Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Greta Thunberg, líder del movimiento juvenil que ha conmocionado al mundo, acusó a los dirigentes políticos de padecer disonancia cognitiva ante la crisis ecológica posmoderna que cada vez más parece ser terminal.
El vocablo lo acuñó Leo Festinger hace décadas al describir el intento de la psique humana para alcanzar consistencia interna a pesar de sus contradicciones, tratando con ello de armonizar ideas, creencias y emociones que se oponen entre sí. Aceptando además la mentira como una verdad. Descubrió que las personas llegan a racionalizar esta disonancia, que se establecen cognitiva y moralmente en ella e internamente viven separadas. Su mente y su conciencia representan un yo desintegrado.
Miles de años antes del psicólogo moderno, el legendario Emperador Amarillo que unificó los reinos de China llamó al sabio Confucio para preguntarle cuál debería ser la acción esencial de su gobierno. El maestro le aconsejó la corrección de las denominaciones: llamar a las cosas por su nombre, actuar entonces y sentir en consecuencia. Decir, hacer, sentir. Armonizar, consonar, acordar. Los antónimos de la disonancia.
La áspera impaciencia de los movimientos emergentes, desde los niños y jóvenes que exigen detener el ecocidio y salvar el planeta hasta las violentas feministas anarcas y antipatriarcales, obedece a un sentido de urgencia y hartazgo. No es lo mismo la sequedad imperativa de Greta Thunberg que la diplomática dulzura de Malala Yousafzai. Urgencia ante la evidencia de que ya no hay tiempo. (“No nos quedan más comienzos”, escribe Georges Steiner.) Hartazgo ante la misma retórica política repetida una y otra vez.
Las ciencias cognitivas aluden a lo que llaman nivel de representación. Afirman que entre el nivel neuronal y cultural de toda persona hay un nivel de representación que actúa en la mente de todos. No se puede ver ni tocar porque se compone de nociones, esquemas, ideas, símbolos, entidades mentales. Este es el terreno de lo descompuesto, de la disonancia cognitiva y sentimental. La crisis cultural y la muerte de la civilización occidental sucede en dicho nivel de representación.
¿Se conmueven los políticos cuando se enteran de que han sido fustigados así por una jovencita cuya legitimidad humana es más alta que la de ellos? Antes de su condición: ser actores y ambicionar el poder, los dirigentes políticos debieran mostrar el mismo instinto de sobrevivencia, el mismo impulso vital que cualquier persona. Esto no es posible porque son producto de otra disonancia cognitiva, la del egoísmo nihilista de un sistema económico abstracto y al fin suicida que sólo busca la rentabilidad en el corto plazo y emplea a los políticos como administradores de sus intereses. Constituye la crisis del principio de realidad.
El capitalismo es estructuralmente ecocida y su asombroso desarrollo desde la revolución industrial hasta nuestros días se ha basado en la explotación irracional de los seres humanos y del planeta. Hace años ya que James Lovelock, pionero ecológico que bautizó al gran sistema viviente, complejo y autoconsciente de la Tierra como Gaia, diosa mítica igual que Khali o Némesis, una madre cariñosa o extraordinariamente cruel hacia los transgresores, citó las palabras del ambientalista y diplomático inglés Sir Crispin Tickell dichas en un discurso que pronunció en 2002.
Tickell señaló entonces que la ideología de la sociedad industrial, basada en crecimiento económico, niveles de vida cada vez más altos y fe ciega en que la tecnología lo arreglará todo, incluido el mismo desastre ecológico que ha causado, era insostenible en el mediano plazo. Y propuso trabajar para construir una sociedad humana donde la población, el uso de los recursos (horrible eufemismo cosificante para referirse a los pródigos bienes de la naturaleza), el procesamiento de los residuos y el medioambiente fueran balanceados.
Exigió ver la vida sobre todo con respeto y asombro. Construir un sistema ético en el cual el mundo natural tenga valor no solamente como algo útil para el bienestar humano sino por sí mismo. “El universo es algo interno además de externo”, dijo Tickell al hablar en la catedral de Portsmouth hace diecisiete años.
Sobrevivir significa reducir. De ahí que Lovelock hable de una urgente retirada de la insostenible posición a la que hemos llegado por el uso inapropiado de la tecnología: retirarnos ahora, proponía años atrás, cuando aún tenemos energía y tiempo. El talento de un general se mide, escribió, por su capacidad de organizar con éxito una retirada. Pero los nuestros sufren de disonancia cognitiva.
La febril compulsión del sistema de consumo y sus usuarios no permite esta urgente hiperpolítica (política para los últimos) de la frugalidad. Los mixes hablan de dos formas de la riqueza: a) la acumulación patológica, b) la reducción drástica de la necesidad. La primera es el modelo, el nivel de representación que ha provocado el estado de las cosas. La segunda se convertirá en una estrategia de sobrevivencia vital. Abreviar, disminuir, simplificar. Renunciar. Al fin, diría el filósofo, basta muy poco para ser feliz.
La velocidad del tiempo aumenta, los fenómenos se multiplican y lo impensable ocurre. Las mismas analogías que se han hecho con la edad oscura, cuando las órdenes religiosas conservaron en discretos monasterios la esencia de la civilización, son posibles ahora en cierta medida con los anti retóricos e impacientes jóvenes que protestan. Ellos son, junto con los heroicos y perseguidos ambientalistas de todas partes, asesinados metódicamente por los intereses capitalistas depredatorios, los custodios de la metamorfosis civilizacional, la cual para suceder debe sobrevivir a los desastres.
No es entonces que sean tiempos de malos modales, sencillamente son de áspera claridad. A las cosas se les dice por su nombre. Catástrofe etimológicamente significa “vuelco”, “ruina”, “desenlace fatal”. Esa gran tribulación con sus sombrías consecuencias que hace doscientos años comenzó.

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