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Elogio de la reticencia

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Uno. Jon Kabat-Zinn cuenta que en la India existe una forma simple e inteligente de capturar a los monos. Los cazadores recortan en un coco un agujero lo suficientemente grande para que los animales puedan introducir la mano abierta en él. Después lo atan a la base de un tronco y colocan un plátano en su interior. Los monos descienden de los árboles, meten la mano en el coco y cierran el puño para tomar el fruto. Quedan atrapados porque se resisten a soltarlo, bastaría que lo dejaran para escapar.
Dos. No es casual aquella observación de Cioran al visitar el zoológico: todos los animales se comportan con decencia excepto los monos, tan próximos al ser humano, antepasados del deseo que se aferra, que esclaviza, que perturba y embrutece. Quien cede permanece intacto, quien suelta obtiene.
Tres. Una historia sucedida hace mucho en el Tíbet consigna la visita de un venerable lama a un reino remoto. Con él viajaba un cocinero descuidado y grosero que lo atendía a destiempo, con desidia. Un día que el venerable se marchó durante unas horas para visitar un monasterio vecino, el rey ordenó que el mal cocinero fuera sustituido por otro que hiciera bien su tarea. Cuando el lama regresó, enterado de la disposición, pidió al rey que el cocinero reemplazado volviera a su servicio. “Es mi maestro de paciencia”, explicó, “eso es lo que me enseña y lo necesito”.
Cuatro. Dicen los sabios que la unificación del conocedor y de lo conocido es el culmen de la conciencia. El conocedor debe aniquilarse a sí mismo para unirse a lo conocido. De tal manera, paradoja suprema, podrá aniquilar el aniquilamiento. El arte verdadero tan infrecuente, el amor sucedido durante efímeros instantes o ciertas drogas inusuales (psicodélico significa “revelador de conciencia”, enteógeno “sustancia que lleva a Dios”) permiten atisbar tal condición. La muerte es la única circunstancia accesible a todos donde ello ocurre y resulta la máxima experiencia. Lástima que de la misma sólo podamos hablar quienes estamos vivos, comentaristas sentimentales y vicarios de algo que todavía ignoramos.
Cinco. Ante la obsesión moderna e ilustrada que lleva a dividir todo evento entre racionalidad e irracionalidad, Elémire Zolla cita lo que llama el canto de tranquila certeza de una mística tibetana nacida alrededor de 1005, Ma gcig Lab sgron: “La raíz de todos los demonios es la propia mente. Cuando al percibir un fenómeno cualquiera sentimos atracción y luego deseo, hemos sido capturados por los demonios. Cuando en la mente se aferran los fenómenos como si fueran objetos exteriores, nos vemos contaminados. Hay demonios de cuatro categorías: los demonios tangibles (cuya base son los objetos exteriores), los intangibles (cuya base son las representaciones mentales), los demonios de la satisfacción (cuya base es el deseo de obtención) y los demonios del orgullo (cuya base es la discriminación dualista). Pero todos los demonios están incluidos en los del orgullo”.
Seis. Zolla también escribe sobre el “gran fraude de Hegel” que ensalzó al hombre como centro de cualquier acontecimiento. Schopenhauer, su contemporáneo, trató de conseguir una plaza de filosofía en la Universidad de Berlín para impartir lecciones sobre “la totalidad de la filosofía”. De la enseñanza de Hegel decía que en lugar de pensamientos sólo albergaba palabras, que se integraba por tres cuartos de puro sinsentido y un cuarto de ocurrencias corruptas. A su curso se inscribieron cinco alumnos. En el de Hegel, impartido a la misma hora en un salón próximo, se contaban trescientos asistentes. Quien fracasó, hoy ha triunfado. ¿Pero entonces?
Siete. Séneca, uno de los grandes filósofos latinos, propone el recurso que llama premeditación: la reflexión anticipada sobre las penas espirituales o corporales que la diosa Fortuna puede infligirnos repentinamente. “Piensa en todo, espéralo”, es una norma de la conducta estoica. Sin embargo, ¿cómo evitar caer en la desdicha anticipada, cómo no hacerse infeliz antes de tiempo? Sólo imaginando que el acontecimiento que se teme ha de realizarse inevitablemente. Representa una llegada a la tranquilidad por otro camino: la disposición para aceptar lo inevitable. Ese proceder hoy tan desaconsejado antes se llamaba libertad.
Ocho. Que la muerte lo hallara plantando coles, indiferente a ella y a las imperfecciones de su jardín. Este deseo de Montaigne, el estoico de nuestra época, no importa si se cumplió literalmente. Bastaba con enunciarlo: decir correctamente significa una forma suprema del hacer. Cuando se acepta que la vida es y al mismo tiempo no es.
Nueve. La más conocida Skótadi Logia (Palabra oscura) atribuida a Jesús está en el Evangelio apócrifo de Tomás: “Levanta la piedra y me encontrarás, hiende la madera y ahí estoy”. Esa advertencia incluye un antídoto institucional: reemplaza a los intermediarios y a sus credos. Ninguna iglesia es necesaria para alcanzar un encuentro así. Basta con buscarlo en dónde uno está. Si la revelación de la mente unificada, otro nombre para el encuentro con lo divino, no radica en el lugar mismo —aquí, a nuestro lado, alrededor— entonces no está en ningún lugar.
Diez. A pesar de formular el principio de incertidumbre (la imposibilidad de medir al mismo tiempo la posición y el momento lineal de una partícula), una contribución fundamental para la mecánica cuántica y la filosofía del siglo XX, el físico Werner Heisenberg buscó construir “islas de estabilidad” en su intimidad: espacios íntimos donde preservar los valores de la existencia buena ante el ambiente estremecido y la época histórica tan turbulenta en los que vivía. Buscaba exilios interiores, necesarios por perseverantes, para la resistencia del ser. Pues si la mente está en calma todas las cosas lo son.
Once. Antes fue dócil el tiempo en que nos buscaba la vida, escribió un poeta. Hoy ya no. Se requiere aquella “hermenéutica de la reticencia” formulada por Alexandre Kojève para entender a este pájaro amarillo que lleva días de venir por la mañana a golpear el cristal de la ventana. ¿Qué mensaje trae consigo esa pequeña y nerviosa saeta amarilla? La reticencia, que entre las figuras literarias es una figura de la omisión. Por sabido se calla: el pájaro viene a decir que su presencia no requiere más que aceptar el misterio de lo inmediato, el inabarcable enigma de lo que es. Viene, juega, golpetea y se va. En ese tanto hay muy poco. En ese poco está todo.
Doce. Martin Heidegger, el último chamán europeo, insistía en la etimología de la palabra Occidente: la tierra del ocaso, del declinar del ser. Dijo que el camino que lleva a la Verdad no es la suma de lo que se sabe, sino algo que “ama esconderse”, que siendo “secreto” por naturaleza no puede alcanzarse con el pensamiento lógico. Acaso sólo puede entreverse mediante la intuición. El poeta y el pensador apenas realizan un “pequeño robo prometeico” para atisbar el Ser. El pájaro cuyo relámpago viene a la ventana es el Ser. Cuando volteo para verlo ya no está.
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El fenómeno “ecguis”

Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
El fenómeno de que una empresaria pretenda convertirse en presidenta de la república abogando por causas que no le interesan en lo más mínimo puede parecer insólito, pero no es ajeno a una costumbre inveterada de la clase política mexicana: mentir sobre su vinculación con el pueblo en época de campañas electorales.
Pese a la fundamental inmoralidad que esa conducta implica, en México estamos habituados a conceder a la clase política el derecho a mentirnos sobre sus afinidades y preocupaciones sociales; en particular, esas mentiras con que pretenden obtener nuestra simpatía y adhesión, pese a que estamos bien conscientes de que no sólo nos intentan engañar, sino de que son nuestros enemigos más acérrimos. La clase política entra a la competencia electoral no para que gane quien sea mejor, sino para ganar sólo ella.
Esta esquizofrenia electorera del discurso de mujeres y hombres dedicados a la política debiera descalificarlos de entrada para los propósitos que persiguen, pero en México eso, lejos de ser un defecto, es parte de su inconcebible calificación.
En este país pensamos que las personas dedicadas a la política son como los policías descritos por Raymond Chandler, aquejados por una imposibilidad de reconocer las bondades de la civilización porque ésta “no tenía sentido para ellos. Todo cuanto veían de ella era el fracaso, la suciedad, los despojos, las aberraciones y la repugnancia”.
Así la clase política mexicana, a la cual representa diligente y definitoriamente la empresaria y senadora Xóchitl Gálvez. Mujer mestiza de ideología derechista, empresaria que se enriqueció haciendo uso indebido de sus cargos públicos, se presenta a un electorado harto de la derecha y sus excesos con el cuento de que es una indígena de humilde cuna que comenzó su fortuna vendiendo nada menos que 600 gelatinas al día antes de cumplir trece años de edad, caminando largos trayectos para llegar a la escuela, enfrentándose al carácter iracundo y abusivo de su padre (orgulloso priista toda su vida), afiliándose al trotskismo y llegando a proponerse como presidenta socialdemócrata por el PAN, por el PRI y por su moribundo apéndice PRD, partidos de la derecha recalcitrante.
Esta legisladora con sobrepeso —que comenzó a exhibirse como usuaria de una bicicleta hace unos pocos meses—, efectivamente celebró en octubre de 2021, ante el Senado, el proyecto de decreto por el que se declaró la primera semana de junio de cada año como la Semana Nacional de la Bicicleta.
Sin embargo, cuando declaró la manera en que practicaba el ciclismo, dejó ver su lejanía con la población que suele usar ese medio de transporte: “La verdad es que hay muchos pretextos para no usar la bicicleta, pero les quiero decir que en la Ciudad de México la mayoría de los viajes son menores de cinco kilómetros, y estos viajes pueden ser reemplazados por una bicicleta. Esta bicicleta se dobla, no pesa más de tres kilos, la puedes llevar en el tren, en el Metro y te puedes bajar y usar tu bicicleta. Me van a decir que es muy cara, seguramente, y habrán dicho que es muy cara, pero les aseguro que cuesta mucho menos que un coche. Quizá dependiendo el coche, la quinta parte de un coche”.
Si pensamos que en 2021 un auto económico costaba alrededor de 220 mil pesos, la bicicleta de la senadora empresaria costaría al menos más de cuarenta mil pesos, cantidad prohibitiva para un ciclista común y corriente. Pero esta mujer y sus publicistas creen que basta con fingir una condición, que en realidad detestan y evaden, para vincularse con una realidad que desconocen.
Por eso la pretendida indígena presumió de iniciar un comercio de gelatinas a sus trece años de edad (lo cual le hubiese exigido contar con maquinaria que funcionase día y noche, transporte industrial y cientos de utensilios, además de una jornada laboral de al menos 16 horas). Sin embargo, en sus más recientes declaraciones se olvidó de esa fantasía y afirmó que las indígenas del sureste no son capaces de trabajar ocho horas al día, y que sólo trabajan en tejidos (la pequeña Xóchitl, indígena del centro del país, al parecer las rebasó ampliamente).
Falsedad tras falsedad, el “fenómeno equis” se refrenda como otros “fenómenos” de viejas y actuales campañas electorales. Por ejemplo, el priista Ernesto Zedillo, quien —al sustituir al asesinado candidato presidencial Colosio—, hizo campaña con la historia de que logró doctorarse en Harvard tras bolear zapatos durante su niñez.
O la impresentable y violenta panista Sandra Cuevas, quien, tras incitar a sus lacayos a “romperle la madre” a Claudia Sheinbaum, anunció que se retiraría de la política, pero ahora se candidatea para ser jefa de gobierno de la Ciudad de México alegando que vendió dulces con los cuales pagó sus doctorados, tan números como inverosímiles. O el millonario junior Claudio X. González, heredero de la fortuna mal habida de su industrial padre, quien se presenta como un activista de la sociedad civil. Sí, vil.
Sea la historia que cuenten, estas mujeres y estos hombres dedicados a la política, de la misma forma en que otros se dedican a delinquir, pretenden recabar con cualquier trampa los votos de la mayoría de las y los mexicanos, en un país asolado por la explotación de sus patrones. Mientras tanto, insisten en arremeter contra las personas cuyo voto buscan agenciarse, proclamando que son afines a condiciones sociales que en realidad desprecian, detestan y proclaman su imposible vínculo con una sociedad que planean devastar.
Al final, lo que evidencian, es algo que un recién fallecido producto de ese sistema de tretas y timos acostumbraba entregar a sus embaucados concursantes, en un programa televisivo que duró demasiados, desperdiciados años: una espantosa equis.
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Homenaje a Borges (en el aniversario 124 de su nacimiento)

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
Un poema más de los dones
Gracias, Maestro, por el humano laberinto de sus efectos y de sus causas, y por la diversidad de las criaturas que pueblan su singular universo; por la influencia de su literatura en Marechal, Sábato y Cortázar; por su amistad con Xul Solar y Manuel Mújica Laínez; porque Usted, amante de los teólogos y de los heresiarcas, se convirtió en el «Dios del laberinto», como lo llamó Claude Simon; por haber escrito sobre Cervantes: ‘contemplaría, hundido el sol, el ancho / campo en que dura un resplandor de cobre; / se creía olvidado, solo y pobre. / Sin saber de qué música era dueño / atravesando el fondo de algún sueño / por él ya andaban Don Quijote y Sancho»; por haber demostrado que Borges y Usted eran distintas personas, por lo que sus lectores tampoco sabemos quien escribió sus textos; por no haber ganado nunca el Nobel, uniéndose así al selecto club de los mejores que nunca lo recibieron: Tólstoi, Proust, Joyce, Nabokov, Musil, Kafka, Pessoa; por haber escrito, Usted, a quien sospechábamos ajeno o lejano de las pasiones del cuerpo: «Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca / Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach»; por haber creado el mundo ideal de Tlön y la vasta enciclopedia Orbis Tertius, que inició el asalto de ese mundo en nuestra realidad; por habernos enseñado que la novela de aventuras era más objetiva que la novela psicológica; por haber sido el mejor lector de Berkeley; por convertir a la ceguera en una manifestación de la ironía de Dios, que le dio a la vez los libros y la noche; por habernos demostrado que la metafísica era una rama de la literatura fantástica; por crear una Buenos Aires mítica, llena de calles de esquinas rosadas; por habernos recordado las metáforas de las sagas nórdicas y la música verbal del Beowulf; por haber dado a todos los lectores una nueva madurez, la de saber que su lectura era parte del texto, como lo demostró en «Pierre Menard, autor de El Quijote»; por sus torpes declaraciones políticas, tan criticadas, que sin embargo escondían su desprecio por la fealdad de la realidad y su confianza en la belleza del arte y de los sueños; por haber escrito «Por el amor, que nos permite ver a los otros como los ve la divinidad»; por convertir al Universo en una suerte de biblioteca, al mismo tiempo atroz y maravillosa; por haber imaginado a Funes el memorioso y recrear en su memoria cada instante, cada segundo y cada latido; por romper las nociones del Bien y del Mal y hacernos ver que Judas siguió siendo el discípulo predilecto; por jugar con el Tiempo hasta romperlo, fragmentarlo o detenerlo; por haber pedido a Marguerite Yourcenar, en Ginebra, que fuera a ver un departamento y se lo describiera; por afirmar que la cópula y los espejos son abominables, porque multiplican a los hombres; por habernos enseñado a ver a los tigres con un asombro nuevo; por hacernos ver que un hombre es todos los hombres; por habernos demostrado que Homero era inmortal y que en el Aleph cabe todo el Universo; por haber querido a Alfonso Reyes; por convertir sus ensayos, llenos de citas falsas, en algunos de los mejores relatos jamás escritos; por suponer que el infierno y el cielo sólo son el espacio donde se proyecta un rostro, que será, para los réprobos, Infierno, para los elegidos, Paraíso; por preguntarse lo que Dios imaginaba al mirar a Judá León, después de crear el Golem; por recordarnos a Swedenborg, que conversaba con los ángeles en las calles de Londres; por la precisión infatigable de los prólogos que escribió a obras ajenas; por haber definido la amistad como un arte; por el amor que le tuvo a su madre, doña Leonor Acevedo de Borges; por los frutos de su amistad con Adolfo Bioy Casares; por las mujeres que amó y que le amaron; por su timidez y su discreta presencia; por su elegancia, virtud casi olvidada; por ser el más europeo de los escritores latinoamericanos y al mismo tiempo recordar a su patria, sentida en los jazmines o en una vieja espada; por soñar las épicas batallas en las que pelearon sus ancestros; por definir a la música como una misteriosa forma del tiempo; por su colección de bastones; por su amor por Schopenhauer y Spinoza; por amar las paradojas al grado de volverlas el punto de partida de su obra; porque su obra es en sí misma toda una literatura, con sus distintos géneros y sus distintos siglos, y al mismo tiempo es un laberinto y un espejo; por las miles de horas que miles de lectores le hemos dedicado, cómplices; por los íntimos dones que no enumera. Por todos esos dones, gracias, Maestro; gracias, Borges.
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Un apunte sobre Casa Medusa

Colaboraciones
José Martínez Torres
La sentencia de Tolstoi en Ana Karenina acerca de que “Todas las familias felices se parecen entre sí, pero cada familia infeliz lo es a su manera” recorre este libro, también amplio y sentencioso. Se compone de varios desarrollos temáticos, referidos tanto a la vida social como a la vida privada. Aparece la historia de Oaxaca vista a través de varios personajes: el opiómano Belmar, el lesbiano Gonthier, Hamilton, Lawrence y su esposa Frieda, a cuyo patio acude una pequeña ave, roja como un corazón palpitante. Está el Oseas, a quien persigue viajando por el tiempo la Gabrielota. personaje que uno imagina como una tehuana enorme, enjoyada, asertiva y cruel.
En cuanto a las partes que se basan en la vida privada, puede recordarse la vez en que alguien le dijo a Raymond Carver: “Esa frase que dijiste ya la había leído en uno de tus libros”. Carver respondió: “Bueno, todo lo que escribo es autobiográfico: para escribir, necesitas saber de lo que hablas y nada hay que puedas saber mejor que tus secretos”.
Esto viene a cuento porque hacia la página 240 aparece el relato de Soledad Solana, quien, por necesidad, “para ganarse el pan por ella misma, señorita decente y educada desprovista de herencia, excepto la maltrecha e hipotecada casa familiar”, sacó una mesita con golosinas a la banqueta y comenzó también a cocinar por encargo. Después abrió las puertas de la cochera para hacer funcionar aquel patio, llenarlo de sillas y de mesas y ponerle su nombre: Merendero de la Soledad. Había tasajo, chiles de agua, chapulines, chocolate, marquesotes, pan de yema y otras delicias de la misma especie. Pagó la hipoteca. Aquel lugar tuvo un éxito tan sonado, que llegaban comensales de todos los rumbos, atraídos por la fama de su delicada sazón.
En Casa Medusa de Fernando Solana Olivares (Universidad de Guadalajara, 2018, México) las acciones se ubican en los tiempos en que se hablaba con un lenguaje florido y elegante, por lo que topa el lector con una buena cantidad de arcaísmos y expresiones de cuando la gente se detenía a calcular si lo que iba decir estaría bien dicho, y así como Juan Rulfo aprovecha el uso de palabras viejas característico de la gente del campo, en Casa Medusa se emplean arcaísmos para hacer creíbles las situaciones, los diálogos y las escenas situadas en tiempos remotos.
De estos desarrollos novelescos, o anillos narrativos como se les denomina en la contraportada, me gusta especialmente la historia de Mateo Solana, que evoca a El Abuelo, una novela dialogada de Benito Pérez Galdós, de enorme fuerza visual.
El abuelo Mateo Maza fue un viajero de los que salían de España a hacer la América, según se decía. Las familias elegían, de los hermanos, al más fuerte de cuerpo y al de más carácter para enfrentar adversidades, para soportar desdichas. Tripulaban aquellos buques donde iban nobles, mendigos, vagabundos, funcionarios despedidos, trabajadores retirados, todos revueltos con viejos que conservaban un hálito de ilusión o un ansia de aventura, pero todos iban ya marcados por el fracaso.
Muchos como Mateo cruzaban el océano llevando una maleta de cartón, un pasaje de 3ª clase y, a veces, unas monedas para pagarse una comida. Debían esconder como oro molido la carta con las señas de quien los iba a dejar dormir detrás de mostradores, trastiendas de cantinas, tiendas de abarrotes o piqueras.
Al tocar tierra americana, alguien le preguntó:
“––¿A dónde vas, niño?
––Voy a Oaxaca.
––¿Y vas en tren?
––No. Caminando por la vía.
––¿Pero sabes lo que dices?
Las vías del tren se tocaban a lo lejos ––sigue el narrador––, serpientes de hierro que comprometían su dualidad. [las] contadas monedas sólo cubrían el importe del pasaje. Se resignó a caminar. Con el atado al hombro […] enderezó sus pasos por la vía; confiaba en que los rieles acabarían cerca del lugar donde un pariente lo aguardaba”.
Con el espíritu de un biznieto del Cid y la terquedad de Aguirre, la ira de Dios, personaje de Herzog, de tanto caminar llegó a la tienda oaxaqueña del tío que le permitió dormir sobre el mostrador. Trabajó de claro en claro y de turbio en turbio; ahorró centavo sobre centavo hasta que pudo abrir un negocio de venta de ropa y menudencias. Con la mercancía a lomo de mula trepaba por la Sierra Madre. En uno de estos pueblos perdidos, por la tierra sagrada de María Sabina, hizo su mejor negocio. Aquella noche, dice el narrador: “Mi abuelo liberó las mulas, desensilló el caballo y fue a apilar la carga al abrigo de una pared de adobe. Prendió un fuego de ocotes y tendió su lecho. De madrugada, luego de sueños agitados, un ruido lo despertó. Una joven sostenía frente a él una pieza de manta azul tomada del envoltorio […] y lo miraba fijamente. La joven se acercó hasta rozarlo con su larga falda bordada de grecas. Se inclinó para dejar la tela en el suelo. Al incorporarse se alzó la falda. [Entonces surgieron] dos torres oscuras coronadas por una hierba negra”. Desde esa vez, el joven Mateo Maza apreció lo que valen unos “pezones morenos, orlados de violeta”.
Más tarde haría fortuna, impulsado por un carácter “que se imponía con una fuerza sosegada que dejaba sentir. Una distancia interior insondable, una inaccesibilidad”. Toda vez que había conocido mujer, decidió casarse, poseer un alma femenina, algo que nunca pertenece a ningún hombre por entero. Había entendido que una mujer es un lugar donde un hombre se queda a vivir, pero se equivocó en la elección: se quedó en Sidonia para su mal. Pasaron años y tuvieron hijos, pero dejaron de ser marido y mujer y se hicieron enemigos.
Por fin, dice el narrador, al abuelo Mateo le llegó la muerte como una noche fresca: “Sobrevino cuando estaba solo. […] su conciencia se desprendió del cuerpo y ascendió por una espiral luminosa mediante el cuerpo inmaterial que ahora poseía”.
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Lagos de Moreno: semiótica del crimen

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Todo crimen es un signo. Todo signo-crimen incluye un mensaje. A pesar de su atrocidad sigue una lógica y obedece a una intención comunicativa de fuerza, violencia y dominio. Insufla terror a la sociedad en su conjunto. La intimida y paraliza con su carga psíquica y emocional. En su aparente irracionalidad el signo-crimen muestra los alcances de un poder estructurado que va más allá del crimen mismo y del espanto que provoca. La semiótica del crimen simboliza la vulnerabilidad de la víctima y la potencia del victimario. Rompe todo límite moral y abroga toda limitación pública. Su escalofriante origen es el mal.
Desde la antigüedad la decapitación de los enemigos se originaba en una creencia y contenía un ritual: la cabeza es el sitio de la mente y su destrucción representa un castigo mayor que además de la muerte contiene una mutilación. Ese tipo de ejecuciones —expresión extrema de una violencia que siembra el terror, como lo considera la criminología—, resurgió en México a partir de 2006. A partir de entonces el sadismo del narcotráfico y sus atroces actos (desmembramientos, disolución en ácido, etc.) han crecido sin cesar. De igual manera el miedo que suscitan y su patológico atrevimiento criminal. Las redes difunden imágenes intimidantes de ejércitos armados que a cualquiera amenazan. Así exhiben la inoperancia del Estado y sus instituciones de seguridad, la impunidad sistémica y la putrefacción del aparato de justicia, el agotamiento del contrato social. Un reto histórico donde aquel monopolio legítimo de la violencia que caracterizaba al Estado parece haberle sido arrebatado en una batalla que hasta hoy va perdiendo fatalmente.
El viernes 11 de agosto cinco jóvenes amigos desde la infancia fueron a pasear a la feria anual de Lagos de Moreno, su lugar de nacimiento. Después acudieron a una cancha deportiva en el barrio de San Miguel que frecuentaban desde pequeños. A las 22:55 uno de ellos mandó un mensaje a su casa para avisar que pronto llegarían. Nunca lo hicieron. Versiones periodísticas consignan que más de una decena de hombres armados descendieron de dos camionetas para amagarlos llevándoselos consigo. Entonces se evaporaron.
A sus veintidós años Dante Cedillo Hernández amaba el ciclismo. Había ganado múltiples copas nacionales y estatales y dos medallas de oro en la Olimpiada Nacional. Trabajaba en un restaurante y planeaba montar un negocio propio. Diego Alberto Lara Santoyo, de veinte años, era aprendiz de herrero en el negocio de su padre. La madre lo describe como un chico muy alegre y bromista consumado. Jaime Adolfo Martínez Miranda tenía veintiún años y trabajaba como albañil. Era el más pequeño entre sus hermanos. Amaba bailar y su alegría iluminaba a quienes lo rodeaban. Roberto Olmedo Cuéllar, de veinte años, El Cochi, como lo conocían la familia y los amigos, estudiaba ingeniería industrial en la Universidad de Guadalajara. Era un buen estudiante que salía poco de casa. Aquel paseo con los viejos amigos no era para él una práctica usual. Uriel Galván González, de diecinueve años, compartía con El Cochi la afición por el boxeo. Frecuentaba el gimnasio y tenía planes para continuar entrenándose y tal vez debutar como aficionado. Los cinco provenían de familias estructuradas y trabajadoras. Eran jóvenes sanos y normales, queridos en su entorno y a veces irreflexivos por la edad. Su biografía apenas comenzaba, era un mero proyecto todavía.
Nada preludiaría su atroz destino —ese paso repentino de la felicidad a la infelicidad— acaso sellado por la sentencia latina: “La necesidad tiene más fuerza que el afecto”. De las hipótesis iniciales sobre su desaparición: un altercado en la feria con quienes no debieron tenerlo o una imprudente visita a algún antro narco, la resonancia mediática que a nivel nacional y luego internacional alcanzó el secuestro de los cinco jóvenes —una resonancia promovida por familiares y amigos ante la parálisis de las autoridades municipales, la insensible indiferencia crónica del gobernador del estado y la lentitud y posterior desbarre del presidente de la república—, hizo surgir otras conjeturas a partir de fotos y videos publicados en redes sociales.
Desde 2015 el Cartel Jalisco Nueva Generación —hegemónico en Lagos de Moreno, un sitio estratégico como frontera y cruce de caminos entre el norte y el centro del país—, involucrado en una brutal guerra contra el Cartel de Sinaloa en la expansión de su narcoimperio, ha venido secuestrando jóvenes para incorporarlos forzadamente a sus filas y levantar una barrera armada frente a sus enemigos. Ante la alta letalidad de la guerra narca ya no bastan atractivos económicos que atraigan voluntarios suficientes a los ejércitos criminales, así siga habiéndolos a disminuida escala en sitios como Lagos, un epicentro de las desapariciones donde los jóvenes mayoritariamente sólo tienen tres alternativas: emigrar a Estados Unidos como lo han hecho por generaciones, malvivir del comercio informal o integrarse a las redes del crimen organizado. Ahora son salvajemente obligados a ello mediante levas despiadadas que desde la revolución mexicana, cuando sucedían en un proceso político radicalmente distinto a las grotescas aberraciones de estos días aciagos, no habían vuelto a verse en el país.
A diferencia de aquel mal que Hannah Arendt definió como banal por su origen burocrático, llevado a cabo por gente común y corriente, el que hoy practican las organizaciones criminales como el CJNG va más allá de la adjetivación. Es un Mal con mayúscula surgido de un orden subhumano e infernal. Fotografías circuladas en redes sociales exhiben los rostros tumefactos y sanguinolentos de Dante, Diego, Jaime, Roberto y Uriel después de ser salvajemente golpeados. Se menciona también la existencia del video de un horripilante rito de iniciación donde uno de los cinco amigos es obligado a asesinar a otro. Ritos de pasaje infernales y deshumanizantes, como la ingesta de carne humana confesada por los pocos que han podido escapar de tales barbaries.
A partir de los estratosféricos ingresos que el fentanilo ha generado al crimen organizado, mucho mayores que los del tráfico de cocaína y otras drogas, su capacidad de fuego y corrupción han crecido aún más (dichos ingresos, en opinión del especialista David Saucedo, “les da la capacidad de poder enfrentar y quizás derrotar” al poder institucional). El Estado mexicano ha perdido amplias zonas de la geografía nacional a manos del narco, que subordina autoridades y fuerzas policiacas, financia candidaturas políticas e impone a la sociedad su amarga y criminal voluntad.
La estrategia de seguridad no funciona y debe cambiarse con urgencia. Aumentar el gasto público que se destina a ella y administrar su aplicación correcta, mejorar sensiblemente los salarios y la preparación de las fuerzas del orden —Guardia Nacional, Ejército y Marina, policías estatales y municipales—, legalizar drogas blandas como la mariguana y, guste o no a la actual administración que enfrenta un problema de varias décadas el cual pareciera no querer asumir como propio con la retórica coartada de que “nosotros no somos iguales”, debe articularse un esquema punitivo y de inteligencia preventiva que deje de dar abrazos y responda a balazos cuando deba hacerlo, sin descuidar las causas de esta situación pero sin hacer caso omiso de sus efectos. Las guerras se ganan en las batallas y esta hace muchos años que comenzó.
Cuando un orden civilizatorio se desploma y el nuevo que lo reemplazará no ha surgido, son los pequeños formatos en los que se encontrarán las soluciones. Familias, escuelas, iglesias, clubes, grupos de amigos, organizaciones civiles y cualquier otra instancia de reflexión comprometida deben enfrentarse al miedo y al silencio, a la resignación civil, a la parálisis social, a la inoperancia del Estado y los partidos políticos, a la indolencia suicida frente el horror de estos días. Lo que se nombra se comprende, lo que se comprende se razona, lo que se discute entre varios construye comunidad. Si el diálogo es el arte de mirar juntos, esta desalmada circunstancia que atañe y amenaza a la sociedad en su conjunto debe enfrentarse como una problemática común. Dice una antigua oración que el mal se derrota ayudándonos siempre y dondequiera a recordarnos de nosotros mismos, a recordarnos siempre de nuestra humanidad.
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El sur también egsiste

Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
“Habrás escuchado la frase, que ahora ya me consta que es real, que en México en el norte trabajamos, en el centro administran y en el sur descansan”, le aseguró en 2015 el entonces candidato a la gubernatura de Nuevo León, Samuel García, a la periodista Maricela de la Toba en el espacio Entrevista Ciudadana de El Universal.
La frase no fue creación del escasamente creativo individuo que gobierna Nuevo León, sino una creencia acendrada entre un bárbaro sector nada minoritario de los habitantes del norte de la república mexicana, cuyas opiniones sobre la economía de la nación omiten la importante contribución de las y los pobladores así como de los recursos extraídos de los estados de Guerrero, Chiapas, Oaxaca, Tabasco, Veracruz, Campeche, Yucatán y Quintana Roo.
La vieja y falaz opinión sobre la pereza de los habitantes del sur mexicano sigue vigente en la parte de la república que va del altiplano al río Bravo. Insistente e insolvente falacia, pues justo los estados del altiplano y los que comparten frontera con Estados Unidos atestiguan mes con mes cómo arriban a sus empresas y campos de cultivo miles de trabajadores sureños, quienes laboran en condiciones de virtual esclavitud con salarios ínfimos, situación que ha favorecido el desarrollo de dichos territorios.
Pese a que está documentada la extraordinaria capacidad de trabajo de los mexicanos provenientes del sur del país, la elite capitalina y norteña que esclaviza y mal paga el trabajo sureño insiste en propalar la falacia de la pereza en el sur mexicano.
Un nuevo ejemplo de esa calumnia es el dicho de la aspirante presidencial Xóchitl Gálvez, quien al reiterar ese oprobio rememora un vergonzoso episodio de la oligarquía mexicana.
Dijo la senadora empresaria: “Hay una cultura distinta en el sureste del país… cuando trabajaba con Fox quisieron instalar maquiladoras en San Cristóbal de las Casas y les dije que iba a ser un fracaso, nadie va a ir a trabajar ocho horas seguidas porque no es su cultura”.
Algo de razón tendría la empresaria senadora si especificara que la cultura de trabajo en el sur de México va más allá de la jornada de ocho horas que la Ley Laboral establece. En el sur se cumplen cotidianamente horarios laborales de diez y hasta catorce horas diarias, debido a las condiciones de escasez salarial que la clase trabajadora padece en sus entidades natales.
Baste recordar que en la única empresa que estableció en Chiapas el gobiernos foxista, en 2003 —la maquiladora Trans-Textil Internacional, S.A. de C.V., aludida por Gálvez— se trabajaban horarios semanales de 45 horas para beneficio del empresario pedófilo Kamel Nacif Borge, quien obligaba a sus jóvenes empleadas a cubrir una producción mínima de 93 playeras al día por persona, la cual pagaba el dueño de la factoría a 43 centavos (cuatro centavos de dólar) por unidad. Esas mismas playeras se vendían en el mercado estadounidense, exportadas por Nacif Borge, a 20 dólares la pieza. Además, las empleadas que incumplían su cuota en TTI tenían que trabajar los domingos sin pago extra. Son datos que difundió desde 2003 el investigador Miguel Pickard en su artículo “Trans-Textil Internacional, S. A. de C. V. La Maquiladora de San Cristóbal de las Casas”.
Para explotar a estas jóvenes mujeres, en su mayoría indígenas, la empresa del aún prófugo pederasta recibió en 2002 del gobierno de Fox los siguientes “incentivos”: seis millones de pesos del programa federal Marcha al Desarrollo, y otros once millones del gobierno estatal (al menos 17 millones, sólo en recursos directos). En retribución, la maquiladora TTI se comprometió a crear mil quinientos empleos en Chiapas, pero sólo llegó a tener 400 plazas laborales. Además, el gobierno estatal chipaneco le otorgó en comodato a la maquiladora, sin cobrarle renta, una nave de 8,400 metros cuadrados que costó al estado diez millones de pesos.
Por si fuera poco, la administración pública chiapaneca tuvo que pagar durante cinco años los salarios mínimos que recibían las empleadas por concepto de “becas por capacitación” durante seis meses, para ser despedidas al cabo de ese plazo por la empresa de Nacif Borge, que así evitaba pagar sueldos a su personal.
Ahora, la senadora que comenzó su fortuna vendiendo 600 gelatinas al día cuando aún no cumplía trece años de edad, según sus propias alegres cuentas, se permite traer a la memoria ese abuso empresarial cometido por un individuo actualmente buscado por pedofilia, que en 2002 recibió por órdenes de Vicente Fox un “incentivo” de 27 millones de pesos para una maquiladora que cerró cinco años después de su apertura. Afrenta conceptual que la empresaria Gálvez encona acusando a quienes trabajan en Chiapas y los estados vecinos de evadir las ocho horas diarias de labor marcadas por la ley.
Según la empresaria senadora, la culpa del fracaso maquilador en Chiapas se la tuvieron las empleadas que trabajaban 45 horas a la semana (más domingos “de castigo”), no el empresario que recibió al menos 27 millones de pesos del erario para incumplir su compromiso de establecer una planta laboral duradera en ese sur que, por alguna extraña fatalidad, nunca consigue parecerse al norte de México.
Quizá pronto la aspirante presidencial descubra que Kamel Nacif se hizo rico en uno de esos perezosos estados del sur, Quintana Roo, donde acumuló caudales con el apoyo de sus familiares, los gobernadores priistas Miguel Borge Martín y Roberto Borge Angulo; después, Nacif Borge se benefició con 54 millones 285 mil pesos del Fondo Bancario de Protección al Ahorro (Fobaproa) creado por el presidente Ernesto Zedillo.
En los sexenios subsecuentes, el pedófilo siguió recibiendo beneficios de las presidencias de Fox Quezada y Felipe Calderón Hinojosa. Después, el prófugo empresario disfrutó al menos la protección de Enrique Peña Nieto. Hasta 2021, el pederasta fue apresado en Líbano por gestiones de la presidencia de André Manuel López Obrador, pero las autoridades de aquel país lo dejaron libre bajo fianza. A lo mejor por esa sostenida impunidad la empresaria Gálvez omite señalarlo como un destructor de las fuentes de empleo en el sur, donde la gente no trabaja ocho horas diarias, sino diez, doce o catorce.
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El incesante Borges

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Nunca lo conocí, querido Borges (permítame, por favor, prescindir de cualquier título al aludirlo: no me imagino diciéndole maestro a Homero, a Shakespeare o a Joyce), pero mi trato con usted es tan íntimo como las tantas veces que a lo largo de los años lo he leído. Ya lo habrá dicho algún otro, más autorizado que yo y más agudo: usted, Borges, es la Literatura; así que leerlo es leer a todos los escritores que antes suyo y aún después, en este ahora cuando ya han pasado treinta y siete años de su muerte, también habrán sido.
¿De su muerte? No hay tal, querido Borges, usted sigue estando vivo, entre esa serie de hechos inexplicables que son el tiempo, el universo y los libros, pues confiando en sus propias palabras, más allá de la muerte corporal queda la memoria, y muy pocas son tan opulentas y están tan presentes en la literatura contemporánea como la suya.
Usted lo afirmó una noche de junio de 1977 en el teatro Coliseo de Buenos Aires, al hablar de Dante y su Comedia, a la cual sustrajo empeñosamente el adjetivo de divina durante toda esa memorable conferencia, indicando acaso que la obra humana hecha de palabras no proviene de ninguna metafísica, aun cuando en ciertas ocasiones nos lleve a ella: “Cada uno se define para siempre en un solo instante de su vida, un momento en que un hombre se encuentra para siempre consigo mismo”.
Sólo me haría falta el plural para aceptarlo, pues ahora que envejezco, mientras el invierno va tiñendo sombras en mi frente, repaso los muchos instantes de mi vida cuando al leer alguna página suya, un poema o incluso una línea indeleble me he encontrado conmigo mismo. Debo aplazar la contundencia del siempre, pues en mi caso tal encontrarme ha sido a la vez un nuevo olvido. Y es de agradecérselo, porque ello me ha dado la ocasión de otro encuentro asaz definitivo, la ocasión de suspender la incredulidad mediante la fe poética y volverme otro, aquel que cuando menos ya no puede pensarse siendo el mismo.
Surgen riesgos, desde luego. Citarlo a usted no es un acto exento de consecuencias, como me ocurrió cuando frente al anuncio de la reproducción de mi propia progenie me di a recordar, sin ningún tacto, sin ningún cálculo, la sentencia de ese imaginario heresiarca de Uqbar quien dijera que los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los que somos.
Las cosas resultan más incesantes —como usted mismo, Borges, como la épica línea de aquel poema: “La muerte me desgasta, incesante”, que tanto le gustara—, las cosas se muestran más pudorosas y secretas, esenciales a la manera de la observación hecha por el prosista chino mencionado o inventado por usted: el unicornio, debido a su anomalía, ha de pasar inadvertido, ya que los ojos ven lo que están habituados a ver. Así yo, cual un Tácito que no percibió la Crucifixión al sucederse, voy descubriendo nuevos sentidos multiplicantes cada momento que lo leo, la única lectura que de verdad existe, conforme a sus apostólicas enseñanzas, la relectura.
¿Qué es lo que cambia entonces? ¿Mi precario yo que se aventura distinto entre sus páginas metamorfósicas? ¿Los textos poliédricos que se transforman a la luz de una mirada vuelta inédita por el poder de sus palabras? ¿La suma inagotable de un escritor y sus textos cuya cifra se expande igual que el tiempo y el espacio lo hacen conforme va transcurriendo el universo?
Escribí la hipótesis inútil “yo” hace un instante, sin olvidar algo que usted anota sin descanso: no hay un yo, no debe haberlo, dado que tal palabra sólo puede ser pronunciada por Dios. Acepte pues la convención verbal de mis limitaciones, y déjeme parafrasear su remembranza del malogrado Swift, aquello que “una tarde, viejo y loco y ya moribundo le oyeron repetir”: soy lo que soy. No me extiendo al respecto, pues mi intención no es repetirlo al pie de la letra tanto como declarar esto: cuando lo leo a usted soy otro inmensamente, soy lo que estoy leyendo, la emergencia del alba, la noche, la imaginación, el amor, la gente, la reunión, el desencuentro, los espejos.
De tal manera, querido Borges, que usted es el responsable de una de las felicidades intelectuales más plenas que me hayan sido deparadas. Si algún día anterior, hoy tan lejano, la aborrecible complacencia me hizo creer que su obra era el modelo para imitar, la referencia literaria máxima, siguiendo esa infecunda angustia de las influencias propuesta por un teórico literario, ahora sé que mi aprecio nunca estará en medio de mis páginas nebulosas sino en aquellas, las suyas sobre todo, que la fortuna de la lectura me ha prescrito. Soy quien lee a Borges, soy la lectura que me ha dado la fuerza para aceptar las dificultades de esta “extraña habitación del espíritu, cuyo piso es el tablero en el que jugamos un juego inevitable y desconocido contra un adversario cambiante y a veces espantoso”, según dijo Buber citado por usted.
No quiero apesadumbrarlo con las infames noticias de los horrendos sacrificios de esta época que termina. Donde usted esté, en la memoria común o en el laberinto de los efectos y de las causas, en la esfera del centro heterogéneo y la circunferencia imprecisa o en ese día integral donde están desgranados todos los días, el alfanje será vano igual que el espanto de lo contingente. Pero el poema es inagotable, como usted mismo, Borges, cuyo nombre, a diferencia de aquel del sevillano de la epístola moral, jamás hemos ignorado.
Abandonado de mí, acomodado en nada, vuelvo a ser alguien y dejo de ser algo cuando lo frecuento a usted, el sabio que mi necedad nunca ha negado, el mejor artífice y uno su permanente aprendiz.
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Una tumba en cualquier cementerio respetable

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
—Preferiría una tranquila y nada ostentosa tumba en cualquier cementerio respetable que una vida en la granja penitenciaria de Arkansas —proclamó hacia 1904 o 1905 el bandolero Henry Starr. Lo perseguían por un asalto cometido once años atrás en ese estado, en la ciudad de Bentonville. Años después, en 1919, cuando era actor de cine, además de discreto salteador, lamentó públicamente—: Diecisiete de mis cuarenta y cinco años los he pasado preso. ¿No basta para decir a los muchachos que no hay nada en la vida que he llevado?
Eso no disuadió al ex cautivo, mientras un productor de cine lo esperaba en el rodaje de una película, de subirse en 1921 a un automóvil para ir a asaltar junto con dos cómplices el banco de Harrison, en Arkansas. En esa faena recibió en la columna vertebral un balazo que le causó la muerte al cabo de cuatro días.
Starr vino al mundo el 2 de diciembre de 1873. Sucesos notables precedieron a su nacimiento: la primera crisis económica estadounidense, a causa de la quiebra de los ferrocarriles coaligados con Jay Cooke; la invención en Illinois por el granjero Joseph Glidden del alambre de púas, cuyo amago en latifundios, cuarteles o prisiones despunta más que su fecha de aparición o el escaso lustro que le tomó al artilugio extenderse por Texas. Ese año, también, los hombres de armas recibieron con alborozo el fusil de repetición Winchester calibre .38, así como el perfeccionamiento del revólver que Samuel Colt había inventado en 1836. Starr favoreció toda su vida el Colt de seis tiros llamado “Pacificador”, si bien su destino estaba secretamente ligado al rifle de la competencia.
LAS ARMAS FAMILIARES
Al perder la guerra los estados de la confederación sureña, el explorador militar Thomas Starr cambió de oficio a bandolero. Se enlistó a las órdenes de los jóvenes Jesse y Frank James, coaligados con los hermanos Cole, Jim y Bob Younger en el asalto a bancos y trenes. El primer hijo de Tom, Samuel, elevó la tradición delictiva en la familia, pues logró notoriedad tras casarse con una mujer nueve años mayor que él, Myra Maybelle Shirley-Reed, después llamada Belle Starr y celebrada como “La reina de los bandidos”.
Otro hijo de Tom Starr, George, se casó con la flemática Mary Scott. George “Salto” Starr halló dificultades para sobrevivir en su rancho próximo a Fort Bishop, en el extremo noroeste del territorio indio a donde fueron forzadas a emigrar las tribus sobrevivientes de la Caravana del Llanto, a las que el gobierno obligó a recluirse en las llanuras agostadas. Además de la agricultura, George practicó la delincuencia, pero ni así pudo evitar morir en 1886. Su viuda Mary se casó de nuevo con un tal Walker, quien maltrataba a los hijos de George, incluido Henry.
Por eso, el adolescente Henry se largó de la casa familiar al cumplir 16 años. Quiso vivir sin problemas, pero trabajaba en un rancho del condado de Nowata cuando lo acusaron de robar un caballo y luego de contrabando con whisky. El joven protestó inocencia en el juicio, pero igual lo enviaron a la cárcel. Salió a los pocos meses de prisión, resentido.
APOSTADOR SIN FORTUNA
A fines del siglo xix, en el oeste de Estados Unidos las compañías de ferrocarriles competían en riqueza con los bancos. En 1892, jinetes enmascarados cometieron un atraco en la oficina ferroviaria de Nowata. Al huir los asaltantes, indicó su ruta la mezcla de polvaredas con tiros, maldiciones o gemidos.
Los perseguidores hallaron que una alambrada, al engancharse con la montura de un evadido, lo derribó. El prófugo continuó la fuga a pie. Hallado el caballo, pudieron señalar a su dueño por la calamitosa silla: Henry Starr. Días después, el fugitivo regresó al condado con nuevo penco. Merodeó por un rancho mientras esperaba a sus compinches. El dueño de la finca lo delató a los alguaciles Floyd Wilson y Henry Dickey. El segundo se demoró con las cinchas de su silla de montar; Wilson salió al galope. En la cañada de Wolf Creek el alguacil, mostrando su Winchester, exigió la rendición a Starr. El joven quiso alejarse. Wilson intentó dispararle pero su arma se atascó.
El proscrito blandió un rifle, advirtiendo a su oponente que desistiese. El perseguidor no se detuvo por la falla del fusil; apeló a su pistola en tanto Starr desmontaba. De pie, el forajido hizo frente a una descarga que no le acertó; enseguida, respondió con un disparo que atravesó el pecho de Wilson. El herido, en el suelo, falló dos tiros más. Starr lo remató con tres disparos. El último, al pecho del caído, le chamuscó la camisa. Fue el único asesinato notorio del salteador.
Otros pistoleros se exornaban de homicidios. Starr, en cambio, presumía de no haber matado a nadie en sus atracos. El forajido sólo toleraba derrotas en las mesas de juego. Respetaba a los tahúres, con quienes dejaba casi todo su dinero. Al quedar insolvente, Henry apelaba al reacio patrocinio de algún banco. Tras colectar dinero a punta de pistola, retornaba Starr a prodigarse en los desplumaderos. Apostó con la misma despreocupación que los dólares en la mesa, su vida en los atracos.
DOMA DE UN ASESINO
Starr, con otros cinco criminales, hurtó doce mil dólares del banco de Bentonville a principios de junio en 1893. Pese al escaso botín (les tocaba a dos mil dólares por cabeza), el bandido pensó en retirarse a California. En el camino se encontró a May Morrison. La sumó al viaje que hacía con su compinche Kid Wilson. Se alojaron en la Casa Spaulding de Colorado Springs el primero de julio. En los siguientes dos días pasearon por la ciudad, comprando vestidos para May. Se topó Starr en la calle con un vecino de Fort Smith, quien lo denunció. El asaltante fue aprehendido mientras cenaba en el café Royal; Kid Wilson también fue capturado y al fin le tocó el turno a la joven Morrison. En su habitación, la muchacha guardaba el botín de Henry: mil seiscientos dólares en billetes, más quinientos en oro. La dejaron ir, pero el Kid, culpable de varios asaltos, fue sentenciado a 24 años que debía purgar en la penitenciaría de Brooklyn, Nueva York. Starr, bajo cargos de asesinato agravados con robo, obtuvo una condena a la horca. Lo destinaron a morir en el penal de Columbus, Ohio.
Gracias a un abogado que postergó el ajusticiamiento, Starr esperaba en 1895 su traslado a Columbus en la cárcel de Fort Smith. Cerca de él estaba recluido Crawford Goldsby “Cherokee Bill”, mestizo texano adicto a exterminar negros, destinado al patíbulo por trece muertes. En la noche del 25 de julio alguien proveyó a este rufián de una pistola. Al día siguiente, tras de aniquilar a un guardia, el preso se atrincheró en su celda para intercambiar tiros con los oficiales restantes. Los custodios, al final del corredor, no atinaban a suprimir el ataque. Starr ofreció desarmar a su colega, bajo condición de respetar su vida. Aseguró a los vigilantes: —Soy cherokee, les apuesto que me hace caso.
Algún celador observó a Henry cruzar el pasillo, luego la puerta del calabozo. Silencio, murmullos. A los pocos minutos el mediador salió, callado. No rompió el silencio al entregar a los carceleros la pistola subrepticia.
El presidente Teddy Roosevelt concedió indulto a Henry por su conducta cinco años después. A su tiempo, el bandido agradeció el perdón nombrando Theodore a su único hijo. En cambio, “Cherokee Bill” sólo esperó meses para subir al cadalso, en 1896. Cuando le preguntaron si diría unas palabras, el copioso homicida apremió al verdugo: —Vine a morir, no a decir discursos.
AUTOR, COMERCIANTE, FUGITIVO
Henry leía en la celda, estudiaba en reclusión. Comenzó a escribir sus memorias. Las publicó en 1914, con la ayuda de algún novelero cuya pluma añadió frases de justificación o arrepentimiento. Las tituló Sucesos emocionantes, vida de Henry Starr. Además, durante los cinco años que siguió cautivo, el asaltante aprendió leyes e hizo planes. Cuando saliese, quería dedicarse a la abogacía en Tulsa. Allá fue, en efecto, pero sólo pudo dedicarse a la venta de terrenos.
Llevaba una existencia rutinaria en 1907 cuando la Unión decidió conceder al antiguo territorio cherokee la categoría de Estado de Oklahoma. Las autoridades, al revisar documentos legales, desecharon algunos, revalidaron otros. Las órdenes de captura contra Henry Starr fueron desestimadas en la nueva entidad, no así en Arkansas, desde donde le llegaron amagos de prisión. Starr pidió a un amigo averiguar si las autoridades de Arkansas le otorgarían indulto. La contestación fue negativa. Henry huyó a Kansas, donde asaltó el banco de Tyro sin que pudieran detenerlo. Luego se mudó a Arizona para mantenerse a salvo.
FIN DE UNA AMISTAD
En la vuelta a la malandanza, Starr se reencontró con Kid Wilson, también libre de su condena. Al circunspecto ladrón le costó lidiar con la violencia creciente del compinche. Pese a las advertencias, el Kid disparaba sin importarle quién podría morir. En 1908, durante una incursión nocturna por la llanura, Starr regresó sin Wilson. El asaltante dijo que rehuía a su antiguo colega por temor a sus accesos de cólera. Sin embargo, al prevenirlo un amigo contra el Kid, Henry comentó con displicencia: —Te apuesto que Wilson ya no dañará a nadie.
CANDIDATO ELECTORAL
En 1909, corto de fondos, Starr escribió a un conocido de Tulsa para recordarle el pago por la venta de algunas propiedades. El insolvente deudor le envió a las autoridades de Colorado con una orden de aprehensión. Alcanzó el bandolero una sentencia de 25 años en la penitenciaría de aquel estado, pero se ganó la confianza de sus carceleros, al igual que la de sus acusadores, para obtener la libertad. En 1913 el gobernador le concedió a Henry el perdón, con el compromiso de no poner pie en Oklahoma.
Sin hacer caso de su pacto, el indultado volvió a los pocos meses a instalarse en Tulsa. Se hospedó en una casa que estaba a dos puertas de donde residían el comisario y el alcalde. La mayor escuela local sólo distaba una puerta de su domicilio. A diario, los niños del colegio jugaban en el patio del avecindado que, para extrañeza de quienes lo trataron, llevaba el mismo nombre del gobernador.
Starr había adoptado el alias “R. L. Williams” en broma: cuando el político Robert L. Williams contendió por la gubernatura de Oklahoma contra el antiguo pistolero Al Jennings, Starr se divirtió suscribiéndose al partido del tirador. Para confundir a los votantes, inscribió su alias en las boletas de Jennings, pero no logró hacerlo ganar.
El falaz R. L. Williams vivió sin ser importunado en Tulsa. Sus amigos menos incautos no dudaban que durante ese tiempo dirigió desde su porche diversos golpes a bancos de Oklahoma. Mientras él aleccionaba a sus secuaces, en torno a su vivienda sólo rompían el sopor los colegiales con su algarabía.
DEL ASALTO AL CINE
En 1915 la fama de Starr ascendió gracias al doble asalto bancario en la ciudad de Stroud. La banda sustrajo más de cinco mil dólares. Los culpables pretendían huir escudándose tras de algunos rehenes cuando el quinceañero Paul Curry tomó de la carnicería local una escopeta de cañón recortado para combatir a la pandilla. Henry Starr, a quien alcanzó un balazo, cayó con la pierna destrozada. Al desplomarse el forajido, le gritó el jovencito: —¡Tira tu pistola o te mato! El caído, mirándolo con encono, respondió: —Te apuesto a que te falta valor. El adolescente dirigió un tiro cerca de la cintura de Starr. Cuando el polvo se disipó junto con el humo, el herido, sonriendo como si acabase de perder en el póquer, admitió: —Bien jugado. Ahora me toca pagar.
El resto de la banda huyó con el botín. Starr fue a prisión en Chandler. Recibió una sentencia de 25 años, abreviados a cuatro por una comisión que incluyó al fiscal, al juez e inclusive al jurado que lo condenó. Para confortar a sus captores, el forajido les dijo que se dedicaría a la industria del cine, cuyos pioneros iban a consultarle, en la penitenciaría, acerca de asaltos o de escaramuzas.
Starr comenzó su carrera en el cinematógrafo con una recreación de su doble asalto en Stroud. Se interpretó a sí mismo con gallardía. En la cinta Un deudor de la ley, el joven Curry, enrolado asimismo por los productores, volvía a desmontarlo del caballo, pero con tiros de salva. De 1919 a 1921 Starr ganó algún dinero en el cine. No es difícil imaginarlo desdeñando ante los actores y técnicos el famoso Robo del tren de Edwin S. Porter, en tanto coreografiaba un tiroteo o ensayaba una acrobacia. Sus amigos no dudaron de que, en esos días, Henry también tuteló asaltos reales cuya ejecución encomendaba a terceros.
USO PIONERO DEL AUTOMÓVIL
Un productor de Hollywood hizo una oferta al ex convicto para escenificar, en California, famosos robos. La oferta incluía caracterizar a un justiciero en los films. El facineroso sopesaba el trato pero prefirió arriesgarse con el banco de la ciudad de Harrison, Arkansas.
El 18 de febrero de 1921, Starr salió muy temprano de su casa en Tulsa. Tripulaba un automóvil Nash con otros dos hombres. A las diez de la mañana el auto con los tres individuos se estacionó a la puerta del banco en Harrison. (Antes del bandido cherokee, sólo un par de ladrones había utilizado un auto, en 1909, para un asalto en Santa Clara, California.)
El atraco paralizó a todos, menos a William J. Myers, socio del establecimiento. Se escabulló por una puerta disimulada hasta la bóveda donde guardaba desde la apertura del negocio un Winchester 73 que nadie había utilizado. Con el cañón del arma abrió lentamente el banquero la puerta blindada. Observó a Henry llenando de dólares un saco de lona ante la ventanilla con barrotes. Sus cómplices amagaban a los clientes.
Cuando el jefe criminal se volvió hacia la puerta cargando el botín, el sexagenario financiero oculto en la bóveda disparó sin saber si acertaría. La bala del .38 atravesó la espina de Starr. Los otros salteadores aullaron con pánico e ira. Uno de ellos dirigió su revólver al cajero, pero su cabecilla ordenó desde el suelo: —¡No maten a nadie, sólo salgan de aquí! En segundos, se oyó traquetear el motor del Nash. Después, su sonido lejano. En el banco, maldiciones, gemidos, gritos de auxilio.
—Apuesto a que te salvé la vida —exclamó al cajero el asaltante, antes de perder el conocimiento mientras lo cargaban hacia el hospital. Agonizó durante cuatro días. Al tercero, le dijo orgulloso al cirujano que extrajo de su espalda el plomo—: ¡He robado más bancos que nadie en Estados Unidos!
El 22 de febrero de 1921 expiró el herido. Su primera esposa, Ollie Griffin, lloró cuando un alguacil acudió a pedirle indicaciones sobre el funeral. Tras de secar sus lágrimas, envió al oficial al domicilio de Hulda Starr. Notificada de su repentina viudez en el aniversario de su matrimonio, la segunda esposa de Henry lo sepultó el día 25 en el cementerio de Dewey, Oklahoma, bajo una lápida nada ostentosa que aún marca la tumba del forajido en ese respetable cementerio.







