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Personas no humanas

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
Una juez de Buenos Aires reconoció en 2015 el estatuto de “persona no humana” para Sandra, una orangutana recluida en el zoológico. Su sentencia la consideraba como un sujeto no humano titular de derechos fundamentales, y señalaba que su cautiverio y exhibición pública los violaba, así Sandra fuera bien alimentada y tratada sin ninguna crueldad.
Antes, en julio de 2012, se había dado a conocer la Declaración de Cambridge firmada por importantes especialistas en neurología. Su conclusión decía: “El peso de la evidencia indica que los seres humanos no son los únicos que poseen los sustratos neurológicos necesarios para generar conciencia. Animales no humanos, incluyendo todos los mamíferos y pájaros y muchas otras criaturas, entre ellas los pulpos, también poseen esos sustratos neurológicos”.
La determinación histórica del concepto de conciencia supone la existencia de lo que la filosofía llama una esfera de la interioridad. Esto significa no solamente la cualidad de conocimiento que la mente logra a través de los contenidos síquicos que capta interna y externamente, sino también una actitud que se ha llamado “retorno a sí mismo”. Platón, en definición legendaria, la llamó “el diálogo interno del alma consigo misma”.
No hay ningún elemento para negar a los animales ese retorno a sí mismos, el diálogo interno con su alma, salvo nuestra radical ignorancia al respecto. Y también el narcisista y cruel antropocentrismo, parte esencial de nuestra violenta civilización. La violenta teología cristiana materialista entrega a la pareja adánica la propiedad de toda la tierra y de sus creaturas sin ninguna restricción: que “señoree” sobre ellos, como manda Dios en la Biblia. Una interpretación más cristiana y humanizada vendrá después, cuando se diga que Jesús murió en la cruz no solamente para expiar los pecados humanos, sino para recordar a los seres humanos su función olvidada de “mediadores” entre los órdenes que las cuatro direcciones de la cruz indican: arriba, lo divino; abajo, lo subterráneo; a los lados, el mundo animal y vegetal.
Ninguna otra cosmogonía, los cuentos de nuestros orígenes, rechaza la zoomorficación de los dioses tan tajantemente como lo hace la judeocristiana. En las demás el antropocentrismo no es dominante porque sólo representa otro estado del ser, producto todos de causas anteriores al nacimiento. La noción budista de sâmsara, el ciclo de las existencias condicionadas al que todos los seres incesantemente están sujetos, describe seis destinos. Tres de ellos se consideran malos, y en ellos el sufrimiento es intenso.
Los infiernos, fruto de un karma de cólera o de odio en donde, sin que el castigo sea eterno pues para el budismo nada lo es, los seres sufren profundamente. El dominio de los espíritus hambrientos, fruto de la avidez y la avaricia, un mundo de privación extrema. El de los nacimientos animales, que provienen de lo que la explicación canónica llama fruto de la estupidez y conducen a un mundo sin libertad.
La diferencia entre los dos primeros destinos y el tercero es que éste se manifiesta físicamente ante los sentidos humanos y animales. Los dos comparten su forma de estar en el mundo: percibiéndolo y viéndose entre sí. El quinto destino, el de los asuras o titanes, seres poderosos dominados por la envidia y los celos que luchan entre ellos sin cesar, es imperceptible. Igual que el sexto, el de los dioses, seres bienaventurados que se caracterizan por el orgullo y la autosatisfacción, pero cuya terminación es aún más dolorosa.
La doctrina oriental dice que el mejor estado para nacer es el humano. El más precioso y dotado de cualidades (una afirmación harto difícil de creer en estos inhumanos días oscuros). El nacimiento humano viene del deseo y causa un sufrimiento adecuadamente intenso para suscitar la voluntad de liberación, la cual es posible alcanzar con un método o una práctica (no de inmediato, como quiere el compulsivo y ansioso tiempo de estos días, sino luego de siete existencias, según dice el budismo, quien llama a esta operación “entrar en la corriente”).
De ahí que los seres humanos tengan la obligación de reconocer los derechos animales. Quién sabe si la civilización posea tiempo histórico para lograrlo de un modo que vaya mucho más allá de la banal fiebre contemporánea de sobrehumanización de los perros, aquellos seres a los que efectivamente, según afirma la frase que se atribuye a Federico II, mientras más se conoce a los seres humanos más se les quiere. No tanto como se les idolatra en las ciudades por aquella función emocional que cumplen para los posmodernos y solitarios de esta hora, los de las relaciones líquidas.
El péndulo social va a los extremos y buenas iniciativas parecen volverse parodias. Es más difícil amar a los seres humanos, lo cual no debiera ser excluyente para seguir amando a nuestras mascotas y avanzar hacia el respeto integral de toda forma viviente.
Mientras leo este texto a Jonás, mi perro de raza solovino, me contempla con una cortés y cariñosa indiferencia. Luego se echa en posición de esfinge y se queda mirando al vacío. Ha retornado a sí mismo.
Sumario:
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La conciencia animal. Los derechos animales.
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Péguese mi lengua

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
- Fernando Solana Olivares
Es un escritor. Bajo esa palabra sagrada, se asoman múltiples oficios: subdirector del Museo de Arte Moderno en la época de Teresa del Conde, director de La Jornada Semanal y del suplemento y sección diaria de cultura de El Nacional; director del MACO en Oaxaca, activo editor en la Casa del Tiempo de la UAM, miembro fundador de Canal 22, profesor universitario en los Altos de Jalisco, ensayista y novelista sin par.
Como ensayista, Solana posee una voz única porque a la vez que describe y analiza obras literarias tiene, al mismo tiempo, una mirada proveniente de su profundo conocimiento del budismo y de autores que se han cuestionado donde comienza la realidad. 49 y nueve movimientos es un libro extraordinario que describe los distintos estados de conciencia; Luna roja y Casandra se desvanece dialogan con la obra de Eduardo Subirats, porque, efectivamente, como diría Francisco Sánches, a plena luz caminamos a ciegas.
En cuanto a las novelas, Parísgótica nos da cuenta de los recorridos físicos y literarios del narrador por la ciudad Luz; sus novelas oaxaqueñas nos remiten a su terruño y a sus orígenes; Hormiguero es una obra polifónica en la que, como en un coro griego, escuchamos las voces -disonantes, dolorosas, agresivas, conmovedoras- de los miembros de una comunidad cuyo eje es la violencia…
Ahora nos entrega su más reciente novela.
- Péguese mi lengua
Miguel Miramón fue uno de los niños héroes. Fue también el presidente más joven en gobernar nuestro país. Fue fusilado junto con el emperador Maxilimiano.
Surge la pregunta indispensable: ¿fue un traidor a la patria?
El narrador de la novela señala: “Técnicamente Miramón era un traidor; técnicamente Miramón no era un traidor”.
Y es que el mismo hombre que apoyó a Maximiliano se negó a regresar con extranjeros para reconquistar México y dijo antes de ser fusilado en el Cerro de las Campanas: “¡Mexicanos! Protesto por la nota de traidor que se ha querido arrojarme para cubrir mi asesinato. Muero inocente de este crimen”.
Miramón era un conservador y, como tal, conbatió al ejército liberal de Benito Juárez. Fueron los conservadores los que lo llevaron a la Primera Magistratura y… el resto es historia. Fue también una lucha entre el juarismo y la masonería yorkina y Maximiliano y la masonería escocesa (otra lectura del conflicto).
En la novela aparece también Juárez, quien utiliza tácticas orientales para su resilencia: no moverse es la mejor estrategia. Y no se mueve ni conmueve ante los ruegos de Concha Marimón.
Aparece el emperador Maximiliano- -ese inocente que creyó que sería admirado, aclamado y bienvenido por un pueblo extranjero- y su amante indígena, cuyo cuerpo recuerda, como en el poema de Cavafis, los amores que tuvo con “su Max”.
Aparece por supuesto Carlota y su infinita peregrinación con las autoridades civiles y eclesiásticas -Napoleón y el Papa- para suplicarles que utilicen su poder para recuperar el Imperio. Pero la geopolítica ha cambiado y México ya no será un botín sino un problema. La negativa abre las puertas a la sinrazón. Así la describe Solana: “Esa noche se abrió el infierno. La rodearon trasgos entarascados con largas narices y hocicos de aves rapaces. Abrieron paso a una presencia que se anunció como el señor de la Disolución”. A partir de ese momento, Carlota y su locura sobrevivirían todavía muchos años en el castillo de Miramar. Será recordada por la canción que compusiera Vicente Riva Palacio: “Adiós, mamá Carlota, adiós mi tierno amor”.
Aparece también la conciencia indígena, tan diferente a la nuestra: “Para los binnizá el tiempo descansa sobre una triada: el orden mensurable del movimiento, una esfera que todo lo abraza como imagen móvil de la eternidad; también era un movimiento que la conciencia intuía, de ahí su ritmo profundo, casi detenido, lentísimo: ahora es antes y también será después; y asimismo era la matriz que sostiene las posibilidades de lo existente, el espacio donde la conciencia actuaba sin saber por qué”.
Aparece en la novela, como figura deslumbrante, Concha Miramón. Después del fusilamiento de Miguel, malpasó el resto de su vida y a los 81 años, 54 después de la muerte de su esposo, decidió escribir sus memorias. El narrador señala: “¿Cuántas veces se va representando la propia vida en un mapa cuyo diseño aparece desde el comienzo pero solamente se entiende hasta el final?
Las últimas palabras de Concha Miramón fueron “Me voy acercando, alma mía”. Nunca lo olvidó. De allí viene el título de la novela de Fernando Solana Olivares: un amor sin olvido.
Dice Pura López Colomé en el prólogo: “Si como dice Solana ‘un símbolo es aquello que se lanza para unir’, esta sangre verdadera también nos mueve a comprender al otro y compadecerlo, padecer con él. Llámese Maximiliano, Juárez o Miramón. Llámese Lear, enorme creación shakesperiana que sobrevuela esta novela, capaz de alzar la voz para conmover al universo: ‘Rómpete corazón, te lo suplico’”.
Péguese mi lengua, de Fernando Solana Olivares, es una novela bella, profunda, triste. En la comparación con la icónica Noticias del imperio de Fernando del Paso, yo prefiero la novela de Solana. Me parece mejor. Sin embargo, mi opinión subjetiva es intrascendente. Lo que es cierto es que Solana está en plena madurez creativa, dueño de los recursos narrativos que ha ido puliendo desde que fue becario del Centro Mexicano de Escritores, discípulo de su tutor Juan Rulfo. Fernando Solana Olivares es un escritor mayor. Esta obra lo demuestra con creces. ¡A leerla!
P.D. Péguese mi lengua será presentada el viernes 24 de octubre por Jorge Pech, Eduardo Subirats, José Antonio Lugo y el autor, a las 1900 horas, en el Museo de la Pintura Oaxaqueña de la ciudad de Oaxaca. Están cordialmente invitados.
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Salinger y Nueve

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
I.
Al final todo hace sentido. La vida y la obra de J. D. Salinger son mucho más asombrosas y mucho menos truculentas y anormales de lo que se afirma. Es asombrosa su renuncia tajante a la fama, su repentina desaparición de la escena pública y su disposición de no publicar más. En 1951 había aparecido El guardián entre el centeno, una novela talismánica y profundamente influyente que hasta hoy ha vendido más de 65 millones de ejemplares, y en 1953 el libro Nueve cuentos, que agrupaba algunos de los publicados con gran éxito en The New Yorker. Luego siguió otra narración, Fanny y Zooey, y un cuento, “Hapworth 16, 1924”, publicado en junio de 1965 antes del inviolado silencio que guardaría hasta su muerte en 2010.
Pero a la vez no es asombrosa su renuncia, su apartamiento, su negativa a publicar. Estas acciones fueron necesarias para dar lugar a su escritura misma, a lo que alcanzará desde ella. En la monumental aproximación a su vida y obra —que no se parece a una biografía y sin embargo lo es— de David Shields y Shane Salerno, Salinger, ellos concluyen que diez condiciones determinaron la vida de tal genio literario, quien escribió: “estoy en este mundo pero no formo parte de él”.
Uno. Su anatomía, en la cual faltaba un testículo, circunstancia que lo avergonzaba mucho. Esa carencia está reflejada en su obra donde, como afirman los retratistas críticos, se sucede una y otra vez la obsesión de varones maduros por una sexualidad no genital. De ahí se infiere la intensa atracción que Salinger vivió por chicas muy jóvenes y sin experiencia sexual, con una de las cuales se casaría. Otras conclusiones a las que llegan Shields y Salerno son discutibles, como que aquel testículo ectópico fue también causa de su reclusión y apartamiento del escrutinio público. Dos. Haber perdido a la bella y joven Oona O’Neill y vivir la vida entera “colgado” de una relación no consumada. Tres. La guerra, en la cual experimentó cuatro campañas atroces y un descubrimiento desquiciante para el cual no tenía ninguna preparación, aquel “capítulo final de purificación espiritual”, el más patético y destructor espiritualmente posible, como afirmó alguien: el encuentro inesperado con el campo de exterminio nazi de Kaufering IV. Salinger, según los autores, convirtió sus heridas de guerra en un arco de violín para tañer su arte, pues fue la guerra la que al destruirlo lo creó. El propio escritor le dirá después a A. E. Hotchner que “el arte de la escritura es la experiencia magnificada”.
Cuatro. Su conversión al vedanta hindú y su “resuelto” cumplimiento de las cuatro etapas que pregona ese camino: el aprendizaje, la vida familiar, el apartamiento y la renuncia al mundo. Dos fronteras cruciales determinan la vida de Salinger: el antes y el después de la guerra y el antes y el después de la religión, según afirman Shields y Salerno: “la guerra lo destruyó como hombre pero lo convirtió en un gran artista; la religión le ofreció consuelo espiritual tras la guerra pero destruyó su arte”.
Esta última afirmación es equivocada, pues el genio narrativo de Salinger consiste además en transmitir literariamente contenidos religiosos sin que ellos preponderen sobre el vehículo empleado, sobre la literatura como tal, sin degradarla estéticamente, y es de creerse que su arte nunca resultó destruido. Muestra de ello es Nueve cuentos, tema de esta nota. Y también las obras escritas por Salinger que serán publicadas de manera escalonada entre 2015 y 2020.
Cinco. Después de interpretar unos años con cierta buena voluntad el papel de un hombre que había dejado atrás la pesadilla de la guerra y regresaba a su natal Nueva York, la atmósfera laica y materialista de la ciudad resultó insoportable tanto creativa como existencialmente para Salinger, quien se marchó a Cornish y allí pasó solitario las dos últimas décadas de su vida, dedicado a prácticas espirituales (que la distancia ignorante de los biógrafos ante el tema reduce a un: “preparándose para el otro mundo”) y escribiendo una obra que sería póstuma por decisión expresa —decisión que contiene la renuncia al fruto del acto: publicar, pero no al acto mismo: escribir.
Es el “como sí” que la deidad Krishna le requiere a Arjuna, el Hamlet indio, quien duda antes de entrar al combate: entregarse a la circunstancia por completo, con la máxima impecabilidad posible. Aquellos fueron sus “años de trabajo”. Propenso al retraimiento, ahora Salinger se retrajo más. Entonces creció el mito.
La sexta condición propuesta por los biógrafos Shields y Salerno para intentar explicar lo inexplicable, el genio literario de Salinger, consiste en el cumplimiento de la segunda etapa entre las cuatro que predica el credo del vedanta al que se convirtió el escritor de El guardián entre el centeno: la vida familiar. Aun sin contar con un temperamento propicio para ser marido o padre, Salinger cumplió formalmente esa etapa, la cual describe en alguno de sus cuentos con una perfección literaria contradictoria con el imperfecto y ausente modo de vivirla que tuvo. Esa paradoja tan común en el drama humano del escritor: poder escribir sabiamente sobre lo que no se logrará vivir con satisfactoria normalidad.
La séptima condición es un mero énfasis de la anterior: los hijos. Salinger tuvo dos que según los biógrafos representaron la mejor encarnación posible de partes distintas de sí mismo: Matthew y Margaret. El hijo reverente y agradecido, devoto del padre y ahora administrador del patrimonio de Salinger y del proceso de publicación de sus textos inéditos. La hija rebelde, crítica del padre y confrontadora, cuyo libro de memorias, El guardián de los sueños, es descrito como una canción de amor desgarrada de la hija al padre en 450 páginas, la cual “no importaba: él estaba a millones de kilómetros de distancia, en su torre”.
Y la octava circunstancia, la obsesión de Salinger, tanto en su obra como en su vida, por las jovencitas al borde de la sexualidad: “un mundo físico edénico, una sexualidad anterior al Pecado”, anterior al tiempo atroz de la guerra que convierte todos los cuerpos en cadáveres. Traumas, culpas por haber sobrevivido, inconsciencia deseada y no obtenida, concluyen Shields y Salerno, para casi saldar así el mapa emocional de Salinger.
Son las últimas dos condiciones, la reclusión y el desapego, las que acabarán de construir el fenómeno de esta existencia tan singular. En palabras de Paul Alexander, Salinger era un ermitaño que coqueteaba de cuando en cuando con el público para recordarle que era un ermitaño. La retirada del mundo, etapa final del vedanta, también representa la estrategia publicitaria perfecta: si era invisible para la gente, podría estar en todos los lugares de la imaginación pública.
Esta afirmación de los biógrafos, cínica y utilitaria, sugiere que Salinger instrumentó para su beneficio literario la religión a la que se convirtió. Shields y Salerno transcriben lo que señala Margaret, la hija, al exponer el desapego, la última condición de las diez mencionadas para explicar al autor de Nueve cuentos:
“Siente desapego por tu dolor, pero Dios sabe que el suyo se lo toma con una seriedad mortal”. Margaret acabó dándose cuenta, como escribe en sus corrosivas memorias, que Salinger, contra todas sus declaraciones y escritos, era un hombre sumamente necesitado de atención. Se trata una vez más de la frágil reputación de los muertos, además de una interpretación posmoderna desacralizante, signo de la época, que no atiende lo sustantivo, lo único verdaderamente sobreviviente: la obra del autor.
El genio narrativo de Salinger consiste en un arte de la sustracción mediante el cual quien elabora una historia que conoce en todos sus detalles, aun aquellos pormenorizados y minúsculos, no la cuenta así sino habiéndola sintetizado. Todas las cargas ocultas y los sentidos implícitos de una narrativa que sólo muestra sus conclusiones, como si se tratara de un lienzo en el cual los fondos y las veladuras que se han ido untando en capas no aparecen delante de la mirada y sin embargo no dejan de ser parte definitiva de la obra. De tal manera, el volumen de Nueve cuentos comienza con una narración ejemplar e incomparable, “Un día perfecto para el pez plátano”, y cierra con la deslumbrante pieza “Teddy”, donde se muestra la capacidad estética de Salinger para integrar con inesperada naturalidad temas orientales y metafísicos en un horizonte ajeno hasta entonces a la irrupción de ese sincretismo, un poderoso signo cultural de la época.
“Las mejores obras de Salinger no son buenas. No son muy buenas. Y no son magníficas. Son perfectas. ‘Perfectas’, sin embargo, no es necesariamente el mayor elogio que se les puede hacer”, escribe David Shields. Dicha perfección es una virtud irrevocable pues el lector está dentro del texto en cuanto inicia su lectura. La voz narrativa se dirige a él, como si hubiera estado esperándolo: él está en el cuento, él mismo es el cuento. Él es quien lo escribe mientras el cuento lo escribe a él. Él es Salinger, Salinger es él.
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Márai, Bodor, Krasznahorkai

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
- Hungría
A mediados del milenio pasado, durante siglo y medio, el reino de Hungría estuvo desmembrado en tres partes: la occidental, bajo los Habsburgo; la central, con la ciudad de Buda en poder de Turquía, y la oriental, Transilvania, principado autónomo (hoy Transilvania pertenece a Rumania). Esto nos da una idea de la compleja riqueza cultural de lo que fue la mitad del Imperio Austro-Húngaro.
Entre los autores húngaros más conocidos están los filósofos Gyorgy Lukács y Arthur Koestler, el novelista Stephen Vizinczey, autor de En brazos de una mujer madura, muy leída en México, e Imre Kertész, ganador del Premio Nobel de Literatura en 2002, cuya obra se inscribe en la “literatura del apocalipsis”. Habría que destacar también a los cineastas István Szabó y Béla Tarr, así como el pintor Brassaï.
Hoy nos referiremos a los tres escritores más importantes de las últimas décadas.
- Sándor Márai
Después del fin de la Segunda Guerra Mundial, los escritores húngaros tuvieron que elegir entre la sumisión y el exilio. Márai se exilió en los Estados Unidos. Es autor de novelas formidables: El último encuentro, que describe cómo dos viejos amigos que conformaron un triángulo con la esposa de uno de ellos, cuarenta años después se dan cuenta de que ninguno de los dos tuvo las agallas para hacerla feliz; La mujer justa, una novela dividida en tres partes, que describen al hombre pequeño burgués, a su mujer que comparte esos valores y a una campesina arribista. Como en la vida nadie deja de ser quién es, el resultado es desgraciado para los tres. Destaco también La amante de Bolzano, que describe la llegada de Giacomo Casanova a esta ciudad, para encontrarse con un viejo amor y su anciano esposo, donde ella le demuestra a Casanova que es muy bueno para conquistar a cualquier mujer, pero es incapaz de amar.
- Ádám Bodor
Debo a Héctor Orestes Aguilar, que anduvo dando clases por la zona del Imperio Austro-húngaro, haber leído El distrito de Sinistra, de Ádám Bodor, un escritor que escribe en húngaro pero que nació precisamente en la comunidad húngara de Transilvania.
El personaje Adam Bodor -homónimo del autor- viaja al distrito de Sinistra a la búsqueda de Béla, su hijo adoptivo. Todo es amenazador e irreal. Una combinación de un bosque con niebla y el mundo opresivo de Kafka. Le retiran el pasaporte, no lo dejan moverse ni regresar; nada tiene sentido. Al final de la obra, su hijo accidentalmente se prende fuego: “Le ardieron hasta las uñas, le chisporrotearon la punta de la nariz y las orejas, estallaron sus bolsillos. Aún tuvo tiempo de ver a los curiosos que se congregaron a su alrededor, de comprobar la indiferencia vidriosa de sus miradas”.
- Lázlo Krasznahorkai, Premio Nobel de Literatura 2025
En su discurso al recibir el Premio Formentor, subrayó “el poder transformador de la literatura y su capacidad para reconfigurar el mundo”. Evocó con gratitud las influencias literarias que lo han guiado, mencionando a autores como Franz Kafka, Thomas Pynchon, y Fiódor Dostoyevski, así como a poetas y narradores húngaros como Attila József y Péter Hajnóczy. Destacó que el acto de escribir es, ante todo, un compromiso con la búsqueda de lo inefable.
He leído Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río, cuya trama tiene lugar en el sur de Kioto. El protagonista es el nieto del príncipe Genghi -sí, el de la novela de Murasaki Shikibu y el del cuento de Madame Yourcenar-. “La mirada del príncipe Genji impresionaba, en efecto a quien podía verlo. Era la confirmación en la realidad de que la sensiblidad humana, la solidaridad y la compasión, la discreción y la buena voluntad, el tacto y la humildad, la excelsitud y la vocación para grandes metas poseían un mundo en la tierra”.
- Los premios Nobel de literatura.
Están los que no ganaron: Tolstoi, Kafka, Pessoa, Musil, Proust, Musil, Joyce, Nabokov, Yourcenar, Durrell, Borges, Dinesen…
Están los que sí y lo merecían, como Thomas Mann, por citar sólo uno. Están los que “ni fu ni fa” y ni los mencionaremos.
El premio sirve para celebrar a quien lo merece y todo mundo conoce (Gabo, Vargas Llosa) o para difundir a estupendos escritores (Tocarczuk, Kraznahorkai, Fosse) que sin el premio no serían traducidos a muchos idiomas -o lo harían más lentamente-.
Hay que leer más libros del ganador de este año. Es en primer término un premio personal. Es también una celebración de la cultura húngara, heredera del Imperio Austro-húngaro, que a principios del siglo pasado refulgió como uno de los momentos más luminosos de la cultura occidental.
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Cantos de la vejez (Fragmento)

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Para Diana, cuando se va
I.
Está perseguido por la desgracia y muy cansado. Él mismo personifica la decadencia sobre la que podría escribir. La escritura es un desdoblamiento, fractales que se tocan sin descanso, se multiplican, se ponen a decir. Entonces el titán, Giovanni Papini, escribe en su diario un trece de abril: “A los sesenta y cuatro, cuando otros acaban, yo empiezo. Veo claro sólo ahora, cuando estoy perdiendo la vista”.
Ha ido ya desde aquella fantástica pluma de los inicios escrita al dictado del diablo, según dijo un crítico que lo llamó “envenenador de ti mismo y los demás”, hasta la extraña conversión al cristianismo, explicada por varios debido a su ansia de absoluto y de verdad. Su adherencia al fascismo de Mussolini, los honores que recibe y luego la repulsa final, el silencio que sufre por su pasado colaboracionista al fin de la guerra.
Ha vivido la destrucción de su casa en Bulciano, de la cual huye cargando el extenso manuscrito del Juicio Universal, que al final quedará inconcluso. Se ha alojado en un convento y desde ahí debe rescatar los libros de su biblioteca. Después irá a Florencia, se le diagnosticará parálisis progresiva y morirá. Son sus diarios los que dan cuenta de esta marcha hacia la metamorfosis o hacia la nada, como se quiera imaginar.
Un 7 de octubre Papini anota: “Me entristece el pensamiento de que ya no podré escribir, de que ni siquiera podré acabar las obras ya comenzadas o próximas a su fin. El pensamiento aún está vivo —o me lo parece—, pero la mano ya no es dócil, y yo soy reacio a dictar. El pesar de no poder escribir se añade a la humillación de no poder caminar”.
Inicia entonces la verdadera vejez, la odiosa vejez, como el escritor la llama. Está medio ciego, un poco sordo, no lo sostienen las piernas, cojea, no puede leer, caminar o fumar. Las primeras líneas de un escritor (quien sobre todo es una escritura) concluyen entre las finales. El circuito, un ouroboros, cierra con el comienzo de lo escrito, en una relación de inicio/final.
Y sin embargo la vejez de un sabio, salvando la impiedad, a veces se anticipa a lo que consagra el Corán: “Hemos quitado tu velo, y hoy tu mirada es penetrante”. Papini es descarnadamente crudo, documental, porque la ácida mirada de esos días últimos también puede contener una lacerante claridad.
“La vida está hecha de errores y renuncias —anota—. En la primera mitad los errores son más numerosos que las renuncias. En la segunda mitad siempre abundan los errores, pero crecen continuamente las renuncias. Solamente la extrema renuncia —la muerte— cierra para siempre la serie de errores”.
El titán se siente herido por las ráfagas del tiempo y en los últimos saldos de sus días no cuentan ya los dones solares de sus obras memorables. Tampoco, según parece, el amparo abrigador de la fe. La vida sólo se aferra a sí misma como un impulso instintivo, y Papini sufre un grave desconsuelo en medio de su amarga lucidez. Los sufrimientos no han sido todavía peldaños hacia el esclarecimiento. Queda tiempo aún, suficiente para agonizar. Ágon: máximo esfuerzo final.
La última entrada que Papini pudo hacer por sí mismo en su diario dice: “10 de marzo. He pasado largos meses de melancolía y sufrimiento. Lo he soportado todo con la esperanza de sanar. Me han pinchado centenares de veces y me han dado masaje a brazos y piernas. Pero no puedo caminar sin ayuda ajena, y mi mano derecha a duras penas puede sostener la pluma”.
Quien creyó haber vivido tan profunda como ingenuamente las ilusiones pudo ver, al final, el engaño, dijo de sí mismo el autor. Es perturbador: ¿de cual engaño habla? La vejez, una oscura debandada, una catarsis, un refinamiento existencial. ¿O una falsificación?
II.
En una preclara introducción a Schopenhauer, Franco Volpi menciona la biblioterapia (lectura profunda de los clásicos en su idioma original) y la escritura diaria, atendiendo la recomendación de Plinio el Viejo: “Nulla dies sine línea”, como dos técnicas básicas “del dominio y la administración de la vejez” que el filósofo pesimista pone en práctica.
Otras técnicas para ello provienen de epicúreos y estoicos. Van desde la redacción de un libro de reglas y principios sobre la conducta y la prudencia, que debe memorizarse porque servirá al modo de aquel maletín que el cirujano lleva consigo, hasta la reflexión sobre los males futuros (el Praemeditatio malorum latino), no para hacerse desdichado antes de tiempo sino para saber que no se trata más que de sufrimientos pasajeros que culminan en la liberadora Meditatio mortis, la meditación para la muerte que mediante la sabiduría se propone atenuar el dolor del fin.
La edad antigua consideró la comprensión de la vejez y con ella de la muerte como la esencia de la reflexión filosófica. Aunque pueda parecer paradójico dada su radical definición acerca de la vida: algo que no es bello sino oscilante entre el tedio y el dolor, Schopenhauer se adscribió a la tradición literaria del Ars bene moriendi contenida en escritos antiguos y patrísticos, una filosofía práctica del cuidado de sí mismo, complementaria del arte del bien vivir que la filosofía enseña.
Esta tradición hace una analogía entre las edades de la vida, las estaciones del año y las partes del día. Toda equivalencia o analogía es un multiplicante del sentido, una semiosis del entender. Dicha escuela recomienda vivir la vida como si contuviera una vida entera. Epicteto, una lectura frecuente de ese budista extraviado en Occidente que fue Schopenhauer, afirma a su vez que la muerte sorprende al zapatero cosiendo zapatos, al escultor modelando una figura y al marinero surcando el mar.
La incógnita a resolver —similar al planteamiento budista theravada del último pensamiento que se tendrá al morir— es la actividad en la que se desea ser sorprendido por la muerte (este autor desearía ser tomado por ella mientras escribe). Un suceso así representa la debida conclusión de una vida completa y razonablemente feliz, un término que Schopenhauer reconocerá en los últimos años de su existencia, cuando una serena felicidad derivada del sosiego y el contentamiento llegue hasta él.
Décadas de sombra e invisibilización intelectual, de ser ignorado por la filosofía académica, de ediciones no vendidas y cátedras casi vacías están concluyendo por fin. Su fama como filósofo se corona en Europa. La hermosa y joven escultora Elisabeth Bey modela su busto y el de su perro Atman, al cual amaba más que a los seres humanos, y el misántropo pensador se dulcifica en su proximidad.
“En otro sentido se puede decir asimismo —escribe quien definió a la especie como la única en la creación que obtiene placer al infligir dolor a sus semejantes— que los primeros cuarenta años de nuestra vida suministran el texto; los treinta siguientes el comentario de este, el cual nos instruye en la comprensión de su verdadero sentido y cohesión, así como también de su moral y todas sus sutilezas”.
El pensador que daría lugar a la modernidad existencialista lo mismo que a la budiatría occidental, entendía ahora la etapa última de la existencia como una cosecha, un comentario por fin comprendido, incorporado al ser, como “la alegría de quien ha soportado los grilletes por mucho tiempo y se mueve ahora libremente”.
A la distancia se contemplan la seducción, el deseo, la exaltación y hasta el dolor. Esa sosegada tranquilidad es “la condición y lo esencial” de la felicidad que puede alcanzarse en la vejez. La conclusión de Schopenhauer es simple: “Se debe envejecer de una forma elegante, lo demás viene dado”.
La vejez o un arte del ser que surca el tiempo, de aquel que existe en el mundo como voluntad y representación.
III.
La primera pregunta fue: ¿cuántos años tiene? También podría ser la última, porque si la edad de la postulante rebasaba una cierta cifra, ni siquiera sería considerada para la vacante en Historia del Arte. Este semestre no se había podido ‘ofertar’ esa materia, como ahí dicen, por falta de maestros.
Esa indagación dio cabida a otras: ¿cuál es la edad máxima de los maestros de asignatura, como era el caso, quién lo decidió, con qué criterios?
Vinieron las respuestas, esta gente siempre tiene explicaciones: sí porque sí. Treinta y cinco años máximo. Lo decidió el más reciente formato de procedimientos burocráticos dictado por la central del departamento de personal universitario, invadiendo atribuciones académicas y actuando con criterios empresariales.
Y no, la joven funcionaria no conocía los criterios que fundamentaban la decisión. Ninguna razón, sólo un nuevo ucase expedido desde el escritorio de un agente de la racionalidad, la rentabilidad o la competitividad: palabras epistemológicamente equivocadas en el tiempo terminal de ahora, cuando la erosión de un sistema mundo y en medio de una perspectiva apocalíptica. Lo que gusta es la mediocridad, escribió Montherlant, porque nuestros jueces se reconocen en ella.
La siega social de la erradicación de los viejos, la evaporación de su saber y experiencia, su invisibilización pública, los convierten en parte de la población prescindible que el neoliberalismo exige. La mayoría de las personas se definen existencialmente por su trabajo, pero al perderlo y no poder encontrar otro se desdefinen, dejan de ser. La vejez es una desdefinición.
La experiencia significa el tránsito de una negatividad —el pensamiento ilusorio— a una positividad —la realidad tal como es. Yo actúo, decía el áspero Schopenhauer, según la sentencia de Bías: la mayor parte de los hombres son malos. ¿Qué hacen los viejos en la sociedad sin trabajo, sin tener ocupaciones propias o representar alguna utilidad ajena? ¿Qué le sucede a una sociedad cuando mutila la continuidad en la memoria de sus integrantes, cuando niega la comprensión del pasado en el presente, la función enlazadora que representan los viejos? ¿Qué pasa cuando juvenilia, la compulsión por ser y lucir joven, se convierte en un tóxico artículo de fe?
Mientras más viejo más libre, clamaba Saramago. Entonces mientras más libre, más radical. Importa y a la vez no importa. Pero como la dureza económica no parece remitir o atemperarse, habrá que considerar la amarga medicina de tres saberes: saber ser pobre, saber ser solo, saber ser viejo. Y aceptar para uno mismo la vida propia como una aparición episódica, aleatoria, combinada y desigual.
Todo consuelo espiritual sirve para lograrlo, desde luego, pues la poca ciencia de la juventud aleja, y lo vivido, la mucha ciencia que en la vejez amansa, vuelve a llevar. El Dhammapada afirma: “Contemplad este bello cuerpo, masa de dolores, montón de grumos, trastornado, en el que nada persiste”. El cuerpo no deja de ser el templo del alma ni la vejez un tránsito hacia otro plano.
Lo anterior debió ser considerado en aquel instante mientras la primera pregunta quedaba preguntada: ¿cuántos años tiene? La joven aspirante a impartir la materia tenía veintiocho años, pero de tener más ni siquiera una acreditada experiencia docente habría hecho que la tomaran en cuenta. No porque no.
Los viejos debemos evaporarnos, pasar a otra dimensión. La de la sabia indiferencia. La del sosiego. La de la confiada vejez.
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Nuestro sennin

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Guárdate de lo que deseas, porque alguna vez se cumplirá. Guárdate de lo que lees, porque sin darte cuenta lo repetirás. Guárdate de lo que imaginas, porque un día podrá hacerse cruda realidad. Le ocurrió a Balzac, entre otros, quien en su lecho de moribundo, después de veinte años de trabajo pantagruélico y noventa novelas publicadas, reclamaba delirante la presencia de algún médico extraído de su Comedia Humana —la inmensa narración de la cual fue un amanuense predestinado—, antes que aceptar los habituales auxilios del galeno Nacquart, su viejo y fiel amigo.
Aunque conserva similitudes con ésta, la anterior es otra historia: se trata de un artista cuyo inconsciente materializa las creaciones de su fantasía, pues tanto la vida vivida como la vida escrita resultan ser, las dos, existencia idéntica. Esto comenzó debido a un cuento del escritor japonés Ryunosuke Akutagawa que di a leer a mis alumnos: Sennin. Por molicie propia o por desinformación ajena llevaba varias sesiones explicando al grupo a mi cargo esa condición que se requiere para comprender todo fenómeno estético: la suspensión temporal de la incredulidad.
Mis alumnos son hijos de la época y están educados por las imágenes visuales planas, así que suponen que la verosimilitud aparente es una condición necesaria de la verdad. Les encantan los efectos especiales y se muestran reacios en aceptar que un mero decorado escénico basta para aludir suficientemente a cualquier situación. Han perdido, si alguna vez la tuvieron, aquella capacidad de convocar imágenes en ausencia que llamamos imaginación. Como fuere, me hicieron el favor de leer la historia del sirviente Gonsuké.
Los alumnos supieron entonces que un sennin es, conforme a la tradición china, un ermitaño sagrado que tiene poderes mágicos como el de ascender por los aires y disfrutar de una larga y plena longevidad. Espectadores, que no lectores, de Harry Potter y de El señor de los anillos, consumidores de superhéroes televisivos de toda laya que realizan cualquier suerte de milagros metafísicos, la condición fantástica de alguien capaz de volar por los aires o vivir durante siglos no perturbó gran cosa su principio de realidad.
Lo que les chocó, en cambio, fue el sentido final del cuento de Akutagawa y la manifiesta credulidad de Gonsuké, su protagonista, el cual, conducido arteramente por el empleado de una agencia de colocaciones, se compromete a trabajar como criado sin paga alguna durante veinte años en una cierta casa para, finalizado ese lapso, recibir de los fraudulentos patrones, un médico hipócrita y su abusiva esposa, la revelación de los atributos extraordinarios que ansía obtener.
Transcurren los años y el hombre trabaja sin descanso, ajeno a cualquier queja auto conmiserativa y lejano a toda desconfianza lógica. Cuando al fin el extendido plazo se cumple y Gonsuké solicita la revelación del secreto, la mujer, una vieja arpía, contrariando las alarmadas advertencias del médico, lo hace subir hasta la punta de un alto pino en el jardín de la casa y le exige soltar la última rama donde apenas se sostiene. En aquel instante ocurre el súbito prodigio, el criado queda suspendido sobre la nada como una marioneta pendiendo de hilos invisibles, y de esta manera cuenta Akutagawa el desenlace: “—Les estoy agradecido a los dos, desde lo más profundo de mi corazón. Ustedes me han hecho un sennin —dijo Gonsuké desde lo alto. Se le vio hacerles una respetuosa reverencia y luego comenzó a subir cada vez más arriba, dando suaves pasos en el cielo azul, hasta transformarse en un puntito y desaparecer entre las nubes”.
Lo anormal para los estudiantes no fue la conclusión del relato: Gonsuké flotando por los aires, sino sobre todo el medio que el sirviente había empleado para alcanzar la incuestionable convicción de convertirse en sennin. ¿Fe ciega o estupidez divina? ¿Azar arbitrario o providencia ignota? ¿Exageración poética o terca perseverancia que vence al destino? ¿Metáfora de un comportamiento o textualidad de una situación? Después de ventilarse en clase las escépticas dudas de una generación como ésta, tan sentimental lo mismo que racionalista, ahíta de mentiras socialmente aceptadas pero adversa, por reflejo mental, a cualquier cuestión no comprobable mediante el consenso de los prejuicios heredados, pedí que se hiciera al respecto un ensayo reflexivo. O razonado. O cuando menos, esforzado.
Algunas lecturas me han hecho saber que el género del ensayo está emparentado con la palabra latina gustus, que significa cata, gustación o probadura, y designa además aquella arriesgada tarea que antaño se cumplía para saber si los alimentos de emperadores y reyes estaban envenenados o no. Acaso ensayar el gusto siempre entrañe un peligro potencial. Prohibí, como anacrónicamente lo hago, consultar Internet para cumplir el encargo, y fijé la fecha de entrega de los trabajos.
Nada relevante encontré en ellos hasta ahora, cuando una escritura manuscrita, sin que lleve prólogo digresor o introducción contextual, recién me informa: “Estimado maestro, yo fui sennin. Más bien, yo fui ese Gonsuké que se convirtió en sennin. Podría decirse que conocí al escritor japonés que lo contó aunque precisamente ahora no lo recuerde, pero sí todo lo demás expresado en esa historia. Con una modificación: nada de eso ocurrió en Japón sino en mi propia casa, donde mi madre es la vieja arpía y mi padre el culero doctor…”.
Aún cavilo si calificaré con diez al sorprendente redactor.
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Diario de Gaza VIII

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
En un artículo publicado en su sitio web graymirror.substrack.com, Gaza and the laws of war, comentado por Daniele Perra en Geopolítica.RU, Curtis Yarvin, el activista político norteamericano teórico de las corrientes neo-reaccionarias e ideólogo del “iluminismo oscuro” y sus secuelas autocráticas que desembocarían en una monarquía encabezada (o preparada) por un “dictador-CEO”, argumenta y defiende el dejar a Israel actuar como le parezca en la Franja de Gaza. Esta sería la única forma, afirma, de resolver en un plazo más o menos breve un conflicto que recae sobre los contribuyentes norteamericanos. Ninguna otra es su preocupación. De tal manera la “Nueva Gaza” sería construida por el empresario judío estadounidense Jared Kushner, yerno de Trump. Así surgirían “Los Ángeles del Mediterráneo”, una ciudad cuyo valor estimado rondaría los seis billones de dólares. Los palestinos sobrevivientes resultarían expulsados de su tierra ancestral por la fuerza. Un mero daño secundario. O como él mismo dice: una simple transacción inmobiliaria.
Curtis Yarvis declara su entusiasmo por la “doctrina Dahiya” del ejército israelí. Elaborada por el general israelí Gadi Eizenkot en el contexto del arrasamiento perpetrado por Israel durante su invasión a Líbano en 2006, esta táctica militar prevé la destrucción sistemática de todas las infraestructuras civiles (hospitales, escuelas, servicios públicos, centros de reunión y entretenimiento, mercados, vías de comunicación, etcétera) y consiste en un “uso desproporcionado de la fuerza” en el cual se basa la estrategia sionista actual. Entrevistado por la agencia Reuters, Eizenkot se refirió a su doctrina como un ataque asimétrico que debe causar grandes daños y destrucción contra lo que no son considerados pueblos de habitantes pacíficos sino bases militares. Los muertos civiles (bebés, niños, jóvenes, ancianos, mujeres y aun enfermos) son considerados técnicamente como integrantes de los grupos armados enemigos.
Cinco de cada seis palestinos asesinados por las fuerzas sionistas de ocupación en Gaza han sido civiles, una tasa de mortalidad del 83 por ciento, según una base de datos de la inteligencia militar israelí. “Una tasa extrema de matanzas raramente igualada en las últimas décadas de guerra en el mundo”, informó The Guardian. Sólo en el genocidio de Ruanda ocurrido en 1989 los civiles asesinados fueron una proporción mayor en el número de muertos, sin llegar a las cifras de Gaza. Otras estimaciones fiables calculan el número de muertos palestinos en 100.000, tomando en cuenta que decenas de miles están sepultados bajo los escombros. El general israelí Aharon Haliva, quien dirigía la inteligencia judía al comenzar la ocupación, dijo que 50,000 palestinos deberían morir en venganza por las 1,200 muertes israelíes durante la Operación Inundación Al-Aqsa lanzada por Hamás el 7 de octubre de 2023, la mayoría de las cuales se cree que fueron asesinadas por helicópteros de ataque, drones y tanques israelíes, según la Directiva Aníbal seguida por el ejército sionista. Esta fue creada como un procedimiento militar obligatorio diseñado para evitar el secuestro de soldados y civiles israelíes por fuerzas enemigas, incluso matándolos.
En ese contexto, la revista The Intercept documentó que la prensa de derecha israelí y la extranjera afín a ella propalan insistentemente la versión de que los niños de Gaza no han muerto de hambre sino a consecuencia de enfermedades preexistentes. Han hecho proliferar fotografías de niños en estado de inanición que presentan como “no representativos”. No hay hambruna en Gaza, afirman. Decirlo es hacerse eco de una mentira terrorista de Hamás. Esta fue la misión propagandística de una gira de influencers en Gaza organizada a fines de agosto por Tel Aviv para encubrir la hambruna sionista, verificada y documentada por la ONU. Entre los propagandistas contratados estuvieron Brooke Goldstein, fiscal estadounidense pro-Israel, autora y personalidad televisiva, la cual escribió en sus redes: “Lo que vi demostró que lo que informan los medios sobre la situación es absolutamente falso. La misión es alimentar a la población de Gaza de forma que Hamás no pueda robarles la comida, y está funcionando”. Xavier Du Rousseau, otro influencer, informó en redes sociales: “Israel NO es la razón por la que muchos palestinos se mueren de hambre. Israel NO está impidiendo la entrada de alimentos a Gaza”.

Liam Og hAnnaidh, miembro del grupo de rap irlandés Kneecap, compareció ante el Tribunal de Magistrados de Westminster en Reino Unido para defenderse de un cargo de “terrorismo”. La justicia británica lo acusó por ondear una bandera de Hezbolá y condenar el genocidio en Gaza durante un concierto realizado en Londres. La comparecencia judicial se convirtió en un acto de protesta. Cientos de seguidores del cantante corearon consignas y ondearon banderas palestinas e irlandesas. El grupo de rap declaró que esta acusación es una decisión política calculada para desviar la atención de los crímenes de guerra israelíes que el Estado británico apoya, y que lo que debe ser el centro de atención mediática es el genocidio perpetrado por Israel contra el pueblo palestino en la Franja de Gaza. Diversos analistas coinciden en que este juicio es parte de un proceso más amplio que busca acusar como “antisemitas” a todos a quienes se atrevan a criticar las acciones genocidas de Israel. Una censura que abarca las redes sociales, los estudios de televisión, la prensa, los recitales de música, las universidades, el ámbito político-institucional e incluso las calles. Somdeep Sen, analista de Al Jazeera, dijo que “la censura siempre ha sido un complemento necesario del genocidio”. Así se explica el silenciamiento de las voces críticas en todas partes y el número “récord” de periodistas asesinados por el ejército de ocupación israelí desde octubre de 2023: 239 trabajadores de prensa hasta hoy.
Después de madrugar y hacer fila durante una hora bajo el calcinante sol y el polvo de los escombros, según una nota de varias agencias, la gazatí Rana Odeh regresó a su precaria tienda hecha con jirones de tela cargando un garrafón de agua amarillenta. Calculó cómo racionarla para sus dos hijos pequeños, aun sabiendo que el agua puede estar contaminada. Expulsada de su hogar en Jan Yunis junto con los suyos, explicó que se veía obligada a dársela a sus hijos porque no tiene otra alternativa, aunque les provoque enfermedades. Los pozos de agua están destruidos en su mayoría y los que quedan son inaccesibles. La agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina comunicó en agosto que sus centros de salud en los campamentos de refugiados atendían semanalmente 10 mil 300 pacientes por diarreas infecciosas causada por agua contaminada. Mientras tanto cajas de ayuda con medicamentos rechazados por Israel como “ilegales” languidecen en un camión en la frontera de Egipto, informó Reuters.
La destrucción selectiva y metódica del sistema de salud de Gaza equivale a un “medicidio”, según declararon las relatoras de la ONU Tlaleng Mofokeng y Francesca Albanese. La Organización Mundial de la Salud ha registrado, entre octubre de 2023 y junio de 2025, 735 ataques contra infraestructuras de atención sanitaria. Los incesantes bombardeos contra los complejos hospitalarios de Gaza “agotaron los últimos recursos que quedan”, informaron Mofokeng y Albanese, quienes acusaron al gobierno israelí de crear condiciones calculadas para asesinar a los palestinos, una “clara prueba de la intención genocida”. Denunciaron los ataques deliberados a los hospitales y a médicos, paramédicos y trabajadores de la salud, a quienes además “intentan matar de hambre con el objetivo de erradicar la atención médica en el devastado enclave”. Al mes de agosto de 2025, la cifra de heridos o mutilados a causa de las operaciones militares sionistas alcanzó la cifra de 154 mil 525 gazatíes. El hospital Al Shifa advirtió que 55 mil palestinas embarazadas enfrentan desnutrición y una severa crisis de salud en medio del colapso del sistema sanitario.
Mientras la Oficina de Medios del gobierno de Gaza elevó en varias decenas el número de personas muertas por inanición, entre ellas más de un centenar de niños, anunciando que la crisis humanitaria alcanzaba ya “niveles catastróficos”, Netanyahu declaró que las acusaciones contra Israel de genocidio y hambre deliberada son falsas, pues si su país tuviera una política intencional de hambruna “todos en Gaza estarían muertos”. También aseveró que si su gobierno quisiera “habría bastado exactamente una tarde para cometer genocidio”. Acusó a Hamas e Irán de ser “el elemento genocida”, y de buscar el “exterminio de Israel y los judíos”. Entretanto, según varios medios de prensa, Lindsey Graham, senador republicano de Carolina del Sur, advirtió a miembros de su partido que si Estados Unidos suspende el apoyo a Israel debido a las crecientes denuncias de genocidio contra la población gazatí, “será Dios el que castigue a los estadounidenses”.
A comienzos de septiembre fueron asesinados siete niños que intentaban acceder a agua potable en Al-Masawi, una región en el sur de Gaza a la cual Israel ha obligado por la fuerza a desplazarse a los palestinos describiéndola como una “zona segura” en la cual habría “mejores servicios humanitarios”. Fuentes locales y médicas confirmaron que al menos diez personas, entre ellas los siete niños mencionados, fueron asesinadas mientras hacían fila para conseguir agua potable. “A veces siento que mi cuerpo se seca por dentro. La sed me roba toda mi energía, tanto a mí como a mis hijos”, contó Um Nidal Abu Nahl, madre palestina de cuatro hijos, a la cadena Al Jazeera. Para entonces, el número de muertos por inanición alcanzaba la cifra de 367 gazatíes, entre ellos 131 niños. Muertos por hambre y también por sed. A diario mueren en Gaza el equivalente de un salón de clases. “Llevamos dos años viendo que Gaza es un lugar en el que los niños son atacados sistemáticamente y en el que el número de niños asesinados cada día aumenta”, declaró Alexandra Saieh, directora de Save the Children. La experta calificó de “rutinarios” ataques como el ocurrido en el campo de refugiados de Al-Masawi contra los siete menores y los tres adultos que aguardaban por agua.
El lunes 11 de agosto un grafiti en el Muro de los Lamentos hecho al amanecer con aerosol rojo proclamaba: “Hay un Holocausto en Gaza”. Un mensaje idéntico, pero con una línea adicional: “Todo lo que se publica es mentira”, apareció en la fachada de la Gran Sinagoga de Jerusalén. Un hombre judío de 27 años fue detenido como sospechoso. El hallazgo provocó la condena política del gobierno israelí. Itamar Ben Gvir, ministro de Seguridad Nacional, se declaró “conmocionado” por lo ocurrido, mientras que el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich —ambos figuras de la extrema derecha sionista— afirmó que los autores “han olvidado lo que significa ser judío”. El exministro de Defensa Benny Gantz consideró las pintas como “un crimen contra el pueblo judío”. El alcalde de Jerusalén dijo que “no hay ni habrá lugar para dañar el símbolo nacional y espiritual del pueblo judío”. El rabino del Muro, Shmuel Rabinovitch, calificó el hecho como una “profanación” e indicó que “un lugar sagrado no es un sitio para expresar protestas”. Nadie se refirió al texto mismo de la pinta.
La anexión de Cisjordania es la respuesta sionista al reconocimiento por Francia y otros países de un Estado palestino. The Washington Post informó sobre un plan para el enclave palestino que circula dentro de la administración del presidente Donald Trump: la administración al menos durante una década del territorio devastado por la ocupación israelí, la reubicación forzada de los más de dos millones de habitantes de Gaza y la reconstrucción de la ciudad. Un fideicomiso ofrecería a quienes posean terrenos un token digital (código único) a cambio de derechos para reurbanizar su propiedad, cinco mil dólares en efectivo para desplazarse y subsidios para cuatro años de alquiler en otro lugar fuera de la franja.
A partir de datos verificables, Francesca Albanese ha denunciado que “Israel es el segundo mayor receptor per cápita de financiación a través del Consejo Europeo de Innovación”, un organismo de la Comisión Europea creado para impulsar la excelencia científica y tecnológica que ha costeado con millones de euros la industria sionista del genocidio: fusiles y ametralladoras, tecnologías de drones, sistemas de vigilancia y programas de inteligencia artificial aplicados al control poblacional. No son “innovaciones neutras”, sino piezas de la maquinaria genocida que devasta Gaza, informa Diario de Octubre. La ocupación israelí ha convertido Palestina en un “laboratorio permanente de represión y guerra”. Empresas israelíes como Elbit Systems o NSO Group anuncian sus productos bajo la etiqueta “Tested in combat”, probados en operaciones contra la población palestina. Así, la Unión Europea no patrocina ciencia sino su aplicación al genocidio y la represión. Bruselas, junto con Estados Unidos, es socio directo de la barbarie. Albanese advierte que ese programa debe detenerse ya. No sólo porque jurídicamente no pueden financiarse crímenes contra la humanidad con dinero público, sino por una cuestión política y moral. “El genocidio en Gaza no puede entenderse sin la cobertura política (a la que se integra la mediática), diplomática y financiera de los dos grandes aliados de Israel”.
En los últimos meses, informa Roberto Inlakesh en The Cradle, Israel ha intensificado el uso de excavadoras blindadas suministradas por Estados Unidos, para arrasar “barrios enteros, olivares e infraestructuras críticas en la ya devastada Franja de Gaza”. Estas máquinas son parte de una estrategia “sistemática” para alterar permanentemente la geografía y la demografía de Gaza. Más de 500 vehículos de ingeniería pesados trabajan con contratistas privados en la demolición. Según estimaciones de la ONU, el 92 % de las estructuras edificadas y la mayor parte de las tierras agrícolas de Gaza han sido destruidas. Más de 130 excavadoras Cartepillar D9 enviadas por EU, equipadas en Israel con blindaje, piezas y armamento militar, además de las ya existentes, han continuado con la arquitectura de la limpieza étnica, cuyo origen es la Nakba (la Catástrofe) de 1947-1949 donde las milicias sionistas expulsaron a más de 750.000 palestinos de sus hogares y demolieron 400 aldeas para borrar la conexión de sus propietarios con la tierra ancestral. Este proyecto de ingeniería sin precedentes en la historia, medidas punitivas que fueron prohibidas pero regresaron como política de Estado en 2014, se ampara en el lenguaje bíblico de “Judea y Samaria” y se entiende como una política sancionada divinamente que transforma el castigo colectivo en un supuesto deber religioso. “La complicidad de las corporaciones (y gobiernos) occidentales en la doctrina de la excavadora —escribe Inlakesh— permite que un ejército israelí debilitado sustente lo que los principales grupos de derechos humanos, incluido el propio B’Tselem de Israel han calificado como genocidio en Gaza”.
Hace poco el analista de derecha norteamericano Tucker Carlson, creyente cristiano, afirmó que Occidente está gobernado por entidades sobrenaturales malignas procedentes del infierno. Su origen se encuentra en dos tipos de seres: los ángeles (entidades que son sólo mente) y los humanos (mentes encerradas en un cuerpo). Al comienzo del mundo hubo una escisión entre los ángeles: mentes creadas que permanecieron fieles a Dios y mentes caídas, los demonios, rebelados contra Dios. Esas mentes caídas incorpóreas poseen a los hombres y los llevan al mal, a perpetrar crímenes inconcebibles. Ante la incesante lista de crímenes y atrocidades que se van sucediendo en esta época, no se requiere ser cristiano para constatar que los demonios están sueltos y el mal, en su expresión máxima, actúa a nuestro alrededor.
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Regionalismo y exterioridad en el arte de Oaxaca

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
El examen atento al auge de la pintura en Oaxaca y la formulación de respuestas a las preguntas que genera tal bonanza, es imprescindible para comprender el estado crítico del arte en Oaxaca. La frase no es una exageración: si cuando Valerio escribió su ensayo la situación y las condiciones del arte en Oaxaca eran afines, dos décadas después se observa una alteración entre condiciones y circunstancia: la aceptación comercial ya no constriñe a los artistas, por más que el mercado persista en imponerles su sistema iconográfico genérico. En la entidad, búsquedas estilísticas y temáticas de expresiones distintas a la de la pintura irrumpen con nuevos cuestionamientos desde el ámbito de la creación, ya no sólo desde la crítica escrita, la cual era, a su vez, incipiente al finalizar el siglo pasado.
Valerio hizo énfasis en el europeísmo subyacente de la producción pictórica que examinó, para subrayar la falacia de la autenticidad pretendida por esa pintura. Señalaba las evidentes influencias renacentistas en la resolución formal de los muralistas, y esto le parecía una prueba de intrínseco exotismo en las artes mexicanas prestigiadas. Ahora bien, ¿es tan grave la apropiación de modelos europeos como para demoler los barruntos de mexicanismo en esas obras y otras que las suceden?
Nadie pone en duda que Rivera y Siqueiros, sin el legado europeo, hubiesen desarrollado con menor eficacia su mexicanismo pictórico. Pintar sin tener en cuenta las enseñanzas renacentistas habría resultado harto problemático, no sólo para la aceptación de los pintores mexicanos en el extranjero o en su propio país, sino para su evolución como creadores. En una sociedad como la mexicana, que emergió de un proceso de aculturación foránea y rescate de herencias nativas, era —es— posible la fusión de puntos de vista y maneras de expresión. Lo comprendieron bien los muralistas al injertar tipos nacionales a las tramoyas que los europeos enseñaron a asumir como prototipos de excelencia pictórica.
Mérito mayor de Orozco, Rivera, Siqueiros y Tamayo es la elucidación de los modelos foráneos para convertirlos en punto de partida de una expresión estética diferenciada. Y no hay que olvidar que, en la época del muralismo, los modelos estéticos de las culturas nativas americanas eran tan extraños para una gran parte de los mexicanos como las creaciones aborígenes de Oceanía, África y Asia.
El modelo transformado, por lo tanto, no es propiamente europeo, pero tampoco en exclusiva mexicano. Es una síntesis con fortuna, que bien puede considerarse patrimonio de quienes elaboraron la amalgama. Debe contarse también la asimilación de los modelos asiáticos, y el influjo del arte “primitivo” de África y Oceanía. Con este último elemento embonó mejor el arte prehispánico americano, para poner a disposición de los artistas un lenguaje característico que identificara ante el mundo sus producciones.
No hay que olvidar la precedencia de artistas europeos en estas investigaciones, que los mexicanos apreciaron y desarrollaron con pocos años de diferencia pero con posterioridad, a excepción del trabajo paralelo que Diego Rivera desarrolló para definir las líneas estéticas del cubismo en la misma época y en el mismo sector parisino en que Braque y Picasso se esforzaban con semejante fin. Paradoja de la modernidad: sin predecesores de diversas nacionalidades, no hay sucesión local posible.
El artista, como el resto de la humanidad, asimila enseñanzas colectivas que afloran y se metamorfosean en expresión individual. Nadie escapa a esta condición. Si la autenticidad nacional es dudosa, no lo es menos la pertenencia específica a un modo unívoco de asumir el trabajo creativo. Es decir, la creación ex nihilo escapa a las posibilidades del individuo. No hay genio que surja de la nada; aquél debe aceptar a sus predecesores a fin de conquistar sus influencias en la formulación de expresiones que, de ajenas, le llegan a ser propias. No es la tierra parcelada la que se le impone como punto de partida, sino el planeta como totalidad. Es forzoso que el individuo adopte una cosmovisión que le ha sido transmitida para que su visión personal se ensanche antes de manifestarse con eficacia transformadora.
Hoy puede rastrearse no sólo la influencia del arte renacentista en los muralistas mexicanos y sus descendientes; también es factible descubrir, en la producción plástica americana contemporánea, el influjo de manierismos técnicos (como las curiosidades de la perspectiva que rigen a las obras anamórficas). En el conglomerado de formas, ideas y sustratos psicológicos que definen la pintura de los muralistas —y aun la de Tamayo—, hay ciertamente una apropiación de motivos foráneos, mas también la adecuación y conversión de esos motivos en rasgos originales.
En conclusión, negar la influencia externa en el arte oaxaqueño es inadmisible; otorgar a esa influencia preponderancia sobre expresiones autóctonas es, por otra parte, menospreciar la condición de originalidad que el arte exige. Sin renacentistas del siglo xv, visionarios del siglo xviii, impresionistas del siglo xix ni vanguardistas del siglo xx, las artes plásticas de América en el siglo xxi no serían impracticables, pero perderían mucho de su poder evocativo. Al cabo, queda la particularidad de lo general: la aportación personal de los creadores al patrimonio estético del mundo.
Quizá el problema que se planteaba Robert Valerio con su tesis de la idea del arte americano concebida desde el exterior (y dicho exterior era, para él, Europa) proviene más del discurso que revistió a las obras que de las obras mismas. Si contemplamos con ojos desprejuiciados de nacionalismo los murales menos demagógicos de Rivera y Siqueiros, descubriremos a pintores notables; si observamos con atención las obras de Orozco, hallaremos a un solitario monumental que impuso una visión artística para desconcierto de una retórica tan limitada como la del “arte comprometido”; si miramos la pintura de Tamayo entramos de golpe a un ámbito en que la retórica ha sido expulsada con provecho de un discurso en cuya construcción los silencios son significativos.
A la distancia, podemos notar esas características del arte mayor que los mexicanos obtuvieron en la primera mitad del siglo xx, sin distraernos con la retórica de la época. Aunque la concepción de autenticidad que entonces se volcaba sobre o contra determinadas obras pudo distorsionar la percepción de las mismas, más de medio siglo después permanece la factualidad de lo estético, limpia ya de falsos valores. Cada vez mejor, las piezas que componen el panorama del arte mexicano en la primera mitad del siglo xx van ocupando su lugar necesario y sobreponiéndose a la retórica caduca del período en que surgieron, para definirse por sus cualidades y defectos reales, no por los que le confirió una crítica interesada en aspectos no artísticos.
El debate superado por esas obras, sin embargo, retorna del pasado porque otra generación, a principios del siglo xxi, ha olvidado sus consecuencias. No es raro que tal debate resurja en Oaxaca, donde la memoria social se había perdido y sólo quedaba como pista una iconografía confusa de súbito prestigiada por un puñado de compradores que publicitaron como nuevo lo que era ya obsoleto en muchos aspectos: la nostalgia provinciana, el folclorismo, el sueño de noches tropicales y días “mágicos”.
Fragmento del libro Artistas de Oaxaca. Magisterios polémicos, futuros interrumpidos. Pearl Tiger Investments, 2025. 192 páginas.
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Sobre la conciencia infeliz del hombre moderno

Colaboraciones
Armando González Torres
Eduardo Subirats es un pensador omnívoro, insurrecto y controvertido que ha dejado su huella subversiva en diversas disciplinas y que ha pensado con originalidad y pasión en temas tan distintos como el curso de la filosofía moderna, el utopismo, las huellas indelebles de la colonización o los claroscuros del arte moderno. A diferencia de la tendencia de la academia contemporánea a encerrarse en feudos minúsculos del conocimiento y patentarlos, Subirats no tiene empacho en ensayar visiones audaces y unificadoras, que esclarezcan la mirada del lector. Igualmente, a diferencia de la filosofía pop de los pensadores, que se solazan diagnosticando apocalipsis de manera tan superficial e irresponsable, el diagnóstico de Subirats tiene un sólido basamento empírico, filosófico, filológico y artístico, además de una prosa elocuente y llena de matices expresivos. A plena luz caminamos a ciegas es un libro bello, doloroso, y a la vez curativo, que indaga y revela verdades incómodas sobre el estado actual de la condición humana, o post-humana. Con una perspectiva de largo alcance, intensa y erudita, Subirats enumera momentos históricos, inercias morales, desarrollos tecnológicos, derivas artísticas que han limitado la capacidad de visión del individuo y que, a lo largo de la historia de varios siglos, han debilitado su albedrío y casi lo han postrado en un estado de catalepsia. De acuerdo a Subirats, desde los albores de la modernidad, los derroteros de la cultura tecnocientífica pregonada por Bacon o el concepto cerrado de subjetividad atisbado por Descartes, culminado en el extremo racionalismo de Kant y en la casi fantasiosa construcción de la fenomenología hegeliana, instauran una separación del individuo y el mundo, una teología del conocimiento, una ideología de dominación y exacción de la naturaleza; una ética del sacrificio y la obediencia y una pulsión patriarcal, misógina y violenta. Todo esto, cargado en los hombros humanos hasta nuestros tiempos, desemboca en una enorme vulnerabilidad física, intelectual y espiritual, enmarcada por el sufrimiento de la desigualdad y las guerras, la amenaza de las catástrofes ecológicas y la inminente extinción. Así, en el libro se reitera una advertencia, llena de dramatismo, profundidad poética y sabiduría vital, que es la frase del filósofo sefardí Francisco Sánchez “A plena luz caminamos a ciegas”.
Como sugiere el autor, el sacrificio esclarecedor de Prometeo ha sido desvirtuado y cubierto de opacidad por gran parte de la cultura moderna. La cultura contemporánea constituye un proceso de remodelación de la conciencia que fragmenta la experiencia y oscurece la visión. El frágil y tambaleante presente de la humanidad comienza a fraguarse mucho tiempo atrás y puede leerse como una auténtica involución y como una decadencia extendida de casi todas las expresiones humanas.
Por ejemplo, Subirats liga fenómenos aparentemente muy alejados entre sí como las formas de gobierno y producción industriales y posindustriales y el empobrecimiento de la expresión redentora por excelencia de lo humano, que es el arte. Porque, para Subirats, esta forma de conocimiento que es el arte pierde su poder heurístico cuando se convierte en un apéndice de las formas de producción y gobierno; cuando se divorcia de la realidad, cuando se asimila a las formas y los intereses del espectáculo o cuando entroniza un arte violento, anti-humanista y anti-realista.
Subirats describe de manera descarnada las múltiples maneras en que el individuo moderno se vuelve siervo de un poder ubicuo y maleable que, más que reprimir, ha desaparecido la disidencia. De un poder que ha naturalizado en el individuo los rasgos del desinterés, la pasividad, la angustia o el miedo. De hecho, de manera muy reveladora Subirats señala que el estado de extremo confinamiento en que Descartes dio a luz el manifiesto fundamental de la subjetividad moderna, El discurso del método, se replica en muchos espacios emblemáticos del progreso moderno, como las naves espaciales, las salas de cuidados intensivos, los cubículos o las cabinas de los autos. El hombre moderno, entonces, vaga dando tumbos, como una “conciencia infeliz” arrancada de su biología, que no sabe cómo insertarse en la armonía del mundo.
Cuando este lúcido pero amargo diagnóstico de lo contemporánea que hace Subirats tiende a abrumar al lector, aparece su apelación al poder liberador del arte y a su capacidad de reconciliarnos tanto con lo natural como con lo sobrenatural. Porque en todo gran arte hay una instancia mediadora, llámese ninfa, musa o diosa, entre el artista y la naturaleza y el misterio del cosmos. Asimilarse a los ciclos de la naturaleza y a los enigmas de la creación constituiría, así, una forma de curación del malestar de la cultura moderna. Desde luego no se trata de “representar” a la naturaleza, sino de interactuar complejamente con ella, pues la experiencia estética, vital y cognitiva comparten numerosas analogías. Subirats se detiene en algunas figuras artísticas, Gustave Courbet, Paul Klee, Edvard Münch y Gaspar David Friedrich, ente otros, a través de los cuales, rastrea la pervivencia de un arte ligado a sus raíces vitales, naturales y míticas. En estas manifestaciones, la conciencia crítica y la experiencia estética se reconcilian y se fecundan mutuamente. Igualmente, hace alusión a creadores latinoamericanos como Heitor Villalobos, la artista plástica Tarsila do Amaral o los hermanos De Andrade para ejemplificar algunas formas en que la cultura popular se vincula a la resistencia social, la sabiduría natural y el mito arcaico. Estos autores suponen una alternativa a la degradación del arte, ejemplificada tanto por los formalismos como por ciertas vanguardias, que es impulsada y auspiciada por el espíritu de la época.
En suma, con un estilo polémico, combatiente, enérgico, que no duda en encarar como adversarios cosmovisiones, sistemas filosóficos y figuras canónicas ampliamente reputadas en Occidente, Subirats hace un fascinante recorrido por la moderna historia humana. Hay una relectura de la filosofía, el arte y la cultura de Occidente llena de afirmaciones tan reveladoras y atractivas como controvertibles. Esta lectura no solo implica un auténtico bombardeo de muchos de los paradigmas intelectuales y de los lugares comunes académicos más consolidados, sino que, para un lector atento, debería implicar un sacudimiento vital, un breve pero poderoso vislumbre de la unidad del mundo, la vinculación de los saberes y la correspondencia de las artes que nos invite a cuestionar nuestras rutinas impuestas y nuestras certezas heredadas.
Eduardo Subirats, A plena luz caminamos a ciegas, El tapiz del unicornio, México, 2025.

