El fracaso del éxito

Ta Megala   

Fernando Solana Olivares

El mayor insulto de la época versa sobre el fracaso: “eres un perdedor”, dícese cuando se quiere descalificar al otro. El éxito es la ideología más falsa en circulación, pero eso no obsta para que resulte la aspiración dominante. El perdedor es quien no tiene éxito, o sea, quien no tiene nada, porque tener éxito significa, a secas, tener: cosas, gente, propiedades, presencia, reputación —si esta línea de razonamiento se extiende y escribo: “autoconcepto”, mi amigo Enrique me dirá que frecuentemente no entiende mis artículos, que no puede volver dos veces a leer una misma línea, eso sí no, que quien puede lo más, sea ello lo que sea, puede lo menos, y que trate siempre de darme a explicar.

       Pienso entonces en mi fuero interno —y lo formulo así más bien por facilitar la comprensión de mi amigo Enrique y para que aprecie mis ganas de complacer su bienintencionada demanda, todo sea por el éxito— que el mamón de Joyce confesó que escribía sus galimatías para mantener trescientos años ocupados a los críticos. Pero mencionar nombres es ponerse culto e incomodar, en este caso, al interlocutor. Y Joyce no tuvo éxito, así que si mi amigo lo supiera tendría otro punto a su favor. 

       Además de que hace la crítica del modo como los escribo, descubro que también sospecha de los temas que trato. Intento explicarle que sufro una enfermedad del alma mía que me lleva a una profunda güeva mental para tratar los tópicos de la temporada que contienen comprobado éxito mediático —“son lo de hoy, mi buen”, dice mi amigo, ya pedo al tercer chinchón—: y enumera a la celayense Lady Fox preparándose para heredar Los Pinos desde la exitosa zona mediática “del corazón”, una vieja historia humana: el verdadero poder y la inmensa ambición que se ejercen entre las sábanas. Él no lo plantea así, desde luego, porque está habituado a mensajes condensados del estilo de “toda la carne al asador” o “hay que echarle ganas”. La mera comunicación.

       Pero esa era la idea: la señora de Fox y sus increíbles esfuerzos en el increíble sistema político de un increíble país para aspirar a la Presidencia o para sondear la increíble posibilidad de llegar a ella. Y el libro escandaloso: una contrapropaganda que servirá para multiplicar la imagen de la rutilante señora en un mercado donde no importa la calidad de la reputación sino la reputación misma (¿esto se entiende, Enrique?), como tampoco le importa a mi amigo, obsesionado con el éxito en un país narcotizado por los banales escenarios de la política interpretada como telenovela, e instalado en su cuarto, muy exitoso anís chinchón.

       Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad. Éste me la espeta, para apuntalar mis posibilidades de éxito, en esas lecciones que los ebrios invariablemente dan a los demás. O sea, no me ha leído porque no puede platicar de ello con sus conocidos del club rotario local en donde vive. Franqueza se corresponde con franqueza, según la homeopatía de los buenos modales. Con objeto de que no se avergüence por la cruda confesión de que no necesita leer lo que escribo para decirme cómo hacerlo mejor y triunfar: ¿ser anunciado en la cartelera del generoso periódico donde mis textos se publican y/o no sufrir las implacables erratas que suelen afligir los viernes a estas colaboraciones? 

       Quizá: aunque la victoria resplandeciente que me anuncia, el mero indagar entre sus agremiados: ¿leyeron a mi amigo?, le parece todo lo más a lo que yo puedo aspirar, si logro al fin aprender aquello mínimo indispensable sobre las reglas de la celebridad. Pura comunicación condensada: un solo monosílabo opinante acerca de mil ciento treinta y seis palabras. Para documentar su entusiasmo sobre mi escritura, le cuento lo que recién me acaba de pasar con una mujer, quien me dijo que llevaba casi tres años de obviar sistemática y semanalmente la página del diario donde aparecían mis artículos debido nada más a mi nombre, atribuido por ella a un homónimo al que detesta tanto, aceptó rotunda, que nunca estaría dispuesta a leer algo firmado con su apelativo, así no fuera el suyo de él sino el mío de mí. 

       El amigo le da la razón a la mujer de inmediato —“¿ya ves, ya ves?”, festeja— y brinda con el sexto, séptimo trago, para conjurar mi mala suerte profesional, mientras yo consumo el quinto oranchito de la noche y pienso en Güilson, Dios de la Güeva, esa genial criatura del caricaturista Falcón, que lleva un buen rato apoderado de la soliloquial plática etílica de este buen hombre devoto del triunfo, la mayor deidad, fetichista del objeto, trofeo que otorga el triunfo (¿me explico, Enrique, o lo vuelves a leer?), y él mismo un fracaso, porque en el mundo sólo existe la pureza del error y el éxito es un malentendido.

       Dado que no mirará estas consideraciones, mi amigo —la amistad, esa sombra de una sombra, escribía el griego (esto se entiende, Enrique, ¿eh?)— no sabrá que por causa de gente como él surgen películas como Matrix, que popularizan en versión tecno-intelectual la existencia de una matriz, llamada desde hace miles de años Velo de Maya por los hindúes, que fabrica la percepción común de la realidad y hace pensar a las masas de ciertas maneras. Tal cual a este amigo mío alcohólico, drogadicto del ego, que hace tiempo ya no escucha nada más que a sí mismo y repite un modo demandante y verborreico: yo, yo, yo. El éxito se basa en ese artículo y él se queda en su primer sonido, no cuenta con un puñal para matar al yo, nunca estando tan ebrio.

       Seis oranchitos bastan para entrar al agitado mar de la pedez alcohólica, si no exactamente igual que los colgados al Anís del Mono, como mi amigo, cuando menos a la altura de un atrevimiento inútil: contarle que mi mujer opina que es mejor la perspectiva del santo oculto que la del héroe público, que el comentario lo externó hace pocos días al pie de un eclipse total de Luna, sentados ella y yo contemplando a la sombra terrestre darle volumen hasta mostrarla en sus tres, cuatro y hasta cinco dimensiones (¿me transcribes tal cual, señor tipógrafo/a, o trato de ser más claro, Enrique?), en tanto me tranquilizaba por las ostensibles muestras de silencio y ninguneo vigentes a mi alrededor. Te tocará ya viejo, dijo, con voz que parecía verlo, y en ese momento recordé a un regular crítico literario, deudor de favores varios, que hasta hoy ha sido incapaz de escribir unas cuantas líneas, así sean madreadoras o negativas, sobre los libros míos que amable y amistosamente he puesto a su consideración.  

       Mi amigo estaba tan pedo que no contrargumentó lo misóginamente lógico: que a fin de cuentas ella es mi mujer y su opinión se funda en la balsámica parcialidad amorosa, porque ya presentaba todas las disminuciones del emborrachamiento, la atrofia verbal y motora y la infantilización sentimental: el mono babeante, repetitivo, caído, sin ningún éxito que ejemplificar. 

       No fue el caso de salir con una cita citable al final del encuentro, antes de su desplome sobre la mesa: ni amo de sí mismo ni incapaz de decepción. No sé si para mi desgracia o para mi fortuna creo que la sustancia del método se compone de quietud, pasividad y pobreza. Del antiéxito, para decirlo de una vez (se entendió todo, Enrique, ¿qué no?): la escritura que hace lectores.

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