La astilla del druida

Colaboraciones

Héctor Ramírez

En alguna parte escuché o leí una definición de lo que es la puntualidad y me pareció francamente reveladora: el que llega antes es un paranoico, el que llega a tiempo es un neurótico y el que llega tarde es un narcisista. Sin lugar a dudas pertenezco al segundo grupo, pues soy neuróticamente puntual. No sé si los ingleses, que tienen esa fama lo son, pero también es cierto que tienen un enorme reconocimiento por ser refinados y la verdad es que durante varios siglos fueron piratas que mantuvieron asolados los mares. Hablaba yo de mi puntualidad porque hace poco me ocurrió algo que —de alguna manera— tiene que ver con mi rigurosa formalidad en lo que al tiempo y las citas se refiere. 

     Era un viernes de esos caóticos en los que por más que uno se lo proponga, parece que no hay manera de llegar a tiempo a ninguna parte: desorden vial, anarquía en el transporte público, desenfreno por llegar a bares y cantinas y, por si fuera poco, lluvia. A estos factores hay quien agregaría lo que llaman “viernes de quincena”, pero como yo llevo décadas sin recibir ese tipo de emolumentos, para mí eso se ha convertido más bien en un mito. El caso es que tenía yo una cita de carácter social para despedir a unos amigos que dejaban el país y decidieron convocar a una reunión para que les interpretáramos las lacrimosas Golondrinas.

     Ya dije que pertenezco al grupo de los neuróticos en lo que a puntualidad se refiere, lo que quiere decir que para nosotros es un auténtico e imperdonable sacrilegio y una terrible muestra de impuntualidad el llegar anticipadamente a un encuentro previsto para determinada hora. El asunto es que, por tanta precaución de mi parte, y no sé que tipo de alineación de los planetas, me encontraba saliendo del Metro media hora antes de lo previsto para llegar a mi destino. ¿Planetas? ¿Destino? Eso ya se estaba convirtiendo en una especie de sesión astrológica, en un augurio que parecía anticiparme lo que me sucedió esa tarde que estaba a punto de convertirse en noche.

     La lluvia nuevamente hizo acto de presencia y, sumándola a mi impuntual anticipación, decidí que no valía la pena cometer una doble falta: llegar con tanto tiempo de antelación al guateque y, además, hecho una sopa. Por esa razón decidí cruzar la calle y refugiarme en un café que estaba en la acera de enfrente. Cuando estaba a punto de entrar al lugar, recordé que después de cierta hora el café se convierte para mi en un detonador del insomnio y no estaba dispuesto a pagar semejante precio. Fuera del local había una enorme gualdra que hacía las veces de banca y decidí que era un buen lugar para matar el tiempo, esperar a que amainara la lluvia y llegar puntualmente a la reunión. Me coloqué los audífonos y me dispuse a seguir al pie de la letra lo que dicta aquella famosa canción de Armando Manzanero cuando dice “Esta tarde vi llover/ vi gente correr/ y no estabas tú”.

     El contrato social de vivir en una gran ciudad parece obligarnos a nunca hacer un alto. Es como si estuviera prohibido que se hagan pausas para dejar de correr de un lado al otro como ardillas asustadas. Nos sentimos obligados a estar ocupados o a parecerlo. Yo de vez en cuando renuncio a pertenecer a esa tribu y esa tarde decidí hacerlo. Escuchaba música mientras veía pasar a las personas a toda prisa y a los autos lentamente, por esa torpeza que se desencadena en los automovilistas al caer algunas gotas de lluvia, sin importar que se trate de un chubasco, una granizada, o de un huracán, pierden parcial o totalmente toda pericia al volante.

     No puedo evitar la manía de usar la cámara del teléfono y, a la menor provocación, empiezo a tomar fotos. En eso estaba cuando de pronto vi pasar a un hombre pequeñito, impecablemente vestido que caminaba a toda prisa, aunque la lluvia prácticamente había terminado. Su manera de caminar era peculiar y su paso era seguro. Vestía un traje azul marino, una camisa blanca, corbata roja y llevaba puesta una elegante boina inglesa de color negro. Cuando saco fotos de las personas trato de ser lo más discreto posible, aunque sé que el estar mirando un teléfono es una acción solapada porque las personas no saben si estás leyendo un mensaje, viendo un video o jugando solitario, lo cual es muy distinto a enfocar y disparar con una cámara. El caso es que, por tratar de ser prudente, apenas pude sacar un par de fotos de espaldas a ese personaje que pasó velozmente.

     Seguí en lo mío, pensando que el tiempo tiene dos ritmos: cuando vas a llegar tarde el tiempo pasa rapidísimo y cuando vas “con tiempo”, el tiempo se toma su tiempo, es decir, pasa insospechadamente aletargado. Estaba en estas existenciales reflexiones cuando vi al pequeño personaje que caminaba de regreso con una diminuta bolsa de papel en la mano. De inmediato me apresuré a seleccionar la aplicación “cámara” del teléfono y en el momento que apunté la lente hacia el hombrecito, me di cuenta que éste giraba sus pasos y se enfilaba hacia donde estaba yo. Entré en pánico. Empecé a pensar en toda una serie de pretextos que justificaran el por qué estaba yo apuntándole con mi teléfono. Los nervios me nublaron el pensamiento y me preparé para ofrecerle toda clase de disculpas. Se detuvo frente a mi y en el momento que yo esperaba un enérgico reclamo, lo que salió de su boca fue una inesperada frase: “Tienes una gran aura”, me dijo. Su voz era cordial y amable, tanto como su actitud. Por supuesto que con semejante enunciado de inmediato capturó mi atención, porque no sabía si se trataba de un asunto esotérico o de ese tema de Farmear Aura que está tan de moda, aunque francamente me pareció que ni el personaje ni yo estábamos ya muy aptos para andar en eso. 

      Cuando ya lo vi de cerca, pude darme cuenta de que su tez era exageradamente blanca, sus ojos tenían un evidente estrabismo, sus manos un poco huesudas pero se notaba que no eran las de un campesino y sus zapatos increíblemente lustrosos a pesar de los charcos que había en las calles. Me soltó una retahíla de oraciones en las que hablaba alternativamente de mi pasado, de mi presente y de mi futuro: “Has realizado muchos y muy grandes proyectos, aunque algunos han terminado en un fracaso porque ha habido gente que te tiene mucha envidia”; “Tienes infinidad de ideas que quieres llevar a cabo, ¡pero tienes que tener cuidado!”; “Vienen para ti tiempos de gran bonanza y vas a tener una gran cosecha de lo que has sembrado” y cosas por el estilo. Yo estaba francamente sorprendido y anonadado pues su voz, aunque suave, tenía un tono de enorme autoridad. Entre todas las cosas que me dijo, de pronto hizo un alto y me preguntó si yo creía en Dios, a lo que respondí con toda naturalidad con un simple “no”. “No importa” me respondió mientras se llevaba la mano a la bolsa izquierda de su saco —a esa que arropa el corazón— y sacó un objeto diminuto mientras me pedía que le mostrara la palma de mi mano. Así lo hice y colocó en ella una diminuta astilla de madera al tiempo que me pedía que cerrara el puño. Estaba yo tan sorprendido con todo esto que no recuerdo cuáles me dijo que eran las virtudes de la astilla y el por qué me traería increíbles beneficios el tener ese mágico objeto en mi poder. Me dijo que tenía que guardarla en mi billetera, que debería que sacarla de vez en cuando y pronunciar una sencilla oración que me recitó. Como mi memoria no es de una gran retentiva, le pedí que me la repitiera para anotarla en una libreta y es por esa razón que la puedo incluir aquí: “Astilla milagrosa, manda bendiciones, dicha y prosperidad. Amén”.

      Después de todo esto y cuando yo estaba plenamente convencido de que me había topado con un druida, sucedió lo que técnicamente definimos en México como “salió el peine”. El hombrecito me empezó a contar que él pertenecía a una cofradía y que necesitaba llevar $250.00 pesos a su templo, los cuales yo tenía que darle a cambio de la astilla benefactora. De manera absolutamente civilizada le expliqué que, como ya le había comentado, no creo en Dios y, por lo tanto, no daba aportaciones de ningún tipo a ninguna clase de iglesia o templo porque mi condición de lo que algunos llaman agnóstico me lo impedía. De inmediato me dijo que entonces yo tendría que devolverle la misteriosa astilla. No sé de qué magnitud fue mi desilusionada expresión que el druida me miró con sus desalineados ojos y me devolvió el diminuto pedazo de madera, al tiempo que me decía que la podía conservar sin que le pagara nada. Se despidió amablemente y dando media vuelta siguió su camino.

     La astilla del druida la conservo en mi billetera con la esperanza de que, algún día, se cumplan las profecías callejeras de este misterioso personaje.

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