Morfema Cero

  • Sobre el placer perverso de la anfitrionía

    Sobre el placer perverso de la anfitrionía

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    I. Anfitrión

    Marido de Alcmena. Ella tuvo dos hijos, el primero fue Heracles, hijo de Zeus y el segundo Ificles, hijo de Anfitrión. Zeus adoptó la apariencia de Anfitrión, que llevaba mucho tiempo ausente. La bella Alcmena se entregó a él como si fuera su esposo. Cuando el verdadero Anfitrión llegó, ella se mostró sin deseo. Él se molestó; ella le recordó que había pasado la noche con él. Sintiéndose engañado, intentó matarla. Zeus lo detuvo y le explicó que había tomado a Alcmena bajo la apariencia de él. Anfitrión la manifestó a Zeus su placer y su honor por haber compartido con él a su mujer. Le dijo que podía tomarla cuando quisiera. 

    Tres grandes novelistas recrearon esta infidelidad consentida y provocada. 

    II. La revocación del edicto de Nantes (1953), de Pierre Klossowski. 

    Pierre Klossowski fue hermano del gran pintor Balthus. Estudió teología, abandonó ese camino e ingresó en el círculo de Georges Bataille. Su obra, tanto literaria como pictórica, ilustra sus obsesiones. Todo nace de la muerte de Dios (Nietzsche). Ante ese vacío, lo que queda es el cuerpo. «Su alma era su cuerpo», dice Octave de Roberte, la protagonista de su trilogía Las leyes de la hospitalidad (Roberte, esta noche; La revocación del edicto de Nantes, El apuntador). En La revocación… Roberte «acepta» que su marido Octave, el «voyeur», la conduzca a entregarse a otros hombres y a dejarse llevar por su sexualidad. Sin embargo, en su Diario -es una novela de diarios alternos- escribe que le deja creer a Octave que él es el titiritero, el «puppet master», cuando siempre son las mujeres y sólo ellas las que deciden sobre su cuerpo. Sobre Klossowski escribieron ensayos Bataille, Deleuze, Blanchot y Foucault, lo que demuestra que, en lugar de leerlo sólo desde una clave erótica, debemos hacerlo desde una lectura filosófica, como a su antecesor, el «divino marqués», el marqués de Sade. 

    III. La llave, de Junichiro Tanizaki.

    Esta novela, publicada en 1956, narra cómo el viejo marido ofrece a su mujer desnuda -Ikiku, intoxicada por el alcohol- a la mirada de un joven, Kimura, al pedirle que revela las fotografías del cuerpo desnudo de su esposa. Más tarde que temprano Ikiku y Kimura se amarán sexualmente. El viejo lo disfruta y escribe lo que siente en su diario. Se supone que ella no lo leerá, pero él ha dejado la llave al alcance de ella. Ikiku, por su parte, escribe también en su propio diario lo que ha sentido tanto con su viejo marido enfermo como con el amante joven, sabiendo que su marido lo leerá. Para el viejo es excitante y ama a su mujer con pasión impropia para su menguado vigor, hasta que una embolia termina con él. Ese triángulo termina y será sustituido por el que formaran la viuda, Kimura y Toshiko, la hija de la viuda, convertida en la esposa de Kimura. La hija sabe que su esposo ha tenido amoríos con su madre. Al final de la novela los tres viven juntos.  

    IV. De Anima, de Juan García Ponce. 

    Juan García Ponce encontró en la obra de Klossowski una fascinación que lo llevó a traducir sus obras al español (junto con Michelle Alban) y a reproducir en sus novelas -especialmente De Anima– las leyes de la hospitalidad. Desde el prólogo, el escritor mexicano afirma que se inspiró, por la forma de diarios alternos y por la temática, en las novelas de Klossowski y Tanizaki. En esta novela, los protagonistas son Gilberto y Paloma. Paloma se deja llevar por la voluntad de Gilberto de «entregarla» a sus amigos y escribe en su diario: «Tengo vergüenza de lo que acabo de hacer. Estoy fascinada por lo que acabo de hacer». El triángulo entre Gilberto, Paloma y otros hombres es la continuación natural del triángulo entre la mujer, el hombre y el gato, en el célebre cuento del mismo nombre de García Ponce. El gato, convertido en tercero, ha sido sustituido por amantes que desempeñan ese rol. 

    V. Una literatura a contracorriente.

    En un mundo que pone la corrección política como valor supremo, olvidando que el arte siempre ha sido transgresor y que busca, como afirma Paul Klee, «hacer visible», debemos leer a estos autores desde el pensamiento y desde la escritura. Un mexicano, un francés, un japonés, aparentemente alejados y sin embargo tan cercanos. Es posible que Tanizaki haya leído a Klossowski. Es menos probable que Klossowski haya leído a Tanizaki. Sabemos con certeza que Juan García Ponce leyó a los dos y se apropió de la necesidad de sus personajes masculinos para convertirse en anfitriones y recrear las leyes de la hospitalidad. En cualquier caso, la lectura de estos tres libros es un manjar y un islote de transgresión desde la imaginación creadora de tres grandes artistas de la escritura. 

  • Rita epifánica

    Rita epifánica

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    Entonces las tardes eran serpientes de plata. Su estrépito llegaba hasta nosotros envuelto en los disfraces de la indolencia: tantos milagros nos habían hecho profesionales de lo escéptico. Todos los signos que rodeaban a la razón —tierra de muchos, desierto de algunos— se aplazaban por comuniones que la vida impartía sosegada, segura de que la sencillez de sus gestos no se perdería como los ángeles al doblar las esquinas. 

           Vivíamos para esas tardes tempranas, que todavía aceptaban los brillos de una luz altiva, recién inaugurada. No sabíamos que nuestra euforia era el reverso del desgano, que nuestros pasos sólo repetían las aventuras de una memoria convencida de no proceder más que de su propia novedad. 

           Ahí estaba el destino de todos. Nuestros rostros, apenas acomodados a los gestos que los años demorarían en cada uno, ensayaban las emociones de su educación sentimental. El de allá era gordo y mofletudo, aquél se empeñaba en mitigar las huellas aceitosas de los granos, otro anticipaba los surcos ascéticos de la soledad por venir, éste sonreía en los agravios que traería detras hasta su final. Nadie parecía saber que el tiempo es irremediable, que la vida transcurría como un juego mal jugado y que la intemperie nos esperaba a todos en un único salón. Si entonces alguien propuso tomar por asalto el cielo de nuestro presente, ninguno de nosotros lo advirtió. Si entonces se abrieron puertas para que nuestros senderos se multiplicaran, quedaron inéditas esperando un tráfico que nunca tuvo lugar.

              Nuestro vicio eran las epifanías, que a diario, después de las dos de la tarde, cruzaban con sus calcetas blancas por las caricias obscenas de nuestras manos inmóviles, imaginarias, entrenadas para no saber cómo se desabrochaba una blusa de secundaria, cómo se daba un beso donde el alma se hiciera líquida, cómo se abrían las cerraduras del altar mayor. 

           Y entre ellas iba Rita, Rita Epifánica, vestal de tobilleras caídas y mirada humedecida por la brisa de su falda en vuelo. No era nuestra, ya desde entonces había elegido a otro cuyo mérito era la posesión de todos los tiempos verbales de su sonrisa. Pudo olvidarse y se olvidó. Era cualquiera donde el rastro de lo impermanente todavía no apareciera con sus sombras, cualquiera donde Rita Epifánica hubiera montado las líneas de su amor de agua, cualquiera donde los muslos púberes se dejaran visitar por la sabiduría del deseo, cualquiera donde desfalleciera porque quería, porque debía desfallecer.

           —Ayer lloró Rita —dijo esa vez Lanestosa Pampillón Federico. Las jóvenes en flor habían salido ya, la calle sólo era nuestra y de los rezagados habituales, la serpiente de plata estiraba sus anillos y desplegaba su único, intocado avance vesperal. 

           La noticia alborotó nuestros ánimos. Negamos credibilidad a otro de los voraces enamorados de la Epifánica, pero todos sabíamos que nuestro código amoroso requería esa majadera incredulidad. —No mames —habrá dicho alguno. —¿Y lloró por ti? —ironizó otro más. Todo sobraba: Rita no podría llorar jamás por el genio luciferino de Lanestosa Pampillón. Si acaso su propia madre, que muy poco entendía del talento bizarro de un hijo llegado desde lo más profundo de la somática familiar. —Ayer lloró Rita —repitió sentencioso Lanestosa Pampillón.

              Una moneda rodó con suavidad hasta la marca de nuestra rayuela de la tarde temprana y se acomodó en su centro, segura de vencer en esa ronda del azar deliberado. Luego llegó el camión y la serpiente se aposentó rotunda, sin otro obstáculo: cada uno se fue para esperar el día siguiente. Y regresamos, pero Rita Epifánica no.

              —¿Recuerdan cuando lloró Rita? —nos decíamos, absortos en la urdimbre de nuestra añoranza sin versión aceptable. —Busquen al novio, que nos diga qué pasó —sugería algún racionalizador de aquella melancolía. Pero las monedas danzaban cada vez más exactas, rodaban apenas porque habíamos aprendido a convertirlas en mariposas y así se nos iba Rita entre los dedos.

              Antier soñé que ayer lloró Rita. Llevaba las tobilleras caídas y su falda guardaba los reflejos de su boca vegetal. Mañana voy a soñar que hoy lloró Rita. Y a pesar de sus lágrimas alguna vez le quitaré las calcetas de diosa incipiente y tocaré sus pies pequeños como esas tardes donde la revelación lustraba su piel.

              —Su fobia eran las ligas —dijo, años después, cuando las horas nos reunían para tener un pretexto donde la puerilidad aflorara, el licenciado Lanestosa Pampillón. Llegaba el vaho lóbrego de los recuerdos manoseados, la noche se abría para darnos paso y volvíamos a contar lo que siempre nos habíamos contado. Nadie se refería a los ausentes, y los presentes actuábamos como si fuéramos los de antes, aquellos que habían preferido ser nada más que un momento hecho destino, un solo punto de luz.

             —Todo hubiera sido distinto —dijo el licenciado Lanestosa—, si alguno de nosotros la hubiera tenido. Podrías haber sido tú o yo, daba lo mismo. Y hoy estaría aquí sentada, seguiría siendo nuestra mujer.

              Ya era inútil discutir ese plural abusivo. La maquillada mitología toleraba imprecisiones, olvidos, mentiras. Pero podíamos voltear al pasado porque en él estaba Rita, nuestra más limpia posesión.

              —Ayer soñé que lloró Rita —concluyó alguno, cuando la reunión se disgregó.

  • Salmos ante un auditorio vacío

    Salmos ante un auditorio vacío

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    Fechas púdicas y secretas. O tan evidentes que se vuelven invisibles. ¿Dónde se esconde lo que no quiere ocultarse? A la vista de todos. ¿Dónde debe decirse lo que no ha de escucharse? En medio de las multitudes.

    No hay respuestas sino preguntas. Aunque algunos justos que sostienen al mundo aún se empeñan en encontrar posibilidades. “Unificar y, por tanto, santificar”, escribe un autor desesperado —toda escritura es desesperación; comunicar, hacer común, proviene de un acto de angustia necesaria, pero en la neolengua de estos días el término se reemplaza por compartir, ofrecer meros pedazos, partes separadas de un todo.

    Un hombre sabio propuso un sistema de rectificaciones. Sus objetos, el yo, esa hipótesis inútil, y el autoconcepto como propósitos minúsculos de la persona; el lenguaje, que de ser orientativo se volvió descriptivo; el cuerpo separado de la mente y la mente descarnada del cuerpo; la oposición entre el intelecto y la emoción; el acento puesto en el conocer como algo opuesto al conocimiento.

    Dijo más: la pérdida del sentido de la unidad, aparte de ser un error epistemológico, representa sencillamente una equivocación estética. También corrigió: no pienso y luego existo, sino porque existo puedo pensar. Después guardó silencio.

    El grado de realidad de un ser depende de la unión de sus partes. Pero el dios tutelar de los tiempos posmodernos es Xipe-Totec, el Desmembrado. A su lado reina Némesis, cuyo motivo es la retribución, el castigo de la presunción humana. También Ghede, aquel señor de los muertos en la mitología vudú que reanima a los cadáveres como zombis, anomalía tan festejada.

    Una atmósfera de coliseo, convertida en carpa mediática de la sociedad del espectáculo y el entre-tenimiento (ominosa palabra: ¿esperando qué?). Una gradual y creciente sumisión del pensar ante la fe y la autoridad, el miedo y la incertidumbre, ante el estado de contingencia en que se vive la vida. Una sustitución generalizada del conocimiento por la creencia (no es casual que se diga “yo siento” en lugar de “yo pienso”).

    Crisis de la educación, vacuidad de las humanidades antropocéntricas, empobrecimiento del juicio reflexivo, pensamiento complejo sustituido por el fast think del no pensamiento. El mundo neomedieval o la historia que regresa. Ayer fue la Iglesia la fuente única del saber. Hoy lo son las redes sociales de la enajenante videoesfera, cuando todos se abisman en el embrujador rectángulo que llevan en la palma de la mano. Las estrellas miran hacia abajo, la gente también.

    La flexibilidad analítica, la curiosidad mental, la ambigüedad de lo real, ¿qué se hicieron? No sentimos pasar mudos los años, tampoco la súbita erosión de un mundo cuyas certezas, así fueran ilusorias, se han evaporado. Desde la filosofía griega comenzó esa fragmentación. El cuerpo se convirtió en la cárcel del alma y dejó de ser su templo. Entendíamos el Logos como razón unificada. Aquella mayúscula no existe más.

    En la fase declinante de una civilización es cuando suena con mayor estruendo el tambor de la autocomplacencia. La hegemonía orwelliana del imperio anglosajón, divulgadora urbi et orbi del pensamiento único y la clausura de las ideologías, va destruyendo los mínimos e inestables equilibrios de la época mientras el estrépito de su nihilismo narcisista se desliza hacia el abismo de la guerra termonuclear, la inteligencia artificial deshumanizante y el colapso ecológico terminal. Cuando se contempla el abismo éste contempla a quien se asoma en él. ¿Dónde se imparten lecciones de abismo para no caer?

    Las evidencias no existen. La nube del control ideológico está hecha de percepciones inducidas, sentimientos sobre estimulados, reducciones maniqueas y manipulaciones informativas. Su ámbito es el de la opinión. Yo soy mis opiniones, afirman los últimos hombres. Los ciudadanos han sido reemplazados por los consumidores, usuarios terminales de sí mismos. Los paradigmas conceptuales agonizan. ¿Qué es lo real? Aquello que se repita una y otra vez como tal. Lo advirtió la reina de Corazones de Alicia: “Ya te lo dije tres veces. Entonces es verdad”.

    Verbosidad hueca, fragmentos de fragmentos, nunca totalidades. El saber se ahoga entre las baratijas de neologismos esotéricos. “¡Basta de mamemas, estamos hablando de arte!”, clamó el maestro ante la avalancha de deconstrucciones, literaturidades y narratologías avant-garde ajenas a aquel Uno en el Todo que hasta el siglo XVII prevaleció en Occidente como un principio cognitivo: sólo relaciona, el mundo es una matriz vinculada y todo mirar exige rodear un objeto. La raíz lingüística de la palabra “red” sostiene el vocablo “realidad”. La inteligencia aspiraba a comprender: las palabras eran perspectivas. De ahí la supresión contemporánea de los sinónimos. Toda degradación comienza por el lenguaje. Aquel pensar bien, sentir bien, decir bien, ya no es necesario. El mutismo síquico y conceptual de estas horas finales no lo requiere. Como quedó escrito en un epitafio poético: ahora la inteligencia es una soledad en llamas.

    (Este texto es un fragmento del libro A plena luz caminamos a ciegas de Eduardo Subirats, Christopher Britt y Fernando Solana Olivares, recientemente publicado por la Universidad de Valencia, España.)

  • Kensaburo Ôe y la relación de hijos y padres

    Kensaburo Ôe y la relación de hijos y padres

    José Antonio Lugo

    I. Ser madre o padre; ser hijo o hija   

    Tenemos muchos ejemplos en literatura de hijas y su relación con el padre (quizá la más trascendente es la de Antígona con Edipo), así como de hijas en relación con su madre (como la magnífica novela Apegos feroces, de Vivian Gornick). 

           Tenemos también historias de hijos que lloran a sus padres, que le hacen caso a su padre después de muerto, y de hijos que son aceptados por sus padres. 

    II. Jorge Manrique y Jaime Sabines

    Ante la muerte de su padre, el hidalgo castellano Jorge Manrique (c. 1440-1479) escribió unas coplas que lloran al padre y reflexionan sobre el sentido de la vida: » Así, con tal entender, todos sentidos humanos conservados,cercado de su mujer y de sus hijos y hermanos y criados, dio el alma a quien se la dio (el cual la ponga en el cielo en su gloria),que aunque la vida perdió, dejónos harto consuelo su memoria».

           El poeta chiapaneco Jaime Sabines hizo lo propio, cinco siglos después:»Tú eres el tronco invulnerable y nosotros las ramas, por eso es que este hachazo nos sacude». Hijos que lloran a sus padres.

    III. Hijos que esperan a sus padres

    Sin duda el caso literario más notable es Telémaco. Mientras su madre Penélope desteje en la noche lo que tejió en el día (había prometido entregarse a alguno de sus numerosos pretendientes al terminar el tejido: Sherezada del telar), Telémaco espera pacientemente a su padre, Ulises. Cuando al fin regresa a Itaca, y lo reconoce gracias al fiel Argos, el perro, hacen equipo y matan a los pretendientes. 

    IV. Hijos que vengan a sus padres

    Jasón el Argonauta y Hamlet viven situaciones similares. Ante la traición de sus madres, que matan a sus padres y permiten que suba al poder el amante, los hijos tiene que enfrentar, el primero, la búsqueda del vellocino de oro y el segundo, al ver al fantasma de su padre que le pide venganza, debe resolver la pregunta: «ser o no ser». Seguir al Padre o vivir sin padre simbólico. 

    V. Kensuburo e Hikari, Hikari y Kensaburo 

    13 de marzo de 2023. Día triste. Ha muerto Kensaburo Õe. Él y Kawabata ganaron el Premio Nobel de Literatura. Quizá lo merecieron también el póker de ases: Akutagawa, Abe, Tanizaki y Mishima. Ôe estudió Letras Francesas y vino a dar clases a El Colegio de México, de modo que muchos escritores mexicanos lo conocieron (no tuve el gusto).

           Su novela Una cuestión personal cuenta la historia del personaje principal, Bird, a quien se le anuncia que su hijo nació con hernia cerebral y vivirá mentalmente discapacitado. Se le dice que tiene el derecho legal, durante unas horas, de desconectarlo y decretar así su muerte. Si no lo hace, ya no podrá hacerlo y tendrá que vivir con él toda la vida. 

              Bird, como Rimbaud, recibe la noticia como su «temporada en el infierno». Bebe, vomita, hace el amor con una amante, llora… Al final, decide que no desconectará a su hijo, a ese hijo que le recuerda a Apollinaire (el gran poeta francés, parte de cuyo cráneo fue destrozado en la primera Guerra Mundial, por lo que siempre estaba vendado de la cabeza), ese hijo al que se llega a mencionar en la novela como «un brócoli». Bird decide que su hijo viva.

    Como dice el título, es una cuestión personal, una novela autobiográfica. Ôe aceptó a su hijo Hikari Ôe, (Hikari significa «luz» en japonés), quien tiene discapacidad visual y epilepsia, pero ha logrado convertirse en un intérprete y un compositor. No se expresa con palabras, pero sí con música.

             Ôe escribió esta novela y por ella, junto con el resto de su obra, ganó el Premio Nobel de Literatura.

           Su hijo lo acompañó a recibir el Premio. Me gusta suponer que Hikari Ôe le regaló la más alta distinción literaria del planeta a su padre, como agradecimiento por contar su historia y darle la oportunidad de vivir. Me conmueve profundamente este fragmento de vida, que toca fibras personales que he tratado de contar en una novela que pronto verá la luz. 
        Hoy, Hikari Ôe llora a su padre Kensaburo.

  • FRONTERA-BORDER

    FRONTERA-BORDER

    Gustavo Monroy

                       Agradezco a Fernando Solana la invitación para presentar este texto

    Mi padre fue un hombre del desierto, un escritor del desierto y la frontera. Más de la mitad de su vida vivió y escribió desde esa cicatriz que divide el norte de México.

           Al inicio de los años setenta emigramos de la Ciudad de México al estado de Sonora. Durante esos años viví el final de mi niñez y la adolescencia, mientras mi padre fundaba grupos de teatro, una librería- cafetería, una editorial y el primer Centro de Integración Juvenil de la frontera. Nada de eso existía antes. Eran los tiempos dorados de la heroína y las sobredosis el pan nuestro de cada día. 

           La frontera era y sigue siendo un limbo geográfico donde el territorio se pierde en un crisol de identidades confusas. Se vive lejos del centro del país y se muere cerca del muro. La línea fronteriza se cruzaba en aquellos años como se cruza de una calle a otra, no sin sentir el tufo de desprecio de las autoridades estadounidenses hacia los que legalmente cruzábamos esa herida abierta. 

           El sentido de pertenencia es una raíz que se pierde entre dos países permanentemente confrontados. Se es de aquí pero también se es de allá, del “otro lado”. Las familias van y vienen de una casa a otra en ambos lados de la frontera porque acá están los padres o los abuelos, allá los hijos o los nietos, los amigos, la familia dividida por esa herida.

           En aquellos años los tres mil ciento cincuenta y dos kilómetros de línea fronteriza parecían invisibles desde el centro del país. Tierra de nadie, páramo de muerte y contrabando. En mis años de escuela preparatoria el salón de clases tenía dos ventanas, una mirando al lado mexicano y la otra con vista al lado americano, pero el muro de los sueños rotos estaba ahí como un grito en el desierto. 

           La frontera que me tocó vivir era una región remota olvidada por el poder político del centro del país, una región dejada a su suerte. Mi padre luchaba contra molinos de viento, viento del norte. Sin embargo, era la frontera de César Chávez, del movimiento chicano y sus murales como expresión plástica con música de fondo de Cornelio Reyna, Juan Gabriel, también de Crosby, Still, Nash & Young, Pink Floyd. Vietnam y el Flower Power. Violeta Parra y Bob Dylan. El Watergate y la Guerra Sucia.

           El fenómeno de la migración y la mano de obra ilegal en la frontera eran una historia que se contaba cotidianamente de manera inocua y con un final feliz, comparada con las sórdidas muertes por sobredosis de heroína. Las maquiladoras se instalaban con singular alegría un día sí y el otro también, generando el caldo de cultivo de la enloquecedora violencia que vendría años después. El sueño de la migración produce monstruos, terror y muerte en las historias de hoy. La migración infantil es un fenómeno sumamente doloroso. La escritora Valeria Luiselli ha dado cuenta de esa tragedia en su conmovedor libro Los Niños Perdidos. Un ensayo en cuarenta preguntas (Editorial Sextopiso). 

           Había que huir de ese territorio olvidado y el corazón me dijo que la fuga era hacia el sur.

           La frontera norte del siglo XXI sigue olvidada, el muro ahora es The Wall, y de pronto sabemos que también existe una frontera sur aún más olvidada que la otra. Sombra de otra sombra atravesada por una Bestia.

    Las obras que presentaré en el Museo de Arte de Querétaro a partir de este 17 de marzo y hasta el 14 de mayo son el resultado de una pesadilla llamada FRONTERA-BORDER, así con mayúsculas, como esas grandes letras coloridas y turísticas de los pueblos mágicos y las ciudades bonitas que ostentan en sus plazas su nomenclatura local para que el visitante se  tome fotos mientras dicha magia se transforma en un aquelarre del horror.

           Mi padre ya no está. Mi madre, compañera capitana de históricas batallas, ahora viuda de noventa años, lo espera todas las tardes sentada en una silla en el patio de su casa, sabiendo que no vendrá pero sintiéndolo muy cercano ya. 

           Padre, le digo ahora en mis noches de insomnio: “Ya todo el país es FRONTERA-BORDER”.

  • El alma de las cosas

    El alma de las cosas

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    El privilegio del género. La novela, afirmó Hermann Broch, es la impaciencia del conocimiento. En septiembre de 1848 Gustave Flaubert leyó a un pequeño grupo de amigos el manuscrito de La tentación de san Antonio, su “gran prosa romántica” en la que, según el crítico literario Bardèche citado por Kundera, había depositado todo su corazón y sus ambiciones, “su gran pensamiento”. El rechazo fue tajante y los amigos le aconsejaron deshacerse de sus visajes y efluvios narrativos, de sus “grandes movimientos líricos”. Flaubert hizo caso de las críticas y tiempo después se dedicó a escribir Madame Bovary, pero sin sentir ningún placer estético y viviéndola como un castigo del cual se lamentaría en sus cartas: “Bovary me amodorra, Bovary me aburre, la vulgaridad del tema me da náuseas.” Para Kundera dicha historia no es la de una autodestrucción sino al contrario, la de una conversión mediante un purgamiento: “Flaubert rompe su crisálida lírica”, escribe al elogiar esa operación restrictiva, esa estoica frugalidad.

    Los pecados capitales. Así los llama Franz Kafka en sus consideraciones, quien señala que son dos de ellos los que engendran todos los demás, la impaciencia y la indolencia. Los hombres fueron expulsados del paraíso a causa de la impaciencia y no pueden volver a él debido a la indolencia. Pero acaba concluyendo que quizá sólo existe un pecado capital: la impaciencia. Por ella ocurrió la expulsión, por ella queda impedido el regreso. De ser cierto lo que el autor de La metamorfosis afirma, Hermann Broch define la novela como una manifestación del pecado del conocimiento. El mismo que llevó a la pareja adánica a desobedecer las órdenes de la divinidad. 

    El divino no. Y con todo, en esto solamente hay virtud. Flaubert purga de sentimentalismos su prosa, concluye con la lírica expresiva y encuentra, según la bella frase de Kundera, la pasión del arte de la novela y su campo de exploración, la prosa de la vida. La supresión de Flaubert —un sacrificio voluntario— significa abandonar el mundo interior como materia de la escritura (el contenido de la poesía lírica es el propio poeta, enseña Hegel) para esforzarse “por llegar al alma de las cosas”, como años después responderá a George Sand cuando ella le pida que dé a sus lectores consuelo y no desolación. El alma de las cosas. Ninguna otra es la lucha de Cioran cuando confiesa que su vida sólo se cifra en la aspiración de superar la lírica y alcanzar la prosa alguna vez.

    La divisa augusta. “Piadosa prosa española”, dice un autor, para llamar pan al pan y vino al vino. Ese adjetivo abarca una voluntad de exactitud cuya analogía es similar a la diferencia entre describir y relatar. La tentación de san Antonio era un relato en el cual la emoción subjetiva del autor relataba la historia aspirando a producir un efecto: era kitsch. Madame Bovary nada más quería contar bien una historia, transmitirla mediante una mirada ceñida y lacónica, una estrategia de la suprensión condensada donde no decir en exceso se convierte en un decir icástico, imborrable, suficiente, que obliga al tercero involucrado a imaginarlo, volviéndolo propio. Así Emma Bovary será siempre la Emma de quien la leyó y no de aquel genio literario que la describió. El origen de este autodominio radica en la divisa augusta del emperador Adriano: Patientia. El antónimo del pecado capital advertido por Kafka. Acéptese una paradoja, una contradicción superior: la novela verdadera, aquella impaciencia del conocimiento, se logra con la paciencia de la escritura, con la contención del yo lírico del escritor. Lo mismo la vida: o entre impulsos automáticos o desde la fuerza de la restricción. 

    Los libres y los presos. El habla nos habla, afirma el filósofo. Usamos el lenguaje o somos usados por él. El maestro camina hacia el aula y escucha un estrépito. Al entrar pregunta qué ha pasado. Uno de los alumnos involucrados en el incidente lo sintetiza: él y yo nos peleamos. El otro naufraga en una dilatada representación dramatúrgica: él me dijo, yo le dije, él me dijo, yo le dije, y así. El primero es libre, el segundo no. Debiéramos ir a las cosas mismas, pero la subjetividad psíquica es adicta a los epifenómenos. De ahí que Byung-Chul Han describa como “pornográfica” toda imagen mediática que invade los sentidos y llega a ellos sin ninguna mediación. “Lo único que nos queda ante esta irremediable derrota que llamamos vida es intentar comprenderla. Ésta es la razón de ser del arte de la novela”. Kundera acierta: sólo el lenguaje pleno lleva a la comprensión.

  • La más recóndita memoria de los hombres

    La más recóndita memoria de los hombres

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    I. La negritud.  

    El poeta senegalés Leopold Sédar Senghor, el guyanés León-Gontran Damas y el martiniqués Aimé Césaire utilizaron por primera vez, en la década de los treinta del siglo pasado, el término negritud, que Césaire definió así: «La negritud es el simple reconocimiento de ser negro, y la aceptación de este hecho, de nuestro destino como pueblo negro, de nuestra historia y de nuestra cultura». Por su parte, Senghor definió la negritud como «nudo de realidades». 

    En Senegal, Sédar Senghor representó un enorme legado, que, sin embargo, pesó como un lastre para las siguientes generaciones de poetas y escritores de su país. 

    II La más recóndita memoria de los hombres, de Mohammed Mbougar Saar. 

    Esta novela ganó en 2021 en Francia el prestigioso Premio Gouncourt y ha vendido ya 550 mil ejemplares en francés (ya está traducida al español, por editorial Anagrama). 

    La obra narra la búsqueda del narrador, Diégane Latyr Fayé, por encontrar un libro «El laberinto de lo inhumano», escrito en 1938 por T.C. Elimane, otro autor de Senegal que fue a buscar en Francia a su padre y su identidad como escritor. 

    A Elimane se le llamó «el Rimbaud negro». Su novela fue aclamada, en principio, y luego defenestrada, porque académicos franceses la acusaron de plagio -no de otra obra literaria- sino de los mitos de una tribu africana. Ante los ataques, el autor desapareció sin dejar rastro, la editorial cerró y todo quedó oculto, empezando por si Elimane seguía vivo o no.

    Diégane rastrea sus huellas a través de distintas mujeres, viaja por Francia, Haití, Amsterdam, New York y va hasta Buenos Aires, a la búsqueda del nazi que asesinó al editor del libro de Elimane. En esos recorridos, el narrador se pregunta si un autor senegalés que escribe en francés escribe para Senegal o para, a partir del reconocimiento del país colonial, ser aceptado en el propio. Las élites senegalesas se han educado en Francia. Aún los más brillantes… ¿son aceptados o simplemente se les ofrece una «condescendencia colonial»? 

    III. ¿Traición o amor a la literatura?

    El narrador afirma: «Escribiré sobre cómo traicionamos a nuestro país, es decir: cómo escogimos por territorio no el país natal sino el país fatal. ¿Cuál es esta patria? La patria de los libros: los libros leídos y amados, los libros leídos y despreciados, los libros que soñamos con escribir, los libros insignificantes que hemos olvidado y que ya no sabemos siquiera si llegamos a abrir alguna vez, los libros que fingimos haber leído, los libros que no leeremos nunca pero de los que no nos separamos por nada del mundo, los libros que esperan su hora en una noche paciente, antes del crepúsculo deslumbrante de las lecturas del amanecer».

    Sí, La más recóndida memoria de los hombres es una gran novela que nos coloca frente al amor, el exilio, la negritud, la colonización, el nazismo, la escritura y la necesidad de reconocimiento de los escritores, por mencionar sólo algunos temas. Pero no es una novela de tesis, porque como afirma su autor, Mohammed Mbougar Saar, citando a Hermann Broch, el autor de la obra monumental La muerte de Virgilio: «la novela es una tentativa de comprender algo», un intento de encontrar las preguntas adecuadas y una disponibilidad de escuchar al otro.

    Esta novela es un homenaje a la literatura, al proceso de escribir, así como el reconocimiento de cómo un libro nos puede cambiar la vida. Leer esta novela será para el lector una gozosa travesía que le permitirá conectarse de nuevo con la gran literatura del África negra, como la del nigeriano Wole Soyinka, Premio Nobel de Literatura. La negritud… «nudo de realidades», como afirmó el gran poeta senegáles Leopold Sédar Senghor. 

  • Los que comenzaron

    Los que comenzaron

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    Ya era irreconocible. Quien lo viera a la distancia no distinguiría más que a un hombre santo, a un samnyàsin, otro renunciante ascético que practicaba el desapego de los deseos y los prejuicios materiales para dedicar su vida a actividades espirituales. Uno de aquellos que se asumían a sí mismos como “los sin ninguna definición”.

           Su nombre significaba purificarse completamente, y entre la gente se les consideraba con reverencia pues habían tenido la fuerza de “dejar todo, todo”, detrás de sí. No había muchas reglas ni requisitos sobre su estilo de vida o su disciplina. Tampoco acerca del método o la deidad que debieran seguir. Eran libres de observar las condiciones que quisieran

           Pero algunas normas les eran comunes. Una vida sencilla, itinerante, sin posesiones ni neurosis emocionales. Dueños de casi nada: un cayado sin labrar, un libro, un cuenco para mendigar su comida, ropas toscas de color amarillo, azafrán, naranja, ocre o blanco, a menudo cubiertas de tiempo y suciedad. Llevaban el cabello largo o la cabeza rapada. Eran vegetarianos y ayunantes.

           Una antigua upanisad establecía la pauta: “Olla, copa y cantimplora, los tres soportes. Túnica remendada para proteger del calor y el frío, taparrabos, calzoncillos de baño y colador, bastón y una cobija”. Sus votos mayores los obligaban a abstenerse de dañar a los seres vivos, tomar lo que no les fuera dado o practicar el sexo, y debían ejercer la bondad y la mansedumbre para con todos. Los votos menores les exigían guardarse de la ira, obedecer al gurú, evitar la imprudencia y mantener la pureza del cuerpo y de la mente.

           Este hombre llevaba afeitada la cabeza con un pequeño mechón de pelo. Vestía una túnica blanca con una cuerda trenzada en tres hilos alrededor del torso, a la manera de los dos veces nacidos, y calzaba sandalias de madera. Esa cuerda triple la asumía como una representación de la Santísima Trinidad. Su bastón estaba hecho de nudosa madera de arce y se apoyaba en él al caminar. Quienes se cruzaban en su camino a veces le pedían una bendición. 

           Roberto de Nobili había nacido en la ciudad italiana de Montepulciano, miembro de una familia de la nobleza, y como misionero jesuita recorría el sur de la India aquel noviembre de 1623. Su afán hermenéutico, según lo describe Juan Arnau (La mente diáfana, Galaxia Gutenberg), sería la clave del arco que enlazaría al cristianismo con el hinduismo y abriría las puertas para el encuentro de dos credos, dos culturas y dos epistemologías, suceso que pensadores como Schopenhauer y después Eliade o Toynbee juzgarían esencial para la historia de la humanidad.

           Poseía el genio de las lenguas y sus estudios con su maestro Shivadharma lo llevaron a dominar el sánscrito, el télugu y el tamil. Acuñó nuevos términos para exponer la doctrina cristiana en tales lenguas y presentar su mensaje como si perteneciera a la religión hindú (“tuvo la audacia”, dice Arnau). Investigó la gramática, la poesía y la astronomía sánscritas, incursionó en la filosofía, el derecho y la medicina indias, y encontró en las upanisad similitudes teológicas con los dogmas cristianos.

           De Nobili no concebía estos saberes milenarios como supersticiones ni idolatrías sino como otras formas de expresar un saber eterno. Miraba en el vedànta una antesala de la verdad cristiana, anticipando así el concepto hegeliano de la Aufheben, que ha de entenderse, polisémica y aun contradictoriamente, como preservación, trascendencia y superación. El todo que radica en todo.

           Pero sus compañeros jesuitas, envidiando su éxito evangélico y sus atrevimientos, lo consideraban un charlatán cercano a la herejía. El arzobispo de Goa, superior de la zona, llevó esas quejas hasta el Vaticano, donde denunció las apostasías del jesuita asimilado a las bárbaras costumbres paganas y pidió su excomunión. 

           De cualquier modo, este renunciante de tosco sayal se hubiera quedado en India. Ahí había encontrado —mitología del héroe que siempre debe viajar para re-conocer lo que ya sabe— la revelación cristiana como un eje en el que todos los caminos espirituales confluían. Quizá durante esa mañana silenciosa y cálida, mientras caminaba al encuentro con el arzobispo para conocer el fallo papal sobre su situación, pensaba en aquel principio medieval que afirma que Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.

           El prelado, con evidente disgusto, le hizo conocer el decreto de Gregorio XV emitido en enero y apenas llegado hasta allá. El pontífice concluía que las costumbres locales que observaba de Nobili, la cuerda de tres hilos, la cabeza afeitada con un mechón, su túnica, los baños al estilo hindú y la pasta de sándalo en la frente, le serían permitidas siempre que para ese samnyàsin cristiano no implicasen ningún ritual supersticioso. También exhortaba a los hindúes a abolir el sistema de castas y su desprecio hacia los parias.

           Tal necesidad de comprender y ser comprendido —“un optimismo hermenéutico”, le llama Arnau— despertará la desconfianza de vaticanistas y ulemas. Un siglo después ese sincretismo ecuménico será tajantemente rechazado como una hybris (desmesura, soberbia) demoniaca, y el Occidente cristiano volverá al excluyente error epistemológico del Dios único y la fe verdadera. A de Nobilis se le conocería como el “gurú del veda perdido”, atribuyéndole la autoría del Ezourvedam (El veda de Jesús), un texto que armonizaba los elementos védicos y los valores cristianos. Primera piedra de un diálogo —el arte del mirar juntos— que daría lugar a una redescubierta aunque muy antigua sensibilidad: el ciclo de la vida sucede sobre todo en la mente, si ésta se vuelve diáfana la conciencia puede trascender la fenomenología de lo inmediato y aquí mismo alcanzar la otredad. Habitar los muchos mundos que están en éste.

           El enciclopedismo racional iluminista posterior olvidaría los descubrimientos de los pioneros en el encuentro de los dos mundos, estereotipando ignorantemente el pensamiento oriental. La modernidad materialista, para no asfixiarse en sí misma, los volvería a encontrar.

  • Una obscena ausencia

    Una obscena ausencia

    Colaboraciones

    Eduardo Subirats

    Un hombre saltó de pronto sobre unas vallas, junto a una autopista densamente transitada. Vestía una toga harapienta, sus cabellos caían en desordenados mechones sobre su rostro y parecía llegar de un largo viaje. Su dibujada barba, la delicadeza de sus rasgos, sus manos delgadas y su mirada perdida en los arcanos del ser le daban el semblante de un antiguo profeta. De pronto le vi agitar sus brazos con gestos nerviosos y gritar desde lo alto: 

    ¿Dónde… un librepensador? ¿Dónde los hombres y las mujeres independientes de los escenarios políticos, los espectáculos mediáticos y las mafias académicas? ¿Dónde, los intelectuales libres de las censuras comerciales y lingüísticas? ¿Un real pensamiento emancipador sobre nuestro mundo histórico y natural que se desmorona y oscurece…? 

    Por unos instantes el estrépito de los automóviles me impedía discernir su voz: 

    ¿Dónde… la conciencia de nuestro… tiempo? ¿Dónde… pensador…? ¿Dónde el intelectual asume el papel educador de una comunidad humana, idiotizada por el consumo, manipulada por las redes de información y electrónicamente vigilada? ¿Dónde un pensador dice no a la distorsión de la realidad por los agentes mediáticos, no a la…  fragmentación y destrucción…? ¿… una luz en medio del oscuro resplandor del espectáculo…?

    Transcurrido un cierto tiempo volvió a agitarse con mayor vehemencia: 

    ¡Nosotros…! ¡Nosotros le hemos dado muerte…! ¡Hemos acabado con la independencia intelectual! ¡Hemos enterrado a las voces críticas! ¡Nosotros hemos entregado nuestra confianza a las pantallas mediáticas como a arcaicos dioses! ¡Asumimos las disciplinas académicas como sacerdotes eunucos de una ciencia irreflexiva sobre sus propios fines! …Una competencia fratricida y absurda por conseguir un lugar en el teatro del mundo…, arrastrados por la venalidad… guerras… ¿Dónde… un pensador…? 

    Nadie podía escuchar sus palabras. 

    *

    Flashes, pantomimas, aplausos: las señas de identidad de postintelectual. Esgrime con arrogancia un discurso narcisista compuesto de fórmulas, eslóganes y signos de identidad prediseñados. Erige su autoridad como guardián de las jergas políticamente correctas. Subalternidad, postsubjetividad, hibridismo, multiculturalismo, human rights… son sus consignas. Asume las jurisdicciones que las administraciones liberales les adjudican: o bien entertainers e influencers; o bien expertos. Su function: la fabricación de slogans. Abstract art, the death of art, the eclipse of reason, the end of the intelectual, postart, postphilosophy, postpolitics, posthuman… Puede definirse con mayor rigor como un ideologue en el sentido napoleónico de la palabra: reproductor de sistemas semióticos sin referentes. Palabras en el vacío.

    En el sistema académico este intelectual ha menguado el alcance de su inteligencia a los escasos metros cuadrados de su cubículo y al limitado campo de concentración disciplinaria al que sus escolásticas pueden darle acceso. Su función no consiste en pensar, ni mucho menos en esclarecer a partir de una experiencia individual, sino en subordinarse a los sistemas automáticos de discursos prêt-à-porter. Su principio de actuación es la reiteración ad nauseam de siempre los mismos clisés.

    Tanto en las corporaciones políticas, como en las mediáticas y académicas, su quehacer invierte el principio universal del esclarecimiento: conocerse a sí mismo, hacerse un juicio a partir de una experiencia propia, rechazar la diseminación masiva de la ignorancia a través de los medios de comunicación, educar a partir de una conciencia individual, existencial, histórica y cósmica. Aquella misma obsesión por menguar la inteligencia, aquel mismo “rencor contra el desarrollo del cerebro humano”, que Thomas Mann criticó en la literatura del nacionalsocialismo europeo del siglo pasado, sigue siendo su única pasión. 

    *

    Contra la degradación de las humanidades a discursos automáticos de una razón instrumental y una semiología sin referentes;

    Contra las catástrofes ecológicas industrialmente generadas;

    Contra las guerras limpias y las guerras sucias que los líderes de la historia mundial diseminan por las cuatro partes del mundo;

    Contra las decisiones financieras que condenan a masas humanas de decenas de millones a la miseria y la violencia como última forma de supervivencia;

    Contra un sistema democrático degradado por las industrias del espectáculo a estrictos códigos lingüísticos;

    Contra la militarización y comercialización del conocimiento;

    Contra todo eso el intelectual, la inteligencia que no ha sido completamente mermada por sus funciones de académico, productor de bestsellers o media-star, es una obscena ausencia.

    *

    Definición de la conciencia intelectual en una edad final. Fundamento metafísico: cosmos y naturaleza increados y creadores, expresado en todas las mitologías que envuelven a las diosas y los misterios de lo femenino, en las grandes cosmologías egipcias, védicas y taoístas, y por las filosofías modernas de Pitágoras a Bruno, de Spinoza a Goethe… 

    Ética. Una antropología epistemológicamente fundada en un estricto principio de harmonía entre el cosmos, la naturaleza y la existencia humana, según lo han formulado las grandes cabezas espirituales de la historia mundial: Eknaton, Zaratustra, Budha, Lao Tse…

    Dialéctica negativa. En un mundo en permanente conflicto consigo mismo, y en permanente guerra, decir No es el sine qua non de toda reflexión sobre la existencia humana y el universo. Un concepto de reflexión que comprende un principio lógico y epistemológico de esclarecimiento, y un sistema ético y metafísico. Y una nueva teoría crítica que no se detenga en la crítica de los imperialismos modernos y sus colonialismos, sino que comience por esa crítica. Teoría crítica de la destrucción y el genocidio como fundamentos de la civilización occidental.

    Un No que se transforma reflexivamente y deviene un Sí.

    Technai, Logos.  La interacción y el diálogo de las humanidades y las tecnologías. Este apartado comprende la crítica de las ciencias destructivas, desde las investigaciones de física nuclear hasta la biología con fines militares. Una ciencia fundada en la existencia humana, y en todas y sus múltiples manifestaciones (como Prometeo, el dios esclarecedor “por excelencia”, estaba existencialmente arraigado en su madre Gea). Pero también comprende la creación de las mil y una formas de un futuro humano y la creación de formas ideales de vida colectiva. 

    *

    Kant definió el esclarecimiento (Aufklärung) a partir del axioma sapere aude. El verbo audere comprende los significados de desear, querer con voluntad y tener la energía de ánimo. El concepto de esclarecimiento es idéntico con la voluntad de una reflexión y reconocimiento de la existencia natural, histórica y ética. Este concepto no ha dejado de ampliarse y profundizarse desde el siglo de las luces y de las revoluciones republicanas. Para Goethe esta Aufklärung resumía en Wilhelm Meister la experiencia de una vida de aventuras, de exploración intelectual y de una formación estética (Bildung) abierta al diálogo con las cosas mundanas y divinas. En otro extremo, la filosofía de la historia inaugurada por los socialismos del siglo diecinueve extendió este esclarecimiento a las dimensiones políticas encaminadas a eliminar las desigualdades sociales, y los poderes imperialistas y tiránicos. Las teorías críticas del siglo veinte extendieron este esclarecimiento a la crítica de la razón instrumental y su legitimación de los sistemas totalitarios postmodernos.

    El concepto de esclarecimiento comprende asimismo la propia constitución psicológica de la existencia humana. En Nietzsche, y en una tradición humanista en la que deben mencionarse a Freud al lado de Kerényi, Jung o Neumann, este esclarecimiento abrió el espectro de la autoconciencia humana a un universo que, desde los orígenes del cristianismo, había sido excluido de las memorias de los individuos y los pueblos: las cosmogonías antiguas, los misterios de la sexualidad y el fuego esclarecedor de Eros, Agni y Prometeo, el simbolismo fructificador de los ciclos de la naturaleza a lo largo de los cultos de Deméter, Isis o Ishtar, la unidad fluida de los ritmos solares que alimentan eternamente la tierra y su creatividad, y los infinitos ciclos de renovación de la vida y la muerte…

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