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Esa destreza del abandono

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
Viernes 13. 10:30 a. m. La ciudad hierve tal cual es: inabarcable. Y ello asusta un poco a este hombre que vive en el campo. Pero se encomienda a la divina providencia, fórmula infalible para que ocurra lo que de todos modos ocurrirá, y así acepta su suerte parando en la calle aquel taxi que le parece más confiable. Al subir se relaja: el chofer no es un facineroso sino un honrado trabajador que lo conduce velozmente a su destino.
11: 00 a. m. Está en una oficina reunido con el jurado del cual forma parte y que deberá discernir un premio de ensayo teatral. Hay casos donde el Logos sí es común a todos, como esta vez, cuando los cuatro jueces coinciden naturalmente en el primer lugar del concurso. Luego viene un tejido más fino de discusión sobre las menciones, y el primer acuerdo permite los siguientes acerca de los trabajos que merecen publicarse. No es el tema que este hombre se extienda en consideraciones sentimentales, pero piensa que la cultura mexicana, un tanto descascarada y heroica en su pobreza, sostiene de muchas maneras todavía al país.
2:45 p. m. Después de abordar un nuevo taxi tripulado otra vez por un chofer decente, este hombre llega a la casa familiar para visitar a un pariente anciano y muy enfermo. Se entera del complejo y costoso tratamiento médico que sólo le permite mantenerse así hasta que su cuerpo y su mente y su economía lo soporten. “¿Por qué es tan cara la medicina?”, pregunta el visitante delante de sus afligidos allegados. Y contesta: “Porque no sirve para nada. El altísimo precio que tiene solamente oculta su inutilidad.” “¿Verdad que sí?”, indaga el maltratado anciano. “Sí, abandona el tratamiento y muere en paz”, le aconseja. Entonces sabe que está precipitando un final.
5:45 p. m. Un director de teatro lo invita a presenciar el ensayo de “Un corazón simple”, el cuento más bello de Gustave Flaubert, que sus alumnos de actuación están montando. Este hombre se rinde una vez más a la magia irresistible del teatro, uno de los consuelos necesarios que hay en la vida. Y al campo de fuerza que crea la palabra del gran galeote del estilo contando la vida y la muerte de una simple criada, su humildad y su iluminación. Piensa que estos artistas, lo sepan o no, conservan, repitiéndolo para ellos y para unos cuantos, la gramática de la pertenencia universal, y cavila que la oscuridad de la época no es tan densa gracias a acciones como las suyas. ¿Qué sacan ellos de esto? Todo y nada. Anticuerpos para el espíritu, reconstituyentes de la sociedad.
8:27 p. m. La amistad, dijo Esquilo, esa sombra de una sombra. Pero luego no es la situación, como ahora que este hombre cena en la casa de un matrimonio amigo con el cual deja asentado un tópico cuya causa eficiente es tanta enfermedad y muerte como los rodean: ¿existe algo después del final? Pura metafísica. Los paisajes cambian pero las preguntas no, y ciertos viejos camaradas se suelen permitir las confianzas que constituyen la amistad:
—Me siento curiosamente indiferente a esas devastaciones.
—Mi interés ha emigrado a distintas zonas.
—Sigo lo otro, la cosa que está cruzada, del otro lado.
Sábado 14. 10:00 a. m. La fortuna va a su lado: este hombre encuentra aún indemne a uno más, su precario familiar empecinado y obseso, al pie del cañón. El suyo es un cuartito delirante, atiborrado, que ningún escenógrafo sería capaz de repetir. La suya es una vida a contrapelo donde todas las formas de la normalidad están colapsadas. No es entonces todavía la hora de sacarlo de la encerrojada atalaya donde vive en la azotea, dada su inmovilidad creciente y el perentorio diagnóstico para su estilo existencial: loco. ¿Y quién —piensa el hombre— verdaderamente no lo está? Hoy la ciudad descansa un tanto de su vértigo endiablado y el viajante nada más vive en ella su personalísimo purgatorio. O sea, la irreparable familia samsárica en la lotería consanguínea de cada cual.
12:00 a. m. A esta hora, transitando por el Ángelus del mediodía, el hombre se encuentra con un monstruo sagrado, Ludwik Margules, único personaje de nombre propio en su cronograma, al cual va a entrevistar. El viejo guerrero del teatro se encuentra postrado pero se comporta fiel a sí mismo, lacónico porque entre la mente que formula, la suya solía ser un admirable torbellino, y la boca que dice, la suya solía ser un látigo legendario, se ha instalado una distancia cruel. “Que no sea otro quien ha de ser él mismo”, piensa el hombre viendo con ternura a este coloso cuyo cuerpo, no su espíritu, está afligido por la enfermedad. La batalla, la batalla, la batalla, repite una y otra vez, imperativo, como si fuera un mantra, cuando el hombre lo interroga sobre el sentido de la vida, sobre la mirada de la muerte, sobre la forma de lo mistérico que hay más alla. Pura metafísica, espeta el maestro. El gran problema de lo uno y lo múltiple no está en ninguna región intangible sino en la humanidad real, en sus urgencias y dificultades: “El éxito no se mide salvo por la fidelidad al esfuerzo por hacer en torno de uno el mundo menos duro y más humano.” ¿Lo dijo De Chardin o Margules? Lo mismo da: el hombre sabe que toda verdad es un patrimonio colectivo y que los poetas de la escena, como éste, en los días impíos preparan días mejores. Enseguida el maestro dormita envuelto por sus aflicciones físicas, muerto de vida y no vivo de muerte.
6:00 p. m. Este hombre presencia una obra de teatro donde interviene su hija, una joven actriz. No importa tanto el libreto de esas ocho historias de cantina —realistas, elementales y vívidas— como la acción misma que ocurre en el proscenio y suspende el tiempo, altera la cognición, modifica la conciencia. “La vida sin el teatro sería un error”, se dice, acomodando una frase de Nietzsche para su beneficio. Y entonces repara que las cuentas de su propia vida están cumplidas en ella, en esa hija que conoce el milagro de la transformación, que sale de sí y se convierte en otras mujeres, las cinco caracterizaciones que la obra le exige, y agradece al genio de la especie, si algo como tal existe, que algunos seres conozcan y ejerciten en ellos la psicología de la mutabilidad. De acuerdo: los seres humanos son un puñado de polvo y la vida una violenta tempestad. Pero en esta oscura desbandada sólo cuenta el valor de la intención estética que ahora, en un foro semicircular, abruma, hace reír, exalta y conmueve a cincuenta espectadores convertidos durante hora y media en seres sin nombre propio ni biografía personal. “Somos nadie y vamos a ninguna parte”, piensa el hombre, sentado en la oscuridad incandescente de la imaginación teatral.
Domingo 15. 2: 00 a. m. Antes de sucumbir al sueño el hombre vuelve a preguntarse por la muerte, la vejez y la enfermedad. Como Terencio, luego Quevedo y después Marx, se dice a sí mismo: “Nada humano me es ajeno”, y muy pronto comienza a roncar.
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Borges, Bioy y su Invasión

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
Desde hace algunos años puede verse en internet la película Invasión, que realizó Mario Santiago Muchnik sobre un argumento de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Acaso la publicidad que rodea a la serie argentina El eternauta, basada en la historieta de Héctor Oesterheld y Francisco Solano López, atraiga nuevos espectadores al film de Borges y Bioy.
Cuando Invasión fue proyectada en cines de Buenos Aires, en 1969, hacía casi treinta años que Borges no veía film alguno. Quizá la última función que atentamente presenció fue Ciudadano Kane, en 1941. Comentó, admirativo mas vesicante: “La ejecución es digna, en general, del vasto argumento. Hay fotografías de admirable profundidad, fotografías cuyos últimos planos (como las telas de los prerrafaelistas) no son menos precisos y puntuales que los primeros. Me atrevo a sospechar, sin embargo, que Citizen Kane perdurará como ‘perduran’ ciertos films de Griffith o de Pudovkin, cuyo valor histórico nadie niega, pero que nadie se resigna a rever. Adolece de gigantismo, de pedantería, de tedio. No es inteligente, es genial: en el sentido más nocturno y más alemán de esta mala palabra”.
A Orson Welles le exasperó el vaticinio del cuentista, quien, de haber podido rever Kane, hubiese recapacitado. Pero Borges dejó de ver películas en 1954, al empeorar su debilidad visual, si bien siguió acudiendo al cine a escucharlas. No extraña que en 1950 probara suerte junto con Adolfo Bioy Casares en el guionismo, al urdir Los orilleros, “libro de un film que las empresas rechazaron con entusiasmo”.
Pese a tal fracaso, el joven cineasta Mario Santiago Muchnik recurrió a ambos autores en 1967 para el guion de su primera película. Santiago volvía de aprender cine en Francia tras ser asistente de Robert Bresson durante siete años. El muchacho absorbió también las innovaciones de Jean-Luc Godard. Antes de volver a Argentina había asistido a la proyección de Alphaville, esapelícula futurista que sin rubor “prevé” y despliega tecnologías obsoletas.
Con tal experiencia, el novel director se acercó a Borges y Bioy para pedirles un gran libreto con el cual presentarse en su país natal. Los escritores aceptaron renuentes: se les dificultaba inventar una historia sobre la idea del inédito director. Además, a principios de ese año, Bioy había anotado en su diario, con respecto a su amigo: “Su ceguera ha aumentado. Entra en un cuarto y desde lejos tiende la mano, porque ahora no advierte la distancia que lo separa de la gente. Tal vez ni siquiera vea bultos”.
El 13 de junio, en casa de Bioy, ambos narradores se preocupaban del encargo que los comprometía. Borges planeaba casarse con Elsa Astete Millán y viajar a Estados Unidos. Se quejó de tener que escribir por encargo e inclusive propuso ceder la tarea a su primo Ulyses Petit de Murat. El 8 de julio Borges y Bioy comieron con Hugo Santiago para que el autor de La invención de Morel pudiera decirle: “Tengo, para usted, una buena y una mala noticia. La buena es que hemos concluido el resumen del film y que se lo regalamos para que haga lo que quiera. La mala es que no haremos el libreto”.
Con las diez páginas que Borges y Bioy le confiaron, el director desarrolló su argumento. Aun consiguió que los reacios autores revisaran el guion y cambiaran episodios, diálogos. Dado que Bioy viajó a Europa, Hugo Santiago concluyó el libreto con Borges.
“Como sabemos, era un mago de la palabra, pero también de la manipulación de los acontecimientos. Era muy accesible a las objeciones y a las sugerencias. Es más: exigía la crítica y la discusión, e inmediatamente se ponía sin esfuerzo en condiciones de seguir trabajando sobre un esquema recién modificado. Fue una larga tarea de ocho meses en Buenos Aires, más dos meses de sucesivos carteos porque él estuvo en Norteamérica y yo en Europa”, narró más tarde el cineasta.
Invasión se estrenó en cines en 1969. Su publicidad destacaba la colaboración de Borges y Bioy. El primero resume así su argumento: “Se trata de un film fantástico y de un tipo de fantasía que puede calificarse de nueva. No se trata de una ficción científica a la manera de Wells o de Bradbury. Tampoco hay elementos sobrenaturales. Se trata de una situación fantástica: una ciudad que está sitiada por invasores poderosos y defendida, no se sabe por qué, por un grupo de civiles…”
La película sobrevive gracias a una reconstrucción de la cinta original, primero prohibida por la dictadura de Videla y luego robada “por un comando” en 1978. Año después, en Francia, Hugo Santiago Muchnik restauró dos positivos que halló en Buenos Aires. La versión que ahora circula en YouTube es el resultado de esa restauración.
En el estreno, Bioy observó cómo la cinta decepcionaba al público. “El bodrio del año”, escuchó decir a un despechado concurrente. Otros escritores que fueron al cine le prodigaron burlones parabienes. Bioy le reclamó a uno: “Entre bueyes no hay cornadas”.
Hugo Santiago logró trasladar a escenarios bonaerenses esa oscura épica sobre anónimos civiles combatiendo a invasores innominados (motivo conductor asimismo de la serie El eternauta). En la historia de Borges y Bioy los invasores son humanos, mientras que en la de Oesterheld y Solano López son extraterrestres. Ambas obras prefiguran asedios y crímenes que la dictadura infligiría a los argentinos entre 1976 y 1983.
Por coincidencia, Invasión alega que su historia transcurre en 1957, el mismo año en que circuló y transcurre la trama de El eternauta. Borges, quien no se enteraba de lo que sucedía en su país al final del peronismo, eligió ese año porque, según él, nada amenazante ocurrió al concluir aquella década. Ahora que El eternauta trae a la memoria el año fatídico, las resonancias históricas de Invasión cobran trágica relevancia.
Oesterheld, creador de El eternauta, fue secuestrado por militares y probablemente asesinado, al igual que sus cuatro hijas y cuatro yernos, en 1977. Al año siguiente, el negativo de Invasión fue robado. Borges murió en 1986; Bioy, en 1999. En ese año, el cineasta que requirió para su opera prima a ambos autores, logró restaurar el negativo de su película.
Ni Bioy ni Borges simpatizaron con la guerrilla de Montoneros, a la que pertenecieron Oesterheld y sus hijas. Sin embargo, la ejecución cinematográfica del argumento borgiano parece vaticinar la tragedia que arrasó a Argentina y Chile durante sus respectivas dictaduras.
Ahora el film puede verse como la inesperada invitación a la revuelta que un par de viejos fabulistas y un joven cineasta culminaron con las palabras del jefe de la resistencia, un anciano a quien nombraron Don Porfirio y que evoca a Macedonio Fernández: “Deben creer que me he quedado solo. Tantos años estuve preparándolos. Ellos ya están adentro. Ahora la resistencia empieza. Ahora les toca a ustedes, los del sur”. Film inquietante por sus precisos augurios, Invasión rebasa a sus creadores y corrige su mezquino credo político (Borges y Bioy sostuvieron viles posturas contra “los comunistas”).
En la mejor secuencia del film, un subversivo entona a la guitarra la Milonga de Manuel Flores. Los versos de Borges, de melancólica bravura, contradicen las tristes convicciones de los dos hombres que urdieron la batalla infinita de personas comunes contra un poder nefasto: “Para los otros la fiebre / y el sudor de la agonía, / y para mí, cuatro balas / cuando esté clareando el día”. Héctor Oesterheld bien pudo entonar esa milonga en su día postrimero.
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Dos abates: Prevost y Prévost

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
- L’abbé Prévost (1697-1763)
L’abbé Prévost (con acento en la “e”) ingresó con los jesuitas y más adelante ejerció como sacerdote con los benedictinos, pero, como Julien Sorel, el protagonista de la novela de Stendhal, dos siglos después, oscilaba entre el rojo y el negro, entre la carrera eclesiástica y la de seglar.
Se convirtió en escritor y es autor del best seller de su siglo (junto con Pamela, de Samuel Richardson, novela inglesa publicada en 1740 que describe cómo la protagonista defiende su virtud ante los embates de un libertino, con quien termina casándose).
Prévost escribió Manon Lescaut -publicada en 1731-, que narra la historia de ella y del caballero Des Grieux (joven de 17 años, Manon, de 16). Él dilapida su fortuna por ella y se convierte en un ladrón, y ella, a quien le gustan los placeres que otorga el dinero, se convierte en una mujer fácil. Después de viajar a Nueva Orléans, se aventuran en el desierto de Luisiana, donde ella muere.
Que dos jóvenes vivieran juntos sin casarse era un escándalo para la época. Sin embargo, el amor redime y se coloca por encima de la moral.
Manon Lescaut dio lugar, en música, a Manon, de Jules Massenet, a Manon Lescaut, de Giacomo Puccini e inspiró La traviata de Giuseppe Verdi.
Para algún crítico, Manon Lescaut es la primera novela moderna. Lo es en tanto que sus aventuras moldearon la moral de una generación, aunque el primer novelista moderno, a mi juicio, fue Flaubert, quien con Madame Bovary nos enseñó que la literatura es texto, no trama (aunque la trama sea importante).
- Robert Prevost
El abate Prevost, nacido en Chicago y con nacionalidad estadounidense y peruana, fue hace unos días electo Papa en sustitución del argentino Jorge Mario Bergoglio. Decidió llamarse León XIV, en homenaje a León XIII (1810-1903), quien en su encíclica Rerum novarum criticó la opresión de los pobres “por un puñado de gente muy rica”.
En la coyuntura en la que se encuentra el mundo en 2025, más allá de las creencias personales de cada quien, le deseamos suerte al abate Prevost (sin acento) para que se convierte en un antídoto contra las fuerzas destructoras y en un defensor de la paz en el mundo.
- Abate
Abate es la palabra que designa a un eclesiástico venido de otras latitudes. Un abate, Prévost, escribió una novela libertina y a la vez moralizante; otro abate, Prevost, conducirá los destinos de más de mil 400 millones de católicos. Tendrá que enfrentarse a una reorganización de la Iglesia como institución -y de sus finanzas- y, al mismo tiempo, ser un factor de equilibrio en la geopolítica mundial. El primero ya tiene la inmortalidad literaria; al segundo le esperan retos y desafíos enormes. Ya veremos.
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Tantos santos adorados

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
In memoriam Juan Manuel Santín
A: Julius Évola dice que más allá del filósofo y el científico no está el santo, el artista o el contemplativo, sino el mago, es decir, el señor.
B: Eso dice él. ¿Qué dices tú?
A: No me vengas con falsos afanes de originalidad. Te recordaré la frase de Borges: “Me enorgullezco de los libros que he leído, no de los que he escrito”. Sólo somos la suma de aquello que conocemos. Preguntar cuánto es nuestro y cuánto no, resulta un falso problema: leemos para aprender, aprendemos para ser. Leemos y somos. Entonces, si aquel lo dijo y yo lo creo, lo digo citando a quien lo dijo y se vuelve mío. ¿Qué digo yo? Lo que dice él.
B: Un salmo bíblico afirma que Dios reúne bajo su tienda a quienes quiere proteger. Parecería que estamos condenados a recibir la iluminación mediante la lectura, una forma menor de la contemplación, la cual está por debajo del dominio, del enseñoramiento que tu autor considera como vía superior de realización. Según tú, la reunión de la tienda divina hoy nada más podría ocurrir en una biblioteca.
A: Sólo a condición de que consideres el libro como el primer peldaño del proceso y a la lectura como la primera tarea propia de esa contemplación que llamas menor. Pero si ahora buscamos dónde están los instrumentos iniciales de esa transformación hemos de concluir que se encuentran mayoritariamente en los libros. No en todos, pero sí en algunos esenciales, aquellos que reconstruyen mundos o los derriban, esos que transforman a quien los lee porque lo hacen ser otro, multiplicarse.
B: Entonces, ¿el mago es un lector?
A: Para serlo en el mundo actual debe agitar su conciencia mediante la lectura y así iniciar su transformación. A menos que logre lo que hoy se mira imposible: vincularse a una tradición viva —si en Occidente todavía existen— que lo instruya en un conocimiento verdadero.
B: Lo que dices suena a racionalismo, la patología occidental que evita ese conocimiento verdadero. El Katha Upanishad advierte claramente: “Cuando los cinco sentidos y la mente están quietos y hasta la razón descansa en silencio, entonces comienza el conocimiento supremo”. Ojo: cuando hasta la razón descansa en silencio. ¿No leemos cualquier libro mediante la razón, que al hacerlo no está en silencio?
A: Sí, la definición clásica del tratado sobre yoga de Patañjali es idéntica: “El yoga consiste en parar intencionadamente las actividades espontáneas de la substancia mental”. Pero esto yo lo leí en un libro y gracias a él lo supe, como tú. Por el ajetreo de la razón conocemos el silencio posible de esa misma razón. El veneno racionalista, en dosis adecuadas, puede curar si se toma con precaución.
B: Extraño empeño para alcanzar la liberación. ¿Cómo saber cuál es la dosis adecuada, quién nos indica su debida cantidad?
A: Leer lo que debe leerse para comprender las cosas como son es apropiarse de las herramientas que permiten acercarse a la verdad. Tu pregunta se responde en ella misma: haciéndolo lo sabrás. El espíritu sopla donde quiera, inclusive en algunos libros.
B: Pero los tesoros no se le muestran a cualquiera, no son vistos si no se les espera o se les busca. ¿Escuchas el sonido de esa campana? Para alguien puede ser un aviso fúnebre, para otro un sonido de vida. Nadie da lo que no tiene ni recibe lo que no merece.
A: Entonces todo libro verdadero encontrará a su lector, porque éste se ha preparado para ello buscándolo. Un día llegará a su mente y le mostrará cómo trascenderla. Frithoj Schuon escribe que “para atender a la verdad, es necesario despertar en uno mismo la facultad intelectiva, y no esforzarse en explicar por la razón las realidades que no se ven”. El comienzo de ese despertar puede ocurrir mediante un libro.
B: Si aceptamos que ningún rito conduce al conocimiento, aceptemos entonces que ningún libro, un objeto que proviene del razonamiento, lleva directamente a la intuición donde comienza el conocimiento supremo, sino solamente al enunciado de su posibilidad.
A: Me parece suficiente para aceptar con alegría la condena de buscar la iluminación a través de una lectura que indique esa posibilidad, así se aluda a ella como una especulación racional.
B: Libros para alguna vez dejar los libros, ¿eh? Recuerdo lo que afirma Jean Thamar de ciertos lectores de René Guénon que, abrumados por el mundo actual, “en el que ya no creían posible amar a Dios con la inteligencia”, le deben la comprensión profunda y universal de una denominación que para ellos había perdido todo sentido.
A: Los verdaderos lectores, como los alquimistas, se caracterizan por la paciencia: Lege, lege, relege, ora, labora, et invenies (“Lee, lee, relee, ora, trabaja, y hallarás), es un lema para los aprendices del arte, que requerían leer una y otra vez. Sólo así podían estar en condiciones de desconfiar del conocimiento meramente libresco y pasar al verdadero pensamiento que consiste en experimentar. Esa es nuestra alquimia: leer, releer pacientemente hasta que llegue a nuestras manos ese libro y a nuestro corazón esa lectura que nos permitirá ir más allá de los libros, callar la mente y hacer del conocimiento una realización.
B: Parece ser la geografía de un territorio culturalmente desconocido: no un conocimiento vicario, teórico y abstracto, sino uno directo donde el lector alcance una mutación. Los libros que ofrecen eso deben ser escasos, sus modos de lectura también. Arquíloco, poeta griego, escribió un verso que dice: “Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola y grande”. Entonces hay que leer como la zorra, cuyo conocimiento sobre todo consiste en información, para alcanzar la certidumbre del erizo, que significa sabiduría.
A: Federico II, citado por el conde de Maistre para efectos bélicos, decía que vencer es avanzar. Leer también lo es, aceptando que uno lucha contra el reino de la ignorante ilusión en el que vive. Leer lo que debe ser leído es vencer, porque significa avanzar en esa batalla. Eso es todo lo que puede hacerse antes de sacrificar el vehículo libresco que nos lleva a aquel punto donde ya se vislumbra la orilla que no requiere libros.
B: Una batalla perdida no es otra cosa que una batalla que se cree haber perdido, escribió también el monárquico saboyano. La incertidumbre disolvente de nuestra época, este fin de ciclo de la Edad de Hierro, ignora que el optimismo y el pesimismo son dos expresiones de una misma actitud sentimental, de la destrucción moderna que Guénon llama contratradición. Son tantos sus libros, ¿cómo evitarlos?
A: Toda ella es un libro. La modernidad occidental, esta anomalía histórica que se desarrolló en un sentido meramente material, restringió la inteligencia a la razón, la redujo a un medio de acción sobre lo físico para fines meramente prácticos. Y ahora, en estas sucias mezclas de todo con todo que caracterizan al optimismo sentimentaloide de la “nueva era”, lo mismo que a su reverso, el pesimismo escatológico, proliferan los libros que prometen profundas revelaciones. Pero en ellos las palabras no sirven para expresar el pensamiento sino para suplir su ausencia.
B: Ni en ellos ni en la inmensa sugestión pública que llamamos modernidad. Tampoco en sus “dirigentes”, si es que a alguien puede designarse así en momentos tan faltos de dirección consciente, o positiva cuando menos. Guénon llama la atención sobre la analogía que el orador demagógico tiene con el hipnotizador y el domador en nuestros días. “Sin duda —escribe—, el poder de las palabras se ha ejercido en mayor o menor medida en otros tiempos diferentes del nuestro, pero no existen ejemplos comparables con esa gigantesca alucinación colectiva a través de la cual toda una parte de la humanidad llegó a tomar las más vanas quimeras como realidades incontestables”.
A: Sólo cabe una dramática corrección a la frase de “una parte de la humanidad llegó a tomar…”, porque hoy se está a punto de conseguir que toda la humanidad lo haga. El pensamiento racionalista predominante difundido por las élites llama a ello globalización y lo celebra como justificado e inevitable. Así lo concibe la civilización actual: una evolución, un progreso. Tal es su saber ignorante, valido y eficaz en cierto dominio relativo pero inútil ante lo esencial, ante aquellos principios de orden universal de los cuales todas las cosas dependen directa o indirectamente.
B: Ésa es la definición que Guénon da a la metafísica: conocimiento intelectual puro y trascendente.
A: Sí, definición leída en un libro, el único lugar donde por ahora puede estar para nosotros.
B: Volvamos al principio: es mago es un lector, aunque no cualquier lectura produce un mago.
A: Pero la restauración del conocimiento intelectual puro, que permite conocer lo definitivo en lugar de lo provisorio, comienza en un libro. Y la aguja en el pajar se encuentra solamente al buscarla, como si entre tantos santos adorados nada más uno de ellos mereciera atención. Así se construirá el arca que nos preserve en nuestro diluvio posmoderno.
B: Tal vez de esa manera se abrevie la edad de desolación y surja el orden futuro que debe estar hecho de la suma de todos los desórdenes actuales.
A: Ojalá. El mismo Guénon enseña que el tránsito de un ciclo a otro no puede cumplirse más que en la oscuridad. “Es preciso que haya escándalo —advierte el Evangelio—, pero ¡ay de aquel por quien llega el escándalo!”
B: Ésta es la época de Kali Yuga, la Edad de la Sombra, la Cuarta Edad, y estamos en ella desde hace seis mil años.
A: Celebremos entonces el culto a Toth-Hermes: sentémonos a leer.
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Tres mujeres víctimas de abuso

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
- La hija de Gisèle
Como muchos saben, Dominique Pellicot sedó químicamente a su mujer, Gisèle, y la ofreció mediante redes sociales a más de cincuenta hombres para que la violaran mientras él los filmaba. Tenía una hija, a la que fotografió en ropa interior -siendo una niña-. Convertida en adulta, confiesa que no sabe si sólo la fotografió, si le hizo tocamientos o si pasó algo más.
Hubo un juicio en Francia y Gisèle manifestó que quería que fuera un juicio abierto (cuando se trata de delitos sexuales pueden ser cerrados al público). Lo hizo porque la vergüenza no está del lado de la mujer que ha sufrido abuso, sino del perpetrador. Así lo señaló.
El resultado del juicio fue la condena de Dominique y de más de 50 hombres a distintas penas. Pero allí no acaba esta historia.
La hija, utilizando un seudónimo -Caroline Darian- escribió un libro: Y dejé de llamarte papá (Editorial Planeta, enero de 2025). En este testimonio desgarrador ella escribe que es hija, a la vez, de la víctima y del verdugo.
Lo que más trabajo le cuesta a Caroline es que su papá nunca la trató mal ni ejerció violencia alguna contra ella. Lo recuerda como un padre cariñoso. No puede integrar las imágenes de ese padre al que amó con la las evidencias de la violencia que ejerció contra su madre -y quizá contra ella-.
El libro fue terminado en 2024, poco antes del inicio del juicio. Al final de la obra, afirma: “Hoy en día, muchas asociaciones competentes que trabajan por la causa de las mujeres están demasiado solas en esta colosal tarea, y las víctimas, con mucha frecuencia aterrorizadas, están amordazadas por el miedo, pero también impedidas por el peso de la vergüenza y la culpabilidad. Mi madre, como tantas otras mujeres, no es culpable de nada. Rechacemos lo insoportable”.
En el interior del libro se había referido a dos novelas que hablan del abuso: “Desde hace ahora varios meses, asisto casi aliviada a la desculpabilización de la palabra de las mujeres víctimas de agresiones y delitos sexuales. Los libros El consentimiento, de Vanessa Springora (Grasset, 2020) y La familia grande (Seuil, 2021), de Camille Kouchner, me llegan al corazón. Durante mucho tiempo, su pasado pareció un callejón sin salida, el crimen ultrajó sus recuerdos, bloqueó su futuro. Y, sin embargo, encontraron la fuerza literaria para denunciar”.
- Vanessa Springora
Vanessa, siendo menor de edad, y con la complicidad de su madre celestina y alcahueta, se convirtió en amante del intelectual francés Gabriel Matzneff. Ella tenía 14 y él 49. La exhibía como a un trofeo, en un ambiente cultural donde los amigos de Matzneff, grandes intelectuales, no lo veían mal.
Cuando ella es abandonada por Matzneff porque ya creció un poquito -le gustaban de 15 o menos-, no tiene amigos y a quien decide confesarle su dolor es a la pareja de Emil Cioran y su mujer, amigos de Matzneff, quienes le habían mostrado su cariño.
El “gran filósofo” le dijo: “Es un inmenso honor que te haya escogido. Tu papel es acompañarlo en el camino de la creación y plegarte a sus caprichos. Yo sé que él te adora. Pero muchas veces las mujeres no comprenden lo que un artista hombre requiere”. No voy a adjetivar ese comentario, pero ya no quiero volver a leer a Cioran. Springora cuenta esta historia en el libro El consentimiento, publicado en 2020.
En 2021 dejó la dirección de Éditions Juillard. Imposible saberlo, pero podemos suponer que fue el “castigo” por denunciar la infamia. Victimizada y re-victimizada.
- Camille Kouchner
Es hija de Bernard Kouchner -uno de los fundadores de Médicos sin fronteras- y de la escritora Évelyne Pisier. Se separaron y su mamá se volvió a casar con el politólogo Olivier Duhamel. Camille y su hermano Antoine tenían 12 años. El padrastro abusó de su hermano gemelo. Su mamá se dio cuenta y no quiso escuchar. Su tía sí. El incesto, asegura Camille: “es el último tabú de la sociedad que nadie quiere mirar a la cara”.
Al final del libro, señala: “No protegí a mi hermano, pero yo también fui agredida. Sólo lo comprendí hace poco: nuestro padrastro hizo tambien de mí su víctima. Hizo de mí su prisionera. Víctima de la perversidad. Pervertida, pero no perversa, mamá”.
No sé si como civilización podremos evitar estos abusos. Lo que sí sé es que es una obligación moral denunciarlos y, si tenemos la mala fortuna de vivirlos al interior de nuestro grupo moral o afectivo, hay que contarlo, porque, como dice Gisèle Pellicot, la vergüenza no está del lado de las víctimas sino del de los perpetradores.
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Jayacaxtepec en llamas

Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
Arnulfo Alcántara Alejandro, en compañía de su esposa Francisca Flores Vicente, su hijo Luis Ángel Alcántara Flores, el pasante de derecho Higinio Martínez Marcial, el chofer de taxi Víctor Martínez Martínez y la esposa del taxista, llegaron el 28 de enero de 2017 a San Francisco Jayacaxtepec, agencia municipal de Totontepec Villa de Morelos, en Oaxaca.
No es claro el motivo por el que estas seis personas acudieron allí. Al parecer, Arnulfo Alcántara iba a responder por alguna acusación en su contra. La esposa del taxista Víctor Martínez refirió que pobladores de Jayacaxtepec recibieron al grupo, lo sometieron y amarraron a los tres hombres. La testigo añade que le prendieron fuego a Alcántara, y que al pasante Higinio Martínez le infligieron quemaduras en una pierna. El conductor del taxi también fue torturado con quemaduras.
La esposa y el hijo de Alcántara quedaron retenidos en el pueblo. A la esposa del taxista la dejaron ir tras de obligarla a firmar un documento en el que se comprometió a silenciar estos hechos. La mujer, sin embargo, buscó al abogado Andrés Martínez Chávez para presentar una queja ante la Defensoría de Derechos Humanos de Oaxaca por la detención de las cinco personas. El 30 de enero Martínez Chávez presentó la queja ante la Defensoría. Dijo que mediante una llamada telefónica les pidieron ir a retirar tres cadáveres de la comunidad.
El 5 de febrero de 2017, el abogado Martínez Chávez expuso a medios informativos que las autoridades de Jayacaxtepec aceptaron haber detenido bajo cargos de robo a tres de las personas reclamadas, pero que al no poder confirmar el delito, las liberaron con el pago de una multa.
Martínez Chávez añadió que el Juez de Distrito del Juzgado Mixto de Ecatepec envió a un actuario en compañía de cuatro policías estatales para hablar con el agente municipal, pero los enviados hallaron que un grupo de diez personas les impedía el paso a la comunidad. Al pedir audiencia con el agente municipal se las negaron y los instaron a retirarse. Actuario y policías retornaron al juzgado.
Por ese motivo, el abogado pidió que el Ejército, la Secretaría de Seguridad Pública y la Agencia Estatal de Investigaciones ingresaran a la población a fin de hallar a las personas desaparecidas. El 29 de marzo de 2017, dos meses después de ser retenidas las cinco personas, la Fiscalía halló en una barranca sus restos, calcinados junto con su vehículo, en la zona de Santa María Yacochi.
En su momento el caso apenas recibió difusión. El encargado de la investigación, Héctor Joaquín Carrillo Ruiz, convertido de procurador general en primer fiscal general del estado, apenas pudo conducir la investigación del caso. Envió a reconocer esa barranca a su colaborador Francisco Javier Ginez Morales, director de la Agencia Estatal de Investigaciones.
El 27 de marzo, mientras se dirigía a la barranca de Santa María Yacochi, Ginez Morales resultó gravemente lesionado al volcar la unidad en la que viajaba. Hubo que trasladar al herido en helicóptero a la ciudad de Oaxaca. El accidente llamó tanto la atención que fue enseguida silenciado.
En mayo de 2017 Carrillo Ruiz fue sustituido en la fiscalía por Rubén Vasconcelos Méndez, quien renunció en 2021 sin haber avanzado en el caso de Jayacaxtepec (ni en ningún otro). De las averiguaciones se hizo cargo Arturo Peimbert Calvo, y hasta el 26 de noviembre anunció que la fiscalía general de Baja California le informó que había detenido el 22 de ese mes, en Ensenada, a Hugo M. G., ex servidor público buscado en Oaxaca.
En esa ocasión, la fiscalía bajacaliforniana informó que el detenido fungió como ex secretario municipal de San Francisco Jayacaxtepec, y que junto con otros servidores públicos fue denunciado el 30 de enero de 2017 por desaparición forzada de personas cometida en agravio de cuatro integrantes de una familia. No se aclaró en ese informe si el taxista Víctor o el abogado Higinio eran la persona no perteneciente a la familia Alcántara Flores que fue masacrada junto con el padre, la madre y el hijo.
La tragedia es el único motivo por el que la población de Jayacaxtepec ha aparecido en los medios de comunicación: el 25 de octubre de 2018, un deslave sepultó allí la casa de los señores Telésforo y Patricia, quienes lograron escapar con dos de sus cuatro hijos. Los otros dos murieron sepultados en el lodo. Las autoridades del pueblito pidieron ayuda en vano. Sin embargo, la Coordinación Estatal de Protección Civil aseguró que atendió a las víctimas. El alcalde suplente y el agente municipal de Jayacaxtepec desmintieron a la dependencia estatal.
El 30 de abril de 2025 —mientras la sociedad oaxaqueña recibía la noticia de que dos días antes fueron hallados los cuerpos de la activista Sandra Domínguez Martínez y su esposo Alexander Hernández Hernández—, medios nacionales e internacionales dieron a conocer que el ex secretario municipal de San Francisco Jayacaxtepec, Hugo M. G., recibió sentencia de 300 años de cárcel por la ejecución extrajudicial de Arnulfo Alcántara, Francisca Flores, Luis Ángel Alcántara Flores, Higinio Martínez Marcial y Víctor Martínez Martínez.
El fiscal oaxaqueño, duramente criticado por su desempeño en el caso Sandra Domínguez, pudo pregonar que “tras el desahogo de pruebas aportadas por la Fiscalía General de Oaxaca y valoradas en audiencia, el Tribunal de Enjuiciamiento que atiende la causa dictó sentencia condenatoria de 300 años de prisión en contra de H. M. G., por su responsabilidad en el delito de desaparición forzada agravada, además de imponer el pago de una multa y la reparación del daño de manera abstracta por cada víctima”
Tras de las averiguaciones, se sabe que hace ocho años, la noche del 28 de enero de 2017, los policías de Jayacaxtepec sacaron a las cinco víctimas con los ojos vendados, las subieron a una camioneta y condujeron fuera del pueblo. De regreso, el vehículo trajo sólo a los policías. (El diario español El País intenta responsabilizar al régimen de Claudia Sheinbaum por el crimen, que sucedió cuando ella ni siquiera era jefa de gobierno de la CDMX.)
La saña de esta masacre, por desgracia, no es infrecuente en el México del siglo XXI. El pavoroso caso de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa en 2014 es quizá el más documentado entre los asesinatos masivos cometidos por servidores públicos mexicanos, pero junto a ese escandaloso crimen se pueden ubicar varios más. En 2014, también, ocurrió la matanza de 22 personas en Tlatlaya, y al año siguiente, 2015, otra matanza de 22 personas en Tanhuato. Ambas, a manos del ejército y policías.
En Oaxaca, las matanzas impunes no son infrecuentes. Resalta la cometida por fuerzas de la policía federal, la estatal y el ejército en junio de 2016 contra siete personas en la ciudad de Asunción Nochixtlán. Pero hay más siniestras aún: en 2013 once personas de San Juan Mixtepec, entre ellas mujeres y niños, fueron asesinadas y quemadas dentro de su vehículo.
¿Qué lleva a servidores públicos a cometer asesinatos en masa como los de Nochixtlán, Mixtepec y Jayacaxtepec? En Nochixtlán la matanza obedeció a un plan del gobierno de Peña Nieto para someter al movimiento magisterial mediante el terror, que no funcionó. En Mixtepec, los once asesinatos tuvieron origen en la disputa por la presidencia municipal. En Jayacaxtepec, se perfila una descomedida venganza contra un ciudadano y su familia. Algo similar a lo que sucedió en 1964 en el famoso caso de “Mississippi en llamas”. Lo grave de linchamientos como el de Jayacaxtepec es que ocurren en comunidades casi por completo marginadas del desarrollo estatal y nacional.
La sentencia de 300 años contra el perpetrador de la masacre en Jayacaxtepec se antoja excesiva, pero abre una puerta a la justicia. Si la sentencia se sostiene tras agotar los recursos de apelación, será un precedente para aplicar penas severas en dos casos pendientes: el de la desaparición forzada de la activista Claudia Uruchurtu en Asunción Nochixtlán, y el asesinato de Sandra Domínguez y su esposo, que la autoridad achaca a delincuentes, pero por el que son señalados servidores públicos del actual gobierno oaxaqueño.
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El hombre entre la multitud

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
Este es un hombre que camina en medio del gentío y va guiándose por unos cuantos impulsos que lo hacen marchar en una columna de dos o tres en fondo hacia una sola dirección, conservando una velocidad determinada y una distancia suficiente de aquellos que lo rodean. Tiene abundantes ideas en la cabeza sobre la lógica de las multitudes en movimiento desde que varios años atrás leyó un artículo científico de divulgación sobre el tema y al hacerlo obtuvo la certidumbre de una monomanía.
Como se ha convertido en un especialista al respecto —además está técnicamente desempleado: ¿quién le daría trabajo a ese autodidacta de un solo texto y en todo lo demás empírico, cuya especialización versa sobre gente caminando, gente huyendo empavorecida o gente atropellándose con civilidad?—, entonces recorre sin cesar, de día y de noche, los sitios de la ciudad donde se mueven decenas, cientos y hasta miles de personas. La masa y su conducta tácita son su materia de observación.
Sabe, adecuadamente, que el movimiento bajo estas reglas según las que ahora fluye el río humano entre el cual camina: una velocidad regular en un mismo sentido y la conservación de un espacio mínimo entre cada cual, puede variar azarosamente si alguno de los viandantes las quiebra y modifica su velocidad, altera su distancia o cambia su ruta. Así que él ralentiza su ritmo para perturbar la lógica motriz de la multitud. Súbitamente casi se detiene, y de esa manera consigue que detrás suyo la fila antes armónica ahora se descomponga como si fuera un acordeón sin fuelle.
Otros pueden hacer lo mismo estando en una muchedumbre pues cualquiera es un agente involuntario de ese pequeño y variable elemento de azar, pero la diferencia consiste en que este hombre lo realiza a título experimental. Hasta los códigos legales afirmarían que la intencionalidad debe considerarse para calificar con justicia una acción. De tal manera que se siente a gusto descomponiendo con toda conciencia, intencionalmente, el operar mecánico de un flujo de individuos que a pesar de no haberse puesto de acuerdo caminan bajo un sistema común.
“No hay nada en el modelo que le diga a la gente que forme filas”, de acuerdo con el artículo del periodista Ball sobre una investigación de los físicos Helbing y Molnár, único texto que el hombre sabe de memoria. Y luego sus propias observaciones de varios años lo han llevado a creer que entre las masas se establece una transferencia de pensamiento intuitivo, lo mismo que entre las bandadas de pájaros al volar, donde la clave de un movimiento grupal coherente está en la armonía —un baile secreto— que cada individuo guarde con sus vecinos.
Por ello improvisa al tiempo que reflexiona, y produce cortocircuitos públicos mediante las variantes que practica y pone a prueba: detenciones, cambios de ritmo, aboliciones de la distancia, partidas en sentido opuesto al del flujo principal. Puede graduar, si se lo propone, hasta la temperatura emocional de la multitud, forzando su velocidad de marcha, por ejemplo, cosa que comienza a hacer después de haber estado prácticamente detenido un instante. Camina cada vez más de prisa y la corriente de gente se va apresurando junto con él. Tal cambio de ritmo puede llevar hasta el pánico colectivo, emoción extrema que no es su intención conseguir. Mucho menos el día de fin de año cuando las personas salen a celebrar.
Abandona, pues, haciéndose a un lado, el presuroso torrente humano. Calcula que unos metros más adelante perderá su impulso inercial, siempre y cuando la modificación rítmica no duplique su velocidad promedio, se extienda también a la corriente que camina en dirección contraria y produzca una estampida. Pero si la hazaña del vuelo en formación surge de las interacciones locales (las aves uniforman su velocidad entre sí, se mueven hacia el centro del grupo local en el que viajan y evitan colisiones), asimismo la lógica de las multitudes se fundamenta en la relación de las partes con el todo, por eso esta masa rápidamente andante ahora se ajusta y baja de velocidad. Otro elemento pequeño del azar.
No importa cómo se llame ni su fenotipo social, el hombre es nadie y va a ninguna parte. Aunque posiblemente es algo, un estudioso de los actos masivos de desplazamiento, más que alguien llamado fulano de tal. Y marcha hacia algún lado así ahora lo haya dejado de hacer para dedicarse a otra intrigante parte de su maniática tarea: conocer los mecanismos del caminar. Este hombre está en el parque mirando a los transeúntes que siguen “sendas que parecen surgir de forma órganica”, conforme cita el axial artículo de marras, trazadas por los pasos de tantos a pesar de las múltiples direcciones potenciales existentes en el espacio.
Ésta es la parte lírica de su dedicación, una rama de aquella lógica multitudinaria que solamente se explica aceptando la intervención de otra lógica, la de la tierra misma —la tierra es un estado del ser, dícese por ahí—, la cual de modo intangible pero inexcusable determina que se pisen esas rutas orgánicas o tales atajos y senderos, a pesar de que haya otros caminos formales al alcance, mejor construidos, bien hechos. Caminos espontáneos con corazón por los cuales la gente va mirando. Resulta la zona poética de su especialización porque el hombre no puede alterarla como cuando incursiona al interior de multitudes en movimiento.
Si el hombre no tiene empleo no es tanto por el carácter de los posibles empleadores sino del tiempo histórico que globalmente se padece. Tantos años dedicados a su original oficio debían obtener quizá no un reconocimiento formal pero sí una retribución suficiente. ¿Hay personas biográficamente más realizadas que quienes consiguen vivir haciendo lo que le gusta? Mirando la costumbre andariega de los asiduos a los parques, el hombre reflexiona sobre su propia situación existencial.
Puede enseñarle a cualquier organización que lo requiera conocimientos inapreciables acerca de que en una emergencia, y habiendo en un recinto dos puertas, las personas tienden a utilizar solamente una y dejan la otra vacía. Que existiendo solamente una puerta la gente se agrupa en semicírculo alrededor de ella y se dificulta la salida. Que cuando el escape es a través de un pasillo y éste se ensancha en algún punto la gente se aglomera y produce un efecto de tapón.
O puede además, y esto es mucho más reservado, trabajar prototipos de movimiento colectivo basado en el estudio de los tordos, hasta llegar al hermético tema del lenguaje de los pájaros, un tópico no nada más franciscano o diplomático sino francamente hermético. Al fin el hombre comprende. Habrá sido el sendero orgánico que contempla, habrá sido la perseverancia de tanto tiempo. El secreto está localizado en el secreto. Deberá encontrar una organización secreta que quiera contratarlo por su saber. Es menos difícil de lo que parece. Este viernes 31 de diciembre las logias ocultas se muestran aquí y allá. Todo es cuestión de encontrar una buena agenda de direcciones.
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Los ejecutores de Maximiliano

CULTURAS IMPOPULARES
Los ejecutores de Maximiliano
Jorge Pech Casanova
La lectura de Péguese mi lengua, la más reciente novela de Fernando Solana Olivares, junto con un video en YouTube del especialista en historia del arte Francisco Soriano, me llevó a indagar si algún fotógrafo estuvo presente en el Cerro de las Campanas para fijar el grupo que compusieron aquel 19 de junio de 1867 el emperador Maximiliano, sus dos generales más leales, los fusileros y el capitán que comandó el pelotón de fusilamiento.
Péguese mi lengua es un fascinante relato sobre los hombres y las mujeres que se enfrentaron en México durante los tres años que Maximiliano de Habsburgo creyó ser emperador de México. Por su parte, el historiador Soriano reseña las versiones del cuadro La ejecución del Emperador Maximiliano, pintadas por Edouard Manet entre 1868 y 1869.
Aunque se dice que Manet estudió fotografías del fusilamiento, al parecer no hubo cámara que captara ese dramático suceso. La fotografía se practicaba en México desde 1839; para 1867 era común que algunos fotógrafos llevaran y trajeran sus pesados aparatos por diferentes partes del país. Sin embargo, la autoridad prohibió que alguno de estos inconvenientes testigos se allegara al paredón en el Cerro de las Campanas.
Hubo, sí, testigos presenciales del ajusticiamiento, además del pelotón y su oficial. Gente del pueblo y acaso algún artista que no tardó en realizar dibujos y litografías del fusilamiento. Esas imágenes no le bastaron al fotógrafo Auguste Peraire, quien se había establecido en la Ciudad de México en 1865, un año después de que Maximiliano y Carlota colocaran su inestable trono en la capital mexicana.
Peraire ya había contribuido a desarrollar en México la fotografía construida desde el año en que se estableció en la capital, al publicar la copia fotográfica de una litografía que mostraba al emperador y su esposa arrodillados ante una aparición de la Virgen de Guadalupe. Había tratado de proyectar a la pareja como auténticos mexicanos mediante ese montaje de sus retratos con el de la guadalupana venerada en el país.
Al tener noticia del fatal destino de Maximiliano, Miguel Miramón y Tomás Mejía, Peraire lamentó haber estado ausente del fúnebre sitio. Pero, recurriendo al montaje fotográfico, tomó retratos realizadas por Francois Aubert de los tres ejecutados, para colocar sus efigies en una imagen del paredón en la cima del cerro fatídico que el mismo Aubert tomó días después del fusilamiento. Además, Peraire añadió a la vista los retratos de un pelotón de fusileros, los únicos personajes de este drama que sí se tomaron una foto después de su decisiva tarea. Y lo hicieron en el estudio de Peraire.
Gracias a ese retrato conocemos los rostros y nombres de siete ejecutores: Jesús Rodríguez, Marcial García, Ignacio Lerma, Máximo Valencia, Ángel Padilla, Carlos Quiñones, Aureliano Blanquet y el capitán Simón Montemayor. Además, tres de sus fusiles con sus respectivos nombres se conservan en la Sala de La Reforma del Museo Regional de El Obispado, en Monterrey. Al parecer, fueron preservados por orden de Mariano Escobedo, comandante de Querétaro, donde se llevó a cabo el ajusticiamiento.
Peraire se jugó la suerte al crear la falsa fotografía de Maximiliano y sus dos leales en el paredón. Tanto el gobierno francés como el mexicano proscribieron esas imágenes, motivo de resquemor para ambos. A Napoleón III le recordaban su traición a Maximiliano; a Juárez, la inclemente sentencia contra un miembro de la hermandad masónica.
Manet, en Francia, recopiló imágenes prohibidas del fusilamiento. La composición de Peraire era de las más perseguidas. Hacía aparecer la ejecución como el sacrificio de un mártir, y a Napoleón (apodado “El pequeño” por Víctor Hugo) como un traidor.
El futuro pintor impresionista, romántico en 1869, trató de reflejar en su cuadro la grandeza del fallido emperador, al que retrató sereno ante los fusiles, ataviado con un excesivo sombrero de charro. En las figuras rindió el pintor homenaje a un maestro parejamente objetable para sus compatriotas: el Goya de Los fusilamientos del 3 de mayo.
Manet era partidario del ejército de su país en este drama, pero como la mayoría de los franceses condenaba a Napoleón III por sus manejos tan aviesos como ruinosos y la traición contra Maximiliano, pues así veían el retiro del ejército que invadió México en 1864.
Al pintar el cuadro, Manet se basó en las imágenes que pudo conseguir. Empleó el montaje fotográfico de Peraire, así como una litografía que se presentaba como la reproducción de una placa fotográfica y otras recreaciones de la ejecución.
Las fotos prohibidas le costaron a Manet no sólo amenazas de cárcel, sino la censura de su obra, la cual no pudo mostrar ni siquiera en las reproducciones litográficas que mandó hacer cuando las galerías recibieron orden de no exhibir su pintura.
La censura imperial no sólo atendió a la violación de la ley que implicaba tener esas fotografías de Maximiliano, sino a los símbolos que Manet impuso en su cuadro: el pelotón de fusileros y su oficial, investidos con el uniforme del ejército francés, en vez del mexicano; el sombrero de charro que luce el emperador; inclusive los curiosos que se asoman por sobre el paredón, pintados a la manera de Goya.
Esa imaginería ofrece una lectura condenatoria para el monarca llamado por Víctor Hugo “Napoleón el pequeño”: el ejército francés había quitado la vida al Habsburgo, “mexicano auténtico” que afrontó su muerte con valentía ante un pueblo tan exaltado y doliente como el español, al cual masacró Napoleón I en 1808. De ahí que Manet elaboró tres versiones de su pintura, mientras la acomodaba a sus intenciones políticas.
Auguste Peraire también fue reprobado en México por sus montajes sobre la muerte del emperador, pero perseveró hasta integrarse en 1867 al Álbum mexicano de tiempos de Maximiliano constituido por Philipe de Massa, un librito con pastas en cuero rojo repujado, que contiene dos litografías y 52 fotografías, 14 de ellas firmadas por Peraire.
Ese álbum es una joya bibliográfica. Permite conocer los retratos que los principales personajes del drama mexicano se hicieron en vida: Maximiliano, el general Mejía, el general Miramón, los integrantes del pelotón de fusilamiento con su oficial, “el traidor” Miguel López que condujo a Maximiliano a rendirse, Benito Juárez, el sanguinario general Márquez, los generales Porfirio Díaz y Vicente Riva Palacio, inclusive José María Gutiérrez de Estrada y Jean-Baptiste Jecker, personajes secundarios de la intervención.
De los ocho militares retratados por Peraire en 1867, sólo uno figuró en la historia posterior: Aureliano Blanquet, quien llegó a ser ministro de Victoriano Huerta. Se le achacó haber asesinado al diputado Serapio Rendón. A la caída de su jefe, Blanquet huyó a Cuba. Retornó a México en 1919 para apoyar una revuelta de Félix Díaz, sobrino de don Porfirio.
En Chavaxtla, Veracruz, halló la muerte Blanquet al caer su montura en una barranca mientras huía del general carrancista Guadalupe Sánchez. Con la orden de llevar una prueba de la muerte del cruel huertista, el oficial mandó cortar la cabeza del prófugo para llevarla a exhibir al puerto de Veracruz. El periódico local El Dictamen publicó una foto del despojo. Así, el círculo de muerte que Blanquet inició en el Cerro de las Campanas quedó concluido en Veracruz con una imagen de su rostro desfigurado.
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Francisco o la polifonía de la revelación

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
“Es necesario recuperar modos acogedores de relacionarnos con la realidad, no estratégicos ni orientados directamente a un resultado, en los que sea posible dejar aflorar el desbordamiento infinito del ser”. Tales consideraciones son parte de una inesperada “Carta del Santo Padre sobre el papel de la literatura en la formación”, publicada por Francisco en julio del año pasado.
Pensadas primero como un título dedicado al desarrollo sacerdotal, el papa decidió que sus reflexiones debieran extenderse a cualquier cristiano y aun a toda persona, creyente o no, dada la importancia de la lectura de novelas y poemas en la maduración personal. Textos vivos y siempre fecundos, escribirá este pontífice literato (toda sabia teoría de la literatura es alta literatura), textos capaces de hablar de muchas maneras y producir una síntesis original en los lectores, quienes los reescribirán desde su propia interioridad e imaginación y así los harán suyos.
Recurriendo a teólogos y filósofos, a escritores y poetas, el encantador ensayo es una celebración de aquello que Laoturrelle, autor de un diccionario de teología citado por Francisco, define como algo surgido de la persona en su más irreductible misterio: la literatura, esa vida “que toma conciencia de sí misma cuando alcanza la plenitud de la expresión, apelando a todos los recursos del lenguaje”.
La distancia, la lentitud y la libertad son rasgos de una aproximación a la realidad a través de la literatura que permiten abandonar la adicción por las pantallas y por las “venenosas, superficiales y violentas noticias falsas”. Para eso “sirve” (las comillas son del mismo Francisco) la literatura, para preguntarnos sobre la vida y sus fenómenos, para preguntarnos sobre su significado. Sirve “para hacer eficazmente experiencia de vida”. Entonces la lectura representa un tomar distancia de lo inmediato, un detenerse para contemplar y escuchar lo que está más allá. Contiene la libertad de entregarse a la otra elección de mirar rodeando el objeto y disolver, así sea por instantes, la separación entre el espectador y lo observado.
Francisco escribe que el contacto con diferentes estilos literarios y gramáticas permite profundizar en la polifonía de la Revelación, la cual entonces no se reduce a las necesidades históricas del lector ni se empobrece ante sus propias estructuras mentales. Ya Basilio de Cesárea, miembro de la Iglesia oriental en el año 370, apreciaba la belleza de la literatura clásica escrita por autores paganos y llamaba a los jóvenes a leerla como un epohódion, como un viático que les significaría “provecho para el alma”.
El reconocimiento de la presencia del Espíritu en la “multiforme realidad humana” mostrada por la literatura es para el papa un discernimiento evangélico de la cultura. Y cita al recalcitrante Pablo, el cual según otro autor mencionado por Francisco en su hermenéutica literaria, A. Spadaro, llega a ver la literatura clásica como una preparación evangélica. Pablo comprendió que la literatura muestra los abismos que hay en el hombre, y que al hacerlo se convierte en una “vía de acceso” del creyente y el pastor para establecer un diálogo con la cultura de su tiempo.
La literatura es un camino que “nos hace sensibles al misterio de los otros”, permite que “aprendamos a tocar sus corazones”. Cuando todavía era Bergoglio, el papa enseñó literatura en la universidad. A sus alumnos les repetía una definición de Jorge Luis Borges que apreciaba mucho: leer es “escuchar la voz de alguien”. De tal manera nos vuelve sensibles al misterio de los otros, escribe, y nos hace aprender a tocar sus corazones. Cita a Proust en Por el camino de Swamm para reiterar que las novelas nos permiten conocer “todas las dichas y desventuras posibles” que en nuestra propia vida no conoceríamos más que limitadas y mortecinas.
También a C. S. Lewis: “Al leer buena literatura me convierto en un millar de hombres y sigo siendo yo mismo. Como el cielo nocturno del poema griego, veo con miles de ojos pero sigo siendo yo quien ve. Entonces, como en la fe, en el amor, en acción moral y en conocimiento; me trasciendo a mí mismo, nunca realmente soy más yo que cuando lo hago”. Lo mismo cree, como T. S. Eliot que la crisis religiosa moderna es una crisis de “incapacidad emotiva”. De ahí que al regresar de un viaje apostólico a Japón declarara, cuando le preguntaron qué debía aprender Occidente de Oriente, que Occidente hoy carece de poesía.
Francisco asume una afinidad espiritual profunda entre el sacerdote y el poeta, porque “la palabra poética llama a la Palabra de Dios”. En ello sigue al teólogo Karl Rahner cuando define las palabras del poeta como palabras de anhelo, puertas abiertas al infinito que llaman lo innominado y persiguen lo inasible. El sacerdote y el poeta, mediante su palabra, redimen “la última cárcel de las realidades no dichas, la mudez de su referencia a Dios”. De tal manera que la palabra verdaderamente poética participa de la Palabra de Dios.
Francisco concluye su luminosa enseñanza afirmando que la literatura forma al lector en la superación del yo (la descentralización, le llama), en el sentido del límite, en la renuncia al dominio, en la experiencia de una humildad (una pobreza, dirá) que es fuente de riqueza. Lo abre a una visión amplia de la riqueza y la miseria de la experiencia humana, lo educa en una mirada comprensiva, no simplificadora, y le enseña la mansedumbre de no pretender controlar la realidad ni la naturaleza humana a través del juicio reprobatorio o excluyente.
La mirada de la literatura, dirá, es un impulso hacia la escucha incesante, es la disponibilidad para formar parte de la extraordinaria riqueza de la historia que se debe a la presencia del Espíritu en ella. Una riqueza manifiesta “también como gracia” al poner en movimiento el lenguaje, al liberarlo y purificarlo de “los ídolos de los lenguajes autorreferenciales, falsamente autosuficientes, estáticamente convencionales (…) que aprisionan la libertad de la Palabra”.
El luminoso ensayo, dado en Roma el 17 de julio de 2024, décimo segundo de su pontificado, termina diciendo así: “No podemos renunciar a escuchar las palabras que nos ha dejado el poeta Paul Celan: Quien realmente aprende a ver se acerca a lo invisible.”
Borges quiso bien al padre Bergoglio. Lo consideró una persona inteligente y sensata con el que se podía hablar de cualquier tema: de filosofía, de teología, de política, y desde luego de literatura. Había algo en él, sin embargo, que lo alarmaba un poco: “he observado que tiene tantas dudas como yo”, confió Borges a Roberto Alifano.
El poeta ya no conoció esta hermosa carta del papa. De haberla leído sabría que aquellas dudas, como las suyas, por fin quedaron resueltas: tal es la gracia del Espíritu en la literatura.
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El hombre sin camisa, los dos Byron y Vargas Llosa

Culturas Impopulares
Jorge Pech Casanova
El domingo 26 de abril de 1998 el obispo Juan Gerardi Conedera disfrutó la última celebración de su vida. Dos días antes había publicado un informe de cuatrocientas páginas, en cuatro volúmenes, titulado Guatemala: nunca más, que registró las desapariciones forzadas, asesinatos, torturas y violencia sistemática que dictadores militares cometieron contra ciudadanas y ciudadanos guatemaltecos desde la década de 1960 hasta 1996.
El informe del grupo Recuperación de la Memoria Histórica, encabezado por el obispo, “identificaba por su nombre a más de 52 mil muertos y desaparecidos civiles durante la guerra, cuyo número se calculaba en 200 mil, y revelaba que el ejército de Guatemala y los grupos paramilitares asociados a éste habían cometido el 90 por ciento de los crímenes, mientras que a las facciones guerrilleras correspondía poco menos del 5 por ciento”, resume el escritor Francisco Goldman, de origen guatemalteco.
Ese 26 de abril de 1998, Juan Gerardi volvió por la tarde a su casa en la parroquia de San Sebastián, en el centro de la ciudad. Aún pudo ir a cenar con su hermana y, manejando su automóvil Golf, retornó a su templo hacia las diez de la noche.
Frente a la parroquia, en el jardín público, se pasaba los días un grupo de hombres sin hogar conocidos como los bolitos (borrachitos). Alcohólicos incurables, monseñor Gerardi les brindaba protección. Esa noche casi todos los bolitos dormían pesadamente, después de haber consumido cervezas y sándwiches que les repartieron unos desconocidos.
Sin embargo, dos bolitos, El Chino Iván y El Colocho, habían pasado la tarde en una miscelánea viendo televisión y tomando cervezas del establecimiento, así que a las diez de la noche pasaron ante la cochera del párroco para irse a dormir al jardín. El Chino notó que había olvidado en la tienda sus cigarros y se regresó por la cajetilla.
El Colocho, siguiendo su camino, se topó a un hombre con el torso desnudo abriendo la entrada de la cochera parroquial (en Guatemala las noches pueden ser frías, la gente no anda a esas horas sin camisa, observa Goldman). Sabiendo de los dos autos del obispo, El Colocho preguntó si estaba por salir alguno. El desconocido, de unos veinte años, dijo “Simón, ese”. Al pasar una patrulla policial, el muchacho sin camisa se echó hacia atrás, espero a que el vehículo se perdiera de vista y cerró la cochera; luego se alejó corriendo.
Extrañado por el encuentro, El Colocho vio llegar al Chino Iván con los cigarros. Al mismo tiempo, se apareció de nuevo el joven, abotonándose una camisa blanca. Al ver la cajetilla del Chino, le compró dos cigarros, dándole un billete. Luego, se fue por la calle que, a unas cuadras, conduce al Palacio Nacional, donde reside el presidente de la república.
A medianoche hubo alboroto en la casa parroquial. El padre suplente, Mario Orantes Nájera, salió a preguntar a los bolitos si habían visto salir a alguien. Iván y El Colocho le comentaron sobre el joven descamisado. La policía llegó minutos después.
Adentro, en la cochera, yacía en un charco de sangre el cadáver del obispo, con el cráneo destrozado por una losa de concreto, tirada muy cerca de su cabeza. También había un suéter manchado de sangre. A los policías que examinaron el lugar, el padre Orantes no les dijo sobre el joven sin camisa con quien Colocho e Iván habían intercambiado palabras y cigarros.
En cuanto el crimen se conoció, muchas personas entendieron que Gerardi pagó con su vida la publicación del informe que incriminaba a altos oficiales del ejército, sobre todo, al ex dictador Efraín Ríos Montt. Las autoridades prefirieron asumir un supuesto pleito pasional entre homosexuales. Detuvieron a Mario Orantes, a su perro Balú y a la cocinera, acusándolos de robar bienes parroquiales y asesinar al sacerdote para ocultar los hurtos.
Los allegados al obispo realizaron por su cuenta una investigación larga, peligrosa y frustrante, para ubicar al hombre sin camisa. Fernando Penados, sobrino del religioso, y sus colaboradores Mynor Melgar y Edgar Gutiérrez, averiguaron la identidad del sospechoso. Primero, supieron que un taxista observó al hombre descamisado hablar con los ocupantes de un automóvil, cuya matrícula le confió el chofer a un sacerdote.
La matrícula correspondía a una pick up al servicio de la base militar de Chiquimula, ya cerrada, donde estuvo a cargo el coronel Byron Disraeli Lima Estrada. El Estado Mayor presidencial, bajo cuya custodia quedó la camioneta, informó que la había vendido. Sin embargo, las placas permanecieron en poder del ejército, y una había desaparecido.
En la tortuosa pesquisa que realizaron Penados y su equipo, el hombre sin camisa resultó ser el sargento José Obdulio Villanueva, miembro de los servicios de información militar del Estado Mayor. Villanueva estaba preso porque asesinó al ciudadano Pedro Sas Rompich, durante un fingido atentado contra el presidente. Pese a su condena, el reo abandonó la cárcel el día del asesinato, pues entraba y salía de prisión pagando sobornos.
Villanueva confesó que la ejecución del obispo fue ordenada por dos superiores del Estado Mayor: el coronel Lima Estrada y su hijo, el capitán Byron Lima Oliva. Este último condujo el automóvil que trasladó al ejecutor a la parroquia. En el crimen también fue implicado el general Otto Pérez Molina, jefe del Estado Mayor hasta 1996.
Durante el juicio de los Lima, salieron en su defensa tres prominentes autores: en primer lugar, Bertrand La Grange y Maite Rico, conocidos por haber publicado en 1998 Marcos, la genial impostura. Ambos sostuvieron en 2003, en el libro Quién mató al obispo, que el vicario Orantes asesinó a Gerardi con la ayuda de su perro Balú, y que las acusaciones contra los tres militares eran producto de una conspiración de defensores de derechos humanos.
A reforzar esta versión salió Mario Vargas Llosa con un artículo publicados el 21 de febrero de 2004 en El País, en el que asumía las tesis de La Grange y Rico para declarar que los militares Lima Estrada y Lima Oliva eran víctimas de una injusta persecución.
El proceso judicial que concluyó en 2001 condenó a 30 años de cárcel al coronel Lima Estrada, a su hijo, el capitán Lima Oliva, al sargento Villanueva y al sacerdote Orantes. Tras obtener una reducción de condena a 20 años, Orantes y Lima Estrada salieron de la cárcel en 2010, por “buena conducta”. El novelista Francisco Goldman narró la investigación del crimen del obispo en su libro testimonial El arte del asesinato político, publicado en 2007.
Villanueva fue asesinado en prisión junto con otros 18 reos durante un motín en 2003. Lima Oliva, quien dirigía una gran banda criminal desde presidio, fue asesinado en su celda en 2016, junto con otras 12 personas a su servicio, mediante la explosión de una granada. El ex dictador Ríos Montt, uno de los militares más violentos de América Latina, murió en 2018, mientras lo juzgaban por genocidio y delitos de lesa humanidad.
Otto Pérez Molina llegó a ser presidente de Guatemala en 2012. En 2015 lo encarcelaron 16 años por corrupción. Salió en 2022, mediante una fianza millonaria. En 2019 murió de un paro cardíaco el coronel Lima Estrada. Vargas Llosa no volvió a tocar el tema de los Lima y murió el 13 de abril de este año.
