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Carta sin sellos

Ta Megala
Fernando Solana OlivaresTécnica de escritura automática: cualquier asociación mental se traslada a las palabras, cuidando y a la vez descuidando que hagan sentido.
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Ya todo está pero no todo aparece. Sin embargo los centros de ingeniería social que diseñan los contenidos mediáticos muestran planes que pudieran aplicarse colectivamente como si sólo fueran ficciones, una delirante imaginación que entretiene.
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Antes los artistas eran las antenas de la raza, hoy aquellas premoniciones son exhibidas en el volátil y universal reino de la imagen: la Matriz.
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Los hindúes consideran el velo de Maya del mismo modo: nuestra percepción percibe de un modo no correspondiente con lo que verdaderamente hay en y detrás de lo percibido. Las sombras de la caverna platónica que antes se supieron irreales hoy se consideran la única posible realidad.
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Breton redescubre el milagro cotidiano (era una de sus obsesiones, cuenta Eliade en su diario), actitud familiar a las sociedades ‘primitivas’.
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Y dicen que hay que ser solidario con el momento histórico. Eliade acepta esto pero advierte que intentará responder como el Buda y Sócrates: superando sus momentos históricos, creando otros o preparándolos.
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Aunque también piensa en Goethe, quien nunca se resintió de su carga histórica, la vivió íntegramente sin dejarse vivir por el tiempo, sin amargarse o ser aplastado por el pasado, por la historia. ¿Podría ese príncipe del pensamiento hacer lo mismo ahora en la posmoderna edad oscura?
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Una fuente de las corrientes conspirativas asegura que tanto Huxley como Orwell conocieron previamente, pues les fue mostrado, el modelo de esas sociedades deshumanizadas que describieron. Hacerlo fue una advertencia que nadie escuchó.
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Y, sin embargo, hay que resistir. Cincuenta años de programas militares “intensos y crecientemente destructivos para comprender y controlar la atmósfera superior” van más allá del medio ambiente. Científicos independientes y la Duma rusa han denunciado que tales programas son capaces de dañar la mente de poblaciones enteras utilizando ondas de muy baja frecuencia. Se entiende la sobre socialización mediática de los zombis.
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La verdad se oculta en los rincones más insospechados. Está debajo de las cosas y no arriba. “Entre pucheros anda el Señor”, decía Santa Teresa. No se refería al llanto contenido (aunque también) sino a los alimentos humildes, a la sencillez de lo inmediato. Ser tiene menos letras que parecer.
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De la preceptiva budista. Las tres raíces del mal: el autoengaño, la avidez y el odio. Las tres raíces del bien: el autoconocimiento, el desapego, el amor. Los factores de iluminación: la atención, la energía, la indagación de la realidad, la energía, el gozo, el sosiego, la concentración, la ecuanimidad. Una ciencia simple del espíritu.
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Anoche soñé con mi maestro Juan Rulfo. Al saludarlo retenía mi mano entre las suyas. Signo perentorio: El espejo va. Un sueño parecido tuve antes con Sergio Pitol. Entonces escribo. Avanzo y aparece la luna. Me transfiguro. La sorpresa surge. Y la luna habla.
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El Dalai Lama VII dijo: Examina con detenimiento y contempla profundamente la gente y las cosas que aparecen a tu alrededor. Todo se halla en constante fluir. Todo se convierte en maestro de lo efímero.
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El principio del placer freudiano, divisa y definición de la modernidad, clausuró definitivamente el mundo sagrado cuya erosión se inició trescientos años antes. Aquellos principios de la comprensión y la participación que lo caracterizaban quedaron olvidados. El Fausto de Goethe lo anuncia cuando Fausto exclama: “¡Detente, instante, eres tan hermoso!”
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Trágicas paradojas del Renacimiento y sus anhelos utópicos de emancipación humana. Del individualismo a la masificación cosificante donde la persona es un número; del naturalismo a la mecanicidad tecnológica, reino autónomo e incontrolable; del humanismo a la escalofriante deshumanización de estos días.
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Función olvidada del ser humano: cumplir como mediador entre el Cielo y la Tierra, custodio de la creación. Escribió un pensador antimoderno que el efecto de toda civilización llevada al extremo es la sustitución del espíritu por la materia y de la idea por la cosa.
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Ser un yo, enseña Huxley desde la Filosofía Perenne, representa el pecado original, y morir para el yo en sentimiento, voluntad e intelecto es la virtud final que todo lo abarca. Otra vez los poetas: “—Si su casa ardiera, ¿qué salvaría? —El fuego”.
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En el infierno de lo igual, como caracteriza a la época, Byung-Chul Han observa que Eros y depresión (“una enfermedad narcisista”) son opuestos entre sí. El Eros, el amor, arranca al sujeto de sí mismo y lo conduce fuera, hacia el otro, el otro otro, el otro atópico. En cambio, la depresión hace que se ahogue en sí mismo.
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Lo sagrado no es un atributo de la persona sino todo eso que en ella es impersonal. Místicos como Simone Weil tienen por objeto conseguir que no exista en su alma “parte alguna capaz de decir yo”. Entonces alcanzan aquella parte del alma que dice nosotros.
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Hace años un rayo mató a Figo. Supe entonces que lo tomaron los dioses.
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Borges y Rulfo: Un encuentro de brevedades

Textos sin permiso
Floyd Hemlock
Jorge Luis Borges visitó la Ciudad de México en 1973. Amable, accedió a todos los “impiadosos compromisos” que, según sus palabras, “confundían a un modesto autor con un pésimo actor”. De la breve entrevista que sostuvo con Luis Echeverría se sabe poco. El extinto periodista colombiano le preguntó meses después por la impresión que le causó el mandatario. A lo cual Borges respondió: “Nunca me tome en serio. Pero si ese es el presidente, prefiero no imaginar al gobierno”. A su llegada al país, el escritor argentino pidió un favor a sus anfitriones. Quería hablar con Juan Rulfo. Le sugirieron entonces un desayuno. “Pido clemencia —respondió—. Prefiero los atardeceres. Las mañanas me derrotan. Ya no tengo el brío ni las fuerzas para entregar al día lo que se merece. Hoy el crepúsculo me sienta mejor. Sólo quiero conversar con mi amigo Rulfo”.
Reproducimos la conversación sin reclamo alguno de precisión. Las fuentes son demasiado vagas para permitirlo.
Rulfo: Maestro, soy yo, Rulfo. Qué bueno que ya llegó. Usted sabe cómo lo estimamos y lo admiramos.
Borges: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos “maestro”, dígame Jorge Luis.
Rulfo: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.
Borges: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.
Rulfo: No, eso sí que no. Juan, cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.
Borges: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?
Rulfo: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.
Borges: Entonces no le ha ido tan mal.
Rulfo: ¿Cómo así?
Borges: Imagínese, Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.
Rulfo: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.
Borges: Le voy a confiar un secreto. Mi abuelo, el general, decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro, secreto. Sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala.
Rulfo: Así ya me puedo morir en serio.
De Fractal número 1, abril-junio 1996, pp. 159-160
Borges y Rulfo: Un encuentro dilatado de brevedades. En voz de Fernando Solana Olivares. -
Ciego en Gaza

Colaboraciones
Jorge Pech Casanova
Preguntad por el gran libertador ahora
y lo hallaréis en Gaza ciego y en la noria con esclavos,
en cadenas él mismo bajo yugo filisteo;
y aun así, no pongáis en duda
la predicción divina; que si todo vaticinio
se hubiese consumado por mi propia falta,
¿a quién me quejaré sino a mí mismo?Samson Agonistes, John Milton
El 7 de octubre el grupo Hamás atacó por sorpresa un festival en el que se congregaron a escuchar un concierto miles de jóvenes israelitas. Un grupo de cincuenta tiradores abrió fuego y mató a más de 260 personas. Luego, tomaron rehenes entre los sobrevivientes. El ataque desató una guerra en la que el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha prometido convertir Gaza —la capital palestina— en “una ciudad en ruinas”. Por su parte, el ministro de defensa Yoav Gallant ordenó “un asedio completo de la Franja de Gaza. No habrá electricidad, ni alimentos, ni combustible, todo está cerrado”.
Nuevamente una acción criminal islámica genera una guerra brutal en la que las personas pacíficas de uno y otro bando están en riesgo. Los enfrentamientos entre árabes e israelíes no cesan desde que en 1967 Israel ocupó el territorio palestino de la franja de Gaza, y aunque los hebreos abandonaron ese terreno en 2005, la comunidad internacional sigue considerándolo ocupado por el bloqueo militar que mantienen Egipto e Israel.
Ahora Hamás, la agrupación bélica palestina que ocho naciones del mundo consideran terrorista, ha exterminado a más de 260 personas inermes en su acción sorpresiva, y secuestró a más de cien rehenes, incluidos una ciudadana y un ciudadano de México. Además, otras 21 personas, todas procedentes del estado de Campeche, así como seis gimnastas mexicanas, quedaron atrapadas en Israel a causa de la guerra.
Los secuestradores han advertido que matarán a rehenes en represalia por los ataques israelíes a Gaza, que ya han causado más de 500 víctimas mortales y cerca de tres mil personas heridas entre los palestinos que viven en esa ciudad.
Ante esa crueldad de ambos bandos, es prudente que el gobierno mexicano haya evitado exacerbar la violencia de Hamás, dado que pudo poner en riesgo la vida de al menos tres connacionales que estaban desaparecidos tras los ataques. Un joven de padre mexicano ha sido localizado, pero las otras dos personas continúan sin aparecer, posiblemente en manos de los partidarios de Hamás.
Establecer un puente aéreo humanitario para rescatar a ciudadanas y ciudadanos mexicanos en Israel es otra medida sensata y necesaria del gobierno. Mientras nuestros connacionales continúen atrapados en la nación en guerra, todos los esfuerzos posibles deben hacerse para devolverlos a nuestro país a salvo, e inclusive sería muy saludable que las personas de nacionalidad mexicana que se han establecido en Israel sean apoyadas para resguardarse en México temporalmente, junto con sus familiares israelíes, en lo que dura el nuevo conflicto bélico.
La Secretaría de Relaciones Exteriores informa que alrededor de 300 mexicanos residen en Israel. La mayoría son personas que merecen apoyo humanitario, aunque hay también individuos que han escapado de la justicia de nuestro país huyendo a la nación hoy en guerra, como el ex policía torturador Tomás Zerón y el depredador sexual Andrés Roemer. ¿Qué pasará con estos delincuentes? ¿Preferirán arriesgarse a morir o se sumirán en un refugio antibombas para escapar una vez más a todo riesgo?
Israel es un país donde todas las familias están obligadas por ley a contar en sus hogares con un refugio contra bombardeos, me cuenta una amistad cuya hija reside en ese país. Eso dice mucho de la terrible situación que sostiene el pueblo israelí debido a su interminable guerra contra los palestinos y otros pueblos árabes. La continua amenaza de guerra es una condición que el pueblo hebreo ha de sobrellevar, quizá en mejores condiciones que sus vecinos y enemigos palestinos, pero no es un consuelo que unos refugios sean mejores que otros.
Mientras se aclara el destino de las personas secuestradas por Hamás en Israel, lo prudente en México es pedir por la paz y el cese de combates en la franja de Gaza. Al día siguiente al ataque, un grupo de oportunistas opositores al gobierno mexicano no halló mejor cosa que hacer que condenar a Hamás, sin importarles poner en riesgo con sus declaraciones a los rehenes que tienen nacionalidad mexicana. Al mismo tiempo, urgían a la presidencia de la república a sumarse a los partidarios de Israel, sin pensar en los rehenes de nacionalidad mexicana en poder de los islamistas.
En una eventualidad tan inestable y explosiva como la del atentado terrorista contra el festival israelí, que al parecer fue propiciada por un sospechoso descuido en la política defensiva del régimen de Netanyahu, y ante las promesas genocidas de este halcón, sólo cabe pedir por la paz.
Mientras nuestros connacionales corran peligro en el país bajo fuego, lo mejor es rogar porque nada peor les suceda. Y demandar el fin de la guerra que se reactiva ahora con retorcida violencia, justo cuando se ha cumplido medio siglo de la polémica guerra del Yom Kippur. Son días apocalípticos, en que hasta las palabras imprudentes pueden resultar letales.
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Ante el final otro comienzo

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
“Lo que necesitan los radicales en este momento —escribió Thomas de Zengotita en 2003— no es acción sino teoría”. Con esta cita finaliza un libro necesario de Morris Berman, Edad oscura americana. La fase final del imperio (Sexto Piso, México, 2007), que completa la indagación ensayística hecha por este autor sobre las causas y los efectos de la crisis terminal del imperio global anglosajón y de su hegemonía política, económica y mental planetarias, iniciada en un volumen anterior tan indispensable como éste para comprender el “colapso extrañamente energético”, la sombría condición de la tardomodernidad: El crepúsculo de la cultura americana (Sexto Piso, México, 2002).
Ser radical, afirma Berman, es buscar otra cosa, otra perspectiva diferente al mundo actual, una vida auténtica, aun cuando no se sepa bien a bien todavía de qué estará compuesta. “Mi creencia personal es que no hay forma de mantener la edad oscura a raya; todas las pruebas apuntan a esa dirección”, reconoce. Confía sin embargo en el esfuerzo personal, así sea minoritario, como único recurso para librarse interiormente de la enajenación de la Mente Colectiva patrocinada por la cultura de las corporaciones transnacionales y las nuevas tecnologías, del McWorld impuesto a escala global como un “totalitarismo por default”,para renunciar a la religión mundial del consumo y la adoración del dinero, su única deidad. “Entonces lo que se necesita es estudio y pensamiento a largo plazo, en un esfuerzo por concebir alguna alternativa seria […], proyectos para una época mejor, quizá, y en algún otro sitio.”
Las condiciones que definen ese esfuerzo posmoderno, modesto y abarcante, individual y propio de la memoria colectiva, pueden encontrarse ya en un fragmento del erudito Gershom Scholem (empleado como epígrafe del canónico libro de José María Pérez Gay, El imperio perdido): “Cuando Baalschem tenía que enfrentar una tarea difícil, una obra secreta en beneficio de los hombres, se daba cita en un rincón del bosque, encendía el fuego, se concentraba en la meditación, decía las oraciones y todo se cumplía. Una generación después el Magidd de Meseritz quiso hacer lo mismo y fue al rincón del bosque. ‘No podemos encender el fuego —dijo— pero diremos las oraciones’, y su voluntad se cumplió sin contratiempos. A la siguiente generación, el rabino Moshé Leib de Sassov llegó al rincón del bosque y anunció: ‘No podemos encender el fuego y hemos olvidado las oraciones, pero conocemos este rincón y será suficiente’. Y en efecto fue más que suficiente. Ya en la última generación, Israel de Rischin se sentó una tarde en la silla dorada de su castillo y reconoció: ‘No podemos encender el fuego, ni decir las oraciones, ni llegar al rincón del bosque; pero podemos contar la historia’. Y su historia tuvo el mismo efecto milagroso que los tres rituales anteriores.”
Contar la historia, elaborar una narrativa propia que explique al individuo en un contexto que no ocurre como una fatalidad natural del proceso social sino como una imposición del pensamiento diseñado por el poder económico y sus imposiciones políticas, significa acudir a las verdaderas fuentes de aquella vitalidad humana provenientes de la tradición ilustrada: sano escepticismo, creatividad individual y elección libre. Entre las múltiples referencias que Berman (matemático de origen y luego doctor en filosofía) emplea para demostrar cómo “la cultura corporativa consumista es el equivalente a una especie de ataque nuclear sobre la mente”, sobresale una novela de anticipación escrita por Ira Levin en 1970, This Perfect Day.
Retrato de una sociedad futurista dominada por la ingeniería social de una pequeña élite tecnológica que mediante drogas de reprogramación psiquiátrica ha convertido a la mayoría de la población en satisfechos robots descerebrados, el protagonista de la novela logra despertar del control impuesto, enfrentar a sus detentadores para obtener una existencialidad propia y verdadera, incluso si resulta triste. Su aspiración es simple: “Conocer la verdad”.
La dinámica del colapso es una realidad civilizacional. Pero debe intentarse una transformación de esta “atmósfera de Coliseo” contemporánea donde el entretenimiento, la enajenación y la indiferencia han reemplazado a los valores humanos. Queda conocer la verdad.
II.
El diagnóstico de Morris Berman sobre la época es drástico: no existe escapatoria colectiva a esta forma de vida posmoderna más que un colapso total, no hay forma de que pueda transformarse porque no tiene la voluntad, los recursos y la conciencia para hacerlo. No es capaz de autocorregirse salvo por la vía que suele colapsar a las civilizaciones. Así como todos los cuerpos caen, las civilizaciones también. Todo lo compuesto —seres, mundos, culturas— ha de perecer.
A menos que la naturaleza se interponga o la locura geopolítica se impongan, el sistema derivará hacia una mutación tóxica que Immanuel Wallerstein (El futuro de la sociedad capitalista), citado por Berman, anticipa mediante dos escenarios negativos probables a corto plazo y uno positivo aunque idealista: un neofeudalismo donde se ha abandonado por fin la patológica acumulación por la acumulación, pero en el que habría una restauración rígida de las jerarquías sociales como estabilización política, o un fascismo democrático que divida al planeta en una élite del 20 % y un resto dominado de 80% —Wallerstein indica que ese fue el proyecto de Hitler, quien cometió el error de construir una élite muy reducida.
El tercer escenario es el de un orden mundial descentralizado e igualitario, el cual no dice cómo podrá alcanzarse. Sólo aventura que quizá dentro de cien años veremos este horror socioeconómico (prevaleciente desde el siglo dieciséis hasta la fecha) como un experimento erróneo e inestable al fin superado por formas civilizacionales más estables. No se sabe todavía cuáles, pues la anticipación no vislumbra del todo el diseño global de lo nuevo.
Para el momento actual, aquellos que quieran salvarse nada más pueden hacerlo a través de la comprensión del estado de las cosas. Para la cual resulta indispensable saber cuándo y comenzó. Dos componentes esenciales están en el origen de la tardomodernidad financiera: la derrota de la economía keynesiana y la revolución tecnológica. Esa derrota de un capitalismo que produjo el Estado de bienestar y fomentó en los gobiernos una política de empleo, salud y educación, ocurrió con el unilateral rechazo norteamericano al acuerdo económico internacional celebrado en Bretton Woods el 22 de julio de 1944, el cual estableció un sistema de tipos de cambio más o menos fijos entre las monedas mundiales y controles a la movilidad de capital internacional. Su perspectiva, señala Berman, “se fundamentaba en la protección y el bienestar humano; daba primacía al pleno empleo y a los programas de bienestar social sobre la liberalización de la moneda y del comercio”.
Su autor principal, John Maynard Keynes, había publicado en 1936 su Teoría general del empleo, el interés y el dinero, una alternativa no revolucionaria al marxismo que determinó la economía mundial de la posguerra y produjo hasta 1971, cuando Richard Nixon lo abrogó unilateralmente, “un extraño momento de cordura en el que la protección social prevaleció sobre la lógica de mercado”. El historiador económico David Felix afirma que “ningún periodo de longitud comparable, pasado ni presente, se acerca a la elevada producción y a las tasas de crecimiento de la productividad, a los bajos niveles de desempleo sostenidos y a la equidad en la distribución de la era de Bretton Woods”.
Desde 1947, sin embargo, había surgido un proyecto destinado a la restauración del capitalismo financiero, del liberalismo extremo del laissez-faire sin regulación de ningún tipo, predominante en el siglo XIX y conducente a la Depresión de 1929. Estaba ideológicamente fundado en una escuela de pensamiento económico que consideraba cualquier tipo de intervención estatal o planificación económica como pasos directos hacia el totalitarismo político. Su manifiesto, “extraño y maniqueo”, fundamentalista hasta un extremo neo-religioso, se llamaba Caminos de servidumbre y había aparecido el mismo año que se firmó Bretton Woods. El autor era Friedrich von Hayek, economista austriaco.
Berman recuerda que Keynes alguna vez se refirió a la teoría de Hayek como “uno de los embrollos más escalofriantes que he leído”. Margaret Thatcher, en cambio, sin ningún escalofrío declaró que el libro de Hayek era su Biblia.
III.
El discurso público predominante —una operación ideológica de alcances planetarios que ni siquiera se reconoce como tal— ha consistido, según Morris Berman, en un ensalzamiento de las bondades del capitalismo depredador antikeynesiano, cuya técnica de implantación hegemónica en las mentes y en los corazones de la gente consiste en la invariable repetición de tales supuestas bondades a través de los medios masivos de comunicación e entretenimiento al servicio del pensamiento corporativo internacional, de los gobiernos subordinados a una política económica y social impuesta por los centros trasnacionales del poder, de los intelectuales serviles ante el statu quo y del sistema escolar global. Una saturación orwelliana que hace recordar aquella perspicaz observación del historiador Arnold Toynbee: “es precisamente en la fase de declive de una civilización cuando suena con mayor estruendo el tambor de la autocomplacencia”.
A pesar de su victoria posmoderna (la historia va y viene como las olas de la marea, advertía Vico), el capitalismo depredador neoliberal no resiste ante la razón moral y humana del proyecto keynesiano, adverso al crecimiento económico como un fin en sí mismo porque lo concibe solamente como un medio para crear una forma de vida civilizada, en la cual el dinero deba servir a la humanidad y no al contrario, en el cual el capital financiero deba servir a las metas económicas y no regirlas, como ahora lo hace. Berman recuerda la consideración de Keynes acerca de que el amor al dinero es una forma de enfermedad mental. Esa criminal patología hoy se ha vuelto una ética idiosincrática.
En este sistema del horror económico especulativo —una “extraña dictadura” que se impuso silenciosa e inadvertidamente, como lo ha señalado Viviane Forrester, cuyas características son el megaenriquecimiento de los ricos y el empobrecimiento sistemático de las mayorías planetarias, cuyas constantes intencionales “son la inestabilidad y la volatilidad”, no solamente de los mercados y las economías sino de las sociedades y las personas—, experimentos como el de Bárbara Ehrenreich hecho en 1998 muestran la total inhumanidad del tiempo histórico.
Esta economista trabajó durante tres meses ganando el salario mínimo estadounidense para saber si con tal ingreso era posible equiparar los gastos con los ingresos. “Se requeriría de una palabra mucho más fuerte que disfuncional para describir una sociedad donde unos cuantos comen en la mesa mientras que el resto lame lo que cae al suelo: psicótica, sería mucho más acertada”, concluyó.
La publicidad, esa “retórica de la democracia”, se llena la boca con frases como “el efecto civilizador del mercado”, dice Berman: “Sí, todo esto es muy cívico. Me recuerda una famosa frase pronunciada por Louis Brandeis hace más de cien años: ‘Podemos tener una sociedad democrática o podemos tener la concentración de una gran riqueza en manos de unos pocos. No podemos tener ambas’.” Con el abrogamiento imperial de Bretton Woods y el Consenso de Washington a que dio lugar, la globalización impuesta ya tomó la decisión: “no elegimos la democracia”.
Voces ortodoxas como la del Nobel en economía Joseph Stiglitz (“La globalización parece reemplazar a las viejas dictaduras de élites nacionales por nuevas dictaduras de las finanzas internacionales”), o la del analista Robert Blecker (los volátiles flujos de capital especulativo han alimentado crisis, colapsos y pánicos financieros, mientras la respuesta neoliberal consiste en culpar a las víctimas “al tiempo que insiste en que acepten más políticas similares a las que las han conducido a su situación actual”), dibujan un síndrome de Estocolmo planetario, un mundo al revés donde los oprimidos admiran a los opresores porque creen que alguna vez llegarán al mismo bienestar donde ahora están ellos.
Muchos elementos quedan fuera de esta rápida glosa del análisis hecho por Berman sobre la ley de la selva en esta atroz y espectacular “modernidad líquida”: el papel de la tecnología del microchip, el paradigma de la mercancía, del aparato y la globalización, el dilema entre la libertad negativa y la libertad positiva, las prácticas centrales propias de las escasas personas “de excelencia”, etcétera. Pero encontramos lo que buscamos: el texto sobre la Edad Oscura está a la mano. Su método es: “Sólo relaciona”.
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Elías Canetti. Sus hermanos, sus amores y algo más

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
I. Los hermanos
Elías Canetti (1905-1994), el autor de Auto de Fe y de Masa y Poder, Premio Nobel de 1981, tuvo dos hermanos. El primero, Georg (1911-1971) fue un eminente neumólogo, enfermo de tuberculosis (es a él a quien están dirigidas las cartas de él y de Veza). El segundo, Nissim (1909-1997) que cambió su nombre a Jacques cuando se mudó a vivir a París, fue un exitoso empresario musical que fundó en 1947, en el barrio parisino de Clichy el Théàtre de Trois Baudets, donde se presentaron, entre otros –para algunos los «descubrió»– Juliette Greco, Jacques Breel y George Brassens.
II. Los amores.
La más importante, sin duda, fue Venetiana Calderón -Veza- (1897-1963). Elías siempre admiró su «ojo» literario. Quizá no hubiera volado tan alto sin ella. Se casaron en 1934 para mantener el status de «apátridas». Según parece, ya no convivían eróticamente. Veza, mayor que él 8 años, engordó, era depresiva, tenía problemas de corazón y alentó que Canetti tuviera otras amantes, si bien luego las celaba. Las más importantes fueron Anna Mahler, la hija de Alma Mahler (1904-1988) por quien Elías nombró El juego de ojos al tercer tomo de su autobiografía; Friedl Benedickt (1916-1953), quien murió muy joven a causa del linfoma de Hodgking y sobre quien, con razón o por celos, Veza afirma que Elías le escribió sus novelas Let Thy Moon Arise, The Monster y The dreams, esta última publicada por la editorial Cape, que publicó también en inglés la gran novela de Canetti Auto de Fe. Habría que mencionar también a Marie-Louise von Motesiczky (1906-1996), pintora austriaca nacionalizada inglesa, quien pintó un retrato de Elías que está en la Tate Gallery. Y algunas otras mujeres sin pedigrí que –afirmaba Veza– «lo besaban mucho».
La muerte de Veza en 1963, treinta y un años antes que la desaparición física de Elías, fue un golpe devastador. Era generosa y, al mismo tiempo, depresiva, controladora, insidiosa, con una enorme capacidad de odiar (ella misma lo dice). Hablaba mal de Elías con Georg y al mismo tiempo lo alababa, por su talento como escritor y por su calidad humana. La simbiosis con Elías –paranoico, diabético– me queda claro, no debió haber sido fácil para ninguno de los dos. Debería decir, de los tres, dado que Georg también formaba parte de este muégano sentimental. Como dice la propia Veza, en una carta de 1947 a Georg: «Una relación como la de nosotros tres se ha ido consolidando tras largos años de amor, dolores e ironía, miedo, encanto y un poder mágico tan fuerte que nadie puede destruirla y nadie puede entrar en ella». Por cierto, Elías destruyó las cartas que Veza le envió; se conservan sólo unas cuantas.
Ocho años después de su muerte, Canetti se casó en 1971 con Hera Buschor (1933-1988) quien en 1972 le dio una hija, Johanna Canetti, de la que sabemos solamente que actualmente se dedica a la música.
III. Canetti y su novela Auto de fe.
En 1935 salió esta novela, que lo hizo famoso de la noche a la mañana. Elías firmó unos cuantos ejemplares y se los envió a Hermann Broch, Robert Musil, Alban Berg, Fritz Wotruba, Anna Mahler y Thomas Mann. ¡Vaya lista! En la dedicatoria a su madre, escribió: «A mi madre… un ínfimo adelanto de una deuda impagable». Con el apoyo del gran escritor francés Raymond Queneau, la novela fue publicada en francés y recibió el Grand Prix International du Club Français du Livre (en 1949). Sin duda hay mucho de Elías en Peter Kien, el sinólogo; de Georg en Georges Kien, el psiquiatra; mientras que el lado oscuro de Veza nos recuerda a Teresa, insidiosa y conspiradora.
IV. Elías Canetti, Masa y Poder, Heimito von Doderer y Juan García Ponce.
En 1959 Elías Canetti terminó, después de tres décadas, su libro monumental, Masa y Poder. Juan García Ponce me contó cuando era su escribano –poco después de que le dieran el Nobel a Elías– que Canetti fue a ver a Heimito von Doderer –el monumental autor de Los demonios–, le dio su libro y le dijo que había intentado aprehender el espíritu del siglo XX. Heimito le respondió: «¿Ha matado usted a alguien?» Canetti le dijo que no. Von Doderer replicó: «¿Y qué quiere explicar?»
Sea como fuere, en la última carta del libro, dirigida a su hermano Georg (3 de julio de 1959) le dice: «Estoy más que contento. Sé que con este libro he conseguido una especie de inmortalidad, y si me muriese mañana, no habría vivido en vano. En mi fuero interior sé que nadie ha penetrado tan profundamente en el caos de nuestro siglo».
Termino así el análisis del estupendo libro Veza y Elías Canetti, Cartas a Georg: amor, literatura y exilio en tiempos oscuros (1933-1948), publicado por Galaxia Gutenberg en 2021 sobre la edición alemana, libro que arroja nueva luz y mucha información sobre uno de los grandes escritores del siglo XX: el portentoso Elías Canetti. Gracias por haber leído estas entregas, queridos lectores de Morfemacero.
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Comenzando octubre

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Una leyenda oriental cuenta que un personaje envejeció cien años mientras escuchaba el canto de un pájaro. La vejez no le parecía bien a Leonardo da Vinci. En uno de sus apuntes lo dice: “envidiosa vejez que lo consume todo poco a poco con el duro colmillo en una muerte lenta”. Quien escucha el canto del pájaro envejece de golpe y ello lo salva de sufrir la senectud gradual, esa consumante lentitud desfavorecida. Pero envejece.
Durante sus primeros cinco años Leonardo gozó de un estado de gracia y libertad en medio del campo. Su madre fue Caterina, una hermosa campesina seducida por Piero da Vinci, hijo del notario local. Viven los dos, madre e hijo, en una pequeña casita de piedra que es establo y aprisco a la vez. Mientras ella atiende las labores agrícolas y de la casa el pequeño se queda solo en el huerto, consigna su biografía, rodeado de los numerosos y enigmáticos juguetes de la naturaleza.
El niño se encuentra tan cómodo y confiado que no se asusta ni siquiera cuando un milano llega a su lado y tomándolo por un animal desconocido le roza el rostro con las alas. Durante ese tiempo el único maestro de Leonardo será el entorno físico y de él provendrán las lecciones que darán origen a los hallazgos científicos y plásticos posteriores: la marcha de los insectos en la hierba, el crecimiento de las plantas, los aleteos de los pájaros en el cielo, los juegos de luz entre las hojas de los árboles, las irisaciones de la neblina en el horizonte. Leonardo dirá más tarde a quien le pregunte por su sabiduría que lo esencial lo aprendió de la naturaleza.
Así se encarna el genio. El conocimiento intelectual y la realización estética vendrán a continuación, cuando forzado por las convenciones sociales el padre le abra las puertas de la casa familiar y lo separe para siempre de la bella y vital Caterina, la amorosa madre, tanto como la otra que ha tenido, su maestra la naturaleza, donde se le mostraron los vínculos entre las cosas, sus revelaciones y armonías, el uno en el todo y el método epistemológico que siempre obedecerá: “Sólo relaciona”. Hay seres cuyos vínculos tempranos representan una comunión física y psíquica (“absorción”, le llamaría la filosofía perenne) que expande su conciencia. La diferencia con los demás es que no olvidan esa experiencia.
“Cuanto más grande es un ser, más crece también su capacidad de sufrimiento”, escribió Leonardo en sus apuntes. No había sentimentalismo al afirmarlo, sólo una constatación existencial. Un crítico del siglo diecinueve, Walter Pater, afirmaría que La Gioconda, el retrato de Mona Lisa que Leonardo tuvo siempre consigo y nunca entregó a Ser Giocondo, esposo de la dama retratada y cliente de la obra, era la suma femenina de las fascinaciones sucesivas de los siglos: “el animalismo de Grecia, la sensualidad de Roma, el misticismo de la Edad Media con su ambición espiritual y su amor imaginario”. El crítico sugiere que estamos ante el retrato arquetípico de una diosa. Y una madre además.
Toda la creatividad estética e intelectual de Leonardo se funda en aquellas lecciones de su primera infancia recibidas por el misterioso magisterio de la naturaleza, entidad femenina cuya representación está contenida en la Mona Lisa, sonriente desde la ausencia de tribulación, sin negar los sentidos al tiempo que toda ella es espíritu. La última gran pintura religiosa que se haya pintado, según opina Marcel Brion, no sólo por el genio de su creador sino por el sublime resultado.
Existe un conocimiento despreocupado de la dicotomía significante-significado. Ahora se le llama conocimiento esotérico, pero en el tiempo de Leonardo era un método de interpretación abierto donde el imaginario colectivo percibía la existencia del alma del mundo, de los varios lenguajes de la naturaleza, de la imaginación fantástica, del deseo y la razón que dialogaban entre sí para construir la realidad.
“Yo pregunto…”, es el reiterado método de Leonardo para iniciar sus reflexiones científicas, quien dictó su testamento a un notario en el mes de abril de 1519, días antes de morir un dos de mayo. Su biógrafo anota que la frase “Continuaré”, escrita en sus apuntes, resulta equivalente a la de Goethe: “Ningún ser va a la nada”, una completa confianza de los dos en la inmortalidad del alma. “¿Cuál es tu deber? La exigencia de cada día”, concluiría el poeta de Weimar al pensar sobre el colosal italiano.
Hay seres cuyas obras y significaciones son favorecidas por la fortuna. Alcanzan más porque se preguntan más, como el polímata da Vinci (aquel que aprende muchas cosas, condición renacentista inherente a los abarcantes saberes de entonces), un homo universalis versado en todos los ámbitos del conocimiento. Pintor, anatomista, arquitecto, paleontólogo, botánico, escritor, escultor, filósofo o ingeniero, a cuya búsqueda nada le fue extraño ni ajeno porque el mundo lo había hechizado.
De ahí la enigmática sonrisa de la divina Gioconda, libre de toda restricción.
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La constelación Canetti

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
Seguimos revisando el extraordinario libro Veza y Elías Canetti: cartas a Georg: Amor, literatura y exilio en tiempos oscuros, 1933-1948, publicado por Galaxia Gutenberg a partir de la edición alemana, publicada, ni más ni menos, por el Ministerio de Arte y Cultura de Austria. Es una mina de información, llena de vetas literarias que vale la pena explotar.
I. La lengua española.
Los Canetti eran judíos sefarditas. La primera lengua del futuro Premio Nobel de LIteratura y de su hermano Georges fue el ladino. Al respecto, Elías Canetti, en una carta a Georg del 3 de diciembre de 1945, señala: «Te escribo en alemán, ¿no te resulta desagradable, verdad? Las lenguas posteriores se fueron superponiendo todas, a decir verdad también el alemán; lo que más me gustaba es escribir en español, pero en nuestro propio español antiguo, ríete. Resulta extraño que, durante la guerra, los dos, por separado, hayamos frecuentado la literatura española. Yo quería recomendarte a Gracián, pero también a Quevedo, un autor satírico casi tan grande como Swift. Ahora no pasa una semana en la que no lea un poco de español. Me gustan particularmente los antiguos romances, que están mucho más próximos a nuestra lengua madre española. Y más adelante, cuando llegue a dominar totalmente el inglés y pueda escribirlo como el alemán, tengo la ambición de escribir en español».
Imaginar una novela de Canetti escrita en español: absoluta locura…
II. La bomba atómica.
En La provincia del hombre, su diario, Canetti escribió, al enterarse de la explosión de la bomba atómica sobre Hiroshima: «Lo más pequeño ha vencido, paradoja del poder. Tu ineficacia durante estos mismos años te ha colocado del mismo lado de aquellos que durante el mismo tiempo han estado trabajando para la destrucción». Esta frase me conmovió desde que la leí por primera vez. Su humanismo es conmovedor. ¡Canetti se asume responsable, por no haber hecho lo suficiente! Una lección para todos nosotros…
Ahora bien, el 15 de agosto de 1945 Veza le escribió a Georg: «Tu hermano está de un humor extraño, como sólo puede estarlo un escritor… por la bomba atómica. En efecto, quedó tan apesadumbrado que se negaba a comer y casi no quería seguir viviendo, pues pensaba que la bomba iba a interferir entre su inmortalidad y, quién sabe, la mortalidad misma. Fue una crisis severa. Él cree que la bomba atómica es algo tan avasallador que reduce el efecto avallasador de su gran obra (Auto de Fe). Al final, todo esto tuvo un efecto positivo en su obra, en la que ahora parece trabajar más de prisa, por miedo a que nunca se publique».
III. Canetti, ghostwriter.
Elías, mientras seguía casado con Veza, mantuvo relaciones con diversas mujeres en Inglaterra, particularmente con la novelista Iris Murdoch y con Friedl Benedikt, quien falleció a la temprana edad de 36 años víctima del síndrome de Hodgkin. Lo anterior no sería importante si no fuera porque Veza, porque lo sabía con certeza o porque estaba celosa, afirma que Canetti escribió las novelas de ella y que la ayudó a publicarlas, a pesar -según Veza- de que eran mediocres.
En una carta de Veza a Georg (agosto de 1946), ella le dice: «Él tiene todo el poder del mundo, y de una auténtica nada -me refiero a la mencionada Sebastl, que no es otra que Friedl-, ha hecho una respetable escritora. Porque como ella no tiene tiempo para sentarse con él mientras Canetti le escribe los libros, no hay ningún nuevo libro de él en perspectiva, y tu hermano está desesperado».
Muero por leer los libros de ella, quizá -como afirma Veza- escritos por Canetti, para hacer un estudio comparado y ver si encuentro una impronta literaria de Elías. En el sitio Abe Books de Gran Bretaña se encuentra a la venta, por 632 libras, la primera edición (1950) del libro The dreams, de Anna Sebastian, seudónimo de Frield Benedikt. Veremos si hay algo más o si se tradujo algo en español.
En el próximo Laberinto para los lectores de Morfemacero seguiremos todavía con Veza, Elías, Georg, Iris Murdoch y Friedl Benedikt, «la constelación Canetti».
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Oswald en la casa del twist

Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
¿A los asesinos les cuadran los bailes? Un famoso título de Norman Mailer asienta: Los hombres duros no bailan. Pero la experiencia indica que sicarios temibles pueden ser asiduos concurrentes a sitios donde acuden a bailar y, a veces, a matar. (El caso, por ejemplo, de Luis Adrián González Varona: en un baile en 2014 mató gratuitamente a balazos a tres personas; tras de anunciar por Facebook que se reuniría con sus amigos en otro baile en Iztapalapa, lo arrestaron el 12 de diciembre de 2015 en la calle Chilpancingo, colonia Ermita Zaragoza, de esa delegación.)
Philip Shenon, periodista estadounidense, al seguir la pista del posible asesino de John F. Kennedy llegó hasta un domicilio en la Ciudad de México donde en 1963 bailaban twist conocidos autores, autoras e intelectuales: la casa de Rubén Durán Navarro. Ahí llegaban asimismo extranjeros bailadores. Uno de ellos, al parecer, fue Lee Harvey Oswald, reputado como el solitario verdugo del presidente.
Shenon, en su libro Un acto cruel y perturbador: la historia secreta del asesinato de Kennedy, reseñó la triste historia de uno de tantos investigadores de aquel crimen, el diplomático Charles William Thomas, quien estuvo asignado a la embajada de Estados Unidos en la capital mexicana. Thomas llegó a instalarse en México en 1964 con su esposa Cynthia. Poco después del nacimiento de su hija, en 1965, el diplomático recibió una inesperada denuncia de la conocida escritora mexicana Elena Garro.
Garro informó a Thomas que en un baile en la casa de su primo Rubén Durán (donde intelectuales de izquierda acudían a bailar el ritmo extranjero) se aparecieron en el otoño de 1963 tres estadounidenses. El hombre señalado como asesino del presidente Kennedy era uno de ellos, enfatizó la novelista. El par de individuos que acompañaba a Oswald, abundó, parecían beatniks, los estrafalarios de la época.
Garro y su hija Helena, al presentar la denuncia en la embajada gringa, mentaron a algunos y algunas asistentes al baile. Para empezar, a la hermana de Elena, Devaki, quien dijo que el luego tristemente célebre visitante le pareció flaco, feo y aburrido. Más concurrentes mexicanos delatados por las Garro fueron el dramaturgo Emilio Carballido y otro primo de ellas, hermano de Rubén: Horacio Durán Navarro, quien acudió con su esposa Silvia Tirado Bazán.
Elena Garro inclusive acusó a Silvia Tirado, quien trabajaba en la embajada cubana, de ser amante de aquel joven de 24 años que Devaki Garro halló flaco, feo y aburrido. Tras años de búsqueda, el autor de Un acto cruel y perturbador… entrevistó en 2013 a Silvia Tirado. Le preguntó si había tenido relaciones con Oswald. La mexicana, entonces de 76 años de edad, le contestó con un despectivo “Please!” (aquí acude a la memoria la imagen de Guille, el hermanito de Mafalda, diciendo con concluyente movimiento argentino de la mano: “¡Pod favod!”). Silvia negó cualquier vínculo con el asesinato del presidente.
Ni la policía mexicana ni el FBI creyeron inocente a Silvia Tirado. La interrogaron en varias ocasiones y eso la hizo perder su trabajo en la embajada de Cuba, aunque nunca pudieron probar que se hubiese relacionado con Oswald.
Elena Garro era una mujer brillante y talentosa, acaso más que su ex marido el poeta Octavio Paz, de quien se divorció en 1959. Sin embargo, también era paranoica y calumnió a las personas con quienes se disgustaba, que acabaron siendo casi todas con las que se relacionó. Su acusación contra Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis, Fernando Benítez y numerosos intelectuales más —a quienes señaló como instigadores “comunistas” del movimiento estudiantil de 1968— le atrajo tal repudio que abandonó México poco después de la masacre de Tlatelolco y no volvió sino hasta 1991. Moriría en 1998.
A Elena Garro le encantaba narrar detalles insidiosos sobre las personas a las que conocía, incluyendo a su propia hija, Helena. Sus diarios que orinaban sus incontables gatos —rescatados por la investigadora Patricia Rosas Lopátegui—, abundan en infidencias bochornosas sobre otras personas de su círculo.
Esa afición de Garro por la maledicencia ha llevado al escritor Guillermo Sheridan —máximo vicario del culto a Octavio Paz— a una campaña para descalificar a la autora de Los recuerdos del porvenir, manifiesta en varios virulentos artículos. Por ejemplo, los que dedicó el autor de Frontera norte y otros extremos en la revista Letras Libres a las declaraciones de Garro sobre Oswald. Trata esas acusaciones como delirios de la escritora y su hija.
Sin embargo, en el texto que Sheridan escribe sobre el “agente involuntario” de la CIA Manuel Calvillo (abogado, poeta y editor mexicano), cita documentos de la Agencia (asequibles en el sitio de la Mary Ferrell Foundation https://www.maryferrell.org/showDoc.html?docId=2263#relPageId=11&search=Laurens) que informan cómo el flamante secretario de gobernación Luis Echeverría, a petición de la CIA, mandó detener a Tirado Bazán y su familia el día mismo del asesinato de Kennedy “por denuncia de ‘una prima que no le simpatiza’ y que obviamente era Elena Garro”, recalca el cazador de plagios académicos y literarios.
Pero el propio Sheridan y Philip Shenon concuerdan en que Elena Garro sólo acusó a su prima Silvia Tirado Bazán años después del magnicidio (Sheridan dice que en 1966; Shenon, que en 1965). ¿Por qué, entonces, el recién nombrado secretario de Gobierno Echeverría detuvo a Silvia Tirado y su familia el preciso día del asesinato, 22 de noviembre de 1963, si la acusación de Garro aún no se formulaba?
Este es uno de tantos misterios que envuelven las acusaciones de Elena Garro en el caso Oswald. Cuando la autora las presentó, el jefe de la oficina de la CIA en México, Winston Mackinley Scott, las desechó como invenciones. Pese a todo, el diplomático Charles William Thomas insistió en investigar los dichos de Garro. A Thomas le ordenaron no hacer caso a la mexicana. Después, lo acusaron de fallar en sus deberes y lo despidieron del servicio diplomático en 1969. Vetado para conseguir trabajo, Charles William Thomas se quitó la vida con un revólver en 1971.
Cynthia, la esposa del diplomático, luchó contra las decisiones del servicio estadounidense en el extranjero hasta lograr la rehabilitación póstuma de su marido en 1975, tras comprobar que el expediente impecable del difunto estaba “extraviado” en el de un homónimo. El presidente Gerald Ford —quien formó parte del Comité Warren que investigó el asesinato de Kennedy — hubo de entregarle a nombre del gobierno estadounidense una carta de disculpa y una indemnización a la señora Thomas; además, el Departamento de Estado le dio empleo (algunos investigadores del caso consideraron eso “una cobarde compra oficial”). Desde entonces, Cynthia Thomas sirvió a su país en misiones en el extranjero. Falleció en 1982.
Con todo, las declaraciones tomadas a Elena Garro por Charles W. Thomas siguen sin ser investigadas oficialmente. Se sabe, eso sí, que el pasaporte solicitado a la embajada cubana donde trabajaba Silvia Tirado fue recogido por un hombre que no era Oswald. Acaso ese personaje, quien permanece sin identificar, era uno de los beatniks que Elena Garro vio acompañando al presunto asesino. Acaso a la CIA no le agradó que en México Lee Harvey Oswald bailara twist. La información se la llevó a la tumba Luis Echeverría Álvarez, nombrado LITEMPO-2 por la CIA que le pagaba asiduos sobornos, los cuales Guillermo Sheridan —clasista, pro-derechista y vehemente anti-Garro— pone en duda en sus artículos de Letras Libres.
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