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Lenguaje burocrático y políticamente (in)correcto / II

Juan José Doñán
Otra incorrección no menos común es emplear como pronombre relativo el adjetivo de identidad mismo o misma, cuyo significado preciso es, según el diccionario canónico (el de la RAE), “exactamente igual” y “no otro u otra”. Un ejemplo de esta incorrección se da cuando alguien dice o escribe de manera desaprensiva una parrafada como la siguiente: “el abogado fulano de tal, mismo que es autor de una importante obra histórica”; cuando lo correcto sería decir “quien o el cual es autor de una importante obra historiográfica”.
Esta pifia la cometen incluso personas que pasan por enteradas y una de las cuales, por cierto, figura como “miembro correspondiente” de la Academia Mexicana de la Lengua (AML). Se trata del señor José María Muriá, de quien basta con leer cualquiera de sus escritos y revisar su historial profesional para concluir que está muy lejos de ser una autoridad filológica o siquiera alguien medianamente competente y confiable en materia gramatical, por lo cual puede inferirse que el motivo de su nombramiento como “corresponsal” de la AML obedece más a relaciones públicas o cuatachismo que a una verdadera competencia profesional en el idioma de Cervantes, competencia que sí tuvieron varios de los jaliscienses que lo precedieron en ese nombramiento más o menos honorario, por no decir inocuo, de ser “miembro correspondiente” de la AML. Tal fue el caso de Adalberto Navarro Sánchez, de Alfonso de Alba Martín y, entre otros, de Ernesto Flores Flores, aunque no tanto de otro Ernesto, el que se apellidaba Ramos Meza.
Por lo demás, no deja de ser significativo el hecho de que el más importante filólogo mexicano (el ya varias veces mencionado Antonio Alatorre) rechazara una y otra vez las invitaciones para que pudiera integrarse a la AML. Y ello tal vez porque el autor de Los 1001 años de la lengua española consideraba que, tal como solía repetir el personaje más conocido, o casi monotemático, representado por el actor yucateco Arturo de Córdova, la AML en realidad “no tiene la menor importancia”.
Por descuido, por pereza mental o por ignorancia, se suele sustituir o igualar el adjetivo numeral ordinal (séptimo, noveno, trigésimo…) por el numeral cardinal (siete, nueve, treinta…), pasando por alto que en el primero caso se hace referencia no sólo a la cantidad de algo, sino al orden que ese algo o incluso alguien guarda en un conjunto. Y otro tanto sucede con la confusión de los adjetivos numerales partitivos con los ordinales, pues no es lo mismo onceavo (cada una de las once partes iguales de una unidad) que undécimo (la posición o la colocación de algo o de alguien, entre el noveno y el duodécimo lugares). ¿Qué mes del año es noviembre? El undécimo o décimo primero, pero no el onceavo, en la inteligencia de que este mes sencillamente no existe.
Una pifia de otro jaez, pero igualmente común en el oficialés mexicano, es la expresión “sentarse en la mesa”, en lugar de “sentarse a la mesa”, cuando equis persona se quiere referir a la búsqueda de un acuerdo entre distintos interlocutores. Es obvio que donde hay que sentarse es en la silla o en las sillas, y no en la mesa, sino a la mesa. Y no sólo por urbanidad y buenos modales, sino porque las sillas son más cómodas como que fueron concebidas precisamente para que la gente se siente en ellas.
Otro cliché muy sobado o repetido entre ciertos adictos al oficialés es la frasecita “al final del día” y con la cual lo que realmente se quiere decir es “a fin de cuentas” o sencillamente “en conclusión”. Uno más es el uso equivocado que muchos y muchas y muches le dan al adjetivo literal, empleándolo como adverbio, prescindiendo (es obvio que de manera errónea) del sufijo mente. Asimismo, es una equivocación emplear reestructura (conjugación del verbo reestructurar en presente de indicativo de la primera persona y también de la tercera del singular) como sinónimo del sustantivo reestructuración.
Pero entre las muchas manías locales y nacionales del oficialés tal vez ninguna supere la del uso abusivo –y en la mayoría de los casos incorrecto– del término tema, y al cual sus desaprensivos usuarios han terminado convirtiendo en una especie de palabra comodín (en una forma lingüística roma y perezosa) que se repite a propósito de casi todo. Entre esos usuarios excesivos, abusivos o repetidores mecánicos de vicios lexicológicos ajenos, o en imitación de lo que dicen otros, se encuentran lo mismo funcionarios públicos y políticos de toda laya que dirigentes universitarios, ejecutivos empresariales, representantes de casi cualquier gremio, locutores, reporteros, párrocos de infantería y también prelados, comentaristas o editorialistas, politólogos, presuntos “líderes opinión” y hasta no pocos académicos o dirigentes ídem, e incluso escritores de ficción y quienes, al menos en teoría, pasan por ser escritores profesionales.
Todos ellos han venido abusando, ya sea por pereza mental, por ignorancia, por vocación demagógica o por imitación extralógica de la tan llevada y traída palabrita tema; de tal forma que la suelen emplear como sinónimo de muy diversos conceptos, los cuales, en la mayoría de los casos, poco o nada tienen que ver entre sí y menos aún con el significado que el diccionario y nuestra tradición lexicográfica le asignan a la palabra tema: “Proposición o texto que se toma por asunto o materia de un discurso”, es decir, tema es sencillamente “de lo que trata algo” o del asunto central de equis cuestión.
Sin embargo, los adictos al oficialés usan tema como equivalente lo mismo de asunto y materia que de problema, caso, área, cuestión, aspecto, rubro, deficiencia, tópico, dificultad, proyecto, relevancia, discusión, disputa, punto, componente, agenda, capítulo, prioridad, pendiente, formato, carencia, noticia, modalidad, fin, propósito u objetivo y un larguísimo etcétera. Y, por supuesto, sin reparar en el hecho, hay que repetirlo, de que la mayoría de esos impostados sinónimos nada tienen que ver con el significado real de tema. Pero es tanto lo que se abusa de ese término por parte de personajes públicos (no sólo políticos, sino incluso gente de negocios, de la farándula, del deporte profesional), así como de muchísimas personas con acceso frecuente a los medios masivos de comunicación que, si en algún momento se llegara a proscribir el uso de la palabra tema, de seguro serían legión quienes se quedarían mudos o sin nada que escribir.
Un buen ejemplo de ello lo dio repetidamente quien, en su momento, fuera el director del Comité Deportivo de Jalisco (un señor de nombre André Marx Miranda) durante el gobierno del finado Aristóteles Sandoval (2013-2018). Dicho funcionario dijo en más de una ocasión que no era seguro que el gobierno del estado –del cual él formaba parte en aquel momento– les fuese a otorgar una gratificación económica a los atletas jaliscienses que habían ganado medallas en los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Según sus propias palabras, el gobierno de Jalisco y la dependencia a su cargo tenían descartado otorgar cualquier tipo de recompensa en metálico “por un tema presupuestal”. Ahora sí que, como solía decir el vocero presidencial de Vicente Fox (Rubén Aguilar), lo que el señor Marx Miranda quiso decir con lo de “un tema presupuestal” era simplemente “falta de dinero” o, recordando el memorable pochismo que en cierto momento utilizó el presidente mexicano Ernesto Zedillo, quien se escusó de comprar algo que le ofrecía una indígena otomí, aduciendo aquello de “No traigo cash”.
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Celan en el puente

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Citado por Carlos Ortega en su conmovedor prólogo “Que nadie testifique por el testigo” a las Obras completas del poeta Paul Celan (Trotta, Madrid, 1999), John Felstiner afirma que éste “asumió su desgracia y nunca creció inmune a ella”, la cual fue haber nacido en un tiempo y en un lugar equivocados.
La palabra que más repite Paul Celan en los ochocientos poemas que publicó y en los cuatrocientos setenta y seis que dejó inéditos —“casi 1.400 veces a lo largo de treinta años de escritura”— es tú. El prologuista define eso como “un afán manifiesto de encontrar un interlocutor”, cuyos objetos/sujetos irán desde el poeta mismo hasta su familia, una piedra o una letra del alfabeto hebreo.
Acaso entonces dijo tú al puente Mirabeu en París aquel 20 de abril de 1970 cuando desde ahí saltó al Sena. Venía del piso que ocupaba en el número 6 de la Avenue Émile Zola, donde hacía año y medio vivía solo, separado de su esposa e hijo. Tiempo atrás Celan se había referido al puente Mirabeu en su poema “Y con el libro de Tarusa”, vinculándolo además a otra poeta, suicida igual que él ante el horror de la historia, Marina Tsvietáieva.
Sería inútil elucubrar lo que pensó el poeta que desmintió la tesis de Adorno de que después del holocausto había terminado la poesía, antes de saltar a esa ancha corriente gris y perderse en sus profundidades hasta el 1 de mayo, cuando su cuerpo fue encontrado río abajo por un pescador. Carlos Ortega cuenta que sobre la mesa de Celan se encontró un ejemplar de Hölderlin abierto y subrayado en un pasaje: “A veces el genio se oscurece y se hunde en lo más amargo de su corazón”.
Jean-Dominique Rey, citado por Ortega, recuerda de Celan “su porte lento, ligeramente oscilante, como el de un poeta habitado por el Verbo o el de un Sísifo en la desesperación. Nunca hubo indiferencia en su paso. Pero en cuanto te veía, lo primero que salía era su encanto y su amabilidad”. El mundo iluminado, hermenéuticamente llevado a su límite en la simplificación del lenguaje que Celan poéticamente utiliza, es concordante con dicho encanto y amabilidad.
Lo amable es aquello digno de ser amado, que lo es porque ama. Sin embargo, el complemento del retrato del poeta permite entender lo esencial: “Su sonrisa, ligeramente retraída, marcaba una especie de distancia infranqueable entre él y el mundo, pues no dejaba ver de ella más que el velo con que la cubría”. Nacido en 1920 como judío en Czernowitz, capital de la Bucovina, región de los Cárpatos que acababa de integrarse a Rumanía luego del hundimiento del imperio austrohúngaro, ni Celan ni sus padres salieron de la ciudad cuando los rusos la abandonaron ante el avance nazi.
El sábado 27 de junio de 1942, Celan tuvo el primer disgusto con su madre. Le reprochó su negativa y la del padre a acompañarlo hasta una fábrica de detergentes donde solían esconderse cuando aumentaban las deportaciones de judíos hechas por los nazis. “No podemos escapar a nuestro destino”, dijo ella, y se quedó con el marido. Fue la última vez que su hijo los vio. Fueron llevados al campo de Mijailovka, donde primero moriría el padre de tifus y después la madre de un balazo en la cabeza.
Carlos Ortega señala que el poema “Angostura” refleja ese momento: “Llevado/ al terreno/ del/ vestigio/ inequívoco:/ Hierba, Hierba,/ separadamente escrita.” En un texto escrito para el catálogo del pintor surrealista Edgar Jené, Celan postuló que la tarea del arte consiste en “no dejar de dialogar con las fuentes oscuras”. Él era un poeta más allá de la lengua y a pesar de la historia. Escribía en alemán, su lengua natal, aquella de los asesinos de sus padres, para un público lejano y del cual desconfiaba; su país se había evaporado; vivía en Francia y se sabía minusvalorado. Estaba fuera de lugar, a pesar de su encanto y amabilidad. Por ello, “su lengua fue su patria, frase que se dice tantas veces, pero nunca con tanto fundamento”, escribe Ortega, y su poesía, decimos sus lectores, un continente inclasificable e incandescente, de gran belleza, de profunda extrañeza, del horror del siglo y de su superación estética, ascensional, donde la casa del Ser es el lenguaje cargado de sentido a máxima posibilidad.
El salto debió ser un movimiento grácil que envolvió el cuerpo del poeta cuando llegó al agua y lo tragó. Su “asombrosa austeridad expresiva” —determinante de la lírica poética que vendría después— actuaba en ese acto determinado: muerte por agua como lenguaje, muerte por desasosiego histórico, muerte por terminar. Cuando Celan años atrás visitó a una amiga a la que nunca había visto pero con quien intercambió una profusa correspondencia, escribió en un poema: “Hablamos de lo que es demasiado/ y demasiado poco […]/ [de lo que] nosotros/ en verdad no sabemos, sabes,/ nosotros/ en verdad no sabemos/ lo que/ cuenta.”
A la muerte de Paul Celan, Henri Michaux dijo: “Se nos ha ido. Claro que podía escoger. El fin no será tan largo. A flor de agua, el cadáver tranquilo.” Bendito lugar común de la poesía: sólo hay que leerla. Efectivamente cubre, protege, multiplica. Efectivamente revela. “Vivimos bajo cielos sombríos y hay pocos seres humanos. Por eso probablemente haya tan pocos poemas. La esperanza que aún tengo no es grande; intento mantener lo que me ha quedado”, confió Celan a Hans Bender en una carta. También respondió una encuesta hecha por la Librería Flinker de París, y en ella afirmó: “Poesía: lo fatalmente único del lenguaje”.
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Lenguaje burocrático y políticamente (in)correcto / I

Juan José Doñán
Hablaba hasta cuando no tenía nada que decir.
Thomas Bernard
Desde hace mucho tiempo asistimos a una proliferación contaminante del lenguaje desde las esferas oficiales y también desde el discurso (hablado y escrito) de militantes extremos de la corrección política. E igualmente desde los medios de comunicación, en donde un gran filólogo mexicano (el jalisciense Antonio Alatorre) detectó desde los tempranos años ochenta una creciente anomalía, un sublenguaje al que llamó “español Televisa”. Todas esas jergas contaminantes, que lo mismo se estilan en el mundillo burocrático que en los medios electrónicos y en otros ámbitos públicos, se han ido extendiendo también a distintas parcelas de la vida social. Dicho lenguaje, conocido con el nombre de oficialés, consiste en una modalidad (oral y también escrita) hecha a base de seudoelegancias lingüísticas, con una formulación intencionalmente solemne, a veces petulante y pomposa, con giros rebuscados, borucas o palabrería vacua y, para colmo, con una gran cantidad de términos mal entendidos y por lo mismo utilizados de manera errónea.
Conviene, sin embargo, tratar por separado el caso específico del lenguaje presuntamente reivindicativo, el cual aparece en el último apartado del presente escrito, y el de la jerga propiamente burocrática, que suele ser multiplicada por los medios masivos de comunicación, tanto los electrónicos como los escritos y también, de un tiempo para acá, los cibernéticos.
El oficialés y otros desastres
Más que para comunicar algo, en el ámbito burocrático predomina una modalidad lingüística que suele ser utilizada para dar rienda suelta a la demagogia, o para que alguien pueda irse alegremente por las ramas o, lo que es lo mismo, para el escapismo a la hora de rendir cuentas y para echar rollo a destajo, es decir, para hablar mucho y decir poco, o sencillamente para no ir al grano, sino para evadir asuntos que son importantes y delicados para una persona o para muchas o para toda una comunidad.
Lo más grave de todo ello es que esa jerga lingüística ha ido contaminando otras esferas sociales y mentales, comenzando porque los rollos y las declaraciones de políticos y funcionarios afectos o adictos al oficialés no sólo son reproducidos (es decir, multiplicados) por los medios masivos de comunicación, sino porque cada vez con más frecuencia conductores de la radio y la televisión, así como no pocos practicantes del periodismo escrito y digital, han terminado adoptando mecánicamente también, en mayor o menor medida, ese mismo lenguaje artificioso y facilón.
Entre las solemnidades o la modalidad pomposa del oficialés está, por ejemplo, decir que equis funcionario federal arribó en lugar de decir simplemente que llegó, o rebautizar el nombre de una dependencia estatal como la vieja Secretaría de Obras Públicas, la cual fue conocida de esta escueta y precisa forma durante muchas generaciones, para en el caso de Jalisco llamarla ahora, de manera redundante, Secretaría de Infraestructura y Obra Pública, con el agravante de incurrir también en una grosera falta de concordancia, pues al ser tan pública la infraestructura como la obra en dicha dependencia gubernamental, por lo menos debería adjetivarse en plural, es decir, en todo caso se debería llamar Secretaría de Infraestructura y Obra Públicas. Y lo mismo vale para otras dependencias gubernamentales como sería, en el caso de la administración pública jalisciense, la llamada Secretaría de Desarrollo e Integración Social, pues al ser tan social el desarrollo como la integración, el nombre correcto de esta última dependencia debería ser Secretaría de Desarrollo e Integración Sociales.
Entre las muchas palabras malentendidas por las personas afectas al oficialés, palabras que se repiten irreflexivamente una y otra vez, se encuentra el verbo festinar, y al cual sus desaprensivos usuarios (entre ellos hay que incluir editorialistas, presuntos “líderes de opinión” e incluso algunos escritores) emplean de manera equivocada como sinónimo de festejar o de celebrar, cuando festinar significa algo muy distinto: activar, apresurar, acelerar, precipitar… Pero como a los adictos al lenguaje pomposo festinar les suena más elegante y catrín que festejar o celebrar, pues muy quitados de la pena dicen, por ejemplo, “festinar la destacada participación de Jalisco en los Juegos Centroamericanos y del Caribe”, aun cuando dicho de ese modo no se habla en realidad de un festejo, sino de una participación precipitada de los atletas del solar.
Un caso parecido de este mismo lenguaje ampuloso y falsamente elegante (“elagantioso” lo llamaba el mencionado filólogo Antonio Alatorre) es el empleo de ofertar en lugar ofrecer, cuando lo que originalmente significa ofertar es hacer una rebaja de precios o dar algo a un menor costo de lo habitual. De esta manera, termina siendo ridículo que un alto dirigente universitario diga, por ejemplo, que “la Universidad de Guadalajara oferta [¿abarata?] equis cantidad de plazas para alumnos de primer ingreso al bachillerato”.
Igualmente pretencioso y equívoco es el uso del sustantivo narrativa como sinónimo de visión, convicción o creencia política, discurso distintivo de equis corriente ideológica, ideología a secas, retórica o explicación oficial, etcétera, cuando en realidad se trata de algo muy, pero muy diferente. Y ello porque, según el diccionario de la RAE, narrativa no es otra cosa que “acción y efecto de narrar” o contar algo y de preferencia recurriendo a géneros de ficción en prosa como “la novela, la novela corta y el cuento”. Pero como a ciertos espíritus “elegantiosos” (editorialistas, columnistas y articulistas, incluidos algunos del ámbito cultural) les parece algo muy distinguido poder emplear esta palabrita y a la menor provocación echan su gato a retozar, hablando o escribiendo de “narrativa” y “narrativas” inexistentes.
Van varios ejemplos. A cierto columnista capitalino le dio por adornarse con dicha palabrita, rememorando cómo en 1914 el poeta José Juan Tablada, abierto defensor e incluso colaborador del gobierno de Victoriano Huerta, publicó un artículo para combatir “la narrativa que [sobre México] se había asentado en el extranjero” (Ángel Gilberto Adame, El Universal, 3 de junio de 2023). Y a raíz de la baja participación de votantes en las elecciones del 4 de junio de 2023 en el Estado de México, otro editorialista del altiplano concluía sesudamente que “El alto nivel de abstención obliga a repensar narrativas” (Bernardo Barranco, Milenio, 5 de junio de 2023). El mismo día una fémina que navega con bandera de “politóloga” hizo público en las llamadas redes sociales el siguiente mensaje, lamentando el triunfo de la ganadora a la gubernatura al Estado de México, a la que de pasada trata con un prejuicio clasista que ni Coco Chanel se hubiese permitido: “Ser antiAMLO no basta. La narrativa identitaria/polarizadora del presidente [de la república] se impone en Edomex, donde gana su candidata a pesar de ser maloliente” (Denisse Dreser, El Universal, 5 de junio de 2023).
En la misma cuerda es bastante común el uso frecuente de términos ociosos o, peor aún, retorcidos e igualmente incorrectas como “direccionar” en lugarde dirigir, “influenciar” en vez de influir, “enflacar” por enflaquecer, “fraudear” por defraudar, “flamable” por inflamable y otros despropósitos por el estilo como el uso erróneo de la palabra adolecer.Y es que no son pocos sus norteados usuarios que pretenden emplearla como sinónimo elegante de carecer, cuando lo que en realidad significa es padecer, de suerte que resulta risible que equis funcionario de una organización proempresarial llamada Mexicanos Primero diga que “la educación pública en México sigue adoleciendo de calidad”, como si la calidad fuera un achaque o algo que se pudiera padecer y, por otra parte, como si en nuestro país la educación privada, a diferencia de la pública, fuese la encarnación misma de la excelencia académica, cuando es evidente que hay de todo: escuelas y universidades particulares buenas o al menos apreciables, pero muchas otras que son marca Patito y, por lo mismo, van de lo regularcito a lo chafa sin atenuantes.
Otros equívocos en el oficialés de nuestra comarca y del país entero son el uso frecuente del adjetivo tradicional (característicos o propio de la cultura de un pueblo y que se conserva pasando de una generación a otra) como sinónimo de habitual (común, corriente, ordinario); clásico (modelo perdurable de algo muy bien hecho) por típico (peculiar ya sea para bien o para mal); truculento (cruel, atroz, despiadado, sádico…) por tramposo (alguien que engaña de una forma intencionada).
Un yerro igualmente común es la confusión de dos sustantivos diferentes: humanismo y humanitarismo y, por consecuencia, de querer igualar el adjetivo humanista (que también puede funcionar como sustantivo) con el calificativo humanitario, cuando en ambos casos se trata de cosas completamente distintas. Tal confusión se da porque sus usuarios pasan por alto que el primer caso tiene que ver con la sabiduría clásica, o con las letras humanas, y el segundo se refiere a la fraternidad o la predisposición para ayudar o socorrer a nuestros semejantes. Y en esta grosera confusión incurren con harta frecuencia personas y personajes públicos de toda laya, comenzando por políticos y funcionarios como sería el caso del champion bat de la 4T (una fórmula política que en México a través de las siglas significa “la Cuarta Transformación”) y quien dice que su proyecto de gobierno está orientado por algo a lo que el susodicho (¿eres tú, AMLO, perdón, Andrés Manuel López Obrador?) ha dado en llamar “humanismo mexicano”.
¿Pero es que no existe tal cosa? Por supuesto que existe, como que al hablar de “humanismo mexicano” se está haciendo referencia nada más y nada menos que a una parte medular de la cultura de nuestro país, donde figuran nombres como Sor Juan Inés de la Cruz, Bernardino de Sahagún, Francisco Xavier Clavijero, Lucas Alamán, Joaquín García Icazbalceta, Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto, Alfonso Reyes, Manuel Orozco y Berra, Amado Nervo, José Vasconcelos, Ramón López Velarde, Samuel Ramos, Miguel León Portilla, Octavio Paz y un larguísimo etcétera… Pero infortunadamente con tal frasecita lo que el autor de la misma quiere decir es otra cosa: un estilo de gobierno a favor de los mexicanos más necesitados, algo que el susodicho ya había formulado en un viejo lema que repitió una y otra vez en varias de sus campañas presidenciales: “Por el bien de todos, primero los pobres”.
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La hoguera climática

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Nunca pude terminar de leer la novela Sequía de J. G. Ballard, uno de esos libros que me han acompañado durante años a la espera de concluirlos. Cierta intuición me prevenía, desde su discreta portada de la legendaria editorial Minotauro, que hacerlo representaba una invocación. Es cierto: ya todo está pero no todo aparece, así el tiempo presente contenga al pasado y la literatura posea esa doble mirada de la anticipación. La sequía profética escrita en 1964 ahora nos rodea. No hace falta ya conocer el escenario imaginado por Ballard que fatalmente se convertiría en realidad.
Los límites planetarios para la vida en la tierra están colapsando o a punto de hacerlo. Procesos esenciales en la existencia humana se han dislocado globalmente y sus umbrales han sido transgredidos por el Antropoceno, provocando el calentamiento global, disminuyendo la capa de ozono, fomentando la pérdida de la biodiversidad, la contaminación industrial y la acidificación de los océanos, el quebranto y disminución del agua dulce superficial y de las reservas subterráneas, la alteración del ciclo de nitrógeno y fósforo por el uso excesivo de fertilizantes, degradando la calidad del aire y destruyendo los suelos por deforestación, desertificación y agricultura intensiva.
La velocidad de la agonía orgánica en la casa común de la especie humana, la única que destruye el lugar donde vive, aumenta sin cesar. Terminó la vida —como anunciaría el sabio pueblo hopi hace más de dos siglos— y comenzó la sobrevivencia. Hoy, en este junio el mes más cruel de las temperaturas calcinantes sin registro climatológico anterior conocido (y aún falta julio con su cuarta ola de calor), nuestra edad histórica parece haber comenzado un descenso literal a los Infiernos. Simbólicamente, ese extravío laberíntico podría significar una prueba iniciática para recuperar las fuerzas espirituales perdidas y modificar las causas que originaron tal pérdida, o también una derrota radical en la cual las personas y la civilización son destruidas. De ahí que solamente las catástrofes cambien a las culturas.
Y los recuentos de estos días son catastróficos para la mayoría de los límites del sistema terrestre, un conjunto holístico muy enfermo pero con una mínima posibilidad de recuperarse todavía si se inicia un cambio drástico ahora mismo y no mañana. Para ello son necesarias decisiones autocorrectivas que ante la inercia de nuestro sistema mundo suicida parecen imposibles: modificar el uso del carbón, el petróleo, el gas natural y la forma en que la tierra y el agua son tratadas; llevar a cabo una revolución cultural de las mentalidades para hacer conciencia gubernamental, política, educativa, mediática, social e individual del riesgo (aquellos “sufrimientos inenarrables” advertidos por el panel de científicos convocados por la ONU) al que se enfrenta la especie humana a partir de este año y los siguientes, cuyas temperaturas extremas afectarán la seguridad alimentaria, la salud y el acceso al agua de miles de millones de seres humanos.
Sin embargo, el necrocapitalismo materialista de la posmodernidad, al buscar con ansiedad patológica la gratificación inmediata de los deseos inducidos como necesidades y llevar hasta el delirio el fetiche de la mercancía y el consumo, de la rentabilidad y la acumulación dementes, se ocupa más de la muerte que de la vida. Su crisis se presenta en todos los niveles de lo público y lo privado. El concepto de lo colectivo, de la obra común y la sociedad han sido suprimidos por el neoliberalismo para confeccionar al individuo egoísta y encerrado en lo particular. “Es triste nuestra condición —escribía el filósofo judío español Francisco Sánches ya en 1581—: a plena luz caminamos a ciegas”. ¿Qué diría hoy?
El recuento mexicano de este momento terminal se compone, además, de un grotesco nihilismo criminal que todo lo destruye. Hace apenas unos días fue asesinado Álvaro Arvizu Aguiñaga, ambientalista dedicado a cuidar los bosques del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, otro más de una lista incesante de hombres y mujeres muertos por defender el medio ambiente. El saldo de tres décadas de apertura comercial ha llevado al país a un proceso de industrialización cuya contaminación convirtió decenas de regiones en “infiernos ambientales”. Empresas y pistoleros del crimen organizado depredan desde hace años el Bosque de Agua, una masa forestal que recarga los mantos freáticos de Morelos y el estado de México. De Huitzilac, ubicado en un corredor biológico imprescindible, en plena mañana todos los días salen caravanas de hasta 50 camionetas cargadas de pinos y encinos. Esas mismas bandas también huachicolean agua para venderla. El precario biotopo de los Altos de Jalisco está devastado por el cultivo del agave para producir tequila. En Guadalajara tres o cuatro veces al año es intencionalmente incendiado por fraccionadores el bosque de La Primavera, último pulmón de la ciudad. La minería a cielo abierto depreda y contamina mantos freáticos, territorios y poblados en todo el país.
Todo esto y más ocurre sin intervención del Estado ni de las autoridades indiferentes, corrompidas o atemorizadas. Sin clamor público o interés político. Sin que el país salga de su enajenado enfrentamiento entre ciegos devotos y rabiosos denostadores del gobierno actual. México, el país más caliente del hemisferio occidental por estos días, se crucifica sádicamente a sí mismo en medio de una crucifixión general.
¿Será nuestro privilegio ante este fracaso histórico decir: una vida distinta comienza mañana? El pesimismo de la inteligencia aseguraría que no. El optimismo de la voluntad afirmará que sí.
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Las formas del hormiguero

Carlotta Garjuá
“Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en
barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano”.
Luvina, Juan Rulfo
I.
Escribir es un riesgo… y presentar un libro también, ya que todo exponente se representa o difumina a través del testimonio de lectura. En el caso de un psicoanalista lector, quien ingenuamente acepta reseñar un texto –y extender su escucha más allá de las periferias del diván– se enfrenta a un doble desafío. Por un lado, el no caer en la tentación de las interpretaciones silvestres, ya sea sobre la figura del autor o los personajes de una obra. Por el otro, aceptar que nada se traduce en la teoría de manera exacta, pues mucho de su formación intelectual se dispersa en esa otra realidad que pocas veces se capta en el consultorio: la literatura. A través de la más reciente obra de Fernando Solana Olivares, escritor, editor y periodista mexicano –quien fuera becario del Centro Mexicano de Escritores en la última promoción seleccionada por Rulfo–, se constata una concluyente sentencia del psicoanalista belga Serge André: “la escritura comienza donde el psicoanálisis termina”.
Y es que escribir relatos (o una novela tan minuciosa como lo es Hormiguero) “quita los hierros” –tal como lo manifiesta Pascal Quignard–, sobre todo porque a través de la literatura imaginamos otra vida en la que el lenguaje, la memoria y el sentido cesan su constricción; especialmente si conserva una dimensión poética en la que la metáfora –y otras figuras retóricas– abren puertas que el verbo y el adjetivo creían cerradas. En el libro La barca silenciosa Quignard explica que por medio de estas imágenes inéditas –y de sus maravillosos viajes concomitantes– se muestran paulatinamente algunas de las situaciones que emancipan los hábitos de la vida (tanto en la existencia de quien lee como en la experiencia de quien escribe). Se pregunta entonces “¿qué es otra vida sino otra intriga lingüística?”; esa en la que el acto de escribir desbarata al yo o desgarra algo de la compulsión a la repetición que tenemos incrustada en la erografía del cuerpo.
Para José Luis Martínez S –prologuista del texto de Solana—la lectura de Hormiguero es un desafío, ya que se presenta desde voces alternantes que por momentos se entremezclan y retan la memoria del lector. Pero también como una aventura psíquica que paulatinamente nos traslada a la complejidad de distintos problemas cotidianos: avatares en los que el placer de unos se convierte en el padecer de otros. Sin embargo, la narrativa de Solana llega a apreciarse como un hormiguero inverso, es decir, como la dinámica de un embudo: instrumento que filtra los grandes malestares de la cultura hasta ubicarlos cerca y hacerlos mucho menos mitológicos; ese que trasvasa el drama individual de sus múltiples personajes para extraer el esqueleto de pasiones colectivas. Este universo inverso en la escritura del maestro –que en su franca locura y obscenidad nos parece irreal o perverso– se muestra como una herramienta de introspección que aparentemente decanta, es decir, diferencia el estado de conciencia plena del fantaseo; separa la realidad de la ficción; distancia el erotismo de la pulsión de muerte (aunque pronto nos demos cuenta de que escisiones tan tajantes resultan imposibles).
La novela es vasta y de género emocionalmente híbrido, ya que así como lleva a la melancolía, la repugnancia o la indignación, sorprende con episodios de ternura y sarcasmo o con la extravagancia y desfachatez de aquellos hombres y mujeres que desfilan en sus páginas. Un enorme mérito de la escritura de Fernando Solana es que —en medio de descripciones inclementes, sádicas o sanguinarias– simpatizamos con la historia de quienes ejercen la violencia o la decadencia moral; probablemente porque nos conmueve reconocer la tristeza de sus historias, entender qué los ha hecho ser lo que son, cuándo y cómo extraviaron su ingenuidad. Sin embargo, también se muestran como individuos que a pesar de actuar desde la agresividad, el narcisismo o el odio, son devorados lentamente por sus defectos: carcomidos sigilosamente por la desilusión o sus faltas.
Mientras se exhibe el misterio de los feminicidios, la oscura dinámica de corrupciones policiacas y eclesiásticas, el origen y alcance de calumnias escolares, de deshonras familiares o demoledores vicios (los cuales se difunden con la viva voz de los personajes y a través de las plataformas cibernéticas), se muestra que los principales móviles de lo social parten de rasgos tan íntimos o secretos como lo son el ego, la lujuria, el orgullo y la sensación de inferioridad, así como la experimentación de la angustia, el miedo, la vergüenza, la culpa o el delirio. Gran parte de las micro-tramas pudieran adjudicarse a un constante afán por mantener las apariencias, aunque también a la pretensión de dominancia, reconocimiento o poder que —imaginaria o simbólicamente— destacan la plusvalía de una identidad que habitualmente se sustenta en los triunfos profesionales o en las hazañas privadas.
Tal como se aprecia la crudeza en el actuar de los mafiosos, los riesgos en el oficio de la prostitución, la patologización de las familias disfuncionales o las relaciones afectivas enmarcadas por el acoso, el tabú o la violencia, llegan pequeños destellos en los que cualquier espectador orientaría sus esperanzas: ilusiones que momentáneamente ponen una pausa a los efectos del tedio y el dolor; como si por medio de la inocencia, los placeres y el sentido del humor lograra remojarse la dureza de la vida. Es en esos instantes en los que la figura del hormiguero se convierte en otra metáfora, ya que gira unos grados hasta esbozar a un disimulado megáfono con el que se amplifica la potencia del amor, el anhelo de libertad, la inesperada solidaridad entre rivales y la posibilidad de sobrevivir a través de sucedáneos que resultan familiares. Es entonces que el consuelo de la sexualidad, la osadía del amor, las mudanzas forzadas, el gozo por la lectura y la posibilidad de verter algo del malestar en el arte se convierten en armas, refugio y amuleto.
A lo largo de este libro el inconformismo juvenil interpela a la autoridad y a las buenas costumbres, a la vez que enternece a los que experimentan el ocaso de sus sueños, ya sea por razón de la edad, los traumas de la infancia, el desprestigio, las enfermedades o las condiciones económicamente precarias. La búsqueda de un sentido vital más convincente –o la posibilidad de hacer un pequeño gesto de justicia contra todo mal pronóstico— semejan el destello de esa minúscula luminiscencia que de vez en cuando llega a la boca de los hormigueros.
II.
La ciudad principal en la que se desarrolla la historia logra acercarnos al cuento de “Luvina” en El llano en llamas: un espacio de acontecimientos que exalta la desgracia de la existencia y promueve la sensación de encierro, tal como lo fue ese poblado rulfiano situado sobre piedras calizas: aquel donde el viento se mira parduzco y sobrevivir es una ineludible demanda contra la monotonía del tiempo, el tremor del desasosiego, el pesar del abandono y la sumisión a las irregularidades políticas. Sin embargo, mientras que cruzar los límites de “Luvina” condena a la miseria, la acedia y la muerte, adentrarnos hacia los canales de Hormiguero nos permite abrir otras compuertas. En vez de arrojarnos de lleno hasta al agujero del nihilismo —o del cioranismo contemporáneo—, la jocosidad de los diálogos y la sabiduría de los monólogos se sustentan en valores extraviados. Por medio de la evocación de pequeñas virtudes cotidianas como el heroísmo, la hospitalidad, la alianza entre contrarios o la aceptación de las contradicciones humanas, el lector mantiene la cabeza a flote y respira en la superficie de este laberinto subterráneo. Aunque examinar el alma de los personajes nos hace sentirnos quebrados, como bien lo decía Rulfo, al inspeccionar su propio psiquismo, percibir conmueve y despierta: sacude de la expectación pasiva del letargo.
De acuerdo con la psicoanalista Anne Dufourmantelle, la mayor parte del tiempo
tenemos miedo de esta capacidad de percibir, sobre todo porque convivimos con el terror al reconocer lo que en nosotros resulta “vidente”. Por supuesto que hace referencia a la intuición: “a un saber de sí por adelantado”. Ese del que uno quisiera liberarse y que se nos escapa en los gestos, sueños, lapsus y otros actos fallidos (manifestaciones del inconsciente que fungen como “palabra profética” o logran un discernimiento mucho “más amplio que el yo”).
Para la creación artística se habla siempre de un mecanismo a posteriori, como un rígido mensajero que se aloja por delante de nosotros mientras se habla. También como un ligero hormigueo que secretamente nos informa, un murmullo que se dice sin que pongamos en juego la acción del conocimiento de manera propositiva. Es así como se deposita lo impensable en la orografía de una obra, trátese de un cuadro, una escultura, de partituras o las páginas de futuros libros. En ella se aterriza lo oscuro y paradójico, incluso antes de que nuestra consciencia se proponga planear los márgenes de una trama o la hondura de unos trazos.
Volviendo a lo que evoca el título de la novela, bien podría decirse que cada una de sus historias deambula en nuestra mente como las hormigas, provocando un acusado picor que se traduce en preguntas o en identificaciones proyectivas. Cabe mencionar que estos cuestionamientos o proyecciones revelan los fiascos inconfesables y la verdadera fachada de un pensamiento que suele protegerse del exceso de realismo. Cuando hacemos una concentrada lectura sobre una obra tan bien ejecutada como la de Solana quedamos en suspenso: retenemos, dijera Dufourmantelle, el aliento; especialmente porque se mira con agudeza lo que simplemente se encuentra allí y lo que se le ofrece a uno en presencia de las cosas.
Esta suspensión en la lectura es una tentativa de la práctica psicoanalítica y parte del intento por reseñar la trascendencia de un libro. Suspender es dejar de juzgar y permitir que resuenen en nosotros las palabras del paciente o del autor y la historia que narra; advertir un fragmento de sus triunfos, de los sueños malogrados, las devastadoras esperas o los renunciamientos ineludibles (de la misma manera en que ha de entenderse la tiranía escondida en el chiste, la queja, el pavor a lo desconocido o el avance del llanto y del displacer bajo la quietud aparente).
Enumerar las anécdotas de los personajes, ante las cuales somos convocados a sostener la respiración y el juicio, develaría parte de la incógnita que deseo salvaguardar para el futuro lector de este texto. No obstante, me gustaría señalar algunos de los momentos y personajes que representan la manera en la que lo privado se mezcla con el universo citadino, algunos pasajes que emocionan o llaman la atención por precisar con destreza la complejidad de lo humano.
A través de Fátima vemos a una joven cuya desaparición moviliza a una madre desesperada y a un viejo amor, desnudando un sistema de investigación viciado y despertando la conciencia de su propio asesino. En el profesor Hermes- apodado Profermes- observamos una inescapable circunstancia resumida en su debilidad por las jovencitas y en otro tipo de fragilidad atribuida a sus atrevidas impertinencias y a los errores derivados de una tendencia a decirle a los demás lo que debían de hacer y proponerse a sí mismo para dirigir las cosas y cobrar protagonismo, siendo satanizado por una falsa moral social que le atribuyó la ejecución de sus fantasías. Con Diógenes, un renunciante en los intersticios de la realidad común –que constantemente es observado a la distancia por la gente–encontramos a un silencioso y agudo testigo de la locura callejera y al narrador final de esta historia polifónica.
En tal suspenso compartido entre el lector y los personajes se da la vuelta a los límites habituales del yo para abrir un espacio más vasto donde no existe la necesidad de decidir sino de advenir. En la literatura, como lo apuntara Pascal Quignard, “algo del otro mundo resuena” y algo del secreto se transmite, algo del silencio que nos habla. Quignard no se refiere a un plano celestial sino al espacio “imaginario” y “originario” que es abierto por el libro. A ese plano psíquico en el que “cada ser singular es redireccionado a la contingencia de su origen animal”: orientado a la desgarradura sexual, familiar o social de la cual todos venimos y que se manifiesta en los instintos indomables.
Bien podemos creer que la búsqueda del silencio, a través de la escritura, tiene que ver con el deseo de no propagar los equívocos del habla mediante el decir consciente, pues la literatura, al igual que una práctica meditativa —con la que suelen borrarse los márgenes yoicos y acentuarse nuestra cinestesia corporal— depura la imperfecta traducción de la vida inherente al lenguaje. Esta asimilación no resulta ajena al autor de Hormiguero, quien considera que las palabras son perspectivas que pueden preservar contra la pérdida de la conciencia. De ahí que el lenguaje sea una forma de resistencia vital cuyo envilecimiento y reducción derivan en un empobrecimiento de nuestra sensibilidad frente al mundo.
La novela de Fernando Solana me remontó a una conversación entre Jorge Luis Borges y Ernst Jünger. Mientras que el escritor argentino opinaba que la hormiga individual es casi nada, el autor de Los titanes venideros creía que ésta era capaz de realizar movimientos inteligentes y crear un Estado más redondo y mucho más logrado que el de los seres humanos. También Clarice Lispector, entre otros autores, presta atención a tales insectos. En su libro Aprendiendo a vivir les dedica un tierno homenaje: “Soy una persona muy ocupada, me encargo del mundo. (…) Desde niña me encargo de una hilera de hormigas”.
Bien podría pensarse que los libros contienen al universo. O mejor aún, que lo sobrepasan en sus límites porque nos orientan a los intrincados recovecos del inconsciente (avanzan en nuestra mirada cuando nos sumergimos en textos tan exhaustivos como éste). Escribir es un riesgo es porque nos convoca a formas y a deformidades; al contarnos la vida es como en realidad la vivimos y así nos atrevemos a salir de la repetición.
Y a propósito de la osadía, para Anne Dufourmantelle el riesgo más grande, en todo ser humano, es amar. Dejar el cerco o el encierro de las soledades, aunque también abandonar el albergue de lo familiar en el cual nos hospedamos. Si bien la novela de Fernando no podría reducirse a una historia de amor, dicho sentimiento transita en sus renglones y conforma el motor de los muchos sucesos que retrata.
III.
En el diálogo con él ha sido grato y reconfortante percibir su calidez y elegancia, aprehender algo de esa preocupación genuina por evitar la contemplación indiferente a la crisis de pensamiento crítico y la tendencia a un silenciamiento en el que mucho se calla pero poco se escucha la experiencia interior. También gratificante coincidir con un hombre que, además de ser sensible a los fenómenos sociales que experimentamos en Oaxaca y en otras partes de nuestro país —o de fomentar la escritura de la crónica para actualizar nuestra concepción del mundo—, conserva la memoria del contexto histórico que inspecciona y de las influencias que han marcado su trayectoria como escritor, granjeándose un reconocido y meritorio lugar entre artistas e intelectuales de nuestra época. Resulta un privilegio profundo compartir algunas impresiones a través de este espacio y ser convocada, en la confianza, a llamarle por su nombre. Gracias, Fernando, por la experiencia de reseñar tu libro y por abrir tu plataforma a distintos morfemas.
20 de mayo de 2023, Oaxaca de Juárez, México
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Crónica de una edad oscura

Eduardo Subirats
La novela moderna, la novela que representan las Metamorfosis del escritor latino Apuleius o Don Quijote de Cervantes, nace con un narrador individual, y entreteje una red de asociaciones metafóricas en torno al carácter, la personalidad y la constitución subjetiva del sujeto literario. Los ejemplos se pueden prodigar. Pero podemos seguir con estas mismas dos novelas: Metamorfosis y Don Quijote. En un caso tenemos el relato de una iniciación individual a los misterios de Isis; en el otro, la constitución de una relación dialéctica ejemplar entre dos existencias diferentes y en muchos aspectos opuestas: el caballero y su escudero. En este mundo histórico que llamamos moderno, a falta de cualquier signo de identidad que no sea su poder tecnológico y militar de dominación científica, esta constitución literaria del sujeto simplemente se desmorona. Tres ejemplos: Kafka, Beckett, Rulfo. En el primero tenemos el relato de una deconstrucción de la conciencia moderna hasta el extremo de asumir como un destino la lógica de su propia extinción, descrito desde la perspectiva de un narrador. En Beckett tenemos la fusión de narrador y protagonista literario en el proceso narrativo de su desintegración y autodisolución intelectual y física en un incierto inframundo. En Pedro Páramo de Rulfo nos encontramos con un cuadro ligeramente diferente: sus personajes femeninos diluyen sus perfiles individuales en las metáforas ya casi irreconocibles de antiguas diosas, bajo el poder corrupto de un cacique y un sacerdote como representantes del poder colonial y postcolonial hispánico. La novela Hormiguero (El tapiz del unicornio, México, 2023) de Fernando Solana debe verse desde esta perspectiva existencial: la disolución del “sujeto moderno” y el asedio de un orden moral, social y político, que en este caso es más bien un desorden civilizatorio. La metáfora del “hormiguero” señala precisamente esta dimensión.
Técnicamente esta novela se compone a partir de micronarraciones breves que integran un collage heterogéneo de situaciones. El conjunto de estas mini-historias entreteje un relato poderosamente rítmico, de lectura rápida y entretenida. El narrador, por otra parte, es una presencia mínima y minimalista. Contempla las acciones dramáticas, incluso las más perturbadoras, desde una distancia que le permite una fría indiferencia y ningún vínculo emocional con lo narrado, mucho menos con el lector.
Pero la novela de Solana se inserta directamente en esta tradición literaria del siglo veinte, en la medida en que pone de manifiesto no sólo la desaparición del narrador, sino también el colapso ético de una sociedad contemporánea en los paisajes literarios más diversos, desde un crimen horripilante de sadismo sexual hasta una sublime escena de amor. Y lo mismo que Pedro Páramo, disuelve los sujetos literarios en una multitud anónima y proteica de manera que expone las formas de vida de una nación y una edad oscura.
Quiero hacer una última observación. México cuenta con una larga historia de decadencia; o mejor, cuenta con una historia de cinco siglos que coincide con la prolongada destrucción genética y simbólica de su pasado precolonial, sin que esta destrucción haya podido dar lugar a una forma nueva y estable de vida. La novela de Pedro Páramo debe verse desde esta perspectiva profundamente mexicana, que ciertamente la banalidad escolástica de la academia anglosajona ha encubierto bajo la torpe categoría de realismo mágico. Y me parece altamente interesante comparar la novela Hormiguero con la novela de Juan Rulfo.
Ambas describen una colectividad agónica, o si se prefiere una sociedad en proceso de deconstrucción; ambas novelas abordan toda clase de detalles económicos, culturales, sexuales y políticos de este proceso de disolución interna. Sus protagonistas son, sin excepción, sombras de seres ausentes en un caso, y víctimas del abuso y el crimen, en el otro. Tanto Rulfo como Solana describen una generación de hombres y mujeres que no puede desarrollarse en modo alguno, estancada en su cotidianeidad más mediocre, y degradada política, económica e intelectualmente.
Sin embargo, algo distingue a Hormiguero de su homólogo Pedro Páramo: su dimensión espiritual. La novela de Rulfo relata las aventuras de su protagonista en busca de su padre, a quien no conoce, y acaba sumergiéndose en el mundo de las madres de Comala en un inframundo que rememora las diosas aztecas del Tlalocan. Paralelamente Pedro Páramo corona su agonía con una invocación de su esposa Susana transformada en Virgen María. En la novela de Solana, y en nuestro mundo contemporáneo, no hay lugar para aquel último suspiro de una transcendencia. Hormiguero, en fin, nos confronta con una mirada sobre el vacío de nuestra oscura edad histórica. De ahí su importancia y actualidad.
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Kafka en el tranvía

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
1. Se reducen los espacios del texto, se adelgazan los artefactos del mundo tecnológico, la imagen plana domina toda realidad, las páginas impresas ahora deben parecer portales cibernéticos, los antes bibliófilos claman porque ya no se compren libros para las bibliotecas públicas sino que se proceda a su digitalización. El yo difuso que provoca el ver como única acción cognitiva del homo videns reemplaza al yo vertical que surge en el acto complejo del comprender característico del homo sapiens. Pero los cuerpos humanos cobran venganza de la bidimensionalidad vicaria y artificiosa, de la meliflua simplificación del contexto y el volumen, de la reducción virtual de los objetos, y entre los sedentarios habitantes de las sociedades modernas se ceba la pandemia del ensanchamiento que llamamos obesidad.
2. Viajando en un tranvía praguense, Franz Kafka sintió de pronto una total inseguridad sobre su lugar en el mundo, en la ciudad, en su propia familia. ¿Qué sentirá al respecto aquel que va aplastado por la muchedumbre en un vagón de metro de cualquier megaciudad? Acaso ni siquiera sienta: es la única estrategia posible ante una situación insoportable donde las preguntas por el sentido existencial y el lugar de cada uno en el mundo tardomoderno ya no se pueden ni se deben formular.
3. Como sólo conocemos una pequeña parte de la historia humana (del siglo VI a. C. hacia atrás todo es mito, leyenda o fantasía especulativa), creemos que siempre ha estado determinada por la extrema crueldad y que el mundo, como escribió Schopenhauer,
“no es solamente un infierno, sino que sobrepasa al de Dante en tanto que cada ser humano debe ser un demonio para con el otro”. Pero el filósofo alemán hablaba de este mundo moderno, no del mundo en general. Hubo épocas humanas distintas al horror actual en el pasado remoto, y las habrá sin duda en algún futuro histórico.
4. El desmembramiento y el degüello de los cuerpos asesinados en la guerra criminal corresponden, tanto semántica como escénicamente, al desmembramiento moral y a la degradación psíquica tan frecuente y generalizada en estos días aciagos. Dado que todo se ha cosificado, las sentencias del pesimismo (un mero optimismo bien informado) deben considerarse una y otra vez, así superficialmente parezcan atroces, desalentadoras o paralizantes. Ellas llevan a comprender, a abrazar y ceñir, a rodear por todas partes algo, a penetrar en ello, a provocar en nosotros lo que Sorel llamó “disponibilidad”: estar listos para, prepararse ante, prevenir lo que vendrá.
5. “El mundo es un escenario, y los hombres y las mujeres son meros actores en él”, dijo famosamente Shakespeare en Como gustéis. Cuatro siglos después Martin Buber, citado por Borges, escribiría “que vivir es penetrar en una extraña habitación del espíritu, cuyo piso es el tablero en el que jugamos un juego inevitable y desconocido contra un adversario cambiante y a veces espantoso”. Tal vez lo esencial de estas reflexiones —la primera un anticipo amable de la crudeza de la segunda— sólo consista en la doble circunstancia del juego y la representación, es decir, de su impermanente insustancialidad. Actuamos, jugamos, terminamos. ¿Qué viene después?
6. Mientras agonizaba, el emperador Augusto preguntó a quienes estaban alrededor de su lecho cómo había desempeñado su papel.
Pidió entonces, cesárea ironía, ser aplaudido por ellos y cerró los ojos después. Séneca aconsejaba —consolación de la filosofía— consumir la vida antes de morir. Cumplir a conciencia el papel asignado y no quejarse al destino por el reparto, sabiendo que toda obra escénica habrá de terminar. La muerte es el único día democrático para todos, pero hoy se precipita por mano ajena y no hay garantía alguna de que llegue a tiempo, que avise de su presencia, que sea justa y merecida o cuando menos lógica, aceptable, habitual.
7. Los zombis, cuerpos inanimados que las artes brujeriles reviven, ahora salen a las calles en legión. Provienen de las películas de moda como parte de una simbolización donde lo humano conocido se transforma porque el pasado ya no ilumina el futuro y el espíritu camina en la oscuridad. Zombis tecnológicos, zombis emocionales, zombis somáticos. Tal es la variante anunciada de una pesadilla necrófila que se quiere globalizar. Quedan en pie las formas de la resistencia cultural y entre ellas la indagación paranoica: ¿estamos vivos o estamos muertos? Preguntarnos sigue siendo la manifestación plena de nuestra vitalidad inteligente, de nuestra humanidad.
8. Tribulación, palabra derivada de tribula, un rastrillo que se usaba para separar la paja del trigo. Entendido de tal manera, el dolor lacerante de la época no es lo que superficialmente parece ser sino lo que en el fondo significa: toda tragedia atribulante es una criba, una purificación. Jacinto Benavente decía que en el placer nos gastamos y que en el dolor nos hacemos. Pagamos en nuestra época el durísimo peaje histórico de un mundo que se derrumba y de otro que aún no aparece, pero ésta es la circunstancia que nos ha sido dada para vivir. La única función de la conciencia es encontrarle sentido, así, paradójicamente, la realidad aparente no tenerlo.
9. La mirada de la inteligencia, afirmaría el filósofo, lleva la impronta de servir a la voluntad. Amarga es entonces la sustancia del reconocimiento aunque indispensable para seguir en movimiento, vivir con los ojos abiertos y con la mente dispuesta a comprender. Existe un consuelo incuestionable: decirnos siempre a nosotros mismos, en toda circunstancia: también esto pasará. O como proponen los alquimistas: disuélvelo y coagúlalo. O como clamaría el místico cristiano: despéñate, torrente de la inutilidad.
Publicado en primera versión como
“Anotaciones zombis” en Luna roja (El
Tapiz del Unicornio, México, 2018)
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El todo en uno

Carlos Rubio Rosell
II
A través del conocimiento que nos transmiten manifestaciones como la música, el arte, la poesía y la imaginación simbólica, es posible abandonar la senda del mero análisis y completarnos desde nuestra diversidad para experimentar una conexión más profunda con las energías vitales del mundo. Y cuantas más sensibilidades y formas de conocimiento poseamos, más amplia será nuestra comprensión del universo, por lo que para revitalizar nuestra existencia y nuestras tradiciones particulares, debemos dejar espacio al arte, la belleza, el intelecto rapsódico y las múltiples formas de conocimiento. El filósofo David Fideler sugiere que «necesitamos superar nuestras categorías conceptuales que sujetan nuestra diversidad para experimentar directamente, del modo más íntimo posible, la estructura profunda del mundo».
En este punto es indispensable abrir nuestras mentes para reconocer que al igual que el cosmos, nuestras sociedades, nuestras culturas, son realidades vivas que resultan de entrelazar patrones dinámicos de relación. Pero no como pensaba Platón, «un Todo hecho de muchos todos», sino algo más sutil e intuitivo: muchos todos hechos de un Todo que comparte el Alma del Mundo, la cual sigue un patrón vital de relaciones en el que tienen sus raíces la vida, la belleza y el orden del cosmos.
Así pues, consideremos que para vivir plenamente la diversidad que compone el mundo, hay que partir de la base de que cada uno de nosotros posee una identidad propia, y que esa diferencia define a su vez la diversidad; pero al mismo tiempo, es necesario reconocer las semejanzas, porque este reconocimiento nos conduce a la unidad. El mundo es un entramado, un entretejido armónico de semejanzas y diferencias, como decía Platón al hablar del Alma del Mundo, al que debemos agregar la proporción, que permite integrar polaridades de estabilidad y cambio con orden y armonía.
Se trata de una postura elegante de integración y armonía entre tensiones opuestas que nos convierten finalmente en un cosmos que encarna una belleza superior: la de conformar una cosmópolis, término que viene de muy lejos en el tiempo, pues ya en los albores del período helenístico, los estoicos consideraban que la gente no tenía por qué permanecer en sus pueblos o tribus, y pensaban precisamente en términos de cosmópolis, una idea que expresaba ya una comunidad moral de seres racionales, lo que implicaba en sí una colaboración con los demás y con la sociedad. Para los estoicos, el verdadero florecer de la humanidad dependía de cuánto se implicaba la gente en la cosmópolis. En este sentido, nuestra propia naturaleza interior exige que desarrollemos plenamente nuestros potenciales y vivamos comprometidos con la comunidad mundial de la que formamos parte, nuestra cosmópolis actual. De esta forma, la realización individual, la de la especie humana, la naturaleza y la de todo el proceso cósmico se interrelacionan, superando el problema de cómo gestionar la diversidad, que es ante todo un conjunto de tesoros que debemos proteger.
Séneca sostiene que la primera promesa de la filosofía, en el sentido más amplio de amor por el conocimiento, es un sentido de la participación, de la pertenencia a la humanidad, de nuestra condición de miembros de la sociedad y, en última instancia, del cosmos.
Dice el pensador Edgar Morin que ser de izquierdas significa tomar elementos de tres fuentes principales, y de una cuarta que suma nuestra conflictiva contemporaneidad: del anarquismo, el individuo libre; del socialismo, una sociedad mejor; del comunismo, una hermandad humana. Estas tres nociones se han separado y opuesto y, para Morin, estas tres nociones deben estar asociadas. Así que propone una cuarta noción que es la de la relación con la naturaleza que nos enseña la ecología.
También dice Morin que no se puede vivir poéticamente todo el tiempo, y que la vida es una lucha entre prosa y poesía. La prosa son las cosas aburridas, las que tienes que aguantar. La poesía es ese estado de encantamiento, de comunión, de disfrute, el que te da el amor por otro, la amistad colectiva, una obra de arte… Cada uno de nosotros debe intentar cultivar la parte poética de la vida porque eso es vivir. Lo otro, considera Morin, es solo supervivencia.
El individualismo moderno ha desarrollado aspectos positivos, como la conquista de la autonomía. Pero también negativos, como el predominio de uno mismo sobre los demás. El ser humano es, por un lado, egocéntrico: debe defenderse, alimentarse y pensar en sí mismo; pero también está abierto a los demás, es comunitario. El egocentrismo debe reducirse al mínimo vital de conservación. Y entonces se abre camino la fraternidad, que es algo capital.
Asumirnos como parte de un Todo, no nos convierte en partes insignificantes de ese Todo superior, de mayor importancia, que pensado de ese modo nos eclipsa, porque si el Todo está presente en cada parte, nada impide que una parte sea también el Todo, ese Todo que, como escribió el poeta mexicano Octavio Paz, nos resume, pues yo solo soy si soy otro, para ser he de ser otro, los otros todos que nosotros somos.
Así pues, no nos te detengamos. Si hay que descansar, levitemos; si hay que dormir, soñemos; si hay que gozar, amemos; si hay que pensar, podemos volar; si nada ni nadie nos dicen que sí, es posible afirmarnos que ya estamos en el corazón del mundo, donde todos participamos del mismo pensamiento y somos un mismo universo.


