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Apuntes al final

Parque México
Fernando Solana Olivares
Ayer fue así. Hoy lo está siendo y mañana también lo será. Ningún político mexicano, ni siquiera Juárez en el siglo diecinueve o Madero a comienzos del siglo veinte, ha sido tan denostado por la oligarquía mexicana, sus columnistas y medios de comunicación como López Obrador. Ningún otro ha sido tan querido por el pueblo.
En 2006 voté por López Obrador. Lo hice en 2012 y también en 2018. No me arrepiento, lo volvería a hacer. Perdí amigos (aunque recuperé alguno), también vínculos familiares frágiles y fingidos que necesitaban un pretexto para terminar. Fue como tirar un lastre, aligerarse. Toda identificación es una restricción, pero esta fue necesaria ante una patria prostituida, un país saqueado, una nación privatizada al mejor postor.
La política de la oposición es una micropolítica cuyo eje positivo ha sido una mera negatividad: estar en contra de todo, de cualquier cosa que proviniera de López Obrador y su gobierno. Buena, mala, regular, acertada o equivocada, daba igual. Durante seis años el país se derrumbó todos los días, vivió al borde del colapso con una dictadura en ciernes y el apocalipsis acechándolo. Y sigue igual. O peor.
Nunca había visto tanta insensatez, tantas estupideces y tantas mentiras juntas. Durante un tiempo llevé un registro de delirios golpistas disfrazados de “análisis e información”, de extrapolaciones desmesuradas, patológicamente idiotas, después, ahíto, desistí. Mierda sofocante de la historia de las infamias, del doble vínculo, de la inmoralidad nacional.
Los “expertos” no entendieron nada. Periodistas obscenos cuya única competencia fue escalar el escándalo y jamás demostrar lo que afirmaron. “Intelectuales” que verdaderamente nunca lo habían sido, de nula experiencia política e inexistente probidad moral. “Especialistas” deshonrados por su pasado que cínicamente apostaron por una amnesia pública. Todos pontificaron, advirtieron y descalificaron. Tristes dipsómanos de sí mismos, ninguno dirá: “me equivoqué”.
Ese hombre es patético. Hoy se acerca a los ochenta años y no parece haber comprendido gran cosa de la vida. Cree que su despido como comentarista político televisivo —siempre intenso, sentencioso y autoritario, encabronado con la realidad y la razón que no le hacen caso, cómico en su rígida armadura de carácter y así ridículo— es un mal signo para la vida democrática de la nación, una intriga del maquiavélico López Obrador. No haría falta eso ante la labilidad de su vejez, la caducidad de su persona. La vida lo despidió, como lo hace con todos. Pero no a él, envenenado de sí mismo. Petrificado, como la mujer de Lot.
Loco, enfermo, cínico, resentido, polarizador, destructor, mesías y un nauseabundo et al de vómitos, insultos desorbitados y convulsivos vituperios. Véase quiénes insultan a AMLO y por contraste se sabrá de su verdadera dimensión política, de los alcances de su transformación gubernamental y de su significado para el país. Las razones de la declinación de Occidente han sido el fin del Estado-nación, la desindustrialización, la erosión de su matriz religiosa, el aumento de las tasas de mortalidad y el predominio de un nihilismo individualista. A contracorriente de esas tendencias alimentadas por el imperio estadounidense, López Obrador ha centrado la política de su gobierno en la soberanía, aquella capacidad para definir independientemente la política interior y exterior sin injerencia extranjera. En la separación del poder político del poder económico y en la moralización de la vida pública.
Realizó obra pública luego de décadas de shock económico neoliberal (que privatizó todo lo que pudo, redujo el gasto público y desreguló leyes en beneficio del capital), fortaleció al Estado-nación, insistió en la familia como matriz social, habló del amor al prójimo y la solidaridad colectiva. Exaltó la comunidad y la identidad nacionales. Días tras día, desde su eficaz púlpito matutino, según sus malquerientes, hizo del monólogo un instrumento de información y pedagogía política. Abrió el poder y lo mostró a la gente en su asiento histórico, el Palacio Nacional, y litigó, contradijo, exhibió y respondió ante el mainstream informativo en su contra, antes avasallante y ahora contrarrestado por su inusual genio político. Desde ahí gobernó.
Y obtuvo 35 millones de votos para su sucesora, mayoría en las dos cámaras legislativas y un paquete de reformas entre las cuales, por fin, se modificó el putrefacto y prevaricador poder judicial. Establos de Augias cuyo estiércol de miles de reses no limpiado en años amenazaba con dejar yermo al país. Se requería desviar el curso de dos ríos como Hércules hizo para sacar tantas deyecciones, tanta defecación. La mayoría absoluta alcanzada por Morena en las dos cámaras tuvo esa fuerza política, imposible de alcanzarse antes de López Obrador.
Se ve viejo y prácticamente al límite. Es un animal político, ese zoon politikón de Aristóteles (“el objeto para el que existe una cosa, su fin, es su principal bien”), como las abejas y las hormigas, también animales cívicos según el sabio griego. Está agotado, lleva décadas en su lucha política. Se sabe (y se cree, razón indispensable para serlo) un predestinado histórico. Fracasó dos veces ante un sistema monolítico, aunque ya agrietado, y al fin lo venció. Luce agotado, pero feliz. En unos días entrará al silencio, él quien tanto habló. Será otra prueba de fuerza, quizá la última y más compleja para su voluntad de hierro, su ciega determinación.
La derecha festina, anticipa, invoca el fracaso. Antes fueron a Miramar a engañar a un príncipe austriaco. Hoy tocan a la puerta de la embajada norteamericana para pedir su intervención e intentan engañar a la opinión pública con un país catastrófico que no existe pero ellos desearían que existiera. Su guerra informativa es incesante y han construido un clima de violencia e inestabilidad que su apabullante derrota electoral exacerbó desde la histerizada reacción de sus opinadores e “intelectuales” golpistas que odian ciegamente a López Obrador, quien hizo públicas sus corruptas trayectorias, terminó con los sobornos que por décadas recibieron y no requirió sus históricas asesorías. Tanto odio obsesivo, feroz irritante síquico, parece una variante esquiza del amor. ¿Qué harán ahora que se retira el presidente? Mantenerlo con vida. Culparlo de todo. Lo necesitan para seguir odiándolo. Los escandalizados, los enfurecidos.
Los humildes habitantes de un pueblito de las montañas oaxaqueñas obligan a López Obrador a descender de su vehículo. Quieren tocarlo, saludarlo, agradecerle lo que su gobierno hizo por ellos. Le entregan regalos: mole, chocolate, mezcal, tamales. Una viejecita le obsequia unos cuantos huevos en una bolsa de plástico. Le hablan de tú, le dicen que lo quieren, que nunca lo olvidarán. “Fírmame tu libro, presidente”, le pide una joven lugareña, “ya lo leí”. En el Puerto de Veracruz lo recibe un pequeño grupo de trabajadores del Poder Judicial que lo increpa llamándolo dictador. Uno de ellos le arroja una botella de agua sin tocarlo, el clima es de tensión. Son apenas unos cuantos pero las redes y los medios de comunicación la multiplican sin descanso. Una de las bienvenidas es espontánea y la otra es inducida. ¿Cuál será cuál?
Del artificial —y aunque replicado por millones, inútil— hashtag narcopresidente, ahora se ha pasado al epíteto de “dictador”. Aunque no existe un gobierno de facto, ausencia de separación de poderes, concentración del poder en una persona, suspensión del Estado de derecho, suspensión o manipulación de las elecciones, control o censura de los medios de comunicación, ilegalización de partidos políticos, represión de la oposición, violación de los derechos humanos o duración indeterminada del gobierno en el poder, características estructurales de una dictadura, la mayoría de Morena en las cámaras legislativas luego de su amplia victoria electoral y el derrumbamiento de la oposición han derivado en un nuevo engaño mediático que la realidad tajantemente contradice. Peor para la realidad: la derecha golpista no la necesita.
Su carisma, un atributo perceptible en sus efectos pero no en su origen y que sólo surge ante terceros, su gran inteligencia política, una agudeza y perspicacia basada en el conocimiento del país y su sociedad tanto como en una convicción ideológica, su energía inagotable y su atrevimiento férreo, su proyecto de nación más allá del mero ejercicio del poder por el poder, si bien transformaron al país y significaron un cambio de régimen antes impensable en el México prianista, dejan pendientes y claroscuros, excesos y errores, zonas de sombra propias de la política, un mero arte de lo posible antes que de lo deseable. Entre estos faltantes están la carencia de una sensibilidad ecológica y alternativa ante el calentamiento global, una incomprensión menospreciante de la cultura contemporánea más allá del folclor indigenista y un estupor ante el feminismo politizado, un gratuito enfrentamiento con la comunidad científica y académica, un drástico recorte de recursos en áreas sociales como guarderías que los ejercían con transparencia y probidad, una incapacidad para aceptar la crítica fundada y razonable aun proviniendo de opiniones bien intencionadas, una perspectiva desarrollista que privilegió los combustibles fósiles, un ocuparse demasiado de “intelectuales” y comunicadores corruptos, muchos de ellos cadáveres insepultos que él revivió con tanta, exagerada atención. Promesas incumplidas (Ayotzinapa) y declaraciones desafortunadas (un sistema de salud como el de Dinamarca). Una fiscalía general de la república dramáticamente inepta, escandalosamente tarda, costosamente ineficaz. Una corrupción más denunciada que castigada y a veces pretexto recurrente para evitar la responsabilidad del gobierno actual. Una preferencia por las lealtades antes que por las capacidades: ahí están la Secretaría de Educación Pública o la de Cultura para confirmarlo. Acaso una precipitación en la promulgación de la Reforma Judicial, un querer determinar el rumbo del país hasta el final, estrechando y complicando innecesariamente los márgenes políticos de su sucesora presidencial.
Nada es perfecto y esto no lo fue. Sin embargo, votaría otra vez como voté desde 2006. Y concluiría de nuevo como entonces: sí, es un honor estar, haber estado con López Obrador.
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El presidente y el retrato del cuatrero

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
En su despacho gubernamental y luego en el presidencial, durante doce años, George W. Bush exhibió en su pared el retrato de un cuatrero a caballo perseguido por una turba para lincharlo. “Dubya” explicaba que era la imagen de un jinete metodista y añadía que el cuadro se titula A Charge to Keep (Un cargamento para conservarlo), que ilustra un himno del mismo título escrito por Charles Wesley en 1762.
El himno citado por el alcohólico regenerado existe y proviene de una frase bíblica, Levítico 8:35: “Conservad el cargamento del Señor para que no perezcáis”. Pero el cuadro no fue pintado con ese tema, sino para ilustrar en un número de 1916 del Evening Post el relato de William J. Neidig titulado “La lengua resbalosa”. Después, en 1918, la misma imagen sirvió para ilustrar en la Country Gentleman Magazine el relato de Ben Ames Williams “Un cargamento para conservarlo”.
Bush hijo describía a sus amigos esa obra de William Heinrich Detlev Körner como “la bella pintura de un jinete enfilándose con decisión por lo que parece un sendero difícil y empinado. Somos esto. Lo que añade completa vida a la pintura para mí es el mensaje de Charles Wesley, de que servimos a Uno mayor que nosotros”.
En 1999, poco antes de convertirse en presidente de los Estados Unidos, George Walker Bush decidió que debía escribir un libro con anécdotas sobre su vida y su desempeño como político. Por lo tanto, puso manos a la obra y… le encargó al autor fantasma Michael Herskowitz que escribiera su libro de memorias.
Herskowitz falló en el encargo porque al parecer en su versión enfatizaba las dificultades de G. W. Bush, como su fallido desempeño en el negocio petrolero, en el cual lo impulsó su padre, el presidente George W. H. Bush. Al final, “Dubya”, como fue conocido el desastroso presidente por su forma de pronunciar la W (dablyu, en inglés), encargó la escritura de su libro a Karen Hughes, su asesora de imagen de 1994 a 2007. En el mismo 1999 apareció A Charge to Keep, volumen en el que Bush relata desde sus años de universitario hasta los de su período en la gubernatura texana.
La pintura de Körner, por otra parte, fue una de las más de ochocientas ilustraciones sobre el Far West estadounidense que el pintor realizó para diversas revistas y publicaciones.
Durante la primera mitad del siglo XX, los estadounidenses se basaron en las ilustraciones de revistas y periódicos para construirse una imagen de sí mismos como nación. El ilustrador más famoso que nutrió la identidad de sus compatriotas fue Norman Rockwell (1894-1978), con sus coloridas idealizaciones del “estilo de vida americano”.
Körner, contemporáneo de Rockwell nacido en Prusia en 1878, llegó a Estados Unidos con su familia a sus tres años de edad. Comenzó a trabajar como ilustrador cuando tenía veinte años y colaboró en diferentes diarios hasta que el Saturday Evening Post lo contrató en 1919 para ilustrar artículos sobre el antiguo oeste. A partir de 1922 Körner se especializó en pinturas sobre el tema para libros y revistas. De dos mil ilustraciones que realizó, ochocientas fueron sobre la vida de colonizadores de la frontera y cowboys.
Durante el resto de su vida profesional, hasta 1935, Körner pintó cada semana al menos un óleo, un cabezal y una viñeta para diarios y para revistas prestigiadas como The Ladies’ Home Journal, Harper’s Magazine, McClure’s Magazine, American Magazine, Cosmopolitan y Redbook.
Una hemorragia cerebral en 1935 dejó a Körner inutilizado para pintar o dibujar los últimos tres años de su vida, hasta que falleció en 1938. Su trabajo, sin embargo, lo colocó entre los grandes recreadores de la vida en el Far West, junto a artistas como Frederic Remington, Charles M. Russell, Philip R. Goodwin y Harvey Dunn.
Además, el artista nacido en Prusia se convirtió en 1902 en el creador de las tiras cómicas de superhéroes con un ya olvidado personaje: Hugo Hércules. Debido a la poca variedad de sus argumentos, la historieta de Körner duró pocos meses. Su publicación semanal en el Chicago Tribune terminó en enero de 1903, con apenas diecisiete tiras. Sin embargo, es posible decir que este personaje de fuerza sobrehumana fue la base para historietas muy posteriores, como Superman, de Joe Schuster y Jerry Siegel.
En cuanto al cuadro de Körner preferido por “Dubya” Bush, éste se lo llevó al retirarse de la Oficina Oval, junto con otros que pidió prestados a museos de San Antonio y El Paso. No es difícil imaginar que nadie le aclaró nunca que aquel retrato que él creía de un predicador metodista era en realidad la escena de un cuatrero huyendo de sus linchadores.
En su presidencia, Bush hijo sostuvo no pocas creencias erróneas, como la del “arsenal nuclear” de Saddam Hussein, que le permitió cometer la desastrosa guerra de Iraq como represalia al atentado que derribó las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York. Con la misma errada convicción impuso el terrorismo de Estado en su administración.
Si William Heinrich Detlev Körner hubiese imaginado que su pintura serviría para inspirar al ex alcohólico convertido en metodista sus destructivas decisiones presidenciales, acaso habría enfatizado los detalles para identificar al cuatrero que dibujó. Pero en la fanática imaginación de “Dubya”, el abigeo se transformó en predicador cristiano.
La cultura popular estadounidense ha convertido en héroes a forajidos, desde el mercenario William Walker hasta Donald Trump, pasando por Billy The Kid, John Dillinger, J. Edgar Hoover o Jimmy Hoffa. En consecuencia, no es imposible que Bush hijo eligiese de cualquier forma convertir al cuatrero pintado por Körner en beato metodista.
En la tira cómica Hugo Hércules creada por Körner, el protagonista acometía actos menos heroicos que extravagantes: arrancaba el toldo de una casa para proteger de la lluvia a una mujer que pedía un taxi, levantaba en vilo un automóvil para que su conductor besara a su novia en un balcón, o paraba en seco un tranvía para que lo abordara otra mujer. En ocasiones, Hugo Hércules actuaba con negligencia destructora; por ejemplo, al demoler la pared de una bolera y descarrilar un tranvía en una jugada de bolos.
En personajes de comic, las acciones destructivas suelen ser paradójica virtud. Vuelven llamativos a sus perpetradores. Así, las destrucciones ordenadas por “Dubya” se publicitaron como actos de heroísmo. No importó si alentaron en dos países, Inglaterra y España, atentados de fanáticos islamistas en venganza por el apoyo prestado a la invasión de Iraq. No importó la destrucción de miles de vidas iraquíes durante los ocho años de esa guerra.
A Bush le importaba más borrar una imagen que el documentalista Michael Moore le restregó en 2004: su gesto de estupor y su inacción al recibir la noticia de que un segundo avión se había estrellado contra las Torres Gemelas el 9 de septiembre de 2001. El semblante azorado del presidente definía lo que fue su régimen de ocho años: una paralizante ineptitud.
Sin embargo, “Dubya” Bush dedicó el reto de su mandato a hacer creer al mundo que vengaba los atentados del 9/11. Sacrificó a tres naciones, además de la suya, e instauró en el mundo un protocolo paranoico que hasta la fecha perdura. Así, la sombra de aquellas torres devastadas aún intimida al mundo, a más de veinte años del oprobioso ataque.
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La puerta abierta

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
I.
Escribe Peter Sloterdijk en su Crítica de la razón cínica que “si fuera verdad que es el malestar en la cultura lo que provoca la crítica, no habría ninguna época tan dispuesta a la crítica como la nuestra”. Sin embargo, agrega, nunca fue tan fuerte la inclinación del impulso crítico a dejarse dominar por sordos estados de desaliento. Esa decepción analítica, una parálisis para transformar el tiempo histórico, es el resultado de la indolencia fomentada por el mismo modelo del capitalismo ultraliberal, cuyo éxito planetario ha consistido en destruir la posibilidad de pensar una alternativa distinta, fomentando mediáticamente un estado de desaliento social, de inmovilidad crítica y reflexiva, de resignación existencial.
No es que el pensamiento alternativo no exista ahora, y aun desde el comienzo de la sociedad industrial o antes, sino que ha sido vuelto invisible por la ideología hegemónica global y sus mandarinatos políticos, informativos, académicos e intelectuales. Ese golpe de estado mental es lo que Viviane Forrester llama la “extraña dictadura” que ha logrado hacer de un sistema ideológico y de sus prácticas inducidas fenómenos naturales, “tan irreversibles e inflexibles como el Big Bang, tan imposibles de contrarrestar como las mareas, la alternancia del día y la noche o el hecho de que somos mortales”.
En su presentación a El milenio huérfano. Ensayos para una nueva cultura política de Boaventura de Souza Santos, Juan Carlos Monedero observa que una abstracta y orwelliana política del pensamiento “ha hecho grandes esfuerzos por ocultar parcelas de realidad de manera premeditada”. Dicho empeño de ocultamiento, hasta hoy tan eficaz, borra la acción social colectiva del ayer junto con sus lecciones y experiencias y así impide la posibilidad crítica para entender la miseria del presente, para “la construcción del espanto que produciría, con otra mirada, su horror”. Esa experiencia desperdiciada es calificada por Santos como recortes de realidad que también son recortes del pensamiento, indispensables en la aceptación acrítica del cortoplacismo económico, político, ecológico y social característicos de la lógica capitalista y su patología de la rentabilidad.
Cierta perplejidad persigue desde hace años a Santos: la incapacidad de las ciencias sociales heredadas para dar cuenta adecuadamente de nuestro tiempo y orientarnos en los procesos sociales de transformación en curso. Una realidad social sobreteorizada se mezcla con otra realidad considerada irrelevante o ni siquiera percibida por el monólogo colonialista de la modernidad occidental, el cual está irremediablemente determinado por relaciones ideológicas de superioridad/inferioridad y por criterios monoculturales. Santos denuncia esa “racionalidad indolente, cuya indolencia se traduce en la ocultación o marginación de muchas de las experiencias y creatividades que se dan en nuestro mundo, y, por tanto, en su desperdicio”.
En esta tarea de abrir puertas y mirar donde no se suele dirigir la mirada, Santos reconoce tres líneas maestras que guían su pensamiento crítico, una brillante manera de despensar aquello que el pensamiento hegemónico da por incuestionable y establecido: 1) una nueva teoría de la historia que ensanche el presente para dar cabida a todas aquellas experiencias sociales silenciadas por no corresponder a las monoculturas del saber y de la práctica dominante, y que a la vez encoja el futuro y su falaz exaltación del progreso para sustituirlo con la búsqueda de alternativas tanto utópicas como realistas; 2) la superación de los preconceptos eurocéntricos y occidentalizados de las ciencias sociales, parte de la colonización de un seudo saber impuesto por intereses geopolíticos; 3) la reconstrucción teórica y práctica del Estado y de la democracia en el contexto de lo que hasta ahora se describe como globalización.
Son alternativas para “pensar lo impensado, o sea, asumir la sorpresa como un acto constitutivo” de otra reflexión teórica que construya una utopía intelectual para hacer posible una utopía política. Debe entenderse como justicia cognitiva: pensar para transformar.
II.
Diría Albert Einstein, citado por Juan Carlos Monedero en su glosa del pensamiento de Boaventura de Sousa Santos, que “lo que caracteriza a nuestra época es la perfección de los medios y la confusión de los fines”. La búsqueda de sentido en un mundo que carece de él es lo que algunos pensadores llaman traducción: interpretaciones nuevas sobre circunstancias imperantes cuyas perspectivas de bifurcación o cambio ya están inscritas en las mismas condiciones iniciales que les dieron origen: “como si el hielo que se resquebraja —escribe Monedero— dejara leer en sus múltiples fracturas un camino alternativo que permita salir del naufragio del presente”.
Esa tarea de traducción es el empeño principal de la sociología de las emergencias propuesta por Santos: “crear las condiciones para emancipaciones sociales concretas de grupos sociales concretos”. También lo es de la teoría crítica que propugna, aquella donde se afirma que lo que existe no agota las posibilidades de la existencia, y la cual desconocemos porque pensamos mal o simplemente no pensamos, indiferentes ante el mundo que nos rodea y sus devastaciones cotidianas. Entre ellas, la existencia de las sociedades contemporáneas definidas por Santos como “democracias de baja intensidad”, operativa y mentalmente fascistas porque generan y aceptan condiciones sistémicas de exclusión, de violencia y autoritarismo crecientes. No se trata de regímenes políticos sino de regímenes sociales que combinan la democracia de baja intensidad con dictaduras plurales en las relaciones sociales, económicas y culturales.
Este fascismo social “consiste en la emergencia de relaciones de tal modo desiguales que los grupos sociales dominantes adquieren un derecho de veto sobre la vida y las expectativas de ciudadanos y grupos sociales oprimidos” Afirma que los ciudadanos desposeídos son formalmente libres e iguales, pero viven su cotidianidad como siervos. El fascismo social no es entonces un régimen político sino un régimen social y civilizatorio: “promueve la democracia representativa al mismo tiempo que destruye las condiciones del ejercicio efectivo de los derechos democráticos de las grandes mayorías”.
Cuando menos en cinco ámbitos opera esta nueva forma de autoritarismo integral, distinta en apariencia a los movimientos fascistas de los años treinta del siglo pasado pero idéntica en su sustancia excluyente y dictatorial, según los resume Monedero siguiendo a Santos:
1. El fascismo del apartheid social, el cual crea zonas salvajes en los barrios pobres y zonas civilizadas en ciudades fortaleza rodeadas de cinturones de miseria. Se trata de un mismo Estado amable en unas zonas y brutal en otras, que convierte dicho estado de excepción en una regla para los miserables mientras otorga una bula de exoneración a quienes detentan el poder.
2. El fascismo de un Estado paralelo, cuando el mismo Estado opera la represión de aquellos grupos o individuos que cuestionan el orden existente mediante los pactos policiacos con el crimen organizado, la persecución ilegal de la disidencia o el uso secreto del aparato judicial para silenciar cualquier oposición.
3. El fascismo paraestatal, que comprende la disposición del Estado para dejar el espacio libre a particulares en dos vertientes: el fascismo contractual que permite la privatización de bienes públicos, las subcontrataciones sin control legal o ciudadano y la indefensión colectiva ante los contratos de trabajo, y el fascismo territorial que admite y alienta la existencia de zonas controladas por poderes fácticos no estatales.
4. El fascismo de la inseguridad, consistente en el riesgo cotidiano que genera la precariedad laboral y el desasosiego existencial por vivir en medio de condiciones que no pueden controlarse. Además de servir para la criminalización de grupos que defienden su territorio y su forma de vida como los indígenas, o sus puestos de trabajo como los obreros y empleados, representa el fomento del miedo “convertido en instrumento esencial de la gestión política”.
Y el quinto de ellos, origen de los otros cuatro, el fascismo financiero, el horror de la economía de casino.
III.
Ese quinto fascismo diseccionado por Boaventura de Sousa Santos —-no un régimen político sino como ya se dijo una opresiva ideología social y civilizatoria, “un estado de excepción que se autodefine como normalidad democrática”— es el fascismo financiero, la forma global más virulenta y destructiva en esta posmodernidad que oculta tal condición empleando un doble lenguaje.
Ese conjunto de instituciones y lógicas de intervención del capitalismo financiero global, dominado por la ansiosa compulsión del cortoplacismo y la patológica usura de la máxima rentabilidad, representa “la forma más pluralista del fascismo social porque es comandada por una entidad que verdaderamente no existe, pero que, contradictoriamente, está presente de manera simultánea en todos los cantos del mundo: ‘los mercados’.”
Santos señala que el fascismo financiero puede destruir en pocas horas o semanas las economías y las expectativas sociales de países enteros, como lo ha hecho en Asia, en Latinoamérica y ahora en el sur de Europa. Entre sus muchas formas operativas están las agencias de rating, de calificación financiera, que determinan la estabilidad de las economías nacionales sin importar los criterios arbitrarios en que fundan el nivel de riesgo otorgado. “Estas agencias —escribe Santos— no fueron elegidas por nadie, pero las democracias de baja intensidad les obedecen con más fidelidad que a una sentencia de la Corte Constitucional del país”. He aquí la circunstancia: quienes gobiernan verdaderamente en el mundo actual son instancias supranacionales y antidemocráticas del capitalismo financiero que “resuelven” mediante la devastación social aquellas crisis que intencionalmente provocan. “Armas de destrucción masiva”, las llama el autor.
Siguiendo la definición de Mark Horkheimer, Santos escribe que la irracionalidad de la sociedad actual reside en el hecho de que ha sido producto de una voluntad particular, la del capitalismo, y no de una voluntad general, “una voluntad mancomunada y consciente de sí misma”. Así, las grandes promesas de la modernidad han sido sistemáticamente incumplidas: la igualdad, la libertad, el dominio de la naturaleza. Vivimos en una sociedad determinada por el hábito de proclamar principios y no sentirse compelida a obedecerlos. Decir es la sicótica sustitución del hacer. Los poderes hegemónicos que rigen la sociedad de consumo y la sociedad de la información nos han convencido de que no hay ruta alternativa ante el estado de las cosas. Un posmodernismo celebratorio se ha instalado en el pensamiento común y tres grandes formaciones colectivas son visibles: los defensores del sistema, los indignados y los que prefieren mirar hacia otro lado.
La propuesta de Santos puede definirse como un “un pensamiento alternativo de alternativas”, una pluralidad de ecologías, brújulas provenientes de una posmodernidad de oposición que se enfrentan al saber monista y cerrado propio de la modernidad. Cinco tesis y antítesis que sucintamente son las siguientes, según Monedero:
1. Monocultura del saber (ciencia occidental y alta cultura canónica) frente a una Ecología de saberes (no hay ignorancia ni saber en general, todos saben e ignoran algo). 2. Monocultura del tiempo lineal (un sentido de la historia que guiaría las ideas de progreso y modernización) frente a una Ecología de tiempos no lineales (los otros son contemporáneos, así su cultura se califique como anacrónica). 3. Monocultura de la clasificación social (que define y jerarquiza construyendo desigualdades) frente a una Ecología de los reconocimientos (que democratiza todos los saberes y rechaza la superioridad de cualquier raza). 4. Monocultura de la escala dominante (lo global sobre lo local) frente a una Ecología de las trans escalas (lo local que tiene entidad e identidad al margen de los mercados globales). 5. Monocultura del productivismo (el crecimiento económico como único objetivo del sistema capitalista) frente a una Ecología de la productividad (sistemas alternativos de producción respetuosos de la naturaleza).
La propuesta de Santos es la de una justicia cognitiva que piensa para transformar y rechaza el conocimiento normativo impuesto, que construye un conocimiento liberador crítico, un optimismo trágico o un pesimismo esperanzador donde no hay respuestas definitivas sino esfuerzos civilizatorios para superar los tenebrosos escenarios de hoy y de mañana.
“La puerta está abierta”, diría Epicteto.
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Ocho elizondianas

Colaboraciones
Salvador Elizondo
° Todo lo que pase es porque será inevitable. La historia, como dice Joyce, “es una pesadilla”, que no se recuerda pero siempre produce malestar.
° Estoy un poco desencantado de lo real. No tiene mucho que ver con lo verdadero.
° Hay verbos que solamente “tienen sentido” en la lengua en que fueron inventados. Esa es la lección del Finnegans Wake. No se entiende nada, pero todo makes sense. Es un grado más allá del oráculo chino y de las computadoras con “estilo”.
° ¿Qué prefiero: el mar de espacio, el mar de agua, el mar de palabras? Monte Albán, Veracruz, Finnegans Wake…
° Así como Monte Albán es un lugar resplandeciente, Mitla es misterioso y triste. El atardecer ahí es terrible. Para ir a Monte Albán se cruzaba un río seco en cuyo lecho había un rastro de enormes tortugas; una visión sacrificial antes de ascender a la acrópolis esplendorosa.
° He asesinado el sueño como Macbeth. Me duermo muy tarde y me despierto muy temprano. Por primera vez en mi vida, en los instantes que preceden al despertar, tengo sueños que se repiten constantemente y en todos ellos aparecen los muertos. De hecho yo creo que los sueños —cuando menos los míos— pertenecen más a los muertos que a los deseos insatisfechos —más a Shakespeare que a Freud.
° Es como el “efecto poético” de Poe. Todos sabemos que existe pero no en qué consiste. Contiene cierta dosis de perplejidad, tanto en el que lo produce como en el que lo experimenta.
° Hopkins. Lo traduje hace mucho… Era un poeta a la vez conceptual y rítmico, y musical. Yo creo que es uno de los grandes poetas modernos con Poe, Baudelaire, Mallarmé. Hay un verso que dice: I am soft sift… etcétera. Que yo traduje y elaboré: “Soy suave arena cernida en el cedazo de la vida…”.
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El incidente de Tampico

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
En México nos enseñan desde la primaria que el gobierno de Estados Unidos apoyó en 1913 el golpe de estado que impuso en como mandatario de la república a Victoriano Huerta, después de que éste ordenó el asesinato del presidente Francisco I. Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez. No se nos suele informar, sin embargo, que el usurpador acabó sus días en Estados Unidos poco después de pasar un par de temporadas en la cárcel.
Antes de su infamia, Huerta fue comisionado para conducir al ex dictador Porfirio Díaz desde la Ciudad de México hasta el puerto de Veracruz, donde el derrocado tirano partió a su exilio en París. Díaz previamente había enviado a Huerta a exterminar indios en Sonora y Yucatán entre 1900 y 1902. Después trató de expulsarlo del ejército en 1907.
Bajo la dictadura, el general Bernardo Reyes protegió a su compadre Victoriano hasta que la revolución maderista le permitió reintegrarse al ejército. Al subir al vapor Ypiranga, el tirano expulsado acaso dedujo que dejaba a Madero en manos de un ejército desleal, con personajes que él mismo detestaba, como aquel sanguinario subalterno. Huerta y su compadre, junto con Félix Díaz (el inepto sobrino de don Porfirio), conspiraron para apoderarse de la presidencia. Al morir Reyes en la carga inicial de la Decena Trágica, “el sobrino del tío” quiso ascender a presidente.
Huerta le ganó la mano. Tuvo un breve mandato otorgado por los cobardes diputados y senadores tras el asesinato de Madero, y luego de que Pedro José Domingo de la Calzada Manuel María Lascuráin Paredes, ministro de relaciones exteriores de larguísimo nombre, ejerció la presidencia interina más corta de México (durante 45 minutos, el 19 de febrero de 1913). Huerta, el usurpador, detentó el cargo hasta el año siguiente, cuando la rebelión de Venustiano Carranza se convirtió en la tercera y más sangrienta etapa de la revolución mexicana al conjuntar las fuerzas de Emiliano Zapata y Pancho Villa.
Mientras Carranza lo impugnaba, Huerta se vio en problemas con sus patrocinadores. El 9 de abril de 1914, un oficial, siete marineros y un pagador del cañonero S. S. Dolphin, perteneciente a la armada de EEUU, fueron arrestados en Tampico, en el canal de Iturbide (hoy, de la Cortadura).
Henry Thomas Mayo, comandante del buque, había enviado a sus hombres, al mando del oficial Copp, por un cargamento de gasolina que adquirió a un comerciante alemán. Los marineros compraron ocho latas de combustible, cargaron con cuatro que pudieron acomodar en su esquife, las depositaron en su nave y volvieron por el resto. En esa maniobra los halló una patrulla al mando del coronel Ramón Hinojosa, quien, al ver los uniformes militares extranjeros, les exigió un permiso de desembarco. Copp y los suyos carecían de él. Hinojosa y su patrulla los condujeron, arrestados, al cuartel del puerto.
Los ocho hombres fueron presentados al general Ignacio Morelos Zaragoza, comandante del puerto. A fin de evitar un conflicto, el oficial en jefe ofreció una disculpa a Copp y su grupo antes de enviarlos de vuelta a su buque. Creyó resuelto el apuro. No contaba con la arrogancia del comandante Mayo, quien exigió a Morelos Zaragoza presentar antes de 24 horas una disculpa por escrito. Exigió asimismo castigar con severidad al coronel Hinojosa e izar la bandera de EEUU en sitio prominente del puerto para saludarla con 21 cañonazos.
El comandante portuario transmitió esas demandas a la Secretaría de Relaciones Exteriores. El canciller José López Portillo y Rojas (abuelo de quien sería presidente décadas más tarde) pidió al diplomático estadounidense Nelson O’Shaughnessy disuadir al comandante Mayo de sus abusivas demandas. En respuesta, el legatario instó a su presidente Woodrow Wilson a lograr “una reparación”.
El 20 de abril de 1914, por los informes de O’Shaughnessy, el presidente Wilson expuso a su congreso que los representantes del general Huerta parecían deseosos de mostrar desdén “a la dignidad y los derechos de este gobierno”. Advertía que esas ofensas hacían surgir el peligro de un conflicto armado. “Por lo tanto, […] la bandera de Estados Unidos debe ser saludada de tal modo que demuestre un nuevo espíritu y actitud por parte de los huertistas. Vengo a pedir vuestra aprobación para emplear las fuerzas armadas de los Estados Unidos en la manera y medida que sean necesarias para obtener del general Huerta y sus adherentes el más completo reconocimiento a los derechos y la dignidad de los Estados Unidos”.
La alocución de Wilson concluía con estas palabras, que el imperio utilizaría más tarde en numerosas ocasiones y que resuena aún en las amenazas de Trump: “Buscamos mantener la dignidad y autoridad de los Estados Unidos sólo porque deseamos siempre conservar nuestra gran influencia sin restricciones para los usos de la libertad, tanto en Estados Unidos como en cualquier lugar donde pueda emplearse en beneficio de la humanidad”.
Huerta rehusó la exigencia de Wilson. Pidió someter el caso a los tribunales de La Haya y propuso que, en todo caso, el saludo a los pabellones nacionales fuese recíproco.
Wilson no estaba dispuesto a olvidar el incidente de Tampico y hubiese quizá insistido en atacar a México. Sin embargo, el país estaba en revuelta desde que Venustiano Carranza, gobernador de Coahuila, lanzara en marzo de 1913 su Plan de Guadalupe para desconocer la presidencia huertista. Y aunque al principio los rebeldes norteños perdieron batallas contra los federales, para el 12 de abril de 1914 Carranza se había apoderado de Chihuahua.
A partir de ese día, las fuerzas carrancistas, combinadas con las de Zapata y Villa, devastaron al ejército federal. Para el 15 de julio, Huerta renunció a la presidencia y huyó a Barcelona, junto con su secuaz Aureliano Blanquet. Así acabó la presidencia del magnicida, aunque no sus intentos de retomar el poder. Wilson tuvo que olvidar sus reclamaciones por el incidente de Tampico para poder entablar relaciones con el gobierno de la Convención o con el de Carranza, pues las facciones revolucionarias se disputaban el control de México.
Entre tanto, Huerta se hartó de España y quiso volver a apoderarse de México. El 12 abril de 1915 llegó a Nueva York con tres secuaces —José Delgado, Enrique Creel y Abraham Ratner, judío dedicado al tráfico de armas—. Iba a iniciar una revolución en México, instigado por el alemán Franz von Rintelen, y alentado en EEU por Franz Von Papen, Karl Boy-Ed y Heinrich Albert, agregados militar, naval y comercial de la embajada germana.
El 27 de junio de 1915, Huerta estaba listo para ingresar a Chihuahua en un automóvil, cuando fue capturado junto con Pascual Orozco, Luis Fuentes y el traficante Ratner en Newman, Nuevo México, por 25 soldados a las órdenes del agente Beckman, del Servicio Secreto del Departamento de Justicia de Estados Unidos.
Preso por violar las leyes de neutralidad estadounidenses, Huerta consiguió salir de la cárcel sólo para ser encerrado de nuevo en 1916. Su salud se deterioró rápidamente en prisión y, aunque lo dejaron libre, murió el 13 de enero de ese año. Su tumba, en el panteón Evergreen de El Paso, permanece disimulada para evitar que la profanen mexicanos todavía indignados con el usurpador.
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El desfiguramiento

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
“No escuchamos a los otros porque nos escuchamos a nosotros mismos al escucharlos”. Esa sentencia la recordó para sí un sujeto que provocaba en los otros emociones encontradas, a menudo adversas, pocas veces no. Como aquella ocasión que llamó a su asistente una mañana y ella le comentó las menudas incidencias del día pero no le informó que iba a salir de la oficina. Cuando él llegó, ella no estaba. El hombre preguntó por esa demora después de hora y media de estar esperándola.
—Te lo dije cuando hablamos —afirmó ella.
—¿Me lo dijiste? —preguntó él, sorprendido.
—Bueno, no. Tú no dejaste que lo hiciera. Siempre tienes prisa —respondió ella impertérrita. Como si se lo hubiera dicho.
Desfiguramiento: él supo que su asistente invertía los hechos y las funciones, que ignoraba las evidencias y los lugares, que cambiaba neciamente de lugar. Además mentía. Las cuatro acciones tóxicas eran sin sentido.
Alguna vez habló con su ex mujer sobre cierta suma de dinero obsequiada por él al hijo de ambos.
—Qué bueno —dijo la señora al saberlo.
—Sí, le vendrá bien —contestó él.
—No, qué bueno por ti —repuso ella, una psicoanalista usuaria de crípticos términos autorreferenciales respecto a cualquier tema: edipismos, transferencias, contratransferencias, cuestiones así.
Desfiguramiento: él percibió que la mitógrafa freudiana con la que había procreado un vástago torcía la naturaleza del asunto, que en siete palabras condensaba neuróticamente su propia biografía psíquica, que proyectaba un insensato sentimiento del todo ajeno a él. Además mentía. Las cuatro acciones tóxicas eran sin sentido.
Otros sucesos como esos lo llevaron a preguntarse el por qué de tal travestismo, de tal desfiguración, como si fuera inevitable el reflejo, el reflejante y el atractor del reflejo en prácticamente todos los intercambios humanos. Un día supo de una hipótesis probable para explicar dicha tendencia, y pensó que la misma podría extenderse hasta dilucidar por qué casi siempre nos escuchamos a nosotros al escuchar a los otros.
Paradójicamente, la idea provenía del Freud último en su ensayo Moisés y la religión monoteísta, aquel texto escandaloso para los judíos y demencial para los europeos, conocido por él en Derrida, un egipcio de Peter Sloterdijk. Luego de proponer la inesperada tesis sobre la procedencia y condición egipcia de Moisés, liberador y legislador del pueblo judío y presuntamente partidario del monoteísmo del dios egipcio Atón, condición y procedencia indicadas por la circuncisión, la arrogancia religiosa y el rigor contra sí mismo, Freud escribió lo siguiente:
“Con la desfiguración de un texto pasa algo parecido a lo que ocurre con un asesinato: la dificultad no reside en perpetrar el hecho, sino en eliminar sus huellas. Habría que dar a la palabra Entstellung (‘desfiguración’, ‘dislocación’) el doble sentido a que tiene derecho, por más que hoy no se lo emplee. No sólo debiera significar ‘alterar en su manifestación’, sino, también, ‘poner en un lugar diverso’, ‘desplazar a otra parte’.”
Entonces fue cuando entendió lo que con él pasaba: por alguna razón, todavía ignorada y oscura, que quizá nunca descubriría, provocaba en muchas personas no solamente la alteración de la manifestación sino también servía muy eficazmente para que los demás desplazaran a una parte inesperada, hacia él mismo en este caso, cuestiones emocionales y nudos sentimentales que no le correspondían. Sin duda él también debía hacerlo, pero dado que notaba tan acremente en los demás esa tendencia, la creía mucho menos activa en él.
Le ocurrió con una joven conocida a quien miró venir caminando hacia él cierto día. Ella, quien parecía ausente y adormilada, le espetó con voz metálica mientras hacía un mohín desencajado: “¿Por qué me ves así?” “¿Así cómo?”, preguntó él, sin lograr comprender a qué se refería la joven. “Así, como loco, con mirada desorbitada”, reclamó ella.
Desfiguramiento: la joven decidía ver lo que no había e inventaba un relato arbitrario para volver irreconocible la alteración y el infundado sobresalto ante aquella mirada imaginaria. Además mentía. Las dos acciones tóxicas eran sin sentido.
El hombre concluyó que ese imán negativo no le pertenecía a él sino a aquellos que lo sufrían, pues a fin de cuentas uno siempre es otro para los otros. O tal vez ni siquiera a los agraviados mismos sino a un molde cultural milenario que a lo largo del tiempo ha encubierto una ruptura y una desfiguración ignoradas pero activamente presentes: el drama teológico originario donde lo egipcio no será representado nunca ante verdaderos egipcios y en el cual, “luego de la intervención de Moisés, el Egipto mismo tendrá ‘lugar’, por así decirlo, en otro sitio”, según apuntaría lúcidamente Sloterdijk. El drama, si se quiere, del mero existir: versiones de versiones que dan lugar a reversiones, o sea, a descolocaciones.
La conclusión del hombre, si puede usarse un término tan perentorio, se orientó hacia otra certeza: a la fantología, aquella ciencia del acoso por el pasado no resuelto propuesta por Derrida para designar el secreto ancestral que yace en uno de los orígenes culturales de la cultura judeocristiana. En suma, un juego de ocultamientos, de proyecciones, de cosas por descifrar.
Desde entonces se considera a sí mismo como un fantólogo y va por la vida sabiendo que él ya sabe lo que los demás todavía desconocen: detrás de la escena siempre hay otra escena, en medio del suceso hay otra significación. Un fantólogo prudente e inaccesible a los sinsabores que procura no hacer de sus desencuentros con los otros una dramática adversidad personal. No siempre lo logra, pero lo intenta. La fantología es una forma de la sensatez.
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Poemas de La edad terrible

Colaboraciones
Enna Osorio Montejo
Enna Osorio Montejo publica su primer libro individual, La edad terrible, con el sello de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Pronto aparecerá una edición en Argentina de este volumen de poemas, con el sello Ediciones Hasta Trilce, lo cual lo convierte en un peculiar caso de auge editorial, al conseguir una edición nacional y otra foránea en muy breve lapso.
Por otra parte, la publicación individual de la poesía de Enna Osorio es un acontecimiento que debe encarecerse. En La edad terrible Osorio encara con resolución, no exenta de humor, su condición neurodivergente para celebrar desde una paradójica lucidez su historia familiar, en la que las mujeres se distinguen por su lucha contra una enfermedad hereditaria: el cáncer, si bien los hombres de la parentela no dejan de ser víctimas de ese mal.
Sobreviviente ella misma de un cáncer, Osorio infunde a sus poemas narrativos una temeraria elocuencia que surge desde la orilla del abismo, con la conciencia de que sus palabras deben rescatar legados matrilineales, más allá del dolor y el tormento de cada mujer antecesora.
En su discurso, Osorio alterna el verso libre y el poema en prosa, puesto que su ritmo característico es el coloquial. No hay mayores experimentos lingüísticos, salvo ocasionales y ceñidos juegos sobre la visualidad del texto. La experimentación profunda de este libro surge de las historias que evoca la poeta: vivencias en un entorno familiar cuyas convenciones rompen con las de las comunidades en que germinan, irguiéndose como desafiantes árboles del des-conocimiento y el des-acatamiento. Paraíso perdido es la infancia, pero no por pérdida de la inocencia, sino por acceso a un arte de la contradicción.
Una vitalidad insumisa a los padecimientos, a las restricciones sociales, a los destinos impuestos es lo que Enna Osorio va desplegando en las páginas de La edad terrible. A las historias de abuelas y abuelos, tías, la madre y el padre, suma la suya propia con el desparpajo de saberse en disonancia con las buenas conciencias, con la serena desesperación que infunde la conciencia de no ajustarse a los imperativos de la “conducta normal”.
Al romper la norma de lo conveniente, de lo recomendable, de lo aceptable, esta poeta con tenaz vocación de cronista familiar rescata un mundo de existencias socavadas por su rechazo a lo que es socialmente consentido. Nos confía un lugar de sus recuerdos que acaso encienda, en quien lee, personalísimas memorias de otras existencias impugnadas.
La autora de La edad terrible estudió la licenciatura en Humanidades en la UDLA de Puebla. Fue ganadora en el XXXIV Concurso Voces Nuevas 2021, con la editorial española Torremozas. Ha sido beneficiaria del FONCA, Jóvenes Creadores 2011-2012; de CurArte es Guelaguetza, bajo el Programa de Apoyo a las Instituciones Estatales de Cultura 2020; y del PECDA Oaxaca 2024, Creadores con Trayectoria.
Jorge Pech Casanova
El derrumbe
Las anécdotas detrás de los cuadros no interesan. Algunos cojines con brocado verde, agujeros y deformidades, proponen un paisaje mejor:
Mis primas y yo, en el campo; al lado, en el comedor, nuestros padres juegan cartas. Corremos a la sala por almohadillas, estamos construyendo nuestra casa. Con una sábana tendemos el techo. En el interior, hemos colocado un florero, tres tazas y al bebé de trapo. No nos movemos; poco a poco somos parte de las cosas.
Se nubla la historia e iniciamos una tormenta. La vivienda sufre daños, el bebé enferma, es necesario recapitular. Volvemos a nuestro bosque por más cojines. La morada crece y con el niño grave hay mucho por hacer.
Cuando llega la calma ensordece el juego. Procuramos otro problema y el hogar se derrumba. Empezamos otra vez.
La casa nunca vuelve a ser la misma.
Papá GrandeDon Severo existe hace ciento veinte años. Los últimos veintiséis cobró la forma de su sombrero, en mi armario: un borsalino gris de la llanura piamontesa. Su piel es fieltro suave de pelo del conejo amigo de gánsters y aventureros galantes. Una cinta negra, entre el borde de su cuerpo y la corona triangular que ostenta, se anuda a su costado izquierdo. Fue un regalo de doña Joaquina, la “Mamá Grande”, sombra benevolente para el marido. Su alma, una banda suave, le confirió el carácter flexible de los seres duraderos.
Este abrigo tiene duende para mi cabeza. Provoca imágenes que eximen al amor en torno a un mismo cuadro:
Veinte años antes de morir, el bisabuelo enviudó y empezó a acumular el perfume de las flores que huelen de noche; también comenzó a hablar solo. Más de seiscientos frascos conservaron el aliento de Joaquina azul, a su lado. Don Severo elaboró, jardín tras jardín, la esencia del duelo que no ha tenido lugar.
Dentro del ropero, además del borsalino, conservo un recipiente de vidrio con boca de cañón. Lo habitan palabras de mi bisabuela. Ahí persiste la historia.
La molienda
Soy vela abandonada en el altar,
canica que rodó más lejos
para perderse entre la hierba,
palillo chino bajo la cómoda de ébano,
resignación de piedra.
Una tarde tuve que rescatar
el dedo índice de mi hermano
enredado en la cadena de un columpio;
lo hice desde el miedo porque con él
señalaría su mundo.
Soy vela que se extingue.
Mi nombre era mafia de mujeres que sabían del polvo
por la molienda de huesos para la porcelana.
En el juguetero las figuras de bone china
descansan.
Salí de la casa al olvido de las muñecas
tras cortarle la frente a mi hermano con unas tijeras
(se movió cuando quise emparejarle el flequillo).
Soy humo de una vela.
Desvelar a las muñecas y a las santas
Qué necesidad hay…
Y aun así, para celebrar el amor,
el amor ha de destrozarnos primero.
H. D.Fantaseo con desnudar y acariciar el cuerpo de algunas mujeres de mi familia. Descolocarlas. Provocar en ellas las cicatrices bajo sus mangas de obispo, los quince centímetros de la cesárea, la carne endurecida del perineo agrio después de la episiotomía –porque cuando un hijo corona, y aún no se quiere ser madre, la vagina es un portal inestable entre el ser y la asfixia–. Provocar las señales del amor cuando ha sido demasiado: costuras queloides en todas las vísceras que se tuercen, calientan y aceleran, revientan, después del desencanto. Y, para los rastros más profundos e imprecisos de la vida, esas marcas que nunca sanan de tanto negarles el reconocimiento y perdón de la mirada, sueño con arrancarles el cabello, hacer de mi lengua un martillo sobre sus cabezas, martillar. Expuesto el cerebro como nuez, introducir la pinza de mis dedos índice y pulgar entre los nudos del lóbulo temporal, y levantar el polvo. Sí, una tormenta de arena hasta la aridez de sus reinos y claustros.
Desnuda, sumergida en una tina que sin más se vuelve océano, imagino que mi piel es la suya. Andan mis manos en ella con la ternura del amante devoto de cualquier signo de pureza, hasta identificar las manchas de familia y nombrarlas:
En los tobillos, las venas violáceas de la tía virgen, a quien la uva del pecho se le secó como una pasa de ser tan buena hija. Todos los hombres de la familia la admiran y protegen. Es la madrina de los críos. La quedada.
La semilla parda de la madre santa en mi nuca es una pepita de melanina que pesa como la mirada de su hijo, mi padre. De cargarla en la vida, temo desarrollar una joroba similar a la de la tía, quien al final no quedó tan sola: concibió una muñeca a la que le templó los huesos como espadas.
Justo donde el coxal derecho hace curva y desciende al valle, aprieto el lunar de carne de las mujeres de mi madre. Rebeldes hembras de cadera amplia que bailaron, viajaron y pensaron en ser damas del mundo. Muñecas que guardaron el tweed, la gabardina y los olanes en armarios de caoba, para ajustarse al ritmo regular del corazón con un esposo y algunos hijos. Ellas, las que hablan inglés, las engañadas por un dado falso.
En el seno derecho, reflejo del nombre de la abuela, que es el de mi madre y el mío, la fortuna, recuerdo con la palma de la siniestra al buitre que anidó en el cuadrante superior al cobijo de mi axila. Larva de mariposa negra. Cáncer. Dicen los hombres y las otras mujeres que fue por rencor y ceniza en la boca. Tienen razón. Todos mentimos al amar.
En este indeclinable acto de revelación, considero hincar las uñas con el aburrimiento del amante sobrado de la misma piel, de las lluvias que reblandecen la tierra y de las voces de la santa y la muñeca poseídas por la idea, la más absurda idea, de llegar a ser mujer, como si se hubiese nacido siendo una rana.
Irritar hasta la sangre. En el escándalo rojo repetir el sueño donde dreno todas las herencias; y al amante, sea el padre, el hijo, Dios o un náufrago entre las piernas.
Síndrome de la niña invisible
Quiero beberme un río
y anegar el bosque
hasta no ver los muertos de la fe en el amor.
Disparar al cielo
y que la ley de la gravitación
responda.
Quiero la justa dimensión del cero
para las monedas falsas.
Solo quiebro el vaso
con las piernas encogidas sobre el pecho,
la cabeza,
pitahaya entre las manos.
¿Me han robado a todos los padres?
¿Mis mujeres
hablan solo con la nota más baja de las tumbas?
Mi nombre
debió haberse proscrito en un barco
hasta el fondo del océano.
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Los motivos del “vobo”

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
Mientras Televisa despedía en bloque a los principales publicistas de la coalición de derecha que fracasó estrepitosamente en las elecciones del 2 de junio, y en tanto el Poder Judicial de la federación impugnaba a los otros dos poderes de la república, la columnista de El Financiero Lourdes Mendoza publicó el 2 de septiembre un texto titulado “México, aguanta, los estudiantes se levantan”, en la cual aclamó a los estudiantes y empleados del PJF que “tomaron las calles para levantar la voz en contra de la reforma judicial”.

Caricatura de el Fisgón La columna de Mendoza del 2 de septiembre consistió mayormente en copiar 24 consignas de la marcha del 1 de septiembre en contra de la reforma al Poder Judicial promovida por la mayoría de legisladores del Congreso de la Unión. Entre las consignas figuraban las rutinarias: “México, despierta, la dictadura está en la puerta”, “¡Democracia sí, dictadura no!”; cebollazos a los togados en law fare: “Poder Judicial, orgullo nacional”; autoexculpación de los manifestantes: “Somos estudiantes, no somos acarreados”; demandas fuera de lugar como “Los niños queremos un México independiente” y llanas tonterías como “¡El que no brinque es Batres!”
La publicación de Mendoza hubiera podido ser una más de comunicadores derechistas tratando de aparentar que el hartazgo a décadas de corrupción en el Poder de Judicial se reduce a una cuestión partidista, al capricho de un solo hombre (“Andrés, entiende: la justicia no se vende”) y a una maniobra “dictatorial”.
Mendoza no hubiese llamado la atención, excepto por que la columnista mandó su texto publicado con una profusión de fotografías en El Financiero a la ministra Margarita Ríos-Farjat; el intercambio de mensajes entre la magistrada y la columnista se filtró a un chat colectivo y así se conoció esta conversación que se pretendió privada (con faltas ortográficas de ambas):
Ríos-Farjat: “Le dieron un gran espacio en El Financiero, Lourdes, excelente”. Mendoza: “Gracias ministra, el miércoles vuelvo con el tema… en la noche se lo mando a vobo”. Ríos-Farjat: “seria interesante platicar con sus amigos de El Financiero”. Mendoza: “Ud dígame y lo organizo de inmediato”.
La columnista Mendoza publicó “sin editar” el miércoles 4 de septiembre el texto que quedó de enviar a la ministra para “vobo”. Antes, buscó el foro del violentador youtuber David Páramo para explicar que “por error, publicó una conversación con la Ministra Ríos-Farjat, donde se observa cómo compartió su columna sobre la reforma judicial con ella, así como con otros colaboradores que se oponen a la reforma”.
En su columna de miércoles, Mendoza afirmó: “Pido desde aquí una disculpa sin la mayor reserva a la ministra que se vio afectada por mi error. Como ella lo señala, no es mi amiga, nos hablamos de usted y no es una fuente de información”. Previamente, Mendoza dijo a Páramo que buscó a Ríos para que revisara su texto y “no traer ningún error de fondo”.
Así quedó probado lo que es vox populi desde hace años: ciertos voceros de la derecha publican lo que funcionarios y ex funcionarios públicos les ordenan. De ahí, el descrédito en que han caído tales “informadores”, lo cual lleva a los medios a deshacerse de ellas y ellos, con miras a congraciarse con el régimen que cuenta con amplio respaldo electoral.
Otro medio a la venta, al que no le queda más remedio que atacar al régimen vencedor, es Atypical Te Ve, montado en YouTube por Carlos Alazraki después de que se deshicieron de él los medios convencionales. En la emisión de su programa La Reconstrucción del 4 de septiembre de 2024 (al cual llegó tarde Alazraki), el ex funcionario e ideólogo de la derecha José Ángel Gurría entrevistó al magistrado Marco Polo Rosas Baqueiro. En esa emisión, Rosas Baqueiro hizo las siguientes, inconcebibles pero enfáticas declaraciones:
“Hay mucha discusión sobre los sueldos de los jueces y los magistrados. Yo ahorita les voy a poner un ejemplo para que vean que no son tan exagerados como dicen. […] ¿Cuánto ganamos? Yo les voy a poner el ejemplo de un fontanero: Yo pido a un fontanero que vaya a mi casa a arreglar y me dice, en un trabajo de una hora, “te cobro quinientos pesos”. Y digo: “te doy los quinientos pesos porque tú sabes qué tubo mover, qué tubo quitar, yo no sé. Ta’ bien, te pago quinientos pesos”, argumentó el juzgador.
Agregó: “Imagínate que ese fontanero tenga diez trabajos de una hora de quinientos pesos por día: cinco mil pesos por día. Bueno, los jueces y magistrados ganamos cinco mil pesos por día, eso es lo que gano… Y no trabajamos diez horas como el fontanero, trabajamos catorce horas. Entonces, si el fontanero tiene derecho a ganar quinientos pesos por lo que sabe, ¿el juez, el magistrado tendrá derecho a ganar eso por las catorce horas que le invierte por día? Ahí se los dejo de tarea”.
El integrante del Poder Judicial sostuvo así su alegato: “¿Por qué es importante que [a los magistrados] se les pague bien? Pagar bien no para volverse rico, sino para que no te preocupes el día de la quincena. Es decir, como sé que hay que pagar la luz, este… gas… ‘Ahí está’, le digo a mi esposa, ‘paga de ahí, ahorita no me molestes, estoy revisando un asunto’”.
Luego de la insólita equiparación del trabajo y el sueldo de un plomero al de un juez, Rosas Baqueiro todavía subrayó: “No me quita el sueño llegar al día de la quincena. ¿Quieres que me quite el sueño llegar al día de la quincena, tener este trabajo, hacer ‘otros bisnes’ entre comillas y no atender tu asunto en donde a lo mejor te estás jugando todo tu patrimonio, tuis relaciones familiares, la tenencia de tu hijo? ¿Quieres eso? Entonces, hay una justificación, un sueldo digno sin ser exagerado”.
Y todavía su entrevistador, el ex secretario federal Gurría, remató con la opción sombría: “O ser corrupto, magistrado, porque entonces se busca el ingreso en otra parte”.
En el mundo imaginario del magistrado y del ex secretario presidencial, un plomero cobra el mismo sueldo que un ministro de la Suprema Corte: alrededor de 150 mil pesos mensuales. Sólo que el afortunado plomero trabaja menos horas que un magistrado, así que el plomero cobra más que un juzgador. Quizá los plomeros de México llevan una vida aún más próspera que los altos jueces, pues cuentan con más tiempo libre.
No es la primera vez que un alto funcionario público rehúsa dejar de percibir pagos excesivos por su cargo. El 16 de enero de 2017, al preguntarle la conductora Denise Maerker al entonces senador Javier Lozano Alarcón si estaría de acuerdo en reducir su dieta de más de 150 mil pesos mensuales, el colérico personaje renegó: “No, porque yo vivo de esto. Esa demagogia de decir: Con mucho gusto doy la mitad de mi salario… Y luego, ¿a robar o qué?”
Los aplaudidores de estos funcionarios pierden día a día sus espacios sostenidos durante décadas con adulación al poder y crasas mentiras. Además, sus patrones se vuelven indefendibles al fallar su intento de golpe de estado por medio del law fare, como la senadora panista de Aguascalientes María de Jesús Díaz Marmolejo, quien incitó: “al buey que no vote en contra [de la reforma al Poder Judicial] que lo linchen al pendejo… que lo agarren a chingadazos y le den con todo al buey que no vote en contra de esta reforma”.
Pero los medios que sostuvieron a la derecha cambian de consignas, sustituyendo sin rubor a sus voceros derechistas con voces que apoyan al actual régimen. Televisa, la empresa cuyo dueño Emilio Azcárraga Milmo se definió como “soldado del PRI”, ¿llegará a presentarse como “soldado de Morena” y pedirá al nuevo régimen su “vobo”?
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Nueve notas ecocríticas

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
1. Al descifrar las causas sustantivas del momento actual —Kali yuga, edad de hierro, edad oscura, zona triste, época sin síntesis–, Ken Wilber refiere una entusiasmada carta de Sören Kierkegaard a propósito de las conferencias que el poeta Schelling pronunció en Berlín en 1841, ante un auditorio entre los que también se encontraban el historiador Burckhardt, el anarquista Bakunin y el marxista Engels.
En tales coloquios, que conmovieron profundamente a quienes los escucharon —“una audiencia boquiabierta, una abigarrada muchedumbre”—, Wilber cuenta que Schelling comenzó su reflexión aceptando que la Ilustración había logrado diferenciar la mente de la naturaleza, pero dijo que al mismo tiempo olvidó considerar el Sustrato unificador que vincula orgánicamente a la una con la otra. Así, el desastre de la modernidad consistió en la creación de una tajante disociación entre la mente y la naturaleza.
Esa disociación entre lo que Wilber define como el ego (la mente) y el eco (la naturaleza), cuyo paradigma es el de la representación y según el cual la mente “refleja” a la naturaleza, base epistemológica del método científico, abre una grieta entre la naturaleza, vista como objeto externo, y el yo reflexivo como sujeto. La escisión acabó convirtiendo a los seres humanos en objetos y, en palabras de Wilber, terminó deshumanizando el humanismo. Ya Schelling consideraba que cuando la representación se convierte en un fin en sí mismo entonces se convierte en “una enfermedad espiritual”.
2. Schelling rechazó la simple regresión a la naturaleza, a la infancia, decía, de la raza humana, como forma de superar la disociación entre el ego y el eco. Y afirmó que para descubrir que la mente y la naturaleza son movimientos diferentes del mismo Espíritu absoluto hay que ir más allá de la razón. Wilber cita a Hegel, colega de Schelling, quien a continuación enseñará que el Espíritu no es Uno separado de los muchos sino el proceso mediante el cual ese Uno se expresa a través de los muchos, una actividad incesante manifiesta en el mismo proceso de la diversidad. Es el Espíritu, sintetizará Wilber, expresándose a sí mismo en el proceso evolutivo.
La fractura denunciada por Schelling, la deshumanización del humanismo, también surge desde la cosmovisión que originó la ciencia moderna, un dominio hegemónico de más de cuatro siglos. Bacon definió la ciencia como conquista del hombre y domesticación de la naturaleza, una cosa externa. Descartes postuló el predominio de la mente pensante racional dentro de la maquinaria somática, una dualidad. Newton llevó esta idea al universo, estructura gigante, reloj creado por Dios, relojero que le dio cuerda, una mecanicidad. El universo como una colección de objetos, cosmovisión dualista que sentó las bases del mundo moderno y de la filosofía industrial hasta hacernos llegar al momento de inflexión existente hoy.
3. Sin embargo, aunque sigue determinando el pensamiento predominante y el comportamiento social, la cosmovisión mecanicista ha sido desmantelada. El paradigma ha cambiado, y lo significativo, como opina Albert Nolan, es su carácter científico. Uno de los descubrimientos de Einstein fue que la energía y la materia eran dos formas de la misma cosa: la energía es materia liberada, la materia es energía que espera ser liberada. El modelo mecanicista de la física suponía que la energía era una actividad o movimiento, y que la materia era una cosa. Cómo es posible entonces, se pregunta este pensador jesuita, que una cosa pueda convertirse en movimiento y un movimiento pueda convertirse en cosa.
Este es el ingreso conceptual a una realidad más misteriosa de lo que pensamos, y más misteriosa de lo que podemos pensar porque la mente humana es limitada: no puede comprender la luz, escribe Nolan, solamente tratarla como si fuera una onda, y para otros fines como si fuera una partícula. Y no es ninguna de las dos definiciones, sino algo más allá de nuestra imaginación: es un misterio, algo inescrutable por la razón.
El cosmólogo Brian Swimme ha dicho que las partículas elementales, aquellas que originan todos los fenómenos, “emergen del vacío mismo: éste es el sencillo e impresionante descubrimiento: en la base del universo hierve la creatividad”. Usa una expresión mística: “abismo que lo nutre todo”, para señalar este enigma en la base del ser.
Otro físico, David Bohm, estudia el orden implicado y el orden explicado, una bisagra operativa o un diálogo, como se quiera ver, para la concurrencia de los fenómenos, y a la vez una nueva conceptualización del paradigma establecido hace cien años. El orden implicado es el vacío creador, la totalidad intacta del universo, una totalidad invisible pues nuestros sentidos no la perciben. El orden explicado es la multiplicidad y diversidad de cosas y acontecimientos que surgen del orden implicado para presentarse ante nuestra percepción como una prueba empírica.
4. Uno más de los pensadores que han fustigado los errores epistemológicos de la Biblia, sobre todo en el Génesis, es Arthur Schopenhauer, quien en su prosa sin concesiones objeta la cesión unilateral de la naturaleza y de los animales otorgada al hombre por el Creador, un acto de separatividad y predominio dictado por el narcisismo divino. Queda sancionada entonces la total indefensión de la naturaleza ante la ley y su subordinación a la antropocéntrica y soberbia narrativa humana. “¡Divina Gangâ! ¡Madre de nuestra especie!”, escribe, escandalizado, el autor.
Este ego cartesiano, patrilineal y divisorio, fundado por la dudosa parcialidad del Creador —quien por ello ha sido históricamente visto como un mero demiurgo: no un dios, sino su intérprete y aun su contrario—, tiene origen en la conquista de las sociedades fraternales prehistóricas que realizaron pastores provenientes de Asia hace miles de años, modelados por la estructura animal del macho cabrío que guía al rebaño, lo mismo que hace el dios Jehová. Varias secesiones ocurrieron entonces: de la naturaleza misma, de la matriz femenina, del regazo vegetal, de la estructura social horizontal y participativa, de la igualdad y protección como gramática de la pertenencia mutua, de los derechos y las obligaciones humanas, de la conciencia reflexiva en participación con el mundo.
El lenguaje esconde las huellas de aquel desfiguramiento misógino y mecánico —un impulso descendente, según la clasificación de Wilber— que nos ha llevado a la extrema cosificación posmoderna: todo son cosas, el ser humano desde luego. Dos de las funciones del lenguaje son nombrar (tropo adánico) y revelar (tropo poético). Si la versión bíblica contiene un subtexto —visible, por ejemplo, en la doble y contradictoria versión del Génesis sobre la creación de la pareja adánica—, éste se muestra en el sentido del compromiso que surge entre el nombrante y lo nombrado, no una apropiación sino un vínculo.
Por ello hubo una corrección simbólica: la cruz cristiana, anuncio no del martirio sino de la revinculación del hijo del hombre con lo horizontal, con lo profundo y con lo elevado. Jesucristo vino a representar dramáticamente la mediación cósmica olvidada, a reiterar una perspectiva ecoteológica que hoy vuelve a surgir.
5. Nuestra patología consiste en la alienación de la naturaleza, un costo de la conciencia: reflexionar, producir una distancia psíquica entre el observador y lo observado. El pienso luego existo cartesiano es epistemológicamente falso, pero inevitable para la mente del pensador hasta que éste se da cuenta de tal falsedad y comienza a luchar contra la división reductiva que significa.
De ahí el idealismo platónico que postula otra realidad verdadera y arquetípica: otro lugar, una grieta, una distancia entre esto y aquello, porque esto es una caverna donde se confunden las sombras con los objetos que las proyectan. El cuerpo asumido como la cárcel del alma —los hindúes lo ven como templo del alma— es resultado también de esta confiscación separativa. La mente se desliga del cuerpo al desligarse de la naturaleza.
La conciencia de participación, llamada interdependencia por el budismo, existente todavía en el Renacimiento, fue radicalmente suprimida con las reformas, la protestante y la católica, sustancialmente iguales las dos. El Renacimiento concebía el mundo natural y social como un organismo espiritual, escribe Ioan Culianu, en el que había intercambios permanentes de mensajes fantásticos: “La Reforma destruye todo este edificio de fantasmas en movimiento, prohíbe el ejercicio de la imaginación y proclama la necesidad de extinguir la naturaleza pecadora”.
Vendrá el racionalismo luego de la erosión de los valores religiosos, que también se opondrá al espíritu renacentista de participación en el cosmos, imponiendo en su lugar una interpretación cultural y científica alienada hacia la naturaleza, un utilitarismo materialista obsesivo: la posmodernidad.
6. El capitalismo salvaje neoliberal es producto de una cruel abstracción, el dinero, que continúa siendo hegemónica a través de los medios masivos de comunicación y de las estructuras reproductoras de ideología: familia, religión, escuela, opinión comunal. Ha implantado una mente colectiva basada en el pensamiento único del consumo desenfrenado, en la democratización del deseo (no en su satisfacción), en la consagración del principio del placer como fin vivencial, en el tener materialista en lugar del ser ontológico. Ha teorizado el fin de la historia queriendo persuadir a todos de que el tiempo actual es la suprema realización de lo deseable; ha convencido a los oprimidos para admirar enajenados a los opresores, introyectando en ellos, desde la sociedad del espectáculo, los tóxicos del miedo, la violencia y la banalidad. Las inquietantes distopías sociales (Orwell, Huxley, Wells) del pasado inmediato, las advertencias escritas, ya son realidad.
Empero, la orquesta del Titanic sigue tocando mientras el agua va subiendo sin cesar. Angustiantes conferencias, no aquellas revelaciones epifánicas de Schelling, ahora celebradas a bordo de un barco hipermoderno que surca un mar de ahogados, según la dislocante imagen de Peter Sloterdijk, discursos tardíos sobre qué hacer en un sistema mundo cuya biosfera parece haber llegado a un punto de no retorno en tanto el desenfrenado consumo, un ritmo nihilista y terminal hasta hoy impuesto a sangre, televisión y fuego entre la brutal desigualdad de la gente, por el fascismo social de las democracias modernas y la globalización financiera imperial.
Tenemos pensamiento articulado para transitar por la catástrofe civilizacional en curso. Pero al acostumbrado modo de los crepúsculos culturales y de las noches históricas, tal bagaje de posibilidades conceptuales, de advertencias y análisis precisos, verdaderos, de obras conmovedoras y certezas epistémicas, solamente es conocido y empleado por muy pocos —Morris Berman les llama los nuevos individuos monásticos, los nims—. La posesión de la lucidez y la razón históricas son minoritarias. Corresponden al axioma sociológico propuesto por Sloterdijk: cuando las grandes estructuras se colapsan, su restitución y transformación se da desde los pequeños formatos. El corto verano de la contra-cultura predicó hace décadas que lo pequeño era hermoso. Sloterdijk llama a esa emergencia de los pequeños formatos una hiperpolítica en los tiempos de los últimos seres humanos, de los usuarios terminales de sí mismos, los que viven entre lo no retornable: la experiencia existencial propia, el biotopo habitado, los otros congéneres, las relaciones emocionales.
Los sujetos actuales presos en el mundo chato, plano, en el que hay enunciados pero no enunciaciones. El homo videns que amenaza con extinguir al homo sapiens interrumpiendo el más viejo arte que se conoce: el de hacer seres humanos, garantizando a los descendientes la transmisión de lo que se recibió de los ancestros. Continuando la secuencia humana en el espacio tiempo como una manifestación del Espíritu, de lo Uno vinculante.
7. Robert Graves, el mitólogo y poeta, cuenta una bella historia acercade estos pequeños formatos humanos que actúan como entidades discretas y determinantes. La existencia del obosom Nosotros, un residuo de los arcaicos grupos totémicos nucleados alrededor de una diosa, cuyos miembros se reconocen entre sí al actuar espontáneamente en tareas o en circunstancias de interés común, y quienes siguen su camino al terminarlas.
¿Cómo entonces proceder en los momentos actuales? Leninistamente: ¿qué hacer? Gaia, la tierra, un organismo vivo, en consecuencia una mente, se muestra adversa a la especie humana demencial que destruye el medio físico y el psíquico y depreda a la naturaleza. No es del todo seguro que la civilización humana global y casi unificada siga existiendo. El capitalismo financiero suicida de la última hora destruye más recursos y energía de los que produce, pero sigue engañándonos desde el escenario mediático de la representación. Alrededor nuestro ronda la catástrofe, la parca y partera de la historia. —No es casual la pertinaz industria catastrófica de plagas y aniquilaciones y zombificación, el modo extremo de la conciencia inhumanizada.
“Ya te lo dije tres veces, entonces es verdad”, se afirma en Alicia en el País de las Maravillas. La sobresocialización, el sobreabundamiento de la cultura normativa y del consenso con el que ideológicamente se domina a las sociedades contemporáneas, sólo oculta el verdadero estado de las cosas. Entonces no es deseable la repetición del ideal romántico de regresión a la naturaleza, al mundo de la localización simple, al mundo brutal de la mirada monológuica.
Wilber afirma que la sabiduría ecológica no consiste en cómo vivir de acuerdo con la naturaleza sino en cómo llegar a ponernos de acuerdo sobre cómo vivir de acuerdo con la naturaleza. El vínculo con Gaia, señala, no es innato, y tampoco, diríamos nosotros, es una sensibilidad desarrollada por la cultura predominante, sino un noble estado de la conciencia producto de un largo y laborioso proceso de crecimiento y transformación personales, grupales y, si es posible invocar la esperanza, colectivas.
8. Una nueva inteligencia puede lograr ese estado, aquella que permita desarrollar una “democracia cognitiva” empleando cuatro facultades: una inteligencia disciplinada, atenta, alimentada y activa; una inteligencia sintetizadora que construya el sentido al seleccionar (al “curar” es la palabra) la información percibida; una inteligencia creativa que desaprenda las nociones introyectadas, el pensamiento recibido, el consenso manipulatorio, y trabaje en lo echado a perder; una inteligencia ética que respete toda forma de vida y acepte la multiplicidad fenoménica en igualdad moral.
Desde luego, todo lo anterior puede actuar en lo externo del mundo si está activo en el interior de la conciencia. Se trata de la atención, el soporte del esfuerzo moral. Por ejemplo, la atención permite alcanzar la verdadera riqueza que consiste en la reducción drástica de la necesidad. Con ello se resuelve el espejismo del deseo, la ensoñación que obstruye al ser para estar en, con, desde y sobre la naturaleza, lo que él mismo es.
9. Boaventura de Sousa Santos ha propuesto una pluralidad de ecologías frente al monólogo de la época actual, cuyas tres grandes vías hoy lucen en ruinas así estén envueltas por el oropel mediático: el capitalismo, el Estado nacional y el pensamiento moderno, un marco conceptual que no puede resolver la problemática engendrada por él mismo: un epistemicidio, como lo define el autor.
El éxito del modelo neoliberal, que sigue avanzando impunemente en la privatización de lo público, ha consistido en destruir la mera posibilidad de pensar alternativas al mismo. Esto es el pensamiento único, hegemonizante y totalitario, ajeno a la diversidad de lo real. La búsqueda y construcción de alternativas, un acto de mirar hacia donde no se mira, se enfrenta al saber monista del paradigma moderno. Boaventura de Sousa propone cinco tesis y antítesis: un acto de pensar para transformar:
1. Una Monocultura del saber (ciencia occidental, cultura como canon), frente a una Ecología de saberes, la cual asume que no hay ignorancia y saber en general, sino que todos saben e ignoran algo. Lo había dicho Alfonso Reyes: todo lo sabemos entre todos.
2. Una Monocultura del tiempo lineal, donde supuestamente existe un sentido de la historia que guió la idea del progreso y ahora guía el de la globalización, frente a una Ecología de tiempos múltiples y coexistentes que no categoriza a ninguna cultura viva como anacrónica sino como contemporánea.
3. Una Lógica cerrada de la clasificación social que define y jerarquiza construyendo desigualdades, frente a una Ecología de los reconocimientos que “horizontaliza” todos los saberes y valores sociales y rechaza la superioridad de una raza o una cultura o una persona frente a otras.
4. Una Lógica cerrada de la escala dominante donde lo universal obtiene más relevancia que lo particular y lo global se coloca por encima de lo local, frente a una Ecología de las transescalas donde lo local tiene entidad e identidad al margen de los mercados globales, tiene existencia por sí y para sí.
5. Una Lógica productivista, cortoplacista y obsesionada por la rentabilidad, por el crecimiento económico como único objetivo “racional” del sistema capitalista, frente a una Ecología de la productividad humana en la cual se recuperen e instrumenten sistemas alternativos de producción respetuosos de la naturaleza.
En suma: interdependencia, organicidad, vinculación. “Sólo relaciona” es una de las operaciones cognitivas del conocimiento fundado. El sistema mental, económico, social y político no entiende que no entiende lo que pasa. Debemos cambiar, si es que todavía hay tiempo para ello, lo que caracteriza a nuestra época, la perfección de los medios y la confusión de los fines: la Babel global colapsándose. Quizá todavía sea posible.
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Un apóstol tropical

Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
En una ciudad del trópico, Chetumal, nació en 1946 el hijo de Héctor Aguilar Marrufo, quien lleva el mismo nombre de su padre y los apellidos Aguilar Camín, este último, por su madre Emma y su abuelo, el escritor español Alfonso Camín Meana.
Cuenta el hijo de Aguilar Marrufo que su padre y su abuelo materno se enfrentaron al competir por un mismo negocio. Despojado de su establecimiento por su implacable pariente político, Héctor padre se dio al alcohol y abandonó a su familia hacia 1959. Sobre la ausencia paterna, Aguilar Camín le contó en 2009 a Ivonne Sánchez, de Radio Francia Internacional, que durante 40 años no supo nada de su progenitor, “pero en 1996 reapareció, lo recogí en estado casi de indigencia y desde entonces lo he sostenido”.

Caricatura de Hernández Aguilar Camín creció en la Ciudad de México, donde se doctoró como historiador por El Colegio de México en 1975, con la tesis “La revolución sonorense, 1910-1914”. Ese texto académico se convirtió en su libro La frontera nómada. Sonora y la Revolución mexicana, publicado en 1977 por el Fondo de Cultura Económica, el cual le dio rango entre los historiadores mexicanos.
Después, Aguilar Camín se dedicó al periodismo: fue subdirector de La Jornada y de ahí pasó a colaborar en Nexos, revista fundada y dirigida por el historiador Enrique Florescano, donde destacaron autores como Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco. Sin embargo, un grupo de académicos cobijados por el historiador tomó el control de la revista.
Paralelamente, el historiador nacido en Chetumal se convirtió en autor de la Editorial Océano, fundada en 1972 por el español Josep Lluís Monreal, hasta que en 1981 Andrés León Quintanar se salió de ese sello para establecer Ediciones Cal y Arena. Aguilar Camín siguió a Quintanar para integrarse a Cal y Arena, hasta asociarse con la empresa en 1988.
En 1983, el empresario editorial e historiador chetumaleño ocupó la dirección de Nexos, donde se mantiene hasta la fecha, salvo por el periodo de varios años en que su hermano, el poeta Luis Miguel (1995 a 2004) y el académico José Woldenberg (2004-2009) se hicieron cargo de la publicación mensual. Héctor Aguilar regresó a dirigir Nexos en 2009, donde se mantiene hasta la fecha.
Es muy probable que el historiador chetumaleño dejara a cargo de su revista a su hermano y luego a Woldenberg porque, como él mismo refiere en su artículo “Fin de ciclo”, publicado en el diario Milenio, durante los últimos 14 años “Televisa me abrió un espacio profesional no sólo en los programas que digo [Zona Abierta y La Hora de Opinar], también en sus convocatorias a opinar sobre momentos claves de la vida pública mexicana”.
Tanto desde su revista como desde los programas televisivos, Aguilar Camín ha disertado sobre esos momentos clave de acuerdo con los intereses de la clase política y empresarial que durante noventa años controló el país. En los últimos seis años, sin embargo, esa clase privilegiada quedó parcialmente desinvestida de poderes, aunque el chetumaleño siguió opinando a su favor porque había hecho de esa postura un millonario modus vivendi.
De acuerdo con diversas fuentes informativas, a partir de 1989 las empresas a cargo de Aguilar Camín comenzaron a recibir cuantiosos favores económicos del régimen. Sólo bajo la presidencia de Carlos Salinas de Gortari las empresas del intelectual orgánico recibieron más de tres mil millones de pesos de entonces por concepto de estudios y evaluaciones, los cuales la presidencia pagó dos y hasta tres veces para revertir “demoras” de los contratados.
Después de Salinas, Aguilar Camín siguió publicando investigaciones que apoyaban las versiones de la presidencia, como en el caso de su serie de artículos “Regreso a Acteal”, de 2007, en la cual refrendó la cuestionada versión del gobierno de Ernesto Zedillo sobre la matanza ocurrida en Chiapas en 1977, justo cuando integrantes de la sociedad civil intentaron llevar a juicio al ex mandatario por esa masacre.
Algunos años antes, en 2004, el chetumaleño fue acusado de plagiar el libro Los días contados, sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio, que Pedro Ochoa Palacios remitió al editor Sealtiel Alatriste en 1999. Ochoa Palacios alega que el editor le rechazó el material, pero en 2004 leyó el volumen de Aguilar Camín La tragedia de Colosio y se consternó al comprobar que su trabajo y ese título del quintanoarroense coinciden no sólo en la metodología, sino en el texto elaborado “a base de citas muchas de ellas similares, el ritmo narrativo, la secuencia de voces y el razonamiento general de la compilación, que no pretende encontrar conclusiones sino relacionar declaraciones de personajes vinculados , para que sea el lector quien arme el rompecabezas y juzgue”.
Aguilar Camín no respondió al reclamo de plagio. Continuó difundiendo sus opiniones al servicio del poder durante los gobiernos de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. Sin embargo, su postura obsecuente con el oficialismo entró en conflicto al acceder a la presidencia Andrés Manuel López Obrador en 2018. A partir de ese año Nexos y los programas televisivos en que intervenía Aguilar Camín se confrontaron con el presidente, al grado de que Aguilar hizo equipo con un antiguo rival, Enrique Krauze, para impugnar el régimen de López Obrador.
Aguilar Camín y su revista Nexos chocaron en 1992 con el grupo de Octavio Paz, Enrique Krauze y la revista Vuelta al no convocar de manera preferente al poeta para su Coloquio de Invierno. Parecía la represalia al coloquio “La experiencia de la libertad”, organizado por Paz con el apoyo de la empresa Televisa en 1990. Paz, con sus adictos, se quejó amargamente del coloquio de Nexos. Su berrinche condujo al cambio del presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el cual fue diseñado por el salinismo para domesticar a intelectuales y artistas mediante becas.
Años después de los choques entre revistas y grupos empresariales de la cultura, en 1998, Aguilar Camín se coludió con Krauze en las transmisiones de Televisa para aplaudir a los gobiernos priistas y panistas que se sucedieron entre ese año y 2018. Dos décadas de aplausos conjuntos de Aguilar y Krauze para justificar medidas oficiales no llegaron a su fin con la presidencia de López Obrador, pues la dupla continuó elogiando el pasado: la abdicación de Zedillo, la transición de Fox, la terquedad de Calderón, el glamur de Peña Nieto.
En contraste, Aguilar y Krauze —apóstoles de la depredación política— unieron sus voces para repetir el mal augurio que Krauze hizo en su artículo “El mesías tropical” en junio de 2006: “Los instintos dominantes del mexicano son pacíficos y conservadores: teme a la violencia porque en su historia la ha padecido en demasía. […] la democracia y la fe sobrevivirán, cada una en su esfera propia”.
Ya que las votaciones de junio de 2024 hicieron ver a la dupla Aguilar-Krauze que los “instintos dominantes” de la ciudadanía no son conservadores, Televisa despide a sus impugnadores del obradorismo. El chetumaleño reclama: “Más allá de mi caso, la decisión que han tomado en la empresa de separar, junto conmigo, a otros cinco personajes de La Hora de Opinar no puede entenderse sino como un sesgo político. […] No me parece un buen síntoma”.
No pueden ser esos despidos buen síntoma para quienes durante más de un cuarto de siglo lucraron por aplaudir al régimen conservador. Lo proclaman las caras contritas de Aguilar, Krauze, Dresser y algunos apóstoles infraderechistas más al abandonar la escena, en tanto otro claudicante, Ciro Gómez Leyva, deserta no sólo de su canal de TV sino del país.
