Morfema Cero

  • La correspondencia de Flaubert (1869-1872)

    La correspondencia de Flaubert (1869-1872)

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    Seguimos revisando la edición Conard. Estos años fueron muy difíciles. Salió publicada La educación sentimental. Las críticas no se hicieron esperar. Murió su madre y algunos de sus amigos más queridos. Prusia invadió París –70 años antes de que los nazis lo volvieran a hacer–. Tuvo problemas de salud y económicos. Mantuvo, sin embargo, su amistad con la escritora George Sand –mayor que él– y con la princesa Matilda. Veamos. 

         A George Sand, primero de enero de 1869: «Uno no elige los temas, ellos se imponen». 

         2 de febrero de 1869: «¿Conoce algún crítico que se inquiete por la obra en sí? Se analiza el medio en el que se produjo y sus causas, pero… ¿la poética, su composición, su estilo, el punto de vista del autor? Jamás». 

         24 de febrero de 1869: «La vida debe ser una educación incesante: hay que aprender todo y luego hablar hasta la muerte». 

         A la princesa Matilda, 1869: «Os anuncio la muerte de mi pobre Bouilhet. Acabo de dejar en la tierra una parte de mí mismo, un viejo amigo cuya pérdida es irreparable» (Bouilhet, junto con Maxime du Camp, fueron los dos amigos que criticaron a Flaubert después de escuchar su primera versión de Las tentaciones de San Antonio. Le dijeron que abandonara el lirismo y se concentrara en contar una escena de la vida real. Sin saberlo, cambiaron el rumbo de la novela. Así nació Madame Bovary). 

         A Ernst Feydau: «Habría que ser filósofo y «hombre de espíritu», como decía el gran Sade. Pero no es fácil». 

         A Maxime du Camp, 13 de octubre de 1869: «Saint-Beuve ha muerto. ¡Uno más que se va! ¡La pequeña banda se reduce! Ahora, ¿con quién hablar de literatura?». 

         A su sobrina Carolina, 15 de noviembre de 1869: «Fragmentos de La educación sentimental aparecerán mañana en una treintena de periódicos».

         A Georges Sand, 3 de diciembre de 1869: «Me tratan de cretino y de canalla, en nombre de la moral y del Ideal. (…) Estoy sorprendido de tanto odio y mala fe (…) En cuanto a los amigos, tienen miedo de comprometerse o me hablan de otra cosa. (…) Me pregunto: ¿para qué publicar?».

         A León de Saint-Válery, 15 de enero de 1870: «Usted me pregunta: ¿Debo continuar haciendo novelas? Va mi opinión: hay que escribir siempre. Ni nosotros mismos ni nuestros contemporáneos sabemos que quedará de nuestras obras». 

         A George Sand, mayo de 1870: «¿Conoce usted en París una sola casa de edición que hable de literatura? Sólo se habla de los exteriores, el éxito, la moralidad, la utilidad, el objetivo, etc. Me parece que me he vuelto un fósil, sin relación con la creación circundante».

         A Edmond de Goncourt, 26 de junio de 1870 (después de la muerte de su hermano Jules): «¡Cómo lo lamento, pobre amigo!»

         A George Sand, septiembre de 1870: «Los griegos del tiempo de Pericles hacían arte sin saber si tendrían para comer al día siguiente. ¡Seamos griegos!»

         A Ernst Feydeau, 17 de octubre de 1870: «¿Qué quieres que te diga? Vivo todavía porque no se muere de tristeza. Esperamos a los prusianos. El presente es abominable y el futuro feroz». 

         A la princesa Matilde, 23 de octubre de 1870: «Pobre Francia, ella, que después de cien años se ha batido por América, por Grecia, por Turquía, por España, por Italia, por Bélgica, por todos, hoy nos miran morir, fríamente». 

         A George Sand, 11 de junio de 1871: «Regreso de París. La peste de los cadáveres me disgusta menos que las miasmas de egoísmo que exhalan todas las bocas».

         A su sobrina Carolina, 24 de junio de 1871: «Estoy siempre en el budismo y te agradezco que me hayas buscado el Lotus de la Bonne«. 

         A George Sand, 8 de septiembre de 1871: «Nuestra ignorancia de la historia nos lleva a calumniar nuestro tiempo. Siempre hemos sido así. Algunos años de calma nos hicieron equivocarnos. Así es. No debemos considerarnos mejores que como se consideraban en el tiempo de Pericles o de Shakespeare, épocas atroces donde se hicieron cosas bellas».

         5 de octubre de 1871: «No creo en las distinciones de clase. Las castas pertenecen a la arqueología. Creo que los pobres odian a los ricos y que los ricos tienen miedo de los pobres. Así será por siempre. Todo el sueño de la democracia es elevar al proletariado al mismo nivel de estupidez del burgués. Ese sueño se ha conseguido en parte. Leen los mismos periódicos y tienen las mismas pasiones».

         A Emilio Zola, primero de diciembre de 1871, después de recibir la primera novela de la serie de los Rougon-Macquart: «Acabo de terminar su atroz y bello libro. ¡Es fuerte! ¡Es fuerte! Sólo me quejo del prefacio. Según yo, echa a perder su obra que es tan imparcial y vuela tan alto. Allí revela su secreto, lo que me parece cándido. Además, da su opinión, lo que en mi poética personal un novelista no tiene el derecho de hacer». 

         A Maxime du Camp, 6 de abril de 1872: «Mi madre acaba de morir. Te abrazo, querido Máximo, mi viejo compañero».

         A Edmond de Goncourt, 6 de abril de 1872: «Mi madre acaba de morir. Le pido no venga al entierro. Eso renovaría su dolor; es suficiente con el mío. Un abrazo».

         A George Sand, primeros días de mayo de 1872: «¿Sabe usted que mi pobre Teo (Teóphile Gautier, precursor del simbolismo y defensor del «arte por el arte») está muy enfermo? ¡Se muere de aburrimiento y de miseria! ¡Nadie habla su lengua! Subsistimos unos cuantos fósiles, perdidos en un mundo nuevo». 

         A Madame Maurice Shlésinger, 27 de mayo de 1872: «Mientras más avanza mi vida, más triste es. Voy a entrar en una soledad absoluta». 

         A Mademoiselle Leroyer de Chantepie, 5 junio de 1872: «Vivo completamente solo. Desde hace tres años todos mis amigos íntimos han muerto. No tengo con quien hablar».

         5 de octubre de 1872: «Sigo escribiendo, pero no quiero publicar, al menos hasta que vengan tiempos mejores. Me dieron un perro: me paseo con él observando el efecto del sol sobre las hojas que se vuelven amarillas y, como un viejo, sueño con el pasado –porque soy un viejo–. El futuro para mí ya no tiene sueños y los días de antaño se presentan bañados en una luz de oro».

         A Ernst Feydeau, fin de diciembre de 1872: «Cumplí 51 años el 12 de este mes; es un consuelo». 

  • El luto por Lenin

    El luto por Lenin

    Culturas impopulares

    Jorge Pech Casanova

    Jaime Sabines escribió que al llorar la muerte de otra persona en realidad lloramos por nuestra personal finitud. Los hombres y las mujeres de Rusia que en enero de 1924 lloraron por la muerte de Valdimir Ilich Ulianov —mejor conocido como Lenin—, ignoraban que en realidad estaban comenzando un interminable llanto por cada una y cada uno de los dolientes y sus futuras descendencias.

    El fin de Lenin había comenzado seis años antes, cuando la anarquista Feiga Jaimovna Roytblat-Kaplán, conocida como Fanya Kaplán, le disparó tres tiros al jerarca soviético el 30 de agosto de 1918. Dos disparos alcanzaron al líder en el hombro y el pulmón izquierdos. Temió Lenin ser víctima de otros intentos de asesinato y rehusó trasladarse a un hospital. En el edificio donde se guareció lo atendieron sus médicos; en consecuencia, la curación fue insuficiente.

    Al ser capturada después de atacar al presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Kaplán declaró: “Hoy disparé a Lenin. Lo hice con mis propios medios. No diré quién me proporcionó la pistola. No daré ningún detalle. Tomé la decisión de matar a Lenin hace ya mucho tiempo. Lo considero un traidor a la Revolución”.

    La presunta atacante fue aislada en una prisión secreta y ejecutada el 3 de septiembre de 1918. De nada le valió a Fanya Kaplán que nadie pudo identificarla como la persona que disparó a Lenin, y que el arma presentada no pudo validarse como la misma del atentado.

    Lenin continuó sus acciones como presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo. Intentaba fortalecer este Consejo frente al avance de figuras cuyo desempeño reprobó, como el secretario general del Partido Bolchevique, Iósif Stalin, a quien observaba con reprobación.

    En diciembre de 1921 Lenin enfermó a causa de las secuelas del atentado. Sintiendo que su fin estaba próximo, en 1922 el líder máximo emprendió una serie de reformas para restar poder a Stalin y a otros dirigentes. Intentó darle mayores poderes al Consejo de Comisarios pero, desde su secretaría partidista, Stalin copaba a su jefe para adquirir mayor influencia en el Politburó y en el Comité Central del Partido.

    Stalin le ocultaba información política sustancial a Lenin “por el bien de su salud”, al grado de que en el Comité Central se discutió la propuesta de emitir una edición exclusiva del diario Pravda destinada sólo a Lenin, con sólo buenas noticias.

    Lo que el enfermo líder percibía en el comportamiento de sus principales colaboradores lo llevó a escribir un documento, considerado su “testamento político” en el que censuraba a los líderes soviéticos:

    “Creo que lo fundamental en el problema de la estabilidad son los miembros del Comité Central como Stalin y Trotsky. Las relaciones entre ellos, a mi modo de ver, encierran más de la mitad del peligro de esa escisión que se podría evitar. El camarada Stalin ha concentrado en sus manos un poder inmenso, y no estoy seguro de que siempre sepa utilizarlo con la suficiente prudencia. Por otra parte, el camarada Trotsky no se distingue únicamente por su gran capacidad. Personalmente, quizá sea el hombre más capaz del actual Comité, pero está demasiado ensoberbecido y atraído por el aspecto puramente administrativo de los asuntos”.

    Respecto a Stalin, Lenin fue categórico:

    “Stalin es demasiado brusco, y este defecto, plenamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros, los comunistas, se hace intolerable en el cargo de Secretario General. Propongo a los camaradas que piensen cómo pasar a Stalin a otro puesto y nombrar para este cargo a otro hombre que se diferencie del camarada Stalin en todos los demás aspectos sólo por una ventaja, a saber: que sea más tolerante, más leal, más correcto y atento con los camaradas, menos caprichoso, etc. Esta circunstancia puede parecer una fútil pequeñez. Pero creo que, desde el punto de vista de prevenir la escisión y de lo que he escrito antes acerca de las relaciones entre Stalin y Trotsky, no es una pequeñez, o se trata de una pequeñez que puede adquirir importancia decisiva”.

    Lenin dispuso que su “testamento” fuese dado a conocer en la Conferencia del Partido Bolchevique a mediados de 1923, pero en marzo de ese año sufrió un infarto que lo dejó sin poder hablar ni moverse. Permaneció en esa condición hasta el 21 de enero de 1924, cuando murió a la edad de 53 años.

    Su esposa Krupskaya mantuvo el documento en secreto, con la esperanza de que el líder se recuperase. Al morir Valdimir Ilich, Krupskaya entregó el “testamento” a los jerarcas soviéticos. Stalin y los demás jefes leyeron con alarma el documento que los condenaba. No lo difundieron por escrito, sino solamente fue leído en voz alta a reducidos grupos de delegados. Hasta 1927 se autorizó que el documento circulara impreso, con partes censuradas.

    Mientras tanto, Stalin no sólo consiguió permanecer en su puesto de secretario general del Partido, sino que utilizó el documento póstumo de Lenin para lograr un poder absoluto. Fue deshaciéndose de los jerarcas que estaban en una posición de poder similar a la suya, como Lev Kámenev y Grigori Zinóviev, a quienes mandó ejecutar. A otros, como a Lev Trótsky, los desterró y persiguió durante años hasta conseguir su asesinato.

    El día que enterraron a Lenin la temperatura fue de 30 grados bajo cero. Con nieve e intenso frío, millones de dolientes fueron a despedir al dirigente, desfilando ante su cadáver embalsamado. No sabían que ese gesto fúnebre inauguraba un largo y atroz luto compartido.

    Como lo temía Lenin, el Partido pronto se escindió. Stalin se convirtió en el dictador de la Unión Soviética e hizo padecer su sanguinario mandato a los soviéticos durante casi treinta años, hasta que falleció a sus 75 años.

    La muerte de Stalin comenzó el 28 de febrero de 1953 después de una reunión con sus incondicionales Lavrenti Beria, Gueorgui Malenkov, Nikita Jrushchov y Nikolái Bulganin. Otros aseguran que también estuvieron en esa reunión Lázar Kaganóvich y el mariscal Kliment Voroshílov, quienes riñeron con el dictador.

    Al día siguiente el tirano se mantuvo encerrado en su habitación. Temerosos, sus asistentes no se atrevieron a inquirir por su amo. En la noche, su mayordomo se atrevió a importunarlo. Tirado en el piso lo halló. Un ataque cerebrovascular lo había fulminado pero seguía con vida. Agonizó varios días, en los que a ratos despertaba. Su cancerbero Beria se mantenía a su lado, rogando por su restablecimiento cuando el tirano abría los ojos, e insultándolo cuando quedaba inconsciente. La noche del 5 de marzo de 1953, a Iósif Stalin le sobrevino la muerte. Sus inconsolables vasallos pudieron dar un respiro a su terror cuando Beria fue ejecutado sin ceremonias a los pocos días y las listas de persecución y muerte fueron canceladas… temporalmente.

  • DIARIO DE GAZA IV

    DIARIO DE GAZA IV

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Hind Rayab, niña de seis años, huía de Gaza junto con sus tíos y cinco primos cuando el auto en que viajaban fue atacado por tanques israelíes. La metralla mató a todos menos a ella y a su prima Layan de quince, quien al cesar los disparos llamó a los servicios de emergencia palestinos para pedir ayuda.  Dijo que estaban muy cerca de uno de los tanques que habían abierto fuego. De pronto se escucharon gritos de Layan entre descargas de metralla. La llamada se cortó. La Medialuna Roja pudo hacer contacto de nuevo con el número telefónico y esta vez contestó Hind, quien había quedado escondida debajo de los cuerpos sin vida de sus familiares, incluida Layan. Mientras los servicios de auxilio negociaban con las fuerzas ocupantes el permiso de ingreso a la zona para rescatar a la pequeña, un rescatista hablaba con ella intentando tranquilizarla. Durante las tres horas que duró la comunicación, Hind rogaba que fueran a buscarla. “Más de cien veces lo dijo, una y otra vez”, explicaría después el vocero de la Medialuna Roja. Cuando por fin el ejército judío autorizó la entrada de la ambulancia, el contacto con los dos paramédicos que iban en ella se perdió, así como con la niña. Días después serían encontrados muertos junto al auto calcinado donde se apilaban los cadáveres de Hind, de Layan y de toda su familia.

    Toda guerra incluye un enfrentamiento mediático. La poderosa máquina publicitaria israelita se empeña desde el 7 de octubre en hacer creer al mundo, como un analista señala, que la Resistencia palestina “es una pandilla de yihadistas”, y que quienes apoyan al pueblo palestino son “antisemitas”, equiparando el antisemitismo —una forma de xenofobia nacida en el imperio romano, prolongada por la iglesia católica y llevada al paroxismo por los nazis—, con el antisionismo —un régimen opresivo de la Palestina ilegalmente ocupada definido por la ONU como una forma de racismo y de discriminación racial, y como una amenaza para la paz y la seguridad del mundo por el Movimiento de Países No Alineados–. El sionismo utiliza la Shoah como una justificación absoluta. Al haber sufrido el Holocausto nazi, el genocidio palestino que Israel perpetra no puede ser tal. Cualquier crítica, condena o señalamiento ante las masacres de un pueblo inocente proviene de aquel episodio atroz y es una secuela de la misma persecución. Las acciones de Israel están más allá toda moral. Su martirio histórico le dio derecho.

    La marca francesa de lujo Dior sustituyó a la modelo palestino-estadounidense Bella Hadid por sus comentarios en redes sociales defendiendo los derechos palestinos: “Me han enviado cientos de amenazas de muerte, se ha filtrado mi número de teléfono y mi familia se ha sentido en peligro. Pero ya no puedo seguir silenciada. El miedo no es una opción. El pueblo y los niños de Palestina, especialmente en Gaza, no pueden permitirse nuestro silencio. Nosotros no somos valientes, ellos lo son”, había escrito. En el festival italiano de San Remo el cantante italiano Ghali, hijo de padres tunencinos, al terminar su actuación declaró “Stop al genocidio” entre los aplausos del público. El embajador israelí calificó la declaración como vergonzosa y un llamado a difundir el odio antisemita. La RAI, televisión pública italiana trasmisora del evento, emitió a modo de disculpa un comunicado reiterando su solidaridad, “sentida y convencida”, con Israel y la comunidad hebrea. Nada dijo sobre los miles de palestinos asesinados hasta entonces. 

    El judío argentino Sergio Pikholtz, presidente de la Organización Sionista Argentina, publicó un mensaje en redes sociales junto con un video de la organización palestina Hamás: “Como repetimos incansablemente, no hay civiles inocentes en Gaza, tal vez los niños de menos de cuatro años. Sin piedad con los asesinos de judíos. Venceremos”. Días después la anciana palestina Hala Khreis fue abatida por el ejército judío mientras caminaba trabajosamente por las ruinas de Gaza con su nieto de la mano y ondeando una bandera blanca. El niño parecía tener cinco o seis años. No era inocente. Mucho menos la abuela.

    Tembeka Ngcukaitobi, abogado de la Suprema Corte de Sudáfrica, denunció a Israel por genocidio en Gaza ante la Corte Internacional de Justicia de la ONU, argumentando que la evidencia de ello —la muerte de más de 23 mil habitantes, el desplazamiento forzado de casi dos millones y la destrucción intencional y sistemática de sus asentamientos y ciudades— no sólo “es pavorosa sino también abrumadora e indiscutible”. Esa intención genocida y sus consecuencias “ha sido cultivada en el más alto nivel del Estado israelí”, declaró el abogado en la sesión de apertura de la Corte Internacional. Netanyahu negó los señalamientos y declaró que su gobierno combate a terroristas asesinos que cometieron crímenes de lesa humanidad, haciendo su mayor esfuerzo por evitar bajas civiles. “La hipocresía de Sudáfrica es un grito a los cielos”, dijo.

    Al comentar lo que llama el “enigmático” silencio total de Herodoto sobre Israel, Simone Weil extiende la hipótesis de que cuando el errante pueblo monoteísta decidió entrar a Palestina, declarándola su tierra prometida, los guerreros de ese país se encontraban ausentes por haber partido a la guerra de Troya, pues los troyanos habían llamado en su ayuda incluso a pueblos muy lejanos al lugar de la mítica confrontación. “Los hebreos conducidos por Josué pudieron aplastar sin dificultades y sin necesidad de muchos milagros a unas poblaciones que no tenían defensa”. Cuando los guerreros palestinos regresaron la conquista hebrea se detuvo y las poblaciones que decían haber exterminado siguieron ahí. A pesar de Jehová, ese sicótico macho cabrío protector de la guerra y del poder que guiaba a su furioso rebaño. Hoy la historia parece repetirse. La crudelísima victoria del sionismo judío no ha logrado hasta ahora erradicar la resistencia palestina ni exterminar a esa nación. Y ni militar ni geopolíticamente parece que vaya a lograrlo. 

    Según un reporte de The New York Times citado por David Brooks y Jim Cason, las protestas universitarias contra la guerra de Gaza exigiendo un cese inmediato al fuego, condenado las atrocidades cometidas por el ejército israelí ocupante y la complicidad de Washington en tales crímenes de guerra, son las más numerosas de los últimos 35 años. La alianza estudiantil entre jóvenes judíos y musulmanes ha provocado la reacción de los mismos ultraconservadores, sionistas y derechas republicanas y evangélicas que llevan años atacando la libertad académica, la independencia y la autonomía universitaria, buscando acabar con programas que aborden la diversidad, la inclusión y la visión crítica de la historia. Responsabilizándolas de las protestas, han hecho dimitir a las presidentas de Harvard y Pensilvania. Su lema es el mismo: “Toda crítica contra Israel es antisemitismo”. 

    La Red Voltaire cita un estudio de investigadores estadounidenses publicado recientemente, Trading on Terror, donde se revela que inversionistas no identificados apostaron en Wall Street cinco días antes del ataque palestino a Israel del 7 de octubre por un derrumbe a corto plazo de las acciones israelíes. Sabiendo sin duda que el ataque tendría lugar, los inversionistas utilizaron esa información que se conoce como “delito de iniciado” o “abuso de información privilegiada”, un fenómeno idéntico al que sucedió antes de los ataques del 11S en Nueva York. Los inversionistas beneficiados entonces fueron identificados por el órgano regulador de las operaciones bursátiles estadounidenses, pero nunca se divulgaron sus nombres ni fueron sancionados. Estos tampoco lo serán.

    Un artículo de Thierry Meyssan en esa misma publicación, “El supremacismo conduce inevitablemente al crimen”, muestra cómo Israel, “país que mostraba una larga tradición contradictoria, a la vez democrática y criminal”, se ha desplomado a partir de la locura de su clase dirigente, empeñada en erradicar a Hamás y desplazar mediante la fuerza a la población de Gaza; empeñada en el genocidio “en vivo y en directo” que el mundo presencia a través de las redes sociales. A través de un catálogo de declaraciones se muestra cómo numerosas personalidades israelíes responsabilizan de los crímenes de Hamás a todos los palestinos —definidos como “animales humanos” por el ministro de Defensa judío— y llaman a una guerra “total” tratando de llevar a la práctica el sueño histórico de los sionistas radicales: la expulsión de todos los palestinos o su eliminación física.  Estas son algunas de ellas: “Toda la preocupación en cuanto a saber si hay o no internet en Gaza muestra que no hemos aprendido nada. Somos demasiado humanos. ¡Quemen Gaza ahora, como mínimo! ¡No dejen entrar combustible! ¡No dejen entrar agua hasta que vuelvan los rehenes!” Diputado Nissim Vaturi, vicepresidente del parlamento de Israel. “Acordar parar la guerra por más tiempo sería un error que no indica otra cosa que debilidad. Tenemos que romper todas las negociaciones con Hamás y mirar al enemigo sólo a través de la mira de un fusil”. Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas. “Utilizar el arma atómica en Gaza es una solución, una opción. Los pobladores de la franja son como los nazis. No hay no combatientes en Gaza. Su población no merece recibir ayuda humanitaria. Ahí no hay gente no implicada”. Amichai Eliyahu, ministro de Patrimonio. “Gaza debe convertirse en un lugar donde ningún ser humano pueda vivir, y lo digo como un medio más que como un fin. Debe crearse una grave crisis humanitaria No hay otra opción para garantizar la seguridad del Estado israelí. Estamos luchando contra una guerra que amenaza nuestra existencia”. Giora Eiland, general ex jefe de Consejo de Seguridad Nacional.

    Expertos jurídicos internacionales ya utilizan el concepto de “domicidio” perpetrado en Gaza, según informa Patrick Wintour, responsable de la información diplomática en The Guardian: la destrucción masiva de viviendas, infraestructuras, edificios públicos y religiosos para hacer inhabitable el territorio. Imágenes satelitales muestran una destrucción sistemática sin precedentes anteriores. El 1,8 millón de desplazados internos en Gaza viven hacinados en refugios de la ONU en el sur de la franja. Los daños no son un resultado colateral del combate contra Hamás sino parte de un plan para impedir que Gaza “se convierta en una sociedad semiviable en un futuro previsible”. 

    “Nadie nos detendrá: ni La Haya, ni el eje del mal, ni nadie más”. Declaraciones de Benjamín Netanyahu ante la demanda de Sudáfrica contra Israel por crímenes de genocidio en Gaza y la exigencia de un alto al fuego inmediato.

    Una nota de Reuters informa desde Jan Yunis en Gaza que más de mil niños palestinos mutilados a consecuencia de los ataques israelíes están en alto riesgo debido al colapso del sistema médico causado por el ejército ocupante. Amputados en una o ambas piernas, algunos también en los brazos, una cuarta parte de los miles de heridos palestinos por Israel son niños. La pierna izquierda de Noor de once años le fue arrancada en la explosión de un misil judío que impactó en su casa. Es muy probable que ahora deban amputarle la extremidad izquierda, en la que lleva una pesada barra de metal y cuatro tornillos perforados en el hueso. En Gaza quedan menos de la cuarta parte de los médicos y trabajadores de la salud que trabajaban ahí antes de la invasión. Han sido muertos, detenidos o desplazados. La falta de higiene debida a la cancelación de servicios básicos y la creciente escasez de equipos, insumos y medicamentos por el bloqueo del ejército ocupante han vuelto la situación desesperada.

    Australia ha advertido sobre las “consecuencias devastadoras” que traerá la ofensiva israelí en Rafá, donde casi dos millones de civiles han sido forzados a desplazarse y están arrinconados sin otro lugar al cual ir, durmiendo en calles, escuelas y patios de hospitales. Sudáfrica ha exigido al tribunal de la ONU proteger los derechos de los palestinos atrapados. Youssef, un habitante del norte de Gaza obligado a dejar su ciudad con su familia para vivir en el patio de una escuela bajo una tienda de campaña, las cuales se alquilan en mil dólares y pocos pueden pagarlas, declaró a The Independent: “Todos dicen: ¿adónde podemos ir? ¿Dónde nos podemos esconder? No tenemos opción. Rafá es la última estación que nos queda”. En un inusual discurso Josep Borrell, el jefe de política exterior de la Unión Europea, denunció que “Netanyahu no escucha a nadie. ¿Van a evacuar a los civiles? ¿Adónde? ¿A la Luna?” Entretanto, prominentes obispos de la Iglesia anglicana exigieron que Israel detenga su “implacable bombardeo” en Gaza y denunciaron que esta guerra asimétrica y genocida “no puede justificarse moralmente”.

    Mientras 123 millones de televidentes presenciaban el Supertazón y la prensa occidental mainstream se volcaba en una monumental cobertura mediática plagada de desmesuras y frivolidades, Israel lanzó una campaña aérea sobre Rafá y mató a casi 50 palestinos. Un día antes había asesinado 65 y al día siguiente aniquilaría a otros más. Declarada como “zona segura” por las mismas fuerzas de ocupación, el sadismo del Estado sionista sigue asesinando a sus habitantes, cuya cifra se acerca ya a los 30,000 muertos. Israel ha dicho que Rafá es la “última parada” en su guerra contra Hamás. Al hospital Al Najjar, uno de los pocos que siguen en pie, continúan llegando bolsas con restos de cuerpos despedazados por los bombardeos. Llevan números anotados en ellas. Son la cantidad estimada de personas que podrían estar en cada una. Resulta imposible identificarlas.

  • La correspondencia de Flaubert (1862-1868)

    La correspondencia de Flaubert (1862-1868)

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    Seguimos revisando la correspondencia de Flaubert. En estos años escribió su novela cartaginesa, Salambó. Destaca su crítica feroz a Los miserables de Victor Hugo y su defensa contra la crítica de Sainte Beuve.

          A Ernst Feydeau, enero de 1862: «Cuando una obra está terminada, hay que soñar en otra».

        A Mademoiselle Leboyer de Chantepie, 24 abril de 1862: «El domingo pasado, a las siete, terminé mi novela Salambó. No puedo más. Tengo fiebre todas las noches y apenas puedo sostener la pluma». 

         Junio de 1862: «El futuro me inquieta. ¿Qué haré? Estoy lleno de dudas, de sueños y de miedos». 

         23 de abril de 1866: «Hay un fondo de estupidez en la humanidad que es tan eterno como la humanidad misma». 

         A la princesa Matilda, 1867: «Conozco pocos hombres -como Turguéniev- de una conversación tan exquisita». 

         A los hermanos Goncourt, junio de 1867: «¿De dónde viene tanto odio a la literatura? ¿Es envidia, o estupidez?».

         A Jules Michelet, 12 de noviembre de 1867: «Las brumas de la melancolía de Rousseau han oscurecido en los cerebros franceses la idea del Derecho». 

    I. Los miserables

    En 1862 apareció Los Miserables, de Victor Hugo, la figura tutelar en términos literarios y políticos de la literatura francesa en su tiempo. No le gustó a Flaubert. Podemos estar de acuerdo o no con sus argumentos, pero su crítica es fascinante y toda una lección de literatura.

         A Madame Roger des Genettes, julio de 1862: 

    • «Vaya, el rey desciende. Los miserables me exasperan y uno no tiene permitido decir algo malo, tendríamos el aire de un soplón. La posición del autor es inexpugnable, inatacable. Y yo, que me he pasado la vida adorándolo, ¡estoy indignado! 
    • Hay prostitutas como Fantine, convictos como Valjean, pero no los veo sufrir una sola vez desde el fondo de su alma. Son maniquíes, hombres buenos de azúcar, empezando por Monseñor Bienvenido.
    • ¡Y las digresiones! ¡Cómo hay! ¡Cómo hay!
    • En cuanto a los dialogos, todos hablan bien, ¡pero todos hablan igual!
    • Decididamente este libro, a pesar de bellos fragmentos, es infantil. 
    • La observación es una cualidad secundaria en literatura, pero no está permitido describir de una manera tan falsa la sociedad si uno es contemporáneo de Balzac o de Dickens.
    • Ésta es mi opinión. La guardo para mí, se entiende. Todo aquel que haya tocado una pluma tiene tanto reconocimiento a Victor Hugo como para permitirse una crítica; pero me percato que los dioses envejecen. 

    II. Sainte Beuve

    Aunque escribió poesía y narrativa, fue el primer escritor cuya obra más importante fue la crítica literaria. Consideraba que la vida del autor daba luz sobre la obra. El gran novelista francés Marcel Proust decía que ese método, el considerar que había «un otro yo» que escribía y que era diferente del escritor mundano, era falso. Escribió un libro entero, Contra Sainte-Beuve, para refutarlo. En él afirma: «Me parece que nunca comprendió lo que hay de particular en la inspiración y el trabajo literario».

        A Sainte-Beuve, 24 de diciembre de 1862:

    • «Mi querido Maestro. Su tercer artículo sobre Salambó me ha suavizado. Una vez más y muy sinceramente, le agradezco las señales de afecto que me ha dado. Ahora comienzo mi apología.
    • He querido fijar una ilusión al aplicar a la antigüedad los procedimientos de la novela moderna y traté de ser simple. ¡Ría cuánto quiera! Dije simple, pero no sobrio. Nada más complicado que un bárbaro.
    • En cuanto a ese énfasis en lo operístico y la pompa, ¿porqué pretende usted negar que las cosas hayan sido así, si ahora son de ese modo? 
    • Y ya que nos estamos diciendo nuestras verdades, le confieso que el que haya dicho de mí que tengo «un punto de imaginación sádica» me ha herido. Son palabras graves. No nos sorprendería que un día alguien que lo haya leído escriba en un periódico difamador: ‘Flaubert es un discípulo de Sade’.
    • Termino, querido maestro, dándole las gracias de nuevo, Al darme arañazos, al mismo tiempo me ha dado un apretón de manos. Sus consejos no se irán al vacío. No trata usted con un tonto ni con un ingrato».
    • A la princesa Matilda, enero de 1867: «Qué bueno que Sainte-Beuve se restablece. Es necesario que viva mucho, ¡lo necesitamos!» 

    III. El hombre universal y atemporal

    Conocida es la frase donde, al describir su proceso de escritura de Emma Bovary, Flaubert dijo que al escribir era ella y los árboles y el río… en suma, como un Dios, era todo al mismo tiempo. 

         En una carta a George Sand, de septiembre de 1866, afirma: «

         «No siento, como usted, ese sentimiento de una vida que comienza, el estupor de la existencia que aún fresca eclosiona. Al contrario, me parece ¡que he existido siempre! Poseo recuerdos que se remontan a los faraones. Me veo en diferentes épocas de la historia de manera muy clara, ejerciendo oficios diferentes y con fortunas múltiples. Mi individuo actual es el resultado de mis individualidades desaparecidas. He sido remero en el Nilo, conductor en Roma en el tiempo de las guerras púnicas, retórico griego en Suburre, donde me devoraban las chinches. Morí, en la cruzada, por haber comido demasiadas uvas en la playa de Siria. Fui pirata y monje, saltimbanqui y cochero. Quizá emperador de Oriente, también». 

  • Por mi raza hablará… ¿todavía?

    Por mi raza hablará… ¿todavía?

    Culturas impopulares

    Jorge Pech Casanova

    El lema de la Universidad Nacional Autónoma de México fue creado en 1921 por José Vasconcelos, autor de un famoso y nada convincente ensayo utópico: La raza cósmica. Pensador formado en el antipositivismo de Bergson, Vasconcelos logró vislumbrar el budismo como parte de la filosofía, pero —amargado por su desastrosa experiencia política de 1929— se fascinó con Adolf Hitler y aceptó dirigir en 1940 Timón, la única revista patrocinada por el régimen nazi en México.

    Vasconcelos aún vivió hasta 1959. Quince años antes pudo ver la caída del régimen hitleriano y alcanzó a arrepentirse en su revisión de 1948 de La raza cósmica al señalar de entrada: “la teoría del ario puro, defendida por los ingleses, llevada a imposición aberrante por el nazismo”. Eso no evitó que en el mismo libro escribiera: “El atraso de los pueblos hispanoamericanos, donde predomina el elemento indígena” y poco más adelante: “Una religión como la cristiana hizo avanzar a los indios americanos, en pocas centurias, del canibalismo hasta la relativa civilización”.

    Para el pensador nacido en Oaxaca y formado en Durango, las deslumbrantes realizaciones arquitectónicas, tecnológicas y filosóficas de los pueblos indígenas no valían nada ante sus prácticas rituales de sacrificios humanos, que tachó de canibalismo. Sin embargo, la tesis central de su conocido libro insiste en que la raza del futuro era la indoamericana, por el mestizaje que infundió sangre europea a los “atrasados” pueblos originarios.

    De esa creencia en la “raza cósmica” surgió también el lema de la Universidad Nacional de México que Vasconcelos dispuso en 1921: “Por mi raza hablará el espíritu”.

    Casi dos décadas más tarde, cuando Vasconcelos aceptó dirigir la revista pro nazi Timón, llegó a señalar en su artículo «La inteligencia se impone» el 8 de junio de 1940: “La fuerza no le viene a Hitler del cuartel, sino del libro que le inspiró su cacumen. El poder no se lo debe Hitler a las tropas, ni a los batallones, sino a sus propios discursos… Hitler representa, en suma, una idea, la idea alemana, tantas veces humillada antaño por el militarismo de los franceses, la perfidia de los ingleses. En contra de Hitler, es verdad, se hallan combatiendo ‘Democracias’ gobernadas por civiles. Pero son democracias de nombre”.

    No duró mucho la revista Timón. Su primer número apareció el 22 de febrero de 1940 y su entrega decimosexta y última circuló el 15 de junio del mismo año. Mayor recuerdo de esa infausta publicación no perdura, salvo en algunas investigaciones académicas, como el artículo «José Vasconcelos y la revista Timón. El discurso político del nazismo en México», de Héctor Orestes Aguilar Cabrera.

    En ese artículo, el investigador rescata parte del artículo «Adolfo Hitler» firmado por Antonio Islas Bravo en el número 15 de la revista que dirigió Vasconcelos: “Con motivo del reciente cumpleaños de Adolfo Hitler, el ministro Ribbentrop declaró que el mandatario alemán es el hombre más grande que han producido los siglos. No hay exageración en lo afirmado por el ministro de Relaciones del Reich… Al igual que los alemanes, los franceses, los ingleses, los belgas, los escandinavos, los americanos, etc., habrán de reconocer la grandeza de Hitler, no limitada al pueblo alemán, sino desplazada hacia todos los hombres que caminan sobre los accidentados y penosos territorios de la civilización… La verdadera grandeza está en los directores de hombres, y Hitler es el más grande de todos ellos. Ribbentrop tiene razón…”

    Las “democracias de nombre” a las que aludió Vasconcelos en su artículo sobre el führer fueron de muy contraria opinión; combatieron al sanguinario régimen hitleriano, lo vencieron y orillaron al “director de hombres” a suicidarse el 20 de abril de 1945. Antes de esa autoinmolación, la desbocada confianza del nazismo ya se había venido abajo. No faltarían letales dictaduras para suplir la de Hitler, pero eso ocurrió en otros desdichados países encabezados por la Unión Soviética de Josef Stalin y la China de Mao Zedong.

    Por otra parte, como consecuencia de los excesos políticos y sociales a que llevó el afán de “pureza racial”, en la actualidad y desde hace muchos años la ciencia ha descartado la noción de “raza” como un concepto aplicable a la especie humana.

    La doctora en Ciencias Biológicas Esther Rebato señala al respecto en su artículo «Sobre el uso del concepto de “raza” en la especie humana»: “… el concepto popular de ‘raza’ está sumamente arraigado en muchas sociedades y ha dado lugar a movimientos políticos altamente degradantes. A veces el término se usa en el sentido de ‘casta’, refiriéndose al origen o linaje y también a la calidad de algunas cosas, en relación a ciertas características que las definen (le viene de ‘casta’, tiene mucha ‘raza’…). El problema surge cuando se quiere dar al concepto de ‘raza’ un significado científico (que no tiene) para justificar determinadas ideologías (racismo)”.

    La ciencia considera que aplicar el concepto de raza a la especie humana constituye un término caduco. Consecuentemente, todo centro educativo —y aún más la máxima casa de estudios mexicana— debiera revisar cualquier lema que continúe sosteniendo la noción de “raza”, y sobre todo si es el lema que identifica ante el mundo a la institución educativa.

    ¿Por qué seguir sosteniendo desde la universidad un lema que mezcla conceptos caducos con términos místicos? El espíritu es una noción religiosa mas también vale como emblema de altos valores humanistas, y por ello puede resultar sostenible en estos tiempos tan oscuros como los nuestros, cuando la existencia suele vaciarse de humanitarismo, suplido por brutales intereses.

    Entonces, sí al espíritu. Pero ¿qué sitio dar al término “raza”? Debe erradicarse del lema universitario y parece tentador suplirlo por conceptos al uso: “Por mis pueblos hablará el espíritu”, “Por mis etnias hablará el espíritu”, sería demasiado fácil salida. Mejor cambiar el lema universitario por uno científico y realmente humanista.

    No trataré de usurpar el sitio de Vasconcelos como creador de lemas, pero sí planteo la necesidad de renovar la divisa universitaria para adecuarla a los avances que la institución ha tenido en sus ciento tres años de existencia. La universidad ha aportado a México y al mundo grandes logros científicos y culturales. Su lema debiera reflejar esa aportación. 

  • Contarnos otra historia. Una bilogía de Alberto Vital

    Contarnos otra historia. Una bilogía de Alberto Vital

    Colaboraciones

    Carlos Maza

    Claro que pudo ser de otro modo. Quizás estuvo a punto. Pudo no ser una conquista, pudo no establecer jerarquías entre iguales, pudo abolir la monarquía desde el principio, pudo haber sido al revés, que los conquistadores fueran derrotados. O pudo haber sido un crecimiento en armonía.

    La conquista y colonización del continente que, por ellas mismas, habría de llamarse América, pudo haber sido diferente de como la conocemos e interpretamos hoy. De hecho, en varias ocasiones hubo eventos que señalaban hacia direcciones alternativas. Hay ejemplos, fallidos quizá todos ellos, interrumpidos e incluso prohibidos: entre los puritanos de Nueva Inglaterra —los que habrían de ejecutar mujeres bajo acusación de brujería en el siglo XVII— hubo disidentes como Thomas Morton, que abrazaban la cultura de los pueblos originarios y rechazaban el rigor sufriente de sus dogmáticos paisanos. Entre los colonizadores franceses de Canadá, hubo los que se integraron culturalmente con los locales, los acadianos, y fueron después forzosamente desplazados por los británicos que los enviaron a la Luisiana (están en el origen de la cultura cajún del delta del Mississippi). O la intentona de Gonzalo Pizarro que, a diferencia de su hermano Francisco, quiso someter el imperio incaico para fundar su propio reino y no para entregarlo a la corona ibérica. Así pudo haber otros españoles “adelantados” que habrían optado por una forma diferente de organización en su proceso migratorio; después de todo, los conquistadores se debatían entre el prejuicio medieval y el naciente humanismo renacentista.

    Escritores y escritoras de ficción han intentado dar vida a esas historias alternativas de la imaginación. Son muy socorridas las versiones en que el resultado del encuentro es invertido: los pueblos del continente americano triunfan sobre los invasores y, en avezadas aventuras literarias, los persiguen de vuelta a Europa y la conquistan: en vez de torre Eiffel, en el centro de París habría una gran pirámide como la de Cholula, y en lugar de Autobahn, Alemania estaría cruzada por una red de caminos de piedra, el camino del inca como se trazó en los Andes centrales. Más especiales serían aquellas (mucho menos numerosas) en las que no hay colisión violenta sino suave fusión entre ambos lados del Atlántico. En estos relatos los europeos se asimilarían casi armoniosamente al entorno que sus viajes les desvelaban.

    A esta rara estirpe de reflexión literaria pertenece la bilogía de Alberto Vital: Santiago el convincente, 1518-1540 / Santiago el convencido, centenario (Samsara, México, 2023), formada por dos breves novelas en las que se da seguimiento a una aventura única. No es precisamente una ucronía puesto que el relato no reinventa la organización social que de ahí surgiría. Es más bien una aventura disruptiva para el orden colonial tal como lo conocemos, pero, al final, incapaz de transformarlo.

    Santiago es un auténtico adelantado. Mira el Nuevo Mundo (epíteto que él mismo habría acuñado) como un espacio en el que sería posible desfacer los entuertos de la vieja Europa, de los que el protagonista es muy consciente y, acaudalado, fleta una flota que lo trasladará al otro lado del Atlántico con una legión de cien mujeres que ha ido rescatando y reclutando por todos los caminos de la península ibérica y más allá.

    Detrás de cada una de estas mujeres que, en la primera novela, El Convincente, Santiago va persuadiendo de unírsele en su aventura, hay una historia trabajada con hilo de oro por el autor. En cada nombre —que se presentan en orden alfabético— resuenan valores e identidades, deseos y saberes capaces de quebrar el orden colonial que la corona de Castilla quería establecer en las nuevas tierras. A cambio de las espadas y rodelas que traerían los soldados, las reclutas del Convincente portan hierbas, medicinas, alimentos y hasta tecnologías, todas pensadas para el bien y los cuidados, para el diálogo y la construcción, nunca para el sometimiento. El narrador de la primera novela es un cronista anónimo —podría ser una de las integrantes de esa legión femenina— que describe a cada una de las reclutas con el lenguaje que caracteriza a esa época y a ese género literario, el primero cabalmente americano. El, la cronista construye al mínimo detalle personalidades con características y valores que trabajan para la armonía. En el espíritu de estas mujeres (entre las que no faltan prostitutas, curanderas, tullidas y extranjeras) vive el ansia de aprendizaje —el Renacimiento—, y los viajes del adelantado que la crónica describe muestran cómo ese regimiento femenil cruza el territorio ignoto dialogando, enseñando y aprendiendo de los pueblos originarios que encuentra a su paso. Son, Santiago y sus moxeres, verdaderas descubridoras que abren el territorio norteamericano a la maravilla de los ojos europeos, como se abre un delta. Las que serán algún día célebres trece colonias inglesas, son aquí ya una República, la del Delta Norte, y el inhóspito extremo boreal será llamado por Santiago República del Salmón y de la Nieve.

    Santiago no es, entonces, antimonárquico, pero es ya republicano; su gran séquito femenino es motor de libertad. Así, la segunda novela, El convencido, transcribe las palabras del propio adelantado que narra, años después de los hechos, una por una y en estricto orden alfabético, el destino que cada integrante de la loca aventura encontró: las que se casaron en Nueva España y con quién, las que viajaron al sur, a Las Hibueras (a construir y no a destruir como el conquistador que conocemos), las que cruzaron hacia el extremo norte, las que volvieron a las Iberias, las que no sobrevivieron. Y en el cruce de cada historia, glosado a pie de página por quienes analizaron el archivo del Convincente, se va construyendo en el imaginario del lector el destino fatal que lo alcanzó a él y la incomprensión ante su aventura por la que se recupera la triste historia de la conquista como la conocemos.

    En la segunda novela, El convencido, el poder colonial, como haría con los utopistas jesuitas que fundaron las misiones del Paraguay, desbarata todos los esfuerzos de Santiago, quien terminará sus días violentamente en un atentado que la novela apenas esboza por medio de los testimonios de algunas de las mujeres que acompañaron su alocado viaje y de la glosa en la que, haciendo uso de un recurso borgiano —la biblioteca imaginaria—, Vital cita testimonios, relatos y escritos inexistentes (algunos de ellos de autores reales) para apuntalar la verosimilitud histórica de su ficción.

    Hace algunos años leíamos en El espía del inca del peruano Rafael Dumett una historia contada así, en el lenguaje de la época, el español del siglo XVI, que era capaz de sumergirnos de la más auténtica manera en los entresijos de la historia. Con la bilogía de Santiago, construida también mediante una brillante recreación posmoderna del lenguaje de la época, casi premoderno, Alberto Vital nos entrega otra mirada desde los ya lejanos tiempos de la colisión transatlántica, otra reflexión desde la historia que nos ayuda a mirarla como posibilidad más que como vaticinio.

  • Impermanencia, dolor, no identidad

    Impermanencia, dolor, no identidad

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Los tacones era una verdadera tortura. Había estado de pie toda la noche en la fiesta de los turcos sin conseguir a nadie y aquí llevaba horas esperando. La vaporosa calzada vacía era cruzada por vehículos que no reducían su marcha ante ella, una mujer alta, de cabellera suelta, parada junto a un farol.

           Al fin un auto se detuvo. Una cara asomó desde su interior. Al acercarse, Beatriz leyó el carro y el rostro rápidamente. Correspondían al tipo medio: consumidor ocasional, casado, clandestino. Negociaría el precio y podría ser violento después. El intercambió duró poco. Beatriz abrió la puerta del auto y subió.

          Le pareció que el hombre estaba tenso e inquieto.

          —¿Cómo te llamas? —preguntó.

          —Narda —dijo ella.

          —Ha de ser un seudónimo, porque ustedes nunca usan su nombre.

           —Sí —contestó.

           —¿Y tú?

           —Dime López, también es un seudónimo.

           El auto arrancó.

           —Te voy a llevar a otra parte —la frase paralizó a Beatriz, que no reaccionó. De pronto el hombre era intimidante. Puso música en el radio mientras hacía muecas y hablaba sin entendérsele.

           —Así que eres puta, Narda… y cobras caro.

           El hombre se enfadaba con el radio.

           —Hacía tiempo que no venía por el rumbo y las cosas ya no están como antes. Mírate tú: grotesca vestida.

           Beatriz forcejeó para bajarse la falda mientras la mano del hombre recorría ásperamente sus piernas. Al llegar al bulto de sus genitales la mano retrocedió. Ella conocía ese instante. O los clientes libraban el sentimiento de culpa y se excitaban más o se declaraban engañados y podían golpear. López siguió gesticulando y hablando para sí, como si estuviera convenciéndose de algo.

           Llegaron a una casa de los suburbios y Beatriz quebró uno de sus tacones al bajar. El hombre la arrojó en vilo al porche. Quiso correr pero la sometió. Con una mano abrió la puerta y con la otra la hizo entrar a una estancia llena de luz donde en cada pared estaban escritas palabras en letras irregulares: “impermanencia”, “dolor”, “no identidad”. Le aventó el tacón a la cabeza y le ordenó que se sentara. La mujer se aproximó hasta un sofá lleno de libros, papeles, empaques de comida rápida, prendas de ropa. Logró hacerse un espacio en el rincón confiando en que la violencia del hombre cediera.

           —Las cosas no duran, Narda. Todo es maestro de lo efímero. Hoy experimentarás lo que está escrito en las paredes: verdades objetivas. La impermanencia es el destino de cualquier ente compuesto, como tú. El dolor es el elemento que hace andar al universo, de ahí tú. La no identidad es tu situación aquí, pero también fuera de aquí: ser nadie, como tú. ¿Lo entiendes, puta? Es una lección de metafísica.

           Se movió rápidamente para retenerla. La golpeó otra vez y la jaló hasta sentarla en una silla donde la esposó por detrás del respaldo. Con cinta adherente le tapó la boca y luego desgarró su blusa. Los pechos pálidos de Beatriz quedaron expuestos. López se arrodilló para morderle los pezones. El dolor desvaneció a la mujer.

           —Voy a librarte de tu mal karma, pero necesito toda tu atención.

           El hombre salió de la estancia limpiándose la saliva ensangrentada que le corría por las comisuras de la boca. Cuando Beatriz volvió en sí aquel aún no regresaba. Vio a su alrededor. El dolor y el miedo la paralizaban. Se había entregado sin darse cuenta, estaba mordida y lacerada, presa en manos de un alucinado.

           López entró más violento que antes, más ansioso. Quién sabe qué tanto había imaginado al andar por ahí.

           —Escucha bien: nada, nadie dura. La verdad objetiva establece que todo es impermanente, fluye en un continuo cambio. Varía la escala entre los objetos pero todos desaparecen. Hasta una perdida como tú. Cristo actuó a través de María Magdalena y yo a través de ti. Éste es el primer acto, la impermanencia.

           Salió otra vez. Las luces se atenuaron. Ráfagas de dolor estremecían a Beatriz. O de miedo. Era lo mismo. Su mente se había repuesto del colapso y comenzaba a calcular la situación. López regresaría para matarla. Estaba lamentando la pérdida de esa cara y ese cuerpo que le costaran tanto, cuando descubrió que lo que había creído ser esposas metálicas eran unos alambres a punto de soltarse. Liberó una muñeca y después la otra.

           El hombre regresó, se paró a su lado y preguntó:

           —¿Sientes el dolor, Narda? Es la raíz. Nunca deja de haberlo, nunca cesa de estar. Es un mecanismo que no se apaga. Pero el dolor nos hace retornar al mundo porque genera apego. Segundo acto: el dolor.

           Al lanzar López el golpe de cuchillo, Beatriz lo esquivó poniéndose de pie. Esto sorprendió al hombre, que retrocedió.

           —Estabas amarrada —dijo, y la derribó golpeándola con un tubo.

           —Acumulas dolor a tu dolor, putita. Por eso volverás al samsara. Pero si prestas atención podrás salir. Te ayudaré. Recuerda que en el bardo mortuorio las cosas se multiplican por siete. Escucharás mi voz, te iré diciendo lo que se te irá presentando. ¿A ti? No, tú eres nadie, sólo es una forma de hablar. Tercer acto: la no identidad. Narda, reina de la noche, no es nadie.

           La mujer se movió antes y contestó el nuevo embate de López, que blandía un cuchillo. Después de una lucha desesperada lo alcanzó con la silla y pudo noquearlo. La puerta no estaba cerrada con llave y Beatriz salió corriendo descalza. Lo hizo mucho tiempo hasta que acabó desfalleciente en una cuneta.

           Despertó con Sirena a su lado, el otro transexual con quien vivía.

           —Te quisieron deshacer —le dijo al verla.

           Los rígidos vendajes y el martirio de las heridas no le permitieron contestar. Se sentía envuelta como una momia que iniciara el camino final. Percibía un nexo inseparable entre lo que llamaba vida y lo que llamaba muerte. La agonía y la casi muerte en casa de López daban lugar a un estado posterior. Beatriz había recorrido los bardos, los intervalos.

           El de su vida cabía todo en gruesos trazos: la expulsión de la casa paterna, la sufriente histeria por volverse mujer, la dureza de la calle y la brutalidad del sexo, la esclavitud perversa de su ánima. Indeleble, pero todavía poco a su joven edad, Beatriz ensoñaba jirones de tales escenas durante la larga noche narcótica del nosocomio.

           Su propio bardo vital no le era muy apreciable sino hasta el momento del terror con López, cuando las cosas adquirieron un tinte más brillante: mensajeras de un sentido absoluto del que formaban parte como si fueran una ilusión indispensable. López habría sido un agente involuntario de la acción. No soportaría volver a verlo, pero recordaba su intento de asesinato como un ritual. Lo que él mismo buscara al hacerlo no es lo que le hubiera dado, aunque el hombre dijo que la conduciría por el río de los muertos donde su claridad y su confusión crecerían siete veces.

           El bardo doloroso del morir, desde su inicio hasta el momento final de la respiración interior, era lo que López le ofreciera, con una explicación de sus varios estados. Beatriz no sabía si ya estaba muerta y actuaba bajo el influjo de esas instrucciones; sólo era consciente a medias de haber visto una luz básica, una irradiación de la naturaleza de la mente durante un instante al que debió entregarse sin que el pavor se lo permitiera.

           Las instrucciones repetían que estaba en el intervalo de la posmuerte, en el tremendo estado siguiente a la disolución del cuerpo. La técnica del Ars Moriendi, una guía de viajeros al otro mundo era oficiada por López desde su casa, de donde ella huyera. La creía muerta.

           Su reloj daba cuenta de que la mujer todavía estaba percibiendo el resultado psíquico de la desintegración: zumbidos, retumbos, palabras y crujidos que escucharía hasta quince horas después de la muerte. Lo dijo al momento del sacrificio: la experiencia imperfecta de lo viviente resulta eterna porque la serie de universos donde se padece es incontable. Obra de caridad decírselo a ella, que no era nadie. Y decirlo. López se veía a sí mismo como un sabio despiadado que podía ser compasivo.

           Consideraba una incógnita: ¿Narda sabía que ya estaba muerta o vivía el estado intermedio similar a lo que fuera su sitio en esta existencia? Los fenómenos del mundo semejan ser un sueño, un fantasma, una burbuja, una sombra, el reluciente rocío o el fugaz relámpago, y así deben contemplarse. López pensó que el transexual no conocía su situación y que ahora podría estar buscando los afeites y las ropas de su disfraz. Sonrió con desdén. Sintió la punzada del deseo. Eso lo avergonzó. Una conciencia puede ayudar a otra.

           En el bardo existía un sendero hacia abajo, hacia formas de vida baja. Diversos colores brillantes y otros opacos se mostraban en varias estancias para que fueran ocupadas por Beatriz, quien deambulaba por el intervalo sintiendo todo siete veces más. ¿Cómo volvería a la vida su complejo-alma? En esa barraca de feria mágica el karma y el destino se encarnaban o se degradaban surgiendo sin cesar.

           Poco a poco las brumas se iban de su razón y la luz calcinante sólo era parte de su pasado. Sirena la recogió del hospital y curó su larga convalecencia. Beatriz no hizo la calle durante meses. La durísima calle. Varias cicatrices que ocultaba bajo una densa capa de maquillaje le recordaban a diario la ordalía. Y el atisbo de un vacío increado e independiente, que ronda a cualquiera pero ninguno lo sabe. Aunque no podría enunciar con palabras que en ese atisbo de lo terminante la forma era el vacío y el vacío la forma. Encabalgados.

           No tenía dinero y debió regresar al teatro del sexo. Esa noche la torturaban los tacones. Pasaban veloces los autos delante de ella y el solitario viento callejero levantaba remolinos y papeles cuando un auto se detuvo a su lado. Beatriz leyó sus características, virtud de la experiencia: rico, refinadamente perverso, anónimo. Subió a él.

           —Dime López —pidió quien lo conducía. Arrancaron.

           Dios nunca destruye, sólo retira el universo hacia él.

  • La correspondencia de Flaubert (1854-1861)

    La correspondencia de Flaubert (1854-1861)

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    I. La biografía 

    Seguimos revisando su correspondencia, en la edición completa publicada por Conard en 1927. El tomo IV, al que nos referimos hoy, es importante porque en esos años en la vida de Flaubert sucede la ruptura con Louise Colet, su amante y confidente, la publicación de Madame Bovary y el proceso por obscenidad del que fue objeto. Veamos. 

    A Louise Colet:

        13 de enero de 1854: «No hay en literatura buenas intenciones».

         Enero de 1854: «Este libro (Madame Bovary) que sólo es estilo, tiene al estilo mismo como un peligro continuo». 

         2-3 de marzo de 1854: «La literatura hoy, se parece a una gigantesca empresa de inodoros» (…) «La risa es el desprecio y la comprensión ligados, en suma, la manera más alta de ver la vida, ‘lo propio del hombre’, como dijo Rabelais». 

         25-26 de marzo de 1854: Trabajas demasiado aprisa. Acuérdate del viejo principio de Boileau: escribir con dificultad versos fáciles». 

         7 de abril de 1854: «Hay que llevar al lector sin que se de cuenta de la psicología a la acción»; «Sería necesario saber todo para escribir»; «Homero, Rabelais, eran enciclopedias de su época: lo sabían todo»; «Hay en la poética de Ronsard un curioso precepto: recomienda al poeta instruirse en artes y oficios: herreros, orfebres, etc., para dibujar las metáforas». 

         El 22 de abril de 1854 Flaubert escribió la última carta a Louise Colet. Con nadie se explayó tanto en cómo se sentía al escribir, por lo que podemos lamentarnos de su rompimiento amoroso. Luego, ella escribió sobre él de manera oblicua en su novela Lui.

         Después de haberla leído, le escribió a Ernest Feydeau, primera quincena de octubre de 1859: «Es una canallada. Aparezco como un hombre insensible, avaro, en suma, un imbécil sombrío. Eso es lo que uno gana por acostarse con las musas. Por otra parte, qué tontería poner a la literatura al servicio de las pasiones, qué tristes obras nacen de ello». 

    A Louis Bouilhet:

         Agosto de 1855: «¡De vuelta en la sempiterna Bovary! Byron decía: «Una vez más sobre los mares»; yo podría decir: «Una vez más en la tinta».

         5 de octubre de 1856: «Bovary habla más de paciencia que de genio, mucho más del trabajo que del talento».

         A Jules Duplan (después de leer la primera parte de Madame Bovary publicada en la Revue de Paris): «La primera lectura de mi obra impresa me ha sido, contrariamente a lo que esperaba, extremadamente deagradable. Sólo me he fijado en las faltas de impresión y en tres o cuatro repeticiones de palabras que me han chocado». 

         A Louis Bonenfant: «La moral del Arte consiste en su belleza misma». 

         A Madame Maurice Schlésinger, 14 de abril de 1857: «La hipocresía social es una cosa grave». 

         A su hermano Aquiles (ante las acusaciones contra Flaubert por su novela), 16 de enero de 1857: «Estoy enmedio de un torbellino de mentiras e infamias. Todo el mundo se «pasa la pelota»: yo no soy, yo no soy». (…) Mi persecución me ha abierto mil simpatías. Si mi libro es malo, lo hará parecer mejor; si está destinado a perdurar, será un pedestal para él». 

         A su hermano Aquiles, 20 de enero de 1857: «No hay desde hace tres siglos una sola línea de la literatura francesa que no sea atentatoria de las buenas costumbres y de la religión».

         Al doctor Jules Cloquet, 23 de enero de 1857: «Mañana honraré con mi presencia el banco de los ladrones. De la boca que ellos quieren cerca, les quedará un escupitajo en la cara». 

         A su hermano Aquiles, 31 de enero de 1857: «El abogado Senard me ha colocado como un gran hombre y ha tratado mi libro de obra maestra». 

         A Mademoiselle Leroyer de Chantepie, 19 de febrero de 1857: «Esta Bovary, que usted ama, ha sido tratada como la más baja de las mujeres perdidas en el banco de los ladrones». 

         18 de marzo de 1857: «El artista debe estar en su obra como Dios en la creación, invisble y todo poderoso». 

        30 de marzo de 1857: «No amo la vida y no tengo miedo de la muerte. La hipótesis de la nada absoluta no me asusta. Estoy presto a tirarme plácidamente al agujero negro». 

    II. Charles Baudelaire

    Baudelaire y Flaubert nacieron ambos en 1821. Los dos publicaron en 1857 libros que cambiarían la historia de la poesía —Las flores del mal— y de la novela —Madame Bovary–. Sus obras fueron acusadas ante la ley de obscenas y sus autores procesados por faltas a la moral. De lo que en verdad eran culpables era de haber creado una nueva mirada sobre la realidad. Las cartas de Flaubert a Baudelaire son una joya:

    A Charles Baudelaire:

         13 de julio de 1857: «He leído su libro de un tirón y ahora lo releo, después de ocho días, verso a verso, palabra por palabra, y francamente me encanta. Ha encontrado la manera de rejuvenecer el romanticismo. La originalidad del estilo se desprende de la concepción. Usted comprende la estupidez de la existencia. En resumen, lo que más me gusta en su libro es que predomina el Arte. Además, usted canta la carne sin amarla, de una manera triste y desapegada que me agrada». 

         14 de agosto de 1857: «Acabo de enterarme que está siendo perseguido a causa de su libro. ¿Por qué? ¿Contra quién atentó? ¿La religión, las costumbres? ¿Ya pasó por la justicia? Estoy muy indignado. Deme detalles sobre este asunto y reciba mil apretones de manos, los más cordiales». 

         23 de agosto de 1857: «Mántengame informado. Me intereso en este asunto como si se tratara de mí. Esta persecución no tiene ningún sentido. Me rebelo».

         21 de octubre de 1857 (después de haber leído el artículo de Baudelaire sobre Madame Bovary): «Le agradezco, querido amigo. Su artículo me ha dado el más grande placer. Usted entró en los arcanos de mi obra, como si mi cerebro fuera el suyo». 

         1859-1960: «Su poema «Albatros» me parece un verdadero diamante. En cuanto a otros fragmentos, no me alcanza el papel para hablarle de todos los detalles que me deleitan». 

         22 de octubre de 1860: «Ha encontrado la manera de ser clásico sin dejar de ser el romántico trascendente que amamos» (Y, sin embargo, critica su libro Los paraísos artificiales): «En una obra de observación natural y de inducción, insiste demasiado en el espíritu del mal. Hubiera preferido que no blasfemara sobre el hachís, el opio, el exceso… ¡Quién sabe qué venga más adelante!». 

  • Las cartas

    Las cartas

    Colaboraciones

    Carlos Olalla

    Hace tiempo, demasiado, dejaron de llegar. Ya nadie las escribe. Hoy todo es rápido, inmediato, frío y pragmático, siempre pragmático, sólo pragmático. Nada queda de la poesía de ayer, de los amores que fueron, de los sueños que venían en un sobre para alegrarnos la vida. Recibos y extractos bancarios han asesinado a las cartas de amor. Ya nada queda del cuidado con el que volcábamos nuestros sentimientos en un pedazo de papel, nada de lo que repensábamos una y mil veces para que llegara siquiera a sugerir la inmensidad de lo que sentíamos, nada de la ilusión con la que, expectantes, las dejábamos en el buzón, nada de la espera, la dulce espera que nos hacía soñar con aquel papel que pronto llegaría a sus manos, nada de todo lo que llegábamos a imaginar que sentiría al leerla, dónde lo haría, cuándo, cuántas veces… y nada del tiempo que se negaba a pasar alargándonos la vida mientras aguardábamos su anhelada respuesta.

    Hoy todo es rápido, frío e inmediato. Milagrosamente recibimos correos casi en el mismo instante en el que son escritos, pero son correos sin poesía, los versos no tienen cabida en ellos. Muchos, los más, no son escritos para alegrarnos el día, sino para recordarnos que tenemos que hacer tal o cual cosa. Con tanta urgencia y tanta prisa hemos olvidado la bella y necesaria sensación del dolce far niente, de escuchar lo que el corazón nos dice, de saborear el silencio, de hablar el idioma de los que aman… Los mensajes y whatsapps eran el último reducto de las palabras de amor, nuestra última esperanza, pero los estandarizados emoticones las han condenado al silencio. Hoy hasta hemos sustituido el “te quiero” por un triste y desangelado “tq”. En esta sociedad que tanto necesita de caricias, besos y abrazos hemos sucumbido a la terrible frialdad que sepulta a las palabras con abreviaturas, las miradas con pantallas y los sentimientos con sempiternas prisas. 

    Quizá sea hora de reivindicar el derecho al tiempo, a recuperar el goce de la espera y sus sueños, a revivir el placer de encontrarnos a nosotros mismos frente a una página de papel en blanco en la que volcar lo que somos y lo que todavía podemos llegar a ser, a volver a ser personas y no simples avatares, a desaprender ese modelo de vida que nos lleva, rápidos, raudos, estúpidos y veloces, a ninguna parte. Y si hemos sido capaces de barbarizarnos así sin la ayuda de la inteligencia artificial, no quiero ni pensar lo que será cuando domine nuestras vidas. Todavía estamos a tiempo de ser nosotros y no un simple bit del Big Data.

                                     Publicado en Última Hora de Palma de Mallorca

  • La oposición moralmente indispensable

    La oposición moralmente indispensable

    Administración de los males públicos

    Jorge Pech Casanova

    Durante casi nueve décadas, de 1929 a 2018, oponerse al régimen gubernamental en México fue una postura honorable. Implicaba la paradójica circunstancia de ganar altura moral con cada derrota en procesos electorales y otros asuntos públicos, debido a la costumbre del poder para imponerse mediante toda clase de fraudes, trampas y crímenes.

    A lo largo de esos casi noventa años, mientras la derecha acaparó la presidencia de la república, hubo personajes de la vida pública que alcanzaron una estatura ética perdurable: José Revueltas, Valentín Campa, Demetrio Vallejo, Heberto Castillo, Rosario Ibarra de Piedra. Por no hablar de las incontables víctimas de la matanza de Tlatelolco en 1968 y la posterior represión durante todo el sexenio de 1970 a 1976.

    Caso paralelo, en cuanto a la ética izquierdista, son los luchadores armados, de trágico destino: Rubén Jaramillo Ménez, Genaro Vázquez Rojas, Lucio Cabañas Barrientos y los rebeldes encabezados por Arturo Gámiz en el asalto al cuartel de Madera, Chihuahua.

    Hasta la fecha, esos representantes de la oposición a los gobiernos mexicanos permanecen como ejemplo de integridad política, aun si causan polémica los métodos que utilizaron para oponerse al oficialismo. La lucha pacífica los convirtió en víctimas de persecución, y enaltece a Revueltas, Campa, Vallejo, Castillo e Ibarra de Piedra, entre otros.

    La lucha armada que acabó con las vidas de Jaramillo y su familia, con las de Vázquez, Cabañas y Gámiz, y con las de sus jóvenes seguidores, recibe invectivas de los hederos de sus verdugos, pero coloca a los guerrilleros en el lado heroico de la resistencia política. Se enfrentaron a regímenes criminales. Pagaron esa resistencia con sus vidas.

    A partir de 2018, con el ascenso a la presidencia de Andrés Manuel López Obrador, se dio el giro insólito de que los herederos de los regímenes autoritarios y represores del Partido Revolucionario Institucional y del Partido Acción Nacional se convirtieron en la oposición al gobierno de la república.

    Nada tan extraño y nocivo para la sociedad mexicana pues, con su aparente caída, los represores de ayer se convirtieran en los supuestos opositores de hoy. Su oposición al gobierno no proviene de resistirse a la corrupción, al autoritarismo y a la represión, sino de su furiosa ansiedad por volver a gozar del poder para retomar la corrupción, el abuso del poder y el hábito de represión que les han sido parcialmente vedados.

    Parcialmente, porque la conducta de la actual “oposición” sigue apoyándose en la corrupción, el autoritarismo y la represión. Lo demuestran los actos de la todavía gobernante alcaldesa Sandra Cuevas, quien inventa un partido de su propiedad para proponerse como presidenta después de ser desechada por sus aliados; las de los dirigentes de los partidos políticos desplazados (PAN, PRD y PRI) y la de su candidata conjunta a la presidencia, rancia privilegiada de un partido, quien se mal disfraza de “ciudadana”.

    La feroz Sandra Cuevas se siente autorizada a madrear a cuanto ciudadano la incomode, así sea un infeliz peatón que lleva a un perrito en brazos y, para su mal, se cruza con el carísimo y aparatoso vehículo de la alcaldesa, un RZR todo-terreno que cuesta tres cuartos de millón de pesos y es similar al que utilizaba Óscar Andrés Flores Ramírez “El Lunares”, líder de la organización criminal La Unión Tepito, quien estuvo ligado a la alcaldesa y hoy cumple condena de 27 años en el penal El Altiplano porque asesinó a una mujer en 2019.

    Por su parte, el líder del PAN, Marko Cortés, se quejó públicamente de que los subordinados de Alejandro Moreno, dirigente del PRI, no cumplieron en Coahuila un acuerdo por el que se habían repartido puestos y cargos públicos en el gobierno estatal, incluyendo juzgados, dirigencias de organismos “autónomos” y hasta notarías.

    Recientemente, se reveló que estos dirigentes partidistas y sus cercanos, entre los cuales resaltan prófugos de la justicia, se autoasignaron candidaturas plurinominales para senadurías y diputaciones, con las que planean obtener el fuero que les otorgaría impunidad.

    Por su lado, la candidata presidencial y senadora Xóchitl Gálvez, quien no logra situarse como aspirante con garantía de voto pese a sus trampas electorales, se reunió con la dirigencia del PRI para suplicar a su líder Alejandro Moreno “Alito” y cómplices: “Los necesito en la calle, necesito la experiencia y la fuerza de Alito porque vaya que es un cabrón”.

    La legisladora Gálvez, por cierto, ha sido expuesta por la periodista Daniela Barragán como dueña de 40 “marcas” de la tenebrosa sociedad civil que utiliza como emblemas en su campaña, incluyendo el movimiento “ciudadano” Fuerza Rosa, el Frente Amplio por México y su más reciente entelequia, la coalición partidista Fuerza y Corazón por México.

    Ni méritos académicos, ni laborales ni rebeldía social ante el poder. Lo que distingue a los actuales opositores al gobierno es lo que los ha marcado desde hace noventa años: sus malos manejos (aunque ahora estén sumamente acotados), sus mentiras, sus oscuros negocios políticos y sus desplantes autoritarios, represores y criminales.

    Residuos de una gerontocracia que se niega a ceder sus privilegios, la actual oposición al gobierno no está moralmente derrotada, porque la moral nunca fue una condición en sus actos. La inmoralidad rampante da sustento a Gálvez, Moreno, Cortés y sus impresentables acompañantes, como los prófugos Calderón, Anaya y Cabeza de Vaca.

    Esos partidos se han mantenido en el poder a toda costa, inclusive asesinando a sus opositores. Quizá el recurso extremo del grupo que se aferra al poder fue la eliminación de su propio candidato presidencial en 1994. Y en la actualidad, sus émulos no vacilan en plantear otro escenario de inmolación como el que llevaron a efecto hace treinta años. Mientras tanto, otros integrantes de esa clase política corrompida saltan sin rubor al Movimiento de Regeneración Nacional y obtienen candidaturas para vergüenza ajena.

    Urge una oposición moralmente sana, que balancee el panorama electoral de México y equilibre con ejemplos de integridad las opciones políticas en la república. Una oposición con postura ética, cuya impugnación al gobierno sea racional. Una oposición con ideología definida así sea de derecha y conservadora, que no esté dispuesta a brincar al bando de la “izquierda” sólo para conservar puestos de poder. Una oposición de conciencia, no una banda de tramposos que sólo consideran el crimen y la traición como medios para perpetuarse en el poder.

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