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Francisco o la polifonía de la revelación

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
“Es necesario recuperar modos acogedores de relacionarnos con la realidad, no estratégicos ni orientados directamente a un resultado, en los que sea posible dejar aflorar el desbordamiento infinito del ser”. Tales consideraciones son parte de una inesperada “Carta del Santo Padre sobre el papel de la literatura en la formación”, publicada por Francisco en julio del año pasado.
Pensadas primero como un título dedicado al desarrollo sacerdotal, el papa decidió que sus reflexiones debieran extenderse a cualquier cristiano y aun a toda persona, creyente o no, dada la importancia de la lectura de novelas y poemas en la maduración personal. Textos vivos y siempre fecundos, escribirá este pontífice literato (toda sabia teoría de la literatura es alta literatura), textos capaces de hablar de muchas maneras y producir una síntesis original en los lectores, quienes los reescribirán desde su propia interioridad e imaginación y así los harán suyos.
Recurriendo a teólogos y filósofos, a escritores y poetas, el encantador ensayo es una celebración de aquello que Laoturrelle, autor de un diccionario de teología citado por Francisco, define como algo surgido de la persona en su más irreductible misterio: la literatura, esa vida “que toma conciencia de sí misma cuando alcanza la plenitud de la expresión, apelando a todos los recursos del lenguaje”.
La distancia, la lentitud y la libertad son rasgos de una aproximación a la realidad a través de la literatura que permiten abandonar la adicción por las pantallas y por las “venenosas, superficiales y violentas noticias falsas”. Para eso “sirve” (las comillas son del mismo Francisco) la literatura, para preguntarnos sobre la vida y sus fenómenos, para preguntarnos sobre su significado. Sirve “para hacer eficazmente experiencia de vida”. Entonces la lectura representa un tomar distancia de lo inmediato, un detenerse para contemplar y escuchar lo que está más allá. Contiene la libertad de entregarse a la otra elección de mirar rodeando el objeto y disolver, así sea por instantes, la separación entre el espectador y lo observado.
Francisco escribe que el contacto con diferentes estilos literarios y gramáticas permite profundizar en la polifonía de la Revelación, la cual entonces no se reduce a las necesidades históricas del lector ni se empobrece ante sus propias estructuras mentales. Ya Basilio de Cesárea, miembro de la Iglesia oriental en el año 370, apreciaba la belleza de la literatura clásica escrita por autores paganos y llamaba a los jóvenes a leerla como un epohódion, como un viático que les significaría “provecho para el alma”.
El reconocimiento de la presencia del Espíritu en la “multiforme realidad humana” mostrada por la literatura es para el papa un discernimiento evangélico de la cultura. Y cita al recalcitrante Pablo, el cual según otro autor mencionado por Francisco en su hermenéutica literaria, A. Spadaro, llega a ver la literatura clásica como una preparación evangélica. Pablo comprendió que la literatura muestra los abismos que hay en el hombre, y que al hacerlo se convierte en una “vía de acceso” del creyente y el pastor para establecer un diálogo con la cultura de su tiempo.
La literatura es un camino que “nos hace sensibles al misterio de los otros”, permite que “aprendamos a tocar sus corazones”. Cuando todavía era Bergoglio, el papa enseñó literatura en la universidad. A sus alumnos les repetía una definición de Jorge Luis Borges que apreciaba mucho: leer es “escuchar la voz de alguien”. De tal manera nos vuelve sensibles al misterio de los otros, escribe, y nos hace aprender a tocar sus corazones. Cita a Proust en Por el camino de Swamm para reiterar que las novelas nos permiten conocer “todas las dichas y desventuras posibles” que en nuestra propia vida no conoceríamos más que limitadas y mortecinas.
También a C. S. Lewis: “Al leer buena literatura me convierto en un millar de hombres y sigo siendo yo mismo. Como el cielo nocturno del poema griego, veo con miles de ojos pero sigo siendo yo quien ve. Entonces, como en la fe, en el amor, en acción moral y en conocimiento; me trasciendo a mí mismo, nunca realmente soy más yo que cuando lo hago”. Lo mismo cree, como T. S. Eliot que la crisis religiosa moderna es una crisis de “incapacidad emotiva”. De ahí que al regresar de un viaje apostólico a Japón declarara, cuando le preguntaron qué debía aprender Occidente de Oriente, que Occidente hoy carece de poesía.
Francisco asume una afinidad espiritual profunda entre el sacerdote y el poeta, porque “la palabra poética llama a la Palabra de Dios”. En ello sigue al teólogo Karl Rahner cuando define las palabras del poeta como palabras de anhelo, puertas abiertas al infinito que llaman lo innominado y persiguen lo inasible. El sacerdote y el poeta, mediante su palabra, redimen “la última cárcel de las realidades no dichas, la mudez de su referencia a Dios”. De tal manera que la palabra verdaderamente poética participa de la Palabra de Dios.
Francisco concluye su luminosa enseñanza afirmando que la literatura forma al lector en la superación del yo (la descentralización, le llama), en el sentido del límite, en la renuncia al dominio, en la experiencia de una humildad (una pobreza, dirá) que es fuente de riqueza. Lo abre a una visión amplia de la riqueza y la miseria de la experiencia humana, lo educa en una mirada comprensiva, no simplificadora, y le enseña la mansedumbre de no pretender controlar la realidad ni la naturaleza humana a través del juicio reprobatorio o excluyente.
La mirada de la literatura, dirá, es un impulso hacia la escucha incesante, es la disponibilidad para formar parte de la extraordinaria riqueza de la historia que se debe a la presencia del Espíritu en ella. Una riqueza manifiesta “también como gracia” al poner en movimiento el lenguaje, al liberarlo y purificarlo de “los ídolos de los lenguajes autorreferenciales, falsamente autosuficientes, estáticamente convencionales (…) que aprisionan la libertad de la Palabra”.
El luminoso ensayo, dado en Roma el 17 de julio de 2024, décimo segundo de su pontificado, termina diciendo así: “No podemos renunciar a escuchar las palabras que nos ha dejado el poeta Paul Celan: Quien realmente aprende a ver se acerca a lo invisible.”
Borges quiso bien al padre Bergoglio. Lo consideró una persona inteligente y sensata con el que se podía hablar de cualquier tema: de filosofía, de teología, de política, y desde luego de literatura. Había algo en él, sin embargo, que lo alarmaba un poco: “he observado que tiene tantas dudas como yo”, confió Borges a Roberto Alifano.
El poeta ya no conoció esta hermosa carta del papa. De haberla leído sabría que aquellas dudas, como las suyas, por fin quedaron resueltas: tal es la gracia del Espíritu en la literatura.
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El hombre sin camisa, los dos Byron y Vargas Llosa

Culturas Impopulares
Jorge Pech Casanova
El domingo 26 de abril de 1998 el obispo Juan Gerardi Conedera disfrutó la última celebración de su vida. Dos días antes había publicado un informe de cuatrocientas páginas, en cuatro volúmenes, titulado Guatemala: nunca más, que registró las desapariciones forzadas, asesinatos, torturas y violencia sistemática que dictadores militares cometieron contra ciudadanas y ciudadanos guatemaltecos desde la década de 1960 hasta 1996.
El informe del grupo Recuperación de la Memoria Histórica, encabezado por el obispo, “identificaba por su nombre a más de 52 mil muertos y desaparecidos civiles durante la guerra, cuyo número se calculaba en 200 mil, y revelaba que el ejército de Guatemala y los grupos paramilitares asociados a éste habían cometido el 90 por ciento de los crímenes, mientras que a las facciones guerrilleras correspondía poco menos del 5 por ciento”, resume el escritor Francisco Goldman, de origen guatemalteco.
Ese 26 de abril de 1998, Juan Gerardi volvió por la tarde a su casa en la parroquia de San Sebastián, en el centro de la ciudad. Aún pudo ir a cenar con su hermana y, manejando su automóvil Golf, retornó a su templo hacia las diez de la noche.
Frente a la parroquia, en el jardín público, se pasaba los días un grupo de hombres sin hogar conocidos como los bolitos (borrachitos). Alcohólicos incurables, monseñor Gerardi les brindaba protección. Esa noche casi todos los bolitos dormían pesadamente, después de haber consumido cervezas y sándwiches que les repartieron unos desconocidos.
Sin embargo, dos bolitos, El Chino Iván y El Colocho, habían pasado la tarde en una miscelánea viendo televisión y tomando cervezas del establecimiento, así que a las diez de la noche pasaron ante la cochera del párroco para irse a dormir al jardín. El Chino notó que había olvidado en la tienda sus cigarros y se regresó por la cajetilla.
El Colocho, siguiendo su camino, se topó a un hombre con el torso desnudo abriendo la entrada de la cochera parroquial (en Guatemala las noches pueden ser frías, la gente no anda a esas horas sin camisa, observa Goldman). Sabiendo de los dos autos del obispo, El Colocho preguntó si estaba por salir alguno. El desconocido, de unos veinte años, dijo “Simón, ese”. Al pasar una patrulla policial, el muchacho sin camisa se echó hacia atrás, espero a que el vehículo se perdiera de vista y cerró la cochera; luego se alejó corriendo.
Extrañado por el encuentro, El Colocho vio llegar al Chino Iván con los cigarros. Al mismo tiempo, se apareció de nuevo el joven, abotonándose una camisa blanca. Al ver la cajetilla del Chino, le compró dos cigarros, dándole un billete. Luego, se fue por la calle que, a unas cuadras, conduce al Palacio Nacional, donde reside el presidente de la república.
A medianoche hubo alboroto en la casa parroquial. El padre suplente, Mario Orantes Nájera, salió a preguntar a los bolitos si habían visto salir a alguien. Iván y El Colocho le comentaron sobre el joven descamisado. La policía llegó minutos después.
Adentro, en la cochera, yacía en un charco de sangre el cadáver del obispo, con el cráneo destrozado por una losa de concreto, tirada muy cerca de su cabeza. También había un suéter manchado de sangre. A los policías que examinaron el lugar, el padre Orantes no les dijo sobre el joven sin camisa con quien Colocho e Iván habían intercambiado palabras y cigarros.
En cuanto el crimen se conoció, muchas personas entendieron que Gerardi pagó con su vida la publicación del informe que incriminaba a altos oficiales del ejército, sobre todo, al ex dictador Efraín Ríos Montt. Las autoridades prefirieron asumir un supuesto pleito pasional entre homosexuales. Detuvieron a Mario Orantes, a su perro Balú y a la cocinera, acusándolos de robar bienes parroquiales y asesinar al sacerdote para ocultar los hurtos.
Los allegados al obispo realizaron por su cuenta una investigación larga, peligrosa y frustrante, para ubicar al hombre sin camisa. Fernando Penados, sobrino del religioso, y sus colaboradores Mynor Melgar y Edgar Gutiérrez, averiguaron la identidad del sospechoso. Primero, supieron que un taxista observó al hombre descamisado hablar con los ocupantes de un automóvil, cuya matrícula le confió el chofer a un sacerdote.
La matrícula correspondía a una pick up al servicio de la base militar de Chiquimula, ya cerrada, donde estuvo a cargo el coronel Byron Disraeli Lima Estrada. El Estado Mayor presidencial, bajo cuya custodia quedó la camioneta, informó que la había vendido. Sin embargo, las placas permanecieron en poder del ejército, y una había desaparecido.
En la tortuosa pesquisa que realizaron Penados y su equipo, el hombre sin camisa resultó ser el sargento José Obdulio Villanueva, miembro de los servicios de información militar del Estado Mayor. Villanueva estaba preso porque asesinó al ciudadano Pedro Sas Rompich, durante un fingido atentado contra el presidente. Pese a su condena, el reo abandonó la cárcel el día del asesinato, pues entraba y salía de prisión pagando sobornos.
Villanueva confesó que la ejecución del obispo fue ordenada por dos superiores del Estado Mayor: el coronel Lima Estrada y su hijo, el capitán Byron Lima Oliva. Este último condujo el automóvil que trasladó al ejecutor a la parroquia. En el crimen también fue implicado el general Otto Pérez Molina, jefe del Estado Mayor hasta 1996.
Durante el juicio de los Lima, salieron en su defensa tres prominentes autores: en primer lugar, Bertrand La Grange y Maite Rico, conocidos por haber publicado en 1998 Marcos, la genial impostura. Ambos sostuvieron en 2003, en el libro Quién mató al obispo, que el vicario Orantes asesinó a Gerardi con la ayuda de su perro Balú, y que las acusaciones contra los tres militares eran producto de una conspiración de defensores de derechos humanos.
A reforzar esta versión salió Mario Vargas Llosa con un artículo publicados el 21 de febrero de 2004 en El País, en el que asumía las tesis de La Grange y Rico para declarar que los militares Lima Estrada y Lima Oliva eran víctimas de una injusta persecución.
El proceso judicial que concluyó en 2001 condenó a 30 años de cárcel al coronel Lima Estrada, a su hijo, el capitán Lima Oliva, al sargento Villanueva y al sacerdote Orantes. Tras obtener una reducción de condena a 20 años, Orantes y Lima Estrada salieron de la cárcel en 2010, por “buena conducta”. El novelista Francisco Goldman narró la investigación del crimen del obispo en su libro testimonial El arte del asesinato político, publicado en 2007.
Villanueva fue asesinado en prisión junto con otros 18 reos durante un motín en 2003. Lima Oliva, quien dirigía una gran banda criminal desde presidio, fue asesinado en su celda en 2016, junto con otras 12 personas a su servicio, mediante la explosión de una granada. El ex dictador Ríos Montt, uno de los militares más violentos de América Latina, murió en 2018, mientras lo juzgaban por genocidio y delitos de lesa humanidad.
Otto Pérez Molina llegó a ser presidente de Guatemala en 2012. En 2015 lo encarcelaron 16 años por corrupción. Salió en 2022, mediante una fianza millonaria. En 2019 murió de un paro cardíaco el coronel Lima Estrada. Vargas Llosa no volvió a tocar el tema de los Lima y murió el 13 de abril de este año.
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Sin fecha de caducidad

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
Al ver la obra de teatro Sin fecha de caducidad (dramaturgia y creación: Edurne Goded, con las actrices Regina Flores Ribot, Mónica del Carmen y Tae Solana Shimada), pienso, como varón, con cuántas carencias emocionales hemos sido educados los hombres con respecto a la mujer, a las mujeres. Creo, sin embargo, que tengo menos actitudes machistas que mi padre y espero que mi hijo tenga menos que yo.
La obra, sin embargo, no habla de los hombres, sino de tres mujeres que, en edades diferentes, contemplan la vida, se contemplan, con el fin de comprenderse, perdonarse -si hace falta- y asumirse en su integridad, sus decisiones y su placer.
- La tradición
Pienso en las diosas griegas, que personifican las distintas facetas de lo femenino: Artemisa, Palas Atenea, Afrodita, Ceres, Hera y un larguísimo etcétera.
Pienso en Safo, que se atrevió a escribir: “Siento deseo y busco con ardor”.
Pienso en Murasaki Shikibu, la autora de Genghi Monogatari, que en el año 1000 escribió la novela total, que incluye todo lo humano, 600 años antes de que Shakespeare hiciera algo similar.
Pienso en Madame de Lafayette, que en su novela pionera La princesa de Clèves, le confiesa a su marido que ama con pasión a otro hombre -el duque de Nemours-.
Pienso en Virginia Woolf, que escribió Una habitación propia, para exigir el derecho de una mujer a tener su propio mundo.
Pienso en Simone de Beauvoir, que en El segundo sexo nos describe la historia del machismo.
Pienso en Marguerite Yourcenar, que decía “Sea uno el que sea, muere sobre un planeta”. Sí, todos somos seres humanos, pero las mujeres de su obra literaria: Plotina en Memorias de Adriano, la dama de Frösso en Opus Nigrum o la señora d’Ailly en Un hombre oscuro, palidecen ante lo masculino.
Pienso en Chimamanda Ngozi Adichie, la escritora nigeriana que dice: “en Nigeria no soy negra; fue al llegar a Estados Unidos que me hicieron sentir que era negra”.
Pienso en Annie Hernaux, que hace unos años ganó el Premio Nobel de Literatura y nos ha regalado novelas afiladas como un bisturí, mostrando cómo las mujeres están obligadas -o se obligan a sí mismas- a cumplir lo que los demás esperan de ellas.
Pienso en Olga Tokarzuk, que señala que a este mundo le hace falta un poco de ternura.
Pienso en las tres grandes de la literatura latinoamericana: Inés Arredondo, Elena Garro y Clarice Lispector, luminosas, lúcidas, precisas.
Pienso en mi madre, a quien debo, quizás, ser un poco menos torpe ante lo femenino.
Pienso en todas las mujeres geniales que le dieron brillo a sus parejas, que usaron sus ideas como si fueran suyas.
- La obra de teatro
Sin fecha de caducidad es un diálogo entre tres mujeres, que habla de la menopausia y del acercamiento a la vejez y a la muerte. Un diálogo de “netas”, de verdades sin maquillaje, pero, también, de reflexiones sin autocompasión, sin victimizarse, aceptando, a la vez, que el erotismo nunca se apaga ni las ganas de vivir.
Al final de la representación (Teatro Xavier Villaurrutia, Centro Cultural del Bosque, del INBAL) se abrió un diálogo. Varias mujeres en el público agradecieron que Tae, Mónica y Regina le dieran voz a lo que sentían o se habían preguntado.
Ese es el fin del arte: hacernos reflexionar y, con suerte, tener una pequeña revelación, un satori, una epifanía. Quizá lleguemos a esa suerte pero todo es más fácil: el más pequeño cambio en la percepción mueve montañas. Todavía algunos privilegiados podrán ver la obra en las funciones que restan; los demás, acerquémonos más a lo femenino como una forma de crecimiento personal -seamos hombres o mujeres- y como una defensa ante el machismo egocéntrico e irracional que está arrasando al planeta.
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La construcción de Jesús

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
Agripa II subió al tejado del palacio real en Jerusalén y se dirigió a quienes estaban en la plaza. No era tan querido como lo había sido su padre, Agripa I, pero representaba la última esperanza de los romanos para calmar por medios pacíficos el violento clima de insurrección que se vivía en la ciudad.
Suplicó a la gente que desistiera de su desafío al Imperio romano. Preguntó dónde estaba su ejército y su armamento, su flota para surcar los mares, el tesoro para financiar tales campañas. Apeló a la riqueza de los galos, a la fuerza germana y la sabiduría griega, todas ellas derrotadas por los romanos, y preguntó si los judíos eran más ricos, más fuertes e inteligentes que esos pueblos. La muchedumbre ignoró al príncipe entre burlas y amenazas y lo obligó a huir de la ciudad.
La respuesta a la pregunta de Agripa la conocían profundamente los revolucionarios judíos, lo mismo que el escritor iraní Reza Aslan, quien la cuenta en su libro El zelote. La vida y la época de Jesús de Nazaret, resultado de veinte años de investigación académica sobre el tema, escrito con excelencia narrativa y cuya condición de best seller número uno del New York Times no demerita su calidad.
Lo que inspiraba a los judíos para alzarse ante el poderoso invasor romano era el celo, aquello que el historiador Josefo llamó una “cuarta filosofía”: el inquebrantable compromiso de liberar a Israel del yugo extranjero, junto con una fanática insistencia en promulgar, aun a riesgo de la muerte, la existencia de un Dios único, el suyo, por quien habían sido designados como el pueblo elegido. De ahí el término zelotes, de celo.
La gran perplejidad que los judíos causaban a Roma tenía que ver con lo su incomprensible complejo de superioridad. Una insignificante tribu semita en un rincón del imperio exigía y recibía un tratamiento especial por parte del emperador. Séneca, el filósofo estoico, se preguntaba cómo era posible que “los vencidos hubieran impuesto leyes a los vencedores”.
Esa es la matriz cultural e histórica del humilde campesino judío que fue Jesús, nacido en la oscura aldea de Nazaret de la Galilea rural compuesta por modestísimas casas de adobe que después influirían al mundo. Su contexto era revolucionario, y en esa perspectiva judía escatológica Jesús era un zelote comprometido con la restitución del cuerpo mancillado de Israel y con la encarnación del mesías liberador.
Es aquí donde radica la condición inexplicable —metafísica o trascendente, como se le quiera llamar— de la metamorfosis de ese Jesús histórico y de su modestísima persona, uno más entre tantos autoproclamados mesías, en una manifestación directa de la divinidad, en un mesías apostólico y global que definirá el tiempo, la espiritualidad y la cultura occidentales a lo largo de dos mil años.
Ese Jesús, escribe Aslan, “el eterno logos del cual surge la creación, el Cristo que se sienta a la diestra de Dios”. El orden mitológico comienza a reanudarse y esta narrativa suprahistórica que construirá al Jesús evangélico debe mostrar el origen de lo divino, su advenimiento, en el lugar más pequeño y humilde de la valoración común, en un pesebre, en el rincón del rincón del rincón. Dicho origen de pobreza será determinante también para el mensaje político que las enseñanzas de Jesús contienen y para la conducción del cristianismo en su primera etapa por Santiago, hermano de Jesús, después de su muerte y resurrección.
La construcción de esta divinidad (“la verdad —escribe Guénon— es una y es la misma para todos aquellos que, por una vía cualquiera, han alcanzado su conocimiento”) requirió, como la construcción de todas las demás, la mano de los hombres, así el espíritu se apoyara en ellos para actuar.
Por eso hay varios desfiguramientos en esta cautivadora y grave historia, la más contada y representada en Occidente. Van de Egipto a Judea a través de Moisés, de los judíos a los cristianos, de Pablo el converso a Santiago el hermano. De los cuatro evangelistas a los evangelios apócrifos. De las pululantes sectas cristianas al Concilio de Nicea que establece el canon definitivo. De la clandestinidad de las catacumbas hasta la púrpura del Estado. Poéticas del conflicto en el reino del espíritu.
Al convertirse Jesús, el zelote galileo, en el Cristo trascendente, varios movimientos y prodigios han de suceder. El punto de inflexión de la metamorfosis radicará en la resurrección. Mediante ella Jesús se vuelve divino y origina la narrativa metafísica de los cuatro evangelistas ortodoxos, la cual se desarrollará teológicamente con Pablo, el judío convertido en el camino a Damasco, y dará lugar al canon cristiano. Y la trama de muchas pequeñas historias irán a confluir en ello. A fin de cuentas, toda cosmogonía es una literatura.
Marcos el evangelista relata algo que según Reza Aslan comenzará a cambiarlo todo. Mientras está hablando del reino de Dios en la sinagoga, Jesús es interrumpido por un hombre de espíritu inmundo, como refieren los evangelios, quien le grita: “¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres, el santo de Dios”. Jesús lo reprende, le ordena callar y manda al ente maligno salir del hombre. Cuando clamando a voces el espíritu lo hace, la gente se pregunta “qué nueva doctrina es ésta, que con potestad aun a los espíritus inmundos manda, y le obedecen”.
Esa nueva doctrina recién aparecida hará crecer la fama del predicador ambulante por toda Galilea. La gente vendrá para ver sus portentos más que para oír su mensaje, y gran parte de esos espectadores considerará a Jesús “otro hacedor de milagros ambulante y exorcista profesional” antes que un mesías liberador. Aslan recuerda que los romanos consideraban al Galileo como un falso pretendiente al reino judío, y que para los escribas y sacerdotes significaba un riesgo blasfemo contra el control del culto.
Los primeros que se harán cargo del trasvasamiento divino de Jesús en una heterodoxa interpretación del mesías son quienes Aslan llama “grupo de eufóricos ignorantes”: los apóstoles y sus primeros seguidores, que con la libertad autodidáctica y analfabeta de quien no sabe teología, más la intervención directa del espíritu —tal es la hipótesis—, fracturan el dogma monolítico judío y proponen algo que hasta entonces era un anatema y de golpe resulta un nuevo paradigma: este “hombre dios”. Así de inédito y descolocante.
Esteban, protomártir cristiano, proclama en su agonía el inicio de una nueva religión al mirar hacia los cielos y ver que Jesús se sienta a la diestra del Padre porque es de la misma naturaleza que él. Ahí termina la versión inicial de esta historia de un campesino judío, lleno de celo y nacionalismo, que temerariamente se rebeló contra la corrupta casta sacerdotal del templo y la opresiva ocupación romana, que fue crucificado y después de su muerte, ante su tumba vacía, “uno de sus partidarios osó sugerir que era Dios”.
El segundo acto del drama cósmico consiste en la construcción de ese traslado mesiánico, fundacional, que va de la tierra al cielo y de regreso a la tierra entre los hombres, donde deberá actuar el mensaje divino. Cuando Esteban fue martirizado cerca del año 35 de la era cristiana, en la turba que festejó su lapidación se encontraba un joven fariseo fanático, Saulo de Tarso, que unos quince años después del sacrificio del mártir, “devenido cristiano acérrimo” se convertirá con el nombre de Pablo y sin reserva alguna llamará Dios a Jesús de Nazaret.
El historiador pregunta cómo pudo haber sucedido algo así: un mesías fallido, muerto vergonzantemente como criminal de Estado, en unos cuantos años se transforma en Dios encarnado. La respuesta instrumental que da no resuelve el enigma: quienes vivieron con Jesús tuvieron un muy pequeño papel en la definición de lo acontecido, ninguno de los evangelistas lo conoció, tampoco el artífice Pablo, y la tarea de definir su mensaje quedó a cargo de judíos y gentiles cultos, urbanitas y grecohablantes. Lo que seguirá es el transcurso de la historia de Occidente.
La pregunta tal vez es de otro orden: no tanto cómo se hace una fe o cómo adviene una religión sino por qué. Dicen los sabios que lo sagrado, y en ello lo re-ligioso, lo que re-liga, es tan principial y básico que no es posible limitarse a las maneras en que se manifiesta porque lo sagrado reside en la naturaleza de la realidad misma. Es decir, que el sentimiento religioso no es un episodio de la historia de la conciencia humana sino una parte integral y constituyente de ella misma.
Religar, reelegir, releer. Lo sagrado y lo profano contiene una división artificial. El espíritu sucede, cambian sus formas nada más.
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Poemas

Colaboraciones
Israel García Reyes
Israel García Reyes es autor de dos disímiles novelas: Eve /Proyecto Esfinge y Perder el reino. La primera explora cómo sería el mundo en el que las mujeres mantienen el control de un nuevo sistema de poderes. La segunda, ambientada en la época colonial, ficcionaliza sucesos ocurridos de 1534 a 1539, cuando el arzobispo Fray Juan de Zumárraga procesó y validó la ejecución del noble texcocano Carlos Ometochtli Chichimecatecuhtli, acusado de herejía por codiciosos castellanos.
García Reyes tiene también una producción poética que ha dado a conocer en recopilaciones antológicas desde 2005. En este año, el escritor confirma su adhesión a la poesía con su libro Pájaro de nieve, publicado por el sello Almácigo Ediciones. Volumen breve e intenso, en el cual deposita Israel García veinte años de oficio poético con soltura, contundencia y levedad. Así lo ha entendido el poeta chiapaneco Víctor García Vázquez y por ello, en su nota de presentación, subraya que el verso del oaxaqueño “no martilla el paisaje con sus cascos, su trote es etéreo, porque se sabe potro, unicornio, centauro y Pegaso. Si el yugo lo convierte en bestia, el celo le devuelve su naturaleza de unicornio”.
Este nuevo libro de Israel García conduce a una música verbal que permite recorrer no sólo la nostalgia del autor por un enclave histórico —la antigua ciudad de Zaachila—, sino caminar por sus calles con la conciencia de que desde sus muros nos observan, además de siglos de historias, una memoria mítica que se fusiona con naturalidad a las vivencias más entrañables del autor. Y esa música verbal es más apreciable porque la mayor parte del volumen está escrita en prosa. En prosa poética.
En cuatro secciones divide el autor Pájaro de nieve, lo cual permite leer cada sección como un todo, sin dejar de recordarnos que, al entremezclarse, ese cuadrivio configura la imagen íntegra de una historia personal inserta dentro de la más amplia y compleja Historia.
En la sección final de Pájaro de nieve, “Sobre la aparición de las hormigas”, el poeta deja un caudal de imágenes cuya delicadeza y ascendiente vitalista no omite la advertencia ante los misterios y los riesgos de la existencia. Israel García cierra su poemario con un conjunto de cantares sobre la relación paterno-filial que, como bien concluye Víctor García Vázquez en su comentario, “nos devuelve la convicción de que los lectores tenemos derecho a contemplar la plenitud de la belleza”:
Jorge Pech Casanova
A los siete años
mientras buscaba leña
mi padre se perdió
junto a un pequeño burro de carga.
Entonces Apoala estaba enterrado
en el silencio.
Quedaron atrás las Peñas Cerradas
con los sabinos del río.
Ya lejos
oscurecieron pájaros de la montaña.
Todo era biznagas.
Y no supo volver.
Con temor puso al burro delante
que en sigilo
tomó camino, a ciegas,
y él lo siguió
aferrado a su cola.
Por horas anduvieron entre la negrura.
Caída la noche
encontraron las primeras chozas.
La segunda vez que mi padre
salió del pueblo
no volvió.
Caballito de palma
en la ventana,
miras sin ojos
hacia las paredes verticales
de Cawalaqui, la Cueva del Diablo
donde el demonio arrastraba
a los recién nacidos.
Si viene por mí
sigue el sendero de piedra
hasta la cumbre
y tráeme de vuelta
ycon bien.No dejes que también se haga conmigo
porque la abuela te encargó cuidarme.
Pequeña Luna, cierra los ojos esta noche para escuchar cómo respira el framboyán, el árbol que aloja las parvadas.
Entre su fronda escucharás al pájaro de nieve: el que dejó esta lluvia. Es pequeño y transparente, pero canta para que una niña duerma; si lo consigue, si la hace dormir, el árbol crece y echa flores. Y eso es importante. Si las ves, acércate en silencio, sin tocarlas pues desaparecen, y todo se vendría abajo: árbol y flores y pájaros y canto, y no podría encontrar un nuevo framboyán sino hasta la hora de dormir de la siguiente noche.
Si preguntas qué somos, te diría que un árbol de granadas rojas. Pero no, porque sus corazones se desangran antes de caer y tú y yo caminamos enteros. Si fuéramos las flores del cazahuate albearíamos en el valle y todos nos reconocerían desde lejos, y dirían: ahí están esos dos presumidos, pero lo blanco sólo es dable a lo divino y el amor lo pervierte.
Quisiera creer que mientras tome tu palma ante el espejo donde nos encontramos, en cada tramo de cabello y en el intento por ponernos serios, eso nos hará inmortales.
Que fea sensación por una niña de niebla.
A veces, te miro dormir y me dueles. Te enseño la palabra luz, pero la pierdo, si digo agua la sed nos contradice, y si pronuncio flor, desaparece.
Pero es que somos briznas, como yerba.
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Mario Vargas Llosa (1936-2025)

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
El domingo 13 de abril falleció el escritor Mario Vargas Llosa. Mucho ya se ha dicho y se dirá mucho más sobre su obra literaria. Para mí, sus dos novelas más divertidas son Pantaleón y las visitadoras y La tía Julia y el escribidor. La guerra del fin del mundo y La fiesta del chivo son novelas estupendas y quizá las mejores son Conversación en la catedral y La casa verde. No me quiero detener en el análisis de estas obras porque quiero hablar del libro de Vargas Llosa que más amo y de su íntima relación con la literatura francesa. Me refiero a La orgía perpetua.
- El amor entre Mario y Emma
Quizá no hay un libro más amoroso dedicado a otro libro que La orgía perpetua. Es un libro de dos cabezas: en la primera narra cómo llegó a París, compró un ejemplar de la novela de Flaubert y no pudo abandonar la lectura, presa de fiebre, de amor por Emma y deslumbramiento ante el estilo del maestro normando. La segunda parte, con mano maestra, nos enseña cómo el “hubiera querido” el pasado imperfecto y el imperfecto: “salía de mi casa…” fueron las herramientas estilísticas de la prosa de Flaubert. Claro, habría que agregar su brillante uso de la metáfora y la precisión de “le mot juste”, la palabra exacta.
Quizá no sea exagerado afirmar que por encima del amor que le tuvo a su tía y a la madre de sus hijos, a la mujer que más amó fue a Emma Bovary. Una campesina que, como Don Quijote, amaba leer -ella no leía novelas de aventuras pero sí novelas rosas-. Y ese mundo imaginado cayó como una gota de agua en un cristal, en el baile cuando la saca el noble a bailar -su marido, Charles, es un torpe- y Emma da vueltas e imagina una vida diferente de la que la hastía cada noche y deja caer la cabeza en el hombro masculino, anticipando cómo se entregará al vizconde y a León.
Si bien Anna Karenina y Emma Bovary terminan suicidándoe, Anna es una noble que tiene todo y es víctima de su neurosis. Emma, por el contrario, hace lo que puede, hace demasiado, por tratar de escapar de un destino cruel: el matrimonio con un médico con pocas luces y un erotismo de quinta. ¿Quién puede reprocharle algo? La moral burguesa, sin duda. Pero el ansia de amor y de libertad de Emma, su decisión de volar, desde la lujuria y la gula -únicas posibilidades- la vuelve seductora y entrañable. Por eso se enamoró Mario -y muchos de nosotros, también-.
- La cultura francesa en Vargas Llosa
En su discurso de recepción en la Academia Francesa, Vargas Llosa señaló: “Toda la novela moderna está íntimamente alterada desde aquel hallazgo de Flaubert y es sin duda la más importante incorporación de esa voz anónima —la de ese Dios que nunca se deja ver— en las historias que cuentan sus contemporáneos. Sin saberlo, Flaubert, gracias a su descubrimiento del silencioso e invisible narrador, produjo esa separación entre la novela moderna y la clásica, en la que reunió, sin preverlo ni quererlo, a multitud de obras narrativas que, hasta entonces, no habían advertido que el narrador invisible reducía extraordinariamente la presencia de narradores en el espacio narrativo. Ésa fue la gran lección de Flaubert, y, por supuesto, la de trabajar con empeño fanático, como si la vida se le fuera en ello, en busca de aquella perfección que convertía al escritor en una suerte de apuntador de Dios, o en Dios mismo”.
La Academia Francesa de Letras la fundó el cardenal Richelieu. Trescientos años después permitió la entrada de una mujer, Madame Marguerite Yourcenar, Notre Dame des Lettres, así bautizada por Fernando Solana Olivares. Vargas Llosa fue el primer académico que no escribía en francés. Fue aceptado por la riqueza de su obra, pero, dado que hay muchísimos escritores magníficos en otras lenguas que no entran en esta Academia, suponemos que fue recibido por el amor que Vargas Llosa le profesa a la cultura francesa y, en particular, a Emma Bovary y a Jean Valjean. Para él, la escena más importante de Los miserables es cuando el expresidiario perdona la vida del inspector Javert y lo deja en libertad (eso provoca tal aturdimiento en el policía que se suicida).
Vargas Llosa escribió un libro sobre Flaubert y otro sobre Victor Hugo. Admiraba la perfección de relojero del primero y la grandeza de alma del segundo.
- Carlos Fuentes y Vargas Llosa
En 1972, Carlos Fuentes, en el ensayo “El afán totalizante de Vargas Llosa” incluido en Homenaje a Mario Vargas Llosa: variaciones interpretativas en torno a su obra, de Helmy F. Giacoman y José Miguel Oviedo, señala: “La visión de la justicia es absoluta; la de la tragedia ambigüa. Es esta presencia de ambas exigencias uno de los hechos que dan su nuevo tono, su nueva originalidad y su nuevo poder a la novela hispanoamericana en formación. Novelas como La ciudad y los Perros y La casa Verde poseen la fuerza de enfrentar la realidad latinoamericana, pero no ya como un hecho regional, sino como parte de una vida que afecta a todos los hombres y que, como la vida de todos los hombres, no es definible con sencillez maniquea, sino que revela un movimiento de conflictos ambiguos”.
- Vargas Llosa en la sala Nezahualcóyotl.
Unos días antes de ganar el Premio Nobel de Literatura, Vargas Llosa platicó con Gonzalo Celorio ante una sala abarrotada de estudiantes y admiradores. Allí, el escritor mexicano le preguntó sobre el genio de Flaubert. Vargas Llosa contestó que el autor de Madame Bovary no era genio, “se hizo genio”.
Quizá Vargas Llosa no tenía la pirotecnia china de García Márquez, ni el mundo enrevesado, lúcido y amargo de Onetti. Sin embargo, a fuerza de disciplina -como Flaubert- terminó siendo la mejor versión de él mismo como escritor, en algunas obras que estarán siempre presentes en la historia de las letras en español. Gracias, Mario Vargas Llosa, maestro de escritores. Como los romanos, un lector te saluda.
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Halcón entre cuervos

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
La crónica cuenta que su cadáverestaba lleno de cicatrices:
pequeñas, innumerables huellas de espadas.
Él había dicho alguna vez
que la esgrima era la reina de las armas.
Quien habló de su muerte afirmó
que esas cicatrices eran restos de otros tantos combates.
Pero no provenían más que de batallas místicas,
del sendero secreto que el capitán Richard F. Burton
había empezado a seguir años atrás.
¿Cuánto amó a esa joven persa él,
que amó tanto a las mujeres,
convencido de que en todas hay belleza suficiente
para creer por un instante que son únicas?
En Bendhi fue por hembras expuestas en una jaula
y allí copuló. Supo mucho de ellas:
tuvo jóvenes galla de piel fresca,
árabes de clítoris mutilado,
beduinas que reían al terminar.
Tradujo al inglés las milenarias lecciones eróticas,
pero antes conoció la contención dilatadísima
del acto tántrico, la relojería de la eternidad.
Por eso amó tanto a una joven persa
que le fue arrebatada.
Cuando exploró Medina, la ciudad santa
le mostró su inmensa banalidad.
Después viajó en caravana hasta la Meca,
ya era un derviche vagabundo con Dios caminando a su lado.
Orinó de pie sobre un muro de piedra
y un musulmán lo sorprendió:
el sacerdote serpiente era un infiel que ofendía a Alá.
Burton lo mató en seguida para no morir: Dios bostezó.
Halcón entre cuervos, así el alma que vive en el exilio.
Aunque a él le llamaron el malvado, el negro-blanco
de las veintinueve lenguas y los dialectos sin fin.
Kipling dijo que conocía la Canción del Lagarto,
que se había iniciado en el culto de los Siete Hermanos
y que podía conducir ceremonias como un mollah sufí.
Llegó a las Montañas de la Luna con Speke,
el cazador de hembras preñadas,
y comió de la locura en esos mares blancos.
“No te burles, no te vuelvas”, cantó el rapsoda iletrado,
la tristeza es moneda común.
Harar abrió sus puertas para Burton,
el primer extranjero en mirar sus secretos.
Una generación después la ciudad cerrada sería de todos,
aun de Rimbaud, que en ella cambiaría vocales alargadas
por esclavos melancólicos y armas de repetición:
“el hombre no es más que un puñado de polvo,
y la vida una violenta tempestad”.
Su amigo Steinhauser murió camino a casa en Berna
y entonces Burton perdió un diente en Brasil.
Entre ellos estaba la inflamada hoguera del islam,
Las mil y una noches donde un ciego pudo ver.
Amanecer, mediodía, crepúsculo:
el capitán oró en las articulaciones del tiempo
y recibió la cinta de quienes han nacido dos veces.
Acarició a doncellas hijas de un cántaro y una sirena,
compró una galería de monos a los que dio título y rango
y sentó a su mesa para escucharlos hablar.
Después llegaron el alcohol y la desesperanza,
la garra hostil de los cuervos resentidos,
la cantinela atroz de las costumbres y el decoro.
Ya no hubo coños afeitados, carne tan dura como el bronce,
Alá guardó sus desiertos y escondió a sus criaturas,
Isabel Burton tomó dictado y nunca anotó lo esencial.
No te burles, no te vuelvas, dijo el capitán,
y un domingo de octubre un pájaro golpeó tres veces
una ventana que nunca se solía abrir.
Es la muerte, exclamó Burton, y el Nilo continuó.
Para Octavio González
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Alas tejidas para Romina

Colaboraciones
Juan Carlos Cruz Rosas
A la memoria de Felícitas Martínez S. y Teresa Bautista M.,
asesinadas el 7 de abril de 2008
Después de leer el periódico, confirmando el alevoso y cobarde atentado en contra de las mujeres triquis, recuerdo a Romina y me parece que su nostalgia por el futuro, que tantas veces descubrí en sus ojos, tiene la razón de un destino incierto, apresurado. La última vez que la vi, hace ya varios años, fue bajo un largo aguacero que anegaba las calles de la ciudad. Me refugiaba bajo un alero, enfrente al templo de Santo Domingo. Ella apareció entre la lluvia, brincando sobre los charcos, desdeñando el pavor de los demás por mojarse y quienes temían ensuciarse los zapatos o se cubrían con paraguas, mirándola con un dejo de lástima y de inadaptada. Me reconoció y sin perder la alegría se detuvo jugando con sus pies, que calzaban unas chanclas de hule, moviendo el agua acumulada en un charco cercano a donde me resguardaba.
—¿Dónde te has metido? ¿Por qué ya no has ido a visitarnos para tomarnos fotos? —me espetó sin rodeos, con la locuacidad que le había proporcionado el trato con turistas y las vivencias formativas de la calle.
Lucía un huipil que portaba con donaire a pesar de su corta edad —12 años—, y en una bolsa de plástico amarilla, las pulseritas tejidas que vendía. Su sonrisa franca no permitía medias palabras y poseía un especial encanto como un antídoto a la fatalidad de su estirpe.
—He estado realizando unos fotorreportajes fuera de la ciudad para una revista —le argumenté con la obligación que me atribuía su sincero interés y el gusto de encontrarla para conversar con ella, aunque fuese bajo este torrente.
—Hoy no he tenido buena venta y esta lluvia no me ayuda mucho. Pero me gusta —me dijo sin mostrar contrariedad—. ¿Traes tu cámara, verdad? ¡Tómame una foto así, empapada y en el charco!
Después del flashazo, se puso a mi lado y me pidió la cámara. “Ahora yo te voy a retratar, sonríe, no pongas esa carota de no sé qué”. Pulsó un par de veces más el botón disparando hacia el cielo y a la calle. “Luego me das estas fotos porque son mías” —adoptó a manera de juego una actitud seria y luego se rio libremente.
La lluvia no cesaba, lo que permitió a Romina preguntarme cómo se imprimían las imágenes que se guardaban en la cámara. Me confió que le gustaría ser fotógrafa para ir a retratar a la gente de su pueblo, a sus hermanos, sus montes, las fiestas, los animales, los huipiles que tejía su abuela. Sacó a colación lo de las almas que viajaban a cada país luego de que los turistas les tomaban fotos, por eso su mamá cobraba cada vez que le pedían ser retratada trabajando en el telar de cintura. Eso lo decía en tono de broma y festejaba mi cara de duda. Me pidió que le explicara nuevamente esa cosa de la transmigración que un día le platiqué a propósito de las aves que tanto le gustaban a ella, y su deseo de convertirse en un pájaro que volara por toda la Tierra.
—Según el budismo, el motor del universo no es un dios, sino la suma de los actos buenos o malos de cada uno de los hombres, y la reencarnación tendrá lugar en un sitio grato o ingrato, según haya sido el valor de lo realizado. Por lo cual esta religión afirma la eternidad e indestructibilidad de la materia elemental… los mundos se forman, se desarrollan, decaen y perecen eternamente para reconstruirse de nuevo, en semejanza con el alma —le enfaticé que, a partir de esta teoría, podía reencarnar en un animal de acuerdo a sus sentimientos, sus ideales y sus sueños.
Dubitativa, abrió grandes sus ojos de pestañas largas, su rostro moreno expresó un silencio de siglos. Extrajo de la bolsa de plástico, colocadas en un gancho con dos palos horizontales, las pulseritas y me las ofreció en venta porque tenía que llevar algunos pesos para la comida y con esta lluvia que no paraba. Me señaló dos pulseras que contenían tejidas, en morado y negro, una garza, y la otra un quetzal en rojo y blanco. Se las compré y se marchó bajo el agua que amainaba un poco no sin antes despedirnos en su lengua triqui, que ella misma me había enseñado:
—Agnia.
—Agnia, mete vada —me respondió sonriente.
Por alguna situación del azar que desconozco, a pesar de que he recorrido la ciudad por motivos de mi trabajo, no he vuelto a encontrarla. Hace años que el municipio removió al grupo de artesanos triquis que estaban situados atrás del exconvento de Santo Domingo y le he perdido la huella desde entonces. Recuerdo a Romina de la Luz encabezando una banda de pequeños triquis, entre vecinos, hermanos y primos, no mayores de 10 años, jugando en la explanada del templo dominico, acorralando a los turistas para ofrecerles sus mercancías tejidas, saludándome al verme y pidiéndome les disparara un chesco y unos churrumais.
Me describió su pueblo entre montañas, la tristeza de sus mujeres, el hambre y la violencia que las obliga a salir, a su abuela a la que visitaban tres veces al año: entre marzo y abril, durante el carnaval previo a Semana Santa, donde con la danza de los Chilolos recorren el pueblo, acompañados por la tambora, celebración que dura ocho días. En el mes de diciembre para las fiestas navideñas y en junio, los festejos del pueblo: San Juan Copala. Habitaban aquí, en la ciudad, en la Panorámica del Fortín donde compartían entre todos reducidos cuartos. Casa en triqui se dice be á y pueblo, khuma à, muertos, cha án o snan. Me pregunté si Romina sabría que en los años setenta a la primera organización independiente triqui (CLUB) que buscaba la autonomía, la aniquilaron en una terrible matanza —a niños, mujeres, ancianos, hombres— los gobiernos federal y estatal. A lo largo del tiempo los pueblos triquis han sido rehenes y víctimas de oscuros intereses políticos.
Ensayé en varias ocasiones con ella, sentados al borde de una jardinera del atrio, la pronunciación de las demás palabras que me enseñó. Apenas las recuerdo: kusta guía, buenos días; mete vada, buenas tardes: kusta tinuha, buenas noches; na á, agua; shní oha, niña; chaná a, mujer…
Mañana saldré a San Juan Copala, a realizar un fotorreportaje sobre las comunicadoras triquis asesinadas y su radio comunitaria. Aún tengo las fotografías de Romina de la Luz que nunca le di: en una de ellas, está brincando dentro de un charco con una sonrisa traviesa y el cabello escurrido, en otra aparezco yo con un gesto de asombro. Una más está desenfocada, mostrando el agua que corre por el suelo como una turbulencia, la última es una excelente toma: la lluvia contrastada nítidamente en el fondo gris oscuro del cielo, y en un tercer plano el remate de una cúpula del templo, donde está enhiesta una cruz con su veleta a la mitad del palo más largo. Guardo la esperanza de tropezarme un día con ella, imagino lo guapa que se habrá puesto ahora ya de joven, y seguramente va camino a convertirse en un ave, tal como lo deseaba, con ese espíritu de libertad y rebeldía para cambiar su triste destino. Me quiero hacer a la idea de que ella, junto con quienes han sido sacrificadas, encabezará una parvada de mujeres triquis elevándose por sus montañas, con sus huipiles coloridos, arrancándole a la tierra sus sueños.
Reviso en Internet y encuentro la frase de un spot grabado para Radio Copala por Felícitas y Teresa, antes de que las balas de un “cuerno de chivo” disparado por un sicario les cortara la vida: “Algunas personas piensan que somos muy jóvenes para saber… deberían saber que somos muy jóvenes para morir”. Me siento inútil accionando una cámara cuando sé que de nada sirve ante la embestida de la tragedia cotidiana, relamiendo siempre sus colmillos de la infamia. Imagino de pronto, que los telares de cintura de las mujeres triquis, en todas las plazas y rincones, tejerán sus alas, y unas muy grandes serán las de Romina.
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La triste historia de los ávidos inquilinos y su casera sicaria

Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
El 1 de abril de este año, en el municipio de Chalco, Estado de México, Carlota Alfaro Quintana, de 73 años de edad, privó de la vida con disparos de pistola a Esaú Márquez Cortillo, de 51 años, y a su hijo Justin Márquez Torres, de 19 años. Carlota los acusó de haber invadido una vivienda perteneciente a su familia en la calle Hacienda La Labor, de la Unidad Habitacional Ex Hacienda Guadalupe, en el poblado La Candelaria Tlapala, en Chalco.
Daniela Reyes, nuera del señor Esaú y cuñada del joven Justin, grabó a Carlota Alfaro, junto con sus hijos Eduardo y Mariana Santana Alfaro, llegando en un automóvil de color gris a la entrada de la vivienda que ocupaban los Márquez. Enseguida, Carlota y Eduardo sacaron sendas pistolas para disparar contra Esaú, Justin, una mujer y otro joven, al cual hirieron en ambas piernas.
Justin, alcanzado en la cabeza por el disparo de Carlota, murió casi enseguida, en el porche del domicilio. Esaú, herido por los disparos de la mujer, al ver que otros miembros de su familia intentaban desarmarla, avanzó hacia ella para detenerla, pero fue derribado al recibir otra bala, disparada por Eduardo Santana Alfaro. Seis impactos más de bala en paredes y ventanas de la casa evocan el trágico reclamo.
El señor Márquez Cortillo, de 51 años de edad, falleció más tarde en un hospital a causa de las heridas que le infligieron Carlota Alfaro y su hijo Eduardo Santana.
En cuanto el señor Márquez y el adolescente herido en las piernas quedaron tirados en la calle, Carlota y sus hijos huyeron a esconderse en uno de sus domicilios, ubicado en la calle Rancho El Olivo de la colonia Rancho San Miguel, municipio de San Vicente Chicoloapan.
Capturados, Carlota Alfaro y sus hijos Eduardo y Mariana Santana Alfaro fueron detenidos en el Centro de Justicia de Ixtapaluca, perteneciente a la Fiscalía General de Justicia del Estado de México. Legalmente acusados del doble homicidio, Carlota y sus hijos quedaron luego presos en el Centro Penitenciario y de Reinserción Social de Chalco.
El 4 de abril, el agente del Ministerio Público asignado al caso dio a conocer ante la jueza del penal y los tres detenidos que “el día de los hechos Mariana e increpó a los Márquez: ‘Si no salieron por las buenas, será por las malas’. En el momento en que su madre y su hermano salieron de su vehículo con armas de fuego, Mariana le ordenó a Carlota asesinar a las víctimas: ‘¡Mátalos, mamá, párteles su madre!’. Mariana también ordenó a su hermano Eduardo dispararle al menor de edad”, al que dejaron herido en las piernas.
Mientras se mostraba en redes sociales el doble asesinato, se difundieron todo tipo de falsos informes por las mismas vías, al grado de que en los medios masivos de información, al cubrir el doble crimen, los locutores trataron a Carlota de “abuelita justiciera” pues “mató para recuperar una vivienda de que la habían despojado”.
Numerosas personas aplaudieron en redes sociales (y siguen haciéndolo) la violenta acción de Carlota Alfaro y sus hijos Eduardo y Mariana. Sin importar que se refieran a Carlota como “abuelita sicaria”, sus apologistas festejan la “reapropiación del patrimonio”.
No tardó en difundirse que Carlota Alfaro es madre del ex diputado perredista Arturo Santana Alfaro, detenido en 2019 en Iztapalapa, en la Ciudad de México, por portación ilegal y disparos de arma de fuego. Se dio a conocer que Eduardo, hijo de Carlota y hermano del ex legislador, fue diputado suplente y asesor legal del ahora extinto Partido de la Revolución Democrática. Toda la familia Santana Alfaro tiene antecedentes de violencia —denuncian vecinos— al amparo de sus nexos con el PRD, del cual Arturo ha sido consejero nacional.
Los violentos antecedentes evidencian que Carlota Alfaro y sus hijos, aprovechando sus nexos con políticos, tuercen la ley y cometen crímenes con impunidad.
Por otra parte, también se difundieron informes sobre la pertenencia de los fallecidos a una agrupación de invasores de viviendas que opera con protección de la banda criminal apodada La Chokiza, amparada por el Sindicato 22 de Octubre, al que a su vez apoya el cártel de La Familia Michoacana.
Es decir, tanto los agresores como los victimarios se desprenden de grupos violentos al amparo de partidos políticos, sindicatos amafiados y grupos de la delincuencia organizada. Al parecer, no hay personas inocentes en este conflicto que condujo al asesinato de dos personas por parte de una adulta mayor, cuyos familiares son representantes de un partido político tan podrido que, aunque desapareció, continúa ejerciendo una nociva influencia en la sociedad mexicana.
Desde que se difundió el video del ataque a la familia Márquez, hubo quien intentó disculpar la conducta de Carlota Alfaro Quintana con base en el alegado despojo de la vivienda de su hija Mariana, quien presentó ante el Ministerio Público una denuncia por despojo el 27 de marzo sin aportar títulos de propiedad.
La propia señora Carlota acudió con policías al predio para reclamarlo, pero al no presentar sus títulos, tuvo que retirarse, no sin antes amenazar a la familia Márquez, según atestiguó Daniela Reyes, quien después grabaría el video del asesinato de sus familiares.
En el video se puede ver a Carlota Alfaro Quintana bajándose de su automóvil gris, pistola en mano, dirigiéndose contra Esaú Márquez. Desde el inicio de la grabación, la mujer demuestra total determinación al dirigir el arma y disparar contra el hombre al que acusó de invasión del predio. Ya herido Esaú, su ejecutora tampoco vaciló en disparar al joven Justin, quien intentó proteger a una mujer que acudió a abrazar a su padre. En el acto, el muchacho recibió un tiro en la cabeza.
El gesto de Carlota al disparar tiene perturbadora similitud con el que asumía Isabel Miranda de Wallace cuando acusó falsamente de haber asesinado a su hijo a varias personas a quienes encarceló e hizo torturar. El mismo gesto imperturbable mostró la violenta ex alcaldesa Sandra Cuevas Nieves cuando la atraparon con propaganda negra en sus oficinas y espetó: “¡Ya saben que a nosotros no nos tiembla nada, ni nos da miedo nadie! ¡¿Quién nos da miedo?! ¡¿A quién le vamos a partir su madre?!” La misma frase que empleó Mariana Santana Alfaro para ordenar la ejecución de Esaú y Justin Márquez.
Que mujeres como Alfaro Quintana, Miranda de Wallace y Cuevas Nieves demostrasen ferocidad en ataques contra sus víctimas no asombra; era parte de su estrategia para atemorizar a quien les hiciese frente. Que la población irreflexiva aplauda sus agresiones y abusos en México es lo preocupante, pues evidencia a una parte de la sociedad asumiendo la violencia como recurso para obtener “justicia”. Aplaudir la venganza como medio para alcanzar objetivos nos conduce a un descenso en el mal que debiéramos combatir.
El hartazgo ante la impunidad de que gozan delincuentes, criminales y sociópatas lleva a muchas personas a ver la venganza como medio para alcanzar “justicia”. Debiéramos mirar —en el espejo de la demencial sociedad estadounidense— que la venganza “justiciera” sólo ha llevado a crímenes colectivos contra víctimas injustamente inculpadas. No hay “abuelitas sicarias”. Hay sicarias, a secas, y a las que tienen familiares o amistades en el poder, las solapa la podredumbre de los partidos políticos.
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Alrededor de la hoguera

TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
El lenguaje se originó estando los seres humanos sentados en torno al fuego de una hoguera. Aquel que se recogió en la sabana africana desde troncos encendidos por los incendios del rayo y permitió a los hombres comenzar a ingerir proteínas y grasas animales cocidas, obteniendo con ello las dosis de energía necesaria para el sorpresivo aumento de la capacidad craneal que ocurriría: de 400 centímetros cúbicos del chimpancé a 1,300 del Homo sapiens, una mutación extraordinaria en la historia de la evolución natural.
Los grupos recolectores, cuyos miembros suelen ser más independientes al buscar comida, dieron paso a ancestros necesariamente sociables que requerían una cooperación más estrecha para cazar. Pequeños cambios que conducen a las grandes transformaciones. Entre ellos la edificación de lugares de cita comunal y moradas que las nuevas costumbres requerían. Y hogueras nocturnas que protegieran y congregaran al grupo gracias al control del fuego, ese bien prometeico, primer dominio de la energía que fundó lo humano y dio lugar al lenguaje.
De acuerdo al biólogo evolutivo Edward O. Wilson el lenguaje es la sustancia del pensamiento inteligente y la forma más elevada de comunicación. Consta de una combinación casi infinita de palabras que son traducibles en símbolos, de voces que confieren significado y nombre a los seres y las cosas. A las ideas y abstracciones. Es la base de la sociedad, desde la más simple a la más compleja. El lenguaje no es solamente una creación de la humanidad sino que es la humanidad.
Y su milagro surge alrededor de una hoguera, la cual une al grupo desde el atardecer hasta la noche. Las interacciones sociales se dan entonces para contar historias, reforzar alianzas y ajustar cuentas, pues el fuego crea un “santuario de luz” que aleja a los depredadores que merodean ocultos en la oscuridad. Ahí sucede, hace mil milenios, el nacimiento de las humanidades: a la luz nocturna de una hoguera en los primeros campamentos de la humanidad.
Peter Sloterdijk ha escrito que la sociedad más antigua es una bola mágica, pequeña y parlanchina. En ella sus miembros socializan en una continuidad psicoacústica circular, forma que adoptan todos quienes se sientan alrededor de una fogata. Le llama “gramática de la pertenencia mutua” y la describe como el escucharse juntos, el arte más antiguo que se conoce, el arte de hacer seres humanos.
¿De qué se habla en las hogueras primordiales? De los muertos inolvidables, de los ancestros, del sentimiento de lo trágico, del misterio del mundo y del más allá, de las bromas y los aconteceres del día, de los chismes de la jornada, las transgresiones a las normas del grupo, de lo comprensible y lo misterioso, asuntos de interés común. Las tres rutas neuronales que se activan al socializar con el lenguaje e interactuar con los demás, la mentalización (lo que dice el otro que se imagina), la empatía (ponerse en lugar del otro) y la representación (experimentar en cierto grado lo que el otro siente), construyen la esencia humana. Todo lo que será allí comienza.
En torno de la hoguera los seres humanos se hacen preguntas metafísicas, indagan sobre el poder, la procreación y el sexo. Conversan de enemigos, de espíritus y seres oscuros, de sueños, alegrías y tristezas. Como la horda primordial vive una economía de la escasez y de tanto en tanto debe sacrificar a nuevos miembros que al nacer ponen en peligro la sobrevivencia del grupo, esas noches iluminadas con la oscuridad a la espalda el lenguaje va haciéndose a sí mismo para que la gente narre sus sentimientos de dolor, sus fantasías, sus ideas, sus desgarrados recuerdos. Surge el sentimiento de lo trágico y aparecen las palabras, se desarrollan las conjugaciones, los tiempos verbales, se establecen las personas gramaticales. El lenguaje hace, dice, explica y construye.
El lenguaje adviene, como si una divinidad lo hubiera entregado en germen a los seres humanos y fuera un atributo instintivo de ellos, un don genético que a la vez se convierte en cultural. La mentalización, la empatía y la representación que el lenguaje activa en la conciencia desarrollan una virtud sin la cual toda sociedad sería imposible: la consideración hacia los demás. Corresponderse significa pertenecer al mismo grupo, imaginarse mutuamente, preverse también. Esa gramática de la pertenencia mutua fundará el arte más viejo que se conoce: hacer seres humanos.
Cuestiones de vida y muerte se conocieron delante del fuego hipnótico. Ahora, cuando nos acercamos a desenlaces llenos de incertidumbre, todo regreso al origen es necesario: originalidad. Sloterdijk llama a esto hiperpolítica, una habilidad necesaria para nuestra época sin síntesis. Se trata de construir una tercera ilustración o tercera cultura que mezcle los saberes científicos y humanísticos. Diversos pensadores lo definen como un nuevo pensamiento filosófico que debe ir más allá del antropocentrismo limitante de las humanidades, así como de la insensibilidad científica y su chato materialismo mecánico.
Nuevas disciplinas emergentes surgen y la poesía se expande al conocer la biología molecular o la arquitectura profunda del cuerpo humano. La ciencia, buscando la naturaleza de la conciencia y su origen rebasa fronteras que tocan lo no visible. Eso habrá comenzado con la fascinación del fuego, su condición de santuario de luz, de metamorfosis. Con las llamas domesticadas que dieron sitio al lenguaje y a aquello que seguiría después. A este mismo texto y al lector que lo lee.
Todo es lenguaje, todo está en el lenguaje. Hasta el imposible enunciado de Dios como el completamente Otro. Si Dios expresa el Ser en el Ser, nosotros expresamos o negamos a Dios verbalmente. Por eso Él dijo: “Hágase la luz”.
