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Buscando el sentido

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
El sentido del mundo se encuentra entre las cosas. De no estar ahí representa un falso problema pues es inútil buscar lo que no existe. El sentido de la existencia se localiza donde uno está. Y como el ensueño (la raíz del mal, según Simone Weil) nos evita estar completamente donde estamos, el sentido se escapa porque la atención se halla constantemente distraída.
Entonces el sentido no es más que la atención misma. No lo que se ve sino cómo se ve; lo intensa, atentamente que se mire el fenómeno. Lograrlo sin duda es un arte, una iluminación. Todo acto creativo de cualquier tipo supone el cultivo de esa virtud, cuyo desarrollo sostenido es la enseñanza de muchos si no es que de todos los caminos espirituales y estéticos: Proust escribe que toda virtud es energía, y la atención lo es.
En tal lógica, pues, debe aceptarse algo muy difícil: que el acontecimiento es adorable porque representa la forma que lo real elige para ser. ¿Cualquier acontecimiento? La respuesta es sí, cualquiera. He ahí la insalvable dificultad de no seleccionar las cosas y aceptarlas conforme aparecen. Maximiliano tuvo ese temple en los últimos días de su efímero imperio mexicano. Pero antes no.
Alfonso Reyes, quien no parece apiadarse de la infortunada pareja, dice de Maximiliano aquello evidente: mucha gente le abrió los ojos sobre las adversas condiciones de su aventura pero él no quiso hacerlo, tercamente enamorado y empeñosamente ambicioso de un “juguete explosivo”. Sobre Carlota también opina con ligereza poco objetiva: arbitrariedad, entrometimiento y audacia ignorantes, “más cuando viste faldas”.
El biógrafo Conte Corti recuerda que mientras más adversa se hacía la suerte del emperador, más crecía su pundonor y su figura. Era el primero en las líneas de fuego de las trincheras del sitiado Querétaro, acaso buscando un balazo heroico que pusiera fin a lo que estaba por suceder. Se preocupaba por los pocos leales que lo habían seguido más que por él mismo como si asumiera un sacrificio heroico. El día que los sitiadores juaristas tomaron Querétaro y aprehendieron a Maximiliano sonaron las campanas de todos los templos y la ciudad cantó “Mamá Carlota” como un satírico y vociferante adiós.
Para ese día la demencia ya actuaba en la joven y abatida emperatriz que había viajado a Europa para implorar inútilmente a Napoleón III —el artífice del imperio enfermo, según Reyes, de aquella epidemia de estupidez que cundió por los tronos de Europa a mediados del siglo XIX— que ordenara la permanencia de las tropas francesas en México, y suplicar al papa la buena voluntad del clero mexicano hacia el fugaz emperador, enemigo suyo por la ratificación de las leyes juaristas de desamortización de bienes de manos muertas. Otra asimetría del personaje: emperador ungido ilegalmente y gobernante liberal.
Carlota deambulaba entonces por los solitarios salones del palacio de Miramar clamando que su esposo era el soberano del universo. Viviría hasta anciana en el castillo belga de Bouchot con el espíritu trastornado por monomanías persecutorias. Antes, en sus raptos de lucidez, pudo saber el desenlace del atrevimiento mexicano y acaso lamentar el costo de la trágica frivolidad.
El vicio de Maximiliano fue escuchar solamente lo que quería oír. Vivía un ensueño metódico: pedía consejo a otras personas, pero al final seguía sus íntimos deseos. Y a su alrededor dejaba correr la opereta mexicana de tres intrigantes ventajosos y al fin meros aficionados políticos: José María Gutiérrez de Estrada, José Hidalgo y Juan Nepomuceno Almonte, para establecer un
imperio salido de la nada, una ocurrencia entre delirante y fantasmal.
¿Dónde estuvo el sentido en todo ello? En su mero suceder. No en las moralejas que podrían desprenderse de lo ocurrido, en la perspectiva diacrónica o historiográfica que la efeméride ofrece, sino en lo inmutable o fijo, en la perspectiva sincrónica del hecho humano donde una y otra vez se repite la condena de la conciencia que confunde la naturaleza de lo real y proyecta en ella, falseándola, su subjetividad, su tóxico ensueño.
“La percepción librada de la imaginación es discernimiento”, escribió Simone Weil. Los espacios de significación de los fenómenos deben surgir contra el sentimentalismo que confunde el deseo con la voluntad, el hecho en sí mismo contra su interpretación emocional. Es toda una tarea, dicen las voces autorizadas, ver el mundo como éste de verdad es. Mirarlo así es desprenderse de todo lastre cultural para saber que vivimos entre espejismos mentales: la desatención.
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La hija predilecta

Culturas Impopulares
Jorge Pech Casanova
Los destinos de Benito Juárez y Porfirio Díaz suelen ser considerados en su divergencia: el indígena de Guelatao queda en la historia como Benemérito de las Américas, mientras que el militar oaxaqueño degeneró en dictador. Sin embargo, ambos hombres comparten más de una coincidencia: ambos se formaron en una distinguida institución educativa liberal (el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca); ambos ocuparon el más alto cargo político, que los transformó en obsesos por el poder; ambos se abandonaron a tentaciones y hábitos dictatoriales; las familias de ambos fueron golpeadas por la fatalidad.
El trágico destino de cinco de los hijos e hijas que Juárez tuvo con Margarita Maza está documentado en la doliente correspondencia de su esposa, quien le fue noticiando al marido, en el lapso de 1850 a 1865, el deceso de María Guadalupe, Amada, Jerónima Francisca, José María y Antonio. Cinco hijas y un hijo del matrimonio sobrevivieron.
Por su parte, Porfirio Díaz tuvo menos suerte con su descendencia. De sus ocho hijos e hijas, sólo tres le sobrevivieron. Una hija “natural” y siete hijos reconocidos tuvo el militar. La primera hija de Díaz, Deonicia Amancise de Jesús, la tuvo Porfirio fuera de matrimonio con Rafaela Quiñones, mujer de la que poco se conoce, salvo por unos cuantos datos consignados en Historias del olvido por el biógrafo Carlos Tello Díaz, quien dice que el entonces capitán y la joven Rafaela se conocieron en Huamuxtitlán, Puebla.
El autor añade que la pareja tuvo una hija “a la que llamaban Amadita” y de la cual Díaz mantuvo la tutela para enviarla a la Escuela Secundaria de Niñas. Tello Díaz agrega que la madre de Amadita empezó a recibir en Huamuxtitlán remesas que el militar le enviaba por conducto del teniente coronel Aniceto López, y que Rafaela siguió recibiendo esos depósitos tras haberse casado.
Otros investigadores aclararon que Amadita fue bautizada el 8 de abril de 1867, un día después de su nacimiento. Sus medios hermanos Deodato Lucas Porfirio y Luz Aurora Díaz Ortega serían los contados descendientes del general que sobrevivieron a su padre.
Los niños Porfirio Germán (1868-1870) y Camilo (1869-1870), así como las niñas Laura Delfina (1871-1872) y Victoria Francisca (1880) murieron a muy temprana edad. Excepto por Amada, todos ellos fueron engendrados por Delfina Mariana Ortega Díaz, sobrina y primera esposa del militar, quien tampoco tuvo una larga vida: nació en 1845 y murió a los 35 años de su edad, en 1880.
Aunque Díaz, ya presidente de la república, se casó en segundas nupcias con María Fabiana Sebastiana Carmen Romero Rubio y Castelló, Carmelita no le dejó descendencia, aunque fue su esposa desde 1881 hasta el fallecimiento del ex dictador en 1915.
Amada, la hija predilecta de don Porfirio, viviría una larga y accidentada existencia. En 1888 se desposó con el millonario empresario Ignacio de la Torre y Mier, quien esperaba que su casamiento le redituara altos cargos políticos. Sin embargo, como su yerno se daba a notar por su vida licenciosa, Díaz se negó a apoyar su candidatura al gobierno del Estado de México en 1892, dejando que el opositor José Vicente Villada ocupara el puesto. En cambio, el dictador le permitió a su pariente político integrarse a la dirección del Banco de Londres y México, y sólo hasta 1897 logró el millonario ser diputado de la XVI Legislatura durante dos años.
Amada, por su parte, padecía la ausencia de su marido y sus excesos. Mujer de hondas devociones a la vez que culta, temerosa del qué dirán y un tanto vanidosa (a decir de la autora Pam Romero Pereyra), Amada tuvo que tolerar inclusive que su marido fuese señalado como el número 42 del infame “Baile de los 41”, una fiesta de homosexuales y “vestidas” que terminó con una redada policial el 18 de noviembre de 1901. Las habladurías afirmaban que el licencioso empresario fue discretamente liberado por la policía. Una veintena de los demás detenidos, en cambio, fue enviada a combatir a los mayas rebeldes en las selvas de Yucatán y no se volvió a saber de ellos.
Los privilegios de la pareja Torre Díaz se mantuvieron hasta 1911, cuando la revolución acabó con el régimen de Porfirio Díaz. Sin embargo, Torre y Mier todavía tuvo tiempo de contribuir a otra dictadura al prestar el automóvil que transportó al depuesto presidente Francisco I. Madero hasta el sitio donde los sicarios de Victoriano Huerta exterminaron al revolucionario junto con el vicepresidente José María Pino Suárez.
Años después, Venustiano Carranza mandó apresar a Torre y Mier por su complicidad en ese crimen. Lo mantuvo encerrado en la prisión de Lecumberri hasta que las fuerzas convencionistas tomaron la Ciudad de México y Emiliano Zapata se llevó entre sus tropas al empresario.
En esa etapa se abre un episodio lleno de habladurías e historias inconfirmables: a partir del libro El álbum de Amada Díaz, publicado por Ricardo Orozco en 2003, corre la versión de que Zapata, quien fue caballerango de Torre y Mier, era asimismo amante del millonario. Las habladurías generadas incluyen que Zapata raptó a Ignacio, hasta que lo dejó a merced de la tropa para que lo violaran y humillaran.
El autor Orozco inclusive narra que Amada se quejó de haber visto a su marido y al caballerango “revolcarse en el establo”, pero no parece haber otra base para ese exabrupto que el profundo resentimiento que Amada sentía hacia su infiel cónyuge.
La hija preferida del ex dictador visitó a su padre en el exilio en 1913. De esa visita le resultó una depresión que sólo supero después de siete años, a tiempo para afrontar otro drama familiar.
Ignacio Torre se fugó a Nueva York en 1917. En el hospital Stern intentó tratarse las hemorroides que lo condujeron a la tumba el 1 de abril de 1918. Amada Díaz viuda de Torre —afirma alguna fuente no identificada— tuvo que vender sus propiedades para pagar deudas de Ignacio. Otra fuente sin identificar indica que los carrancistas le devolvieron a Amada algunas de sus propiedades y ella le vendió la Plaza de Toros de la Condesa a Maximino Ávila Camacho, el “hermano incómodo” del presidente Manuel.
Además, es de suponer que algún apoyo recibió Amada de su cuñada Susana Mariana Estefanía Francisca de Paula del Corazón de Jesús, con la cual residía (según el periodista Alfonso Diez) en la casa número 1 de Plaza de la Reforma, ubicada en la confluencia de las actuales calles de Bucareli-Guerrero, Reforma y Avenida Juárez. Susana, por cierto, se casó con el conde Maxence Melchior Edouard Marie Louis de Polignac y llegó a ser la bisabuela de Rainiero III y tatarabuela de Alberto II de Mónaco.
La dolida “princesa mexicana” Amada Díaz Quiñones tuvo una larga vida que terminó en 1962, cuando tenía 95 años de edad.
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El todo en uno

Carlos Rubio Rosell
I
El mundo es diversidad, multitud de culturas y formas de entender la vida, la naturaleza que nos rodea y nos abarca y la forma en que nos relacionamos con todo ello. Podemos pensar que cada uno de nosotros formamos parte de un Todo. Parece sencillo. Pero un cambio sutil de esos términos, considerar no el uno como un todo, sino el todo en uno, y entonces aparece ante nosotros una sorpresa. ¿Por qué?
Cuando decimos que el Uno forma un Todo, ese Todo lo vemos como algo que está fuera, allá, formado de cada uno pero externo a nosotros, una especie de paisaje utópico. Pero el Todo en Uno quiere decir que esa aparente abstracción de la totalidad se incrusta en cada uno y ya no es exterior a nosotros, porque asumimos que de ese Todo hay algo que está en Uno, en mí, y que me compone y a su vez es compartido con otros en quienes también está y los/nos compone.
Con este simple cambio de perspectiva, logramos liberar nuestra singularidad, que así vuela sin ataduras para posarse en la diversidad, consciente de que la integra, pero a su particular manera: los mexicanos con sus peculiaridades y los españoles también; los europeos con sus determinaciones políticas y los americanos o africanos con sus rasgos distintivos que los hacen ser lo que cada uno son; pero sin que el mosaico se resquebraje y en cambio adquiera un sentido de unidad, tan necesario en nuestro tiempo.
¿Y para qué es necesaria la unidad en la diversidad? Entre otras cosas, para generar políticas que impidan la homogeneización cultural, una de los principales lastres de nuestra globalizada era.
En ese sentido, dice el filósofo Michael Sandel que la política no debe dirigirse solo a cuestiones redistributivas porque la gente necesita un sentido de identidad y comunidad fuerte. Y que el progresismo no ha logrado ofrecer su propia versión positiva del patriotismo como alternativa al hipernacionalismo estrecho, intolerante y xenófobo que ofrece el conservadurismo populista. En su libro El descontento democrático, Sandel expresa su preocupación porque la gente siente que el tejido moral de comunidad se está deshaciendo alrededor de ellos, en las familias y en los barrios, pero también a nivel de naciones. La globalización, o al menos la globalización liderada por los mercados, ha ignorado el significado de comunidad nacional. Y eso es algo que las políticas progresistas no han sabido aún cómo abordar. Para la derecha, para los hipernacionalistas y ultraconservadores, la frontera y la inmigración, temas nodales de la diversidad, son una manera de apelar a un deseo de identidad nacional. Pero es necesaria otra aproximación a la inmigración, una idea alternativa al restrictivo e incluso represivo cauce que da el conservadurismo de lo que nos mantiene unidos como cultura, como país, como comunidad, como nación.
Es muy importante destacar que el patrimonio más valioso de cualquier cultura es su particular cosmovisión, porque ésta modela nuestra forma de concebir el mundo y de relacionarnos con él y con los demás (y es lo que en un momento dado configura una nación). La cosmovisión o visión del mundo, pone a nuestro alcance los medios con los que cada cultura teje los hilos de la experiencia humana para elaborar una trama coherente y llena de significado. Además, toda cosmovisión refleja ideas culturales muy particulares y tiene consecuencias de carácter social. La historia de la cultura y las ideas no es más que un relato de la visión cambiante del mundo de las diversas cosmovisiones que a lo largo de la historia ha concebido la humanidad junto con mitos, anécdotas y conceptos que hay tras ellas. Para ello, se puede decir que nosotros editamos la realidad, seleccionamos lo que nos interesa de ella basándonos a veces en la utilidad y en lo que, a escala colectiva, creemos que tiene que determinar el funcionamiento de nuestra sociedad con sus especificidades, entre las que hay que incluir el propio carácter de cada pueblo.
Sin embargo, las cosmovisiones cambian y, sobre todo, pueden chocar unas con otras si no somos conscientes de lo que he señalado al comienzo: que formamos parte de un Todo que nos une y nos atraviesa; que ese Todo, hay que repetirlo, está en cada uno de nosotros, seamos de la nacionalidad, la religión o la cultura que seamos. Es algo presente en la diversidad.
Nuestro deber como especie inteligente es preservar la sagrada armonía con la que comenzamos a habitar este planeta. Sociedad, naturaleza y cosmos son los pilares de esa armonía, una empresa, como señala el filósofo David Fideler, «en la que confluyen las matemáticas, la astronomía, la religión y el arte». Armonía es una palabra que en griego significa «hacer coincidir». Así que para vivir en armonía dentro de la diversidad, debemos hacer coincidir muchas cosas, entre otras, las ideas que fundan una cultura y que varían entre una y otra, como varían incluso entre un individuo y otro. En este afán, para salvar el escollo de las diferencias, podemos compartir un deseo: el de encajar en una realidad superior, más abarcante, para lo cual no vale que sea solo una idea teórica, sino que debe ser, ante todo, una experiencia: la de estar profundamente conectado con todo lo que compone no solo nuestras sociedades, sino algo que podría configurar una visión cosmogónica amplia e incluyente, es decir, una cosmovisión que nos permita experimentar esa conexión vital dinámica mediante la que nuestras acciones, nuestras vidas en suma, adquieran un sentido y un fin en la comunión que es unidad con el Todo, la tierra viva, nosotros mismos y las fuerzas subyacentes, el cielo y las estrellas, de cuya luz, como afirma la ciencia, todo procede.
Y es que al igual que el universo, nuestras sociedades son un acontecimiento vital de desarrollo creativo; un continuo germinar, crecer, cobrar existencia. El mundo está sometido a un movimiento y cambio continuos, está vivo y, decían los primeros filósofos de la Antigüedad como los presocráticos, tiene algo así como un alma, el anima mundi, como la nombraban. Curiosamente, tras una huella necesaria pero que poco a poco va superándose, la del mecanicismo científico, hoy la ciencia a través de la física contemporánea ha demostrado que la materia no es una sustancia inerte como se pensaba sobre todo en el siglo XVIII y XIX, sino que sigue un patrón de actividad similar a la danza. Pensemos pues que si el universo, la materia de la que está formado, no es pasivo sino dinámico e inteligente, nuestras sociedades como conglomerado de seres humanos también lo es. La cultura, el arte, las manifestaciones creativas en general, son su expresión más refinada, aquella que mejor expone esa inteligencia.
Por otro lado está la belleza, que algunos toman por una especie de gusto personal que se percibe como algo subjetivo que depende de los ojos de los observadores y que es específico de su cultura. Pero aunque nuestro gusto humano es sin duda individual y se forja desde una raíces culturales específicas, la belleza que reside en aquello que apreciamos hunde sus raíces en algo mucho más profundo, en la íntima estructura del mundo. La belleza es una atracción, no una serie de cánones que rigen el así llamado «gusto». Es una fuerza que nos influye poderosamente de forma subliminal, que nos revela algo de nuestra naturaleza interior y que nos conecta a todos los humanos desde la sensibilidad.
En última instancia, es la propia naturaleza la que nos enseña que formamos parte de una unidad integral e interconectada. La prueba es que existen una serie de patrones vitales en el mundo natural que es posible contemplar con solo girar la vista hacia las flores, las estrellas de mar, las galaxias y nuestra propia vida, pues todos estamos vinculados al muy sutil tejido del universo.
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Bástele su afán

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
La oración es bíblica: bástele a cada día su afán. Puede imaginarse un día circular, completo, integrado. Pero para ello el tiempo debiera ser continuo y generalmente no transcurre así. Más bien es sobresaltado, intermitente. Los sociólogos hablan del “ahoritismo” contemporáneo: momentos existenciales intensos y en medio de ellos el vacío del nada sucede que debe llenarse con entretenimiento. Dice un personaje literario: “Y por aquí, nada de particular, sólo este tedio que enerva los sentidos carentes de sensaciones”.
“Me lo sé todo de memoria”, se quejaba Valéry citado por Calasso, hablando de la enfermedad más tediosa: la “ciclosis”, la “ciclomanía de nuestra esencia”, la repetición. Ante una mesa que llevaba 39 años repitiéndose ante sus ojos, el poeta francés confesaba: “He nacido, a los veinte años, exasperado contra la repetición, es decir, contra la vida. Levantarse, vestirse, comer, eliminar, acostarse, y siempre estas estaciones, estos astros. ¡Y la historia!”
El último elemento de la mitología freudiana fue “la coacción a repetir”. Varias circunstancias llevaron a Freud a integrar esa hipótesis en su interpretación de la psique y la conducta. Hablando de personas no acorazadas contra las tentaciones de la superstición, él mismo, quien en un viaje hecho a Grecia en 1909 se obsesionó con la idea de que moriría a los 62 años y encontró esa cifra una y otra vez, Freud teorizó sobre dicha coacción o compulsión a repetir, que según él se impone al principio del placer.
Se trata de un paralelo entre las manifestaciones incesantes y repetidas que construye la naturaleza en sus formas y la vida psíquica, la vida de la mente, de la percepción y sus emociones, también determinada por la repetición. Una de sus formas errabundas, pues éstas van y vienen, son las señales casuales que se amontonan en la vida diaria, aquellas coincidencias repetidas a menudo. Dice Calasso que la repetición de una señal del mundo exterior la convierte en presagio, en algo que alude a un significado desconocido, donde está el destino que también desconocemos. Y como nos perturban los significados no producidos por nosotros, tales presagios son perturbadores.
La sospecha más intolerable para Freud, la sospecha de que entre el mundo externo y la psique existe una complicidad, la confirmó en el espacio donde se mezclan las aguas del inconsciente y las del mundo, espacio mostrado a Freud por efecto de la repetición. No es fortuito que se utilice la metáfora del agua para nombrar ese encuentro, pues simbólicamente el inconsciente es un líquido que toma la forma de aquello que lo contenga.
Otra manera de pensar considera la repetición no como un imperativo inconsciente sino como la perseverancia de una incorrecta elección, por ejemplo, caminar por el mismo lado de la acera. Una técnica de desdoblamiento llamada correlato objetivo sirve para conseguir lo que su manera de pensar propone: cambiar de acera. O sea, reimaginarnos tal cuales somos pero siendo otros, desaprendernos, desprendernos. Una manera de pensar más, vinculada con esta última, hace de la repetición una simplificación. Los varios votos e impedimentos del renunciante, la ritualidad a la que se ve impuesto, le sirven para reducir considerablemente la distracción. Simplificar repitiendo.
La repetición, además, tranquiliza. El mediocre cuadrito costumbrista de las casas familiares trata de significar un tiempo ideal e inalterable, repetido igual que los días anteriores. La repetición es el sostén de la memoria asociativa y, contradiciendo a Freud, puede creerse que en ella se funda el principio del placer, que quiere una duración permanente. Es el “¡Detente, instante: eres tan hermoso!” de Fausto, la demanda para que no deje de ser, para que otra vez se repita.
La única forma de conocer una ciudad es perdiéndose en ella. Una propuesta creativa para no caer en la repetición: conocer mediante lo que se va descubriendo. Acaso se trate de una táctica similar a la variación del itinerario personal en previsión de secuestros. El secuestro de la repetición.
Es una tarea casi imposible mirar las cosas sin la causa contaminante de la repetición cuando las miramos. Ver las cosas solamente en ellas mismas. Por eso de noche todos los gatos son pardos, repitiendo el lugar común. El afán que le basta al día.
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El coro griego de Fernando Solana Olivares

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. Nuestra señora de las letras
En alguna charla, hace muchos años, Solana definió así a Marguerite Yourcenar, la gran escritora belga/francesa. Lo traigo a colación porque su obra cumbre, Memorias de Adriano, fue escrita entre 1948 y 1951, poco después de la Segunda Guerra Mundial. A pesar del horror que vivió la humanidad a partir del holocausto y de Hiroshima, Adriano, el emperador a quien le dio vida en esos años —y que está impregnado de alguna manera por el tiempo en el que Marguerite escribió su novela— tiene fe en el futuro, cree que quienes lleguen a ocupar Roma, en un futuro en el que ya no exista el imperio de los Césares, acabarán siendo menos bárbaros y más romanos.
Solana escribe su más reciente novela, Hormiguero, en la tercera década del siglo XXI. Describe el horror —nuestro horror, el de los feminicidios, los baños con ácido, los periodistas asesinados y un larguísimo etcétera— y, sin embargo, no pierde por completo la esperanza, aunque no cree en los voluntarismos de moda que afirman que por imaginar o decretar algo la realidad se transformará, como si estuviéramos frotando la lámpara del genio.
II. El camino a Hormiguero
Cuando leí por primera vez la novela, que he tenido el privilegio de publicar en El tapiz del unicornio, le expresé a su autor: «Para mi clase de literatura releí El Danubio. Magris habla del Banato como del territorio de lo fragmentado, la imposible convivencia de etnias, historia, cultura, lenguas, geografías. En el mundo de hoy, lo fragmentario es lo único que existe. Lo mismo pasa en tu novela. Por eso, en ella lo que importa es el coro, la polifonía de las narrativas individuales. Todos son protagónicos o nadie lo es. En Hormiguero descatan los discursos radiofónicos, así como los de las redes sociales. Miles de discursos, cada uno para unos cuantos. Pero esas células no se comunican entre sí. La red no es una red, a fin de cuentas».
III. La gozosa tortura de escribir
Fernando Solana es un espléndido ensayista. Allí está ese libro asombroso que es Cuarenta y nueve movimientos, ensayos narrados por una voz omnisciente; Luna Roja, sus ensayos tardomodernos, libro publicado también en El tapiz del unicornio y, muy recientemente, Casandra se desvanece, que el autor define como «ensayos, fragmentos, astillas».
Estamos también ante un gran novelista. Allí están como muestra Parísgótica, un homenaje literario a la capital de Francia; La rueca y el paraíso, donde habitan Adela y Vasconcelos, y la espléndida Casa Medusa, donde uno de los personajes se pregunta si está en la lucha, en el comienzo del reconocimiento o en la aceptación final. Pregunta que se hace Fernando y que, quizás, nos hacemos todos.
El Maestro Flaubert —citado por Kundera— señala que la estupidez es «la falta de reflexión sobre los lugares comunes». La obra de Solana es la de un escritor que deconstruye los lugares comunes y nos exige una complicidad con la inteligencia, la sensibilidad y el amor a la literatura. Amigos lectores de Morfemacero: compren y lean Hormiguero. Es una estupenda novela, que retrata nuestro tiempo, reflexiona sobre nuestro México con un poco de amargura y guarda, sin embargo, un poco de esperanza basada en las mujeres y hombres buenos que todavía hay, y en el poder transformador de la literatura y el arte. Está escrita por un escritor que padece y disfruta la escritura. Así le pasa a los artistas de verdad.
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Voz del cristal

Román Villalobos
En mi primer día de trabajo como profesor de bachillerato, Cristian se sienta hasta atrás, junto a la ventana. Bromea, ladra, aúlla, lanza su gorra al aire y la azota contra su banca. Su mente es esta bocina intensa y estruendosa. Pienso que su incapacidad de guardar silencio es una afrenta, pero luego me explican que es imposibilidad. Literalmente no puede controlarse. Anda cricoso, profe, me explica Ulises cuando se acerca a que le revise una actividad. Ese vato vende crico, dice, lo vende y también se lo mete, ha de sudar crico el hijo de su puta madre. El crico es el cristal, el foco, la metanfetamina. Cristian no deja de vociferar. Le pido que guarde silencio. Cristian lo logra por cinco segundos, que logro contar. Aaaaay, cabrón, dice de repente. ¡Ya póngale un bozal, profe!, me susurran desde adelante.
Hoy me preguntaron cuántas drogas me he metido, y de cuáles. Es una pregunta habitual que los estudiantes hacen cuando se sienten en confianza con quien está frente a grupo. Les digo que sólo he probado sustancias psicodélicas y la generalizada marihuana. Hablamos un rato de sus efectos, de las políticas globales de drogas y su relación con el arte, la cultura, la creación. La clase pasa amena, el tema interesa a la mayoría. Se involucran. Es una realidad que les toca. No hay tabú. Al final, Óscar dice: eh, profe, yo le puedo conseguir lo que quiera. Se escuchan algunas risas. ¿Lo que quiera? Ajá, sí, LSD, DMT, hongos, lo que se le ofrezca.
Cuando cumplo un año como profesor, escribo que nadie enseña la pedagogía correcta para tratar con un alumnado sumido en la distracción, los estímulos de todo tipo, los discretos ríos de cristal que se mueven de mano en mano, de mochila en mochila, de una moto a otra. Nadie te enseña lo que hay que decir. Te hacen firmar contratos temporales y esperan que, milagrosamente, siempre conozcas las palabras adecuadas. Ante el estudiante que llega a clases en pleno viaje, bajo los efectos en plenitud, ¿qué es bueno decir que no caiga en oreja perdida? ¿Cómo es bueno decirlo para que sea en verdad escuchado? Nadie te prepara para esto.
Le digo a Óscar que muchas gracias, pero que por ética no puedo darme ese lujo. ¿Ética de qué, o cómo? Ni que fuéramos soplones, me dice. ¿Usted cree que yo lo voy a reportar? No manche, si yo estoy vendiendo. Luego me llega un mensaje suyo. Ha visto mi número en el grupo de WhatsApp institucional. Me envió un PDF, un catálogo de precios y productos. Además de los mencionados hay otras sustancias, como el perico (cocaína), el cristal o las tachas. El diseño del PDF lleva algunos colores fluorescentes al fondo y personajes de la cultura memética de Internet, como Pepe la rana o el perro Cheems tapándose el hocico, avergonzado.
Dos años en la docencia y pienso: fui un idiota, debí estudiar para psicólogo y no la carrera en Humanidades. Ellos quieren algo de lo que yo puedo ver, pero apenas estoy aprendiendo a traducirlo para su necesidad de respuestas inmediatas. Esto lleva tiempo, y tiempo es lo que dicen no tener. Se les pierde mientras lo buscan. Cuando creen encontrarlo, ya no hay nada. Aparece una luz, una pantalla, un sonido, una distracción, y el tiempo pasa a segundo plano.
Llevo a Cristian fuera del aula, le digo que no puede estar en mi clase en ese estado. ¿En qué estado, profe? Estoy bien, mire, míreme los ojos. ¿Sí puede ver? Sus ojos están enrojecidos, tiene manchas en los dientes. Lo dejo en la oficina del director. No volverá a aparecer en mi materia. Cuando regreso al salón, alguien me pregunta: ¿y el perro, profe? ¿Lo sacó a pasear?
Cuando todos se marchan, Verónica se acerca y me dice que no le compre a Óscar, que está loco. Le digo que está bien, que no se preocupe, que las cosas así pasan todo el tiempo. Lo interpreto como un gesto de empatía. Ella responde: profe, cómpreme a mí, yo doy más barato y además le consigo todo más rápido.
Arturo nos invita el desayuno. Se acaricia los brazos como si tuviera frío, parpadea muy rápido. Noto que tiene dos dientes falsos, de colores plateados. En algún punto dice que hace seis años debió terminar el bachillerato. ¿Y luego, qué pasó?, le pregunto. La droga, profe, el foco, de ahí me quedaron los tics. Mi familia me echó de mi casa y, no me pregunte cómo, pero terminé en Tijuana, fumando foco bajo el puente. Vivíamos un chingo de monos ahí, en una casa cerca del cruce internacional, y robábamos autopartes para venderlas y poder comprar más cristal. Nos metíamos a casas, asaltábamos. Por esos días empecé a escuchar voces, a ver las voces rondando mi cabeza, sin parar. Pero no me podía detener en ellas. Lo que quería era seguir, seguir, así hasta donde topara.
En estos años de docencia, he terminado por entender que la vocación te lleva a hundir en el fango una mano extendida. Es el lodo de la distracción permanente, la búsqueda de un placer duradero en un caudal de estímulos efímeros. Muchos vienen sólo porque el certificado de bachillerato les abre las puertas a mejores puestos de trabajo, o al menos a una explotación un tanto menos abrumadora. Es un trámite. Lo que hay dentro de las clases no importa. Entonces, si no abren sus caminos a la educación como un proceso transformacional, ¿a dónde van nuestras peroratas dentro del aula? Estos son mis temas, mis tiempos y mis realidades, y son también las urgencias de mi profesión. Son los estudiantes que tocan a la puerta de mi conciencia. Ante ellos, el futuro se desenrolla como algo burdo, tosco, que no concede nada. Sería fácil juzgar y moralizar, pero esa sería, para mí, la salida sencilla. Lo complicado es sentarse a su lado y escuchar, percibir los cambios en la voz y los puntos de quiebre en sus panoramas. Darse cuenta de que no ven nada a lo que asirse. Quizá sólo el humo. El calor de un mundo ardiendo.
Quizá sólo el humo. En sus historias de WhatsApp, Verónica aparece constantemente fumando. En realidad sólo exhala. ¿Qué estás fumando?, le pregunto una vez. Eeeeh, profe, algo leve, algo leve, ¿va a querer?, y un emoji de dos ojos que miran con curiosidad. Sólo le dije: cuídese. Ella responde hasta el día siguiente: yo siempre, profe. Luego abandonó la escuela. Nadie supo darme más razones de ella.
Una vez, dice Arturo, me asomé a una ventana desde la cual se podía ver el puente internacional. Era un tercer o cuarto piso. Miré hacia abajo y una voz me dijo: aviéntate, no te pasa nada, tú puedes volar. Sólo pensaba en fumar un chingo de foco. La voz me dijo: lánzate de cabeza y vas a ver que llegas más rápido al mar de crico que te espera. Y como no tenía dinero para comprarlo, sentía que las nubes estaban hechas de papel moneda. Recordé los árboles frutales de por la casa, allá abajo, y pensé que al caer de las ramas reventarían en monedas de oro. Quise brincar y tocarlas, metérmelas en el cuerpo. Pero no salté. Me detuvo el escalofrío y el dolor. Ese fue mi punto de quiebre. Me regresé a Lagos, me anexé yo solo en la clínica y ahora estoy casado, tengo dos hijos y quiero acabar la prepa. La vida sigue. Sólo una vez quise fumar de nuevo, pero recordé la voz que me invitó a lanzarme de cabeza y me dio miedo. No era mi voz, no era ninguna voz que conociera. ¿Era la voz de todos?, le pregunté. Sí, era cualquier voz. Era la voz del cristal. Todas las voces y ninguna al mismo tiempo. Pero mía, mía, no era, eso sí se lo puedo asegurar.
Nota:
Esta crónica ha sido escrita a raíz de las notas y los apuntes recogidos entre 2020 y 2023, durante mis jornadas de trabajo como profesor de Bachillerato en una institución educativa privada de la ciudad de Lagos de Moreno, la cuarta más grande del estado de Jalisco e importante punto en la red de tránsito del narcotráfico. Los nombres han sido modificados para proteger la privacidad y la seguridad tanto de los implicados como del autor.
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Atractor extraño

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
La nueva mentalidad científica que aún no se conoce masivamente representa una forma de pensar que podría cambiar la conciencia humana —si hay tiempo histórico para ello— como ningún otro paradigma lo ha hecho antes. Aunque fuera un cambio primario de la interpretación sobre el ser en su relación consigo mismo y con lo que lo rodea, sería suficiente para abrigar esperanzas. Así como se especula que el Ulises de Joyce, que mantendrá a los críticos ocupados durante trescientos años, anticipa la mentalidad lingüística que entonces prevalecerá, así este cambio epistémico anuncia un futuro que ya está aquí.
Quizá lo mismo hace Alicia de Lewis Carroll en clave literaria con su poderosa fantasía: a) anticipar que materia y energía son dos formas de la misma cosa: materia liberada o materia por liberarse; b) asumir que en la base de las partículas se hallan pequeños quarks (término tomado de Joyce) infinitesimales, los cuales antes de ser cualquier objeto reconocible, son modelos y relaciones sobre los que existe una pregunta sin respuesta: “¿cómo puede haber modelos y relaciones sin nada que sea modelado o relacionado?” (Alfred Nolan); c) descubrir que las partículas saltan de una órbita a otra sin pasar a través del espacio entre ambas órbitas; d) saber que las partículas elementales “emergen del vacío mismo: éste es el sencillo e impresionante descubrimiento, en la base del universo hierve la creatividad” (Brian Swimme).
Alicia obedece en su mundo paralelo al fenómeno de orden implicado y orden explicado, propio de la cosmología contemporánea — y por lo demás, todo obedece a tal fenómeno. El primero, el orden implicado, según lo explica David Bohm, es el vacío creador, la totalidad intacta del universo que resulta invisible ante nuestros sentidos. El segundo, el orden explicado, está compuesto por la multiplicidad y la diversidad de fenómenos y acontecimientos que provienen del orden implicado y se presentan ante nosotros como prueba empírica. La afirmación del biólogo John Haldane sobre el universo como algo más extraño de lo que pensamos y más extraño aún de lo que podemos pensar pone la cuestión en perspectiva: la realidad manifiesta es un misterio que escapa del escrutinio de la razón cartesiana y dualista que ha caracterizado a la modernidad. Tendría que desarrollarse una supra-razón para conseguir comprenderlo, o cuando menos aceptarlo. Lo que un escolástico llamó docta ignorancia: saber que no podemos saber y sin embargo intuir, vincular, imaginar significados y causas que nos rebasan, mediante una inteligencia de doble vía, no separativa, cuyo mecanismo sea relacionar esto con aquello y todo con todo.
Fritjof Capra ha escrito que “la actividad de organización de los sistemas vivos, en cualquier actividad, es una actividad mental”. Todos los seres vivos tienen mente de una clase o de otra. Y la noción mente no significa, para el nuevo modelo conceptual, una cosa u objeto sino un proceso. Aunque para el materialismo imperante suene a magia irracional, el cambio de la conciencia humana consiste en asumir la condición interconectada e interdependiente del universo, no asumido como una colección de objetos sino como un sistema de sistemas dentro de sistemas. Cada cosa, persona o ser vivo es un todo que a la vez es parte de un todo mayor que se integra a otro todo y así indefinidamente hasta un punto, si lo hay, no pensable.
“Empleo la expresión ‘abismo que lo nutre todo’ para señalar este misterio que está en la base del ser”, ha dicho Swimme, como si fuera un místico humilde y maravillado ante la inagotable complejidad de lo real en su forma básica: el orden implicado. Un nuevo relato de la creación, una gran narrativa cosmológica está ya entre nosotros. Es cierto que el orden explicado de estos días oscuros se ha vuelto en mucho brutalmente caótico, un ejemplo clásico de la teoría del caos, la cual establece que sistemas de varias clases existen al borde del caos pero que de pronto, inesperadamente, surge un “atractor extraño” que lo reordena y produce un orden nuevo.
Saber que el universo está interconectado como una red donde el empalme con cualquiera de sus segmentos afecta la totalidad (un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna, dícese de Dios), puede ser ese atractor extraño cuyo desarrollo cultural y colectivo ha de darse aceleradamente para salir de esta época perturbada lo más pronto que sea posible.
Joyce, burlón y descreyente, escribió acerca de “la divina improvidencia”. Vuelven entonces a tocarse dos ámbitos paralelos antes drásticamente separados: metafísica y física, materia y espíritu, cuerpo y mente, cielo y tierra, ondas y partículas. Tales cambios son morfogenéticos y trastornan al máximo lo habitual. Del riesgo calculable se pasa a la incertidumbre, aquella forma superior de la sabiduría. Disponibilidad de última hora o exigencias del nuevo paradigma (por otro lado tan antiguo) de la vinculación del Uno con el todo y el todo con el Uno. El Tao llamó a este saber o disposición de la mente humana un fluir, forma de la improvidencia.
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Adriano, Antinoo, Yourcenar

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. Tras las huellas de Antinoo desde México
Francisco de la Maza (1913-1972) fue historiador del arte. Amigo de Justino Fernández y discípulo de Manuel Toussaint, fue maestro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de la Escuela Nacional de Antropología e Historia e investigador del Instituto de Investigaciones Estéticas. En 1966 publicó Antinoo, el último Dios del mundo clásico, que el mencionado Instituto acaba de reeditar.
Recordemos la historia. El emperador Adriano encuentra, en su edad madura, en el joven bitinio Antinoo, un instante de felicidad. El efebo muere ahogado en el Nilo. Adriano lo convierte en Dios. Se inicia así su representación iconográfica en monedas y esculturas. Antinoo se convierte en símbolo de la belleza masculina, adornado por el esplendor de la muerte temprana.
Dice De la Maza: «Antinoo ha sido el reto más solemne que se ha hecho a la escultura. Un adolescente griego inundó el Imperio romano con su presencia. se le esculpió en Italia, en Grecia, en Egipto; se acuñaron monedas de Grecia al Asia Menor; se hicieron pinturas, se labraron camafeos. Y todo en unos cuantos años del siglo II. Con la escultura antinoica muere el arte clásico».
Podemos dar por válida esta afirmación o cuestionarla. Nos da, sin embargo,
la oportunidad de recordar a este efebo, amado por Adriano. En cuanto a la reedición del libro, bienvenido, sobre todo por la iconografía de Antinoo.
II. Marguerite Yourcenar
Una de las grandes novelas de Yourcenar -la otra es Opus Nigrum– es Memorias de Adriano, la carta que el emperador le dirige a Marco Aurelio que será a su tiempo también emperador.
En esta obra maestra, el narrador relata: «Hice que se quedara cuando se fueron los demás. Era poco instruido, lleno de ignorancias, reflexivo y crédulo. Pronunciaba el griego con acento asiático…. así nació una intimidad; a partir de entonces me acompañó en todos mis viajes y comenzaron los hermosos años. Antinoo era griego. Remonté en los recuerdos de aquella familia antigua y oscura, hasta la época de los primeros arcadios a orillas de la Propóntida. Pero en aquella sangre algo acre, el Asia Menor habrá producido el efecto de la gota de miel que altera y perfuma un vino puro… su presencia era extraordinariamente silenciosa… aquel hermoso lebrel, ávido de caricias y de órdenes, se tendió sobre mi vida».
III. Muerte en el Nilo
Al parecer, Antinoo comprendió que, adorado como era en su tierna edad, sería abandonado, rechazado y sustituido por el emperador conforme abandonara sus encantos juveniles. Tampoco él quería verse convertido en otro ser, imperfecto a sus ojos por haber madurado. Tomó la decisión de dejarse morir. La rosa prefiere morir con los pétalos abiertos; ninguna quiere la tortura de verlos marchitos.
Un crítico italiano sugiere que Adriano mismo terminó con su vida, toda vez que nunca lo trató como amante. Pasó de lebrel a Dios, lo que es más fácil, sugiere. Inquietante propuesta pero falsa: el lugar de Antinoo era el de ser la mascota perfecta. A la muerte del amado, lo que le queda al Emperador es la Disciplina Augusta, el trabajo duro para intentar olvidar y el prepararse para entrar a la muerte «con los ojos abiertos».
Memorias de Adriano es una obra maestra que describe el ascenso de un hombre que fortaleció el Imperio Romano, leyó los libros de su tiempo, tuvo el apoyo de Plotina, conoció la traición y el engaño, pero también la lealtad y la sabiduría. Su vida, sin embargo, hubiera estado incompleta si no hubiera estado invadida por la pasión: insensata pasión que volvió al Emperador, en su lujuria y en su dolor, más humano. Así lo retrata la novelista belga. Y en la iconografía del libro publicado por Estéticas podemos observar las mil y una caras de este objeto amoroso, el inmortal Antinoo.
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La epifanía de Hermógenes

Araceli Mancilla Zayas
¿Qué provoca la ciudad de Oaxaca en quienes la viven?
No eran el licenciado Zárate ni el comerciante Hermógenes Suárez los culpables de la “la molicie del hastío” que ambos compartían. Era Oaxaca. Pero no se les tome a mal este sentimiento, en apariencia negativo. Oaxaca es una ciudad de finales de los años veinte del siglo pasado y algunos más, que estos personajes, cómplices pintorescos, van desmenuzando con anécdotas y comentarios crecidos en interés y complejidad intelectual conforme avanzan los once capítulos que integran El tedio de Hermógenes (1450 Ediciones, 2ª edición, Oaxaca, 2023).
La molicie del hastío que sufren se debe al exceso. Oaxaca es un espacio donde los dos amigos viven en un presente que encuentra presencia en el pasado y se proyecta al futuro. Porque en el alma existen las tres cosas, se dice en este libro, citando a san Agustín. La ciudad es tiempo que va dando carácter al lugar con acontecimientos, personajes, formas de ser, construcciones históricas, desaveniencias, acuerdos y valores entendidos. Oaxaca es en sí misma un personaje que impone su cuerpo y espíritu milenario a Hermógenes Suárez y al licenciado Zárate. La presencia de la ciudad los rebasa en un éxtasis. A estos dos compañeros de disertación no les queda más que rendirle culto, contemplarla, vivirla, sufrirla y tratar de descifrar sus misterios, sus razones para ser como es.
Alentado por la novela póstuma Bouvard y Pécuchet,de Gustave Flaubert, Fernando Solana emprende la escritura de este texto híbrido y erudito que hila el encuentro de la ciudad de Oaxaca con sus cronistas, historiadores y críticos más agudos, echando mano de un tono sarcástico
Francisco de Afrojín, sacerdote viajero del siglo XVIII, inicia el entramado de voces que hablan de ella, pasando por Manuel Toussaint, el padre José Antonio Gay, Charles Etienne Brasseur o los escritores D.H. Lawrence, Italo Calvino y Malcolm Lowry, entre muchos más. La ciudad y sus circunstancias, su posición como un pequeño territorio novohispano, primero, y luego población de belleza y sabor colonial singulares, se nos muestra compleja y, por momentos, inescrutable.
La forma que ha escogido el autor para mostrarnos Oaxaca la enlaza a su historia, incluso a la prehispánica, a través del diálogo entre el licenciado Zárate y Hermógenes Suárez, pero también entre éste y su futura esposa, la perspicaz Catalina Ochoterena Mori.
Entre los diálogos directos de estos personajes se inserta la voz de un narrador que muestra lo que dijeron algunos visitantes ilustres sobre Oaxaca, sea porque estuvieron de paso en ella, o porque la vivieron en el entorno de situaciones específicas, como en el caso del fotógrafo francés Désire Charnay, quien estuvo en la ciudad a mediados del siglo XIX, durante siete meses, o el músico oaxaqueño Juan Matías, maestro de capilla de la Catedral en el siglo XVII.
Esta voz narrativa expone sus ideas, ensaya posibilidades y da opiniones a partir de lo que revelan las cartas, diarios y crónicas a que alude, a la vez que maneja diversos espacios temporales. Con este trasfondo crecen en consistencia las disertaciones de Hermógenes y el licenciado Zárate y las de la propia Catalina.
Es admirable la cantidad de asuntos de los que se entera el lector alrededor de temas diversos como la llegada del chocolate a Mesoamérica; el inicio de la fotografía de monumentos y sitios arqueológicos en México; el manejo de las plantas de conocimiento, en particular de los hongos psicoactivos, utilizados con sabiduría por la chamana María Sabina; la intoducción de oficios como el de panadero, o la huella del mezcal, “luna caústica” que atrajo sin remedio a Malcolm Lowry y lo instaló en la noche de Oaxaca y en la cárcel mexicana.
Vemos pasar, en el dramatismo de una procesión solitaria a plena luz del día, la política episcopal que logró derrotar a las órdenes dominica, franciscana y agustina, “las órdenes religiosas que habían erigido la arquitectura, las artes, los oficios y el espíritu del pueblo de Oaxaca, transmitiéndole conocimientos civilizatorios, de raíces utópicas e igualitarias ante César y ante Dios”, nos dice el narrador. El suceso ocurrió en 1627.
En este libro se entera uno de que los muñecos de calenda, tan tradicionales y folclorizados en el presente, fueron invención del obispo Montaño y Aarón al disponer la creación de estos gigantes, esculturas representativas de las varias razas humanas, para hacerlos bailar en la procesión del Corpus. Se destinaron a este fin desde 1741.
En El tedio de Hermógenes hay macro y microhistoria. Los conflictos que se presentan tienen hondas raíces filosóficas y sociales. Han atravesado los siglos y perviven, transformados, en el presente. Es el caso de la actitud racista que traslucen las opiniones de D.H. Lawrence sobre la gente de Oaxaca. Algo que sucedió a principios del siglo XX en el encuentro de un escritor colocado entre los grandes de la literatura universal con la ciudad, deja ver lo relevante que es la creación de nuevas narrativas e interpretaciones de la realidad de Oaxaca, a la luz de un conocimiento profundo de las identidades, formas de vida y maneras de pensar que conviven en ella.
Uno de los episodios más inquietantes del libro trae a colación la famosa reunión de teólogos y consejeros de Carlos V, encabezada a mediados del siglo XVI por Bartolomé de Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda, para debatir sobre la humanidad de los habitantes de estas tierras, a quienes los conquistadores llamaron desde entonces, por un error geopolítico, indios. La visión prevaleciente en los hechos fue la de considerar a la población designada con ese nombre como no del todo humana y someterla a esclavitud; sirvió para inferiorizarla, discriminarla y mejor explotarla durante los siglos subsecuentes.
Los daños y efectos de tal política colonial persisten. Las muchas maneras sutiles y no tanto en que el racismo y el clasismo se expresan hasta el día de hoy se hacen visibles en El tedio de Hermógenes y reafirman que el camino para expulsar de nuestro lenguaje las palabras indio e indígena debe continuar abierto en las discusiones actuales.
El capítulo “Zaratustra en los portales” es especialmente conmovedor. Las cartas inteligentes y nobles de Juan Matías, la preciosa disertación que entabla con Antonio de Membrilla sobre forma y fondo en el arte, así como la ilusión de apresar el mar con música, dejan resonancias poéticas. Fernando Solana logra crear con gran belleza las palabras que sin duda hubiera podido decir el notable músico a interlocutores que en realidad son imaginarios.
¿Qué provoca la ciudad de Oaxaca?: El tedio de Hermógenes es un largo y amoroso viaje por su historia desde la búsqueda, la imaginación y la fantasía de un hijo ausente que no la olvida.
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Abreviando lo disuelto

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
A) “Opulento en réplicas silenciadas”. Este verso del poema Clarel de Herman Melville puede servir para expresar los sentimientos que la época posmoderna provoca en cualquiera dispuesto a mirarla cara a cara, con lucidez y sin sentimentalismo. Es imposible, por insano, decir todo lo que se piensa y siente acerca de ella. Entonces deben silenciarse esas réplicas amargas sobre una realidad envilecida cuya peor expresión, si acaso, es la envoltura deslumbrante que la constituye: la engañosa democratización del deseo como misión ontológica del sujeto, el consumo material inagotable como cifra de la felicidad, el nihilismo tecnológico de una civilización que está a punto de hundirse al modo de la orquesta en el Titanic, la doble moral de las apariencias que consagran la impunidad corrupta como única ética colectiva y real, el compulsivo principio del placer y el egocentrismo y la infantilización como fundamentos primarios de la existencia individual.
B) Sin embargo, hay muchas miradas que proliferan e interpretan la realidad. El asunto radica en multiplicar la mirada personal sobre uno mismo y el mundo para así encontrar otros significantes en los significados inmediatos como la violencia imparable, el sinsentido de la vida cotidiana, la mentira sistémica en todas las esferas de lo público y aun de lo privado, la ausencia de futuro para un mañana que ya llegó, la precariedad recurrente y el deterioro de lo inmediato, la descomposición civilizatoria, significados que si no se interpretan de una manera distinta a como se muestran superficialmente resultan insoportables por tóxicos y destructivos unos, por banales otros, y gran parte de ellos por ser ostensiblemente falsos. La tarea de la conciencia crítica actual consiste en identificar, para desmontarlos, aquellos montajes de una ingeniería social cuyos marcos de referencia son artificiales y que hoy el sistema global mediático se esmera en repetir, propalar y perfeccionar. El miedo, en todas sus variantes, es uno de ellos. Por eso el nombre para nuestros días también es el de la sociedad del miedo.
C) La psicología llama “montaje” a toda programación, mental o cerebral, que incluya una acción efectiva, la preceda y continúe guiándola y controlándola a través de mecanismos de selección, facilitamiento o inhibición. Suelen distinguirse entre “montajes de acción”, “montajes de contexto”, “montajes de finalidad”, “montajes de orientación”, y de una manera general se habla de “montajes-sentimientos” y “montajes-actitudes”. Y si bien los montajes son indispensables para el ser vivo en circunstancias esenciales, pues sobre todo funcionan como selectores para la conciencia biológica y psicológica porque le permiten elegir las partes útiles de un efecto dado e impiden que se pierda en las partes inútiles de dicho efecto, se sabe que esos marcos de referencia pueden transformarse cuando la conciencia del sujeto obtiene un aumento en la información sobre el fenómeno que percibe, o bien cuando cambia el postulado que utiliza para interpretarlo. La creencia no es conocimiento, y ella es la que sostiene en general tales montajes y sus marcos de referencia, pues la creencia insiste en atribuir a algo o a alguien una valoración estable y constante, a pesar de los cambios de perspectiva, de las circunstancias mutables o de la experiencia misma. Es parte de nuestro drama humano y hoy subrayadamente histórico: la ingeniería social mediática nos lleva a creer y nos impide conocer.
D) Herman Melville lo escribió con desoladora hermosura al inicio de Redburn: “Aprendí a pensar mucho y amargamente antes de tiempo.” Esta es la primera variante de la operación: el pensar de la conciencia como un paso inevitable hacia el dolor —aunque ahora, dadas las urgencias catastróficas del tiempo histórico, no pueda hablarse de anticipación alguna—. Lo dice hasta el Eclesiastés (1:18): “Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor.” De tal manera se creyó durante milenios que conocer era equivalente a sufrir. Uno de los desmanes del psicoanálisis, causa y efecto a la vez de la modernidad, fue la exaltación devocional y religiosa del principio del placer, el cual implica la nihilista e ignorante ignorancia destructiva del impulso yoico, y la construcción existencial del usuario terminal de sí mismo, ese insaciable consumidor contemporáneo. Pero la segunda transición operativa es distinta: del conocimiento al dolor, primero, del dolor a la comprensión, después. De ahí que la inteligencia verdadera sea la facultad que se abstiene, la que nos permite desmontar los tantos montajes que nos infectan, nos intimidan y nos enajenan. La inteligencia es decir no.
D) Existe una región del pensamiento que se designa como la de los montajes personales correctos. Es una “voluntad de la técnica apropiada” que permite al individuo colocarse por encima de un doble obstáculo: lo extra-punitivo (mi circunstancia es culpa de los demás, de la sociedad, del destino), y lo intra-punitivo (mi circunstancia es mi culpa, mi desastre, mi castigo). Se afirma que una voluntad consciente capaz de desarrollar esos nuevos montajes ingresará a una actitud adulta: la de quien desea ayudarse de verdad, aquel que respeta al universo, a sus creaturas y a los otros, quien también se respeta a sí mismo, trabaja seriamente en cualquiera que sea su ocupación, y en medio de la niebla histórica y las ansiedades psicológicas posmodernas practica una actitud de “espera y observa”. Sólo así se abstendrá de una conducta infantil de juego irresponsable con la realidad, de una actitud autoritaria que quiera imponer a los demás o de un sufrimiento que no resulta objetivo ni necesario.
E) “¡Despréndete de todos los temas foráneos; dame tu persona!”, demandaría Herman Melville, escribiendo sobre aquel otro montaje que también se llama abreviar la disolución. Lo que se logra con ello, habrá explicardo el taoísmo, es un acuerdo íntimo, un reconocimiento sin mente: el mundo, su risa, su maravillamiento pleno, sus epifanías, todo ello y mucho más son lo que yo soy cuando estoy sin mí, aun su tragedia humana. Contra montaje: salir de uno mismo para ser en lo demás. Y así curarse de las crisis de desesperanza.
