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La muchacha y el niño de Egtved

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
En el Museo Nacional de Dinamarca, en Copenhague, los visitantes pueden conseguir una cerveza que probablemente paladearon los pobladores de Jutlandia en la Edad del Bronce. Se llama Egtvedpigens Bryg (Cerveza de la Novia de Egtved). Es un fermento elaborado con malta de trigo, miel, mirto y arándanos, cuyos residuos secos permanecieron en un cubo o cubeta de abedul dentro de una tumba de más de tres mil años de antigüedad, cerca de la población danesa de Egtved.
A las afueras de esta localidad ubicada en el centro de la península de Jutlandia, en el sur de Dinamarca, la excavación de un montículo en 1921 condujo al descubrimiento de un túmulo funerario excavado aproximadamente en el año 1370 antes de nuestra era. En él los arqueólogos hallaron, dispuesto sobre una base de piedras, un ataúd hecho con un tronco hueco de encino, cortado a la mitad; la parte inferior contenía el cuerpo de una mujer y la superior sirvió como tapa del catafalco. En el fondo del ataúd los enterradores colocaron una piel de vaca, sobre la cual dispusieron cuidadosamente el cuerpo y dos ofrendas. Cubrieron a la difunta con una manta de lana y cerraron su cajón. Junto al contenedor funerario dejaron los huesos calcinados de un niño, envueltos en telas.
Cuando el hipogeo fue abierto tres mil trescientos años después, poco quedaba del cuerpo femenino: el cabello, parte del cerebro, dientes, uñas y restos de piel. Sin embargo, su vestimenta funeraria subsistió: una túnica corta de mangas largas y una falda de cordeles que le llegaba a los muslos. Sobre la parte en que estuvo el estómago había un cinturón con disco de bronce decorado con espirales, y atado al cinto, un peine de cuerno. Junto a la cabeza le dejaron una cajita de corteza con un punzón o lezna de bronce y una redecilla para el cabello. A los pies de la difunta colocaron el cubo o cubeta de madera de abedul. Todos estos objetos quedaron marcados en los residuos de la piel de vaca del fondo, de la cual sólo restaban los pelos. De la manta de lana que cubría el conjunto, apenas subsistieron hilachos.
Al estudiar los dientes y uñas del cadáver, los arqueólogos pudieron no sólo datar su antigüedad, sino descubrir que el cuerpo perteneció a una joven de 16 a 18 años. Durante el siglo que sucedió a su descubrimiento, la tumba de Egtved fue aportando muchos datos a los especialistas.
Para empezar, pudieron identificar los residuos marrones del cubo de abedul como una variedad de cerveza que Birthe Skands, especialista de Cervecería Skands, se animó a tratar de reproducir. Logró una bebida de 5.5 por ciento de contenido alcohólico, ligeramente superior al de las cervezas comunes. El fermento de Skands ha de tener un sabor menos bronco que el que paladeó la muchacha de Egtved, probablemente similar al del hidromiel que beben en el Valhalla los vikings muertos en combate (vikings, como exigía Borges, y no “vikingos”, pues de otro modo, “tendríamos que hablar de Kiplingo”).
Lo que sorprendió a los estudiosos de la reliquia de Egtved, al examinar los dientes del cuerpo con tecnología más avanzada, fue descubrir que no era vecina de Jutlandia, como se creyó, sino que provino de lo que ahora es la Selva Negra, Alemania, haciendo un recorrido de aproximadamente 800 kilómetros de distancia. Y había hecho tal viaje en al menos dos ocasiones. El cinturón de disco hallado en el entierro tampoco era originario de Jutlandia. Es posible que fuese producto de intercambios culturales entre el norte y el sur del actual territorio danés.
Karin Frei encabezó un equipo de investigadores del Museo Nacional de Dinamarca para averiguar más datos sobre la muchacha de Egtved. Suponen que fue enviada de la Selva Negra a casarse con algún cabecilla de Jutlandia. Al analizar los remanentes de estroncio en las uñas y el cabello de la sepultada, hallaron que en sus años finales la muchacha hizo el viaje de la Selva Negra a Jutlandia, viajó de nuevo a lo que en la actualidad es Alemania y volvió a Jutlandia poco antes de morir.
En cuanto a los restos del niño, quien al fallecer tenía cinco o seis años de edad, se los relacionó con un sacrificio humano en ofrenda a la fallecida, pero el académico Kristian Kristiansen, de la Universidad de Gothenburg, tiene la teoría de que la joven, tras casarse en Jutlandia, fue enviada a su tierra natal en compañía de un “hermanastro” cuya crianza se le encomendó a su pueblo.
En reciprocidad, la gente de la Selva Negra envió a la joven de vuelta acompañada por un niño que había de criarse en Jutlandia. Kristiansen opina que el niño murió durante el viaje de regreso, fue cremado en el trayecto y sus despojos enterrados con su joven guía cuando ella murió a su vez en Dinamarca, poco después del retorno. Su elaborada sepultura indica que fue honrada por sus anfitriones de Jutlandia.
El viaje de 800 kilómetros en aquel territorio salvaje debió ser difícil y abundar en peligros. No sería extraño que, para un niño de cinco o seis años, resultara fatal aquella aventura. Y la joven que hizo el trayecto de ida y vuelta, ha de haber retornado consumida por la proeza.
Otros investigadores creen que la vestimenta de la muchacha de Egtved era el ropaje ceremonial de un grupo de danzantes. La falda de cordeles era una larga tira de 38 centímetros que se aseguraba con dos vueltas a la cintura de su portadora, y el disco de bronce que completaba el atavío pudo ser un símbolo del sol. Así, la joven enterrada hace tres mil quinientos años habría ejecutado danzas de un ritual solar con su sencillo atuendo.
Por su parte, la experta cervecera Birthe Skands tuvo conocimiento de que el cubo en el ataúd de la joven contenía una bebida probablemente fermentada con miel. Los analistas identificaron, además, una mezcla de arándanos, mirto de turbera y grandes cantidades de polen, incluyendo polen de lima.
Empleando esos ingredientes, Skands preparó una cerveza moderna con la que se puede hoy en día brindar a la memoria de la joven dama de Egtved, tres milenios y medio después de su deceso. El desembolso de 35 coronas danesas en la tienda del Museo Nacional de Dinamarca permite efectuar en la actualidad ese brindis tres veces milenario. Acaso en el Valhalla lo retribuyan las almas de los vikings.
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De la desdicha anticipada

Ta Megala
Fernando Solana OlivaresLa premeditación estoica propone: “Piensa en todo, espéralo”, pero aquella mujer otoñal no lo sabe y de saberlo tampoco le importaría. ¿Para qué amargarse con esas cosas malas y negativas si el optimismo mágico de los libros y videos de autoayuda la han convencido de que pensar siempre positivo es una garantía del bienestar personal?
Tampoco sabe, y le daría igual, que el Dhammapada budista, tan saqueado por la positividad tóxica del felicismo compensatorio de estos días amargos, comience diciendo: “Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado: se fundamenta en nuestros pensamientos, está constituido por nuestros pensamientos”.
¿Alguien se tomará el trabajo de explicarle a esta señora que ese pensamiento es sobre todo el pensamiento que nos piensa desde los irritantes síquicos del odio, de la avidez y el deseo, del egoísmo contemporáneo de la época y de la ignorancia sobre la naturaleza impermanente, insustancial e insatisfactoria de la vida según el budismo, y no es para nada el narcotizante pensamiento de que todo estará felizmente bien desde los lugares comunes del “nunca cambies”, “échale ganas”, “tú vales mil” o “la realidad es cuestión de enfoques”? Para esta axiomática dama otoñal la cuestión es mucho más simple: si piensas bien te va a ir bien. Y ya: mentalízate positivamente y el universo te responderá.
Quizá algún lector de Musil, si lo hay entre los asistentes, se pregunte lo que aquel se preguntó en una situación parecida: “¿Es estúpida esta dama?” La cortesía diría que no, o que no lo es completamente, o que no lo es siempre. Aunque hable mucho de sí misma, lance juicios con mucha decisión y a propósito de cualquier cosa. Aunque con frecuencia ande aleccionando a los demás. Y aunque tanta ordinariez sea la praxis de la estupidez
Por eso, en medio de la presentación de un libro de ácidos, disolventes ensayos sobre el grave estado actual de las cosas, A plena luz caminamos a ciegas, conmina, exhorta y ruega a los autores, con una voz clara que se escucha en toda la sala, tan linda y comedida como luce desde su fresco y disfrazante huipil oaxaqueño, su lindo cabello teñido de un ocre casi discreto y un abanico que mueve con elegancia:
—Hablen de cosas bonitas. Por favor.
Entre los autores, un pensador sin concesiones, un escritor casándrico y un académico implacable, se hace un súbito silencio. Seis palabras los han descolocado.
¿Estará interviniendo la fina señora otoñal a nombre de todo el público, de una mayoría o de una parte mínima de los asistentes? ¿Su petición obedecerá a un inconsciente colectivo que se resiste al análisis de lo que alrededor sucede, salvo lo bonito? ¿Tendrá razón su ligereza existencial, flotante levedad que propone dejar atrás el lastre de la incómoda reflexión y las palabras catastróficas tácitamente prohibidas por el buen gusto de la felicidad? ¿Será solamente otra conciencia impermeable para todo aquello que rebase sus exiguas facultades de comprensión?
Surge la paralizante duda entre los tres ponentes descolocados, no como un método epistemológico cartesiano sino como algo hesitante, vacilante y dudoso: un inesperado jaque al rey infligido por un adversario que ni siquiera parecía estar jugando en el tablero.
El silencio crece como una nata viscosa
Y la linda señora sonriente mira a los autores sin hacerse cargo de lo que ha causado: estas sus buenas intenciones que empiedran el camino del inocente y perverso desfiguramiento. No hay enemigo pequeño, los peores son aquellos que no se espera que lo sean. Sorpresa: la bien dispuesta dama otoñal es una entre ellos.
Preciso e impreciso. Esta estupidez que se asemeja al progreso, a la esperanza y al mejoramiento. Qué se le va a hacer. Ya Erasmo de Rotterdam escribió que sin cierto grado de estupidez los seres humanos ni siquiera llegarían a nacer. Y he aquí a la decente dama otoñal que sigue sonriendo con mirada de solicitación inocente y sonrisa de complacencia crédula a los paralizados, hamletianos autores que se preguntan en su fuero interno: ¿seguir como íbamos o seguir bonito?
El público ha despertado. Sobre todo quienes no han podido sostener más de los ocho segundos que en estos tiempos felices dura la concentración promedio. Los pocos semi atentos redoblan su atención ante la vuelta de tuerca dramática mientras el tiempo se ha suspendido: ¿qué van a hacer?
Pues mire usted, linda señora, mejor caminemos y veremos a Dios hecho ya mortal. O escuchemos al emperador Marco Aurelio, otro estoico brillante: el error ajeno déjalo donde está. Quédese usted con el suyo, ¿qué no? O fíjese que Schreber, el paranoico, dijo que todo apocalipsis es terrible pero sublime. No, mejor una sentencia tibetana: un sabio nunca convencerá a un necio, un necio siempre refutará a un sabio. O esto: cuando la muerte reclama su deuda toda la medicina se hunde, cuando una época colapsa no hay buena onda que la salve. Más bien permítame citarle de memoria a Guénon, un maestro no sentimental, quien por cierto afirma que el Anticristo (¡gulp¡) será ciertamente el más “ilusionado” (fíjese en el énfasis) de los seres: con todo rigor el “fin de un mundo” no es nunca ni podrá ser jamás algo diferente del final de una ilusión.
Si están pensando algo de todo lo anterior ninguno de los tres ponentes lo dice. El jaque de la linda dama otoñal, quien sigue abanicándose con gusto y satisfacción (ser es parecer, así que lo bonito debe sonreír en las buenas y en las buenas porque nunca hay malas, pues lo bonito de la vida bonita es que no existen los hechos sino las interpretaciones), por fin es respondido.
La iniciativa la toma aquel de los tres autores que más goza de oírse hablar a sí mismo, y quien ha convocado a los otros dos para escribir el amargo volumen. Por fin el público respira aliviado, el tiempo se restituye y el reloj sigue su marcha en esta noche tibia.
—Tiene usted toda la razón: mejor hablemos de cosas bonitas.
¡Ay, sí! ¿Para qué nos hacemos desdichados antes de tiempo? El acto termina y los nutridos aplausos lo confirman: ha estado bien bonito.
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Tres cuentos más uno

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
La última obra que terminó Gustave Flaubert y no dejó inconclusa fueron Tres cuentos. Después de la escritura de sus grandes obras: La tentación de San Antonio, Madame Bovary, Salammbô y La educación sentimental, emprendió la escritura de estos relatos, publicados en 1877, tres años antes de su muerte.
I. Herodías
Para su narrativa con trasfondo histórico, Flaubert se documentaba de manera exhaustiva. Este cuento describe cómo Salomé pide la cabeza de San Juan Bautista y le es «servida» en una bandeja, tema que se puso de moda en la segunda mitad del siglo pasado y abordaron otros escritores y compositores (Oscar Wilde y Richard Strauss).
«Cuando el verdugo la hubo puesto sobre una bandeja, se la ofreció a Salomé. (…). Manaey descendió del estrado, y la exhibió a los capitanes romanos, luego a todos los que comían en aquel lado. La examinaron. La hoja afilada del instrumento, al deslizarse de arriba abajo, había mellado la mandíbula. Una convulsión estiraba las comisuras de la boca. Sangre coagulada salpicaba la barba. Los párpados cerrados estaban pálidos como conchas: y los candelabros del entorno despedían rayos. (…) Tras coger su cabeza, se encaminaron hacia Galilea. Como era muy pesada, la llevaban alternativamente”.
II. La leyenda de san Julián el hospitalario
La profecía marcaba que iba a asesinar a sus padres. Su infancia fue la de un niño violento, casi psicópata –a la manera del personaje principal de Matarife, la novela primeriza del gran escritor húngaro Sándor Márai que hace poco salió publicada en español–. Un día, con la ballesta, casi mata a su madre y huye, lleno de miedo. Se hace rico y poderoso, mata a un califa y el Emperador lo recompensa otorgándole a su hija: «Sus grandes ojos negros brillaban como dos lámparas muy suaves». Un día los padres de Julián llegaron a donde vivía y la hija del Emperador los acostó con respeto en el tálamo nupcial. Al regresar Julián, a oscuras, ve un cuerpo de hombre en su cama al lado de un cuerpo de mujer. Los apuñala, pensando que era su mujer con un amante. Lo que hizo fue matar a sus padres –como Edipo al suyo– y cumplir la profecía. Decide entonces abandonar sus riquezas. Se vuelve un miserable que trata de expiar sus culpas. Se convierte en barquero. Un día sube a un leproso. Éste le pide a Julián que se acerque, porque tiene frío. Le pide también que lo cubra con su cuerpo, a pesar de que es repugnante:
«Julián se tendió sobre él por completo, boca contra boca, pecho contra pecho. Entonces el leproso lo abrazó; y sus ojos tomaron de pronto una calidad de estrellas; sus cabellos se alargaron como los brazos del sol; el soplo de las ventanas de su nariz tenía la dulzura de las rosas; una nube de incienso se elevó del hogar, las olas cantaban».
III. Un corazón simple
La criada de Madame Bovary se llamaba Felicidad, al igual que la protagonista de este relato. Leamos a Flaubert describiendo su cuento: «Es simplemente el relato de una vida oscura, la de una pobre muchacha campesina, devota pero mística, abnegada sin exaltación y tierna como el pan fresco. Ama sucesivamente a un hombre, a los hijos de su ama, a un sobrino, a un viejo al que cuida, luego a su loro; cuando el loro está muerto, lo manda disecar y, cuando le toca morir a ella, confunde al loro con el Espíritu Santo. No es en modo alguno irónico, sino al contrario, muy serio y muy triste».
Va el final del cuento: «Un vapor azulado ascendió al cuarto de Felicidad.
Adelantó la nariz, husmeándolo con una sensualidad mística; luego cerró los párpados. Sus labios sonreían. Los movimientos del corazón se hicieron más lentos, uno a uno, más vagos cada vez, más suaves, como se agota un manantial, como desaparece un eco; y cuando exhaló su último suspiro, creyó ver, en los cielos entreabiertos, un loro gigantesco planeando por encima de su cabeza».
IV. Un hombre oscuro, de Marguerite Yourcenar
Después de escribir Memorias de Adriano y Opus Nigrum, la primera mujer elegida para ocupar un sillón en la Academia Francesa de Letras, después de 300 años de misoginia, escribió este cuento largo o pequeña novela, que narra la historia de Natanael, un «hombre oscuro», de la misma manera que Felicidad tuvo «una vida oscura». ¿Coincidencia en el adjetivo «oscuro»? Es obvio que Yourcenar había leído a Flaubert, por lo que quiero pensar, más bien, que es un homenaje y un mismo punto de llegada.
Natanael no destaca ni por lo que hizo, ni por lo que vivió. Al final de su vida, con los pulmones heridos, busca un lugar donde morir… «La hora en que el cielo se tiñe de rosa había pasado ya. Tendido boca arriba, contemplaba cómo se hacían y se deshacían las nubes en lo alto. Se ahogaba un poco, apenas más que de costumbre. Descansó la cabeza sobre una mata de hierba y se arrellanó como para dormir».
Los tres héroes de Yourcenar, Adriano, Zenón y Natanael, mueren «con los ojos abiertos». Fellicidad no tuvo esa suerte, pero ella y Natanael fallecen sin aspavientos, como algo natural, de todos los días.
Me sorprende que Flaubert y Yourcenar hayan elegido para sus últimas obras a un ser humano cualquiera, a una mujer y un hombre «oscuros» que ya no eran ni el Emperador ni una mujer seductora, como Emma o Salomé. Quizá ambos escritores habían llegado a la más alta sabiduría, la de comprender que todos los seres humanos compartimos «el infortunio y la dulzura de existir», como dice Yourcenar al final de su nouvelle.
Releamos Tres cuentos de Flaubert y Un hombre oscuro de Marguerite Yourcenar. O disfrútenlos por primera vez. Por favor…
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La poesía, ante el horror

Colaboraciones
David Octavio Arámburu
Hace unas semanas, cuando estaba por terminar de releer un Francisco Aguirre, ejercicio que sin planearlo fue acondicionando mi estado psíquico para la siguiente colección de poemas que había llegado a mis manos: Hermoso mundo de pecado.
Como si se tratara de una carrera de relevos, pasó mi conciencia de un libro a otro. Casi dos semanas han pasado, concluí al alba, pude ver el paisaje de emociones, intuiciones, incertidumbres y razonamientos que me dejó habitar ese mundo de pecado.
Rara vez un poema arranca con una actitud lírica tan clara:
Soy un hombre antiguo,
y los antiguos son hombres nuevos que se ausentaron.
Apertura potentemente ontológica — y quizá metafísica — que invita a acompañar al doctor Bustamante por aquel jardín de hechos, interrogantes, elegancias, flora, denuncias. Los versos son una forma de fijar con suavidad la voz de la memoria:
Nadie en estas calles me agobia más que el tiempo,
el tiempo, el tiempo.
Mi paso por “Entre el silencio y la ira” activó una fase muy importante de mi pasado: los que cuidaban la selva fueron asesinados o fueron metidos en la cárcel como criminales. Y en este poema la pérdida de todos esos héroes —entre monstruos— brillan con un dolor épico:
¿Nadie va a limpiar la orilla del abismo en que los muertos
dejaron vestimentas holgadas para el duelo y justas para fieras?
Es duro resguardar lo que desdeña el rencor,
estos cuerpos, de gala para el desastre, estos jirones.
En una charla el autor me confesó que como periodista se sumergía inevitablemente en los detalles de su trabajo, y que en esas noches en las que no podía descansar buscaba darle una expresión más personal a la angustia.
La poesía, ante el horror, nos da la posibilidad de liberarnos o diluir un poco la obscuridad contenida, para dejarnos dormir pero sin dejar de cuestionarnos:
¿De quién es la sangre que corroe hasta el sueño?
Del enemigo… ¿Del enemigo?
Porque también la poesía sirve para que alguien que en primera instancia no nos conoce, haga y diga algo para que recuperemos esa pieza perdida de amor por este mundo.
Con una intención narrativa parecida a La Ola de Octavio Paz, con sinsabor trágico, emerge un tipo de prosa que se va haciendo memoria en “Feracidad del dodo”:
Entonces sueña en una tierra más allá del mar, sin gritos, sin reflejos, sin feracidad de dodos, donde no hay sino césped, árboles, nuevas aves. Y sueña que el viento llega a sus oídos con un rumor de follajes dulces, perfectamente seco.
Habla el último dodo que mira en soledad el recuerdo de lo comunitario, latido incorpóreo que la hace universal.
La mirada caleidoscópica (préstamo de Ernst Jünger) de Jorge Pech Casanova es típica del poeta que desde distintas disciplinas ha disfrutado la necesidad de conocer y decir desde los reflejos y desde la mirada directa lo concreto de los mitos, de la metáfora, de los símbolos, de lo humano, de lo que trasciende la historia. Algunos de sus poemas tienen la virtud de habitar la muerte:
Esa ausencia la deslío en mi carne y en mi fuego, en mi sangre y mi delirio, en las mil y mil efigies que ofrendo a mis ausentes. Aunque las cruces les borran las facciones, yo las tallo en el barro, las animo con engobe; aunque la arena les ha deshecho los huesos, yo les restituyo piernas, brazos, pechos para que no se alejen más. Con el ardor del horno doy firmeza a su piel de arcilla. ¿Les faltará corazón? Aquí está latiendo el nuestro, para reanimarlos.
Aunque Jorge Pech universaliza el dolor colectivo y lo extiende, también el libro tiene una lúdica individual y múltiples referencias culturales. Hay mucho qué compartir, en reflexiones, imágenes y experiencias. Para el poeta existe un sosiego efímero en escribir con belleza posible la inmensidad del sufrimiento, esa posibilidad es un regalo donde son implícitos los haces de luz, a nosotros nos toca abrir las ventanas.
Hermoso Mundo de Pecado
Jorge Pech Casanova
Almácigo Ediciones, Colección Raíces Literarias, 2024
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Hermoso Mundo de Pecado

Colaboraciones
Carlotta Garjuá
Todo el mundo ve incendios, tempestades, derrumbamientos o paisajes; pero
¿cuántas personas ven en ellos llamas, relámpagos, vértigos o armonías?
¿Cuántas piensan en la gracia y en la muerte viendo un incendio?
¿Cuántas poseen ellas mismas una belleza lejana que su melancolía matiza?E. M. Cioran, En las cimas de la desesperación (1934)
Para el escritor y antropólogo francés Georges Bataille (1971, 2005)la comunicación profunda únicamente es posible si se recurre al mal, es decir, a la violación de lo prohibido o a la remoción de lo más subterráneo y vicioso del lenguaje. A partir de esta idea, la literatura es la infancia por fin recuperada y vinculada a la culpa de escribir, de ahí que sea más fácil reconocernos como lectores que como autores (tal como le ocurre a Jorge Pech Casanova a pesar de sus maravillosos años de trayectoria). Si existe esta franca mixtura, de pudor y vergüenza —en la que se mezcla la alegría por el don de la palabra y la vulnerabilidad de sentirnos desnudos a través de ella— es lógico que los hombres, como lo planteara Bataille, se desconocen en el bien y se aman en el mal, ya que la desobediencia es una promesa de placer (tal como la escritura es una oferta disimulada de alguna clase de cura).
Para Charles Baudelaire los libros auténticos son inmorales, ya que toda literatura nace del pecado. Éste, por su parte, no tiene su origen en la caída de los relatos bíblicos, sino que resulta inherente al psiquismo humano y es una inclinación que se refrena y disimula con las normativas cívicas o religiosas. En consideración del poeta y ensayista ecuatoriano Mario Campaña (2021) la noción de pecado, en las obras del escritor francés (o incluso en el rescate teórico de Bataille), apela a las tentaciones del progreso. Desde esta perspectiva —que para nada es ajena a nuestra época— la cultura del materialismo histórico sustenta el concepto en la antología que presentamos. Como si fuese un eslabón más de las perversiones del mercado, el pecado surge en el comercio ventajoso y en la producción en masa promovida por la industria, también en la acelerada sustitución de los objetos y en la banalización de su hechura, en el afán utilitario que establece una constante lucha de poder y que crea un escalonamiento exponencial para clases sociales privilegiadas; ¿acaso la tierra no peca cuando desplaza a sus hijos para no matarlos con la sed, la violencia y el hambre? La migración es una forma moderna de castigo divino. Basándonos en la opresión mecanizada de los narco-estados, el mal queda asociado a nuestras pulsiones destructivas, pero también a una moral de decadencia que mengua la disposición a la espiritualidad y a la búsqueda de condiciones igualitarias para la supervivencia (no es casualidad que Bataille declare que todos los libros que valen la pena se sustraen de la sacralización del trabajo y la productividad). A razón de esta postura, en la que el mal más destacado es el del vacío o el de la falta de sentido e interés existencial, el único pecado reconocido por el poeta francés es el hastío, una condición que, en los Silogismos de la amargura de Cioran (2022), es referida como una angustia larval hermanada con el tedio o con el llamado odio ensoñador, ese que probablemente inspiró el poema de Pech titulado “Este país cierra los ojos para no ver sueños”. A través de ésta y otras composiciones sentimos el sudor y la quemadura de la noche, escuchamos los silencios —o los “gritos sin voz”— que ofrecen mensajes del más allá para señalar los umbrales urbanos o denunciar los puntos más ciegos de nuestra conciencia (esos oscuros “desagües” que rara vez visitamos). (Pech, 2024, pp. 6 a 8)
En Las flores del mal (1857) de Baudelaire (2022), al igual que en la obra de Pech Casanova, se despliegan figuras con deseos incumplidos o arrastrados por ellos hasta el terreno de la agresividad o la muerte, aunque también por el más inmundo de los pecados que es la destrucción del sentido de la vida. Con la misma naturalidad con la que se habla del sueño, el erotismo o el germen de la infancia, los poemas de ambos evocan la destrucción de numerosas esferas íntimas, familiares y sociales, como si fuese el efecto colateral de vivir en una civilización que se mueve como jungla. Los escombros insurrectos, de los que habla Pech en su libro, colindan con los movimientos de rebelión que normalmente se olvidan, distorsionan o callan; danza con la impunidad que avanza o con la derrota que genera desazón y rencor entre los pueblos. Si bien Baudelaire cualifica a “Las flores del mal” como un diccionario de la melancolía, el crimen, el sufrimiento y el pecado, la concibe también como una comedia de la modernidad en la que solo se representan el infierno y el purgatorio, ya que, en opinión de Mario Campaña (2021), la modernidad es como un mundo sin paraíso y carente de amor, felicidad o esperanza.
Lo interesante es que tanto Pech como Baudelaire extraen la belleza del mal. Así como el poeta francés no elabora una definición explícita de este último término, ni de su asociación a una imagen tan renacentista y dulce como las flores, la antología de Pech hace una insinuación al concepto de pecado sin rematarlo con circunscripciones explícitas. Es por ello que en un primer acercamiento no podemos definir si el título —que hace referencia a la hermosura del pecado— es un regodeo a expensas de su experimentación o una sátira de sus consecuencias fatídicas, esas que salpican sus restos más allá de la cartografía intimista. Desde esta ignorancia conceptual nos dejamos cautivar en sus páginas, posiblemente porque la inocencia —en la concepción de Bataille— es el amor mismo del pecado (tal como el poema de Pech, sobre el amor del joven Pablo, que lo llevó al asesinato de su amante por no sentir el acento de su lengua en plenitud). Al sentirnos absortos con la lectura de Pech, probablemente nos confesamos baudelaireanos, ya que preferimos la contemplación de un pecado bien hecho en vez de una virtud que peca de tibieza.

Al empezar la lectura del libro desconocemos si el placer de la trasgresión, que se plasma con una notable facultad retórica, es lo que embellece el concepto o si lo hermoso es ser lo suficientemente irreverente como para denunciar las faltas que otros adoptan como meta. Quizás la beldad radica en denunciar el horror desde la ternura y la delicadeza de la poesía, o en homenajear y honrar la pulsación de tantos personajes anónimos que, pese a ser heroicos, jamás aparecen en los libros de historia.
Si recurrimos nuevamente a Bataille podríamos pensar en dos clases de mal que se oponen en la existencia y en la literatura: uno que se debe a la necesidad de que las cosas humanas se desarrollen y lleguen al objetivo contemplado, y otro que consiste en transgredir propositivamente algunas de las prohibiciones fundamentales (tales como el veto al asesinato o al despliegue de distintas posibilidades sexuales). Existe por ende la probabilidad de “hacer el mal” y de “actuar mal”. En una entrevista con Pierre Dumayet, para el programa de televisión francesa “Lectura para todos”, Bataille expuso que si la literatura se aleja del mal se vuelve aburrida; nos invita a entender esta postura teniendo en consideración que la angustia queda implicada en esta disciplina y que siempre está fundada en algo que va mal o que amenaza con terminar de esta forma (aunque la mayoría de escritores no tengan conciencia de la profunda culpabilidad a la que se adhiere su práctica). Situando al lector en esta desagradable perspectiva —o en la tensión misma de un desenlace de dicha naturaleza— la literatura se aleja del tedio. En el caso de escritores como Kafka la culpabilidad recae en la desobediencia a los suyos, específicamente a una familia que le recrimina el error de consagrar la vida a la escritura en vez de seguir la orientación comercial. En la poesía hablamos de un constante proceso de duelo con respecto a las formas comunes del lenguaje materno. Y es en este recodo tan estrecho donde entraría el erotismo como parte de lo poético (Prat, 1958).
Si lo equiparamos con la asunción general de que el individuo erótico es el que se deja fascinar como un niño por el juego prohibido, el poeta se encuentra en la misma situación pueril, ya que a pesar de tener miedo de las consecuencias avanza más lejos para conservar la sensación de amenaza tan propia de los retos y el castigo. El principio poético —según Pech— consiste en estrellarse y en romperse, en “anudar las cuerdas del miedo a otro cuello” (a lo mejor para no estrangularse con su canto). Su principio poético radica en sobrevivir a las cenizas y en volver a cantar desde la sima de las calamidades sin hundirse (Pech, 2024, 91).Afrontar el peligro del discurso literario es una forma de madurar, ya que la literatura no nos deja vivir sin hacernos notar lo humano en la perspectiva más dura y ambivalente, nos permite mirar lo peor para hacerle frente o al menos para quedar advertidos. En resumidas cuentas, el hombre que juega con el lenguaje encuentra en el juego la fuerza para superar lo que el juego trae de horror.
En palabras de nuestra querida Enna Osorio, el Hermoso Mundo de Pecado nos deja su perfume y su veneno, manteniendo un tono intelectual desde la poesía, ya que levanta un velo áurico —a través de la pericia estética— a condición de rasgar las cortinas que ocultan la realidad con toda su crudeza: esos vendajes que ciegan, desfiguran e inmovilizan la crítica frente a la memoria histórica y la complejidad de los vínculos humanos. Al hablar del derrumbe y del pecado, Baudelaire se preguntaba si la creación no sería la caída misma de Dios. Para explicar esto me gustaría recurrir a La tristesse du diable, una melodía de la cantante y compositora suiza Meimuna (2018). En dicha canción, Lucifer se describe a sí mismo como el guardián de los misterios en cuya tristeza nadie piensa. Se identifica entonces como la luz que trae la sombra o el hijo del amanecer que yace en las noches oscuras, una dualidad inherente. Reniega del lugar común en el que la mitología cristiana lo anega de responsabilidades que simplemente competen a la naturaleza humana. “No, no soy el que te hace creer”, replica, ya que “soy arte y sabiduría”; “el día y la oscuridad”, el que te “protege y tienta”…, aquel “que hace latir tu corazón”. Desde esta representación introspectiva el diablo está triste porque habla de amor mientras otros escuchan seducción; ha revelado lo hermoso y los hombres lo han hecho su única obsesión. Se queja de que solo quería darle sentido a sus vidas y en castigo lo llaman Satán, animando a los oyentes a una comprensión más crítica de las figuras culturales y de varios conceptos que muchas veces aceptamos sin cuestionar.

Quisiera cerrar este discurso con la veta más personal de Pech que se filtra en el poemario. “He amado”, nos dice en “Progenie de inquietud”, “los nombres del amor omito, porque son innúmeros y el silencio solo sabe pronunciarlos”; “he amado el ciclón que reitera mi desarraigo con la canción del desastre” (Pech, 2024, p. 99).En Hermoso Mundo de Pecadohemos leído cuarenta años de sigilo poético. Algunos odiarán lo que descubran en las tocantes composiciones, otros se conmoverán al verlo decir que “la patria está en la dicha o en la nostalgia” y no en el suelo que el poeta ha pisado o que agotaron sus padres “a falta de algo mejor, por miedo a algo peor” (Pech, 2024, 102).Los nombres que podemos darle al autor Pech son incontables, pero la nominación con la que quisiera despedirlo es la siguiente: usted es el que hace pétalos con la palabra para que cada tumba tenga un gesto de gloria.
Hermoso Mundo de Pecado
Jorge Pech Casanova
Almácigo Ediciones, Colección Raíces Literarias, 2024
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El divorcio imposible

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
Laura Fernández de Arteaga y Mantecón-Pacheco nació en Oaxaca en 1845 y acabó su existencia en la Ciudad de México en 1900. Para su mal, contrajo matrimonio en 1860 con el militar Manuel del Refugio González Flores, nacido en Tamaulipas. Ella tenía quince años de edad; él tenía 27 años y ya era viudo.
Cuando Laura y Manuel se casaron, él militaba en el bando conservador, pero se acogió a la Ley de Amnistía y para 1863 estaba a las órdenes de Porfirio Díaz en la guerra contra el emperador Habsburgo. Una vez fusilado Maximiliano y recobrada la jefatura de la nación, Benito Juárez nombró a Manuel González Gobernador de Palacio Nacional, Comandante Militar del Distrito Federal y Jefe de la Primera División del Ejército.
Bajo Juárez, González Flores pudo haber hecho carrera política porque era diputado, pero prefirió sumarse a la rebelión de La Noria con su compadre Porfirio Díaz. En 1876, cuando Sebastián Lerdo de Tejada estaba a punto de acabar con las fuerzas de Díaz durante la Revolución de Tuxtepec, González Flores llegó a reforzar al rebelde. En la batalla de Tecoac, en Tlaxcala, el general tamaulipeco recibió una herida que obligó a amputarle el brazo derecho, pero su refuerzo decidió el combate a favor de los porfiristas.
Al final del año, cuando Díaz y sus fuerzas entraron triunfantes a la capital de la república, González llevaba la promesa de su compadre para hacerlo Secretario de Guerra y Marina, que el oaxaqueño le hizo efectiva en 1877, al nombrarlo general de división.
Desde su puesto ministerial, González Flores se preparó para suceder a su compadre en la presidencia. En 1880 asumió el mandato y nombró a Díaz secretario de Fomento. Después, lo hizo gobernador de su estado natal.
El general Díaz correspondió a las atenciones de su compadre apoyando las acusaciones de corrupción que Manuel Romero Rubio lanzó contra el presidente. Francisco Bulnes atribuyó tal conducta a que Díaz quiso evitar que González se instalara de por vida en la silla presidencial.
En su mandato, González Flores reanudó relaciones diplomáticas con Inglaterra y Francia, impulsó la creación del Ferrocarril Central Mexicano y dio concesiones para la creación de la primera red de telégrafos en el país. Además, el tendido de un cable submarino de Veracruz a Tampico y de ahí a Brownsville, permitió a México comunicarse con el mundo.
En 1884 González impuso en todo el país el empleo del sistema métrico decimal y creó el Banco Nacional de México. Debido a que tuvo que pedir un préstamo a Inglaterra para hacer frente a la crisis mundial de ese año y comenzar el pago de la deuda externa, hubo de hacer frente a cuatro días de turbulencia que se conocieron como el motín de la deuda inglesa.
Un año antes, al sustituir las monedas de plata por las de níquel de 1, 2 y 5 centavos, González tuvo que enfrentarse a otro motín que detuvo su carruaje en la calle, pero logró aplacarlo al bajarse del vehículo para encarar a la muchedumbre. Finalmente, González hizo emitir un nuevo Código de Comercio con el que reguló a las instituciones bancarias que se inauguraban por entonces.
Mientras el general lidiaba con la presidencia, tuvo con su joven esposa dos hijos. La vida familiar no le preocupaba gran cosa: eran famosas sus visitas a burdeles, y aun se supo de hijos suyos fuera de matrimonio a los que reconoció. Consta en los archivos de González que tuvo dos hijos con Juana Horn. También tuvo relaciones de pareja con Julia Espinosa, Amalia de la Rosa, Dolores Herrera y “una española”.
Laura Mantecón sufría estas humillaciones y el maltrato físico de su marido. Alojada desde 1878 en una casa ajena, tuvo que esperar a que el general dejara de ser presidente para anteponer ante el juzgado civil una demanda para separarse del mal esposo. Los detalles de este proceso constan en el expediente «Informe producido por la Sra. Laura Mantecón de González ante la tercera sala del Tribunal Superior en el juicio de divorcio que sigue contra su esposo el Sr. General D. Manuel González», impreso en 1886 en la Tipografía de J. Reyes Velasco.
Otro documento de 1886 en que consta el juicio lleva el título «Recurso de Casación interpuesto por la Sra. Doña Laura M. de González contra la sentencia que pronunció la Sala del Tribunal Superior en el juicio de divorcio seguido contra el Sr. General D. Manuel González». La ofendida señora pagó la impresión de ambos testimonios.
Laura, mujer de inusual preparación, tuvo que redactar personalmente su demanda, porque ningún abogado se atrevía a representarla. En su memorial de agravios consta que “presenció actos vergonzosos de su marido con las sirvientas de su casa”. Denunció “los vicios, pasiones y eróticos instintos del marido a quien devoraba el demonio de la lujuria. El general, irascible y de muy mal carácter, era indecente y grosero con ella en la intimidad y en público. La maltrataba y golpeaba causándole lesiones que la obligaron a acudir al médico. La exponía a peligros llevándola o mandándola por caminos difíciles y llenos de bandidos y desertores, en compañía de soldados rasos que no la respetaban”.
En 1884, Manuel González había hecho modificar el Código Civil para perjudicar a las mujeres que tuvieran el atrevimiento de querer defenderse de maridos abusivos. Sin detenerse por eso, Laura Mantecón insistió en divorciarse. González movió sus influencias para correrla de su hogar, quitarle a sus hijos, difamarla e impedirle tener medios de manutención.
La tenaz Laura buscó la intercesión de su hermana, su cuñado y el presidente Díaz, quienes le negaron su ayuda. El juez del caso le dio la razón al mal marido. Laura no se detuvo: siguió reclamando poder reunirse con sus hijos y recibir pensión alimenticia.
Para mantenerse, Laura abrió una escuela elemental en la hoy calle Monte de Piedad, en la Plaza de la Constitución, pero González mandó hostigar a sus profesores. Laura estableció entonces una casa de huéspedes, que las autoridades acosaron. La ofendida decidió irse a Nueva York a estudiar homeopatía, pero al volver a México le negaron el permiso de ejercer. Al fin, se hizo costurera y puso una tienda de ropa femenina.
Los jueces que examinaron el caso de Laura Mantecón se negaron a concederle el divorcio. La acusaron de “enfermedad mental, desórdenes emocionales, celos enfermizos y deseos de venganza”. La dejaron en la ruina. Aunque sus hijos se ofrecieron a ayudarla, ella insistió en exigir que su mal marido cumpliera con sus obligaciones de manutención.
La irreductible señora Mantecón falleció el 14 de diciembre de 1900. Sus restos fueron enterrados en el Panteón Civil de Dolores. Hasta el 29 de diciembre de 1914 el presidente Venustiano Carranza emitió en México la primera Ley de Divorcio. Ésta permitía a mujeres casadas emanciparse de la condición de esclavitud en que las tuviese el cónyuge. Así comenzó a ponerse fin al matrimonio irrevocable.
El primer beneficiario de esa ley fue un hombre, el ingeniero, periodista y político Félix Fulgencio Palavicini Loría, quien el 14 de septiembre de 1915 obtuvo el divorcio de María Piñeiro, a quien acusó de abandonar el hogar familiar en agosto de 1914 para irse con sus tres hijas a vivir con el librero Guillermo Boisson González. La esposa de Palavicini entró en relaciones con Boisson debido a que su esposo huyó en 1912 de la capital mexicana, cuando Victoriano Huerta lo perseguía. En realidad, Palavicini pidió el divorcio para poder unirse a la cubana Belinda Hernández, con quien se había comprometido en Veracruz.
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Los caminos de Voltak

Ta Megala
Fernando Solana OlivaresHans-Joachim Voltak huía por la noche como un monstruo de ojos que fisgaban. Había dejado la camisola del asilo psiquiátrico hecha nudo en la garganta del guardia y el frío le calaba los huesos. No tenía un plan porque la ocasión para fugarse no la esperaba: el guardia cabeceando, el manojo de llaves suelto, el impulso repentino, la corta lucha que lo llevaba a esa caminata castañeteante.
La alerta seguramente ya se había trasmitido y era urgente que Voltak encontrara un refugio. Pensó en el boletín que la dirección del asilo mandaría a la policía, los museos, los comercios de arte y la prensa, contando el historial que lo convertía en una amenaza: ataques a galerías de Hamburgo, Lübeck, Hannover, Essen y Düsseldorf en 1977; ataque a tres cuadros de Rembrandt en 1979 y a tres de Durero en 1988.
Recordó al viejo Ripley y dirigió sus pasos hacia el sur de la ciudad. Se sentía hecho de cristal, como si las ventanas ciegas lo escudriñaran al pasar delante de ellas. Ben Ripley alguna vez se lo había dicho: “Crees que lo que ya ocurrió, la catástrofe, todavía está por suceder”. Entonces luchaba contra las emociones negativas. No-identificación, no-consideración, no-expresión. Podía ver delante de sí el rostro indiferente y la mirada penetrante de Ripley cuando le decía eso, mientras caminaba lacerado por el frío de la ciudad desierta.
Tropezó con unos juerguistas a las puertas de un súbito local de baile. Un hombre golpeaba a una mujer mientras otra pareja presenciaba el pleito. Lo sobresaltó la escena, bajó al arroyo y caminó de prisa porque pensó que la imagen estaba montada para detenerlo. Cuando su mirada se cruzó con la de la mujer tirada en el piso, supo que así había sido. Sus enemigos le seguían los pasos.
La vieja casa señorial de otros tiempos se veía disminuida por el descuido. Voltak golpeó el oxidado aldabón sobre la hoja de roble hasta que una mirilla se abrió. No reconoció la voz que indagó quién era, ni la voz advirtió reconocerlo. Pero los ojos de Ripley eran tan penetrantes como siempre.
—La voz es un espejo del alma —afirmó más tarde, cuando Voltak y él estaban sentados en la empobrecida estancia. —Mi alma ha cambiado, mi voz también.
Pensó que su fortuna debía agregarse en la lista de las transformaciones negativas, aunque guardó silencio esperando que el inesperado visitante explicara qué hacía allí. Llevaban años de no verse el hombre viejo, de expresión abatida y ojos de ascuas, y el otro, nervioso, enjuto, de edad indescifrable, que tiritaba.
—Debes cubrirte. Por ahí hay una manta —dijo Ripley, lanzando su mano al vacío.
Voltak tomó la manta y se cubrió. Una súbita tranquilidad descendió sobre su cuerpo.
—Acabo de fugarme del asilo y necesito tu ayuda. No estaré aquí mucho tiempo.
—Esto no es acogedor, ¿sabes? Se cuela el agua y se va la luz. La justicia sigue tus pasos.
—No cambias, viejo. Más te herrumbras, más te endureces.
—Y mi caparazón se vuelve impenetrable.
—¿Qué piensas de lo que he hecho?
—¿Aquello que llaman tus ataques?
—No es un término exacto, Ripley. Di acciones.
—Me parecen actos bárbaros.
—¿No entiendes su sentido?
—No podría entenderlo. ¿Por qué destruir la belleza?
—Corrompe el mundo, Ripley. Tú mismo lo dijiste.
—En sentido simbólico debe haber sido, no literal.
—Me confundes, Ripley. Yo habito en una dimensión literal.
—¿Qué buscas de mí, Voltak? Sigue tu camino.
—Ayuda, consejo, dinero. Lo que me puedas dar.
—Me he desprendido de todo. Mira a tu alrededor.
—Las estirpes más altas siempre se disfrazan. Como tú.
—¿A dónde irás cuando te vayas?
—No lo sé.
Voltak tomó al inválido por el cuello y lo ahorcó. Arrastró el cuerpo de Ripley hasta la penumbra de una habitación trasera. Le quitó las ropas y se las puso. Sintió en la piel su tibieza. Se caló un gorro que colgaba de la bolsa del abrigo y fue a sentarse en la silla de ruedas. Colocó la manta sobre sus piernas y esperó.
Un crujido lo distrajo de sus pensamientos. En la galería Thyseen, cerca de ahí, se exponían dos cuadros de Vermeer. La noticia había decidido su fuga. El cuadro Joven con arete de perla era una de sus mayores obsesiones y rumiaba cómo acercarse a él. No había escuchado el nombre del otro lienzo expuesto cuando una mujer platicaba de ello en la sala de visita del asilo, pero era suficiente con el primero, que podía ver nítidamente con los ojos cerrados como en una visualización: las pinceladas semicirculares para lograr el azul ultramar del fondo, los puntos de luz aplicados a la chaqueta amarilla, la boca húmeda de la joven, el pequeño brillo de su arete, el turbante vuelto cabello.
Voltak había sido aprendiz de pintor. Entonces pasaba horas escudriñando grabados y contemplando obras que jamás mostraban sus secretos, su significado real. En esos tiempos conoció a Ripley, catedrático de estética en la universidad y conferencista de café por entonces. El crujido se escuchó otra vez. Llegaba el enemigo. La inspección fue rápida. Contestó con monosílabos negativos a las preguntas sobre su propio paradero. La policía decidió dejar un guardia por los alrededores cuando supo que en la casa no había teléfono. Es un hombre muy peligroso, le advirtió uno de los agentes antes de marcharse.
Así era mejor, se dijo: él mismo ser Ripley, porque Ripley ya no era, y seguir actuando en su nombre gracias a aquellas madrugadas en que fascinaba auditorios de noctámbulos, artistas o mariposillas, y sus revelaciones podían cambiar repentinamente la vida de cualquiera. La suya, por ejemplo, al escucharlo afirmar que la religión y el arte eran nombres distintos para la misma experiencia de intuición de la realidad, que el arte era un mediador, quizá el último, entre nuestro mundo y el otro, que su esencia era la nostalgia (repetía una línea de Gottfried Benn: “Melancolía, que a la poesía conduce”) oculta en la metáfora, esa operación que llevaba más allá para mostrar lo otro de lo mismo. Ripley reclamaba con voz tronante que el arte era un soporte para mirar el misterio, un vehículo de relámpagos y fuerzas. Entonces acallaba el bullicio del café para ser oído con devoción temerosa.
Escuchándolo, Voltak comprendió que destruir los residuos de lo divino en el arte era su trascendente misión. El acontecimiento surgió en un accidente. Presenciaba la restauración de un grabado del maestro LCz, Mercurio en la tarde, cuando fue derramado un solvente que corroyó la imagen sobre el papel. Lo que miró fue una revelación: si la obra de arte era Dios operante, como Ripley predicaba, su disolvencia podría mostrar por un instante la materia divina.
El maestro montó en cólera cuando Voltak explicó su epifanía. Lo corrió de la mesa y declaró su ostracismo. No volvieron a saber de él hasta su primera acción en Hamburgo, donde arrojó ácido a un óleo de Goltzius.
“Demencial, alienado, vergonzoso”. Voltak usó como plegaria durante años las palabras de Ripley al testificar en su contra. Él sabía que las obras de arte eran lascas sagradas, residuos prodigiosos de otro mundo depositados en la mente de los seres humanos que creaban opacas copias de su visión. Sacrílegos simulacros que Ripley, aunque luego lo negara, lo conminó a destruir.
—Yo habito en una dimensión literal.
Dijo la frase como si delante de él todavía estuviera el viejo. Se asomó por la ventana y no vio a ningún guardián. El amanecer llegaba. Voltak salió de la casa. Atrás quedaba el cadáver con una mueca de sorpresa en el rostro. Caminó hacia la cinta de fuego que el sol encendía a lo lejos en el estuario del río.
Paseó con disimulo delante de la vidriera de la galería, aún cerrada. “En el arte la primera idea siempre es la mejor idea”. Decidió, como lo hizo desde la primera vez, seguir uno de los proverbios del viejo para cumplir su tarea. Entró en la sala cuando el ujier abrió las puertas, nadie lo notó y pudo llegar hasta el retrato de la Joven con arete de perla. Él comenzó a hablarle y ella le sonrió.
Ahora su celda tiene más candados. Lleva mucho tiempo encerrado y a menudo sueña sueños de metáforas y lo divino. En uno de ellos el fantasma de Ripley le mostró cómo marcharse al interior del cuadro. Antes de entrar en él, palideció.
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A mitad de la guerra I

Poesía
Jorge Pech Casanova
Este país cierra los ojos para no ver sueños.
Cae la noche y el mundo se va a la oscuridad,
donde hay afanes que se detienen y sueños tristes que se despiertan.
Un tirador alista su mira para cortar la vigilia de un sereno,
pero ambos sueñan con una muchacha
de trenzas inocentes y piernas en ascuas.
Un policía alista el colmillo para tarifar a un dealer en la basura de un descampado,
pero en su uniforme sueña con una tortería y un barecito de sinfonola
donde su padre le dio el primer caramelo de sus recuerdos.
Un capataz se tiende a salvo de la cosecha, en su barraca,
y no lo admite el sueño en sus praderas.
Un perro sueña lo que él solo sabe en el patio sin maullidos.
El basurero pasea por las calles sus difuntos sueños en un tambo,
al asecho de cualquier sueño de otros, de tercera mano.
Un mendigo pierde sus monedas en el mar que nunca ha visto,
mientras gime y patalea y da manazos
sin que pueda abandonar la pesadilla.
Mordiendo un paño en el hospital sin enfermeros,
una mujer sueña los nombres de sus nietos.
El enterrador da vueltas a su insomnio, junto a los catafalcos,
y no lo admite el sueño en sus jardines.
Una alfarera recuesta en el jacal fatigas, hambre, soledades,
para acomodarse en los fulgores del río que fue de niña.
Sobre el llano en que nunca llueve pero todo es fértil
se recuesta un albañil mientras olvida por seis horas
su techo con goteras, malos aires, peores sueños.
Bajo un puente, muchos puentes, duermen niños que alucinan
lo que el thinner disponga, lo que gusten echar, lo que Dios mande.
Jorge Pech Casanova publica con el naciente sello Almácigo Ediciones su nuevo libro de poemas Hermoso mundo de pecado. Con esta publicación, las y los integrantes de Almácigo Ediciones celebran la trayectoria de cuarenta años como escritor de Pech Casanova quien, además, en sus más de veinticinco años viviendo en Oaxaca, ha impulsado, acompañado y editado una buena cantidad de los libros y autores que hoy nutren el ámbito literario del estado.
Pech Casanova cedió a la tentación que había resistido durante dos décadas: publicar un libro extenso de poesía. Seleccionó poemas que estuvo escribiendo de 2001 a 2023. Comienza con una sección, “A mitad de la guerra”, que habla del movimiento social oaxaqueño de 2006 a 2008 contra el régimen criminal de Ulises Ruiz. La siguiente sección del libro, “Entre el silencio y la ira”, poema en once cantos, responde a la matanza de 26 leñadores indígenas en el paraje de Agua Fría, en la Sierra Norte de Oaxaca, en 2003. Esta sección cierra con un poema extenso de tema histórico, “Liturgia de las horas de Álvar Núñez”, el cual recrea las aventuras del autor de Naufragios en el entonces agreste norte de la Nueva España.
La sección “Patria para la sed” presenta una reflexión en torno al patriotismo, cuando la violencia autoritaria del gobierno oaxaqueño y mexicano se desbordaba en Oaxaca y Atenco durante 2006, por lo cual esta sección se articula con la siguiente, “Plegarias para días de estrago”, la cual retoma el tema del movimiento social oaxaqueño y se convirtió en el libreto de una cantata contemporánea, con música del compositor mexicano Julio García.
En las siguientes secciones, “Teatro de sombras” y “SF”, son el homenaje que Jorge Pech hace a figuras de la cinematografía y a sus libros preferidos de autores de ciencia ficción. El nuevo libro culmina con un extenso poema erótico, “A su fervor el goce adicto acude”.
Sin embargo, para cerrar el volumen Pech Casanova compiló una breve antología personal con poemas que aparecen en ediciones fuera de circulación desde hace muchos años. Así, rescata algunos textos de sus poemarios «Roja edad» (1991), «Noticias del vencido» (1994), «Contra la lluvia insumisa» (1999), «El viaje en plenitud» (2007) y «La ausencia no podrá menguarnos» (2008).
Jorge Pech Casanova prácticamente dejó de escribir poemas durante casi diez años, al dedicarse a la narrativa de 2014 a 2023. Sin embargo, en poco más de veinte años había acumulado dos centenares de cuartillas con poemas, que al fin se decidió a hacer pasar por un filtro muy estricto. El resultado son las 80 cuartillas de Hermoso mundo de pecado, poesía que —resume en el epílogo el poeta Javier España— “dice y nos desdice. Confronta. Salva la amistad, esa extraña palabra que nos une en su tímido destello. Pero siempre nos convida, nos convive. Funda su patria y la comparte para que tú, nosotros, todos nos saciemos”.
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Sobre los eclipses

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. La función simbólica
Todas las culturas, en todas las épocas, han estudiado el fenómeno astronómico de los eclipses. En el caso del eclipse solar, como el que hemos vivido hace unos días, la Luna «eclipsa» al Sol durante unos minutos. Es una Luna Nueva –como la que hay cada mes. Es más intensa porque nuestro satélite está en el mismo plano y «tapa» al sol. Al no tener la órbita de la Luna una inclinación similar con respecto al plano en el que la tierra gira alrededor del Sol, un eclipse sólo ocurre cuando coinciden estos tres planos, provocando así el ocultamiento, en este caso del Sol por la Luna.
Ahora bien, para todas las culturas, es una lucha entre la luz –el Sol– y la oscuridad –la Luna–; entre lo consciente y lo inconsciente, entre lo que se encuentra sobre la superficie y el inframundo. En esa lucha de titanes, alguien pierde -se eclipsa- para luego reiniciar un nuevo ciclo, sobre nuevas bases, una vez realizado el ajuste de la pérdida. Se «pierde» algo para dar lugar a un nuevo orden. Se trata de soltar y dejarse poseer por lo nuevo.
Casi todas las culturas han realizado la analogía entre el Sol y los gobernantes. Así, los eclipses solares generalmente «anuncian» el eclipsamiento, la caída, la muerte, de reyes y soberanos, de manera literal o simbólica –una muerte política, por ejemplo–.
II. Para la astrología
En la antigüedad, la astronomía y la astrología eran un solo conocimiento. La astrología fue estigmatizada por la iglesia católica, ya que consideraba que reemplazaba el libre albedrío. Es una interpretación sesgada, porque la astrología no «decide» nada; es como una meteorología –un astrólogo serio puede decirle a un consultante que va a llover, pero no que se va a mojar–. (Sobre los cambios en la manera en que la astrología ha sido percibida, recomiendo Astrología: una historia desde los inicios hasta nuestros días, de Kocku von Stuckrad, publicado por Editorial Herder).
¿Qué es entonces la astrología? Es una hermenéutica analógica, en otras palabras, es una interpretación basada en la analogía entre lo que sucede en el cielo y lo que acontece en la tierra. Así de sencillo. Ahora bien, los griegos fusionaron los planetas con las características que le otorgaron a sus Dioses. Así, como Marte es un planeta físicamente rojo, lo asociaron con el dios de la guerra; como Júpiter es el planeta más grande del sistema solar, con Zeus y así sucesivamente. Y le asignaron un día de la semana a cada uno de los cuerpos celestes, incluyendo las luminarias, de modo que el domingo, día del señor –Domine– es el del Sol; de la Luna, el lunes; Marte, martes; Mercurio, miércoles; Júpiter, jueves; viernes, Venus, y Saturno, sábado.
Carl Gustav Jung, el discípulo renegado de Freud, creó el concepto de arquetipos. Un arquetipo es un símbolo que concentra de manera pura un significado. Los planetas en la astrología son arquetipos. Al final de su vida, Jung afirmó que los arquetipos eran «energéticos». Eso es la astrología, el estudio de una danza continua de arquetipos energéticos.
¿Sale energía de los planetas? Del Sol, obvio. ¿Y de los demás? No en un sentido físico; sí en un sentido simbólico. Los símbolos son poderosos y el inconsciente puede conectarse con esos arquetipos, inclusive, para una sanación simbólica.
Sanación que realizaban en la antigua Grecia los iatromantis, los sanadores que, al tiempo que sanaban decían a las personas su mancia, cómo iba a ser su futuro. Sobre estos sanadores, consultar Realidad, el extraordinario libro del estudioso de los presocráticos Peter Kingsley (Editorial Atalanta). Es lo que hacen, hoy, chamanes, astrólogos y terapeutas serios.
III. Los eclipses en astrología
Hay una abundante bibliografía sobre el tema en inglés. Recomiendo Eclipses: predicting world events & personal transformation, de Celeste Teal (Llewelynn, 2006).
Para la astrología seria, estos fenómenos nos conducen a una diferente manera de ver y aprehender la realidad, a partir de que, de manera simbólica o real, algo se eclipsa pero, paradójicamente, nos permite ver más allá de nuestra vieja manera de ver las cosas, una mirada, después del eclipse, obsoleta y poco útil. Lo anterior sucede a nivel planetario, de las naciones, los colectivos y a nivel personal.
El último eclipse solar total que tuvo lugar en México fue en 1991. Yo trabajaba en Palacio Nacional. Salí al Zócalo… Bajó la temperatura, los pájaros volaron, se produjo un ominoso silencio, se hizo de noche. Se considera que la duración de la influencia de los eclipses puede durar hasta tres años y medio y, como hemos dicho, anuncian que los gobernantes se eclipsan. Dos años después Salinas se eclipsó después de la muerte de Colosio, un sol neonato.
El eclipse del lunes 8 de abril de 2024 debemos leerlo en términos hermenéutico-simbólicos. Nos brinda la oportunidad de deshacernos de la tierra baldía, de lo yermo, de lo que ya fue. Al estar en el eje Aries/Libra, nos permitirá abrirnos a una nueva interpretación de nuestras relaciones con uno mismo, con los demás, con nuestros amores, con el planeta, en aras de una resignificación que deje atrás la oscuridad y trace nuevos caminos luminosos. Que así sea.
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El asalto del tirano

Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
Con acompañamiento de las y los embajadores de Alemania, Panamá, Cuba y Honduras retornó a México el personal de la embajada mexicana en Ecuador, equipo diplomático que permanecía en Quito después del asalto armado a la legación diplomática que ordenó el tiranuelo ecuatoriano Daniel Noboa.
La Organización de Estados Americanos (OEA) manifestó en un comunicado el sábado 6 de abril que la inviolabilidad de las sedes diplomáticas codificada por la Convención de Viena en 1961 forma parte de las normas asumidas por los países de la región.
Por su parte, el mismo 6 d abril, entrevistado por BBC Mundo, el ex presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos Diego García-Sayán manifestó que la invasión a la embajada mexicana en Quito por parte de fuerzas policiales ecuatorianas supone “un paso gravísimo”, y agregó que “la irrupción con fuerzas uniformadas en una sede diplomática es un acto escandalosamente contrario al derecho internacional”.
El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, declaró su alarma “por el ingreso a la fuerza de fuerzas de seguridad ecuatorianas en el interior de la embajada mexicana, y advirtió que las violaciones a “la sagrada propiedad diplomática y consular, ponen en peligro la continuación de relaciones internacionales normales”.
La Comisión de Fiscalización de la Asamblea Nacional de Ecuador convocó para el 10 de abril a los ministros de Gobierno, Defensa y Relaciones Exteriores para que den explicaciones por el asalto de la policía y las fuerzas armadas a la Embajada de México.
Los gobiernos de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Guatemala, Honduras, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela condenaron el asalto. También Nicaragua condenó el ataque a la legación mexicana, aunque poco puede valer la protesta de un tirano como Daniel Ortega.
España, mediante su ministerio de relaciones exteriores, dejó claro que “la entrada por la fuerza a la Embajada de México en Quito constituye una violación de la Convención de Viena de 1961 sobre Relaciones Diplomáticas”. El gobierno de Estados Unidos, cuya intervención puede estar detrás de la agresión del tiranuelo Noboa, no pudo evitar condenar la violación de la Convención de Viena y alegó la inviolabilidad de las misiones diplomáticas.
Vergonzosamente, el gobierno de Canadá, país socio comercial de México, alegó estar “profundamente consternado por la aparente violación por parte de Ecuador de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas de 1961 al entrar a la Embajada de México sin autorización”. Como si la agresión armada fuese “aparente”.
El gobierno mexicano rompió relaciones con el régimen del tiranuelo Noboa, manifestando su respeto por la embajada ecuatoriana en nuestro país. El régimen dictatorial de Noboa comenzó a hostilizar a México el 4 de abril, cuando declaró “no grata” la presencia de la embajadora mexicana Raquel Serur en Ecuador. Al salir de la legación la diplomática, el tiranuelo aprovechó para perpetrar el asalto armado a la embajada el 5 de abril.
El pretexto del dictador ecuatoriano para sus agresiones contra México son las declaraciones que el presidente Andrés Manuel López Obrador hizo el 4 de abril sobre el inesperado resultado que llevó al poder a Noboa, hijo del hombre más rico de Ecuador.
El dictador obtuvo la presidencia del país sudamericano en agosto de 2023 porque el candidato que iba en segundo lugar, Fernando Villavicencio (del partido Movimiento Construye), fue asesinado al salir de un mitin. El presidente López Obrador hizo notar que, hasta antes de ese atentado, la candidata favorita era la representante del Movimiento Revolución Ciudadana.
En una entrevista a la revista francesa El Grand Continent en diciembre de 2023, poco después de que Noboa asumiese la presidencia, el ex presidente ecuatoriano Rafael Correa advirtió: “No levanto ninguna expectativa buena por este gobierno. Creo que va a ser un desastre. Es otro niño caprichoso que quiso comprar la presidencia de la república por ser hijo del hombre más rico del país”.
El retrato que Correa hace del dictador Noboa equipara a éste con otros abusivos millonarios latinoamericanos: “Dice que desde los 18 años creó una empresa muy exitosa de eventos, pero uno ve que hasta los 25 años no pagó nada de impuestos. […] Su vicepresidenta, supuesta empresaria exitosa, nunca ha pagado impuestos”.
Lo más grave es que Noboa lucra políticamente con el asesinato de Villavicencio e inclusive utilizó como pretexto la referencia al asesinato del político para lanzar sus agresiones contra México, apoyado por la familia del difunto, quien acusaba al gobierno mexicano de proteger a delincuentes porque asiló a los ex colaboradores del ex presidente Correa cuando en Ecuador se desató una persecución contra los correístas.
Por otra parte, como señala Correa, Noboa ha evitado investigar el asesinato de Villavicencio, pues al poco tiempo del crimen, los siete presuntos culpables que fueron acusados y encarcelados, todos colombianos, acabaron convenientemente muertos en las cárceles de Guayaquil y Quito donde los habían recluido.
Como señaló Correa en la entrevista para El Grand Continent, “la Fiscalía dijo entonces que el único sicario sobreviviente confesó que los autores intelectuales del crimen eran ‘políticos’. A partir de allí, se hizo toda una campaña diciendo que nosotros éramos los culpables. Luego dijeron que no era verdad. Pero ya era muy tarde: hicieron la campaña sobre esa base. Eso nos costó la presidencia”. Similar señalamiento hizo en este mes de abril el presidente López Obrador: eso detonó la agresión del millonario Noboa contra México.
La cancillería mexicana anunció que el 8 de abril presentaría su queja a la Corte Internacional de Justicia, según anunció la canciller Alicia Bárcenas un día antes. Añadió que México acudirá “a todos los foros multilaterales regionales e internacionales que corresponden para que realmente esto se condene por toda la comunidad internacional”.
Mientras tanto, en México, una minoría que odia al actual gobierno no sólo hace caso omiso a la violación al derecho internacional perpetrada por Noboa, sino que pretende disculparlo o festeja el ultraje del dictador ecuatoriano, como el lamentable ex funcionario Javier Lozano Alarcón o el caricaturista Francisco Calderón, con sus mensajes en la red social X que pretenden avalar la versión de que la embajada mexicana protegía a delincuentes.
Los odiadores del gobierno mexicano tendrán dificultades para descalificar a las 28 naciones que respaldan la reclamación ante la comunidad mundial. Que el odio a un proyecto político ofusque a tal grado a los servidores de la oligarquía hinchada con el patrimonio de México, sólo evidencia la certeza de que su proyecto depredador está por ser barrido una vez más en las elecciones presidenciales de este año, mientras su candidata —al debatir en público por vez primera— pone nuestra bandera de cabeza, gesto tristemente simbólico cuando la nación adelanta su dignidad ante el artero ataque de un dictador multimillonario.
