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El destino en Languedoc

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Llovía, llovía, cómo llovía. Era una época compleja y Bruno Roger, hijo del conde de Foix, escapaba de la persecución de Anselmo Gui, el sombrío y poderoso inquisidor que decretara su captura en todo el territorio católico. El padre de Bruno, compañero de Ricardo Corazón de León en Tierra Santa, le había heredado sus dominios, ahora abandonados para escapar del largo y mortal brazo del fraile dominico Gui: toda la llanura de Toulouse hasta los Pirineos, gargantas y cascadas, solitarios pastos en la montaña sólo accesibles a los pastores y sus rebaños, donde se adoraba a Abelio, dios del sol de los antiguos.
El clima era un impedimento para seguir hacia el pueblo al que se dirigía, en poder de hermanos cátaros como él. Anhelaba vivamente sus prados caminando bajo esta lluvia que no paraba de caer. El barro del sendero le impedía continuar. Se acercó a una elevación de roca que tenía forma de techumbre para guarecerse. Notó que un hombre ovillado descansaba bajo su abrigo. Parecía dormir. Bruno estuvo de pie mucho tiempo mirando caer la lluvia, hasta que decidió yacer en un rincón. Entonces soñó que hablaba con un sujeto que lo que más deseaba en la vida era ver a un fantasma. Pobre de usted, le dijo, ¿nunca se ha visto al espejo? Usted es un fantasma, como tantos que deambulan por el mundo, espíritus encarnados, perecederos, que se disuelven así: ¡Puf! Y al decirlo se disolvió el hombre soñado que deseaba ver espectros. Después roncó. La porfiada lluvia continuaba.
El segundo sueño fue distinto: una voz le advertía que estaba soñando y le preguntaba si sabía con quién. Bruno respondía que no. Ten cuidado, le decían, alguien te está soñando, y si lo dejara de hacer, ¿qué pasaría? No lo sé, respondía él. Te apagarías como la flama de una vela. Después escuchó los ruidos sordos del hombre que descansaba bajo la saliente y siguió durmiendo.
El tercer sueño fue así: soñó que veía a la Muerte y ésta le hacía un gesto amenazante en el poblado del Languedoc, donde lo aguardaban sus protectores. ¿Y si el gesto hubiera sido de sorpresa? Se despertó asustado: le parecía que viajaba hacia el encuentro con su destino, pero eso era preferible a sufrir a los verdugos de Gui y sus torturas. Se sumió en reflexiones y recuerdos. Detrás de él veía su vida como una isla de la que los barcos se alejaban o como las gotas que caían. Estaba listo para la muerte, era un Perfecto y podía entrar a ella cantando como sus hermanos en las piras de Lavaur, Montpellier y Castres. Y sin embargo sentía agrietarse esa certeza de una poderosa fe para salvarse, antes que por una relación de causa y efecto entre lo hecho y lo vivido. Como era hoy sería mañana. ¿Debía o no ir a Languedoc?
Su vecino se incorporó. Era un hombre viejo, de cabello y barba enmarañados, vestido con harapos que no reducían sino realzaban una cierta dignidad.
—Usted es el hijo del conde de Foix, ¿no es así? —le preguntó al verlo.
Bruno salió de sus cavilaciones. La voz le resultaba conocida.
—¿Quién eres tú? —indagó a su vez.
El hombre rio antes de responder.
—Fui el pastor de los rebaños del Sabarthés en el condado de su padre. Me llamo Lupo, señor, y estoy a su disposición —explicó, tendiéndole la mano.
Debía llevar a otro pueblo el edicto de Gui con sus calumniosas acusaciones para que su gente lo conociera. Bruno hojeó el infame documento que ostentaba el sello de Gui.
—O nos destruyen o nos destruyen, ¿verdad? —Lupo guardó los ofensivos papeles y se quedó callado. Después dijo—: ¿Recuerda a Pedro Valdés en Lyon y su lectura pública del Nuevo Testamento? Usted era muy niño entonces. Ahí comenzó la conmoción: por toda la plaza se escuchó que la vida evangélica no aparecía contada por ningún lado, y Valdés ofreció su propia lectura, otro canon de gran belleza que nos abrió el camino hacia la luz. Pero nuestros enemigos quieren impedirlo. Gui va a ser más letal que esta lluvia, y nos perderemos en el recuerdo de los que vendrán. Morirá la nobla leyczon que hasta ayer todavía anunciaban los trovadores.
Bruno pensó de nuevo en los altos y verdes prados que dejara atrás. La nostalgia lo punzó.
—Saldremos victoriosos, Lupo. Debemos sobrevivir. Nosotros sabemos la verdad divina, ellos la ignoran. Lo que ahora ocurre cederá. Estos sólo son momentos de prueba. Nos han quitado nuestra vida pastoril y eso nos entristece.
Lupo volvió a reír.
—Con todo respeto, señor, no lo creo. Todas las cosas deben terminar. Las cosas no son ne variatur. Gui sólo es un agente designado para hacer lo indispensable. Nosotros los perfectos, los hermanos verticales, los pobres de Dios, desapareceremos. Es normal que así suceda. Sólo es un hecho.
—¿No quieres volver a tus prados y rebaños a celebrar con el sol? Espero que Gui no logre impedirlo. Es una intención de mi voluntad. Haré todo lo que pueda para recuperar lo que es nuestro, lo que nos protege. Quiero que otros también conozcan aquello que nosotros sabemos. Sólo así continuará nuestro linaje. Los perros dominicos no nos podrán derrotar.
El otro no lo creyó. Sus harapos brillaban bajo los tejos del sol que ya amanecía.
—Señor —dijo—, el agua no tiene forma alguna y quien flota en ella debe dejar que las corrientes vayan y vuelvan, irse al fondo de los remolinos y emerger con ellos siguiendo los caminos del agua sin pensar en él mismo. Así ha sido este corto veranillo de la herejía, como llaman a nuestras revelaciones los papistas. Ahora está por terminar. Pero lleva usted razón: los textos preservarán nuestra gaya ciencia para quienes vengan después. Al agua sólo le cabe el adjetivo de humilde porque ya dejó de llover. Dios lo guarde, señor.
Lupo partió en dirección contraria y Bruno siguió su difícil ascenso por las elevaciones cátaras. En un recodo del camino encontró a un caballero sentado al pie de un fresno. Era la Muerte, con la que había soñado.
—¿Por qué me hiciste un gesto de amenaza cuando soñé contigo? —le preguntó el viajero.
—No fue amenaza sino advertencia. He de tomarte esta tarde en Languedoc —contestó el espectro.
—¿No puedes esperar un poco? De todos modos me tendrás. Requiero ver antes a ciertas gentes, disponer ciertas cosas. Déjame hacerlo, y después —pidió Bruno.
—¿Qué más da lo que hagas, qué cambiará?
—Por una parte nada, por otra parte todo.
—¿Y qué ganaré si te lo concedo? El cuento no lleva tiempo: éste se acabó.
—Te haré una adivinanza. Si la respondes me iré contigo. Si no, me dejarás llegar a donde voy.
—De acuerdo.
—Si a la rosa la toca el mercurio, ¿qué queda?
La Muerte se mostró desconcertada y confesó no saberlo. Permitió a Bruno continuar su viaje. El camino era escarpado y fatigoso. Después de varias horas necesitó descansar. Una saliente solitaria lo protegió de la intemperie, cayó dormido y volvió a soñar tres veces.
Su primer sueño fue así: se encontraba con un hombre que cocía una sopa a la orilla de un río. Presa de un hambre repentina, Bruno tomaba la marmita y comía todo su contenido. El otro le reclamaba su voracidad. Él iba hacia el agua y orinaba los peces que había comido. En el segundo sueño se veía jugando ajedrez con el rey de un reino vecino, mientras su ejército y el de su adversario combatían. Bruno tiraba de un manotazo al tablero cuando el otro le daba jaque mate. Llegaba entonces un mensajero para informarle: “Has perdido tu reino. Te han derrotado”. En el tercer sueño veía de nuevo a la muerte esperándolo en un dintel de cascajo, quien con un gesto hacía aparecer ante sus ojos un pañuelo que se iba tejiendo con pequeñas perlas hasta quedar completo. La Muerte dijo: esto es lo que queda si a la rosa la toca el mercurio.
Cuando alcanzó las orillas del pueblo de Languedoc no rehuyó el encuentro. Supo que era inevitable. Antes de que se desprendiera de su cuerpo como de un traje, habló con ella. Lupo iba caminando a gran distancia de donde estaban, pero la Muerte le concedió una última mirada para verlo todo, aun eso. Y sintió entonces que su desprendimiento estaba determinado por la luz.
Ya no llueve. Ahora hay una irradiación que calcina esa sorpresa mortal que dura un instante, como calcina el cuerpo que Bruno abandona con un sofoco para dejar desamarrada la vida tras de sí.
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La correspondencia de Flaubert (1850-1853)

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. La biografía
En estos años, nos recuerda Herbert Lottman, el biógrafo, prosigue la relación amorosa con Louise Colet y ocurren dos acontecimientos relevantes: con su amigo Maxime du Camp Flaubert viaja a Egipto –el sueño romántico anhelado por los artistas de su generación, que será el germen de su novela Salambó— e inicia la escritura, en 1851, de su obra maestra, Madame Bovary. Veamos.
A Louise Colet:
7 de enero de 1847: «El mundo tiene razón en encontrarme intolerante, pero no sabe, por contra, todo lo que tolero sin decir nada».
Agosto de 1847: «Te envío, querida amiga, una flor que corté ayer bajo el cielo crespuscular bajo la tumba de Chateaubriand».
1847, sin fecha: «Releo el Quijote. ¡Qué libro! ¡Qué libro! ¡Cómo esta poesía es alegremente melancólica!
Fin de diciembre de 1847: «Hay personas de gran talento que tienen la calamidad de ser admiradas por naturalezas pequeñas».
Desde Alejandría, 17 de noviembre de 1849: «Al cambiar de país, el pudor cambia de lugar».
A su madre, El Cairo, 14 de diciembre de 1849: «Al ver las pirámides y la Esfinge, la cabeza me ha dado vueltas y mi compañero (Maxime du Camp) se puso blanco como el papel en el que escribo».
A Louis Bouilhet, desde Jerusalén, 24 de agosto de 1850: «Hemos hecho todo para volver ridículos los lugares santos».
Constantinopla, 14 de noviembre de 1850: «¿Por qué la muerte de Balzac me ha afectado tanto? Cuando muere un hombre que uno admira siempre es triste».
A su madre, desde Atenas, 24 de diciembre de 1850: «Estoy en un estado olímpico, aspiro lo antiguo con todo mi cerebro. La vista del Partenón es una de las cosas que me han penetrado más profundamente en toda mi vida. No hay duda, el Arte no es una mentira».
A Louise Colet, 2 de agosto de 1851: «Ayer en la noche comencé mi novela. Ahora intuyo dificultades de estilo que me horrorizan».
16 de enero de 1852:»Me gustaría hacer un libro sobre nada, sin ninguna atadura exterior».
Primero de febrero de 1852: «Las perlas no hacen el collar, sino el hilo».
Tres de marzo de 1852: «Todo el valor de mi libro -si tiene alguno-, es estar suspendido entre lo lírico y lo vulgar».
Tres de abril de 1852: «Se necesita una voluntad sobrehumana para escribir, y sólo soy un hombre».
14 de abril de 1852: «Tengo una tristeza de cadáver. Bouilhet me ha hecho objeciones sobre mi plan y sobre mis personajes. Todo depende de la concepción. ¡Tanto peor! Voy a continuar».
24 de abril de 1852, hablando de Graziella, de Lamartine: «(Sus personajes) no son seres humanos, sino maniquíes».
3-4 de julio de 1852: «En cuanto al amor, ha sido mi mayor tema de reflexión toda la vida. Bovary –desde un punto de vista burgués– será la suma de mi ciencia psicológica».
18 de julio de 1852: «Todo el talento de escribir sólo consiste al final en la elección de las palabras. Es la precisión la que construye la fuerza».
4 de septiembre de 1852: «¡Que uno pudiera vivir en una torre de marfil!».
13 de septiembre de 1852: «La Bovary va a paso de tortuga; me desespero por momentos».
19 de septiembre de 1852: «A menos que uno sea un cretino, uno muere siempre bajo la incertidumbre de nuestro valor y el de nuestras obras».
25 de septiembre de 1852: «Lo que distingue a los grandes genios es la generalización y la creación. Ellos resumen un tipo de personalidad y aportan a la conciencia humana personajes nuevos. Los grandes hombres, sin embargo, escriben a menudo mal ¡tanto peor para ellos! No es allí en donde debemos buscar el arte de la forma, sino en los pequeños (como nosotros)».
26 de octubre de 1852: «Si viera a Shakespeare en persona, reventaría de miedo».
16 de noviembre de 1852: «Releo a Rabelais con empeño. Es la gran fuente de las letras francesas».
22 de noviembre de 1852: «Conozco Rojo y Negro, que encuentro mal escrita e incomprensible».
9 de diciembre de 1852: «El orgullo es una bestia feroz que vive en las cavernas y en los desiertos. La vanidad, por el contrario, como un loro, salta de rama en rama y balbucea a plena luz» (…) La cabaña del tío Tom me parece un libro estrecho. Tiene un punto de vista moral y religioso; le hace falta un punto de vista humano«.
17 de diciembre de 1852: «¡Qué hombre hubiera sido Balzac, si hubiera sabido escribir. Sólo le faltó eso».
26 de diciembre de 1852: Jugando, firma: «Gustavus Flaubertus, burguesófobo».
27 de marzo de 1853: «Las mujeres guardan todo en su bolsa, no les sacas una confidencia completa. Lo más que hacen es dejarte adivinar y cuando te cuentan algo es con una salsa en la que la carne desaparece» (…) La vida pesa sobre aquellos que tienen alas; mientras más grandes, la envergadura es más dolorosa».
26-27 de abril de 1853. «Leo a Montaigne ahora en mi cama. No conozco un libro que nos conduzca a mayor serenidad».
6-7 de junio de 1853: «Debes adquirir el hábito de leer todos los días algo bueno. Se infiltra a la larga».
A Víctor Hugo, 15 de julio de 1853: «¿Cómo puedo agradecerle, Señor, su magnífico presente? (…) Ha sido usted en mi vida una encantadora obsesión. Su poesía entró en mí como la leche de mi nana».
A Louise Colet, 26 de agosto de 1853: «Qué pena que no sea profesor en El Colegio de Francia para dar un curso sobre zapatos comparados en literatura. ‘El zapato es un mundo, diría’ ¡Qué bella palabra, Sandalia!». (Siguen dos páginas de descripciones del calzado en diversos siglos en Francia).
30 de septiembre de 1853: «La crítica literaria me parece algo todavía por construir. Quizá los críticos conozcan la anatomía de una frase, pero no entienden nada sobre la fisiología del estilo».
28-29 de octubre de 1853: «Releo a Montaigne. Tenemos los mismos gustos, las mismas opiniones, la misma manera de vivir, las mismas manías».
29 de noviembre de 1853: «¡No llores! Por debajo de la vida, por debajo de la felicidad, hay algo azul e incandescente, un gran cielo inalterable y sutil donde los rayos que nos llegan son suficientes para animar mundos enteros».
Seguiremos releyendo este tesoro.
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Tiempo final; tiempo de silencio

COLABORACIONES
Eduardo Subirats
La destrucción industrial de los equilibrios biológicos y climáticos de la Tierra; la competencia progresivamente agresiva entre las superpotencias militares; la descomposición lingüística, ética y política del espectáculo democrático postmoderno; la extinción del arte; la evaporación del pensamiento; una angustia progresiva. Tiempo final.
Tiempo final es la continuación y la culminación histórica de la temporalidad secular y lineal del progreso. Al mismo tiempo, significa un progreso puesto del revés. Progreso de una regresión política y existencial indefinida. El Tiempo final señala la transición del ideal de un progreso revolucionario en el sentido de la igualdad, la libertad y la harmonía sociales, estrechamente vinculado a las grandes revoluciones anticoloniales y antimperialistas del siglo dieciocho o del siglo veinte, en su contrario: un tiempo detenido, un eterno presente en el que el tiempo político, el tiempo histórico y el tiempo vivido se han congelado. Al mismo tiempo, es un tiempo colonizado por una variedad de propagandas y poderes institucionales. Un tiempo sin memoria y sin pasado. Negativamente determinado a partir de las crisis globales, ecológicas, financieras y militares, y a partir de una sucesión de catástrofes naturales industrialmente inducidas. Un presente vaciado y vacío. Tiempo muerto.
Tiempo final es también un tiempo de silencio. Un silencio reflexivo. El silencio en el medio del ruidoso espectáculo del mundo. El que acompaña la angustia frente a la extinción y el vacío. Silencio frente a un terror y temblor que no puede expresarse con palabras. Akiya Utaka, poeta superviviente del holocausto de Hiroshima, escribió: “Sólo creo en las palabras dentro del silencio, palabras cargadas de riesgo…” Requiem auf Hiroshima, del compositor Siegfried Behrend, relata musicalmente una agonía y un éxtasis con ritmos y fonemas desarticulados hasta el extremo de la estridencia, y envueltos en silencios. “Enunciar el horror extremo a través del silencio” fue la fórmula con la que Adorno resumió la poesía de Celan frente a la Shoah judía…
Tiempo final es un tiempo de silencios epistemológica y lingüísticamente administrados bajo la tutela del Homo Academicus. El silencio de las censuras y mordazas; silencio del dolor y la resignación.
Tiempo muerto y palabras vacías. El inerte pensamiento automatizado y significantes que han perdido todo vínculo con la realidad humana y el cosmos. Una autoconciencia esquizofrénica que deambula, completamente cegada por el brillo sin alma de las últimas y siempre renovadas tecnologías, a lo ancho de los wastelands de las guerras postcoloniales y postindustriales. Coronan este torbellino histórico del postprogreso unas instituciones científicas y educativas carentes de una visión y una voluntad previsoras de la historia humana.
No, no solamente es la ausencia de voluntad lo que explica la pasividad mortal de la inteligencia en el mundo de hoy –-un mundo acosado por un permanente e irreversible deterioro biológico y climático, y tanto político como intelectual. Nuestra pasividad es necesariamente cómplice de la propia magnitud de la catástrofe, que la ceguera epistemológicamente fabricada de este postsujeto postmoderno no permite comprender, ni su quebrada voluntad es capaz de detener. Es la absoluta irracionalidad de la auto aniquilación de las fuentes de vida y del espíritu humano, puesta en escena por todas las pantallas y medios masivos como espectáculo que despierta el entusiasmo del Global Villlage.
Por eso se guarda silencio frente al calentamiento climático y la contaminación industrial del cielo, la tierra y el agua, o frente la acumulación de poderes totalitarios y oligárquicos bajo los logos del progreso científico-tecnológico y la racionalidad del mercado capitalista; por eso contenemos el mayor silencio frente a la amenaza de la guerra nuclear como la máxima expresión nihilista de este progreso. Por eso enmudecemos frente a flagrantes injusticias en nombre de los valores más sagrados.
El intelectual contemporáneo ha enmudecido frente a una catástrofe que ha podido prever, pero ha sido incapaz de impedir –-como el profeta Jeremías, que contemplaba, con conciencia de su propia impotencia y culpa, a una Jerusalén en las llamas de aquella misma guerra que él había previsto y predicho, pero su larga persecución, tortura y presidio impidió prevenir.
Postdata
En los años de las protestas europeas y norteamericanas contra las corporaciones de la energía nuclear y sus peligros, y en prevención de sus consecuencias ecológicas de corto y largo alcance, y de sus implicaciones militares, allá por los ochenta, tuve ocasión de conversar con una de sus cabezas intelectuales, Robert Jungk, el biógrafo de las primeras bombas nucleares de Los Álamos, Hiroshima y Nagasaki, y autor del Der Atom-Staat: Vom Fortschritt in die Unmenschlichkeit (“El estado atómico: el progreso hacia la inhumanidad”) –-una reconstrucción de las funciones administrativas de la energía nuclear y de su racionalidad tecnocéntrica y totalitaria. Jungk acababa de darnos una conferencia cuyas previsiones y predicciones políticas y ecológicas no eran precisamente optimistas. Aunque tampoco fueran completamente catastróficas. Horas más tarde, durante una cena que se celebró en su homenaje, Jungk hizo un comentario que me llamó la atención.
“Si la historia de la humanidad sigue este camino progresivamente destructivo y autodestructivo – decía aproximadamente – no podemos contar ya con mucho espacio ni tiempo para el proyecto de un futuro humanizado. Sin embargo, por reducido y vigilado que sea este espacio de reflexión y libertad, tenemos que utilizarlo hasta sus límites, siempre con el propósito de exponer y desarrollar tanto la crítica de nuestro tiempo histórico, cuanto nuestros programas, objetivos y proyectos afirmativos asociados a esta crítica. No en último lugar es nuestra responsabilidad de cara al futuro conservar y acrecentar las tradiciones intelectuales y religiosas que han favorecido el libre desarrollo humano…”
NOTA del EDITOR: Este ensayo y discurso es el capítulo final de un libro de Eduardo Subirats titulado A plena luz caminamos a ciegas: un collage cubista sobre el pasado, presente y futuro de la crisis civilizacional que la historia recorre estos días. Pero el libro no tiene padrinos, ni tampoco editores. Si alguien conoce a algún interesado por favor deje un mensaje.
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“Hola, Dylan…, ¿qué haces?”

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
El 20 de abril de 1999 Eric Harris y Dylan Klebold inauguraron en la preparatoria Columbine de Littleton, Colorado, EEUU, la infame práctica de las matanzas de estudiantes inermes en instalaciones escolares. Diez años antes, en 1989, el drogadicto Patrick Edward Purdy había puesto un espantoso precedente en Stockton, al disparar desde la calle a hijos de refugiados asiáticos que salieron al patio de recreo en la Escuela Elemental Cleveland. Cinco de los niños murieron en ese ataque.
Harris y Klebold, antes de suicidarse con sus armas automáticas, asesinaron a doce estudiantes y a un profesor, además de causar heridas a otras dieciocho personas, la mayoría adolescentes. Llevaron a su escuela una pistola de asalto semiautomática TEC-DC9, una carabina semiautomática y dos escopetas recortadas cuyos disparos se expanden y producen mayor daño. Además, hicieron explotar bombas caseras que causaron incendios.
Dos semanas antes de la masacre en la preparatoria de Columbine, Daniel Mauser le había comentado a su padre, Tom, sobre su clase de debate. Daniel halló que la Ley Brady para control de armas de 1994 tenía lagunas, pues la revisión de antecedentes para compradores de armamento aplicaba sólo en tiendas, no a vendedores sin licencia que acudiesen a exhibiciones comerciales de armas.
Daniel Mauser fue una de las víctimas de Harris y Klebold el 20 de abril de 1999. Tenía 15 años de edad. Harris, quien portaba el fusil semiautomático, recién había cumplido 18 años. Klebold, armado con pistola semiautomática, tenía 17. Los dos verdugos se suicidaron en medio de las víctimas que dejaron en el comedor de la escuela.
¿Cómo consiguieron sus armas Harris y Klebold, si eran menores de edad? En diciembre de 1998 convencieron a una amiga de 18 años de edad, Robyn Anderson, para que adquiriese en la exhibición comercial de armas Tanner dos escopetas y una carabina, las mismas que usarían para matar a sus compañeras y compañeros en la preparatoria.
Los padres de Eric y Dylan no previeron que éstos preparaban una masacre con armas adquiridas ilegalmente. Harris tenía síntomas depresivos por los que tomaba medicamentos, pero interrumpió su consumo para concentrarse en su plan letal. A sus padres, Klebold les parecía un muchacho normal. Sin embargo, en 1999 ambos amigos comenzaron a vestirse con gabardinas negras y a presentarse como integrantes de “la Mafia de las Gabardinas”.
En secreto, Harris y Klebold grababan mensajes para internet con amenazas de muerte y mensajes apocalípticos. También hicieron una lista de blancos con los nombres de estudiantes que planeaban asesinar.
Al final, en su ataque a la preparatoria, los verdugos procedieron al azar. Dispararon contra sus compañeras y compañeros reunidos en el comedor y en la biblioteca de Columbine. También hicieron fuego contra estudiantes y un profesor con quienes se cruzaron en los pasillos. Al parecer, el arma de Harris se atascó más de una vez, impidiéndole disparar todas las balas de sus cargadores. Eso salvó quizá algunas vidas.
Sobre las armas usadas por la pareja asesina, los especialistas aclaran que la pistola semiautomática TEC-DC9 empleada por Klebold es un arma que suele atascarse y que los conocedores rechazan. Fue fabricada a partir de un modelo, la TEC-9, cuya venta está prohibida a civiles. Con sólo el cambio de unas letras, la TEC-DC9 permite a un matón disponer de un fusil automático, con sólo cambiar el cargador.
Increíblemente, Harris y Klebold perdonaron en la biblioteca a John Savage, quien acudía con Klebold a algunas clases. Savage se escondió bajo una mesa cuando comenzaron los tiros, pero al moverse atrajo la atención de los pistoleros. Oyó que le decían:
—¿Quién está allí? Identifícate.
Asomándose, Savage dijo:
—Soy yo, John.
Dylan lo interpeló:
—¿John Savage? Hola.
—Hola, Dylan, ¿qué haces?
—Ah…, matando gente…
—¿Me vas a matar?
—¿Qué?
—¿Me vas a matar?
Klebold lo miró un momento. Le respondió:
—No, cuate. Nomás corre.
Savage huyó indemne de la balacera.
Esos detalles de la masacre pueden conocerse en el documental de seis horas y cincuenta minutos El témpano de Columbine, producido por Restraining Disorder y difundido en el canal de YouTube de Michael Strawn, quien comenta que el trabajo no sólo abarca eventos históricos en torno a Columbine, sino que navega por el formato de los témpanos con excepcional claridad y profundidad. Es decir, que saca a la superficie enormes cúmulos de información que no suelen exponerse.
Esa investigación intenta explicar cómo dos muchachos con problemas de acoso en la preparatoria y desórdenes síquicos no demasiado diferentes a los de otros de sus compañeros, decidieron en el aniversario del nacimiento de Hitler acabar a tiros con las vidas de sus condiscípulas y condiscípulos.
Un detalle desasosegador que el documental señala es que acaso los dos verdugos pretendían realizar su matanza un día antes, en el aniversario del ataque terrorista de Timothy McVeigh al edificio federal Alfred P. Murrah, cometido el 19 de abril de 1995. Ese atentado causó la muerte a 168 personas, incluyendo 19 niños, y los dos émulos lo conocían detalladamente. En cambio, aunque a veces proferían el saludo nazi, ni Harris ni Klebold sabían mayor cosa de Hitler.
Un trabajo escolar que los asesinos grabaron en video se hizo tristemente célebre porque encarnaban a dos sicarios contratados por un estudiante para vengarse de sus compañeros acosadores. De ahí surgió la teoría de que esa representación anunciaba sus planes criminales. Pero al investigar el punto, se descubrió que ni Harris ni Klebold eran autores del argumento. Sólo habían interpretado, con burlas y payasadas frente a cámara, el guion de otro joven.
Pese al exhaustivo análisis de las motivaciones de Eric Harris y Dylan Klebold, la pregunta sigue sin respuesta: ¿por qué lo hicieron? De esa respuesta aún dependen muchas vidas en el imperio estadounidense, donde dos o más jovenzuelos pueden comprar armas de uso militar para asesinar a muchachas y muchachos —o peor aún, niñas y niños— en las escuelas.
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La glosa de O Ma

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
“Jaló aire. Unas palpitaciones le apuñetearon las costillas, la garganta, las muelas. Una gota de cobre ácido le recorrió la columna. Un chillido le mordió los empeines. Las manos se le oxidaron al roce de los tubos, pero si se soltaba caería al fondo”.
A las cosas mismas, pide la fenomenología. Así comienza O Ma, novela de Alberto Vital (El Tapiz del Unicornio, México, 2022), autor poliédrico para cuyo afortunado e incesante ejercicio de diversos géneros literarios (ensayo, poesía, narración y aun la enseñanza superior de la literatura) es más preciso el término de hombre de letras.
Una teoría del principio, despejada al final en un círculo que contiene lo contado, lo resuelto y lo tácito —reversos que son anversos o notas cuyo sonido es en y por el silencio—, establece que las palabras iniciales son la síntesis de un conjunto narrativo y contienen una totalidad en germen, como un acto en potencia a la manera de una semilla: “Jaló aire”.
Quien lo hace es el personaje central de O Ma, Arsenio Fuentes, a las 03:45 horas de un 28 de diciembre, situado temporalmente en un hoy que es un mañana apenas adelantado. Todo tiene que ver con todo: la condición angustiante del protagonista desde la primera imagen, un hombre que se ahoga; la fecha cuando la historia se inicia, un día trivalente que alude a la vez al martirio de los Inocentes, al engaño de los incautos y lo mismo a una Fiesta de los Locos celebrada desde el medioevo; el nombre del personaje, Arsenio, cuyo significado en griego es “varón enérgico” y conserva resonancias de aquel fantástico ladrón llamado igual y apellidado Lupin; la deformación paródica del nombre en Arsénico, como las burlas filiales le dirán durante su infancia; el apellido Fuentes, otra advocación de doble vía tanto en el significado literal de la palabra o el guiño al novelista mexicano que lo lleva, como en el hecho mismo del comienzo: el agua del drenaje a la que él había caído (“¿Agua? Líquido sucio. ¿Soy eso? ¿Líquido sucio y viscoso”) y en la cual debe jalar aire para salvarse.
En esa imagen también está el comienzo de la vida cuando el recién nacido debe llenar de oxígeno los pulmones y existir desde el llanto ontológico. Debe jalar aire y entonces comenzar a ser. Arsenio, vuelto a la existencia, jalando aire recuperará el ser.
Trazada en escorzos, bocetos apenas referenciales pero en su rapidez suficientes —una velocidad letárgica—, con una extensión que la acerca al cuento largo, el ritmo de O Ma obedece a una necesidad estructural quizá rulfianamente dictada por la exigencia de mostrar antes que relatar. Su composición temporal, un diario de horas que comienza en la madrugada y concluye por la tarde, más un epílogo nocturno fechado cuatro días después, emplea supresiones del significado para tocar el corazón de la historia. “Una especie de escritura minimalista hecha de pura fibra”, la definirá con razón José Martínez Torres al prologarla.
Junto con Arsenio, un tal O Ma, alias N, jovencísimo y torpe debutante de sicario encargado de asesinar al arquitecto Arsenio Fuentes debido a una causa secundaria, es el otro personaje principal que dará nombre a este quintaesenciado fresco literario mediante un apodo proveniente de una canción materna de la cual sólo ha retenido esas dos voces del comienzo de la letra.
Tal aparente ligereza nominativa (¿el nombre es la cosa?) posee en este juego de trampantojos otra densidad. El apodo de O Ma es el vago recuerdo de una madre diluida para ilustrar la intemperie emocional del joven quinceañero que parece un niño, pero en su fonética resuena la sílaba primordial, Om o Aum, vibración fundante conforme al hinduismo y al budismo que da origen al universo, los sonidos, las palabras, los seres y las cosas. O Ma, alias N, contiene un principio. Aquel sagrado del érase una vez, propio de todo contar, pero además el de una variante metatextual privativa de la educación sentimental que desarrolla la trama, el tejido literario de Alberto Vital.
El arquitecto Arsenio Fuentes y sus hermanos mayores, Luis, médico, y Roberto, sacerdote —con quienes transcurre un diálogo fundamental sobre la fe, el espíritu, la materia, la ciencia, la vida vivida, el creer en algo o en nada o reservarse la decisión, los recuerdos familiares, presentando el intercambio más largo y determinante de la obra— formarán el triángulo discursivo (tres: otra fórmula simbólica) para dar lugar a la metamorfosis de Arsenio y O Ma en la novela.
Dar lugar a su operatividad genérica enseñada desde los clásicos: las peripecias que viven los personajes, el re-conocimiento de los personajes a partir de ellas, la psicología y verosimilitud de los personajes como lograda consecuencia. Asimismo a su preceptiva moral, que pide descubrir lo que sólo una novela puede descubrir como única razón de ser de una novela. Pide dar lugar al conocimiento —para el autor al tiempo que para el lector— de una parte hasta entonces desconocida de la existencia humana y la incognoscible conciencia que la constituye.
Los demás protagonistas: Diana, enfermera que protege, ampara y cura; Gaudencio o Gabriel, homeless salvador y caritativo; Ana, presencia evocada y a la vez diluida ante la urgencia de las circunstancias; Olimpia, oscuro y luminoso objeto del deseo; Cuauhtémoc, taxista de breves pero suficientes sueños domésticos, e incluso una urraca semiótica que O Ma sacrifica con ligereza para probar la pistola con la que debe cumplir su encargo criminal, todos ejemplifican una galería de caracteres literarios que, con ciertos toques escénicos de disolvente posmodernidad en humor negro más la mezcla del diálogo interior de Arsenio Fuentes y la narración indirecta de quien cuenta la novela, hacen de ella una asombrosa (a-sombro: quitar la sombra) pieza literaria de alta destreza, perfecta desde su imperfección —como lo es toda obra estética—, ilimitada en su extensión limitada, memorable en su rápida ligereza que tan pronto desaparece se vuelve icástica en la memoria del lector, envuelto entre los ecos de su escritura.
“Las ciudades del futuro tendrían que llamarse Diálogo, Perdón, Acuerdo, Confianza, Gracia y otra vez Confianza y Muchas Gracias. Las calles tendrían que llamarse Sitio de los Encuentros, Espacio de la Escucha Activa, Empatía, León Solar-León Atento”. A las 21:02 horas de un 1 de enero, O Ma cierra el círculo de una esfera geométrica. Con un toque de zumbona esperanza, el principio se convierte en su final.
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Gustave Flaubert y Louise Colet

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. Cómo se veía ella
Era una mujer muy hermosa. Flaubert se encandiló y fue su amante mucho tiempo –si bien ocasional, dado que ella vivía en París y él en Croisset, como ermitaño literario–. Las cartas que le escribió son maravillosas no sólo por lo que le dice en tanto enamorado sino porque le cuenta su proceso creativo. Ella escribía también. Un año antes de conocer a Gustave –nos dice Herbert Lottman, biógrafo de Flaubert– ella se describió así: «He engordado. Ya no tengo el talle muy esbelto, pero aún es elegante y muy bien diujado. Tengo el escote, el cuello, los hombros y los brazos de una gran belleza. Aún admiran cómo mi cuello se funde con mi rostro, tal vez en demasía, pues el rostro así confundido carece de longitud y parece demasiado redondo. Corrijo este defecto con mi peinado, compuesto de bucles muy largos que me caen sobre las sienes, tapando las mejillas y bajando hasta los hombros. Mi cabellera es abundante (de un color castaño muy claro). Tengo la frente elevada, muy bien hecha, muy expresiva, las cejas espesas y bien dibujadas, los ojos azul oscuro, grandes, muy bonitos cuando se encienden al conflicto del pensamiento o de las sensaciones. Mi nariz es encantadora, fina, distinguida, poco común. Mi boca es fresca, pequeña». Dice Lottman que los retratos de ella validan esa descripción.
II. Las cartas de Flaubert a Louise
Ella nació en 1810 y Gustave en 1821. De modo que cuando él estaba a la mitad de sus veintes, ella estaba en la madurez de su belleza, en sus treintas.
4 de agosto de 1846. «Tus pequeñas pantuflas marrón están bajo mis ojos mientras te escribo. Sueño con los movimientos de tu pie cuando las llenas». (Flaubert adoraba los pies de Louise y les da una gran importancia a los pies de Emma Bovary, que acostumbraba cruzar la pierna y mover el pie libre, con ansiedad y coquetería.)
8 de agosto de 1846: «Estoy enfermo de ti. Mil besos, por todos lados».
12 de agosto de 1846: Se refiere a la novela de ella Marquis d’Encasteaux: (¿Existirá un ejemplar en la Biblioteca Nacional de Francia? Me gustaría leerla.) «Está escrita con un buen estilo, animado y sobrio».
15 de agosto de 1846: «El genio no es sino una larga paciencia».
23 de agosto de 1846: «¡Tú me das todo, pobre ángel, tu gloria, tu poesía, tu corazón, tu cuerpo! Pues yo estoy contento y orgulloso de ti».
27 de septiembre de 1846: «Cuando leo a Shakespeare me vuelvo más grande, más inteligente y puro. Al llegar a la cumbre de una de sus obras, me siento sobre una montaña, todo desaparece y todo aparece. Ya no soy más hombre, soy una mirada, nuevos horizontes surgen…».
30 de septiembre de 1846: «Las tres cosas más bellas que ha hecho Dios son el mar, el Hamlet y el Don Juan de Mozart».
17 de octubre de 1846: «Me quieres volver loco de orgullo. Ahora resulta que me admiras, que me colocas bien alto sobre el pedestal de tu amor. Necesito tener la cabeza bien puesta para no me dé vertigo. Y tú te haces pequeña, ínfima. Pero ¿qué soy yo? Je ne suis rien que un lézard litteraire qui se chauffe toute la journée au grand soleil du Beau. Sólo soy un lagarto literario que se calienta todo el día bajo el gran sol de lo Bello. Es todo. No me digas cosas tan lisonjeras porque me humillan en mi sentido común».
23 de octubre de 1846: «Shakespeare es un coloso que da miedo; es difícil creer que haya sido un hombre».
III. Las palabras de Louise
Cualquier carta de amor verdadera puede ser cursi o excesivamente carnal. El lector juzgará lo que ella le escribió a Gustave:
«Con los brazos enlazados, corrimos hacia la sombra de un fresco sendero cubierto que nos ocultaba el día. Allí, con un largo beso y otros innumerables comenzamos nuestra fiesta de amor. La hora es nuestra, la habitación está cerrada. Tú me quitas la ropa. Tus labios se posan sobre mi pecho y mezclamos nuestros estremecimientos. Al besarme toda entera, tus ojos me fascinan con sus destellos. Dos lenguas en la misma boca, fundidas en un mismo beso. Unidos nuestros cuerpos sacuden el lecho con sus fogosos escarceos. Yo me abandono, feliz y orgullosa. Y mi carne brinca bajo tu carne».
Seguiremos este trabajo de espeleología de la correspondencia de Flaubert.
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El celador de sí mismo

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
Recuerden siempre: Otros pueden odiarte, pero quienes te odian no ganan,
a menos que tú los odies. Y entonces, te destruyes a ti mismo.Richard M. Nixon, Despedida en la Casa Blanca, 1974
En el Comité de Actividades Anti Estadounidenses que en 1947 comenzó a perseguir a ciudadanos y ciudadanas de EEUU acusados de comunistas, había varios viejos políticos que serían a su vez reos, como J. Parnell Thomas, convicto por fraude a la nación. Lo secundaron en los juicios algunos jóvenes abogados, como Richard Milhouse Nixon, nacido en 1913.
El Comité anticomunista cobró fuerza con el senador Joseph McCarthy en 1951. Su “cacería de brujas” llevó a la circulación de una Lista Negra que vedaba a presuntos comunistas obtener trabajo en EEUU, hasta que el congreso estadounidense reprobó en 1954 los actos del senador, quien murió de cirrosis cuatro años después.
El efecto de la Lista Negra sería más duradero que su alcohólico promotor: sólo entre la comunidad cinematográfica, 323 personas perdieron su trabajo como actores, actrices, autores de guiones o productores.
Mientras EEUU transitaba por la Guerra Fría declarada contra la Unión Soviética, China y sus países satélites, Nixon, el inicial joven miembro del Comité anticomunista, fue lentamente haciendo carrera hasta convertirse en presidente de los Estados Unidos en 1969.
Convertido en uno de los hombres más poderosos del mundo, Nixon llegaba resentido a ocupar la presidencia. Tras ser durante ocho años el vicepresidente de Dwight Eisenhower, Nixon creía que en 1960 se convertiría en el primer mandatario. Pero John F. Kennedy lo venció en las elecciones. Aunque éste fue asesinado antes de terminar su periodo, su sucesor Lyndon B. Johnson se mantuvo en el puesto hasta 1968. Esa larga espera amargó a Nixon.
Una vez en la presidencia, Nixon se dedicó a combatir a sus opositores por todos los medios. El espionaje político, el sabotaje y la utilización de fondos secretos ilegales fueron parte de sus métodos para conservar el poder, hasta que consiguió ser reelegido en 1973. El triunfante Nixon no lo esperaba, pero había herido de muerte su propio régimen dos años antes, al autorizar el allanamiento ilegal de las oficinas centrales del Partido Demócrata, ubicadas en un edificio de Washington llamado Watergate.
La investigación del allanamiento reveló que Nixon y los integrantes más cercanos de su gabinete habían cometido espionaje, sabotaje y uso de fondos ilegales para atacar a sus opositores políticos. Además, se sumaron cargos de encubrimiento y perjurio, por los que fueron a la cárcel doce de sus principales colaboradores, más los siete “plomeros” del Watergate. El presidente tuvo que renunciar en agosto de 1974 a su cargo apenas refrendado.
De los altos funcionarios de Nixon, 48 fueron hallados responsables de diversas faltas. Se ha hablado mucho de las investigaciones del escándalo Watergate y de sus resultados, pero poco se menciona que una de las líneas de investigación involucró al abogado mexicano Manuel Ogarrio Daguerre y al gerente empresarial José Díaz de León, quienes expidieron cheques del Banco Internacional y cambiaron cantidades de dinero por más de 800 mil dólares para transferirlos al comité para la campaña presidencial de Nixon.
La conexión mexicana del caso Watergate, según una investigación de Mexicanos Contra la Corrupción (MeCCo), aduce que Ogarrio no cometió falta en su entrega de dinero a la llamada “Operación Limpieza” de la Casa Blanca. Según el informe de MeCCo, el jefe del Comité para la Reelección de Nixon en Texas Robert H. Allen transfería fondos de su empresa Gulf Resources and Chemical Corporation a su filial mexicana Compañía de Azufre de Veracruz, que luego Ogarrio, a petición del gerente de ambas empresas, Díaz de León, retransfería a un fondo (ilegal) que financiaba la campaña de Nixon. Más de 800 mil dólares fueron traspasados de esta manera en 1972 a la campaña del presidente extranjero.
“Ogarrio era la persona que cambiaba el dinero, quien convertía los cheques y los valores que le entregaba Allen en dólares norteamericanos, bien en billetes, bien en cheques librados a su cuenta en el Banco internacional”, declaró Richard Haynes, abogado de Allen, al periodista Carl Bernstein. Nunca habló de la existencia de José Díaz de León.
La conspiración encabezada por el presidente Nixon pudo ser probada no sólo por las investigaciones periodísticas y del FBI sobre el caso Watergate, sino por las cintas magnetofónicas con que Richard Nixon grababa todas y cada una de sus conversaciones en la Oficina Oval de la Casa Blanca.
El paranoico presidente grabó no sólo sus conversaciones con los principales integrantes de su gabinete, sino inclusive las charlas de asuntos familiares que tuvo en el despacho presidencial con sus hijas y su esposa, triviales coloquios en que las jóvenes Pat o Julie le pedían permiso para un viaje, para fiestas o para tener un auto.
Nixon se resistió a entregar sus grabaciones hasta que se lo ordenó el Congreso. Y aún entonces, borró parte de una cinta en la que se le escuchaba autorizar el allanamiento de las oficinas del Partido Demócrata. Ese audio faltante aceleró el fin de su presidencia, de la que se vio forzado a renunciar el 8 de agosto de 1974. Hasta el final de sus días, en 1994, Nixon negó que tuviese responsabilidad en las numerosas operaciones ilegales de sus subordinados.
El empresario Robert H. Allen, su abogado Richard Haynes y el mexicano Manuel Ogarrio Daguerre no fueron llamados por los tribunales que sancionaron la conspiración de Nixon y sus subalternos. José Díaz de León ni siquiera fue mencionado en el juicio. A finales de junio de 1973 los medios anunciaron que se suspendía sin informes la investigación en torno a estos personajes y los más de 700 mil dólares en fondos de campaña “mexicanizados”.
Allen continuó su carrera empresarial y académica hasta formar parte del consejo asesor de la Escuela George Bush. Falleció en 2015, cargado de reconocimientos. Richard Haynes murió en 2017. Se distinguió tanto como abogado defensor que el cantante de rock Tom Russell le dedicó la canción “Caballo de Carreras Haynes”. De José Díaz de León se ignora su historial posterior a Watergate. Ogarrio Daguerre murió en 1983. Fue abogado laboral de la Cámara Minera de México y de la Asociación Mexicana de Minería. Nadie le hizo canción alguna.
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Vivencia, experiencia, narratividad

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Byung-Chul Han traslada una teoría de la obscenidad tomada de Sartre hasta los cuerpos sociales, sus procesos y movimientos. Afirma que estos se hacen obscenos “cuando se despojan de toda narratividad, de toda dirección, de todo sentido”. La pornografía representa la aparición del mensaje sin ninguna transición. Así, el erotismo es un preludio o una antesala, no solamente sexual, que gradúa lo que la conciencia percibe. Esa gradualidad permite un contexto, una ralentización ante aquello que es inesperado, no invocado.
La narratividad está compuesta por el pensamiento, el cual, a diferencia del cálculo, no es inmediatamente obvio para sí mismo y no sigue rutas conocidas, está entregado a lo abierto, lo imprevisible, dentro de él hay una negatividad (elegir, diferenciar, establecer valores son actos de negatividad) que permite tener experiencias capaces de llevar a la transformación personal.
Existe una disparidad que Byung-Chul señala: el cálculo permanece siempre igual a sí mismo, el pensamiento no. La negatividad determina a la experiencia, lo mismo que al conocimiento, que “puede cuestionar en conjunto y transformar loexistente”. La experiencia provoca transformaciones. Y en esto radica la distancia entre la experiencia, que otorga la fuerza existencial para cambiar, y la vivencia que, aun siendo espectacular o memorable, “deja intacto lo ya existente”.
La hegemonía de la vivencia en el mundo global (vinculada al predominio del homo videns tardomoderno, aquel que ve sin comprender) puede probarse al acudir a autores tan celebrados como Stieg Larsson y su adictiva trilogía Millennium, para confirmar que la antigua relación clásica entre la peripecia (la experiencia vivida) y el reconocimiento (la transformación alcanzada), donde se situaba aquello que la teoría literaria llama “psicología del personaje”, no existe más como antes porque ahora los personajes de ficción actúan sin cesar y poca o ninguna vivencia los lleva al reconocimiento interior, a la esfera mental donde el ser debe narrar sus actos para sí mismo y comprenderlos. Los personajes tienen vivencias que se resuelven como anécdotas enfáticamente externas a ellos. Todo el culto mediático y cultural posmoderno a la acción reproduce y fomenta dicha perspectiva.
Hermeneutas como Gadamer postulan que la existencia del ser sólo puede realizarse en la comprensión. Comprender tiene carácter de experiencia, la cual consiste en el paso de una negatividad (las subjetividades y fantasías personales sobre el mundo), a una positividad (el reconocimiento del mundo como es y no como se quiere que sea). La experiencia enseña a reconocer lo que es real. La vivencia trivializa lo real.
La narración se distingue porque en su transcurso necesita imágenes, “una escenografía” interior. La “terminación” del individuo (la buena muerte, diríamos) sólo es posible dentro de una narración, pues nada más en ella, en la peregrinación de la vida que se va viviendo como un suceso narrativo puede entenderse el final de la existencia “como consumación”. La vida es un camino rico en semántica, en significados potenciales, en sentidos a descifrar al narrarla para uno mismo. “La narración ejerce una selección”, considerando que la memoria está sometida a una constante reordenación e inscripción, a una reelaboración creativa del recuerdo. En cambio, los datos del anecdotario “permanecen iguales a sí mismos”, no están estratificados como sí lo está la memoria, quedan unos sobre otros y no pueden ni recordarse ni olvidarse. El “dataísmo”: disminuyente patología actual.
Una ideología de la intimidad, a la cual el autor define como “la fórmula psicológica de la transparencia”, ha construido nuestra sociedad de la confesión habitada por narcisistas (“el narcisismo es expresión de la intimidad consigo sin distancias”), que en lugar de estar abiertos a las experiencias quieren sobre todo vivenciarse a ellos mismos, ser usuarios terminales de sí. Les falta la capacidad de distancia escénica frente a la vida, la sabiduría del juego, la auto ironía característica de la auténtica narratividad. “En las experiencias encontramos al otro. Por el contrario, en las vivencias nos hallamos a nosotros mismos en todas partes”, escribe el autor. Y también: “El narcisista que cae en la depresión se ahoga consigo en su intimidad sin límites”.
Terminan estas notas con una observación sobre el lenguaje operativo, meramente funcional (“pobreza semántica”) de la comunicación; la dictadura del corazón introducida por Rousseau y tan característica de la conciencia moderna, aquel sentimentalismo que sirve de superestructura a la brutalidad, según Hannah Arendt; la sociedad del control vigente donde el sujeto se desnuda no por coacción externa sino por una necesidad introyectada; la exigencia obsesiva de transparencia en medio de un mundo de confianza desvanecida.
Hoy la vigilancia no es un ataque a la libertad pues cada uno se entrega a la mirada panóptica del control. El control está adentro de las personas, no afuera, y aún creen vivir en libertad. Pero la existencia requiere la negatividad, lo oscuro, el contraste, lo otro. La distancia con una falsa y superficial positividad.
Toda sonrisa permanente es una mueca. Toda alegría permanente es una histeria. Toda felicidad permanente es una insensibilidad.
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Primeros años de la correspondencia de Flaubert

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. El contexto del biógrafo
Herbert Lottman, en su espléndida biografía (Flaubert, Tusquets, 1a. ed., 1991), nos recuerda que el escritor tuvo un ancestro herrero, y que el apellido lo escribían Flobert. Nos dice también que el pequeño Gustave, que nació en Rouen el 12 de diciembre de 1821 a las 400 am, se sentaba en las rodillas de un vecino, el «tío Mignot» mientras éste le leía Don Quijote. Existen versiones contradictorias sobre la supuesta tardanza en aprender a leer de Gustave, pero la evidencia apunta lo contrario, que aprendió rápido, lo que echa por tierra la piedra angular del libro que Jean Paul Sartre escribió sobre él, donde se refiere al escritor normando como «el idiota de la familia». Su primer profesor de gramática y literatura fue Honoré Henry Gourgaud, quien ejerció una profunda influencia en el joven escritor, que desde muy joven leyó a Lord Byron, a Werther, a Hamlet y a Romeo y Julieta.
II. El prólogo de la sobrina de Flaubert
Tengo en mis manos la Correspondencia publicada por Luis Conard en 1926 –la misma que leyó Vargas Llosa y menciona en La orgía perpetua–. Comienza con un valioso prólogo, titulado «Recuerdos íntimos» de Caroline Franklin-Grout, sobrina de Flaubert, firmado el 20 de febrero de 1926 en Villa Tanit, en Antibes.
En ese prólogo señala: «Mi tío pensaba que ningún libro era peligroso si estaba bien escrito»; «había en su naturaleza una especie de imposibilidad de la felicidad y eso por una necesidad continua de regresar, ir hacia atrás, comparar, analizar»; «entre los antiguos, Homero y Esquilo eran dioses; Aristófanes le gustaba mas que Sófocles y prefería a Plauto que a Horacio. Admiraba profundamente a Shakespeare, Byron y Victor Hugo, pero nunca comprendió a Milton»; «de viejo perdió amigos, le quedaban Guy de Maupassant, George Sand, Edmond de Goncourt e Iván Turgueniev».
II. La muerte de Flaubert según su sobrina
«Se disponía a partir a París donde se reuniría conmigo. En la víspera de su viaje, salió del baño, subió a su estudio; la cocinera iba a servirle su desayuno cuando ella escuchó que llamaba. Apareció: ya sus dedos crispados no podían abrir una botella de sales que tenía en la mano. Articulaba palabras inteligibles entre las cuales ella distinguió: «Eylau… ve… buscar… avenida… yo la conozco». En la mañana había recibido una carta donde se anunciaba que Victor Hugo iba a instalarse en la avenida Eylau. Quizá esas palabras eran una reminiscencia de esta noticia y una llamada de auxilio, señala Caroline.
III. La primera serie de la Correspondencia (1830-1846)
Recordemos que Flaubert nació en 1821.
Sus primeras cartas estuvieron dirigidas a su gran amigo Ernest Chevalier:
- 11 de septiembre de 1833: «Luis Felipe se instaló en Rouen y todo mundo fue a verlo. Son de mente estrecha; el mundo es idiota» (lo que pensó toda su vida y es el tema fundamental de su última obra, Bouvard y Pécuchet). A los 12 años ya pensaba que todos eran idiotas.
- 30 de noviembre de 1838: «¿Has leído a Rousseau? ¡Qué hombre! Te recomiendo especialmente sus Confesiones. En sus páginas me hundo en delicias y amorosos ensueños». (Probablemente es la fuente del lirismo exacerbado que luego le reprocharon sus amigos, cuando les leyó la primera versión de Las tentaciones de San Antonio).
- 18 de marzo de 1939: «Deseo de todo corazón una mujer bella y ardiente que tenga alma de puta».
- 31 de mayo de 1839: «¡Que vivan los poetas! Hay más verdad en una sola escena de Shakespeare o en una Oda de Horacio o de Victor Hugo, que en todo Michelet, todo Montesquieu».
- 15 de julio de 1839 (ya tenía 18 años): «A propósito del marqués de Sade, si puedes encontrarme algunas de las novelas de ese escritor honesto, te las pagaré a precio de oro».
- 14 de enero de 1841. Le menciona a Chevalier que no le interesa llegar a nada en la vida, que obtendrá su título de Derecho y después «me haré turco en Turquía, arriero de mulas en España o conductor de camellos en Egipto».
- 6 de septiembre de 1842: «Periódicos, historia, filosofía… ese es el alimento literario, de la misma manera que los burgueses comen carne y papas fritas».
- A Alfred de Poittevin, agosto de 1845: «Sigo con el griego. Terminé el Egipto de Herodoto; espero en un año, con paciencia, entender bien a Sófocles».
. A Emmanuel Vasse, 4 de junio de 1846: «Para vivir no diría que feliz (ese objetivo sería una ilusión funesta) sino tranquilo, hay que crear más allá de la existencia visible, común y general a todos, otra existencia interna e inaccesible a lo contingente».
En 1846 comienzan las cartas que le dirige a su amante Louise Colet. Hablaremos de ellas en el próximo Laberinto.

