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Últimas de Borges

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
En el monumental Borges de Bioy Casares, éste cuenta un sábado 14 de junio de 1986 en Buenos Aires cuando en la Confitería del Molino encontró a su hijo Fabián y le regaló Un experimento con el tiempo, de Dunne, que acababa de comprar en el quiosco de la esquina.
Según Borges, no había título tan admirable como el de ese volumen porque multiplicaba nuestro concepto de mundo al proponer la existencia de una serie infinita de tiempos que fluían uno en el otro.
Dunne aseguraba que después de la muerte aprenderíamos el feliz manejo de la eternidad y volveríamos a tener “todos los instantes de nuestra vida y los combinaremos como nos plazca. Dios y nuestros amigos y Shakespeare colaborarán con nosotros”. Borges sonreía al escribirlo.
El encuentro y el libro le parecieron a Bioy un buen augurio. Fue a almorzar a La Biela con Francis Korn y al terminar decidió dirigirse a buscar un ejemplar de reserva del libro del autor inglés al quiosco de Callao y Rivadavia.
Un individuo joven, que describe con cara de pájaro, vagamente conocido, lo paró por la calle y le dijo dos veces: “Hoy es un día muy especial”. Bioy preguntó por qué y el extraño mensajero le informó de la muerte de Borges esa tarde en Ginebra. Siguió hasta otro quiosco de Callao y Quintana, mientras iba dando, como diría después, sus primeros pasos en un mundo sin Borges.
Bioy imaginó una muerte desolada para Borges, aun suavizándola con la presencia a su lado de María Kodama, su amor final. El ángel que lo haría pasar de una condición a otra. Y sin embargo, Borges no estaba rodeado de las cosas y las personas conocidas, escribe su amigo, aquellas que evitan la desolación ante el final: “Ojalá me equivoque”.
María Kodama es descrita por él como una mujer extraña, que acusaba a Borges por cualquier motivo, lo castigaba con silencios en su ceguera, lo celaba, se enfurecía ante la devoción de sus admiradores, se impacientaba por sus lentitudes. Recuerda que Borges alguna vez le dijo: “Uno no puede casarse con alguien que no sabe lo que es un poncho o lo que es el dulce de leche”.
Con María, observa Bioy, Borges podía sentirse muy solo. La escena es anti homérica, y en ella radica el verdadero drama: el anciano maestro máximo del lenguaje, el dios literatura, se preocupa hasta con temor en complacer a la voluble y a veces cruel joven esposa durante sus últimos días, se marcha con ella a una ciudad europea entrañable para él en la memoria pero lejana en la carne y ahí fallece.
Hay quienes dicen que donde sea se muere sobre el planeta y otros acuden a la compasión de lo conocido para sortear el tránsito de la muerte. Bioy mismo afirma que Borges le dijo que para morir daba igual cualquier parte, de tal manera que no azuza inquinas entre quienes están en contra o a favor de la joven viuda y el desenlace.
El Kêtman, la regla de cortesía persa de no decir lo que se piensa sino sólo aquello que estimule la convivencia y el bienestar, es empleada por Bioy, a quienes algunos describen como un experto en su comedido uso. Del mismo principio desprende el budismo la regla de hablar solamente de quienes están presentes. Tal elegancia le impide a Bioy el mal gusto de militar en algún bando de opinión.
Prefiere contar los momentos últimos del maestro. Que quince días antes de morir Borges comentó a Bernès, un cónsul que lo frecuentaba, el sentimiento de la presencia de la muerte: “Ha llegado. Está aquí”. Mencionó además que “era algo externo, rígido y frío”. Durante la plática Bernès citó La moneda de oro. Borges corrigió: de hierro. Ante el disgusto del otro por su error, el poeta lo consoló con una de sus últimas bromas: “No se contraríe. Usted hizo lo que la alquimia no pudo”. Cerca del final de la visita el cónsul le leyó a Borges su cuento “Ulrica”. Luego de escuchar la línea con la que concluye ese casi único cuento amoroso suyo, Borges dijo: “Soy un escritor”. La escueta constancia era suficiente. Murió rezando el Padre Nuestro en anglosajón, en inglés antiguo, en inglés, en francés y en español.
El virtuoso del Kêtman recuerda que Borges murió en una casa alquilada en la cual le hubiera gustado vivir cuando fue joven y radicó en Ginebra. “La casa no tiene número; la calle no tiene nombre, pero tiene llave, que es la de la casa”, y “Borges ríe con la risa de siempre”, son las frases finales de un diario que abarca de 1931 a 1989 y consta de 1,663 páginas.
Un consuelo de la tristeza es imaginarse triste, recordaron Borges y Bioy una tarde al estar conversando sobre algún autor francés. No se imaginaron ellos mismos en la tristeza porque la literatura fue una forma definitiva de la felicidad para estos dos últimos titanes de las letras.
Una tesis descabellada afirma que Borges es una creación de Bioy Casares y que los dos son un invento nuestro. Otra, que Borges nos imaginó a todos. Hasta estas líneas, a quien las escribe y a aquel que las lee.
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Ingeborg Brun, cartógrafa de Marte

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
Giovanni Schiaparelli, astrónomo italiano, vivió de 1835 a 1910. Determinó correctamente que las lluvias de meteoros podrían ser residuos de cometas, como las que observó en el enjambre meteórico de Leónidas, asociadas al cometa Temple-Tuttle. Sin embargo, Schiaparelli se equivocó al describir la superficie del planeta Marte, la cual creyó ver surcada por un sistema de canales en 1877.
En la revista Naturaleza y Arte, Schiaparelli publicó por entregas en 1895 su libro La vita sul pianeta Marte. La entrega correspondiente a mayo de ese año contiene esta observación: “Más que verdaderos canales, en la forma más familiar para nosotros, debemos imaginar depresiones del suelo no muy profundas, extendiéndose en dirección rectilínea por miles de kilómetros, con un ancho de 100, 200 kilómetros o más. Ya he señalado que, de no existir lluvia en Marte, estos conductos son probablemente el principal mecanismo mediante el cual el agua (y con ella la vida orgánica) puede extenderse sobre la superficie seca del planeta”.
Algunas publicaciones de Schiaparelli dedicadas al planeta Marte las leyó con fascinación en Estados Unidos el astrónomo Percival Lowell, quien no tardó en difundir su propia serie de artículos sobre el planeta en la revista Atlantic Monthly, entre mayo y agosto de 1895. Lowell escribió en su segunda entrega sobre el planeta rojo, «El problema del agua», que “si hubiera habitantes, un sistema de irrigación sería esencial para su existencia, y el telescopio nos presenta el descubrimiento quizá más sorprendente de nuestros tiempos: los así llamados canales de Marte”. (En realidad, el término que utilizó Schiaparelli corresponde más bien a “surcos”.)
En su cuarta entrega, «Oasis», Lowell no dudó en especular sobre los seres que habitarían Marte, pues daba casi por sentado que los surcos de Schiaparelli eran obra de inteligencias más avanzadas que la humana: “Muy posiblemente, tales seres marcianos poseen invenciones que no hemos soñado y, para ellos, electrófonos y kinetoscopios son cosa del pasado remoto, preservadas con veneración en museos como reliquias, rústicos aparatos de la infancia de su especie. Ciertamente, vemos indicios de la existencia de seres que están por delante, no detrás nuestro, en la carrera de la vida”.
En Dinamarca, los artículos de Lowell fueron leídos por una joven a quien la astronomía le fue prohibida por su padre: Emmy Ingeborg Brun. Era hija del tercer matrimonio del cazador real Alexander Brun. Con sus dos previas consortes, Brun tuvo dos correspondientes hijos: Carl Frederik Emil y Alf Harald.
Emmy Ingeborg vino al mundo en Copenhague en 1872. Pese a la negativa paterna, esta acuciosa joven se educó a sí misma leyendo libros de ciencia y filosofía, hasta convertirse en entusiasta discípula de Schiaparelli y Lowell. Además, la hija del severo cazador real leyó con fruición Progreso y pobreza: una investigación sobre la causa de las depresiones industriales, tratado del estadounidense Henry George que analiza a profundidad la coexistencia de la pobreza con los avances económicos y tecnológicos.
Al saturarse con los erróneos avistamientos de Schiaparelli y las teorías sobre la vida inteligente en Marte de Lowell, Ingeborg se planteó que la sociedad equitativa y libre planteada por George en Progreso y pobreza sería posible en Marte. Desarrolló todo un sistema utópico, quizá con base en la idea que Lowell asentó sobre el “pueblo marciano”:
“Una mentalidad de orden nada desdeñable parece haber presidido el sistema que vemos [en Marte], una mentalidad con amplitud de miras considerablemente mayor que la que preside los diversos departamentos de nuestros asuntos públicos. En todo caso, la política partidaria no ha tenido nada que ver con ellos, pues el sistema es de alcance planetario”, escribió Lowell en su cuarto artículo sobre el planeta rojo.
Ingeborg Brun ha de haber incomodado a su familia con su empeño en estudiar astronomía y ciencias políticas. En su breviario personal «Ben Oni. Hojas del Diario de Emmy Hanum», cuenta que su hermano Alf la ingresó a un manicomio, donde tuvo que pasar nueve años hasta que logró demostrar su cordura en 1910. Fuera del encierro, Emmy Ingeborg pasó los últimos diecinueve años de su vida en Suecia, mayormente en cama, aquejada por varias enfermedades.
La tenaz danesa no dejó de escribir. En 1923 publicó su breviario de plegarias Et Bønskrift (A petición). El año de su muerte, Ingeborg publicó Testimonio de dos generaciones. Ambos impresos se conservan en la Real Biblioteca Danesa de Copenhague.
Durante su forzada estadía en el manicomio, Emmy Ingeborg se aplicó a una forma de arte y ciencia excepcionales: elaboró al menos diez globos planetarios en los que dibujó los canales de Marte siguiendo las detalladas descripciones de Lowell. Esa cartografía planetaria, ahora se sabe, es errónea. Sin embargo, el meticuloso trabajo con que la imbatible Brun llevó las descripciones de Lowell a un formato volumétrico, hacen de sus globos planetarios obras de arte preservadas en diversas colecciones.
Entre los orgullosos poseedores de globos pintados por Brun se cuentan el Museo Marítimo Nacional de Greenwich; el Museo Nacional de Escocia, en Edimburgo; el Museo Whipple de Historia de la Ciencia, en Cambridge; el Museo Specula Vaticana, en Castelgandolfo; el Museo Observatorio Camille Flammarion en Juvisy-sur-Orge, y el Museo Ole Rømer, en Taastrup.
En 2024 la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos adquirió uno de los globos marcianos de Brun, elaborado en 1905, para las colecciones de su división de Geografía y Mapas. Además, se le atribuye a Emmy Ingeborg otro globo planetario depositado en las Colecciones de Exploración Lunar y Planetaria de Randy y Yulia Liebermann.
(La arbitraria reclusión de Ingeborg Brun por su hermano Alf en un manicomio recuerda el infortunio de Camille Claudel, quien pasó los últimos treinta años de su existencia en el manicomio de Montdevergues, donde su hermano, el fatuo poeta Paul, la mantuvo desde 1913 hasta que la magnífica escultora falleció en 1943.)
Ingeborg Brun logró ser liberada. Mientras estuvo prisionera en la instalación siquiátrica, acaso mantuvo la cordura de 1905 a 1909 pintando sus modelos marcianos sobre globos terráqueos ordinarios que cubría con papel maché y después decoraba con tinta, siguiendo con cuidadosa determinación las observaciones escritas por Percival Lowell. Algunos de los globos decorados por Brun, ostentan en sus bases de bronce o madera la inscripción “Mars efter Lowekks Glober 1894-1914”.
Los globos marcianos de Brun paradójicamente muestran el polo sur en la parte superior del eje y el polo norte en la base axial. Esta vista corresponde a la manera en que se observa Marte mediante un telescopio astronómico.
Brun donó varias de sus obras cartográficas de Marte a instituciones y observatorios astronómicos. Le envió también uno de sus globos a Lowell. El astrónomo, quien lo recibió en 1915, le escribió que era “una pieza capital de trabajo” y le contó que la aduana estadounidense había retenido el artefacto al confundirlo con una bomba.
Ni Lowell ni Brun vivieron para enterarse de que sus teorías eran erróneas. Lowell falleció en 1916 sin haber podido comprobar la existencia del “planeta X”, cuya búsqueda ocupó los últimos años del científico y cuyo descubrimiento correspondió al astrónomo aficionado Clyde Tombaugh en 1930, quien lo bautizó Plutón a sugerencia de Venetia Burney, nieta de un bibliotecario. Un año antes de ese descubrimiento, en 1929, vencida por sus dolencias, Emmy Ingeborg Burn cerró los ojos para siempre.
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De la luz un atributo

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
I.
El aura de la obra de arte, un extraño entretejerse de espacio y tiempo que Walter Benjamin definió como la aparición irrepetible de una lejanía por más cercana que pueda hallarse, quedó rota, evaporada en la modernidad ante la reproducción masiva de la imagen, esa violación industrial de su condición antes única.
La alegoría, metáfora prolongada o metáfora de la metáfora según la nombra la retórica, caracteriza lo moderno (es su “armadura”) como aquello que no permanece igual a sí mismo y se manifiesta siempre en oposición a lo antiguo, compuesto por lo irrepetible y único.
El aura es un viento, un soplo o hálito sensible que hace manifestarse lo otro que está aquí sin ser notado. Sin estrépito, suavemente trascendente, el aura es uno de los disfraces que utiliza lo divino. Su estremecimiento, cuya sutileza es grave, equivale al dios que hiere desde lejos. El aura de la obra de arte significa un soporte para la contemplación.
De ahí que las tradiciones estéticas europeas y orientales del pasado —dos rayos que convergen en el centro de un mismo círculo— afirmen que el pintor diestro muestra su arte pero no es a sí mismo a quien en él se muestra. Dirá Dante que “quien pinta una figura, si él no puede serla, no puede pintarla”.
Las teorías hindúes del conocimiento, entre ellas el arte que es una de sus manifestaciones, aseguran que la fuente de la verdad no es la percepción empírica sino un modelo actuante en el interior de aquel que conoce. Dicho modelo “al mismo tiempo da forma al conocimiento y es la causa del conocimiento”.
De ahí también la voluntad de entender la obra de arte como el medio para alcanzar una verdad existencial y metafísica que Benjamin, ese pensador atemporal surgido en la modernidad, llama religiosa. Porque establece un medio para religar, reelegir y releer el mundo mucho más allá de la restricción dogmática y confesional de cualquier credo revelado. Una religión sin dios, sin ritual ni iglesia.
Por ello afirma que las obras de arte en sus orígenes fueron parte de rituales mágicos que derivaron en prácticas religiosas. La razón del arte y su potencia están fundadas en una teología, en un discurso o tratado sobre la polisémica y hasta contradictoria concepción de Dios.
Lo “aurático” del arte está además en el sueño, en las epifanías súbitas de los muchos mundos actuantes en el mundo cotidiano. Es el aceptar que hacemos arte para no morir de realidad. Mejor: que lo hacemos para habitar en la realidad múltiple donde las auras —o sus resonancias— se apoderan de nosotros.
II.
El arte occidental se fundó en la imagen humana. A diferencia de otros que como el arte oriental fijaron su función a partir de la naturaleza, la persona fue, en sus encarnaciones mitológicas y divinas, el centro de la representación en Occidente, comenzando por las huellas de las manos plasmadas en las umbrías paredes de las cuevas prehistóricas hasta los petroglifos que registran las escenas del amanecer de los seres humanos y sus invocaciones totémicas.
Según observa H. A. Murena, la gradual deificación del hombre que concluyó en el Renacimiento conducirá a la deformación de la figura del hombre. A partir del siglo XVIII aparecerá lo demoniaco y caótico, el humor paródico, lo onírico mecanizado, lo humano como un objeto intercambiable con cualquier otro, las personas vueltas muñecos, autómatas, monstruos, espectros, animales o máquinas. El corolario de esta deconstrucción será el arte abstracto: “el punto cero donde desaparece por completo la imagen humana”.
Un arte “puro” que media la nada con la nada y se lleva a cabo en el vacío buscando solamente la complacencia de los sentidos, un esteticismo gratuito y no la supraverdad del arte como medio para comprender las cosas en el ejercicio epistemológico de la contemplación. El aura de la obra es la mediación de este mundo con el otro.
Su disolución derivará en un concepto hueco: el arte por el arte, el cual no requiere el talento, la energía o el saber que el aura de la obra necesita para alcanzar la mediación superior o poliédrica que debe cumplir. De ahí la trivialidad del arte vacío que admira un mingitorio como pieza excepcional y confunde la urna con un orinal.
El arte de hoy abandona y se aleja del arte en la posmoderna “facilidad de las negaciones”. ¿Qué es la ascesis, antes indispensable para el acto creativo? Una palabra que en el mundo actual de las superficies carece de significante, un término sin significación.
Trátase entonces de la restitución del aura en la obra de arte. Del oficio de la pintura como un atributo creativo diferenciante, aquello que fue y de tanto en tanto regresa. El epitafio que la hermenéutica crítica ha pronunciado sobre las artes, extensivo a todas sus manifestaciones tardomodernas, no niega sin embargo que el espíritu aún asoma en ellas y que esa mediación que les es propia no está desvanecida por completo, pues aparece de tanto en tanto en las obras mismas y en la mirada del espectador que las contempla. El medio del cual se sirve como soporte, la pieza plástica en este casono es la esencia oculta del arte —una sustancia misteriosa inescrutable para la razón— sino el fascinador recipiente que la recoge para su manifestación.
Mientras exista lo humano el arte no puede desaparecer. Aún entre las auras opacas, las contra-auras diluidas de las épocas que como la actual terminan, surge el hálito, el vestigio de lo otro existente alrededor.
III.
La singularidad de la pintura de Manuel de los Ángeles y su infrecuencia en un medio plástico predominantemente esteticista y decorativo, subordinado a los “dudosos ordenamientos” mercantiles de la llamada escuela oaxaqueña de pintura, son evidentes.
La masificación del zoomorfismo, la texturización de las superficies como seña de origen, la cromática estereotipada, el aire naif y seudo fantástico, el folclorismo temático y la abstracción gratuita, o un espontaneísmo voluntarista que a menudo intenta ocultar la impericia y la carencia de talento, resultan elementos ajenos a la obra de este pintor.
Toda originalidad es siempre un volver al origen para regresar al punto de partida, a una Ítaca que será enriquecida comenzando con el desplazamiento mismo. Un salir de sí y buscarse entre lo otro —tal como el viaje del héroe que debe dejar lo conocido (la vivencia) y entre lo extraño (la experiencia) re-conocer-se—. El artista se forma en los inicios del arte hasta encontrar su propio lenguaje, su tono y su particularidad.
Al resumir la evolución de su proceso creativo, Manuel de los Ángeles cuenta que a partir de 2009, luego de haberse dedicado al paisaje, a los cráneos y al retrato, decide explorarlos asumiendo una perspectiva más contemporánea, incorporando nuevas visualidades a través de técnicas de imágenes provenientes de la interposición arquitectónica, de la cinematográfica o del diseño gráfico, su formación profesional de origen.
Experimentar significa ensayar, probar, intentar. Todo ensayo (una palabra emparentada con el término “catar” y el riesgo que esa acción implica) alcanza la modificación de un orden dado. El artista ensaya y el alquimista también. Todo arte es una alquimia. Todo logro nace de un ensayo.
El propósito de Manuel de los Ángeles —su lenguaje del lenguaje o su pintura de la pintura— fue lograr un efecto de cristalización en la imagen pintada, darle la apariencia de estar detrás de un cristal opaco o velado entre formas geométricas irregulares. Podría decirse: alcanzar el aura detrás de un aura mediante un método manual. ¿Qué es lo nuevo? Lo anterior reinterpretado.
Asumiendo influencias del impresionismo en una paleta divisionista donde los tonos se obtienen aplicando pequeñas zonas de color que no se mezclan en el lienzo sino ópticamente en la mirada del espectador, el juego del trampantojo incluye lo visto y a quien lo ve. Otro doblez.
La difuminación del rostro retratado consigue lo que el autor llama un efecto gestáltico y orgánico, cuyo principio obedece un dictum arcaico y anacrónico (fuera del tiempo) vigente ya en la sabiduría perenne: el todo es más que la suma de las partes.
Dicho enfoque holístico que entiende a los seres vivos y a los objetos como totalidades en un contexto, con nada existiendo aislado, solo o por sí mismo, dispone una multiplicación sensorial de la imagen y del espectador que la ve. El aura es una proliferación. En ella el mundo aparece magnífico y múltiple, se disuelven las distancias entre lo observado y el observador. El aura sucede como epifanía. El aura del arte es un tejido hecho de totalidad, un nos-otros que transfigura el aislamiento del yo.
En 2011 Manuel de los Ángeles alcanzó un límite: las figuras geométricas que venía empleando dejaron de bastarle. Utilizó a partir de entonces otra luminosidad pictórica basada en líneas rectas y sinuosas, curvas y móviles, como si el cuadro se mostrara desde temblorosos espejos de agua y energías cromáticas ondulantes, entre veladuras y transparencias que enriquecen las imágenes y les dan movilidad. El nuevo método descompuso la luz, intervino las formas y ganó una intensidad más enigmática y sugerente.
Una surrealidad que no deforma la imagen porque la enriquece, focalización expandida que toca los rostros y los cuerpos, mostrando que así son cuando se les contempla bajo un estado de gracia perceptivo cuyo nombre es atención. “Nada me desengaña, el mundo me ha hechizado”, escribió el poeta. Esa rendición ante el asombro ahora la pinta el pintor. Encontrar el aura es vencer a la sombra.
Así como los senos son más deseables velados que desnudos, los velajes de las sombras y distorsiones dan a los retratos una condición abismal y hermética. La mirada del espectador que los observa suspende el juicio crítico en su desciframiento y no se cansa de verlos. El enigma ocupa un peldaño debajo del misterio; es fascinante porque parece estar a punto de su revelación
IV.
La incertidumbre conduce a la búsqueda de un nuevo sentido, a una sabiduría de la transformación. Lo familiar queda revocado entre las inútiles certezas de ayer, convertidas de pronto en una niebla inmaterial. Toda evaporación deja un vacío. ¿Cómo se reemplaza lo que ya no está?
En el recuento de sus días, Manuel de los Ángeles vive el preludio de un final. El encierro de la pandemia en 2020 —ese paso repentino de la normalidad a la anormalidad— lo empuja a un nuevo atrevimiento. Doctrina de la aparición simultánea: la dificultad y su respuesta, el cambio y su adaptación. Es la vida que también significa otra cosa distinta a la que suponemos habitual.
Decide reinterpretar, empleando una vez más su propia paleta y su técnica pictórica, algunas obras icónicas del Renacimiento y el Barroco que darán lugar a la serie Maestros de la pintura occidental, caracterizada por el mirar y hacer de nuevo cuadros de Caravaggio, de Rubens, de Rembrandt, de Crespi, de Botticelli, de Vermeer, de Tiziano o de Leonardo da Vinci. Apropiación, copia, reinterpretación o descontextualización, como él mismo define su determinación y el resultado, a partir de la lectura de Walter Benjamin y su reflexión sobre la obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica.
(Entre las particularidades que caracterizan a Manuel de los Ángeles debe mencionarse un nivel cultural poco frecuente en la improvisación estética posmoderna, cada vez más alejada de la formación intelectual indispensable para todas las artes visuales, escénicas, musicales y literarias hasta fines del siglo XIX. Esa necesidad que engendró a las artes, una totalización de saberes y disciplinas ahora sólo obliga a los muy pocos. Son aquellos, una reducida masa crítica, que necesitan saber, pensar, sentir, aprender para realizar. El ser es lo que conoce. No conocer, o conocer poco, es no ser.)
Todo libro sale de otro libro, todo cuadro sale de otro cuadro. No hay Adán increado en el arte, cuya elaboración está dictada por las influencias, la procedencia de ellas y su continuación. O por la operación que agrupa de nuevo las cosas creadas. El arte es un volver a hacer lo que está hecho, no mediante nuevos tropos sino en medio de nuevas formas de alusión.
Deconstruir consiste en cambiar el eje de significación. Rodear el objeto, el modelo, para mirarlo con mente de principiante, como si fuera la primera vez, con a-sombro, sin la sombra de la razón discursiva o de la imagen mental ante eso que se ve. La mente de especialista clasifica y cataloga según aquello que ya conoce. La mente de principiante no tiene referente previo ni frecuenta el pre-juicio: al mirar mira como lo hacen el niño, el creador o el santo, siempre por primera vez. Por eso comprende, porque experimenta. Entonces cambia el eje de significación. El objeto que se mira es el mismo pero la mirada que lo mira deviene inédita. El objeto se vuelve otro, cambió.
La portentosa luz de Caravaggio, la sensual metafísica de Rubens, la delicadeza poética de Vermeer, el misterio insondable de Da Vinci, la intrigante sombra de Rembrandt, la epifanía pagana de Botticelli o la inspirada intemperancia de Gottlieb, son obras de un canon plástico tan antiguo como recién establecido.
Manuel de los Ángeles las ha pintado de nuevo. Dígase como se quiera: coloquio, diálogo, intertextualidad, intratextualidad, arrebatamiento, asunción, ocupación o captura. ¿Puede modificarse a los autores clásicos o son intocables? El pintor está consciente de que su paráfrasis quedará ceñida a la obra original y no busca ocultar los riesgos que corre al glosarlas. Tampoco intenta negar que al reproducirlas carecerán del aura de la obra original.
Aun así seguirá siendo fiel al impulso creativo de la primera idea que es la mejor idea; cumplirá el imperativo categórico del arte pleno (“Para nosotros sólo cuenta el intento. Lo demás no es asunto nuestro”. T.S. Eliot) y buscará que la modificación de esas piezas ancladas en la memoria del arte occidental ofrezca al espectador otros acercamientos, cambiando a veces los formatos originales y alterando alguna de ellas con la incorporación de personajes nuevos, de iconografías intrusas que darán lugar a lo inesperado.
Las líneas sinuosas y rectas integradas a las superficies de los cuadros —danza dentro de una danza, movimiento en otro movimiento— producirán una metamorfosis y en última instancia evaporarán el nombre del autor que las ha reinterpretado. No siendo ya de su pintor canónico y tampoco de su recreador, serán entonces de aquel que las vea en una asimilación de doble sentido cuando el espectador influye en lo observado y lo observado actúa en el observador. Todo lo sabemos entre todos, dice el sabio. De tal manera que todo lo pintamos entre todos.
V.
Los rostros y escenas plasmados en fragmentos, los rostros comunes vueltos extraordinarios al retratarlos, las obras de los maestros hechas otra vez. Tres etapas de un triángulo equivalente a la triple divisa de los antiguos persas: “Buen pensamiento, buena palabra y buena acción”.
El tres es un número fundamental. El tiempo es triple: presente, pasado y futuro. El hombre es hijo del cielo y la tierra y así completa lo que la tradición llama la gran tríada. El mundo está hecho de tres elementos, tierra, atmósfera y cielo. Para todas las religiones el tres constituye una cifra sagrada que sintetiza la tri-unidad de los seres vivos.
Sincronicidades o coincidencias complejas. No es accidental que el proceso pictórico de Manuel de los Ángeles esté determinado de manera triple: la búsqueda, el dominio, la realización. Toda época final es una fantología en la cual lo escondido —aquello como las auras perdidas y los oficios bien realizados— regresa para ocupar su lugar. Ante un arte kitsch hegemónico, de efectos ornamentales (el ornamento es delito) y complacencias masivas, de iconografías intrascendentes y vacuas, de abstraccionismos sin contenido, del no rigor, existe otro cuya función es con-mover, vincular con lo superior. Correr el velo de las formas para atisbar los arquetipos.
En ese horizonte creativo la belleza no es un fin en sí misma sino un resultado. Tal es la moral del arte. El precepto antiguo postuló que la agonística del esfuerzo creativo constituye el único camino transitable para alcanzar la obra superior.
Maestros de la pintura occidental o de la perseverancia un logro, de la fidelidad un hallazgo, de la búsqueda un encuentro, del origen un nuevo lenguaje. O de la luz un atributo.
La virtud es lo que está mejor combinado.
Este texto forma parte del catálogo de la exposición “Otra Aura. Maestros de la Pintura Occidental” del artista plástico Manuel de los Ángeles, que será inaugurada el 24 de agosto en el Museo de los Pintores Oaxaqueños.
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La miseria del intelectual y el declinar de las humanidades

Colaboraciones
Eduardo Subirats
Hoy enfrentamos colectivamente una serie de dilemas que afectan al equilibrio del ecosistema global, movimientos migratorios de decenas de millones y conflictos financieros y políticos de creciente intensidad. Y confrontamos el declinar de un Occidente políticamente recortado y definido y sus erosionados “valores”. Se pueden señalar otros dos aspectos de esta constelación histórica: los genocidios de mayor o menor intensidad y visibilidad mediáticamente controlada; y la guerra total, la guerra global y la guerra indefinida: una guerra integrada en el propio sistema de supervivencia económica y social capitalista.
Pero permítanme que también llame la atención sobre un eslabón perdido en esta secuencia sombría de fenómenos: la desintegración lingüística, la deconstrucción epistemológica, la escisión esquizofrénica y una debilitación general de la conciencia intelectual y de su voluntad ética. Y quiero subrayar la ausencia del intelectual que corona nuestra crisis histórica.
Ustedes dirán que sí existen elites y líderes religiosos, intelectuales o políticos, que los hay aquí y allá y por todas partes, y que incluso están organizados corporativamente, pertrechados bajo el liderazgo de poderosos think-tanks y, no en último lugar, dotados de un acceso exclusivo a los mass media. Y se dirá que estos sujetos de conocimiento y de una voluntad política y racionalmente configurada representan una figura especifica de intelectual postmoderno, o más bien representan las estrellas y los protagonistas universales del instante histórico actual. Son sus elites en el sentido del verbo latino eligere, equivalente al “escoger” y “elegir” castellanos. Son los selectos y escogidos.
Quizás la palabra intelectual no sea apropiada para definir la estructura mental y corporativa de este sujeto postmoderno. Éste no se define con arreglo al Verstand, al entendimiento subjetivo entendido como capacidad de comprender objetivamente la realidad, sino como expertos, es decir, hombres y mujeres que fundan su conciencia intelectual y su identidad moral en la racionalidad instrumental y monetaria que rige la territorialización de los conocimientos y las prácticas de nuestras instituciones científicas y educativas. Dichos microintelectuales y micropolíticos son, al mismo tiempo, los agentes del espectáculo del gran teatro del mundo, o más exactamente son sus diseñadores mediáticos y sus administradores lingüísticos, financieros o militares. Representan la voz del Espíritu de una historia sin espíritu.
Ciertamente, la estructura epistemológica y moral del experto se distingue de la voluntad revolucionaria de ampliar la conciencia humana hasta los confines de su libertad, de transformar y recrear las instituciones y tradiciones intelectuales, o de destronar tiranías. La figura del experto se distingue, por ejemplo, de la ética revolucionaria que en el siglo veinte trazó el perfil elemental del intelectual moderno: Rosa Luxemburg en Alemania, Gandhi en India, Mao Zedong en China, Ho Chi Minh en Vietnam, Lumumba en África, y en las Américas, Martin Luther King y Che Guevara. Son otros discursos y métodos; son otros iconos y personajes completamente diferentes y dispares. Es la figura clásica y cristalina del intelectual moderno, ya sea Giordano Bruno o ya sea Max Beckmann, como agente de esclarecimiento y de libertad.
Esta misma conciencia negativa, esta conciencia capaz de argumentar un gran No frente al eterno caminar a ciegas de la humanidad por los Wasted Land que la Historia Universal de Occidente deja a su paso por el tiempo, esta misma inteligencia intelectual autoconsciente ha experimentado, a lo largo de los primeros decenios del siglo veintiuno, una compresión, una obstrucción y una fragmentación sistemáticas. En consecuencia, esta conciencia intelectual se ha debilitado y ha acabado por gasificarse. Incluso podríamos recopilar fácilmente citas precisas sobre esta volatilización del intelectual en las apologías a una dialéctica afirmativa del postmodernismo à la Lyotard o Jameson, o de un escepticismo nihilista de la tradición surrealista francesa de Salvador Dalí a Giles Deleuze.
Sus últimos gritos de agonía, ampliados con resplandores heroicos por los mass media, anunciaban remates finales en las últimas librerías de las metrópolis europeas y panamericanas con el karma de los post- de casi todas las cosas, desde la naturaleza hasta los ideales de civilización que representó la filosofía de Kant o la política de la zarina Catalina la Grande de Rusia, protectora de un Voltaire y Diderot perseguidos por la nobleza francesa.
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Deseo insistir sobre la conciencia intelectual en el siglo veintiuno, sobre el intelectual como entidad artística, filosófica y política, y también sobre la definición epistemológica y académica del intelectual, y sobre problemas específicos de la supervivencia intelectual como son la censura intelectual, la manipulación administrativa del intelectual, el aislamiento electrónico del intelectual y la gasificación del intelectual en el proceso de deconstrucción ontológica, atomización lingüística y volatilización postmoderna de lo real en el medio del gran espectáculo del mundo.
Acaso debamos comenzar, antes de seguir adelante, con la pregunta por una definición literaria de intelectual, por una historia de la inteligencia humana desde la sabiduría egipcia, taoísta o chamánica, hasta las corporaciones de expertos del siglo veintiuno. A este propósito les contaré un cuento personal.
Cuando era un estudiante en una escuela primaria me dejé cautivar por la saga de Alexander y Wilhelm von Humboldt en la cima intelectual de la Aufklärung. La historia era cautivadora porque los dos hermanos trazaban un arco entre Berlín y una naciente América latina de las postrimerías revolucionarias del Esclarecimiento europeo, esa Aufklärung que redefinió la Europa moderna. Las biografías de ambos intelectuales, adaptadas para lectores adolescentes, trazaban una unidad misteriosa entre la sensibilidad estética, el rigor ético y epistemológico de la Aufklärung y una visión unitaria de la historia de la Humanidad bajo el signo de Freude, Freude schöner Götterfunken de Schiller y Beethoven. Los Hermanos Humboldt – así se titulaba el librillo – constituían, y creo que siguen constituyendo, una maravillosa plataforma ideal de partida.
Esta unidad es un ideal hermenéutico. Lo es desde las perspectivas más conservadoras de un Immanuel Kant y un Benjamin Franklin. Y es el problema específico que deseo conversar con ustedes hoy: la unidad entre conocimiento científico, filosófico y tecnológico, y un orden ético que envuelve por igual a la Historia y sus historias humanas, junto a la realidad física y metafísica de la naturaleza; es la unidad del orden ético y la harmonía estética del mundo que en la historia del pensamiento europeo moderno han representado las cosmovisiones y definiciones filosóficas de Leone Ebreo, Giordano Bruno, Spinoza y Goethe. Todos ellos, por lo demás, autores respetados e incluso elevados a verdaderos tronos, pero cuyas teorías del conocimiento y hermenéuticas estética y literaria no han sido menos olvidadas por ello.
En fin, esta es la unidad ideal e idealista que han perseguido algunos filósofos importantes tanto de Oriente como de Occidente. Ciertamente, esta unidad y equilibrio no las podemos reconocer hoy en ninguna parte, con la excepción, tal vez, de un remoto chamán en Mongolia o un último monje tibetano de Leh.
La agonía del intelectual postmoderno ha sido la última consecuencia y al mismo tiempo la condición del colapso de esta unidad. Es la consecuencia y el reverso del declinar de los Grand récits, y de la supresión de la reflexión y la filosofía.
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El reduccionismo instrumental del conocimiento epistemológica y académicamente sancionado ha sido la puñalada fatal a la figura del intelectual como lo conocíamos en las sociedades liberales europeas y panamericanas de los dos últimos siglos. Su punto de partida había sido el matrimonio de la ciencia y la tecnología con la conciencia ética, y su articulación con la acción política emancipadora, revolucionaria y democrática que representaron un Robespierre, y un Franklin y Mao Zedong en sus sucesivos y diferentes teatros históricos.
Por el contrario, el nuevo sujeto postmoderno es el experto. Es una autoconciencia que ha construido su identidad ética y política a partir de los paradigmas instrumentales y las normas corporativas, y que ha reducido su conocimiento y actuación a las microepistemologías y las microidentidades configuradas en las megamáquinas del conocimiento. El intelectual postmoderno es un experto que en su misma constitución cognitiva define y construye efectivamente el mundo, es decir la historia de los ecosistemas y las civilizaciones, y su pasado, presente y futuro, como un objeto cognitivo articulado en torno a epistemologías instrumentales, las lingüísticas mercantiles y las retóricas políticas.
El experto cristaliza su identidad psicológica y política a partir de una realidad epistemológicamente fragmentada y escindida. Su coartada ha sido la micropolítica. Es, por consiguiente, una conciencia circunscrita a microconocimientos y a redes microsociales. Es también una microconciencia sin rostro, constituida en torno a un saber instrumental que, desde un punto de vista ético y ontológico, y en comparación con el modelo tradicional de esclarecimiento en Spinoza o Kant, o en las tradiciones antiguas del taoísmo y el confucianismo, es más bien una conciencia ciega, encerrada en las cuatro paredes de su cubículo corporativo y su perfil electrónico; un sujeto postmoderno que ha construido su identidad subjetiva y su existencia entera a partir de significantes vacíos, desde los símbolos de la libertad hasta las lingüísticas tecnocientíficas.
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La instrumentalización de la conciencia y su subsiguiente división y debilitamiento psicológico se han llevado consigo a las humanidades en sus aguas tumultuosas, han ahogado enteramente el principio de la mayéutica socrática, es decir, el conocimiento a partir de la propia experiencia reflexiva, y han acabado por suprimir efectivamente el precepto kantiano del esclarecimiento (Aufklärung): “Habe Mut, dich deines eigenen Verstandes zu bedienen” – “Ten ánimo para servirte de tu propio entendimiento…”
La genealogía de este proceso regresivo de las humanidades ya había sido anunciado por el escepticismo sefardí del siglo dieciséis. Es el propio progreso del conocimiento humano el que autodestruye su sentido a través de la especialización y fragmentación de saberes, la multiplicación de paradigmas, la desconexión entre conocimientos sectorializados, la separación de la investigación y la creación, las barreras entre lingüísticas literarias y lingüísticas científicas… y, finalmente, la ausencia de relaciones de “las partes con el todo”, y la abolición de un sentido ético y estético en el proceso de reconocimiento y reconstrucción del objeto científico. “¿Vosotros llamáis a esto saber? ¡Yo lo llamo ignorancia!” La obra que expuso ejemplarmente este estado de cosas se titulaba Quod nihil scitur (“De nada se sabe”).
El antihumanismo y la antifilosofía que ha acompañado el positivismo lógico, junto a la antiestética del Abstract Art en un extremo, y el deconstructivismo en el otro extremo de la evolución intelectual del siglo veinte, junto al efectivo abandono de toda función esclarecedora en la filosofía y la conciencia pública, lo mismo en las aulas que en los parlamentos, solo han radicalizado el paisaje sombrío que Sánches trazó en las postrimerías del Humanismo.
Hoy las humanidades sucumben a las epistemologías de los microanálisis, que les ha usurpado su capacidad lingüística de articularse con el mundo natural e histórico en tiempos precisamente de colapso y desintegración generalizada de las palabras y las cosas. La reflexión científica y filosófica sobre la condición natural e histórica de la existencia humana ha sido triunfalmente suplantada por los slogans generados a partir de las lingüísticas políticamente correctas desde los transgénicos a la salvación por medio de la Inteligencia Artificial. La privatización y fragmentación de los lenguajes instrumentales también han contribuido en la construcción de este paisaje escéptico. Las humanidades son hoy una Babel de discursos fragmentarios y divididos, de señales ambiguas o contradictorias, de paradigmas antagónicos, y de una profunda desorientación con respecto al pasado, el presente y el futuro de nuestra conciencia histórica.
Esta desvalorización del conocimiento humanista y humanitario ha llegado al extremo de aquella misma sátira contra la ignorancia y la estulticia que Erasmus expuso como retrato espiritual de la Europa del siglo dieciséis en su obra Stultitiae laus. La diosa Estulticia, que semánticamente comprende los significados de la demencia y la locura, es aclamada y adorada por los gobiernos y los pueblos de Occidente mientras siembra en las cuatro partes del mundo las confrontaciones y desequilibrios más devastadores. Sus últimas consecuencias fueron el escepticismo y el nihilismo que representaron Sánches o Montaigne.
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En los años de las protestas europeas y norteamericanas contra las corporaciones de la energía nuclear y sus peligros, y en prevención de sus consecuencias ecológicas sus implicaciones militares, allá por los años ochenta del siglo pasado, tuve ocasión de conversar con uno de sus líderes intelectuales: Robert Jungk, el biógrafo de las primeras bombas nucleares que estallaron en Los Álamos, Hiroshima y Nagasaki, y autor del libro Der Atom-Staat: Vom Fortschritt in die Unmenschlichkeit (“El estado atómico: del progreso hacia la inhumanidad”), una reconstrucción de las estrategias políticas en torno a la energía nuclear, su racionalidad tecnocéntrica y sus estructuras totalitarias.
Jungk acababa de dictar una conferencia cuyas predicciones políticas y ecológicas no eran precisamente optimistas. Aunque tampoco fueran completamente catastróficas. En la cena que celebramos en su homenaje, este intelectual añadió un comentario que me llamó la atención.
“Si la historia de la humanidad sigue este camino progresivamente violento y autodestructivo – decía aproximadamente – no podemos contar ya con mucho espacio y tenemos muy poco tiempo para pensar, desarrollar y poner en práctica el proyecto de un futuro humanizado. Sin embargo, por reducido y vigilado que sea este espacio de reflexión y libertad, tenemos que utilizarlo hasta sus límites, siempre con el propósito de exponer y desarrollar tanto la crítica de nuestro tiempo histórico, cuanto nuestros programas, objetivos y proyectos afirmativos necesariamente asociados a esta crítica. No en último lugar es nuestra responsabilidad de cara al futuro conservar y acrecentar aquellas tradiciones intelectuales y religiosas que han sostenido el libre desarrollo humano…”
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clásicos: integrados / des-integrados

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
Este texto es parte del catálogo de la exposición «Otra Aura. Maestros de la Pintura Occidental» del artista Manuel de los Ángeles, que se presenta en el Museo de los Pintores Oaxaqueños a partir del 24 de agosto de este año y hasta el 9 de febrero de 2025.
Magister pinxit
Una condición que la academia impone a los artistas visuales es el aprendizaje por medio de la copia, condición que a los practicantes más talentosos les resulta muchas veces gravosa, pero que a la mayoría de los aprendices les permite ejercer una operación técnica que en el futuro constituirá un apoyo para resolver problemas compositivos, de color y de otros factores que faciliten el tránsito hacia una creación original o, al menos, más personal.
No todos los artistas asumen con paciencia o acatamiento el arte del copista: la mimesis exacerbada por apegarse, no a una imagen de lo real, sino a la imagen de una imagen, o bien, a la imagen inventada por otro para dar cuenta de una realidad. Esa es la gran dificultad para imitar a los grandes maestros del arte figurativo clásico: someter las energías creativas a las líneas, las formas y los colores logrados por un predecesor que alcanzó la maestría y aun la expresión sublime en ciertas piezas veneradas.
No es inadvertida la insistencia en restringir estos párrafos a un término que a estas alturas se considera peligrosa y hasta ofensivamente patriarcal: el predecesor, el modelo, el maestro. La historia mundial del arte estuvo durante muchos siglos sujeta a un magisterio masculino, a partir sobre todo del siglo XIV, con la irrupción de artistas geniales en el Renacimiento como Sandro Boticelli, Michelangelo Caravaggio, Tiziano Vecellio, Raffaello Sanzio, Michelangelo Buonarroti, Leonardo da Vinci, o del Barroco, como Pieter Paul Rubens, Rembrandt van Rijn o Johannes Vermeer, entre otros.
Si bien ahora conocemos la existencia de magistrales mujeres pintoras cercanas en el tiempo y en el talento a aquellos maestros —como Sofonisba Anguissola, Artemisia Gentileschi, Judith Leyster o Rachel Ruysch—, la preponderancia masculina en el arte pictórico durante los siglos XIV a XIX correspondió a la tendencia histórica a postergar los logros de las mujeres en diversos campos de la ciencia, el conocimiento y la creación.
Por ello, hasta la fecha la práctica de copiar grandes obras de arte remite casi infaliblemente a obras de maestros: Raffaello, Michelangelo, Leonardo, Tiziano, Caravaggio, Rubens, Rembrandt, Vermeer y otros nombres subsiguientes, muy famosos. Para los criterios antipatriarcales que son tendencia cada vez mayor, de poco vale señalar que varios de estos artistas fueron declaradamente homosexuales (Buonarroti y Da Vinci, entre otros).
Los patrones lingüísticos y culturales nos conducen a ratificarlos como maestros. La identidad de género que eligieron, en cuanto a criterios de estética y técnica plásticas, resulta irrelevante. Lo que a la persona creativa importa es el alcance artístico, la capacidad de estos antiguos retratistas en convertirse en modelos mediante sus producciones pictóricas.
Alumni fēcit
Manuel de los Ángeles, maduro pintor, apenas va dejando atrás la juventud cronológica, si bien desde hace años alcanzó un alto grado de destreza técnica y creativa en su oficio. El encierro forzoso que a casi todos impuso en 2020 la pandemia de Covid 19, lo llevó a adelantar en su arte de una manera paradójica: no en un movimiento hacia adelante —que es la forma en que la mayoría espera avanzar—, sino con un movimiento lateral o colateral, dando espacio a que el gran arte de la antigüedad ocupase los lienzos en los que normalmente el artista se coloca al frente con su imaginería.
De los Ángeles optó por una radical vuelta a los orígenes del gran arte retratístico occidental: reproducir a los maestros con varias de sus mejores obras, añadiendo de su parte un sutil patrón cromático con el que modifica por medios ópticos la imagen ajena y la vuelve su versión. Con ese procedimiento rebasa la línea de la copia o la mera reproducción para instalar la aportación magistral en su territorio creativo. La decisión, de por sí difícil, entraña consentir el abandono de la imaginería propia para llenar el espacio con la obra ajena, y siéndole estrictamente fiel a ésta, intentar una obra personal.
Durante cuatro años, Manuel de los Ángeles ha depurado este procedimiento. En la ruta, consiguió resultados sorprendentes, pues a la cautivadora mimesis añadió una lectura personal con resultados dispares, pero no sin un alto grado de pericia, soltura y entereza: la serie «Otra Aura. Maestros de la Pintura Occidental».
En la tarea, el pintor se encomendó a San Pedro (como es evidente en uno de los mejores cuadros de esta serie), pero, sobre todo, a Caravaggio, Rubens, Rembrandt y Vermeer. Además, ejecutó cuatro formidables homenajes: a Boticelli; nuevamente a Rembrandt, a Velázquez y a Goya, al reproducir El nacimiento de Venus, Lección de anatomía del doctor Tulp, Cristo crucificado y La maja desnuda. Por sus proporciones, retos técnicos y formales, estas piezas de gran formato son los ejemplos más depurados del deslumbrante sistema mimético que en esencia, para el artista, es una salida de sí mismo.
Esta salida, sin embargo, no lo conduce a un espacio externo sino lo proyecta al interior de las obras maestras que reconfigura y reinterpreta. Como tantas otras personas, durante la pandemia el artista hubo de observar atenta y acaso obsesivamente su entorno, al grado de internalizar las formas del encierro. En su caso, este repliegue a su entorno le devolvió la profundidad de magníficas creaciones pictóricas que suelen quedar como trasfondo en la producción artística, y que en su proceso salieron a flote, se proyectaron hasta saturar su espacio creativo. Manuel de los Ángeles materializó en su serie de 2020-2024 la aparición de lo invisible, ese sustrato que subyace en la obra de todo pintor y toda pintora de valía.
Schilderij
De este conjunto de obras de Manuel de los Ángeles puede surgir un extenso flujo de comentarios en torno a la significación de sus modelos y las consecuencias de su intervención. Abreviemos, en gracia a restricciones espacio-temporales, la especulación en torno a su trabajo. En primer lugar, lo que demanda su tenaz empeño es el reconocimiento a la perennidad de sus modelos: la pintura-pintura más depurada no cesa de fascinar a quien la contempla. Digan lo que digan los teóricos de vanguardia, un da Vinci o un Vermeer gozarán siempre de la atención más esmerada. Aun si estas obras desaparecieran, su imagen perdurable continuaría en la memoria colectiva. Son un fenómeno cultural que compromete a la especie humana.
Schilderij: Pintura, la pintura, las pinturas por antonomasia. Están reunidas en este esfuerzo aleccionador de Manuel de los Ángeles, y sólo cabe preguntarse por las ausencias; es imposible cuestionar las presencias en esta serie de obras porque cada una se justifica a sí misma y al conjunto. Sin embargo, hay en esta congregación sobresaliente piezas que además descuellan por su factura, además de las ya mencionadas: Cristo (Velázquez), Medusa (Caravaggio), La muerte de Séneca (Rubens), La dama del armiño (Leonardo da Vinci), Las tres gracias (Rubens). Al menos estas cinco recreaciones merecen un examen pormenorizado que las restricciones de espacio obligan a limitar a su mera mención. Pero sin duda cada una de estas realizaciones son la elocuente prueba del arte de Manuel de los Ángeles como explorador de la forma, como oficiante y celebrante de la pintura-pintura.
El trabajo de Manuel de los Ángeles sobre las obras de los maestros clásicos parece reiterar un postulado que Merleau-Ponty anotó en El ojo y el espíritu: “El ojo ve al mundo y lo que le falta al mundo para ser cuadro, y lo que le falta al cuadro para ser él mismo, y en la paleta el color que el cuadro espera, y una vez hecho ve el cuadro que responde a todas sus carencias, y ve los cuadros de los otros, las otras respuestas a otras carencias”.
La angustia de las influencias, conquistada
En su proyecto más reciente, de los Ángeles parece asumir una postura crítica que lo acerca a la propuesta de Harold Bloom sobre la creación poética. Bloom afirma que la descripción de la influencia poética es “la historia de las relaciones intrapoéticas”. Aplicando este pensamiento al arte visual, podemos concluir que la descripción de las influencias pictóricas es la historia de las relaciones intrapictóricas. Obras como las de Manuel de los Ángeles ofrecen un espacio muy idóneo para el estudio de esas relaciones.
Bloom señala que la apropiación implica las inmensas angustias de sentirse deudor, y llama al proceso de superar ese sentimiento “la conquista de la angustia de las influencias”. Desde luego, esa deuda pictórica e icónica es evidente en la serie «Maestros de la Pintura Occidental», pero ¿hasta qué punto de los Ángeles hubo de combatir angustiosamente las influencias para alcanzar originalidad?
Bloom impugna una creencia muy extendida cuando dice que “las influencias poéticas no tienen por qué hacer que los poetas se vuelvan menos originales, ya que frecuentemente los vuelven más originales aun cuando no necesariamente mejores”. Y añade: “La profundidad de las influencias no puede ser reducida al estudio de las fuentes, a la historia de las ideas o a la modelación de imágenes”.
Manuel de los Ángeles, siguiendo la perspectiva de Bloom, apela a un movimiento que lo inserte dentro del canon de la pintura occidental mediante seis recursos que el autor de La angustia de las influencias enumera y explica: clinamen: la mala lectura o la mala interpretación deliberada del modelo canónico; tésera: completamiento y antítesis, pues lee la obra madre conservando sus términos, pero logrando otro significado; kenosis: un mecanismo de ruptura semejante a los mecanismo que nuestra psique emplea contra las compulsiones de repetición y, por lo tanto, un movimiento hacia la discontinuidad con respecto al precursor; demonización: un movimiento hacia un contra-sublime personalizado, en reacción al sublime del precursor; ascesis: una reducción, pues el pintor renuncia a una parte de sus dotes imaginativas con el objeto de separarse de los demás, incluso de su precursor, y hace esto en su pintura colocándose en relación con la obra madre de tal modo que su pintura sufra también una ascesis; y apofrades: el retorno de los muertos, pues el pintor mantiene su pintura tan abierta a la obra del precursor que podríamos pensar que la rueda ha dado una vuelta completa, pero la obra está ahora abierta como antes estaba abierta, y el efecto misterioso que resulta de esto es que el logro de la nueva pintura nos causa la impresión, no de que el precursor la estuviera pintando, sino de que el artista posterior hubiese pintado la peculiar obra del precursor. Una audacia compositiva que Jorge Luis Borges planteó en Pierre Menard, autor de El Quijote.
Disyuntiva: ser integrado en un momento apocalíptico
La Internet ha permitido que las imágenes antes restringidas a paredes de museos puedan estar a disposición de quienquiera que cuente con una pantalla. Las imágenes icónicas de los grandes maestros han saltado de la exclusividad de prestigiadas salas museísticas a la intimidad de habitaciones domésticas, e inclusive a la fugaz e inestable privacidad de los cibercafés. Por ello, no está de más terminar estas reflexiones sobre la pintura de Manuel de los Ángeles recordando los cuestionamientos que el lingüista y novelista Umberto Eco efectuó desde mucho antes de la Internet en su libro Apocalípticos e integrados:
“La cultura de masas es la anticultura. Y puesto que ésta nace en el momento en que la presencia de las masas en la vida social se convierte en el fenómeno más evidente de un contexto histórico, la “cultura de masas” no es signo de una aberración transitoria y limitada, sino que llega a constituir el signo de una caída irrecuperable, ante la cual el hombre de cultura (último superviviente de la prehistoria, destinado a la extinción) no puede más que expresarse en términos de Apocalipsis. En contraste, tenemos la reacción optimista del integrado. Dado que la televisión, los periódicos, la radio, el cine, las historietas, la novela popular y el Reader’s Digest ponen hoy en día los bienes culturales a disposición de todos, haciendo amable y liviana la absorción de nociones y la recepción de información, estamos viviendo una época de ampliación del campo cultural, en que se realiza finalmente a un nivel extenso, con el concurso de los mejores, la circulación de un arte y una cultura “popular”. Que esta cultura surja de lo bajo o sea confeccionada desde arriba para consumidores indefensos, es un problema que el integrado no se plantea. En parte es así porque, mientras los apocalípticos sobreviven precisamente elaborando teorías sobre la decadencia, los integrados raramente teorizan, sino que prefieren actuar, producir, emitir cotidianamente sus mensajes a todos los niveles”.
Como adenda a estas consideraciones, valga señalar que, al conjunto de pinturas elaboradas a partir de obras de maestros occidentales, el artista reorienta su adopción de modelos pictóricos para incorporar a algunas maestras recobradas del gran arte pictórico, como Artemisia Gentileschi. El panorama creativo de esta serie de Manuel de los Ángeles se amplía y complementa, así, con una apertura que debiera amplificarse en futuras adiciones a la serie que el artista comenzó a concertar cuando el mundo se cerró sobre sí mismo, en 2020. Cuatro años más tarde, ese entorno creativo se abre paso al exterior con cada vez mayor soltura, lucimiento y amplitud de miras.
Oaxaca de Juárez, 2023-2024
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Historia de un gato

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Había una vez un gato francés que vivía en Shakespeare & Co. y leía a Joyce. Carajo, dijo alguna vez, qué dura es la vida de un minino así se haya sido antes el artífice de tanta confusión fundida con el alfabeto vuelto plastilina, pasta de Lina, pasto con anilina. ¿Qué es esto, por dios(ero), que leí ayer, que escribí antier, que no entiendo hoy?: “Sir Tristán, viola d’amores, del otro lado del pequeño mar, no ha passencore vuelto a llegar de Norte Armórica a este lado del flaco istmo de Europa Menor para librar su penuríoslo combate”. Y el Sena no resuena con tanta agua gélida que lleva como gangrena.
Pe(n)sándolo bien, no soy como dijo ese poeta estiradón y alrevesado, digo miau y ni me dan jamón fresco ni lo quiero ahumado, me sié si ¡bu! plé, ni me ponen búho-ardilla ni pido para le cat casa, ni me dan baza en el Odeón ni exijo terraza, “aunque very soon-Venyson-prontísimo”, ni me dan rata y quiero ratón, tampoco por eso vuelco el t(r)azón, aunque “Moloch el Migrañas” sea mi amo y yo haga excursiones “que el cascado huevo de su cabeza se apresta a indagar más allá del barrio mis andanzas”, para otear a gusto las pequeñas puchas de gatitas mis amigas y volverles a mostrar la “cabezona verga de otro tiempo alzarse cual desnuda obra erecta (¡Joy…a garantizada!)”, sobre todo a O Carina, ¡oh! Carnina, esa carne de mi-minina, cuya dueña melosa se llama T, sin punto y a secas, y vaya que si la cuida la flaca puntaseca que no la deja salir al retozo del oso, hasta en la noche y a es con divas, porque la Oca Rina quiere ser actriz, como su ama la (con)T(iene) que le dice sí, bichita, sí.
No le aviso a Moloch Migrañoso cuando me ausento para que no descuide misobras y las ostras que se expenden en el negocio, vejancona librería donde en (v)ida me escondí detrás de la cortina coscolina para saber qué pe(n)saban de mis prosas sustan(o)ciosas que ese día comenzaron con la vocalidad ornitorrinco, ánima del mal propio del reino parisi cuando Genoveva derrotó a los hunos y a los otros “— sólo para dar una idea de qué tipo más beodopentateuco era—”, y los invitados hicieron boca de ano admirabilis hasta que probaron el tormentón vino rojo y llenaron sus copas y dijeron ¡pero cómo es posible que esto(macal) se mame litera-turca!, y tanto que bailaban suave “Gog y Magog tomándose un grog”.
Esa ¿ves? le dije a Silvia Beach(a): “Hurra; nada mejor que el sereno para amanecer sereno (rondando la tautología, nada menos)”, los penetraidores no vuelven a venir(se) ni a entrar, tampoco las vaginambulantes, mucho menos aparecen los sexornados. Lancé a los cuatro y a los cinco y a los seis y a los siete puntos cardinales mis oblacciones: ¡orcanetas, onoquiles, ortopédicos, ordeñados! “De manera que los no-hechos, en la medida en que los poseamos, son demasiado imprecisos y escasos para aportarnos certidumbre”. Já-já-já-lame-la: es velar, sorda y fricativa. Vamos, pues, a joder en gatomóvil porque esto es un fracaso, si debimos hacer una fiesta de jodencitas en calcetas y conejito caliente, al contado, donde crujan muchas crujientes croissants.
Entre le zist el le zest, “he was rebuznante de placer”, pues Silbeach(a) anunció con gracias a ella, graci-ela, encarnación de la sabia Minerva, miembro de la Triada Capitolina y heredera con varo, que à la fin el Ulises con sus tapas azul griego y el título y el nombre del autor en letras blancas ya está. And then, en el andén, surgiría Finnegans Wake, el aquí citado-entrecomillado-plagiado-manoseado y nunca comprendido libraco póstumo envuelto en humo como allá-acullá y para allá: asunto concluido. ¿Quién lo leyó? Nadie. ¿Quién le entendió? Nadie. ¿Quién lo escribió? Nadie.
Decidí entonces volverme gato después de comer macarrones marrones y beber polichinela verdoso como el (b)río y perseguir a O Carne Fina, esclava (con)sentida de la T. Entre las gárgo olas, bajo las barcas zarcas, para que aullara venidota(da): “¡Amámote, mentirosa rubita, diosobscenándote en un rincón, y en tu casa desflorando zaguales!”, Oooocarina, este mete-saca de que te entra-te entra dio aire a los galos y fundaron Padrótica. “¿Es forzoso que Noenmihogar sea nuestro sitio?”, le dije al Migrañas cuando volví en vilo, y me dijo micho, mizo, micifuz.
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Balas contra boletas

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
El 3 de abril de 1964 Malcolm Shabazz dijo a sus seguidores en un famoso discurso, en Cleveland: “Lyndon B Johnson es la cabeza del Partido Demócrata. Si apoya los derechos civiles, que vaya al Senado la próxima semana y se pronuncie. Que vaya y denuncie a la rama sureña de su partido. Que vaya y asuma una postura moral. Díganle que no espere a las elecciones… En 1964, es la boleta o la bala”.
En ese discurso, enfatizó el líder de la Mezquita Musulmana Islámica y la Organización Panafricana de la Unidad Afroamericana: “Si nunca vuelven a verme en sus vidas, si muriera en la mañana, moriré diciendo una cosa: la boleta o la bala, la boleta o la bala”.
El 13 de febrero de 1965, en Detroit, el antiguo convicto llamado Malcolm Little se dirigió a la comunidad afroamericana de Detroit con nuevo nombre, el-Hajj Malik el-Shabazz. Había roto con el Movimiento Musulman Negro, del que fue líder bajo el nombre de Malcolm X. La noche previa, desconocidos habían bombardeado e incendiado su casa, pero él estaba firme en su alocución. En el auditorio Ford anunció a sus amigos y enemigos:
“Uno de nuestros primeros programas es sacar nuestro problema del contexto de los derechos civiles y colocarlo en el nivel internacional, el de los derechos humanos, de modo que el mundo entero pueda tener voz en nuestra lucha. Si nos mantenemos dentro de los derechos civiles, el único sitio en el que podemos buscar aliados es en los confines domésticos de Estados Unidos. Pero si la convierten en una lucha de derechos humanos, se vuelve internacional y entonces pueden abrir la puerta a todo tipo de apoyo y consejos de nuestros hermanos en África, Latinoamérica, Asia y en todas partes”.
Durante seis años que pasó en la cárcel por asalto a una casa (y por vivir en amasiato con una mujer blanca), Malcolm Little se enseñó a sí mismo a leer, se convirtió en musulmán y salió en 1952 para integrarse a la Nación del Islam, movimiento separatista en el cual se convirtió en uno de los principales oradores y voceros.
Doce años estuvo Malcolm ligado al movimiento que lideraba Elijah Muhammad, predicando el separatismo de anglosajones y afroamericanos, oponiéndose a los llamados de Martin Luther King para la integración racial. Mientras el doctor King llamaba a la resistencia pacífica, Malcolm no dudó en presentarse ostentosamente armado a las manifestaciones de su organización.
Sin embargo, la resistencia armada de la Nación del Islam se mantuvo dentro de límites prudentes. Mientras tanto, dentro de la organización en la que iba ganado prominencia (al grado de ser visto como el sucesor de Elijah Muhammad), Malcolm miraba con desagrado la afición de su líder hacia el dinero y las mujeres muy jóvenes. Inclusive, una de las novias de Malcolm terminó como concubina del casi septuagenario Elijah.
Para 1963, Malcolm —de 38 años de edad— intentaba clarificar las muchas dudas que tenía sobre su postura como líder racial y predicador del Islam. Decidió emprender la Haij, la peregrinación que todo creyente musulmán debe hacer al menos una vez en su vida a Makkah: La Meca, el santuario donde surgió Mahoma como profeta.
En La Meca, Malcolm X cumplió con el tawaf: el ritual de circular siete veces alrededor de la Kaaba, el gran meteorito negro que los musulmanes consideran la simbólica casa de Alá en la tierra. Observó asimismo el ihram, que exige a los peregrinos portar en sus ceremoniales ropas sencillas, sin costuras de ser posible.
Pero más allá de los rituales que confirmaron su fe, el predicador del separatismo observó una convivencia entre los fieles que sacudió sus creencias. En su país natal insistía en separar a los afrodescendientes de los anglosajones. A su retorno a los Estados Unidos, el-Hajj Malik el-Shabazz publicó una carta en abril de 1964 en la cual explicaba la transformación de sus posturas sociales y políticas:
“Estados Unidos necesita entender el Islam, porque esta religión borra de su sociedad el problema racial. Durante mis viajes por el mundo musulmán me he reunido, conversado e inclusive comido con personas que en Estados Unidos hubiesen sido consideradas “blancas”. Pero la actitud “blanca” estaba extirpada de sus mentes por la religión del Islam. Nunca antes he visto esa hermandad sincera y auténtica practicada por todos los colores juntos, sin importar el color [de piel]”.
El activista conocido por su intolerancia hacia la “raza blanca” añadió: “Pueden escandalizarse por estas palabras, viniendo de mí. Pero en la peregrinación, lo que visto y experimentado me forzó a revisar muchos patrones previos de pensamiento, y desechar algunas de mis conclusiones. Pese a mis firmes convicciones, siempre he sido un hombre que intenta afrontar los hechos y aceptar la realidad de la vida cuando nuevos conocimientos y experiencias se despliegan. He conservado una mente abierta, necesaria para la flexibilidad que debe ir de la mano con toda forma de busca inteligente de la verdad”.
Hasta entonces, Malcolm X era visto por el FBI y la CIA —órganos de espionaje político del gobierno de los EEEUU— como una amenaza para la nación blanca, y de alguna manera eso tranquilizaba a estas corporaciones. El cambio de doctrina del activista lo convirtió en una preocupación de las policías secretas: Malcolm Shabazz, como predicador de la integración racial y de los derechos humanos, era una opción que el gobierno no toleraría.
Después de que bombardearan su casa en abril de 1965, el líder garantizó a sus seguidores más cercanos continuar con su mensaje, pese al riesgo tras ser declarado traidor por su enemigo, el gobierno “blanco”, y por la Nación del Islam. Transmitió a sus custodios y amigos la noción de que, si bien continuaba con ellos, les hablaba como hombre muerto.
El 21 de febrero de 1965 Malcolm Shabazz llegó a pronunciar un discurso en Manhattan, Nueva York, en la sala de baile Audubon. En el escenario, se colocó ante el podio con micrófono y saludó al modo islámico: “Salaam Aleikjum” (la paz sea con ustedes). No dijo más. En la zona de butacas, algunos hombres comenzaron a reñir. Uno de ellos gritó: “¡Negro, saca tus manos de mi bolsillo!”
El orador intentó calmarlos. De entre el público se levantó un hombre a quien muchos vieron disparar con una escopeta recortada contra el predicador. De otra zona del auditorio saltaron dos individuos disparando pistolas semiautomáticas. En el tumulto, apresaron a un agresor. Dos más salieron huyendo de la sala de baile. En el escenario quedó Malcolm Shabazz. Recibió 21 disparos en el pecho, en un hombro, brazos y piernas. Diez perdigones eran del escopetazo. Lo llevaron a un hospital, donde murió a las 3:30 de la tarde.
Varios hombres fueron culpados del asesinato, además de Elijah Muhammad. Hay demasiados indicios de la participación del FBI y la CIA. En 1966 sentenciaron por el crimen a William Bradley (William 25X), Norman Butler (Muhammad Abdul Aziz), Thomas 15X Johnson (Khalil Islam) y Talmadge Hayer (Thomas Hagan, luego Mujahid Abdul Halim).
Hayer confesó su participación en el atentado, pero negó que Bradley y Butler fuesen cómplices. La inocencia de Johnson también fue sostenida por Bradley. En 1985 Butler quedó exonerado del cargo. Hayer fue puesto en libertad bajo palabra en 2010, y en 2021, Johnson y Bradley también fueron puestos en libertad por un juez.
La familia Shabazz tuvo un destino aciago. En 1995, Qubilah Shabazz, hija de Malcolm y Betty, fue encarcelada por contratar a un sicario para que matara a Louis Farrakhan, líder de la nación del Islam tras la muerte de Elijah Muhammad. El hijo de Qubilah, Malcolm Latif, fue enviado a vivir con su abuela Betty. En 1997, Malcolm Latiff causó la muerte de su abuela al provocar un incendio en su hogar. Fue encarcelado por ello. Vivió hasta 2013, cuando visitó México y se le ocurrió involucrarse en una pelea en un bar de Garibaldi, donde lo mataron.
Las seis hijas de Malcolm y Betty Shabazz —Attallah, Gamilah Lumumba, Ilyasah, Malaak y Malikah Shabazz, junto con su hermana Qubilah— aún sobreviven.
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Creer sin creencias

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
I.
Un breve y trascendental libro del estudioso y ex monje budista escocés Stephen Batchelor, Buddhism without Beliefs (Budismo sin creencias), propone una nueva perspectiva, contemporánea y actualizada, sobre aquella ciencia del espíritu descubierta empíricamente hace un poco más de 2,500 años por el antes príncipe hindú y luego renunciante a dicha condición Siddharta Gautama, conocido desde entonces como el Buda, aquel que ha despertado a la verdad acerca de la naturaleza lo real.
Ese despertar, una condición también llamada iluminación, se describe como el acto de vislumbrar el universo en un sistema de partes interrelacionadas, compuesto de varias formas de vida que pasan de una a otra mediante un flujo incesante de energías y apariencias. El estado del Buda, la iluminación, no se puede formular ni transmitir porque trasciende las palabras y la comprensión discursiva. Es una experiencia espiritual directa y dinámica que llega al sujeto a través de la intuición. Sólo puede comunicarse el camino que lleva a la iluminación, y no otra cosa es el mensaje del Buda que debe ser puesto en práctica por cada uno para comprobar o no su objetividad. A diferencia de la de otras figuras devocionales históricas, en la iluminación del Buda no hay revelación divina o intervención de alguna esfera suprasensible. Su verdad es descubierta por el esfuerzo de un ser humano en el mundo fenoménico del aquí y el ahora, desde el cuerpo y la mente del sin ningún espacio o entidad metafísicos de por medio.
Ya diría Dogen, maestro japonés fundador del Zen soto en el siglo XIII, en qué consiste tal descubrimiento: “Aprender el camino del Buda es aprender sobre uno mismo. Aprender sobre uno mismo es olvidarse de uno mismo. Olvidarse de uno mismo es experimentar el mundo como un objeto puro. Experimentar el mundo como un objeto puro es abandonar el propio cuerpo y mente y el cuerpo y mente del yo-otro”.
Los textos canónicos del budismo —una designación occidental acuñada en el siglo diecinueve por estudiosos europeos para esta ciencia del espíritu— consignan catorce cuestiones metafísicas dejadas intencionalmente sin respuesta por el Buda ante las preguntas hechas al respecto por el asceta errante Vacchagotta. Dicha renuencia a afirmar o negar tales cuestiones define su condición pragmática así como el sentido de lo útil y lo inútil para el camino budista: 1. El mundo es eterno. 2. El mundo es no eterno. 3. El mundo es a la vez eterno y no eterno. 4. El mundo no es eterno ni no eterno. 5. El mundo es finito. 6. El mundo es infinito. 7. El mundo es a la vez finito e infinito. 8. El mundo no es finito ni infinito. 9. El Thatagata (otro apelativo del Buda) existe tras su muerte. 10. El Thatagata ya no existe tras su muerte. 11. El Thatagata existe y a la vez no existe tras su muerte. 12. El Thatagata ni existe ni no existe tras su muerte. 13. El sí mismo es idéntico al cuerpo. 14. El sí mismo es diferente al cuerpo.
La legendaria réplica del Buda a estas indagaciones de la curiosidad metafísica y conceptual humana, demasiado humana, sobre el origen y el fin del universo, la identidad o diferencia entre el cuerpo y la mente, la existencia o no existencia después de la muerte, condensa la esencia de un mensaje inmediato y tangible, un curso de acción personal que también se ha definido como un ateísmo religioso porque se rehúsa a aceptar la existencia de un más allá y de una deidad determinantes para solucionar lo que la mente humana no puede esclarecer por sí misma empleando la mera racionalidad: “Considerar que el mundo es eterno o no es eterno, o aceptar cualquiera de las proposiciones que enuncias, Vachagotta, es la jungla de la teorización, el salvajismo de la teorización, la confusión de la teorización, los obstáculos y congojas de la teorización acompañados por la enfermedad, la angustia, la turbación y la fiebre; lo cual no conduce a la liberación, a la ausencia de pasión, a la calma, a la paz, al conocimiento y a la sabiduría del nirvana”.
En su libro esclarecedor, Stephen Batchelor —quien se educó en monasterios de India, Suiza y Corea para después dejar el monacato budista pero no la frecuentación de la práctica meditativa y el estudio de su simple cuerpo doctrinal— recuerda que la respuesta del Buda (o el silencio, conforme tradicionalmente se le ha llamado) alrededor de dichas interrogantes consistió además en dos escuetas afirmaciones provenientes de su propia experiencia iluminativa: la enseñanza acerca de la angustia humana y el fin de la misma como síntesis de su descubrimiento, y el énfasis en el único sabor que impregnaba al dharma (el camino o doctrina) budista: la libertad.
Ese “agnosticismo existencial, terapéutico y liberador”, expresado por el Buda en un lenguaje propio de su lugar geográfico y de su época cultural, es lo que Batchelor propone reformular de nuevo para adaptarlo a nuestro momento histórico y a nuestra mentalidad actual, rescatándolo así de su institucionalización religiosa, de una devocionalidad acrítica y mecánica que desde su origen nunca fue, como acabó convertido, “un sistema revelado de creencias válido para siempre y controlado por una élite sacerdotal”. Batchelor sugiere que el budismo contemporáneo debe desechar dos de los planteamientos axiomáticos que hasta ahora lo han caracterizado: la reencarnación (o más propiamente renacimiento) y el karma. El Buda, dice, no enseñó algo en qué creer sino algo que se debe hacer.
II.
El tiempo es el polen del Universo, afirma el Mahabharata hindú. Pero los seres humanos solemos ignorar que la realidad es un fluido ininterrumpido en constante movimiento, y que lo único permanente resulta la impermanencia de todo aquello, nosotros incluidos, que sólo existe episódicamente, así sea durante cronologías cuantificables o accesibles para la imaginación. Las religiones, artefactos ideológicos asumidos como revelaciones divinas, sufren de inexactitud porque pretenden ser inmutables e idénticos a sí mismos en cualquier tiempo histórico y en todo espacio cultural. El universo se expande y se transforma, pero no así los dogmas que la conciencia humana asume como si fueran inalterables, restos de una mentalidad arcaica que postula la tranquilizadora ciclicidad rutinaria y siempre igual de un espíritu inmutable en su comprensión y en sus manifestaciones.
Stephen Batchelor argumenta que el budismo ha venido perdiendo históricamente su dimensión agnóstica —su condición fluida— al institucionalizarse como religión (“un sistema revelado de creencias válido para todos los tiempos, controlado por una élite sacerdotal”). Aquel agnosticismo existencial terapéutico y liberador expuesto por Siddharta Gautama en los primeros tiempos del dharma ha sido reemplazado por modelos devocionales tan alejados de su origen que hacen creer, tanto a sus creyentes como a los miembros de otros credos metafísicos, que el Buda, el Despierto, es un “dios” adorado entre los solemnes y exóticos rituales de una iglesia si bien “oriental” iglesia al fin.
El mismo término “agnosticismo” ha perdido su sentido primario y su fuerza conceptual: ahora representa un “no sé” acerca de las cuestiones trascendentes de la vida y la muerte, cuando lo que debería significar es un “no puedo saber” de ello a partir de los recursos analíticos de la mente común. T. H. Huxley, quien acuñó el término en 1869, entendía el agnosticismo como un método sostenido en un principio positivo: “Sigue a tu razón hasta donde pueda llevarte”, y cuyo enunciado negativo establece lo siguiente: “No asumas que son ciertas las conclusiones que no estén demostradas o no sean demostrables”. Ese principio de reserva crítica y de sabiduría empírica ha estado presente en la tradición occidental desde Sócrates, la Reforma y la Ilustración, hasta llegar a los axiomas de la ciencia moderna. Es lo que Huxley llamó la “fe agnóstica”.
“Ante todo —escribe Batchelor— Buda enseñó un método (la práctica del dharma) en vez de otro ‘-ismo’. El dharma no es algo que hay que creer, sino algo que hay que hacer. Buda no reveló una serie de hechos esotéricos sobre la realidad, que podemos optar por creer o no. Desafió a la gente a comprender la naturaleza de la angustia, a entender sus orígenes, a llevar a efecto su cese y a hacer realidad otro modo de vida. Buda siguió su razón hasta donde pudo llevarle y no asumió que alguna conclusión era cierta a menos que fuera demostrable. La práctica del dharma se ha convertido en un credo (el ‘budismo’) de manera similar a como el método científico se ha degradado en el credo del ‘cientificismo’.”
Esa referencia a la naturaleza de la angustia o sufrimiento proviene de otra interpretación (o deconstrucción) hecha por Batchelor —esencial como las ya mencionadas: el abandono de las nociones del renacimiento y del karma— que acerca el mensaje budista a la mentalidad contemporánea regresándolo a su agnosticismo original. Lo que se conoce como las cuatro nobles verdades descubiertas por Siddharta Gautama en su proceso de iluminación: la verdad del sufrimiento, la verdad del origen del sufrimiento, la verdad de la cesación del sufrimiento, la verdad del camino que conduce a esa cesación, gira alrededor de un término sánscrito, dukha, que tradicionalmente también ha sido traducido a las lenguas occidentales como “dolor”. Tales voces no son adecuadas para expresar el sentido cabal de dukha, y su traducción produjo la falsa impresión de que el budismo era una doctrina pesimista, negativa, incluso nihilista, la cual exaltaba el dolor como un hecho definitorio de la existencia del sujeto.
Batchelor ha preferido traducir dukha como angustia, una noción mucho más precisa para abarcar la condición de la conciencia humana. “Un budista agnóstico acude al dharma en busca de metáforas de confrontación existencial en vez de metáforas de consuelo existencial”. Así entonces, el dharma no es una creencia que salva milagrosamente sino un método de investigación personal para afrontar la primacía de la angustia, aplicar después un conjunto de prácticas (la meditación, entre otras) ante ese dilema afectivo y con ello obtener su solución. Significa una perspectiva laica agnóstica basada en la razón inteligente que comprende y en la voluntad decidida que actúa.
“¿Existe —se preguntaba Cioran— un signo de ‘civilización’ mayor que el laconismo?” En este libro Batchelor demuestra que no. La brevedad prosística de Budismo sin creencias —forma contenida de un fondo inagotable— acredita su inmensa importancia cultural.
En la densa oscuridad de estos días aciagos ya está en curso otro proceso civilizatorio fundado en la tarea creativa por excelencia: volver a las fuentes del conocimiento, beber sus aguas lustrales y alcanzar el viático del despertar de la conciencia que hace cesar (o cuando menos atempera) el ansia, el dolor, la crónica infelicidad. Hace alcanzar la libertad.
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El banquero terrorista

Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
El banquero Ricardo Salinas Pliego se hace llamar “El Tío Richie” en los posts de odio que publica en la red X. Detenta una fortuna cercana a los diez mil novecientos millones de dólares. Durante 2024, hizo campaña contra las medidas con que la presidencia de Andrés Manuel López Obrador busca cobrarle los más de sesenta y tres mil millones de pesos que el empresario adeuda al Servicio de Administración Tributaria del gobierno mexicano.
El apodo que se autoasignó el banquero y dueño de tiendas departamentales deriva de dos personajes de caricatura: Uncle Scrooge, creado por Walt Disney, que en español es conocido como “Tío Rico”, y Richie Rich, creado por Alfred Harvey y Warren Kremer, que en español resulta “Ricky Ricón”. Ambos personajes se caracterizan por sus ofensivos capitales; pero mientras Tío Rico es un avaro codicioso, Ricky Ricón gasta a capricho sus caudales.
Salinas Pliego se asemeja mucho más al Tío Scrooge, cuyo apellido es sinónimo de avaricia y codicia en inglés, derivado del personaje que Charles Dickens ideó en 1843 para su famoso Cuento de Navidad. Salinas Pliego es dueño de Elektra, cadena de tiendas de crédito que obtienen de sus clientes ganancias exorbitantes mediante ventas en abonos, tristemente célebre por sus métodos de cobro, que permiten calificarlos como usura.
El Grupo Salinas que lidera “El Tío Richie” (fundado por su abuelo Hugo con la denominación Salinas y Rocha) se enriqueció desmedidamente a raíz de la adquisición, en 1993, del paquete de medios que ahora se conoce como TV Azteca. Coaligado con los diferentes presidentes priistas y panistas —desde Carlos Salinas de Gortari, pasando por Vicente Fox y Felipe Calderón, hasta Enrique Peña Nieto— TV Azteca transmitió propaganda oficial como si fueran noticias. Por ello, durante un cuarto de siglo el grupo empresarial obtuvo contratos millonarios de los gobiernos.
A partir de 2018, con López Obrador en la presidencia, los descomunales contratos para TV Azteca y los beneficios para otras empresas del Grupo Salinas comenzaron a desaparecer, mermando al oligopolio. En 2023 el gobierno mexicano comenzó a presionar al magnate Salinas para que pague los más de sesenta mil millones de pesos que adeuda al fisco.
El hasta entonces dócil servidor de la presidencia de la república replicó con una campaña en sus medios y en los de la derecha para descalificar la administración lopezobradorista. Aprovechando la campaña presidencial de 2024, atacó a la candidata del oficial partido Movimiento de Regeneración Nacional. Apoyó, asimismo, la campaña negra creada por el ex funcionario priista Roberto Madrazo para calificar a López Obrador como “narcopresidente” y trató de impulsar a la inepta candidata opositora a la presidencia. Salinas Pliego y sus cómplices no pudieron frenar la masiva votación a favor de la candidata de Morena, Claudia Sheinbaum, quien asumirá la presidencia de la república este año.
Las consecuencias de su intento de manipular las elecciones presidenciales llevaron a Salinas Pliego a ser identificado como parte de la oligocracia cleptómana que ha exprimido a la ciudadanía mexicana durante décadas. Los esquemas usurarios de sus tiendas Elektra y sus bancos Azteca fueron denunciados. Disminuyeron las ganancias de sus empresas.
Un grupo de periodistas que durante años señaló los manejos de “Tío Richie”, dio a conocer el menoscabo de sus ganancias empresariales. Desde octubre de 2023, La Jornada informó que la utilidad de operación de Grupo Salinas “fue de mil 252 millones de pesos, una reducción de 31 por ciento, comparado con la utilidad de mil 802 millones” en 2022.
Para vengarse de los medios que apoyaron a la administración que le cobra impuestos que no pagó, Salinas Pliego presentó una demanda en Jalisco y Estados Unidos contra un grupo de periodistas que difundieron las pérdidas de sus empresas, alegando “terrorismo financiero y chantaje”. Entre las periodistas y los periodistas imputados figuran Sandra Aguilera, Rafael Barajas, Luis Guillermo Hernández, Francisco “Poncho” Gutiérrez, Hans Salazar, Víctor Aramburu, Jorge Gómez Naredo, Álvaro Delgado, los canales “El Chapucero”, “Sin Censura” y el portal “La Verdad Noticias”.
El banquero convertido en terrorista judicial también acusa a las cuentas de X LaCatrinaNorteña, DefensadelConsumidor, AlbertoRudo, HanzSalazar, RedAMLOMx, AntiTelevisaMx5 y varamburucano, del comunicador Víctor Aramburu, así como a los canales de YouTube Iber Alejandro7, Cortos El Mexa, Sin Censura TV6 y El Charro Político (estas dos últimas, parte de una red de canales en YouTube vinculados a la agencia Brolan, cuyos fundadores son el empresario Rafael Díaz y el conductor Saúl Armando Lepe Soltero).
A fin de censurar y amenazar a estos comunicadores, los abogados de Salinas Pliego presentaron una demanda a las autoridades de Jalisco para pedir a las empresas de redes sociales Meta, Google y X proporcionar datos de identificación de los usuarios de las cuentas y “retirar publicaciones infractoras”. Aduciendo que las empresas de redes sociales no tienen domicilios en México, los abogados de Salinas Pliego solicitaron a autoridades estadounidenses que ordenen a Meta, Google y X entregar la información “para avanzar con la investigación abierta en Jalisco”.
Lo que la estrategia legal salinista busca obtener es la información de todas y todos los periodistas: todas sus direcciones físicas, direcciones de correo electrónico, números de teléfono, nombres, direcciones y números de tarjetas de crédito de todas las tarjetas de crédito registradas y nombres, direcciones de correo electrónico, números de teléfono y denominaciones de los métodos de pago que no involucren tarjeta de crédito. Datos que debieran permanecer en privacía.
Así, se da el caso de que el dueño de varios medios de comunicación, bancos y tiendas departamentales amenaza la privacidad de comunicadoras y comunicadores recurriendo a un truco legal que avaló una autoridad mexicana (del estado bajo control del gobernador Alfaro) y en el que trata de hacer intervenir a una autoridad extranjera (del estado de California).
La organización Artículo 19 advirtió que este caso podría representar un ejemplo de una denuncia estratégica contra la participación pública, con posibles afectaciones a la libertad de expresión en las redes sociales de periodistas, personas comunicadoras y personas usuarias de dichas redes en general en México.
No hay que olvidar que el banquero terrorista Salinas Pliego ha utilizado en incontables ocasiones el poder de sus medios y sus caudales para intentar someter a ciudadanos y a gobernantes de México. Lo hizo cuando declaró en junio de 1999, tras el asesinato del locutor Francisco Stanley: “La impunidad nos aplasta. ¿Y dónde está la autoridad? ¿Para qué pagamos impuestos? ¿Para qué tenemos elecciones? ¿Para qué tenemos tres poderes? ¿Para qué tanto gobierno cuando no hay autoridad? Hoy lloramos por Paco. ¿Mañana por quién lloraremos?” En esa ocasión, Salinas Pliego cesó sus lloriqueos entonces cuando se hizo público que el conductor estrella de su canal televisivo fue ejecutado por deudas con traficantes de drogas, las cuales consumía y distribuía. Su lloriqueo actual exige la complicidad de un gobierno extranjero para aterrorizar y censurar a comunicadores. ¿Logrará su fin?
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Nosotros los inminentes

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Caminaba descalzo en su paseo mientras las vidrieras de las construcciones brillaban discretamente bajo el sol. Bernard Flynn leyó los periódicos y salió a distraerse por los jardines vecinos y las aceras cercanas del apacible barrio londinense de los suburbios donde vivía. Deseaba pensar.
Era un hombre bajo, sesentón y robusto, cuyo nombre suponía una leyenda de la estafa y el engaño que empleaba contra periódicos y revistas para venderles información falsa pero verosímil, ofrecida con una persuasión lógica que en el gremio se consideraba con inconfesa admiración. Flynn nunca pedía grandes cantidades de dinero a cambio de sus engaños, por eso predominaba su sagaz maestría, sólo después la denuncia de sus delitos.
Revisaba los periódicos tan meticulosamente como quien dirigiera un frente de batalla, y cuando encontraba un tema de su interés ponía en juego múltiples recursos para simular conocerlo mejor que los involucrados o no, según estableciera el guion mutable que seguía.
Una telaraña explicativa descendía entonces sobre las presas de Flynn, convencidas del timo con versiones tan sólidas que pasaban por reales. Ahora cavilaba en otro asunto. Desde meses atrás seguía un culto de profecías y revelaciones que poco a poco iba ganando espacios en la prensa.
Regresó a su casa después del paseo y ya en su despacho abrió un folio donde guardaba la bitácora de las noticias sobre la secta. Volvió a leer la última de ellas, publicada por The Times con su limpia tipografía habitual: “Gran concentración a la orilla del Támesis. Miles de seguidores consagran un templo virtual. Londres, 9 de mayo. Una muchedumbre calculada en miles de personas (siete mil según observadores, tres mil quinientos según la policía) se reunió para consagrar un templo al Dios/Diosa Inminente, culto que ha crecido en los barrios periféricos de la ciudad. La ceremonia tuvo una duración de casi tres horas entre danzas, música y oraciones. Para los inminentes, como se les conoce a sus adeptos, la iglesia de los fieles se integra al reunirse al menos tres de ellos, cualquiera de los cuales puede presidir sus ritos. Un niño, una mujer, un hombre joven y un anciano, entre otros, dirigieron discursos y cantos en los que toda la asamblea participó. La celebración de los dioses de los nombres ocultos, motivo de la fiesta religiosa según el especialista en el tema Bob Graves, es una reminiscencia de la práctica romana del elicio, que consistía en conocer mediante engaño los nombres secretos de los dioses de las tribus que el imperio iba conquistando para establecer sus santuarios en Roma y así atraer a los pueblos sometidos. Ninguno de los asistentes quiso declarar nada al respecto, y cuando los reporteros intentaron entrevistar a una pareja que parecía estar a cargo de la ceremonia, ésta subió a un auto y se marchó del lugar”.
El cuidado por la horizontalidad y el anonimato de su jerarquía llamaban la atención de Flynn desde que había comenzado a notar la presencia de la secta en la prensa citadina que la describía como un fenómeno suburbano y marginal sin acabar de precisar ni su origen ni sus devociones.
En esos meses había notado que parecía poseer un panteón tan abierto y variado como el olímpico, festejado en ocasiones dedicadas a la divinidad que pronto debía venir. Antes fueron Diana, Hygeia, Peitho, Aslepios. Ahora Erato y Dionisos, dios de la inspiración.
Flynn fue al teléfono y marcó el número de la redacción del diario. Pidió ser comunicado con el reportero John Velvet, autor de la nota. Concertó una entrevista después de decirle al periodista que poseía información sobre la secta. Sugirió ser un miembro arrepentido, pero no explicó más. Sacó el auto del garaje por la tarde y manejó hasta un antiguo café en la ribera del Támesis, que le recordaba su veneración por Charles Dickens. Por eso lo había sugerido.
Velvet ya lo esperaba en una mesa junto a un ventanal desde el que se dominaba el río teñido de sombras crepusculares. Era un hombre joven y nervioso. Flynn sonrió para sus adentros cuando lo vio. Correspondía en todo a la ansiosa prisa de su gremio. Y bebía, sobre la mesa estaba un vaso de escocés.
—Me adelanté. Quería estudiar antes el terreno —le dijo al saludarlo. Su franqueza agradó a Flynn.
—Es bueno hacerlo —concedió éste, y tomó asiento. Pidió un té de menta. Nunca bebía al trabajar. Velvet hizo una mueca.
—¿Y bien, señor…? —preguntó el reportero.
—Llámeme Eliot, a secas —contestó Flynn.
—Bien, Eliot. Usted me dijo que poseía información de primera mano sobre los inminentes. Quisiera escucharla —dijo el otro.
—¿A cambio de qué? —repuso Flynn. La regla del oficio exigía nunca dejar de establecer que el intercambio era por dinero: relaciones exactas entre objetos dispares.
—¿Cuánto quiere usted?
—Por ahora, cincuenta libras. Pero tengo información que vale mucho más.
—No acostumbro tratar con informantes pagados, Eliot.
—Entonces olvídelo. Habrá quien sí lo haga.
—¿Y cómo sabré que sólo me venderá a mí lo que sabe? ¿Y qué sabe? ¿Usted formaba parte de ellos? ¿Lo expulsaron?
—Siempre hago compromisos de caballero, Velvet. Sé mucho más de lo que cree y digamos que no he sido tratado apropiadamente por quienes están a cargo de la operación.
—Operación. ¿Qué quiere decir con eso?
—Que corresponde a una intención y que tiene un propósito.
—¿Usted los conoce, Eliot? Bien. Aquí está el dinero, puede comenzar contándome si Bob Graves tiene razón.
Velvet puso los billetes sobre la mesa y luego pidió otro trago. Flynn recogió el dinero y declinó otra taza de té. Hizo una breve pausa histriónica antes de terminar.
—Lo que le diré ahora podría confirmarlo. Conocen el elicio y lo ponen en práctica también. Se trata de una concentración de fuerza religiosa, de un anuncio y su reproducción. Se anuncia de nueva cuenta una síntesis metafísica, otro Logos encarnado en el mundo, y se repiten las condiciones en que surgió el anterior para que así pueda surgir el de ahora. Ingeniería, Velvet, alta tecnología espiritual. Un sincretismo hecho en cadena, donde la parte, el dios/diosa concurrente, va fluyendo hacia el todo, el dios/diosa que vendrá. Anunciarlo es provocar que ocurra. ¿Lo entiende usted?
Notó el interés del reportero en lo que le contaba. La astucia de la razón lanzaba sus anzuelos. Siguió.
—La operación de reemplazo se hace para fundar una nueva fe. Siempre debe haber una crisis de soberanía existencial, de sentido. Se introduce entonces en un lugar periférico y marginal un culto somático que prometa revelar un nuevo y gran enigma, sin decir cuál. Seguramente ya lo sabe: velados son más deseables los senos. Y hay asuntos adicionales: qué culto, por qué, pero eso excede la suma que me ha dado esta noche. No se inquiete, por ahora no quiero más.
Era otra pauta, mantener el dinero como fin último. La verosimilitud de la ambición. Velvet ordenó un nuevo trago. Flynn aceptó un escocés con hielo. Lo permitía uno más de sus preceptos: cambiar las reglas, provocar certidumbre en el engañado, suavizar sus defensas, beber trabajando si se ofrecía, normalizar. Se negó a revelar los nombres de los creadores de la intriga sagrada alegando que no hablarían con el reportero.
A cambio aceptó mencionar sus motivos para contar lo que contaba. Despecho, afirmó. Y escrúpulos por el engaño que se había salido de control. ¿Sus intereses en la materia? La ingeniería espiritual. No dijo más que generalidades, pero dirigió a Velvet hacia otro dato que mencionaba Graves: el obosom Nosotros podía estar detrás de todo ello. Se despidió del periodista sin conceder alargar la plática. Prometió volver a llamarlo. Un Támesis vaporoso y sombrío lo vio marchar a través de una pesada puerta de roble y cristales esmerilados que astillaban el reflejo de los candiles en el salón.
Velvet se quedó reflexionando un largo rato. No comprendía quién era el hombre y cómo lo sabía. Lo que había dicho era sustancialmente cierto pero él no formaba parte de Nosotros, nadie podía contarle nada a otro que no fuera parte de la logia. Desde tiempos desconocidos se conservaba el secreto de su existencia y de sus acciones, aludido deliberadamente por Graves, uno de sus miembros, para distraer con la verdad. ¿Se esfumaba la reserva del linaje al haberlo hecho? ¿De dónde salía ese tipo circunspecto, tan convincente impostor? “Sólo se destruye lo que se reemplaza”. La frase podría provenir de alguien que estuviera adentro, pero este hombre no lo estaba.
Encaminó sus pasos a la reunión de Nosotros, ese clan sin historia ni origen cuyas fuerzas surgen para realizar los designios que el aparente encuentro casual de sus miembros les impone. Era una parte de lo que se había pedido a Graves que divulgara. Lo demás estaba en la logia misma, que pretendía abreviar el periodo de desorden humano actuando sobre el tiempo cultural. Pensó que con quien se había encontrado era sólo un agudo y fantasioso lector de aquel. La idea lo tranquilizó a medias antes que uno de los miembros mayores del obosom abriera la sesión golpeando el suelo tres veces con un nudoso caduceo.
—Nuestra tarea puede volverse fáustica —dijo un hombre alto.
—Un error podría dar lugar al Anticristo —dijo una anciana.
—Tal vez sea necesario para precipitar la catástrofe y concluir la vieja edad —dijo Velvet.
—Si nos corresponde hacerlo lo sabremos. Pero al hacerlo nos habrá correspondido —dijo una mujer gorda.
—Hablemos del nuevo Logos encarnado. ¿Cómo es que deberá ser? —dijo el hombre del caduceo.
Flynn llamó días después y citó a Velvet en el mismo sitio. Un cartabón más: la desarmante costumbre. Esta vez fue él quien se adelantó. Quería leer otra vez la nota sin firma aparecida esa mañana en el Times, que sospechaba ser responsabilidad de Velvet, y observar su reacción cuando la viera. Un pequeño antojo:
“Intentos para desacreditar una religión que surge. Insidiosos rumores sugieren que obedece a una operación en curso. Londres, 14 de mayo. Lo que parece una campaña orquestada se ha multiplicado en algunos medios de prensa londinenses cuyas redacciones han recibido opiniones adversas a la autenticidad del culto al Dios/Diosa Inminente, una devoción que historiadores y teólogos acreditados reconocen como una religión que comienza a surgir. El colapso del Logos encarnado del cristianismo, la similitud de nuestra época con aquella del inicio de esa fe, la creciente necesidad de un nuevo paradigma sagrado que contenga menos yerros que los anteriores, la entrega vivencial, la transformación de sus creyentes y la espontaneidad celebratoria confirman sin lugar a duda la naturaleza auténtica del fenómeno y lo hacen digno de respeto y consideración”.
Velvet llegó con el rostro adusto y no movió un músculo cuando vio el Times sobre la mesa. Flynn abrió con blancas.
—¿Qué opina de la nota, Velvet? ¿Le filtró a alguno de sus colegas nuestra conversación?
—O quizá hay otros como usted que hacen lo mismo. Los llamamos Ellos, y son todos los demás. Dígame, ¿quién le habló de Nosotros? ¿Quién le mandó decirme que usted ha sido parte de los Inminentes, de su núcleo fundador?
El tono del periodista era áspero. Flynn dudó ante él como ante una puerta abierta por equivocación. Sintió temor.
—El miembro es usted, ¿no es así?
—Tal vez más adelante lo lleve a conocernos. Pero desde ahora le exijo una absoluta discreción.
Después se demoró en una elocuente explicación sobre introducir estructurales horizontales y masivas que llevaran al desarrollo y propagación de una nueva espiritualidad. Sólo sonrió cuando el timador repuso que los asuntos del espíritu eran muy delicados y que ningún experimento social lograría reemplazar el auténtico sentimiento, la verdadera necesidad de la fe.
Flynn salió hacia el estacionamiento después de que el reportero se hubo marchado. La noche lluviosa parecía cubrir de aceite todos los objetos. Última regla: nunca descuidarse. El balazo pulverizó el vidrio del auto y penetró como un relámpago entre sus ojos. Velvet guardó el revólver y caminó hasta la estación más próxima para tomar el tren.
