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Marcel Proust, Murasaki Shikibu, Marguerite Yourcenar

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. Marcel Proust
A la búsqueda del tiempo perdido es, quizás, la mejor novela de la literatura francesa (junto con Madame Bovary, de Flaubert). Es una obra magna cuyo tema principal es el deseo y, en palabras de Proust «las intermitencias del corazón». En el primer tomo, el protagonista, un niño, nos cuenta que espera con ansia el beso de las buenas noches que le dará su mamá. El padre se molesta, le dice a su esposa que lo tiene muy consentido. La mamá no sube a darle el beso. Sin embargo, después de la cena y de buen humor, el padre autoriza que la madre se quede a dormir con el niño. Lo que él esperaba era mucho menos. El resultado -pasar la noche con su madre- resulta menos gratificante que la expectativa que había creado su deseo. En el último tomo, Albertina dessaparecida, el narrador, ya todo un hombre, ve dormir a su amante y la siente en ese momento más suya que nunca, porque se parece «a los animales y las plantas». Albertine despierta provoca en él el miedo del celoso, del amante lúcido que se da cuenta de que, aunque la tenga en su cama, nunca le pertenecerá por completo. Habría que agregar en este brevísimo esbozo la dimensión tiempo. Gracias a una madalena y a un té, el protagonista «recupera el tiempo perdido».
II Genghi Monogatari, de Murasaki Shikibu
Es la obra maestra de la literatura japonesa y fue escrita ¡en el año 1000! Yourcenar se refiere a la autora como «la Marcel Proust del Japón feudal» y afirma: «Nada se ha escrito mejor en ninguna literatura». Viniendo de la autora de Memorias de Adriano y de Opus Nigrum, no es cualquier elogio. Harold Bloom escribió un estupendo libro: Shakespeare, la invención de lo humano, donde afirma que todas las pasiones humanas están en la obra del bardo inglés. 616 años antes de El rey Lear, la autora japonesa había hecho lo mismo. Dice Madame Yourcenar: «El príncipe Genghi y su sentido de la variedad de las personas, de la variedad de sus sentimientos por ellas, muestra el amor-compasión, el amor-simpatía, el amor-juego y al mismo tiempo una civilización que agrega a los placeres del amor los de la cama, así como la pintura, la poesía, la pintura, la caligrafía, la mezcla de perfumes y también el contacto con lo invisible». La novela cuenta la vida y los amores del príncipe Genghi, hasta su muerte, precedida por la de su principal amante, Murasaki.
III El último amor del príncipe Genghi.
En la novela de Murasaki Shibuku no se describe la muerte de Genghi; sólo que se retiró a un monasterio y allí murió. A partir de esa escueta información, Yourcenar escribe este relato, incluido en Cuentos orientales, en donde imagina a una de las amantes de Genghi, «la dama del pueblo de las flores que caen», seduciendo al príncipe en su lugar de retiro espiritual, en tres ocasiones, disfrazándose cada vez para ser «otra», con el fin de que el príncipe le diga que la recuerda, lo que no pasa. Él menciona a otras y muere sin recordar a esta mujer, que sólo quería saber que guardaba en su memoria los besos del pasado.
El cuento siempre me ha gustado. Ahora bien, Yvonne Hsieh, de la Universidad de Victoria, en Columbia británica, señala en un brillante ensayo que todas las concubinas del príncipe asumían una actitud «ying» -pasiva- frente a él y que «la dama del pueblo de las flores que caen», al introducirse en tres ocasiones al monasterio y seducir a Genghi, está actuando según el canon occidental del amor -un amor «yang»-. Afirma que jamás haría eso alguna de las amantes de Genghi y que más bien los lectores del cuento de Yourcenar vemos en él el concepto de la escritora francesa del amor-pasión, que pudimos apreciar en su libro Fuegos. Por esta razón, Hsieh descalifica el cuento.
Nosotros, lectores, tenemos un banquete por delante: leer la obra maestra de la literatura japonesa, así como el cuento de Yourcenar. A fin de cuentas, no interesa si la investigadora tiene o no razón. Lo que importa, como en estos tres grandes autores -Murasaki Shikibu, Proust, Yourcenar- es el deseo de leerlos y el placer de haberlos leído.
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Ofuscaciones

Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
El poder tiene el efecto de unos aciagos lentes distorsionantes sobre la mirada de quien lo detenta. Es posible medir ese efecto en las personas que de pronto reciben un puesto que no esperaban asumir, o que al cabo de mucho e infructuosos intentos, alcanzan el encargo que tanto habían ambicionado. Con el poder, reciben asimismo esa nueva perspectiva que les deforma y trastoca el panorama hasta extremos inconcebibles.
Combatir el efecto distorsionante del poder en la mirada personal es uno de los requisitos para hacer buen uso de las facultades y privilegios que el poder conlleva. Tarea nada fácil, porque no hay tiempo para habituarse a la nueva perspectiva, ni apenas oportunidad para corregir los fallos que la nueva manera de mirar propicia.
Con el tiempo, la ofuscación engendrada por el poder se vuelve la manera de percibir el mundo y proceder en consecuencia. No extraña, por tanto, que tantas personas que reciben poder terminen contemplando un mundo extrañamente dispar o ajeno al de la realidad, y que esa visión los concite a torcer lo que es recto, manchar lo que debe mantenerse limpio y, en general, trastornar el entorno con la convicción de mantenerlo estable.
Los malos ejemplos de estos procederes se dan en todas partes, en todas las culturas y en todas las maneras asequibles al ser humano. Los peores casos conducen a sociedades enteras al colapso, a la catástrofe o al holocausto. Pero por regla general, la ofuscación que suscita el poder impulsa desórdenes cuya acumulación, pese a su nimiedad individual, termina por ocasionar graves trastornos.
“¿Me atrevo a trastornar el universo?” La pregunta que se hace con diligencia e insistencia el personaje de T. S. Eliot en el poema El canto de amor de Alfred J. Prufrock debiera ser un mantra para quienes miran la realidad desde el poder. Sus acciones, por insignificantes que se antojen, tienen un efecto acumulativo que al cabo desestabilizan, si no el cosmos, sí amplias porciones de la humanidad.
El poder distorsionante de la realidad que concita el poder es muy visible en el juicio que se está llevando contra Genaro García Luna en una corte de Nueva York. El individuo que debió proteger a una nación entera acabó pactando con los peores enemigos de ese país, protegiendo a éstos y atacando no sólo a los rivales de esos grupos del narcotráfico, sino envolviendo a la república en una guerra sucia de alta intensidad cuyas consecuencias paga México hasta la fecha.
Para empeorar la situación, el individuo ofuscado por su poder sujetó a la presidencia de la república a la retorcida “guerra contra el narco”, y para empeorar la situación, cuando las consecuencias negativas de la falaz ofensiva ascendieron sin tregua, el mismo promotor de la matanza sobornó a medios informativos para que realizaran un fallido intento de silenciar el estruendo de metralletas, pistolas automáticas y hasta fusiles de asalto en poder de los sicarios.
El resultado de ese retorcimiento extremo de la percepción es, no sólo la negativa del personaje juzgado a reconocer sus culpas y responsabilidades en el baño de sangre que atrajo sobre México, sino la renuencia misma de un expresidente a reconocer su participación en aquella guerra sucia. Y los medios informativos que en su momento cobraron por sus infructuosos intentos de silenciar las matanzas, ahora prefieren resaltar el amor que el acusado y su esposa se demuestran durante el juicio, a siquiera escuchar las graves acusaciones que durante el proceso han externado los antiguos cómplices, protegidos y patrones del hombre cuya ofuscación por el poder sumió a México en la crisis de seguridad pública que lleva cuatro más de veinte años devastando al país.
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Los universos de significado

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
En su fascinante libro La mente diáfana. Historia del pensamiento indio (Galaxia Gutenberg, 2021), Juan Arnau recorre los anales de una experiencia filosófica y cultural anclada en milenios, cuya profunda totalidad excede y aun anticipa lo que Occidente apenas alcanza a vislumbrar.
A partir de la afirmación de Jorge Luis Borges de que la India ya lo ha pensado todo, Arnau anuncia su intención desde el preludio de esta obra cardinal: mostrar la correspondencia postulada por esa filosofía entre el pensamiento y el orden cósmico, entre lo que ocurre en la mente y el mundo fenoménico, entre la mente, sus hábitos y el destino individual. Cita un muy antiguo himno védico que sirve de epígrafe al volumen: “El ciclo de la vida, que llaman el sâmsara, no es más que la mente. Mantenla siempre limpia, pues uno se convierte en aquello que piensa”.
Y seguirá a sabios ancestrales para exponer que lo que llamamos universo es, según Samkara, “el conocimiento que se conoce a sí mismo”, aquel que para serlo debe conocerse a través de cada uno de los seres vivos. De ahí que la conciencia, tan interior e íntima, no le pertenece a quien es consciente —un atributo que en la vida humana y aún animal encarna la atención—, porque sólo es una luz reflejada: “Somos lunas, pero el ego se cree un sol”.
La búsqueda de una mente diáfana se convertirá en uno de los ideales supremos del pensamiento hindú, que contiene los elementos centrales de toda gran filosofía: el asombro (¿por qué hay algo y no más bien nada?), comienzo de toda indagación; la simpatía, que parte del principio de que sólo lo semejante puede conocer y comprender lo semejante; y al fin la libertad, esa que pone distancia crítica ante las propias creencias y cierra el círculo para volver al asombro y a la indagación.
Desde verdades conocidas hace milenios, como que lo importante está oculto y sólo lo superficial queda a la vista (la cosmología occidental contemporánea ha “descubierto” que una invisible materia oscura integra la mayor parte de lo existente), y que en consecuencia el universo externo y su percepción están determinados por la transformación interior —una unificación de la mente que se entiende como esclarecimiento o iluminación—, el pensamiento hindú enseña que “la verdad no es algo que se sepa, sino que se realiza”.
Esta experiencia vital, interna y trascendente, involucra a la memoria, el entendimiento y el sentido del yo. Haciendo una bella ejemplificación, Arnau escribe que si el sacerdote domina los demonios, el médico las enfermedades y el herrero el metal, el sabio debe dominar su mente. “Hay aquí dos premisas básicas. Por un lado, la fuerza que constituye el ego o la personalidad es la ignorancia. Por otro, el conocimiento que va a impartirse no es ningún tipo de información, sino que está más allá del nombre y la forma, más allá de todo lo decible”.
El eterno retorno, una noción concluyente para Nietzsche, es un postulado hindú que concibe el cosmos como un proceso cíclico y recurrente donde nada es eterno, incluidos los dioses. El fenómeno que Platón llamó “reminiscencia”, explica Arnau, debió tener un origen oriental. Toda la verdad reside de antemano en el alma de cada uno, pero velada y al fin oculta por aquellos irritantes síquicos que enumera el budismo: la miseria, la codicia, el odio. “Desvelarla es tarea del sabio, tanto en el Egeo como a orillas del Ganges”.
Así, el universo está hecho de conciencia y naturaleza. La relación magnética o erótica entre ambas da lugar al “receptáculo donde habitan los seres”. Existe una unidad esencial entre todas las cosas, y el universo externo —su dimensión, su habitabilidad, su condición opresiva o maravillosa, el deleite y la recreación de la conciencia en él— depende de la transformación interna. De ahí que la filosofía hindú investigue el funcionamiento y la estructura de la mente, las facultades de la psique. La búsqueda de una mente diáfana que no obstaculice el desarrollo de la conciencia resultará su tarea principal.
Por ello la filosofía hindú se propone “calmar la mente, desacelerarla y, en último término, desactivarla”. La fuerza que constituye al ego es la ignorancia, una penetrante convicción de separatividad entre el yo y todo lo demás. Error epistemológico que solamente se resuelve a través de una experiencia translógica, de un conocimiento vital interno para cuya conquista esta filosofía conoce milenarias técnicas de acceso: la meditación, la plegaria, el yoga. La palabra sagrada, el rito o el control de la respiración.
En la saga del pensamiento hindú también está la de su difusión en Occidente gracias a aquellos que navegaron “sus procelosos universos de significado”. Encuentros tenidos a partir de las conquistas militares de Alejandro Magno, registros sobre Pitágoras como recipiente y trasmisor de la sabiduría de Egipto y la India, estudioso de astrología y astronomía con los caldeos y filosofía de la mente y técnicas de liberación con los gimnosofistas indios, o un relato que cuenta el insospechado encuentro de Sócrates con algún filósofo de esas regiones. Hay quienes han visto en el filósofo Plotino la influencia de la filosofía sánscrita, y se afirma incluso que Hipólito, Padre de la Iglesia, leyó e incorporó a su doctrina la upanisad de la amistad llamada Maitri. Clemente de Alejandría hace referencia en sus textos al Buda y el budismo.
Dos de sus personajes fundamentales son los jesuitas italianos Roberto de Nobili en el siglo XVI, primer europeo avecindado en la India, e Ippolito Desideri, explorador pionero del Tíbet durante el siglo XVII.
La semana próxima se relatarán en estas páginas sus singulares biografías.
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El laberinto del mundo

José Antonio Lugo
I. Presentación
Pensar es agradecer. Pienso en Fernando Solana Olivares y una palabra viene a mi mente: gratitud. En otras eras, me invitó a escribir una columna semanal en la sección de Cultura de El Nacional y publicó en el suplemento Dominical las cartas de Marguerite Yourcenar que traduje. Hoy, tengo el privilegio de ser su editor y con agradecimiento y entusiasmo me sumo a este proyecto.
II. Un viaje relámpago por la literatura china
El sinólogo Wolfang Bauer, en su Historia de la filosofía china (Herder, 2009) señala como pilares del pensamiento chino el confucionismo (una ética política), el taoísmo (una axiología individual que coquetea con el anarquismo), el budismo zen (que mediante el koan intenta liberarse de la trampa del lenguaje) y el I Ching o Libro de las Mutaciones (quizá su equivalente fuera Las metamorfosis de Ovidio, sin personajes).
En 2019 fui a Beijing y a Shangai, con mi hijo Diego. En la primera ciudad visité la librería para obras traducidas a otros idiomas y allí compré Chinese literatura, de Li Chunyu (China Intercontinental Press). Me sorprendió que no hubiera mención alguna a Gao Xijian, extraordinario escritor, defenestrado por el régimen, que con la nacionalidad francesa mereció el Premio Nobel de Literatura. Yo había leído años atrás su novela más famosa…
III. La montaña del alma
El narrador de esta novela espléndida busca la montaña del Alma, un lugar que no encuentra porque todo mundo le da información contradictoria. Poco a poco nos damos cuenta de que se trata de un viaje interior. Pero no es sólo eso: el autor busca recuperar tradiciones, rituales, fragmentos literarios, todo lo que fue destruido por la Revolución Cultural. Se interna en la China profunda, donde hay bosques de secoayas, criaderos de pandas y lugares que parecen salidos de poemas de Li Bai, el gran poeta chino conocido en Occidente como Li Po y sobre cuyos poemas Ezra Pound recreó algunas versiones en su libro Personae.
El narrador se va dando cuenta de que la verdad no existe, que la narrativa y la realidad se superponen hasta fundirse en una bruma indisoluble y que la única certeza es la del instante, que se expresa en unos labios femeninos, en una taza de té de jazmín, en un crepúsculo…
IV. Grandes pechos, amplias caderas, de Mo Ya
En el libro mencionado sobre esta literatura milenaria se señala que el primer escritor chino galardonado con el Premio Nobel de Literatura es Mo Ya. Esto es rigurosamente cierto, si bien la escritora norteamericana Pearl S. Buck ganó ese mismo premio con novelas ubicadas en China (La buena tierra), que fueron el primer puente entre culturas tan distantes.
La novela de Mo Ya nos cuenta la historia de Madre, una mujer que como una leona protege durante toda la vida a sus muchas hijas y a su único varón, quien se acostumbra a alimentarse de su leche hasta ya ser un hombre, por lo que termina siendo un bueno para nada. La novela termina con la muerte de ambos. En las seis décadas que dura la trama, los lectores somos testigos del tránsito de una vida rural a la invasión japonesa, la gran marcha de Mao, la Revolución Cultural y, al final, un capitalismo rampante al cual no le importan el taoísmo, el confucionismo, el budismo zen o el I Ching.
Es un fresco extraordinario. Como Los Buddenbrook, de Thomas Mann, es la saga de una familia. Como El tambor de hojalata, de Günter Grass, es también la historia de un niño que no quiso crecer —en este caso psicológicamente.
Contrastar las dos novelas es un regalo para cualquier lector.
V. El enigma de China, de Qiu Xiaolong
Esta novela escrita en Estados Unidos por un chino disidente nacido en 1953, forma parte de la saga del inspector Chen Cao, que es detective y al mismo tiempo miembro del Partido Comunista. Divertida, ágil, nos conduce a la China actual, corrupta, aspiracional, decadente. Es claro que si Xiaolong las hubiera intentado publicar en China, ya le hubieran cortado la cabeza. Estas novelas están publicadas por Tusquets.
Amigos lectores —todo lector es un amigo—: ¡Nos vemos la próxima!
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Hormiguero (Fragmentos)

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
No entendió la primera imagen. La siguiente sí. El operador de la cabina había enfocado el proyector. Luego se abismó mirando la película, el drama de una bailarina de ballet clásico. A la mitad de la función recibió un mensaje de Tino. Quería verla más tarde. No le contestó y apagó el teléfono móvil. Siguió imaginando ser la bailarina que danzaba. Camila, su mejor amiga, estaba a su lado.
Regresaron caminando por el boulevard hacia el centro. Mara decidió contestarle a Tino.
—Dile que no y quédate conmigo —le pidió Camila.
Mara sintió el deseo en su mirada y aceptó. Caminaron tomadas de la mano hasta la vetusta mansión donde vivía la amiga con una tía solterona, doña Beatriz, en un espacioso cuarto con una gran cama y un ancho, apostólico balcón.
Retozaron entre caricias y después se durmieron. Por la mañana Mara se fue sin hacer ruido ni despertar a Camila. Pasó por su casa, desayunó en silencio ante la histérica indagación materna sobre su vida, tomó un baño y se cambió para salir. Tenía clase de Epistemología Cultural II en la universidad.
***
“Técnica stop” estaba diciendo el maestro. Se sentía desganado esa mañana. Le faltaba energía. Su sagrado descontento daba la clase. Todos se quedaron inmóviles. Después siguió hablando, pero ahora estaban a la expectativa. En la sesión anterior planteó un problema que llamó paradoja de la proximidad. Contó la historia del soñante que sueña con un tesoro esperándolo en una ciudad a la que debe ir y donde se enterará del sueño de otro que ha soñado con un caudal escondido en la propia casa del soñante. Preguntó por el resultado, si alguien había hecho el ejercicio. Se alzó la mano de Mara:
—Tiene que ver con que uno posee lo que necesita, pero no lo sabe. Debe moverse y regresar para saberlo.
—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo… usted, profe.
—¿Cómo yo, Mara?
Iba a intervenir Camila para salvarla, pero Tino se adelantó:
—No, por ejemplo, yo.
—¿Usted también? Ya somos dos. Cuéntenos lo suyo.
—Yo me fui y pensé en ella —dijo—. Regresé y aquí está. Paradoja de la proximidad, profe.
Hubo aplausos en el salón, risas, una mirada fugaz.
***
Ello Mamesa abrió la reunión diciendo: “Al chile, compañeros. Si aquí hay misóginos los vamos a confrontar”. La tarde expandía sus brillos moribundos y varios asistentes se sintieron incómodos. Su atuendo deportivo y sus gestos de karateca los intimidaban.
Profermes tenía una expresión ajena a todo eso: le daban igual las guías, los programas, las reuniones y los colegas. Pensaba en Mara, en su estrecha cintura, su largo talle, sus redondos senos. Ello Mamesa lo estaba mirando: “Hablo de usted, amigo, que se niega a firmar el dictamen de Empoderamiento III”.
—Pero no quiero que esa tontería se imparta.
Lo dijo y sonrió. La mujer lo fulminó con la mirada.
***
Víctor el Acosador volvió a su casa con el desodorante, se quitó la camisa y se lo aplicó profusamente en las axilas antes de salir al trabajo. Luego tomó los lentes oscuros, se puso el rompe vientos, subió a su motoneta y partió hacia la escuela donde trabajaba, sorteando el tráfico a toda velocidad.
Llevaba meses fuera del campus universitario, autoexpulsado y sintiéndose más vivo que antes. Estacionó la motoneta y bajó.
Mientras iba mal trapeando los corredores pensaba el mensaje cibertóxico que mandaría contra Profermes: “Típico dilema posmoculero: desinvestido (sin título) pero autorizado al pedo. O seazzz, ¿y a poco ese güey, amigo del Puñelardo, puto malandro, cree ke no habíamos oído sus mamadas? Neurosis de destino para tal insecto marica, camaradas ojetes: oprobio para él. Yo vengador”.
***
La Marca tomó la decisión esa misma tarde. A las ocho ya estaba rondando las afueras de la fábrica. Vio a la distancia que Fátima caminaba hacia la puerta. La interceptó metros antes con la pistola en la mano y la obligó a subir al automóvil. A su lado pasaban obreros y obreras que asustados no intervinieron. Tampoco los guardias de la fábrica que más allá lo miraban todo.
Estaba aterrorizada y tenía los ojos muy abiertos. La Marca presionaba con fuerza su arma en el costado de la joven. La golpeó cuando trató de gritar y estrelló su cabeza contra el tablero. Después la cubrió con una bolsa de tela. Marcó el celular y dijo: va conmigo.
***
Lucrecia movió el sostén y el micrófono se cayó. —Ay, perdón querido público, se me cayó el sostén —comentó juguetona cuando lo recogió. Creía en la espontaneidad y al micrófono decía cosas como: ya verán, radioescuchas preferidos, los volveré a seducir, antes de irse al corte, el que anunciaba con una carcajada sexi ronca y una frase sugerente.
—Para nuestro club de corazones solitarios, va una rolita sentimental y sabrosamente plañidera. Ya volvemos. Les da tiempo para agarrarse ahí. Ay, sí. No, no es cierto: no se agarren ahí —dijo entre risas. El operador de la consola puso una canción de Los Bukis. Cuando entraron de nuevo al aire preguntó:
—Apetecidos radioescuchas, ¿se agarraron ahí? Luego me cuentan ¿sí? Bueno, hete aquí nuestro acertijo de hoy: el valor añadido no depende de lo que uno hace sino de lo que los demás pueden hacer comparado con lo que uno puede hacer. Queda claro, raza bonita, ¿qué no? Y nos vamos a más música y luego a mensajes, algo breve en lo que le piensan a la cuestión que aunque parece no está cañón: ¿cuál es su IVA personal, güeyes? Recuerden que somos el sound track de su vida, como dice la competencia. Pero aquí hay más calidad que allá, mucha más cachonda calidad, raza poca madre. ¿Sí o qué? Y por si fuera poco, los ponemos a pensar. Lléguenle para probarlo. ¡Ay, papá!
***
El perro bajó por la montaña del basural para desenterrar un bulto negro que a la distancia sobresalía entre volúmenes deformes y putrefactos. Se aplicó a conciencia para sacarlo. Comenzaba a rasgar el envoltorio de plástico cuando un silbido de su amo lo detuvo. Volteó hacia él, que venía resbalándose sobre las bolsas de basura.
Arsenio el pepenador llegó dando tumbos a su lado, lo apartó del envoltorio y vio que las rasgaduras mostraban las falanges de una mano. El perro movió la cola, orgulloso, pero su dueño lo ignoró.
Al día siguiente el diario local cabeceó a ocho columnas sobre borrosas fotografías: “Era ella, la encontró Pirata”.
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Mara soñó que volaba. El viento hacía ondular paredes verdes debajo de ella, como un mar vegetal agitado, y alcanzaba la noche y luego el día conforme su vuelo iba extendiéndose. Luego se remontó sobre el mar y la tierra firme y los bosques y los desiertos. Ascendió por el firmamento y bajó en picada como una saeta. Volvió a subir muy alto y ahora descendió a una velocidad aletargada.
Miró leopardos que irrumpían en el templo, bebían hasta la última gota los cálices del sacrificio y su acción se volvía parte del ritual. Miró cuervos afirmando que un solo cuervo podría destruir los cielos, aunque los cielos significaran la imposibilidad de los cuervos. Miró perros de caza jugando en el patio, pero sin dejar escapar a las liebres veloces. Miró la elección entre reyes y correos de reyes y los tantos que por infantiles prefirieron ser correos y su aburrimiento insensato al cabo del tiempo. Todo eso estaba en Kafka.
Siguió dormida, ahora sin sueños. Morando en la condición de conciencia más profunda, la del sustrato del ser. No percibió a Camila yaciendo a su lado.
(Fragmentos de la novela Hormiguero que próximamente será publicada por El tapiz del Unicornio.)
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El hombre que escucha

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
Lo supe tarde, aunque aún era a tiempo. Durante años no lo hice, pero un día lo entendí. Quizá fue aquella frase de un autor perdido en la desmemoria, saeta inesperada cuya herida era benéfica, como las del dios que a la distancia vulneró a un poeta para curarlo: “Siempre me he sentido disgustado conmigo mismo en cualquier momento determinado. La totalidad de tales momentos constituye mi vida”. Así era la mía.
No tenía obligaciones familiares y una pequeña aunque suficiente pensión me sostenía. Mis gustos son mínimos y mis necesidades básicas. Ahora he aprendido que basta poco para estar satisfecho y por momentos hasta ser feliz: saber ser viejo, saber ser modesto, saber ser solo. Contentamiento, le llamaba a ello la perspicacia de mi abuela.
Como calabazas que el movimiento de una carreta pone en su lugar, ciertas cosas sabidas y otras recordadas comenzaron a adquirir sentido, parecieran haber estado esperando el momento adecuado para esclarecerse. Y aprender este arte fue decisivo. Extraño termino: decisivo. Pero la vida es extraña, más de lo que pensamos, más de lo que podemos pensar.
Toda mi vida, hasta en sueños o en silencio, había hablado. Con los demás, conmigo mismo, a veces con los objetos. De pronto llegó a mí el silencio. ¿Aquella frase del descontento, algún sueño, una epifanía? Fue delante de un espejo, una madrugada mientras observaba mi rostro trabajado por el tiempo, cuando me di cuenta de que todos los tantos años de mi existencia habían pasado sin darme cuenta. Me parecían agua, como la del grifo del lavabo. ¿Dónde estaban? En ese mapa de arrugas que surcaba mi cara, inocultable recuento de los días, estaban grabados como si nunca hubieran sido.
Llegué a temer que esta vivacidad surgida de pronto fuera un asomo de locura. Pero luego supe que no. Mientras más viejo más libre, mientras más libre más radical, me dije sin palabras en una suerte de representación mental. Si la idea era mía o ajena daba lo mismo. Igual aquello de que lo que aprendí ya no lo sé y lo poco que aún sé lo he adivinado. ¿Lo leí, lo soñé, lo intuí? A saber. Lo que digo se vuelve es mío. Ahora practico el silencio. Lo mío es tan poco.
Un lunes, escuchando la voz de las cosas, decidí salir de la casa para oír las de las gentes. Tomé una mesa arrinconada. Levanté una cartulina tirada y escribí con plumón negro en ella: “Aquí se escucha”. Las letras mayúsculas eran vistosas. Luego cargué con una silla y llevando todo caminé hacia la plaza. Elegí una banca cubierta por la sombra, coloqué la mesa y la silla frente a mí. Colgué el letrero y esperé.
Nadie se sentó el primer día. Transcurrieron dos o tres más. Los paseantes me miraban con curiosidad. “Hasta pensé que usted era un viejo loco”, me confesó el primer atrevido que estuvo delante de mí.
—¿Y qué hago? —preguntó.
—Hable de lo que desee —respondí.
“Ese señor te oye si tú quieres”, le dice un niño a otro al pasar enfrente. “¿Y para qué?”, indaga el otro con indiferencia. La voz se corrió entre los vecinos y desde entonces no faltan quienes se sientan frente a mí. A veces hasta tres al día. Algunos ocupan más tiempo esa silla, otros menos.
Poco a poco voy elaborando un catálogo de pautas. Antes apuntaba pagos de cuentas fiscales, ahora llevo las cuentas de quienes llegan a mí y entre ellos distingo la forma del fondo. A veces juntas, otras no. Aunque acaban siendo lo mismo, no es lo mismo que alguien comience con rodeos y otros vayan al meollo. “Venía”, “Vine” o “Vengo” son modos plenos de significado. Los que viven el ayer, los que habitan el hoy.
Quienes dan rodeos, quienes van al asunto. Esos que dicen “¿Cómo le diré?”, otros que usan económicos preludios de tres palabras: “Fíjese usted que…”. Ha habido los que repiten “yo”, paladeando la miel en sus labios una y otra vez. También los dramatúrgicos: ella me dijo, yo le dije, así una y tantas veces.
El primero de los conversadores, un cincuentón que durante horas me observó a la distancia hasta decidirse a venir, soltó de golpe todas sus quejas: los otros eran culpables, él no. Le hacían, sublime víctima, la vida imposible la suegra, las hijas, un yerno, un cuñado. Otro hombre que vivía solo se declaraba culpable de haber alejado a la familia. No le dolía la ausencia de los suyos sino el riesgo morir en soledad. Uno más venía a platicar de una nada que parecía serlo todo.
Los comienzos no fueron simples. Oía y no cesaba de opinar sobre ello en mi interior. El silencio estaba afuera y no adentro de mí. Al tercer día comprendí que no escuchaba porque me escuchaba a mí mismo al escuchar. Mi técnica se depuró. Un silencio doble hizo del afuera un adentro, dos partes de una redonda cosa: este arte, escuchar en silencio.
Ayer un hombre joven me sorprendió. El diálogo es el arte de mirar juntos, propuso, y aunque usted no habla, dialoga. Hoy llegué temprano porque dos chicas llevan días de estar espiándome. Si alguna se decide será la primera mujer en sentarse aquí. Escucho. El silencio es luminoso.
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Representación, conocimiento y odio

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
En el curso de Historia del Arte Mundial sustentado en la Universidad de Hamline, la catedrática adjunta Erika Lopez Prater comentó ante sus estudiantes el 6 de octubre de 2022 una imagen del profeta Mahoma pintada en el siglo XIV por uno o más artistas islámicos. La imagen fue realizada por encargo de un patrocinador musulmán, para ser vista y venerada por devotos mahometanos. No obstante, la doctora López advirtió a sus educandas y educandos desde el principio del curso y antes de la clase que si esa o alguna otra imagen religiosa les causaba incomodidad, podían abstenerse de verlas. Nadie le presentó objeciones.
Sin embargo, poco después la presidenta de la Asociación Musulmana de Estudiantes en Hamline, Aram Wedtalla, acusó a Lopez Prater de islamofobia por haber mostrado la imagen del profeta conversando con el arcángel Gabriel. Como resultado, a la profesora no le renovaron contrato para el siguiente curso.
Ahora la Universidad de Hamline es el foco de una polémica sobre la libertad de cátedra, pues el suceso se interpreta como la expulsión de la maestra a causa de la interpretación demasiado estrecha que asumió el centro educativo en cuanto a las normas coránicas.
La profesora Amna Khalid publicó en The Chronicle of Higher Education un artículo titulado Sobre todo, me ofende como musulmana, en el cual manifestó: “El patente desdén administrativo y la activa supresión del propio objeto por el que una institución de educación superior es valorada —el conocimiento especializado de la Facultad— hace esta ‘una de las más egregias violaciones a la libertad académica en la memoria reciente’, en palabras del PEN Club de Estados Unidos”.
Inclusive el Consejo Nacional Musulmán de Asuntos Públicos en Estados Unidos (que al principio apoyó la queja de la estudiante Wedtalla) se desvinculó de la reclamación, ante las evidencias de que no todas las ramas del Islam prohíben representar pictóricamente al profeta Mahoma.
El debate en torno a la supuesta “islamofobia” de las imágenes de Mahoma ha abierto un saludable intercambio de información sobre las implicaciones del arte figurativo en la cultura musulmana. Durante siglos, en Occidente se nos ha inculcado que el Islam prohíbe de manera terminante retratar al Profeta. El incidente ocurrido en una institución educativa de Estados Unidos nos demuestra que tal creencia es errónea.
Sin embargo, hay que ponderar cuanto está detrás de la decisión administrativa que agravió a la catedrática Erika López Prater tratando de no “agraviar” a estudiantes de credo islámico. No es imposible que, detrás del aparente descuido con que el centro de estudios trató este asunto, subyazga una decisión meditada para evitar un mal mayor: la posible respuesta violenta de otros musulmanes contra estudiantes, catedráticos y personal de la universidad.
En un país donde los tiroteos en centros educativos se han vuelto una epidemia social, es muy factible que los directivos de Hamline reaccionasen con terror ante un posible ataque de fanáticos islamistas si no “castigaban” el supuesto sacrilegio de la profesora.
A la memoria de los directivos universitarios han de haber acudido las imágenes del ataque terrorista a la revista satírica Charlie Hebdo en París, el 7 de enero de 2015, en el cual dos fanáticos islamistas asesinaron a doce personas para vengarse por una caricatura burlesca de Mahoma que publicó en 2014 el semanario. Once de las víctimas fueron tiroteadas en el interior de las oficinas de Charlie Hebdo, y en la calle un policía fue herido de muerte por las balas. Además, el asalto dejó varias personas lesionadas.
Seguramente las y los directivo de Hamline resintieron en sus determinaciones el temor a que una postura que extremistas pudiesen considerar tímida o insuficiente, desatase represalias letales para la pequeña comunidad universitaria.
No hace falta mucha imaginación para temer un ataque amado en cualquier institución de Estados Unidos, desde que los seguidores de su presidente Donald Trump asaltaron el Capitolio —asiento del Poder Legislativo— el 6 de enero de 2021, dejando bien claro que los extremistas de ese país no dudan en recurrir a la violencia letal para lograr sus fines.
Por desgracia, en diversos países islámicos y en el muy cristiano Estados Unidos, el odio es el argumento con más peso en cualquier debate contemporáneo. El odio y su ofrecimiento de represalias se ha vuelto más que un argumento: es la salida que ostentan quienes carecen de argumentos ante las propuestas constructivas de la inteligencia y la creatividad humanas.
Cuando a principios de marzo de 2001 el régimen talibán de Afganistán destruyó con explosivos y obuses las estatuas de Buda talladas entre los siglos V y VI en los acantilados de Bāmiyān (tras denominarlas “ídolos”), inauguró con esas infames demoliciones la Era del Terror Global, que ese mismo año condujo a los atentados de las Torres Gemelas. Desde entonces, la violencia terrorista es parte insalvable de nuestras existencias en todo el mundo.
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ADITI, MUJER DE LOT

TA MEGALA
Fernando Solana OlivaresMaurice Nicoll entiende el Evangelio como un juego de mapas y direcciones psicológicas antes que como una suma de preceptos morales y conductas éticas. Al interpretar su sentido no al modo de un signo que se refiere a sí mismo sino en tanto un símbolo, algo que va más allá de su manifestación literal y ayuda a pensar porque contiene más de lo que a la vista muestra, surge una “química orgánica de la conciencia”.
Esta es una de las claves de la transformación profunda: dejar de pensar a través de los sentidos y asumir las sensaciones como el nivel primario en el cual se manifiesta lo real. Hacerlo así significa descalzarse, según lo exige la entrada a un lugar santo, abandonar las opiniones y los puntos de vista, librarse de aquella mente carnal acerca de la cual previenen los textos antiguos. El apego a los sentidos, a la realidad visible y a la vida externa impide ir más allá de los hechos inmediatos, dificultando un acto de conocimiento que las tradiciones sapienciales llaman el tránsito de la carne al espíritu, el esclarecimiento mental.
El engaño, escribe este autor inglés, es la división de la mente, su escisión entre el cuerpo y el espíritu, entre el adentro y el afuera de la propia persona. La filosofía griega postula que el ser es lo que conoce. Nicoll subraya que el ser es lo que comprende. Comprender significa asir, captar, aprisionar, aun agarrar, y posee un valor semántico en el cual hay conocimiento pero sobre todo la incorporación de aquello que se conoce a quien lo conoce.
La hermenéutica contemporánea enseña que todo saber verdadero consiste en tres pasos que son parte de un mismo proceso cognitivo: interpretación, comprensión y aplicación. Ante el principio del placer que a partir de Freud ha fomentado la modernidad, y cuya máxima expresión es el materialismo insaciable y egoísta, los sentidos han cobrado una importancia casi absoluta. Ahora ser es parecer.
Aditi, mujer de Lot, ejemplifica esa condición mencionada por Jesús en una de sus parábolas. “Al que lee, entienda”, cita Nicoll, cuando escudriña el contenido que hay en ella. Dos ángeles visitan a Lot para avisarle que junto con los suyos debe abandonar Sodoma y Gomorra —un estado psicológico en el que predomina la satisfacción compulsiva del deseo y la esclavitud de los sentidos—, pues la ciudad será destruida: “Escapa por tu vida, no mires tras de ti, ni pares en toda esta llanura; escapa al monte, no sea que perezcas”.
A pesar de haber sido advertidos para no hacerlo, la mujer de Lot voltea hacia lo que deja —añoranza, nostalgia, sensorialidad— y es convertida en estatua de sal. Aditi o Edith transgrede la idea de no volver atrás. Su anhelo incontrolable simboliza un “retiro o regresión en el cuerpo-del-tiempo (la propia existencia)”. La causa de tal debilidad es un fallo del espíritu, el engaño de la mente escindida. “El espíritu ha de seguir luchando —escribe Nicoll—, ha de continuar, sean cuales fueren las dificultades externas”. ¿Cuántas estatuas de sal hay en la vida moderna caminando por las calles?, se pregunta. Parecieran innumerables hoy.
La parábola, narración alegórica que pone una cosa al lado de otra y comparándolas expresa una enseñanza moral, se refiere al desarrollo interior de la persona, a la superación del viejo pensamiento, a la inmovilidad de detenerse en las opiniones, costumbres y prejuicios habituales, para moverse a otra condición. Los montes que los ángeles mencionan son un plano elevado de la conciencia que se alcanza al concluir la lucha entre la comprensión interna y el sentimiento exterior. Al destruirse Sodoma y Gomorra se destruyen los elementos inútiles y nocivos, así parezcan ser fuente de alegría y placer. Se destruye entonces el re-sentimiento.
Quizá Nietzsche lo tenía en mente cuando postuló su primera regla de la salud mental: “Sobre todo, cúrate del resentimiento”, de un volver hacia un tiempo concluido. El presente del pasado es una detención epistemológicamente imposible. La ansiedad sobre el presente del futuro es una desdicha anticipada. El presente del presente es la única existencia real. Vencer, como vivir conscientemente, consiste en avanzar.
“No suelo mirar mi vida hacia atrás”, me dijo alguna vez un hombre sabio. Era un hombre diáfano, desanudado y feliz. Recordé entonces la palabra evangélica metanoia, traducida equivocadamente como arrepentimiento. Significa otra cosa, que Nicoll confirma: cambiar de manera de pensar. Eso representa no detenerse en el cuerpo-del-tiempo: no regresar síquicamente a algo que ya no está.
