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Ávida de azar

Blanca Luz Pulido
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Ávida de azar
regreso a convocar
estas palabras.
***
Elegir
entre el sueño real y el falso,
entre la imprecisión exacta
y el vaivén de lo visible.
***
Si tan sólo se apareciera en el día
lo oculto en el sueño…
mas bastan sus destellos,
los indicios que en las sábanas
quedan al amanecer.
***
Se alzan y destruyen
miles de mundos cada día:
sedimentos y memorias
tejen las horas, incesantes.
***
Hay palabras
que hechizan el aire
con sus sílabas.
***
Volver a la tinta,
al rastro oscuro
que olvidan las palabras
en la página.
***
Sólo es mío
lo que pierdo.
***
Mirar lo intangible
pero no para tocarlo
sino para ser tocados por él.
***
Sólo tu voz,
hermana del sueño,
se abre paso entre mis ruinas.
***
Toco tu boca,
puerta de entrada
a la noche de tu sangre.
***
Pide la pluma
un solo trazo
en la amplitud del día.
pero hoy
soy sólo silencio.
***
Hay palabras
que encadenan el alma.
***
Elegir
entre el vaivén de lo visible
y la imprecisión exacta
del sueño,
falso o real.
***
Rayo inútil:
caes a mi lado
sin tocarme.
***
Nada te salvará de mí:
te estoy inventando
en cada línea.
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El odio a los contribuyentes

Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
Ojalá y Xóchitl nos cubra eso de que los huevones no caben en el gobierno y tampoco en el país.
Ya se acabó que estén recibiendo programas sociales. ¡A trabajar, cabrones!, como dice Xóchitl.
Vicente FoxA las ciudadanas y los ciudadanos que trabajan en este país, paguen o no paguen impuestos, hay que considerarlos contribuyentes. No importa si el Servicio de Administración Tributaria registra u omite los recursos que aportan, pues la nación mexicana se mantiene con el esfuerzo de cada persona que a diario deja parte de su existencia en alguna ocupación, sea reconocida o no como parte del producto interno bruto anual.
Pareciera que no declarar ante el SAT los ingresos que una persona obtiene con su trabajo la hace automáticamente una tramposa evasora de impuestos, pero no necesariamente es así. En México hay miles, si no es que millones, de trabajadoras y trabajadores cuyos ingresos nunca se reportan al SAT; en parte, son las masas de vendedoras y vendedores ambulantes (“comercio informal”, lo cataloga el muy informe lenguaje oficialista).
Por otro lado, están quienes trabajan en condiciones de semi esclavitud en campos y fábricas en diversos estados, sobre todo en el norte de la república y en el vecino Estados Unidos. Campesinos y campesinas, obreras y obreros que no declaran sus ingresos porque los obtienen de establecimientos cuyo brutal sistema de explotación está diseñado para ocultar ganancias, sean las míseras de quienes reciben sueldos o las descomunales que obtienen quienes desembolsan los exiguos salarios.
La Jornada, en un reportaje de Antonio Heras publicado el 26 de diciembre de 2022, describe este “exitoso” sistema de explotación laboral y evasión fiscal en Baja California:
“Diariamente, de madrugada, camiones repletos de jornaleros agrícolas llegan a ranchos de San Quintín para ser ofrecidos por los enganchadores a los mayordomos como mano de obra barata, sin contrato, por pago de jornada laboral en efectivo, sin prestaciones de ley ni seguridad social. […] A esta modalidad de outsourcing o subcontratación avalada por patrones y agroindustrias le llaman coloquialmente ‘saliendo y pagando’, una práctica común en el valle agrícola de San Quintín, ubicado en el sur de Ensenada, donde la vida laboral empieza a las cuatro de la madrugada. En temporadas altas se usa este esquema en más de la mitad de las 80 empresas y ranchos agrícolas de San Quintín […]. En un periodo normal, ‘saliendo y pagando’ se aplica a por lo menos un tercio de los trabajadores de la región, donde laboran comunidades indígenas completas provenientes de Oaxaca, Guerrero o Durango”.
El sistema de outsourcing (nombre actual de una vieja institución conocida como esclavitud) es un recurso muy aceptado entre los dueños de los medios de producción, quienes históricamente han afirmado que los que sufren ese sistema lo hacen porque quieren. “Nadie los obliga”, dicen, pero callan que sí son forzadas y forzados por la falta de oportunidades de empleo dignas.
Mientras tanto, hay otras y otros empresarios que en apariencia pagan impuestos y cumplen con la ley, salvo porque sus contratos los obtienen por contubernio con funcionarios públicos o inclusive cuando las mismas y los mismos empresarios ejercen cargos públicos, contratando a sus propias empresas o forzando a otras instancias públicas a contratarlas. Es el caso de las empresas de Xóchitl Gálvez —hoy senadora y desde hace muchos años empresaria—, quien presume de sus millones sin revelar que varios de ellos los ganó mediante contubernio con autoridades que la favorecieron indebidamente.
La misma senadora que se disfrazó de botarga, se encadenó a su curul y organizó una patética pijamada con legisladores, hoy aspira a la presidencia de la república alegando falsamente ser una mujer indígena que, tras vender gelatinas forzada por la pobreza, llegó a convertirse en millonaria, en funcionaria pública y en legisladora. Entre todas sus mentiras (es mestiza, nunca fue pobre), relucen en verdad los millones que ha acumulado con el favor de funcionarios públicos de su partido político, Acción Nacional, y de su aliado, el Revolucionario Institucional.
La senadora y empresaria Gálvez pide que voten por ella para presidenta simulando que respaldará a los pobres y los indígenas, por quienes nunca ha hecho nada desde los cargos públicos. Pero las voces que pueden desmentirla resuenan: no se trata de las de sus rivales en el partido Movimiento de Reconstrucción Nacional, o las de periodistas críticos, sino la palabra de uno de sus más fervientes adeptos: el ex presidente Vicente Fox Quezada.
A Fox hay que reclamarle muchas desastrosas acciones durante su desempeño como presidente de la república y después de ese periodo nefasto. Pero últimamente hay que reconocerle su destemplado descaro al dejar en evidencia cuál es la propuesta de administración pública que ejecutaría la banda opositora al presidente Andrés Manuel López Obrador, si esa pandilla llega al poder: abolir los programas sociales del gobierno mexicano.
Fox, cínico, después de enriquecerse al amparo de la banda presidencial, afirma que está “batallando para sobrevivir económicamente. Me ha costado trabajo: la pérdida de la pensión, la pérdida de los apoyos de talento y de recurso humano, y la pérdida de los seguros: el seguro de gastos médicos mayores: andan sobre cien mil pesos mensuales a mi edad, el seguro de gastos médicos mayores, y ahora tengo que pagarlo YO” (entrevista con Fernando del Collado en el programa Tragaluz, de la agencia Latinus, el 17 de julio de 2023).
Y se duele Fox de que con López Obrador los ex presidentes perdieron las pensiones faraónicas que se autoasignaron durante los gobiernos priistas y panistas. Inclusive advierte que a esos ex mandatarios “no hay que mandarlos a la hoguera porque luego se portan mal”.
Por otra parte, Fox Quezada arremete contra los beneficiarios de programas sociales, quienes requieren de esos apoyos debido a que los gobiernos del PRI y del PAN cancelaron desde 1994 la oportunidad de que las personas de escasos medios puedan aspirar, no ya a tener empresas propias, sino simplemente a bienes esenciales, como un hogar o un pequeño negocio.
Fox, quien reclama su cancelada pensión millonaria más su seguro médico de cien mil pesos mensuales, no se para a averiguar cuántas de las personas de su edad (81 años), que suman alrededor de dos millones seiscientos mil mujeres y hombres en México, pueden acceder a un seguro médico de cien mil pesos mensuales. En cambio, el individuo declara su esperanza de llegar a vivir cien años, insulta a los beneficiarios de programas sociales llamándolos “huevones” y los amenaza con que Xóchitl Gálvez les quitará los beneficios de dichos programas.
Así, Fox revela el verdadero fondo de los planes derechistas para retomar el control de México: no reconoce que los miles de beneficiarios de programas sociales en nuestro país fueron y aún son sus contribuyentes y los de sus socios, pues el trabajo de esos millones de mexicanas y mexicanos les permitió a los grandes beneficiarios del PRI y del PAN acumular fortunas multimillonarias. En vez de agradecer a los contribuyentes forzados a enriquecerlo, Fox les declara su desprecio y su odio, los ofende y amenaza.
Ante esas amenazas y esas ofensas, el Partido Acción Nacional, que llevó a Fox al poder, reacciona con timidez para asegurar que su Comisión Redactora de la Plataforma Electoral 2024 “contempla, dentro de sus labores, mantener y consolidar los apoyos sociales para la población” y que “los programas sociales son necesarios para alcanzar una verdadera igualdad”. Pero esa igualdad es lo que los millonarios ex funcionarios y ex gobernantes más temen; quieren que la mayoría de la población siga en labores forzadas y les gritan, implacables: “¡A trabajar, cabrones!”
La empresaria senadora Gálvez, sin desmentir a su octogenario aplaudidor, sigue afirmando ser indígena que se elevó de la pobreza. Continúa su campaña electorera tratando de que la “X” de su nombre corresponda a leperadas o chorradas como “Xingona” y “Xambeadora”.
Quizá embone mejor con eXplotación, eXpolio, eXterminio. O simplemente con foXista, pues, cuestionada el 21 de julio en una reunión con empresarios sobre la pensión a ex mandatarios, eludió responder y añadió un galimatías sobre que esa prestación la deben pagar los empleados, no el gobierno, y que los funcionarios públicos podrían pagar por su parte un seguro de setenta mil pesos mensuales para gastos médicos mayores.
En su lenguaje confuso, Gálvez expresó de este modo su propuesta: “… el tema de seguro de gastos médicos, creo que lo deben pagar los empleados. Sí podrías hacer un paquete de funcionarios a un precio muy competitivo […] Si ese seguro lo contrataras en un paquete de trescientos mil empleados, a lo mejor podría costar setenta mil pesos. Entonces, a lo mejor el gobierno podría licitar ese paquete de seguros para todos, pero que lo pagaran los empleados, y lo podría licitar a un precio mucho más competitivo del que hoy pagamos de manera privada”.
A partir de esa declaración, sus críticos han interpretado que propone que un empleado público que gana en promedio de cuatro mil pesos a seis mil pesos por mes, pague un seguro médico mensual de setenta mil pesos, lo cual es evidentemente imposible. Pero Gálvez, la millonaria, no se arredró: explicó que ella paga un seguro médico personal de ciento treinta mil pesos mensuales. Hay que recordar que, sólo por su cargo de senadora, la empresaria recibe al mes del presupuesto federal un pago de ciento diecinueve mil setecientos pesos, más gastos y prestaciones.
Gálvez no se arrepiente de sus riquezas mal habidas sino que, al serle cancelado un contrato que se ufanó de tener con la actual administración, reprocha: “… íbamos a firmar un contrato en Banobras y nos los cancelaron. Era de cuatrocientos mil pesos, pero lo habíamos ganado derecho. Pero él (López Obrador) ya dio instrucciones de que no me den trabajo. Ya se enojó y ya regañó. Pero yo tengo derecho a licitar y a tener un trabajo honrado” (en La Entrevista, con Joaquín López-Dóriga, Radio Fórmula, 18 de julio de 2023).
El dolor de Xóchitl Gálvez ante el contrato cancelado quizá le impida recordar la dieta mensual que recibe del Congreso de la Unión, que al año asciende a un total de un millón cuatrocientos treinta y seis mil pesos. Quien la oye condolerse, pensaría que la quejumbrosa senadora quizá considere volver a la venta emergente de gelatinas.
Con sus lamentos, Gálvez refrenda cuanto ha señalado el escritor Fabrizio Mejía Madrid, al exponer que “la élite económica que se creó desde el salinismo hasta el peñismo, los beneficiarios de la llamada ‘transición a la democracia’” a quienes representa Gálvez, “no ven corrupción en hacer negocios desde el poder de un cargo público, minimizan lo robado, y acaban diciendo que es resultado sólo de su talento. Eso es la élite económica neoliberal: en su gran mayoría, están convencidos de que la transa es una habilidad”. (“La gelatina que no cuajó”, F. Mejía Madrid en su videocolumna para el portal informativo Sin Embargo, 19 de julio de 2023.)
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Libreta de apuntes

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
Ella duerme. Mi mujer sueña ir subiendo en un elevador que de pronto se para y comienza a bajar. Las puertas del elevador se abren a una obra de teatro. Un actor alto, barbado y blanco le dice: “En la escena del tren se sale.” Tantas cosas hay en las cosas como misterios en la vida: ¿por qué soñamos, para qué soñamos lo que soñamos?
Borges, siguiendo libros ancestrales, fabuló la inquietante hipótesis de que nosotros somos soñados por otro, por otros, o sencillamente que somos soñados. De ahí se desprende la extraña configuración del mundo y las recurrentes metáforas sobre el sueño y la vida, el sueño y la muerte, el sueño y la irrealidad.
Del otro hacer. Se cuenta una historia en la mesa: el santo y seña “¿Pa’qué?” Un maestro lleva a su grupo universitario de Biología Marina al mar. Es el viaje de graduación. Contrata a un lanchero y éste le pregunta si puede acompañarlo un amigo. El maestro acepta.
Al día siguiente por la mañana el maestro, un pequeño grupo de alumnos, el lanchero y su amigo zarpan hacia mar abierto. Después de unos minutos de travesía, siempre hacia adelante, divisan un grupo de orcas a lo lejos. Sus grandes aletas surcan como navajas plateadas el mar sin medida.
El maestro ordena adelantarse a ellas y encontrarlas más allá. “¿Pa’qué? Dile que no haga eso”, pide asustado el amigo al lanchero. También él lo está, pero la orden debe cumplirse.
Adelantan al grupo de grandes peces en movimiento forzando casi al máximo el motor. El piloto vislumbra lo peor y su acompañante también. Al fin la lancha queda enfilada frente al veloz y poderoso cardumen, creaturas de Poseidón.
El maestro ordena apagar el motor. El piloto se desguanza y el amigo se rebela: “¿Pa’qué? Dile que no. ¿Pa’qué?” Seis alumnos con esnórquel entran al agua y pronto se encuentran con el grupo de orcas que pasa entre ellos eludiéndolos con destreza. Siguen su camino por debajo de la barca, las hembras más pequeñas con aletas de medialuna, los machos con la suya ligeramente doblada en la punta dado su gran tamaño, y desaparecen.
La belleza, el milagro y el sinsentido. ¿Pa’qué?
Trátase de los hábitos. Los rizos hasídicos, esos bucles que nacen desde las sienes se llaman peyas. La tradición religiosa que los impone entre sus practicantes explica que se originan en una diferenciación: los gentiles se afeitaban esa parte de la cabeza, así que ellos decidieron ser distintos no haciéndolo. No es tanto la costumbre misma sino por qué comenzó. La naturaleza no hace nada en vano, pero los hábitos culturales sí.
Aquel aviso. Un hombre le envió un telegrama a su mujer: “Empieza a preocuparte. Los detalles después.” Ella se vio en un predicamento. ¿Debiera pensar que el mensaje era un equívoco, una paradoja o un juego de palabras? Él hombre nunca volvió. Lo rastrearon durante meses sin resultado y durante años no apareció. Hasta hace unos días, cuando sorpresivamente regresó a casa. No recobra plenamente la memoria y no ha podido explicar qué le pasó, aquellos detalles prometidos. Tampoco recuerda el telegrama.
Visiones poéticas. A veces, escribe el poeta, la infancia me manda una postal, se muestra de nuevo en un sabor, una sensación, un momento recordado. El tiempo de la memoria comienza a correr hacia atrás mientras uno envejece. Se olvida aquello que está inmediato, que recién sucedió, pero lo de antaño surge con frecuencia. Como si la vida diera la vuelta sobre sí misma en esas imágenes retrospectivas que la memoria impone a la mente. ¿Por qué esas y no otras? Un misterio. El pasado nunca desaparece, hay quien afirma que ni siquiera existe porque aún está aquí. Entonces el juego, según Borges, siempre Borges, es convertir el ultraje de los años en una música, en un rumor, en un símbolo. La prosodia le llama a eso envejecer con dignidad.
Consecuencias. Para decirlo de manera kantiana: el uso privado de mi razón me permite ciertas posibilidades. Una de ellas es saber que Mozart escuchó en una tienda de Salzburgo aquella melodía compuesta por él mismo que cantaba un estornino (enigma secundario: ¿dónde la oyó?) cambiando ligeramente la composición al introducir en ella una nota natural. Mozart corrigió la pieza e incorporó una anotación en la partitura: “Así la canta el estornino.” O saber que los grajos pueden postergar su satisfacción inmediata porque dominan el arte de esperar. O que los cuervos esconden sus tesoros a la vista de quienes desconfían para probar su honestidad. O que las cornejas retienen en su pico como muestra de afecto el dedo del cuidador cuando lo dejan de ver por varios días. O que las parvadas de tordos son aleccionadas por conocimientos metafísicos secretos para realizar sus asombrosas coreografías. O que once-piñata-girasol es un acertijo cuya solución resulta inalcanzable. O que las águilas nunca claman por agua durante la sequía.
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Oda a la literatura francesa

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. De Asterix y Obelix hasta Anne Hernaux
Hace unos días se cumplió un año más de la Revolución francesa, lo que nos da la oportunidad de trazar para ustedes, queridos lectores de Morfemacero, una visión panorámica de una literatura que le ha dado tanto al mundo.
René Goscinny –el guionista– y Albert Uderzo –el dibujante– nos dieron una imagen de los antiguos galos, cuando existían la langue d’oïl y la langue d’oc y comenzaba a formarse la lengua francesa.
La literatura francesa comienza con la fábula del zorro Rénard y la aparición del primer novelista europeo, Chrétien de Troyes –autor de Tristán e Isolda y Perceval el Galo (llevada al cine por Eric Rohmer)–; sigue con los dos pilares de la literatura francesa: el maestro de la joie de vivre François Rabelais y sus gigantes Gargantúa y Pantagruel, y Michel de Montaigne, el creador del ensayo como género, cuya aguda melancolía nos sigue iluminando. En el Renacimiento andaba por allí François Villon, el primer poeta outsider: al haber matado a alguien, la justicia le perseguía y era casi «hombre muerto». Desde esa condición liminal, escribió El testamento y las Baladas, obras maestras.
En el siglo XVII tenemos a Corneille –quien recuperó la figura del Cid campeador–, a Racine que recreó a Fedra y a Andrómaca y al genial Molilère, cuya despiadada crítica a los médicos y a los tartufos le llevó al desprecio de los criticados y a la inmortalidad. Apareció por allí Cyrano de Bergerac, el primer escritor de las letras modernas de ficción científica, con sus magníficos Viaje al Sol y Viaje a la Luna –convertido en personaje de la obra de teatro de Rostand, dos siglos después–.
En el siglo XVIII Diderot, D’Alambert y Buffon escribieron la Enciclopedia, Voltaire defendió el derecho de cualquiera a opinar, Choderlos de Laclos nos enseñó que las relaciones amorosas son un peligro y el «divino marqués» –el marqués de Sade– se dedicó a provocar a las buenas conciencias desde una posición filosófica, que lo llevó a pasar parte de su vida en La Bastilla. La Revolución Francesa hizo nacer la Carta de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y, sin embargo, sobrevino el Terror, y Robespierre mandó decapitar a Olympe de Gouges, quien se había atrevido a escribir la Carta de los Derechos Humanos de la Mujer.
El siglo XIX tuvo dos soles: Flaubert, que cambió la historia de la novela, y Víctor Hugo, un alma grande que creó a Jean Valjean y al obispo Bienvenido Myriel, mostrándonos que la empatía y la compasión deben ser parte de nuestra humanidad. Zola creó la novela social con Germinal, Balzac competía con el Registro Civil y Stendhal tenía un ojo perspicaz sobre el amor y la guerra. Huysmans fue el primer decadente con su extraordinaria novela Al revés, y la trilogía de poetas Nérval, Baudelaire y Rimbaud transformaron la poesía para siempre mientras Alejandro Dumas creaba a Athos, Porthos, Aramís y D’Artagnan, y Julio Verne nos hacía viajar a mundos desconocidos.
En el siglo pasado, Marcel Proust escribió la mejor novela francesa de todos los tiempos, A la búsqueda del tiempo perdido, mostrándonos las «intermitencias del corazón» y que una magdalena y un té pueden romper las barreras del tiempo; Saint-Exupéry creó un cuento mágico y universal, El principito; Marguerite Yourcenar nos regaló las vidas noveladas de Adriano, Zenón y Natanael; Simone de Beauvoir puso las bases de la reivindidación de la mujer, para que deje de ser el segundo sexo; Camus, con su personaje Mersault, nos mostró que la vida, a veces, tiene momentos sin sentido; Génet y Céline nos mostraron el lado oscuro –paradoja: y a veces luminoso– de la vida; Michel Tournier nos regresó al mito con sus grandes novelas, Pascal Quignard es dueño de un preciocismo único y Houllebecq recupera la tradición de Sade para provocarnos con sus novelas repugnantes que nos fascinan. Así, hasta llegar a Anne Hernaux, que con bisturí hace una disección de su vida, como si ya fuera cadáver.
II. Filósofos y artistas
Imposible no mencionar otras artes: a Auguste Rodin, el escultor que protegió a Rilke; a Cézanne y los demás impresionistas franceses, a Debussy, Ravel y Satie, a los filósofos, desde Descartes hasta Sartre y Foucault. Pero este ensayo está dedicado a las letras francesas.
III. Un legado universal
Francia ha sido y seguirá siendo un referente, un tesoro vivo y un chorro de agua fresca. Celebremos la riqueza de su cultura, días después del 14 de julio, recordando el lema de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad y Fraternidad. Vive la France!
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Orson Welles y el detective

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
En 1939 Orson Welles no era famoso más que por haber causado un escándalo el 30 de octubre de 1938 con su emisión radiofónica de La guerra de los mundos, con la cual esparció terror cuando varios oyentes tomaron como un noticiero real la adaptación de la novela de H. G. Wells presentada por el Teatro Mercury del Aire, la compañía de Welles y John Houseman.
Después de afrontar reclamaciones por su versión del ataque marciano, Welles se embarcó a principios de 1939 en su proyecto teatral La muerte de Danton, su puesta en escena más ambiciosa hasta entonces. A diferencia de sus anteriores montajes, resultó un fracaso.
Con su Teatro Mercury del Aire cancelado y liquidado, Welles y Houseman buscaron en Nueva York una nueva fuente radiofónica de ingresos. La hallaron en la Casa del Teatro Campbell, con el patrocinio de la conocida enlatadora de sopa. Desde diciembre comenzaron a producir versiones de libros que Welles elegía, varios de los cuales están completamente olvidados, con la excepción de Rebeca, de Daphne du Maurier, y Adiós a las armas, de Ernest Hemingway.
Howard Koch (descubierto gracias a su guion para La guerra de los mundos) continuó trabajando con Welles y Houseman en las adaptaciones hasta marzo, cuando renunció para enrolarse en los estudios cinematográficos.
El último guion que Koch preparó para la Casa del Teatro Campbell fue La llave de cristal, adaptado de la novela de Dashiell Hammett. Por entonces era Hammett un muy popular autor de historias policíacas, surgido de la revista Black Mask. Sus relatos y libros ya tenían siete adaptaciones cinematográficas; John Huston estaba por realizar la más famosa de todas: El halcón maltés.
El argumento de La llave de cristal es sencillo: Ned Beaumont, guardaespaldas del cacique Paul Madvig, debe hallar al asesino del hijo de un senador, pues culpan a su jefe del crimen. En la pesquisa, Beaumont se enfrenta no sólo con gangsters, sino con la corrupción de las fuerzas policiales y de las autoridades. La novela sucede en San Francisco, pero por las prácticas de corrupción que detalla, podría pasar en cualquier ciudad estadounidense o en otros países americanos.
Frank Tuttle ya había empleado en 1935 un guion de Kathryn Scola, Kubec Glasmon y Harry Ruskin a fin de llevar al cine La llave de cristal. Fue un vehículo eficaz para lucir a George Raft, bailarín y actor conocido por sus relaciones con el hampa de la época.
Koch, Welles y Houseman consiguieron sintetizar en cuarenta y cinco minutos las peripecias de Ned Beaumont. Paul Stewart se hizo cargo de interpretar al guardaespaldas; Welles, de darle voz a Paul Madvig, el cacique a quien el detective debe librar de sospechas. La versión radiofónica (asequible en Internet) es concisa, eficaz, absorbente.
Welles eligió la novela porque, como explicaba al final de la emisión, “en cierto sentido, es más que un relato de detectives. Algún día quizá los historiadores la consulten como un documento social, como una imagen meticulosa, si bien deprimente, de casi cualquier ciudad estadounidense del pasado no tan distante. Dash Hammett, uno de los mayores cronistas del período, llega con honestidad por su conocimiento de los oscuros caminos del bajo mundo. Antes de que publicara una sola historia, mucho antes de que fuera a Hollywood a crear este detective cinemático, él mismo fue investigador privado (‘Dick’, en lenguaje coloquial)”.
El actor y director aún agregaba: “Estoy seguro de que [el novelista] no objetaría contarles la historia de su mayor caso. Caso mayor, en el sentido de que lo contrataron para buscar una de las cosas más grandes que puedan imaginar: una rueda de la fortuna. Como amigo del señor Hammett estoy autorizado para informar que puso sus manos en la rueda de la fortuna y la devolvió a su propietario, pero ignora, y nadie lo sabe a la fecha, qué pasó con ella. Quizá escapó a Sudamérica disfrazada de montaña rusa o de carrusel. Hammett sin embargo, frustrada su carrera de detective, eventualmente se pasó a la literatura, y yo, por mencionar a alguien, estoy agradecido de corazón. Hay muchos detectives, pero un solo Dashiell Hammett”.
Mientras realizaba esta y otras emisiones radiofónicas, Welles se embarcó en su mayor proyecto teatral: una fusión de las tragedias históricas de Shakespeare que tituló Cinco Reyes. La producción no fue sólo un fracaso, sino que reveló en el joven director de 24 años de edad un incontenible afán por realizar montajes escénicos de manera obsesiva, caprichosa, causando gastos que enloquecían a los productores.
Con su carrera a punto de extinguirse en mayo de 1939, a Welles le llegó en junio una oferta asombrosa: la compañía RKO Pictures le ofreció cien mil dólares por la primera película que dirigiera y actuara, más ciento veinticinco mil por la segunda. Además, le dieron control total sobre la filmación y la edición. Welles se puso a trabajar en una adaptación de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Sin embargo, el proyecto fue cancelado en diciembre de 1940.
En junio de ese año, agobiado por deudas de su compañía teatral y con su ex esposa Virginia exigiéndole pensión tras el divorcio, Welles recibió del escritor Herman Mankiewicz un guion titulado “El Americano”, del cual le venía hablando desde febrero.
La historia del inescrupuloso dueño de un diario que aspiraba a convertirse en presidente de los Estados Unidos para terminar frustrando todos sus proyectos, además de arruinar la vida de las personas más próximas a él, fue trabajada por Welles para disimular los paralelismos con el magnate William Randolph Hearst, hasta convertirla en Ciudadano Kane, su primera obra maestra en film.
Welles no lo previó, pero acaso su personificación del cacique Paul Madvig —al cual dio voz en su programa radiofónico— prefiguraba a Charles Foster Kane, personaje que marcó su carrera con la carga de la genialidad y de una fatal impericia empresarial. Tras las pérdidas que causó Kane, Welles quedó condenado a un doble desempeño: como actor de filmes inanes con los cuales obtenía dinero, y como creador de geniales cintas que consumían todas las ganancias duramente acopiadas durante sus 45 años como director y actor.
Welles murió en 1985 sin poder concluir su última película, Don Quijote. Es inevitable ver en esa vicisitud la cifra de su destino.
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Escribir sin concesiones: Clarice Lispector

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. La literatura brasileña
Algunos grandes escritores brasileños han sido João Guimarães Rosa, autor de Gran sertón; veredas; el escritor costumbrista Joaquín Machado de Assis; Euclides da Cunha, autor de Los sertones; el escritor brasileño más leído, Jorge Amado, autor de Doña Flor y sus dos maridos y de Teresa Batista, consada de guerra; el abogado forense Rubem Fonseca, autor de El cobrador y Grandes emociones y pensamientos imperfectos, dos grandes novelas; Nélida Pinón, recientemente fallecida; los poetas Carlos Drummond de Andrade, Ledo Ivo y Chico Buarque. En esa constelación de escritores destaca una flor rara, nacida en Ucrania, criada en Alegoas, –en el nordeste de Brasil–, una de las grandes escritoras no sólo de Brasil, sino de la historia de la literatura.
II. De Basilio Losada.
Este crítico y traductor español afirmó sobre Clarice, en el prólogo de Cerca del corazón salvaje: «No creo que haya en ninguna literatura de nuestro tiempo un ejemplo tan perfecto de literatura de mujer, y quizá nadie ha llegado a una precisión, a veces incluso obsesiva pero pausible siempre, de las posibilidades de la palabra como manifestación de mundos interiores». Quizá hoy podamos agregar a Olga Tocarzuk, a Vivian Gornick, a Anne Hernaux.
III. La obra de Clarice Lispector
En cierto modo todas sus obras son una sola. En su primera novela, ya mencionada, afirma: «Yo toda nado, fluctúo, atravieso lo que existe con los nervios, nada soy sino el deseo, la rabia, la vaguedad, palpable como la energía». En El mundo según GL, el narrador afirma: «Si abandono la esperanza, rindo homenaje a mi carencia, y esta es la mayor gravedad del vivir. Y, porque asumí mi falta, la vida está a mi alcance. Muchos fueron los que abandonaron todo lo que poseían, y fueron en busca de un hambre mayor». Sus relatos son igual de inquietantes. Destacan la historia de una gallina que trata de sobrevivir a su destino, el de ser vuelta caldo; la de una pigmea, negra y oscura, que vive en los árboles y a quienes todos ven como bicho raro –así se sentía Clarice–, que en una novela se ve a sí misma como víbora y en otra como cucaracha-.
III. Felicidad clandestina
En su maravilloso relato del mismo nombre, nos cuenta la historia de una niña perversa que promete prestarle un libro a la protagonista. Cada día va y ella le dice que lo ha prestado a otra. Hasta que la mamá descubre la tortura diaria, el sadismo cotidiano, y obliga a su hija a darle el libro. «Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí siempre habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada. A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo. Ya no era una niña con un libro: era una mujer con su amante»
Querida Clarice: tus lectores agradecemos tu soledad rodeada de gente, tus ojos tristes pero siempre abiertos, tu falta de esperanza, tu aguda visión de la miseria de las almas. ¿Qué haríamos sin ti, antídoto del optimismo ramplón, que nos quiere convencer de que todo es bello? Gracias por tu lucidez amarga, filosa como daga.
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Lenguaje burocrático y políticamente (in)correcto / III

Juan José Doñán
Un caso diferente es el de la ahora muy repetida frase eufemística “zona de confort”, con la que se quiere decir que alguien con determinadas aptitudes es conformista, autocomplaciente, poco esforzado o de plano perezoso, al no querer salir de dicha “zona”, o al no hacer ningún intento para superarse y aprovechar debidamente sus capacidades, su talento y, por lo mismo, en no decidirse a dar lo mejor de sí mismo.
Más común todavía es una frase equívoca que se repite ad nauseam: “ofrecer disculpas” en lugar de “pedir disculpas”. Si disculpar es perdonar o pasar por alto una ofensa cometida por alguien que se siente y se reconoce culpable de haber incurrido en esa falta, en agravio de equis persona o personas, entonces ese alguien no debe “ofrecerles” a sus ofendidos que lo liberen de la falta cometida, sino “pedirles” –se sobreentiende que con arrepentimiento y después de pasar por un acto de contrición– que sean generosos o al menos no demasiado severos y lo disculpen, absuelvan, dispensen, perdonen… por dicha falta.
Todo esto es lo que provoca la afición desmedida al oficialés, una modalidad lingüística concebida para echar rollo, para la demagogia, para andarse por las ramas o hasta para querer darse taco, así como para incurrir en no pocos equívocos, exhibir falsas elegancias, pedanterías, rebuscamientos, cursilerías e incluso ridiculeces, y no para nombrar a las cosas por su nombre y para, de ese modo, poder llamarle al pan, pan y al bimbo, bimbo.
A riesgo de ser machacones, no está demás insistir en que lo más grave del oficialés es que, a diferencias de lo que ocurre con otras jergas lingüísticas (la policiaca, por ejemplo, donde se habla de “binomio canino”, “vegetal verde”, “mancha hemática” o de que “una femenina fue detenida en flagrancia”), sus vicios e incorrecciones (sus virtudes habría que buscarlas con la lámpara de Diógenes) se extienden a diferentes ámbitos sociales, comenzando por el de los medios masivos de comunicación, los cuales a su vez multiplican entre sus lectores y sus audiencias tales vicios e incorrecciones, con el agravante de que, a quererlo o no, dichos medios terminan dándole carta de legitimidad a esa retahíla de pifias, fallas, dislates, yerros, desatinos, despropósitos…
Los ejemplos de este sublenguaje –a base de palabras, expresiones y giros empleados incorrectamente en nuestro país– que el mundillo burocrático ha ido construyendo se podrían extender hasta donde dé la capacidad del recolector de pifias lingüísticas de esta naturaleza y hasta donde lo permita la paciencia de las personas interesadas en ellas. Pero como no hay ningún ánimo exhaustivo en quien esto escribe, queden por ahora los casos antes consignados con el propósito de referirnos, aunque sea brevemente, a algunos de los estropicios lingüísticos que más se estilan lo mismo entre activistas sociales de toda laya que entre militantes de las más diversas causas reivindicativas.
Lenguaje y corrección política
A quererlo o no, la justa reivindicación de los regateados derechos de las mujeres y de quienes se inscriben en ese grupo social de diversas identidades de género o de preferencias sexuales variadas llamado LGBT… (hay quien de manera jocosa ha llegado a preguntar, si acaso esas siglas son una abreviatura de “La Guadalupana Bajó al Tepeyac”) ha traído consigo algunos excesos y no pocas pifias en el uso del leguaje. Así, por ejemplo, muchas feministas dogmáticas suelen calificar abiertamente de “machista” o “patriarcal” al lenguaje de todos los días, incluido el que predomina en obras maestras de la literatura, por lo que dicen estar convencidas de que ese lenguaje debe ser sometido también a una presunta “equidad de género”.
Según esta tendencia, lo correcto ya no sería decir “los alumnos de bachillerato”, sino “las y los alumnos de bachillerato” o “las alumnas y los alumnos de bachillerato”, aun cuando en casos como el anterior, por una antiquísima convención idiomática o por un uso histórico de nuestra lengua, se quiera pasar por alto que el artículo los comprende por igual a hombres y mujeres, así como a personas transexuales o de cualquier otro tipo de inclinación u orientación carnal. En nuestro país, no muy distinto es el caso del vocativo mexicanos en la letra del Himno nacional: “Mexicanos, al grito de guerra…” Atendiendo esa presunta lógica reivindicativa, ¿debe ser cambiada la letra de la canción de la patria y, con un ánimo “incluyente”, reescribir el primer verso para que quede en “Mexicanas y mexicanos, al grito de guerra…?
Y ya encarrerados, “encarreradas” y, ¿por qué no?, “encarrerades”, habría que seguir con la reescritura de textos clásicos, tanto de la literatura canónica como de la lírica popular. Así, por ejemplo, en el terceto monorrimo de la Suave patria, que a la letra dice “Al triste y al feliz dices que sí,/ que en tu lengua de amor prueben de ti/ la picadura del ajonjolí”, habría que corregirle la plana a Ramón López Velarde, de quien en 2021 se cumplió un siglo de su muerte, a fin de que pueda ser explícitamente “incluyente”, modificando el primer verso para que diga “A las y los tristes, así como a las o los felices dices que sí…”, aun cuando con ello se volatilice la lírica y se descomponga feamente el poema. ¡Aunque, claro, todo ese retoque se haría con la mejor voluntad, con el propósito de poder cumplir debidamente con una buscada, aunque más bien rebuscada, corrección política!
Siguiendo esa misma corrección y una presunta reivindicación lingüística se ha incurrido igualmente en feminizaciones innecesarias como, por ejemplo, decir y escribir “la presidenta”, en lugar “de la presidente”, pues en español los sufijos ente y ante no son masculinos, sino genéricos comunes, es decir, son indistintamente femeninos y masculinos, en la medida en que se trata de participios activos que de igual manera pueden funcionar como adjetivos que como sustantivos: estudiante, convaleciente, durmiente, paciente, oyente, pudiente, pendiente, almirante, recipiente, pensante, votante… Y salvo que alguien pretendiera ser políticamente correctísimo, nadie llegaría hasta el extremo de hacer el ridículo, diciendo o escribiendo “la estudianta”, “la convalecienta”, “la militanta” o “la bella durmienta”. Tampoco ningún ginecólogo o ginecóloga o ginecólogue presumiría tener “muchas pacientas”. ¿Entonces por qué presidenta y tenienta y contribuyenta? En materia de gentilicios, venturosamente hasta ahora a nadie le ha dado por hablar de “la jalisciensa”, “la sonorensa”, “la hidalguensa”, “la guerrerensa”, la sinaloensa” o, peor aún, de “la colimensa”.
Que se sepa, hasta ahora ningún hijo de Adán se ha quejado porque no se repete su condición de varón por obligársele a que acepte el sufijo genérico ista o ía –con terminación en a, y no en o— para denominar ciertos oficios, independientemente de que quien los realice sea hombre, mujer, transgénero o quimera. Francamente sería ridículo escuchar a un fulano –irritado o cegado por un ignorante celo “patriarcal” o supramachista, al considerar como algo erróneo o excluyente que la terminación ista o ía es de género femenino– y, por lo tanto, exigiera de manera terminante que se le reconozca como “taxisto”, o “pianisto”, o “electrisisto”, o “tenisto”, o “maquinisto”, o “prestamisto”, o “dentisto”, o “anarquisto”, o militante “panisto”, “morenisto”, “emecisto”… y, ya encarrerados, pues hasta de oficio “policío” en lugar de “policía”. Ningún varón llegaría al extremo de reivindicar tamaño despropósito, en aras de un lenguaje “machisto”, aun cuando nuestro famoso Doctor Muerte, alias Hugo López-Gatell, se refiera, con total desparpajo, a sus “colegas y colegos”.
A propósito de oficios, cuando una fémina se dedica profesionalmente al ejercicio de las corcheas, se dice y se acepta sin ningún problema que tal persona es músico y no música, aun cuando el diccionario canónico admita esta última forma. Y ello no sólo por una añeja tradición lexicológica, sino porque decir en México que una persona es “música” o, peor aún, “muy música”, no equivale a ser un muy competente discípulo o discípula de Orfeo y Euterpe, sino que tal individuo, independientemente de su orientación sexual, es poco o nada confiable y no es digno de ser tomado en serio, ya sea por taimado, por una reconocida ineptitud suya o por hacer o decir tonterías, sinrazones, despropósitos, sandeces o cosas peores.
Otro desfiguro no menos risible es el de querer incluir ambos géneros utilizando el signo de arroba (@) o la letra equis en artículos, sustantivos y adjetivos. Así, por ejemplo, queriendo decir en una sola palabra la expresión “todas y todos”, hay quienes escriben tod@s o todxs, una práctica anómala que se ha extendido a casos como bienvenid@s o bienvenidxs, mexican@s y mexicanxs, etcétera.
También se ha vuelto común en esos y otros círculos el uso reiterado, por no decir el abuso, de términos como visibilizar y empatizar, así como de muchos otras palabras derivadas o afines. Así, por ejemplo, no es raro que alguien hable de una marcha o de una manifestación pública “para visibilizar [sic] el tema [resic] de las y los desaparecidos”, o de que equis funcionario “no es empático [sic] con la lucha del colectivo de las Madres Buscadoras”.
Por principio de cuentas, visibilizar y denunciar son cosas completamente distintas. La primera consiste en mostrar algo que no se advierte a simple vista (a ojo pelón) o que está oculto y sólo puede advertirse mediante la utilización de los Rayos X, a fin de poder ver el sistema óseo de un individuo, o con el microscopio, con el cual se consigue poner de manifiesto gérmenes y bacterias. Y denunciar no es otra cosa que hacer del conocimiento público, y sobre todo de la autoridad, un hecho anómalo y eventualmente hasta delictivo que afecta a equis persona o personas. Y en cuanto a la tan traída y llevada y sobada palabrita tema es algo que ya fue consignado líneas atrás, destacando la evidente impostura polisémica de tal palabrita, la cual no pasa de ser una expresión artificiosa, por no decir falsa, hija tanto de la ignorancia como de la repetición mecánica o de la pereza mental.
Y en cuanto lo de empatía, empatizar, empático y similares, lo que realmente tratan de decir con ello sus legiones de usuarios frecuentes (entre ellos, muchos chicos y chicas de la prensa, así como también algunos más o menos maduritos o decanos del mismo gremio) es solidaridad, consideración, respeto, tolerancia… Todo ello, además de profesionalismo, diligencia y acatamiento de la ley, es lo que se le debe pedir e incluso exigir a cualquier autoridad, pero no empatía. Y ello porque ésta, lo mismo que la simpatía, como bien lo define cualquier lexicón, es otra cosa: una inclinación afectiva o un sentimiento de identificación que se da de manera espontánea y que, por ello mismo, no forma parte de ningún “deber ser” (de ninguna ética ni tampoco de ninguna legislación), pues en caso contrario resultaría algo contraproducente, en la medida en que podría afectar de forma anómala una investigación judicial o una diligencia oficial, que es lo que cualquier persona esperaría que se realizara siempre de una manera profesional, de un modo imparcial y hasta con una buena dosis de frialdad o desapego (ni modo, lo contrario de la empatía) donde siempre pueda haber un lugar para la duda razonable, necesaria e indispensable para aspirar a la justicia, la mayor de las virtudes intelectuales y morales, según Platón. Porque, ¿de qué otra forma, si no, puede llevarse a cabo un trabajo verdaderamente profesional y competente?
Aquí conviene hacer una aclaración. Aunque sea un lugar común, nunca se debe confundir la gimnasia con la magnesia, pues una cosa son las muy respetables luchas por las reivindicaciones (sociales, políticas, laborales, estudiantiles, profesionales, raciales o de preferencias sexuales) que emprenden no pocas personas y otra muy, pero muy distinta es estropear el lenguaje en aras de ello, llegando al extremo de querer hacer cómplices a la lengua y al habla e incluso a las grandes obras literarias de una presunta discriminación “machista” desde la historia y la evolución del idioma, en perjuicio de las hijas de Eva o de la policroma comunidad LGBT+.
En conclusión, no todo el que chifla es arriero. Y siempre conviene tomar con las reservas necesarias y con la debida cautela a las personas afectas a querer reivindicar derechos de género (presuntos o reales) o de cualquier otro tipo, deformando el lenguaje, o de quienes buscan impresionar al prójimo con el oficialés, ese jerga artificiosa y ampulosa, hecha a base de palabras seudocatrinas y para colmo mal entendidas, así como de giros verbales que con mucha frecuencia no pasan de ser palabrería hueca, vil cursilería, cuando no ridiculeces e incluso mamonerías. Y lo anterior vale lo mismo para las “propuestas” (más bien ocurrencias) hechas y concebidas desde una corrección política muy poco reflexiva, por no decir que irreflexiva.
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Aquella tarde de guardar

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
El vuelo a la ciudad de Oaxaca se anunció con retraso de un par de horas. Vagué por la sala de los pasajeros retenidos y lo vi sentado a la distancia. Su alborotada cabellera grisácea entonces y sus anteojos cuadrados me permitieron reconocerlo de inmediato. Iba tan elegantemente desaliñado como de costumbre y estaba leyendo un libro de Allan Bloom, The Closing of the American Mind. “¿Lo conoces?”, me preguntó Monsiváis cuando me senté a su lado. Antes de poder responderle hizo una brillante y veloz síntesis del contenido, enfatizando lo que parecía llamarle más la atención: toda crisis social y política es sobre todo una crisis intelectual, dijo.
Yo llevaba uno distinto, Buddhism Without Beliefs, de Stephen Batchelor, que revisó con interés durante unos minutos. Mientras él leía aquí y allá algunos párrafos, a mi vez encomiaba las virtudes del texto y del autor, un agnóstico terapéutico y culturalmente revolucionario según mi opinión.
—Sí, Fulano me contó que te volviste budista. Juró que andabas rapado y vestido con túnica, como hare-krishna. Qué bueno: ya veo que no —dijo, y soltó una carcajada.
—No, quizá me habré vuelto budiatra o budólogo, pero budista no —contesté, y los dos reímos. Fulano no era confiable para nada, y a él le constaba sobradamente. Pero en su interés inocultable por los otros, por lo otro, Monsiváis quería saber por qué me interesaba el tema y había escrito recientemente un librito introductorio al respecto, cuyo título mencionó.
No éramos amigos cercanos: él sabía de mí porque sabía de todos, habíamos tenido contactos editoriales tanto esporádicos como regulares a lo largo del tiempo, coincidíamos en algunas presentaciones de libros, contábamos con amistades y conocidos en común, pero yo nunca me había decidido a penetrar los círculos admirativos de su entorno y tampoco a superar la devoción generacional tan intensa que su figura pública, sus posiciones políticas, sus libros, sus artículos y su legendario suplemento convocaban en tantos. A fin de cuentas sostenía una lección aprendida tiempo atrás en cierto autor canónico: no te acerques en persona a quienes intelectualmente te fascinan.
Hablamos esa tarde acerca del budismo como una ciencia del espíritu. Escuchó con atención las razones que me llevaban a indagar por el asunto y compartió la nómina de autores occidentales mencionados, a todos los cuales conocía con suficiencia y a muchos de ellos bastante mejor que yo: Schopenhauer, Eliot, Bateson, Hesse, Eliade, Toynbee, Yourcenar, Borges, Ginsberg, de Chardin, Huxley, Wilber, Jung, Guénon, Fromm, Suzuki, Tablada, Vasconcelos, Paz.
—Culturita por aquí, culturita por allá —dije yo en algún momento de la plática, citándolo zumbonamente desde un texto suyo que ninguno de los dos recordó si era aquel rutilante “No es que esté feo sino que estoy mal envuelto”, u algún otro publicado tiempo atrás en su oracular suplemento México en la Cultura.
Antes de referirnos a la memorable anécdota de Tablada traduciendo haikús en su casa de Tlalpan mientras las tropas zapatistas penetraban a la ciudad de México, o de poner en duda la calidad de la información orientalista de Vasconcelos durante sus exilios políticos en bibliotecas públicas estadounidenses, o comentar la no cercanía somática de Paz con las técnicas meditativas referidas tan de pasada en su Vislumbres de la India, antes de mencionar su encuentro con Jodorowsky y el roshi Ejo Takata inmóvil durante dos horas en la obra de teatro Zaratustra, antes de especular si Borges podría haber conocido la iluminación instantánea del satori mediante la poesía solamente, antes de recordar que fue en Cuernavaca donde Fromm dialogó con Suzuki, Monsiváis situó el problema político de los asuntos espirituales.
—El problema es que el tema está monopolizado por la derecha y el fundamentalismo religioso. Y todas las religiones se han edificado sobre el suelo del miedo. No hay algo todavía como un liberalismo espiritual —dijo, con aquella su voz ronca y su léxico preciso.
Luego debimos subir al avión. “Palabras, palabras, sustantivos. Sólo necesitan abrir las alas y milenios caen de su vuelo”, escribiría Gottfried Benn, un autor que en la plática no había sido mencionado pero que sin duda Monsiváis, el insaciable y proteico, también conocía. Quedamos de vernos después para seguir conversando, pero llegó el torbellino de cada uno y nos alevantó. Nunca volví a encontrarlo personalmente, aunque su imagen omnipresente y lo mejor de su herencia ilustrada y lúcida: la crítica del poder, la lucha contra la tradición moralizante y anquilosada, y el asalto contra los prejuicios y la prepotencia, estuvieron muy cerca de mí como de tantos otros ciudadanos, así fuera desde los medios de comunicación enajenantes y antirreflexivos que en sus mocedades había satirizado como cajas idiotas, o desde los ritos vacuos aunque a veces justos de los premios en la vida intelectual.
Su muerte en un comienzo del solsticio de verano al mediodía del año, cuando se dice que el sol tiene una cita con la luna llena, la más baja del horizonte, para lograr su mayor humildad; cuando los pueblos antiguos hacían un ritual llamado la búsqueda de la visión donde se cerraba temporalmente la comunicación con los dioses, un sentimiento de fin de época me invadió desasosegado. No sé cómo explicarlo y ni siquiera me interesa, pero creo que en este país algo profundo murió al irse para siempre Carlos Monsiváis.


