Morfema Cero

  • De los trazos y las fugitivas voces

    De los trazos y las fugitivas voces

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Afirma Etiemble en su libro La escritura que “pese a que los hombres nacen y mueren desde hace, por lo menos, un millón de años, sólo comenzaron a escribir hace unos seis mil”. Jugando un irónico juego acaso indispensable, este grafógrafo hace la crítica de la escritura escribiendo sobre ella misma, y aunque se duele de las culpas que se le adjudican —dos principales: desalentó a los seres humanos para cultivar su memoria y favoreció desde entonces la difusión de las mentiras oficiales provenientes del poder en todas sus formas: religiosas, políticas, económicas, sociales—, también recuerda sus virtudes esenciales mediante un texto de Paul-Louis Courier fechado en 1820:

           “Cuando un fenicio (que fue, imagino, algún artesano sin título ni alcurnia) hubo enseñado a los hombres a pintar la palabra y fijar, con algunos trazos, las fugitivas voces, entonces comenzaron las vagas inquietudes de quienes se agotaban trabajando para otro y, al mismo tiempo, la devoción monárquica de quienes querían a toda costa que trabajaran para ellos. Las primeras palabras escritas fueron libertad, ley, derecho, equidad, razón; y, desde entonces, se vio muy claro que tan ingenioso arte tendía directamente a socavar las prebendas y los privilegios. De aquella época parten los temores de los acomodados y los cortesanos”.

           Etiemble se pregunta si la escritura es un bien o es un mal. Abrumado (“aplastado”) por la masa de textos existentes en las grandes bibliotecas, tranquilizado a medias por aquellos pronósticos que aseguran que la escritura, con sus alfabetos e ideogramas, está agonizando en nuestra era audiovisual, maldiciendo a veces ese arte que multiplica los embustes ideológicos y somete a las personas, de todos modos escribe acerca de la escritura, gozando así con ella y al mismo tiempo penando en medio de su autorreferencialidad.

           “¿Cómo no inquietarme —argumenta—, por poco que recuerde un pasaje de Tristes Tropiques (el indio analfabeto pero inteligente que finge saber leer para esclavizar a quienes, hasta entonces, trataba como iguales) al pertenecer a una civilización en la que la escritura se convierte en la lengua de Esopo: la peor y la mejor de las cosas?”

           Entonces recorre algunos de los supuestos conocidos sobre el origen de la escritura, el cual, lo mismo que el del lenguaje, “no aporta consigo ninguna solución suficiente” (Vendryès): a) que la escritura sólo pudo aparecer entre los pueblos de agricultores y ganaderos para llevar un registro de sus campos, rebaños, ingresos y gastos (De Gébelin); b) que comenzó como un instrumento de gobierno y administración, conforme a un texto chino antiguo que dice: “los hombres santos de antiquísimos tiempos anudaron cuerdecitas (escribieron) con el fin de gobernar” (Wieger); c) que fue un medio original para comunicarse con los dioses (Gernet); d) que su invención, como todos los grandes descubrimientos, sólo se produjo una vez sobre el planeta y de ahí se extendió a todas partes (Bottéro).

           Refiriéndose al indudable prestigio de los caracteres escritos y a la profunda reverencia que provocan —el “respeto supersticioso por la cosa escrita”—, Etiemble argumenta que no puede (no debe) sorprendernos que los egipcios viesen en su dios Thot al padre de la escritura, que los cretenses atribuyeran a Zeus la suya o los judíos a Yahvé, y que los japoneses hablen de una escritura primordial recibida por gracia metafísica de la divinidad: “Es maravilloso constatar cómo, muchos miles de años después de la invención de los caracteres, permanece el convencimiento de las virtudes mágicas de no importa qué alfabeto”.

           La indagación en cuanto si los hombres han sabido leer antes que aprender a escribir es resuelta por Etiemble de modo abarcante: los primeros signos leídos fueron las huellas, los rastros dejados tanto por los animales como por los pies de los seres humanos, rúbrica fundacional de la especie recordada en las antiguas grafías chinas que contienen la cita de una ofrenda hecha a la huella del pie de los antepasados.

           Antes de que la escritura surja como aquella “pintura de la voz” descrita por Voltaire, su canto representado, comenzará con imágenes concretas que darán lugar a la expresión de nociones abstractas, imágenes que luego valdrán mil palabras. Y toda degradación pública o individual será anunciada por una degradación proporcional en el lenguaje, sistema inmunológico del espíritu, su degradación en la escritura y su condición ineludible, la lectura.     

           El orgullo gremial dice que la forma más alta de la inteligencia es la escritura. Así entonces se corrige el Génesis: “Y Dios escribió: hágase la luz”. No importa el soporte para haberlo hecho: en el cosmos mismo, en un pizarrón celeste que apareció de pronto, en una pared babélica, es una hoja descomunal. Por eso Dios es Dios.

           Un documento antiguo representa a Thot extrayendo los caracteres de la escritura de la imagen de los dioses. De ahí su origen sagrado y su función visual como actividad divina. Las letras del alfabeto son los elementos que constituyen el cuerpo de Dios, según el esoterismo musulmán. Saravasti, diosa de la palabra y shakti de Brahma, es también la diosa del alfabeto. Y la guirnalda de las cincuenta letras que lleva Brahma, dios que produce todas las manifestación de lo existente, leída en el orden del alfabeto es anuloma, la evolución; en sentido inverso es viloma, la reintegración al origen.

           “No hay nada en el mundo”, advierte Abü Ya’qüb Sejestanï, “que no pueda ser considerado como una escritura”. El ritual del alfabeto griego y latino es empleado para la consagración de las iglesias católicas. Maestros como Patanjali o Bhartrihari consideran el estudio del lenguaje y de la gramática como un ejercicio de orden espiritual, como un verdadero yoga.

           En China la caligrafía supera en importancia a la pintura. Wang-Hschih, príncipe de la caligrafía china, escibió en el siglo IV sobre el arte de la escritura: “Cada trazo horizontal es una masa de nubes en formaciones guerreras, cada corchete un arco tensado con rara fuerza; cada punto una roca cayendo de una cima elevada; cada pico, un corchete de cobre; cada prolongamiento de línea un santuario venerable y cada trazo libre y suelto un corredor presto a saltar”.

           Las palabras, dirá el poeta Aben Jaldún, son los moldes en los cuales se introducen las ideas. Así escribo que me veo escribir que estoy escribiendo. Salvador Elizondo lo escribió años atrás y a su lado se sentó el espíritu. Dios es escritura.

  • Ngügï Wa Thion’go

    Ngügï Wa Thion’go

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    “¡Saludos, tierra mía! / ¡Saludos, monte Kenia! / ¡Saludos, tierra mía! / Por siempre provista de agua, alimentos y verdes campos! / ¡Saludo al esplendor de esta tierra! / ¡Saludo a estas cordilleras rodeadas de profundos lagos! / ¡Saludo a este collar de aguas celestes! / Un alto precio pagamos por esta tierra, redimida con sangre y lágrimas”. 

    En días pasados murió Ngūgī Wa Thion’go, el gran escritor de la literatura de Kenia, eterno candidato al Premio Nobel de Literatura. En su niñez estudió en Nairobi en una escuela anglicana escocesa, para luego continuar sus estudios en centros de enseñanza nacionalistas. Lector de Franz Fanon, hizo de su literatura un manifiesto contra el imperialismo y las injusticias. Publicó Niño, no llores, la primera novela en inglés de un autor del Africa negra. En 1977 fue encarcelado un año y, en servilletas, escribió su novela El diablo en la cruz, pero ya no en inglés, sino en gikuyu.

    La novela narra las desventuras de Wariinga, una hermosa mujer que aceptó la tentación de tener un amante rico, quien la botó al enterarse de que estaba embarazada, con el recurrido pretexto de que no sabía si era de él. Consigue trabajo como secretaria, pero el jefe la despide porque no le abre las piernas. Al borde del suicidio, conoce y se involucra con grupos nacionalistas antiextranjeros. La novela ocupa buena parte en describir, al mismo tiempo, el odio a la explotación extranjera y los tímidos intentos de los kenianos por crear una identidad y afirmarse en su cultura, para dejar de ser niños menores colonizados.

    En esos grupos Wariinga conoce a Gatuiria, un joven músico, hijo de un hombre rico, que renegó de su padre con dinero para construirse una identidad en la que el dinero no fuera importante (por eso estudió música). Ella encuentra en él un hombre bueno -al fin- y decide casarse con él. Ella procede a presentarlo con su familia y él, para seguir con el ritual, se la va a presentar al padre -al que no quiere-, quien propuso su mansión para la boda.

    Wariinga se arregla, deslumbrante: “Se había vestido al estilo gikuyu. Una pieza de tela marrón, un poco doblada en el borde superior, le pasaba bajo el brazo izquierdo y estaba anudada sobre su hombro derecho, recogida por dos broches en forma de flores, de manera que su hombro izquierdo quedaba al desnudo. La túnica era larga y le caía hasta los tobillos, cerrándose a lo largo de todo el costado derecho con broches. Alrededor de la cintura Wariinga se había atado un cinturón de punto de lana blanca, cuyos exremos le caían a lo largo de la túnica hasta los tobillos. Calzaba unas sandalias de piel de leopardo. Alrededor del cuello llevaba un collar de cuentas rojas, blancas y azules, que se posaba maravillosamente sobre sus pechos. Los pendientes eran de estilo Nyori. Su cabello estaba liso, suave y negro”.

    Al presentarle Gatuiria a su futura esposa a su padre, él pide que los dejen solos para conocer mejor a su futura nuera. El padre se ha dado cuenta de que se trata de Wariinga, la mujer que embarazó y botó, con la que tuvo una hija, convirtiéndola en madre soltera. Ella, por supuesto, lo reconoce también.

    El hombre le dice que ese matrimonio es imposible, que abandone a su hijo y… ¡qué se case con él! A fin de cuentas, ya la conoce como mujer, le dice. Ella lo ve con frialdad repugnante. Le pregunta qué pasaría con su hijo, y él le contesta que es joven y que seguramente se repondrá. Ella traía siempre en su bolsa un pequeño revólver.

           “–Lo hecho, hecho está -dice Wariinga-. No voy a salvarte. Pero voy a salvar a muchos otros cuya vida no se verá arruinada con palabras dulces y perfumadas.

    El viejo rico la interrumpió.

         –¡Sabía que estarías de acuerdo! ¡Querida mía, a la que tanto amo! ¡Mi pequeña fruta, mi naranjita, flor que alumbrará mi vejez!

    Continuó dejándose llevar por las palabras. No vio que Warringa abría el bolso. No vio que Wariinga sacaba la pistola.

         –¡Mírame! -ordenó Wariinga con voz de juez.

    Cuando el padre de Gatuiria vio la pistola, sus palabras cesaron de golpe”.

         Ella lo mata y sale de la habitación. “Wariinga siguió caminando sin volver una sola vez la vista atrás. Pero sabía con toda su alma que las luchas más duras de su vida estaban aún por venir…”

        El diablo en la cruz es una novela escrita hace casi cincuenta años, que debe mucho al naturalismo de las novelas en el siglo XIX. Ha envejecido y, sin embargo, sigue viva al mostrar la injusticia y las luchas de poder, no sólo entre colonizadores y kenianos, sino, también, la injusticia y las luchas de poder entre las mujeres y los hombres. ¡Larga vida a las letras de Ngūgī Wa Thion’go! No ganó el Premio Nobel, pero el mejor premio es que lo sigamos leyendo.

  • La ruta de las lágrimas

    La ruta de las lágrimas

    Culturas impopulares

    Jorge Pech Casanova

    Un camino de lágrimas: la frase suena sentimental pero atenúa trágicas historias de desalojo ilícito, de territorios robados, de destierro forzado, de pueblos originarios compelidos a desplazarse de sus tierras para ir a establecerse a un sitio lejano después de sobrevivir a marchas extenuantes, fatídicas. Si eso no configura un etnocidio, es al menos un crimen de lesa humanidad que agravia la memoria de los pueblos indígenas en Estados Unidos.

    Los pueblos Cheroqui, Chickasaw, Choctaw, Creek, Seminola, Quapaw, Osage e Illinois vivieron sin problemas hasta 1830 en sus territorios al este del río Mississippi, antes de que esa franja se convirtiese en parte de los Estados Unidos de América. El gobierno suscribió tratados y otros acuerdos para que esos pueblos viviesen en paz en sus tierras. No faltaban conflictos de indígenas con colonos, pero se arreglaban por ley; a veces, a tiros.

    Desde 1824, Thomas Jefferson había propuesto que los pueblos indios del este se reubicasen voluntariamente en nuevos territorios. Consiguió que algunas comunidades se trasladaran al oeste con la ley que se aprobó ese año. Así es como hemos llegado a asociar con el Far West las bandadas de pieles rojas que atacan sin tregua a afanosos colonizadores. Ni indígenas ni emigrantes europeos tendrían que haber estado presentes en esos lugares, pero el gobierno del país puso a ambos grupos en pugna al destinarlos a las mismas comarcas.

    Los presidentes Washington, Adams, Jefferson y Madison se esforzaron en balancear las relaciones de colonos con indígenas. Pero Andrew Jackson, recluta en la guerra contra los Creek de 1813 a 1814, llegó a la presidencia en 1828 con la determinación de abrir el este a los blancos. Dado que el gobierno estadounidense compró Luisiana y se halló oro en tierras indias, Jackson determinó que era imposible proteger a los pueblos originarios del avance incontenible de colonos hacia el este.

    El jefe cheroqui Kah-nung-da-tla-geh, conocido por los blancos como Cresta Mayor, era un indígena acoplado a usos extranjeros que ideó crear una nueva nación para su gente. Idea similar movió a John Ross, otro jefe tribal, y entre ambos promovieron en 1825 la creación en Georgia de su capital, Nueva Echota. Adaptaron la Carta Magna estadounidense para regir al Consejo Nacional Cheroqui, apelando al derecho constitucional de que “todos los hombres son creados iguales”.

    Otros pueblos indios en desacuerdo con Cresta Mayor y Ross decidieron desde 1820 establecerse en lo que ahora es el noroeste de Arkansas, que no existía como estado. Esos pueblos temían perder sus costumbres y su religión al asimilarse como lo habían hecho los seguidores de Cresta y Ross. Mientras tanto, los colonos blancos no respetaban tratado alguno: entraban a territorio cheroqui para apoderarse de cada vez mayores extensiones.

    Al fin, en 1836, Jackson y su Congreso formularon el Tratado de Nueva Echota para obligar a los pueblos indios a desterrarse por cinco millones de dólares y nuevas tierras en Territorio Indio. Con esta medida el gobierno “ganó” partes de Carolina del Norte, Tennesse, Georgia y Alabama, al enviar a sus pobladores ancestrales al que sería el estado de Oklahoma.

    Entre las primeras en partir estuvo la tribu del jefe Serpiente Andante, anciano de cabellos blancos que encabezó la marcha en su pony, seguido por jóvenes jinetes y carretas caravaneras. Al alejarse un soleado día, escucharon un ruido como de truenos al oeste. Después dijeron que aquel estruendo fue un mal augurio.

    Las caravanas siguieron dos rutas principales: una iría por vía acuática, aprovechando los navíos que surcaban el Mississippi y prometían un traslado cómodo. Al terminar 1838, los desterrados se embarcaron y, tras cruzar Missouri y Kentucky, fueron depositados en el puerto de Golconda. Era invierno. Tuvieron que hacer el resto del viaje en la nieve, sin provisiones ni calzado. En el tramo murieron de frío, enfermedad y hambre la mayoría de las ancianas, los ancianos, los niños. Alrededor de cuatro mil indígenas tuvieron por tumba la nieve.

    Al saber del tortuoso destino de la primera caravana, otras tribus cruzaron el camino de más de mil millas a pie. No les fue mejor que a sus predecesores, porque el gobierno no les proveía provisiones, si bien los demoraba en campos de concentración a lo largo de la ruta, donde había puestos militares. Ahí, los soldados trataban a los desterrados como prisioneros. Contribuían así a exterminar por hambre o enfermedad a los exhaustos indígenas.

    De sesenta mil a cien mil pobladores originarios marcharon por esa ruta de privaciones, dolor y muerte para establecerse en el Territorio Indio. Iban a pasar más de diez años en tristísima emigración forzada, caravana tras caravana.

    Los cheroquis desde el primer traslado acumularon iras y rencores contra Cresta Mayor y sus descendientes, John Ridge y Elias Boudinot, considerados traidores porque los convencieron de marchar. Cresta, John y Elías establecieron una plantación en el nuevo territorio, en el arroyo Miel. Ahí llegó a asesinarlos en 1839 un grupo cheroqui enemigo.

    John Ross prevaleció como líder indio cuando la Ruta de Lágrimas se convirtió en un amargo recuerdo. No le incomodaba que lo llamasen exterminador de los Ridge, porque habían contendido por la jefatura cheroqui desde que fundaron Nueva Echota. Al establecerse en la reservación que después sería Oklahoma, redactó una nueva constitución para las tribus cheroquis, como lo había hecho antes, cuando se alió con Cresta Mayor. Murió en su lecho en 1866.

    Ahora los Estados Unidos preservan la Ruta Nacional Histórica llamada de Las Lágrimas, para conmemorar la limpieza étnica que sobrellevaron los pueblos Cheroquis, Chickasaw, Choctaw, Creek, Seminola, Quapaw, Osage e Illinois. Arqueólogos van marcando el infame sendero para que no se pierda el rastro de aquellas comunidades expulsadas y sometidas a seguir uno de los trayectos más letales de que se tenga noticia en América. El gobierno nunca les pagó a los sobrevivientes los cinco millones de dólares ofrecidos por la emigración.

    Con el tiempo, los descendientes de los nativos enviados a padecer en la Ruta de las Lágrimas han comenzado a recordar cómo sus antepasados se establecieron en los territorios que nadie quería poblar. Al final de la mortífera “conquista del oeste”, no pocos pobladores de sangre indígena se sumaron a las leyendas criminales del Far West. La familia del bandolero Henry Starr fue parte de esas fabulaciones delictivas. 

    Sobrino o pariente de la bandolera Belle Starr, Henry Starr se hizo famoso como asaltabancos a finales del siglo XIX y principios del XX. Llegó a interpretarse a sí mismo en la película El forajido (The Outlaw). Cuando estaba por establecerse como estrella del cine silente, el bandolero de ascendencia cheroqui decidió cometer el primer asalto en automóvil a un banco. El atraco salió mal, Starr recibió dos tiros y murió en la cárcel en 1922, sin honrar a sus antepasados que ochenta años antes sobrevivieron a la Ruta de Lágrimas. 

  • La vida simple

    La vida simple

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Durante muchos años, casi veinte, busqué ese libro sin encontrarlo. Ciertos textos hay que cuando se buscan no se encuentran, para tiempo después aparecer inesperadamente. Así van ordenándose las piezas de un extraño rompecabezas.

              Fue de llamar la atención el inesperado mensajero que lo trajo. Por varios días un hombre me estuvo buscando con la intención de venderme cuatro discos de computadora grabados con centenas de libros. No me interesó la oferta pero el hombre fue tenaz y al fin acepté que me mostrara el índice.

              Vi de reojo que había obras de Caridad Bravo Adams, de Og Mandino y de Edgar Rice Burroughs, corroborando así mi escéptico desinterés desde el comienzo del trato. Estaba a punto de decirle que no, cuando un nombre y varios de sus títulos saltaron ante mi mirada: Ananda K. Coomaraswamy. Luego busqué a René Guénon.

              Con cierta ansiedad seguí el índice alfabético para llegar a la La vida simple de René Guénon escrita por Paul Charconac, una de las dos o tres semblanzas biográficas existentes sobre ese autor que ahí venía consignada. Acepté comprarle los discos con la condición de que me trajera impreso ese texto que sólo conocía por citas.

              Volvió muy pronto, me lo entregó junto con los discos y yo le pagué más de lo que me había pedido. Sentí una comedida voluptuosidad —epifanías intelectuales— pues tenía en las manos la historia ordenada y completa de un hombre extraordinario, como lo llama el mismo biógrafo, al cual es imposible definir o clasificar.

              “Aunque no fue un orientalista —explica Chacornac—, nadie mejor que él conocía el Oriente. No fue un historiador de las religiones, aunque supo, más que nadie, hacer salir a la luz el fondo que todas tienen en común y las diferencias de sus perspectivas. Tampoco fue un sociólogo, aunque nadie analizó con más profundidad las causas y los males que padece la sociedad moderna. […] No fue un poeta, aunque un adversario suyo reconoció que su obra era como un encantamiento capaz de satisfacer la imaginación más exigente. No fue un ocultista, aunque abordara temas que antes de él se englobaban bajo la denominación de ocultismo. Y sobre todo no era un filósofo, a pesar de haber enseñado filosofía y haber sabido demostrar la inanidad de los sistemas filosóficos cuando se los encontró en el camino”.

              Y este hombre extraordinario fue durante toda su vida un hombre casi anónimo, no un héroe público sino un santo secreto, alrededor del cual se construyó una conspiración del silencio. Aunque desde que apareció su obra suscitó la admiración y la adhesión fervientes de un puñado de lectores repartidos en todo el mundo, éstos nunca alcanzaron el millar. Pero a su muerte, el 9 de enero de 1951, la persona y la obra de Guénon hicieron una brusca salida a la escena pública, situación que llevó a Charconac a escribir su pequeño y esclarecedor libro para contar la vida de quien, según el testimonio de su amigo González Truc, “era uno de esos seres infinitamente raros que jamás dicen yo”.

           René Guénon nació en la ciudad francesa de Blois el 15 de noviembre de 1886. Muy rápidamente se distinguió como un aventajado alumno de filosofía y matemáticas, entre otras materias, y a los 18 años se instaló en París, en el austero tercer piso de un edificio donde viviría 25 años hasta su partida definitiva a Egipto, cuando cambiaría de nombre —habiéndose convertido años atrás al islam— para tomar el de Abdel Wahed Yahia, con el que moriría en El Cairo sin haber vuelto nunca a Europa.

            La parte más enigmática de esa vida simple y discreta, hasta oscura, consiste en la forma mediante la cual René Guénon obtuvo los profundos conocimientos, entonces desconocidos en Occidente, que entre los 23 y 26 años, y luego hasta el fin de sus días y aun póstumamente, transmitió con rigor y precisión inusuales para ese pequeño grupo de devotos y asombrados lectores.

            Es conocido que René Guénon no estudió las doctrinas y lenguas orientales de manera libresca, sino que fue iniciado y educado en ellas de forma directa por maestros hindúes, maestros taoístas y maestros islámicos, de los cuales se sabe lo suficiente para poder afirmarlo sin ninguna duda. Y queda la erudición de Guénon, su vasta sabiduría, sus inclasificables alcances, como una rotunda constancia de que dicho proceso, absolutamente único en Occidente desde hace siglos, así ocurrió.

            No puede glosarse aquello que debe conocerse sólo en la fuente que le da origen. Así que el maestro intelectual (y espiritual) más importante para la civilización occidental desde el fin de la Edad Media hasta nuestros días fue un hombre de existencia discreta y entorno frugal, atento, silencioso y reservado, cuya cortesía y bondad fueron descritas como metafísicas.

            “Aquí por fin —escribió un lector entonces, aludiendo a la obra de Guénon donde fustiga y condena las idolatrías de la modernidad: el progreso, la ciencia, el individualismo, el reino de la cantidad predominante—, lo temporal está medido, contado y pesado con medidas eternas y se lo ha encontrado demasiado ligero”.

           Guénon afirmó la supremacía absoluta del espíritu sobre la materia y, a nivel social y político, de lo divino y lo universal sobre lo humano y lo individual. El mal moderno, comenta uno de sus estudiosos, está en el individualismo que rechaza todo aquello que puede ser superior al hombre: “El espíritu moderno, al hacer que lo temporal sea independiente de lo espiritual, hace que lo temporal pierda su legitimidad”.

           El proceso paulatino de materialización progresiva y descendente que define la visión histórica cíclica de la tradición perenne que Guénon comparte (la etapa actual es su fase última y más baja, Kali yuga, la “edad oscura” porque es la del oscurecimiento de las verdades principiales), se caracteriza por una gradual pero incesante pérdida de la intelectualidad y la espiritualidad, que son sustituidas por una filosofía humanista limitada a la razón instrumental y por una mentalidad estrecha dedicada al estudio empírico de los hechos sensibles y a la búsqueda de un progreso puramente material del hombre y sus necesidades más inferiores. Para Guénon, una vida que tiene por fin el placer es subhumana.

           Como dirá Luc Benoist sobre este geógrafo de los territorios desconocidos, antes del cual el infinito comenzaba a cinco metros, su tarea ha sido inmensa, pues nos ha hecho tocar en espíritu los límites de la historia y la geografía, nos ha hecho sentir nuestros propios límites, y nos ha revelado la jerarquía de los mundos invisibles, de los infiernos y los cielos, que no están más allá sino aquí, que no son lugares sino estados.

           Guénon, escribe, ha hecho comprender esto y más “por su crítica del individualismo, restituyendo a la personalidad y al Sí-mismo (Soi), como dicen los hindúes, el papel que el individuo había ideológicamente usurpado”.

           Ahora caigo en la cuenta de que el modesto mensajero que llegó a mí nunca empleó el pronombre personal “yo” durante los episodios de nuestro trato. Parecería una costumbre natural entre aquellos quienes van hacia la realización espiritual, así sea entregando un libro a su inadvertido destinatario casi veinte años después de que sin saberlo éste lo ha encargado.

              Ese misterio tremendo que llamamos realidad.

  • El destino y el laberinto en la novela Péguese mi lengua

    El destino y el laberinto en la novela Péguese mi lengua

    Colaboraciones

    Blanca Luz Pulido

    Sumergirse en más reciente novela de Fernando Solana Olivares, Péguese mi lengua (El Tapiz del Unicornio, México, 2025), es emprender un viaje que son muchos; asomarse a una etapa, por decir lo menos, compleja, de la historia de un país que es este pero al mismo tiempo no lo es, ya que estaba todavía formándose, construyéndose. Pocas décadas habían transcurrido después de la Independencia, y un cúmulo de problemas, inestabilidades, desacuerdos, rebeliones, descontentos, se fraguaban. Difícil, osada tarea la de Solana, la de elegir como tema de su novela acontecimientos históricos tan convulsos, en donde participaron no sólo personas de México, sino también de Estados Unidos, de Francia, de Bélgica, de Austria, en la compleja etapa postindependentista de nuestro país. Años más o menos, la época (o épocas) que, con diferentes ritmos, personajes y cadencias, se despliega en estas páginas, abarca desde (más o menos) 1844, hasta 1867, y más, hasta 1921, fecha de la muerte de su protagonista principal: Concepción Lombardo de Miramón.

    Se podría decir que han corrido ya mares de tinta sobre esta época del país, desde historiográficos hasta novelescos, el último de los cuales lo encontramos en la saga de Fernando del Paso, Noticias del Imperio. Sin embargo, nada tiene que ver Péguese mi lengua con todo lo que hayamos leído antes sobre el tema: no es una crónica escueta de hechos, ni una novela histórica que resulte un trampolín para un subtexto ideológico o político. No. Lo que se urde, se teje en estas páginas es algo más complejo y sutil, y se relaciona de manera estrecha con algo que el lector no descubre sino hasta llegar prácticamente al final del relato: que, en medio de los tiempos y destiempos, las escaramuzas políticas, las ingenuidades y las soberbias, el derramamiento de sangre y las traiciones transnacionales que corrieron raudas o se ocultaron taimadas en las décadas de los sucesos comprendidos en este libro, lo que subyace como su núcleo y motor es una fiera, una honda, accidentada historia de amor.

             Alrededor de lo que pasa entre Miguel Miramón (Miguel Gregorio de la Luz Atenógenes Miramón y Tarelo) y Concha (Concepción Lombardo de Miramón), cuyas memorias, años después, se convertirían en la base de este libro, hay, obviamente, muchos otros personajes que bullen en Péguese mi lengua, unos conocidos y otros no tanto, algunos reales y otros producto de la fantasía del autor; nombro en desorden: Benito Juárez, Carlota de Bélgica, Maximiliano de Habsburgo, Tomás Mejía, Agustín Fischer –secretario de Maximiliano–, Miguel Covarrubias, tenedor de libros y escribiente; Benjamín González, maestro y ex seminarista; la condesa Constanza Lemus –dama de honor de Carlota–, los responsables de gestar la intriga para que vinieran a México los futuros (y malhadados) emperadores, a saber: José María Gutiérrez de Estrada; José Manuel Hidalgo y Juan Nepomuceno Almonte; el rey Napoleón III; el padre jesuita Fischer, secretario de Maximiliano; Leonardo Márquez –el infame Tigre de Tacubaya–; Isabel Escofedo Alférez, amante de Maximiliano; Miguel López, el que entregó (junto con otros más) a Maximilano, Miramón y Mejía, en la última batalla del episodio del Segundo Imperio Mexicano; Vicente Riva Palacio, autor de la letra de la famosa canción “Adiós mamá Carlota”… y más que omito por no hacer esta enumeración aún más prolija.

             Como afirma Pura López Colomé en el prólogo del libro, Fernando es “dueño de una prosa rítmica magnífica, cuya originalidad estilística y de pensamiento resulta difícil de encontrar hoy en nuestras letras”. Estoy de acuerdo. En esta novela, histórica y no, subjetiva y plural, que abarca múltiples eventos al tiempo que se concentra especialmente en dos personas (no personajes), Concha y Miguel, podemos apreciar una fina ingeniería narrativa, que tiene la virtud de transportarnos a una zona del pasado de México que se conoce poco (como siempre sucede con la vida y hazañas no de los vencedores sino de los vencidos), empleando un método nada simple: empezando por el final (el fusilamiento de Maximiliano, Miramón y Mejía), y de ahí avanzando hacia ¿el principio? de los múltiples hechos que desembocaron en él, lo produjeron, lo anticiparon tal vez.

             Los protagonistas de la, las historias, se entrecruzan en tiempo y espacio: por eso, antes incluso de aceptar la invitación a reinar sobre un país desconocido, el emperador es fusilado en las primeras páginas. De ahí se avanza hacia atrás, pero no siempre: la escritura de las memorias de Concha Miramón, que serán, a la vuelta de los siglos, la base del libro, es algo que el autor refiere hasta las últimas páginas, y no es sino hasta llegar al párrafo de cierre que el lector descubre la razón del título: el enigmático, bíblico, “Péguese mi lengua”, que, para mí, se relaciona directamente con las siguientes tres frases que Solana coloca, una al principio, otra poco después, y la tercera al final de todo el relato: 1. “La sangre incendia lo que toca. Deja un rastro que es de fuego.” 2. “La sangre nutre lo que toca.” y 3. “El amor transfigura lo que toca. Convierte en fuego el corazón”.

             Si colocamos los verbos de estas secuencias juntos, serían: incendia, nutre, transfigura. Esos son los efectos de la sangre, una sangre que, de acuerdo con la historia de amor que es el fuego central del libro, es equivalente al amor, lo que se confirma en el paralelismo entre la primera y la tercera afirmación: si la sangre incendia lo que toca, y lo nutre después, el amor realiza la misma operación: al tocar algo, lo transfigura por medio de su fuego: convierte en fuego el corazón. Amor y sangre, así, son ambos transformadores, y su acción cambia igualmente los destinos.

             Además, por supuesto, de la sangre transformadora del amor, de esa sangre que es fuego, está la sangre no metafóricamente derramada de los conflictos bélicos de las décadas en que transcurre la novela. En algún momento, el narrador refiere los pensamientos de Concha sobre alguna de las muchas campañas en que participó su marido. El destino cargado de azar, y este país convulso, aparecen en sus meditaciones, que el narrador omnisciente refiere:

    Miramón iba a emprender una nueva campaña contra las fuerzas del general Degollado, a las cuales batiría en una corta pero intensa batalla. Su buena estrella lo acompañaba invariable aquí y allá. Pero Concha temía que el hado veleidoso cambiara repentinamente porque la hora política así como daba tan pronto podría quitar. ¿Acaso bastaría el genio militar de su marido para establecer la paz en México? Ninguno de los dos la había vivido hasta ahora. Nacían entre turbulencias históricas que no parecían terminar.

             Ese “hado veleidoso”, ese destino incontrolable es también un protagonista central del libro. Pero hay también signos, que pueden advertirse o ignorarse, que anticiparían, ¿evitarían acaso? la fatalidad. En varias ocasiones en la historia, por ejemplo, “un ligerísimo temblor” recorre el pálido rostro de Carlota, una señal que nadie, ni ella misma, sabe atender. El destino manda señales, y en el caso de Concha, y sus repetidos viajes a Querétaro a lo largo de su vida, también sucede así. Leemos:

    La vida seguía insinuando los lugares y anticipando aquellos escenarios que sólo se entendían, oráculos oscurecidos, después de suceder. […] Ahora viajaba hacia el lugar donde perdería todo aquello que iba a tener.

             Mosaico o caleidoscopio, o ambas cosas, la visión polifónica de Fernando Solana Olivares nos deja más preguntas que respuestas. Los paralelismos entre lealtad y traición, el contraste entre la sabiduría y la resistencia de Juárez y el ¿candor, soberbia? de los emperadores y sus aliados, las diversas traiciones con que se tejieron los hilos múltiples de estas historias, ensambladas aquí en un conjunto del que el lector, cuando termina sus páginas, sabe bien que sólo le es dado –como a los participantes de esta obra que fue real–, intuir, nunca asir completamente, lo que sucedió.

    Habrá que seguir leyendo lo que tenga en su tintero Fernando, para ver qué nuevos laberintos de la sangre, qué otros destinos cruzados se seguirán revelando en sus páginas.

  • El intelectual hoy: Una obscena ausencia

    El intelectual hoy: Una obscena ausencia

    Colaboraciones

    Eduardo Subirats

    Permítanme una breve presentación. Mi primera aventura como intelectual independiente fue publicar, simultáneamente en la Ciudad de México y en Madrid, dos ediciones diferentes de un mismo análisis teológico y político de la colonización de las Américas, y de sus estrategias de destrucción comunitaria, conversión violenta y sostenido genocidio. Lo titulé El continente vacío. Este “vacío” incluía precisamente al nihilismo, a las políticas de vaciamiento y extorsión de las civilizaciones sometidas, y a las teologías cristianas de la colonización que han articulado el logos, discurso o narrativas del poder colonial hasta el mismo día de hoy.

    El ensayo El continente vacío fue escrito además como denuncia de la inconsciencia colectiva que vitoreó el carnaval madrileño del “Quinto Centenario del Descubrimiento de América”. Pues bien, a partir de 1993, el año de la primera edición mexicana, fui excluido automáticamente de la “Ciudad letrada” madrileña. La edición española del libro acabó siendo destruida y su editor Mario Muchnik fue eliminado.

    Les cuento esta historia como lo que es, un caso personal y, hasta cierto punto, insignificante, pero un relato que revela el formato elemental de la censura de una reflexión independiente sobre cuestiones últimas de nuestra existencia en la historia y en el cosmos. Y la incuestionable cuestión afectaba precisamente a los destinos modernos de Las Américas.

    El sistema lingüístico e institucional de censura y exclusión que distinguió este caso, y que afecta no solo a España, sino también a la resistencia en Alemania y los Estados Unidos a la publicación de su crítica de la teología política de la colonización, señalan en dirección de las sombras del intelectual esclarecido en la cultura occidental moderna: el lado tenebroso de las guerras imperiales, y las catástrofes y genocidios coloniales en la que se funda la historia moderna de Las Américas.

    *

    Pero desearía contarles una historia diferente. Además, en este segundo cuento intervienen indirectamente los mismos profesores Javier Corona y Aureliano Ortega, a quienes acabo de agradecer esta invitación a la Universidad de Guanajuato. En fin, en esta misma universidad pronuncié, el año de 2008 una serie de conferencias sobre literatura latinoamericana, a raíz de las cuales esta universidad me publicó, y quiero expresar con ello y de nuevo mi gratitud, un libro titulado Las poéticas colonizadas de América latina, con un manifiesto incluido y conclusivo: Siete Tesis contra el Hispanismo.

    Yo acababa de abandonar Princeton University a raíz de una serie de insolencias nacionalistas, racistas y neocoloniales en el mismo departamento de Literaturas romances que me había acogido generosamente. Pero en New York University, mi siguiente destino, me encontré con un departamento de español y portugués que seguía al pie de la letra, y sin la menor individualidad, el catecismo postmodernista de la transformación de la cultura en realidad virtual, el final del arte y la literatura, la suplantación de las teorías críticas del siglo pasado por las letanías y los plagios político-correctos de feminismos, transculturalismos y ecofascismos, junto a insubstanciales retóricas de democracias y derechos humanos…

    Esos fueron los temas de fondo que polemizaba entonces bajo la crítica de las “poéticas colonizadas”. Era una crítica de las estrategias de colonización postmodernista de las expresiones intelectuales y artísticas latinoamericanas del siglo veinte. Y desde ese mismo año fui desaparecido de los circuitos del hispanismo estadounidense y sus departamentos.

    Nuevamente deseo insistir en que esta historia describe solo un caso formal, una estructura abstracta. No pretende ningún título de ejemplaridad negativa o positiva. Representa la estructura abstracta elemental del funcionamiento normal de las Humanidades hoy, en 2025.

    *

    Les pido disculpas por esta presentación demasiado larga y demasiado pesada.  Pero, con el fin de remediar estas reflexiones oscuras, les voy a contar ahora otro cuento mucho más sonriente. Nuevamente es una historia personal, pero al mismo tiempo es una anécdota contemporánea y compartida por todos nosotros.

    Esta conferencia magistral, como ustedes las llaman en México, había sido concebida para presentarles aquí y ahora un libro titulado A plena luz caminamos a ciegas. Pero como el libro no ha podido llegar a tiempo, resumiré en dos palabras sus tramas e intrigas. Mi ensayo es un viaje a lo largo de las infinitas narraciones y discursos del final de una era histórica, en la que Occidente ha predominado de manera absoluta sobre el Totus Mundus. En otras palabras, es un testimonio de una edad final. Al mismo tiempo, es una alerta frente a una revolución reaccionaria y regresiva que nuevamente enterrará bajo el fuego de sus cañones civilizatorios muchas lenguas, memorias y vidas humanas; y suprimirá culturas enteras, con exactamente la misma apatheia, la misma carencia de pathos y de emociones, con la que el “sujeto moderno” contempla el industrialmente inducido calentamiento global, la extinción de las especies y las culturas humanas, y no en último lugar, sucesivos genocidios.

    Pero en mi ensayo “A plena luz…” trato de recoger rapsódicamente momentos iluminadores del pensamiento y el arte europeo o panamericano, que he guardado y reunido como los restos de un naufragio del que ustedes, lo mismo que yo, somos sobrevivientes.

    Por lo demás, “A plena luz caminamos a ciegas” es la conclusión de la obra Quod nihil scitur (“De nada se sabe”) del filósofo sefardí del siglo dieciséis Francisco Sánches. Y Sánches era un escéptico de tradición pirrónica que, frente a los grandes descubridores de su tiempo, desde Cristoforo Colombo a Galileo Galilei, denunció precisamente sus límites intelectuales y éticos.

    Conocer significaba, para Sánches, comprender el universo como unidad, e integrar espiritual y físicamente la existencia humana en esa unidad. La nueva epistemología empírica y racional, por el contrario, ha fragmentado los conocimientos científicos como daño colateral de su expansión. Al mismo tiempo, la disociación entre los microsaberes conduce necesariamente a la multiplicación de paradigmas y a la diversificación de microlenguajes. La subsiguiente ausencia de relaciones de las partes con el todo reduce las epistemologías científicas modernas a los enunciados de medias verdades o enteras falsedades. “¿A todo eso lo llamáis conocimiento? – se preguntaba Sánches – ¡Yo lo llamo ignorancia!”.[1] “A plena luz…” comparte con Sánches este objetivo esclarecedor contra la ignorancia y su ceguera.

    “A plena luz caminamos a ciegas” encierra también un rechazo intelectual del nihilismo ético, esto es moral y ontológico, que se amuralla tras las pantallas del espectáculo político constitutivo de Occidente. Es un grito de resistencia filosófica y política. Un No al no-ser.  Y el rechazo al culto postmoderno del vacío que se ha dado expresión lo mismo en la monumentalidad minimalista del Ground Zero-Manhattan, que en el suicidio sociologista de los “Last Intellectuals”.

    *

    Quiero recordarles el hilo conductor anunciado en el título de mi conferencia: la obscena ausencia del intelectual y de la inteligencia en la realidad pública. Es una ausencia o tal vez un eclipse de las voces intelectuales política y epistemológicamente independientes. Para ser más preciso: el intelectual se ha evaporado en el mismo instante en que la sociedad mercantil se transformó en espectáculo y sus sujetos físicos se disolvieron en los algoritmos de la masa electrónica postmoderna.

    Es como si de repente las voces más inteligentes y las expresiones artísticas más intensas hubieran desaparecido de todos los escenarios mediáticos corporativamente controlados y hubiesen enmudecido para la eternidad. Al mismo tiempo, contemplamos atónitos la propagación indefinida de discursos mediáticos cuya vulgaridad y banalidad compiten con los poderes de la diosa Estulticia a la que rendían culto los poderes de la Europa del siglo dieciséis, de acuerdo con la sátira de Desiderius Erasmus Stultitiae Laus (Elogio de la Estulticia).

    Sin embargo, desearía contarles un último cuento. Esta vez es una historia chusca. Se trata de un chisme departamental y una cita de la miseria intelectual de nuestras universidades.Hace solamente unas semanas que mi departamento de “Spanish & Portuguese Literatures” me ha cancelado un seminario de postgrado sobre Don Quijote: trickster y loco enamorado. No es un mal chiste, ¿no es así?

    De todos modos, ustedes se preguntarán: ¿cómo se puede cancelar un seminario sobre Don Quijote en un departamento de literaturas hispano-portuguesas? ¿Cómo es posible suprimirlo indefinidamente?

    Sólo tengo que aclarar una cosa: la cancelación no era personal, era estructural y sistémica. A nadie en el departamento, incluidos sus estudiantes, le interesaba la vinculación de Don Quijote con el idealismo de la caballería andante definido por el filósofo mallorquín del siglo doce Ramon Llull. Nadie ponía el grito en el cielo porque pusiera de manifiesto la relación de Cervantes con la leyenda del Gral de Wolfram von Eschenbach. Y a nadie le importaban la síntesis cervantina de la literatura medieval de caballerías con el trickster de la novela picaresca española y de la maqama árabe y judía de la que procede su tradición literaria. Por todo lo demás, la relación del amor de Don Quijote por Dulcinea con el misticismo sufí de la Península ibérica se consideraba poco menos que una alucinación. Y obviamente, a nadie le preocupaba el modelo intelectual que representaba Cervantes precisamente con su crítica de una Europa embarcada en permanentes guerras de conquista y religión, fraccionada por divisiones religiosas y violentamente confrontada con el Islam, en el medio de una sociedad dominada bajo la férula de la Inquisición.

    No, ni yo, ni mi Don Quijote éramos el problema. Se trataba de algo mucho más serio. Era preciso cancelar este seminario porque no asumía el multiculturalismo, el ecologismo, los estudios de minorías o los discursos de descolonización, las teorías híbridas y las jergas de los derechos humanos, elevados a ídolos y fetiches de las lingüísticas académicamente correctas. Tampoco respetaba las políticas de la identidad. Y todavía había algo más importante: Don Quijote era un personaje literario transformado en un mito a la vez nacional y universal. Y la cultura occidental ya no es, en la edad de su decadencia, ni nacional ni tampoco universal. Su bandera es la micropolítica, los microlenguajes y el microanálisis; su visión filosófica del mundo se sujeta a la visión limitada del microintelectual y del experto.

    En fin, decidí escribirle un e-mail al jefe del departamento en protesta por su decisión cancelatoria. Recordé la frase de Adorno. Sí, señalé, después de Auschwitz, escribir poesía es barbarie. Pero añadí: “Prohibir las manifestaciones en el campus contra el genocidio del pueblo palestino es barbarie; cancelar a Don Quijote de Cervantes en un departamento de Humanities también es barbarie”.

    *

    Con estos cuatro cuentos tal vez debería dar ya por terminada esta conferencia, darles a ustedes las gracias por su generosa atención, e irnos todos a casa. Pero después de declarar el problema, esto es, la desaparición institucional del intelectual en tiempos de crisis, es necesario buscar los medios para remediarlo. Por eso desearía contarles todavía otra historia. Se trata nuevamente de un chisme institucional. Pero seré muy breve.

    La supresión institucional de mi seminario sobre Don Quijote lejos de doblegarme a las lingüísticas departamentales me alentó a levantar un nuevo proyecto. Con él podría librarme de la pobreza intelectual del hispanismo y el latino-americanismo en los Estados Unidos, y penetrar en los enclaves burocráticos de la literatura comparada. Titulé mi propuesta: “Fausto y Don Quijote: dos mitos fundacionales de Occidente.”

    Don Quijote y Fausto tienen perfiles intelectuales que pueden vincularse con algunos rasgos fundacionales y fundamentales de la conciencia occidental moderna. El idealismo absoluto de Don Quijote, por poner de relieve un aspecto importante, está emparentado con las tradiciones orientales que habían alcanzado a Europa a través de sus culturas hebreas e islámicas, con obras máximas del misticismo judío y sufí ibéricos, como el Zohar o la poesía erótica de Ibn al-Arabí. Por su parte, el idealismo absoluto de Faust rompe las barreras de las teologías y las escolásticas medievales para “entregarse” (sich ergeben) a la magia y la alquimia, y penetrar con ellas en los secretos arcanos del universo.

    En fin, esta era aproximadamente mi aspiración. Además, constituía un proyecto rigurosamente humanista y humanitario de Humanidades. Un proyecto que iba a molestar a la burocracia microintelectual que administra sus ruinas. Pero el mismo día en que iba a enviar la documentación de mi flamante proyecto al National Endowment for the Humanities, en Washington, para poder financiar mi investigación, me encontré en internet con la noticia de que el instituto había sido cancelado por orden del presidente. Supresión administrativa de unas humanidades que ya habían alcanzado un grado superlativo de indefinición y deterioro.

    En fin, este derrumbe de las Humanities ha arrastrado en sus lodos, y a lo largo de ya casi medio siglo, la muerte del intelectual en la sociedad del espectáculo.

    *

    Debo concluir. La incertidumbre de los pueblos frente al próximo y lejano futuro es hoy general y no conoce fronteras, pero ha conseguido borrar enteramente las esperanzas que, desde el siglo dieciocho, las sociedades europeas depositaron en un concepto de ilimitado progreso industrial capitalista. Sin embargo, y en nombre de esta desesperanza, sugiero tres normas provisionales de supervivencia intelectual.

    Primero: el eurocentrismo ha colapsado mucho antes de las crisis económicas, militares y espirituales que el sistema capitalista reitera cíclicamente. Su punto de ruptura hay que situarlo alrededor de la Revolución de 1848 y del Manifiesto Comunista de Marx, como dos de sus expresiones más relevantes. Pero estas crisis han abierto la conciencia europea y occidental moderna a un concepto más crítico de literatura, filosofía o cultura mundiales. Y es esta continua crisis la que nos obliga a una reforma de las Humanidades.

    Humanidades humanitarias y humanistas. Un ejemplo: la filosofía no nace con Platón o Aristóteles, sino en Egipto y Sumer, en el universo persa e hindú, y en las alturas metafísicas del budismo y el taoísmo de Asia central y oriental. Al mismo tiempo, es preciso repensar las filosofías, la historia de las ciencias o la historia de las culturas humanas desde paradigmas hermenéuticos mucho más amplios que las epistemologías empírico-criticas o lógico-transcendentales. Una reforma humanista de las Humanidades fundada en un sistema ético que solo puede configurarse (bilden) a través y a lo largo de un diálogo hermenéutico con estas expresiones fundacionales del espíritu humano.

    La segunda regla de supervivencia intelectual que deseo señalar es la “creación de nuevos lenguajes” que nos permitan la comprensión y superación de las sucesivas disrupciones de los equilibrios biológicos, políticos y mentales en cuyo medio subsistimos. Por “lenguajes” me refiero a palabras y gramáticas, así como a la memoria colectiva que estas palabras y gramáticas encierran; por “creación” entiendo el proceso continuo de diálogo intelectual y la construcción de nuevas teorías críticas adaptadas a la gravedad de nuestro presente histórico.

    Y una última sugerencia para poner punto final a esta charla: es preciso configurar nuevos canales de comunicación, independientes de las corporaciones culturales y académicas. Todo eso como la condición de una redefinición del intelectual en el siglo veintiuno. Muchas gracias por su atención.

    [Conferencia pronunciada en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Guanajuato, el día 7 de mayo de 2025.]

    *   *   *


    [1] Francisco Sánches, That Nothing is Known (Cambridge: Cambridge University Press, 1988), p. 180.

  • El rastro de los Pantera Negra  

    El rastro de los Pantera Negra  

    Culturas Impopulares  

    Jorge Pech Casanova 

    Cuando estudiaban en Oakland, California, Huey P. Newton y Bobby Seale fundaron el partido Pantera Negra para la Autodefensa en 1966. Un año antes el líder afroamericano Malcolm Shabazz había sido asesinado por partidarios de Elijah Muhammad y su Nación del Islam. En Watts, un motín racial tomó ese mismo año proporciones descomunales. Newton y Seale querían en principio establecer patrullas de afroamericanos que protegieran a sus vecinos contra la violencia abusiva de policías blancos. 

    El movimiento de Newton y Seale se distanció de los nacionalistas afroamericanos al distinguir entre blancos racistas y no racistas. Con grupos de esta última tendencia, los miembros de Pantera Negra hicieron alianzas, algo que Shabazz (famoso como Malcolm X) había intentado antes de que lo asesinaran. 

    El Partido Pantera Negra también hacía una distinción entre los afroamericanos mismos, pues consideraba que las elites y los capitalistas de su propia etnia podían explotar a los de la clase trabajadora con la misma intensidad y rapacidad que los capitalistas blancos. 

    Otra diferencia que caracterizó a los Pantera Negra fue su certeza de que los sistemas simbólicos (como el lenguaje y la imaginería afroamericanos) no eran suficientemente efectivos para la liberación de sus partidarios. Los miembros del partido consideraban esencial combatir condiciones materiales desventajosas, como el desempleo, que dejaba a la población afroamericana a merced de los capitalistas. 

    Newton y Seale difundieron un programa de diez puntos que debía guiar proyectos comunitarios para la sobrevivencia de los afroamericanos y sumar alianzas con radicales progresistas y otras comunidades discriminadas. De tendencia marxista, el programa señalaba la explotación económica como la raíz de toda opresión; por lo tanto, afirmaban que tanto en Estados Unidos como en el extranjero, la abolición del capitalismo es precondición para la justicia social. 

    Si bien esta postura marxista les atrajo simpatizantes, el feroz anticomunista que dirigía el FBI, Edgar Hoover, consideró por ese motivo que los Pantera Negra eran una amenaza a la seguridad de los Estados Unidos. Espiados por el programa secreto de inteligencia COINTELPRO, los líderes de Pantera Negra fueron identificados en 1969 como la principal amenaza en la mira de Hoover y sus agentes. 

    No contribuyó a tranquilizar al gobierno el hecho de que en mayo de 1967 un contingente del Partido al mando de Seale desfilara con armas ante la sede del congreso en Sacramento. Con esta manifestación, los integrantes de Pantera Negra mostraron su oposición a la Ley Mulford, que pretendía controlar la posesión de armas. El Partido basaba sus acciones contra la brutalidad policiaca al presentarse con armas cuando sus protestas podían ser reprimidas. 

    Ese mismo año Newton fue arrestado por un enfrentamiento a tiros en el que murió un policía. En vez de replegarse, el movimiento opositor creció hasta contar con sedes en 48 de los 52 estados de la Unión, además de delegaciones en Japón, China, Francia, Inglaterra, Alemania, Suecia, Mozambique, Sudáfrica, Zimbabwe, Uruguay y otros países.

    En las Olimpiadas de México en 1968, el movimiento Black Power se hizo conocido por el gesto de los atletas afroamericanos Tommie Smith y John Carlos, quienes recibieron sus medallas de oro haciendo el saludo con una mano envuelta por un guante negro y bajando la cabeza al sonar el himno de los Estados Unidos. Smith y Carlos no eran de los Pantera Negra, pero se les tomó como parte de la agrupación durante los años que siguieron. Ellos le dieron un ícono a la protesta contra la discriminación racial en el mundo. 

    Hoover, por su parte, insistió en hostigar a los integrantes del partido hasta que en diciembre de 1969 se produjo un tiroteo en el que murió el líder Fred Hampton. En ese año, los Pantera Negra habían lanzado su programa de Desayunos Gratuitos para Niños, el cual obligó al gobierno a establecer un programa similar que se volvió permanente en 1975. 

    De 1970 a 1980 el movimiento del partido decayó. Tres de sus publicistas más influyentes —el periodista Eldridge Cleaver, su esposa Kathleen y la poeta Angela Davis— se fueron alejando de la agrupación. En 1989, después de un viaje a Cuba, Huey P. Newton se vio involucrado en disputas por drogas y murió en un tiroteo. 

    Bobby Seale fue encarcelado en 1969 por una supuesta conspiración para actos violentos. Liberado en 1973, se retiró del movimiento armado y hasta la fecha es activista por los derechos sociales y ambientales. Con 89 años de edad, ha publicado varios volúmenes sobre el movimiento Pantera Negra y hasta un libro de cocina. 

    En 1995, cuando las acciones de los Pantera Negra eran ya historia, el escritor, dramaturgo y director de cine Melvin Van Peebles publicó su novela Panteras, que da cuenta del movimiento desde el punto de vista de uno de sus seguidores. 

    Mario Van Peebles, actor y director de cine, hijo de Melvin, llevó enseguida a la pantalla la novela de su padre. Si bien recibió críticas por no contar la historia del movimiento desde la perspectiva de sus líderes sino desde la de un personaje ficticio, Panteras es considerada una de las mejores películas sobre el partido y sus efectos en la sociedad. 

    Uno de los puntos más destacados de la cinta es su señalamiento sobre el problema de las drogas en la comunidad afroamericana y cómo esa inundación de narcóticos en las calles de Estados Unidos comenzó mediante el esquema criminal de extender las adicciones, tolerado por el gobierno, para contrarrestar la disidencia afroamericana. 

    Si bien hay explicaciones más complejas para la actual crisis de drogas en Estados Unidos, es muy factible que la explicación político-racial para el gravísimo problema radique en esa estrategia dirigida a socavar a una población inconforme. Mario Van Peebles concluyó en 1995 su película con una cita del libro de su padre Miles: “En 1970 había 300 mil adictos en los Estados Unidos. Ayer, había tres millones. Tal como lo veo, la lucha continúa”. 

    Los Centros para el Control y la Prevención de las Enfermedades en Estados Unidos informaron que aproximadamente 108,000 personas murieron por sobredosis de drogas en 2022. Esa cifra rebasa al doble la de 2015, cuando 52,404 personas murieron por la misma causa en EEUU. Si comparamos esos decesos con los 60 mil que causaron en conjunto las guerras de Vietnam, Iraq y Afganistán, junto con las muertes producidas por armas de fuego y por accidentes automovilísticos, vemos que esa cifra aún queda por debajo de las 73,798 defunciones causadas sólo en 2022 por el consumo de fentanilo, la droga más potente y destructiva a disposición pública. 

    La adicción del pueblo estadounidense se acrecienta con los años. Las autoridades omiten informar sobre el número total de afectados, pero es probable que rebasen con mucho los tres millones que denunciaron los Van Peebles en 1995. Mientras tanto, el fascista presidente Donald Trump sigue vociferando que disminuirá la crisis de adicciones imponiendo aranceles a “países culpables” como México, Canadá y China. ¿Cuándo perseguirá su gobierno a los estadounidenses distribuidores de droga?

  • Bacon duerme con El Greco

    Bacon duerme con El Greco

    TA MEGALA   

    Fernando Solana Olivares 

    Una tarde parisina un hombre robusto de estatura regular, rostro ancho, mirada insondable y cabellera en desorden apareció en la puerta del despacho del director del Museo del Louvre. 

          —Soy Francis Bacon, pintor —dijo. —¿Puedo pasar?  

          El director se incorporó y fue hacia él. 

          —Adelante, por favor —dijo con una venia amable y ligeramente sorprendido. 

          Bacon tomó asiento en el filo del sillón, como si estuviera incómodo. 

          —Vengo a hacerle una solicitud. Al museo, a usted. Quiero pasar una noche en él, solo. Quiero decir, a solas en una sala. ¿Podría permitírmelo? 

          El director miró a Bacon con expresión levemente escandalizada. 

          —Lamento decirle que no puedo complacerlo. Pero si no le molesta la pregunta, ¿por qué quiere hacerlo? 

          —Tengo una cita —respondió Bacon, y no dijo más. 

          —¿Quiere decir que aquí verá a otra persona durante la noche, señor? —inquirió el director. 

          —Puede ser esta noche o mañana. De todos modos, debo hacerlo. No quise importunarlo. Buenas tardes. 

          Bacon era impreciso y ya la noche entraba por las vidrieras del despacho.

    Dejó las principescas instalaciones y salió por la puerta al patio Napoleón. La pirámide de cristal del arquitecto Pei reflejaba los últimos brochazos de la puesta de sol. “Porque la luz no es para siempre”, murmuró Bacon mientras se alejaba de la estructura hacia las dependencias del servicio nocturno. 

          La hiedra centenaria que rodeaba el pequeño portillo al que llegó amortiguó el eco de sus golpes discretos. Una mirilla se abrió y dos ojos lo interrogaron. 

          —¿Qué dijo el viejo? —graznó una voz. 

          —Será contigo, Gastón. Dijo que no —contestó. 

          El portillo giró sin ruido y Bacon fue tragado por él. Gastón lo había llevado furtivamente hasta una de las salas de la colección española. Una pequeña linterna y un termo de café eran el final de su ayuda. 

          Quedaban la noche inédita y las presencias rotundas que desde las paredes observaban al intruso, brillos gaseosos que iban de aquí a allá, donde lo oscuro era el reverso del mundo diurno y Bacon se colocaba a la mitad de él. 

          La linterna recorrió la sala hasta un punto en que quedó fija. Bacon avanzó. Un Cristo enfatizó su gesto cuando el chorro de luz iluminó su rostro desencajado. El pintor se acostó sobre la estrecha banca que estaba colocada ante el Cristo en la cruz de El Greco. 

          Antes de apagar la linterna quiso explicarle a la imagen su presencia. “Tuve un sueño. Vine para tenerlo otra vez”, dijo en un susurro. Bacon cerró los ojos. La imagen continuó imperturbable. Si el mundo es arbitrario, los sueños son las catedrales de su azar. Alguien sueña que nos sueña. Bacon soñó que soñaba. 

          Quedó cautivo por fuerzas inesperadas que surgieron cuando sucedió su abandono. Se vio ante un monolito rectangular de gran altura, grisáceo como si fuera de acero pero a la vez traslúcido como si fuera de agua. Un ser desmesurado, un golem más mineral que biológico hacía movimientos ante él como si cumpliera un ritual simbólico: traspasaba el monolito una y otra vez, su cuerpo era visible aun entre la masa sólida. Entraba y salía de ella con movimientos lentos, fascinante repetición en un tránsito que poco a poco iba despojándolo de todo menos de su atención hipnótica. 

          En algún momento, Bacon dejó de verlo. Se descubrió desnudo y transfigurado por esa escena cuyo sentido sabía concluyente pero desconocido. Tanto el monolito como el golem se habían esfumado, el mundo era un lugar donde daba nuevos pasos, otras eran las cosas, sus signos, su relación, su trascendencia. 

          Bacon caminó en su sueño y miró por encima del horizonte. Sobre el cielo, de un extremo al otro, flotaba una serie de lunas rojas, anaranjadas, llenas y tan cercanas que cubrían el espacio y trazaban un arco de abrumadora perfección. Al verlas cayó de rodillas. “Opus rubicundum”, dijo, y un llanto de adoración bañó su rostro. 

          Cuando un museo despierta comienza a vivir de nuevo. La vigilia de los hombres es la inmovilidad de las pinturas. No hay hálitos nocturnos ni sombras danzantes, sólo la confinación por unas horas de imágenes colgadas de los clavos de las miradas. Los vivos duermen de noche, las representaciones sueñan de día. 

          —Ya es hora —murmuró Gastón, mientras recogía el termo y la linterna. 

          Bacon se incorporó de la banca con el cuerpo adolorido y vio la imagen del Cristo ascendente, transfigurado. La miró intensamente una vez más y siguió al custodio. 

          Meses después Bacon coincidió con el director del Louvre en una recepción ofrecida por un diplomático recién acreditado en la ciudad. Circunspecto y disimulado, el director esperó hasta que la marea del festejo lo acercara a Bacon esa noche. 

          —Hace tiempo que no he sabido nada de usted, señor Bacon. ¿Qué ha sido de su cita? —preguntó con sorna tan ligera como las galas y los buenos modos del festejo.

          —No puedo decirle si la tuve, señor director, y no sé si la repita —contestó el pintor. Un parloteo llegó hasta ellos. Bacon no escuchó la respuesta del director.

  • El pintor de las melancolías: siglo transcurrido

    El pintor de las melancolías: siglo transcurrido

    Culturas impopulares

    Jorge Pech Casanova

    Rodolfo era un niño triste: le exigieron trabajar en la carpintería de su padre pero prefería tallar juguetes, hacer papalotes y dedicar demasiado tiempo a una artesanía mal pagada: los adornos de papel picado. Ángel, su padre, taciturno artesano, quiso ocuparlo en labores útiles, pero el niño arruinaba más tablas y varillas que las que lograba cepillar o moldear. En cuanto determinó la incapacidad del muchachito, su papá lo expulsó del taller.

    Rufina, la madre, recibió con desconsuelo la tarea de encaminar al hijo inepto. Puso toda su rigidez de profesora autodidacta en educarlo. El fallido carpintero tendría la mejor educación que podía conseguirse en Ocotlán, donde la artesanía era mucho más valorada que el aprendizaje escolar, pues en las aulas daban clases “socialistas”. Así, Rodolfo aprendió a leer, a escribir, a dibujar, a escuchar música en su casa. Lo hacía todo con dolida dedicación porque su severa maestra no toleraba fallas. No a él.

    Rodolfo Morales López había nacido en Ocotlán, Oaxaca, el 8 de mayo de 1925. Eran tiempos inquietantes cuando tomaba las duras lecciones. Para 1934, cuando le exigían que aprendiera a hacer algo útil, las poblaciones del estado languidecían a causa del terremoto que en 1931 destruyó inclusive la capital oaxaqueña. Las familias que pudieron, vendieron cuanto tenían para irse a la Ciudad de México. Rodolfo veía partir en el tren industrioso a algunos de sus vecinos que no retornaron.

    Los viajeros que bajaban y subían de aquellos trenes humeantes traían noticias de la capital mexicana. Rodolfo, relegado a la vigilancia de sus tías Petrona y Petra, escuchó en alguna conversación de viajeros sobre una escuela donde enseñaban a pintar: Academia de San Carlos. Luego halló repetido ese nombre en un libro. Lo sedujo. Imaginó que en ese colegio podría adquirir el oficio para pintar santos y vírgenes de las iglesias, único lugar que su madre recomendaba a él y sus hermanos, a quienes inculcó una devoción tan estricta como sus lecciones.

    Guarecido entre sus tías, distante de sus progenitores, Rodolfo llegó a la adolescencia y a su adultez temprana. En 1947 se fue a vivir al Distrito Federal, en una vecindad de la colonia Morelos. Ingresó a la ex Academia de San Carlos, donde fue estudiante díscolo pero perseverante. Sus profesores desdeñaban sus trabajos. Él se obstinó en concluir los estudios.

    En 1953 el joven halló empleo como docente en la Escuela Nacional Preparatoria 5 “José Vasconcelos”. En ese centro educativo permanecería durante los siguientes treinta y dos años. Como instructor de dibujo, Morales era retraído, dedicado a sus clases. A los directivos y a sus colegas les parecía un personaje gris, dócil a las exigencias de la institución y nada especial como artista. En dos ocasiones, el oaxaqueño solicitó que le comisionaran la ejecución de murales en la escuela. Fue rechazado.

    Era el tiempo del encomio al machismo mexicano y a la obstinada militancia de los artistas. Aún se recordaban la matonería de David Alfaro Siqueiros cuando intentó con sus compinches asesinar a Lev Trotsky en 1940, cuando decretó para el arte mexicano “No hay más ruta que la nuestra” y cuando presumía de cargar pistola “para orientar a los críticos”.

    A Rodolfo Morales le repugnaban esos desplantes. Admiraba, en cambio, la línea pictórica de Diego Rivera. Cuando aún era estudiante de pintura, realizó un mural en Ocotlán “a la manera de Diego”, que se conserva en el palacio municipal del pueblo. Sin embargo, Morales sentía mayor afinidad por la obra de tres artistas fuera de la tendencia oficial: las surrealistas María Izquierdo y Leonora Carrington, así como el escandaloso retratista Manuel Rodríguez Lozano. El extremo opuesto del nacionalismo —la pintura abstracta y cosmopolita de su paisano Rufino Tamayo— tampoco era un referente en la obra de Morales.

    Morales logró que la Preparatoria le comisionara en 1962 la ejecución del mural El retrato del arte y la ciencia, para el vestíbulo del auditorio “Gabino Barreda”. Con la ayuda de Bartolo Ortega y Paciano Rodríguez, el profesor de 37 años de edad decidió prescindir del modelo que había seguido en Ocotlán. El mural era su primera gran obra personal.

    Sesenta años más tarde, al comentar la restauración y revaloración de aquella obra en 2022, el académico de la UNAM Renato González Mello resaltó: “Morales pinta un universo fundamentalmente femenino en el que busca simbolizar a una comunidad ambivalente, claramente campesina. Al mismo tiempo, hay hombres asomándose a un microscopio, pero no hay este predominio hegemónico y un tanto abusivo de una noción hipertrofiada de virilidad que, a veces, caracteriza a la obra mural en México. Es un universo que habla de un espacio cívico y que, sin embargo, se configura de una manera completamente original”.

    Ese estilo distinguiría la pintura de Morales. Discreta, mantenida en virtual clandestinidad, la obra de este objetor del machismo se mostraba por vez primera al público. Mientras pintaba el mural, el profesor soportó críticas, burlas, reprobaciones. Al terminar, el pintor sólo registró los agravios. No pudo prever que su obra subsistiría a los ataques para volverse un símbolo de rebeldía en el siglo siguiente.

    Aún le faltaban al profesor veinte años de resistencia silenciosa en la Preparatoria 5. En 1983 un director quiso perjudicarlo para favorecer a un compadre. El instructor se declaró en huelga de hambre. Sus colegas reaccionaron con solidaridad. Morales obtuvo el primer contrato laboral en la preparatoria, continuó sus labores y se retiró en 1985. Su deseo era volver a Ocotlán, pero tuvo que posponer su retorno. El terremoto del 19 de septiembre de ese año lo retuvo en la capital devastada.

    Una década antes, Morales comenzó a exhibir su obra en galerías. En 1975 Rufino Tamayo descubrió a Morales en una exposición en Cuernavaca. El famoso pintor dio su aval a la pintura de su paisano, lo recomendó a sus coleccionistas. A partir de entonces, Morales fue buscado por coleccionistas.

    De regreso en Ocotlán en 1986, Morales se transformó en uno de los pintores más influyentes de su estado. Coleccionistas de Monterrey difundieron su pintura en Estados Unidos. El viejo profesor rivalizaba con Francisco Toledo en el papel de promotor de la cultura y el arte. Se mantuvo así en los veinticinco años que le restaban de vida. Sus admiradores lo llamaron “pintor de sueños”. Ignoraban u olvidaban que recreaba sus solitarias observaciones del pueblo donde las mujeres guardaban luto, distancia o abatimiento, cercadas por su entorno. “Pueblo de mujeres enlutadas”, como escribió Agustín Yáñez, autor favorito del oaxaqueño.

    A sus 75 años, en el año 2000, Rodolfo Morales fue invitado por el director del Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, Fernando Solana Olivares, a presentar una gran retrospectiva, la primera, de su pintura. El viejo maestro no sólo envió obras tempranas y lo mejor de su producción. Ideó pinturas en forma de columnas y creó su Mercado de Ocotlán. Desplegó su legado en el museo, pese a quienes objetaban su presencia en esas salas que él había impulsado a fundar.

    Al comenzar 2001 Rodolfo Morales cayó enfermo y murió en enero de aquel año. A un siglo de haber nacido, Morales sigue siendo un maestro oaxaqueño de la pintura, de los pocos que seguirán revelando sorpresas en las obras que están a la vista y que muchos deben aún descubrir. Como el mural que pintó en 1962 en la Preparatoria Nacional 5, apenas comienza a ser apreciado, pues su pintura durante demasiado tiempo se asumió provinciana y complaciente.

    El investigador González Mello es uno de los que refutan esa noción. Para él, la obra del pintor ocoteco requiere “un trabajo más detenido de desciframiento. Apenas estamos empezando a recorrer algunas de estas obras, pero es claro que Rodolfo Morales se aleja de los códigos simbólicos habituales del nacionalismo mexicano”. Oaxaca y México tienen pendiente esa revaloración, al cumplirse el centenario del artista sin que se anuncie una amplia muestra de su obra.

  • Los personajes de Fernando Solana Olivares

    Los personajes de Fernando Solana Olivares

    El laberinto del mundo

    José Antonio Lugo

    Imagino al novelista Fernando Solana Olivares frente al tablero de ajedrez de su narrativa. En lugar de peones, caballos y alfiles, desfilan esas presencias fantasmales –los personajes– que a fuerza de penetración psicológica son más reales que algunos -muchos- seres de carne y hueso.

    Dice el escritor: “Toda suma es la reunión de sus partes. Casandra, la profeta ignorada, va desvaneciéndose. Tal es el signo de lo real”.

    Creo que es momento de sumar a los personajes de Fernando Solana Olivares y colocarlos en el tablero. 

    Veo a Gardea, diciéndole a Cartola, en La rueca y el paraíso: “Es natural, hermano, siempre has sido un irresponsable. Todo extravío es voluntario, igual que los actos, los pensamientos o la enfermedad”. 

    En Parísgótica, novela/crónica, o crónica novelada, el narrador recuerda a Notre Dame des Lettres, Nuestra Señora de las Letras, Madame Marguerite Yourcenar: “No renegaba de las formas subterráneas que han proyectado su acción en algunas zonas de la historia o del espíritu, pero su mente y su cuerpo atendían otras certidumbres, herméticas para los usos culturales del siglo donde vivió. Por eso podía hablar con la arrogante precisión de una abadesa o de un esteta, de un emperador romano o de un médico alquimista perseguido, podía ser fría como Séneca o aguda como un hereje”.

    En El tedio de Hermógenes, el narrador nos recuerda que Malcolm Lowry, el autor de Bajo el volcán, y D.H. Lawrence, el autor de novelas perennes y maestro de Henry Miller, visitaron Oaxaca y probaron mezcal: “El mezcal contiene dos agentes activos. El primero es su vínculo químico con un poderoso modificador de conciencia. El segundo es el alcohol, la droga del ego. Y tambén de la melancolía disfrazada de su contrario, la exaltación”.

    En ese libro mágico, de aguas profundas, que es 49 movimientos, el narrador afirma, hablando de la meditación: “El cuerpo no se equivoca, el cambio sutil es perceptible en el letargo de la conciencia normal, que es la que debería designarse propiamente como estado alterado porque representa la caída que la mente racional sufre en el mundo, la caída en la reacción ante el pensamiento, después de dejar pasar de largo el contacto y la sensación. Desagregar, disolver, coagular”.

    En Casa Medusa, otra de sus novelas oaxaqueñas, el narrador señala: “Tantos hilos deben ser anudados. Si toda novela es una impaciencia del conocimiento, y esta lo es, entonces pueden precisarse ciertas circunstancias que aquí se cuentan, empezando por decir que cualquier historia personal es un invento de la memoria”. 

    En Hormiguero, José Luis Martínez S. señala: “Es una novela hecha de fragmentos: las cámaras y galerías se multiplican en el universo pueblerino, en cada una de ellas pasan y se escuchan cosas diferentes, pero todas se conectan; la impostada lujuria de una locutora en una cabina de radio; las soeces calumnias en las redes sociales; las lecciones de Profermes en el aula; las caricias íntimas de Mara y Camila en la habitación de ésta; los plagios de un escritor sin talento; los poemas y la iniciación sexual de la adolescente Diana Peralta; la blasfemia de la madre de Fátima en la Iglesia”.

    Ya llegamos a los personajes de su más reciente novela, Péguese mi lengua. El personaje principal es Concha, la chinaquita de Miramón. El narrador nos dice: “Recordaba el aviso irónico de su hermana, mitológicamente enterado a pesar de las burlas que lo acompañaban: ‘Concha, ya llegó tu media naranja’.

     “—¿Cómo podré vivir sin ti? ¿Cómo volveré a acostumbrarme al mundo, Miguel?

    Los transeúntes voltearon a mirar con curiosidad a esa atractiva mujer vestida de negro que hablaba sola por la calle. Al darse cuenta de la atención que despertaba, Concha sonrió.

                —¿Ya viste, Miguel? La gente que cree que estoy hablando sola. No sabe que vienes conmigo”. 

    Regresemos al tablero de ajedrez donde habitan los personajes de sus novelas: Maximiliano, Carlota, Concha, Miguel, Hermógenes, Sila, Vasconcelos, Gardea, Profermes, el Comandante Tres, Camila, La Atraviata, B Balthazar, Gonthier, Sidonia, Hermógenes, Jerry Wilson…

              Creo que a Fernando Solana sus personajes ya no le caben en el tablero de ajedrez. Necesita una cartografía mayor, un tablero de Go, para que tenga espacio para más y más personajes, para más y más novelas inteligentes, profundas y espirituales, a través de las cuales siga ejerciendo la sabiduría máxima del desapego y la maestría narrativa. 

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