Morfema Cero

  • Mefisto en Groenlandia / y II

    Mefisto en Groenlandia / y II

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    No hay pingüinos en Groenlandia. Pero Trump y su equipo de comunicación creen que sí. Entonces, hay pingüinos en Groenlandia. Esa vergonzosa ignorancia retrata con nitidez este tiempo terminal y las limitaciones culturales y cognitivas del hegemón estadounidense y su imperio del caos.

           La autora francesa Stephanie Lamy analiza en Viento Sur la mezcla ideológica —así de inculta o más que creer en la existencia de pingüinos donde nunca los ha habido— originada en el ecosistema tecnológico estadounidense y determinante para las oligarquías que han llegado al poder: el tecnomasculinismo, una dominación basada en la masculinidad hegemónica, blanca y tecnológicamente avanzada. 

           Una extensión, escribe Lamy, del neoliberalismo yanqui en versión desregulada, extractiva y autoritaria, que descarta el poder blando y lo reemplaza por los medios del poder duro mediante una visión agresiva de la soberanía nacional (y la violación sistemática de las soberanías ajenas), la supremacía masculina blanca y el retroceso de las normas democráticas. 

           Opuesto al Estado regulador, a las élites progresistas y a las instituciones de poder blando, culturales y/o diplomáticas, percibidas como feminizadas y por ello débiles, este tecnomasculinismo se sostiene en un orden tecnopolítico “basado en la extracción algorítmica, la segregación eugenista y la apropiación de los recursos cognitivos y reproductivos”.  Sus infraestructuras son las criptomonedas, las plataformas de inteligencia artificial, los enclaves libertarios (Groenlandia estaría entre ellos) y las neurotecnologías para prolongar la vida, una de sus profundas obsesiones. Todo esto al servicio de una nueva casta, como los define Lamy, de “hombres-profetas, ingenieros y financieros, que se ven a sí mismos como los arquitectos suprainteligentes de un orden postapocalíptico”.

           El tecnomasculinismo es considerado como la ideología matriz de la dominación contemporánea a través del neoliberalismo de última generación, del aceleracionismo —donde el colapso de las estructuras sociales y políticas existentes se asume como un paso indispensable para crear una sociedad regida únicamente por las leyes del mercado—, y del cristofascismo, el cual coincide con la escatología del tecnomasculinismo en una visión apocalíptica creyente en que el progreso tecnológico y el cumplimiento de un mandato bíblico judeocristiano derivarán en la dominación total del mundo y el fin de los tiempos.

           Esta ideología, que concibe la acumulación de riqueza como una teología de la prosperidad, una bendición divina y un signo de salvación, justifica el acaparamiento de los recursos, la explotación de los cuerpos y el crecimiento incesante del capital como acciones piadosas (“la prosperidad material es el resultado de una inteligencia superior”). El colapso ecológico generado por esas mismas élites para beneficiarse de él, exacerbando las desigualdades y alimentando un ciclo de devastación (“un círculo de extinción”, le llama la autora, que convierte el colapso en un recurso adicional de las ganancias materiales), asume que la humanidad biológica es una etapa transitoria cuya tarea es dar paso a entidades superiores como la inteligencia artificial o los cyborg.

           “El auge de la inteligencia artificial general (IAG) se percibe así no solo como una evolución tecnológica, sino también como una revelación, un medio para que una élite elegida sea elevada a los cielos de una realidad alternativa”, escribe.  Y en el centro de esa visión está la idea de una salvación digital. Por eso la intensificación del desarrollo tecnológico y de la IA no significa para el tecnomasculinismo una amenaza sino una oportunidad: “acelerar el fin de los tiempos para alcanzar un mundo en el que el dominio de la IA marque el fin de la humanidad biológica”.  

           Los diversos modelos de gobernanza propuestos por el movimiento neorreaccionario rechazan la existencia de los Estados-nación soberanos y democráticos y en su lugar aspiran a crear espacios dirigidos por élites tecnocráticas no elegidas. Curtis Yarvin, el ideólogo de la Ilustración Oscura cercano a Peter Thiel y J. D. Vance, ha diseñado el modelo Patchwork: una fragmentación del mundo en microjurisdicciones de ciudades-empresas independientes gobernadas por CEO-reyes, donde se substituye la soberanía popular por una gobernanza de accionistas cuyo modelo es empresarial. En dichas entidades, subraya Lamy, no existe ningún control democrático, ni equidad ni responsabilidades públicas ni protección de los derechos individuales. Se gobierna sin el pueblo, son tecnoterritorios neocoloniales.

           Como un mundo salido de la más oscura de las distopías, la enumeración de lo que está en curso es aterradora y catastrófica. El tecnomasculinismo disectado por Stephanie Lamy desde sus orígenes (“la larga historia de revuelta reaccionaria contra la igualdad democrática que comenzó con las transformaciones económicas y sociales del New Deal”) sufrió una transformación con el nacimiento del capitalismo de vigilancia y la recopilación de datos personales que ha alimentado una economía de crecimiento exponencial cuyo contenido se basa en la manipulación del comportamiento de los usuarios a través de las plataformas digitales. 

           “Esto ha permitido a las empresas constituir monopolios e imponer un modelo económico de cosificación del ser humano y jerarquización de su utilidad para alimentar modelos de predicción del comportamiento”, anota en el texto. Tal mudanza que vuelve a las raíces militaristas de Internet, creación del ejército estadounidense en sus orígenes, está acompañada de la obsesión eugenésica vinculada a ideas raciales y socioeconómicas por el coeficiente intelectual como indicador de superioridad. Así, las élites tecnológicas promueven modelos genéticos de selección embrionaria y condenan la diversidad social. 

           Dicho entorno radical tecomasculinista, con variadas características que quedan fuera de esta apretada síntesis, fomenta la difusión y puesta en práctica de tesis extremistas que pretenden asfixiar a las democracias liberales y ejercer el control autoritario y la violencia contra las mayorías políticas y las minorías opositoras. Desplazar al poder constitucional legislativo y subordinar al poder judicial en beneficio del poder ejecutivo, desmontar el gasto social del Estado, transferir esa riqueza a las élites tecnocráticas y reducir el tamaño del gobierno son acciones previstas ya en el proyecto político autocrático que configura la geopolítica de la era Trump 2.0 (Proyecto 2025 de la Heritage Foundation).

           “Una visión —concluye Lamy— profundamente reaccionaria y neoimperialista en la que la expansión capitalista precede sobre las consideraciones humanas o geopolíticas”. Reconocer lo que la autora llama nuevas formas de poder duro permite entender los retos climáticos, de derechos humanos, del sistema internacional basado en normas y de la vida misma que ahora el mundo está viviendo. 

            Todo ello puesto en peligro no desde fuera del hegemón estadounidense, el hoy imperio del caos, sino desde su mismo interior, una operación de captura del Estado similar a la que llevó a cabo el nacionalsocialismo nazi, pero ahora con bombas nucleares e Inteligencia Artificial General. 

           Groenlandia ha intentado ser adquirida por Praxis, empresa detrás de la cual está Peter Thiel, mecenas de la Ilustración Oscura, e inversores de la criptoesfera, para establecer en ella un territorio neocolonial no determinado por ningún marco nacional ni soberanista. Un Estado-empresa, el atroz modelo de secesión de las élites. 

           En Groenlandia nunca ha habido pingüinos. En Groenlandia sí hay pingüinos.    

  • Dos amigos de Hernán Lara Zavala

    Dos amigos de Hernán Lara Zavala

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    1. José Antonio Lugo

    Conocí a Hernán en 1981, cuando yo estudiaba la licenciatura en Letras Francesas y él era el coordinador de Letras Modernas, es decir, el de mi carrera. Seguramente fui a su oficina a preguntarle algo y le dije que era el amanuense del maestro Juan García Ponce. Me dijo que era su discípulo y que eran amigos; así inició la primera de nuestras complicidades. Después vino la segunda: nuestra novela favorita es El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell. Hernán no fue mi maestro de literatura, pero me inscribí como materia optativa a un taller literario que daba en la Facultad.

    No sé cuando dimos el salto mortal de una relación cordial pero académica a departir el pan y la sal. Lo cierto es que en los últimos años de su vida, las comidas con Ricardo Ancira, el odontólogo Jaime Moedano -compañero de Hernán de la misma generación del CUM-, Hernán y yo se volvieron una tradición mensual, sin fecha predeterminada. Hablábamos de literatura y, con Jaime, de futbol y del tiempo en el que vivieron su prepa, tiempo que retrató tan bien en su novela El último carnaval.

    Un amigo de Aguascalientes, pintor por computadora, hizo un cuadro al que tituló “Homenaje a Durrell”. Le pedí que me hiciera dos, uno para Hernán y otro para mí. Convoqué a mi amigo y maestro a una cantina para dárselo. Al final del convivio nos acompañaba el fotógrafo Javier Narváez. Le pedimos la foto. Hernán me habia llevado de regalo el DVD de la película Justine, de George Cukor, basada en El cuarteto… De pie, ambos con nuestros regalos, a Hernán le sobrevivo el primero de los derrames cerebrales. Se desplomó y se golpeó en la cabeza. No perdió el conocimiento. Después de un momento se levantó y Javier condujo su coche para llevarlo a casa.

    Parecía estar totalmente recuperado. Me invitó a la ceremonia en la Fundación Sebastián, en la que el escultor le otorgó un premio por su labor literaria. Sentado a su mesa con su familia y con Silvia Lemus, Ricardo Ancira y Nadine, lo vimos exultante, feliz. Fue la última vez que lo vi así.

    Un segundo evento cerebro vascular lo condujo a Médica Sur y al Hospital 20 de noviembre. Lo fui a ver y a hacer guardias. Su condición era muy mala, aunque albergábamos esperanza en su recuperación. Lo dieron de alta y regresó a su casa de San Nicolás Totolapan. El sábado 15 de marzo del año pasado yo andaba en Coyoacán a media mañana cuando me dieron la noticia de que había fallecido. Me senté en una banca y me quedé pasmado. No me podía mover. Finalmente, me levanté y ante un puesto de distintas piedras, compré una malaquita. Estará en mi escritorio mientras yo esté.

    Con su desaparición física, terminaron décadas de conversaciones literarias. Tuve el privilegio de presentar su novela en el Zócalo y, más aún, de que Hernán presentara -junto con Armando González Torres- en el Fondo de Cultura Económica mi novela El maestro y su escriba, cuyo personaje principal alude a Juan García Ponce. Extraño su enorme sabiduría literaria. Me decía cada vez: “Confío en ti, Luguito”, refiriéndose a mi escritura literaria. Espero honrar esa confianza en mis próximos libros. El más reciente, el libro de ensayos Silenciar el miedo, está dedicado a él y a Juan García Ponce. Por esa razón lo presentará su viuda, Aida Lara, junto con Tae Solana, que leerá el prólogo que escribió su padre, Fernando Solana Olivares, y mi amigo de toda la vida, el escritor, diplomático e investigador Andrés Ordoñez.

    El primero de diciembre tuve un evento pulmonar que me llevó al hospital. Allí estuve 8 días. Aída me ofreció terminar de convalecer en su casa. Estuve allí 10 días en los que sané finalmente. En ese tiempo presenté mi examen profesional para obtener el grado de doctor en Teorías Estéticas por la Universidad de Guanajuato, con una tesis sobre García Ponce y Klossowski. La sesión tuvo lugar en la mesita en que Hernán daba clases por zoom. Presenté el examen con una foto de Hernán a mis espaldas. Gratitud infinita a Hernán, a Aída, a su hijo Victor Manuel.

    1. Mi amigo Hernán, de Gonzalo Celorio  

    En el sepelio de Hernán, Aida le pidió a Gonzalo Celorio -todavía no ganaba el Premio Cervantes- que dijera unas palabras. Comenzó diciendo algo así: “Se fue mi amigo; 70 años de amistad”. Se le quebró la voz y a todos el corazón. Cuatro meses después publicó Mi amigo Hernán.

    El primer capítulo y el último se refieren a su desaparición física; el II, a la obra ensayística, el III y el IV a cuentos y novelas; el V a su labor como editor. En el VI el narrador le habla de tú a Hernán, y se refiere a los múltiples viajes que hicieron juntos.

    Si bien Celorio se curó en salud al decir que si habla de él mismo es porque Hernán y él hicieron muchas cosas juntos, a veces se sale al acotamiento de la carretera para describir lo que él piensa o lo que vivió. Luego vuelve a la carretera de Hernán. Esas digresiones son su derecho y a fin de cuentas no son importantes. Aída ha encontrado inexactitudes e incluso tergiversaciones que los demás, desde una posición más alejada, no detectamos. Como lector y amigo de Hernán, tampoco me parecen importantes. Lo que trasciende es el dolor de la pérdida. Al final, Celorio señala: “Estas palabras han sido mi duelo durante cuatro meses. Las he escrito para prolongar un poco tu vida”.

    III. Un viaje a Alejandría

    Hernán y yo habíamos planeado visitar Alejandría, la ciudad de nuestro amado Cuarteto…. la ciudad de Melisa y Darley, de Justine y Pursewarden, de Clea y Amaril. Algún día haré ese viaje, solo, con la familia de Hernán o con mis hijos Diego y Francesca. Ese día sé que Hernán estará a mi lado y juntos veremos el lago Mareotis, donde estuvieron a punto de asesinar a Justine “ojos como luciérnagas en la noche”…

  • Mefisto en Groenlandia / I

    Mefisto en Groenlandia / I

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    O un viaje hacia la autodisolución. Como en el cuento de Edgar Allan Poe, “La carta robada”, que se esconde a plena vista y así pasa desapercibida, la segunda presidencia de Trump mostró desde antes de iniciarse cuáles eran sus intereses amenazando precisamente con lo que haría. Hasta hoy lo ha cumplido.   

           Además de gravitar alrededor de un narcisista maligno miembro de una plutocracia fascista sin disfraces ni ocultamientos, caracterizado por un ego patológico y una semántica sicótica que emplea engaños, mentiras y afirmaciones falsas propias de una dimensión paralela donde la verdad común no existe, más cercana a la delirante corte de la Reina de Corazones de Alicia y su trastorno de la realidad que a una política determinada por el principio de realidad, la peligrosa decadencia del imperio estadounidense y su incontenible beligerancia parecen llevar al mundo a una tercera guerra mundial. 

           (Antes la historia se presentaba una vez como tragedia y otra como comedia, según dijo sabidamente Carlos Marx. Pero la condición de estos días quedó anticipada en la literatura fantástica de Lewis Carroll, que al surgir se creyó una historia infantil, una novela de iniciación o de sátira y parodia, cuando insospechadamente correspondía a un género político-distópico por venir. “Ya te lo dije varias veces, entonces es verdad”, afirma la voluble Reina de Corazones, o bien ordena: “Primero la sentencia y después el juicio”; o como Humpty Dumpty en A través del espejo, quien afirma que cuando usa una palabra él la obliga a que signifique exactamente lo que quiere pues el verdadero sentido del lenguaje es saber quién manda, una mera cuestión de poder, adelantando conductas propias del presidente estadounidense que construye su enloquecida verdad mediante incoherentes monólogos y acusa esquizamente a cualquiera de cualquier cosa sin probar nunca sus afirmaciones.)

           Así, destructor intencionado del orden mundial basado en las reglas impuestas por los mismos Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial —aunque fueran desiguales en su aplicación e incumplidas a menudo por ellos—, practicante gansteril de la fuerza como causa y justificación moral, Trump encarna el final de Occidente y la ilustración racional que por siglos lo determinó. Es el heraldo de tiempos que han llegado a su término, representa una ruptura y no una transición. No alcanza a ser un Anticristo, pero su ominosa frivolidad (“El mal siempre es banal”: Hannah Arendt) semeja al payaso anunciante de aquel patético fin del mundo imaginado por Kierkegaard, con una diferencia esencial: Trump no provoca risas sino pavor.

           En esta demencia “normalizada” que Trump padece por su megalomanía aguda (“Creo que Dios está muy orgulloso del trabajo que he realizado. Estamos protegiendo a mucha gente que está siendo asesinada: cristianos, judíos, y a mucha gente que está siendo protegida por mí, que no lo estaría con otro tipo de presidente”, declaró hace tres días al elogiar el primer año de gobierno de su segundo periodo), las causas detrás del anuncio de la anexión de Groenlandia parecen evidentes: desde un trofeo para entrar a la historia y singularizarse como el presidente que más ha expandido el territorio estadounidense de una sola vez, hasta la posición geoestratégica clave que la isla ocupa y su gran riqueza en recursos naturales (petróleo, gas, metales de tierras raras entre los que se encuentran 25 de los 34 minerales considerados críticos para la tecnología actual, recursos pesqueros y rutas de navegación, todo ello de alto valor económico), cada vez más explotables ante el deshielo causado por el calentamiento global. 

           Esta idea fija, que según analistas responde a una lógica empresarial antes que política, la cual ambiciona la posesión y la propiedad de un “activo valioso del que se ocupan mal y que hay que adquirir a cualquier precio”, en palabras de Trump, parece resultar suficiente para explicar la más nueva intentona de apropiación imperial corsaria. Considerando a Europa debilitada ante el “Nuevo globalismo” de Estados Unidos —apoyado en una pugnaz reinterpretación de la Doctrina Monroe, en la conversión de Estados Unidos en superpotencia energética que fija las reglas del mercado de hidrocarburos, y en su consolidación como potencia ártica—, Trump exige el apropiamiento de Groenlandia bajo amenaza de anexión militar.

           Sin embargo, otras razones parecen sostener dicha obsesión. “La verdad está en las grietas”, escribe Alejandro Estrella González en un excelente y documentado artículo publicado en Revista Común (https:/ /revistacomun.com/), “La Ilustración Oscura y la anexión de Groenlandia”. Detrás de la pertenencia de esa isla descubierta para Occidente por el vikingo Erik el Rojo está el movimiento neorreaccionario, dos de cuyos principales teóricos son un bloguero-filósofo proveniente de la tecnología digital, Curtis Yarvin, y el sociólogo Nick Land, quien en 2012 sistematizó el proyecto ideológico Dark Enlightenment, la Ilustración Oscura, en un opúsculo de 70 páginas.

           Una afirmación del multimillonario Peter Thiel, otro personaje principal de este proceso, es el mantra que define a los neorreaccionarios: “La libertad no es compatible con la libertad”. Land ha escrito que la democracia es la degeneración misma y que se ha expandido a un Estado parasitario que devora a la sociedad. Su propósito es reemplazar al Estado, explica Rafael Noboa en Brecha Uruguay, por un régimen organizado como una empresa, a la medida de los magnates digitales, los barones tecnológicos provenientes de Silicon Valley. Este reemplazo sólo formalizaría el poder autocrático que ya existe en Occidente y daría lugar a una clase dominante, una nueva aristocracia de los que más tienen convertida en propietaria del país, la que elegiría a un consejo de administración el cual a su vez nombraría a un CEO equivalente a un monarca.

           En un planeta ideal, escribe Noboa citando a Land, con Estados administrados como empresas, “la población carece de derechos políticos, aunque el príncipe, que compite con otros Estados, debe preocuparse por la excelencia y eficacia de sus súbditos o residentes. Si un residente o cliente se interesa en política estaría mostrando una inclinación semicriminal”. Land afirma que todo lo que Occidente ha hecho en la modernidad democrática debe desecharse y cambiar, salvo la innovación científica y los modelos de negocios. “Y esto sólo puede ocurrir si se produce un cataclismo existencial de civilización”. 

           A este empeño se le llama “aceleracionismo”, táctica similar a aquella leninista para exacerbar las contradicciones sociales del capitalismo. Y en ello hay un síndrome buscado para llegar al Armagedón, a una guerra civilizatoria colapsante que dé lugar a una nueva etapa histórica. A Tecnoestados feudales post humanos, eugenésicos, con científicos racistas y masas ignorantes y desposeídas confinadas en campos de concentración digitales bajo el yugo de poderes autocráticos ilimitados.

          Groenlandia es un sitio ideal para iniciar el experimento. Tiene una baja población (65,000 habitantes) y una soberanía limitada. Su administración local es débil y no posee ni ejército ni élites fuertes. Mefisto y sus poderosos lacayos la quieren.

  • Crear nuevos públicos / reflexionar sobre la crítica

    Crear nuevos públicos / reflexionar sobre la crítica

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    I. El crítico de arte Charles Baudelaire

    En la Francia de mediados del siglo XIX los Salones de Arte eran un espacio distribuido en varios museos donde se reunían obras de vanguardia. Al escribir para el periódico sobre las piezas exhibidas, el gran poeta Charles Baudelaire (1821-1867) hacía un doble trabajo: explicar cada obra -los lectores no tenían aún el apoyo de la fotografía- e interpretar su cauce secreto, su lenguaje cifrado.

    A fin de comentar cada pieza combinaba, al mismo tiempo, sensibilidad subjetiva y rigor en el juicio. Inauguró así una crítica seria, que partía de la obra misma.

      Respecto al salón de 1946, escribió : “¿Para qué sirve la crítica? Creo sinceramente que la mejor crítica es aquella que es divertida y poética, no la que, fría y algebraica, bajo pretexto de explicar todo, no tiene odio ni amor, y se desnuda a voluntad de cualquier especie de temperamento. Una bella escena reflexionada por un artista será un cuadro que ha pasado por un espíritu inteligente y sensible (…) En cuanto a la crítica propiamente dicha, para ser justa debe ser parcial, apasionada, política, es decir, hecha desde un punto de vista único, que abra la mayor cantidad posible de horizontes”.

    A partir de esa convicción, Baudelaire creó nuevos públicos para las nuevas obras que se estaban gestando.

    II. Reflexionar sobe la crítica

    En el libro Atardecer en la maquiladora de utopías: ensayos críticos sobre las artes plásticas en Oaxaca (publicado por Ediciones Intempestivas en 1997 desde el MACO por iniciativa de Fernando Solana Olivares y con prólogo de Teresa del Conde), su autor, Robert Valerio, hace un libro de crítica a partir no de certezas, sino de preguntas inteligentes que convirtieron el libro en un referente.

                Así, Valerio (1959-1998):

    • Se pregunta si existe una escuela oaxaqueña de pintura, a través de pintores tan diferentes entre sí como Rodolfo Nieto, Rufino Tamayo, Francisco Toledo y Rodolfo Morales (a partir de una definición de Andrés Henestrosa).
    • Afirma la deficiencia de la crítica de arte en Oaxaca, que habla de la “luz oaxaqueña”, utiliza discursos desarrollados a nivel estatal o nacional y no discute el arte oaxaqueño desde la percepción de los vínculos con lo que sucede allí mismo o en el resto del país y del mundo.
    • Describe a la crítica como apéndice de la biografía del artista (mismo defecto que hizo ver el genial novelista francés Marcel Proust sobre el crítico literario Sainte-Beuve, por cierto).
    • Si bien la función de la crítica es mediar entre el artista y el público, los comentarios que dejan los espectadores en los libros de visitantes de una exposición nos muestran que la recepción de la obra es subjetiva de modo superlativo.
    • La exterioridad a partir de la cual se concibe la plástica oaxaqueña provoca que se vayan configurando identidades regionales ficticias. Valerio señala: “A Posada no le interesaba ‘mantener’ la identidad; le interesaba descubrirla”.
    • Asevera el autor del libro, contundente: “Abstracción y realismo: dos marginados de la pintura oaxaqueña contemporánea”.
    • En el fragmento “Urintikor o del estilo”, de manera socrática, Uríntikor y Elentikor sostienen un diálogo, concluyendo que: “el estilo es la estabilización de los recursos de autoexpresión”.

    Robert Valerio

    En la “Inconclusión”, Robert Valerio señala: “A lo largo de este libro mi intención ha sido, más que establecer conclusiones firmes, abrir perspectivas de especulación”. Podemos afirmar que Atardecer en la maquiladora de utopías lo logra con creces.

                En noviembre del año pasado, en el Museo de la Pintura Oaxaqueña dirigido por Jorge Pech, y con motivo de los veintisiete años de la publicación de la primera edición del libro de Robert Valerio, Fernando Solana Olivares convocó a una mesa redonda de artistas y críticos plásticos oaxaqueños. En la mesa estuvieron Nidia Martínez Esteva, Ivonne Kennedy, Guillermo Santos, Soledad Velasco, Jorge Pech, Siegrid Wiese y Fernando Solana. Todos concordaron en que el libro de Valerio ha sido un referente, todavía vigente, en el análisis sobre la ontología -si podemos decirlo así- del arte plástico oaxaqueño a partir de sus muy ricas y diversas expresiones.

                En el prólogo al libro, Teresa del Conde señala: “Sus argumentos son valientes y honestos. Llegan a ser ‘objetivos’ (término que se usa poco en la crítica de arte) porque su estilo de razonamiento está libre del matiz retórico que con más frecuencia de la que imaginamos acompaña a los escritos sobre arte”.

                Me congratulo de haber leído el libro y asistido como espectador a la mesa redonda sobre Atardecer en la maquiladora de utopías: ensayos críticos sobre las artes plásticas en Oaxaca. Ojalá sigan apareciendo más libros que hagan crítica del arte y crítica sobre la crítica de arte.

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  • De unos sobre otros

    De unos sobre otros

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    El arte perdido. Según Ernst Jünger, citado por Luc-Olivier d’Algange, el arte de vivir es el arte de no aburrirse nunca. Y el olvido de una “ciencia original” descrita en su gran novela Heliópolis es la causa fundamental del tedio posmoderno y del horror que ello presagia: “El universo tal como se ofrece a nuestros ojos no es más que una de sus innumerables secciones posibles. El mundo es como un libro; de sus hojas incontables sólo vemos aquella por la que está abierto”. Pero no a todos, señala el comentarista, les es dado saber voltear las páginas: tal es el objeto de la metafísica experimental. Metafísica, en tanto que la concepción de un universo de secciones múltiples va más allá de la percepción inmediata o establecida, y experimental en tanto que se trata del arte de pasar de una sección a otra. El discreto intervalo de la vuelta de las hojas es lo que algunos filósofos llaman intuición y ciertos escritores definen como epifanía.

    Lo que se sabe. “La obra de Jünger puede leerse como un arte de vivir cuya virtud fundamental sería celebrar el reencuentro de la persona y su destino. Estamos aquí en las antípodas de esas teorías de la modernidad que quisieron hacernos creer que nuestra vida personal está desprovista de sentido, que la única forma de existir en este mundo es inscribirse en el ‘sentido de la historia’, despreciando la naturaleza y sus dioses, como si debiera prevalecer un inmenso olvido que reduce a los hombres a no ver ni comprender nada, fuera de ellos mismos, en una delectación narcisista, delante de pantallas mentirosas”. (Luc-Olivier d’Algange.)

    Lutero en el islam. Y es una mujer, además. Ayaan Hirsi Ali, pensadora y activista musulmana somalí, propone cinco tesis para reformar al islam, “clavadas en una puerta virtual”: 1. Garantizar que Mahoma y el Corán se prestan a la interpretación y a las críticas. 2. Dar prioridad a esta vida, no a la vida después de la muerte. 3. Limitar la sharía (el dogma rígido, literal e integrista impuesto por una versión del islam que se conoce como wahabismo o salafismo) y poner fin a su preponderancia con respecto a la ley seglar. 4. Poner fin a la práctica de “ordenar lo que está bien, prohibir lo que está mal”. 5. Abandonar el llamamiento a la yihad (la guerra santa contra los infieles). Este proceso de reforma, una batalla de ideas como el surgimiento del protestantismo representó en Europa, está en marcha a pesar de la barbarie brutal del salafismo yihadista del Estado Islámico y de las atroces variantes islámicas de Al-Qaeda. Ante ello, Tahar Ben Jelloum, escritor marroquí, habla del islam que da miedo, aquel que trata de imponer el siglo VII en la época moderna: “Uno no puede desplazar los contextos y la historia a su antojo. En cambio, el EI actúa como si los quince siglos que nos separan de la aparición del islam hubieran sido borrados de un sablazo mágico”. De ahí su imposibilidad para triunfar definitivamente pues ni el tiempo ni la historia regresan: fluido ininterrumpido en constante movimiento.

    El eterno retorno. El que no parecía pensarlo así fue Fernando del Paso, quien en el homenaje que se le rindió al cumplir 80 años dijo que no cambiaría una sola coma ni de su literatura ni de su biografía y que de ser el caso las viviría de nuevo igual. Hay otro tipo de gente que sin duda enmendaría muchas cosas si tuviera tal oportunidad. El mero hecho de volver a vivir lo vivido es vivirlo distinto. Lo sabía el filósofo griego: nadie se baña dos veces en el mismo río, así el anhelo fáustico clame al instante que se detenga por ser tan hermoso. Detenerse, sin embargo, no es repetirse otra vez.

    Sabiduría de Chamfort empleada por Cyril Connolly. “Casi todos los hombres son esclavos, por la razón que daban los espartanos de la servidumbre de los persas: el no saber pronunciar la sílaba no. Saber pronunciar esta palabra y saber vivir son los dos únicos medios de conservar la libertad y el carácter”.

    Filosofía romántica. “Cuando doy a las cosas comunes un sentido augusto, a las realidades habituales un aspecto misterioso, a lo que es conocido la dignidad de lo desconocido, a lo finito un aire, un reflejo, un resplandor de infinito, las romantizo. Es la operación inversa para lo sublime, lo desconocido, lo místico, lo infinito —ahí la relación establecida es logarítmica— pues esa operación les da una expresión corriente”. (Novalis.)

    Sobre el siete. Las siete diferentes etapas de la vía mística aparecen simbolizadas en el célebre poema de Attar, La conferencia de los pájaros (también traducido como El lenguaje de los pájaros): a) la búsqueda, b) el amor, c) el conocimiento místico, d) el desasimiento, e) la unicidad, f) la perplejidad, g) la pobreza y la aniquilación. En otra versión se dice a) la búsqueda, b) el amor, c) el conocimiento, d) la independencia, e) la unidad, f) el asombro, g) la desnudez y la muerte mística. 

    Variantes complementarias. Siete también son los estados de la materia, los grados de la conciencia, las etapas de la evolución: conciencia del cuerpo físico, de la emoción, de la inteligencia, de la intuición, de la espiritualidad, de la voluntad, de la vida. La conciencia lleva a la comprensión, la conciencia es comprensión. Y comprender es aceptar la entrada a otro orden o espacio de sentido y de ser. En esta época crepuscular la gente sobre todo siente. Por eso en lugar de “yo pienso” hoy se dice “yo siento que”. No obsta que la cita clásica de Heidegger establezca que el lenguaje es la casa del ser y que los hombres moran en esa casa: “Los que piensan y los que crean poesía son los custodios de esta morada”, escribe. Nuestras épocas de miseria semántica representan las del estrechamiento del ser. Palabra viene de parábola. Las palabras son perspectivas. Perder las palabras es perder el alma. Son una escalera para alcanzar el cielo. O para enunciarlo, cuando menos. Una forma para saber que está.

    El saco de Satanás. Titivillus, un repugnante demonio, se describe a sí mismo como “un pobre diablo” ante el abad que lo confronta. Y le explica que su tarea es llevarle diariamente a Satanás “mil sacos llenos de errores y negligencias en sílabas y palabras”. El demonio conserva esos errores como pruebas contra las personas cuando sus almas se vean juzgadas. “Aunque tales cosas sean pronto olvidadas por quienes las hacen, el demonio no las olvida”, dice Titivillus. Pero el tratado devocional del siglo XV Myroure of Oure Ladye que consigna esta historia no es aplicable hoy, cuando esos errores han disminuido no ante un rigor lingüístico creciente sino ante la casi desaparición del lenguaje. El español contiene decenas de miles de palabras. En estos días se utilizan no más de dos o tres centenas de voces. Así, ¿quién puede errar ante la neolengua terminal del homo videns contemporáneo, aquel que reemplaza al homo sapiens de no hace mucho en la historia, a ese ser hecho de lenguaje?

    Siete consejos japoneses. Son normas para la vida, prácticas diarias que deben ser mantenidas. No son autoayuda, pero vaya que ayudan. Ikigai. Descubrir el propósito en la vida. La razón para despertar cada mañana. Shikata ga nai. Dejar ir lo que no se puede controlar. Reconocerlo y aceptar que está bien. Enfocar la energía en lo que sí se pueda cambiar. Wabi-sabi. Encontrar la paz en la imperfección. Reconocer que nada en la vida es perfecto, ni uno mismo ni los demás. En lugar de luchar por la perfección, encontrar alegría en las imperfecciones que hacen que la vida sea única y hermosa. Gaman. Preservar la dignidad en tiempos difíciles. Mostrar madurez y autocontrol ante los desafíos de la vida. Trabajar la paciencia, la resiliencia y la empatía. Dubaitori. No compararse con los demás. Todos tienen líneas de tiempo diferentes y un camino único. Uno debe concentrarse en el propio progreso en lugar de tratar de medirse con los otros. Kaizen. Buscar la mejora en todas las áreas de la vida. Incluso los pequeños cambios pueden tener un gran impacto en el tiempo. Ganbatte. Hacer siempre en todo lo mejor que se pueda. Nunca dejar de buscar la excelencia en todo lo que se haga. La excelencia no es perfección sino establecer en todos los aspectos existenciales el mayor compromiso hacia los pensamientos, palabras y acciones. Y una advertencia. Dos extravagancias: excluir la razón, admitir sólo la razón (Pascal dixit).

    Perseverancia. Como diría aquél: arriesgándome a no existir, yo prefiero resistir.

  • Tres miradas y una revaloración: Fernando García Ponce 

    Tres miradas y una revaloración: Fernando García Ponce 

    El laberinto del mundo

    Esteban García Brosseau 

    Hace unos días, José Antonio Lugo me contactó para proponerme escribir, junto con Luis Ignacio Sáinz, algunas palabras sobre mi padre, el pintor Fernando García Ponce (1933-1987). 

    José Antonio Lugo, escritor, editor, amante y conocedor de la literatura universal, se desempeñó, en su juventud, como secretario particular de mi tío, el novelista y ensayista Juan García Ponce, quien mantuvo una relación muy estrecha con su hermano Fernando. 

    Como intelectual muy querido y respetado en el ámbito del arte mexicano, Luis Ignacio Sáinz ha escrito sobre pintores destacados como Manuel Felguérez y Vicente Rojo, quienes fueron muy cercanos a mi padre, tanto a nivel personal como por su fidelidad a la abstracción. 

    Fernando García Ponce es uno de los actores más importantes de la pintura mexicana de la segunda mitad del siglo XX y así fue reconocido en vida. Fue el ganador del primer lugar del salón Esso en 1965, -junto con Lilia Carrillo, quien obtuvo entonces el segundo lugar-, lo cual hizo estallar el famoso zafarrancho del Museo de Arte Moderno, en el que se enfrentaron los representantes de la “joven pintura mexicana” con los defensores de la vieja escuela. 

    Por circunstancias que no me quedan del todo claras, si bien intuyo muchas de sus causas, entre las cuales la menos misteriosa es que mi padre haya fallecido muy joven y hace ya varias décadas, su nombre, según he podido observar, se omite cada vez más frecuentemente cuando se rinde homenaje a quienes, como él, fueron de los principales introductores de la abstracción en México. 

    Esta omisión, relativamente reciente, por lo demás, del nombre de Fernando García Ponce, me parece tan desafortunada como inquietante, sea voluntaria o no.

     Por todo ello, agradezco particularmente a José Antonio y Luis Ignacio este puntual, aunque significativo, ejercicio de memoria, al que me sumo desde el cariño filial.

    Esteban García Brosseau es crítico de arte e hijo de Fernando García Ponce. Su libro más reciente es Nagas, naginis y grutescos. Púlpitos barrocos de la India portuguesa como triunfos ibéricos contra la idolatría (siglos XVII a XVIII), Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, 2019.

    Luis Ignacio Sáinz

    «El arte es el deseo en bruto».
    ¿Jean Dubuffet?

    Juan García Ponce seduce y tortura a las palabras para crear imágenes dueñas de profundidad conceptual. Fernando García Ponce domeña los objetos para aislar al espacio dotándolo de sentido. Ambos le adosan a sus ejercicios creativos posibles significados y eventuales significantes. Sus caminos se intersectan en el imperio de la forma y su plural. Cada quien, a su modo, como expresara Roger Von Gunten del artista-arquitecto, pero aplicable también al crítico-escritor: “tenía su propio centro de gravedad”. La mirada y la reflexión que detona se erigen en arsenal hermenéutico.

    Ávido del mundo, haciendo a un lado el jicarismo, el paisaje bucólico y el ideologismo de la gesta armada de 1910, busca o persigue una versión singular de lo contemporáneo más que de lo moderno. Fatiga el expresionismo abstracto (la Escuela de Nueva York y la galería Art of this Century de Peggy Guggenheim), el informalismo europeo (el grupo Cobra, Art Brut, el colectivo El Paso, el espacialismo), el geometrismo (Gris, Braque y Picasso) y el collage (Schwitters), a ambos lados del Atlántico y quizá escrutando el más nimio gesto del suprematismo y el constructivismo rusos.

    Durante su última década de fábrica estética Fernando García Ponce reconcilia imágenes e inscripciones (frases, notas, palabras, signos), trasciende el determinismo del caos propuesto por su hermano como clave exegética para adentrarse en la entropía (del griego “cambio o giro dentro”): desorden y aleatoriedad que remite a la energía no utilizable en un sistema. Semejante refinamiento plástico y visual se sintetiza y condensa a lo largo de su trayectoria alcanzando una economía de lenguaje que tiende a identificar el vacío con el silencio y ambos con la elocuencia que se manifiesta en la fluidez, la persuasión y la irrupción de emociones inteligentes y/o pensamientos sensibles. 

    Luis Ignacio Sáinz es crítico de arte. Su libro más reciente es Ensayos en espiral, El tapiz del unicornio, 2024.

    José Antonio Lugo

    En el libro La aparición de lo invisible, Juan García Ponce escribió sobre su hermano Fernando: “Al buscar la pintura y sólo la pintura Fernando García Ponce encuentra de una manera inevitable que su esencia y la razón de ser de su silencio es material y su sensibilidad de pintor le permite provocar, mediante la maestría, el ritmo secreto que encierra cada una de sus composiciones, de tal modo que cada uno de sus deslumbrantes planos rojos o grises, blancos, amarillos o azules tan aparentemente dejados a su libre arbitrio están en verdad forzados a integrarse de un modo tal que la pintura aparezca en ellos”. 

    Por otra parte, en el estupendo libro de María Luisa Borrás Fernando García Ponce (Fomento Cultural Banamex, 1992), Dore Ashton señala en el prólogo: “El elemento trágico, tan presente en sus últimas obras, y que parecía fundamental a su personalidad, prorrumpió ferozmente expresando la pasión, la lucha interna, que habia marcado toda su vida de artista. Y fue precisamente esta pasión inmitigada lo que inspiró a otros y la que puso una nota de brillante intensidad en la historia de la pintura moderna mexicana”.

    Es loable que el Estado mexicano, a través del Museo del Palacio de Bellas Artes, recupere, dignifique y valore la obra estética de Lilia Carrillo. Es loable también que instituciones privadas como Fomento Cultural Banamex continúen rescatando y difundiendo la obra de Fernando García Ponce.

    García Brosseau, Sáinz Chávez y Lugo consideramos indispensable una profunda revaloración de la obra de Fernando García Ponce. Él y Lilia Carrillo son, quizá, los más puros pintores de la Ruptura, ambos consagrados a la voluntad de la forma que se impuso en sus deslumbrantes cuadros. 

    José Antonio Lugo es colaborador habitual de Morfemacero. Su libro más reciente es Silenciar el miedo: ensayos literarios, El tapiz del unicornio, 2025.

  • Elogio del vómito matutino

    Elogio del vómito matutino

    Ta Megala                       

    Fernando Solana Olivares

    Un gran enemigo del periodismo del sigo veinte, el vienés Karl Kraus, decía que “al arte no le importa la opinión: se la regala al periodismo para que la valore por su cuenta. Cuando éste le da la razón, el arte está en peligro.” Para Kraus, como para tantos otros pensadores y artistas del siglo pasado y comienzos del presente, el periodismo y los periódicos (y ahora las redes sociales) eran el vómito matutino, el anuncio diario de la inhabitabilidad del mundo, el registro de sus miserias y el pormenor de su banalidad. “No tener una idea y poder expresarla: eso hace al periodista”, afirmaba Kraus, antes de rematar con su legendaria descripción del oficio: “Los periodistas escriben porque no tienen nada que decir, y tienen algo que decir porque escriben.”

            A pesar del riguroso desprecio, de la vitriólica dureza definitoria del escritor austríaco —y también de su contradicción activa: Kraus antes que otra cosa fue periodista y logró la perfección en el género desempeñándose por años como único director, articulista, reportero, diseñador, formador y distribuidor de su legendaria publicación Die Fackel—, es más que un lugar común en el periodismo de cualquier lugar del planeta escribir sin tener nada que decir y convertir en algo trascendente —opinión o noticia— ese vacío, gracias a la cultura alfabetizada que aún conserva actitudes reverenciales, acríticas, ante todo aquello que se plasma en letras de molde.

            Pero como siempre, la verdad está en los matices, las excepciones confirman las reglas y la multiplicidad de nuestra época permite que el veneno se contrarreste con el mismo veneno. Es decir, si el periodismo ha sido el reino de lo frívolo intrascendente, de la irresponsabilidad operativa, del engaño social, también ha sido el horizonte primordial donde se ha construido el mundo contemporáneo, las nuevas sensibilidades e intercambios de lo humano y las posibilidades para el porvenir. La historia de las ideas, a pesar de su disfraz como acontecimiento, no sería la misma en la modernidad sin esos instrumentos cotidianos y adictivos, los periódicos, cuyo trasiego nos permite ser parte del delirante espectáculo que protagonizamos al vivir.

            Por otra parte, la historia de la literatura como tal tampoco podría explicarse sin la existencia de los periódicos. La dilatadísima nómina de escritores cuyo oficio primario ha incluido el periodismo bastaría para demostrar que el género es una necesidad insustituible para el espíritu profundo de la modernidad, que ha sido el laboratorio de pruebas de esa red que llamamos civilización y que en él concurren todas las líneas que fabrican el tiempo: el presente del pasado, el presente del presente y el presente del futuro.

            Alguna vez, configurando los términos positivos de la cultura de la época, Susan Sontag reivindicó una estética, la de la resistencia, que por años ha transcurrido entre publicaciones periodísticas y perentorias, algunas de ellas heroicas y otras hasta clandestinas, al modo de un gigantesco cuerpo de signos donde el espíritu crítico manifiesta su irreductibilidad. “Tal o cual estrategia de seriedad o de transgresión puede volverse obsoleta —escribió Sontag—. Pero no así la legitimidad y la necesidad de seguir formulando una estética de la resistencia, resistencia a las barbaridades de nuestra cultura, a los apocalípticos juegos de planificación de nuestros líderes, y al conformismo de nuestras imaginaciones y nuestras vidas.”

            Simplificando, podría postularse que el buen periodismo (ni viejo ni nuevo, sino simplemente bueno) es un mero pretexto para hacer literatura con lo inmediato y convertir a las palabras en los memorables caracteres desde los cuales la conciencia observa, fija y describe aquello que lo compone mediante la escritura, y escribir, ya se sabe, es un acto cargado de misterio porque es inacabado e indefinido.

            El escritor Etiemble aseguraba que “la escritura no ha hecho, pues, otra cosa que exasperar la tendencia de los hombres a considerar no sólo sagrada sino también creadora a la palabra, tendencia de la que se burla Kabir en el Cabaret del amor: ‘Si repitiendo (la sílaba) Râm —escribió el viejo poeta persa—, el mundo está salvado, entonces diciendo azúcar, la boca se azucara’.”

           Aunque la escritura es menos antigua que el lenguaje articulado, su milenaria edad la hace una sustancia con lógica y voluntad propias, que escapa como un resbaloso pez de quienes tienden la red para atraparla. Una canción triste dedicada a Ts’ang Kie, el épico inventor chino de la escritura, asegura que éste lloraba por las noches después de haber conseguido su hallazgo, y que tenía motivos para ello porque quienes practican la escritura no alcanzan nunca lo deseado y aprenden en cambio, trabajosamente, que los dioses no conceden más que la alusión o la mención y nunca, o casi nunca, la expresión.

           Muchas leyes, tradiciones y preceptivas han desaparecido entre nosotros, pero no aquellas que rigen y determinan la creación mediante el lenguaje. La razón de esa permanencia transhistórica proviene del origen mismo de las palabras, cuya esencia está en la germinación del universo. “En el principio fue el Verbo”, establece el libro fundacional de nuestra era judeocristiana, en el cual la divinidad crea el mundo nombrándolo, designándolo a través de las palabras. Los Upanishadas, textos sagrados de la tradición hindú, garantizan que quien medite en el sonido de una sílaba llegará a saberlo todo, porque en esa sílaba está todo. El primer contacto de un ser humano con el mundo es la voz de la madre que se escucha desde el vientre, y el último contacto con el mundo es a través del oído, percepción terminal del agonizante.

            Más todavía: la metáfora, operación básica de las palabras, consiste en romper las asociaciones de uso común de los elementos habituales del lenguaje para instalarlos en otro contexto, donde gracias a la súbita diferencia que les confiere el desplazamiento cobran nueva vivacidad y componen otro significado. Al ser llevadas más allá de sus sentidos, las palabras acercan el universo que está más allá de los sentidos: muestran lo otro de lo mismo. El ejemplo es clásico: palabras como “tierra”, “habitar”, “poesía”, “hombre”, poseen un significado estable, petrificado por el uso; pero si alguien como Hölderlin escribe: “Poéticamente habita el hombre sobre la tierra”, esas mismas palabras se liberan del pétreo significado común y se funden en una serpiente que avanza, tensa y sutil, para revelar el otro mundo que hay en ellas.

            De ahí que pueda informarse que los sexos se juntan, las razas se mezclan, los patos se vampirizan en petróleo catastrófico, las plañideras lloran la sangre derramada, los gemelos se abrazan, las cruces son un punto de fuga, los pezones negros amamantan carne blanca, los genitales se repiten únicos e iguales, los condones de colores flotan, los transterrados sufren, la muerte multiplica sus imágenes, el plasma sanguíneo se trasvasa, las llamas destruyen con su flama encadenada. Son las noticias de hoy, la realidad que danza, los contrarios que se disuelven. O sea: periodismo puro, y en él la época documentada.

  • Lilia Carrillo e Irma Palacios

    Lilia Carrillo e Irma Palacios

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    A Andrés Albo Márquez

    1. Dos libros de Juan García Ponce

    A finales de la década de los años sesenta, el novelista, crítico literario y crítico de arte publicó La aparición de lo invisible -titulo de la exposición que se encuentra en el Museo de Arte Moderno- y Nueve pintores mexicanos (Fernando García Ponce, Lilia Carrillo, Alberto Gironella, Gabriel Ramírez, Vicente Rojo, Manuel Felguérez, Francisco Corzas, Arnaldo Coen y Roger Von Gunten). Con estos libros Juan García Ponce se convirtió en el crítico de la generación de la Ruptura. De esos nueve, sobreviven los maestros Arnaldo Coen y Roger von Gunten; hace muy poco falleció el maestro Gabriel Ramírez.

    Hoy, a inicios de 2026, en el Palacio de Bellas Artes, podemos disfrutar una estupenda exposición de Lilia Carrillo. 

    1. Lilia Carrillo 

    Sobre ella, García Ponce escribió: “Su obra no es el resultado de la inspiración: es la inspiración misma. Pero por eso es suya y no es de nadie, no le pertenece más que a la pintura. Su milagro es el abrumador prodigio del puro aparecer (…). Yo no puedo ver sus cuadros. Me ciegan. y me humillan; pero como me humillan, desde la extrema humildad, borrándose uno también, poco a poco, se hace la luz. Nos encontramos en el perdido campo de lo inmediato. Los cuadros de Lilia Carrillo, entonces, están y no están, nunca estuvieron y estarán siempre. Son el resultado de una visión interior que se ha hecho definitiva, abrumadora, enceguecedoramnte exterior”. 

    En la entrevista que Héctor Ramírez le hizo para su programa de radio de la UAM a Daniel Garza Usabiaga, director del Museo del Palacio de Bellas Artes y curador de la exposición de Lilia Carrillo “Todo es sugerente”, Daniel comentó, en primer termino, la dificultad de englobar en la etiqueta “Ruptura” a artistas tan distintos como Kazuya Sakai, Ángela Gurría y Manuel Felguérez, hasta llegar a la gestualidad informalista de Lilia, que se ocupó también del teatro y de la escenografía.

    La exposición recorre sus inicios figurativos, en los que, afirma Garza, se encuentran ya los “fondos atmosféricos” que darían paso con el tiempo a los colleges y a ciertas influencias del surrealismo. Ella exponía en la galería Antonio Souza, donde confluyeron Gerszo, Paalen, Rahon, Bona y Pedro Coronel, entre otros, los artistas de vanguardia del momento. 

    El recorrido narrativo de la exposición avanza hasta llegar al Mural que se expuso en Osaka y que se encuentra resguardado por el Museo Felguérez de Zacatecas, pieza en la que confluyen objetos, pintura, dibujo, collage y costuras.

    “Todo es sugerente”, de Lilia Carrillo, es una exposición imperdible que podemos disfrutar en el Museo del Palacio de Bellas Artes. 

    1. Juan García Ponce y una nueva generación de pintores. 

    Después de haberse erigido como uno de los críticos más sólidos de la generación de la Ruptura -habría por cierto, que revalorar también la obra de Fernando García Ponce-, el crítico fijó su atención en una nueva generación de pintores, entre los que destacan los hermanos Castro Leñero, Gabriel Macotela, Miguel Ángel Alamilla e Irma Palacios, quien en los últimos días de 2025 recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes, la máxima distinción que otorga el Estado mexicano.

    En el libro Imágenes y visiones, cuyos ensayos me dictó el maestro García Ponce (Ed. Vuelta, 1988), podemos ver textos sobre Irma Palacios, Gabriel Macotela, José, Alberto, Miguel y Francisco Castro Leñero. Sobre Irma Palacios, señala: “La expresividad, la fuerza directa e inmediata de las obras de Irma Palacios capturan al espectador apenas se encuentra frente a ellas, tanto en el caso de las telas como en los dibujos. Entrar a su exposición es hallarse inevitablemente envuelto en el ámbito de la pintura. No se trata de un conocimiento sino de un reconocimiento. Irma Palacios no se ocupa de ofrecernos nada nuevo, en el sentido de que sus obras sean sorpresivas o diferentes; al contrario, nos coloca frente al puro y antiguo goce de la materialidad de la pintura”.

    Por su parte, el crítico Luis Ignacio Sáinz señala: “El quehacer pictórico de Irma Palacios, en una época tan cercano al informalismo español y al discurso de algunos miembros del grupo ‘El paso’ (Manuel Millares, Antoni Tapies, Josep Guinovart) manifiesta su debilidad por lo minerales; recuérdese sus exposiciones ‘Espejismo mineral’ (Museo de Arte Moderno, 1993) y ‘Tierra abierta’ (Aguascalientes, Guadalajara, Zacatecas y Mérida, 2000)”. 

    ¡Felicidades a Irma Palacios!

    Un último apunte: en 1982, con motivo de los 60 años de Juan García Ponce, se celebró una mesa redonda en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM que fue toda una celebración. Estuvimos en la mesa Alberto Castro Leñero, Joaquín Armando Chacón, Manuel Felguérez, Juan José Gurrola, Hernán Lara Zavala, Juan Vicente Melo, Guillermo Samperio, Esther Seligson, Roberto Vallarino y el autor de estas líneas. Sólo quedamos Alberto Castro Leñero -de quien vimos hace unos meses unos murales en el Colegio de San Ildefonso- y yo. El tiempo pasa, inexorable. Pero como diría García Ponce, las obras, literarias o pictóricas, permanecen y viven otra vida, diferente a la de sus creadores.

  • Las cosas

    Las cosas

    Ta Megala

    Para Carmen Castellote

    Denken ist Danken. “Pensar es agradecer”. El mantra pietista del siglo XVIII, tomado por Heidegger como divisa intelectual, gana sentido y densidad mientras el tiempo avanza. Todo acto de gratitud contiene un asombro luminoso ante el campo semántico inagotable que llamamos realidad. Hoy muy pocos agradecen porque muy pocos piensan más allá de los cálculos egoístas del interés personal. Agradecer es un acto impersonal que cifra lo sagrado. Y pensar es un acto de asombro ante lo insondable. Un mirar de nuevo lo que sin verse ya se vio. 

    La vejez es aprender a ir dejando de ser. Soltar el ego, hipótesis inútil, disolver el yo. No todos lo logran, ni siquiera se lo plantean. Mientras más viejo más libre, mientras más libre más radical, dice una fórmula. Radical es volver a la raíz. Pequeñas verdades que se aprenden con el tiempo, cuando cada vez queda menos tiempo: los otros son otros, los otros son distintos. Camino de obviedades cuya revelación es un esclarecimiento. Los otros son iguales a uno: sufren, tienen miedo, se acongojan. 

    Una frase griega sirve de lema a Harold Bloom para sintetizar toda su teoría literaria: “agonística como estética”. El postulado central es la angustia de las influencias como un elemento determinante de la escritura. Debe agonizarse (agón significa esfuerzo máximo) en el empeño de conseguir una voz propia, obtener aquella transformación casi mortal que supone el alcance de la originalidad, de una expresividad nutrida en lo que se ha recibido, con lo que se ha vivido, desde lo que se ha leído.

    “Lo vi vivir y lo miré morir. Viví con él y fallecí al mismo tiempo. Amé a aquella su dama multiplicada por los ojos amorosos de su amante y la contemplé tan bella como él la miraba. Hablé con el labrador a quien así convertí en escudero. Monté mi cabalgadura y regresé a mi modesto castillo. Luego volví a salir para correr aventuras indispensables. Supe de razones porque al decirlas yo mismo las escuchaba. Y oí la lección de su loca sabiduría, admiré en su honor el mío y me conduje por la vida guiado de su mano. Me enseñó que hay dos sus maneras de hermosura, la del alma y la del cuerpo, la primera posible en cuerpo feo y repetí para aprenderlo que todo estaba en el entendimiento, la honestidad, el proceder bueno, la liberalidad justa y la crianza correcta. Fui valiente y humilde y fiero. Luego bajé al infierno y después subí al cielo. Ahora soy uno con él, mi propio señor y mi dueño. Mi sueño diurno. Mi imposible sueño”. Oración laica por el Quijote.

    Cuatro normas deben seguirse a partir de cierto momento. Son votos, reglas, propósitos budistas. Su sola enunciación es el umbral de su cumplimiento, o cuando menos de la aceptación de su pendiente, un recordatorio del hacer. El hombre de conocimiento le dijo al aprendiz: eres como eres porque te dices a ti mismo que así eres. Quedó implícita la continuación pedagógica: serías distinto si tu decirte a ti mismo cambiara. Las palabras son el comienzo de la acción. Una pre-voluntad. 1) No esperar nada. Vendrá lo que tenga que venir. Este realismo fenomenológico abarca dejar la expectativa sentimental sobre los demás y su conducta, así como la desilusionante ilusión sobre lo real. 2) Adaptarse a las circunstancias. Lo existente es maestro de lo efímero. Lo real, un fluido ininterrumpido en constante movimiento. Por eso advierte el poeta: mira la luna, puede ser última. La sabiduría es un acto de ligereza, de levedad. Soltar el lastre, el peso muerto de la armadura de carácter, la rigidez del lenguaje inerte, de las metáforas muertas, de la repetibilidad. 3) Aceptar la injusticia. Cede y permanecerás intacto, enseña el Tao. Es un paso lateral, de autodominio y superioridad. Hay límites, pero siempre son de un orden mayor. 4) Seguir el dharma. La práctica, aquel tesón del clavo enmohecido que aún viejo y ruin vuelve a ser clavo, según Almafuerte. La perseverancia, el diario hacer. Estos cuatro votos se adecuan a cinco circunstancias que uno debe aceptar: mi naturaleza es envejecer; mi naturaleza es enfermar; mi naturaleza es morir; la naturaleza de todo y de todos es la impermanencia, la no duración; vine al mundo con las manos vacías y así me iré, sólo soy dueño de mis acciones, son el suelo que piso, el sendero que transito, el camino donde voy. La magia de esta sapiencia descansa en la diaria repetición.  

    Estar en la tradición, volver a donde alguna vez estuvimos, vivir en ella y desde ella. Una sociedad es “tradicional”, dice el barón Julius Evola en sus orientaciones existenciales para estos días turbulentos, terminales, para esta nuestra época en disolución, cuando está regida por principios que trascienden aquello que es tan solo humano e individual, cuando cada dominio propio es formado y ordenado desde lo alto y hacia lo alto. Son muy pocos quienes hoy se amparan en esa identidad o constancia esenciales. Sucede, en cambio, lo contrario. “El desierto crece. ¡Ay de aquel que esconde el desierto en sí mismo!”. La advertencia de Nietzsche es una profecía autocumplida. El nihilismo significa la tierra yerma de cada cual. 

    Quienes resisten, los que están de pie entre las ruinas, hablan de otras cosas. De una ecología sagrada, por ejemplo. Siguiendo la idea de la ecología profunda del filósofo noruego Arne Naess, pensadores euroasiáticos como Duguina entienden la necesidad de construir una filosofía ecológica más allá del contexto capitalista y la ecología superficial del liberalismo que ve la naturaleza como un “recurso” y se asigna como tarea primordial extraer el máximo beneficio de sus bienes finitos. Conservarla (“ecología sustentable”, le llaman) sólo es necesario para que produzca más “recursos”. El antropocentrismo y el enfoque capitalista destruyen el mundo como un todo integral. “La ecología sólida nos llama a ir más allá del antropocentrismo moderno hacia el desarrollo de una sabiduría de la coexistencia mutua de la humanidad y el cosmos”, escribe Alain de Benoist. Este reconocimiento de una “trascendencia inmanente” asume a la naturaleza como un socio ahora y un origen siempre y no como un adversario o menos como un objeto. Lo han sabido siempre los pueblos primigenios. 

    El inferus privador de la modernidad es un mundo al revés. Antes del Renacimiento, la autoría de la obra no era prioritaria. Una de las primeras firmas conocidas en Occidente está en Chartres. Es aquella pieza labrada que tímidamente dice: “Esta piedra la hizo Juan”. Hasta la hipertrofia del yo sucedida desde la Ilustración, en el arte importaba el proceso y no la personalización del resultado. La escritura, un arte alquímico, se cumplía en su mero hacer. El aprendiz no existía por sí mismo sino en tanto se entregaba a esa sustancia siempre transpersonal, así se crea propia. No es el yo quien escribe —el que alcanza la expresión y va más allá de la alusión, aquello que ilumina zonas del ser antes desconocidas— sino la escritura a través no de quien se cree artífice siendo solamente mediador. No es la persona (término cuyo significado inicial era “máscara”) quien actúa sino lo sagrado en ella (“una inteligencia impersonal, vasta, misteriosa”, “esa huella de lo absoluto”, según define Frithjof Schuon). Así, la lengua habla a través de y no gracias a. ¿Por qué entonces la ansiedad, la compulsión por el reconocimiento? ¿La búsqueda mafiosa de los premios? ¿Y la frustración al no tenerlos? Dos tipos de escritores, de artistas hay: quienes saben que la propia tarea creativa, un don ajeno que viene de otro lugar, es la retribución en sí misma, el alcance y el mérito obtenidos; o bien quienes instrumentan su realización. Para los primeros la capacidad creativa es orgánica, para los segundos es un artificio, una mera mecanicidad.

    Según decía Ludwig Wittgenstein, en el cuento “Los tres staretzi” de León Tolstoi se ilustran los problemas filosóficos en toda su profundidad. El obispo de Árcangel, navegando hacia el monasterio de Solovski, supo de tres ermitaños que vivían aislados en una pequeña isla. Decidió hacerles una visita pastoral y encontró a tres renunciantes ya viejos que lo esperaban tomados de la mano. Preguntó por sus prácticas piadosas y sus oraciones. Nuestra oración es esta, le dijeron: “Tú eres tres, nosotros somos tres. Concédenos tu gracia”. El arzobispo pasó toda la tarde con ellos enseñándoles el padrenuestro. Al caer la noche se despidió y volvió en la barca que lo había llevado al islote. Pensaba en la dicha de los humildes ermitaños al aprender la plegaria correcta cuando en la oscuridad advirtió que los tres corrían sobre el mar hacia él tomados de la mano. Habían olvidado ya el padrenuestro y le pedían que se los enseñara otra vez. El arzobispo se persignó y dijo, inclinándose ante ellos: “Vuestra oración llegará igualmente al Señor, santos staretzi. No soy yo quien debe enseñaros. ¡Rogad por nosotros, pobres pecadores!”. Los ermitaños permanecieron un instante inmóviles, después se alejaron sobre el mar. “Y hasta el alba —concluye el cuento— se vio un gran resplandor del lado por donde habían desaparecido”.

    Lo escribiría Francisco Cervantes en su poema Ni orgulloso ni humilde: “Dame, Señor, piedad para mí mismo / Y que mi obra te responda”.

    Sólo decir por decir. Las palabras flotan… Pasa el tiempo, huye la vida, dice el poeta. Yo digo igual… El lugar en el que soy posible ¿es aquí?.. Las gotas de lluvia caen por la tarde. Son mansas, constantes… Anoche vi un camino místico. La luna llena iluminaba un sendero. Encima de ella brillaban, uno sobre otro, en conjunción perfecta, Marte y Urano. Quise seguirlo, no lo hice.

  • Carnets

    Carnets

     Colaboraciones sin permiso  

    Albert Camus

    En diciembre de 1957, al recibir el Nobel de Literatura, Camus estableció que la escritura no representaba para él un placer artístico o un oficio mundano sino una obligación moral. “Cada generación —dijo entonces—, sin duda, se cree consagrada a rehacer el mundo. La mía sabe que no lo conseguirá. Pero su misión tal vez sea más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”. Esa misión es un imperativo categórico hoy más urgente que nunca: impedir que la realidad civilizacional se desplome. Los textos aforísticos que siguen provienen del segundo volumen de sus Carnets publicados por Losada en traducción de Mariano Lencera.

    En el drama antiguo, el que paga siempre las consecuencias es el que tiene razón: Prometeo, Edipo, Orestes, etcétera. Pero esto no tiene importancia. De todas maneras, con razón o sin ella, todos acaban en el infierno. No hay ni recompensa ni castigo. De aquí proviene —para nuestros ojos oscurecidos por siglos de perversión cristiana— el carácter gratuito de estos dramas. Y también lo patético de estos juegos.

              Confrontar con esto: “El gran peligro consiste en dejarse acaparar por una idea fija” (Gide) y la “obediencia” nietzscheana. El mismo Gide, refiriéndose a los desheredados: “Dejadles la vida eterna o dadles la revolución”.

    Goethe: “Me sentía lo bastante dios como para descender hasta las hijas de los hombres”.

    Para una psicología generosa. Se ayuda más a un ser dándole una imagen favorable de sí mismo que enfrentándolo sin cesar con sus defectos. Normalmente, todo ser se esfuerza por parecerse a su mejor imagen. Puede extenderse a la pedagogía, la historia, la filosofía, la política. Por ejemplo, somos el resultado de veinte siglos de imaginería cristiana. Desde hace 2,000 años se presenta al hombre una imagen humillada de sí mismo. El resultado está a la vista. En todo caso, ¿quién podría decir lo que seríamos si hubiera perseverado en estos veinte siglos el antiguo ideal clásico, con su bella figura humana?

    “Vivir y morir delante de un espejo”, dice Baudelaire. No se presta bastante atención a ese “y morir”. En vida, todos lo hacen. Lo difícil es adquirir el dominio de la propia muerte.

    Llegado al absurdo, y cuando trata de vivir consecuentemente, un hombre comprueba siempre que la conciencia es la cosa más difícil de mantener del mundo. Las circunstancias casi siempre se oponen a ello. Se trata de vivir la lucidez en un mundo donde la dispersión es regla. Advierte así que el verdadero problema, aún sin Dios, es el de la unidad psicológica (en realidad, el ensayo sobre el absurdo sólo plantea el problema de la unidad metafísica del mundo y del espíritu) y de la paz interior. También advierte que esta paz no es posible sin una disciplina difícil de conciliar con el mundo. Ahí está el problema, justamente hay que conciliarla con el mundo. Se trata nada menos que de realizar la regla en el siglo. El obstáculo es la vida pasada (profesión, matrimonio, opiniones anteriores, etcétera), lo que ya ha acontecido. No eludir ningún factor de este problema.

    Es detestable el escritor que habla y saca provecho de lo que no ha vivido nunca. Pero ojo: un asesino no es el hombre más indicado para hablar del crimen (¿no será, sin embargo, el más indicado para hablar de su crimen? Ni siquiera esto es seguro). Entre la creación y el acto hay que suponer cierta distancia. El verdadero artista se encuentra siempre a mitad de camino entre las concepciones de su imaginación y sus actos. Es el que es “capaz de”. Podría ser lo que describe, vivir lo que escribe. El acto en sí lo limitaría: sería sólo “el que hizo”.

    Hay dos clases de estilo: Madame de Lafayette y Balzac. El primero es perfecto en el detalle, el otro trabaja en gran escala y cuatro capítulos apenas bastan para dar una idea de su aliento. Balzac escribe bien no a pesar de sus errores gramaticales, sino incluso por ellos.

    Siempre hay una filosofía para la falta de valor.

    La inteligencia moderna está en plena confusión. El conocimiento se ha dilatado a tal extremo que el mundo y el espíritu han perdido todo punto de apoyo. Es un hecho que estamos enfermos de nihilismo. Pero lo más sorprendente son las prédicas sobre “retornos”. Retorno a la Edad Media, a la mentalidad primitiva, a la tierra, a la religión, al arsenal de las viejas soluciones. Para atribuir a estas panaceas una pizca de eficacia habría que hacer tabla rasa de nuestros conocimientos —hacer como si no hubiéramos aprendido nada—, fingir, en suma, que borramos lo que no puede borrarse. Habría que tachar de un plumazo el aporte de varios siglos y las innegables conquistas de un espíritu que finalmente (es su último progreso) recrea el caos por su propia cuenta. Esto es imposible. La curación tendrá que conciliarse con esta lucidez, con esta clarividencia. Deberá tener en cuenta las luces que conquistamos desde el instante de nuestro exilio. La inteligencia no está confundida porque el conocimiento haya trastornado el mundo. Lo está porque no ha podido adaptarse a ese trastorno. No “se ha hecho a la idea”. Que se haga a ella, y la confusión desaparecerá. El espíritu podrá enfrentarse al desorden con la clara conciencia de que existe. Hay que rehacer toda una civilización.

    Montesquieu: “Hay imbecilidades tales que más valdría una imbecilidad mayor”.

    Lo que resulta conmovedor en Joyce no es la obra, es el hecho de haberla emprendido. Distinguir así lo patético de la empresa —que nada tiene que ver con el arte— y la emoción artística propiamente dicha.

    Nostalgia de la vida ajena. Porque, vista desde el exterior, constituye un todo. En tanto que la nuestra, vista desde el interior, parece dispersa. Todavía perseguimos una ilusión de unidad.

    No se acuesta con una prostituta que se le ofrece y que le gusta porque sólo tiene un billete de mil francos y no se atreve a pedirle el vuelto.

    La enfermedad es un convento que tiene su regla, su ascesis, sus silencios y sus inspiraciones.

    Incumbe al hombre fabricarse una unidad, ya sea apartándose del mundo, ya en el interior del mundo. Así resultan restituidas una moral y una ascesis que aún quedan por precisar.

    Vivir con las propias pasiones es también vivir con los propios sufrimientos, que son su contrapeso, su correctivo, su equilibrio y su compensación. Cuando un hombre ha aprendido —y no en teoría— a permanecer solo en la intimidad de su sufrimiento, a superar su deseo de evasión, la ilusión de que otros puedan “compartirlo”, le queda ya poco que aprender.

    Pascal. El error proviene de la exclusión.

    La pobreza es un estado cuya virtud es la generosidad.

    El gran problema por resolver “prácticamente”: ¿se puede ser feliz y solitario?

    Nietzsche, con la vida exterior más monótona posible, prueba que el pensamiento por sí solo, ejercido en la soledad, es una aventura terrible.

    Los filósofos antiguos (y con razón) pensaban más que leían. Por eso se aferraban tanto a lo concreto. La imprenta ha cambiado todo eso. Se lee más de lo que se reflexiona. No tenemos filosofía sino únicamente comentarios. Es lo que dice Gilson al considerar que a la época de los filósofos que se ocupaban de hacer filosofía ha sucedido la de los profesores de filosofía que se ocupan de los filósofos. En esta actitud hay a la vez modestia e impotencia. Y un pensador que comenzara su libro con estas palabras: “Tomemos las cosas desde su origen”, se expondría a hacer sonreír. Hasta el punto de que un libro de filosofía que apareciese hoy sin apoyarse en una autoridad, cita o comentario, no sería tomado en serio. Y sin embargo…

    Toda vida orientada hacia el dinero es una muerte. El renacimiento está en el desinterés.

    El hecho de escribir da testimonio de una seguridad personal que empieza a faltarme. La seguridad de que se tiene algo que decir y, sobre todo, de que se puede decir algo —la seguridad de que cuanto uno siente y cuanto es vale como ejemplo—, la seguridad de ser irremplazable y de no ser cobarde. Todo eso es lo que pierdo y empiezo a pensar en el momento en que ya no escribiré más.

    Todo pensamiento se juzga por lo que sabe obtener del sufrimiento. A pesar de mi repugnancia, el sufrimiento es un hecho.

    No puedo vivir fuera de la belleza. Es lo que me vuelve débil ante ciertos seres.

    A propósito del lenguaje. (Parain: lo argumentos que prueban que el hombre no ha podido inventar el lenguaje son irrefutables.) Todo, en cuanto se profundiza, desemboca en un problema metafísico. Así, donde quiera que el hombre se vuelva, se encuentra aislado en lo real como en una isla rodeada por un mar fragoroso de posibilidades y de interrogantes. De esto puede deducirse que el mundo tiene un sentido. Porque no lo tendría, si se limitara a ser, bestialmente. Los mundos felices no tienen razones. Resulta pues ridículo decir: “¿Es posible la metafísica?” La metafísica es.

    Cuando se ha hecho lo necesario para comprender bien, aceptar y sobrellevar bien la pobreza, la enfermedad y los propios defectos, aún falta dar un paso.

    Los que aman la verdad deben buscar el amor en el matrimonio, es decir, el amor sin ilusiones.

    El humanismo no me fastidia: hasta me sonríe. Pero me resulta insuficiente.

    Vivir con las propias pasiones supone haberlas dominado.

    B.B. “Nadie se da cuenta de que algunas personas gastan una fuerza hercúlea para ser nada más que normales”.

    El arte tiene los movimientos del pudor. No puede decir las cosas directamente.

    Absurdo. Si uno se mata, niega el absurdo. Si uno no se mata, el absurdo revela por lo general un principio de conformidad que es la negación de sí mismo. Lo que no quiere decir que el absurdo no sea. Quiere decir que el absurdo realmente no tiene lógica. Por eso realmente no se puede vivir en él.

    La mayor economía que se puede realizar en el orden del pensamiento es aceptar la no-inteligibilidad del mundo; y ocuparse del hombre.

    Me ha costado diez años conquistar lo que hoy me parece inapreciable: un corazón sin amargura. Y como tantas veces ocurre, una vez superada la amargura, la he encerrado en uno o dos libros. Así, siempre seré juzgado por esta amargura que ya no es nada para mí. Pero es justo. Es el precio que hay que pagar.

    La reputación. Nos la dan los mediocres y la compartimos con mediocres o con infelices.

    No habrá libertad para el hombre hasta que no haya vencido su temor a la muerte. Pero no mediante el suicidio. Vencerlo no significa abandonarse. Poder morir dando la cara, sin amargura.

    El clasicismo es el dominio de las pasiones. En los grandes siglos las pasiones eran individuales. Hoy son colectivas. Hay que dominar las pasiones colectivas, es decir, darles forma. Pero al mismo tiempo que se las experimenta, se es devorado por ellas. Por eso la mayor parte de las obras de la época son reportajes y no obras de arte.

              Respuesta: si no se puede hacer todo al mismo tiempo, renunciar a todo. ¿Qué quiere decir esto? Que se necesita más esfuerzo y más voluntad que antes. Lo lograremos. El gran clásico de mañana es un vencedor inigualado.

    Rebelión. La libertad es el derecho de no mentir. Verdad que se prueba en el plano social (subalterno y superior) y en el plano moral.

    Comunicación. El obstáculo para el hombre es que no puede superar el círculo de los seres que conoce. Hace una abstracción de los que están más allá. El hombre tiene que vivir en el círculo de la carne.

    Novela. “He concedido a los hombres su parte. Es decir, que he mentido y deseado con ellos. He corrido de un ser a otro, he hecho lo que había que hacer. Ahora, basta. Tengo que arreglar cuentas con este paisaje. Deseo estar a solas con él”.

    Heine (1848): “Lo que el mundo persigue y espera ahora se ha vuelto completamente ajeno a mi corazón”.

    Antinomias políticas. Estamos en un mundo en el que forzosamente se ha de elegir entre ser víctima o verdugo; y nada más. La elección no resulta fácil. Siempre me ha parecido que en realidad no había aquí verdugos, sino sólo víctimas. Extremando el análisis, naturalmente. Pero es una verdad que no se ha difundido.

              Tengo una viva inclinación por la libertad. Y para todo intelectual, la libertad acaba por confundirse con la libertad de expresión. Pero me doy cuenta de que ésta no es la preocupación primordial de un gran número de europeos, porque sólo la justicia puede darles el mínimo material que necesitan y, con razón o sin ella, sacrificarían de buena gana la libertad a esta justicia elemental.

              Lo sé hace mucho tiempo. Si me parecía necesario defender la conciliación de la justicia y la libertad era porque a mi entender residía en ella la última esperanza de Occidente. Pero esta conciliación sólo puede lograrse en un clima determinado que hoy casi me parece utópico. ¿Habrá que sacrificar uno u otro de estos dos valores? ¿Qué pensar, en tal caso?

    La gente cree siempre que uno se suicida por una razón. Pero bien puede uno suicidarse por dos razones.

    A los treinta años, casi de un día para otro, he conocido la fama. No lo lamento. Más tarde hubiera podido causarme pesadillas. Ahora sé lo que es. Muy poca cosa.

    Sólo puedo crear gracias a un esfuerzo continuo. Mi tendencia es deslizarme a la inmovilidad. Mi inclinación más profunda, la más segura, es el silencio y el gesto cotidiano. Para escapar a la distracción, a la fascinación de lo maquinal, he necesitado años de obstinación. Pero sé que me mantengo en pie por este esfuerzo mismo, y que si dejase de creer en él un solo instante, rodaría por el precipicio. Así me conservo a salvo de la enfermedad y del renunciamiento, irguiendo la cabeza con todas mis fuerzas, para respirar y para vencer. Es mi manera de desesperar y mi manera de curarme.

    Hegel. “Solamente la ciudad moderna ofrece al espíritu el terreno donde puede tomar conciencia de sí mismo”. Significativo. Este es el tiempo de las grandes ciudades. Al mundo se le ha amputado una parte de su verdad, lo que constituye su permanencia y su equilibrio: la naturaleza, el mar, etcétera. ¡Sólo en las calles hay conciencia!

    Los límites. Diré, pues, que hay misterios que conviene enumerar y meditar. Nada más.

    El existencialismo ha conservado el error fundamental del hegelianismo, que consiste en reducir el hombre a la historia. Pero no ha mantenido la consecuencia lógica, que es negar al hombre toda libertad.

    Naturalmente, lo que a mí me interesa no es tanto ser mejor como ser aceptado. Y nadie acepta a nadie. ¿Me ha aceptado ella? Evidentemente no.

    Escribir la historia de un contemporáneo curado de su desgarramiento por la sola y larga contemplación de un paisaje.

    ¿Por qué se bebe? Porque con la bebida todo adquiere importancia, todo se dispone de acuerdo con una línea máxima. Conclusión: se bebe por impotencia y por condena.

    El viejo militante comunista que ve lo que ve y no se acostumbra: “No puedo curarme de tener corazón”.

    Nadie ha estado tan seguro como yo de conquistar al mundo por medios rectos. ¿Y ahora…? ¿Dónde estuvo la falla, qué flaqueó de pronto y determinó todo lo demás?

    Para que un pensamiento cambie al mundo, primero tiene que cambiar la vida de quien lo concibe.

    Como las de todos los débiles, sus decisiones eran brutales y de una firmeza irrazonable.

    Según Lao Tse: cuanto menos se actúa más se domina.

    De Foe. “Había nacido para destruirme a mí mismo”. Id. “He oído hablar de un hombre que, presa de una profunda repugnancia por la conversación intolerable de algunos de sus parientes, decidió repentinamente no hablar nunca más”.

    Stendhal: “No habré hecho nada por mi felicidad personal mientras no me acostumbre a soportar que alguien no me haga justicia en su corazón”.

    Amigo de C. “Morimos a los cuarenta años, de un balazo en el corazón que nos disparamos a los veinte”.

    Vivir es verificar.

    Cuando quemaban a Juan Hus, se vio llegar a una dulce viejecita con un haz de leña para añadirlo a la hoguera.

    ¿Superarlo? Pero el sufrimiento es precisamente aquello a lo que no se es nunca superior.

    Nunca he llegado a ver muy claro en mí mismo. Pero por instinto me he confiado siempre a una estrella invisible… Hay en mí una anarquía, un desorden atroz. Crear me cuesta mil muertes, porque se trata de un orden y todo mi ser rehuye el orden. Pero sin él moriría disperso.

    Según los chinos, los imperios que se aproximan a la perdición establecen una enorme cantidad de leyes.

    Siempre llega un momento en que los seres dejan de luchar y desagarrarse, y aceptan amarse por fin tal como son. Es el reino de los cielos.

    Moral inútil: la vida es moral. El que no lo da todo no lo obtiene todo.

    Cuando se tiene la suerte de vivir en el universo de la inteligencia, por qué locura se querría entrar en el tumulto y en la casa terrible de la pasión.

    ¡Si la época fuera solamente trágica! Pero es también inmunda. Por eso hay que denunciarla. Y perdonarla.

    Faulkner. A la pregunta: “¿Qué piensa usted de la nueva generación de escritores?”, contesta: “No dejará nada válido. Ya no tiene nada que decir. Para escribir es imprescindible que hayan arraigado en la conciencia las verdades fundamentales, y que la obra se oriente hacia una o hacia todas. Los que no saben hablar del orgullo, del honor, del dolor, son escritores sin trascendencia y su obra morirá con ellos o antes que ellos. Goethe y Shakespeare han resistido a todo porque creían en el corazón humano. Balzac y Flaubert también. Son eternos.

              —¿Cuál es la razón de ese nihilismo que ha invadido la literatura?

              —El miedo. El día que los hombres dejen de tener miedo volverán a escribir obras maestras, es decir, obras perdurables.

    Sí, tengo una patria: la lengua francesa.

    Mi robusta constitución para el olvido.

    Si tuviera que morir ignorado del mundo, en el fondo de una fría mazmorra, el mar, en el último instante, invadiría mi celda, conseguiría elevarme por encima de mí mismo y me ayudaría a morir sin odio.

    Todo logro significa una servidumbre. Obliga a otro más alto.

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