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Cumpleaños 102 de Mutis/Maqroll

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
- Álvaro Mutis
Escritor colombiano nacido en Bruselas, funcionario de compañías petroleras, preso en Lecumberri, mentor de Gabriel García Márquez, amigo del pintor Alejandro Obregón, la voz del narrador de la serie de televisión Los intocables, puente entre el grupo de Octavio Paz y la izquierda mexicana, amigo sin par de sus amigos, Premio Nacional de Letras en su país, Premio Villaurrutia en México, Orden del Águila Azteca y Premio Cervantes… Esta retahíla de características dibujan el perfil de uno de los mejores escritores de nuestra lengua. Si bien fue también un gran poeta, la saga de Maqroll el Gaviero lo llevó al reconocimiento internacional.
- Las siete novelas de Maqroll el Gaviero
Maqroll comparte la alegría de vivir de Zorba el griego y el desencanto ante la vida del filósofo rumano Emil Cioran. Es un pesimista que sabe que todo va a terminar mal; sin embargo, se embarca en proyectos imposibles, en relaciones amorosas condenadas al fracaso y en negocios turbios que siempre acaban mal.
La nieve del amirante (premio Médicis al mejor libro extranjero publicado en Francia) nos relata la absurda empresa de bajar los troncos de un aserrradero por el río Xurandó. Allí conoce a Flor Estévez: “Nadie me ha sido tan cercano, nadie me ha sido tan necesario, nadie ha cuidado de mí con ese secreto tacto suyo dado al silencio”, dice Maqroll. En medio de la selva, el Gaviero lee el homicidio de Luis de Orléans ordenado por Juan sin Miedo, como si la literatura le diera otra profundidad a sus locas aventuras. Flor era la dueña de la tienda que le da nombre a la novela. Al final, sóló quedan ruinas y un letrero que nos recuerda que allí se vivieron historias amorosas.
Ilona llega con la lluvia se desarrolla en Panamá. Allí llegó el Gaviero a hacer viajes para transportar mercancia ilegal y conoce a Ilona Grabowska, de padre polaco y madre triestina, hija de macedonios. “Hacíamos el amor por las tardes, con la lenta y minuciosa paciencia de quien levanta castillos de naipes”. Ponen una casa de citas “Villa Rosa”. Allí llega Larissa, una chilena, a trabajar. Se enteran de que vive en el Levante, los restos de un barco. Le cuenta a Ilana y a Maqroll que en las noches se le aparecen dos oficiales napoleónicos, que encarnan en nuestra época lo suficiente para tener con ella, cada uno, noches de amor enloquecidas. Ilona trata de escapar de ese descenso a la locura al que Larissa la quiere llevar. No lo logra. Una explosión acaba con el Lepanto y con las dos mujeres, dejando a Maqroll, una vez más, solo.
En Un bel morir, Maqroll sobrevive de los giros monetarios que le manda desde Trieste su amigo, cómplice y socio Abdul Bashur, y de la ayuda de la ciega que administra la pensión donde vive, quien lo cuida y le advierte de que las malas compañías que le proponen negocios son temibles. El holandés von Braden contrata a Maqroll para transportar maquinaria a la mina para un supuesto ferrocarril. Él no sabe que son armas. Allí aparece Amparo María, la morena con cintura de gitana y “con una sed de cariño oculta tras la desconfianza y el temor de ser lastimada”. El Gaviero escapa por los pelos de la emboscada donde muere Amparo María y su gente. Se desliza por el río y, en esta novela, alcanza la muerte: “El Gaviero yacía encogido al pie del timón (…) Sus ojos, muy abiertos, quedaron fijos en esa nada, inmediata y anónima, en donde hallan los muertos el sosiego que les fuera negado durante su errancia cuando vivos”.
La última escala del Tramp Steamer nos relata la fascinación del levantino Abdul Bashur por estos cargueros decadentes y pasados de moda. Maqroll vio por primera vez al Alción en Helsinski. Lo verá luego en otros puertos donde el barco y otros parecidos se entrecruzaran en la vida de los dos amigos, que habían compartido eróticamente a Ilona. Aparece Warda, la hermana de Bashur, una mujer libre y musulmana -imposible contradicción-, que mantiene amores con el capitán Jon en los distintos puertos en los que hace escala. Al final, el barco encalla y se hunde y el amor entre Warda y el capitán igual. Todo es evanescente y se escurre entre los dedos.
En Amirbar, Maqroll abandona el mar para explorar una mina de oro. Se necesita ser inocente para no imaginar que detrás de esos empeños hay gente dispuesta a matar y a morir sin escrúpulos. Amirbar viene del árabe Al Emir Bahr, jefe del mar. Flor Estévez le mando al Gaviero a Antonia, que por no quedar embarazada practica el amor que en un tiempo se consideró contra natura. Cuando Maqroll decide dejarla, una vez terminada la empresa minera, ella intenta quemarlo vivo. Rocía las ropas con petróleo y apenas alcanza a salvar la vida. Antonia acaba en un manicomio. Luego vienen unos apuntes de lectura. A Maqroll le encantan las Memorias del cardenal de Retz y otras memorias, las de ultratumba, de Chateaubriand.
En Abdul Bashur, soñador de navíos, la atención está centrada en este levantino, socio y cómplice de todo tipo de aventuras de Maqroll. La novedad es que otro de los personajes es el propio Mutis, que describe en primera persona su encuentro con Fátima, la hermana de Abdul, desde su condición de recopilador de los relatos de las andanzas de estos dos amigos. La novela relata cómo se salva Maqroll del Rompe Espejos, tipo peligroso; la etapa en que Ilona, Abdul y Maqroll cobraron alfombras caras y a cambio dejaron unas parecidas pero sin valor y cómo Maqroll le cuenta a Abdul que Ilona ha muerto. Se nos relata también la muerte de este último, en un accidente aéreo en Funcha.
Tríptico de mar y tierra nos relata el suicidio meditado del nórdico Sverren, el encuentro de Maqroll con el pintor Alejandro Obregón -pintor real, gran amigo de Mutis- y de cómo interviene Gabriel García Márquez sobre la versión que dio Obregón de cómo rescató el cadáver de Maqroll. Esta novela -y con ella el ciclo de Maqroll- terminan con el año durante el cual el Gaviero cuida a Jamil, el hijo de 5 años que tuvo Lina con Abdul. Ella se lo encarga para ahorrar un poco de dinero y poder darle a su hijo una vida. El libro lo dedica Mutis a su nieto y es una delicia la relación de quien funge como abuelo y un niño ávido de conocimiento, aventuras y cariño.
Javier García-Galiano, en el libro Los sueños intactos: evocaciones de Álvaro Mutis en su centenario (Delirio, 2023), afirma: “Maqroll encarna el heroísmo de un mundo sin héroes”.
Hace dos años, en la Casa Octavio Paz, tuvo lugar un homenaje por los 100 años de Álvaro Mutis, con la presencia de escritores mexicanos y colombianos. Se recordó cómo Mutis le aventó Pedro Páramo a Gabo, mientras le decía: “¡Lea esta vaina, carajo, para que aprenda!”, y cómo, durante la escritura de Cien años de soledad, los Mutis recibían cada tarde a Gabriel y a Meche para comer y beber; luego les daban su itacate -que era el desayuno del día siguiente- al término del cual Gabo escribía 8 o 10 horas para ir luego a comer con los Mutis y así interminablemente.
Enorme personaje, enorme escritor. He releído las 7 novelas y son un deleite, por su prosa, por su conocimento de cualquier geografía, por su sabiduría, por el desencanto y el amor a la vida del Gaviero. ¡A leerlo y releerlo!
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Artistas de Oaxaca. Evocación de ausencias, vindicación de presencias

Colaboraciones
Siegrid Wiese
Me acerco a este libro por una curiosidad simple, pero luego me digo: “Es Jorge Pech, algo se trae entre manos”.
Efectivamente, Pech nos pone a trabajar para descubrir con nuestro propio criterio, a partir de su investigación y recopilación de textos, qué esperar del arte en Oaxaca, y nos pone en la mesa la supuesta existencia de la “Escuela de pintura oaxaqueña”, que don Andrés Henestrosa nombrara en 1978 y que en palabras de Robert Valerio resultó ser una “ocurrencia” que estorba tanto a la crítica como a los mismos artistas. Jorge Pech toma una oportunidad más de terminar de una vez por todas con el trillado tema.
Siguiendo la hebra
Percibo este libro como un ofrecimiento de seleccionadas herramientas para discernir si existe o no una Escuela de pintura oaxaqueña. Tanto Valerio como Pech citan a la escritora Elisa Ramírez, quien identifica siete puntos que según Ramírez comparten los jóvenes pintores oaxaqueños, para tratar de dar respuesta a dicha pregunta, de los cuales Robert Valerio da principal importancia a dos de ellos y que Jorge Pech enfatiza en este libro:
1.- Los materiales.
2.- Una idea de Oaxaca construida desde el exterior.
De manera inteligente Jorge refresca el tema, específicamente el segundo punto de Elisa Ramírez, ese punto que Valerio pondera en Atardecer en la maquiladora de utopías (1998).
El tema de la Escuela de pintura oaxaqueña ha sido tema de debate en Oaxaca, en México y fuera de nuestro país, mostrando un hartazgo en críticos y artistas después de 47 años. Numerosos pintores oaxaqueños han despuntado en las artes de maneras maravillosas, llevando con éxito su obra a gran parte del mundo; y a muchos de los cuales se les estigmatiza con ser parte de la escuela de pintura oaxaqueña; los marcan como vacas, formando entonces parte de un rebaño de pintores que comen lo mismo y que en consecuencia producen lo mismo.
Los pintores que cita Pech en su libro tienen cosas en común que iré puntualizando a lo largo de este texto.
Lo primero que noto es que Jorge encuentra una hebra que lo lleva a recorrer a la inversa el hilo conductor que lo hace toparse con las mentes que de alguna manera dan elementos para pensar en lo que nombró Henestrosa como Escuela en 1978. El autor cita una entrevista que el diario La Jornada hace a la viuda de Rodolfo Nieto, y en ella una respuesta que dio Rodolfo cuando le preguntaron si consideraba su pintura como oaxaqueña, diciendo: Yo nací allá, pero mi búsqueda es plástica, en la cual, si sale algo que le parezca oaxaqueño, es porque ya es inherente, lo traigo en la sangre, pero no busco, en mi pintura, ser mexicano nioaxaqueño.
¿El rebaño come lo mismo? ¿Se trata de un ADN impositivo?
En aquella entrevista Nieto también declaraba: Aunque parezca petulante de mi parte considerarme un pintor excepcional, ni en México ni en París hay otro pintor que comprenda la pintura como yo.
Todos percibimos de manera diferente la pintura, nada nuevo nos dice Nieto; sin embargo está claro que Rodolfo quería evitar que se le encasillara en un concepto regionalista. De igual manera Rufino Tamayo manifiesta la misma preocupación en innumerables entrevistas y publicaciones, incluso se separa tajantemente de los tres grandes del muralismo encasillándolos en el temido adjetivo.
Lo que se nota en la obra de muchos de estos pintores oaxaqueños de talla internacional es un gusto por lo que desarrollaron sus paisanos antecesores, y esto no es una acusación; claramente hay una admiración por la obra y por el éxito que ello significa. Pero por otro lado tomemos en cuenta el punto de Elisa Ramírez, “Una idea de Oaxaca desde el exterior”: Tamayo encontró su lenguaje desde su raíz pero con ventanas abiertas al mundo; esto pasa con los once artistas mencionados en el libro: la salida y el retorno, un mandato del espíritu que parece decirles al oído: “Ve y trae”. Hay gratitud por la tierra que los vio nacer, hay amor por la raíz y eso también forma parte de su lenguaje plástico que se empeña en enaltecer su sangre.
Todos o la mayoría de los que estamos aquí conocemos el alma filantrópica de artistas oaxaqueños como Francisco Toledo, Rodolfo Morales, Alejandro Santiago o Arnulfo Aquino, quienes regresaron con creces a su tierra lo que ella misma les dio. Los rige esa constante: dan Guelaguetza, regresan a su tierra a repartir las ganancias; algunos comparten sus valiosos conocimientos y otros más las ganancias monetarias, cuestión de cultura trasmitida de generación en generación. ¿Cuestión de ADN?
¿Resulta ser una corriente artística?
¿Qué pasa con las corrientes artísticas? En los impresionistas, por ejemplo, una pincelada, una forma de vivir el arte que se refleja en la forma de pintar los nombra, y sin hacerlos esclavos de su tiempo se vuelven universales. Por otro lado un estilo nacionalista es regional. ¿Qué pasa entonces con estos pintores de Oaxaca?
Las corrientes artísticas surgían a partir de manifiestos que declaraban intenciones y propósitos, en el caso de la pintura en Oaxaca —percibo—- se refiere más a un momento. Pero como siempre queremos enaltecer nuestras raíces y sentirnos el ombligo del mundo, el paisano Henestrosa le echa merengue al pastel y nos mete en un remolino que hoy nos sigue mareando.
Lo interesante viene cuando alguno rompe con la dieta del rebaño y empieza a alimentarse de su luz interior. Ahí hay otra disyuntiva: ¿qué pasa cuando la luz interior se nutre de las mismas visiones? Evidentemente habrá ecos, lo cual resulta perfectamente normal.
Yo percibo que Jorge eligió a once personajes que de alguna manera invirtieron en la búsqueda desde adentro, algunos encontraron algo y otros más se encontraron en la voz del otro, porque al final el arte nos conecta y nos hace hablar el mismo idioma.
Estructurar el legado de estos once pintores que, hoy en día, transforman el arte en Oaxaca
Lo que se asoma con esta publicación de Pech es la punta de un trabajo para valientes.
Aunque mi instinto de pintora se revuelca en el ego de algunos pintores de obras carentes de compromiso y de un egoísmo redondo, hoy día el arte en Oaxaca ya no es lo que era hace 47 años. Oaxaca se ha diversificado enriqueciendo sus manifestaciones. Hay artistas increíbles, unos muy jóvenes que ni les pasa por la cabeza buscar eco con esa época. Me parece muy acertado de parte de Jorge Pech lanzar esta publicación como un pertinente documento histórico para contar con el conocimiento que nos precede, saber cómo funcionó y tener la claridad de que se agotó de la mejor manera posible y así dar espacio a lo que ahora se hace en Oaxaca.
Este primer tomo que nos presenta Jorge Pech Casanova es un elemento más que aporta al conocimiento y a la crítica, un ejemplar que nos presenta el lado bueno de los pintores oaxaqueños que pueden encajar o no en una escuela, estilo o moda.
En todo caso sigamos las enseñanzas de los estigmatizados: leamos, aprendamos, estudiemos, escribamos, publiquemos, aportemos, enseñemos, compartamos, seamos empáticos, realicemos grandes proyectos, platiquemos, unamos fuerzas.
Este libro menciona a artistas que abrieron escuelas y talleres, que su pincelada era —-por ejemplo— confundida con grandes de la pintura como José María Velasco, que su lenguaje plástico se amplió por viajar a través de los libros, que fueron fieles a su sentir, que pelearon con todas sus fuerzas por sus ideas, que soñaron y lo hicieron, que recibieron premios y reconocimientos de verdad, que pintaban 24 horas, que sacrificaron hasta su vida por llegar a la meta.
Dejemos de hacer cuadritos para ganar dinero y morir en una casa grande.
Dejemos de sobrevivir con valores de plástico.
Este libro es una gran lección para todas y todos.
Para finalizar
En Artistas de Oaxaca. Evocación de ausencias, vindicación de presencias Jorge Pech nos deja ver que la existencia o no de una Escuela de pintura oaxaqueña es hoy día un tema arcaico y sin mayor importancia. La importancia está en que, a los que nos interesa el arte, dejemos de tratar de encajar en un concepto y trabajemos creativamente con compromiso y amor por un lenguaje universal que nos permita unirnos y aportar al arte algo que haga del mundo un mejor lugar de convivencia.
Atendamos las publicaciones de Jorge Pech, quien promete dos tomos más para seguir la hebra y dejar evidencia, junto con importantes aportes como el de Robert Valerio en Atardecer en la maquiladora de utopías (periodo 1985 a 1995) e Imágenes en Oaxaca. Arte, Política y memoria de Abraham Nahón (hasta 2017), de lo que sucede en el arte producido en Oaxaca. Así cada uno de nosotros llegará a conclusiones que podamos compartir para dar mayor vida a la crítica en Oaxaca.
Por último, Jorge hace una breve mención del trabajo de las mujeres artistas en Oaxaca, con la promesa de dedicar el tercer tomo a ellas. Me espero al tercer tomo para sacar mis conclusiones al respecto, porque con tan breve aporte solo logró en mí un breve consuelo.
Este texto fue leído por su autora en la presentación del libro Artistas de Oaxaca. Evocación de ausencias, vindicación de presencias, Almácigo Ediciones, Oaxaca, México, 2025, de Jorge Pech.
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La doble muerte de Mariam Abu Daqqa

Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
El 9 de junio de este año, Mariam Abu Daqqa, con tan sólo dos años de edad, murió de desnutrición en la unidad de maternidad del hospital de Jan Yunis, en el sur de la Franja de Gaza. En esa zona, informan los medios de comunicación, miles de niñas y niños sufren desnutrición debido a la hambruna provocada por las restricciones de ayuda humanitaria impuestas por el ejército de Israel en los cruces hacia el reducto palestino.
Dos meses después, el 25 de agosto, Mariam Abu Daqqa, fotoperiodista, murió asesinada a sus 33 años de edad por el doble bombardeo que cometieron fuerzas de ocupación israelíes contra el hospital Nasser en Jan Yunis. Además de 15 trabajadores de la salud y Mariam, en ese artero doble ataque fueron también asesinados otros cuatro periodistas: Hossam al Masri, Moaz Abu Taha, Mohamad Salama y Ahmed Abu Aziz.
Lo escrito en los párrafos iniciales no es un error ni un descuido en la redacción. La bebé Mariam Abu Daqqa y la joven adulta Mariam Abu Daqqa murieron, con dos meses de diferencia, víctimas del genocidio que Israel comete en la franja de Gaza y, con particular intensidad en estos últimos meses, en la ciudad de Jan Yunis.
No es inusual que algunas personas tengan el mismo nombre, sobre todo en culturas con una fuerte definición patriarcal. En árabe, muchos nombres contienen el patronímico Abu, que significa “padre”, y lo llevan incontables personas en los países que hablan ese idioma, incluyendo a Palestina.
Así sucede, por ejemplo, con el nombre Mariam Abu Daqqa, nacida en 1951, que ha aparecido extensamente en noticias y redes sociales debido a que lo llevaron dos mujeres sacrificadas por el genocidio en Gaza, y aún lo porta con determinación una veterana activista por los derechos humanos que, a sus 72 años de edad, fue violentamente detenida en 2023 en París por pedir el cese del genocidio cometido por Israel en Palestina.
La estadística fatal que incluye a la bebé Mariam y a la joven adulta Mariam, así como a otras 55 mil personas, es uno de los principales motivos de denuncia que la sobreviviente Mariam, ahora a sus 74 años, manifiesta en sus intervenciones públicas.
En 1967, durante la Guerra de los Seis Días entre Palestina e Israel, Mariam se presentó como voluntaria al ejército palestino. No la aceptaron, por su edad, pero no tardó en incorporarse a la resistencia. Hecha prisionera después de un combate, fue desterrada a Jordania, donde se unió a otra milicia. A sus 31 años de edad, en 1982, participó en la Guerra del Líbano.
Mientras estuvo en el exilio, Mariam se preparó para algo más que la lucha armada: estudió, se doctoró en filosofía, se convirtió en periodista. Entre sus numerosos artículos, partiendo de sus experiencias como adolescente prisionera de guerra, difundió los efectos físicos y psicológicos de la tortura a largo plazo en las excarceladas y el impacto psicológico y social de los tormentos en las prisioneras.
Abu Daqqa también es autora de libros como Palestinas liberadas: prisioneras entre la realidad y las esperanzas y La participación política de las mujeres en Palestina. En varias conferencias internacionales abogó por presos y prisioneras políticas de su nación. Aunque el sionismo israelí obligó a Mariam a abandonar todo lo que amaba en Palestina, ha continuado siendo una voz de su pueblo ante el mundo, pese a todas las persecuciones.
En tanto la Mariam Abu Daqqa nacida en 1951 prosigue su activismo por el pueblo palestino, la fotógrafa del mismo nombre que nació en 1992 hace mucho que había cobrado conciencia del riesgo que su vida corría al informar in situ sobre el genocidio que los sionistas cometen en Palestina. Poco antes de morir escribió una carta a su hijo Gaith para despedirse. Al morir la fotoperiodista, sus colegas recuperaron ese mensaje y lo difundieron en redes sociales. Dice la carta:
“Ghaith, eres el corazón y el alma de tu madre. Les pido que oren por mí y no lloren, para que pueda descansar en paz. Hazme sentir orgullosa trabajando duro, teniendo éxito en tus estudios y convirtiéndote en un joven capaz y exitoso. Esfuérzate por forjarte un futuro y convertirte en un hombre respetado. Querido hijo mío, nunca me olvides. Todo lo que hice fue para verte feliz y realizado. Y cuando llegue el momento en que te cases y tengas una hija, por favor llámala Mariam, como yo. Eres mi amor, mi fuerza, mi orgullo y mi alegría. Sé siempre digno y que tus acciones honren mi memoria. Lo más importante, Ghaith: nunca descuides tus oraciones. Tus oraciones son tu fuerza. Con todo mi amor, tu madre, Mariam.”
El lunes 25 de agosto de 2025 el hospital Nasser de Jan Yunis recibió el impacto de un bombardeo hacia las diez de la mañana. Había pacientes y médicos en la instalación, entre quienes cundió el caos y el pánico. Un médico británico que estaba ese día atendiendo en la clínica, relató que diez minutos más tarde, mientras el equipo hospitalario trataba de organizar la evacuación, un segundo estallido sacudió el edificio. Era otro misil que golpeó al sanatorio en sus salas de emergencias, de resguardo de pacientes y de cirugías. El bombardeo dañó inclusive la escalera de emergencia.
La BBC informó en una nota que la televisora Al Ghad estaba transmitiendo en vivo cómo varios trabajadores de emergencias trataban de responder al siniestro, mientras un grupo de periodistas grababan y fotografiaban sus esfuerzos desde una escalinata trasera. Al minuto señalado por el médico inglés, la transmisión mostró cómo estallaba el lugar donde estaban los trabajadores y los periodistas, lanzando escombros y humaredas al aire. Luego se pudo percibir un cuerpo entre las ruinas.
Otra grabación inmediatamente posterior mostró cuerpos regados entre los restos de la escalera y a médicos que trataban de atender a las víctimas, entre las cuales apareció Mariam Abu Daqqa, ya sin vida. Una grabación más mostró a un médico en la entrada principal del sanatorio, sosteniendo en sus manos ropas ensangrentadas ante las cámaras, cuando otra explosión hizo correr a todos en busca de refugio.
La crueldad y cobardía que exhibe este ataque a un hospital donde se atendía a civiles, es una muestra más de la brutalidad genocida del régimen de Netanyahu. Ante la evidente violación a todas las leyes y convenciones militares, el primer ministro sionista se limitó a “lamentar la equivocación” y ofrecer una “investigación a fondo” del operativo que asesinó a 21 civiles y destruyó una instalación médica.
Mientras tanto, la muerte se extiende a diario sobre Gaza y nuevas atrocidades seguramente continuarán ocurriendo en ese territorio, que no es “tierra de nadie” sino la herencia de un pueblo que lo ocupó pacíficamente durante milenios. Hoy, ese pueblo es masacrado por potencias perversas para convertir sus heredades centenarias en el trofeo de un imperio bicéfalo. No importa que las cabezas seniles y monstruosas conductoras de ese maligno binomio, por su obsceno peso, caerán antes de que termine esta década ominosa.
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Nuestra Señora del Potala

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
I.
El 24 de octubre de 1868 nació Alexandra David-Néel en el elegante barrio parisino de Saint-Mandé, y la madre montó en cólera porque lo que esperaba era el alumbramiento de un varón.
Su padre, Louis David, un hombre de letras francés dedicado al periodismo y la política, y su madre, Alexandrine Borghmans, una joven belga de familia acaudalada y ella misma empresaria textil, habían formado un matrimonio burgués tal como la época acostumbraba, negociando una respetable fusión de apellidos e intereses.
Louis David era hugonote de confesión, masón, socialista activo y antimonárquico. Tuvo que salir al exilio durante el imperio de Napoleón III perseguido por sus ideas republicanas. Alexandrine, en cambio, era una católica ferviente, partidaria fiel de la monarquía belga y muy conservadora.
De esa disparidad parental e indiferencia materna nacería una niña budista extraviada en Occidente, como ocurriría a menudo en Europa durante todo el siglo diecinueve, en aquel determinante encuentro entre Oriente y Occidente profetizado por la literatura y el pensamiento desde siglos anteriores.
Según cuenta su biógrafa Ruth Middleton, el leitmotiv de la larga aventura que sería la vida de Alexandra David-Néel quedó manifiesto una tarde cuando a sus escasos seis años se negó a dar su nombre al gendarme que la sorprendió paseando sola por el parque. Aquel motivo principal sería la pregunta de la afligida institutriz al encontrarla enojada por la intromisión del guardia y en hosco silencio ante él: “Alexandra, ¿dónde has estado?”
La pequeña estaba buscando su árbol, el que a ella le pertenecía, según contó muchos años después ya siendo una anciana. Desde entonces se haría especialista en evasiones, yéndose sin avisar un día para cruzar Francia de norte a sur y parte de España en bicicleta, u otra vez marchándose a Inglaterra para estudiar durante meses textos orientales e historia, religión, política, literatura, y para vivir a su soberana, anticonvencional y valiente manera.
Se haría especialista también en viajes asombrosos y atrevidísimos, no sólo para su condición de mujer sino para su origen occidental y su extracción de clase, ante la escandalizada mentalidad burguesa de los suyos con la notable excepción de su padre, siempre comprensivo y tolerante ante una hija tan singular.
Alguna vez el filósofo jesuita Teilhard de Chardin, sentado a su lado en una cena, cuando ella había vuelto ya de sus insólitas excursiones al Tíbet y era reconocida como una celebridad, le dijo: “Supongo que no creerá usted en los milagros, señora”. David-Néel le contestó con ironía: “Claro que creo, padre, porque los hago continuamente”. El paleontólogo y pensador católico también creía en ellos sin decirlo. Haber afirmado, como lo hizo, que todo acontecimiento resulta adorable porque es la forma que lo real toma para manifestarse, representaba mucho más que una confesión de docta credulidad.
De ahí que el lema de su vida milagrosa Alexandra lo tomaría de una frase del Eclesiastés: “Sigue las sendas y los impulsos del corazón y las escenas que atraen tu mirada”. Una mañana dicha determinación quedaría radicalmente manifiesta en su visita al Museo Guimet ubicado en el número 6 de la Plaza d’lena en París. Ese sitio extraordinario, fundado en 1876 por el industrial y viajero Émile Guimet a encargo del ministro de Instrucción Pública para el estudio del arte y las religiones del Extremo Oriente, cautivó a la joven Alexandra por la expresión de las imágenes budistas y la atmósfera de plena serenidad que ellas emitían.
La suave sonrisa de sus rostros y la confiada naturalidad de sus posturas era exactamente lo opuesto a la realización plástica occidental de Cristos lacerantes y crucificados, o de pensadores llevados al extremo de la tensión del cuerpo y de la mente como el de Auguste Rodin, escultor contemporáneo de aquella jovencita que en el Guimet alcanzaba una revelación, un decisivo satori, y decidía convertirse a una exótica ciencia del espíritu que hasta ese momento le era ajena.
Esa afirmación sobre la ajenidad es inexacta: corresponde al modelo mental propio de la razón cartesiana que separa la realidad en un juego de oposiciones. El budismo, en cambio, postula el principio del karma, una palabra sánscrita que proviene de la raíz “obrar, hacer”. Karma significa “acto”, “acción”, en un sentido semántico que subraya la eficiencia del acto. Significa la fuerza motriz, el carburante de la existencia humana en el sâmsara, esa rueda inagotable del nacer, vivir y morir a la que todo está sujeto.
El karma se explica como “acción anterior que causa el presente actual”. De tal modo que era el karma de Alexandra David-Néel manifestándose en el memorable encuentro con el Buda y su sonrisa. Una graciosa y flotante comprensión que la envolvía en el abrigador recogimiento del Guimet.
En aquella mañana epifánica se encontró con su destino, determinado por lo que los tibetanos enuncian en dos palabras: Lags thong, “ver más”. El secreto para salir de la ilusión de la conciencia: ver más para saber más. Nuestra Señora del Potala, como después sería llamada, ahí comenzó a ser.
II.
Una sentencia del canon griego afirma que cuando las formas y los ritmos cambian se producen cambios en los acontecimientos humanos más importantes. La poderosa irrupción de Oriente en Occidente durante el siglo diecinueve se había hecho visible desde la filosofía de Schopenhauer y Nietzsche hasta el simbolismo europeo a través de sus representaciones visuales y escultóricas, las cuales mostraban una concepción filosófica distinta al materialismo dominante y al racionalismo cartesiano del momento.
Si bien Alexandra ya había entrado desde los trece años en contacto con la mitología budista cuando estudiaba en un liberal colegio religioso de Bruselas, fue aquella mañana del Museo Guimet parisino que la profunda serenidad de la expresión de budas y bodhisattvas, junto con el misterioso vacío de las pinturas chinas y japonesas, la decidieron a dedicar su vida al estudio y a la práctica de esa antigua y venerable ciencia del espíritu.
En febrero de 1924, después de entrar a Lhasa disfrazada de dama lama y visitar el Potala, el legendario y vaticanesco palacio del Dalai Lama —en aquel momento el decimotercero del linaje—, peregrinando en mendicidad por cientos de kilómetros durante meses, dueña de un tibetano culto pero con un extraño acento que se cuidaba de no mostrar durante largas partes del trayecto que hacía al lado del lama Yongden, su hijo adoptivo, escribió al comprensivo marido, Louis David, su querido Mouchy, del cual llevaba años lejos y a quien no volvería a ver con vida:
“He realizado satisfactoriamente el paseo que inicié cuando te mandé la última carta”. Le llamaba simplemente paseo a una hazaña que abriría, como si fuera una bisagra, la fusión de horizontes que representaba aquel encuentro de culturas, el suceso más importante del siglo veinte (Mircea Eliade) o la posibilidad de que la civilización global tenga un futuro (Arnold Toynbee) o las dos cosas a la vez.
Era una forma de eludir la censura de los ingleses, contra cuya prohibición expresa había ingresado al Tíbet y llegado a Lhasa, pero también representaba una palabra engañosamente ligera empleada con toda intención, una perspectiva propia y distinta. Alexandra siempre sería una instruida paseante de las altas planicies espirituales, tanto geográficas como mentales, y en ellas recibiría enseñanzas e iniciaciones rituales bajo la dirección de sabios y con los objetos ortodoxamente simbólicos: el cáliz, el rosario, los anillos, los mantos, los textos sagrados. Su peregrinar representaba un paseo, una búsqueda fantástica y mística, pero un paseo al fin.
“De momento confórmate con saber que llegué a Lhasa hecha un auténtico esqueleto. Cuando me paso una mano por el cuerpo, encuentro apenas una fina capa de piel cubriendo los huesos”. La dama aristocrática antes siempre bien vestida, después cantante de postín por alguna temporada, ahora, ya cincuentona, se disfrazaba con aumentos de pelo de yak en el cabello, comía con los dedos en la escudilla que cargaba consigo, no se bañaba y tenía el rostro tiznado para ocultar el color de su tez y sus rasgos extranjeros, lo mismo los dedos ennegrecidos que varias veces estuvieron a punto de delatar su origen al mojarlos y despintarse en el té con mantequilla, alimento tibetano acostumbrado.
David-Neél había cumplido un anhelo confiado a Mouchy: escribir, viviéndola, una Ilíada oriental. También era una Odisea, el proceloso viaje heroico, historia de una Ulises mañera capaz de seguir la atrevida senda de su voz interior, de superar exigentes pruebas físicas e intelectuales —literalmente hazañas del cuerpo y la voluntad que rozan lo inexplicable—, de dejar detrás de sí el mundo conocido, los afectos y las posesiones, para retirarse a la soledad y aprender, bajo la dirección de maestros calificados, miembros de la élite intelectual y mística lamaísta, lo que ningún occidental, hombre o mujer, había hasta entonces experimentado.
En 1942 la benemérita editorial madrileña Espasa-Calpe publicó el libro más pintoresco de Alexandra, escrito en un tono divulgativo que debía adoptar para ganar dinero con volúmenes dirigidos al público en general: Místicos y magos del Tíbet. En él aparecen portentos como el del Tumo, una técnica psicofisiológica que permite a sus practicantes secar con pura concentración mental sábanas heladas sobre su cuerpo en las altas montañas del Himalaya.
Una relación de aventuras que deben leerse sobre todo como una Ilíada/Odisea en la que resuenan ecos de El Quijote —otra confesión de preferencias literarias alguna vez hecha a Mouchy—, con una nueva temática cuya materia narrativa es lo físico y lo espiritual, la acción y la contemplación. Esta característica presente por primera vez en la literatura europea significaba una mutación. O un salto cuántico, dicho en posmoderno.
Otros libros de Alexandra son más abstractos, no propios del nivel donde los rituales y los panteones beatíficos o demoniacos son vistos como religión para niños. Proponen conocimientos y métodos operativos que la esmerada lectura puede llevar a la práctica.
Anótese en la brillante cuenta de este peregrinaje el contacto que entre Oriente y Occidente construyó Nuestra Señora del Potala. Una acción más del Eterno Femenino y lo inevitable. Murió a los 101 años en Francia. Estaba física y mentalmente intacta. Acaso iluminada.
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Literatura islandesa

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
- Las Eddas y Borges
Con la literatura islandesa antigua pasa lo mismo que con las literaturas medievales: una concatenación/configuración de lenguas y dialectos que va más allá de las fronteras nacionales. Así sucede con el ciclo de Bretaña del rey Arturo, toda vez que Bretaña era y es parte de Francia.
Según el prólogo de la Edda Menor, de Snorri Sturluson, había un “nórdico oriental”, que dio origen al sueco y el danés, y un “nórdico occidental”, a partir del cual se crearon el noruego y el islandés actuales, de la misma manera que las lenguas de “oc” y de “oïl” dieron origen al francés.
Así las primeras sagas islandesas son como primas del Beowulf, clásico de la preliteratura inglesa y de El cantar de Hildebrando, de la preliteratura alemana.
La poesía islandesa se compone de sagas, de poesía éddica y de poesía de las escaldas. Ejemplo: “De Bálder vi / del dios malherido, / del hijo de Odín, / el oculto destino; / descollaba en el llano / y crecida se erguía / la rama de muérdago / fina y muy bella”.
Snorri Sturluson (1179-1241) es el máximo representante de la literatura antigua islandesa. La Edda menor es su preceptiva literaria y su exposición de la mitología escandinava.
Borges estudió islandés -ese “latín del Norte”- de la mano de María Kodama. Y escribió: “Qué dicha para todos los hombres / Islandia de los mares, que existas; (…) Islandia de la gran memoria cóncava / que no es una nostalgia”.
- Halldór Laxness
Es el único escritor islandés que ha ganado el Premio Nobel de Literatura.
He leído media docena de sus novelas. Quiero compartir con los lectores de Morfemacero dos de ellas: la primera, La campana de Islandia, que nos cuenta la vida de un erudito, Arnas Arneus, que viaja por la isla para tratar de recuperar trozos perdido de poesía grabados en algún pedazo de cuero, escondido debajo del colchón de una anciana. Al final de la novela, hay un incendio. A Arneus le habían robado su libro más amado, el Skalda. Ante el fuego y la ausencia de su libro bienamado, decide dejar que se consuma todo, mientras afirma “libros como éstos no volverán a verse hasta el día del juicio”.
Por otro lado, Gente independiente nos narra la historia de Bjartur, un hombre de una pieza, el dueño de Casa estival, criador de ovejas, luchador incansable contra el clima. Un hombre de valores incorruptibles pero sin empatía, que prácticamente deja morir a sus dos esposas, que se aleja de su hija porque se acostó con alguien y se embarazó -se insinúa el incesto, no literal, pero sí amoroso-. Al final de la novela, el mundo ha cambiado, los agentes inmobiliarios le arrebatan la propiedad de Casa estival a Bjartur, que había pedido un préstamo y por los intereses perdió lo que le tomó toda la vida construir. Es el fin de la gente independiente (por cierto, esta novela le gustaba mucho a Juan García Ponce).
- Eva Björg AEgisdóttir
El crujido en la escalera ganó el Premio Storytel a la mejor novela negra, y el premio Blackbird a la mejor novela negra islandesa. Publicada en 2020, es la primera obra de esta joven novelista, que estudió sociología y crminalística.
Hay un asesinato en el acantilado, debajo del faro, en la ciudad de Abranes, que se encuentra a 45 minutos manejando -por el nuevo túnel que la une a Reikiavik-. A Abranes ha regresado la joven de 30 años Elma, después de vivir en la capital islandesa, donde trabajó en la policía, lo que permite que le ofrezcan trabajo como detective en la hasta entonces apacible ciudad.
A través de una prosa ágil, los lectores vamos descubriendo que, detrás del asesinato de una mujer bajo el viejo y abandonado faro, se esconden otros crímenes, de manera particular el abuso sexual intrafamiliar, que parece ser uno de los cánceres de la sociedad islandesa. Es una novela entretenida, para quienes tenemos interés en Islandia y en la novela negra, atractiva también para permitirnos atisbar cómo es Islandia hoy y no quedarnos con la Islandia de Laxness de principios del siglo XX o con la Islandia medieval.
Tierra de elfos, ovejas, lava y géiceres, del gran pintor Jóhannes Sveinsson Kjarval (1885-1972) y de la cantante Björk (1965-), Islandia es atractiva y misteriosa. Su distancia del continente le ha permitido desarrollar una cultura con rasgos originales. Como hemos visto, su literatura es fascinante y nos invita a descubrirla. Borges dijo que sí. ¿Qué estamos esperando?
Literatura islandesa. Eddas. Halldór Laxness. Jorge Luis Borges.
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Drácula enamorado

Culturas Impopulares
Jorge Pech Casanova
A principios de este año contemplé con disgusto la pretenciosa Nosferatu de Robert Eggers, director sobrevalorado en el género de horror por su película La bruja, autor asimismo de una versión “arcaica” de Hamlet que tituló El hombre del Norte.
Aún repelido por la ampulosidad de Ebbers, vi avances del Drácula realizado por Luc Besson. Temí que este notable pero disparejo director siguiese a Ebbers. Al contrario, el Drácula de Besson es una puesta al día de la historia escrita por Bram Stoker, si bien el realizador francés altera a su antojo el argumento que el novelista irlandés publicó en 1897.
Besson retoma en este film la versión que Francis Ford Coppola eligió para su Drácula de 1992: el conde se convirtió en vampiro tras perder a su amada Elisabetha. Cuando el abogado Jonathan Harker llega a su castillo y le muestra una foto de Mina Murray, el vetusto conde se convence de que su amada resucitó y parte a Inglaterra para recuperarla.
En la versión de Coppola el vampiro, en suelo inglés, siembra terror y muerte pero sucumbe al amor que siente por Mina. Al fin lo detienen los esfuerzos del cazavampiros Abraham Van Helsing combinados con el empeño de Harker, Quincey Morris y Arthur Holmwood, estos dos últimos, pretendientes de Lucy Westenra, amiga de Mina y víctima del vampiro. Herido por Van Helsing tras haber seducido a Mina, Drácula suplica a la joven que lo ayude a alcanzar la muerte. Mina le corta la cabeza al monstruo y se libera de su hechizo.
Desde que Drácula se hizo ícono pop (gracias a las películas protagonizadas a partir de 1958 por Christopher Lee), periodistas y guionistas de televisión reiteran que la figura del vampiro corresponde al príncipe Vlad III de Valaquia, quien vivió entre 1428 y 1476. Héroe en su Rumania natal, Vlad Dracul (Dragón) se hizo tristemente famoso por su hábito de empalar a sus prisioneros. De ahí le vino el sobrenombre de Tepes (empalador). Quizá de ese mal hábito tomó Stoker la idea de que a Drácula se le extermina clavándole una estaca en el corazón, o con mayor dificultad, exponiéndolo a la luz directa del sol.
Coppola convirtió a Drácula en un personaje romántico, aprovechando el grupo de actores con que rodó en 1992. Anthony Hopkins (Van Helsing), Winona Ryder (Mina) y Gary Oldman (el no muerto). Con la pareja Ryder-Oldman, el director de Apocalipsis ahora hizo un fino trabajo. Oldman logró una interpretación convincente de ese espíritu maligno seducido por el resurgimiento de sus lejanas vivencias.
Besson retoma el esquema argumental de Coppola para subrayar el protagonismo de Mina en la historia, tal como lo hizo Ebbers en su Nosferatu y como Werner Herzog en su notable remake de la misma historia en 1979, Nosferatu el vampiro, en la que Isabel Adjani, bellísima e intensa, encarnó a Mina Harker.
Besson contó con un grupo actoral eficaz para su Drácula: el vampiro enamorado es Caleb Landry Jones, actor y cantante que colaboró con Besson en 2023 protagonizando Dogman. El versátil Christoph Waltz interpreta al sacerdote sin nombre que persigue al vampiro. Zoë Bleu, en el papel de Mina es más conocida por ser hija de Rossana Arquette, actriz a quien Besson incluyó en su segundo film, Azul profundo, de 1998. El elenco incluye a Matilda de Angelis, actriz y cantante, quien interpreta a María, figura que funde los personajes de Lucy Westenra y Renfield, el enloquecido esclavo de Drácula. La vampiresa le sirve a Besson para escenas de humor negro que rayan en el esperpento.
Besson, abundando en tomas espectaculares, presenta al príncipe Vlad cuando era un mortal empeñado en librar guerras para que Dios protegiese a su esposa Elisabetha. Al asesinar sus enemigos a la mujer, Vlad comete un sacrilegio: mata al sacerdote que lo mandó al combate. Ya inmortal, Vlad busca reunirse con Elisabetha a través de los siglos, convirtiendo en vampiresas a distintas mujeres para que localicen a su consorte. En una escena que recuerda la Madre Juana de los Ángeles de Jerzy Kawalerowicz, Drácula seduce a todas las monjas de un convento para hacerlas sus servidoras.
La trama salta cuatrocientos años; Jonathan Harker llega al castillo de un cliente de la firma en que el joven trabaja como gestor legal. Drácula recibe a Harker, lo azora con sus trucos y, por una confidencia del abogado, ve el retrato de Mina, que reproduce el rostro de Elisabetha. Drácula apresa a su invitado mediante su servidumbre, compuesta por gárgolas con figura de diablillos.
Al comprender que es prisionero de un monstruo, Harker escapa y retorna penosamente a Inglaterra, al tiempo que el conde viaja a Londres para asediar a Mina. La joven está afligida porque su amiga María ha tenido un colapso nervioso y es tratada en un manicomio.
Acude al sanatorio mental un sacerdote innominado que persigue a Drácula. Al examinar a María descubre que nació 160 años atrás. Intuyendo que es agente del conde, ordena vigilarla, pero la mujer ataca a su custodio y escapa. Hechizada por Drácula, María ha localizado a la deseada mujer del vampiro. La posesa acude con su prometido, sir Henry Spencer, con la esperanza de poder entregar a Mina a su amo.
La novedad en el argumento de Besson es que, al conocer a Drácula, Mina se rememora como Elisabetha y acepta el amor del no muerto. Eso no impedirá que su prometido Jonathan, Henry Spencer y el sacerdote persigan al vampiro hasta su castillo en Transilvania, donde encierra a la joven. Con un ejército, los ingleses atacan la guarida del conde. Sobreviene una matanza de soldados. Al fin, el clérigo acorrala a su enemigo, a quien le ruega no convertir a su amada en vampiresa. En un acto de amor y redención, Drácula se deja exterminar y libera a una desolada Mina. La joven lamenta a su amante perdido mientras los sobrevivientes retiran a sus muertos y las gárgolas vuelven a ser niños que el vampiro hechizó. Las cenizas de Drácula se dispersan al viento.
Con más recursos técnicos que Coppola, Besson retrata al vampiro enamorado. Une a Vlad Tepes con Erzebeth Báthory, asesina serial que vivió de 1560 a 1614, a quien la poeta Alejandra Pizarnik retrató en su breve y fascinante libro La condesa sangrienta. Besson subvierte la personalidad de Mina Harker, que en la novela de Stoker es tan sólo una víctima, para transformarla en una potencia decisoria.
Algo de ese potencial del personaje intuyó el olvidado Antonio Moreno cuando imbuyó a Mina Harker con la sensualidad de la oaxaqueña Lupita Tovar en su versión castellana de Drácula,realizada asimismo en inglés en 1931 por Todd Browning con la presencia de Bela Lugosi. La Mina de Browning era una insípida rubia, mientras que la morena Mina encarnada por Tovar desbordó erotismo. Casi un siglo más tarde, la Mina de Besson no alcanza esa estatura erótica, pero Zoë Blue intenta con denuedo fascinar mediante su carnalidad.
Contra esta fábula de amor, cabe recordar que el Drácula imaginado por Bram Stoker es un engendro codicioso. Las pasiones humanas le interesan sólo si elongan su existencia, pues su único interés es asegurarse inmortalidad. En esto se asemeja a capitalistas de nuestros días, empeñados en hinchar caudales que les sobrevivirán durante siglos. Drácula, monstruo que por perpetuarse desangra a sus víctimas, puede simbolizar el horror económico. Ha salido de una bóveda y está entre nosotros. No es un amante obsesionado, sino la sed de mal.
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La guerra de las reinas

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Pues que el lugar celebra sus fiestas. Y como narrativamente Ivêtot, aquella diminuta población normanda, vale lo mismo que Constantinopla, la gran metrópoli, porque según Gustave Flaubert hay tantas historias para contarse en un sitio como en el otro, las fiestas de este pueblito resultaron tormentosas.
Los pueblos tristes tienen muchas fiestas. Los indígenas, por ejemplo, son hieráticos y solemnes en las suyas tan abundantes, y salvo quienes se embriagan o los niños, los demás invitados siempre parecen estar aburridos. Aquí no pasa eso, en esta latitud central.
La guerra de las reinas es una muestra. Dividió en tres a las fuerzas vivas presentes en el palenque del pueblo. Tres barbininfetas de los Altos de Jalisco, zona de gran belleza femenina, desfilaron en traje grupero-cachondo-vaquero delante del micrófono. Vaya que eran bonitas y absolutamente bobas.
Pero ello no desanimó a nadie, antes al contrario. Entonces tocó el turno de hablar a la candidata A, una interesante trigueña.
—Ay, pues gracias. Sabe si voy a ganar, pero estoy bien emocionada.
Siguió al micrófono la aspirante B, una linda rubia.
—Ay, pues gracias. Sabe si voy a ganar, pero estoy bien emocionada.
Terminó la ronda a cargo de la postulante C, una sensual morena. —Ay, pues gracias. Sabe si voy a ganar, pero estoy bien emocionada.
El público rugió. Los bandos de cada una hicieron alharaca en serio y el animador calentó los ánimos. Luego salió a escena una banda grupera ruidosa que tocó y cantó en la clave desafinada propia del género. Mientras tanto, afuera del palenque y alrededor del pueblito circulaba la cruda realidad.
El poderoso caballero don Dinero mandaba en las cosas. Es curioso, las fiestas generan cantidad de plata porque la demandan. O sea: los coches eran abiertos para hurtarles los estéreos, algunas casas rurales estaban siendo robadas, el ahorro de las monjas fue sustraído, y quién sabe cuántos latrocinios y raterías más se cometieron por ahí, pues casi ninguno acostumbra hacer la denuncia.
Para apostar en los gallos hay que llevar dinero, para beber en la plaza con los amigos y traer al mariachi detrás también, para ligarse a una morrita y pasearla no se diga, o para lo más esencial: comprar coca y drogarse. Y beber. Y drogarse. Y beber. Todo cálculo criminológico debería tomar en cuenta la duración máxima de una parranda así en el ánimo de conocer los ciclos de la delincuencia asociada a la cocaína con alcohol.
—No, amigo, esos prójimos tan facinerosos no son del pueblo. Vienen de mero afuera para hacer sus maldades —explica muy a gusto a quien lo cuestiona el darthvaderiano comandante de la policía municipal, cuyas fuerzas públicas, también vestidas de negro y en traje de comando como garridamente lleva él mismo, se apiñan con cara de odio y armadas con armas largas sobre camionetas inmóviles afuera de la céntrica oficina policial.
Lo que vigilan, si acaso, es la vibrante cantina al aire libre que se instala casi todo el mes durante las fiestas, con permiso municipal producto de usos y costumbres, una fiesta etílica-coca donde las madrizas y los pleitos se suceden como si la violencia fuese una sustancia atmosférica que luego se instala en esta mesa y después encarna en la de allá. Si uno no sabe a dónde irán las golondrinas, menos puede saber a dónde irá una sociedad predominantemente compuesta por jóvenes que suelen intoxicarse tan obsesivamente así.
—Convénzase, ingeniero, vivimos en un nuevo medioevo, qué caray. Pero mire, ya van a salir de nuevo las niñas.
Los viejillos alteños, todavía con prestancia, fueron a mirar el concurso y a celebrarlo. Andaban de criminosos aquella noche de carne fresca en competencia el ingeniero y el boticario. Dos nostálgicos del pasado y las presas más conspicuas de las barbininfetas, porque habrían sido los últimos en merecer la atención de ninguna. Además ni la interesante A, la linda B o la sensual C llevaban parentesco con ellos. Podían opinar los dos de cualquiera de las tres gracias con lujuriosa libertad.
Cruzaron una estreñida apuesta de cincuenta pesos: los dos eran ricos de a bola pero tacaños como el país alteño mismo, de clima duro y tierra pobre. El ingeniero jugó por la aspirante C y el boticario lo hizo por la pretendiente A. Fue ella quien inició la fase última del concurso al bajar vestida de noche por una pasarela envuelta en hielo seco y rodeada de verdosas luces.
El público —un sector de él intoxicado, otro gritón, otro lascivo y otro ansioso— alentaba a más no poder la presencia de su candidata. La princesa trigueña A —mínimo cargo al que serían elevadas las dos morritas perdedoras— se colocó en un extremo de la tarima con un gesto de fastidio glamoroso. La blonda B se paró en medio con un gesto de fastidio glamoroso. La sensual C se quedó al lado de la segunda con un gesto de fastidio glamoroso.
El animador ponderó la buena belleza de las tres y el público alborotó por la de su preferencia. Al tiempo que el jurado resolvía el certamen, la banda grupera regresó para interpretar otro chirriante número musical norteñocharro. La expectación creció hasta el máximo con el anuncio en voz aterciopelada del animador: “Señoras y señores, tenemos reina del pueblo, pues. Les presento a su graciosa majestad B primera.”
Las protestas y los abucheos no se hicieron esperar. Como si la correlación de fuerzas bipolar estallara, los afectos a la señorita A y los propios de la C se dedicaron a escandalizar la decisión de los jueces, basados en lo evidente: si las tres lo merecían casi parejas, la ganadora un tantito menos que las dos discriminadas.
Muchos días se ha venido discutiendo el fallo en el pueblito, hasta más que la súbita y exponencial inseguridad narcomenudeica de las pasadas fiestas, reportadas en saldo blanco por la prensa local y los partes policiacos. El boticario y el ingeniero disputaron como suele ocurrir en estos lares.
—No, ingeniero, estamos chupando tranquilos y usted se desbalaga. Fue una tranza del grupo en el poder.
—Pues será signo de los tiempos, don. Pero debimos echarles mayor desmadre, qué carajos.
La atención no es otra cosa que poner en curso una preferencia restrictiva. ¿Qué más da que la inseguridad del narcomenudeo también provenga del dinero, razón justificativa, juran las malas lenguas del pueblito, para negar el reinado a la más interesante o a la más sensual de las concursantes? Así que al hablar de lo secundario, las barbininfetas, se mienta lo principal: cómo los tiempos ya son otros y la inseguridad campea en ellos. Platicar de que no hay lugar donde la historia no toque las puertas y hasta en algunos las desencaje, tal cosa por sabida se calla y por amarga se silencia.
—No puede andar uno nada más fijándose en las chingaderas.
—No, ingeniero, faltaba más: ¿para qué hacerse desgraciado antes de que a eso haya lugar?
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Luz y Pigmento: arte de Oaxaca en París

Colaboraciones
“De todos los ‘ismos’ en el arte,
prefiero el Istmo de Tehuantepec”Angel Morales
Durante su estancia como embajador en Francia, Alfonso Reyes propuso la creación de la Casa de México en París y en 1953 el proyecto finalmente se concretó. La lista de personajes sobresalientes que han vivido aquí es extensa. En 1960, por ejemplo, la presencia de dos jóvenes oaxaqueños llevó a la creación de dos talleres de pintura: uno para Rodolfo Nieto y el otro para Francisco Toledo. En esos años Rufino Tamayo también vivía en París, así que el arte de Oaxaca no es extraño para los franceses; sobre todo si recordamos que Nieto ganó dos veces la Bienal de París y a Tamayo le otorgaron la orden de la Légion d’honneur.
En su momento, Andrés Henestrosa postuló que lo que ocurría en Oaxaca era una escuela. Por supuesto, ningún crítico o pintor estuvo de acuerdo con él. En la época del escritor zapoteco la pintura se extendía por manifiestos que dictaban cómo y qué se tenía que pintar. De algún modo eso explica su intención de catalogar o querer reducir a un movimiento lo que ocurría en el estado. Aunque en Oaxaca no existe una escuela como tal, sí hay maestros. Tamayo y Toledo marcaron el rumbo de muchos artistas con su influencia. Un gran número de pintores aprendió copiandolos y se creó un estilo similar. Resalta sobre todo el uso de la materia, Dubuffet a través de Toledo, lo que produjo una gran cantidad de pintura con tierra o una paleta de colores similares.
En la década de los noventa, cansado de las repeticiones, el crítico inglés Robert Valerio escribió el ensayo más serio que se ha llevado a cabo sobre artes plásticas en Oaxaca: Atardecer en la maquiladora de utopías. Su actitud, sin embargo, era la del extranjero que pretendía traer la modernidad ante los indígenas subdesarrollados. Mantenía la idea lineal de la historia del arte europeo, la del desarrollo y progreso, y quería que los oaxaqueños los imitaran y se aventuraran a la experimentación que ocurría en los centros internacionales en ese momento. En algunas de sus páginas, entrevistó a varios artistas y les preguntó por qué no mejor pintaban un autobús, en vez de seguir con la fauna y otros símbolos del estado. La respuesta es fácil: por la misma razón que un inglés quiere que pinten un autobús, el cual sólo faltó exigir que fuera rojo y de dos pisos. Basta decir que el determinismo psicológico lleva a los artistas a pintar lo que conocen y con lo que están en contacto. Sin embargo, en el fondo, la molestía de Robert Valerio no era hacia el arte ni hacia la repetición, sino hacia los logros y alcances de la pintura oaxaqueña. En su visión, seguir en la misma línea llevaría a las artes a un ocaso y estábamos empezando a contemplar su atardecer. Si bien es cierto que los atardeceres de los europeos son largos, han pasado más de veinte años y las artes en Oaxaca están lejos de decaer. En realidad, ocurrió todo lo contrario.
Es difícil resistirse a la tentación de formular o aventurar alguna explicación. Pero creo que con la llegada de los españoles, los tlacuilos tuvieron que imaginar una realidad que no conocían a la hora de pintar símbolos, animales y paisajes europeos. No les costó asimilar las nuevas técnicas para darle vida a sus propias creaciones. Sin embargo, de algún modo mantuvieron el mismo tratamiento que le dan a las demás manifestaciones artísticas, ya sean textiles, cerámicas, artes decorativas y las mal llamadas artesanías. La interpretación de las artes en Oaxaca empieza desde sus costumbres: la estética no acabó con los ritos. Todas las manifestaciones son un continuo. Rufino Tamayo fue el primero en notar que las artes populares eran una prolongación de la estética de las culturas originarias. En Oaxaca no se ha seguido la línea de rupturas y restauraciones del arte de occidente. El arte no se reduce a un estudio cronológico cuya base se mantiene por la pintura. Mientras en algunos países asesinaban movimientos, autores y declaraban el fin de su arte, Oaxaca se mantuvo como un centro autónomo de creación.
En su momento, el premio Nobel mexicano, Octavio Paz, señaló que la mejor manera de combatir y hacer frente a la impersonalidad del mercado internacional del arte y sus modas era con la resurrección o el nacimiento de centros locales. Oaxaca ha sido un Estado autónomo de creación, no cerrado sino independiente. Aún resiste a los embates de los grandes centros, que manejan dinero pero no cultura; o del mercado, que trata a las obras como objetos de consumo y las tira al final de la exposición.
Entonces, la modernidad que Robert Valerio quería que llegara a través de los “ismos” europeos a medio masticar, no funcionó del todo porque se encontró con un arte vivo. Del mismo modo que el Muralismo en su momento creó una resistencia contra las vanguardias europeas, las artes de Oaxaca han logrado hacer frente a la posmodernidad y sus artes sintomáticas. La superficialidad, la reutilización de objetos, los artificios vacíos y las ocurrencias sosas del arte contemporáneo, no es que no existan, es sólo que no tienen cabida porque no se leen en el contexto cultural del Estado: son signos que no alcanzan significación.
Es claro que no se puede comparar Oaxaca con otros centros internacionales del mercado del arte porque no ha tenido la estructura económica ni política para ejercer una hegemonía estética, como la que han implantado otros países a través de sus artistas inflados. Aun así, por la expresión de las obras y el oficio de sus creadores, es posible pedir algo. Cuando se trate del arte de Oaxaca, no sean condescendientes por nuestro origen, ni las creaciones ni nosotros somos “un bon sauvage” o un “mexican curious”; mucho menos seres exóticos por nuestra vestimenta o nuestras constumbres: basta ya de eso. Al contrario, lo que se pide al juzgar nuestro arte es que sean implacables, feroces: las obras, por sí solas, con el respaldo de su cultura, se defenderán con honor.
Ahora bien, en ese ambiente cultural de Oaxaca, estimulante para la creación, nació el Colectivo Guenda en 2003. El siglo inició con una red de creación artística de mujeres que evolucionó hasta integrar miembros de distintas nacionalidades y abrieron caminos y puertas. Después de años cerrada a las exposiciones, la Casa de México en París alberga ahora más de cincuenta obras que estarán exhibidas durante el mes de agosto. La pintora Ivonne Kennedy calificó el evento de histórico. La directora de la casa de estudiantes dijo que, en cuestión de arte, Oaxaca era la punta de lanza del país. El numeroso público, que venía de diferentes latitudes, pareció estar de acuerdo ante tal afirmación y mostró su beneplácito frente a los cuadros. Algunos escribieron reseñas animadas en el libro de anotaciones, otros prefirieron tomarse unos minutos para leer el siguiente texto de sala:
Luz y pigmento
El colectivo Guenda, formado en 2003 por artistas visuales de diferentes procedencias, ahora con múltiples exposiciones internacionales, tiene un epicentro: su origen está en el sur de México, en Oaxaca. Una característica ha sido la apertura, que se convirtió en expansión. Así las artistas evitaron ser definidas por su espacio geográfico, como algo local o regional; o por su género, todas las integrantes son mujeres y una clara referencia para las nuevas generaciones. El resultado son expresiones amplias y contemporáneas. El arte como un lenguaje personal, desarrollado por la búsqueda y el carácter de cada una de ellas. Detrás de cada pieza hay una historia, un trabajo presentado de forma íntima, cercana y, por lo mismo, universal.
En zapoteco del Istmo la palabra guenda significa alma; el acrónimo se despliega como Grupo Unido en nombre del Arte. En el mes de julio, las creadoras del colectivo participaron en una residencia artística en Saint-Benoît-du-Sault. La estancia las llevó a compartir pigmentos europeos: verde agua, azul plumbago o amarillo ocre. En un ambiente descubierto por nuevas miradas, cambió la atmósfera, el hábitat y, sobre todo, la luz. Una luminosidad que no distingue lo diurno y su complemento oscuro.
En las tardes de verano, alejadas de sus talleres, las artistas aplicaron diferentes recursos técnicos y añadieron materiales: tintas chinas, hilo, hoja dorada y acrílico. Además, utilizaron distintos medios de expresión: fotografía, escultura, arte objeto y oleos. Pero la exploración y la búsqueda no es nueva ni al azar, está basada en 22 años de trayectoria artística y la experiencia del oficio. Podemos señalar la estructura geométrica de Ivonne Kennedy, los seres deambulando en la pintura de Siegrid Wiese, la naturaleza que encarna en los cuadros de María Rosa Astorga, las estrellas azules de Wild o el ocaso extendido de Castañon.
Al manejar la espátula, al escoger papel japonés o de Nepal, con el paladeo de formas imprecisas, las artistas dieron vida a figuras inanimadas. En la complicidad del silencio, apareció la voz de la expresividad. Y ahora en los sitios, paisajes y seres de los cuadros, se asoma un aire placentero; tal vez un estado de comunión. Basta con hallar un anzuelo, una pista para habitar la obra y sentir sobre uno mismo su belleza, ya sea con el pigmento, ya sea con la luz.
París, 1 de agosto de 2025.
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La Mano Negra en Veracruz

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
En 1927 la estabilidad del régimen de Álvaro Obregón se vio objetada por los pronunciamientos de los generales Francisco Serrano y Arnulfo R. Gómez. Por coincidencia, en Veracruz, el gobernador Heriberto Jara había entrado en pugna con el congreso estatal.
El congreso veracruzano se escindió. Una parte nombró gobernador al general Jesús Aguirre, jefe de las operaciones militares en el estado. Cuenta Manuel Maples Arce que el Congreso de la Unión decretó desaparecidos los poderes constitucionales en Veracruz y asumió el gobierno provisional el senador Abel S. Rodríguez. Así concluyó de manera abrupta el régimen jarista.
Al hacer el balance de la gestión de Heriberto Jara, el investigador Hubonor Ayala Flores resalta la aportación del general a un ideal educativo que debía apoyarse en mejoras integrales: “La cultura popular se tenía que caracterizar por una visión integral: mejora en las condiciones salariales, acceso a la propiedad, justicia social, pero también, acceso al deporte, acceso a la salud y a la educación”.
El historiador añade dos explicaciones sobre el fin abrupto del mandato jarista: su enemistad con Luis N. Morones, líder de la poderosa CROM, y su intento de meter en cintura a las compañías petroleras inglesas y estadounidenses, diez años antes de que Cárdenas hiciera efectiva la expropiación petrolera.
El caudillo veracruzano Adalberto Tejeda Olivares, quien organizó brigadas guerrilleras de campesinos para hostigar a los hacendados, generalizó la violencia a causa de las luchas contra las guardias blancas de los terratenientes. En ese fenómeno se inscribe el surgimiento y auge de un contingente paramilitar en Veracruz: La Mano Negra de Manuel Parra Mata.
Este hacendado llegó de Pachuca a establecerse en la hacienda de Almolonga, en el municipio de Naolinco. Había sido minero y padecía de silicosis en los pulmones, tras aspirar el polvo de las minas. Por ello, era un hombre decidido a todo para que sus tres mil 524 hectáreas de terreno rindieran una próspera producción de caña de azúcar y aguardiente. Cuando sus vecinos hacendados le informaron sobre las brigadas campesinas que combatían contra ellos, Parra propuso crear una fuerza paramilitar para hacer frente a los agraristas.
Viendo amenazado su comercio de aguardiente, que imponía mediante las armas si lo consideraba preciso, el dueño de Almolonga buscó la protección de Pablo Quiroga Escamilla, general que mantenía fuertes relaciones con dueños de ranchos y haciendas.
Apoyado por Quiroga, Parra fue capaz de reunir desde 1929 un ejército de jinetes armados que patrullaban las haciendas. Su contingente llegó a agrupar 16 mil esbirros pero no lo salvó a él mismo de ser víctima de una banda que lo secuestró junto con su esposa Lucía Cruz Fonseca en 1931. Parra pagó diez mil pesos por su rescate y el de su mujer, quien no sobrevivió mucho tiempo al incidente. Al morir Lucía, el viudo Parra se casó con la hermana de aquélla, María. Además, para asegurarse la protección de su amigo el general Quiroga, el ex minero le ofreció cederle la mitad de su hacienda. Ese mismo año comenzó el trámite de cesión, que completaría en 1943, poco antes de morir.
A Almolonga llegaban de visita importantes personajes: el ex gobernador Heriberto Jara, Maximino Ávila Camacho y su hermano Manuel, futuro presidente de la república. El general Quiroga, socio de Parra, ascendió en 1932 a subsecretario de Guerra y Marina, por lo cual pudo refaccionar y dar amplia protección a su amigo pachuquense.
Pese a que Quiroga perdió su poder en 1934 con la llegada de Lázaro Cárdenas a la presidencia, eso no disuadió a Parra para continuar atacando con las fuerzas de La Mano Negra a los campesinos agraristas. Hay que decir que Cárdenas hizo caso omiso de las tropelías de Parra porque deseaba acabar definitivamente con el cacicazgo de Adalberto Tejeda, y en esto, las incursiones de Parra y sus forajidos le fueron de gran utilidad.
Con ese favor, los jinetes de La Mano Negra pudieron perseguir y asesinar a dos mil campesinos de las brigadas tejedistas cuando el caudillo dejó la gubernatura en 1932. En los años siguientes la actividad de los paramilitares descendió porque el gobernador Gonzalo Vásquez Vega redujo las invasiones de tierras, política que mantuvieron sus sucesores.
1932 fue asimismo el año en que Eulogio Ávila Camacho, hermano menor de Manuel y Maximino, fue asesinado por un grupo de agraristas en Veracruz. El 19 de septiembre el joven Eulogio y su amigo Francisco González Bello fueron a revisar (y quizá a dañar) unas tomas de agua instaladas por el Comité Agrario de la Congregación de Hidalgo, Tlapacoyan.
El presidente municipal de ese pueblo, Juan R. López, enemigo de La Mano Negra y de Manuel Parra Mata, ordenó a Tomás González, presidente del Comité Agrario, que atacase al más joven de los Ávila Camacho cuando lo tuviese a tiro. González y otros campesinos les dispararon por la espalda a los intrusos al hallarlos manipulando las cañerías. Esto puede explicar por qué los hermanos Ávila Camacho, ya en el poder, fueron favorables a Parra y su socio el general Quiroga, protegiendo sesgadamente las correrías de La Mano Negra.
Con esta ventaja, el poder de Manuel Parra se extendió por Veracruz e inclusive a otros estados, como explica Antonio Santoyo en su ensayo La Mano Negra en defensa de la propiedad y el orden: Veracruz, 1928-1943: “En sus respectivos ‘territorios’ o áreas de influencia, controlaban la lucrativa comercialización del aguardiente. Junto con el aprovechamiento de dicho mercado, comúnmente mantenían el control de otros recursos: tierras, agua, fuerza de trabajo, poder político formal y/o informal, fuerza armada, etc.”
Las fechorías de Parra llegaron a un punto culminante en 1936. Ese año, la gubernatura de Veracruz le correspondía a Manlio Fabio Altamirano, abogado que se contó entre los fundadores del Partido Nacional Revolucionario de Plutarco Elías Calles. Durante su campaña a la gubernatura en 1935, Altamirano anunció que expropiaría Almolonga.
Parra decidió que el político no asumiría el cargo. Aprovechando informes de su socio Quiroga, Mandó a la Ciudad de México a cuatro sicarios a asesinar al mandatario electo. Éste comía con su esposa, partidarios y amigos en una mesa del “Café Tacuba” el 25 de junio de 1936 cuando uno de los pistoleros, Marcial Montano Segura, se le acercó y le disparó.
Los amigos del ejecutado presionaron a las autoridades veracruzanas para que detuviesen a los cuatro sicarios y a su jefe, Manuel Parra. Los cinco fueron a dar a la cárcel, pero no tardaron en salir libres. Mientras tanto, Miguel Alemán Valdés, electo senador para el mismo periodo en que Altamirano debía gobernar, pasó a ocupar el puesto como sustituto.
En 1939, Manuel Ávila Camacho nombró a Alemán su jefe de campaña para las elecciones presidenciales, y enseguida lo hizo secretario de Gobernación. Alemán alcanzó la presidencia de la república en 1946. El año previo había fallecido repentina y oportunamente Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente, quien amenazaba con impedir la llegada de Alemán al Poder Ejecutivo.
Manuel Parra no vivió para ver encumbrarse a Alemán, pues falleció en 1943 del enfisema pulmonar contraído en sus días de minero. La familia Alemán, desde la presidencia de Miguel y las posteriores gubernaturas de sus hijos, favoreció a los descendientes del sicario Marcial Montano Segura. A Pablo, hijo del esbirro, Alemán Valdés lo incorporó a la guardia presidencial. Y a José Alejandro Montano Guzmán, nieto de Marcial, Miguel Alemán Velasco lo nombró secretario de seguridad pública.
Marcial Montano, por su parte, vivió una larga vida de crímenes y asesinatos, incluyendo el de su esposa Guadalupe Martínez Cabrera, cometido a las puertas de la iglesia de Xalapa. Perseguido, Montano huyó a Chiapas, pero volvió a Xalapa años después protegido por los Alemán. Murió en 1991, a los 96 años de edad, sin haber pagado por ninguna de sus fechorías. Para entonces, La Mano Negra era una triste leyenda en Veracruz.
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Lo que se hace creer

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
I.
Somos lo que son nuestros estados mentales. Comprendemos poco, por momentos nada. Tenemos costumbres, prejuicios, opiniones. Nos pesa la memoria, nos hace sufrir la sentimentalidad. Tomamos la realidad por algo estable, ya dado, y perdemos de vista que es una construcción. Pero en el mundo moderno, a pesar de su patología del mirarlo todo, el secreto mejor guardado es el de la profunda y extendida tarea de sugestión que ha diseñado la mentalidad contemporánea, fabricándola de tal modo que se vea impedida para percibir y aceptar la posibilidad de que esa “formidable empresa sugestiva” sea algo intencional y dirigido, logrando así que dicho secreto nunca llegue a ser descubierto.
La publicidad es el agente que pone en circulación las falsas necesidades dirigidas a establecer y moldear la mentalidad vigente. Aunque debe de haber algo más en tales iniciativas, que no son sólo acciones espontáneas de un capitalismo salvaje y extremo donde la mercancía representa un fetiche absoluto. El odio de la época al secreto preserva la existencia de misterios que van más allá de poderes económicos y políticos no visibles, de revoluciones que sólo la ingenuidad puede llamar espontáneas, de guerras y catástrofes inducidas, de magnicidios insolubles a través de un guion que parece seguirse en todas partes, de seudorreligiones y neoespiritualismos edificados a propósito, de destrucciones económicas y sociales, debacles que lucen como si fueran los ensayos generales de un experimento mayor.
Las teorías conspirativas, las visiones policiacas de la historia, las hipótesis de la causalidad —un residuo de la mentalidad primitiva que en toda acción cree percibir la voluntad de una fuerza oculta—, han sido desautorizadas por un mundo que predica la democracia informativa y exalta modélicamente la imagen de las casas de cristal, y por un racionalismo que cree que sólo existe lo tangible, dentro de lo que ahora está prioritariamente lo que se exhibe ante la mirada. Al modo de la carta del cuento de Edgar Allan Poe, aquella que se esconde mostrándose, la modernidad difunde el odio al secreto para preservar cuestiones que no deben ni siquiera pensarse: ¿existen creaciones intencionales, poderes de la subversión, mentes conscientes comprometidas en procesos de larga duración, fuerzas dedicadas a abrir la puerta de influencias psíquicas y sociales cada vez más degradantes y sórdidas?
René Guénon considera la existencia del mal no solamente desde una perspectiva religiosa o moral sino tradicional y suprahistórica, una presencia que se agudiza en coyunturas temporales como ahora, postulando que los estados del ser son múltiples, que la condición humana sólo es uno más de esos estados y que la modernidad supone una etapa límite o terminal de un dilatado ciclo humano. El autor se niega a ir más lejos de alusiones generales cuando menciona a los operadores de ciertas iniciativas artífices de asuntos como la creación de la Sociedad Teosófica de madame Blavatsky y su cómplice Olcott, a la cual Guénon dedica un documentado libro: El teosofismo. Historia de una pseudorreligión (Obelisco, Barcelona, 1989).
Guénon pormenoriza en él los orígenes de la fundadora del teosofismo y de sus asociados. Metódicamente breve, como siempre perentorio y lacónico, el autor escapa de la divulgación tremendista o anecdótica que le parece nociva para el sistema inmunólogico espiritual, además de una concesión “pintoresca” a la naturaleza superficial de las cosas, un mero efecto dramático. Sin embargo hace la escueta mención de una entidad llamada John King, ligada desde tiempo atrás a Blavatsky, según su propia afirmación. De lo muy poco dicho por Guénon puede inferirse que John King es un ‘espíritu’ materializado, una proyección de energía hecha desde otro nivel y para otros fines, un transmisor actuante en este mundo desde siglos antes. Pero no mucho más.
El estudio es tan minucioso y documentado que se ha dicho que su información le fue proporcionada a Guénon por la logia desconocida de la que formaba parte, dispuesta a desenmascarar así el montaje de un engaño para crédulos. Citando un escrito ocultista, Histoire de Rose-Croix, escrito por Sédir, el autor —que está exponiendo los rasgos conectivos entre la escenografía teosófica y sus similitudes masónicas adulteradas— transcribe con interés lo siguiente: “Una tradición dice que este Imperator existe siempre, y que su acción habríase convertido en política”.
Guénon demuestra, mediante la multiplicidad de dominaciones rosacrucianas existentes, su distancia del centro espiritual que afirman representar, pero sin abundar en el tema. A pesar de ello hace otra mención sobre logias modernas iluministas y templarias equívocas, y dice que una de ellas “desempeñó un papel político sospechoso”.
El espíritu es peligroso, aseguran quienes conocen de su frecuentación, desde San Pablo hasta Lutero o Sai Baba. La prioridad intelectual de Guénon no consiste en aquello que considera un signo contingente de la degradación moderna, como la política. Le interesa el espíritu antes que su mezcla, aunque tácitamente concede que en momentos como los actuales los dos niveles parecen actuar vinculados.
II.
El día del racionalismo materialista ha llegado a su fin y comienza la noche histórica. “Todas las señales —escribió en los años treinta del siglo pasado Nicolás Berdiaev, un pensador que debe leerse de nuevo para comprender lo que ocurre en nuestro momento y acaso lo que ocurrirá sin falta— atestiguan que hemos salido de una era diurna para entrar a una era nocturna”. Y aunque el inducido optimismo de la época lo rechace, o su complemento pesimista también superficial e inducido lo magnifique, esa condición postrera es indispensable para cualquier cambio de estado, el cual siempre se produce a través de una fase previa de oscurecimiento.
A pesar de la supuesta brillantez tecnológica de nuestra época, de los omnipresentes mecanismos de persuasión masiva que reiteran sin cesar las hipotéticas bondades de la actualidad neoliberal, sólo considerando (y desdramatizando) ese agotamiento espiritual y por ende físico, político, psíquico, ambiental y económico del tiempo racionalista, será posible dar el salto hermenéutico —“la ruptura”, le llama el autor— hacia otro futuro posible, otra concepción de universo, otro modelo de existencia común.
Todo acto de transformación se inicia como un acto de imaginación profunda. En tal terreno debe ocurrir la lucha personal para comprender y luego resistir los brutales trastornos colectivos que irán sucediéndose con una frecuencia cada vez mayor. Quien controla la imaginación de la gente controla su destino. Si no se acepta la existencia deliberada de una formidable empresa de sugestión para establecer dicho dominio avasallante sobre la psique, el cuerpo, la voluntad y el sentimiento de las masas contemporáneas, no será posible para ningún sujeto o grupo actuar en consecuencia y construir alternativas. Por eso, entre otras razones, la lastimosa existencia de una izquierda política tan parecida a la derecha, denominaciones las dos que dejan ya de tener sentido: en la oscuridad todos los gatos son pardos.
El mundo tardomoderno está al revés y en él sigue ocurriendo con frecuencia creciente aquello que advirtió Goethe: “¿Qué es lo más difícil de todo? Lo que parece más sencillo: ver con nuestros ojos lo que hay delante de ellos”. ¿Ejemplos? Son legión. La organización del ocio masivo o la moda, ese cambio incesante y sin objeto que se convierte en valor en sí. La obsolescencia de las mercancías, desde coches hasta computadoras, fabricadas para no durar y muchas para ni siquiera servir. Los controles burocráticos, el feismo contemporáneo, el envilecimiento de la vida cotidiana, el estrangulamiento del espacio vital, la política del miedo a través de la enfermedad como tópico constante, la puerilización de las conductas, la enajenación brujeril de las redes o la reducción existencial y aun educativa del habla, pues ya no se requieren más de cien palabras para convivir (si alguna vez la casa del ser fue el lenguaje, quizá tal sitio se localice hoy en la pantalla de un teléfono celular).
Pero todo es dialéctico y todo desorden es el germen de un orden que todavía no se puede ver. En las visiones cíclicas del tiempo, nuestro momento histórico es designado por los libros sagrados tibetanos como la “Edad de la progresiva corrupción”. El jainismo le llama la “Edad tristemente triste”. Paradójicamente, esta decadencia antes gradual y ahora acelerada ofrece salidas para quienes sean capaces de reconocer las relaciones de continuidad entre un mundo que muere y otro que apenas va a nacer. Éste último no se encuentra más que en el regreso al origen, es decir, en la originalidad.
Y como esa condición exige sobre todo liberar la imaginación humana de los mecanismos de control que la degradan, tal liberación, siguiendo a Berdaiev, se entiende “como un recogimiento intelectual operado en la oscuridad, una renovación de la conciencia en el plano sociocultural.” Una receta más tangible de lo mismo habría de proponer Italo Calvino: saber qué y quién no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio. En suma, observar con atención aquello que ha estado delante de los ojos y mirarlo otra vez sin las anteojeras de la opinión, del prejuicio o de la seudoinformación manipulante.
Hace milenios surgió en la China antigua la “Escuela de los nombres” para ocuparse de la relación entre las palabras y la realidad. Acorde con ella, el proyecto político de Confucio insistió en que el mantenimiento del orden común y el ejercicio del buen gobierno requerían la coincidencia puntual entre las cosas y las designaciones dadas a las mismas. “Rectificación de las palabras” se le llamó a esa actitud civilizacional. Sería deseable un empeño lingüístico similar ahora para nombrar los graves riesgos de nuestra situación.
III.
Existen dos modos de definir aquellas fuerzas actuantes en el orden de lo político que por su propia naturaleza son ocultas y secretas. Las primeras, más o menos referibles, corresponden a los poderes fácticos que van desde el imperio mediático-financiero hasta los omnipresentes mecanismos de la persuasión ideológica y publicitaria. Pueden ubicarse a partir de testimonios de políticos como el inglés Benjamín Disraeli —“El mundo está gobernado por personajes muy distintos a los que se imaginan aquellos que no están dentro del telón”—, o el geopolítico estadounidense Zbigniew Brzezinski —“La sociedad será dominada por una élite de personas libres de valores tradicionales, que no dudarán en realizar sus objetivos mediante técnicas depuradas con las que influirán en el comportamiento del pueblo y controlarán y vigilarán con todo detalle a la sociedad”—. Hay múltiples testimonios que corroboran la existencia de otra política diferente a la que públicamente se declara, de otros dueños del poder que no son aquellos que resultan electos en las urnas y, en consecuencia, de otros intereses insospechados que se esconden detrás de lo que la gente ignora.
La verdad, diría Voltaire, es lo que se hace creer. De tal manera que vivimos bajo una “extraña dictadura” económica e ideológica que Viviane Forrester describió como un régimen político nuevo a escala planetaria no declarado “que se instauró sin ocultarse pero a espaldas de todos, de manera no clandestina sino insidiosa, anónima, tanto más imperceptible por cuanto su ideología descarta el principio mismo de lo político y su poder no necesita gobiernos ni instituciones”. Sobran ejemplos suficientes para abonar la hipótesis de las fuerzas ocultas que gobiernan la realidad actual. Fuerzas fácticas, segundos estados, fratrias o mafias propias de un primer nivel del secreto político y de la acción histórica.
La segunda instancia de lo oculto en aquello que atañe a las sociedades sólo puede ser considerada desde una interpretación radicalmente diferente a la que suele privar en las visiones materialistas de la realidad, porque define lo “histórico” como el lugar de revelación de lo “metafísico”. Y este término supone un problema de significado insoluble para la mentalidad literal común en nuestros días. Lo metafísico suele confundirse con lo religioso, cuando debería vincularse con lo sagrado, una noción que sólo la ignorancia entiende como sinónimo de todo lo que tenga que ver con una fe dogmática, con sus respectivas iglesias y representantes.
En todo caso, lo metafísico en la historia, explicándola como un principio espiritual y no como un suceder azaroso, exige abandonar la equivocada idea del hombre como centro de la creación para, si no se quiere acudir a algo tan difuso como ese campo semántico que llamamos lo divino, aceptar entonces que el hombre “pertenece orgánicamente a conjuntos reales”, uno de ellos, la historia humana misma y sus lapsos de duración, en los cuales épocas como la presente sólo son un pedazo: tal es el valor del tiempo, que participa de la eternidad.
Por eso Nicolai Berdiaev —pensador ruso de origen marxista que derivó hacia una concepción de lo humano cuya idea dominante es la libertad creadora— insiste en la necesidad de una identificación entre el sujeto conocedor (el hombre) y el objeto conocido (la historia), para comprender los procesos socioculturales en su verdadera dimensión: “la historia contemporánea se acaba”, afirma Berdaiev. Tanto el humanismo como el racionalismo y el individualismo son desarrollos de un proceso histórico iniciado en el Renacimiento y que ha llegado a su crepúsculo.
Una nueva Edad Media sobrevendrá entonces, a la manera de un período histórico donde si bien habrá pérdidas profundas y muchas barbarizaciones sistémicas se harán presentes, también surgirán ciertos rasgos preparatorios del momento histórico siguiente, algunos de los cuales pueden advertirse ya agrupados en una emergente originalidad (es decir: una vuelta al origen), cuya síntesis tal vez sea ese “retorno al pensamiento complejo” propuesto por autores como Edgar Morin: una nueva mentalidad plurívoca que sacramente lo real como maravilloso, que transite desde el racionalismo materialista moderno hasta el superrealismo de una renovación espiritual, que encuentre otro simbolismo para las viejas nociones y se adapte a una lógica naciente.
Sin embargo, los riesgos serán múltiples, pues la civilización técnica puede intentar desarrollarse hasta límites que Berdaiev llama de magia negra para evitar su final, y la “masa de durmientes” entonces se multiplicará.
En ese dilema no hay otra solución que penetrar en la sustancia de la libertad personal, algo a lo que se accede, no algo que se nos da. Un trabajo tanto interno como externo para reconstruir individualmente aquello que históricamente se ha perdido: el centro espiritual. Quienes consiguen esta depuración son llamados “los que se mueven a voluntad”.
