Morfema Cero

  • Una goma para borrar

    Una goma para borrar

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivaresw

    Las coincidencias superiores llamadas sincronicidad. Cuando estuve dando Juan Rulfo a mis alumnos ayudándome con la inteligente guía hermenéutica de Alberto Vital, su biógrafo y estudioso, éste, antiguo y querido amigo, también mi maestro, me escribió en ocasión del día de San Juan Nepomuceno Rulfo, según el calendario que él sigue y yo comparto.

           Envejecer es ir recordando. Aquel miércoles de hace años el Centro Mexicano de Escritores abrió sus puertas para la habitual reunión de cada semana. Leyó quien esto escribe. Don Juan lo escuchaba. Cuando la lectura terminó el regaño fue directo y sin contemplaciones, rulfiano al fin. Él mismo había seleccionado el proyecto literario del joven escribiente, selección hecha por última vez pues ya dejaba su generosa tarea de tutor literario desempeñada a lo largo de tanto tiempo con tantos escritores en proceso. 

           Había sido una tontería debida a las precipitaciones existenciales de quien leyera esa tarde. Introducir una vieja carta familiar en la novela sin darle ningún tratamiento escritural. Era una ocupación gratuita del espacio narrativo y hasta una cierta provocación literariamente imberbe que don Juan reprobó. Tenía razón, desde luego, y su áspera lección me sería pacientemente explicada después por don Francisco Monterde, decano del Centro y delicado escritor.

           Como los adjetivos en Juan Rulfo: concretos. Regresó después al Centro tres o cuatro veces más. No volví a cometer el error de aquella penosa ocasión. La lacónica e inescrutable presencia de don Juan nimbaba la larga mesa rectangular donde unos cuantos escritores en ciernes presentaban los avances de su obra prometida. En contadas ocasiones tomaba la palabra, la cual valía tanto como los silencios que la sostenían, los intervalos donde se daba y el modo en que era dicha. Al hablar con esa directa sencillez lograba ir más allá de lo que hubiera enunciado, y su infranqueable y elegante reserva significaba un dominio máximo en su literatura que antes existía en él.   

           Tal economía verbal tendría un doble origen: el ejercicio del gusto como capacidad de descartar, un arte de la restricción, y la ascesis del lenguaje, una confianza superior en las palabras: lo que se piensa bien, se dice bien. Lo que bien se siente, también. La estética literaria es la superación de los espejismos del lenguaje. El pensamiento que piensa, igual. Así, aquel día el maestro fue perentorio, después de pedir un par de explicaciones al torpe aprendiz que leyera:

            —Eso que usted trajo no sirve de nada. Déjese de tonterías y póngase a escribir. O reescriba la carta, redúzcala, hágala suya. No ande de ocioso, de transcriptor ancilar. Cómprese una goma, unas tijeritas. ¿Conoce los arbolitos japoneses? Pues así, igual.

           Era una convocatoria para recuperar el sentido. Treinta años después de esa tarde, cuando don Juan ya había muerto, la novela por fin quedó escrita. En ella estaba la carta convertida en otro texto, ahora propio y no ajeno, y también las inmanencias del maestro hasta donde se hubieran podido trasvasar, volver escritura, pues bien se sabe que el problema del conocimiento no radica en lo conocido sino en el conocedor.

           La vida que transcurre y se ve pasar desde el barandal de los recuerdos ofrece refugio algunas veces: ese único tiempo humano que escapa a la contingencia mediante el pasado que se transforma en presente cuando se evoca, que vuelve a estar en el recuerdo habiendo estado en el transcurrir de la biografía. Los estoicos afirman que entonces ya no puede tocarlo la veleidosa fortuna. Así funda la única certeza de la memoria y a la vez plantea otro problema: el recuerdo es aquello que se recordó por última vez. Pero así es la vida, cajas chinas, una cosa que lleva a otra cosa. 

           En literatura se le llama angustia de las influencias a un fenómeno similar: la presencia del predecesor, una compleja relación entre el maestro y el aprendiz, siempre determinada por la superioridad del predecesor y no por el alcance del alumno, quien es elegido por aquél aun cuando ya esté muerto y provoca angustia porque esa desigualdad nunca acabará de ser resuelta. El predecesor tiene un destino concluido, su continuante no. El predecesor tiene logros, su continuante no. Y además se siente en un constante, insuperable peligro estético debido a la densa sombra que proyecta la obra del otro sobre la suya.

           Habría sido imposible decirlo entonces en aquella generosa casa del Centro Mexicano de Escritores en las calles de San Francisco. Ahora puede hacerse: “10. Creo en Juan Lacónico Rulfo, hermano de Kafka, miembro del panteón, padre de todos nosotros, sepulturero. Creo que porque pudo mejor que nadie lo dejó de hacer. El creador de Emma lo hubiera aplaudido”.

           Desde el lugar donde moraba, una ciudadela del silencio, esa célula del alma buscada por los místicos medievales, don Juan hizo un mundo literario intemporal con pocas palabras y un par de libros. Así lo permanente se elabora con lo esencial.

  • El cocodrilo embalsamado de Flaubert 

    El cocodrilo embalsamado de Flaubert 

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    I. Una pasión no correspondida

    La orgía perpetua es uno de los mejores libros de ensayo que se hayan escrito para describir la pasión por otro libro. En el caso de Vargas Llosa, esa pasión pasa por la admiración a Flaubert pero se despliega en el amor arrebatado que siente por su protagonista, Emma Bovary, una mujer rodeada de mediocridad, egoísmo y estupidez. Contra ese telón de fondo, surge la fantasía de Emma: «Ella quiere conocer otros mundos, otras gentes, no acepta que su vida transcurra hasta el fin dentro del horizonte obtuso de Yonville, y quiere, también, que su existencia sea diversa y exultante, que en ella figuren la aventura y el riesgo, los gestos teatrales y magníficos de la generosidad y el sacrificio».

    Al final de esta primera parte de su libro, Vargas Llosa confiesa: «El amante (él) no desiste, porque esta dama ha colmado su vida de una manera sin duda menos gloriosa, pero quizá más durable, la que permite el amor compartido, donde, como aprende Emma, se está siempre expuesto a comprobar que todo es transeúnte y porque su señora, aunque nunca ha tomado cuerpo ni estado en sus brazos, seguirá naciendo para él en una perdida granja del país de Caux y repitiendo su aventura cuantas veces se lo pida, con docilidad maravillosa, sin dar muestras de fatiga ni aburrimiento. Sé que, en el territorio en que prodiga su belleza, nadie, fuera del oficial de sanidad, Rodolphe y León, gozará de ella, y que en éste donde me hallo a nadie podrá dar más de lo que a mí me ha dado». 

    II. El hombre-pluma

    Flaubert le leyó a sus amigos Louis Bouilhet y Maxime du Camp la primera versión de su obra Las tentaciones de San Antonio. Sus amigos lo hicieron pomada. Lo acusaron de un lirismo insoportable y le sugirieron que escribiera algo no inventado, sino sobre un suceso real y de la vida cotidiana. Así nace la teoría de la impersonalidad «de un rechazo, de la voluntad de hacer algo distinto de esa primera Tentación… en la que la intromisión desbordante de la subjetividad del narrador ha impedido a su héroe cobrar vida propia y a la obra existir soberanamente». Tomó entonces la trama de Delphine Delamare, una mujer adúltera, que se había suicidado. Así nació Madame Bovary.

    III. El elemento añadido 

    En la tercera parte de La orgía perpetua, Vargas Llosa desmonta la maquinaria de relojería de la novela. Veamos…

    • Los objetos se humanizan. La «casquette» o gorra de Charles Bovary, un atuendo ridículo, es la síntesis de lo ridículo que es el propio personaje. 
    • Los personajes se cosifican. León, el amante de Emma, convertido en hoguera. 
    • Un sistema dual. Todo se da de dos en dos: dos médicos, dos amantes, dos ciudades, etc. 
    • Los cuatro tiempos: Pretérito indefinido (viene de recibir la Cruz de honor); el imperfecto o tiempo circular (se acostaban sobre la hierba); el tiempo inmóvil (presente de indicativo); el tiempo imaginario (corresponde a lo que sueñan los personajes, independientemente del tiempo gramatical). 
    • Las mudas del narrador: el narrador omnisciente, que sabe todo y lo ve desde una visión panorámica; las cursivas, que sirven para describir «lo que piensa la sociedad» y el estilo indirecto libre, el gran descubrimiento de Flaubert, que le permite estar más cerca del personaje sin llegar al extremo de usar una primera persona, un «yo». 

    Este «estilo indirecto libre», dice Vargas Llosa, es un antecedente, la primera piedra, del monólogo interior que creó Edouard Dujardin en Han cortado los laureles y que llevará a su clímax James Joyce en su Ulises.

    IV. El cocodrilo embalsamado

    En su correspondencia, Flaubert escribió: «Sólo soy un lagarto de la literatura, acostado todo el día bajo el sol de lo bello». Y en su bellísimo cuento «Un corazón simple», Felícitas, una criada, manda disecar a su loro y al final, lo dona al altar cuando ya se acerca su muerte.

    En la realidad, en Croisett, donde tenía su estudio, Flaubert tenía un cocodrilo disecado, que había traído de su viaje a Egipto. 

    Quiero verlo observando su cocodrilo, transformando el lagarto en cocodrilo y disecándolo en su imaginación…

    Vargas Llosa habla también en su libro de la correspondencia, que leyó en la edición Conard, de 1930. Resulta que esa edición estaba en el Instituto Francés de América Latina, donde hace años fui pidiendo prestados los tomos uno a uno para fotocopiarlos y poder tener la correspondencia completa, misma que leí hace mucho. 

    Los Laberintos recientes nacieron a partir de que Vargas Llosa anunciara su despedida de la narrativa y del periodismo y afirmara que se dedicaría a releer -en español- Madame Bovary. Ahora dedicaré las próximas entregas a mi relectura de los once tomos de esta edición de la Correspondencia de Flaubert, publicada en 1930, hace 94 años -la edición Conard, como se ha dicho-. 

  • La crítica de los muertos

    La crítica de los muertos

    Administración de los males públicos

    Jorge Pech Casanova

    El anti intelectualismo de la derecha internacional se acentúa en México, donde la derecha hace mucho que dejó de leer, ocupada en observar con detalle los métodos de la televisión para enmendar a la niñez y la juventud.

    Carlos Monsiváis, abril de 2006

    La autora de frivolidades Guadalupe Loaeza ha causado alharaca entre tirios y troyanos al publicar una carta abierta con reclamos a la candidata presidencial del PRI, PAN y PRD, por sus “debilidades y metidas de pata”. La acusa de “ya no ser chistosa ni ocurrente”, además de que sus atuendos “ya no son tan bonitos y su pelo se ve demasiado corto y oscuro”.

    La misma señora frívola, señalada por plagiar textos de Wikipedia, le escribió a la candidata Gálvez el 5 de julio de 2023: “Bendita Xóchitl, apareciste, como la Virgen de Guadalupe, cuando más te necesitábamos”. Ahora le recrimina a la misma por cocinar sin garbo un pavo pues: “nadie quiere a un ama de casa como presidenta”.

    A la autora Loaeza los malintencionados la llaman “intelectual de derecha” para burlarse de sus evidentes limitaciones de pensamiento y análisis. ¿Qué habrá sido peor: su alucinada (o drogada) visión de la candidata como divinidad, o sus racistas, clasistas y nada inteligentes reclamos a la menguada aspirante presidencial?

    Si la “ñora bien” Loaeza representa la escasez de pensamiento en la derecha de México, tal defecto de la inteligencia en este sector no es privativo de opinadoras fútiles como la autora de Compro, luego existo. Dado que el odio y la pura contrariedad guían los argumentos de la derecha en asuntos públicos, hasta intelectuales y científicos naufragan en el desatino cuando presentan alegatos contra su odiado enemigo: el pueblo mexicano, al cual desprecian, repudian y zahieren con quejas.

    Un ejemplo de este extremo odio lo dio con ahínco el divulgador científico Luis González de Alba. Sobreviviente de la matanza de Tlatelolco, fue periodista y escribió Los días y los años, testimonio doliente de la represión que desató el gobierno mexicano contra los estudiantes en 1968. González de Alba incluyó en su libro estos pasajes:

    “Desde el edificio Chihuahua veíamos la plaza convulsionada por corrientes que se golpeaban contra bordes invisibles y formaban remolinos en el centro. Entre las voces y gritos empezaron a escucharse claramente los disparos: venían de la parte posterior del Chihuahua. ¡Se acercan por abajo!, pensé. Al mirar frente a mí, a lo lejos, hacia el fondo de la plaza, vi que el puente de acceso estaba ocupado por el ejército a todo lo largo. Estábamos totalmente cercados y desde los cuatro extremos los soldados avanzaban a bayoneta calada”.

    “Otra muchacha que vino un domingo, pasó toda la noche oculta entre un montón de cadáveres. —El suelo estaba empapado de sangre —me dice—. Cuando el fuego era más intenso y no se podía ni levantar la cabeza nos cubríamos con los cuerpos de los muertos; la plaza es completamente lisa, ¿te imaginas?”

    Muchos años después de haber padecido las celdas de Lecumberri, donde escribió su libro testimonial, González de Alba se volvió feroz defensor de los gobiernos antidemocráticos emanados de aquel que en su juventud lo persiguió, torturó y encarceló.

    Desde 2003 hasta su suicidio en 2016, González de Alba publicó artículos en que vilipendiaba o simplemente maldecía a Andrés Manuel López Obrador por sus políticas. El divulgador de la ciencia consideraba un ultraje el llamado al pueblo con que López Obrador se atrajo seguidores. Así, González pasó del odio contra López a odiar a todo el pueblo.

    Un típico artículo odiador de González de Alba fue publicado en Milenio Diario el 4 de junio de 2007: “Al carajo con Frida”, en el cual vomitó estas canalladas:

    “Detesto a Frida Kahlo y a su tiempo. No es un odio sin motivos: estoy convencido de que la misma actitud que ha trepado a los altares a una pintora mediocre, obsesionada con su desgracia (¡Dios santo! ¿Por qué no la mató el tranvía?), es la misma que mantiene pobre a México, un país rico en recursos que no tienen ni Corea ni Singapur ni Irlanda: paradigmas de países miserables hace 30 años, que sólo producían oleadas de inmigrantes y hoy son países ricos porque han seguido el camino opuesto al de México”.

    ¿Qué tiene que ver el arte de Frida Kahlo con la miseria de México o con las economías rapaces de Corea, Singapur e Irlanda? Ninguna fórmula racional alcanza para abarcar la ecuación odiadora de González.

    En el mismo artículo González de Alba, por execrar a los indígenas, se permitió un baldón que ni Von Daniken hubiese admitido: “En la escuela nos adoctrinan para asumirnos hijos de los vencidos y no de los vencedores. Y poca gente revisa la doctrina: ¿astronomía maya? Predecían eclipses, pero los atribuían a que una gran serpiente devoraba al sol”.

    Enseguida, González reveló la fórmula para ligar la miseria de México con el arte de Kahlo: “Buena parte de ese odioso adoctrinamiento viene de la época de Frida, en que los sindicatos y otras corporaciones integraron la demoledora maquinaria del gobierno y nos enseñaron asistencialismo”.

    El nivel de odio requerido para llegar a tal obnubilación es alarmante. Los seguidores de la seudo ciencia descalificadora de González de Alba aún aplauden esos delirios. El caricaturista Paco Calderón con tardía mezquindad reprodujo en la plataforma X (22 de noviembre de 2022), el artículo fanático con el comentario: “Pues no había leído este artículo de Luis González de Alba sobre Frida Kahlo, pero lo disfruté muchísimo y lo suscribo más”.

    Y seguidores del caricaturista añadieron insensateces al twit, como Atalanta Sánchez, quien elevó un infantilismo de su progenitor a crítica de arte: “Mi papá creció en Coyoacán, a unas cuadras de Frida. Él nos contaba que él y sus amigos le decían ‘la señora loca’”.

    Viendo el nivel analítico de quienes hacen del odio y el desprecio “argumentos”, no puedo sino añorar la época de Frida Kahlo, cuando la izquierda abundó en mentes y talentos deslumbrantes, mientras que la derecha tuvo pensadores tan inteligentes y acuciosos como el escritor Jorge Cuesta, los eruditos sacerdotes Alfonso y Gabriel Méndez Plancarte, el digno abogado Alberto Vázquez del Mercado y aun el no siempre racional José Vasconcelos.

    Esos muertos inolvidables —con sus luminosas obras vigentes— se distinguen de los “intelectuales” de derecha, quienes por sus diatribas parecen hoy simplemente muertos del coraje. Y acaso lo están.

  • Diario de Gaza III

    Diario de Gaza III

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    “Fue otra noche de matanzas”, informó Saeed Moustafa, mientras desde los escombros de las ruinas se escuchaban los gritos de auxilio y los lamentos de los sepultados en ellos. Los incesantes bombardeos de la aviación sionista contra los campos de refugiados de Burejei y Nuseirat, donde además de los miles de condenados a vivir ahí desde hace años por la ocupación armada de sus tierras, otros miles de personas expulsadas de sus hogares ante los ataques judíos han buscado refugio y duermen a la intemperie bajo un frío intenso, perpetraron la carnicería. Ramin Abu Mosab, otro refugiado en ellos hace tantos años que ya no recuerda cuántos, ha decidido quedarse. No hay lugar alguno en Gaza a dónde ir: “La muerte está aquí y está allá. Es mejor morir en tu hogar”, dice, asumiendo la sangrienta precariedad como el último sitio que a su familia y a él les queda.

    “La única señal de vida es el llamado de las campanas a una misa a la que nadie acudirá”, reporta Bel Trew desde Belén en Navidad. Ahora el sitio sagrado está vacío. No se colocó en la plaza central el gran árbol navideño acostumbrado cada año. Tampoco están a su alrededor los niños que habitualmente cantaban villancicos en árabe y en inglés. Los miles de visitantes de todo el mundo esta vez no llegaron. El feroz estado de sitio impuesto por el ejército israelí ha cerrado los puestos de revisión alrededor de Belén. “No podemos celebrar ante lo que sucede en Gaza”, explica el párroco griego ortodoxo de esa iglesia cuyo tañer de campanas no convoca a nadie esta noche. Los sacerdotes se han reunido en sus templos a orar por la paz. Un Nacimiento afuera de la Basílica de Belén está instalado entre escombros y rodeado por alambre de púas. Unos pocos lo contemplan desde una tristeza inocultable. Ante el bombardeo y la invasión sionista a Gaza más intensos de la historia sólo el dolor está presente. Un hombre mira el dramático pesebre con lágrimas en los ojos mientras murmura una pregunta: “¿Por qué, Dios, por qué?” En su fe desesperada no formula la verdadera interrogante: “¿Dónde estás, Dios?”        

    Hace años el pensador ruso Alexander Dugin —“comprender no significa perdonar sino derrotar con la Luz de la Verdad”— escribió que la diferencia entre la teología judía y la indoeuropea consiste en un forma de comprender el cosmos. El judaísmo ve el mundo como una creación alienada de Dios, “como un exilio, como un laberinto mecánico en el que vaga el pueblo elegido”, trazando así un abismo insalvable entre el Creador y la Creación. Las tradiciones indoeuropeas, en cambio, ven el cosmos como una realidad viva y vinculada directamente con Dios. Dugin sostuvo entonces que los judíos mantenían “el secreto de sus diferencias radicales respecto a otros pueblos”. Dicho secreto ha sido crudamente develado en el sangriento genocidio judío contra el pueblo palestino. Los no judíos, los goyim, sólo alcanzan consideración humana para los judíos al estar de su lado y justificar todas sus atrocidades. 

    “El proyecto de deshumanizar a los palestinos no comenzó con Netanyahu sino hace décadas”, afirma la escritora Arundhati Roy al recordar las atroces consecuencias de esa decisión en esta fatídica historia. Un 11 de septiembre de 1922 el gobierno británico proclamó por la fuerza un mandato en Palestina a pesar del tajante rechazo árabe. Quince años después Winston Churchill justificó la ocupación como el incuestionable derecho de una raza superior, más fuerte y cosmopolita. En 1969 la primera ministra israelí dijo: “Los palestinos no existen”. Su sucesor en el gobierno, Levi Scholl también negó su existencia hablando de una región desértica, subdesarrollada y vacía, habitada por algunos miles de no judíos, árabes y beduinos pero no por palestinos. Begin los llamó “bestias de dos piernas” y Shamir “chapulines para ser aplastados”. Hoy han sido calificados como “animales no humanos”. Sólo la existencia de dos estados en igualdad de condiciones mediante una solución no militar sino política, podrá terminar con los crímenes sionistas contra la humanidad financiados por Estados Unidos y la Unión Europea, esa la atroz masacre de niños, hombres, mujeres, ancianos inocentes que ocurre ante los ojos del mundo. De no ser así, “la arquitectura moral del liberalismo occidental dejará de existir”, escribe la autora.

    Desde el 7 de octubre, cuando la vigilancia de las fronteras de Israel extrañamente se suspendió por varias horas y Hamás mató a mil 200 personas y capturó 240 rehenes, las represalias sionistas han sido desproporcionadas. Más de 20 mil palestinos, niños y mujeres en su gran mayoría, han sido asesinados. 85 por ciento de los 2.3 millones de residentes de la franja de Gaza fueron desplazados y están viviendo con cada vez menos agua, comida y servicios médicos. La infraestructura del pequeño país ha sido destruida. No hay electricidad, combustible o internet. Sólo va quedando el hambre, la sed, la intemperie, la muerte, el espanto, el horror.

    Sudáfrica presentó una solicitud contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya por sus actos “de carácter genocida”. El artículo II de la Convención de la ONU describe el genocidio como “un delito perpetrado con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”. Desde el comienzo del conflicto con Hamás, el ejército sionista israelí ha bombardeado la Franja de Gaza con más de 45.000 misiles y bombas cuyo peso es de más de 65.000 toneladas, según informa la agencia de prensa Shehab. Su poder de destrucción es mayor al peso y a la potencia de tres bombas nucleares como la lanzada sobre Hiroshima. Con ellas Israel ha atacado deliberadamente bloques residenciales enteros, hospitales, escuelas, mezquitas, parques y lugares de reunión, así como infraestructuras y servicios básicos. Pero Matthew Miller, portavoz del Departamento de Estado de Estados Unidos, ante una pregunta expresa sobre la demanda contra Israel presentada por Sudáfrica, declaró: “El genocidio es una atrocidad terrible. Estas son acusaciones que no deben hacerse a la ligera. Y en lo que respecta a Estados Unidos, no estamos viendo ninguna acción en Palestina que constituya genocidio”. Lógica del lenguaje: no es que el genocidio contra el pueblo palestino con las armas provistas a Israel por Estados Unidos no ocurra, es que ellos no lo ven.

    Titulares del infierno sionista desatado en Palestina: a) “Zona de muerte: la ONU describe la desesperante situación de un hospital en Gaza”. b) “No encuentro palabras lo suficientemente fuertes para expresar nuestra preocupación por lo que presenciamos, asevera el jefe de la OMS”. b) “Miles de desplazados de Gaza no encuentran refugio; acampan en las calles”. c) “Sentencia de muerte. Así reacciona el mundo al veto de Estados Unidos en la ONU sobre el alto al fuego en Gaza”. d) “Los países occidentales brindan apoyo incondicional al asesinato de niños en Gaza, acusa el premier turco Erdogan”. e) “La eurodiputada irlandesa Clare Daly llama Frau Genocidio a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, por su postura sobre el conflicto en Gaza”. f) “Israel responde a la acusación de genocidio en La Haya acusando a Sudáfrica de cooperar con una organización terrorista que pide la destrucción de Israel”. 

    Al anunciar hace unos días el número de soldados israelíes muertos en la invasión a la Franja de Gaza, el primer ministro judío Benjamin Netanyahu, visiblemente compungido, afirmó que el país paga “un alto precio por la guerra, pero que no hay otra opción que seguir luchando”. El número de soldados de Israel muertos hasta ahora es de 152.

    La evidente anexión de Gaza por Israel y el genocidio y la expulsión de los palestinos los confirma una inmobiliaria judía especializada en el desarrollo de asentamientos que anuncia la construcción y venta de casas entre las ruinas de Gaza. “¡Una casa en la playa no es un sueño! Hemos comenzado a limpiar los escombros y a defendernos de los ocupantes ilegales”, afirman sus anuncios promocionales. Se habla de una media docena de asentamientos nuevos en la Franja. “Hagamos florecer el desierto”, dice el ministro de Finanzas judío refiriéndose a esas tierras. Bezalel Smotrich propone dejar no más de 200.000 palestinos en lugar de los dos millones que hasta el 7 de octubre vivían en ellas. 

    “Compra cuando hay sangre en las calles”, aconsejaba el fundador de la dinastía de los Rothschild, aquella que financió el ilegal asentamiento judío en Palestina. La secuencia de la voracidad capitalista ha escalado el negocio: armas, invasión, robo, venta. ¿La muerte de la gente? No hay tal. Los palestinos no son gente. El genocida se apropia de los bienes de sus víctimas. Las atrocidades que los judíos sufrieron a manos de los nazis, ahora las aplican a los palestinos. Su espantosa historia fue una lección demoniaca: hazles a otros más de lo que te hicieron a ti. 

  • Lo que se lee al final 

    Lo que se lee al final 

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    I. Juan García Ponce

    El gran narrador, crítico literario y de arte padeció esclerosis múltiple y tuvo que dictarle a alguien –después del brote de la enfermedad– sus siguientes libros. Primero fue Michelle Alban –quien era entonces su pareja–. Después de que se separaron, el primer amanuense fue el poeta José Luis Rivas, luego una psicóloga cuyo nombre no registro, yo a continuación –que estuve con él de 1981 a 1985, época en la que me dictó Inmaculada o los placeres de la inocencia y los ensayos de Imágenes y visiones–. Dejé en mi lugar a Andrés Ordoñez, quien estuvo sólo seis meses. Le siguieron Graciela Martínez-Zalce, quien lo ayudó a «podar» Inmaculada… y que estuvo con él varios años, hasta que llegó María Luisa Herrera, quien lo acompañó como su amanuense hasta su muerte. 

    Alguna vez nos invitaron a Mérida a ella y a mí para compartir nuestra experiencia como escribas del Maestro. En una de las comidas que hicimos juntos y con David, su esposo, me contó que, unas semanas antes de morir, Juan le dijo: «No voy a escribir más. Quiero que continúes viniendo cada mañana y me leas José y sus hermanos, de Thomas Mann». 

    Sobre esta novela, escribió, en el ensayo «Thomas Mann y lo prohibido (1875-1975)» publicado en Las huellas de la voz: «José ya no puede ser el Fundador que tal vez hubiera vivido fuera de la voz de la tradición y lo divino, ha elegido la ‘severa felicidad’ y de nuevo es el artista que ha renunciado a la vida para proteger a los demás de su carácter ilusorio y regalarles el mundo».

    Me conmueve la elección que hizo García Ponce, la lectura que eligió para el fin de sus días. El 27 de diciembre fue su aniversario luctuoso. Lo recuerdo con cariño, admiración y agradecimiento. Le debo mucho. 

    II. Mario Vargas Llosa y Madame Bovary

    Vargas Llosa no se está muriendo, pero ya se despidió de la narrativa y también de su columna periodística que durante 33 años mantuvo en el periódico El País. Entrevistado por el propio periódico, le dice al reportero, quien le pregunta qué va a hacer, que se dedicará a releer Madame Bovary «esta vez en español». 

    Me conmueve esa afirmación, porque, en su caso, es como volver a un amor de antaño. En su homenaje, estoy releyendo La orgía perpetua, el estupendo libro que le dedicó a Flaubert. Antes de repasar este libro –uno de los mejores ejemplos de un libro escrito sobre otro libro, combinando la subjetividad con el análisis literario al más alto nivel–, vale la pena recordar un poco mi propia lectura de esta novela fundamental. 

    III. El gigante normando

    Unos días antes de recibir el Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa sostuvo en la sala Netzahualcoyotl de la ciudad de México una conversación con Gonzalo Celorio, quien le preguntó si Flaubert era un genio. El novelista peruano respondió: «No era un genio, se hizo genio».

    Efectivamente, Flaubert no parecía destinado a cambiar el rumbo de la novela. Comenzó escribiendo una obra fallida, Las tentaciones de San Antonio. Sus amigos Louis Bouillhet y Maáxime du Camp le dijeron que la tirara a la basura y escribiera otra cosa, que dejara a un lado ese lirismo sin freno que volvía insufrible su escritura.

    Touché. Le dolió. Le sugirieron que tomara una historia cualquiera, como la de Delphine Delamare, una mujer adúltera, y que escribiera sobre algo real. Flaubert se lo tomó en serio y convirtió a Delphine en Emma Bovary, buscando un realismo sin edulcorantes ni saborizantes artificiales, sin que el narrador interviniera, describiendo, solamente describiendo y dejando que la descripción hablara sola, por decirlo así, sin que el autor editorialice la trama.

    En una carta escrita a su amante, le escribió una frase maravillosa: «Sólo soy un lagarto de la literatura, acostado todo el día bajo el sol de lo bello». Nada más. Ajá. Tardó cinco años en escribir Madame Bovary, de 1852 a 1857, año maravilloso porque fueron publicados dos libros seminales: Las flores del mal, de Charles Baudelaire y Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Ambos libros anunciaban ya una nueva estética, una nueva manera de concebir el arte (lo que ya venía haciendo Baudelaire como crítico de arte del Salón de los Independientes, mostrando a los nuevos pintores, como Delacroix y los impresionistas).

    IV. El pluscuamperfecto del verbo haber 

    Madame Bovary no fue la única novela de Flaubert, aunque sí la mejor. Su siguiente obra maestra fue La educación sentimental, una historia de amor entre un joven venido de provincia –Fréderick Moreau– y su amante casada –Madame Arnoux–, quien, cuando se despiden porque ella regresará a provincia con su marido y él, que ha crecido sentimentalmente, ya no la verá más, le dice una frase que, a mi juicio, condensa la melancolía flaubertiana: «Hubiera querido hacerle feliz». Según la gramática, ese «hubiera querido» es el pluscuamperfecto, en modo subjuntivo, del verbo haber. En Madame Bovary, Emma «hubiera querido» no estar casada con Charles; Charles «hubiera querido» que las cosas pasaran de otro modo y tuviera más entendederas; Felicidad, en el cuento «Un corazón simple» hubiera querido que su sobrino no hubiera muerto y un larguísimo etcétera. Flaubert hubiera querido que los seres humanos fueran distintos, pero pensaba –quizá con razón–, que todos eran unos idiotas.

    En el próximo Laberinto repasaremos La orgía perpetua, ese libro-homenaje, esa declaración de amor de Mario Vargas Llosa a una campesina encantadora, un poco tonta, que prefirió vivir con intensidad la vida, rompiendo prejuicios, a ser una mujer anodina, incapaz de atreverse a buscar el placer y la felicidad: Emma Bovary.   

  • Dibujar a la pantera rosa

    Dibujar a la pantera rosa

    Culturas impopulares

    Jorge Pech Casanova

    En la primaria los maestros mantenían la sana práctica de pedirnos que dibujáramos como tarea en el aula. Ignoro si la pedagogía de entonces señalaba lo importante que es alentar la creatividad infantil mediante actividades como el dibujo, o simplemente nos tocaron en suerte maestros que disfrutaban trazos y colores presentados por sus estudiantes.

    Mis dibujos en el salón de clases nunca resultaron muy afortunados, a diferencia de los que lograban otros compañeros (hice la primaria en un colegio sólo para niños). Trataba de dibujar árboles y me salían defoliados. Intentaba una noche estrellada pero las estrellas eran demasiado grandes, amarillas y esquemáticas; la combinación de colores con la cual pretendía imitar “la verdadera oscuridad de la noche” lucía asaz morada.

    Mis profesores, atribulados, miraban mis dibujos y me ponían calificación baja pero suficiente: 7 de 10. Creo que si hubiesen seguido sus impulsos me hubieran reprobado, pero fallar en dibujo acaso hubiese sido traumático y me evitaron esa mortificación.

    Para mí, cada dibujo entregado confirmaba mi falta de habilidad. Pero no me detuve y seguí presentando monigotes como si fuesen ilustraciones de revista. En esos años nunca había visto un buen dibujo original. Faltaba una década para que eso ocurriera.

    Además de las historietas de Editorial Novaro, mayormente con personajes de Walt Disney, los dibujos que conocía era los animados de la televisión. Había algunos que me gustaban mucho más que otros. Entre mis favoritos estaban los de El Show de La Pantera Rosa, personaje que crearon el productor David H. DePatie y el director Isadore “Friz” Freleng en 1963 por encargo del director Blake Edwards, para su película La Pantera Rosa.

    La secuencia de Freleng y DePatie fue tan bien recibida que sus creadores volvieron a ser llamados por Blake Edwards al año siguiente para el segundo film de la serie, Un disparo en la oscuridad, cuyos títulos introductorios animaron entonces con el personaje de El Inspector y de nuevo con el magnífico tema musical de Henry Mancini.

    Para 1969, DePatie y Freleng decidieron lanzar a sus personajes en la serie animada El Show de la Pantera Rosa. Las diferentes versiones del programa se sucederían hasta 1978.

    El personaje rosado parece esquemático, pero Isadore “Friz” Freleng y su equipo de animadores aplicaron en él todos los conocimientos que el director había acumulado con los 266 episodios de animación que dirigió entre 1934 y 1963 para la compañía Warner Brothers. Sus trabajos incluyeron la creación o el desarrollo de figuras como Porky, Sam Bigotes, Piolín, el gato Silvestre, la Abuelita y Speedy González, sin faltar Bugs Bunny.

    Poco antes de que la serie de DePatie y Freleng finalizara, elegí a la pantera rosa para un dibujo en la clase. Recordando un episodio de la serie, quise dibujar al personaje montado en patines, con un puñado de billetes en la mano, camino a un puesto de hamburguesas.

    El resultado fue tan poco feliz como mis dibujos anteriores; para evidenciar que la pantera iba en patines y llevaba en la mano dinero, hice los patines y los billetes enormes, al igual que el puesto de hamburguesas con que finalizaba la escena. Pese a que el rosa mexicano de la pantera la hacía destacar, el verde de los billetazos y el gris plata de los patines competían torpemente con el personaje. El profesor me puso el previsible 7 en la tarea.

    Terminé la primaria sin adelantar nada en mis dibujos, aunque uno de mis anhelos en esa época era hacer historietas. En la secundaria debía dibujar para las clases de biología y física. Los tristes resultados no contribuyeron en nada a la ciencia y muy poco a mis calificaciones: como ya existían las fotocopias, hacía copias de ilustraciones de libros y las coloreaba, intentando añadir detalles que atisbaba en el microscopio escolar.

    En la preparatoria no tuve que dibujar, y menos en la carrera de derecho. Entonces tuve la oportunidad de ver las primeras obras pictóricas que me fascinaron… en carteles. Eran reproducciones de Rufino Tamayo. Observándolas, entendí que nunca lograría esa clase de imágenes. El pintor oaxaqueño encendió en mí la admiración por las artes visuales.

    Ya adulto, contra toda sensatez, me sumé a un proyecto para hacer dibujos animados en Yucatán. No intenté dibujar, sino escribir los guiones de la serie. El equipo de dibujantes se esforzó heroicamente en la animación, pero la idea de fondo era absurda, el director inepto, el objetivo descomunal. En un par de meses la empresa quebró. Poco antes, hui del “estudio”.

    Al recordar mi malograda copia del divertido personaje de Freleng y DePatie, me doy cuenta de que el error fundamental de aquel dibujo es un defecto con el que me debato en todo trabajo: la excesiva aplicación a los detalles me hace distraerme en minucias y descuidar la parte central de la composición. Nunca he logrado dibujar o pintar un árbol, porque me empeño en pintar hoja por hoja en vez del tronco y el follaje.

    En mi escritura ese defecto de desmesura está siempre saltando de una línea a otra, de un párrafo a otro, de un relato a un ensayo o a un poema, impidiendo la ágil figuración del dibujante que, con un trazo, resuelve todo un retrato o un paisaje. Como colocar palabras una tras otra es más fácil que trazar o colorear figuras, con mucho tiento he buscado eliminar los excesivos detalles en cuanto escribo. Nunca sé si lo consigo.

    Al final, las obras humanas son superadas por la naturaleza o por lo sagrado. Aunque las desmesuras y excesos me atribulan a veces, siempre recuerdo la historia que cuenta J. R. R. Tolkien en Hoja de Niggle, sobre un pintor que nunca logró terminar un cuadro con un árbol que imaginaba, y al fin, en un territorio misterioso, halló aquel árbol pletórico de follaje:

    “Todas las hojas sobre las que él había trabajado estaban allí, más como él las había intuido que como había logrado plasmarlas. Y había otras que sólo fueron brotes en su imaginación y muchas más que hubieran brotado de haber tenido tiempo. No había nada escrito en ellas; eran sólo hojas exquisitas; pero todas llevaban una fecha; nítidas como las de un calendario”.

    Para quien es incapaz de completar un paisaje, no está mal imaginar que muchos años después de su fracaso, alguien podría recordarlo con las palabras de Tolkien: “era pintor por vocación; de segunda fila, desde luego. Con todo, una hoja pintada por él posee un encanto propio. Se tomó muchísimo trabajo con las hojas, y sólo por cariño. Nunca creyó que aquello fuera a hacerle importante”.

  • Devueltos al imperio

    Devueltos al imperio

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    1. En una taxonomía célebre, Isaiah Berlin definió dos tipos de pensamiento, de actitud intelectual y, en síntesis, de existencialidad. A partir de un fragmento del griego Arquíloco —“Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola y grande”—, Berlin caracterizó dos clases de seres humanos y sus realizaciones. La primera, los erizos, quienes según el filósofo británico poseen una visión central debido a la cual comprenden, piensan y sienten: “un único principio universal, organizador, que por sí solo da significado a todo lo que son y dicen”. La segunda, los zorros, quienes persiguen muchos fines que pueden ser inconexos y aun contradictorios, sus vidas y acciones son centrífugas, su pensamiento ocupa muchos planos a la vez, aprehenden la esencia de múltiples experiencias y objetos por lo que tienen de propio, sin pretender reducir esa esencia “en una única visión interna, inmutable, globalizadora”. 

           Como en la vida, donde no se encuentran talantes puros, en la caracterología de Berlin tampoco existen zorras absolutamente zorras o erizos del todo erizos. Pero la clasificación describe dos formas del aliento vital, dos modos de estar en el mundo y dos temperamentos para habitarlo.

           2. El imperio perdido de José María Pérez Gay corresponde a la multiplicidad de los zorros y poco tiene que ver con el empeño unidimensional, obcecado, de los erizos: no obedece a un sistema cerrado, no pone en práctica un único modelo de aproximación crítica a sus temas, tampoco ha sido escrito desde una visión inalterable.

           En lugar de ello, la fatalidad organizada que recorre El imperio —galería de destinos y voluntades, estampas superpuestas y a la vez intercambiables, redes abiertas como el horizonte e igual cerradas en un punto— ha sido construida con el mismo mecanismo al que recurren la evocación y el sueño, que no es otra cosa más que la cara nocturna del recuerdo. El tiempo es lineal cuando sucede pero no cuando se registra. La memoria —arqueología del tiempo— reacomoda hilos que en su momento parecieron solitarios, aislados, y los entrelaza hasta fabricar paisajes o versiones que solamente pueden ser escudriñados como se sueñan los sueños: en muchos planos a la vez, entre una vasta variedad de experiencias y objetos.

           Este libro proviene de una consonancia: hace próximo lo aparentemente lejano y demuestra que todo, incluso aquello que ha transcurrido un siglo atrás, sigue estando en medio de todo. Eso, el presente del pasado en el presente del presente es la historia de la modernidad. Las zorras lo saben y los erizos no lo toman muy en cuenta.

           3. ¿Por qué Austria-Hungría y su capital incandescente, Viena? ¿Por qué ahora, en nuestro fin e inicio milenarios, la historia dolorida de un imperio que se derrumbó hace tantas décadas? ¿Por qué la extraña grafía y la ajena fonética de nombres, circunstancias y lugares enmohecidos por la distancia? Estas preguntas responden a la certeza que recorre la arquitectura interior de El imperio: “Al interpretar la realidad literariamente —escribe Pérez Gay—, sin la ayuda de sistemas o teorías, el campo de la metamorfosis se vuelve ilimitado, sus posibilidades son ya infinitas”. Y el campo de las metamorfosis es un conocimiento impaciente: tal cosa es la literatura.

           Desde ese gozne que depende sólo de la imaginación y la palabra se abren las puertas de una nómina deslumbrante: un imperio cuyas pulsiones y anuncios históricos conforman el espíritu de la época y sus consecuencias después; una ciudad —Viena, la Kakania profética, el laboratorio de pruebas para lo que vendría— que como caja de Pandora resumiría el pensamiento, la estética y la política de un sistema-mundo en desarrollo; cuatro destinos literarios de aliento trágico y un testigo privilegiado que vivieron para escribir en carne propia el espléndido crepúsculo de toda una época y con ello la oscura noche histórica sucesiva.

           “Ya en la última generación, Israel de Rischin se sentó en la silla dorada de su castillo y reconoció: ‘No podemos encender el fuego, ni decir las oraciones, ni llegar al rincón del bosque; pero podemos contar la historia’. Y su historia tuvo el mismo efecto milagroso que los tres rituales anteriores”. El final del epígrafe de El imperio, proveniente del cabalista Gershom Scholem, descifra la cuestión: una historia que se cuenta y el efecto milagroso que produce.

    4. “Una estructura irracional sustenta al oficio de escritor; se forma antes de los siete años”. Esta frase de Hermann Broch, escrita seis meses antes de morir, nunca fue hecha explícita a lo largo de su obra. Broch es el único de los autores estudiados en El imperio perdido que aún a los 63 años sigue indagando por los nudos de su biografía emocional al recurrir al psicoanálisis para tratar, específicamente, la problemática que tuvo con su padre. Tal anclaje en los años infantiles actúa como un sustrato estético que determina la obra de Broch y la distingue de la de Joseph Roth, por ejemplo, mitómano incorregible que se inventa múltiples pasados personales.

           Hay una sentencia definitoria de Broch que El imperio recupera para caracterizar su temperamento ético: “La bondad es la forma más alta de la inteligencia”. Visto así, Broch es la antítesis del ánimo crítico de Karl Kraus, no porque evite penetrar profundamente en la observación de la sociedad de su tiempo sino porque su aproximación nunca es hecha enfáticamente desde lo inmediato, como sí es la de Kraus, y porque en Broch hay una voluntad permanente de compasión, de caridad al prójimo.

           Sin embargo, en el capítulo que Pérez Gay dedica a este autor se afirma que la de Broch es una política de la incertidumbre: jamás salvará al mundo, pero sin ella el mundo nunca valdrá la pena de ser salvado. Otro destino inhóspito, trágico, que vive el mundo aunque lo sabe irremediable. Escéptica sabiduría que acaso no se habría dado sin la conversión de Broch al catolicismo. También una respuesta del nihilismo vienés ante el espíritu de la época y su desasosiego ontológico.

           Los años finales de Broch corresponden con aciaga simetría a un guión de abandonos, exilios y soledades. Igual que los otros tres autores, Broch muere solo y miserable. Pero a diferencia de ellos, que sólo se amparan en su oficio de escritores, Broch lucha contra la literatura y la rechaza. Queda a la intemperie de sí mismo, atribulado por un bien que ya no considera necesario. Pérez Gay demuestra que esta opción negativa no es un silencio moral. Broch encuentra el límite del lenguaje para describir el mundo, la utilidad relativa de la palabra ante algo inabarcable. Silencio por una exigencia desmesurada, como el lienzo vacío que algunos místicos imaginan para representar aquello que escapa a cualquier representación. Operación literaria de la frase hermética: “El que habla no sabe, el que sabe no habla”.

           5. El alma es exacta o puede serlo. El capítulo de El imperio dedicado a Robert Musil se llama así: “La exactitud del alma”. Esta definición es una cifra: en ella radica toda la búsqueda de una perfección formal y expresiva con la que Musil pretendió hacer de la vida una continua, omniabarcante escritura. En el ensayo sobre él, Pérez Gay menciona que una constante de su obra es el asomarse a una ventana para mirar los transcursos del día y la noche, del mundo todo. En una mirada tal, que siempre reposa en un punto de observación ligeramente distanciado, la perfección es indispensable, o cuando menos el anhelante imperativo hacia ella, la contundente devoción por la exactitud del alma narrando el paso del tiempo.   

           “Me voy hundiendo en el destierro cultural, imperan otra vez las maldiciones arcaicas: el que no trabaja no come. El tiempo de los dioses está cerca”. Estas amargas líneas de los diarios de Musil resumen el anonimato creativo que padeció durante toda su existencia. Musil —dijo Broch— pasó su vida despidiéndose. Murió en el exilio, pobre y desconocido, pero vislumbrando, aunque fuera precario, un cierto futuro para su obra impar. El imperio rescata —y al hacerlo resuelve— los anales de un inexplicable e injusto olvido, la ignorancia (el ninguneo) de una literatura que se adelantó a su época con el retrato multidimensional más elaborado y lúcido de los decadentes estertores de Austria-Hungría, la potencia histórica en su enfermedad terminal. 

           “Esta búsqueda del tiempo perdido fue y es —anota Pérez Gay— una parte esencial del escritor: arrebatar al olvido lo que nos pertenece, atrapar otra vez el vértigo de lo que hemos vivido, mirar hacia el pasado invisible para hacerlo transparente. Y este fue el verdadero trabajo de Robert Musil”. Acción de todos los escritores que aborda El imperio, y su autor incluido: rehabitar el pasado, poblar el presente, germinar el futuro.

    6. A pesar de que Joseph Roth no es un intelectual de facetas tan diversas como Broch, Musil y Kraus, su vínculo orgánico con el imperio austro-húngaro va más allá que el de cualquiera de ellos. José María Pérez Gay afirma que La marcha de Radetzky, novela de Roth, es el gran canto de amor por una época y una dinastía perdidas. Su decidida filiación monárquica, simple y sin fisuras, lo sitúa en una zona de relación directa con el imperio austrohúngaro que los otros ni aceptan ni exploran: su intelectualidad los defiende de tal entrega sin reservas. Entre las fantásticas historias que El imperio divulga, ésta es singular: el destino final de un emperador longevo y su imperio trastornado se deposita en la pluma febril de un humilde judío, vienés por adopción, que teje palabras para narrar y ganarse el pan, no para representar discernimientos trascendentes.

           Roth es el gran mitómano, el fabulador de orígenes imaginarios, pero también aquel a quien Friedl, la esposa, increpa en sus crisis sicóticas por no haber conocido a su propio padre. Uno de sus personajes practica la pregunta de la identidad: ¿cuántos eres: uno o muchos? El imperio demuestra que Roth es tantos como su inspirado impulso para salir de sí mismo lo permite, y que todo narrador fabrica destinos incesantes. Paradoja: narrar es mentir para crear verdades.

           “Nadie puede ayudarnos a liquidar nuestra culpa. De nada sirve que uno sea un escritor crítico. Públicamente uno es un escritor, pero un pobre diablo en la vida privada. Sólo el tiempo, no el talento, puede darnos la distancia necesaria”. Estas desesperanzas de Roth escritas en 1933, cuando levanta un inventario de lo que hasta entonces ha sido su vida, gravitan alrededor de un término capital en los destinos que El imperio cuenta: la culpa, y después, el castigo que trae consigo. Es cierto que Roth se acusa del sombrío, esquizoide fin de su mujer. Pero el sentimiento de una deuda personal rebasa su vida amorosa para situarse en el centro de su interioridad. Austria-Hungría y sus hijos se convierten en el universo de una culpa histórica fatal e ineluctable: tal atmósfera de agravio y castigo construirá doctrinas a su alrededor y levantará grandes densidades literarias.

           7. La Viena de fin de siglo reunió una cantidad nunca vista de creatividad y genio. El papel de Karl Kraus en ello no es el mismo que el de los demás. “Ahorcadlos con sus propias citas” fue su consigna, y se convirtió en la temible, inflexible conciencia crítica de su época. Nada dejó pasar por alto: periodismo, filosofía, literatura, sexualidad, religión, pintura, política, música, psicoanálisis, marxismo, y así fue el contrapunto en esa expansión de la conciencia que abrigó Viena, su severísimo e inteligente juez, su ácido e incorruptible jurado. ¿Dónde se origina tan formidable fuerza moral? El ensayo que Pérez Gay le dedica se convierte en una arqueología de fuentes primarias cuyo principio queda depositado en un horizonte ético individual sobrepuesto a la erosión del momento histórico: los destinos únicos como el de Kraus.

           El imperio detalla una galería heroica de adversidades o la adversa historia del ser en el mundo. Pero la de Kraus y su legendaria publicación unipersonal Die Fackel (La antorcha) son una biografía aún más temeraria que la de Broch, Musil y Roth. Dado que Kraus es la conciencia pública manifiesta sin reserva alguna y que su perspectiva corresponde a la implacable crítica de los sucesos de la época, esa mundanidad significará una profecía autoencarnada, la lucidez de un deterioro que terminará arrastrándolo. ¿Puede diferenciarse la suerte de Kraus de la de Broch, Musil y Roth, aceptando que Kraus recoge en sí mismo y en su obra toda la luz y toda la sombra del imperio austrohúngaro, de la quiebra de la modernidad? No, al hundirse un imperio se hunden también sus súbditos: la tragedia —horizonte abarcante e indiferenciado— es el amargo pan que a todos se reparte.

           A pesar de lo anterior, El imperio es un libro solar, de mediodía. Es cierto que todos sus desenlaces son tristes y que la tristeza es crepuscular, que sus páginas condensan una época malograda, la bitácora de preliminares históricos aciagos, la suma de destinos vueltos a la nada. Pero este libro es luminoso porque recuerda. Y todo ejercicio de la memoria —lo diría Canetti, el testigo que cierra sus extraordinarias páginas— es una victoria de la vida contra la muerte, contra el olvido. Mientras se lea, El imperio estará vivo. También su autor, José María Pérez Gay.  

  • A salvo en casa

    A salvo en casa

    Narrativa

    Carolina Peña

    “Por ahí vienen los robachicos. Tenga usté mucho cuidado, Gabita, óigame bien: de la casa, nunca se sale sola”.

      ¿Dónde había quedado Margot? Con esta inquietud, Gaby se levantó del suelo dejando el rompecabezas a medias. El piso le parecía tan limpio que las plantas descalzas de sus pies de niña pedían patinar como sobre un espejo deliciosamente frío; el frescor del aire acondicionado le pegó en los cachetes. No recordaba que en casa le hubiera pasado. Al contrario, frente a la televisión, al lado de sus tres hermanos, siempre hacía calor. Mucho calor.

      Anita y Blanca, sus anfitrionas y compañeras de juego en esa tarde, habían ido a la cocina por gelatinas, pero de eso hacía rato. Echó de menos a sus hermanos. No estaba acostumbrada a ser visita. De repente, le entraron las ganas de abrazar a su nana Fefa. Fue entonces cuando se le ocurrió ir en busca de Margot. Se tranquilizó al verla recargada detrás de la puerta de la entrada, con sus mechones güeros y sus ojos azules bien abiertos. Por mucho había sido el mejor regalo de Navidad en sus cuatro años y medio de vida. Era casi tan alta como ella. Para cargarla, Gaby la abrazó. ¡Margot pesaba tanto! Se fijó que la muñeca llevara puestos sus zapatitos de plástico rojos y salió de casa de sus amigas sin ningún apuro. Sus propias sandalias azul cielo se habían quedado cerca del rompecabezas. Pasó bajo las ventanas de la cocina sin que la mamá de sus amigas la viera. A lo lejos se escuchaba el tintineo de las campanas del carrito de paletas Dumbo. Apenas afuera, sintió el golpe del calorón: así empezó el viaje de regreso a casa.

       Al llegar a la banqueta, el resplandor del sol rebotaba contra el asfalto. El brillo de la calle hizo que le ardieran los ojos: la incandescencia le llegó a los pies. Con Margot a cuestas, corrió a refugiarse en la primera sombra que encontró. Para no quemarse, daba pequeños brincos de manera que los pies tocaran el asfalto lo menos posible. Sus pies ya habían sentido ese calor, cuando la nana salía en las tardes a regar el césped del frente de la casa, pero no se sentía igual porque jugando bajo la atenta mirada de Fefa, todo era risas. Como planetas, ella y sus hermanos orbitaban girando en la redondez de las amplias faldas de la nana. Esta vez, la presencia de Fefa estaba sólo en su cabeza. Quiso ponerse los zapatos de Margot. Algo no funcionaba. Aunque de tamaño eran correctos, se dio cuenta de que los pies de las muñecas eran distintos. Recordó que su papá a veces le decía “muñeca”.

      Vio un camellón; esas hileras de palmeras las había visto desde el coche cuando salía con su mamá. Aunque angosto, a Gaby le pareció el mejor jardín de juegos que alguna vez había pisado. Se fijó también que ese pedacito de paraíso partía en dos una transitada avenida.

      Dejó a Margot recargada en una palmera cuando descubrió una hilera de hormigas rodeando unos dátiles caídos en el pasto. En cuclillas, arrebató a las hormigas algunos de esos frutos casi secos. Saboreó el poquito dulzor que quedaba entre la correosa cáscara y el hueso. Fue en ese momento cuando le salpicaron las gotas de un chorro de agua. Era un adulto. Un señor con manguera en mano regaba el pasto.

      “Ojo, Gabita, esos malosos traen un costal enorme donde echan a los niños que se encuentran por la calle”.

      El rocío le recordó a Gaby los chapuzones cuando su nana la enjabonaba en la tina del baño de sus papás porque “usté es niña, y las niñas no se bañan con sus hermanitos”. Se puso atenta a ver si el señor traía un costal, como el de Santo Clos, y como no lo encontró por ningún lado le pidió, eso sí “por favor”, un poco de agua para beber. El jardinero, moviendo la cabeza para mirar a los lados, le preguntó si estaba sola.

      —Con Margot —contestó—, que está por allá en la sombra.

      Gaby acercó la manguera a la boca para saciar su sed y miró las manos del jardinero. Eran diferentes a las de su papá. Siempre había oído decir que él tenía manos de pianista, pero no tocaba el piano. Su papá las usaba para jugar con ella: a veces le hacía cosquillas, aunque de otra manera, en el mismo baño donde la nana la bañaba tan gozosamente. Juegos secretos, así había dicho su papá. Después de beber, se lavó las manos con la misma agua de la manguera. Su nana estaría orgullosa de ella por ser tan limpia.

       Gaby vio cómo el jardinero enrollaba la manguera y, cargándola, se alejó hasta que ya no lo miró más. Le dieron ganas de hacer pipí. Echó un vistazo a su alrededor. Sacudiendo las pequeñas hormiguitas, chupó el hueso para disfrutar del apenas perceptible sabor de otro dátil. Los que le daba su papá cuando sus dedos la recorrían en los juegos secretos eran de los de verdad, gorditos y jugosos. Pasaban muchos coches. Descubrió que era divertido jugar a esconderse entre palmera y palmera para que los autos no la vieran. Vio el tronco ancho de un árbol al otro lado de la calle y se le ocurrió que sería un buen lugar.

      —¡Nana Fefa, me hice! —despertó llorando Gaby una mañana, con su inseparable Margot durmiendo a su lado. Cuando la nana tocó la humedad del pijama la consoló diciendo:

      —No, Gabita, no fue usté. Fue Margot. ¡Tonta Margot!

      Cargando a la muñeca, cruzó el río de coches con cuidado. Para su sorpresa, descubrió que el angosto camellón era en realidad una secuencia de largos jardines, uno tras otro. Cuando llegó al árbol, la niña se quitó los calzones de solecitos y se hizo pipí. Desenfadada los abandonó allí. No le importó que los orines mojaran el vestido de cuadros azul cielo.

       —¡Pale pale paleeeeetas!

       Aunque no lo vio, la voz y las campanas del paletero se escuchaban cercanas. Gaby imaginó que, si estuviera frente a él, podría subirse como de costumbre a la llanta del carrito blanco con rojo para, una vez retirada la tapa de metal, asomarse a mirar las hileras de sus favoritas: las de limón. Pero no estaba Fefa con las monedas de veinte centavos para comprar esas delicias. Extrañó a su nana.

       Siguió jugando, corriendo y escondiéndose entre las palmeras del camellón. En el pasto, sus pies descalzos encontraron otro reto: los toritos, espinosas esferitas que se entierran sin piedad.

       —Gabita, no entre. Deje dormir a su mami —dijo la nana Fefa.

       —¿Y dónde está mi papá? Hace mucho que no lo veo.

       —Está trabajando. Vaya con sus hermanos a ver la tele. Y no hagan ruido.

      Esa misma mañana, mirando LosSupersónicos, había escuchado a su mamá ordenar a Fefa que la llevara a jugar a casa de Anita y Blanca para que pasara la tarde con otras niñas.

      —Esa niña pasa mucho tiempo con sus hermanos jugando futbol. Está bien que juegue a las muñecas con amiguitas —le dijo.

       La casa de las niñas estaba en la misma colonia, pero algo retirada. Como el sol pegaba fuerte, le pidió a la nana que tomara un taxi para llevarla y que se regresara a pie. De paso, podía pasar a la panadería a comprar conchas y leche para la merienda. La mamá de las amiguitas había acordado con Fefa que regresaría Gaby a casa antes del anochecer.

       Gaby notó que una nube de mosquitos la seguía. Una perra flaca también estaba envuelta en ellos. El animalito la siguió. El zumbido se parecía al sonido de las tías, del cura y de los doctores cuando entraban a ver a su mamá. Mientras la dejaran ver la tele en paz a Gaby poco le importaba lo que pasaba adentro de la habitación de sus papás, aunque últimamente era más bien la de su mamá.

       Escapar de la vista de los coches fue una buena diversión. Tanto que las molestias causadas por hormigas, mosquitos y espinosos toritos eran cosa de nada. Cuando la gente la veía desde las banquetas, le sonreía. La niña se comportaba como si su guardiana estuviera cerca, reposando. Oscurecía.

       En eso, vio una pareja de novios tendida sobre el pasto. Mirándolos tocarse y besarse, se acordó con asco de los dátiles carnosos que su papá tenía siempre al lado de la cama.

      —Oyes, ¿dónde queda la calle Gardenias 104, por favor?

      Los jóvenes la contemplaron con su tiesa Margot al lado. Gaby estaba orgullosa de haber aprendido de la nana la dirección de su casa. Con pocas explicaciones le dieron indicaciones de por dónde ir. Gaby entendió que estaba cerca.

      El calor había amainado; los mosquitos no. Siguió hasta que fue reconociendo las casas. Cuando vio al paletero jalando su carrito supo que Margot, ella –y la perra– habían llegado. Cruzó el jardín de enfrente tantas veces regado por la nana. Hasta que tocó la puerta de la entrada entendió lo cansada que estaba. Por las ventanas se escuchaba Los Picapiedra; imaginó a sus hermanos frente al televisor y sintió aún más ganas de entrar. Sus pies estaban lastimados y cubiertos de tierra y mugre; sus piernas y brazos, picoteados. Margot pesaba más que nunca. La perrita seguía con ella.

      —¡Abran!

      Volaron los hermanos tirando al suelo las conchas de la merienda. Los tres corrieron antes que la nana a recibirla; en cuanto entró, Gaby sintió como si el calor de la tele le quemara el pecho.

      —Gabita, nos tenía locos buscándola. ¿Dónde estaba, mi nena preciosa? —preguntó Fefa mientras la abrazaba—. Mire usté qué barbaridad, su ropa… ¿Y sus calzoncitos?

       A Gaby se le salieron las lágrimas.

       —¿Y mi mamá?

       —Su mami se puso nerviosa y tomó unas pastillas para dormir. No le haga ruido. Gaby lloró esta vez con un tono grave.

       —Voy a llamar a casa de sus amiguitas para avisar que llegó bien. Si ya la mamá se acababa del ansia. Vino muchas veces a ver si la veía en el camino y hasta trajo sus huaraches azul cielo.

       ¡Qué susto, Gabita! ¿Pos on’taba? Figúrese que la mamá de las niñas le avisó a su papá de usté.

       Fefa dijo esto en el justo momento en el que el papá cruzaba el zaguán. Al verlo, Gaby se pescó del cuello de la nana. Resoplaba mientras lloraba quedito. Su papá se acercó para tocarle el cabello mientras le decía “muñeca mía”. Con sus manos de pianista le rozó las mejillas, luego el cuello. Apretando los pulmones, la niña aulló con tal potencia que sus hermanos detuvieron su camino de regreso a la tele. La perrita se le quedó mirando.

      —¡Quiero a mi mamá! —La mirada inundada por un pequeño lago, le dijo a su padre—:

       ¡No me gustan tus manos!

       De su papá no salió palabra. Por un instante, Gaby sintió que nada se movía. El señor se alejó con pasos gigantes. Gaby dejó los brazos de su nana para entrar a la habitación materna. Vio con repulsión la caja de dátiles abandonada sobre el buró. Sin mirarla, se recostó al lado de su madre que dormía con languidez. Acomodó uno de los largos brazos lacios de su mamá sobre su pequeño torso.

       —Hijita, qué bueno que estás a salvo en casa —dijo la mamá entre bostezos, para luego seguir durmiendo.

    Cuento tomado del libro De chile, mole y pozole. Antología bilingüe de cuento oaxaqueño contemporáneo compilada, editada y traducida por Kurt Hackbarth. Matanga Taller-Editorial, Oaxaca, 2023.

  • Tolerancia, intolerancia 

    Tolerancia, intolerancia 

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    I. Esquines y Demóstenes

    Fueron los dos grandes escritores de discursos de la Grecia clásica. Sus posiciones eran divergentes. Demóstenes creía que el esplendor de Atenas era suficiente para vencer al vecino poderoso –Macedonia–, gobernada por Filipo, el padre de Alejandro Magno. Esquines, un político pragmático, sabía que la guerra estaba perdida antes de comenzar cualquier conflicto bélico y que a Atenas le convenía negociar para ceder lo menos y no perder todo.

    A su modo, desde su perspectiva, los dos tenían razón.

    Cuando Esquines perdió la votación que lo condenaba al exilio, su adversario triunfante, Demóstenes, le dio una moneda de plata, para que pusiera su escuela de retórica en Cos, donde se exilió. ¡Vaya gesto! La tolerancia al discurso ajeno incluye el respeto y hasta la compasión. Fabulosa lección.

    II. Harvard

    La republicana Elise Stefanik le preguntó a la rectora de Harvard, a la de Penn St. y a la del IMT «si el llamado al genocidio de los judíos violaba el código de conducta». Claudine Gay, la rectora de Harvard, contestó «según el contexto». La respuesta de la republicana fue «No depende del contexto. La respuesta debe ser sí y usted debe renunciar».

    Todo esto forma parte, de paso, del ataque de los republicanos extremistas seguidores de Trump a las universidades como refugios del conocimiento, que son, además, bastiones demócratas.

    Si no se puede debatir, argumentar, sostener opiniones en una Universidad, ¿dónde?

    III. El profesor Samuel Paty y Salman Rushdie 

    Este profesor, en una clase sobre libertad de expresión, mostró a sus alumnos una caricatura del semanario Charlie Hebdo, que fue sujeto hace unos años de un atentado en el que murieron varios de sus colaboradores. Cartones que utilizaban el humor –recordemos a Kundera y su novela La broma— para hablar del Islam. El profesor le advirtió a los alumnos, antes de mostrarles las caricaturas, que si alguien se sentía ofendido, podía salir de clase. Subió el tema no para burlarse del Islam, sino para hablar de la libertad de expresión. Días después, fue asesinado y decapitado por un joven islamista de origen checheno que más tarde abatió la policía. En una emisión especial de La grande librairie, la revista literaria de la televisión francesa, profesores de nivel medio superior manifestaron su miedo a expresarse, porque todo puede ser usado en su contra, ya sea para destituirlos –como a la rectora de Harvard–, asesinarlos como al profesor Paty o sufrir atentados como Salman Rushdie, quien en un evento para hablar de la importancia social de la libertad de expresión fue agredido y perdió un ojo. 

    IV. Mario Vargas Llosa

    El novelista peruano ya publicó su última novela y el domingo pasado escribió su última columna –Piedra de toque– que mantuvo durante 33 años en el periódico español El país

    En ella afirmó: «Nunca he dejado de decir mi verdad, que puede ir evolucionando, incluso de manera drástica. En mis columnas se puede seguir mi trayectoria del socialismo al liberalismo en textos de hace muchos años. He querido que mis lectores asistan a través de esos artículos contradictorios y discrepantes entre sí a mi propio aprendizaje moral y político». Valiente reflexión. 

    Es un hecho que el caso Padilla en Cuba y lo ocurrido en Checoeslovaquia en el 68 impulsaron a un buen número de escritores hacia el liberalismo y a establecer distancias con el socialismo real y su expresión política. Después se volvieron bandos, pero entre ellos no hubo una violencia explícita que fuera más allá de desdenes o exabruptos. 

    IV. ¿Opinar o guardar silencio?

    Terminamos 2023 con noticias que no imaginamos hace un año. Nadie vio venir el atentado de Hamás y la respuesta brutal del Estado israelí. Ante el conflicto, António Guterres, secretario general de la ONU, condenó por igual el atentado y la respuesta. Lo quieren quemar en leña verde por atacar a Israel. Él ha repetido que condena a los dos bandos. Espero que no atente alguien contra su integridad física. 

    Hoy, opinar es peligroso. Lo saben en nuestro país los cientos de periodistas asesinados durante los últimos años. Pero se está volviendo peligroso opinar desde el aula, desde un medio de comunicación impreso o electrónico, desde las redes sociales… ¿Debemos autocensurarnos y quedarnos callados ante la violencia, la ignorancia y el fanatismo? La respuesta debe ser individual. Vivimos tiempos oscuros y, como dice la sabiduría popular… «que Dios nos agarre confesados». Pese a lo dicho, feliz Nochebuena y Navidad para todos, lectores de estos Laberintos y de Morfemacero. 

  • Tres cuentistas navideños

    Tres cuentistas navideños

    Culturas impopulares

    Jorge Pech Casanova

    El título “Un cuento de navidad” suele remitirnos a la narración de Dickens sobre el avaro Scrooge y los fantasmas que consiguen transformar al mezquino protagonista en vetusto filántropo. No solemos pensar en el autor del apólogo, Charles Dickens, extraordinario novelista, compasivo observador de la sociedad decimonónica y sus atroces contrastes.

    Quizá el título remita asimismo a El regalo de los Reyes Magos, cuento de O’Henry, seudónimo de William Sidney Porter, quien vivió escasos 48 años, de 1862 a 1910.

    Hacia 1884, el joven Porter se mudó a Austin, Texas, aprendió a hablar español y se aficionó a beber alcohol. En 1887 se fugó con su pareja Athol Estes y en 1889 tuvo con ella una hija. En 1894, Porter trabajaba en un banco de Austin y publicaba un semanario que tituló The Rolling Stone. Lo despidieron del trabajo por malversación. En Houston, Porter halló empleo en otro banco, pero no pudo conservarlo: en 1895 lo acusaron de desfalco.

    Porter huyó en 1896 a Honduras, donde aprovechó su español y siguió bebiendo. Regresó a Estados Unidos en 1897 para reunirse con su esposa que agonizaba. En 1898, el fugitivo fue capturado. Pasó los siguientes tres años en la penitenciaría de Columbus, Ohio. En su celda comenzó a escribir cuentos para enviarle dinero a su hija Margaret. El primer relato que publicó, bajo el seudónimo O’Henry, fue “El ajuar navideño del silbador Dick”.

    Al salir de la cárcel en 1901, Porter cambió su nombre oficial al de O’Henry. Se mudó a Nueva York, donde permanecería los nueve años que le restaban de vida, publicando semanalmente relatos que adoptaron una fórmula: el “final con truco”. Así funciona, por ejemplo, “El regalo de los Reyes Magos”, en el cual Delia y Jim hacen enormes sacrificios para comprarse regalos de Navidad la una al otro, sin saber que no les servirán. Jim soluciona el dilema: sugiere esperar al Día de Reyes para portar los obsequios.

    O’Henry escribió muchos cuentos. Nunca dejó el alcohol. Murió de cirrosis en 1910.

    Menos conocido es el relato de Truman Capote “Un recuerdo navideño”: el jovencito Buddy y su amiga innominada, una mujer con carácter infantil, se reúnen en la víspera de Navidad para hacer una tarta de frutas envinada. En vez de vino utilizan whisky. Para el momento en que introducen el dulce al horno, ambos han consumido demasiado del relleno y están ebrios. Así los halla la familia, con gran escándalo. Después Buddy es enviado al colegio militar y su amiga permanece en su pueblo, envejeciendo hasta que un día ya no tiene fuerzas para levantarse a preparar su tarta. El relato concluye: “en esta mañana de diciembre, no dejo de escrutar el firmamento. Como si esperase ver, a manera de un par de corazones, dos cometas perdidos que suben corriendo hacia el cielo”.

    El autor fue todo lo que sus narraciones contaban; también inventó muchas de las situaciones y confidencias que relataba. Nacido en 1924, Truman Streckfus Persons, que adoptó el apellido Capote de su padrastro, se volvió famoso con su primera novela a los 23 años de edad. Su celebridad duraría hasta 1980, cuando publicó su libro de relatos Música para camaleones. En 1975 destruyó su reputación publicando fragmentos de su libro póstumo Plegarias atendidas. En él revelaba secretos íntimos de sus amistades.

    Sus novelas Desayuno en Tiffany’s y A sangre fría le dieron enorme fama a Capote, pero no lograron librarlo de sus adicciones: el alcohol, el sexo y el engreimiento. Después de enemistarse con las personas que lo ensalzaban, el novelista murió solitario y alcoholizado en 1984. Tras su muerte apareció, inconclusa, Plegarias atendidas, en 1987, y todavía en 2006 se publicó una novela breve que había estado perdida desde 1940: Summer Crossing.

    Dylan Thomas, nacido en Gales en 1914, se convirtió a los veinte años de edad en uno de los más llamativos poetas de Inglaterra con su libro 18 poemas. En 1939 ingresó a la British Broad Casting (BBC) para escribir guiones y desempeñarse como locutor radiofónico. Se volvió famoso por sus poemas, narraciones y guiones para radio. También, por su alcoholismo. En 1942 escribió un breve guion para la BBC, “Reminiscencias de la infancia” que después convirtió en un relato más extenso titulado “La Navidad para un niño en Gales”.

    El diálogo entre un niño y un adulto evoca las festividades navideñas y la vida en Swansea, cuando era un pueblecito en el que aún se hablaba gaélico y usos provincianos marcaban el invierno: “Años y años y más años atrás, cuando yo era niño, cuando había lobos en Gales y había pájaros del color de las enaguas de franela roja, pájaros que pasaban en vuelo rasante por las colinas en forma de arpa, cuando cantábamos y holgábamos deleitados durante toda la noche y todo el día en cuevas que olían como los domingos por la tarde en los húmedos salones de las casas de campo, cuando perseguíamos y azuzábamos con la quijada de los diáconos a los ingleses y a los osos, antes del automóvil, antes de la invención de la rueda, antes del caballo con cara de duquesa, cuando cabalgábamos por las preciosas colinas felices en caballos sin ensillar, nevaba y nevaba sin descanso”.

    Escribiendo breves e intensos libros de poemas, cuentos y algunas novelas, Thomas vivió hasta 1953. Ese año viajó a Nueva York para una gira de lecturas y, como acostumbraba, bebió sin tregua. El 9 de noviembre llegó inconsciente a un hospital neoyorquino, donde falleció. La autopsia registra: muerte por inflamación del cerebro, debida a la carencia de oxígeno que acompaña a la neumonía.

    Sin embargo, persiste una leyenda que contó, entre otros, el cantante Elliott Smith: “un poeta borracho, tras recordar la muerte de su primera amada de juventud, Rose Souther, y la hija de esta, se lanzó a las vías del tren en Van Cortlandt Park, luego de regalar un ejemplar del libro Do not Go Gentle into that Good Night a una joven en la estación”. Otra leyenda alega que antes de morir dijo: “He tomado 18 whiskies seguidos y creo que es un récord”.

    Los relatos navideños de estos tres autores fulminados por el alcoholismo pueden leerse en sitios de internet como los siguientes:

    El regalo de los Reyes Magos

    Un recuerdo Navideño

    Navidades infantiles en Gales

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