Los que comenzaron

TA MEGALA

Fernando Solana Olivares

Ya era irreconocible. Quien lo viera a la distancia no distinguiría más que a un hombre santo, a un samnyàsin, otro renunciante ascético que practicaba el desapego de los deseos y los prejuicios materiales para dedicar su vida a actividades espirituales. Uno de aquellos que se asumían a sí mismos como “los sin ninguna definición”.

       Su nombre significaba purificarse completamente, y entre la gente se les consideraba con reverencia pues habían tenido la fuerza de “dejar todo, todo”, detrás de sí. No había muchas reglas ni requisitos sobre su estilo de vida o su disciplina. Tampoco acerca del método o la deidad que debieran seguir. Eran libres de observar las condiciones que quisieran

       Pero algunas normas les eran comunes. Una vida sencilla, itinerante, sin posesiones ni neurosis emocionales. Dueños de casi nada: un cayado sin labrar, un libro, un cuenco para mendigar su comida, ropas toscas de color amarillo, azafrán, naranja, ocre o blanco, a menudo cubiertas de tiempo y suciedad. Llevaban el cabello largo o la cabeza rapada. Eran vegetarianos y ayunantes.

       Una antigua upanisad establecía la pauta: “Olla, copa y cantimplora, los tres soportes. Túnica remendada para proteger del calor y el frío, taparrabos, calzoncillos de baño y colador, bastón y una cobija”. Sus votos mayores los obligaban a abstenerse de dañar a los seres vivos, tomar lo que no les fuera dado o practicar el sexo, y debían ejercer la bondad y la mansedumbre para con todos. Los votos menores les exigían guardarse de la ira, obedecer al gurú, evitar la imprudencia y mantener la pureza del cuerpo y de la mente.

       Este hombre llevaba afeitada la cabeza con un pequeño mechón de pelo. Vestía una túnica blanca con una cuerda trenzada en tres hilos alrededor del torso, a la manera de los dos veces nacidos, y calzaba sandalias de madera. Esa cuerda triple la asumía como una representación de la Santísima Trinidad. Su bastón estaba hecho de nudosa madera de arce y se apoyaba en él al caminar. Quienes se cruzaban en su camino a veces le pedían una bendición. 

       Roberto de Nobili había nacido en la ciudad italiana de Montepulciano, miembro de una familia de la nobleza, y como misionero jesuita recorría el sur de la India aquel noviembre de 1623. Su afán hermenéutico, según lo describe Juan Arnau (La mente diáfana, Galaxia Gutenberg), sería la clave del arco que enlazaría al cristianismo con el hinduismo y abriría las puertas para el encuentro de dos credos, dos culturas y dos epistemologías, suceso que pensadores como Schopenhauer y después Eliade o Toynbee juzgarían esencial para la historia de la humanidad.

       Poseía el genio de las lenguas y sus estudios con su maestro Shivadharma lo llevaron a dominar el sánscrito, el télugu y el tamil. Acuñó nuevos términos para exponer la doctrina cristiana en tales lenguas y presentar su mensaje como si perteneciera a la religión hindú (“tuvo la audacia”, dice Arnau). Investigó la gramática, la poesía y la astronomía sánscritas, incursionó en la filosofía, el derecho y la medicina indias, y encontró en las upanisad similitudes teológicas con los dogmas cristianos.

       De Nobili no concebía estos saberes milenarios como supersticiones ni idolatrías sino como otras formas de expresar un saber eterno. Miraba en el vedànta una antesala de la verdad cristiana, anticipando así el concepto hegeliano de la Aufheben, que ha de entenderse, polisémica y aun contradictoriamente, como preservación, trascendencia y superación. El todo que radica en todo.

       Pero sus compañeros jesuitas, envidiando su éxito evangélico y sus atrevimientos, lo consideraban un charlatán cercano a la herejía. El arzobispo de Goa, superior de la zona, llevó esas quejas hasta el Vaticano, donde denunció las apostasías del jesuita asimilado a las bárbaras costumbres paganas y pidió su excomunión. 

       De cualquier modo, este renunciante de tosco sayal se hubiera quedado en India. Ahí había encontrado —mitología del héroe que siempre debe viajar para re-conocer lo que ya sabe— la revelación cristiana como un eje en el que todos los caminos espirituales confluían. Quizá durante esa mañana silenciosa y cálida, mientras caminaba al encuentro con el arzobispo para conocer el fallo papal sobre su situación, pensaba en aquel principio medieval que afirma que Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.

       El prelado, con evidente disgusto, le hizo conocer el decreto de Gregorio XV emitido en enero y apenas llegado hasta allá. El pontífice concluía que las costumbres locales que observaba de Nobili, la cuerda de tres hilos, la cabeza afeitada con un mechón, su túnica, los baños al estilo hindú y la pasta de sándalo en la frente, le serían permitidas siempre que para ese samnyàsin cristiano no implicasen ningún ritual supersticioso. También exhortaba a los hindúes a abolir el sistema de castas y su desprecio hacia los parias.

       Tal necesidad de comprender y ser comprendido —“un optimismo hermenéutico”, le llama Arnau— despertará la desconfianza de vaticanistas y ulemas. Un siglo después ese sincretismo ecuménico será tajantemente rechazado como una hybris (desmesura, soberbia) demoniaca, y el Occidente cristiano volverá al excluyente error epistemológico del Dios único y la fe verdadera. A de Nobilis se le conocería como el “gurú del veda perdido”, atribuyéndole la autoría del Ezourvedam (El veda de Jesús), un texto que armonizaba los elementos védicos y los valores cristianos. Primera piedra de un diálogo —el arte del mirar juntos— que daría lugar a una redescubierta aunque muy antigua sensibilidad: el ciclo de la vida sucede sobre todo en la mente, si ésta se vuelve diáfana la conciencia puede trascender la fenomenología de lo inmediato y aquí mismo alcanzar la otredad. Habitar los muchos mundos que están en éste.

       El enciclopedismo racional iluminista posterior olvidaría los descubrimientos de los pioneros en el encuentro de los dos mundos, estereotipando ignorantemente el pensamiento oriental. La modernidad materialista, para no asfixiarse en sí misma, los volvería a encontrar.

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