así.

           El método Valerio está descrito en el primer capítulo de Atardecer, “El estado crítico de la crítica”. Seis son sus propuestas, que significan otro pensar y contienen otro proceder, un modelo cognitivo original y creativo hasta entonces no utilizado en la crítica de arte:

          1) Hacer a un lado “dudosos ordenamientos”: luz oaxaqueña, rico patrimonio, magia ancestral y “demás misterios”, para mirar con detenimiento y atención, con tiempo, los cuadros mismos, dedicando más espacio a describir lo visto y lo sentido.

                  2) Desconfiar de discursos establecidos, provengan de donde sea. Es decir, no atender la doxa, el lugar común ni el pensamiento que nos piensa. Valerse en cambio de algunos de los muchos enfoques disponibles, pero sin dejarse limitar por ninguno.

           3) No discutir ni considerar el arte oaxaqueño de manera auto referencial, como si no tuviera vínculos con lo que sucede en el resto del país y del extranjero. No permitir que la noción de una “modalidad oaxaqueña” excluya la percepción de esos vínculos. El antídoto para ello está en el arte universal mismo. En el conocer para saber.

           4) Privilegiar lo poco o nada estudiado: la relación entre el arte y el mercado, la opinión del público —que Valerio convertirá en un brillante método dentro del método al estudiar las libretas de comentarios de las exposiciones, en este caso las del desaparecido MACO— y, de modo prioritario, estudiar “la influencia de una idea de Oaxaca construida desde el exterior” (y ahora, en tiempos que el autor de Atardecer no conoció, profundizada por el turismo, introyectada por la disneylandia oaxaqueña y comercializada a escalas desmedidas por la masificación). Valerio acuñará un término entre socialmente patético y semánticamente preciso para aludir a estas circunstancias: la “guelagetzificación”.

           5) No imponerse ninguna restricción en cuanto a la escritura crítica. Permitirse la fantasía, la banalidad, la erudición, la ironía. De tal manera que la crítica represente un acto de alta creatividad.

           6) Multiplicar los enfoques sin perder de vista la obra plástica: su significado, su significancia, su naturaleza y su condición. “Es importante —escribirá Valerio— que la crítica sea una ventana y no solamente un espejo”.

           Valerio distingue entre retórica y debate alrededor de la obra plástica. La retórica es el impulso por reforzar y generalizar juicios establecidos, el debate equivale al escudriñamiento profundo que él alcanza en Atardecer. El ensayista parte de una certeza que a lo largo de trescientas páginas fundamentará una y otra vez: “el desarrollo de las artes plásticas en Oaxaca dependerá cada vez más del desarrollo de la crítica o, si esta no se da, de la retórica”.

           La crítica de arte Berta Sichel, una de las referencias empleadas por Valerio con su método envolvente: utilizar todo lo utilizable para construir una epistemología pictórica, considera que en América Latina aún subsisten residuos de “la influencia colonial barroca, donde preponderaba la retórica por encima del debate”. Esa preponderancia, observa el autor, retrasa la crítica y se convierte en un producto consumible para discursos oficialistas, turísticos y aún diplomáticos.

           Atardecer es además un libro político, en cuanto decodifica elementos provenientes de un proceso histórico de dominación ideológica. Lo que ha surgido, observa Valerio, como “una forma nueva y refinada del colonialismo: la autenticidad obligatoria”. Dicho de otro modo, un “estilo” oaxaqueño o oaxaqueñizado para satisfacer una circunstancia surgida en el siglo veinte: la decisión de los vencedores históricos después de 500 años (el eurocentrismo occidental) de que los vencidos deben conservar sus formas propias de manifestación, su “color local”, que así se volverá cada vez más una parodia, un artificio comercial. Son las formas de lo näif, la tradición iluminista del buen salvaje y sus objetos estéticos ahora codiciados por su supuesta condición extravagante, su otredad atribuida, para satisfacer a “un mercado ávido de exotismo”

           En ello radica la escasez crónica del realismo y en menor medida de la abstracción en la pintura oaxaqueña, que Valerio analiza en el capítulo 7, “Lo real no tan maravilloso. Realidades ausentes en la plástica oaxaqueña contemporánea”. Deliberadamente ajenos a las dos características dominantes en el arte moderno, la “Gran abstracción” y el “Gran realismo” (Werner Hofman), los pintores considerados por Valerio en cuanto a su obra expuesta y en sus respuestas a preguntas específicas se caracterizan (a excepción de Alberto Ramírez, Marco Antonio Bustamante y Filemón Santiago) por una iconografía, una paleta y un tratamiento conceptual que el crítico Alberto Ruy Sánchez llamará “Fundamentalismo fantástico”.

           Una suerte de esteticismo a ultranza ha evitado a la pintura oaxaqueña ocuparse de la realidad —la miseria, el atraso cultural, la postergación social, el marginamiento, la lumpenización, la urbanización bárbara, la destrucción ecológica, el crimen organizado y la violencia familiar, interétnica, de género o política, entre otros males—, realidad que al no representarse deja de existir en el imaginario construido para el turismo y las oligarquías propias y ajenas. La realidad, afirma el autor, una fuente primaria de formas e ideas, “es una de las matrices del arte”. Aunque existe una razón, abunda Valerio, para desentenderse de ella: el temor a enfrentarla. Se pregunta entonces si la relegación del realismo refleja un temor colectivo a mirarse a sí mismo.

           “Quien no conozca su rostro —escribe— está condenado no solamente a ser caricaturizado, sino también a no darse cuenta del hecho. Por esta vía se llega a la cima del desconocimiento de uno mismo: la autoparodia involuntaria”. Valerio postula que la vocación “mágico-mitológica” de la pintura oaxaqueña, su fundamentalismo fantástico responde en gran medida a las visiones utópicas eurocentristas y a las exigencias de un mercado orientado hacia afuera.

           Así se justifica la desatención de cualquier acercamiento a “la realidad actual e inmediata” del Estado, pues ello sería incompatible con esa “arcaica atemporalidad” (Merewether) que hegemoniza la representación plástica. Entre las inteligentes preguntas que Valerio dirigió a varios pintores hay una sobre el papel de las galerías en este constructo (horrible término) del arte oaxaqueño contemporáneo, la mal llamada —y en Atardecer queda otra vez claro— Escuela Oaxaqueña de Pintura. No del todo un canon pero sí una impronta.   

            Dos de los pintores entrevistados por Valerio, Ramírez y Bustamante, refieren cómo sus galeristas objetaron un cambio de estilo pictórico dirigido a buscar formas expresivas diferentes a las que hasta entonces los habían caracterizado, invocando los hábitos del mercado. Otra anécdota, que Valerio seguramente no conoció y por eso no la cita, narra cómo una muy prestigiada galería oaxaqueña rechazó más cuadros de un pintor defeño avecindado en Oaxaca, a pesar de haber vendido varias obras entregadas apenas unos cuantos días atrás. Lo que este autor al vender afectaba eran los intereses económicos de pintores oaxaqueños ya consagrados que vendían en esa galería.

           Atardecer en la maquiladora de utopías es un libro poliédrico y caleidoscópico: resulta un tratado de arte, un compendio antropológico, un estudio de la cultura contemporánea, un libro sobre el proceso creativo, una sutil disertación acerca del humor y la ironía, en suma, un conjunto de sorpresas. Entre todo ello, mi parte preferida es un alarde de imaginación tan asombroso y divertido como pictóricamente ejemplar. La descripción del cuadro “Naturaleza muerta: Interior del Xoxo-ISSSTE a las 21:30 horas”, atribuido a un tal Armando Silva en 1977. No es frecuente (yo no conozco ningún otro caso) que las carencias que una crítica plástica señala sean resueltas imaginariamente por esa misma crítica mediante la invención.

           “En la alta fantasía llueve”, afirmó el Dante. Y desde su alta fantasía, Valerio hace una pormenorizada y fascinante descripción de un cuadro imaginario, el cual representa todo aquello que no hay en la pintura oaxaqueña: tal realismo simbólico le sirve para establecer el contra-canto de un universo paralelo que terminará siendo existencial. Escribir así es equivalente a pintar. Mostrar esa realidad urbana (que sabremos ficticia hasta muchas páginas después, porque su existencia misma y el matemático detalle con el que está descrita son incuestionables), obliga al lector a evocar cada uno de los rasgos impresionistas que Valerio describe: la calle oscura por la que circula el camión, el letrero luminoso pero indescifrable de una farmacia, el manejo sutil de los planos y las sombras, la sensación de estar en el interior de una jaula que también podría ser un útero, impresión “inquietante” que hace un eco con la figura de la mujer embarazada que está en el centro de la composición. “Respiramos el aire frío que penetra a través del cristal roto —escribe Valerio acerca de su falso/verdadero cuadro—, presentimos la hostilidad circundante, la incertidumbre del nacimiento”.

           Atardecer en la maquiladora de utopías fue escrito hace un cuarto de siglo. Algunos de los juicios y muchas de las constataciones encontrados por su excepcional autor siguen siendo vigentes en la pintura oaxaqueña: la persistencia de un dictum mercadológico, una fatal tendencia hacia la autoparodia de la incesante repetición, una negativa al realismo real (el feo, el grotesco, el verdadero), un esteticismo complaciente con los sentidos pero incapaz para servir como soporte de la contemplación, una paleta primaria, una iconografía fantástica gastada por el uso voraz.

           Pero otras cosas sí han cambiado. Se me ocurren algunos ejemplos de ello: la gráfica cimarrona e insurreccional producida por colectivos juveniles durante el levantamiento popular de 2006 contra el mal gobierno, entre cuyas imágenes sobresalía un ardiente y original Toledo punk; el atrevimiento deconstructivo de pintores como Manuel de los Ángeles con la pintura clásica o el sugerente diálogo de Siegrid Wiese con la obra de Vlady, cuyos poderosos y bellos resultados cuelgan hoy en este Museo de la Plástica Oaxaqueña. El diálogo es el arte del mirar juntos, representa una apertura, una multiplicación y un contacto nutricios que alimentan el proceso creativo: todo cuadro sale de otro cuadro. Estos diálogos y su técnica plástica rompen con el solipsismo que Valerio desmereció.

           Sin embargo, hizo aprecio de los “juegos ilusionistas” de Marco Antonio Bustamante y las fructíferas labores gráficas de Demián Flores como ejemplos refrescantes y saludables en el contexto plástico oaxaqueño. También de la obra de Hugo Tovar, defeño radicado en Oaxaca desde 1992, celebrando el empleo de materiales de desecho para crear ensamblajes que estimulaban la reflexión sobre temas sociales: pobreza, consumismo, religión, que desde su perspectiva subvertían “el discurso plástico imperante”.

           Un cuadro cuelga en mi casa: es La olla, de Sebastián Aplin. Un insinuante caldero que para ese inteligente pintor inglés muy apreciado por Robert Valerio, y cuya estancia oaxaqueña fue lamentablemente corta, representaba todo lo que hay en Oaxaca, también llamado Xashaca: una permanente cocción.

            Veintiséis años después de su intempestiva publicación, las ocho miradas de este coloquio han sido apenas un acercamiento a Atardecer, un libro que admite adjetivos de magnitud porque en su caso no conducen a la infelicidad de la imprecisión sino a un texto inesperado y singular, genial por momentos, en cuya creativa e inteligente originalidad merece ser leído y estudiado a profundidad para aprender de él.

Un sitio web WordPress.com.

Subir ↑