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Las dos cosas protectoras

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
I
El mundo está en llamas. Lo advirtió el Buda hace más de dos mil quinientos años, pero ahora su incendio ha llegado a cobrar proporciones dantescas. Las certezas culturales que construyeron un proceso civilizacional hoy están rotas, fracturadas, y se cumple con perseverancia aquella visión marxista sobre la modernidad, entonces metafórica y actualmente literal, acerca de que todo lo sólido se desvanece en el aire. Todo fin de un mundo es el fin de una ilusión, y sabemos de nuevo que aquella solidez atribuida a la realidad episódica no era tal.
También sabemos que nunca es tal: la realidad episódica siempre es una construcción de la conciencia humana, pero hay momentos históricos cuando los atributos supuestos, los ideales convencionales, las costumbres rutinarias y los sentidos ideológicos no sirven ya para transitar por los valles de dolor y lágrimas donde son los seres humanos son más desdichados que de costumbre y fracasa su ilusión existencial. La razón de ello, siendo la misma que ha sido a lo largo del tiempo, en este momento específico se ha vuelto fatal: una aguda y extendida ignorancia sobre la verdadera naturaleza de lo real.
Sin embargo, como lo real episódico, relativo, impermanente e insustancial es mucho más adverso y aciago que de costumbre, suelen surgir instrumentos, reflexiones, conocimientos y posibilidades propios de lo que el pensamiento budista designa como la doctrina de la aparición simultánea, descrito en otra tradición como una paradoja de la proximidad. Intuyéndolo con sabiduría, el poeta Hölderlin lo planteó igual: “donde crece el peligro crece también la salvación.”
Así, estando aquí el peligro creciente, aquí mismo surge de nuevo un texto que contiene la salvación. No una salvación escatológica o metafísica, teísta o providencial, sino una perspectiva de acción concreta, empírica, individual y a la vez colectiva, que de practicarse permitiría precisamente eso: comprender y transformar, comprender y trascender, comprender y salvar. Se trata del libro Dejando atrás el sufrimiento. Enseñanzas de los discursos del Buda (Pax, México), escrito por Miguel A. Romero —quien antes fue el bhikku Thitapuñño, adscrito a la tradición budista Theravada, la escuela más antigua del budismo histórico— y escrito en mexicano, un elemento no secundario para la valoración de su singular importancia.
Lo que el budismo Theravada llama en lengua pali Dhamma (Dharmma en sánscrito;doctrina, en español) es asombrosamente dúctil, pues sin perder su preceptiva esencial, la cual es tan compleja como al cabo resulta sencilla, ha logrado adaptarse culturalmente a lo largo de la historia en diversos ambientes y sociedades ahora occidentales, según viene ocurriendo desde el siglo diecinueve cuando el filósofo Arthur Schopenhauer, entre otros pensadores, conoció la filosofía budista, fue deslumbrado por ella y comenzó su incorporación, así fuera discursiva y descontextualizada, al pensamiento de la modernidad. Se inició entonces un proceso hasta hoy ininterrumpido considerado por muchos como el acontecimiento central del siglo XX: el descubrimiento por Occidente de la sensibilidad, la doctrina y la psicología profunda del Oriente budista, de la ciencia del espíritu establecida en el siglo VI a. C. por un príncipe nacido en la ciudad de Kapilavastu, el cual, en palabras de Jorge Luis Borges, “no se ha hecho culpable de ninguna guerra y ha enseñado a los hombres la serenidad y la tolerancia.”
Producto de varios años de aprendizaje práctico y reflexión en las enseñanzas del Buda, el Despierto, según Miguel A. Romero señala en el prólogo a estos ensayos, pláticas recopiladas y traducciones de textos canónicos provenientes del canon Pali, un pequeño bosquejo de su amplia enseñanza, Dejando atrás el sufrimiento atiende lo que el autor define como “factores, eventos y procesos pertinentes al mundo de la mente —la especialidad del Buda”, cuyo conocimiento puede lograr el despertar en quienes, poseedores de una cierta sabiduría, se encuentran al borde de la madurez que ofrece la metodología vivencial del budismo conocida como el Noble Óctuple Sendero: entendimiento correcto, intención correcta, lenguaje correcto, acción correcta, modo de subsistencia correcto, esfuerzo correcto, atención correcta y concentración correcta.
La moral budista, escribe Romero, difiere de los sistemas teístas de las grandes religiones porque no es etnocentrista ni homocentrista ni autoritaria. Su objetivo no es alcanzar la moral en sí, porque ésta es solamente un soporte necesario para que la mente del sujeto obtenga el fin del sufrimiento a través del imperativo esencial budista de preservar, descubrir y llegar finalmente a la verdad. Como diría el mismo Buda: “la inamovible liberación de la mente, lo que constituye el objetivo de esta vida santa, su esencia y finalidad.”
El mundo se deshace, pero el mundo puede recomponerse mediante una antigua y siempre inédita manera de enseñar otra urgente y lúcida disciplina moral.
II
Basho, poeta budista, advertía contra el uso de adjetivos de magnitud porque, siendo inexactos, conducen a la infelicidad. En esa precaución lingüística se encuentra la voluntad operativa de esta ciencia del espíritu que se define como el camino del justo medio, ese equilibrio cognitivo, psicológico y ético necesario para apartar los velos de la ilusión materialista y encontrar el sentido de lo real más allá de revelaciones metafísicas o dogmas devocionales, mesías escatológicos, intermediarios sacerdotales, morales teístas y autoritarias o decálogos empeñados en la persecución de pecados y herejías.
Sin embargo, este libro resulta —a pesar del adjetivo de magnitud— extraordinario, no solamente por su claridad expositiva, su correcto y accesible lenguaje; no solamente, además, debido a la temática que aborda: el muy noble, verificable y empírico budismo, sino quizá sobre todo porque representa una nueva y hasta inédita interpretación vivencial de ese pensamiento, efectuada por una persona episódica que proviene de nuestra misma mentalidad —relativa y efímera, sin duda, pues la mentalidad es un fenómeno compuesto— pero desde la cual conoceremos o no una doctrina que podría curar la ignorancia sobre la verdadera naturaleza de lo existente y aligerar la agobiante carga histórica y existencial.
Los budistas hablan del Dhamma (la doctrina) como de una rueda que gira en el tiempo. Los ensayos de Miguel Ángel Romero muestran que ella se ha desplazado en uno más de sus movimientos seculares, que ya está asentada aquí y se manifiesta mediante expresiones y didácticas propias de una idiosincrasia específica, al modo de una budología, una budiatría o un budismo a la mexicana: tan dúctil y plástico es el mensaje de esta práctica inmediata del espíritu, del comportamiento y la conciencia, determinada por una preceptiva de solamente cuatro nobles verdades: el sufrimiento o angustia, su origen, su cesación y el camino que conduce a dicha cesación, sendero compuesto a su vez por no más de ocho axiomas de acción individual. Complejidad de lo simple, sencillez de lo real. O transparencia de una ética inmediata y cotidiana que no representa un fin en sí misma sino un mero instrumento, un soporte para la transformación individual.
“Las dos cosas lúcidas protectoras del mundo”, llamadas así por el Buda, hiri y ottappa, vergüenza moral interna y temor propio hacia la consecuencia de acciones inmorales —mencionadas en “Los cinco impedimentos”, otro notable ensayo del libro donde se pormenorizan los símiles utilizados por ese maestro humano y no divino al explicar el carácter psicológico de aquellos obstáculos mentales que debe vencer la conciencia del sujeto para alcanzar su liberación—, serían factores necesarios en el empeño de construir un proceso civilizatorio distinto al nihilismo egoísta y terminal predominante en la ominosa realidad actual.
O bien el texto “Paz interna, paz mundial”, un pequeño tratado de política básica cuya sabiduría, en paráfrasis que Miguel Ángel Romero hace de las palabras del Buda: “protegiendo nuestra propia paz, protegemos la paz de los demás; protegiendo la paz de los demás, protegemos nuestra propia paz”, también sería suficiente para mejorar esta vida pasajera, impermanente, insustancial e insatisfactoria, desde la cual, paradójicamente, debemos intentar el paso hacia la otra orilla incondicionada donde radica la realización final. La cual puede considerarse literalmente como una expansión integral e irreversible de la mente. De ahí el logro que se atribuye a la budeidad, patrimonio potencial de todos los seres humanos: la iluminación.
El budismo Zen, una variante cultural más de la adaptabilidad de esta ciencia del espíritu, afirma que todos los problemas nacen de la falta de atención. Y el cultivo de la atención plena al momento presente es el eje de la práctica budista, disciplina de la conciencia que enseña una psicofisiología para desarrollar ese atributo de la mente, comprendido por diversos autores occidentales, desde Marcel Proust hasta Simone Weil, como elemento definitorio de la acción moral en el mundo y la transformación personal. Lleva al único milagro que el budismo reconoce con ese nombre: el cambio de actitud.
Es posible, pues, que este singular libro de Miguel Ángel Romero provoque en sus lectores un vital sentimiento de urgencia para dar un primer paso hacia la salvación del sujeto histórico posmoderno: la atención. Decía Nietzsche, alumno renegado del filósofo budista contemporáneo extraviado en Occidente, Schopenhauer, que sólo se necesita un pequeño grupo dispuesto a reconstruir el mundo o a derribarlo. Son aquellos que despiertan del sueño colectivo y se disponen a transformar su circunstancia interior, quienes antes que cambiar el mundo optan por cambiar su manera de pensar en el mundo. Eso es lo que enseña el budismo: que somos lo que pensamos, que el mundo que percibimos surge con nuestros pensamientos y que con ellos construimos lo que llamamos realidad.
La única llave maestra que abrirá la cerradura de nuestro implacable desasosiego es la atención. Leer a Miguel Ángel Romero puede ser el comienzo de ese logro supremo: el esclarecimiento de la liberación.
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Los Canetti: de Viena al inicio de la guerra

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
Galaxia Gutenberg ha publicado un libro excepcional: Cartas a Georg: amor, literatura y exilio en tiempos oscuros (1933-1948), de Veza y Elías Canetti.
Elías Canetti, futuro premio Nobel de Literatura y su mujer Venetiana Calderón –Veza, le escribieron muchas cartas a Georg, el hermano menor de Canetti, médico afectado por tuberculosis. En estas cartas se muestra un intrincado trío amoroso —¿qué trío no lo es?— y se muestran facetas sorpresivas de la personalidad de Veza y de Elías.
Elías se negó siempre de manera rotunda a ganar dinero de otra forma que no fuera la literatura. A lo más, ejerció como corrector creativo de novelas baratas. Estaba convencido de su genio, y sinceramente creía que su hermano Georg debía suministrarle el dinero que Veza y él necesitaban para comer y pagar el alquiler, lo que él hacía con trabajos y a regañadientes. Mientras, el otro hermano se negaba rotundamente, alegando que él no era responsable de Elías, que debía hacer lo que fuera necesario para solventar sus gastos.
Tratemos de desenredar la madeja. La relación de Veza y Elías se convirtió en una simbiosis, en la cual ella aceptó que él estuviera enamorado de otras ––en esos años Anna Mahler—, porque había engordado, se sentía fea y se fue metamorfoseando en la mamá de él. Siempre tuvo una confianza ilimitada en su talento. Dos días antes de morir, víctima de una embolia, escribió: “Bendito seas, Canetti. Vive para tus obras. Te adoro. Te doy las gracias, te estoy eternamente agradecida. Veza”. Canetti se dejaba querer, salía con otras mujeres y a veces sentía que Veza era una carga muy pesada, porque no aportaba al sustento. Sin embargo, siempre reconoció que ella lo formó literariamente y fue su soporte literario y moral.
Ahora bien, el hermano Georg era tuberculoso. Dice Veza que eligió esa enfermedad para liberarse de la madre (mujer dominante hasta el estrangulamiento) y encontrar el camino de la medicina para curarse y sanar a los demás. Elías necesitaba a su hermano. El problema es que Veza también lo necesitaba y se enamoró de él. Veza le escribe a Georg, le dice que Elías busca alejarla y se ofrece como asistente del hermano: “No pido ningún sueldo, solamente cine una vez por semana. Y si usted se sienta a mi lado en el cine, no hace falta que pasen la película”.
Los primeros cinco años de esta correspondencia abarcan de 1933 a 1938. En ella vemos cómo Canetti comienza a volverse famoso, gracias a un comentario elogioso de Thomas Mann sobre Auto de Fe: “Estoy sincera y gratamente impresionado por su abigarrada plenitud, su desbordante fantasía y su grandiosidad como obra de creación muy lograda, no exenta de cierta amargura; por su audacia literaria, su tristeza y arrogancia”.
Auto de Fe lo coloca al nivel de escritores como Joyce, Broch y Proust. De hecho, en 1935 hubo una lectura de la novela en Zurich, a la que asistió el autor de Ulises.
Sin embargo, su relación con Veza es más que difícil. Ella le escribe a Georg (16 de agosto de 1937): “En cuanto a mi vida con él, debo decir, para no utilizar la comparación con Escila y Caribdis, que lo mío es un ir y venir entre la locura y el suicidio. La permanente consideración que tengo para con sus caprichos y manías me exige un autodominio muy peligroso. Mi desesperación ante su destino hölderliniano me muestra el suicidio como única salida. Cuándo él está de viaje, me reencuentro a mi misma poco a poco, me siento amplia y radiante y me invade la nostalgia de una vida libre, sana y sin preocupaciones, y quisiera irme lejos, muy lejos de él. Cuando regresa, se apoderan de mí la compasión y una admiración tan grande por su genio y su bondad ilimitada que vuelvo a lo mismo de antes”.
En este complicado panorama, agregamos una variable ominosa: la persecución nazi a los judíos: Escribe Veza: “Yo no sé qué está permitido, pues en el tranvía no está permitido ir sentado si un ario está de pie” (…) “Donde hay mucha luz, hay mucha sombra”.
Veza y Canetti lograrán salir de la trampa y llegarán a Londres. Sobre este periodo seguiremos en la próxima cita con ustedes, amigos lectores de Morfemacero.
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La melodía de ninguno

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
El bibelot, fabricado hacia 1911, permanece en el Museo Marítimo Nacional de Greenwich, en Londres. Sus dimensiones son pequeñas: seis centímetros de ancho por ocho de alto y 25 centímetros de largo. Le perteneció a Edith Rosenbaum, quien nació en 1879 y lo recibió como regalo de su madre en 1911, en París, donde convalecía de un accidente automovilístico. Edith era periodista de modas y se rumoraba que sostenía una relación con el conductor del automóvil accidentado, un comerciante alemán que falleció en el choque.
La madre de la joven acudió al hospital a asegurarse de que Edith no tuviese heridas graves y le llevó de regalo, para animarla, un cerdito que tenía en su interior un mecanismo musical, el cual se activaba retorciendo la cola del juguete. Al darle el obsequio, la señora Rosenbaum le hizo prometer a su hija llevarlo siempre consigo. Le hizo escuchar la melodía, que los franceses conocían como La Sorella y atribuían desde 1905 al compositor Charles Borel-Clerc.
El 10 de abril de 1912, aún deprimida por el accidente, Edith Rosenbaum se embarcó en Cherburgo en el mayor trasatlántico del mundo, el Titanic, con destino a Nueva York. La corresponsal de modas no deseaba abandonar Europa. A un amigo le escribió sus impresiones sobre el buque: “Me siento como si estuviese en un hotel inmenso más que en un acogedor barco. Todo el mundo es tan serio y formal. Hay cientos de empleados, botones, mayordomos, azafatas y hasta ascensores. […] durante este viaje no puedo olvidar mi tristeza y una premonición de problemas”.
El 15 de abril, mientras dormía en su camarote, la periodista fue despertada por el choque del barco contra algo que después supo era un enorme témpano de hielo. En la cubierta pudo ver trozos del iceberg y le dijeron que podía volver a descansar. Sin embargo, al poco rato un camarero la urgió a ponerse el chaleco salvavidas y a abandonar su equipaje.
La pasajera, azorada, salió de nuevo a la cubierta abrazando a su cerdo musical. Pudo ver a una multitud de mujeres y niñas trepando en los botes salvavidas. Ella se aferraba a su juguete y rehusaba subir a algún bote, hasta que un marinero la alzó en vilo y la arrojó a uno de ellos mientras le gritaba: “¡Si no quiere usted salvarse, salve a su hijo!” En la confusión, el tripulante confundió el bibelot con un bebé.
Ya en la embarcación de emergencia, Edith utilizó su juguete musical para reconfortar a siete niños y quizá a más de alguna aterrorizada madre, hasta que el vapor Carpathia rescató a las mujeres, los niños y bebés que llenaban el bote. Como es sabido, más de mil quinientos pasajeros del Titanic murieron ahogados en el hundimiento del buque “insumergible”.
Edith Rosenbaum, al volver a Estados Unidos, se cambió el apellido a Russell y se mantuvo en el oficio periodístico. Llegó a ser una de las primeras mujeres corresponsales de guerra y toda su vida conservó a “Lucky”, el cerdito musical, única pertenencia que rescató del naufragio.
Quizá en Estados Unidos Rosenbaum pudo saber que la melodía tocada por su juguete era conocida como Choo’n Gum (Goma de mascar) y decía: “Mi mami me dio un niquel para comprarme un pepinillo pero yo me compré un chicle”, atribuida a Mann Curtis y Vic Mizzy. Acaso alguien le reveló que la tonada la había tomado Borel-Clerc de otro francés, Felix Mayol, quien la tituló en 1905 La Machiche.
Edith Russell nunca se casó. Famosamente comentaría sobre sí misma: “He pasado por todos los desastres, excepto la peste bubónica y un marido”. Tal vez con sorpresa pudo escuchar en 1956 que la melodía de su juguete resonaba en la banda musical compuesta por Victor Young para la película La vuelta al mundo en 80 días, en la que los actores David Niven y Cantinflas, junto con el director Michael Anderson y los guionistas James Poe, John Farrow y S. J. Perelman, arruinaron el argumento de Julio Verne.
Al morir en 1975, aquejada de Alzheimer, Edith no pudo enterarse de que la melodía tocada por su cerdito de cuerda “Lucky” provenía de una ópera-ballet, El Guaraní, estrenada en Milán en 1870 por el brasileño Antônio Carlos Gomes, con libreto en italiano de Antonio Scalvini y Carlo D’Ormeville.
Mucho años después de que el brasileño Gomes estrenara su ópera en el teatro La Scala de Milán, George Gershwin escuchó en Brasil una adaptación popular de aquella obra, Matxixe, que le dijeron entonaban esclavos africanos llevados al país sudamericano. Con los breves compases que tomó de aquella melodía, el autor de Rhapsody in Blue compuso su poema sinfónico Un Americano en París en 1928. Gershwin nunca ocultó que el tema que da forma a su composición, reconocible una y otra vez en la partitura, lo adaptó de una pieza brasileña. Aun así, franceses y estadounidenses pueden desde 1905 disputarse la autoría de la obra musical que el brasileño Gomes compuso y presentó en Italia en 1870.
Sin importar esas disputas, los mexicanos podemos presumir que la melodía es nuestra porque desde quién sabe qué año pasó a formar parte de La Bamba, ese tema que identifica a Veracruz y que en su parte más conocida dice: “Para subir al cielo / se necesita / una escalera grande / y otra chiquita”.
En el Museo Marítimo Nacional de Greenwich, en 2013, los curadores de la institución le tomaron una radiografía tridimensional al juguete, silencioso desde décadas atrás. Hallaron que la cola del cerdito “Lucky” se había atascado dentro del mecanismo. Mediante un alambre hicieron funcionar el reproductor musical y escucharon con deleite la melodía llamada Il Guarani, Matxixe, Machiche, La Sorella, Choo’n Gum o La Bamba. La ópera decimonónica y todas las melodías derivadas de ella, incluida la del cerdito “Lucky”, están reproducidas en la red electrónica YouTube.
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Aviso de incendio

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Hermann Broch, el poeta renuente, como lo llamó Hannah Arendt —“fue poeta a pesar de sí mismo”, escribe—, afirmaba que la verdadera seducción del mal es un fenómeno estético en el cual los hombres de dinero y los hombres de poder quedan encantados con la consonancia de su propio sistema dogmático, y se convierten en asesinos y depredadores porque están dispuestos a sacrificarlo todo para defender la “hermosa” coherencia que perciben en él. Así vincula los dogmatismos, sistemas cerrados alrededor de una creencia única, con el mismo mal.
Para Walter Benjamin —quien también vivió, en palabras de Arendt, ese periodo de la noche histórica donde el reino público se ve oscurecido y se torna tan dudoso que la gente no pide a la política otra cosa que “demostrar una verdadera consideración por sus intereses vitales y la libertad personal”—, el mal se manifiesta en un estado particular del tiempo presente, que ya ocurrió en el pasado aunque nunca con la unanimidad de ahora: la eterna reproducción de lo mismo.
El marxismo comparó la monótona tortura del obrero moderno, condenado a repetir sin descanso el mismo movimiento mecánico, con el castigo de los dioses a Sísifo para empujar penosamente hasta la cima de una colina un bloque de piedra, que volverá a caer una y otra vez obligándolo a comenzar de nuevo. Según Benjamin no sólo el obrero sino toda la sociedad moderna dominada por la mercancía está sometida a la repetición, a un “siempre lo mismo” disfrazado de novedad y moda, al sistema histórico de un mundo mercantil determinado por los objetos, por sus envolturas y apariencias en febril mutación. Un mundo en el cual la mayoría de la humanidad ha cumplido el papel de los condenados.
El dogmatismo es un sistema cerrado, repetitivo y excluyente que oculta la causa de las cosas pero sufre sus atroces consecuencias. En varios de sus textos Benjamin sugiere la correspondencia entre modernidad, progreso y condena infernal. Cita una idea de Strindberg que Borges después mencionará: “el infierno no es en absoluto lo que nos espera, sino esta vida”. Esa constatación no obsta para que Benjamin proponga la organización del pesimismo junto con una interpretación inédita de la historia en el pensamiento humano, una lectura a contrapelo de la parálisis dogmática: el punto de vista de los vencidos, de los parias de todas las épocas.
Reuniendo por primera vez su propia tradición teológica judía con el marxismo, Benjamin planteó la visión de una historia donde una cruenta guerra de clases no deja de suceder desde las rebelión de los esclavos de Espartaco hasta las últimas insurrecciones de los desposeídos, y en la cual uno de los polos, la clase dirigente y sus oligarquías, no ha cesado de imponerse a los oprimidos para elaborar, desde la antigüedad hasta ahora, una “filosofía del éxito y la victoria” que consagrará los provechos de unos pocos, obtenidos siempre a costa de todos los demás, como fatalmente necesarios, irrevocables y éticos.
De muchas maneras el estado de excepción de la historia va llegando a su final cíclico, y en dicho escenario el Mesías encarnado en los oprimidos se enfrentará al Anticristo representado por las clases dirigentes y sus sistemas cerrados, por el necrocapitalismo terminal, luchando por instaurar otro destino humano posible, la sociedad sin clases. Esa redención, sin embargo, no es un acaecer que Benjamin asuma como desenlace histórico garantizado, porque las derrotas de los desposeídos y miserables en el combate emancipador humano ocurren desde hace milenios.
Las negativas a “seguir el tren del mundo moderno” fueron asumidas por Benjamin como poderosas virtudes de los movimientos culturales de vanguardia, el surrealismo sobre todo, lo mismo que del pensamiento independiente. Tanto Broch como Benjamin se parecen en el alcance de un soberbio fracaso, pues los dos murieron sin poder conocer los resultados de su reflexionar de otra manera sobre cuestiones como el progreso, la religión, la historia, la utopía, la política, el arte y la literatura.
El pensamiento cerrado, dogmático, aquella forma de la repetición mecánica representa lo contrario a la “inescapable tarea” que Broch demandaba: el carácter imperativo del reclamo moral humano. En la misma actitud ontológica Benjamin lanzó sobre la época su legendario aviso de incendio: “es preciso cortar la mecha encendida antes de que la chispa llegue a la dinamita”. Pareciera que esa explosión ya ha sucedido, a pesar de que sigamos aferrándonos al delirio de celebrar ávidamente lo que nos destruye, engañados por su sentimentalismo y su enajenante materialidad, sin importarnos que el fin de la civilización sobrevenga mañana.
“¿Qué ha sido ‘resuelto’? —se preguntará Benjamin—. ¿Acaso todos los interrogantes de la vida ya vivida no han quedado atrás como un boscaje que nos impedía la visión? Apenas se nos ocurriría arrancarlo, ni siquiera aclararlo. Seguimos caminando, lo dejamos atrás, y si bien de lejos lo abarcamos con la mirada, lo vemos borroso, sombrío y tanto más misteriosamente enmarañado”.
Todo incendio se percibe cuando ya comenzó.
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Veza Canetti

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. Elías
Elías Canetti, Premio Nobel de Literatura 1981, se convirtió con los años en el guardián, en la memoria de la literatura del imperio austrohúngaro. Conoció a Robert Musil, el autor de El hombre sin cualidades, novela que fascinó a Juan García Ponce y a José María Perez Gay; a Hermann Broch, el inmenso autor de La muerte de Virgilio, que relata el deseo del poeta de destruir la Eneida y la negativa del César, al decirle que su obra ya no le pertenecía a él en tanto persona, aunque fuera su autor, sino a la humanidad. Escribió una novela, Auto de Fe, que termina con el incendio de la biblioteca del sinólogo Peter Kien; la monumental obra Masa y Poder, que intentó comprender el fenómeno de cómo los individuos se pierden en la masa, la cual tiene vida propia; los volúmenes de su autobiografía La lengua absuelta, La antorcha al oído, El juego de ojos y Fiesta bajo las bombas, así como obras de teatro y libros de aforismos. El 17 de abril de 1924 conoció, en una lectura de Karl Kraus, a Venetiana Taubner Calderón, que sería conocida para la posteridad con la abreviatura de Veza y el apellido de él: Veza Canetti.
II. Sobre Veza y su libro La Calle amarilla.
En La antorcha al oído, Canetti escribió su primera impresión de ella: «Tenía un aire muy extraño: era una preciosidad, un ser que uno jamás hubiera esperado hallar en Viena, pero sí en una miniatura persa. Sus cejas, muy arqueadas, y sus largas pestañas negras con las que jugaba virtuosamente, moviéndolas con mayor o menor rapidez, me pusieron muy nervioso. Yo miraba todo el tiempo las pestañas, en vez de los ojos, y estaba maravillado por la pequeñez de su boca».
Veza murió en 1963, mucho antes que Elías. En el prólogo que Canetti escribió sobre uno de sus libros, La calle amarilla, el gran escritor en alemán, nacido en Bulgaria, de ascendencia judía sefardí, escribió: “Dos principios de fe mantenían con vida a Veza en su lucha contra la melancolía: uno era la fe en los poetas, como si fuesen éstos los destinados en realidad a recrear constantemente el mundo; como si, de no existir los poetas, este mundo fuera a agostarse. El otro era su admiración sin límites por todo lo que puede representar una mujer cuando merece serlo. Su toma de partido a favor de la mujer no mostraba ninguno de los rasgos depredadores de la pasión masculina. No se pasaba de un lado de la barricada a otro, y no recurría al agravio que reprochaba a los demás, ni en defensa propia ni para lograr sus fines, como suelen hacer los fanáticos. Muy por el contrario, todo cuando hacía era exigirles más a las mujeres, porque esperaba mucho de ellas y de su capacidad».
La calle amarilla (Muchnick, 1990) es un libro de cuentos sobre la vida en la Ferdinandstrasse de Viena, un barrio de judíos comerciantes que veían con horror en la década de los años treinta del siglo pasado el ascenso del nacional socialismo.
III. Las tortugas
En esta hermosa novela (Seix Barral, 2000), Veza Canetti escribe: «La tortuga vive en una coraza dura, pero se la arrebatan porque es tan bella, y cuando no la protege, se queda desnuda. Su secreto es la impasibilidad. Vive de casi nada, de aire, de hojas, se deja cortar, destrozar, romper, y continúa viviendo, muda y pesada. Pero necesita calor. Sin calor, tiene que morir. Si la divisa el buitre, tiene que morir…. Si la divisa el tigre tiene que morir… Tiene también una coraza interior y ésta no se muere. Si se le extrae el corazón, sigue latiendo mucho rato. Si se le desprende el cerebro, continúa arrastrándose. En cambio, sin calor no puede vivir».
Quizá todos somos tortugas.
Acaba de aparecer un libro excepcional que reúne la correspondencia de Elías y Veza con el médico Georges Canetti, uno de los hermanos del Premio Nobel. Compartiré lo mejor para los lectores de Morfemacero en el siguiente Laberinto.
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Juárez por Hollywood

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
Antes de que se declarase la guerra civil estadounidense y ocurriese la intervención francesa en México, Benito Juárez buscaba una buena relación con los Estados Unidos por la necesidad de reconocimiento internacional y de recabar recursos para su gobierno. Tanta era la urgencia del gobierno juarista, que estuvo a punto de entregar una riesgosa concesión a ese país mediante el tratado McLane-Ocampo en 1859.
Afortunadamente ese acuerdo nunca surtió efecto, pues concedía a los ciudadanos y bienes de los Estados Unidos un derecho de tránsito a perpetuidad por el istmo de Tehuantepec. También permitía la participación del ejército estadounidense para “ayudar a la defensa de los puertos y las rutas ístmicas”; e inclusive autorizaba al ejército extranjero a actuar sin previo consentimiento para proteger la vida o las propiedades de ciudadanos de los Estados Unidos “en caso excepcional de peligro imprevisto o inminente”.
Eso reseña la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en cuanto al Tratado McLane-Ocampo, aclarando que las condiciones de este acuerdo respondían a la compleja realidad del momento, pues la nación mexicana estaba sumida en la guerra civil que declararon los conservadores al gobierno liberal desde 1857, la llamada Guerra de Reforma. El gobierno juarista preveía que, al entrar en vigor el acuerdo, obtendría automáticamente el apoyo militar estadounidense. Sin embargo, la guerra de secesión que se desató en Estados Unidos de 1861 a 1865 impidió el cumplimiento del acuerdo.
Los estadounidenses no conservaron mayor recuerdo de Juárez, puesto que su virtual cesión del territorio mexicano nunca se llevó a efecto. Sin embargo, cuando Wilhelm Dieterle recibió el encargo de hacer otra de sus exitosas películas biográficas en 1939, después de filmar Pasteur (1936) y La vida de Émile Zola (1937), el exiliado alemán decidió contar la historia de Benito Juárez y su lucha contra Napoleón III como un reflejo de la lucha contra el nazismo y la dictadura de Hitler, de la cual habían escapado el cineasta y su guionista, Wolfgang Reinhardt.
En consecuencia, el Juárez filmado por Dieterle con guion de Aeneas MacKenzie, John Huston y Reinhardt se convirtió en un manifiesto contra las tiranías, favoreciendo la épica mexicana. Sin embargo, al presentar a Maximiliano como un idealista embaucado por el tirano francés que oprimió a México, Dieterle y Reinhardt le dieron al que debía ser un personaje secundario el papel de héroe trágico, dejando a Juárez en un poco airoso tercer lugar, pues en el argumento lo rebasa la figura de Porfirio Díaz como guerrillero irreductible.
Dieterle se basó en la biografía Corona fantasma de Bertita Harding y en la obra teatral Juárez y Maximiliano de Franz Werfel para elaborar los personajes de su película. No pudo conocer la monumental biografía que preparaba Ralph Roeder y sería publicada en inglés hasta 1947, pero al parecer tampoco le importó consultar fuentes mexicanas sobre su mexicanísimo protagonista. La visión austrohúngara de Werfel, favorable por supuesto a Maximiliano y su esposa Carlota, así como la propensión nobiliaria de Harding, alemana transterrada a América, tampoco podían augurar mucha simpatía por el benemérito liberal.
Paul Muni, el gran actor austrohúngaro que protagonizó Cara cortada de Howard Hawks, recibió el encargo de interpretar a Juárez, pues Dieterle lo había empleado previamente para encarnar a Émile Zola y a Louis Pasteur en muy exitosos filmes biográficos. Pero en vez de interpretar a un hombre, Muni encarnó un personaje estatuario que recuerda al Golem, el monstruo de barro que personificó Paul Waeggener.
Para mostrar el lado humano de Juárez, a Dieterle y sus guionistas no se les ocurrió mejor recurso que hacer del benemérito un admirador de Abraham Lincoln, cuyo retrato lleva de un alojamiento a otro el presidente nómada como si fuera el de su esposa o de sus hijos. Y en cierto momento, cuando le anuncian el asesinato del barbado unionista, Juárez se conmueve y rinde homenaje al mandatario norteño (con quien nunca se encontró en persona ni tuvo comunicación por escrito).
En cambio, Maximiliano va cobrando altura conforme la cinta progresa. De ingenuo embaucado por Luis Napoleón III para usurpar el imperio mexicano, el descendiente de los Habsburgo se vuelve estadista ejemplar. En una imposible entrevista con Porfirio Díaz prisionero, le inculca las ventajas de la monarquía como sistema de gobierno:
“Lo único que nos separa es una palabra, general Díaz”, expone Brian Aherne, en el papel del emperador, a John Garfield maquillado con piel morena para encarnar al joven Porfirio: “En lo demás, Juárez y yo estamos de acuerdo. Una única palabra. Democracia. Convengo, con Juárez, que en teoría es el sistema ideal. En la práctica, un gobierno del pueblo puede ser el gobierno de la chusma. Una chusma que sigue siempre al demagogo que más le promete. Y contra eso, sólo un monarca puede proteger al Estado. Porque un presidente es un político y se debe a su partido. Pero un rey está por encima de los partidos”.
Para ilustrar las desventajas de la democracia, el príncipe Habsburgo abunda en su explicación al guerrillero cautivo:
“Un presidente puede ser pobre y dejarse llevar por la tentación. Pero un rey, puesto que lo tiene todo, no desea nada. Napoleón no es un verdadero monarca ni tampoco un aristócrata. Los reyes han nacido para sus tronos. Napoleón ciñó la corona de Francia por la fuerza. Es un dictador, y los dictadores no gobiernan con justicia, sino con desprecio. Esa es la diferencia con un rey que es rey. Una mayor obligación recae sobre quienes recibieron la corona en la cuna. La obligación de defender su propio honor, que es el de sus antepasados, y el honor de quienes deben sucederlo”.
La actuación de Bette Davis como la emperatriz Carlota Amelia refuerza en la película de Dieterle la figura romántica de Maximiliano, sobre todo en una escena en que acude a increpar a Luis Napoleón por retirar apoyo bélico a Maximiliano. Antes, la escena en que emperador y emperatriz, recién llegados a México, escuchan La Paloma de Sebastián de Iradier y Salaverri, es una de las más sentidas, ubicando a ambos personajes como esenciales.
Al final, cuando a Maximiliano le comunican que Juárez ha ordenado fusilarlo junto con Miramón y Mejía, el destronado tiene el estoicismo de reconocer que el presidente es honrado y por ello lo condena a muerte, en vez de buscar el aplauso fácil perdonándole la vida. Tal ecuanimidad acrecienta la figura de Maximiliano y deja íntegro a Juárez, aunque antipático.
Dieterle y los productores de su cinta biográfica no lograron conmover a los mexicanos para ponerlos en contra de Hitler y Mussolini. Con su elogio al fallido emperador, con la ridícula devoción de Juárez hacia Lincoln, acaso lograron encender la animosidad que nuestros connacionales profesan a Estados Unidos desde 1847. Sin embargo, en la segunda guerra mundial, México se plegó a los aliados con su alado Escuadrón 201.
Décadas más tarde, la errónea concepción sobre la amistad y la correspondencia entre Lincoln y Juárez persistía en el imaginario de los gobiernos estadounidense y mexicano, cuando el presidente Lyndon B. Johnson develó en 1966, ante Gustavo Díaz Ordaz, una estatua de Lincoln obsequiada a México para conmemorar su independencia.
Tras de esa solemnidad, el historiador Leonard Gordon publicó en 1968 un artículo (Lincoln and Juárez—A Brief Reassessment of Their Relationship) en el que desmintió la cercanía entre Lincoln y Juárez, enfatizando: “no fueron amigos personales, nunca se encontraron ni cartearon. Cualquier similitud que haya habido fue un parecido circunstancial en personalidad y carrera, atribuida no por sus contemporáneos, sino por autores postreros”.
Quienes sí sostenían una secreta, letal vinculación, eran Johnson y Díaz Ordaz; no sólo porque el mexicano recibía un pago de la Agencia Central de Inteligencia para proporcionar informes secretos sobre nuestra nación, sino porque Johnson emergía del asesinato del presidente John F. Kennedy, que acaso encubrió, y su par se aprestaba a cometer la matanza de Tlatelolco, el 2 de octubre del año en que Leonard Gordon publicó el desmentido de la correspondencia de Juárez con Lincoln.
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El exilio interior de Satie

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
Septiembre no es un mes risueño. Concentra muertes y pérdidas dolorosas. Su recuerdo es ingrato y la memoria cumple con aquella inveterada costumbre de volverse a acordar. Septiembre es un mes incómodo.
Cada vez que se recuerda, lo recordado cuenta de nuevo en una estratificación que después se llamará biografía. La gran mayoría de ellas se evaporan en esa oscura desbandada que aqueja a todos, otras muy pocas forman el panteón de los muertos inolvidables y quedan por mucho tiempo en la memoria común. Aunque cada uno es actor de la suya, no cualquiera habita su propia biografía.
Erick Satie parece haberlo hecho en varios momentos, un modo de decir que lo hizo en todos. Durante su arrebatado, tórrido y triste amor por la pintora Suzanne Valandon, quien lo dejó por un rico banquero; durante su expiación del intenso duelo amoroso al escribir la extraña obra para piano Vexations, la cual fue interpretada a lo largo de 18 horas y 40 minutos, su duración total, en un concierto organizado por John Cage; durante los veinte años de soledad (se cuenta que en ellos no recibió ninguna visita), reclusión, silencio y pobreza en Arcueil, suburbio no muy lejano a la ciudad de París. Un exilio interior radical y concluyente.
El Montmartre parisino de las últimas décadas del siglo diecinueve era un hervidero creativo, emparentado con otros laboratorios de pruebas culturales y estéticas de la modernidad en ciudades europeas como Berlín o Viena, y Satie participaba de manera intensa en la vida bohemia y vanguardista de la época.
La primera acción catártica, purificadora de las pasiones de la aflicción (eleos) y del temor (phobos), llevada a cabo por el músico minimalista después de sufrir el abandono de la amada infiel, consistió en expresar su profundo dolor como una vejación a través de una pieza para piano torturante, pues el maltrato de la vejación también contiene tortura (luego de interpretarla en Nueva York en 1963 con la participación de diez pianistas, John Cage dijo: “Yo he cambiado y el mundo ha cambiado”). La pieza representa un “esotérico Everest” para los intérpretes, escribe la articulista Use Lahoz, y la crítica no sabe aún si es bella o autoflagelante, repetitiva o significante, melancólica o ansiosa.
La segunda acción de Satie fue caminar por los senderos interiores hacia el silencio y la soledad, una preferencia infrecuente que podría ser vista como consecuencia de su despecho: un castigo adicional al castigo. Esos años de aislamiento se ven representados en uno de sus legendarios retratos.
El pintor está sentado al lado de una chimenea apagada, mirando hacia abajo con absorta expresión de tristeza y enfrente de una modesta habitación donde a unos cuantos pasos se ve una cama. Un espejo refleja el vacío del espacio. Y toda la atmósfera trasmite un sentimiento de añorante aunque resignada soledad. Los misterios de la vía inmóvil se concentran en un ascético espacio. Menos es más: el silencio, la soledad, la reducción drástica del adorno —reducción drástica de la necesidad—, el irse temprano a la cama todas las noches. Así entrar al flujo del tiempo como expiación y cambio y transcurrir en él.
Todo renunciante representa una anomalía y aun la renuncia por motivos de amor lo es. Pero acéptese que tal decisión es una circunstancia excepcional donde sucede otro proceso de purificación. No se sabe cuándo después de la hermética y disolvente pieza, del marcharse y no mirar hacia atrás durante veinte años, Satie olvidó a Suzanne. Ustedes fueron para mí peldaños, y los he sobrepasado a todos, pudo haber dicho repitiendo a Nietzsche, su también solitario contemporáneo.
Este escritor asimismo ignora si el autor de Las Gymnopedias, creador de un estilo definido como claro, conciso y también humorístico, precursor de las vanguardias dadaístas y surrealistas, compuso música durante su reclusión. El don creativo de la normalidad y su lógica afirmarían que sí. Pero siendo el retiro y la reclusión un movimiento alterado podría pensarse que tal vez no, que la música cesó ante un voto de silencio.
Los renunciantes simplifican. Veinte años de estar voluntariamente confinado y mirar lo mismo y hacer lo mismo llevan a otro estado de conciencia. Y tanto tiempo, a otra escala, queda previsto en la misma duración exasperante de Vejaciones. “Quien quiera saberlo, que se quede veinte años con nosotros”, dijo el abad del monasterio al principiante. Satie se quedó ese tiempo consigo mismo, su monasterio en él.
Acaso lector de Montaigne, Satie siguió los métodos del ensayista en su torre. Como los animales, borró su rastro fuera de su guarida (“Escóndete, o no te enterarás de nada”, advierte un consejo sibilino). Dejó de importarle lo que el mundo hablara de él para atender cómo hablar consigo mismo. Se retiró a su interior pero antes se preparó para recibirse a sí mismo, pues no puede conseguirlo quien no sabe gobernarse. Ya había fallado en compañía, así que ahora no quería hacerlo en soledad.
Para estar consigo mismo, como diría el clásico, le bastaron sus propios pensamientos. Siempre hay variables en cualquier cuestión.
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El arte del taichí

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
Hace más de dos décadas, quien esto escribe comenzó a tomar clases de taichí con el brasileño Claudio Romanini –discípulo del maestro brasileño Wong–. Uno de mis compañeros era Martín Hernández Ponzanelli –hijo de Efrén Hernández, el autor del espléndido relato «Tachas» y mentor de Juan Rulfo–. Cuando Claudio se fue a vivir a Tepoztlán, Martín tomó sus clases y me convertí en su discípulo. En 2012 publicamos Suspendido del cielo: el arte del taichí (Samsara). A la fecha sigo siendo su amigo y discípulo.
En aquel libro intenté definir el arte del taichí a través de 15 conceptos/movimientos: Veamos.
I. LA LENTITUD. Mientras más lento se ejecuta el movimiento, más consciente es. Martín es capaz de detenerse para hacerme ver el pequeño detalle que se me ha escapado al hacer la forma. No hay prisa y no se avanza de manera sistemática. De repente, se da un salto en la percepción. II. EL EQUILIBRIO. Si estoy en mi centro, nada ni nadie me puede mover. El taichí no es una práctica ascética, aunque se lleva bien con la contención. En sentido amplio no hay nada prohibido, mientras no nos saque de nuestro centro. III. LA MIRADA INTERIOR. Al observar nuestros movimientos erróneos o acertados, aprendemos a vernos a nosotros mismos. La mirada interior poco a poco da lugar a una nueva seguridad. La expresión se da entonces naturalmente. IV. LA EXPRESIÓN INDIVIDUAL. Si bien hay una forma, es decir, una secuencia de movimientos establecida hace miles de años, cada practicante es un individuo y, como tal, hará de la sonrisa, de un beso o de un apretón de manos un acto único. V. LA NATURALIDAD. Para el budismo zen, la caligrafía y el tiro con arco sólo se pueden dominar cuando se alcanza la máxima naturalidad. Sólo cuando no se piensan las cosas en el momento de hacerlas es cuando salen bien. Vi. LA OBJETIVIDAD. «Conócete a ti mismo», decía Sócrates. Si hicimos bien un movimiento o una secuencia es un hecho, si lo hicimos mal, es un hecho también. Se trata de alcanzar una objetividad sin juzgar y sin engañarnos. VII. LA ATENCIÓN. El centinela sólo puede serlo si no se distrae o se queda dormido o ensimismado en sus pensamientos. Estar atento es, como en la posición inicial, estar disponible ante la vida, listo para reaccionar. VIII. LA INTEGRACIÓN. «Conectados al cielo». Somos cada quien un «uno» que forma parte de un «todo». Gracias al desarrollo de la atención, la objetividad y la naturalidad, el practicante puede alcanzar una percepción cercana a la felicidad. IX. LA SONRISA. La práctica del taichi se realiza con una sonrisa. Esa sonrisa no es fingida, es una actitud, un estado de ánimo, una disposición, el comienzo de una acción. X. LA DIGNIDAD. Martín recalca, clase tras clase, la importancia de una actitud displicente, en mis palabras, de una actitud digna. El practicante no está sujeto a la aprobación o rechazo de los demás, porque el único reconocimiento al que aspira es el que se otorgue a sí mismo. XI. AQUÍ Y AHORA. El taichí se conjuga en tiempo presente y en cada secuencia nos recuerda la inexistencia del antes y del después. Si hice mal el movimiento, no lo puedo corregir, aunque sí puedo volver a hacerlo. Y si lo hice mal, nada garantiza que lo vuelva a hacer en forma equivocada (ni que lo haga bien). XII. EL ARRAIGO. La postura inicial es la de un individuo «colgado del cielo» con «los pies en la tierra». Es fundamental la importancia que da la práctica al estar con los pies bien plantados en el suelo. XIII. LA SABIDURÍA. Sabio es aquel que sabe lo que no sabe, que sabe lo que no es. El taichi no se propone formar hombres sabios. De hecho, no se propone nada. Sin embargo, vuelve mejores a quienes lo practican: más compasivos, más tolerantes, más generosos, menos aprensivos, iracundos y torpes. XIV. LA ESPONTANEIDAD. Ser espontáneo es no cortarse las alas antes de volar. ¡El taichi es la danza! Lo sabía Zorba, el griego. Sabía también que la espontaneidad y el baile se disfrutan mejor en medio de la amistad. XV. LA AMISTAD. Martín Hernández Ponzanelli ha sido mi maestro, no sólo de taichí, sino un maestro de vida. A sus 83 años, es un espléndido ser humano y yo, amigos de Morfemacero, le doy gracias por haberme enseñado la forma, movimientos para la vida que en cada secuencia generan belleza infinita.
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Alejandro frente a Ecbatana (Homage à Berlin)

Colaboraciones
Eduardo Subirats
El Internationales Congress Centrum de Berlín no es hoy noticia. Se inauguró en 1979. Su diseño arquitectónico exacerbaba retóricamente sus componentes tecnológicos supermodernos, y los elevaba a una escala futurista y monumental. Su perfil puede considerarse como una emulación ciclópea de las naves espaciales de science fiction, lo que tampoco puede considerarse hoy como una novedad. Debe añadirse que, desde su apertura, este centro ha abrigado a cientos de miles de visitantes en torno a multitud de conferencias, congresos y convenciones. Pero eso constituye asimismo un atributo inespecífico. Sólo la conclusión de estas tres características posee una dimensión más política y polémica. El ICC fue elevado a escaparate privilegiado para los espectáculos culturales de Berlín occidental durante la Guerra fría.
Pero el senado de Berlín había aprobado la instalación de una escultura frente a la fachada principal del ICC que, en un concurso de participación limitada, se adjudicó al escultor francés Jean Ipoustéguy. Su título: Alejandro frente a Ecbatana. La obra que Ipoustéguy decidió instalar frente a la fachada del Center era una versión ampliada de la escultura que había realizado en 1965 bajo el mismo título.
Ambas versiones representan, en una poderosa escultura de bronce en la que se pueden percibir las masas y el dinamismo expresionistas de Rodin, a Alejandro Magno entrando en la ciudad persa de Ecbatana al frente de un vehículo indefinido, que tanto puede asociarse con los antiguos carros de combate griegos o persas, como con los aparatos hipertecnológicos de nuestras guerras postmodernas. La expresión del monarca macedónico al mando de este carro de combate es decidida y firme. Sus brazos y manos se abren en un gesto violento, al mismo tiempo defensivo y agresor. La metáfora no podía ser más apropiada para la forma y el fondo de aquel centro de congresos en Berlín Occidental de aquellos años. Alejandro representaba un sujeto histórico ideal que lideraba la capital dividida y decapitada en su esfuerzo por conquistar un espacio cultural y político internacional que subrayase la preeminencia de Occidente, contra un Oriente que lentamente despertaba de sus letargos coloniales.
Formalmente hablando esta obra radicaliza el expresionismo realista de Rodin por lo menos en un aspecto: allí donde el dinamismo de sus figuras mantiene una fluida tensión entre la forma plástica y las emociones humanas, en las esculturas de Ipoustéguy, por el contrario, las masas y el movimiento detienen instantáneamente su dinamismo expresivo en la rigidez hierática de sus miembros y en una corpulencia compacta. La misma constelación la había subrayado ya Ipoustéguy en otras obras suyas. Esta interrupción y cesación del tiempo, este instante congelado en la figura escultórica parece haber sido, más bien, una de sus obsesiones artísticas.
Es un diálogo y al mismo tiempo entraña un conflicto entre el poder y la muerte constitutivo del héroe occidental clásico. Sin embargo, el héroe griego siempre contempla la eternidad. La propia etimología del significante hero remonta a este tiempo fuera del tiempo vivido ritualizado en los entierros de hombres poderosos, mientras que esta representación postmoderna del héroe, o sea el Alejandro de Ipoustéguy, podría definirse como un tiempo detenido y un espacio vacío. Pero estas características, el impulso detenido, la agresión congelada, el instante puntual en el que la velocidad, por sí misma, se paraliza, con todos los síntomas anexos de pasividad ataráxica, mutismo y autismo, no solamente describen conceptualmente la escultura de Ipousteguy; son también o sobre todo metáforas por antonomasia de nuestro presente histórico: una velocidad vertiginosa detenida en el tiempo, un poder que colapsa en el mismo instante de su implosión, y una existencia confrontada con el abismo de crisis climáticas, guerras, catástrofes sociales que afectan a millones de seres humanos, y la detención del tiempo vital por el logos y las logísticas industriales.
Ipoustéguy representa a un Alejandro Magno, en el apogeo de sus sucesivas victorias y conquistas militares, cuando se instaura, precisamente en Ecbatana, como “Rey de Asia”, de acuerdo con las crónicas de Plutarco. Pero su composición formal no substantiva la figura de un conquistador y héroe, sino que lo revela a través de una tensión interna y altamente expresiva entre la acción y la pasividad, entre la voluntad de poder y el vacío, y entre la vida y la muerte. Por el contrario, El pensador de Rodín posee una unidad plástica y su dinamismo es fluido y continuo. Su Pensador contempla la infinitud del espíritu en su mirada volcada hacia su propia interioridad conflictiva y dinámica.
Dónde esta tensión dramática de la escultura de Ipoustéguy se pone de manifiesto de manera más intensa es en el rostro de Alejandro. Su aspecto escultórico es violento y hasta monstruoso. En realidad, no estamos frente a un rostro, sino frente a una máscara. Una máscara acorazada y una triple máscara, dividida y fragmentada. Sus múltiples ojos son ciegos como los de un robot. La armadura que protege su cabeza, y su propio tronco y extremidades muestran las huellas de las heridas y contusiones que le han infligido sus campañas de expansión y conquista. Sus gestos al mismo tiempo agresivos y endurecidos otorgan al conjunto una expresión no solo amenazadora, sino incluso siniestra.
La selección de la obra de Ipoustéguy para el ICC se decidió en nombre de su “contribución al progreso” y su incentivo al “atractivo de la ciudad de Berlín”. Sin embargo, en los años siguientes a su inauguración, Alejandro frente a Ecbatana fue debatida y cuestionada con relativa frecuencia. En aquellos años yo vivía en Berlín y sólo consigo recordar dos objeciones que directamente cuestionaban el ser o el no ser de esta obra. Eran, sin embargo, dos críticas completamente triviales. Una es la monumentalidad de la escultura y su centralidad, que, efectivamente, ocupaba la cabeza del eje longitudinal de ese simulacro de nave espacial del ICC.
El segundo motivo esgrimido por la prensa tenía que ver con su “historia”. Ecbatana fue la capital de los Medas y una ciudad legendaria por sus fortificaciones de siete murallas concéntricas en torno a su palacio real y su celebrado tesoro de oro, plata y piedras preciosas. “Hay siete círculos – escribió Herodotus en su Historia –, el palacio real y sus tesoros se levantan en el último de ellos”. Su construcción ponía de manifiesto el amplio desarrollo de las matemáticas y la geometría, así como de la astronomía y la astrología en las culturas persas del primer milenio antes de nuestra era. Pero estas dimensiones científicas y cosmológicas no parece que tuvieran un significado simbólico relevante para los objetivos culturales y políticos del ICC. Por otra parte, de acuerdo con estos argumentos, las campañas militares de expansión del imperio de Alejandro en Levante, Babilonia, Egipto, Persia e India no eran una metáfora adecuada para representar la vitalidad cultural y política de Berlín occidental, cuando Berlín era una ciudad militarmente dividida y políticamente decapitada.
Por otra parte, cuando Alejandro entro en Ecbatana el año 330 antes de nuestra era, esta ciudad era la última fortaleza en los confines orientales del inmenso imperio militar macedonio. Fuentes históricas testimonian, además, la destrucción de la ciudad y su palacio por el ejército de Alejandro, el saqueo de sus tesoros y el expolio de sus habitantes, que finalmente fueron vendidos como esclavos y esclavas. Toda esta constelación política no podía ser aceptada por la buena conciencia occidental en Berlín: la ex-capital europea en la frontera oriental de la Guerra fría en 1979.
No por más banales ambos argumentos fueron menos efectivos y, en 2005, el propio Ipoustéguy decidió o simplemente aceptó cancelar oficialmente el título de su Alejandro frente a Ecbatana y substituirlo por otro menos polémico. En el mismo lugar que ocupaba el primer europeo “Rey de Asia” se colocó un abstracto y genérico sujeto “humano”, y un brumoso concepto de civilización y de ciudad: “El humano construye su ciudad” (“Der Mensch baut seine Stadt”).
No es preciso ser un diplomado en historia del arte para poder constatar que en el conjunto escultórico de Ipoustéguy nada habla en favor de este nuevo título. Para comenzar, la tosca y belicosa corpulencia del héroe no podía representar a un ser humano ideal. Ipoustéguy dio a Alejandro la figura de un guerrero y líder agresivo. Sus brazos se levantan con una expresión violenta que sugiere el ataque, la usurpación y el dominio. El vehículo a su frente puede interpretarse como un carro de combate, pero también como las catapultas que el ejército de Alejandro utilizaba en sus asaltos a ciudades fortificadas. Por lo demás, nada en esta composición hace alusión a algo que pueda designarse como “construcción de una ciudad”.
Pero lo que todavía hacía esta suplantación de Alejandro Magno por un “ser humano” menos convincente era la propia figura del héroe. El casco que protege su cabeza es unívocamente militar y su diseño es moderno. Es también un casco agrietado y corroído para poder representar fidedignamente el furor y la dureza de las batallas. Bajo este grave y ostentoso casco el escultor había tallado una máscara humana de expresión todavía más amenazadora. Su rostro partido en tres segmentos abandona el formalismo multiperspectivista de Picasso en favor de un rotundo realismo expresionista. Representa un espíritu violentado y violento; y agresivo al mismo tiempo que torturado; y es un rostro y una conciencia divididos.
El catálogo de la exposición miscelánea de las obras de Ipoustéguy, que tuvo lugar en Berlín aquel mismo año de 1979 en que se inauguró el ICC, publicó una entrevista en la que el escultor explicaba sucintamente su intención artística. Ipoustéguy comenzaba señalando el proceso formativo, y por tanto la constitución psicológica, política y existencial del sujeto de la dominación en los imperialismos tanto antiguos como modernos. Sus palabras eran elocuentes: “El conquistador siempre acaba herido por su propia conquista. En la medida en que conseguimos poder, en esta misma medida decaemos interiormente… (el conquistador) es asimilado completamente por su propia conquista”. Creo que no puede resumirse de una manera más clara las paradojas de la vida de Alejandro Magno: poder y decadencia, y una conquista que transforma al héroe o sujeto de la dominación y lo acaba derrumbando interiormente.

Jean Ipoustéguy, Alejandro frente a Ecbatana (ICC, Berlin, 1979)
De todas formas, en 2005, todos los vínculos simbólicos, todas las imaginables asociaciones metafóricas e incluso la conciencia política que eventual y esporádicamente el público berlinés hubiera podido tejer en torno a la constelación “Alejandro frente a Ecbatana” se habían evaporado. Nadie podía entender en el nuevo milenio aquella representación de un héroe militar y mitológico desde la perspectiva de un multiculturalismo neoliberal, las performances electorales o las lingüísticas postmodernas de la ambigüedad y la ironía. Y nadie podía entender la relación existente entre el héroe histórico y mitológico por excelencia del imperialismo occidental y la construcción técnica de una ciudad, por mucho que esa relación sea en sí misma interesante. Mucho menos podían los berlineses y las berlinesas descubrir la relación de esa construcción de ciudades bajo la expresión más bien violenta de ese héroe guerrero. En fin, el aura de la incomprensibilidad y la impopularidad de esta obra creció por momentos. Para empeorar las cosas ya habían pasado largos años desde su inauguración y la escultura requería una reparación y un mantenimiento costosos.
Un periodista berlinés escribió sarcásticamente aquel mismo año: “El senado de Berlín solo tiene una elección: o bien conservar la escultura de Ipoustéguy como obra de arte, o bien desmontarla y depositarla en cualquier lugar a título de chatarra.” Se practicó la segunda opción.
1 Ipoustéguy (Staatliche Kunsthalle Berlin, 1979) p. 114.

