-
La pianista que surgió del trópico

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
Hacia 1935, en la ajetreada población ferrocarrilera de Matías Romero, Oaxaca, los vecinos del matrimonio Guraieb Kuri se hubiesen sorprendido al enterarse de que las frases de piano que escuchaban fluir de ese hogar no las ejecutaba el señor Wadí, conocido por su afición a conciertos, ni su esposa Isabel, también inclinada a la música. Quien prodigaba con el teclado la afluencia de acordes era Rosa, niña de cuatro años de edad, quien seguía las enseñanzas de su hermano de siete años y las observaciones que sus padres les hacían.
La niña Guraieb continuó desarrollando sus habilidades en el piano en aquella ciudad ferroviaria, donde no era infrecuente recibir a músicos de jazz de Estados Unidos contratados por los ingenieros ingleses que dirigían la importante estación de Matías Romero. Alguno de esos músicos itinerantes pudo ser maestro de la precoz pianista, a quien sus padres le procuraban lecciones particulares en cuanto había oportunidad.
Habituada a escuchar ritmos inusuales, a la infante pianista no le era ajena la curiosa visión de un trozo de Inglaterra trasplantado a las tropicales calles de su comunidad: el barrio de los directivos del ferrocarril, construido con altas casas de ladrillos rojos y pisos de duela, edificadas de acuerdo con planos de algún arquitecto inglés. Locomotoras, vagones y aun las vías férreas eran asimismo de fabricación extranjera.
Cuando cumplió nueve años, la familia Guraieb Kuri cambió el paisaje tropical y ferroviario por la, entonces, aún conservadora Ciudad de México. Al Distrito Federal, distinguido por mansiones barrocas, llegó la niña Rosa junto con sus padres y hermano hacia 1939, cuando el Edificio Corcuera, del arquitecto Juan Sordo Madaleno, recién desplazaba al de La Nacional, diseñado por Manuel Ortiz Monasterio, como el más alto de la república.
En tanto las construcciones del Distrito Federal avanzaban hacia las alturas, Rosa Guraieb ingresó al Instituto Nacional de Bellas Artes. En 1946 pudo ver cómo el arquitecto Ortiz Monasterio superaba a su competidor Sordo Madaleno al erigir el edificio de la Lotería Nacional, conocido como El Moro. La urbe empezaba a perder sus aires virreinales y neoclásicos para ubicarse en la modernidad.
Mientras tanto, la adolescente Rosa recibió en 1948 el certificado de Profesora de Primer Grado de Piano. A sus dieciséis años quiso ampliar el título. Su familia la envió en 1949 a El Líbano para tomar cursos de piano, teoría y armonía en el Conservatorio de Música de Beirut.
De vuelta en México, Guraieb ingresó al Conservatorio Nacional de Música en 1950. El movimiento artístico nacionalista ya se había consolidado en la república. La joven tuvo como maestros a José Pablo Moncayo, Salvador Ordóñez Ochoa y Carlos Chávez. Para 1951, el Palacio de Bellas Artes alojó los primeros conciertos que Rosa ofreció como pianista.
Buscando profundizar en sus estudios de armonía y piano, en 1954 la joven tomó cursos en la Escuela de Música de la Universidad de Yale. Para 1956, con 25 años de edad, Guraieb actuó como solista de la Orquesta Sinfónica de México dirigida por Luis Herrera de la Fuente.
Alcanzada su madurez como intérprete de piano, la ejecutante quiso crear melodías propias. Con 31 años de edad, se convirtió en alumna de composición en el Conservatorio Nacional de Música, donde siguió de 1962 a 1965 las lecciones de Carlos Chávez. También acudió a cursos con Rodolfo Halffter, Gerhart Muench, Istvang Lang y Alfonso Elías.
Para completar su aprendizaje creativo, Guraieb participó en los talleres de composición que condujeron Daniel Catán y Mario Lavista de 1977 a 1978 en el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Musical.
En los siguientes años Guraieb combinó sus presentaciones como pianista con labores de composición. Así, desde 1985 fue integrándose a la Liga de Compositores de Música de Concierto de México A. C., a la Liga Internacional de Mujeres en la música Frau und Musik Internationaler Arbeitskreis de Hannover, a la Sociedad de Autores y Compositores de México, así como a la Sociedad Mexicana de Música Nueva.
Partiendo de la dodecafonía y la tonalidad, la compositora fue desarrollando dos líneas principales en sus piezas: escribió canciones cuya letra sencilla es realzada por la sutileza y complejidad de las melodías, como las tituladas Palomita, Lejos, Eres mi destino y Tus ojos, ciclo en el que adaptó poemas de Manuel Gutiérrez Nájera y Octavio Paz. Por otra parte, Guraieb compuso piezas dodecafónicas con las que obtuvo reconocimiento internacional entre 1991 y 2002, como Pieza cíclica, Puerto de Arribo, Espacios, Preludio y Scriabiniana.
En el Séptimo Encuentro Internacional de Mujeres en el Arte, en 2003, la autora e intérprete recibió un homenaje por sus 50 años de actividad musical. La Sociedad de Autores y Compositores de México le otorgó en 2007 su Medalla de Plata y Testimonio en reconocimiento a su carrera musical.
Pese a su desempeño como pianista y compositora, Rosa Guraieb Kuri permanece entre las figuras poco reconocidas de la música mexicana. No tiene la fama de autoras como María Greever o Consuelo Velázquez, a quienes supera en complejidad melódica. Tampoco recibe pleno reconocimiento como compositora de música contemporánea, aunque sus obras dodecafónicas y tonales resonaron en escenarios del extranjero.
En México, el panista Mauricio Nader y la cantante Lourdes Ambriz difunden las obras de Guraieb, junto con otros destacados intérpretes, como Horacio Franco. La nueva generación de ejecutantes y cantantes de música formal integran a sus repertorios las canciones de la compositora nacida en Matías Romero.
Otoño, un disco con sus obras, fue grabado por el sello Urtext en 2005 con la participación de la soprano Lourdes Ambriz, Vincent Touzet en la flauta, Mitzuko Tempaku al violín y Duane Cochran al piano (puede escucharse en las plataformas YouTube y Spotify). En 2012, el disco Rosa Guraieb, Evocaciones, reunió diez canciones y una pieza de piano suyas, interpretadas por el Cuarteto de cuerdas de Bellas Artes; el pianista Nader y el flautista Franco.
Cuando en 2012 le fue concedido el Premio Biblos al Mérito, sus obras en el disco Otoño, en homenaje a la compositora Rosa Guraieb fueron descritas así: “Se trata de una música detallista, confeccionada nota a nota bajo esquemas idiomáticos frecuentemente dodecafónicos pero con una flexibilidad hilarante que permite, al mismo tiempo, dejar fluir el gusto de la compositora por la tonalidad”.
Rosa Guraieb Kuri figura en la International Encyclopedia of Women Composers publicada por Aaron I. Cohen en 1987 con el sello Books and Music Inc. Guraieb es una autora destacada de la música latinoamericana, una de las primeras compositoras de obras sinfónicas contemporáneas en nuestro país, y su legado musical aguarda mayor difusión. La artista falleció en 2014, con 83 años de edad, en la Ciudad de México ya plagada de rascacielos.
-
Ciencia-ficción de la conciencia

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Las cosas que son dadas. Este hombre se aburre. Sabe que esa bruma pegajosa es una consecuencia de su ser consciente, de su hallarse en el mundo, de su condición existencial. Ve la sombra que un rayo de luz magnifica, los objetos en desorden que están sobre su mesa, los pedazos de papel donde anota obligaciones, citas, frases que en su momento creyó esenciales y que pierden su brillo casi de inmediato cuando las vuelve a leer, como ésta, por ejemplo: “…Sólo he tenido una ambición: superar el lirismo, evolucionar hacia la prosa…”. Se pregunta si es gramaticalmente correcto —o lícito, pero la palabra le parece desmedida— transcribir ese fragmento de una frase de Cioran con puntos suspensivos al comienzo y al final. Abandona la inocua idea de inmediato. Otra anotación lo envuelve. Es del mismo autor, escrita en sus cuadernos póstumos, y la aprecia porque la cree también su amargo retrato: “No creo que se pueda llegar más lejos que yo en la falta de inspiración. Un soplo de esterilidad ha devastado mi mente y se lo ha llevado todo, dejándome solo, en compañía de un tropel de pesares”. La acidia medieval, culpa que sabe que es pecado no atender profundamente, después llamada melancolía moderna y hoy aburrimiento posmoderno, lo conduce a la intertextualidad. El hombre coloca debidamente las comillas en la oración, un gesto honorable ante la esterilidad propia: “I felt a funeral in my brain” (Emily Dickinson). Los paréntesis en el nombre de la poeta lucen tranquilizadores. El hombre se aburre. Siente que se celebra un funeral en su cerebro.
Un primer triángulo. La curiosidad, el deseo y la envidia iniciaron la historia, y se conoce el nombre de los primeros actores: Adán, Eva, Caín. La beatitud aburre, la perfección y la mansedumbre también. El hombre piensa en las razones de Pascal: “Sin la diversión caeríamos en el aburrimiento y éste nos llevaría a buscar un medio más sólido para huir de él; pero la diversión nos deleita y así nos hace llegar inadvertidamente a la muerte”. ¿Qué puede hacerse cuando el aburrimiento acompaña la substancia mental de la conciencia al pensar que piensa y así existir porque sabe que está, cuando ninguna diversión deleita y todo entretener sólo conduce a la angustia de estar esperando el final de esa espera? Adán bosteza en el Paraíso e inventa una palabra, ataraxia, para definir la ausencia de curiosidad con que el Creador lo ha regalado: pronto la resolverá. Eva desea que algún acontecimiento turbe la inmóvil elevación del Edén: llegará la serpiente y la hará conocer, nombrar, pensar: luego seguirá el aburrimiento que sobreviene detrás de esa acción. Caín se aburre de envidiar la apacibilidad de Abel: estallará su ira y el tedio del remordimiento será la consecuencia de su filicidio. Este hombre que se aburre —“Si se pregunta a un melancólico acerca de la razón para ser así y qué es lo que le pesa, responderá que no lo sabe, que no lo puede explicar. En esto consiste la infinitud de la melancolía” (Soren Kierkegaard); al escribir estas palabras duda si debe colocar “del aburrimiento” después de “melancolía”; es tan obvia la equivalencia que decide no hacerlo—, este hombre cogita que la única operación salvadora es la que enseña a observar esa sustancia en su origen, al mero aparecer. Contacto, sensación, reacción. De tal manera explica el budismo theravada la tríada operativa del pensamiento, su surgir, su desarrollo y su encarnación fatal: la conducta. Si quiere lograr su dominio, la mente debe verse a sí misma tantas veces como requiera para calcinar los pensamientos que conducen al aburrimiento de la conciencia, al hastío del dolor y la incomprensión, a la desdichada dualidad. Sobre las páginas de un grueso grimorio que descansa sobre la mesa el hombre observa el rumbo errático de un pequeño insecto. Cree atisbar en él un signo danzante, prometedor: la posibilidad de ver sin aburrirse, sólo ver.
Interludio de años, nudos. La última vez que este hombre pensó en sí mismo, hace un instante, acudió a un texto escrito poco tiempo atrás, mucho tiempo atrás, regular tiempo atrás, que dice: Dos años, flotando en la ribera pálida del día, con el horario adelantado (una hora: sueño precioso ¿adónde te fuiste?), y si el tiempo transcurrido no pudo salir adelante —“siempre huyendo, la corriente de la vida, y nuestro paso en la corriente de la vida que recorremos es lo más querido de todo” (James Joyce)—, buscando obras perdidas del petulante artista que colgaremos en su sitio porque las desapariciones siempre cuentan —“disfruta de un baño ahora: limpia corriente continua de agua, fresco esmalte, el dulce flujo tibio: éste es mi cuerpo” (más Joyce)–, donde el tiempo esconde todo aquello que se ha vivido: dos años en esta ciudad y la maldición bíblica de Jehová persecutorio: ganarás el pan (y la palabra) con el sudor de tu frente y todo lo demás. Dos años, pero los signos crecen alrededor del sol de plomo y el hastío derriba la templanza: en el Tarot su carta mezcla vino con agua, un templo y una lanza: templanza, y aniversarios huecos, o sólidos, o nunca vistos, o no apuntados en un calendario de bolsillo envuelto por una liga elástica de muchos nudos, como la vida, instrucciones para deshacer sus nudos. Dos años, dos nudos, dos mudos. Y el deseo, descrito con las palabras ajenas que la apropiación favorece como si segundas partes siempre hubieran sido buenas —“anticipó su cuerpo pálido reclinado en ella enteramente, desnudo, en un refugio de calor, ungido y perfumado por el calor derritiéndose, bañado suavemente. Vio su tronco y sus miembros lanzados a la superficie, y sostenidos, boyando dulcemente hacia arriba amarillo limón: su ombligo: pimpollo carnoso: y vio los oscuros rizos enredados de su pubis flotando, flotante cabello de la corriente alrededor del lánguido padre de millares: una lánguida flor flotante” (termina Joyce)—, que pasa encima de mi alma, de mis dedos, de mi olfato (¡ah, oler las fragancias íntimas en partes púdicas que recién comienzan a exudar!), de mi imaginación. Polimorfia perversa de dos años en el exilio azul. Buen aniversario y bebe tu sangre a vuestra salud. ¿Lo habías olvidado? Hoy es el día, flotando en él. Si no, no. Templa tu lanza para los años que vengan: más de dos. Este hombre se aburre cuando piensa en sí. Ciencia-ficción de la conciencia escrita en un mundo contingente.
Ese inhóspito maullido. El espantapájaros no se quita el sombrero ante nadie, podría decirse que su mente es sin elección. Pero no la de este hombre, determinada por lo que el budismo llama los cinco agregados de la adherencia, aquellas cosas que se experimentan en todo instante, componentes del ser: la materia o forma, las sensaciones, la percepción, las formaciones mentales y la conciencia. No tiene que ir a ninguna parte para encontrarlos porque están en él. Cuando ve algo, los agregados están en lo que ve. Cuando se aburre, los agregados están en su fastidio. Cuando escucha, huele, prueba, toca, piensa, desea, se mueve, los agregados están en todo eso. Él no lo sabe, quizá el espantapájaros sí, y de ahí su inmóvil dignidad. La conciencia del hombre se adhiere a los agregados con apego y falsas concepciones que le ocultan las verdaderas características de todos los fenómenos, él entre ellos: la impermanencia, el sufrimiento, la no identidad. Si detrás del pensamiento no hay ningún pensador, este hombre asume una vez más lo que hasta ahora sólo ha sido una fórmula intelectual: a) que aquello que llama su yo es solamente una combinación de fuerzas o energías psicofísicas efímeras y en perpetuo cambio, sin ninguna identidad sustancial; b) que en él no hay tal cosa como un espíritu permanente o inmutable, y que su conciencia depende, para existir, de la materia, la sensación, la percepción y las formaciones mentales; c) que su yo, designado como su “ser”, es el rótulo, el recipiente para la combinación de esos agregados, detrás de los que no existe ninguna otra entidad. Ni siquiera un espantapájaros que no se quita el sombrero ante los cuervos, sus enemigos, ni ante su dueño, el labrador. Un inhóspito maullido estremece la aceptación que el hombre está elaborando. Es el viejo gato de la casa, un demandante y ahora desapacible animal que vive con él. Entonces murmura una plegaria: “Miro todo a mi alrededor como nirvana, percibo a todos los seres como Budhas, escucho todos los sonidos como mantras”. Es un primer paso: este hombre que se aburre sabe que quienes buscan deben actuar como si.
El enorme círculo. “Todas las cosas cambian; nada muere. El espíritu ambula de aquí para allá, y ocupa el marco que le place. Porque aquello que una vez existió ya no es, y lo que no era ha llegado a ser. Así, el enorme círculo del movimiento gira una vez más”. Esto escribe Ovidio en su Metamorfosis, y el hombre reflexiona. El hastío que vive no es el mismo, aunque su patrón crónico neurótico de pensamiento se lo diga así. Metamorfosis, cambio, mutación. Descubre que hay una grieta, un intersticio, un intervalo: el gozne del pensamiento cuando aparece, antes de que cristalice en acción, en emoción o en palabra. El mono de la mente siempre está en movimiento y debe enseñársele a ver mediante un espejo, pues la mente medusina petrifica a quien la ve directamente: hipnotiza. El hombre es Perseo y requiere reflejar lo que observa para no abismarse en ello, para observar que observa. ¿Qué puede utilizar para amansar su mente y vivir en serenidad? Lo que tiene a la mano: su cuerpo y su respiración. El escudo heroico que refleja a Medusa es la misma Medusa viéndose ver. Su mente es ese espejo. El hombre ya no se aburre. Ahora ve.
-
El odio, su vocación

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
Un entrevistador televisivo le preguntó en 1996 a William Luther Pierce III si se consideraba neonazi. Al objetar el término por calumnioso, el entrevistado aclaró: “Admiro muchas cosas que Hitler escribió, muchos de los programas y políticas que instituyó en Alemania, pero no copio a ciegas las políticas o los programas de otro. Hemos formulado un programa propio en vista de la situación que encaramos en Estados Unidos hoy”.
Pierce, promotor del extremismo racista, adquirió notoriedad en abril de 1995 cuando unas páginas de su novela Los diarios de Turner fueron halladas en el auto de Timothy McVeigh, quien el 19 de ese mes, asistido por Terry Nichols, hizo estallar una camioneta llena de explosivos dentro del edificio Alfred P. Murrah en la ciudad de Oklahoma. El atentado mató a 168 personas y dejó heridas a 680 más en la edificación, demolida poco después por los severos daños que el terrorista provocó.
En su auto, McVeigh atesoró varias páginas de la novela de Pierce con frases subrayadas. Aquí un par de ellas: “El valor real de todos nuestros ataques reside hoy en el impacto psicológico, no en las bajas inmediatas” y “Aún podemos hallarlos y matarlos”.
Tras publicar en 1978 Los diarios de Turner con el seudónimo Andrew McDonald, Pierce fue considerado un gurú del odio racial. Su historia de una guerrilla de supremacistas blancos que derrocan al gobierno de Estados Unidos, inspiró en 1980 a varios extremistas para conformar el grupo paramilitar racista llamado la Hermandad Silenciosa o La Orden.
Robert Jay Mathews, líder de ese grupo, asaltó bancos y falsificó dinero con sus secuaces hasta que la policía lo sitió a fines de 1984 en una isla de Washington. El fanático de 31 años, repelió a 75 policías con un rifle de asalto. Disparó más de mil balas. Cuando intentó derribar un helicóptero policial, desde la aeronave le lanzaron una bengala que incendió su arsenal de granadas y bombas. Entre las llamas pereció Mathews.
Con la triste fama que le ganó su novela supremacista, Pierce manifestó en la entrevista de 1996 su desaprobación al ataque de McVeigh “porque Estados Unidos aún no está en una situación revolucionaria”. Un año después, Pierce enfatizó al Washington Post: “El bombazo de Oklahoma políticamente no tuvo sentido. El terrorismo sólo cuenta si se sostiene durante un período. Un día habrá terrorismo real, organizado, para derrocar al gobierno”.
William L. Pierce publicó bajo seudónimo en 1989 otra novela, Cazador. En ella, un veterano de la guerra contra Vietnam comienza por asesinar a parejas interraciales y acaba matando a periodistas, políticos y burócratas liberales de Washington. Pierce comentó que escribió la narración como recurso para conducir al lector por “un proceso educativo”.
El FBI calificó Los diarios de Turner como “la biblia de la derecha racista”. Un informe de 2016 reveló que el libro está ligado a no menos de 200 asesinatos cometidos en ataques terroristas y crímenes de odio. Cuando una muchedumbre de extremistas blancos atacó el Congreso de EEUU, ecos de la novela se escucharon aquel 6 de enero de 2021: seguidores de Trump llamaron a colgar a integrantes del poder legislativo en torno al Capitolio.
Después de concluir un curso en física en 1955, Pierce trabajó en el Laboratorio Nacional de Los Álamos. Graduado con maestría y doctorado en la Universidad de Colorado, fue profesor asistente en la Universidad del Estado de Oregón de 1962 a 1965. Ante las protestas contra la guerra de Vietnam y los movimientos pro derechos humanos, Pierce abandonó en 1965 la enseñanza para ser investigador en Pratt & Whitney, empresa aeroespacial.
Pierce se adhirió en 1962 a la sociedad anticomunista John Birch pero renunció porque no incluía mociones racistas. En 1966, dentro del Partido Nazi Americano fundado por George Lincoln Rockwell, Pierce halló donde expandir su racismo, como editor de la revista Mundo Nacional Socialista.
Asesinado Rockwell en 1967 por un seguidor descontento, Pierce contribuyó a fundar el Partido del Pueblo Blanco Nacional Socialista. Al año siguiente lo abandonó para integrarse a la fallida campaña presidencial de George Wallace. En 1970, aprovechando la plataforma electoral, el supremacista integró con Willis Carto la Alianza Nacional Juvenil.
Las disputas con Carto por el liderazgo condujeron a Pierce a crear su propia Alianza Nacional en 1974. Con ella, intentó en vano que lo exentaran de impuestos. Eso no le impidió conducir desde 1991 el programa radiofónico semanal Voces Disidentes de América, publicar el panfleto internacional Acción (luego, Boletín de la Alianza Nacional) y la revista Ataque (después titulada Libre Expresión y Resistencia). Además, creó la editorial Libros Vanguardia Nacional y el sello fonográfico Discos Resistencia.
En 1985 Pierce fundó la Iglesia de la Comunidad Cosmoteísta. Logró con ésta una exención de impuestos, aunque no pudo extenderla para su editorial ni su sello disquero. A la muerte de su fundador la Alianza Nacional tenía más de mil quinientos miembros e ingresos anuales por más de un millón de dólares. La Alianza —se dice— declinó al morir Pierce en 2002. Sobre el particular no hay datos concretos.
Pierce se casó en cinco ocasiones. Nacido en 1933, contrajo matrimonio en 1957 con una matemática a la que conoció cuando estudiaba física. De sus dos hijos, que se convirtieron en científicos, Kelvin Pierce publicó en 2020 una memoria titulada Los pecados de mi padre: creciendo con el supremacista más peligroso de América.
Tras divorciarse de la madre de sus hijos en 1985, William Pierce dio en casarse con mujeres emigradas de Hungría y desecharlas a los pocos años. De 1986 a 1990, con Olga. Con Zsuzsannah, de 1991 a 1996. Con Irena se casó en 1997. Ella declaró haber llevado una vida miserable con Pierce a la muerte de éste, en 2002.
Tras de escribir con Carol Donoghue Pecados de mi padre, Kelvin Pierce dio una entrevista al diario inglés The Guardian. Confirmó en ella los maltratos que de niño le infligió su progenitor y cómo superó sus prédicas de odio racial. Contó asimismo una visita que hizo a la menguada comunidad racista que William Luther Pierce estableció en Virginia del Oeste.
Allí Kelvin se encontró a un admirador de su difunto padre, el velador Donny McMullen. Pelirrojo, Donny portaba una gorra con la swastika bordada al frente. Al preguntar Kelvin sobre el distintivo, le dijo el joven: “Si amas algo profundamente, entonces tienes que odiar cualquier cosa que lo amenace”. El pelirrojo publicó en su sitio de Facebook: “Soy blanco, pero eso no significa que soy racista… Pondré en tu culo mi bota, mi cuchillo en tu cuello y tu cuerpo en tierra si me jodes a mí o a mi familia”.
Las amenazas de los seguidores de Pierce parecen resonar en consignas que difunden en sus redes de odio quienes se sienten humillados por el voto mayoritario a favor de Claudia Sheinbaum, primera mujer presidenta de México. Esos promotores del odio se autodenominan “la resistencia”. Parecieran aludir a la guerrilla francesa que se enfrentó a los nazis, pero sus dichos corresponden más a la fatídica sedición del supremacista Pierce.
-
Fausto en agonía

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
I.
Nos hemos hecho pobres, escribió Walter Benjamin hace casi cien años, porque hemos ido empeñando un pedazo tras otro de la herencia humana por cien veces menos de su valor, sólo para obtener la miserable, la pequeña moneda de lo “actual”.
Y aunque suele creerse que las musas callan en tiempos de guerras y dificultades, es precisamente ahora cuando la humanidad enfrenta un riesgo aún más determinante ante el enajenado velo del pensamiento materialista único que se extiende, hegemónico y avasallante, por el asolado planeta y sus cada vez menos diversas sociedades. Un siglo antes de la reflexión de Benjamin, el poeta Schelling pronunció en Berlín una legendaria conferencia que conmovió profundamente a quienes la escucharon —“una audiencia boquiabierta, una abigarrada muchedumbre”, según consignó Soren Kierkegaard, testigo de excepción—.
En ella el poeta expuso que la Ilustración europea había logrado diferenciar la mente humana de la naturaleza, pero al mismo tiempo olvidó considerar el Sustrato Unificador que vincula orgánicamente a la una con la otra. El desastroso error de la modernidad consistía en establecer una tajante e insalvable disociación entre la mente y la naturaleza, disociación que el racionalismo consagraría dogmáticamente como inapelable y “científica” verdad.
A ese sustrato unificador, reconocido por todas las culturas anteriores a la nuestra, cosmólogos contemporáneos insospechables de misticismo como Brian Swimme le han llamado “abismo que lo nutre todo”, una expresión aplicada a las partículas elementales surgidas del vacío para formar lo existente, desde las personas hasta las estrellas, desde esta página hasta su lector. Un misterio acerca del origen de las cosas que el científico designa como “el sencillo y a la vez impresionante descubrimiento de que en la base del universo hierve la creatividad”. Un misterio, algo inescrutable para la razón.
Aquella disociación advertida por Schelling abría una grieta entre la naturaleza, que a partir de entonces sería vista como un objeto externo y ajeno, y el yo consciente de los sujetos. Dicha escisión convirtió a los seres humanos en objetos y terminó por deshumanizar el humanismo. Surgió la cosificación (considerar a lo otro y a los otros como meras cosas) tan extendida ahora, esa grave “enfermedad espiritual” advertida por Schelling que conduciría al materialismo salvaje del inmediato porvenir. El poeta no se equivocó.
La deificación del hombre como idea general de vida se formuló en el Renacimiento, cuyo ideal fue representado por la figura arquetípica de Fausto, el mago renacentista que mediante el conocimiento obtendría poder ilimitado sobre la naturaleza y podría dominarla a su antojo. De esa aspiración irracional se desprenderían los paradigmas supremos del hombre moderno y el mito definitorio de la cultura y la civilización occidentales: haber escapado del reino de la necesidad y, mediante el “progreso” (un reemplazo del término “evolución”), abrasar acríticamente esta nueva fe planetaria de la adoración tecnológica y su avance sin fin.
De ahí entonces, diría Iván Illich, la transformación de los bienes de la naturaleza en “recursos” utilizables para la satisfacción de los deseos ilimitados del individuo posesivo, del frenético e insaciable consumidor posmoderno. (No es casual, nada lo es, que las hasta hace unos años oficinas de Personal ahora se llamen de “Recursos Humanos”.)
Diversos colapsos civilizacionales vienen sucediéndose desde aquellas épocas renacentistas que propusieron una utopía humana en apariencia benigna hasta desembocar en la inesperada distopía actual: esa estremecedora verdad, como la llama Murena, de que el ideal de la deificación del hombre consiste en la aniquilación del hombre. Los signos y las manifestaciones de ello nos rodean, así la doxa, la sobresocializada ideología de estas horas oscuras se empeñe en ignorarlo e insista en afirmar que, a pesar de todo, nuestra época es la mejor de todas las posibles.
Los hombres decidieron conquistar su autonomía y dejar de reflejar el Cielo. El resultado sería la progresiva automatización de la Tierra, entendida como un perfeccionamiento aunque fuera en detrimento progresivo del mediador entre lo que es arriba y lo que es abajo, tarea ancestral del ser humano hasta la irrupción de la modernidad. Fausto agoniza ahora entre modelos mecanicistas y artificiales, entre biotopos muertos y naturalezas contaminadas. La razón se ha roto, aunque no su soberbia. Ejemplos no faltarán.
II.
Los tiempos cambiaron pero no en el sentido anhelado por las utopías. Los signos de dicha mutación negativa son legión.
Desde la supresión de la ventana y el carácter de prisiones monumentales que adquiere la arquitectura de fines del siglo dieciocho y principios del diecinueve, hasta llegar al estilo colmena o columbario —“netamente animal”— propio de los hacinamientos actuales en fraccionamientos, condominios y multifamiliares que han cancelado el espacio vital y la privacidad de las personas.
Desde la reducción de la moral del hombre fundada en la libertad interior de Kant, hasta llegar al libertinaje absoluto para la violencia y el crimen que postula la filosofía de Sade y hoy sucede en todas partes.
Desde la revolución industrial en principio liberadora de los seres humanos, hasta su creciente eliminación del espacio de trabajo o su conversión en un mero engranaje de las cadenas de producción en serie, aquel envilecimiento mecánico en el que Carlos Marx y Simone Weil percibieron la irrupción del mal. Desde las nociones atávicas de la economía (administración de la casa humana o “apacentamiento de los bienes de los hombres”), hasta el horror económico donde el poder abstracto del dinero, un fin en sí mismo, se coloca por encima de todo: gente, países, biotopos, credos religiosos, valores éticos.
Desde la Revolución Francesa que mediante el Terror y su sangrienta guillotina promulgó la libertad, la igualdad y la fraternidad del género humano, hasta desembocar en las guerras de movilización total modernas en las cuales cientos de miles son carne de cañón en matanzas incesantes.
Afirma Murena en La metáfora y lo sagrado, una reveladora consideración estética y espiritual de la época, que en el campo de las artes la deificación del hombre tuvo como consecuencia “la destrucción de la figura del hombre”. Esa deformación de la imagen antropocéntrica será un camino sin regreso para llegar al “punto cero” de la actualidad: de lo demoniaco y lo caótico hasta la burla paródica, de lo onírico mecanizado hasta la mirada artificialmente pura de los impresionismos, de la deformación de los seres humanos en muñecos, monstruos, espectros, animales, zombis o máquinas, hasta la supresión radical de la figura humana y aun del sentido de la representación en la pintura abstracta. Y en el resto de las artes es lo mismo, una decadencia general.
Nos acercamos cada vez más a aquella “muerte del hombre” anticipada por Michel Foucault y prevista también por Federico Nietzsche al declarar la muerte de Dios. La agonía de Fausto consiste en el final de la condición humana según el modelo del Renacimiento y la Ilustración: la de un ser humano capaz de definirse libremente a sí mismo y actuar con responsabilidad.
Va superándose el límite de la integridad humana al cederse cada vez más decisiones individuales y colectivas ante los sistemas tecnológicos y los poderes abstractos que ignoran el libre albedrío de la persona y disuelven su capacidad política, según observan filósofos contemporáneos como Eric Sadin. Su propuesta no es rechazarlo todo en bloque sino difundir contenidos opuestos a los que producen y sobresocializan los medios masivos y sus think tanks neoliberales. Pensar distinto a la extendida ideología que presenta el modelo de sociedad actual como una realidad inevitable, esa sí determinista y fatal.
Aun en esta profunda descomposición hay esperanza. Otros signos anuncian un trascendente cambio de paradigma en la ciencia y el conocimiento de vanguardia. Un misticismo “sobrio”, le llama Arthur Koestler, nacido en el laboratorio, en el cual vuelven a confirmarse las “correspondencias” y “simpatías” del Todo-Uno, de la parte contenida en el todo o la parte integrante del todo, correspondencias y simpatías conocidas por el pensamiento humano desde sus orígenes.
Dicho en breve: una noción de ininterrumpida totalidad que refuta la idea de que el mundo es analizable en partes separadas e independientes entre sí. Un flujo común de la mente y las cosas hoy vuelto a enunciarse en el principio de complementariedad de la física moderna, enseñado hace milenios ya por el pensamiento hindú.
Las fronteras entre la física y la metafísica van quedando disueltas. Si hay tiempo histórico para que surja otra historia, de ahí sobrevendrá un nuevo proceso cultural.
-
La historia secreta en un mural universitario

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
El 5 de junio de este año quedó instalado —en el interior del Edificio de Rectoría de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca— el primer mural del tríptico titulado Imagen de la historia de la UABJO, con diseño del pintor Shinzaburo Takeda. Fue ejecutado por un conjunto de artistas que incluyó al propio Takeda, a Fulgencio Lazo, a Rolando Rojas, a Saúl Castro y a Israel Nazario, así como a los jóvenes creadores visuales Pablo Gómez, Fidel Blas Bustamante, Daniel Mendoza Zúñiga, Alondra Elena Martínez Jiménez, Montserrat Steck Ortiz y Siboney García Santos.
Iniciado en mayo de 2023, este mural al óleo está compuesto por dieciséis paneles de lienzo que en total componen la obra de 36 y medio metros de longitud, con una altura de 2.20 metros. Quedó colocado en lo alto del anillo interior del lobby, en el primer piso de los cuatro que tiene el Edificio de Rectoría de la UABJO, campus Ciudad Universitaria. Esta primera parte de las tres que componen el tríptico, recrea los sucesos que en el siglo XIX dieron origen y desarrollo al Instituto de Ciencias y Artes del Estado de Oaxaca, el cual abrió sus puertas en 1825 y es el antecedente directo de la actual universidad pública oaxaqueña.

Imagen de la historia de la UABJO A casi doscientos años de la fundación y apertura de ese Instituto, Takeda y sus discípulos le entregan a la universidad, en donación, una gran obra de arte que recrea el momento histórico crucial para la educación pública superior en Oaxaca. Al establecer este liceo, sus fundadores creyeron satisfacer una necesidad académica local, sin prever que sus labores modificarían el destino de toda la república. En las siguientes líneas trato de explicar cómo sucedió aquello.
Antes de la apertura del Instituto de Ciencias y Artes, la única vía para hacer estudios superiores en Oaxaca era el Seminario de la Santa Cruz, restringido a la carrera eclesiástica. Ahí comenzaron sus estudios jóvenes como Benito Juárez y Porfirio Díaz, quienes pronto se sintieron limitados por los dogmas religiosos del colegio sacerdotal. Gracias al Instituto, jóvenes como ellos optaron por el estudio de profesiones laicas y liberales.
En el Instituto, un notable grupo de profesores formó a esos muchachos no sólo en disciplinas académicas, sino en la ardua adquisición de una conciencia política, ausente en las enseñanzas de la época. Tres siglos de dominación española habían desterrado de las mentes la noción de superar dogmas de fe, raciales y de territorio. Pero en los planteamientos liberales de los profesores del Instituto, la idea de una nueva nación fue tomando forma en medio de la confusión que las luchas de independencia habían dejado.
Marcos Pérez, José María Díaz Ordaz y José María del Castillo fueron algunos de esos profesores que dieron clases a Juárez, a Matías Romero, Félix Romero, Manuel Dublán, Díaz, entre otros. Juárez llegó a ser director del Instituto y dio clases a Porfirio, quien abandonó los cursos para dedicarse a la carrera militar. La cercanía y temprano distanciamiento del jurista y el militar, de alguna forma prefigura los destinos de ambos y de la república.
La agitación política, social y filosófica, así como la esperanza de un nuevo orden nacional en el siglo XIX, se despliegan en la imaginería que integra el mural ideado por Shinzaburo Takeda. La tecnología de esa época que recién llegaba a México (ferrocarriles, luz eléctrica, telégrafo), las artes y los oficios ejercidos desde la Colonia (imprenta, alfarería utilitaria, el cultivo del maguey, no para su fermentación como pulque, sino para destilarlo como mezcal), la ciencia que paulatinamente iba desarrollándose gracias a los cursos prácticos en el Instituto…
Desde luego, en el mural consta una representación de la guerra por las Leyes de Reforma, impulsada por los principales alumnos del Instituto: Juárez y Díaz. Este último libró con gran denuedo las batallas en suelo oaxaqueño mientras su mentor Benito recorría México alentando a las tropas liberales.
Ante esta escena, ubicada en la parte sur del mural, se despliega el cuerpo descomunal de una mujer desnuda. La mención a este detalle permite exponer que en las partes de la obra que coinciden con los cuatro puntos cardinales hay otras tantas figuras colosales de mujeres desnudas: son los símbolos de la ciencia (al norte), las artes (al oriente) la guerra ya citada (al sur) y la educación (al poniente).
Esos símbolos de alguna manera han presidido el destino histórico de Oaxaca, que desde su titulación como urbe en 1532 oscila entre la guerra y la paz, apoyada ésta casi siempre por la ciencia y las artes, aunque paradójicamente la educación sigue siendo en ocasiones un factor de guerra, como lo fue durante la Reforma y como lo es hasta el siglo XXI, en una entidad donde estudiantes y profesores han desarrollado una beligerancia que a veces resulta heroica, aunque en otras ocasiones se antoja nociva.
En una obra como este mural, de corte histórico, el anacronismo no es inadmisible, porque la representación del pasado busca vincularse con el tiempo en que es elaborada. Así, en el mural diseñado por Takeda aparecen dos edificios que no corresponden al siglo XIX pero están ligados a la historia del Instituto de Ciencias y Artes y a su sucesora de 1955, la Universidad Benito Juárez de Oaxaca (autónoma sólo a partir de 1974).
Dichos edificios son, por una parte, el teatro casino concluido en 1909, que llevó el nombre de Luis Mier y Terán, compadre del dictador Porfirio Díaz, y que ahora se llama “Macedonio Alcalá”, por el músico emblemático de Oaxaca; y por otra parte, la antigua hacienda de Aguilera, construcción asimismo de principios del siglo XX que, por su columnata de inspiración griega, parece pertenecer al siglo previo (esa edificación aloja desde 1968 a la Facultad de Medicina y Cirugía).
Mayor anacronismo marca la colaboración de cuatro destacados discípulos de Takeda en el mural: las secciones intervenidas por Fulgencio Lazo, Rolando Rojas, Saúl Castro e Israel Nazario aportan al mural la iconografía característica de estos pintores, distantes al realismo figurativo de Takeda, salvo en el caso del paisajista Nazario.
Contemplado en su extensión circular, el mural condensa figuras más allá de lo alegórico. Evoca una sucesión de acontecimientos que, pese a su lejanía temporal, siguen marcando el imaginario de quienes hoy habitan en Oaxaca. Todo el conjunto muralístico está presidido por los retratos de Benito Juárez y Margarita Maza. Era previsible. Pero también están los rostros de los mentores de Juárez: los abogados, médicos y arquitectos liberales que fundaron un centro de estudios, el Instituto de Ciencias y Artes del Estado de Oaxaca, sin sospechar que secretamente estaban fundando, con sus enseñanzas y doctrinas la nación mexicana aún vigente.
-
La urna de Freud

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Ladrones desconocidos trataron de robar el jarrón griego del siglo IV a. C. decorado con la imagen de Dioniso, dios del vino en esa representación, que guarda las cenizas de Sigmund Freud y su esposa Martha en un crematorio londinense donde también reposan las cenizas de Bram Stoker, autor de Drácula, y las de la cantante Amy Winehouse.
Hipótesis A: lo intentó un miembro de la secta Padre Freud, necesitado de las cenizas del padre fundador y su esposa (¿cómo separar unas de otras?) para llevar a cabo ritos de comunión con ellas. Tal vez no con el deseo de obtener una cura —el psicoanálisis es parte de esa misma enfermedad que pretende curar— sino para lograr un abrazamiento rotundo de la neurosis personal, para tenerla en explicación.
El problema es el ego que está invocado para llevar a cabo tal autoexploración de una sola y limitada dimensión de la conciencia: yo. Ese yo lo ha construido la modernidad y no es el estado más amplio, el ámbito más lúcido de la conciencia ni el más moral de la persona. Existen otras zonas de la mente cuando nos omitimos a nosotros mismos. En ellas se mantiene la observación antes que el juicio, la intuición antes que la razón y un comportamiento ético hacia los otros y lo otro: la comprensión.
Elaborar el patrón explicativo de uno mismo desde la mitografía freudiana, hecha de arbitrarias tragedias edípicas, de pulsiones biológicas y sótanos de la razón, de deseos inconfesables, de transferencias y contratransferencias (el psicoanálisis es una ideología de la sospecha: las cosas ocultan siempre otros contenidos latentes y sólo los iniciados, los mismos sicoanalistas, pueden nombrarlos y darles explicación), sería una acción circular, autorreferencial, mecánica. Inútil, en suma.
Karl Kraus fue contemporáneo de Freud y su vecino en Viena durante las primeras décadas del siglo pasado. Y detestó sus teorías. Le parecieron equivocadas, parciales, un arbitrario sistema ensayístico que tenía que creerse e instalarse en la conciencia como una entidad autónoma que se apoderará del ego, quien es su protagonista y también su esclavo. Lo único que se quema en el infierno es el yo.
Hipótesis B: el intento de robo que dañó seriamente el jarrón griego, parte de los 2,000 objetos antiguos que Freud tenía en su casa londinense, respondió al interés de un coleccionista por la pieza, valorada aún más por las ilustres cenizas que guardaba. Esta variante es dudosa por el violento y malogrado intento de robo, que no parecería provenir de profesionales.
El fetiche del objeto como móvil. Su ilustre propietario, aunque no contara para el robo de la urna, sí contaba, y el coleccionista no quería la posesión de la pieza por ella misma sino para, sin saberlo, poseer el hálito de su dueño original.
Hipótesis C: los agresores no tenían idea de lo que hacían. Fue casualidad. Pero para el sistema freudiano la casualidad no existe. Su alcance simbólico no llega a las mezclas alquímicas y orientales de Jung, otro adepto temprano que rompió con Freud, aunque si en la razón de la conciencia actúan razones que se ignoran, profanar la urna del fundador del psicoanálisis debe tener otros significantes y significados: valores simbólicos de los actos fallidos.
Hipótesis D: la circunstancia de que Bram Stoker reposa en una cripta cercana, porque resulta posible la existencia de un devoto lector del escritor de Drácula decidido a evitar influencias contaminantes en las cenizas del autor de culto. Sería la vecindad de Freud un tóxico para la imaginación soberana del novelista irlandés.
Entre los desmanes que se le reclaman al psicoanálisis está la apertura de las coladeras de la conciencia y la clausura de la conexión con la supraconciencia, asumida por esa doctrina como una histeria. Algunos se preguntan quién invistió a Freud de la autoridad para iniciar a otros en un develamiento inventado sólo por él. Y ven al psicoanálisis como un sistema ahistórico de pensamiento debido, sobre todo, al trauma infligido por la historia a su fundador, un judío perseguido.
Hipótesis E: el autor del atentado fue un crítico del epígrafe usado por Freud de la Eneida de Virgilio: Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo [Si no puedo conciliar a los dioses celestiales, moveré a los del infierno (el río Aqueronte)], en La interpretación de los sueños. Alguno que quiso cobrar venganza pues esos dioses infernales invocados habrían dado lugar a la descomposición de la época consagrando el principio del placer como el fin último y la razón de ser de las personas. El materialismo narcisista posmoderno del sujeto que se ahoga en sí mismo estaría originado ahí.
El jarrón de Dionisos le fue regalado a Freud por su amiga y alumna, la princesa María Bonaparte, quien en 1938 lo ayudaría a escapar de la Viena nazi hacia Londres junto con su esposa e hija.
Las cinco hipótesis del intento de robo contienen una condena, tácita o manifiesta, contra la deificación del yo.
-
La esquizofrenia debe cesar

Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
Los generales de la revolución ya instalada en el poder, con Plutarco Elías Calles a la cabeza, fundaron en México el Partido Nacional Revolucionario en marzo de 1929. Para junio de ese año su candidato a la presidencia de la república, Pascual Ortiz Rubio, estaba en cerrada competencia con el candidato del Partido Nacional Antirreeleccionista, José Vasconcelos. En noviembre, las elecciones le dieron la victoria a Ortiz Rubio (a quien todos, inclusive sus partidarios, veían como un títere de Calles).
El 5 de febrero de 1930 Ortiz Rubio asumió la presidencia en ceremonia oficial. Al salir ya investido, a Ortiz Rubio lo hirió en un carrillo una bala de las varias que le disparó Daniel Flores González. Aterrado, el mandatario se ocultó. Su jefe Calles aprovechó el atentado para perseguir a los partidarios de Vasconcelos, jóvenes estudiantes en su mayoría.
Eulogio Ortiz Reyes, comandante militar del Valle de México, coordinó la cacería de decenas de vasconcelistas. Maximino Ávila Camacho, hermano del que sería presidente de la república, ejecutó las capturas y encerró a los opositores en la hacienda de Narvarte, a las afueras de la ciudad de México, hasta que el 14 de febrero de 1930 ordenó amarrarlos de dos en dos, con alambre metálico, llevarlos cerca del pueblo de Topilejo hasta un paraje con un alto árbol y ahorcarlos a todos. Antes, obligaron a las víctimas a cavar sus propias tumbas.
Nunca se supo cuántos vasconcelistas fueron asesinados allí, pero el hallazgo de sus cuerpos mal sepultados permitió saber que fueron no menos de 60 y acaso más de cien. Así, el actual Partido Revolucionario Institucional inauguró su existencia con una imposición en la presidencia de la república, más la desaparición forzada y el posterior asesinato de decenas de estudiantes y opositores políticos.
A partir de esa matanza, el asesinato de jóvenes fue un recurso del régimen priista para reafirmar su poder. En 1940, para imponer a Manuel Ávila Camacho, el gobierno mandó matones a disparar contra las casillas electorales donde votaban partidarios de Juan Andreu Almazán. Los sicarios de Gonzalo N. Santos mataron a más de 150 personas ese día. En 1968 Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez ordenaron la oprobiosa masacre de la plaza de Tlatelolco, donde murieron no menos de 500 personas. Las matanzas organizadas por los gobiernos del PRI se sucedieron: en Guerrero, la de seguidores de Lucio Cabañas; en Oaxaca, la de indígenas triquis y la de indígenas loxichas; en Chiapas, las de Aguas Blancas y Acteal.
Al ocupar la presidencia el Partido Acción Nacional, no cesaron las matanzas de mexicanas y mexicanos, muchas de ellas atribuidas al crimen organizado pero con evidente tolerancia de los gobiernos panistas: las cientos de trabajadoras secuestradas y asesinadas en Ciudad Juárez; las violentísimas represiones de gobernadores priistas en Atenco y Oaxaca en 2006; la imprudente Guerra Contra el Narco de 2007 a 2012, que causó cientos de miles de muertes violentas en el país; las dos masacres de migrantes en San Fernando, Tamaulipas, y la matanza de entre 49 y 300 pobladores de Allende, Coahuila, entre muchas tragedias.
Al retomar el poder el PRI en 2012, culminó su infausto retorno con la desaparición forzada de 43 estudiantes en Guerrero y con la masacre de Tlatlaya en el Estado de México.
En 2024, estos partidos culpables de tantas matanzas trataron de volver a la presidencia de la república con una candidata que basó su campaña en interminables exigencias de verdad al régimen de Andrés Manuel López Obrador, mientras que su otro recurso propagandístico era mentir sin cesar sobre las responsabilidades de gobiernos priistas y panistas en la descomposición social que agobia a México.
Además del intento de descalificar por completo al régimen obradorista (el primero de izquierda en la historia mexicana), la campaña de mentiras, difamaciones y ocultamiento de la derecha pripanista llegó al grado de esquizofrénica oferta: el remedio para los males del país, criados y fomentados por los partidos olgárquicos desde 1964, era, en 2024, optar por los mismos partidos que favorecen sólo a unos cuantos de sus integrantes y secuaces.
La candidata del PRI y del PAN mintió una y otra vez al proponerse para la presidencia: se hizo pasar por indígena, por izquierdista, por feminista, por candidata ciudadana, por persona salida de una situación de pobreza, por experta en tecnologías… Una y otra vez se hizo pasar por lo que nunca fue para ocultar que forma parte de la oligarquía que hizo fortuna con los usos y costumbres de la cleptocracia mexicana.
Pese al absurdo evidente de sus falsas identidades, treinta por ciento del electorado optó por la candidata pripanista, designada en un proceso que manipularon los dirigentes del PRI, del PAN, del ya extinto PRD y de las cúpulas empresariales. Además, sus propagandistas más vociferantes fueron los ex presidentes panistas Fox y Calderón, junto con la “intelectualidad” y los periodistas antes privilegiados por los regímenes del PRI y del PAN.
Al final, de 99 millones 84 mil 188 ciudadanas y ciudadanos inscritos en la lista nominal del Instituto Nacional Electoral, más de 55 por ciento de votantes eligió a Claudia Sheinbaum. Es decir, más de 54 millones 490 mil personas. Por su parte, la protegida de Claudio X. González, del PRI y del PAN obtuvo no más de 28 por ciento de la votación, es decir, no más de 27 millones 744 mil votos. Inclusive en los votos emitidos en el extranjero, a los que apostaban con gran ahínco priistas y panistas, su candidata sólo obtuvo 86 mil 558, frente a 91 mil 522 votos obtenidos por Sheinbaum en consulados y embajadas del mundo.
El mismo día de las votaciones, el 2 de junio, la candidata del PRI y PAN anunció que las cifras de la votación no la favorecían. Sin embargo, este 4 de junio la aspirante vencida anunció que presentará impugnaciones al proceso electoral porque “todos sabíamos que nos enfrentábamos a una competencia desigual contra todo el aparato del Estado dedicado a favorecer a su candidata. Todos nos dimos cuenta de cómo el crimen organizado se hizo presente amenazando e incluso asesinando a decenas de aspirantes y candidatos”.
Pero en el mismo mensaje, la perdedora reconoce: “Confío en el conteo rápido del INE, es un ejercicio estadístico elaborado por los mejores científicos de datos del país”.
La esquizofrenia que evidencian los mensajes de la opositora y sus partidarios indican un problema de fondo: al basar su campaña en mentiras evidentes, que sostuvieron con encono, parecen acabar creyendo en la inexistente mayoría que garantizaba la presidencia para el PRI, el PAN y sus seguidores. Por ello, con base en la misma perspectiva incoherente, reconocen la confiabilidad de los resultados electorales, pero los impugnarán porque no son de su agrado. Un desprecio absoluto a los datos de la realidad.
La esquizofrenia que trastorna a la oposición estrepitosamente vencida, le hace creer que está autorizada a objetar la realidad. Esa escisión imaginaria debe cesar. No es sano para la oposición aferrarse a mentiras, como tampoco es sano para la sociedad en su conjunto que uno de sus sectores niegue las evidencias por las cuales la sociedad decidió quién gobernará la nación.
-
La dama del kimono

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
La dama del kimono morado que Italo Calvino vio en Tokio se me presenta ante los ojos. Mundo extraño —el dictum es verdad: el misterio está en lo visible, que percibe el cuerpo, y no en lo invisible, que atisba o construye la razón. Antes habían desfilado otras muestras de extrañeza. Por ejemplo, las tarjetas de presentación, que en Japón son un imperativo existencial: tengo (entrego) tarjeta, luego existo porque recibo otras que corroboran que soy.
La dama hace caravanas y al fondo una vidriera deja ver un estanque de carpas coloridas. El húmedo calor del ambiente no perturba a los peces pero eleva unos hilillos vaporosos que sirven de contrapunto natural a la controlada belleza del horizonte que ofrece a sus huéspedes el hotel de Tokio con sus jardines de agua. Tan corteses como las profundas genuflexiones de la dama del kimono morado que camina a saltitos y se inclina desde su corta estatura. Imposible responderse quién es, sólo puede verse lo que hace. Como las lindas jovencitas robóticas de las tiendas que ofrecen a quien entra una inclinación sonriente y una narcotizada cantinela de bienvenida mientras miran al vacío y se desprograman si se les habla.
Sociedad ritual y jerárquica, hipócrita pero cortés. Los árboles de la zona financiera están etiquetados todos, erectos mediante sostenes y muchos de ellos vendados del tronco y las ramas. Indago la razón con mi guía, Miyamoto-san, un inteligente hombre joven. La cubierta es para el invierno, me explica. Le contesto que estamos en verano, y se echa a reír. Ya me dirá después que son árboles recién transplantados. Contestaré que son demasiado grandes y que los he visto por toda la ciudad. También se echará a reír.
Los pintores occidentales resolvieron el problema de la representación de interiores quitando una pared y mostrando la habitación abierta. Antes de ellos, los pintores japoneses del siglo XII habían suprimido el techo de la escena para plasmar su interior. Un modo indirecto pero más completo de percepción, como el que se muestra en Ginza, barrio saturado de anuncios luminosos y pantallas gigantes en los muros de cristal y acero de los altos edificios, cuando la fauna urbana nocturna pasea por Tokio que ahora se alumbra con eléctricas imágenes cambiantes y uno de los mercados más ávidos del capitalismo planetario, el de los adolescentes, sale a mostrarse y a consumir. Sus odaliscas lujuriosas lucen anoréxicas, llevan zapatos de grandes plataformas o tacones, el cabello teñido de rubio y un celular en el oído desde el que no cesan de parlotear. Ellos son como ellas.
La colmena voraz se forma de otros vectores múltiples, un arco iris de neón: por separado caminan los mendigos, cubiertos con bolsas de marcas legendarias, y las lolitas bobas, delgadas y etéreas revolotean a su lado antes de su regreso a casa, cuando trastabillarán de madrugada por la impecable escalera del metro mientras una rata veloz la cruza y se harán un ovillo vidrioso en asiento del vagón, exhaustas del éxtasis de cualquier droga de diseño. Negros vociferantes en el violento calor pegajoso de la medianoche adicta, vagabundos del dharma que se asoman desde sus efímeras viviendas de cartón en la esquina de un paso de todos que hasta ahora respetan los escasos centímetros del harapiento barbón, quizá un sabio zen, un loco de Dios o un marginado. Y señoras vestidas a la antigua que caminan atentas a cosas que sólo ellas parecen ver, cosas más allá del esplendor de artificio y energía inútil de la calle devorada en sus mismos gestos a su alta velocidad.
Miyamoto-san es concreto: ochenta por ciento de los alimentos que Japón consume se importan, noventa y nueve por ciento de sus energéticos lo mismo. Estamos sentados a una mesa donde en un caldero se cuecen carne y verduras: shabu–shabu, onomatopeya del ruido y el tiempo de la cocción en la olla, donde hay demasiada carne, demasiada espuma de carne, demasiada gente que come de ella. La prisa determina a esta sociedad postindustrial, ordenada, mecánica, que come y compra a todas horas. Algo es triste aquí, ¿qué será? Miyamoto-san sonríe ante la observación, como siempre. Después su entusiasmo crece comedidamente: me explica que el pequeño y colorido teléfono que usa sin cesar ya no le interesa porque está esperando comprar el de la próxima temporada.
En Los doce escalones de Kioto, restaurante centenario en el barrio prohibido, se celebra una cena. Muy pocos entran al sitio pues durante generaciones los dueños sólo han recibido a sus cercanos. La anfitriona sirve a los comensales sentados al piso un banquete de platillos disfrazados, metáforas comestibles de atractivo aspecto: primer paso de su refinado sabor. La carne es un delgado filete marmoleado que se deshace en la boca. Miyamoto-san envidia mi suerte con mucha cortesía. Ríe cuando le digo que en el lugar de la cena un mongol había inventado el plato nacional cincuenta años atrás. Ríe otra vez cuando dice ser budista lo mismo que shintoísta y querer casarse al estilo occidental, según la moda de estos días en Japón. Los ideogramas concitan la ansiedad de lo que no se entiende.
Con tanto estrépito surgen los órdenes invisibles. De algún modo sutil así se organiza al amanecer la subasta de grandes atunes en uno de los mercados de Tokio. Un hombre se para en un cajón y danza sobre él mientras grita, gesticula y dirige la puja de los compradores que tiene delante. Tres, cuatro minutos pasan y cada pieza es asignada. Los comerciantes se las llevan en carros estrechos que dan la vuelta sobre su eje para poder transitar por las laberínticas naves donde se compran y venden productos de todos los mares del planeta. Materialismo inclemente, dureza vital, competencia ciega, imperio de la necesidad inducida, capitalismo. A Miyamoto-san no le interesa polemizar conmigo.
Japón ocupa un espacio vital mínimo. De esa carencia se originan sus afanes expansionistas y su agrimensura. No hay tierra sin cultivar ni árbol sin cuidados. Por eso sus jardineros han inventado el arte de la restricción. Podan todo el tiempo y de ese modo escriben el jardín o los campos de cultivo, calculados e intervenidos en todos sus detalles. Poética de lo pequeño: el bonsai, un sembradío de arroz o la pantalla minúscula en la cual mi guía recibe múltiples mensajes electrónicos sin perder la compostura.
Ahora la dama del kimono se aleja con sus brinquitos de ave. Será reemplazada por una geisha falsa e histriónica, cuya oferta consiste en mostrar su dualidad mediante la voz. La solicitan dos ingleses que la tomarán del brazo para partir con ella en taxi con un chofer de guantes blancos al volante.
El santuario vecino duerme porque abrirá temprano para quienes irán a dar voces y palmadas y tocar un cascabel para despertar a los dioses. Agua, piedra y madera. El estanque canta detrás de la galería del hotel con su cascada hembra derramándose inclinada en los modales de las mujeres japonesas que caminan mirando al suelo: la docilidad.
Le digo a Miyamoto-san que soy un bárbaro en Asia. Sonríe, me hace una caravana y me contesta que sí.
-
Julio César Mondragón en Los Pinos

Colaboraciones
Gustavo Monroy
El helicóptero sobrevolaba las azoteas rumbo a Tlatelolco, como lo sabría después. A mis nueve años, subido en unas tejas del techo de la casa vecina, aquello nos parecía la mejor aventura al grupo de amigos que acostumbrábamos pasar algunos momentos de la tarde en lo alto de nuestro edificio.
Un año antes de aquel suceso recuerdo a mi padre entrando a nuestro departamento como si hubiera visto un fantasma, al borde literalmente de un ataque de nervios. Nos contó que los soldados del ejército lo habían amagado con sus bayonetas poniéndoselas al cuello en presencia del presidente de la república Gustavo Díaz Ordaz. A sus 34 años mi padre había publicado un libro sobre la huelga de hambre de los estudiantes en la Universidad de Sonora y la brutal represión del gobernador Luis Encinas Johnson contra ellos en 1967 al calor del proceso electoral por la gubernatura estatal. Un antecedente histórico de la matanza de Tlatelolco. Mi padre se abrió paso entre la gente durante un acto público y le entregó un ejemplar al presidente en propia mano diciéndole: “Este libro lo escribí contra usted”. El libro se llama Sonora, en torno al valor de mi pueblo. Es posible encontrarlo en internet. Durante años escuché a mi papá contar esa historia verídica.
Fue en esa época que por primera vez supe que el presidente, ese presidente, vivía en un lugar llamado Los Pinos.
Luego vino Luis Echeverría con su Guerra Sucia pero ya en esas fechas nos habíamos ido a vivir a la frontera, a Sonora. Los Pinos era la casa donde vivía un asesino de estudiantes y el presidente que perseguiría también hasta matarlo a Lucio Cabañas Barrientos, el hombre que soñó con darle educación y unidad a los campesinos. El periódico Excélsior de los primeros años de aquel sexenio me esperaba al regresar de la secundaria en la biblioteca de mi padre con artículos subrayados en rojo. Se los leía lentamente en voz alta para que él los fuera escribiendo a máquina. Supe así de esa Guerra Sucia y de todo lo que mi padre me decía para sus escritos de esos tiempos oscuros, terribles, hasta que el 8 de julio de 1976 Echeverría ordenó traicioneramente dar un golpe al periódico. Los Pinos era un sitio tenebroso donde vivía y se reunía gente tenebrosa. La lectura del libro La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska, reavivó a mis diecisiete años mis recuerdos infantiles sobre ese extraño helicóptero que pasó fugazmente sobre nuestras cabezas una tarde del 2 de octubre de 1968.
El año de 1978 regresé a la Ciudad de México con la intención de ingresar a la Escuela de Pintura y Escultura La Esmeralda. Llegué en tren a la estación de Buenavista. Al poco tiempo de estar inscrito en la escuela ubicada en la Colonia Guerrero empezaron las historias de compañeros detenidos arbitrariamente por policías vestidos de civiles pertenecientes a la Dirección Federal de Seguridad cuyo titular era Miguel Nassar Haro. Decir su nombre producía terror. Caminar por las calles de la ciudad de México siendo estudiante significaba que en cualquier momento podías ser abordado por agentes vestidos de civil o por policías al mando de otro personaje siniestro: Arturo Durazo Moreno, más conocido como “El negro Durazo”. No fueron pocas las ocasiones cuando sufrí ese tipo de detenciones arbitrarias en las que eras introducido a una patrulla o a un automóvil sin placas para ser interrogado, violentado y despojado de tus pocas pertenencias o dinero. El presidente amigote de estos crueles personajes era José López Portillo, habitante de Los Pinos de 1976 a 1982.Defendió como un perro sus propios intereses y lloró cínicamente al final del sexenio.
Miguel de la Madrid Hurtado, Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo habitaron también en esa tenebrosa mansión. Seis años cada uno, con sus respectivas familias y sus respectivos negocios turbios acordados en ese territorio desconocido por el pueblo de México, inaccesible y oscuro hasta que fue rebautizado con el nombre de Los Pinoles por Vicente Fox Quezada y Martha Sahagún.
En Los Pinoles estalló el escándalo del “Toallagate” a los pocos días de asumir la presidencia. Toallas de más de 400 dólares y costosos enseres domésticos que sumaban más de 9 millones de pesos.
Una pesadilla pinolera de una pareja presidencial que se imaginó monárquica y resultó corrupta, dañina. Seis años lucrando en familia.
El 15 de septiembre de 2008, durante la celebración del Grito de Independencia en Morelia, estallaron un par de granadas de fragmentación que dejaron como saldo siete muertos y 132 heridos.
El nuevo habitante de Los Pinos ya era Felipe Calderón Hinojosa. Sinónimo de muerte e iniciador de una guerra absurda e inútil que enlutó al país llenándolo de fosas comunes y desgracias. La residencia presidencial de nuevo se tiñó de sangre. Hombre soberbio, ridículamente vestido con un uniforme militar dos o tres tallas más grande que su pequeña estatura.
Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera habitaron Los Pinos desde el 1 de diciembre de 2012 hasta el 30 de noviembre de 2018. Hoguera de vanidades en la enorme sala de la Casa Miguel Alemán, pasarela televisiva entrando y saliendo. Portadas de revistas de nimiedades. Frivolidad, abundancia y riqueza para los tuyos, los míos y los nuestros.
Pero hoy aquella casa del Chupacabras, Los Pinoles, La Tenebra, es La Casa del Pueblo, el Complejo Cultural Los Pinos. El conjunto de casas que habitaron estos personajes oscuros y siniestros de nuestra historia es visitado permanentemente por familias, grupos de personas de todo el país y el extranjero. La actividad cultural desplegada semanalmente es rica y diversa. Se vive un proceso de asombro al descubrir las instalaciones a todo lujo por parte de la gente que pisa por vez primera esos espacios. Enojo, rabia, sorpresa que se convierten en alegría al saber que ahora ese espacio es propio, colectivo, comunitario. Una energía participativa recorre las áreas destinadas a celebrar encuentros con nuestras culturas y pueblos originarios.
¿Cuánto tiempo tendrá que transcurrir para exorcizar los demonios que habitaron esas casas sin que nuestra memoria colectiva olvide ese pasado?
El 10 de febrero de este 2024 se inauguró una exposición de arte contemporáneo donde participan 18 artistas mexicanos. Organizada por el curador y artista Guillermo Santamarina, lleva por nombre ¿HECHO CONSUMADO? Memoria,civismo crítico y arte contemporáneo.
El lugar donde se exhiben estas obras es la Casa Miguel Alemán.A cada artista se le destinó un espacio dentro de las habitaciones, incluyendo baños, closets, vestidores, y salas. En la habitación que me fue asignada se me ofreció la libertad de seleccionar cinco pinturas. Decidí mostrar obras que tienen un significado específico para esta casa.
Una de las obras que presento, con seguridad la que más dolor e indignación me ha costado pintar en los últimos años, es el óleo titulado: Réquiem por Julio César Mondragón.
En el transcurso de la noche del 26 de septiembre de 2014 en la que 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, fueron secuestrados y hasta el día de hoy desaparecidos, Julio César Mondragón fue torturado hasta morir desollado vivo según los estudios forenses. Su cuerpo se encontró al día siguiente. Las imágenes de su rostro ensangrentado aparecieron en gran cantidad de medios.
En 2015 pinté un gran cráneo en tonos rojizos por cuyas cavidades emergen grandes cactus que a su vez tienen pequeños brotes de flores. Tragedia y esperanza, luto y flor. Es el cráneo del joven estudiante normalista Julio César Mondragón, estudiante de la Normal Isidro Burgos de Iguala, Guerrero. La misma escuela normal donde estudió Lucio Cabañas Barrientos.
Hoy, desde una de las paredes de esa habitación de la Casa Miguel Alemán, el rostro desollado de Julio César Mondragón, su memoria y la de Lucio Cabañas Barrientos nos recuerdan que los sueños son posibles. Los Pinos florecen
Ciudad de México, 6 de mayo de 2024

