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Paul Auster, Quetzalcóatl, Oaxaca

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
Ya que el gran novelista Paul Auster falleció, algunos periodistas que no han leído sus libros afirman que visitó México por primera ocasión en 2008, cuando inauguró una hinchada feria del libro oaxaqueña. Sin embargo, Auster ya había presentado su obra en México desde el año 2000, cuando sus obras Trilogía de Nueva York y El cuaderno rojo comenzaban a gozar de la extraordinaria fama que fue aumentando conforme el escritor publicaba nuevos libros. Más aún, Auster vivió en México a finales de 1972, y lo cuenta en un libro suyo.
Gracias a las notas de Renato Ravelo en La Jornada, entre el 19 y el 22 de febrero del 2000, tenemos el registro de la visita que Auster hizo entonces a México y, particularmente, a Oaxaca. Por los informes de Ravelo recordamos que el autor de Ciudad de cristal estuvo acompañado por su segunda esposa, la novelista Siri Hustvedt, y su entonces joven hija Sophie. Además, acompañaron en Oaxaca a la familia Auster la novelista Maureen Howard y el escritor mexicano Alberto Ruy Sánchez. Auster y Howard fueron invitados a México, detalla Ravelo, por una asociación de escritores neoyorquinos y la embajada de EEUU.
En el centro Cultural Santo Domingo, aquella noche de febrero del año 2000 Auster acaparó la atención con su lectura y charla. Nadie del auditorio parecía interesado en la novelista Howard, y el fragmento de la novela que leyó parecía farragoso ante la narración vivaz y mordiente del neoyorquino (no lo comentó el periodista. Lo recuerdo yo con pena aún, pues aunque Auster y Ruy Sánchez insistieron en que se hicieran comentarios sobre la lectura de Maureen Howard, todos insistían en sólo dirigirse al autor neoyorquino).
Renato Ravelo detalla: “… para los ahí presentes seguramente Auster ya es un clásico. Y su voz, que recupera en inglés historias de El cuaderno rojo, tiene su eco en los audífonos de la traducción […]. El recital se convierte así, a momentos, en un desdoblamiento sonoro entre dos idiomas, pero en realidad no se rompe ningún hechizo. Porque escuchar a Auster en inglés, […] cuando cuenta la historia del pastel de cebolla en París, en realidad es lo mismo que escuchar un blues. Algo dice la letra, pero lo importante es hacia dónde nos quiere llevar, y cuando ha terminado, algo en el ánimo es diferente. Hecho estético le llamarían los especialistas”.
Añade Ravelo que en esa visita a Oaxaca, Auster, Hustvedt y su hija pasearon en la zona arqueológica de Monte Albán. Siri recibió de Ruy Sánchez un rebozo como regalo de cumpleaños. Auster se sorprendió de que no poca gente lo reconociera y le pidiese autógrafos (era reciente la publicación de Míster Vértigo en español), aunque hubo quien lo confundió con Jeff Goldblum, el protagonista de La mosca, de David Cronenberg.
Ocho años después, Auster regresó con Siri Hustvedt a Oaxaca. Vino como invitado a la Feria “Internacional” del Libro local. Aunque los organizadores anunciaron que el autor tendría contacto con el público durante la feria, el siniestro director de la editorial convocante cuidó de que ni en su única aparición en público el autor tuviese contacto con sus lectores. Requeridos los concurrentes al teatro “Macedonio Alcalá” a remitir comentarios en una hojita de papel, el invitado sólo recibió dos post-it con dos absurdas preguntas redactadas por el amanerado novelista y editor que se lo apropió en ese viaje: “¿Si tú fueras animal, qué animal serías?” y “Si tu novela fuera un dibujo, ¿qué dibujo harías?”, decían las notitas. Auster, perplejo, apenas respondió. Después, ningún simple mortal volvió a saber de él en Oaxaca.
Quizá en esos días Auster recordó su primera visita a México, ocurrida en diciembre de 1972. Narró esa experiencia en su libro Hand to Mouth (enespañol, A salto de mata). Austervivía en París, donde conoció a un productor cinematográfico a quien llama “Monsieur X”, casado con una dama mexicana, “Madame X”. Auster describe a Monsieur X: “hombre menudo y enigmático de cincuenta y tantos años. De origen ruso-judío, hablaba perfectamente varias lenguas, y a menudo pasaba del francés al inglés y al español en la misma conversación […] Antes de aquella noche no le había visto más que unas pocas veces, pero siempre me había parecido un personaje siniestro, alguien que ocultaba su juego: astuto, secreto, impenetrable”.
A Madame X, Auster la describe con simpatía: “Mexicana de nacimiento, casada desde los dieciocho o diecinueve años […] De temperamento artístico, se dedicaba por turnos a la pintura y la escritura […] Sus verdaderas dotes consistían en ayudar a los demás, y se rodeaba de artistas y de aspirantes a artistas de todas las edades, codeándose con famosos y desconocidos, a la vez colega y mecenas. Dondequiera que iba, era el centro de atención: una mujer espléndida, enternecedora, de larga cabellera negra, envuelta en mantos con capucha y tintineantes joyas mexicanas, de humor cambiante, generosa, leal”.
Después de algunas buenas experiencias con Auster (sintetizó guiones y tradujo un drama en verso, Quetzalcóatl, escrito por Madame X), el productor de cine contrató al escritor en ciernes para que ayudara a la dama a convertir en novela su drama. El trabajo había de realizarse en México, específicamente en Tepoztlán (Tepotzolán, escribe Auster), donde la señora pasaba una temporada con sus familiares mexicanos. Con muchas reservas aceptó la encomienda el autor. Durante un mes residió en Tepoztlán, donde halló a Madame X devastada por el abandono de un amante. Auster se pasó el mes de diciembre de 1972 en el poblado morelense insistiendo sin éxito en que la dama escribiese su novela.
El novelista detalla ese revés: “Esperaba que las cosas fuesen mal, pero no hasta aquel punto. Sin dar más vueltas a toda la complicada historia (el tipo que quiso matarme, la esquizofrénica que me tomó por un dios hindú, la miseria alcohólica y suicida que permeaba todas las casas donde entré), los treinta días que pasé en México fueron los más sombríos, los más perturbadores de mi vida”. Peor aún, a fines de diciembre de 1972 un terremoto devastó Managua y el beisbolista favorito del escritor, Roberto Clemente, murió al estrellarse su avión cuando llevaba ayuda a los nicaragüenses.
De regreso en París, Auster fue llamado por Monsieur X. En el automóvil del millonario, el neoyorquino refirió la crisis creativa de Madame X, el fracaso de su misión. El empresario exigió de vuelta el pago de dos mil quinientos dólares que le anticipó. Auster se negó, señalando que en previsión de alguna contingencia similar había pedido el anticipo. No era culpa suya que no hubiese libro. El productor lo bajó de su auto y no volvió a buscarlo.
Auster nunca aclaró quiénes eran el políglota productor de cine y su esposa mexicana. Arriesgo una conjetura: sus descripciones evocan a Paul Julius Kohner, productor de cine entre 1920 y 1988, de origen austríaco, quien hablaba seis idiomas. “Pancho” Kohner conoció en 1929 a la actriz Lupita Tovar (nacida en Matías Romero, Oaxaca) durante el rodaje en versión castellana de Drácula, de Todd Browning. El matrimonio duró hasta 1988, cuando el empresario falleció. La decana del cine sonoro mexicano vivió 106 años, hasta 2016.
En el año 2000 Lupita Tovar tenía 90 años de edad. Si era ella la Madame X de Auster, quizá por consideración hacia la veterana ex actriz el novelista evitó identificarla, pese a que Renato Ravelo le insistió al entrevistarlo para La Jornada. “Auster en Oaxaca: dos magias que se sonrieron al reconocerse”, resumió el periodista mexicano sobre ese encuentro del autor neoyorquino con el entorno oaxaqueño, hace casi un cuarto de siglo.
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Vista al patio (final)

Colaboraciones
Antonio Pacheco
En la entrada de una tienda próxima, tres hombres conversan también sin protección. En la calle hay varios autos circulando. «¿Fue en la primaria? La Nati me dijo que no habría clases y no fui, y al rato voy viendo a los chamacos que regresaban de la escuela». Pasa de largo la rosticería en la colonia. El sol le quema la piel; le calienta el pelo bajo el gorro. Siente los pies entumecidos, pesados. El sudor se acumula alrededor de sus labios. Mira gente en las aceras, sobre bicicletas, bajando del puente, en el puente, formada frente al mostrador de la rosticería del periférico. No se detiene. «¿Es que, así como fui la única que no asistió aquel día a la escuela, soy la única que ha estado encerrada todo este tiempo?». También hay gente en el Parque del Amor y, lo ve a través de las ventanillas, en los camiones del transporte público, donde además de los que viajan sentados, van otros de pie. La mayoría con cubrebocas. Se quita el suyo, harta de respirar su propio aliento viciado. Un malestar le hace saber que está apretando de más los dientes. Dobla a su izquierda, sobre Nuño del Mercado. Se embarra el sudor de los labios en el dorso de la mano y vuelve a ponerse el cubrebocas. Conforme avanza, siente la mandíbula endurecida otra vez al comprobar que la Central vive un día de plaza cualquiera. En uno de los locales, sin detenerse, mira un televisor encendido. Rodrigo Rentería y otros conductores ensayan pasos de baile entre grandes risotadas. «No parecen, son siempre tan felices. ¿Y cómo no, si los protege ese cristal?».
—¡Veneranda! —Escucha en el cruce de calles donde inician las largas filas de puestos. Es la joven que atiende un negocio de ropa cerca de los molinos—. ¿Por qué ya no volviste?
—¿Al trabajo? Porque todavía no abren, ¿por qué más? —responde sin tratar de suavizar su tono de voz. Da paso a uno de los taxis colectivos que hizo sonar el claxon.
—Pero si nada más cerraron unos días, pensé que habías renunciado.
Quiere contarle que su patrón le mintió, pero la detiene imaginar la lástima, o la risa, que podría provocar en la otra. El olor a lodo proveniente del río Atoyac le invade la nariz pese al propileno que la cubre.
—De todos modos, yo le dije al señor que no sabía si iba a volver —dice y de último momento decide no fingir la sonrisa.
—¿Y te dieron algo de gratificación por los años que estuviste?
La deja esperando la respuesta y continúa a paso lento. Una mujer le roza las piernas con sus morrales de los que asoman tallos de verduras, y un hombre con un mandil de mezclilla la empuja casi al tiempo que le ofrece disculpas. «Cuánta gente con sus bolsas llenas. ¿Y yo?, pensando que era un lujo comerme un pedazo de pollo. Y yo que llevo no sé cuánto tiempo encerrada sin comerme ni un plátano, y que, además, aunque traigo para comprármelo, no me lo voy a comprar porque, ahora más que nunca, tengo que cuidar lo poco que me queda. Y yo que voy a volver por donde vine a encerrarme otra vez y ya no sé si porque le tengo miedo a la chingadera esa o porque soy una pendeja. No, no soy yo la que está mal, son ellos».
—¡Pinche gente irresponsable, por su culpa vamos a tardar más en salir de esto! —dice fuerte.
Advierte miradas sobre ella un instante.
—¿Qué dijo? —Escucha que pregunta una mujer detrás de un canasto con limones a otra detrás de un tablón con quelites.
—Que somos unas pinches viejas irresponsables, pero quién sabe por qué —responde la otra—. Tal vez porque nos dispusimos a que mejor nos matara la enfermedad y no el hambre.
Veneranda continúa alejándose, pero alcanza a escuchar a la de los limones.
—¡A la pendeja la ha de mantener su macho o el gobierno, por eso está toda tripona!
Con pasos largos se dirige a la cancha de basquetbol atrás de los puestos de frutas. Revisa que no haya nadie cerca, saca el teléfono de su seno y le marca a Lucha.
—¡Hija de la chingada! —le grita apenas la escucha responder.
—¿Y ora? —pregunta la voz del otro lado, en medio de la risa.
—Tú sabías que yo había pedido un café y un pay nada más.
—¿De qué hablas, manita? —dice Lucha, se oye ri sueña todavía.
—De que eres una culera. Ese día en el restaurante dijiste que dividiéramos la cuenta entre todos y ustedes tragaron más.
—¿Hablas en serio? —Lucha ya no ríe.
—Sí, encajosa. Sabías que lo mío era menos, pero te valió madres y me hiciste pagar ciento ochenta pesos más. Y todavía tuviste el descaro, el descaro, Lucha, de decir que había que volver.
—Ay, Veneranda, pues nos lo hubieras dicho.
—Sí, cómo no, ¿para que se burlaran de mí?
—Nadie se hubiera burlado, Veneranda, pero tranquila, de que pase todo esto yo te llevo tus doscientos de diferencia.
—¡Ciento ochenta, Lucha, fueron ciento ochenta!
—Bueno, yo te llevo doscientos, no hay problema.
—Claro, no tienes problema en darme ciento ochenta o doscientos, ¡pero ese día te valió culo si los tenía o no!
—Ay, manita, tengo que colgar porque estoy viendo una peli. Luego paso a dejarte tu dinero, ¿va? Bye.
Otra vez el dolor en la dentadura cede en cuanto relaja la mandíbula. Su respiración sigue agitada y percibe una mezcla de olores ácidos. La pantalla del teléfono, tras un parpadeo, se oscurece. Vuelve a guardarlo en su seno. La esquina del aparato le golpea fuerte la carne. Se arranca el gorro y los lentes, se acomoda de un tirón el cubrebocas, sale de la cancha y, abriéndose paso a empujones, camina entre vendedores ambulantes que gritan sus ofertas y marchantes que avanzan apretujados entre coloridos toldos de lonas bajo el azul del cielo.
Fragmento del libro Afuera está el abismo, que se presentará el 16 de mayo en Espacio Cultural Casa Bestia con la participación del autor, la editora Nalley Tello Méndez, la escritora Liana Pacheco, Aidé Sánchez y el pintor Hugo Tovar.
Un mundo que suele ser invisible
Jorge Pech Casanova
En Oaxaca, desde las publicaciones de editoriales independientes (sin relación alguna con empresas que así se apodan pese a recibir subsidios millonarios del gobierno), una corriente de nuevos narradores reconfigura el mapa de la escritura creativa en ese estado, al cual se insiste en considerar despojado de una literatura propia.
Una voz destacada en ese grupo de nuevos narradores es Antonio Pacheco, autor que publicó su primera novela, Centraleros, en 2021. Un año antes había publicado su primer libro de cuentos, titulado Sol de agosto.
En este año, con el sello de Almácigo Ediciones, Antonio Pacheco da a conocer un nuevo volumen de narraciones, Afuera está el abismo, que el autor prefiere considerar historias antes que cuentos. En estos relatos, de realismo palmario, destaca la recreación de personajes marginales o marginados en una sociedad vulnerada por la violencia, la discriminación y los apuros económicos.
Los personajes de estos relatos se dirigen a su propia aniquilación o al estancamiento en situaciones de soledad, fracaso o marginación. En un momento en que la propaganda política se dirige a hacer invisible la existencia de una población en crisis por el desamparo económico y afectivo, Afuera está el abismo nos urge a empatizar con las personas afectadas por esa realidad de las sociedades contemporáneas.
Con los temas y los personajes que recrea, «Afuera está el abismo» se convierte en un libro de inusual apertura a un mundo que suele ser invisibilizado. Aunque se adentra en ambientes sórdidos o desoladores, la comprensión hacia los personajes evita que el volumen se enfrasque en los clichés, las visiones unívocas y el regodeo en aspectos repelentes de un sector social cuya representación en la narrativa mexicana suele ser un estereotipo.
Antonio Pacheco Zárate nació en 1974. Es originario de Santa Catarina Juquila, Oaxaca. Escritor autodidacta, amplió su formación en foros literarios de internet y el Colectivo Cuenteros. Sus cuentos se han publicado en periódicos locales, revistas, portales literarios y en diversas antologías.
Tomado del libro de reciente aparición Afuera está el abismo, ofrecemos el final de la historia «Vista al patio», cáustico atisbo a la vida de una mujer marginada por su apariencia física y por el aislamiento forzoso decretado durante la pandemia de Covid. Empleada de una tortillería, la protagonista es enviada a su casa “hasta nuevo aviso”. Se recluye en su departamento donde se entrega a una existencia solitaria, paliada por sus fantaseos, hasta que la necesidad la obliga a salir al mundo exterior. Allí encontrará una realidad que la tomará por sorpresa.
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Crónicas del Futuro

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Quince de agosto de 3127. Los caminos de esta provincia inexplorada son un tormento. Avanzamos con cuidado, atentos a todos los peligros y dificultades que acechan en la ruta. Nuestros antiguos mapas son imprecisos y no nos permiten avanzar con la rapidez que quisiéramos. Hoy por la tarde encontramos las primeras dunas. Un inmenso desierto se extiende delante de nosotros.
Los equipos porteadores se han desbaratado a medias. Levantamos los restos después de una fuerte tormenta que derribó nuestros zancos, tres días después de caminar por el desierto sin ningún obstáculo. Perdimos varias ovejas, eso reduce el agua y las provisiones.
Michaux insiste en que el monasterio debe mostrársenos para encontrarlo, pero sin cesar el movimiento que la búsqueda nos exige. Algunos miembros del grupo creen que estamos cerca del borde del desierto porque entramos a él por uno de los extremos. De tanto en tanto surgen ante nuestros ojos montañas y valles que se esfuman.
Sombras de columnas y amplios frontones fantasmales se perciben alrededor, en medio del vacío calcinante de las arenas, como si estuviéramos cubiertos por una sustancia inmaterial. Sentimos un magnetismo que va creciendo conforme caminamos. La tensión es tan fuerte que paraliza a las ovejas. Con mucho esfuerzo seguimos.
El monasterio se materializó delante de nuestros ojos asombrados. Un silencioso monje nos franqueó el acceso y nos condujo a una estancia para descansar, comer y refrescarnos. El recinto era de piedra y parecía intemporal. Decidimos que Michaux hablara por todos.
En la estancia las horas apenas se desgranan y el silencio es reconfortante. Nadie ha venido todavía. Se escuchan cantos de voces graves en sordina. Quizá hemos llegado a establecer contacto con el Centro perdido. Ninguno de nosotros se atreve a decirlo. Estas inteligencias fundamentales perciben los pensamientos.
Otro monje silencioso nos condujo por anchos pasillos hasta un alto edificio excavado en la roca. La luz que bañaba la atmósfera tenía un tono dorado. El venerable nos recibió en representación del abad. Frescos que parecían ser muy antiguos adornaban el imponente salón. Nos sentamos a su alrededor en redondos cojines y preguntó qué queríamos.
Michaux explicó que necesitábamos orientación y ayuda en la tarea que nos habíamos propuesto: contribuir al surgimiento de una fe que resolviera la anarquía existente y estableciera un vínculo entre los hombres y el cielo. Evitó decir: entre los hombres y Dios. El venerable no comentó nada y nos permitió retirarnos.
Soñé con Parisgótica, la ciudad que dejamos atrás hace tantos años que lo he olvidado. El tiempo no aparenta transcurrir en este lugar. Uno de nosotros, vagabundeando por ahí, descubrió el lugar de las bailarinas sagradas. Gurdjieff dijo la verdad y ahora, muchos siglos después, lo sabemos. Dudamos entre deslizarnos en secreto al gineceo o hacer que se nos invite.
Pedimos al monje que solicite el permiso del abad. El tiempo pasa sin pasar y él regresa para llevarnos al sitio. Los movimientos de las bailarinas, hechos alrededor de postes de marfil grabados con símbolos desconocidos, desprenden capas del espacio y aluden a conocimientos que se nos escapan. La música que hacen tres hombres altos con dos instrumentos de cuerdas y un pandero cuenta cosas secretas que sin entender comprendemos.
El efecto de las danzas sigue entre nosotros. Los altos árboles de marfil utilizados por las mujeres han quedado grabados en el recuerdo como si estuvieran a punto de ofrecer una revelación intangible. Reposamos en la tranquilidad. “Ataraxia”, dijo uno de nosotros. Hoy a la distancia advertí el baño de las bailarinas.
Si la leyenda es cierta, alguna vez un hombre hizo el amor con una de ellas. Nunca fue más allá de este punto y la Ciudad Velada, el Centro, no se le mostró. Las mujeres tienen voces de sirena. Es difícil escucharlas y resistirse a su llamado. Me acerqué al estanque por la tarde y tres de ellas escaparon desnudas entre risas.
Requerimos regresar ante el venerable. Michaux decidió hablar de lo que tanto nos significaba, pero el venerable lo interrumpió. Dijo que nuestro empeño quedaba fuera de nuestro alcance del mismo modo como nosotros no éramos parte de ninguna tradición. Después guardó un silencio que fue como una evaporación.
Completa falta de ansiedad, así es este lugar. Las tajantes palabras del venerable nos paralizaron. En medio de la profunda calma surgía la resistencia. Decidimos aguardar algo que no sabíamos. Quizá una recapacitación. Nos parecía que apenas llegábamos a un espacio donde ya habíamos estado. Familiar y ajeno.
Salí por la noche. Había luna llena y escuché voces que provenían del estanque. Cuando entré al agua una silueta pasó rozándome. La grupa de la bailarina me excitó y fui tras ella. La tomé brevemente de los brazos antes de que se librara de mis manos con la agilidad de un pez. Su cuerpo brilló al huir bañado por la luna.
La voluntad de todos va disolviéndose. Michaux dice que quizá muchos de los secretos moradores del monasterio son hombres que lograron llegar hasta acá con otro afán cuya única tarea consistía en llegar hasta acá. Decidimos preguntárselo al venerable, que no ha contestado a nuestra petición para visitar al abad.
Otros como ustedes, en épocas menos oscuras, también llegaron hasta acá. El abad puedo ser yo o no y el Centro éste o no. ¿En qué cambia eso las cosas? Volvemos a presenciar la tajante indiferencia del venerable. La nuestra parece ser mayor. Ninguno recordó la misión del culto fundacional del que hablamos hace ya quién sabe cuántos días.
Quisiera yo ser bueno conmigo en todo. Repito en un susurro esa línea de un poeta de hace once siglos. Quizá es lo que todos sentimos envueltos por este tiempo inmóvil. Volvemos a ver a las danzantes, son parte de la sosegada plenitud: árboles sabios y agua de plata. Hoy soñé con la sirena del estanque. Volveré.
Surge la duda en alguno: ¿nos expulsarán evaporándose? Salgo por la noche de nuestro refugio y voy hacia el estanque que luce solitario. Floto en sus aguas acariciantes y corpúsculos de luz tocan mi cuerpo. Dos mujeres nadan en el fondo como ondinas. Son iguales. ¿Será una de ellas mi fugaz prisionera? Desaparecen.
Discurrimos sobre la necesidad de medir el tiempo. Nadie sugiere otra vez poner un plazo para nuestra partida, como si ya no interesara avivar los débiles rescoldos de aquello que éramos antes de ser aceptados en la Ciudad Oculta. Lo que pensamos lo sabe el venerable. Nosotros mismos no siempre necesitamos hablar.
No tenemos ninguna prueba de que en este lugar viva el Rey del Mundo, pero creemos que cuando menos es su antesala. Michaux habla del relato de la piedra negra y el venerable, en su sabiduría, muestra cierta perplejidad al rechazar que el descubrimiento del misterio pueda lograrse a través de textos mutilados. Pero ustedes están aquí, dice, y por primera vez sonríe.
El título designa un principio, no a un personaje histórico o legendario. El venerable acepta lo que afirman nuestros precarios conocimientos, nuestra incompleta trasmisión: el título es para Manu, el legislador primordial y universal. No nos dice si su asiento está aquí. Ni siquiera se le pregunta.
“Inteligencia cósmica que refleja la luz espiritual pura y formula la Ley”. El venerable usó los mismos términos escritos centurias atrás por Guénon. Así llega a nosotros cierta antigua energía. No es que haya luna de nuevo en la noche, uno la desea y la logra ver. Por un instante creímos escuchar las voces de las bailarinas acercándose a nosotros.
Camino sobre las piedras en este mundo más real y entro al agua, que siempre que me toca me disuelve. La sirena que surge a mi lado me rehace y la sigo bajo el agua hasta salir en un bajo del estanque. La recorro con mis manos. Ella responde complaciente. Sexo cognitivo. Después sé que he cometido una transgresión.
“Agartha, Agartha, Agartha”. Eso escucho entre los jadeos de la mujer mientras se entrega. Al poseerla la pierdo. El venerable ha dejado de llamarnos y por momentos el contorno de los que nos rodea se desvanece. Michaux dice que debemos aguardar. El tiempo se detiene y luego corre de nuevo. No soy el único que en el estanque conoció mujer.
De todos modos nos habrían echado, convenimos, cuando el desierto nos volvió a rodear. Nos ponemos en marcha sin saber adónde iremos. Damos vueltas en círculos hasta que cae la noche y vuelve el día. Empezamos otra vez y otra vez, como si el imán de la Ciudad Invisible nos fijara a un hilo.
Detrás de una duna nos esperaba el venerable. “El Rey del Mundo no va con ustedes”, dijo sin palabras, e indicó con su caduceo el camino que nos sacaría del desierto. Escribo todo esto sobre tierra sólida. El pantano de arena ya quedó atrás. En el grupo prevalece una sensación de distancia. Las cosas se miran como si fueran copia de las cosas.
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Extrañas anticipaciones

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. Epimeteo y Prometeo
Dos hermanos. Epimeteo «ve hacia atrás» y Prometeo «ve hacia adelante», roba el fuego divino para dárselo a los hombres y es castigado por Zeus. Su condena es que un águila devore su hígado por toda la eternidad. Sin embargo, hubo una negociación y Quirón ocupó su lugar. ¿Sabía Prometeo que sería liberado cuando robó el fuego divino?
En ocasiones los escritores, sin saberlo, «ven hacia adelante» como Prometeo. Narran eventos que les suceden a sus personajes sin saber que están describiendo lo que les va a pasar a ellos mismos.
II. Alexandr Pushkin y Eugenio Oneguin
En su famosa obra -que luego Tchaikovsky convirtió en ópera- el gran poeta ruso nos narra el duelo entre Oneguin y su amigo Lensky. Eugenio lo mata. La muerte de Lensky es una descripciòn casi exacta del duelo que Pushkin tuvo con George-Charles D’Anthés, a causa de la mujer del poeta, Natalia Goncharova. Pushkin describió su muerte, como si supiera…
III. Marguerite Yourcenar
El último libro publicado en vida de la gran escritora francesa es La voz de las cosas. Transcribo la página, escrita por ella, que abre esta recopilación de pensamientos, aforismos y sentencias provenientes de distintas épocas y tradiciones, un baúl de belleza y sabiduría:
«El 3 o el 4, encontrándome en el hospital de Bangor, en Maine, donde estaba hospitalizada después de dos días, y habiendo sufrido esa mañana un angiograma, Jerry Wilson, quien había llegado de París dos o tres días antes para cuidarme -él mismo enfermo-, colocó entre mis manos la admirable placa de malaquita que yo había regateado repetidas veces, en 1983 y 1985, en Nueva Delhi, con el objeto de regalársela, y la cual finalmente le di el 22 de marzo pasado, para su cumpleaños, cuando a su vez él estaba hospitalizado en Maine. No la había abandonado desde entonces. Pero sin duda mis manos estaban débiles y yo misma un poco adormecida, ya que sentí deslizarse algo, y un ruido ligero, fatal, irreparable, me despertó de mi sueño. Estaba desconsolada por haber destruido de ese modo y para siempre ese objeto que tanto había contado para nosotros, esa placa de mineral de diseño perfecto casi tan antigua como la tierra. ¿De qué depósito cien veces milenario vino para esperarme dos años con un joyero hindú, para después pasar y repasar dos veces el Atlántico en manos de un amigo al que quizá no le quedaba mucho tiempo de vida? ¿De qué Himalaya, de qué Pamir? Pero el sonido de su fin había sido bello… «Sí, me dijo, la voz de las cosas». Hubiera querido regresar a la India para recuperar para él otra placa tan bella como ésta. Por eso decidí nombrar La voz de las cosas a este pequeño libro, donde nada o casi nada es mío, salvo algunas traducciones, pero que me ha servido como libro de cabecera y libro de viaje durante tantos años, y a veces, como reserva de valor». (Marguerite Yourcenar, octubre de 1985-junio de 1987.)
IV. Memorias de Adriano
Yourcenar escribió esta novela de 1948 a 1951. Para poder pensar como el emperador, leyó en griego y en latín los 1,500 libros que Adriano debió haber leído. El entrevistador de la televisión francesa Bernard Pivot le preguntó: «Flaubert dijo «Madame Bovary soy yo». ¿Puede decir usted «Adriano soy yo»?». Yourcenar contestó: Non, je suis devenue Hadrien (“No, me he convertido en Adriano”).
He leído esta novela cuatro o cinco veces -quizá más-. Estoy impartiendo un curso de literatura francesa y volví a hacerlo. Hasta ahora me fijé en un par de frases, que me habían pasado desapercibidas. Poco antes de su muerte, el emperador escribe:
«También los presagios se multiplican; ahora todo parece una intimación, un signo. Acaba de caérseme y hacerse trizas una hermosa piedra grabada que llevaba engastada en una sortija; un artista griego había trazado en ella mi perfil. Los augures mueven gravemente la cabeza; en cuanto a mí, lamento la pérdida de esa purísima obra maestra».
Yourcenar terminó Memorias de Adriano en 1951 y La voz de las cosas en 1987. La similitud no me parece un recurso literario. Más bien, como Prometeo, quizá cuando escribió, desde la voz de Adriano, sobre la pérdida de «esa purísima obra maestra», Marguerite estaba anticipando la destrucción de la pieza de malaquita verde que cayó de sus manos débiles poco antes de su muerte.
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Saharasia (dos poemas)

Colaboraciones
Nallely Guadalupe Tello Méndez
¿Para qué sirve el fuego sobre la arena?I
El viento nos arrastra.
Somos dos piedras que al chocar,
se iluminan.
Antes que desierto, mar.
Si todo cuerpo tiene memoria
se ahogará la flama.
¿Para qué sirve el fuego sobre la arena?
II
No necesito el fuego.
Repártanlo.
Me quema el frio.
III.
El fuego cauteriza los pies que herí.
IV.
A veces la prisa nos confunde.
No soy el desierto,
Nada es su final.
Mi origen es un espejo, agua.
Arena
cubierta de huellas rectilíneas
es ahora mi cuerpo.
Los hilos de cobre en mis manos lo indican:aquí hay agua.
Un brazo de mar golpea la memoria:
Las vacas fueron hacia el pozo,
y mi abuelo
lloraba.
Entonces,
florecieron grietas
que he comenzado a restaurar:
La niña que tiré del puente
no sabía nadar.
Tuve que romperme un tobillo
para salvarla.
Ambas fuimos curadas de espanto.
Las maldiciones,
como las vacas que se ahogaron,
envenenan.
No es por sed que busco el agua.
Quiero regar las flores sobre mi tumba.
Lección para remontar calamidadesUna de las voces más interesantes de la literatura oaxaqueña actual es la de Nallely Guadalupe Tello Méndez, poeta, narradora, editora, radialista y activista. En el panorama de las nuevas escritoras de Oaxaca, Tello Méndez se inscribe con la multiplicidad de proyectos que asume como intereses vitales.
Con la experiencia de la editorial Pez en el Árbol, concluida en 2022, la autora se integra en una nueva y muy prometedora iniciativa editorial, Almácigo Ediciones, que vincula su propuesta a un definido afán de difundir textos literarios, reflexiones en torno a la defensa del patrimonio natural y comunitario de Oaxaca, así como obras dedicadas a la sanación en un entorno crecientemente adverso al bienestar, y publicaciones dedicadas a las niñeces, no sólo para su formación y esparcimiento, sino para visibilizar la postura de las infancias en una sociedad centrada en las personas adultas.
En un estado donde proyectos editoriales del capitalismo depredador suelen presentarse como falsas opciones de independencia cultural, Almácigo Ediciones se coloca en la vertiente de la sincera independencia, con un capital exiguo, libros de gran calidad —como el poemario Saharasia, de Tello Méndez, y Afuera está el abismo, del narrador Antonio Pacheco—, así como próximos títulos que abarcan el pensamiento crítico sobre sectores invisibilizados de la sociedad, propuesta que desde el surgimiento de Almácigo Ediciones ya atrae a autores y editores de Latinoamérica que apuestan por una independencia que no es gratuito calificar de auténtica, en contraste con algunos proyectos financiados con fondos públicos, que se hacen pasar por “independientes” mientras reciben un obsceno patrocinio oficial.
En cuanto a Saharasia como obra poética, hay que insistir en la singularidad de la expresión de Nallely Tello Méndez, pues a cuatro años de su primer libro de poesía, La tierra que nos separa, su nuevo título nos entrega una expresión contundente a la vez que tersa, sobre situaciones y circunstancias fragosas, convirtiéndolas en lección para remontar calamidades dentro de un orden secreto que afirma la vida más allá de los quebrantos.
Como todas las personas, Nallely Tello ha atravesado ciclos de sucesos cuyas incidencias la hicieron descubrir esperanzas, desengaños y resoluciones, los cuales rememora para configurarse un camino en el mundo. Deja constancia de su paso por un hábitat que transfigura en personal desierto, en solitaria caravana por un yermo que subyace en la comarca de sus hábitos, donde no escasas frondas y un sosegado río la reciben día con día.
Nallely Guadalupe Tello Méndez nació en Santos Degollado, Oaxaca. Maestra en Sociología, ha colaborado en el colectivo editorial y radiofónico Pez en el Árbol. Su primer libro fue La tierra que nos separa (2020, Casa de las Preguntas, Dilema Edicion-es, Pez en el Árbol). También ha contribuido a las antologías Como si estrechara tu cuerpo. Poetas nacidos entre 1970-1989 (2019, Dilema Ediciones) y Escribir es lo desconocido (1450 Ediciones).
Jorge Pech Casanova
Saharasia de Nallely Tello Méndez se presentará en el centro cultural La Jícara de la ciudad de Oaxaca el jueves 2 de mayo a las 18:00 horas, con la participación de la autora y de Jessica Santiago, Tamara León, Alan Vargas y Jorge Pech Casanova.
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Debatirse en lodo

Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
En julio de 1998 Christopher Domínguez-Michael publicó en la revista Vuelta un desdeñoso artículo sobre la crítica literaria titulado “Elogio y vituperio del arte de la crítica”. La prestigiada publicación mensual había perdido la conducción de su fundador, Octavio Paz, quien falleció en abril de ese año, y a sus páginas no les quedaba mucho tiempo de vida: concluyó sus apariciones al siguiente agosto.
En su artículo de 1998, Domínguez-Michael hablaba del crítico como de un autor condenado a mantenerse en la segunda fila de los creadores literarios, y aun forzado a ejercer la repelente tarea de crítico de la realidad. Inclusive tachaba a críticos de “terroristas” como Jorge Aguilar Mora, quien se atrevió, durante la vida de Paz, a exhibirlo por su venalidad política.
Christopher Domínguez, en ese artículo, manifiesta la renuencia de un sector de la intelectualidad mexicana a entrar en debates de ideas, pues según su visión de la crítica, ésta no puede contribuir a modelar la realidad, sino, acaso, a herir vanidades (como la gran vanidad que caracterizó a Octavio Paz y caracteriza todavía a sus entenados).
“No creo —enfatiza Domínguez-Michael— que un crítico pueda, realmente, destruir una reputación. Logra hacer algo más peligroso: herir una vanidad. Los daños a la reputación son reparables. Pero los mordiscos a la vanagloria jamás cicatrizan, por más fasto que sea el destino mundano de la víctima. Y a mayor reconocimiento público, más duelen esas viejas y pequeñas heridas”.
Sin importar que el pontífice literario Paz hablase de la “pasión crítica”, para su entenado la crítica cumplía una función ingrata por molesta pero inevitable para mantener a raya las vanidades de los autores. Su descreimiento con respecto a la eficacia transformadora de la crítica apelaba a ejemplos de la limitada crítica mexicana y al de algún anticuado francés, como Saint-Beuve.
No aludía siquiera Domínguez-Michael a la crítica rigurosa y efectiva de autores como Edmund Wilson y Susan Sontag, en el medio anglosajón, o a la eficiente de autoras como Raquel Tibol o Teresa del Conde, por sólo citar un par de ejemplos latinoamericanos. Y, por cierto, Domínguez ni siquiera intentó aludir a las magistrales enseñanzas críticas de Jorge Luis Borges, Enrique Anderson Imbert o Ángel Rama. Inclusive se atrevió el resentido autor de Tiros en el concierto a calificar de “infames” a grandes creadores literarios como Eduardo Galeano y Mario Benedetti, poco reconocidos pero muy atendibles en su crítica literaria. Y en su crítica de la realidad sociopolítica, por supuesto.
Así, Christopher Domínguez prolongaba en su texto publicado en Vuelta la actitud despectiva de su valedor Paz, quien a lo largo de su vida evadió entrar en polémicas con críticos de su obra, al tiempo que se reservaba la potestad de criticar lo que le viniese en gana por su “pasión crítica”. Fiel a su sistema de contradicciones llamativas, Paz apelaba en sus sentencias a una noción de crítica contaminada con visceralidad: crítica fundada en arrebatos antes que en raciocinio o análisis (como la que Paz hizo firmar a Enrique Krauze para atacar a Carlos Fuentes en 1988).
Quizá porque los “principales” representantes de la intelectualidad mexicana sostuvieron y aún sostienen tan soberbio desprecio por la crítica, sus seguidores —que en México no son pocos— actúan con similar desdén a la hora de participar en debates que debieran ser guiados por el raciocinio, y se convierten en competencia para el lanzamiento de lodo, de inmundicia. Y si los “intelectuales” demuestran tal aversión a las reglas de la discusión crítica, en una sociedad que se perturba ante análisis estrictos, ¿cómo pedir a actores políticos seriedad y compromiso en un debate?
El segundo debate por la presidencia de la república entre Jorge Álvarez Máynez, Xóchitl Gálvez y Claudia Sheinbaum se trató principalmente de una fallida competencia para lanzar lodo e inmundicia, empujada por la candidata de la cleptocracia, la rijosa y vacía Gálvez.
Prudente, la candidata Sheinbaum evitó enfrascarse en el lanzamiento de lodo, aunque no dudó en llamar corrupta a la cuestionada Gálvez. Álvarez Máynez también evitó los tortazos de lodo que la representante de la cleptocracia lanzaba con tanto frenesí como mal tino, convirtiendo el debate en una pobre imitación de las risibles guerras de pasteles de Laurel y Hardy.
El problema de lanzar lodo en un terreno donde debieran contrastarse propuestas, ideas y argumentos, es que el piso se vuelve resbaladizo y puede manchar a quienes no esperan transitar por un lodazal. Quien arroja lodo puede manchar a más de uno; sin embargo, quien se mancha ineludiblemente es quien primero recurre a la inmundicia para arrojarla.
Inclusive cuando un proyectil de inmundicia le atina a una víctima desprevenida, ésta puede optar por la digna reacción que consigna Borges en un pasaje de su Arte de injuriar: «A un caballero, en una discusión teológica o literaria, le arrojaron en la cara un vaso de vino. El agredido no se inmutó y dijo al ofensor: “Esto, señor, es una digresión, espero su argumento”».
En el debate presidencial del domingo 28 de abril de este año, La candidata Sheinbaum esquivó los tiros de lodo de su oponente Gálvez y ni siquiera le exigió argumentos. Actitud estoica no recomendable, pues estimula a quien arroja inmundicia a dejar el piso enlodado. Es necesario exigir que los debates se efectúen con argumentos y cuestionamientos válidos, no con lodo.
Debatirse en el lodo es a lo que se han habituado los integrantes de la cleptocracia que hoy encabeza Xóchitl Gálvez. Un espectáculo lamentable e irritante que no debe continuar, a riesgo de que la inmundicia en que patinan estos personajes comience a infectar la vida nacional. Y mientras tanto, se atascan en lodo las urgentes respuestas que están obligadas a dar las candidatas presidenciales y las autoridades todas, para problemas vitales como la escasez acuciante de agua, de vivienda y de seguridad.
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La lección multiabarcante del placer literario

Colaboraciones
Pura López Colomé
(Epígrafe: Uno de los poetas que más he admirado sostenidamente desde la primera vez que lo leí, Seamus Heaney, me confirmó que no había diferencia entre escribir un poema y traducir un poema. Así lo he sentido desde entonces, y con ese criterio me he dedicado a las dos vertientes. Ejerciendo lo que defiendo, comienzo ahora esta presentación con un par de estrofas originalmente escritas en holandés, traducidas al inglés después, y ahora al español. Pertenecen al poeta J.C. Bloem (1887-1966):
”Sube y baja la marea, ¡con tal regularidad¡
¿Qué eres corazón, por qué el temor,
A sabiendas, porque sabes, que la primavera es un alivio,
Corazón resplandeciente, como la marea, preciso, corazón?
Omnipresente, imperturbable,
Es la vida de la cual brota la muerte.
Y quejas, no. Ni la menor queja cabría
Ahora que los campos de centeno se mecen tras las ruinas.”)Cuánta razón tenía Goethe al señalar lo importante que es para un escritor contar con buena suerte en un principio. Creo, sin exagerar, que fue mi caso: entré a la Literatura con mayúsculas por la puerta grande: la obra de Alfonso Reyes. Otro de mis autores favoritos, William Wordsworth, atenazado por las dudas sobre el sentido y los orígenes de su vocación como poeta, se preguntaba: “¿Sería por esto/ Que aquel, el más bello de los ríos, con deleite/ Fundía sus murmullos con la canción de mi nodriza, / Y desde las sombras de sus alisos, y rocosas caídas, / Y sus estuarios y vados y bajíos, lanzaba una voz / Que rezumaba entre mis sueños?” Todas las proporciones guardadas, al entrar por primera vez a la Capilla Alfonsina en los años ’70, a mi vez me pregunté si por y para esto mi papá me había dado a conocer algo de los Cartones de Madrid en la adolescencia; supe por qué, pues, me había dado lo que, en su tierra, Yucatán, se conocía entonces como un “intransmisible”, el boleto de entrada a un festejo, en este caso, el de una obra cuyo deleite no se quedaría ensimismado, sino que me llevaría al de otras y otras y otras.
En su mundo he podido confirmar -paso a paso hasta hoy- que todas mis lecturas anteriores, las que hice en casa, en la escuela, en la universidad, incluso las que hago en esta época de mi vida, han tenido sentido: entrar a, para nunca salir de, la suya, la de Borges, la de Conrad, Vargas Llosa o Julian Barnes, por ejemplo, o la poesía de Shakespeare, Yeats, Seamus Heaney, Sor Juana, Neruda, Paz, Villaurrutia o Emily Dickinson; la de algunos de mis contemporáneos o de los jóvenes tan originales de la actualidad.
He ido comprobando la realidad de ese oculto fragmento del destino en su enorme Paideia, el contenido literario e ideológico de sus ensayos; su cadenciosa manera de recorrer la experiencia, deteniéndose en momentos significativos tanto de la cotidianidad como de la excepcionalidad; los gustos, los placeres, la hondura del pensamiento, haciendo escalas en las humanas tragedias, comedias, pantomimas y maravillas, dueño de una profunda y natural melodía/armonía prosística (según creo, lo más envidiable, con cuya semilla probablemente se nace), un sentido del humor sutil, sin obviedades, y una puesta en escena de paradojas reales, algo que sólo se puede dar gracias a un exquisito y poderoso intelecto. No resisto citar al menos un fragmento de sus cartas, donde dice exactamente lo que piensa, sin corrección política o decoro mal entendido. Le habla así a su amigo Pedro acerca de una de las cumbres de la pintura occidental:
“¿Tiene algún valor que te diga yo que Rubens me causa la impresión de pintar elefantes voladores, y que lo que más siento en sus cuadros (no es censura, es mi impresión, sin fabeleos) es el desequilibrio entre el peso de la materia y el dinamismo ascendente de que quiere dotarla? Rubens cree que las cosas gordas y las mujeres llenas de ampulosidad carnal suben al cielo en toda la opulencia de su materia; el cristianismo nos ha enseñado a imaginar que para subir al cielo hay que adelgazarse.”
He aquí al autor desplegando sus preferencias artísticas y masculinas, sin desaprovechar la oportunidad de criticar a quien le tiene reservas, como Fabela.
Reyes era un decidido amante de su patria, que no por serlo perdía la objetividad: reconocía la verdad costara lo que costara. Siempre dueño de la musicalidad total de su lengua al lado de un rigor intelectual ecuánime, equilibrado y conciso, nos pone delante cuestiones dolorosas que evidenciaban las heridas abiertas de todo un pueblo al lado de su luminosidad, cuestiones atávicas en apariencia incurables, los complejos colectivos e individuales, las falibilidades en contraste con un originalísimo y espontáneo ingenio, nuestra miseria y nuestra belleza, el somos todo y no somos nada comunicado merced a su dominio lingüístico, su profundo amor por la palabra, su elegancia, lo mismo en sesudos textos analíticos que en cartas muy personales. En una obra tan vasta como la suya, los ejemplos chisporrotean (resulta difícil elegir). Doy a continuación otro fragmento de mensajes exquisitos dirigidos a su amigo y colega Henríquez Ureña:
“Tengo esta teoría nueva que pienso exponer, pero que tú puedes usar desde luego si te parece: ganará con difundirse. En América necesitamos de escuelas alambicadas y complicadas, de escuelas que obliguen al escritor a rebuscar y a pensar, como el gongorismo y el modernismo. El gongorismo llenaba menos sus fines, porque era más palabrista que el modernismo y, en una época de pocas ideas y de aislamiento (como fueron los tiempos coloniales en América), tenía que parar en la confusión. Así y todo, los más elegantes poetas del siglo XVIII eran los gongorinos retrasados que competían con los seudoclásicos. En América hacen mucho daño las escuelas descuidadas, como el romanticismo: en ellas todo se vuelve ripio, y no sobreviven para las antologías sino pocas cosas. […] En México se perdió la elegancia de escribir casi por entero desde los sonetos gongorinos del siglo XVIII hasta la aparición de Gutiérrez Nájera. Somos pueblos ignorantes y necesitamos escuelas sabias y exigentes que nos obliguen a aprender.”
No en balde Antonio Alatorre recomendaba siempre su lectura, y cómo se lo agradezco. Si existe en algún escritor mexicano un acuerdo fluido y sin tropiezos entre las ideas que expresa, una actitud griegamente crítica en paralelo al disfrute de golpe, se encuentra en Reyes, de cuya mano me he dejado llevar desde entonces. Este timonel me ha permitido disentir de lo que propone; pero sobre todo y privilegiadamente, asentir sonriendo, sentirme a ratos su colega y siempre su alumna silenciosa.
Creo que cualquier lector de Reyes cantaría las mismas loas que yo. Pero no tendrá la misma historia de acceso, la misma manera de haberlo ido descubriendo para mantenerlo presente en la escritura propia casi sin querer. Cada vez que me sorprendo escribiendo frases torpes, rebosantes de relativos, repetitivas, fallidas, esas que Margit Frenk llamaba “frases chorizo”, tomo al azar un fragmento de las Obras completas y siento haber llegado a la Fuente Castalia, dispuesta a quitarme de encima polvo y paja. Doy un pequeñísimo ejemplo, un párrafo, de la invitación de este autor a su (y nuestro) universo griego. Dice en el proemio al Rescoldo de Grecia:
“El viaje que vamos a emprender por el mundo espiritual de los griegos […] toca únicamente los pulsos esenciales, deja en olvido lo accesorio, prescinde de puntos controvertibles, se atiene al enfoque definitivo […] sin entretenerse en la elaboración confusa […] Hoy hemos querido ofrecer una Grecia a la media calle.”
Y como Reyes posee la extraña virtud de poner en práctica lo que defiende, prefiere crear literatura: quiere lectores de todos tipos; nos invita con sencillez y hasta desenfado a entrar a cada uno de los temas que aborda, trátese de la cultura occidental, la historia de este país (que, por cierto, lo implica a él directamente); su poesía, sus cuentos, su crítica, su anecdotario, los placeres gastronómicos, sus avatares como escritor o docente, e incluso su correspondencia.
Confieso que llegué a la Capilla, allá en la prehistoria, en busca de Tito Monterroso, que impartía ahí un taller semanal. Pero Tito, con todo y la brevedad que lo caracterizaba al escribir o guiar, ya era muy famoso y taquillero, así que en ese momento no había cupo. Claramente, lo que con él se aprendía no correspondía a mi destino, al menos en ese momento. Sin embargo, gracias a Marco Antonio Campos me enteré de que la nieta de don Alfonso, Alicia, “Tikis”, ofrecía un taller donde no solamente hallé el nicho perfecto para mi soledad: conocí a mi gran Amiga con A mayúscula, Ana Castaño, y a unas cuántas personas más o menos de mi edad que ya contaban con escritos propios y lecturas variadísimas (desde Basho hasta Carlos Castaneda), así como sensibilidad y asombrosos elementos de juicio. Ahí, en Benjamín Hill 122 (el mismo número, cabalísticamente certero, de la casa morelense donde he vivido desde hace más de treinta años), a unas cuadras de la casa de otro de mis faros, José Emilio Pacheco, entre todos esos títulos maravillosos y lo que ahora constituye la memorabilia, su sillón de lectura, sus bastones, el títere de Valle Inclán que aparecía en un lugar distinto día con día, y tantos otros objetos cargados de significado, supe de la convocatoria al Premio Alfonso Reyes para Jóvenes Escritores, que representó un estímulo para leer más al autor y quizás intentar escribir sobre alguno de sus textos. Sin pretender compararme con los demás miembros del grupo, entre los que se contaba quien había ganado el premio el año anterior con unas divertidísimas cartas imaginarias entre Don Alfonso y un corresponsal inventado por él, reconocí mi falta de originalidad, aunque no me deprimí: decidí dialogar con Reyes “a mi guisa” (frase muy Alfonsina), según yo, como él parecía haberlo hecho de cierto modo poniendo a conversar a Elena y Aquiles, a su ingenio y su conciencia, o a su pluma y al duende de la biblioteca. Todo en un silencio obligado por un accidente que me cayó de no sé dónde y me calló abruptamente la boca, haciéndome suspender el trabajo con que me ganaba la vida: yo daba clases de inglés y de español en Berlitz, pero, con los dientes rotos, resultaba imposible. No hay mal que por bien no venga; lo que yo necesitaba era tiempo para concentrarme en la lectura. Y he aquí que volví a tener suerte con un segundo lugar que, casi por arte de magia, pasó a ser el primero al descubrirse en la información de la plica que el “ganador” ocupaba un cargo importante en la Universidad de Nuevo León (cosa que estaba prohibida explícitamente en la convocatoria). Sin hacerme muchas bolas y con toda humildad, acepté la distinción. Fue así como se publicó en el Boletín mi “Diálogo socrático en Alfonso Reyes”. Más adelante, por gusto y devoción, le dediqué mi tesis de licenciatura en la UNAM: “Las Tres Ifigenias: aproximaciones a Ifigenia Cruel”. En primer lugar, analicé en ella las Ifigenias de la antigüedad (Eurípides, Racine, Goethe); a continuación, me concentré en la Ifigenia Cruel de Reyes, pasándola por el filtro comparativo de Mallarmé, Valéry y las Ifigenias hispanoamericanas. Al final, hice del hijo del general Bernardo Reyes de la Oración, es decir, el propio Don Alfonso, una Ifigenia que huye ante los sucesos de la Decena Trágica en que murió su padre. En este trabajo caminé casi a solas porque, cosa muy extraña, nadie había dedicado estudios académicos a esta parte de la obra; y también porque quien se especializaba entonces en este autor, Ernesto Mejía Sánchez, estaba sumamente ocupado con otras responsabilidades.Desde aquellos años, fines de los ’70, no he dejado de leer y releer a Reyes. Por un motivo u otro, siempre termino acudiendo a su erudición sin pomposidades, a su prosa fluvial y llena de sentido. Tal como ha afirmado certeramente Adolfo Castañón, “no es que Reyes sea un autor prolífico; es más bien toda una literatura”.
¿Cómo medirse con la vara de Reyes o de Borges sin salir perdiendo? Para no descorazonarse, hay que intentar, sólo en la medida de lo posible, seguir su ejemplo. La lección número uno, acaso la central, es la congruencia, el no servir a dos amos. Se está inmerso en lo que uno eligió como compromiso, o tarde o temprano ese mismo quehacer cobrará aranceles, entre los cuales la desafinación irá ganando terreno. Así pues, desde un principio, he sabido que no poseo los dones inventivos del novelista o del cuentista. Me guste o no, me torture o no, exija lo que exija, me abandone por temporadas o me obsesione día y noche, la poesía es mi quehacer principal; de hecho, vivo en ella, aunque no la esté escribiendo, en lo que siento, lo que digo, lo que pienso, lo que sueño; en lo que construyo y en lo que destruyo. Con esto no pretendo pasarme de lista haciéndome la “inspirada”; simplemente estoy segura de que lo esencial de la poesía es el hecho de que en su mundo no se atenta contra la pluralidad de significados. En el poema, una palabra se dispara hacia la multiplicidad, un verso hace lo mismo, una estrofa también. De hecho, lo unívoco de la prosa, si ésta es poética, adquiere distintos timbres. Es ahí, en este ámbito, donde soy capaz de vivir, donde no reina la ficción, donde se va al grano a sabiendas de su subjetividad, del dolor que suele acarrear si se la toma en serio. A consecuencia, cuando escribo prosa, siempre voy de la mano de la poesía, de modo que solamente me siento a gusto con el ensayo literario. Y aquí, en esta zona, aunque suene inmodesto, me encuentro con Alfonso Reyes.
La oración, la biografía, la teatralidad y su impactoInmersa ya en la lectura de Reyes, oscilando entre su poesía y su prosa, otro golpe del destino me permitió no distraerme. En este caso, tuve la fortuna de presenciar la magnífica puesta en escena de Luis de Tavira de la Ifigenia Cruel entretejida con la lectura en voz alta de la Oración del 9 de febrero al fondo. Mientras Ifigenia, según yo absorbí al personaje, a un lado del escenario dejaba salir en palabras el humo negro de su duelo, su abandono, su soledad sin memoria, al otro, un actor joven, de espaldas, bajo la muy tenue luz de una lámpara sobre una mesita, representaba al joven Alfonso Reyes recordando y escribiendo acerca del horrendo asesinato de su padre durante la Decena Trágica, ocurrido treinta años antes. Sin el menor dejo de sentimentalismo y sí con el dolor vivo por lo que él llama “una oscura equivocación en la relojería moral de nuestro mundo”, Reyes dio cuerpo al general no como alguien infalible, ni siquiera como un héroe, sino como una víctima propiciatoria. De ingenuidad no tenía un ápice Bernardo Reyes. Era, en todo caso, un patriota con convicciones entregado a su deber, punto. Su brillante y muy inteligente hijo lo admiraba amorosamente, permitiéndose el lujo de poner estos sentimientos por escrito sin falsos pudores, echando mano de un estilo único, inimitable.
Lo que yo considero el gran acierto de don Alfonso es la creación de una entidad inasible, un espíritu aterrador, no imaginario, sumamente real, casi tangible, tanto como algunos sueños en que logramos recuperar a personas idas, muertas, que llegan hasta nosotros, se sientan a nuestro lado en la cama, y al encender la luz, comprobamos su visita en la forma que dejaron sobre la cobija; una especie de difuso recuerdo que nadie parece compartir, una aparición sólo para uno, una nube que lo sobrevuela todo y lo posee, más allá de la razón, de nuestros juicios o valoraciones literarias, y nos regala la verdad a cuenta gotas: no puedo ocultar el culto que le tengo a esa entidad llamada memoria.
Alfonso Reyes, entre otros grandes autores, al revelar su humanidad, esa “yegua que intenta salirse de su sombra”, me mostró e hizo confiar no en el engañoso e inbifurcable sendero de la retentiva, sino en el camino que borgianamente se bifurca, el dibujado por la memoria, que ahora identifico también con el trazado por el emblemático personaje de Lewis Carroll, algo transparente que llama, que convoca, que dice sí, sí, es por aquí, vas bien, no te distraigas, y al mismo tiempo, al dar en él los primeros pasos viendo una especie de horizonte a lo lejos, comienza a difuminarse para dejarme a solas ante los cuatro puntos cardinales, obligándome a cerrar los ojos y buscar por dentro el verdadero camino, el camino verdadero. Si bien en él me acompañan ciertas personas de manera fugaz, sí siento el constante aleteo de un ave invisible y sin agüero, que me atreví a llamar por su nombre al final de mi libro Borrrosa Imago Mundi de la siguiente manera:
Memoria que no muere con la muerteAlbatros suspendido
Albatros atrapado
en una nube, majestuoso
Albatros disecado
en pleno vueloEn estas dos obras de Reyes, la Ifigenia Cruel y la Oración del 9 de febrero, se revelan las puntas del hilo de oro de su vocación: nos conducen a todas las demás, propias o ajenas, las suyas y las nuestras, para encontrar el brillo central de la experiencia. En ellas se cifra el impacto de toda obra de arte cabal, eso que la hace ser lo que es: algo cuya lectura nos transforma, nos hace ver el mundo de otra manera. La Ifigenia inicial es tan humana que rezuma lo que cualquiera de nosotros conoce hasta la saciedad: el amor, el dolor, la desilusión, la devoción, la espiritualidad. Representa a Reyes dispuesto a todo por su patria y su padre. Una vez que las fuerzas oscuras lo hacen abandonar México lleno de horrendos rencores, incluso justificables, aprovecha la ocasión que el tiempo le ofrece para reflexionar: “Huyo de mi recuerdo y de mi historia, / como yegua que intenta salirse de su sombra”. Encarnado en la sacerdotisa y sacrificadora, permanecerá lejos, en el intento de poner coto a su furia. Obviamente no podía regresar al país sin sublimar lo que aún sentía. El rey Toas, con la templanza de quien se halla más allá de las pasiones, le da la clave de su curación interior, su purificación:
“Todo lo sé: la onda cordial desata,
cólmate de perdón hasta que sientas
lo turbio de una lágrima en los ojos:
Mata el rencor, e incéndiate de gozo.”Palabras estas que solamente se conciben en boca de un guía sabio. Siente el veneno que traes dentro y expúlsalo, aconseja, pues eres igual a los demás, igual a quienes han causado las heridas. Enfrenta tus recuerdos y sal de su misterio: escribe la Oración para perdonar. Sólo así serás digno de la libertad.
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Para concluir, daré lectura a un poema más o menos reciente, parte del libro de inminente aparición en el FCE, Expósita
De un hilillo pendela Verdad que dice Sombra… *
…como la savia
que por el tallo asciende,
vibra en su timbre
y se enciende;
apaga eso
que estaba de más
esa carga de la vida;
igual, cantando
en otro sentido,
pende la hebra al aire
de una bella telaraña rota,
previo reflejo del cosmos.
Sutil bordado
de viuda negra
llorando.
Sus lágrimas
minúsculas
resbalan
perfectas
como el rocío,
mientras las notas
reverberantes
se disolvían sin querer,
óvalos pálidos
en uno de tantos lechos;
y la sangre, ay la sangre
-sorda al desprendimiento
del otro hilillo flotante-
seguía su cauce
con espesa lentitud
trasladando,
sustanciando
la poderosa intención
de ancho río subcutáneo.
Demasiado peso,
demasiada pena
para un cuerpo común y corriente
cuyas redes interiores
habían soltado ya
tanta banalidad, tal indelicadeza.
Y yo instalada en el recuerdo de
la fuerza que por el verde tallo
mientras la viuda retenía
su misterio,
encerrado a piedra y lodo:
alguien a las dos
nos observaba
desde otra esfera
a punto de articular
el engañoso “aliento”
que me diría al oído:
será primavera
cuando esta luz
nos atraviese.
[Me soñé despierta, vigilando tu respiración pausada, tu sonrisa involuntaria con los ojos cerrados. De la nada, comenzabas a hablar. No entendía bien tus frases. Un remolino de palabras, sílabas sueltas, algo en torno a un tejido protector… un olvido de. Emisiones inconexas, eco vaporizando el ritmo de inhalación y exhalación. Me acerqué y aspiré el dulce aire frío. Principiaba el ciclo, según el calendario.]
Misterio encarna
la boca,
el burdo músculo interior
cuyo nombre confunde
lengua
con multiplicación
babélica y deseosa.
Ella permite también
cantar a coro
uno con uno,
en acrobacia
sobre un hilillo
de voz.
Que ahora lanzo a los cuatro vientos
suplicando al buen entendedor
al buen pastor
al buen misterio
a buen puerto llegar
a la buena de Dios
a buena hora,
que cure
este dolor
anónimo,
que nos toque la piel,
nos toque en suerte,
nos arranque
los acordes
que anuncien
el fin
dando fin
a esta falta atroz
de compasión.
[Sin la menor sombra de duda y comenzando por la sombra, la palabra, profeta en su tierra, se cierne sobre esta tierra adolorida. Un recuerdo aislado, sumergido en la emoción adolescente, ahora me grita que la elegía de W. H. en memoria de W. B. concentraba todas las respuestas. Me pone los cabellos de punta. Recuerdo haber leído esellanto atronador, dejándome penetrar por su verdad sin religión: “la poesía no hace que algo ocurra”, haberlo sentido en carne propia: no revive a mis muertos, sí deja en su lugar un canto fúnebre. Ese verso, tan manoseado, lleva después, en las frases contiguas, el relámpago, la tangible profecía, esa que nadie cita ni recita, en la que muy pocos reparan: “sobrevive en el valle de su decir … fluye hacia el sur, entre granjas desoladas, rebosantes de congoja, pueblos toscos en los que creemos y morimos; sobrevive, una manera de ocurrir, una boca”. En efecto, la poesía no hace nada (como se dice de un animal que parece violento y agresivo, pero también sabe llorar, echar cataratas de ternura por los lagrimales). No hace “nada”, (su decir) no hace daño. Solamente hace creer, hace mirar, hace pensar, hace llorar. Esta vox clamantis vaticinó lo que sí seguirá vivo. Nos iremos yendo uno por uno, de diez en diez, de cien en cien, de mil en mil, este afónico concierto de las almas. Nos iremos yendo. Con todo y lengua. W.B. “desapareció en pleno invierno”, según el calendario. Como mis sueños. O mis recuerdos.]
Mientras las cuerdas
vocales
sean
Primavera
Mientras los hilos
asciendan
por el tallo de la flor
Verano
Mientras la miniatura
de estas vidas
alcance y conmocione
Otoño
Mientras llega el invierno.
Mientras se vaya yendo.
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*Paráfrasis de Paul CelanEste texto es el discurso de recepción del Premio Internacional Alfonso Reyes en Humanidades 2023 otorgado a su autora, la poeta Pura López Colomé.
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Los otros entre nosotros

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
1. Uno siempre es otro para los otros, dijo Freud. Y los otros siempre son otros para uno, pienso yo, mientras en los pasillos van surgiendo presencias de un pasado que me parece mucho más remoto de lo que cronológicamente resulta, como si hubieran transcurrido varias vidas desde la última vez que anduve por aquí, hace unos años solamente. La Feria del Libro de Guadalajara es desmesurada, insolentemente grande, su valor es el número, siempre en crecimiento, y su sustancia parece haberse convertido en algo tan volátil que se esconde entre los laberintos de lo interminable. Y del vacío, que es la innecesaria abundancia del objeto. Su inútil multiplicación. Mientras más sean menos serán. Y hay tantos, tan incontables libros, que pareciera que no hay ninguno.
2. Una pícara jovencita, edecán de la feria, confiesa formar parte de una discreta brigada cuya función es llevar alumnos de prepa a las salas donde se suceden sin cesar las presentaciones de libros. Ella me garantiza que en la mía habrá público, así coincida con otras tres o cuatro presentaciones más taquilleras, entre las cuales una con merecimientos literarios que me harían preferirla a la mía, donde los presentadores serán amablemente hiperbólicos: son inusuales las fiestas de quince años donde un invitado ebrio proclame a voz en cuello que la festejada ya no es doncella, así como no hay presentación en la que se opine que el libro de marras es pésimo. Todo es cortés y comedido entre adjetivos de magnitud. Quien se los creyera literalmente diría que es un genio de las letras el que ahí se está dando a conocer, que un libro de culto ha surgido.
3. Y en medio de un tiempo cronometrado de antemano —más o menos cuarenta minutos porque a continuación vendrá otra presentación y después otra—, uno de los presentantes comete un dislate o quizá perpetra un acto de justicia mayor. “No lean nada, tampoco este libro”, dice al puñado de jovencitos entre azorados y ausentes que mayoritariamente componen la asistencia: “no lean nada, mejor vivan”. Parafrasea a Alessandro Barico, un autor que así provocó alguna vez a sus miles de lectores, sin duda un lujo arrogante debido a la abundancia y no a la carencia de ellos. Y califica las páginas de mi libro como un “desperdicio del vivir”. Las dos afirmaciones me saben a un elogio inmerecido.
4. Así surge una pequeña epifanía, pues lo dicho por este hombre me parece un hallazgo, un cadáver exquisito, una refinada deconstrucción. No representa un lapsus, porque es cabalmente consciente de lo que dice: no fue el lenguaje el que habló por él, como suele pasar cuando el habla nos habla. Tampoco supone un acto de cándida franqueza y falsa conclusión, como aquel que antaño me sucedió con otro presentador quien dijo: “Yo no he leído el libro de (aquí viene mi nombre), aunque estoy seguro de que es muy bueno”.
5. Sin embargo, debo aclarar una confusión explícita en la anti libresca afirmación del autor italiano multiventas aludido tan inesperadamente: vivir no impide leer, leer es una forma enriquecida del vivir porque leer es vivir una y otra vez. Y así lo argumento, pidiendo al público que no sea lo mío lo que se lea, pero que sin falta se lea. Menciono al yo vertical que genera la lectura contra el yo difuso provocado por la pantalla visual, cito un fragmento poético de Paz y hablo de la psicología de la mutabilidad actuante en la lectura. Invoco a Morin y advierto que el pensamiento se ha vuelto ciego y que la lectura es mirar de nuevo esta crisis de la humanidad incapaz de convertirse en Humanidad. Repito la norma canónica de que leer constituye vivir nuestra vida para multiplicarla en otras vidas: “¿Cuántos eres? Si no has leído sólo eres uno, si has leído eres muchos”. La Galaxia Gutenberg me guiña un ojo y en mi fuero interno el homo sapiens piensa en Rilke: “¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo.” O bien: leer es sobreponerse. Luego, es todo.
6. Escucho una conversación al deambular por los atestados pasillos de la feria, que quizá solamente (la conversación, pero acaso también la feria) ocurre en mi cabeza: “Kafka nunca presentó sus libros. Goethe tampoco. Kraus menos”, afirma una voz. “El primero dejó el encargo de quemarlos. El segundo fue una estrella mediática que nada más requirió publicidad de boca a boca. El tercero detestó a todos y a todo, pero leyó su escalofriante visión sobre los últimos días de la humanidad en salones vieneses llenos a reventar”, le contesta otra. “Pues yo quisiera hacer como aquel genio plástico cuando le pidieron su currículum y él propuso que sólo consignaran: Balthus es pintor”, concluye una tercera.
7. Veo al escritor multipremiado, al publirrelacionista, al convertido en personaje de su impostación, al amargado, al escondido, al que cree que será un autor póstumo, al incipiente, al arrogante, al humilde, al elogiador, al oportunista, al brillante, al auténtico, al silencioso, al estridente, al inseguro, al que se autopublica, al que no encuentra sus libros en los estands de las editoriales que los han publicado, al que los va sacando de un morral para regalarlos a conocidos que no conoce, al mendigo desdeñoso, al que se admira a sí mismo sin reservas, al pedante solemne, al que se odia sin pausas y con muchas prisas, al envidioso, al genio incomprendido, al que cree amarse sin saber que se detesta, al practicante del sagrado descontento, al que no entiende qué hace entre esa muchedumbre, al equilibrista del tedio, al narciso ahogado en su patético reflejo, al agorafóbico que ya se engentó. Todos han de estar ahí porque ser es mostrarse, ser es asistir. ¿Quién de ellos quemará sus mejores páginas una vez al año cuando menos, quién dirá de su propia escritura: despéñate, torrente de la inutilidad? En algún lugar que no es esta feria de las vanidades alguien está escribiendo sin importarle publicar. Es un autor misántropo, un apartado por decisión propia, no es miembro de la sociedad de la apariencia ni pertenece a la sociedad confesional. Él escribe, y ya.
8. La violencia de la positividad, del consenso único, del número creciente, del agotamiento por la sobreabundancia, del espanto por la superproducción, el superrendimiento, los multipremios, la sobresocialización. ¿A dónde irá esta oscura desbandada? ¿A dónde llegará? Los tantos libros, los tantos autores, los tantos no-lectores. Y los babélicos ejemplares impresos ¿alcanzarán el cielo próximo a los dioses o perecerán en el olvido de la disgregación?
9. Hoy recuerdo todo esto que fue ayer y todavía sigue siendo. Me pierdo una vez más en aquel jardín donde se bifurcan las distancias, las dudas, los sinsabores: ¿por qué, para qué escribir? ¿Para uno mismo, para el inesperado lector que ahora acude a estas líneas y al leerlas las vuelve suyas y así todo lo sabemos (escribimos) entre todos? ¿Para quién no le importan —“¡Ay!… Es que escribes bien complicado”—, y aunque las lea apenas les prestará atención? No es para demandar (aunque se debería) que el lector invierta en la lectura el mismo tiempo que le llevó al autor escribir el texto, según altiva e inútilmente exigió Joyce. Menos hoy, cuando aquel “animal lingüístico”, como los griegos antiguos llamaban a los hombres, no es común sino extravagante, atípico y un tanto loco, hoy cuando los muchos ignoran y desprecian aquel “duro deseo de durar” que la lectura encarna.
10. Estoy escribiendo una autobiografía en las tres personas del singular: un yo confesional, un tú conminativo, un él distanciador. Será una catarsis, un pasado en claro, una limpieza biográfica, un trabajo en lo echado a perder. Significa una intervención sobre mi tiempo existencial, un intento de corregir (comprender) lo incorregible. Su método escritural proviene del Jesús apócrifo: lo que saques que esté dentro de ti te salvará, lo que no saques que esté dentro de ti te destruirá. Alquímicamente simboliza un “Disuelve y coagula”. Será pykros, el agua amarga de la autocuración.Lleva por nombre El espejo. No tendrá lectores. Cuando la concluya la quemaré.
11. No hay actos gratuitos, así se cumplan sin testigo alguno.
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A leer!!!

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. Don Miguel y don William
En Los extraños reinos: Cervantes y Shakespeare, su autor, Fernando Solana Olivares, pone a dialogar a los dos genios de la literatura universal, cuya muerte el mismo día (23 de abril) dio origen al Día Mundial del Libro y la Lectura, que estamos celebrando estos días. Veamos:
«Cervantes: Le cuento un cuento que luego van a contar. Un autor desmelenado y hambriento, tanto de comida como de posteridad, hace un pacto con el demonio en la Biblioteca Británica. Podría volver dentro de un siglo, una tarde igual a esa, a revisar los catálogos de obras y recesiones. Variante A: Al hacerlo descubre que es famoso y canónico. Variante B: descubre que sólo se le conoce por un pacto con el demonio para regresar un siglo después y hacer una consulta. Se llamará Enoch Soames. No quiero leerlo.
Shakespeare: Puedo hablar sobre la duda, pero creo que hacerlo es tarea suya. Usted es corto de entendederas. Muy obsesivo».
Solana escribe estas líneas y, gracias a la magia de la lectura, estamos viendo/oyendo a los dos grandes maestros. Es lo que hace la lectura, nos permite ingresar a otros mundos, geografías, tiempos, sensibilidades.
II. La lectura como afirmación de la vida
En la entrevista/libro que Marguerite Yourcenar, Nuestra Señora de las Letras, concedió a Mathieu Galey, la autora de Opus Nigrum declara: «Cuando se ama la vida, es normal que se lea mucho».
Se lee por querer vivir más, por no quedar aislado en una caja de cemento –un departamento– o una casa, en medio del tedio de las rutinas de la vida cotidiana.
Se lee para soñar lo que no hemos vivido ni viviremos jamás. A menos que creamos en la reencarnación, no estuve en Roma en la época de Adriano, pero puedo estar allí gracias a Yourcenar.
Se lee para, a través de la lectura de otros libros, leernos a nosotros mismos. Desde que lo leí por primera vez, durante décadas leí una vez al año El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell. Cada año me fijaba en frases diferentes y me parecían menos interesantes otras que me fascinaban. Así, como un especialista en árboles ve los distintos anillos de la corteza de un viejo ejemplar, yo veo mis cambios en mis distintas lecturas del mismo libro.
Se lee para tener la vana ilusión de aprehender y comprender el mundo. Quizá alguien que no lee lo comprenda mejor, pero los lectores creemos que atrapamos el sentido evanescente de la vida al leer otras vidas en las novelas.
Se lee por placer, nomás, sin explicación ni teleología alguna.
III. Recuento de mis amigos
Intentaré para ustedes un recuento de mis amigos más queridos (no incluyo los amores, que se cuecen aparte, aunque un buen amor es siempre, también, una gran amistad).
Pienso en un puñado de amigos que me han acompañado a lo largo de la vida y en cierto modo la han moldeado. Muchos han sido también mis maestros: Andrés Albo, Andrés Ordoñez, Laura Emilia Pacheco, Hernán Lara Zavala, Mauricio Carrera, Martín Hernández Ponzanelli, Luis Lesur, Sergio López Ayllón, María Romero, Fernando Solana Olivares, Maribel Portela. Son once.
Van otros 11, se los presento:
Lawrence (Durrell). Su novela, El cuarteto de Alejandría y su prosa alucinante me han acompañado siempre. Sin él, no sería yo.
Marguerite (Yourcenar). Su personaje Zenón y su capacidad de duda me asombran. Sin ella, no sería yo.
Mijáil Afanasiévich (Bulgakov). La alucinante historia de Messere Voland y su llegada a Moscú, acompañado del gato Popota, me hacen feliz.
Gustave (Flaubert). Su amor por la escritura, la torpeza de Emma, la fascinación que ejerce Salammbô, me seducen y fascinan.
Vladimir (Nabokov). Ada y Lolita son también mis amigas. Humbert Humbert y Van Veen cuentan con toda mi simpatía.
Márai (Sándor). Los personajes femeninos de sus novelas me han estrujado el corazón, desde El último encuentro hasta La mujer justa.
Dinesen (Karen, la baronesa Blixen). Babette, su generosidad y su maestría gastronómica, me deleitan cada vez que releo ese cuento fundamental.
Elías (Canetti). Me ha hecho pensar, y también reír a carcajadas al ver la locura de Peter Kien, su sinólogo, su «cabeza sin mundo».
García Ponce (Juan). He de confesar que durante años tuvimos un ménage á trois, Inmaculada, él y yo.
Alejandro (Rossi). Acaban de salir sus Diarios. Fui su discípulo en un taller literario que coordinó. Me distinguió con su amistad.
Jorge Luis (Borges). Por haber escrito: «Por el arte de la amistad» y «Por el amor, que nos permite ver a los otros como los ve la Divinidad».
Sin estos 22 amigos, no sería quien soy (aunque, para mi gran fortuna, no son los únicos).
La lectura nos hace crecer y nos transforma, siempre y cuando nos entreguemos a ella sin reservas. Igual que con la vida.
Cerremos donde comenzamos: «Cuando se ama la vida, es normal que se lea mucho» (Marguerite Yourcenar).
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Inubicables: siete poetas

Colaboraciones
Prólogo
Esta breve explicación intenta dar una pista sobre la manera de acercarse a este libro, en el que los versos que lo componen son, de alguna manera, eco de otros versos, de las voces de otros autores, de la imaginería que surge en distintos contextos culturales. Los autores decidimos participar de la relación dinámica que se establece entre leer, interpretar y escribir.
En el verano de 2020, en pleno brote de la pandemia, siete personas de distintas edades, géneros, identidades, formaciones y procedencias decidimos conformar un colectivo para salir en busca de la poesía a través del ejercicio de la escritura de poemas. Nos nombramos Inubicables en un intento de manifestar que no deseábamos suscribirnos a una forma particular de escribir y, a la vez, como una manera de afirmar que nuestro colectivo es producto de la diversidad. Desde entonces, trabajamos en un taller Lizzie Castro, Gabriela Sepúlveda, Beth Guzmán, Lizette Plascencia, Renata García Rivera, Noel Zepeda David y Gabriela Camberos Luna. Además de promover la escritura, leemos y promovemos la lectura de poemas de autores clásicos, autores consagrados y autores que son contemporáneos a nosotros. También, parte de nuestro quehacer de divulgación se orienta a la producción de videopoemas con obra propia y de poetas contemporáneos, haciendo con ello una propuesta de lectura visual y sonora. Lanzamos, también, la Convocatoria Inubicables Calling, que cuenta ya con dos ediciones, en 2022 y en 2023, y en la que invitamos a poetas de todo el mundo a escribir y compartir sus poemas a través de nuestras redes sociales. Nuestro propósito es dar espacio a un crisol de voces que nos permita apreciar la diversidad sin importar la ubicación geográfica de los participantes, que también son “inubicables”.
Nuestro más reciente proyecto “El libro Inubicable”, ahora (re) versos Instrucciones para no poemas, empezó como un juego de experimentación creativa: un teléfono descompuesto. Cada uno de nosotros partiría de una manifestación o creación artística de su elección, cuya lectura incitaría a escribir un poema. Los lectores se darán cuenta de que Noel Zepeda David y Lizette Plascencia, por ejemplo, seleccionaron canciones como punto de partida; Lizzie Castro y Gabriela Camberos, partieron de poemas; Gabriela Sepúlveda, de un libro; Beth Guzmán, de una novela, y Renata García Rivera, de una anécdota. En total, creamos siete poemas que darían lugar a siete secuencias en las que participamos alternadamente para escribir nuevos poemas y, tal como ocurre en el juego del “teléfono descompuesto”, sólo leímos el texto más inmediato, por lo que nuestro poema resultante parecería, en principio, mediado sólo por él. Por último, decidimos incluir al final de cada secuencia, un espacio para convertir a nuestros lectores en un autor más, que participe de la experiencia del juego creativo.
¿Qué tanto se parecen los poemas entre sí?, ¿qué tanta conexión establecen unos con otros?, ¿qué tanto se aleja el último poema de una secuencia del primer poema, que le dio origen? Esta dinámica de escritura nos remite a la idea de recreación; al mismo tiempo, es un juego creativo, un deseo de experimentar, aun cuando sabemos que no descubrimos el hilo negro. Por otro lado, es una invitación para el lector, para que escriba y encuentre el placer de alcanzar el “no-poema”, de ahí el título.
Bajtin llama “polifonía” a la interacción que se establece entre las distintas voces que participan en una obra literaria. En este libro confluyen discursos y perspectivas diferentes, que generan una dinámica de diálogo e, incluso, de contradicción. Creemos que es ahí donde encontramos un punto de encuentro, en el que más allá de un poema, descubrimos múltiples voces que nos interpelan y que, a la vez, nos hacen resignificar nuestras percepciones.
Gabriela Camberos Luna
Versión por Gabriela Camberos LunaEpitafio
En la expectación
Peta
pluma peregrina en mano silenciosa
tu espíritu trasciende el claustro que habitaste
Peta
la de los pies atados
la que no conoció fronteras
se entregó a la contemplación
y atravesó las generaciones
Poemas perdidos en viajes imaginarios
geografía de librero
astronomía sin telescopio
Peta
expectante espectadora
curiosa deseante
paseante afanosa
Migrarás hacia el olvido
Versión por Lizzie CastroPETA VIAJERA
Peta sonríe sentada en el portal de la casa. Sus manos callosas descansan sobre su regazo, una encima de la otra. Tiene los pies cruzados.
Nadie sabe qué recuerdos se forman en su cabeza.
Quizá los lugares que esperaba conocer, que convirtió en versos
hace muchos años.
Ha pasado tiempo
desde que la ex PE ↓ TA ción de salir del pueblo
c
no está en su mente.
Hoy sus manos sólo tallan madera.
Peta ya no escribe.
Sus sobrinas
escriben por ella.
Versión por Renata García RiveraEsta vez la E cerró la puerta del donde
porque el nunca
el nada
el ocurrir
suceden en ningún lugar
Donde nunca nada ocurrir
Excepto la vocal
y el gesto
Versión por Beth Guzmán LimaAhogarse es una cuestión de placer
Sucede que me pongo a pensar qué le sucedería al mundo
si yo muriera
(cuando muera).
Me gustaría ver mi propia muerte
para llorarme como quiero que me lloren.
Entre todas las muertes que existen
ahogarse de placer está en la lista de cosas por tachar.
El agua como disolución de todas
las formas
me parece la muerte más poética,
si acaso la poesía muriera
como mis células.
Quiero que mi corazón sea un mar
donde me ahogue con unos cuantos
rasguños en las piernas.
Quiero que mi ser se impregne en otros
peces que naveguen en las olas.
Ser un cangrejo en la orilla del mar
apenas levantando la cabeza,
lista para seguir la ola
y perecer en ella.
Me ahogaré en mis propias entrañas,
dentro de mi propio placer.
Y seguirán los pájaros cantando
mientras alguien escribe un poema sobre mí.
Versión por Beth Guzmán LimaEntre dos losetas de asfalto
¿Un refugio
ante la propia presencia?
Leyes físicas que nunca aprendí me llevan a marcar
un paso
-las margaritas surgen entre las grietas-
aunque no busque dejar huella
toda costa que alguna vez amé
da la vuelta al mundo para reencontrarse conmigo.
Traidor
este susurro entre mis pies:
no hay nada qué pisar
cuando no hay sitio para el reflejo.
Me rehúso a atravesar
-por segunda vez-
la misma puerta que me hizo huir.
Sumergida entre mapas y ausencias
bloqueo mi respiración sin escapar del
aroma de un recuerdo
e v a p o r á n d o s e
huele a margaritas recién cortadas.
Versión por Gabriela SepúlvedaTres caídas se lamentan
Primera caída
muere un manto de nostalgia
se esconde tu silencio
Segunda caída
el recuerdo es espera por unanimidad
se anuncian las condolencias
vencen los años
siempre hay esperanza
Tercera caída
las uñas de mis pies
son banderas blancas
entre mi cuerpo y el suelo
No menciones el vuelo
amaneció
las mariposas con alas de papel
sólo emprenden el vuelo cuando oscurece
Versión por Noel Zepeda DavidLa muerte es sólo un pasatiempo en un día soleado pero con nubes
Ardo un poco todavía
de mis brazas finales
exhala un suspiro
el aliento último
que crea vida
el cascaron negro
que se rompe
abro los ojos
las alas
las llamas convertidas en plumas
un grito
graznido
y un nuevo vuelo.
Gabriela Camberos Luna. Nace en Guadalajara, Jalisco, en 1975, estudió la Licenciatura en Letras y la Maestría en Lingüística Aplicada en la Universidad de Guadalajara. También enseña español como segunda lengua a estudiantes de intercambio académico y es profesora de asignatura en el Departamento de Letras, de la U. de G. Escribe como una forma de explorar el mundo desde el sedentarismo. Ha tenido oportunidad de publicar en distintas revistas nacionales y extranjeras, pero sobre todo, en su página personal de Facebook. Es cofundadora del proyecto poético Inubicables.Lizzie Castro (Guadalajara, 1980). Escribe poesía. Es gestora y promotora cultural. Ha hecho colaboraciones en revistas-blogs en México y en el extranjero. Es fundadora del proyecto poético Inubicables. Parte de su obra ha sido publicada en diversas antologías impresas y digitales. Crisálida neón (Mano Santa Editores-Bonobos, 2021), es su primer libro de poesía. Aurora: los espacios se juntan, se encuentra en proceso editorial bajo el cuidado de la Dirección de Publicaciones de la SCJ.
Renata García Rivera. Guadalajara, Jalisco, 1997. Cursa la Licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Publicó su primer libro, Sombras desde el árbol, en 2020. Seleccionada en el 1er Concurso de Poesía Emergente Antonio Alatorre. Su obra aparece en Todos los dioses: antología panhispánica de jóvenes del siglo XXI, colaboración entre Ultramarina Editorial y Casa Bukowski (Santiago de Chile, 2022). Ha sido publicada en revistas nacionales e internacionales. Cofundadora del colectivo Inubicables. Subdirectora de la revista Isotopía. Ha participado en diversas exposiciones plásticas locales y nacionales.
Beth Guzmán Lima (17 de julio de 1995, Tepatitlán de Morelos, Jalisco). Licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara. Cursó la Maestría en Estudios de Literatura Mexicana en la misma institución. Poeta, promotora de lectura, docente y traductora del portugués. Tiene publicaciones tanto de creación, ensayo e investigación en revistas nacionales e internacionales. Becaria INTERFAZ 2018. Ha participado en encuentros de escritores en diferentes estados del país y en la UNICAMP, Brasil, además de colaborar en la organización de eventos de investigación y arte. Su primer poemario Raíces (2020) fue publicado por Ediciones El viaje. Es miembro y fundadora del colectivo de poesía Inubicables.
Lizette Plascencia nació en la primavera de 1999 y estudió Letras Hispánicas. Ha participado en varios programas y talleres de poesía y algunos de sus textos están incluidos en la antologías poéticas de Metrópoli; el suelo de una voz, publicada por Alcorce Ediciones en 2019 y Un latente hallazgo, publicada por Valparaíso Ediciones en 2021. En 2020 resultó ganadora del Primer Premio de Poesía Joven Versorama por proyecto Ululayu, y en 2022 resultó finalista del Primer Concurso Nacional de Poesía Emergente Antonio Alatorre, con su participación publicada en la antología Desfile de poetas de dicho concurso. Forma parte de proyectos literarios como el colectivo de poesía Inubicables.
Gabriela Guadalupe Sepúlveda Vázquez (Guadalajara/ San Gabriel) Licenciada en Filosofía por la Universidad de Guadalajara y maestra en Docencia por la Universidad Tecnológica de Guadalajara. Ha participado en distintas publicaciones como compiladora, investigadora, revisora técnica y autora. Fue actriz de improvisación en la Liga de Improvisación de Guadalajara por la Casa Productora Festen y participó en distintos proyectos teatrales. Es miembro fundador del colectivo Inubicables.
Noel Zepeda David (Guadalajara, 1974) estudió Ingeniería Civil e Ingeniería Topográfica en la Universidad de Guadalajara. Tiene estudios en fotografía por la Universidad de Medios Audiovisuales (CAAV). Forma parte de la antología “El pienso no dicho” (2019), además participó en la antología “Ciudad Poema” (2023). Ha sido publicado en diversas revistas y suplementos; además de pertenecer al taller Los Sea Harrier. Orgulloso miembro fundador del colectivo Inubicables. Actualmente estudia la licenciatura en psicología por la Universidad de Guadalajara.
INUBICABLES es un proyecto poético. Lo conformamos siete poetas inubicables emergentes: Gabriela Sepúlveda, Lizzie Castro, Gabriela Camberos Luna, Noel Zepeda David, Beth Guzmán, Renata García Rivera, y Lizette Plascencia, radicados en Jalisco. Esta aventura la iniciamos en medio de la pandemia, en 2020. Nuestra principal tarea es divulgar la poesía escrita. También somos promotores, gestores culturales y literarios. Trabajamos para difundir nuestra creación poética y de los autores que leemos y admiramos. Experimentamos con la poesía visual. En colaboración con algunos artistas sonoros, creamos video-poemas que difundimos en nuestras redes sociales. Como parte de nuestras actividades, llevamos a cabo un taller de creación literaria semanal en el que trabajamos nuestros textos, también participamos como colectivo en eventos literarios.
Nota importante:
El libro (re) versos Instrucciones para no poemas Inubicables cuenta con el apoyo del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Jalisco, luego de haber sido seleccionado en la Convocatoria CECA 2023 en la disciplina Cultura Popular en la categoría de publicación de obra. La edición será publicada en 2024.
Fotografía de los siete poetas por luis/caballo
