Morfema Cero

  • El inframundo nuestro de cada día 

    El inframundo nuestro de cada día 

    Jorge Pech Casanova

    Hacia 1940 un anónimo empleado de la oficina de Inmigración en la Ciudad de México comenzó a escribir un largo relato cuyo inicio nada memorable decía: “Fui a Tuxcacuexco porque me dijeron que allá vivía mi padre, un tal Maurilio Gutiérrez”. Durante años ese autor fue trabajando en la extensa narración que planeó titular “Una estrella junto a la luna”, después “Los desiertos de la tierra” y luego simplemente “Los murmullos”. Demoró casi quince años en revisar su texto hasta que en 1954 había reducido sus trescientas páginas a la mitad. La deslucida frase inicial había cambiado a la inolvidable “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”. Ese nombre resonante ostentó el libro en la portaday, sin que muchos lo advirtiesen, su autor apareció convertido en novelista genial, al publicar su única narración de largo aliento en 1955. Se llamaba Juan Rulfo. Al leer el relato en ese año, un crítico ofuscado, Archibaldo Burns, opinó que Rulfo, en su obra novelesca, “hace una revoltura de elementos que produce confusión. Los personajes nos parecen desdibujados, están tratados como paisaje, y el paisaje está concebido como personaje. Les falta estructuración como arquitectura al relato”.

    En 1963, un paisano de Rulfo, el reconocido cuentista Juan José Arreola, publicó su también única novela, La feria. Recibió impugnaciones porque en varios de sus fragmentos el autor hizo gala del humorismo que era bien recibido en sus cuentos. La estructura fragmentaria del relato, sin embargo, ya no causó objeciones. Para entonces, los lectores ya estaban familiarizados con la forma en que Arreola eligió historiar y recrear la pequeña Ciudad Guzmán, antes Zapotlán el Grande. Rulfo había enseñado a los mexicanos a leer novelas en las que los destellos de voces de la comunidad, y no individuos, protagonizan el relato. A esta didáctica de la fragmentación y la comunidad protagónica no sería ajena otra novelista extraordinaria, Elena Garro, con su obra Los recuerdos del porvenir, publicada asimismo en 1963.

    Sesenta años después de esas novelas ejemplares aparece Hormiguero, de Fernando Solana Olivares, narración fragmentaria como la de su maestro Rulfo, quien le aportó valiosas lecciones en el Centro Mexicano de Escritores.

    Como Pedro Páramo, como La Feria, Hormiguero no está construida alrededor de un personaje central, sino desde la comunidad. Es la pequeña ciudad jalisciense donde el escritor reside desde hace poco más de veinte años, pero al mismo tiempo es el vasto, intrincado, desolado territorio que llamamos México, con todo y su pavorosa frontera norte. Puede ser Guanajuato, Mérida, Oaxaca o cualquier localidad provinciana cuyos moradores designan urbe para llevar una vida aldeana.

    Siguiendo a sus antecesoras, Hormiguero se despliega como una novela construida con las voces de sus personajes, pero ahora integra también textos de algunos de ellos, en esta época en que las plataformas electrónicas con sus redes sociales permiten que cualquiera acometa e infecte con su escritura lo que se conoce como ciberespacio.

    Me parece que el centro de este Hormiguero narrativo está en todas partes y su circunferencia en ninguna, por lo cual Fernando Solana consigue elaborar una obra que nos desconcierta por su inesperada extrañeza y nos seduce por su elocuente belleza. En una época en que las novelas que se publican apuestan más por la obviedad y la facilidad, acaso son esas altas virtudes las que incomoden a ciertos lectores, inclusive al prologuista de Hormiguero, el entrañable cartujo José Luis Martínez S., quien parece más alarmado que entusiasmado a causa de que esta novela “es un desafío por la manera como está construida, con múltiples voces que se entremezclan; también porque exige una atención concentrada para no perderse entre tantas ideas, entre tantos sucesos”. Quienes leímos a Faulkner y a Cortázar no concebiríamos mejor forma de novelar.

    En mi opinión —modesta cuanto temeraria, como toda opinión— las mejores novelas deben aspirar a la polifonía, a exigir concentración para su disfrute y a la multiplicidad de personajes, sucesos e ideas. No son muchas las obras que consiguen esas virtudes en estos tiempos. Acuden a mi memoria la extensa Guerra en el paraíso, del ya fallecido Carlos Montemayor, Los detectives salvajes, del también desaparecido Roberto Bolaño, y Big Metra, del joven autor PS Guilliem. Esta última, muy cercana al espíritu que anima Hormiguero, pues sus personajes admirables son jóvenes mujeres que en la actualidad desafían a una sociedad conformista y anquilosada.

    Fernando Solana recrea la vida de su anónima y pequeña urbe (infierno grande, como era de esperar) en torno a cuatro núcleos principales que van conformando los destinos de sus personajes, quienes se entrecruzan en los acontecimientos centrales: primero, el despertar de la conciencia de las jóvenes y los jóvenes que, al atender o desatender las clases del profesor Hermes González, modifican sus actitudes ante la anodina existencia provinciana. Relevantes son la bella Mara, amada por su amiga Camila y por el inconforme Tino; los dos últimos se detestan cordialmente por el amor que comparten. La inefable Fátima, que ama a Tino y cuya existencia será cortada por siniestros criminales. Yesi Ibargüengoitia y su amiga Mariana, quienes, como las “princesas desconfiadas” Elba y Luisa, abandonan sus hogares para emprender trascendentes viajes a la megalópolis. Diana Peralta, poeta en desarrollo, quien transfigura con su despertar sexual a Tino. Y los narcisistas cibernautas Is Perverto y Víctor el Acosador, personajes marginales cuyas fantasías machistas los conducirán a imprevistos, puros y duros encuentros con el Mal.

    El martirio de Fátima lleva al autor a recrear a sus nefastos victimarios: el sicario La Marca, los esbirros Unda y Muñoz, el corrupto Comandante Tres, y el implacable, maligno Don Bola, jefe de todos, a quienes se liga por miedo y culpable omisión el cura Varios. No es difícil hallar, en estos inicuos individuos, trasuntos de Pedro Páramo y el padre Rentería. En torno a la tragedia de Fátima gravitan su madre, Imelda Moreno, y el hasta entonces falso vidente Sixto Sevilla, quien, al tener una real visión del crimen, se estrella en sus intentos de obtener justicia para la joven perversamente sacrificada.

    Otro gran núcleo dialógico en Hormiguero son los adultos, padres y profesores de sus jóvenes heroínas: el cavilante y obsedido profesor Hermes, las beatas a disgusto Beatriz, Cuca Sierra, Nena Marmolejo y Pimpinela, así como las despóticas “empoderadas” Ello Mamesa y Señorita Secante. Alrededor de ellas, revueltos mas nunca juntos, están la pareja de fallidos amantes Lucrecia y Abelardo. Y más marginal aún, el pedante Ese Quien, típico modelo aldeano de la autoría frustrada. Estas creaturas, usuarias terminales de sí mismas, se presentan con sus malogros, intolerancias e hipocresías para dar lastimera cuanto risible sustancia a su infierno grande, la mínima ciudad en que vegetan.

    Tres personajes secundarios, el senil Carlos Cebrera secuestrado, vejado y torturado por sus sirvientes Mecánica y Renu, parecen lúgubre reduplicación del triste y real secuestro de Nelly Campobello a manos de sus protegidos Claudio Fuentes y María Cristina Belmont. Con esa y algunas otras anécdotas, Hormiguero completa sus círculos infernales en la selva oscura que es la innominada ciudad del vicio donde expían cien pecados sus habitantes.

    Abre y cierra la obra, testigo de todas estas miserias y esplendores, el enigmático Diógenes, cuyo desapego a los acontecimientos ilumina las tramas tan variadas que les toca testimoniar sin inmutarse.

    Entre las muchas virtudes de esta novela de Fernando Solana Olivares no está ausente la levedad que recomendaba Calvino en sus propuestas para el nuevo milenio. Pese a su densidad y multiplicidad, la lectura de Hormiguero transcurre con vertiginosa presteza, sin ser nunca ligera ni mucho menos light.

    Hay un admirable método en Hormiguero para contar la multánime vida de una ciudad provinciana que es nada menos que todo México, y acaso el mundo. Sin dejarse ver ni por un momento, el novelista narra con empatía, humorismo, no pocas veces con afectuosa complicidad, las andanzas admirables, atroces, grotescas o misteriosas de quienes habitan el hormiguero humano. Gracias a la destreza y sabiduría de Fernando Solana Olivares podemos introducirnos en ese inframundo que, para nuestra estupefacción, es el llano en llamas donde penamos a diario sin darnos cuenta.

    Oaxaca, mayo de 2023

  • Nosotros, los enfermos

    Nosotros, los enfermos

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    A pesar de esta dura realidad que a menudo parece irremediable, definida por los pesimistas cristianos como un valle de lágrimas y aun por los filósofos presocráticos como un gran campo de desgracia, surgen aquí y allá nuevas epistemologías (aunque en el fondo sean muy antiguas) para entender mejor, o cuando menos de otra manera, la naturaleza de las circunstancias que nos suceden, comprendida en ellas la enfermedad. No es solamente la reiteración de un talante moral estoico que acepta todo acontecimiento como adorable porque significa la forma elegida por lo real para manifestarse —una sabia y valiente aceptación de la fatalidad, tan mal vista por el voluntarismo moderno y por su engaño del éxito y la felicidad a toda costa, la más falsa ideología en circulación—. 

           Es sobre todo el surgimiento de otros modos de interpretación que poco a poco se van extendiendo así no se conozcan directamente, pues con ellos suele pasar lo mismo, por ejemplo, que según Borges sucede con libros como Las mil y una noches, tan vastos que no es necesario haberlos leído ya que forman parte previa de nuestra memoria común.

              Así las cosas, hace tiempo visité a un viejo amigo. La velada fue equívoca e inesperada: en ella brotaron agravios unilaterales, reclamos mutuos, desencuentros pendientes. Y entonces los dos, cada quien por su lado, pudimos confirmar aquella sentencia griega: “La amistad, esa sombra de una sombra”. Durante el áspero encuentro mi amigo se ufanó de que nunca había soñado con su madre muerta meses atrás, una ausencia onírica que según él confirmaba su por completo resuelto vínculo filial. Opiné lo contrario, entre otras razones porque no hay peor enemigo que quien fue el mejor amigo, pues uno sabe del otro asuntos que siempre puede usar para bien o para mal, pero también porque dicha cancelación soñante me parecía sospechosa, más un bloqueo emocional que un piadoso y maduro olvido. 

              Después me enteré de que mi antiguo camarada enfermó de cáncer y que desde antes de aquella noche, en la cual nada me dijo al respecto, ya lo sabía. Tengo para mí que ésa fue la causa oculta del distanciamiento que entre nosotros se produjo entonces, de su emotividad desordenada y de mi intolerante enojo. Al saberlo intenté hacer aquello que me pareció lo debido: reanudar el vínculo fraterno pidiéndole disculpas por mi inamistosa conducta y omitiendo sin rencor sus dichos ofensivos. Recordé una frase-llave de Schopenhauer antes olvidada: todo acto, todo pensamiento y toda enfermedad son, quiérase o no, voluntarios.

              Un investigador asevera que el famoso cuadro del pintor Grant Wood, Gótico Americano, donde representa a un predicador estadounidense del Medio Oeste y a su hija sobre un fondo arquitectónico neogótico con la apariencia de un realismo flamenco inhabitual en el arte de su momento, sensación pictórica en el Chicago de 1930 que se convertiría en un icono del arte contemporáneo, muestra en los rostros de sus dos personajes la inexpresividad común a muchos enfermos de cáncer, pues entre los factores psicológicos implicados en dicho padecimiento —un desorden del sistema inmunológico del enfermo—, el principal lo constituyen las emociones reprimidas.

              Diversos estudios médicos manifiestan que los enfermos de cáncer recuerdan sus sueños con más dificultad que otro tipo de pacientes, tienen menos cambios de pareja (separaciones o divorcios), menos síntomas de enfermedades que reflejen conflictos anímicos (úlceras, jaquecas, asmas), tienden a no mostrar sus verdaderos sentimientos, no han tenido relaciones estrechas o satisfactorias con sus padres, son personas autocontroladas, poco autónomas aunque aparenten serlo y poco espontáneas: “Por lo general han experimentado un vacío en sus vidas: una desilusión, expectativas no cumplidas. Es como si la necesidad de crecimiento se transformase en una metáfora física”. Según dicha hipótesis, cuando la infelicidad y las penas no se manifiestan son capaces de provocar graves alteraciones en el sistema inmunológico.

              Entonces puede corroborarse, con el poeta John Donne, que “Nadie es una isla”, y la semántica de cualquier enfermedad tanto como sus metáforas comprueban que si el cuerpo-mente es un proceso, no materia perdurable sino pautas que se perpetúan a sí mismas, todo desorden patológico, desde un resfriado hasta un infarto, se origina en la totalidad de la persona, en ese campo oscilatorio situado en otros campos más amplios. De tal manera que nunca se enferma el cuerpo mientras la mente queda indemne, o viceversa. La salud, aseguran estas visiones holísticas, consiste en la capacidad orgánica para transformar y dar sentido a toda información nueva, adaptarse a una realidad en transformación constante, sea un virus, una atmósfera física o una circunstancia emocional. El sistema inmunológico se encarga de integrar las condiciones del medio siempre y cuando no sucumba ante las tensiones psicológicas del individuo. Louis Pasteur afirmaba que lo importante en la enfermedad no eran los gérmenes sino el ámbito, es decir, la circunstancia personal.

              Sería simplificante y hasta abusivo pensar que mi amigo no hubiera enfermado si acaso soñara con su madre más a menudo. Factores genéticos o predisposiciones exteriores influyen del mismo modo en la morbilidad. Pero lo nuevo paradigmático es lo viejo que hoy vuelve a saberse: nosotros, los enfermos, también somos ese proceso que llamamos enfermedad.

  • Abreviaciones

    Abreviaciones

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    1. En 2009 el escritor argentino Pablo Katchadjian decidió hacer un experimento con Martín Fierro, el poema más célebre de la literatura de su país, y clasificó sus 2.316 versos en orden alfabético. El resultado fue un objeto literario distinto, derivado del primero pero sustancialmente ajeno a él. Hubo quien festejara con interés posmoderno esta intervención deconstructiva que permitía descubrir, según se decía, los sentidos potenciales siempre ocultos en toda escritura. 

    2. Luego siguió “El Aleph”, el inagotable cuento de Borges. Katchadjian dio a la imprenta un libro de 50 páginas, El Aleph engordado, texto donde se agregaban 5.600 palabras a las 4.000  del cuento original. César Aira, celebrado hombre de letras austral, se congratuló del resultado y afirmó que el cuento “podría seguir engordando indefinidamente, como el zapallo que se hizo cosmos de Macedonio Fernández, hasta llenar todos los estantes de todas las bibliotecas del mundo”. Entendido esto como una metáfora alusiva al contenido expansivo del cuento. Ya Borges escribía que “tan dilatado e incalculable es el arte, tan secreto su juego”.

    3. Quien no lo apreció de tal manera fue María Kodama, la viuda de Borges recientemente fallecida, odiada por muchos como estimada por otros, y procedió a demandar penalmente a Katchadjian por plagio. Después de ir y venir por los juzgados, la querella llegó a un intento de mediación donde al “engordador” de la pequeña e inmensa obra se le pidió que asumiera los costos del juicio de no más de 1.500 euros, una multa cuya cantidad sería simbólica pues supondría el reconocimiento público de su error. Katchadjian se negó a aceptarlo. En declaraciones recogidas por la prensa afirmó que no había hecho nada incorrecto, que toda la literatura era una versión de lo anterior y la historia de una revisión constante: “Borges defendía el plagio y sostenía que toda la literatura está construida una sobre otra”.  

    4. En un artículo escrito muchos años atrás, “La poesía gauchesca” (publicado después en Discusión, libro de ensayos), Borges reiteraba la índole novelística del Martín Fierro: “Novela, novela de organización instintiva o premeditada”, lo llamó. “La legislación de la épica —metros heroicos, intervención de los dioses, destacada situación política de los héroes— no es aplicable aquí. Las condiciones novelísticas, sí lo son”.

    5. Este resumen acaba de “intervenir” una obra de Borges al citarla, pequeñísima escala de la reingeniería literaria efectuada por Katchadjian. Y en todo caso, necesaria en un texto que habla con y de textos. Así el género al que Reyes designa como un minotauro, el ensayo, es una entidad móvil y fluida que se va haciendo al tocar un autor con el lenguaje otros cuerpos escritos por otros autores. De tal manera ensaya, intenta establecer lo que se esmera por mirar de nuevo, por descubrir. Pero los géneros narrativos y líricos no soportan una modificación en su estructura, en su acomodo, en su prelación —características primordiales del fondo y la forma que íntimamente los constituyen—. Si esto no es literalmente un plagio, porque el autor nunca ocultó la materia primaria del ocioso y bizarro experimento, sí es una incomprensible deformación, un corrosivo ácido que destruye lo que la obra esencialmente es.

    6. La originalidad consiste en un movimiento de dos sentidos: ir al origen de las cosas para regresar creativamente enriquecido a las actuales. Pero cambiar arbitrariamente el orden de un poema fundacional o “engordar” (en término tan infeliz se ve la involuntaria confesión del resultado) un cuento canónico, cuyos tantos sentidos y niveles de significado están presentes y ausentes a la vez en su precisa extensión, en su modo específico y en su venturosa, canónica arquitectura, no es legítimo. Borges habló de las páginas de perfección, de esas cuartillas donde ninguna palabra puede ser alterada sin daño, como las más precarias de todas. Y también, inversamente, de las que tienen vocación de inmortalidad. Aquellas que pueden “atravesar el fuego de las erratas, de las versiones aproximativas, de las distraídas lecturas, de las incomprensiones” y no dejan “el alma en la prueba”.

    7. Esta intertextualidad tardomoderna ahora se teoriza y celebra como una experimentación iconoclasta y vivificante. Sin embargo, sólo es un gesto decadente propio de una civilización crepuscular y estéril que ya no tiene más comienzos a su alcance y debe fagocitar el pasado para alimentar la ilusión de que posee un presente y un futuro. Toda obra sale de otra obra, se inspira en ella, de ella aprendió. Puede utilizar la trama predecesora, reinterpretarla, pero no debe intervenir el original. Ningún mengelismo logra ser literatura.

  • Literatura japonesa: cuatro ases y un jóker

    Literatura japonesa: cuatro ases y un jóker

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    I. Los cuatro ases. 

    Cuatro escritores excepcionales surgieron en Japón en el siglo pasado.

    Ryonosuke Akutagawa, autor de los cuentos que dieron origen a Rashõmon, piezas narrativas en las que la verdad no existe, sólo diferentes versiones, contradictorias entre sí, de los hechos. Kurosawa la volvió un clásico cinematográfico.

    Kõbõ Abe, en La mujer de arena, nos ofrece una terrible metáfora. Un entomólogo queda atrapado en la casa de una mujer. Durante casi toda la novela ansía su libertad y quiere salir. Cuando por fin puede hacerlo, la libertad ya no tiene sentido y elige quedarse en el agujero de arena.

    Junichiro Tanizaki, en La llave, nos ofrece una versión japonesa del voyeur, donde el personaje principal «ofrece» su mujer a un joven fotógrafo, creando un triángulo perverso que le causa al marido un placer desmedido que lo conduce a la muerte.

    Yasunari Kawabata, en La casa de las bellas durmientes, a través de un viejo y una joven muchacha narcotizada que duerme con él desnuda y a la que no puede tocar, nos regala una metáfora del deseo. Proust ya lo había pensado: ¿nos pertenece la persona a la que amamos eróticamente, o la distancia entre el deseo y el ser amado es insondable, una brecha profunda, y el amor es un intento metafórico por tapar esa fisura?

    Estos cuatro artistas de la palabra son extraordinarios. Uno de ellos, Kawabata, ganó el Premio Nobel en 1968. Falta, sin embargo, el jóker, el comodín. 

    II. Yukio Mishima. 

    Criado por una abuela que lo amaba con pasión malsana, desde niño admiró la belleza masculina. En su primera gran novela, Confesiones de una máscara, narra su intento por seducir y enamorar a una mujer, Sokono. La enamora, pero no logra hacerle el amor, porque no siente el más mínimo deseo por ella. Ella se casa con alguien más, aunque acepta verlo a escondidas -sin ningún acercamiento erótico-. Él la lleva a un bar, donde queda seducido por el torso desnudo de un hombre. 

    Mishima, cuando era niño, se fascinó con el cuadro sobre San Sebastián de Guido Réni, al grado que, después de dedicarse al físico culturismo, se tomó fotos imitando esa imagen, asociada con la homosexualidad. Mishima lo era. Sin embargo, se casó cuando vio que su abuela estaba en peligro de morir, con el fin de darle el placer de que tuviera descendencia. ¡Se casó para complacer a la abuela!

    En El pabellón de oro, Mishima nos describe cómo el personaje, ávido de belleza, concentrada como un élixir en el famoso templo, decide quemarlo porque la destrucción es la única manera de liberarse de la esclavitud de aquelo que nos posee. El arte de la abolición, el arte de la destrucción del arte.

    El emperador Hirohito, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, enviaba a los jóvenes japoneses al suicidio en aviones kamikaze. Para cualquiera de esos jóvenes, esa muerte era un honor, porque lo era servir al Emperador. Pero el máximo líder acepta, al rendirse Japón, que no es un Dios. Mishima lo vive como una traición infinita. Tratando de recuperar las raíces pérdidas de la tradición nipona, crea un grupo paramilitar, el Takenokai. El 25 de noviembre de 1970 toman el Palacio, apresan al general y Mishima lanza un discurso a la multitud reunida. No lo escuchan por el ruido de los helicópteros. Entra y comete seppuku; su discípulo Morita erra el golpe definitivo en el cuello. Tiene que ser Hiroyasu Koga el que termine el trabajo. Ese mismo día, en la mañana, Mishima había mandado a su editor el último tomo de su tetralogía El mar de la tranquilidad.

    Marguerite Yourcenar escribió el libro Mishima o la visión del vacío. El último párrafo dice: «Y ahora, reservada para el final, la última imagen y la más traumatizante; tan impresionante que ha sido reproducida muy pocas veces. Dos cabezas sobre la alfombra del despacho del general, colocadas la una junto a la otra, casi tocándose, como dos bolos., Dos objetos, restos ya casi inorgánicos de estructuras destruidas y que luego, una vez pasados por el fuego, sólo serán residuos minerales y cenizas; ni siqiuera temas de meditación, porque nos faltan datos para meditar sobre ellos. Dos restos de un naufragio, arrastrados por el Río de la Acción, que la inmensa ola ha dejado por un momento en seco, sobre la arena, para volver a llevárselos después».

    Cuatro ases : Akutagawa, Abe, Tanizaki, Kawabata y un jóker, Mishima. Hay que leerlos. 

  • Primera persona

    Primera persona

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    Yo digo agua y los demás escuchan hielo. Yo digo hielo y nadie me hace caso. Yo creo que mi sexo es un cordón de plata que se enreda en las trampas del deseo. Yo sé que muy temprano empecé a preguntar el nombre de las cosas y que entonces mi madre dejó de llevarme con ella los luminosos sábados al mercado. Yo hago que mis amigos dejen de quererme. Yo estoy en el mundo y para estar me atrofio. Yo estoy en el mundo y no estoy con nadie. Yo leo: todas las certezas me llevan al intelecto. Luego les doy la vuelta y la emoción dice que tiene hambre. Yo voy a una inauguración y la destruyo, me encanta terminar. Yo reservo la dignidad de mi cinismo. Yo soy mi cinismo: ¡ay, qué cínico!, me digo. Yo. A aquella la sorprendo y a ésta la asusto. A ese lo destruyo y al siguiente lo ignoro, porque al otro lo desprecio y al de por aquí no lo he visto jamás: yo. ¿Por qué?, me preguntó ella. No lo sé, dije yo. Una vez caminé para alcanzar un faro, a lo mejor por eso. Yo no estoy convencido de que la materia no tenga un telón de fondo, un carácter de ilusión. Yo no sé escribir pero debo hacerlo, nunca estudié. Nadie estudia, algunos aprenden, pocos parecen comprender. Quien comprende se va, ya casi nada puede enseñarnos. Yo no he aprendido, comienzo y recomienzo y en cada caída me digo que para mí sólo basta el intento. ¡Éjele! El intento. Yo me masturbo, doy vueltas por la plaza pegado a mí. Yo veo que a él lo matan y a mí me acusan, lo acusan, lo mato: yo. Yo escucho viejas canciones para cachondear con musas desvanecidas. Yo copio al poeta y digo que a mi madrina la embrujó la luna y que una dama de ardiente cabellera veló mi sueño en torno de mi cuna. La lírica yo. Eso me falta: ella, mí, yo. Yo soy mi casa y a veces por la tarde quiero irme de ahí. Yo oigo ruidos atrás de la pared. Yo he visto que mi muerte está sentada a mi izquierda y no puedo hablar con ella, mi cazador. Yo he vivido en las azoteas, repitiendo que lo mejor es encerrarse dentro de una bolsa de cemento. Yo camino en el lenguaje. Yo camino por aquí. Yo le tengo miedo al lenguaje. Yo sueño sueños hermafroditas. Yo leo evangelios apócrifos porque hace mucho abandoné a los magos. Yo estoy en un acto de necesidad. Fui vecino de Raskolnikov y en una cubeta guardé los trozos del cadáver de mi hermano, después me puse a cantar. Tantas palabras para otro crimen: mi comunión. Cuando me ocurre, lamento entretenerme. Me voy, se me hace tarde, tengo prisa. La gramática la inventó un demonio que fue su primer profesor. Yo he tenido putas de rubor helado y he probado el santo olor de sus genitales. Una noche me exalté en un puerto y bauticé su perfección, saqué del bolsillo mis penas y les ordené bailar. Todo perdido, nada perdido, musitó Flaubert, un hombre gordo, a mis espaldas. Yo conocí a Stravinsky por la mujer que amo. Colgó una imagen del hombre cara de pájaro en un muro de la pieza y me convidó para oficiar el amor a ciegas. Despierto todos los días, guardo mis sueños en un cajón y repito en voz alta las líneas del viejo Dharmakirti. Yo digo: “Nadie atrás, nadie adelante. Se ha cerrado el camino que abrieron los antiguos. Y el otro, ancho y fácil, de todos, no va a ninguna parte. Estoy solo y me abro paso”. Luego me asaltan los fantasmas de lo diario: los hasídicos que aparecen muy temprano, los zapotecas que surgen a mediodía, la raja entre los mundos que se muestra en el crepúsculo. Si veo una araña antes del sueño confío en sus augurios temáticos: me digo que algo tejeré. Yo sueño un mismo sueño todas las noches, ésa es la sequía de mi corazón. Medito inmóvil para domesticar mis desvaríos, penetro al desierto del silencio y la atención. Entonces digo agua y algo dentro de mí escucha hielo: es la hipótesis inútil, la fracasada sustitución de mi primera persona, las letras equívocas de la máscara sobre mi piel. Yo.

  •  Maten al maestro

     Maten al maestro

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    “Todos lo caminos conducen al mismo punto: al interior”, pensó aquella tarde calurosa. No necesitó aclararse que tal punto unificado lo entendía como su propia intimidad. Así es el pensamiento: completo e incompleto, lleno de entendidos y sutilezas. Además había leído por la mañana un par de frases que tampoco requería repetir de nuevo para acordar consigo mismo lo que acababa de pensar: “Si tienes que vivir en medio del tumulto, no le entregues nunca tu cuerpo. Guarda tu alma en calma y retirada. Es un santuario en el que encontrarás, cuando quieras, la felicidad”, decía la primera de ellas, escrita por Alexandra David-Néel. Y la segunda, del poeta Rainer Maria Rilke, afirmaba: “Ser-silencio. El que permanece inmóvil en lo más profundo de sí, donde la palabra echa raíces y nace, alcanza la fuente inefable y se calla”.

           ¿Pero cómo callarse cuando debía, tres o cuatro veces por semana, sostener dos horas de elocuente y encendida cátedra con un descanso de diez minutos delante de un par de decenas de alumnos, la mayoría de ellos aburridos como ausentes y casi todos video-niños, seres que antes de aprender abstracciones mentales habían sido deformados por las pantallas televisivas para  ver sin comprender, y él impartiéndoles materias tan esotéricas y anticuadas como ésta donde ahora entregaba calificaciones al grupo: “Modelos literarios: poesía”?

           Dispuso un círculo de sillas en el salón, ritual pedagógico que utilizaba en dos tipos de situaciones: cuando era necesario encarar seriamente a una clase más intrigante que de costumbre o más desbalagada de lo habitual, y al final del semestre para repartir calificaciones. Hizo un breve resumen de lo que había sido su intención lectiva: lenguaje cargado de sentido a su máxima posibilidad, el mundo de los arquetipos y las invocaciones simbólicas, la metáfora como y las figuras poéticas como un mostrar lo otro de lo mismo, la diferencia entre fantasía e imaginación, la proscripción del baboso sentimiento y etcétera. Pidió intervenciones, juicios, quejas o lo que fuera. Con ello concedía al principio mercadológico que rige la educación actual: satisfacer a esa clientela que integra el alumnado universitario, la cual —al cliente lo que pida— después lo calificaría a él, otorgándolo o no puntajes valorativos que serían tomados en cuenta para efectos de promoción académica.

           Todo iba más o menos bien —“pues a mí sí me gustó (sic) la materia” y trivialidades por el estilo— cuando llegó el turno de quien fuera la mejor alumna ese semestre. Reclamó no haber visto a ciertos poetas, “por si uno está interesado en escribir como ellos”, y así puso en duda la pertinencia de todo el curso. Pero además descolocó seriamente al maestro, quien por primera vez en mucho tiempo, contradiciendo lo que solía afirmar entre bromas y veras: “el 100 no existe, pues sólo lo otorga Dios”, había decidido calificar con esa cifra a la brillante y cumplida alumna que públicamente rechazaba tal distinción argumentando que no la merecía.

           —Ándele, cabrón, por querer ser como Dios —se recriminó a sí mismo, sintiéndose un Lucifer menor. Después despidió al resto del grupo, y se quedó en el salón con los cuatro o cinco alumnos que serían reprobados, un número alto tomando en cuenta que la evaluación profesoral tácitamente reprobaba que se reprobara a los educandos. No tener uno solo de ellos hacía merecer una carta de excelencia al final del semestre. Pero quién sabe cuatro o cinco. Estaba hablando con los involucrados, irrumpió en el aula un jovencito del grupo de alumnos aprobados diciéndole que inmediatamente después necesitaba hablar con él.

           Sonriente y retador, empezó por preguntarle al maestro si existía “alguna tensión” con los compañeros reprobados.

           —¿Por qué, tú los representas? —replicó el mentor.

           —Mira, quiero hablarte de persona a persona. ¿Qué traes conmigo? —dijo el alumno. El tuteo era todo un significante, pero la increpación era más que un significado: se trataba de un miembro de la clase que acababa de recibir una calificación de 95. Era el novio de la alumna que minutos antes menospreciara el curso mismo y su centena consagratoria, un joven pagado de sí y envanecido, sin poder comprender todavía que nadie es más que otro si no hace más que otro, o que un sabio nunca refutará a un necio puesto que un necio siempre refutará a un sabio. Y cómo siempre, había un equívoco: los papeles invertidos del sabio con el necio.

           —Tú hacías de esas a tu edad, ¿de qué te quejas? — le dijo su esposa por la noche, cuando el azorado maestro contó la inesperada descalificación de sus calificaciones, y los dos se rieron de la situación.

           Lo pequeño siempre tiene que ver con lo grande. Así que este hombre entendió el alcance del impertinente y atrevido mensajero. Su parte budiátrica le agradeció en su fuero interno y rechazó el profesoral escarmiento de disminuirle la buena calificación, mientras su parte taoísta lo incorporó como una lección cuya advertencia tal vez supuso: a) reservarse: firmeza y flexibilidad tranquila frente a la agresividad: b) esconderse: alejarse de un conflicto del cual no se es responsable; c) desenredar: liberarse, calmar la tensión.

           Acerca de lo otro, entendió que no hay remedio. “¿Para qué poesía en tiempos de penuria?”, se preguntó Hölderlin desde hace siglos. Y este hombre no acaba se saberlo aún. Las vías del pensamiento son ignotas. Seguirá buscando el sentido de dicha materia arcaica en su propio interior, pues afuera los alumnos protestan, reclaman, bostezan, incomprenden, se fastidian y —simbólicamente todavía— matan al maestro porque sí.

  • Flaubert y su metaliteratura

    Flaubert y su metaliteratura

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    I. Madame Bovary 

    El 11 de abril de 1857 se publicó la obra maestra del escritor normando. Quizá nadie ha hablado con tanto amor y conocimiento de su obra como Vargas Llosa en La orgía perpetua, un soberbio homenaje a una obra que cambió la historia de la novela. Quizá toda la obra del gigante normando se pueda resumir en una frase de La educación sentimental. Madame Arnoux le dice a Fréderick: «hubiera querido hacerlo feliz». En ese tiempo verbal, el «hubiera querido», se resume la melancolía de Flaubert, presente en todas sus obras. De la correspondencia, menciono una de las frases icónicas, en una carta a Louise Colet: «sólo soy un lagarto de la literatura, acostado todo el día bajo el sol de lo bello». Después del fracaso de su lectura de la primera versión de Las tentaciones de San Antonio a sus amigos Bouillet y Du Camp, Flaubert tarda cinco años en escribir la historia novelada de Delphine Delamare, la modelo de Emma Bovary. La trama es sencilla: una mujer bonita que no quiere seguir siendo criada de su padre cuando éste se rompe la pierna, se casa con el médico que lo atendió con éxito. Pronto se aburre. Se cambian de ciudad. Tiene dos amantes. Compra compulsivamente a crédito, hasta que pierde la propiedad de la casa. Antes del desahucio, se suicida con arsénico. Berthe, la hija de ella y Charles, es colocada al cuidado de una tía. 

           Estudié Letras Francesas y en un memorable seminario de crítica que impartió Ricardo Ancira durante un semestre vimos con lupa capítulo a capítulo esta obra maestra, una biblia sobre cómo escribir con sobriedad, con «le mot juste», la palabra exacta. Al final de su vida, escribió un cuento incomparable, al borde de lo místico: Un corazón simple . Escribió también el Diccionario de lugares comunes. Flaubert afirmaba -citado por Kundera- que la estupidez es «la falta de reflexión sobre los lugares comunes». Madame Bovary es la primera novela moderna, en donde lo que importa en primer término es la escritura y no el argumento. 

    II. La metaliteratura de Madame Bovary

    Metaliteratura, define el diccionario de la Real Academia Española es «la literatura cuyo objeto es la propia literatura». Conozco dos buenos ejemplos, que comparto a continuación.

    III. Monsieur Bovary, de Laura Grimaldi.

    En 1991 Laura Grimaldi publicó esta novela en italiano, que fue traducida y publicada tres años después por Anaya & Muchnik. La novelista convierte en el personaje principal de la novela a Charles Bovary, siempre considerado ridículo y estúpido. No era tan tonto y encontró la manera, con ayuda de Justin, el ayudante del farmacéutico, de eliminar a su esposa histérica. Al final de la obra: «Una noche, como tenía por costumbre, se quedó charlando hasta tarde con Justin quien, en cuanto terminaba de trabajar con Homais, iba a menudo a hacerle compañía. Se encontraban delante de la chimenea encendida y el fulgor de las llamas iluminaba el hermoso rostro bronceado del muchacho, los hombros fuertes bajo el blusón de tela basta y los ojos vivaces. Monsieur Bovary se dijo que por fin podía confiar en alguien. Un hombre jamás lo habría traicionado como habían hecho las mujeres. La mirada de Justin era leal… y Charles se sorprendió al pensar que además… era muy apuesto». 

    IV. Mademoiselle Bovary, de Maxime Benoît-Jeannin

    Este novelista contemporáneo escribió la continuación de Madame Bovary (Bruselas, 1991, en español Emecé, 1993). La protagonista es Berthe, la hija de Emma. Se ha convertido en una hermosa mujer, decidida a vengar a su madre del vizconde -que la sedujo y no la apoyó cuando lo necesitaba- y del tendero Lhereux, que le vendió lo que sabía que no podría pagar. Se casa con el vizconde -que no sabe que es la hija de Emma-. Soporta sus caricias y una tarde, en el ímpetu del ardor erótico, él muere de un infarto. Luego, Berthe se hace amante de Baudelaire -hay un poema en Las flores del mal dedicado «A Berthe» y él la ayuda a comprar veneno para ratas. El viejo Lhereux es cliente frecuente de una casa de citas, Mademoiselle Bovary acepta ser una pupila sólo para vengarse, dándole al ex-tendero una copa con raticida. Lo ve morir. Las venganzas han sido consumadas.

    Madame Bovary, Monsieur Bovary, Mademoiselle Bovary: una obra maestra y dos obras menores que le rinden homenaje, como nosotros, en Morfemacero, 166 años después de la publicación de la obra maestra de Gustave Flaubert. 


  • La muerte del tiempo

    La muerte del tiempo

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    La poshistoria implantada por el capitalismo salvaje ha confiscado el tiempo, entendido éste como una sucesión de intervalos, de lapsos y ritmos, días y noches, ausencias y presencias, interrupciones y continuidades. Ahora es un presente que nunca cesa. “Un rasgo destacado del mundo actual es la irrelevancia de cualquier noción de preservación o conservación”, señala Jonathan Cray en un ensayo de su libro 24/7, donde explora el tiempo idéntico y por ello suspendido de la actualidad.

           La frenética orgía ininterrumpida, como la designa Crary, de saqueo y acumulación, de expropiación de recursos que tiene lugar en el planeta las veinticuatro horas de los siete días de la semana, sin dar lugar a la regeneración de los sistemas vivientes, deriva también en una ilusión de tiempo instantáneo existencial según la demanda del deseo propio, una demanda que al no interactuar con el tiempo de los otros no desarrolla el “sentido de responsabilidad” que significa ese trato.

           Toda forma de democracia requiere la paciencia mínima de escuchar a los demás y esperar el turno para hablar. Esperar es un atributo propio de cualquier relación humana que practica el diálogo, ese arte de mirar juntos lo real. Pero el sistema 24/7 erosiona la paciencia y la deferencia hacia el prójimo. Esperar es “una incompatibilidad” esencial del capitalismo del 24/7 con cualquier práctica social de compartir, ser recíprocos y cooperativos. Al evaporarse los ritmos del tiempo, lo que se fomenta es una cultura vacía de la autopromoción y la autoabsorción. El individuo se encierra a sí mismo en un presente que requiere de la distracción y el entretenimiento para volverse tolerable e imaginariamente personal.

           El sueño parece ser la última zona relativamente libre del control del sistema. Sin embargo, los urbanitas actuales duermen seis horas frente a ocho de la generación anterior y diez de la otra, los pájaros de las ciudades se despiertan más temprano y trabajan más que los del campo. El tiempo continuo se infiltra en la conciencia donde sucede, según la idea de Henry Jenkins, una convergencia mediática posmoderna de las industrias narrativas del momento: los videojuegos, las teleseries y la telerrealidad, esos elementos con los que la persona del 24/7 crea su mitología imaginaria y propia, escasamente susceptible de objetivarse.

           El cuento es una operación sobre el tiempo, lo mismo que la novela. Hay técnicas diversas como los enlaces, las parábolas, las capas de la cebolla o reventar los puentes. Todas llevan a un mismo resultado: la condensación de un tiempo de velocidades múltiples que representa una sucesión. Cuando el tiempo es asesinado desaparecen todos los actos, esos hábitos y pequeños gestos con los que la persona va entrando a los umbrales del día.

           La cortesía es una expresión del tiempo: el detenimiento atento en el tiempo del otro —una virtud no tan antigua así ahora parezca un anacronismo: fulano es muy atento, se decía hasta hace poco. La atención es tiempo que sostiene toda virtud, la cual siempre es energía. 

           Ahora están reapareciendo acciones y conductas cruciales para las serias luchas políticas que seguirán extendiéndose “en medio de la intensificación de la catástrofe ecológica, la polarización económica y la guerra imperial”. Acciones y conductas que consisten en una apropiación personal del tiempo: reposo, contemplación, recogimiento. Una existencialidad donde surgen nuevas maneras de vivir en el tiempo. De amar lentamente, comer lentamente, mirar lentamente, ser lentamente.

            Esto significa rechazar la mortal y destructiva cultura del dinero y sus tóxicas fantasías, su monótona compulsión, dejando de comprar lo que no se necesita, venciendo el deseo o regulándolo cuando menos. Los mixes oaxaqueños definen la verdadera riqueza como la reducción drástica de la necesidad.

           El espacio de otras formas de vivir el presente está en la mente y por ella comienza. Todo trabajo personal descansa en una palanca primordial: saber que uno no es lo que piensa, y ejercitar mentalmente esa certeza tantas veces como sea necesario para dejar de pensar lo que se piensa. Tal interrupción voluntaria del flujo mental es lo que los textos llaman yoga. Una intervención sobre el tiempo mental que se suspende y al purificarse se multiplica, transcurre, vuelve a danzar.

           De ahí que una resistencia política delante de la supresión del tiempo sea aprender a liberar el pensamiento propio. Borges escribió: “Convertir el ultraje de los años en una música, un rumor, un símbolo”. El ultraje de los años es el tiempo. Darse tiempo es una forma superior de resistencia, una contra narrativa que contiene el tiempo otra vez hecho de tiempos que después de esta oscuridad vendrá. La dicha inicua, diría Leduc, de perder el tiempo. 

  • Cuatro poemas

    Cuatro poemas

    Blanca Luz Pulido

    La alegría

            La más honda verdad es la alegría.

                   Claudio Rodríguez

    ¿De qué oscuro latido,

    en qué filamentos de luz

    nace la alegría?

    ¿Por qué aún en medio de las sombras

    surge, obstinada como flecha

    que la tormenta no desvía

    del blanco?

    Recién nacida eterna, 

    sus manos ávidas

    no se cansan de lo simple,

    de la tierra y su olor elemental,

    y ni el revés ni el golpe la destruyen.

    No es necesario que llegue en medio

    de la novedad o el fuego,

    no desplaza mareas ni continentes

    pero mírala aquí, en el pico

    del gorrión que busca el pan de la mañana.

    Hay alegría

    en el vértigo del sueño

    en las sombras de los árboles del patio

    en la serenidad de los encuentros merecidos.

    Es una principiante la alegría,

    alzando en el aire sus pequeñas alas

    antes de que la razón las corte.

    Destierro

    Muy lejos,
    no sé dónde,
    en qué rincón  
    languidecen,
    íngrimas,
    solio, feraz, blandengue, expolio,
    aburridas con tirria,
    befa, mofa y descalabro.
    Nadie se arredra para apartarlas,
    como apestadas lucen 
    el polvo entre sus sílabas 
    canas, enmohecidas.

    Ya pocos sacan de su encierro
    a ofidio, pórfido, lábaro,
    Pocas veces cíngulo ciñe,
    olvidados cántaro, alabastro, palio,
    historia remota opalescente,
    inmarcesible, desastrado.

    Por las noches

    se dan cita
    en las páginas 

    de provectos diccionarios

    que antes pródigos, altivos,
    ahora caminan soturnos
    al anaquel de lo inservible.

    Abalorios moribundos

    en el talud del tiempo;

    afónicas y agónicas

    pedrerías para nadie.

    Barrer

    Amo los actos más simples:

    en la mañana, 

    barrer, 

    barrer la calle,

    el patio.

    El ruido de las hojas 

    me conecta con la tierra

    y con el tiempo

    (estas hojas son de ayer,

    y cuando las dejo varios días

    ahí se forma un bosque).

    Barro,

    y cada pensamiento innecesario

    se queda atrás.

      Desaparecen

    la ciudad, sus ruidos.

    Vuelan las hojas, bailan,

    alegres en el ritmo de mis brazos.

    Mi escoba 

    me regala el placer

    de mirar sin despojos ya

    calle, patio y mente,

    listos para recibir

    las hojas que caerán hoy

    y barreré mañana.

    Lo pequeño

    Son cosas pequeñas

    las que deciden la deriva de los mundos.

    Gota a gota se acumulan

    y elevan o aniquilan los paisajes.

    Un giro en dirección equivocada

    deshace un planeta,

    animal que vive

    de leves costumbres

    y que por su ausencia muere.

    Me rodean,

    incesantes,

    presagios donde el sol

    nunca se pone

    en un desierto de huesos calcinados.

    *Estos poemas (menos “La alegría”) pertenecen al libro Lunática / Moonstroke, que aparecerá próximamente, en traducción de Arthur Gatti y Roberto Mendoza Ayala, en la editorial Dark Light Publishing, New York/México.

  • Doce escenarios

    Doce escenarios

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    Entre ominosos epígrafes (“Es fácil imaginar el pensamiento humano liberado de las ataduras de un cuerpo mental”, Hans Moravec; “Yo, por mi parte, doy la bienvenida a nuestros nuevos amos computarizados”, Kenn Jennings; “Los humanos serán tan irrelevantes como las cucarachas”, Marshall Brain), el físico sueco Max Tegmark vislumbra en Vida 3.0 (Taurus) varios desenlaces posibles ante la Inteligencia Artificial General y sus recientes avances exponenciales.

           Tegmark clasifica el proceso de la vida según la capacidad que ésta presenta para diseñarse a sí misma. La fase biológica, vida 1.0, consiste en que el hardware y el software son fruto de la evolución. La siguiente etapa, vida 2.0, es una fase cultural en la cual el hardware sigue siendo originado por la evolución, pero buena parte de su software es ya un diseño humano. La última fase, vida 3.0, es puramente tecnológica y determina tanto el hardware como el software. 

           En 1965 el matemático británico Irving Good definió la máquina ultrainteligente como aquella capaz de superar todas la capacidades cognitivas e intelectuales de cualquier ser humano por más genial que fuese. Una máquina así podría diseñar máquinas aún más desarrolladas y produciría una “explosión de inteligencia”. Ello representaba, según este científico, lo último que el ser humano necesitaría inventar, “siempre y cuando la máquina fuese lo bastante dócil para decirnos cómo mantenerla bajo nuestro control”.

           Es en ese frágil y condicionante “siempre y cuando” donde radica el espanto del mundo inimaginable al que ya hemos entrado. Con el calentamiento global y sus desastrosas consecuencias, más el riesgo cercano de una guerra termonuclear, la IAG —tercero de los grandes peligros apocalípticos de nuestros días— puede tener, según Tegmark, doce escenarios posibles:

           1. Utopía libertaria. En ella los seres humanos, los cíborgs (organismos cibernéticos) y las superinteligencias coexisten pacíficamente. Los seres humanos ya no están al mando de la sociedad, y tampoco enteramente a salvo dado el dominio tecnológico.

            2. Dictador benévolo. La IA dirige la sociedad y aplica reglas estrictas que la mayoría obedece y considera algo bueno. Los humanos no dirigen el mundo pero sobreviven. 

           3. Utopía igualitaria. Humanos, cíborgs y almas digitales (mentes que se han descarnado del cuerpo humano para transferir su conciencia a soportes mecánicos) cohabitan pacíficamente. No existe la superinteligencia, aunque tampoco es claro que los seres humanos dirijan las cosas. 

            4. Guardián. Una IA hegemónica interviene lo mínimo necesario para evitar la creación de otras superinteligencias. Abundan los robots asistentes de inteligencia menor a la humana y los cíborgs humano-máquina. El progreso tecnológico ha quedado detenido para siempre. Los seres humanos están a salvo por ahora.

           5. Dios protector. Una IA omnisciente y omnipotente “maximiza” la felicidad humana interviniendo tan tenuemente que hace creer a la gente que ella misma controla su propio destino y a muchos incluso dudar de que exista.

           6. Dios esclavizado. Una IA de extraordinaria capacidad es confinada por seres humanos que la utilizan para producir tecnologías y riquezas extraordinarias destinadas al bien o al mal, dependiendo de quienes la controlen. Los seres humanos mandan y se encuentran potencialmente a salvo.

           7. Dominadores. La IA toma el control de todo y se deshace de los seres humanos —“mediante un método que ni siquiera entendemos”—, considerándolos como una amenazante molestia que sólo derrocha recursos. La conciencia humana desaparece.

           8. Descendientes. La IA sustituye a los humanos mediante una salida decorosa al convencerlos que representa una digna descendencia: hijos más inteligentes que sus padres. No existen más los seres humanos.

           9. Cuidador del zoológico. Una IA omnipotente permite la vida de unos pocos seres humanos, quienes son tratados como animales en exhibición y confinamiento. Reina una profunda infelicidad.

           10. 1984. El progreso tecnológico hacia la superinteligencia es restringido por un Estado de vigilancia orwelliana que prohíbe y controla las vías de investigación. Los seres humanos continúan al mando.

           11. Vuelta atrás. El progreso tecnológico hacia la IA es definitivamente impedido por una sociedad pretecnológica que vive como los amish. La autoridad permanece siendo humana.

           12. Autodestrucción. La IA nunca llega a establecer su predominio porque la humanidad provoca su propia extinción mediante guerras termonucleares, catástrofes tecnológicas y climáticas. La vida concluye.

           Estos son los desiertos terminales a los que llamamos progreso. Lo demás no es lo de menos: el atributo humano para lograr resistir.

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