Morfema Cero

  • Arco iris de neón

    Arco iris de neón

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    “No tengo nada que decir, sintiéndome liquidado y desolado a orillas del Ganges. Ahora las relaciones personales están extinguidas”. Estas ácidas líneas del diario hindú de Allen Ginsberg son parte de la noche oscura del alma por la que atraviesa en su búsqueda espiritual. Ya era el poeta que estaba de regreso después de pasar dos años acedos pero útiles en la India, con la fuerza sosegada por una experimentación de conciencia expandida —un Satori zen— al viajar en un tren bala japonés, y era también quien definiera al movimiento literario beat como una vuelta a la naturaleza y una rebelión contra la máquina, una conservación de la medida humana, un vínculo somático con la realidad, una continuidad entre el presente y el pasado. “Todo esto viene de la tradición gnóstica —explicó en una entrevista—, viene de la tradición mística subterránea de Occidente. Nosotros no la originamos, sólo la continuamos un poco”.

          Con un componente budista tan directo como el utilizado por Jack Kerouac o una filiación hindú como la experimentada por Ginsberg, el sincretismo cultural de la estética beat significaba una nueva variante cultural, otra emulsión: “¿Las drogas? La primera experiencia seria con estados alterados de conciencia la hicieron los beats con peyote y mariguana. ¿La música autóctona? Usted puede encontrar en la novela de Kerouac En el camino un movimiento que va del jazz al blues y al rock. Usted podrá decir que teníamos inquietudes por la tradición de Whitman y Thoreau, y que por lo tanto éramos sensibles al descubrimiento total del cuerpo en la tierra. Y los elementos orientales que tanto interesan a los jóvenes de hoy. Vea a Gary Snyder. Vea el contenido budista que hay en México City Blues”.

           Que se sepa, ninguno de los beats viajó a Cuernavaca aunque estuvieron muy cerca de ella en la ciudad de México. Quien sí lo hizo y cambió su vida fue Timothy Leary, el psicólogo de Harvard que en 1960 probó en ese lugar por primera vez hongos alucinógenos e inició la revolución psicodélica que seguiría a la insurrección beat. Las drogas estaban presentes desde tiempo atrás en la cultura norteamericana y experimentadores como Aldous Huxley escribían al respecto y divulgaban sus resultados. Pero el impulso de aquella templada tarde mexicana en un jardín donde se consumían hongos de extraño aspecto, a la orilla de una de las barrancas de la población en la cual Malcom Lowry vería delirar a su ebrio cónsul Geoffrey Firmin, y donde Deitsaru Suzuki se encontraría con Erich Fromm iniciándose así un diálogo entre Oriente y Occidente, ese impulso transformaría la cultura popular urbana, daría paso a una ruptura generacional anclada en la capacidad de las drogas al abrir otras puertas de la percepción.

           William Burroughs, más que miembro del grupo beat un adelantado por derecho propio cuya experimentación literaria y estética era intensa y poderosa por sí misma (“Para mí este libro es simplemente una descripción del infierno, es el infierno, precisamente”, diría Norman Mailer al defender ante los tribunales norteamericanos Naked Lunch, la gran novela de Burroughs), fue quien más cerca estuvo de las drogas entre escritores que eran cercanos a ellas. Buscó durante años una sustancia cuya única dosis le permitiera alcanzar una adicción perpetua, y en su épica yonqui marroquí haría constar que durante nueve meses apiló hasta el techo del cuartucho donde yacía en un camastro las cajas de ampolletas de droga intravenosa que se inyectaba.

           “El atardecer cae en México, D.F. —escribiría—. La serpiente emplumada asfixia a la ciudad en sus espirales de inmundo humo azafrán que raspa los pulmones como papel de lija, ondulado ligeramente, mientras los habitantes andan por ahí, muchos con pañuelos atados sobre la boca y la nariz. Los venenosos rojos y verdes y azules de la luz de neón confunden y zumban”. Lo mismo que Kerouac, Ginsberg y Corso, entre otros, Burroughs fue vecino contumaz de la ciudad de México a fines de los años cuarenta y principio de los cincuenta del siglo pasado. Los cuartos de azotea de una ahora deteriorada vecindad en la calle de Orizaba de la colonia Roma donde ellos vivieron ya no los recuerdan. Los anuncios de neón se han apagado y el barrio ha venido a menos.

           Un golpe de imaginación podría sorprender otra vez la angulosa figura monacal de Burroughs deslizándose por las noches hasta el laberinto de los bajos fondos nocturnos del centro de la ciudad buscando heroína aceptable, y durante las mañanas recolectando en bibliotecas datos sobre los aztecas y los mayas, agobiado y exultante a la vez. “México —contó a un amigo— no es sencillo ni idílico. Es un país oriental que refleja dos mil años de enfermedades, pobreza, degradación, estupidez, esclavitud, brutalidad y terrorismo físico y psíquico. México es siniestro, tétrico y caótico, con el especial caos de un sueño. A mí me gusta, pero no a cualquiera le gusta”.

           En unos meses más ese México grotesco y peligroso aunque amable, donde los borrachos dormían la mona en las avenidas sin ser molestados, se convertiría en una ratonera carcelaria la noche que accidentalmente mató de un balazo a su mujer al practicar con ella el tiro al blanco durante una fiesta. Ese suceso trágico llevó a Burroughs a la cárcel y luego a un juicio penal a la mexicana, haciéndolo vivir un infierno de culpa, sorpresa y desesperación. La muerte de Joan Vollander le brindaría también un doloroso método de expiación: la escritura.

           “Me veo obligado —reconocería— a aceptar la aterradora conclusión de que nunca habría llegado a ser escritor si no hubiera sido por la muerte de Joan, y por la conciencia de cómo este acontecimiento ha motivado y conformado mi escritura. Vivo con la amenaza constante de ser poseído y con la obstinada necesidad de escapar de ello, del control. La muerte de Joan me puso en contacto con el invasor, con el espíritu maligno, y me condujo a la eterna lucha, en la que no he tenido otra alternativa que la de escribir mi propio escape”. Surgió así un organismo escritural desgarrado y límite, sin adornos ni afeites sino dura, exacta prosa, en el cual la adicción a las drogas y los estados alterados determinan un universo perceptivo paralelo al de la normalidad habitual: en él lo inesperado se apodera de la razón y trastorna las convenciones con las que el mundo cree hacerse comprensible.

           Se ha dicho que Naked Lunch clausura el ciclo expresivo de la modernidad iniciado por Las Iluminaciones de Arthur Rimbaud. Burroughs, el escritor del silencio, como se autodenomina, narró la gramática crepuscular de una civilización cuyas referencias lógicas se han desvanecido y deben abolirse al construir un futuro diferente, compuesto de todo aquello que la civilización materialista ha despreciado. Si el azar sólo es una manifestación de lo real, el paso de Burroughs por México fue terriblemente necesario en su proceso creativo, y los inclasificables libros que dejó tras de sí corroboran la anticipación que alcanzaría: el presente del futuro.

           “Para viajar por el espacio —anotó en alguna de sus obras— hay que aprender a deshacerse de toda la anticuada basura verbal: la cháchara de Dios, la cháchara clerical, la cháchara patriótica. Hay que aprender a vivir sin religión, sin patria, sin aliados. Hay que aprender a mirar lo que se tiene enfrente sin ideas preconcebidas”.

           La ecléctica y premonitoria budiatría beat, su neobudismo —presente a su manera también en Burroughs—, eran una fenomenología del momento: hacia las cosas mismas. Porque la contemplación sucede en un camastro desvencijado en Tánger o sobreviene en un cuarto de azotea mexicano alumbrado por un parpadeante arco iris de neón.

  • La correspondencia de Flaubert (1877-1880)

    La correspondencia de Flaubert (1877-1880)

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    Regresamos a la edición Conard de la correspondencia del autor de Madame Bovary, publicado, este tomo, en 1930.

    A Alfred Baudry, 24 de enero de 1877: «¿Sería tan amable de prestarme Filosofía en la Alcoba, del marqués de Sade. Es para hacerle conocer ese libro divino a un amigo que vendrá a verme». 

    A Madame Roger des Genettes, 15 de febrero de 1877: «El Padre Hugo (Victor Hugo), en ocho días va a publicar dos volúmenes de La leyenda de los siglos. Este viejo comandante está más joven y encantador que nunca. Lo veo seguido».

    A Guy de Maupassant, mayo de 1877: «¿Puede venir a cenar el viernes a las 18:30 para escuchar el primer capítulo de Bouvard y Pécuchet?».

    A Madame Roger des Genettes, agosto de 1877: «Leí la correspondencia de Balzac y me ha entusiasmado poco. Se ocupa demasiado de sus asuntos. Jamás vemos en ella una idea general, una preocupación que vaya más allá de sus intereses. Balzac no se preocupa ni del arte, ni de la religión, ni de la humanidad, ni de la sociedad. Lo que no quita que sea un buen hombre. ¡Qué vida lamentable!».

    A su sobrina Carolina, 29 de agosto de 1877: se despide de la carta firmando  «tu viejo ancestro Cro-Magnon».

    A Emil Zola, octubre de 1877: «Goncourt está escribiendo sobre las putas de Luis XV. ¡Mierda en contra del orden moral!».

    5 de noviembre de 1877: «¡Paul Féval (el autor de una novela menor, El jorobado de Lagardère) está a las puertas de la Academia Francesa! ¡Vaya, todavía hay de qué reírse!».

    A Madame Roger des Genettes, 10 de noviembre de 1877: «Esta mañana exclamé un gran «uff» porque terminé mi abominable capítulo de la ciencia» (en Bouvard y Pécuchet).

    27 de mayo de 1878: «Me invitaron al centenario de Voltaire. Sus enemigos están destinados al rídiculo. De él se puede decir que es inmortal. (…) El aplomo de Zola en materia de crítica se explica por su inconcebible ignorancia».

    A Guy de Maupassant, junio-julio de 1878: «¿Y mis notas sobre el idiota de Stendhal?».

    A Emil Zola, 23 de septiembre de 1878: «Guy de Maupassant me habló con entusiasmo del primer capítulo de Naná. Encuentra que no ha escrito nunca algo tan bello». 

    A Madame Roger des Genettes, 16 de octubre de 1878: «No he leído el último poema de Sully Prudhomme (el primer premio Nobel de literatura). La ausencia de imágenes de estos poetas me choca. Su profundidad sólo contiene vacío y su simplicidad es pobretona».

    A Georges Charpentier, 29 de enero de 1879: «Sí, es cierto, tuve un fuerte esguince, con fisura del peroné. No es peligroso, pero será larga la recuperación».

    A J.K. Huysmans (el autor de Al revés, la novela decadente que inspiró El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde), febrero-marzo de 1879: «Me siento contrariado (sobre su novela Las hermanas Vatard) de ver un hombre tan original como usted abismar su obra en esas niñerías. ¡Sea valiente, y no crea en las recetas». 

    A Guy de Maupassant, 21 de febrero de 1879: «Nótese que vivo en la inmovilidad, la soledad y la oscuridad».

    A su sobrina Carolina, sobre su situación financiera, 11 de marzo de 1879: «¡Estamos al fondo del abismo! Se trata de salir de allí, es decir, de poder subsistir». 

    A su sobrina Carolina, 16 de abril de 1879, sobre las coplas obscenas que escribió Pinard, el abogado imperial que acusó de obscenidad a Flaubert por Madame Bovary: «Este santo hombre ayer comulgó en Notre Dame… ¿no es hermoso? Me dan ganas de reventar. Es más fuerte que uno». 

    A X, junio de 1879. Acepto la plaza, tres mil francos por año». 

    A su sobrina Carolina, 3 de junio de 1879: «Estoy muy triste por los daños ocasionados a mi pobre Buda. Una esquina del pedestal está rota y un ala de los brazos partida. ¿Dónde quedó el pedazo?». 

    A Madame Roger des Genettes, 13 de junio de 1879: ¿Conoce Schopenhauer? Le he leído dos libros. Idealista y pesimista, o quizás budista. Bien para mí».

    A Guy de Maupassant, 8 de octubre de 1879: «Así es el mundo: cuando uno no llora, vomita de tristeza». 

    A Emil Zola, 3 de diciembre de 1879, comentando su artículo sobre La educación sentimental: «¡De qué manera me ha vengado! Mi opinión secreta es que tiene usted razón: es un libro honesto«.

    A su sobrina Carolina, 31 de diciembre de 1879: «¡Que 1880 sea ligero para ti! Para mí, espero terminar Bouvard y Pécuchet, porque ¡no puedo más!». 

    27 de enero de 1880: «Bola de sebo, el cuento de mi discípulo (Maupassant) es una obra maestra de composición, de capacidad de observar, de comicidad».

    A Emil Zola, 15 de febrero de 1880: «Pasé todo el día hasta las once y media de la noche leyendo Naná. Si tuviera que destacar todo lo que encuentro de raro y de fuerte, haría un comentario sobre cada página. Los caracteres son maravillosos y la muerte de ella es miguelangelesca. Un libro enorme».

  • No quieren al pueblo, ni leen al papa

    No quieren al pueblo, ni leen al papa

    Administración de los males públicos

    Jorge Pech Casanova

    El 27 de septiembre de 2018, la senadora Xóchitl Gálvez manifestó en la sesión ordinaria de la Cámara de senadores del Congreso de la Unión: “Durante muchos años pasamos de ver a los pueblos indígenas como sujetos de asistencia, como folclor, y hoy tenemos la gran oportunidad de reconocerlos como sujetos de derecho”.

    En esa fecha se presentó la propuesta de Ley del Instituto Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas y la senadora lo celebró: “me da muchísimo gusto que podamos coincidir con el Partido de Morena y el Partido Acción Nacional en un tema tan importante”.

    En 2024, la ahora candidata presidencial y sus principales impulsoras en el PAN, Kenia López Rabadán y Margarita Zavala de Calderón, reniegan del término “pueblo” y exigen que se cambie la Constitución para que la sociedad mexicana deje de ser pueblo y pase a ser “conjunto de ciudadanos”.

    La rabia por el evidente fracaso de la campaña presidencial de Gálvez lleva a estas supuestas representantes populares a manifestar no sólo su fanático empeño en negar la realidad, sino a exhibir su desconocimiento de la Carta Magna de los Estados Unidos Mexicanos, que en su artículo 39 establece: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”.

    Los dos siguientes artículos de la Constitución mexicana refuerzan el poder soberano del pueblo en nuestra nación. Dice el artículo 40 constitucional: “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una República representativa, democrática, federal, compuesta de Estados libres y soberanos en todo lo concerniente a su régimen interior; pero unidos en una federación establecida según los principios de esta ley fundamental”. 

    Y el artículo 41 de la Constitución puntualiza: “El pueblo ejerce su soberanía por medio de los Poderes de la Unión, en los casos de la competencia de éstos, y por los de los Estados, en lo que toca a sus regímenes interiores, en los términos respectivamente establecidos por la presente Constitución Federal y las particulares de los Estados, las que en ningún caso podrán contravenir las estipulaciones del Pacto Federal”.

    En el desastre en que se ha convertido el proceso electoral para la menguada oposición conservadora, las lideresas del partido proverbialmente derechista ansían que el concepto de pueblo sea erradicado de la norma suprema porque creen que con un cambio de vocablos anulan la voluntad de ciudadanas y ciudadanos para que dichas fanáticas no gobiernen más.

    El mecanismo mental por el que Gálvez, López Rabadán y Zavala han llegado a ese extraño repudio proviene de su ignorancia: en una república en que el pueblo está constituido en su mayoría por campesinos, obreros y trabajadores de todo tipo, las privilegiadas del PAN quisieran eliminar a esa multitud para que sólo sus elitistas partidarias y partidarios decidan el destino de México.

    El martes 13 de febrero de 2024 Xóchitl Gálvez fue recibida por el papa Francisco I en el Vaticano. Presumió su encuentro con el pontífice, quien fue el único personaje que la recibió en Europa tras su fallido besamanos a derechistas de España. Pero la candidata de los papistas seguramente ignora que la iglesia católica tiene una doctrina social, y menos ha de saber que el 26 de marzo de 1967 el papa Paulo VI dirigió a los obispos, sacerdotes, religiosos y fieles de todo el mundo, y “a todos los hombres de buena voluntad”, la carta encíclica Populorum Progressio «sobre la necesidad de promover el desarrollo de los pueblos».

    Al abjurar del concepto de pueblo, la candidata de la cleptocracia encabezada por Alejandro Moreno y Marko Cortés, rechaza asimismo lo que el papado dispuso para el desarrollo del pueblo:

    “En los países en vía de desarrollo no menos que en los otros, los seglares deben asumir como tarea propia la renovación del orden temporal. Si el papel de la Jerarquía es el de enseñar e interpretar auténticamente los principios morales que hay que seguir en este terreno, a los seglares les corresponde, con su libre iniciativa y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que viven”, señala la encíclica papal.

    Paulo VI dejó claro en su encíclica: “A nuestros hijos católicos de los países más favorecidos, Nos[otros] pedimos que aporten su competencia y su activa participación en las organizaciones oficiales o privadas, civiles o religiosas, dedicadas a superar las dificultades de los países en vía de desarrollo”.

    Y la encíclica es enfática en su llamado a los gobernantes: “Hombres de Estado, a vosotros os incumbe movilizar vuestras comunidades en una solidaridad mundial más eficaz, y ante todo hacerles aceptar las necesarias disminuciones de su lujo y de sus dispendios para promover el desarrollo y salvar la paz”.

    Desde luego, el espíritu de ese documento papal ha sido desoído por los propios financieros del Vaticano, como Angelo Caloia, Gabriele Liuzzo y Lamberto Liuzzo, del Instituto para las Obras de Religión (conocido como el Banco del Vaticano), quienes en enero de 2021 fueron sentenciado por lavado de dinero y malversación de fondos con inmuebles administrados por la entidad.

    Quizá Xóchitl Gálvez y sus amigas legisladoras, beneficiadas por el poder en México, se sientan autorizadas por el mal ejemplo de los financieros del Vaticano para olvidar la recomendación que Paulo VI hizo en su encíclica Populorum Progressio que, además, convalida para todas las naciones del mundo el concepto de pueblo. Ése que las panistas en campaña desearían eliminar de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.

  • Pared azul con notables

    Pared azul con notables

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    La noche caliente avanza y ese señor piensa: “tenían razón mis tías, la política es inmunda”. Ríos de gente suben por la suave cuesta de elevaciones femeninas que forma la calle de esa ciudad de la provincia mexicana. Los extranjeros, disfrazados de turistas, se distinguen de los desmadrosos grupos de nacionales donde los jóvenes son legión. La risa en vacaciones. Ese señor recuerda la comida que tuvo por la tarde rodeado de políticos.

              Sus tías no son ninguna autoridad, de acuerdo. Su final tan decadente y literario nada garantiza más allá de la reiteración de lo fantástico: se caen los techos, las familias. Camina por la calle y lo asalta la irreparable imagen de una de ellas, minúscula y nerviosa, ratón hechizado entre las ruinas de la casa grande, lectora de húmedos periódicos del siglo pasado como si fueran los de ayer. Pero llevaban razón: es inmunda. Y banal. 

              La primera diferencia en la comida fue sobre el agua. El animal político más conspicuo de los ahí reunidos había dicho que el asunto se resolvía con cobrar, period. Ya llevaba varias conclusiones netas e inapelables que los otros cabeceaban arriba abajo. El auditorio cautivo lo era a medias, pero aprobaba por adelantado cualquier cosa que no afectara lo mero principal: sus intereses. Como la crisis del agua, que se resolvería con cobrarla universalmente y ya. “Lo explicó muy claro el licenciado.”

              Ninguno se perturbó con la mención a la tala ilegal o al cambio climatológico, al factor absoluto de tener agua o no, a la catástrofe humana de su escasez. Con paciente y tenaz sonrisa oyeron al apocalíptico contar puras abstracciones. “Ya comentó el licenciado la solución”, dijeron, y el hombre pensó que sus tías tenían entendimiento aunque nada sabían del mundo: era verdad. Sintió el espanto crítico sobre el rostro bajo la noche espesa. Nunca debe porfiarse demasiado, téngase o no en lo dicho el dudoso bálsamo de la verdad. La pastoral urbana le mostró una multitud en fuga y vino a su mente la pregunta: ¿sobreviviremos? Sus tías se marchaban del mundo una a una jurando que no, únicamente podía dudarse de aquella que días después de muerta apareció como elegante fantasma de sombrero y guantes al sol del mediodía y paró un taxi para volver al panteón.

              “Hay que cobrarles a todos. Quien la pague que la tenga y quien no pues que lo asuma como otra restricción.” Sí licenciado, una política eficaz. Los tahúres no se movieron. Especulemos cuánto costará el litro de agua en diez años, debió haber propuesto en la comida ese señor. Pero no hubo tiempo, el tópico decayó. Suena muy fuerte, amigo, tenga confianza: si siempre ha habido siempre habrá. Ya ve que la ciencia avanza. No se preocupe de más.

              La segunda diferencia de la comida se radicó en los zapatistas y su falso conflicto. ¿Cuál guerra hay en Chiapas? La que inventan ellos. Un clásico ejercicio propagandístico. Mejor hablemos de lo central. Existe una ley que es legal, y basta. Es cierto, pensó, mis tías eran perspicaces: la clase política y la ineptitud. “Oh las cuatro paredes de la celda. Ah las cuatro paredes albicantes que sin remedio dan el mismo número”. Musitando versos de Vallejo caminó a contraflujo de la gente. Sus tías fueron cuatro. Lógico le pareció.

              Otra vez llegaron viandas a la mesa. Que sí hay transición política, dijo el reconocido congregante, porque hay alternancia electoral. Cómo no licenciado, usted monopoliza el buen sentido y subordina la razón. Arriba abajo quiebran la cabeza los comensales: hace rato que ya comenzó entre ellos sorda y sutilmente lo cardinal: ¿qué pueden darme estos otros, qué quieren de mí? El cálculo del costo y el beneficio decide dónde colocar el interés. El hombre interrumpe los telegramas de guiños y entendidos que se cruzan en la mesa. Tercera dislocación. Y él opina que sin un nuevo pacto político no hay vuelta de tuerca histórica, que no basta votar. Concede: comisión de la verdad suena a decencia pequeñoburguesa, pero un acuerdo sobre temas básicos es indispensable para el país. 

              Ahora va caminando y lo asalta la interrogante: ¿por qué los hombres públicos deprimen e irritan tanto cuando se les conoce de cerca? Contó el cuento de un inglés que una de sus tías le contaba, para ganar tiempo y generar una reacción: “Una mujer está sentada sola en su casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.” Ahora sospecha que fue un error. Lo hizo verse extravagante ante los mustios ojos de los invitados. “Son la esposa y la suegra de…”, amagó el licenciado, y todos rieron festejándolo a él. ¿Y usted qué hace, amigo? Ya sabemos que escribe pero ¿qué más? Soy el amanuense de mis tías, iba a contestar, pero el inexpresivo tacto usado en la comida lo contagió. Un sabio nunca convencerá a un necio, un necio siempre refutará a un sabio, para qué más que la verdad.

              El cuarto asunto tocó a los poderes judiciales, la intervención del poder central en los estados soberanos. Airados coros acompañaron al animal político más grande de la reunión cuando reiteró la política de fuerza que el convidado exógeno no se atrevió a designar como un asomo de balcanización. Esto es nuestro, amigo, no lo olvide. Y ya que no hay imán que nos sujete, licenciado, deberíamos liberar las zonas arqueológicas del terruño. ¿Se imagina el golpe mediático, la importancia táctica de la medida, el heroísmo implícito de la lección? Saltaría usted a la palestra de los medios, y entonces si se conmovería el país.

              Ahora camina y su memoria frugal por la calle abre el libro de citas. ¿Qué se puede decir que no estuviera dicho por los predecesores, mejor dicho y más memorable, como la lírica esencial del poeta Vallejo muerto en París un jueves de aguacero?: “Cuál mi explicación. Esto me lacera de tempranía. Esa manera de caminar por los trapecios. Esos corajosos brutos como postizos. Esa goma que pega el azogue al adentro. Esas posaderas sentadas para arriba. Ese no puede ser, sido. Absurdo. Demencia.” Sus tías se lo advirtieron: no hay nada en la política que lleve al cielo, nada en la nada del patrimonialismo ruin donde lo público es propiedad privada con la cínica complacencia del “mire usted, amigo, nuestra misión es para el bien del pueblo.”

              La pared azul de la cromática provinciana es el telón de los abrazos rituales cuando la pedagógica sobremesa termina. Palmetazos, miradas cómplices, labios cerrados. Los notables regresan a seguir tejiendo las intrigas que sí valen la pena. ¿Y la crisis del campo mexicano? “Son epifenómenos, amigo. Lo que deberían hacer los campesinos es sembrar ajos y venderlos con mentalidad de empresarios. Ya ve qué rentables son esos cultivos.” ¿Y la violencia generalizada que nadie quiere llamar insurrección difusa, y la devastadora globalización impuesta, y la dictadura del dinero, y la erosión representativa de los partidos políticos, y la feudalización de la república? “No se haga tantas preguntas, amigo, le van a cobrar impuestos por rumiar pensamientos negativos.”   

              Sí, licenciado. Ese señor deambula y por eliminación piensa en lo que sus tías le dijeron: “Ojo, ya va a venir el día.”

  • La derrota victoriosa: la correspondencia de Flaubert

    La derrota victoriosa: la correspondencia de Flaubert

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    Seguimos revisando la correspondencia de Flaubert. Nos encontramos ahora en el tomo VIII (suplemento 1872-junio de 1877), en una edición de 1954 recuperada clasificada y anotada por René Dumesnil -musicólogo y autor de una de las primeras biografías de Flaubert, junto con René Descharmes-. Esta recopilación se superpone y complementa la edición Conard, publicada en vida de la sobrina del gran escritor. Ante la muerte de sus pares, la correspondencia se resiente y nos encontramos con un sinnúmero de cartas sin ningún valor literario ni personal, que sin embargo reflejan el ánimo sombrío del gran escritor, ese viejo tronco aún erguido.  

         A Madame Brainne, 21 de abril de 1872 (poco después de la muerte de su madre): «¿Cómo voy a soportar la soledad absoluta?». 

         A Monsieur Chautard, 19 de mayo de 1872, alcalde de Vendôme: «Me siento halagado por el honor con que me distingue al invitarme a la inauguración de la estatua de Ronsard (el gran poeta francés del siglo XVI). Acepto. Estaré con ustedes, aunque sea para ver una ciudad que todavía respeta la Literatura».

         A Turguéniev, noviembre de 1872: «Mi mal, me temo, es incurable. Además de mis causas personales de disgusto, el estado de la sociedad me abruma y la estupidez pública me ahoga. Se me ha reprochado vivir en una torre de marfil, pero una marea de mierda derribará los muros».

         Septiembre de 1874: «Recupero la confianza en Bouvard y Pécuchet. Va mejor. Creo haber encontratado el tono. Pronto terminaré el primer capítulo».

         21 de octubre de 1875: «A pesar de mis resoluciones y de mis esfuerzos inauditos de voluntad, no avanzo. Tengo recaídas de abatimiento y accesos de fatiga donde siento que voy a reventar. Es la digestión de todos los golpes amargos que me he tragado desde hace seis meses». 

         A Madame Brainne, diciembre de 1875: «A pesar de mi amor por «Padre Hugo» (Victor Hugo), aplazo cada día volver a verlo; su obsesión política me enferma».

         9 de diciembre de 1875: «El 12 de este mes, en tres días, ¡tendré 54 años! Tema de ensoñación».

         A Anatole France (futuro Premio Nobel de Literatura 1912): «Le agradezco sus Noches corintias. Me gustaron mucho. Admiro cómo pudo apropiarse de una idea donde el gran Goethe dejó su huella».

         A Raoul Duval: «Con su permiso, le presento a mi amigo Guy de Maupassant. Espero que usted lo admita en su periódico como crítico literario (para reseñas de libros y de puestas en escena). El hombre que le recomiendo es sin duda un poeta y creo que tendrá un gran futuro literario. Pruébelo. Quedaré obligado».

         A Maxime du Camp (su gran amigo de la infancia, a quien, junto con Louis Bouilhet, les leyó la primera versión de La tentación de San Antonio. Lo criticaron sin piedad y le pidieron que escribiera sobre algo real. Así nació Madame Bovary): 3 de marzo de 1877: «Terminé mi triste trabajo. Toda nuestra juventud desfiló delante de mi. Sólo me quedé con algunas cartas (decidieron, Du Camp y él, quemar su correspondencia entre ellos) para releerlas o porque puedo utilizarlas como documento. ¡Qué encantador eras! ¡Cómo nos queríamos!

         A Madame Brainne, 3 de marzo de 1877: «La semana pasada ha estado ocupada por una tarea siniestra. De común acuerdo con Du Camp (la idea fue de él) quemamos todas las cartas para que ellas no estén, en el futuro, ligadas al «On» (nosotros). ¡Qué exhumación! ¡He vuelto a ver toda mi juventud! !He reído a carcajadas dos o tres veces, llorado y suspirado también! ¡No importa! Le aseguro que eramos bien agradables y que teníamos un noble carácter en esta correspondencia que va de 1843 a 1857″. 

         A Maxime du Camp, abril-mayo de 1877: «¿Tienes la Anatomía descriptiva de Cloquet, con el Atlas? Busco actualmente las tonterías de la medicina». 

  • Timando al New York Times

    Timando al New York Times

    Administración de los males públicos

    Jorge Pech Casanova

    Jayson Blair se dedica a trabajar con personas que tienen problemas de salud mental en Virginia del Norte, después de haber sido él mismo un caso de personalidad bipolar mezclado con problemas de alcoholismo y drogas.

    Su caso podría merecer una nota en la prensa local, si no fuese porque en 2003 fue el protagonista de un gran escándalo que afectó severamente la reputación del New York Times y obligó a este periódico a publicar un reportaje escrito por siete de sus colaboradores para exhibir a Blair:

    “Un reportero del equipo del New York Times cometió frecuentes actos de fraude periodístico cuando cubrió relevantes eventos noticiosos en meses recientes, ha revelado una investigación de periodistas del NYT”, publicó el diario el 11 de mayo de 2003. «Corrigiendo el registro: Reportero del [New York] Times que renunció deja larga pista de engaños», tituló el medio su inconcebible investigación sobre cómo los timó su propio comunicador.

    La publicación del NYT expresó que “la muy amplia invención y plagiarismo representa una profunda traición a la confianza y un punto bajo en los 152 años de historia del periódico. El reportero, Jayson Blair, de 27 años, desorientó a los lectores y a colegas del NYT con despachos que simulaba enviar desde Maryland, Texas y otros estados, cuando en realidad lo hacía desde Nueva York. Fabricó declaraciones. Creó escenas. Tomó material de otros periódicos y servicios informativos. Recortó detalles de fotografías para dar la impresión de que estuvo en un lugar donde no estaba, o que se reunió con alguien a quien no trató.”

    Al mes de dar a conocer los fraudes informativos de Blair, el editor ejecutivo Howell Raines y el editor gerencial del NYT, Gerald Boyd, renunciaron a sus puestos. El escándalo dejó una profunda herida en la credibilidad del medio.

    Boyd aparentemente no sintió remordimiento por lo que hizo en el New York Times. Al año de su renuncia publicó el libro Quemando la casa de mi amo, por el que recibió ciento cincuenta mil dólares. En el libro afirmó que en el NYT no eran inusuales los casos de alcoholismo y drogadicción entre periodistas, como el suyo, e inclusive dijo que el prestigio del medio permitía obtener favores sexuales.

    Sin embargo, años después de su escandaloso paso por el diario neoyorquino, Blair contó a estudiantes de periodismo de la Universidad de Duke que su primer “logro” en cuestión de plagios fue una cita sin atribución que tomó de una entrevista de la agencia Associated Press. Estaba seguro de que sus editores lo notarían, pero no lo hicieron. “Una vez que haces algo que cruza cualquier línea ética…, es fácil volver y repetirlo. Bailé alrededor, y crucé y tuve muchos problemas para no volver a hacerlo”, explicó a los universitarios en 2016.

    Blair no cree que pueda regresar al periodismo y por eso se dedicó a apoyar a personas con problemas de salud mental. Se declaró arrepentido del daño que hizo a la reputación periodística: “Ya que has hecho algo que lleva a la gente a cuestionar tu sinceridad, tu eficacia en el campo se limita. No tienes derecho a volver”.

    Blair trabajó durante cinco años en el New York Times, sin que sus editores detuviesen sus fraudes, pese a que el propio diario reconoció en su reportaje de 2003 que “Varios editores y reporteros expresaron dudas acerca de las habilidades informativas, la madurez y las conductas de Blair, desde que era aprendiz hasta que se volvió reportero de asuntos nacionales. Las advertencias se centraban en los errores en sus artículos”, resaltó el texto. 

    El diario neoyorquino inclusive reconoció que los errores de Blair se volvieron tan rutinarios, su conducta tan poco profesional, que en abril de 2002 el editor metropolitano Jonathan Landman envió un e-mail a los administradores de edición con dos frases: “Tenemos que impedir que Jayson escriba para el [New York] Times. Justo ahora”. Pero hasta mayo de 2003, Blair continuó publicando en ese medio.

    El artículo del NYT contra su ex empleado relata cómo pudo engañar a sus jefes: un teléfono celular registrado en otro estado y una computadora laptop, con la que accedía a bases de datos de otros periódicos, a los cuales robaba información.

    En 2003, el diario publicó “varias razones por las que los engaños de Blair permanecieron largo tiempo inadvertidos: una falla de comunicación entre editores en jefe; pocas quejas de los sujetos de sus artículos; su astucia y sus ingeniosos medios para cubrir sus huellas. Sobre todo, que nadie vio en su falta de cuidado una señal de que fuese capaz de cometer fraude sistemático”.

    Aunque las mentiras de Jayson Blair debieron dejar una lección permanente en el periódico fundado en 1851, en 2024 el diario sigue publicando textos que provienen de fuentes sumamente dudosas, como la que tituló el 22 de febrero de 2024 “EE. UU. indagó acusaciones de vínculos del narco con aliados del presidente de México”.

    La nota firmada por Alan Feuer y Natalie Kitroeff citado a fuentes no autorizadas de la DEA, admitió: “Buena parte de la información recolectada por los funcionarios estadounidenses provino de informantes cuyos testimonios pueden ser difíciles de corroborar y en ocasiones resultan ser incorrectos. Los investigadores de EE. UU. obtuvieron la información mientras seguían las actividades de los cárteles del narcotráfico, y no está claro qué tanto de lo que los informantes les dijeron fue corroborado de manera independiente”.

    Un periodista serio de Estados Unidos se hubiese abstenido de publicar algo apoyado sobre bases tan endebles, a menos que fuese un reconocimiento a la ausencia de vínculos del presidente Andrés Manuel López Obrador con el narcotráfico. Pero Feuer y Kitroeff prefirieron presentar su nota de manera tendenciosa e inconsistente. Y sus editores en el New York Times sostienen su endeble alegación, quejándose además porque se hizo público un número telefónico de la empresa editora asignado a Kitroeff.

    Dada la intensa campaña pagada por personajes todavía anónimos para colocar en redes sociales el hashtag “NarcopresidenteAMLO”, llama la atención un párrafo de la nota de Feuer y Kitroeff: “Aunque los esfuerzos para indagar a López Obrador ya no están activos, la revelación de que agentes estadounidenses examinaran en secreto denuncias de corrupción contra él y sus ayudantes en sí misma podría ser dañina”.

    Dejan la impresión de que el New York Times se suma a la campaña que pretende alterar el proceso electoral en México. Y que la DEA estadounidense trabaja para esa campaña. Algo más grave que las mentiras de Jayson Blair publicadas por el NYT durante al menos cuatro años.

  •  El Estercolero

     El Estercolero

    PARQUE MÉXICO

    Fernando Solana Olivares

    1. Lo más propio sería llamarlo el mierdero, voz del español antiguo que sigue siendo tan precisa. Como sea: estiércol, excremento, heces o mierda, la guerra política mexicana va alcanzando cotas escatológicas cuya desmesura irá en aumento, al enderezarse contra el presidente López Obrador y Claudia Sheinbaum, la candidata presidencial de Morena, una campaña mediática descomunal instrumentada por la ultraderecha internacional y los grandes capitales extractivos capitalistas, con el concurso de un difuso y variopinto frente nacional opositor —entre el cual destaca una prensa canalla—cuya composición y plataforma ideológica pugna por el regreso al poder de las oligarquías nacionales y extranjeras bajo el falso pretexto de una democracia en riesgo y un país a punto de colapsar.

    2. La Cábala habla de dos esferas opuestas y aun excluyentes: el mundo de la confusión y el mundo de la restitución. Traducido esto a términos contemporáneos, el primero corresponde al ámbito de la aseveración y el segundo al de su demostración. La antítesis entre la creencia y lo verdadero, la opinión y la realidad: dicotomías en gran medida fabricadas que hoy resulta imposible conciliar.

           La lógica simple establece que la carga de la prueba recae en quien hace una afirmación. “El dragón en el garaje” de Carl Sagan ilustra esto con inquietante sencillez. Uno de los personajes de la historia asegura que en el garaje de su casa vive un dragón que escupe fuego. Su interlocutor le pide que se lo muestre. El otro explica que es invisible y con tal excusa se niega a todas las propuestas para hacerlo.

           El mundo de la confusión y el de la restitución están separados drásticamente por el pedido de prueba o demostración. Quien alega la existencia del dragón se convierte en el mismo y único criterio de autenticidad sobre sus afirmaciones, sólo sostenidas en el hecho de que es él quien las formula. Así se desvanece el criterio de verdad y cualquier cosa puede afirmarse sin aportar evidencia alguna.

           Lo que se sabe o no deja de importar. Lo esencial es aquello que se cree y se afirma, lo que se siente. No hay entonces epistemología o conocimiento fundado, asumido como verdadero y común, como demostrable. Solamente existen opiniones a priori, ilusorias, arbitrarias y personales. En un tiempo donde ha muerto la verdad y moralmente no importa saber si algo es falso o verdadero, cada uno tiene su propio dragón.

    3. A los cinco dominios bélicos habituales —tierra, aire, mar, espacio y cibernético— se ha agregado un sexto: la guerra cognitiva, cuyo objetivo es “convertir a cada persona en un arma” (Thierry Meyssan), persona inconsciente de ello las más de las veces, cuya emoción es capturada para distraerla de lo que no se quiere que vea y sepa. Es un acto de ilusionismo y falsificación. Las imágenes intervenidas, las opiniones similares, los mensajes parecidos, los hashtags artificiales, las noticias idénticasque se repiten incesantemente están diseñadas por una ingeniería comunicacional para producir reacciones sentimentales y no racionales. 

           Empleando simplificaciones pauperizadas que evitan la reflexión (literalmente: volver a ver, inclinarse ante el fenómeno para su debido escrutinio) y exaltan reflejos emocionales y anímicos, la guerra cognitiva es la manifestación posmoderna, sobre todo visual y después escrita, de aquel programa propagandístico nazi de la repetición de una mentira tantas veces como sea necesario para convertirla en verdad. “No quiero que piensen como yo —decía Joseph Goebbels, su instrumentador—. Quiero empobrecer el lenguaje de tal manera que no puedan sino pensar como yo”. Es decir, dejar de pensar. Analfabetismo moral y sinrazón de la mentira: sí porque sí, no porque no, sí pero no. 

    4. La despiadada y multimillonaria campaña mediática contra López Obrador, Claudia Sheinbaum y la 4T no tiene antecedentes en cuanto a su magnitud y desmesura, ni siquiera los torvos embates publicitarios de 2006, 2012 y 2018 contra López Obrador.

           Granjas de bots sobre todo argentinas contratadas para ello (con precios que garantizan que por cada peso invertido se obtienen tres reacciones) dispersan contenidos de desinformación digital cuya intención es doble: generar la percepción de que en redes sociales hay un debate ciudadano auténtico haciendo creer que la candidatura de Xóchitl Gálvez va cerrando la amplia y documentada distancia de preferencias ante Claudia Sheinbaum en la elección presidencial, y que el gobierno de López Obrador y la 4T fracasaron en su gestión.

           El antropólogo digital Luis Ángel Hurtado y organismos especializados como MilenIa y Central de Datos e Inteligencia Artificial han documentado la instrumentación artificial del hashtag #Narcopresidente contra López Obrador, que alcanzó 140 millones de repeticiones y fue convertido en un trending topic mundial equivalente en número a las conversaciones digitales que en dos días generó el Super Tazón norteamericano. O del hashtag #XóchitlGálvezPresidenta2024, que sin rebasar hasta el 1 de enero un promedio de tres mil mensajes,en un solo día llegó a la cifra de 38.1 millones en redes sociales. El público que lo multiplicó fue 58.8 por ciento argentino, 2.9 por ciento estadunidense y 38.2 por ciento mexicano. En el caso del hashtag #Narcopresidente sus repeticiones provinieron 29.4 por ciento de Argentina, 14.4 de España, 7.1 de Colombia y sólo 42.9 de México. La mayoría de las cuentas que lo reprodujeron no tenían perfil del usuario y se dedicaban a recircular ataques políticos ya publicados

           Las granjas de bots venden al mejor postor likes, tuits, comentarios y nuevos seguidores artificiales a precios de ganga. “El optimismo de la oposición frente a los trendig topics es una locura: es como si pagamos por tener amigos imaginarios y luego celebramos que los fantasmas nos dan la razón”, señaló un asesor de marketing digital que ha gestionado la adquisición de millones de mensajes para políticos mexicanos. Los likes comprados no son votos reales y no representan simpatía real. Su popularidad es ficticia, pero “ayudan a cambiar la percepción frente a usuarios y votantes verdaderos”.

           La guerra sucia en redes sociales es un ataque a la democracia y al voto ciudadano. En datos aportados por la candidata Claudia Sheinbaum en su denuncia ante el Instituto Nacional Electoral por dichos embates en su contra, así como en perjuicio de la candidata de Morena a la CDMX y el presidente López Obrador, se documenta que una de las empresas que diseñan e instrumentan las campañas de desinformación y ataques políticos, conocidas como trollcenters, ha colocado recientemente 16 millones de tuits para distribuir sus mensajes y publicaciones artificiales con el fin de manipular a la opinión pública en una dimensión inusual y con un considerable gasto económico de origen desconocido.

           La misma táctica y muchas de las cuentas vinculadas a la guerra sucia contra Morena han hecho igual tarea en Argentina, Bolivia, Colombia, Brasil, Ecuador y Venezuela, facilitando las condiciones para el golpe de Estado boliviano de 2019 y el encarcelamiento ilegal de Lula da Silva y la defenestración presidencial de Dilma Rousseff en Brasil. La red de periodistas Forbidden Stories,que agrupa más de una veintena de rotativos mundiales, ha dado a conocer recientemente que un grupo secreto de técnicos informáticos israelíes liderado por el subcomandante del ejército hebreo Tal Hananreconoce haber intervenido más de 30 procesos electorales en Latinoamérica, Estados Unidos, Europa y África. Movimientos políticos como la Primavera Árabe y el golpe de Estado en Ucrania en 2014 se han originado en manipulaciones digitales masivas de las agencias anglosajonas de inteligencia.

    5. El reportaje publicado el 22 de febrero pasado por The New York Times, “Estados Unidos examinó acusaciones de vínculos de cárteles con aliados del presidente de México”, que dio origen al hashtag #Narcopresidente, es una muestra clara de la perversa manipulación mediática dirigida desde el periódico insignia de los intereses estadunidenses para desestabilizar el proceso político y electoral mexicano. Contradictorio y antiperiodístico, basado en acusaciones nunca sostenidas por fuentes reales e identificadas, el reportaje —aunque desacreditado inmediatamente por la Casa Blanca, cuyo portavoz aseguró que no hay ninguna investigación vigente al respecto pues las imputaciones hace años ya fueron desestimadas—  representa claramente una amenaza de la DEA al presidente mexicano y el escalamiento de una campaña proveniente de intereses económicos trasnacionales y derechas ideológicas que ambicionan revertir una política nacional soberana e independiente para apoderarse otra vez del litio, la energía, la minería y los recursos naturales del país, incluida el agua, que el régimen de López Obrador ha defendido constitucionalmente como bienes públicos.

    6. Compleja y larga, parte de los riesgos que entraña la inmediata vecindad con un imperio norteamericano en decadencia global (fenómeno geopolítica e históricamente conocido como “La trampa de Tucídides), la historia de este asedio, dirigido por sus centros de poder económico e instrumentado por el Estado profundo (Deep State) que administra sus intereses, tiene agentes locales. Varios elementos son necesarios para el análisis de la delicada coyuntura política que se está viviendo ante la elección del 2 de junio próximo: la naturaleza de los opositores, su origen y sus comportamientos, que van desde los medios de comunicación subordinados al imperio decadente, pasan por idiotas útiles que se imaginan obligados a ser parte de un mainstream opinativo y opositor, hasta llegar a las clases medias que odian al presidente López Obrador por una clasista pero auténtica ceguera ideológica. También resulta indispensable hacer la crítica objetiva de López Obrador, sus límites, errores y desatenciones, los de Morena y la 4T.

           El país y su viabilidad están en juego. De ahí la inaplazable necesidad de llamar a las cosas por su nombre y atender la verdad. Saber qué y quién no es infierno, hacerlo durar y darle espacio, como sugería Italo Calvino para otros fines que al final son los mismos que se tratan aquí. 

           La mierda se lava con agua clara. Pensar es limpiar.

    7. “Lo mejor de todo, es lo peor que se va a poner”. Andrés Manuel López Obrador.

  • La correspondencia de Flaubert (1873-1876) 

    La correspondencia de Flaubert (1873-1876) 

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    En estos años Flaubert vivió el fracaso de su obra de teatro El candidato; su quiebra financiera; la muerte de George Sand y de Louise Colet, el inicio de su novela Bouvard y Pécuchet y la escritura de Tres cuentos, entre los que destaca Un corazón simple. Veamos…

           A Madame Regnier, enero de 1873: «Estoy tan disgustado con lo que se nombra como ‘vida literaria’, que renuncio a publicar».

         A Madame Gustave de Maupassant, 23 de febrero de 1873: «Desde hace un mes quería escribirte para hacer una declaración de ternura con respecto a tu hijo. Lo encuentro, encantador, inteligente, simpático»

         A George Sand, 11 de marzo de 1873: «No hay lugar en este mundo para las personas que tienen buen gusto. Como el rinoceronte, hay que retirarse en soledad, esperando reventar».

         5 de septiembre de 1873: «¡Qué bella cosa es la censura! Axioma: todos los gobiernos odian la literatura: el poder no ama otro poder».

         A Madame Roger des Genettes, septiembre de 1873: «Alejandro Dumas (hijo) declaro que Goethe ‘no era un gran hombre’; Barbey d’Aurevilly hizo, el otoño pasado, el mismo descubrimiento. Hay que exclamar, como Voltaire: ‘No habrá jamás suficientes bofetadas ni gorros de burro para tales bribones’.

         A su sobrina Carolina, 18 de noviembre de 1873: «El 12 del mes próximo tu viejo tío tendrá 52 años. ¡Piensa en él!». 

         A George Sand, 30 de diciembre de 1873: «El domingo pasado estuve en el entierro de Francisco Victor Hugo (el hijo del autor de Los miserables). El pobre padre Hugo (que no pude dejar de abrazar) estaba destrozado, pero estoico». 

         A George Sand, 28 de febrero de 1874: «Tuve y sigo con gripa, como resultado de una lasitud general acompañada de una violenta melancolía. Sueño con todos mis muertos, ruedo en lo negro. ¿Será acaso resultado de la ausencia radical del elemento femenino en mi vida?». 

         12 de marzo de 1874: «Como había que luchar y tengo horror a la acción, retiré mi obra de teatro (El candidato) y pagué 5 mil francos. No quiero que silben a mis actores». 

         8 de abril de 1874: «Villemessant me reprocha no haberme dejado matar por los prusianos. Y usted quiere que no destaque la estupidez humana y me prive del placer de pintarla».

         1 de mayo de 1874: «Barbey d’Aurevilly me ha injuriado personalmente y el bueno de Saint-René Taillandier, me ha declarado ‘ilegible’. Lo que me sorprende es que hay en muchos de estos criticos un odio contra mí y busco la causa. Quizá todo se explique por una palabra: ‘incomodo’, y no es por mi pluma sino por mi carácter, mi soledad que les parece una señal de desprecio». (…) 93 de Victor Hugo me parece por debajo de sus últimas novelas. El don de crear seres humanos le falta a este genio. Si hubiera tenido ese don, Hugo hubiera sobrepasado a Shakespeare».

         A Madame Roger des Genettes, 17 junio de 1874: «Mañana iniciaré un viaje de descubrimiento para mis dos hombres buenos (Bouvard y Pécuchet) porque tengo que ponerlos en algún lugar». 

         25 de julio de 1874: «El sábado primero de agosto comenzaré Bouvard y Pécuchet. Siento que voy a embarcarme en un gran viaje, hacia regiones desconocidas y que no regresaré». 

         A su sobrina Carolina: «Te envié la primera frase de Bouvard y Pécuchet: ‘Como hacía un calor de 33 grados, el boulevard Bourdon se encontraba absolutamente desierto» (inicio, por cierto, similar al de El hombre sin atributos, de Robert Musil).

         A Edmond de Gouncourt, 22 de septiembre de 1874: «Lo que uno emprende puede ser idiota, ¡no importa! ¡Escribámoslo! El fin de Cándido: ‘hay que cultivar nuestro jardín’ es la más grande lección de moral que existe». 

         A George Sand, 2 de diciembre de 1874: «Francia se hunde dulcemente, como un navío podrido y la esperanza de rescate parece quimérica. El sentimiento de esta agonía me penetra y estoy triste a reventar». 

         A Georges Charpentier, diciembre de 1874: «Permanezco en mi escritorio y trabajo como muchos bueyes». 

         A Monsieur X… (que le había pedido permiso para llevar al teatro Madame Bovary), 17 de marzo de 1875: «Me es imposible permitírselo. Madame Bovary no es un sujeto teatral». (¿Qué hubiera dicho de la película de Chabrol, protagonizada por Isabelle Huppert?).

         A George Sand, 10 de mayo de 1875: «Una gota errante, dolores que se pasean por todas partes, una invencible melancolía, el sentimiento de la ‘inutilidad universal’ y grandes dudas sobre el libro que escribo, es lo que tengo. Agregue problemas de dinero, con regresos melancólicos sobre el pasado». (…) No me he alegrado de la muerte de MIchel Lévy (el editor de Madame Bovary y de Salambó). Ese hombre me hirió profundamente». 

         A su sobrina Carolina, que quebró financieramente, 17 de julio de 1875: «Tu ruina es una herida a mi ternura».

         A Émile Zola, 13 de agosto de 1875 (después de haber pagado las deudas de su yerno): «Tengo de qué vivir, pero en otras condiciones. (…) La vida no es divertida y comienzo una vejez lúgubre».

         A Madame Roger des Genettes: «Pronto tendré 54 años. A esa edad uno no rehace su vida, ni cambia de hábitos. (…) En cuanto a la literatura, ya no creo en mí, me encuentro vacío». 

         A la princesa Matilda, octubre de 1875: «El honor está a salvo, pero el honor no sirve para vivir. Cuando uno es infeliz, hay que ser púdico y no mostrarlo». 

         A Guy de Maupassant, noviembre de 1875: «Los fieles del domingo son el gran Turguéniev, Zola, Alphonse Daudet y Goncourt. Como salgo poco, no he visto a Victor Hugo. Su persona me encanta, pero su corte… ¡misericordia!». 

         A George Sand, diciembre de 1875: «Yo busco la belleza y veo a mis colegas insensibles». 

         A Jules Troubat, 10 de marzo de 1876: «Acabo de enterarme de la muerte de Madame Colet (Louise Colet, su amante durante muchos años). Esta noticia me enmudece de muchas maneras. Usted debe entenderme». 

         A Madame Roger des Genettes, 18 de marzo de 1876: «Ha adivinado muy bien el efecto que me ha producido la muerte de mi pobre Musa. Su recuerdo así revivido me hace remontar el curso de mi vida». 

         A Mademoiselle Leroyer de Chantepie, 17 de junio de 1876: «Esta pérdida (la muerte de George Sand) se suma a las que he tenido desde 1869. Bouilhet comenzó la serie, después partieron Sainte-Beuve, Jules de Goncourt, Théophile Gautier… (…) Mi corazón se ha convertido en una necrópolis donde todavía hay lugar para los vivos». 

         A Madame Roger des Genettes, 19 de junio de 1876: «Un corazón simple es el relato de una vida oscura, la de una pobre campesina, devota pero mística, dedicada sin exaltación y tierna como el pan fresco». 

         Al doctor Pennetier, julio de 1876: «Querido amigo, tengo necesidad de ver loros y conocer sobre ellos todos los detalles, sus enfermedades y sus hábitos». 

         A Madame Roger des Genettes, julio de 1876: «Desde hace un mes, tengo un loro disecado sobre mi escritorio, a fin de ‘pintarlo’ según su naturaleza». 

         A la princesa Matilde: «He leído por azar un fragmento de La taberna (de Zola). La encuentro innoble, absolutamente. Lo verdadero no me parece la primera condición del arte, sino la belleza». 

         A Guy de Maupassant, 25 de octubre de 1876: «En tu artículo, querido amigo, me has tratado con una ternura filial» (Guy escribió: «Flaubert maneja el Talmud como un rabino, los Evangelios como un sacerdote, la Biblia como un protestante, el Corán como un derviche»). 

         A Edmond de Gouncourt, 31 de diciembre de 1876: «Vengo de leer la correspondencia de Balzac. ¡Cuánta preocupación por el dinero y qué poco amor al arte! Buscaba la Gloria, no la Belleza». 

  • Lecciones del caso Watergate

    Lecciones del caso Watergate

    Administración de los males públicos

    Jorge Pech Casanova

    Carl Bernstein y Robert Woodward, reporteros del Washington Post, investigaron el asalto cometido el 18 de junio de 1972 a la sede del partido Demócrata en el edificio Watergate. Hallaron que la pandilla de cinco ladrones estaba ligada a altos funcionarios de la presidencia de Richard Milhouse Nixon. Durante dos años fueron revelando las conexiones entre el allanamiento a Watergate y la presidencia. Debido a esas y otras acciones, Nixon, quien logró reelegirse como presidente en 1973, tuvo que renunciar al cargo el 8 de agosto de 1974.

    Bernstein y Woodward siguieron un complicado método de interrogatorios a testigos que trabajaron para el comité de reelección presidencial a fin de llegar a la verdad del caso: Nixon y los integrantes más cercanos de su gabinete cometieron espionaje, sabotaje y uso de fondos ilegales para atacar a sus opositores políticos. Cuando esa conspiración comenzó a revelarse, intentaron encubrirla y cometieron perjurio ante jueces federales.

    Benjamin Bradlee, director del Washington Post, ha escrito que el momento más bajo de su cobertura de Watergate ocurrió cuando publicaron que el jefe de asesores de la Casa Blanca H. R. Haldeman controlaba un fondo ilegal de la presidencia que ascendía a 350 mil dólares. El Post afirmó que el oficial de campaña Hugh Sloan Jr. Había atestiguado sobre ese fondo ante el gran jurado que investigaba el asalto al Watergate.

    “Quedamos horrorizados una mañana al ver que Dan Schorr, de la CBS, empujó un micrófono a la cara de Sloan y éste negó que hubiese dicho tal cosa al gran jurado. Pedimos a Bernstein y Woodward averiguar qué salió mal. Pasaba que Sloan había hablado del fondo ilegal al fiscal Henry Petersen pero éste no lo interrogó sobre el fondo ante el gran jurado. Nos preguntamos por qué. Después averiguamos que el fondo era de 700 mil y no sólo de 350 mil dólares”.

    Después del desmentido de Sloan, el secretario de prensa de la Casa Blanca, Ronald Ziegler, pudo decir con desprecio ante la televisión y otros medios el 26 de octubre de 1972: “No respeto el tipo de periodismo, el periodismo de pacotilla y harapiento, que está practicando el Washington Post”. 

    Al ser cuestionado por el artículo del Post que acusaba a Haldeman, Ziegler pudo responder: “No dignificaré con un comentario historias basadas en acusaciones de oídas, asesinato de reputaciones, rumores o culpa por asociación […] Los opositores han estado presentando cargos que carecen de fundamento”.

    El serio error que puso en peligro la investigación del caso Watergate consta en el libro Todos los hombres del presidente que publicaron Bernstein y Woodward después de la caída de Nixon. Todo el libro puede fungir como un manual práctico de periodismo: qué hacer y qué no hacer al cubrir una información que involucra a los más altos cargos de una nación.

    Bernstein y Woodward habían recibido informes confidenciales sobre la implicación de los principales miembros del gabinete de Nixon en el caso Watergate y en todo un esquema de espionaje y sabotaje político dirigido a la reelección del presidente. Su fuente anónima principal era un alto funcionario de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI), a quien no podían citar como informante. Pero si hubiesen tenido la prudencia de contrastar la información de Sloan con la de su secreto aliado, hubiesen podido evitar la vergüenza de que el vocero presidencial los desmintiera y humillara.

    Los dos reporteros del Washington Post lograron al fin, después de dos años de intensa investigación, contribuir a que los actos ilegales de Nixon y sus colaboradores fuesen expuestos ante un jurado y ante el Congreso de los Estados Unidos. Nixon renunció, y con ello, la indagación del Washington Post fue reivindicada.

    Por aquellos días, el principal competidor del Post en esta investigación era el New York Times. Previamente, el diario neoyorquino había desvelado otro gran escándalo de mentiras y conspiración que involucró a cinco presidentes: Harry S. Truman, Dwight Eisenhower, John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson e inclusive a Nixon. El caso fue conocido como “Los Documentos del Pentágono”, por un estudio confidencial que revelaba cómo los militares estadounidenses sostuvieron las guerras de Corea y Vietnam pese a entender la imposibilidad de ganarlas, sin que les importaran los millones de vidas que sus acciones costaron.

    Al publicar documentos confidenciales, el New York Times tuvo que responder a un juicio por difundir información potencialmente dañina para la seguridad nacional. El Post, que lo siguió en la difusión de los documentos, tuvo que enfrentarse a similares amagos. Al final, ambos medios ganaron los juicios y quedaron como referentes de la libertad de prensa.

    Durante cincuenta años, las lecciones de Bernstein y Woodward en materia de verificación de informes han sido una norma en el periodismo del mundo: periodista que recibe una acusación sobre la conducta ilegal de un servidor público, debe corroborar con fuentes incuestionables la verdad de la imputación.

    Con todo, el Post no dejó de perpetrar errores. En 1980 cometió uno terrible: publicó el falso reportaje de Janet Cooke sobre un niño adicto a la heroína, obtuvo un premio Pulitzer por esa mentira y tuvo que devolver el premio al comprobar la falsedad de su reportera. Bob Woodward fue despedido del Post por admitir aquel fraude. Y no lo olvida.

    El New York Times publicó el 22 de febrero de este año un reportaje con una investigación insustancial sobre el presidente Andrés Manuel López Obrador, expresando que sus informantes “pueden ser incomprobables y aun estar equivocados”. Pese a esto, como si el diario neoyorquino careciera de toda experiencia en el periodismo, publicó un artículo cuyas alegaciones no fundamentó, con un título y un resumen tendenciosos:

    “EE. UU. indagó acusaciones de vínculos del narco con aliados del presidente de México.La indagatoria descubrió información que apuntaba a posibles relaciones entre narcotraficantes y personas cercanas al presidente Andrés Manuel López Obrador cuando ya ocupaba el cargo”.

    Sin embargo, el cuerpo del artículo firmado por Alan Feuer y Natalie Kitroeff el 22 de febrero indicaba algo muy distinto: “Estados Unidos nunca abrió una investigación formal a López Obrador y los funcionarios que estaban haciendo la indagatoria al final la archivaron. […] Buena parte de la información recolectada por los funcionarios estadounidenses provenía de informantes cuyos testimonios pueden ser difíciles de corroborar y en ocasiones resultan ser incorrectos. […] no está claro qué tanto de lo que los informantes les dijeron fue corroborado de manera independiente”.

    Si hubiesen atendido las lecciones de Bernstein y Woodward, los reporteros del Times Feuer y Kitroeff debieron comprobar las alegaciones con fuentes corroborables y correctas. Sin embargo, ambos comunicadores publicaron una serie de alegaciones sin fundamento que pretenden inculpar al presidente de la república mexicana.

    Quizá Feuer y Kitroeff sueñan con repetir lo que Bernstein y Woodward lograron en el caso de Nixon. Pero el método que siguen es diametralmente opuesto al de los tenaces autores de Todos los hombres del presidente.

    Ron Ziegler les hubiese espetado a Feuer y Kitroeff: “No respeto el periodismo de pacotilla y harapiento que están practicando. No dignificaré con un comentario historias basadas en acusaciones de oídas, asesinato de reputaciones, rumores o culpa por asociación”.

    Y aunque el jefe de Ziegler perdió la presidencia por sus culpas, sigue vigente la respuesta de aquel vocero presidencial hace cincuenta y dos años frente al error del Washington Post. El presidente de México pudo reaccionar con análoga dignidad ante las acusaciones que regoldaron Feuer y Kitroeff el 22 de febrero este año.

  • El reino del deseo

    El reino del deseo

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    “Así holgaban los hombres en el chiquero de Circe”. Lo piensa Balmori mientras va sirviendo de mesa en mesa a la oscura turba de esa noche. La bacanal se derrite sobre las parejas lúbricas, los meseros abusivos, las bailarinas voraces, los músicos exhaustos. A lo lejos ve acercarse a Momo, el patrón, y se aparta para no cruzarse en su camino. Los reflejos de las fauces del licántropo monumental de plástico que cuelga en la alta pared del antro ciegan su mirada cuando va hacia la barra a recibir bebidas. Momo golpea a un mesero en el salón ebullente, rodeado por dos hombres que lo protegen, lo ocultan. Balmori observa. Lo hace cada vez que el otro no lo ve a él. El cantinero mezcla un narcótico en un par de tragos. Balmori asiente en silencio. Sabe para qué mesa son. Se encuentra con el hombre golpeado por Momo. Los dos bajan la mirada.

           Balmori coloca los vasos sobre la mesita. Una mujer semidesnuda baila delante de una pareja de hombres trajeados que beben ávidamente. Son presa de varios: de él, de la mujer, del cantinero y de Momo. Todas las presas son suyas. Se mueve por el salón recaudando dinero. Menciona la cifra y un plazo de minutos para tenerla o la cobra en el momento. Balmori vigila el desplome de los hombres babeantes, la bailarina y el cantinero también. Ella interviene antes que nadie: birla las carteras, las joyas más ostentosas y se marcha moviendo las caderas.

           Momo la intercepta al final del pasillo y arrebata el botín. Sólo le deja un reloj. Amenaza a Balmori y al cantinero desde lejos. La mujer sigue caminando. Ninguna estafa escapa a sus ojos, las reclama antes de que ocurran. Junta a un grupo de bailarinas y meseros y ordena: necesito dinero. Todos pagan. Uno de ellos titubea y Momo le da un porrazo en la cabeza. Cuando hay trabajo pagan, cuando no igual. Balmori debe pasar a su lado. El patrón no le habla, sólo lo sigue con la vista y chasquea los dedos. Los vasos que lleva en la charola se bambolean a punto de caer. Escucha a sus espaldas un insulto y una risa procaz.

           A Momo le enseñó doña Celeste, dueña de La Cacica y madre de su esposa. Entonces ya era brutal, pero subalterno. “Inferus privador”. Eso dice Balmori al abarcar de un vistazo el sitio del que lleva tres años queriendo salir. Aunque el dinero lo obliga y cada mes aplaza la partida. Su padre hizo lo mismo hasta que una enfermedad lo postró veinte años más tarde, cuando Balmori debió reemplazarlo para que la familia pudiera comer. Recibe dos cuentas de la barra. Tres ebrios aferrados y una pareja excitada que toquetea a las bailarinas. Pone sobre las mesas el cambio disminuido. Lo que deja desaparece entre las bragas de las mujeres. Ninguno de los parroquianos se da cuenta. Fue doña Celeste quien le enseñó a Momo que extraviarse es una costumbre que suele tener la gente. Lo estremece una manaza sobre su hombro. Dame quinientos, exige el patrón. Más dinero del que él quitó.

           Momo cuidaba intereses ajenos en La Cacica. Aquí todo es mío, le grita a una desnudista a la que maltrata entre puyas. Balmori siente que la viscosa jungla se pudre poco a poco. Todo lo sólido se desvanece y la mueca del licántropo luce más torva y ruin. Un hombre en el que no había reparado le hace una seña. Su mesa está debajo de una palmera de utilería y es bañada por las chispas rojizas que emite el hocico del animal. Adentro de sus lóbregas fauces se contonean cuatro mujeres de piel aceitosa. Los reflectores bañan su lascivia fingida y tiñen de destellos al hombre que lo llama. Está solo, ninguna bailarina ronda ese lugar.

           —¿Por qué pensó en el chiquero de Circe? —La pregunta lo sorprende. Quiere sentarse, pero eso está tajantemente prohibido por Momo. —Hágalo, no se preocupe. Él es el dueño, yo soy su superior. Así que desea irse, ¿verdad? Y no sabe cómo. Esto es un dédalo. ¿A dónde piensa ir usted que no encuentre los signos de un fin de mundo como aquí, el término de un ciclo completo, la conclusión de una humanidad? O sea, el final de una ilusión. Quizá no signifique la desaparición de la especie humana porque en el último instante sobrevendrá un enderezamiento, un nuevo comenzar. Quizá. Manvantara, le llaman los hindúes. Balmori, ¿verdad? Hablamos entonces de una disolución que usted quiere perderse. ¿Por qué?

           Nadie se acerca a ellos mientras el hombre habla. Un hálito los protege hasta de Momo. Las luces y la música suben de intensidad. El mesero desea marcharse, pero no puede hacerlo. La intensa sequedad del otro, sus ojos magnéticos, el bastón con puño de plata.

           —Yo soy Mefisto, pero usted no es Fausto. ¿Qué puede darme a cambio de liberarlo de este lugar? El desorden es tal cuando se le ve en sí mismo y separado del orden que terminará por integrar.

           Momo pasa a su lado sin voltear a verlo. La bacanal hierve, pero en ese pequeño radio no hay sobresaltos. Las sirenas lúbricas hacen sus danzas mecánicas, el silbo rasposo del dinero cruza el aire viciado, las manos tocan, las gargantas beben, los ojos desean, las lenguas lamen.

           —¿Qué opina del reino del deseo, Balmori? Todos lo que desean sufren, no son serios y no cesan de inventarse tragedias innecesarias. Usted pertenece a este sitio, no debe irse. Nunca podrá escapar de su neurosis de destino. Su padre trabajó en estos ambientes, tal vez su nieto también lo haga si para entonces las cosas aún existen. Podemos dudarlo: mire.

           Como si el otro jalara su cabeza, Balmori voltea según la dirección que marca el bastón. El gran hocico de utilería expulsa llamas y las bailarinas corren hacia las comisuras. Un brillo volcánico se esparce entre gritos. Ellas saltan al vacío.

           —Dígame, Balmori, ¿por qué cree que Nerón incendió Roma y cantó con su lira? El mal es como la gravedad: todos los cuerpos caen. Y el dolor es una oportunidad de elevación, una escala para ascender. Estos lamentos que nos rodean fueron cantos alguna vez. Sería fatal para usted que en este instante yo me evaporara.

           Detrás de las llamas está Momo, que las ve avanzar. Un golpe de fuego arrebata los alrededores de la burbuja. Su membrana es irisada por los remolinos del plástico que se quema. El babeante hocico se deshace en tiras ardientes sobre aquellos que se precipitan por escapar. Menos una, todas las puertas del antro están cerradas. La gente corre desesperada en el salón asfixiado de humo e intenta salir. Las llamas hacen estallar los cristales como partículas de fragua en el torbellino del infierno.

           —Es el dilema fáustico, Balmori. “Inferus privador”, dijo usted. Tiene razón. Si los hombres ignoran el cielo, como ahora lo hacen, la tierra se aleja de los hombres y surge en ella la imagen invertida, el inferus privador que somete a quienes debieron ser los mediadores entre aquello que está arriba y esto donde existen. Entonces nada es cierto y todo está permitido. Mire la delirante colmena. Usted vive en la historia, no tiene a dónde ir.

           La gente rueda por el suelo y clama por su paso repentino de la felicidad a la infelicidad. Momo forcejea con una puerta que se resiste a ceder. Doña Celeste le enseñó que en este negocio no hay casualidades. El fuego es una lente de aumento. Unos y otros se atropellan. Los más borrachos caen. El cantinero derriba a una mujer que corre adelante y los que vienen detrás lo atropellan a él. Se extienden las llamas por la única puerta abierta que pocos pueden alcanzar. Las llamaradas crepitan, como si miles de lenguas sorbieran a la vez. Los lamentos suenan a metálicas carcajadas.

           —Mire, mire usted —dice el hombre, y dirige su bastón hacia la catástrofe que ocurre alrededor. —La muerte de la época sólo es el final de una ilusión.

           La burbuja y el hombre en ella desaparecen. Lo mismo que el incendio y la destrucción. Balmori se ve delante de una mesa anotando en la comanda lo que piden varios alterados y tres suripantas. Una de ellas esculca el bolsillo del hombre que tiene al lado, quien besa los pechos de otra. Le da el dinero a Balmori. Éste camina hacia la barra y desliza algunos billetes en la mano del cantinero. Momo lo deja hacer, vigila desde lejos. La rasposa canción del dinero fluye aprisa. No son monedas acuñadas, piensa Balmori, que no entiende lo que acaba de pasar. Las drogas van para los de la mesa siete. Dice que sí. ¿Cuál es la alucinación: ésta o aquella?

           Momo pasa rozándolo: te estoy viendo, cabrón. Balmori se acerca a verificar la expoliación de un parroquiano. Cuando me vaya de aquí, de la porqueriza de Circe. Este infierno. Las fauces del licántropo hieden a lujuria. Cuatro mujeres semidesnudas danzan en el hocico. Detrás de ellas surge un pequeño resplandor. 

Un sitio web WordPress.com.

Subir ↑