Morfema Cero

  • Manuel Felguérez y Gilberto Aceves Navarro 

    Manuel Felguérez y Gilberto Aceves Navarro 

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    Para Ángel González Amozurrutia y su Vania, 
    deseando tu total y pronta recuperación.

    1. Juan García Ponce  

    Como crítico de arte, el autor del cuento de “El gato”, de novelas como Inmaculada o los placeres de la inocencia, y de libros de crítica literaria como  Cruce de Caminos y Las huellas de la voz, se convirtió en quien dio voz a los pintores de la llamada Generación de la Ruptura, a partir de dos libros icónicos, publicados en 1968 y 1969: La aparición de lo invisible y Nueve pintores mexicanos (Fernando García Ponce, Lilia Carrillo, Alberto Gironella, Gabriel Ramírez, Vicente Rojo, Manuel Felguérez, Francisco Corzas, Arnaldo Coen y Roger Von Gunten). Sobre este momento histórico se presentó en el Museo de Arte Moderno la exposición llamada precisamente “La aparición de lo invisible”, que rinde homenaje al gran crítico.

    Él, Manuel Felguérez y Jorge Ibargüengoitia fueron alumnos de los hermanos maristas y boy scouts. Juan García Ponce se casó con Mercedes Oteyza -madre de sus hijos- y, después de una ruptura, Meche se casó con Manuel -quien había estado casado con Lilia Carrillo-.

    Sobre Felguérez, García Ponce escribió un libro publicado por la UNAM, del que rescato un párrafo al que le quité los conectores y lo convertí casi en un haikú: “En el silencio de la creación / la voluntad de la forma / el rumor del espíritu”.

    Tengo la fortuna de haber estado cerca de los tres: de Juan, de quien fui escriba, de Manuel, que siempre me trató con amabilidad, y de Meche, con la que hace poco comimos Paloma Torres, Esteban García Brosseau -el hijo de Fernando García Ponce-, Luis Ignacio Sáinz y el de la voz. 

    1. Manuel Felguérez

    Gracias a la generosa donación de 35 obras gráficas individuales y tres carpetas, producidas entre 1986 y 2019, que Mercedes Oteyza le hizo al Museo Nacional de la Estampa (MUNAE) se crea la exposición que hace unos días se inauguró en dicho recinto.

    La curadora Lilia Prado señala: “La gráfica para Felguérez no fue un medio subordinado, sino un campo de invención formal donde pudo liberar estructuras, probar composiciones y jugar con el azar controlado de matices y soportes”.

    Creo que estas palabras aplican a toda la obra del Maestro. Un juego controlado, riguroso, conceptual, divertido y gozoso. En la muestra podemos apreciar cuadros de la etapa geométrica, ejercicios como la serie de 12 estampas Ciudad en Movimiento, una escultura y diversos cuadros anteriores a la etapa puramente geométrica. 

    Sobre él, escribió Octavio Paz: “Un arte que tiene el rigor de una demostración y que no obstante, en las fronteras entre el azar y la necesidad, produce objetos imprevisibles. Los objetos de Felguérez son proposiciones visuales y táctiles: una lógica sensible que es, asimismo, una lógica creadora”.

    Se aprecia en la muestra también un par de obras de las 24 serigrafías que conforman el libro Diferencia y continuidad, que dialogan con el mismo número de aforismos que escribió para tal efecto Juan García Ponce. Pensamientos que el escritor me dictó cuando fui su escriba, en el ya muy lejano 1984. 

    1. Gilberto Aceves Navarro

    En el mismo MUNAE se presenta otra donación, en este caso la que realiza su hijo Juan Aceves de 329 grabados. El curador de la muestra, Luis Ignacio Sáinz, señala que Gilberto Aceves Navarro supo “dolerse por el descendimiento de la cruz y la decapitación de Juan ‘el Bautista’, regodearse en la concupiscencia como premio del más terrible de los Habsburgo, Felipe II; ser custodio invisible de los apetentes originales Eva y Adán; asumirse cronista taurino que homenajea a Goya y voyeur del estupro de Leda por Zeus; espía de Rembrant, Jan Six y las modelos; habilitado retratista de arañas casi en pasarela; testigo de próceres y diletante sin fin, degustador de papas en tributo a Van Gogh, testigo de las músicas de don Rufino, y un interminable etcétera”.

    Me gustaron especialmente Venus Gorda (1978, serigrafía a dos colores); El beso 3 (aguatinta y aguafuerte p/color, 1991), la serigrafía Leda y el cisne (1999) y Las vacas de Torreón 1 (1995, aguatinta y aguafuerte al azucar. P.A. 5/6). Como afirma Jorge Alberto Manrique: “Aceves Navarro es el más arriesgado de los artistas de su generación; crea una atmósfera fantasmagórica que es propiamente su estilo”.

    El ojo crítico capaz de traducir en palabras lo invisible; la lógica sensible y creadora de Manuel Felguérez (1928-2020) y el espíritu lúdico y sin freno de Gilberto Aceves Navarro (1931-2019): un banquete doble que está a la disposición de los visitantes en el Museo Nacional de la Estampa, en la plaza de la Santa Veracruz de la ciudad de México, por estos días víctima de Tláloc. 

  • Los poetas, la música y el agua

    Los poetas, la música y el agua

    Culturas impopulares

    Jorge Pech Casanova

    El año pasado tuve la oportunidad de leer en público, junto con las escritoras Tamara León y Ana Rodelo, fragmentos del gran poema de Octavio Paz Piedra de sol, en un espectáculo presentado en el Encuentro de Almas, festival artístico, cultural y de tradiciones que organiza Ex Hacienda San José Espacio Cultural, dedicado ese año al tema del agua. La experiencia fue tan estimulante para quienes participamos en la lectura, que nos planteamos repetir la interpretación poética con grandes poemas que tienen como tema el agua.

    La visión del mar y los ríos, tan importante para nuestra historia, poco se manifiesta en la poesía desde la Colonia hasta el siglo XIX. Apenas en los poemas escritos en México por el transterrado cubano José María Heredia (El Huracán, Canto al Niágara) comienza a verse la importancia del tema.

    La literatura mexicana tendría que esperar a la década de 1930 para que surgiese un importante grupo de poetas que tomasen el agua como tema fundamental para sus creaciones. Es posible que su modelo fuese El cementerio marino, poema filosófico que Paul Valéry publicó en 1920. Lo leyeron en el francés original, o en la estricta versión de Jorge Guillén, Jaime Torres Bodet, Bernardo Ortiz de Montellano, Enrique González Rojo, José Gorostiza, Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Jorge Cuesta y Gilberto Owen.

    El primero en dejarse llevar por la fascinación del mar en su poesía, Gorostiza, publicó en 1925 su escueto e inolvidable libro Canciones para cantar en las barcas. El prolífico Pellicer incesantemente cantaría a los ríos y selvas de su Tabasco natal.

    En 1928 esos poetas refinados, a contracorriente de literatura de la revolución, crearon la revista Contemporáneos, que dio nombre a su “grupo sin grupo”. En ella volcaron sus búsquedas estéticas durante cuatro años, hasta que en 1932 la publicación se extinguió a causa del desinterés grupal. Sin embargo, la visión común de los poetas los llevó a centrar varias de sus mejores creaciones en el tema del agua, ya fuese la del océano, la de los ríos e inclusive la de la contenida en un vaso.

    Enrique González Rojo fue quizá el primero en adentrarse por las corrientes en su mejor texto, el cual quedó inconcluso por la prematura muerte del poeta en 1939. Estudio en cristal, sin embargo, es un fascinante canto a las estructuras transparentes del agua, cuidadosamente tallado en endecasílabos casi gélidos, y sin embargo fervorosos.

    En el año de la muerte de su amigo Enrique, José Gorostiza publicó el libro Muerte sin fin, espléndida, misteriosa, desconcertante y fascinante reflexión en torno al agua contenida en un vaso, que navega con musical soltura por las corrientes del ser y de la divinidad. Poema que desafía a la interpretación, Muerte sin fin seduce por la perfección formal de sus endecasílabos, cuyo significado siempre parece a punto de entregarse pero que en el siguiente verso escapa a nuestra comprensión: “mas que vaso también, más providente”, insiste el poeta ante el humilde cuanto enigmático recipiente.

    Desafiado y estimulado sin duda por el libro de su amigo José, el inteligente y exigente Jorge Cuesta emprendió la escritura de su Canto a un dios mineral, un poema fantasmagórico escrito en versos clásicos, semejante a la lira, pero con el talante hermético de un alquimista que anota sus fórmulas en lenguaje cifrado. Seductor como una música y reacio a revelar sus numerosos secretos, el poema fue hallado entre los papeles de Cuesta a su muerte, que fue absurda y dolorosa, autoinfligida en 1942.

    Gilberto Owen, el mejor amigo del poeta y químico suicida, en sus distantes recorridos por legaciones diplomáticas publicó en ese mismo 1942 su libro capital, Perseo vencido, que contiene el caudaloso canto de amor Sindbad el varado. “Y luché contra el mar toda la noche, desde Homero hasta Joseph Conrad”, compendia el poeta sinaloense en el inicio de su extenso cantar, dedicado al desamor que sufre el poeta.

    En algún momento no determinado de su larga vida, Pellicer (1897-1977) escribió su Canto al Usumacinta. Ese gran poema fluvial sólo fue conocido en 1989 al publicarlo la UNAM. Es uno de los textos mayores del tabasqueño, cuya obra contiene tantos títulos memorables dedicados a tórridas selvas y corrientes, como el volumen Hora de junio.

    Concatenando y combinando estos poemas, elaboré el guion para un espectáculo musical y poético que lleva por título Canto a un Dios Mineral, pues me parece que el poema de Cuesta dialoga con los ya mencionados de González Rojo, Gorostiza, Owen y Pellicer.

    El compositor Julio García, con quien he colaborado en una ópera y en algunas presentaciones que combinan música y poesía, leyó el guion y con entusiasmo escribió una partitura para acompañar la lectura en voz alta de los cinco poemas. Al proyecto se unieron las escritoras Tamara León y Ana Rodelo, junto con el cellista y flautista Ricardo Gómez.

    Con el apoyo de la Secretaría de las Culturas y Artes de Oaxaca, esta lectura poética con música original se presentó en el zócalo de la capital oaxaqueña el 25 de julio, poco después del mediodía.

    Si bien los ensayos realizados nos daban total confianza en el atractivo de los poemas leídos en voz alta, al cual se sumaba el contrapunto de la música, no dejaba de causarnos cierta aprensión el hecho de que íbamos a leer ante un público heterogéneo, que estaba en el sitio para escuchar sones tradicionales de Oaxaca y otras manifestaciones folclóricas, pues estábamos en plenos festejos por el espectáculo conocido como La Guelaguetza.

    Íbamos a leer algunos de los poemas más difíciles que se han escrito en México. Irrumpiríamos con una nota poética y melódica inusual en un escenario concebido para presentar melodías y bailes regionales. El reto era de consecuencias imprevisibles. Subvertir con poesía y música contemporánea una escena dedicada al folclor.

    Tras algún retraso por cuestiones técnicas de los aparatos de sonido, al fin mi hija Sofía Pech Lartigue advirtió al numeroso público que el espectáculo comenzaba. Dio lectura a un texto introductorio sobre la importancia de Contemporáneos para la literatura nacional, y a su voz firme de adolescente siguió la música interpretada por Julio García y Ricardo Gómez. Enseguida resonó la voz profunda de Tamara León, seguida de la voz tersa de Ana Rodelo. Me tocó hacer la tercera voz en las lecturas.

    El público siguió la lectura con atención y deferencia. Con sus aplausos a lo largo de una hora de interpretación vocal y musical, nos confirmó la fascinación que sentíamos al resonar los versos de González Rojo, Gorostiza, Owen, Cuesta y Pellicer. La poesía nos envolvió como una música y a ella se sumaron las melodías compuestas por Julio García. Descubrimos que las personas todavía son sensibles a la gran poesía, y eso me parece motivo de júbilo y celebración. Durante aquel día asediado por los sones regionales, la gran literatura mexicana abrió un espacio de misterio incantatorio con los versos de algunos de los autores más rigurosos de nuestra historia.

    Tags:

    Contemporáneos. Jorge Cuesta. José Gorostiza. Gilberto Owen. Enrique González Rojo.

  • Instantáneas en la playa

    Instantáneas en la playa

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Uno. La luna, círculo victorioso, cae sobre Mazunte, y un hombre, que se presenta como “el de la primera micción”, teoriza bajo el techo de palmas y de cara al mar bañado de plata acerca de la orinoterapia que practica: en los Vedas, dice, hace miles de años, está la primera referencia a ese elíxir de la eterna juventud que contiene información orgánica, enzimas, proteínas y además la proyección del inconsciente, que al fin es agua, como la que nos rodea. Que cada cual se beba lo que quiera.

    Dos. A la palapa de Javier no va nadie: hay lugares con mal fario. Mayra, en cambio, atiende la suya con la elegante dignidad de su cuerpo sólido y esbelto, cuyos contornos han sido esculpidos por (caminar en) la arena. El Centro de Preservación de la Tortuga muestra los misteriosos y bellos quelonios. Una buena acción la de conservar lo que los seres humanos han destruido. “Se cree —dice el guía— que los huevos son afrodisiacos. Es falso, sólo contienen altas dosis de colesterol.”

    Tres. El paseante del peluquín en la playa, más estrambótico que todos por querer ocultar lo que así magnifica. Dos barcos se cruzan en el horizonte, delante precisamente de quien los observa: un signo, ¿pero de qué? Los vientos huracanados de antenoche fueron el encuentro de dos corrientes colosales, una que venía de mar adentro y otra que bajó desde la sierra. La poética del conflicto también ocurre aquí. Hoy la luna sigue en el cielo, mirando sin mirar.

    Cuatro. Mientras un hombre joven toca un tambor ancestral, otros dos semejan que combaten sobre la arena humedecida y hacen del polisémico “güey” una contraseña útil para decir todo sin decir nada. La divisa lingüística de esta generación. Antes fue “cámara”, y también era la misma filosofía barata del bienestar, este intocable sacramento de pasársela bien. Muchos de los jóvenes que están aquí son o pretenden ser artistas. No hay conciencia política o social en sus acciones. Lo real sólo es aquello que está en su radio inmediato de interés.

    Cinco. De pronto surge el hartazgo: ¿para qué las vacaciones? Para descansar, para entretenerse, odiosa palabra. Los niños siempre serán niños, y el mar, que hace de quien penetra en él un corcho sin rumbo. En Zipolite, la playa permisiva, se respira decadencia: un par de hombres maduros se exhiben desnudos para ser mirados, pero ninguna mujer. Una pareja de argentinos trashumantes pide permiso a la evanescente audiencia de la palapa para cantar tres canciones que les permitirán ganarse unos pesos.

    Seis. La tormenta nocturna deja sus huellas en el cuerpo-recuerdo. Se le pregunta a D cómo nos ve. Su respuesta es el lugar común: como siempre, contesta, es decir, igual. Quien parece no haber cambiado es él: sigue viendo lo mismo. ¿Política en la playa? Estos jóvenes viven el mundo como si sólo ellos estuvieran. Después una fiesta de lugareños: mala música, silencio de los invitados y férrea exclusión de los de afuera. Al fin el mar estalla porque el viento lo enfurece. Don Darío recoge colillas en la playa para fumar. Le compramos una cajetilla que recibe como un tesoro.

    Siete. Y miramos la geografía sagrada, esos símbolos obvios que suelen escapar a la interpretación. La luna arriba alude a lo que representa: el más allá. En el restaurante playero más solicitado —lleno a reventar mientras los otros lucen vacíos— están dos hombres a la mesa. Uno se queja y el otro escucha en silencio sus reclamos: “No hablas de nada, ni siquiera de ti. Viajar contigo es espantoso, me tiras mala onda cuando trato de ligar.” Etcétera.

    Ocho. Profesionales de la traslación, bisnietos de los beats viajeros y nietos de los hippies en movimiento, cuyo lenguaje es tan sintético como el de sus antecesores, estos jóvenes que dejarán de serlo sólo están en la búsqueda de sensaciones y experiencias por ellas y no por sus consecuencias: ¿son los usuarios terminales de sí mismos anunciados por el horror de la época? Hay una confesión de medianoche, mirando la luna y sentados en la orilla, que tranquiliza: todo pasa, esto también. La vida es como la marea, viene y va.

    Nueve. Una familia veracruzana de paseo por la playa no se mete al agua. Sus miembros ni siquiera llevan traje de baño. Hacen como la mayoría de los lugareños, que observan el mar con unción y respeto y después se marchan. Quien sufre es Santos, un perro de raza al que su urbana y glamorosa dueña no deja jugar febrilmente en la arena. La lluvia pasó de largo pero cubrió el sol y aligeró el día. Aunque no se llevó consigo la compulsión por saber qué pasa en el mundo mientras uno está al margen de este. No news, good news.

    Diez. Se fuma mota a lo largo de la playa con todo desparpajo y a la vez con toda discreción. Mientras languidece el negocio de una linda vendedora local de donas —pegajoso producto que nadie quiere consumir en el calor marino—, el traficante de la zona, una suerte de lanchero existencialista solícito y solicitado, no se da abasto para surtir tanta demanda como parece tener. Viene y va durante toda la mañana entre tatuajes, rastas y hermosas muchachitas en toples que juegan bajo el sol. La belleza de los cuerpos es múltiple, regular y visible, pequeñas tribus de un mundo global o enclaves de tolerancia y vida en la playa, así, siendo nadie y yendo a ninguna parte.

    Once. Aquellos que siempre quedan en el tumbo de la ola, los temerosos del mar, son a quienes el agua revuelca, empavorece y castiga. Una apuesta pareja norteamericana pregunta por sitios, precios, condiciones. ¿Por qué a nosotros? Quizá porque nuestros años son los más maduros de toda la playa y dar consejos es una acción de la tercera edad. Don Darío, alérgico al mar que desde hace años vive fatalmente delante de él, dice: “a las dos va a llover”, y a las dos llueve. Lo que hoy está mañana se habrá ido, pero no el mar, que seguirá palpitando. Unos van, otros vienen, de ahí la amable o ruda indiferencia de los oriundos para con los visitantes. Y el mar, cuyo color cambia igual que sus rizos, sus golpes y sus ondas, siempre distintos, siempre igual.

    Doce. En la noche estalla la tormenta. A continuación de un cielo inusual, donde la luna parece una perla en una vulva aérea, mientras la playa hierve suavemente entre grupos nómadas que comparten el tiempo, de arriba descienden agua, viento, relámpagos y truenos que estremecen las frágiles cabañas y cortan el resuello de quienes velamos en ellas, mecidos por un miedo tan indómito como una bendición. Luego el torrente cesa y la luna esplende sobre Mazunte.

  • Visiones del amor 

    Visiones del amor 

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    A Tania Acosta Ayala 
    y Pedro Álvarez Colín

    1. Eros y Anteros 

    Denise Braunschweig y Michel Fain escribieron el libro Eros y Anteros: reflexiones psicoanalíticas sobre la sexualidad (próxima publicación en español de la traducción de Pedro Álvarez Colín y José Antonio Lugo). En este libro, una joya para quienes practican esa hermenéutica, se señala que:

    “El verdadero antagonista de Eros no sería entonces Thanatos sino otra fuerza, tomando un hecho de cultura, psicoanalíticamente vinculable al mito de la castración ancestral del padre de la horda primitiva. Castración que hace de los hijos culpables en su inconsciente y por tanto amenazados, vengadores sujetos al culto del narcicismo fálico. Por eso, no para elevar esta fuerza al rango de los dos principios opuestos por Freud, Eros y Thanatos, pero para habitarlo, lo hemos denominado Anteros, el nombre del hermano gemelo de Eros. Nuestro avance a tientas se ha orientado sobre algunos grandes ejes de referencia. El primero, lo hemos ya evocado a propósito de la sexualidad masculina: se trata del equilibrio estructurado por la oposición entre el instinto maternal y la organización edípica impuesta por el padre a la relación madre-hijo. El segundo, acabamos de hacer alusión a él, es el equilibrio estructurado por la oposición del narcicismo y el erotismo. El tercero, que al principio de nuestra empresa no reposaba más que sobre un postulado admitido entre nosotros sin discusión, concierne a la existencia de una diferenciación sexual precoz entre el bebé-niño y la bebé-niña”. 

    1. Amor y agresión 

    Otto Kernberg escribió un clásico del psicoanálisis The inseparable nature of love and agression: clinical and theoretical perspectives (American Psychiatric Publishing, Washington, London 2012), donde señala que todo amor lleva consigo, de manera indisoluble, una dosis de agresión. Afirma también: “Así, al colocarnos de entrada del lado del observador, padre, hermano mayor, hemos tratado de imaginar el rencuentro de dos grandes corrientes: la estructuración edípica, fuerza de naturaleza esencialmente psíquica, y el instinto maternal, fuerza que es clásico situar en el origen de los confines de lo biológico. Por esta hipótesis, la evolución completa, dislocada, o inacabada de la sexualidad del hombre depende a la vez de cualidades particulares del instinto maternal de su madre, de la reacción inconsciente de su padre al espectáculo de las relaciones madre-hijo dominadas por ese instinto, de las consecuencias de esta reacción tanto sobre la relación primitiva madre-hijo que sobre su futura constelación edípica. Las consecuencias de la proyección inconsciente por la madre de su fantasma de realización edípica, la vemos variar entre, por una parte, una estructuración exageradamente precoz del Edipo que tiene como resultado futuro una presión pesada y constante de la amenaza de castración y, por otra parte, una estructuración insuficiente que conduce, en ciertas circunstancias, a un donjuanismo crónico”.

    1. Apuleyo 

    En El asno de oro, este autor (Madaura, Argelia 125-180 d.C.) nos relata cómo Eros, hijo de Venus, se enamora de Psiqué, provocando los celos de la Diosa -que se ve sustituida como objeto del deseo-. Las hermanas de Psiqué, envidiosas, le muestran la manzana de la discordia, metafóricamente, y le despiertan la curiosidad por ver a su amado -Eros- quien la visitaba al amparo de la noche y le había prohibido que intentara verlo. Ella infringe la prohibición y Eros la aleja de su vida (y regresa con su madre). Venus quiere vengarse y destruir a Psiqué; ella se quiere quitar la vida; Eros abandona a su madre y Júpiter se conduele y vuelve todo un final feliz con todo y boda. El discurso de Júpiter. al ofrecerle la ambrosía: “Toma, Psiqué, y sé inmortal; Cupido nunca romperá los lazos que a ti te ligan: el matrimonio que os une es indisoluble”. Eros se suelta de su madre; Venus se suelta de la posesión de su hijo y acepta a Psiqué; las envidiosas mueren como serpientes ponzoñosas y es posible crear un futuro para todos. 

    1. El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell 

    En esta novela de culto vemos los amores de Nessim con Justine y con Melisa, de Darley con Melisa, Justine y Clea; de Clea con Darley, Justine y Amaril; de Naruz con Clea; de Pursewarden con su hermana Liza, con Justine y con Melisa. En esta compleja retícula, todos terminan, simbólica o literalmente, mutilados. Dice el autor: “El amor une, luego separa. ¿Cómo, si no, podríamos desarrollarnos”; “Dime quién inventó el corazón humano: muéstrame el lugar donde lo ahorcaron”; “Nos servimos de los demás como si fueran hachas para talar a quienes realmente amamos”. Todos terminan mutilados –pero maduros– gracias a la gozosa y fascinante experiencia del amor. 

    A través de la figura de Anteros, hermano de Eros; de la agresión implícita en la amenaza de castración; del odio de Venus hacia su nuera y el proceso de Eros para alejarse de su madre; y de los formidables entrecruzamientos de cuerpos y almas que nos describe la gran novela de Durrell, podemos ver cuán complejo, rico y fascinante es el amor, imposible de definir pero que todos hemos sentido alguna vez. 

  • El poeta en la ciudad herida

    El poeta en la ciudad herida

    Culturas Impopulares 

    Jorge Pech Casanova 

    A la memoria de Carlos Cruz Allende 

    El visitante que camina entre las macizas construcciones del centro de Oaxaca no podría sospechar que bajo esos pavimentos estropeados por pasos afanosos y manos imprudentes yace un sedimento de pantano, cuya inestabilidad mantiene a la ciudad vulnerable a los terremotos. 

    Hace poco más de quinientos años, hacia 1490, la ciudad de Oaxaca no existía, nadie soñaba en habitarla. En cambio, los cerros que la circundan y la rica zona agrícola adyacente estaban ocupados por contingentes militares venidos de distintos pueblos aztecas: Chapultepec, Mexicapan, Xochimilco, Xalatlaco. En donde hoy se alza el mercado de Oaxaca había un tianguis y, frente a él, se alzaba la casa del administrador de los puestos militares. enviado por Ahuízotl en 1480 a cobrar peaje a los comerciantes que transitaban por ese paso hacia lo que hoy es Guatemala. 

    Desde las alturas de sus campamentos, los guerreros mexicas contemplaban el valle que se extendía a los pies de los cerros, una extensión lodosa donde destacaba, solitaria, la casa del administrador, algunas chozas accesorias y el ancho caudal cuyas aguas daban origen al pantano, esa corriente que los colonizadores bautizaron como Atoyac, “el lugar del río”. 

    Décadas después, cuando los españoles llegaron a establecerse en la zona para aprovechar las fértiles tierras, levantaron un templo que advocaron a San Juan de Dios. De ahí comenzaron a levantar un caserío. No tardaron en apoderarse de la casa del administrador azteca, en la que instalaron un alhóndiga o reservorio para granos y alimentos. Había ya calles trazadas y una ciudad en ciernes, afirma Manlio Barbosa Cano en su libro Huaxyacac. La guarnición inmortal. Sobre ese trazo establecieron los españoles su villa de Antequera, que hoy es la ciudad de Oaxaca. 

    Reponiéndose de los constantes terremotos, los españoles y los indígenas lograron hacer perdurar edificios de cantera sobre el suelo poco fiable. Hicieron crecer sus caseríos contra la voluntad de Hernán Cortés y convirtieron la villa en ciudad. Hicieron retroceder al río Atoyac para que la servidumbre indígena y los obreros artesanos tuviesen vecindades saturadas e insalubres donde alojarse. Frente a esas viviendas construyeron un gran templo con su convento para señalar la entrada a la villa: el templo de La Soledad. 

    El puesto militar de Xochimilco dio paso a un próspero pueblo de artesanos que tejían sarapes y otros textiles, cultivaban sus ricas tierras y con el tiempo se pusieron de acuerdo con los habitantes de Xalatlaco para construir un acueducto que bajaba desde el pueblo de la [a]Tarjea de San Felipe hasta el límite de Xochimilco con Antequera, para abastecer de agua todo ese territorio. 

    El agua era limpia y abundante en la creciente urbe. Por si hiciera falta, en sus linderos corría apacible el ancho caudal del Atoyac, que los indígenas cruzaban a pie para hacer trueques en Antequera.

    Los moradores del pueblo de Santo Tomás Xochimilco vieron pasar los siglos hasta que su poblado se convirtió en 1927 en un barrio de la ciudad de Oaxaca. En ese barrio de Xochimilco nació en 1969 el imaginativo escritor Víctor Armando Cruz Chávez. De su inventiva han surgido pulcros libros de cuentos: La tinta y el dédalo, Los hijos del caos, Vals profano. Autor de relatos fantásticos, no evade el realismo y es también cronista, con títulos como Obsesiones del escribano y Crónicas del barrio de Santo Tomás Xochimilco.

    Además, el narrador es también poeta y en sus inicios publicó, en 1998, un sobrio volumen: Estaciones sobre la piedra dormida. Desde entonces Cruz Chávez había reservado la publicación de su poesía, si bien se asomaba con sus versos en alguna revista de cuando en cuando. 

    Ahora resurge el poeta con un libro intenso, sin concesiones: Ciudad y zozobra. Dedicado a la Oaxaca que ha visto transformarse en poco más de medio siglo, este volumen no condesciende al llanto pero está atravesado por el luto: refiere no sólo el deterioro de un centro urbano que se degrada a sí mismo por la contaminación de sus recursos naturales, sino por la inanidad con que sus habitantes parecen celebrar esa profanación. 

    Libro de poesía urbana, desgarrada, escéptica, valerosa en su sobrio examen de una ciudad que se suicida en sus tóxicos hábitos, Ciudad y zozobra no se limita a advertir el deterioro de Oaxaca. Salta hacia la destrucción del mundo que muchas voces nos advierten y registra con imparcialidad estremecedora el desastre climático: “Si las abejas desaparecen los ciclos agrarios serán espejo roto / donde se refleje nuestra aridez de carne sin lágrimas”. 

    Sorprende leer a un autor cuyos títulos previos contienen tantos textos optimistas, apasionados, fervorosos, manifestarse con tal vehemencia contra los riesgos de extinción que nos asedian: “Qué hacer cuando nos faltan ochenta y nueve segundos para el fin del tiempo”, reitera en un extenso poema dedicado al sombrío reloj creado en 1947 por científicos para advertir sobre el peligro de una guerra con armas atómicas y nucleares. 

    En la segunda parte de ese poema, Reloj del fin del mundo, está una parte de la explicación para tan sombrío talante poético. En esos versos el autor evoca el deceso de sus padres durante la pandemia: “Mi madre enfermó de Covid el día de su cumpleaños / y en quince días la plaga cerró sus ojos y secó el río tibio de su sangre”, “Mi padre murió de Covid el día de la primavera”. Después, la tragedia ha visitado una vez más el corazón de la familia de Víctor Armando Cruz Chávez, cortando una joven vida. 

    Ese luto incesante puede explicar el contenido pesimista y desencantado de Ciudad y zozobra.Recuerda el incontestable verso de Vallejo que reitera “hay golpes en la vida tan fuertes / golpes como del odio de Dios”. Pero lo que conmueve en este libro no son lamentaciones, sino la entereza del poeta ante su visión del apocalipsis, que no es disímil a la de otras voces que nos advierten del Armagedón. 

    Otros poetas han clamado —con toda razón— contra la guerra, la destrucción de bosques y selvas, el oscurecimiento del cielo por el humo de automóviles y fábricas. A Víctor Armando Cruz Chávez, después de revisar todas las aflicciones de nuestro entorno, le basta una imagen aparentemente grata para llenarnos de zozobra: “En la calle suena el carro de los helados y el tiempo parece detenerse, / con un sol crucificado, una vena rompiéndose, / una hoja en vilo entre un viento de incertidumbre”.

  • Inexpresivas

    Inexpresivas

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    “En tres edades se divide la vida —escribió Séneca—: la que fue, la que es, la que será. Entre éstas, la que vivimos es breve; la que viviremos, dudosa; la que hemos vivido, segura: ésta es, precisamente, aquella sobre la cual perdió su jurisdicción la fortuna, la que no puede ser sometida al arbitrio de nadie.”

              El hierático grupo no hizo un solo gesto al escuchar la cita leída por el maestro. Volvió entonces en su mente a la pregunta pendiente desde meses atrás, cuando las había conocido: ¿por qué ni un mohín hacen? Ellas siguieron contemplando el infinito y hurtándose al brevísimo contacto visual que el hombre lograba tener de tanto en tanto con alguna de las jóvenes que poblaban el salón de clase. La materia impartida era transdisciplinar, o sea que se trataba de nada definitivo.

              No todas las alumnas eran atractivas, pero algunas sí. Casi todas eran más inteligentes y sagaces de lo que ante él mostraban ser. Un nuevo asunto de sus cavilaciones: ¿cuáles, entre las siempre hieráticas, lo eran por sí mismas, o bien para ello su temprana edad las ayudaba? El tiempo desgasta al cuerpo lo mismo que al alma, ¿cuántas de todas ellas serían deseables luego de unos años? Sobre todo tomando en cuenta, como el maestro tomaba, que cualquier amistad está basada en los sentidos.

              Intentó hacer lo que el Buda con la bella cortesana: convertir ante su vista a las beldades en materia orgánica putrefacta. No le duró mucho la decisión, pues debió continuar con su clase transdisciplinar sobre Séneca, quien nunca opinó nada que se conozca acerca de las ninfas.

              —¿A ver, jovencitas, por qué son tan inexpresivas? —inquirió el mentor mirando al grupo. Algunas tragaron saliva, otras sonrieron y las más redoblaron su inexpresividad.

              Se dirigió a una señorita del sector de las ninfas, tal vez la más visible entre ellas tan visibles, para indagar por la razón de que ella y sus compañeras se comportaran de ese modo.

              —Así nos educaron, profesor.

              —Pero a usted no.

              —Pues sí, también.

              —¿Y entonces?

              Siempre que se convoca alguna cosa mediante el lenguaje pasa algo verdadero aunque abstracto, pero cuando se invoca una entidad al hablar, lo que suele suceder resulta concreto y a veces acostumbra presentarse donde tal invocación se ha hecho. Súbitamente el maestro reparó haber caído bajo el potente influjo de las ninfas.

              —Ya estudiamos símbolo, ¿lo recuerdan? ¿Qué es una ninfa?

              Afrontó el requerimiento magisterial una guapa chica del sector desdeñoso: es el último agente de lo divino que quedó después de la desaparición del mundo antiguo y pagano, residen en cuerpos de agua, en las florestas y en el aire, fueron engañadas por el dios Apolo quien les birló sus artes adivinatorias, y conducen a la locura a aquellos que sucumben a su fascinación.

           Creyó percibir un brillo distinto en la mirada altiva y fija de la respondiente. Quizá por eso decidió avanzar.

              —¿Y una ninfeta, señoritas?

              Indagaba por una denominación que nunca antes había expuesto en clase. Alzó la mano una avispada alumna de ese sector reconcentrado que él llamaba insípido.

              —Son como ellas, profesor.

              Las aludidas por la alumna se manifestaron prudentemente orgullosas. Hubiera sido antipedagógico que el hombre continuara con el tema, pero lo hizo confiando en el Séneca que había citado: la edad que vivimos es breve.

              —¿Y cómo son ellas?

              Una carcajada unánime cimbró las paredes del aula y acaso, como si sonara un burlón ruidito de hadas, tintinearon los cristales.

              El hombre entró en pánico porque se dio cuenta de su grave error de perspectiva: todas eran ninfas, todas eran ninfetas. Cuando menos las cuarenta que allí se le mostraban.

              —Entonces, jovencitas, ¿así las educaron?

              A pregunta disfuncional, retraso del tiempo narrativo. Y el profesor sufría en el corazón, aunque su rostro sonreía. La mente debatió consigo misma si sostenía la cátedra de Séneca el estoico o bien saltaba hasta Vladimir Nabokov y su dramática catalogación de las Lolitas, aquellas nínfulas que hacen perder la cabeza a cierto tipo de señores. Siendo transdisciplinar la materia que estaba a su cargo, claro que podría emplear un giro dialéctico y confesarles a ellas el obscuro objeto de su deseo.

              Control de daños, más bien. Comprendió que lo asustaban porque siendo tan jóvenes todas, todas le parecían muy viejas. Las inexpresivas, las bellas, las insípidas, como si estuvieran ante él cuarenta brujas de Macbeth, cuarenta Venus Afroditas, cuarenta Lloronas, cuarenta Coatlicues, cuarenta Madonas. Y tantas vírgenes, casi todas. En cuanto a sus prejuicios adolescentes ése era uno de los más destacados: la comisión pendiente del sexo.

              Alcanzó a fantasear la expresividad de las inexpresivas cuando el destino las hiciera ceder. Pero se acordó de Julio Torri, príncipe de las letras, que vestido de traje y montado en bicicleta salía a piropear criaditas por la calle. Le dio vergüenza ajena.

              “Nadie te restituirá tus años, nadie te devolverá a ti mismo. (…) Tú estás ocupado, la vida anda aprisa: llegará entre tanto la muerte, a la cual, quieras que no, habrás de rendirte.” Las bellas, las inmóviles y todas se excluyeron de la frase del filósofo latino. Lo miraban a él pues sólo a él le concernía. Lo miraban viejo y ellas eran tan húmedas y antiguas, tan secretas y femeninas.

              Terminó la clase y las hadas lo rodearon. Sintió que el alma se le escapaba. Sintió que sentía un pánico arcaico que no debía sentir.  

  • Flaubert y Víctor Hugo

    Flaubert y Víctor Hugo

    El laberinto del mundo 

    José Antonio Lugo 

    Flaubert a la carta 

    La aparición de Flaubert a la carta, de Antonio de la Rosa, Premio Málaga de ensayo (Málaga, 2025, Ed. Páginas de Espuma), libro que analiza su correspondencia, nos permite recordar al maestro normando y el porqué de su obsesión por “le mot juste”, la palabra precisa. Para él, lo que no era preciso era de un lirismo estúpido: “Son del mismo pelaje todos los que nos hablan de los amores idos, de la tumba de la madre, del padre, de sus benditos recuerdos, que besan los colgantes, lloran bajo la luna, deliran de ternura al ver a unos niños, desfallecen en el teatro, se quedan pensativos ante el Océano. ¡Farsantes! ¡Farsantes! ¡Fantoches multiplicados por tres! Dan un salto de trampolín sobre su propio corazón para alcanzar algo”. 

    • I. Victor Hugo como padre  

    Acabo de volver a ver La historia de Adèle H., la estupenda película de François Truffaut en la que se relata cómo Adèle, la hija de Victor Hugo, se convierte en una persona totalmente tóxica para el hombre que la sedujo. Lo hace convencida de que el suyo es un amor eterno y le vuelve a su amado -que la ve sólo como una conquista más, perteneciente al pasado- la vida imposible. Al hacerlo, en su obsesión neurótica, pierde la razón. Su padre hace que regrese a Francia y la interna en un sanatorio de enfermos mentales, donde permaneció hasta 1915, treinta años después de la muerte del gran escritor. En la vida real, no la pasaron bien los hijos del maestro. Concentrémonos en Adèle, interpretada magistralmente por Isabelle Adjani. Tuvo una relación tormentosa con su padre, que la manipulaba mediante el dinero, lo contrario de la relación idealizada en Los Miserables, donde Jean Valjean es un padre estupendo y magnánimo, y Cosette una niña dulce y obediente. Quizá son tan perfectos porque son una proyeccion de cómo le hubiera gustado a Victor Hugo que fuera su relación con Adèle.  

    • II. Restaurantes 

    Hablemos de restaurantes. En La educaciónsentimental tenemos dos: el Magny y el Café Anglais. En este último la cocinera en jefe era Babette, la protagonista del maravilloso cuento de Isak Dinesen El festín de Babette

    En esta obra de la escritora danesa, el menú es sopa de tortuga, maridada con amontillado; blinis Demidoff con caviar y crema agria, maridados con champán Veuve Clicquot; codornices en sarcófago con foie gras y salsa de trufa, maridadas con vino Clos de Vougeot Pinot Noir; ensalada de endivias. 

    En La educación sentimental, en el Café Anglais… “La Mariscala se dedicó a ojear la carta y se paraba en los nombres raros (…). Se decidió por un sencillo tournedó, cangrejos, trufas, una ensalada de piña y sorbetes de vainilla”. Luego le dijo al capitán: “¡Ah, se me olvidaba! ¡Tráigame también salchichón, pero sin ajo!”. No podemos estar en estos lugares -casi míticos por la literatura-, pero sí imaginar el deleite rabelesiano, pantagruélico, que vivieron los comensales.  

    • III. Djali 

    Flaubert siempre reconoció el genio de Victor Hugo a quien veía con admiración, sin dejar de criticar su interés -para Gustave un tanto narcicista- por la política. Hay un puente oculto, un homenaje, entre las obras de los dos. Emma Bovary le pone como nombre a su galga Djali, que es el nombre de la cabrita de Esmeralda, la joven gitana de la novela de Victor Hugo Nuestra señora de París (1931).  

    • IV. 1857-1884 años de esplendor  

    En 1857 se publicaron dos libros que cambiarían el rumbo de la literatura francesa (y del mundo) Madame Bovary de Flaubert y Las flores del mal, de Baudelaire.  

    La acción de la película de Truffaut sobre la hija de Victor Hugo transcurre en 1863. Un año antes se publicaron Los miserables(1862). 

    En 1868 Flaubert publicó La educación sentimental

    En 1884 J.K. Huysmans publicó Al revés, la novela con la que, según su mentor Emil Zola, le dio un golpe de hacha al naturalismo. Tenía razón el autor de Naná y Germinal.  

    Los años que van de 1857 y 1884 son años gloriosos para la literatura, fueron los años del esplendor del realismo y del naturalismo. 

    Con la aparición de la neurótica obra de Huysmans -en la que se inspiró Wilde para El retrato de Dorian Gray– inicia el simbolismo, después del cual vendría, a principios del siglo XX, A la búsqueda del tiempo perdido, la monumental obra de Marcel Proust. Pero esa es otra historia.  

    El nuevo libro sobre Flaubert, volver a ver La historia de Adele H., recordar los comederos de lujo en el París de finales del siglo XIX y asomarnos a los 27 años gloriosos que van de Madame Bovary a Al revés, nos devuelve a una época maravillosa. Un año después, en 1885, murió Victor Hugo. Dos millones de parisinos fueron a despedirlo. Su cadáver permaneció bajo el Arco del triunfo toda una noche, como un homenaje excepcional. Con su muerte, una época se había terminado.


  • Imaginando a un cordero

    Imaginando a un cordero

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivera

    Entre tantos descuidos personales cometidos, uno que ahora lamento sin remedio fue el que hace años tuve con el escritor Rubén Salazar Mallén. Toda amistad se consigue por los sentidos y aquella vez entre los nuestros no hubo ninguna afinidad. Yo debí parecerle lo que era: un jovenzuelo banal y pretencioso, y él se me figuró un emblema lamentable del resentimiento humano y del fracaso literario. Era hemipléjico y arrastraba una pierna y un brazo cuya mano estaba inmóvil a la manera de una garra rapaz. Tenía el rostro contraído en una mueca sardónica quizá más temible cuando se distendía. Y al hablar era lapidario y feroz.

              El amigo que me había llevado ante su presencia, uno de sus alumnos en la Facultad de Filosofía y Letras, después me explicaría con zumbona claridad que le apodaban Cuasimodo y que él mismo se encargaba de hacer escarnio de sus defectos físicos. La ficha superficial se completó con la mención de su incurable dipsomanía, sus gustos burdelescos y su desenfrenada lengua y pluma periodísticas, tan ácidas, tan viperinas como yo mismo había podido constatar.

              En los escasos treinta minutos que duró ese encuentro matutino ocurrido en un café de la esquina de Medellín y Puebla en la colonia Roma, Salazar Mallén habló mal de todo lo que le dio tiempo: de la izquierda, y yo por aquellos años así militantemente me consideraba; de la democracia, que yo reverenciaba como modélica y moderna; del éxito literario, que yo secretamente ambicionaba y creía en el futuro sin falta merecer; del éxito a secas, que entonces yo admiraba como un logro superior de la voluntad individual; de Octavio Paz plagiario y oportunista, lo que me supo a la pura envidia calumniosa de un mediocre; de la intrigante cofradía homosexual en la república de las letras y de Salvador Novo, al cual llamó Capeluquita Roja, haciéndonos reír a carcajadas por una vez en su amargo soliloquio; de Octavio Paz conjurado para volver invisible su obra literaria en todas partes, lo que de nuevo me pareció el paranoico y obsesivo rencor de un hombre díscolo y desdichado.

              Sin venir a cuento exaltó rudamente su ideología de derecha, un tópico que sentí como si el ruinoso maestro proyectara en la política su propio drama de fealdad y me dirigiera una provocación personal. No pude responder —era tan imprudente aquellos días donde todo para mí resultaba ad hominem que lo hubiera hecho sin pensar—, porque llegó a nuestra mesa la secretaria del director de la revista Casa del Tiempo,quien impaciente aguardaba a Salazar Mallén en el edificio contiguo, para llevárselo a su cita. Salió caminando del sitio como si fuera un robot maltrecho y nunca más lo volví a ver.

              Todo esto lo recordé al leer una espléndida nota del reportero Jorge Luis Espinosa hace años con motivo del centenario del natalicio del escritor un nueve de julio en Coatzacoalcos, Veracruz. Gracias a ella supe que el implacable alegato contra Octavio Paz de Rubén Salazar Mallén era moralmente cierto y estaba literariamente fundado, como confirmé tiempo después de aquel encuentro con ese escritor acerbo que no agradó a mis prejuiciados sentidos, aunque tal impresión me llevara hasta hacerme olvidar por antipatía de su indudable tener razón.

              Durante los años siguientes una frase empleada por Paz me provocó siempre sensaciones equívocas: “el león se alimenta de cordero”, pero mi mente la había extirpado de su contexto real. Busqué entre mis libros sin conseguir ubicar su origen hasta que leí la efemérides cultural de Espinosa y en ella la respuesta de Paz  —referida al reportero a través de Javier Sicilia, uno de los escasos ensayistas entre nosotros sobre el narrador veracruzano, su alumno y amigo— ante la denuncia hecha por Emmanuel Carballo de plagiar, con su célebre El laberinto de la soledad, tanto a Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México como a  Salazar Mallén en una serie de artículos publicados en 1939 con el mismo título: El complejo de la Malinche.

              Según la nota de Espinosa, Paz contestó a la imputación siete días más tarde, el 27 de diciembre de 1959: “De paso, no estoy contra el plagio cuando la víctima desaparece. Ya se sabe, el león se alimenta de cordero. Un libro que todo mundo conoce de Samuel Ramos y unos artículos que ya nadie recuerda de Salazar Mallén son mis fuentes secretas.” No conozco la réplica de este último: El cordero le responde al león,pero en su título puede adivinarse ya una resignada ironía, acaso menos estridente e intensa que el fundado rencor del escritor robado por el tramposo poeta.

              La elegante y abusiva prosa de Paz convirtió el plagio, la cínica copia, en una fuente legítima de su obra intelectual. Samuel Ramos ya no estaba vivo y Salazar Mallén no contaba, según la soberbia paciana, en el panorama literario. Dicha inexistencia no solamente era un dictum interesado en evaporar las huellas del crimen, sino sobre todo una consecuencia cultural anticipada mediante las desdeñosas líneas de la respuesta: “no estoy contra el plagio cuando la víctima desaparece.” O dicho como en ese caso fue: “cuando yo plagio, la víctima literariamente muere.” Más aún si el cordero iba por el mundo regurgitando a voz en cuello la injusticia cometida en lugar de acomodarse al oprobio del león, tragar la mierda necesaria y negociar de alguna manera su rentabilidad en la república de las letras, una geografía de negocios igual a las demás: el que no tranza no avanza.

              Salazar Mallén fue insobornable y se mantuvo fiel a sus olímpicas fobias y sus memoriosos agravios, se mantuvo fiel a su escritura sin lectores ni consideración crítica, a su escritura sin publicación. Posiblemente la pureza y la belleza del fracaso ejemplificada en Kafka, un artista que practicaba el método de hacerse pequeño hasta desaparecer en la vida y en la escritura, le hubiera parecido una complaciente sentimentalidad. Pero no así la canción nietzscheana de Almafuerte, que esa mañana beligerante alcanzó a decirnos a sus atónitos escuchas con cascada voz de trueno antes de incorporarse hemipléjicamente de la mesa y e ir hacia su cita colgado del imperativo brazo de la secretaria del director.

              El tiempo va borrando nuestros pasos por el mundo. Muchos de los míos son ahora imprecisos porque la memoria es un animal arbitrario y suele acordarse de sí misma en patrones aleatorios e inesperados. Pero puedo jurar que Salazar Mallén declamó esa vez con cierta sorna lo siguiente, a guisa de despedida: “No te des por vencido ni aun vencido, no te sientas esclavo ni aun esclavo, trémulo de pavor piénsate bravo y acomete feroz ya malherido. Ten el tesón del clavo enmohecido que viejo y ruin vuelve a ser clavo, mas no la cobarde intrepidez del pavo que amaina su plumaje al primer ruido. Sé como Dios, que nunca llora, o como Lucifer, que nunca reza. Sé como el robledad, cuya grandeza necesita del agua y no la implora. Que muerda y vocifere vengadora ya rodando en el polvo tu cabeza.”

              La suya había rodado cercenada por un león que en el fondo no le importaba. Y salvando las distracciones etílicas y los vicios putañeros, esa mañana nos propuso sin decirlo un subtexto que quedó en la formaica jaspeada de la mesa del café: “Sean como Salazar Mallén.”

  • Vacas, exposiciones, destrozos

    Vacas, exposiciones, destrozos

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo 

    1. Las vacas

    Conocida productora de leche lanza una vez más la iniciativa de intervenir vacas de acrílico, serie que se inauguró y se exhibe en el Paseo de la Reforma. Me gustó encontrar las obras de Carla Arouesty, de Laura Rosete y de Cara de Taza. Quizá la idea es una copia -con otro animal- del oso Buddy, creación de los artistas alemanes Eva y Klaus Herlitz, en cooperación con el escultor austriaco Roman Strobl, como un símbolo de comprensión mutua y tolerancia, que tuve la ocasión de disfrutar en Berlín poco antes de la pandemia. 

    Sin embargo, no encuentro en las vacas intervenidas en el Paseo de la Reforma ningún marco conceptual que no sea el marketing de la productora de leche. Una de ellas es un homenaje a la autoayuda: “todo está bien” reza la vaca. No, más bien nada está bien, en un mundo entrópico. Recuerdo la definición de Flaubert sobre la estupidez: “la falta de reflexión sobre los lugares comunes”. No beberé la leche de esa vaca edulcorada.

    1. Manuel Marín 

    Con una sólida trayectoria, este ingeniero, matemático y artista plástico, presenta una doble exposición, de pintura y escultura, en el Museo del Risco, para conmemorar sus 50 años de creación artística. Sobre su obra, Luis Ignacio Sáinz señala: “Manuel Marín exprime territorios, figuras, formas y cuerpos, obsequiando perspectivas únicas para pensar el espacio”. Yo agregaría, sobre la pintura, que sus cuadros dibujan los paisajes subyacentes, los que están detrás de la escenografía de la belleza superficial, mientras que su escultura crea representaciones imposibles, como lo sugieren los títulos de algunas de ellas: “Cuadrado caminando” -metal policromado, 2012- y “Mujer caminando sentada” (ídem, 2022).

    1. Acertijos florales

    Fueron precisamente Manuel Marín y Luis Ignacio Sáinz los que concibieron que 46 artistas “intervinieran” en papel obras con motivo de flores del repertorio clásico de la pintura, para conmemorar la “Feria de las Flores” de San Ángel. Así, el cuadro original dialoga con la representación del mismo recreado por la imaginación del pintor contemporáneo. Vemos entonces a Jeanne Saade dialogando con Manet; a Fabiola Tanus con Georgia O’Keeffe; a Saúl Kaminer con Renoir; a Tomás Gómez Robledo con Hokusai; a Guillermo Arreola con Lilia Carrillo; a Ana María Casanueva con Paul Klee; a Lenka Klobásová con Van Gogh; a Paloma Torres con Matisse; a Nunik Sauret con Germán Gedovius y a un largo etcétera.

    1. Sobre Frida

    En la exposición “Vestir la eternidad” -en el Centro Cultural San Angel- Guillermo Kahlo nos muestra fotografías de objetos -arneses- y textiles -huipiles y tejidos- que usó Frida y a los que le brindaron acceso en la Casa Azul, por ser descendiente de la pintora. Más allá del culto a esta figura emblemática, las fotografías son de una calidad artística notable. Las fotografías de unos huipiles espectaculares dieron pie a que el etnólogo Saúl Millán nos recordara que esas telas venían de Manchester, llegaban a Coatzacoalcos y de allí al Istmo de Tehuantepec para salir hacia San Francisco, ruta comercial más segura que atravesar los Estados Unidos, de modo que Tehuantepec estaba más cerca de Manchester que de la ciudad de México, en términos de comercio. 

    1. Vandalismo.

    Para protestar contra la gentrificación, un grupo de personas irrumpió en el Centro Cultural Universitario de la UNAM, rompieron cristales del Museo de Arte Contemporáneo y vandalizaron la librería Julio Torri. Opino que ninguna causa noble -suponiendo que ésta lo sea- debe protestar utilizando la violencia y la destrucción contra el arte y la cultura. De hecho, el arte y la cultura son diques contra la violencia y la estupidez. La UNAM condenó los hechos y diversos artistas, entre los que se cuentan artistas e intelectuales como Eduardo Matos, Margo Glantz, Olbeth Hansberg, Magali Lara, Brian Nissen, Elena Poniatowska y Rafael Pérez Gay condenaron el hecho.

    Vacas agotadas -algunas-; la doble exposición de Manuel Marín, los Acertijos Florales y las fotografías de Guillermo Kahlo nos hablan de un dinamismo cultural, que sin embargo convive con la vandalización de los recintos -museo y librería- que son por definición los custodios de la belleza y de la inteligencia. Así andamos. 

  • Del sí al no

    Del sí al no

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Hace tiempo, con motivo del grave estado de las cosas, se recordó el legendario final del Ulises de Joyce: el sí repetido de Molly Bloom: “… y sí dije sí que sí” (otra versión traduce: “… y sí yo dije quiero sí”).

           Ese doble sí reiterado fue el mantra de una época. Molly Bloom afirmaba de esa manera en 1906, cuando todo era un canto positivo y el imaginario humano confiaba en un futuro aún deseable, prometido. De escribirse hoy una obra parecida su final sería en términos contrarios: “… y no dije no quiero no”.

           En 1900, pocos años antes de aquel término agregante en la novela de Joyce, Freud no sólo abrió las coladeras del inconsciente y cerró los contactos con la supra-conciencia sino que también predicó el principio del placer. Teorizó sobre el impulso de la gente, según él determinante, un élan vital, para obtener satisfacción como fin de la vida. Estableció un decidido sí.

           Todavía antes, en el siglo diecinueve, Nietzsche escribió sobre el amor fati, el amor a la vida, y en esa voluntad de afirmación cifró su hermosa y perturbadora idea del eterno retorno: volveremos a esta vida exactamente así, una y otra vez. Después Camus fabuló sobre Sísifo, “el más hábil de los mortales”, castigado por los dioses durante toda la eternidad a subir con penosos trabajos un bloque de piedra hasta la cima de una colina, el cual apenas llegando volvía a caer.

           Camus se planteaba el problema de vencer ese destino fatal. Y lo resolvió proponiendo una aceptación radical: amar la piedra, el único recurso al alcance de Sísifo para soportar la condena. Pero esta reasignación del héroe castigado es secundaria ahora en la urgencia del decir no. Hay todo un glosario en la cultura contemporánea sobre ese monosílabo sin concesiones que significa dar la espalda a algo, ignorarlo, superar su fascinación. Acción contraria a la de la mujer de Lot.

           Por ejemplo, la tercera inteligencia de las cinco propuestas por Howard Gardner, a la cual llama Creativa, consiste en des-aprender, en desmontar hábitos, costumbres, opiniones, rutinas. Representa un decir no. A eso Italo Calvino lo consideró levedad: quitarle peso, lastre, inexactitud, quitarle impedimentos al lenguaje y entonces al pensamiento. No volverlo superfluo sino directo, un instrumento que llame a la cosa por su nombre antes de que se exprese sobre la cosa.

           Otras reflexiones proponen variantes de lo mismo. La pedagogía de la mutabilidad que Merlín utiliza en la educación del rey Arturo al convertirlo en pez, volverlo pájaro o hacerlo ardilla. Siglos antes de que un teórico afirmara que mirar es rodear a los objetos, el mago sabía que la sabiduría es experimentar cuántas facetas tienen los fenómenos, cuántos puntos de vista acuden a su consideración.

           Los sistemas de pensamiento que provocan una suma de circunstancias son incapaces de remediarla. De ahí que la filosofía de estos días terminales haya elaborado un principio opuesto al de Freud: el principio de la comprensión, donde el deseo por adquirir la felicidad a través del objeto se desmonta, se deconstruye y cambia el fundamento de su significado. Los estoicos fueron practicantes del no. Creyeron que el sabio es superior a los dioses porque vence el deseo, se coloca más allá de él. Los mixes fueron maestros del no: dijeron que la riqueza es la reducción drástica de la necesidad.

           (Tuve un querido amigo, Phil Kelly, pintor irlandés, al que le encantaba el sonido de esa palabra: “drástica”, repetía, para reírse con placer.)

           El no es una desagregación. Meditar también, porque es hacer lo contrario a la costumbre mental de tener siempre un objeto en la cabeza o inventarlo: se trata de ver el pensamiento y dejarlo pasar, igual que la percepción y las sensaciones. Toda desagregación es practicar el aligeramiento, un sobrio minimalismo del no.

           Aligeramientos psicofisiológicos de la mente que la tranquilizan y abren otros espacios de la conciencia. Julius Evola pensaba que ese era el único medio para cabalgar al tigre de la época antes de que nos devorara: no poner cosas en la mente sino quitarlas de ella. Hermann Hesse, el escritor que cultivaba plantas y flores, habló sobre lo mismo. Su jardinería era una forma de la meditación.

           También la tranquilidad es un no, negarse a la perturbación imaginaria: la serenidad en medio de la multitud. Byung-Chul Han, filósofo fragmentario de esta última hora, argumenta la necesidad de recuperar el tiempo interior y suspender la febrilidad patológica del 24/7. Parar el tiempo de afuera y el de adentro para sobrevivir —para vivir—, sugiere, mientras él trabaja todos los días en una hortaliza comunal de Berlín. El arte de la demora no es la compulsión al vacío. Lentitud, ralentización.

           Asimismo, el ensayista Murena propondrá hacerse anacrónico, salir del tiempo que incontrolable y apremiante corre a nuestro alrededor. El no hacer del taoísmo es hacer bien lo que se hace sin calcular el resultado, sólo atender la excelencia del empeño, la intención del acto, o sea, la acción. Los actos gratuitos reposan moralmente en el no. Adueñarse del tiempo es ejercer el no.

           Decir no es rechazar el error epistemológico de separación entre los seres humanos y la naturaleza provocado por la teología cristiana patriarcal y violenta, la de su dios colérico, aquel monarca oriental que entrega la creación a los seres humanos como propiedad antes que como un encargo moral, exigiendo a cambio ser adorado. Decir no es hacer una pausa y salir de la ensoñación, raíz del mal en las personas, de acuerdo a Simone Weil, otra filósofa del no.

           James Lovelock, el ecólogo, narra una variante de la negativa. Se trata del mesero que atiende en el restaurante Tierra y debe decir a los que van llegando: ya no hay nada para ustedes, la cocina se vació. Decir no es también una resistencia, una reconstrucción.

           El budismo habla de cinco impedimentos, cinco estados mentales enemigos de todo el mundo a los cuales hay que enfrentar con un no, atemperarlos. El deseo sensual, tan promovido en todas partes como suma de la felicidad. Las experiencias siempre conducen a la misma conclusión: todos los intentos de buscar la felicidad a través de los sentidos están condenados al fracaso. Los otros cuatro impedimentos son la malevolencia o cólera, la pereza o apatía, el desasosiego o ansiedad, la duda escéptica. Negaciones que afirman, afirmaciones que niegan. Un sí que nos pierde, un no que nos encuentra.

           Por igual, observa Elémire Zolla, el santo y el animal no comentan, no juzgan. Así, diciendo tres veces no, concluirá La nube del telar: “La atención pura no pertenece al yo; tranquila, silenciosa, impersonal, exenta de intereses, sentimientos, palabras, constituye la conciencia atónita que los precede y forma su premisa. No es una enmienda de nosotros mismos, es el resultado de un paso atrás respecto a nosotros. No se trata de un esfuerzo, porque surge de una simple separación”.        Bendito sea el Señor, exclamará Santa Teresa, que me libró de mí, que me condujo a decir no.

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