Plaza México
Fernando Solana Olivares
El mal fario de Oaxaca cuenta en su haber con gobernantes corruptos y destructivos, caciques de horca y cuchillo cuyos atrevimientos y excesos van creciendo de sexenio en sexenio, de tal manera que el actual (o la actual) siempre resultará peor que el anterior. Esa misma regla, una hasta hoy incurable patología política, se extiende a ediles y regidores municipales por igual.
No es el mezcal, dijo Lowry cuando por ebrio pasó una dantesca navidad en la cárcel municipal de la ciudad, sino Oaxaca. Aquella cornucopia de opulentos bienes y recursos naturales, de sitios deslumbrantes y tierras fértiles saqueada desde la Colonia por sus oligarquías criollas y mestizas, cruzada transversalmente por racismos y resentimientos seculares, por marginaciones y desigualdades sociales, por lumpenizaciones colectivas y conflictos fratricidas.
Hoy más que nunca, Oaxaca encarna la triste historia de un estado capturado por un gobierno mafioso cuya única tarea es el saqueo, la expoliación y el corrupto enriquecimiento de sus integrantes, un gobierno penetrado y/o sometido por el narcotráfico y, según las incesantes evidencias y denuncias, por el crimen organizado. El hecho de que el gobierno actual provenga de Morena sólo hace más escandaloso este escandaloso proceso de putrefacción política y social.
¿Quién le dijo a Salomón Jara que sabía, que podía y debía gobernar? Entre los errores de López Obrador ha de contarse esta desafortunada decisión, proveniente de un reflejo táctico (la lealtad) propio de la hegemonización política de Morena, y no de la visión estratégica (la capacidad) que debiera caracterizar a la 4T en sus empeños estructurales de transformación del país.
“Sólo relaciona”, afirma el viejo principio epistemológico. “Uno en todo, todo en Uno”, establece la ancestral definición de la realidad. En la red de vínculos y consecuencias que define lo real verdadero, el desmoronamiento de un gobierno encabezado por un mediocre y venal gobernador que concibe el cargo como patrimonio y botín propio antes que como la sagrada obligación política de cuidar los bienes comunes de la casa común, de administrar con probidad los recursos públicos puestos a su cuidado y custodiar la impartición de justicia, es una consecuencia, además de lógica, natural.
No fue el primero, pero sin duda el asesinato en julio pasado del periodista Alejandro Leyva —autor de una valiente y atrevida columna periodística y quien desde febrero había alertado de amenazas en su contra, entre ellas los comentarios condenatorios del gobernador Jara (mal imitador de AMLO en sus conferencias semanales, dedicadas no a resolver problemas ni a responder señalamientos públicos sino a denostar a sus críticos y autoexaltar sus propias virtudes)—, fue el detonador de una incontenible cadena de acontecimientos nefastos y denuncias públicas que han mostrado, en el colapso de un régimen, los vínculos consanguíneos directos del gobernador con personajes señalados como delincuentes, extorsionadores públicos y enlaces con el crimen organizado, y han exhibido su impúdico nepotismo y una invariable designación de funcionarios mediocres y probadamente deshonestos, sin preparación alguna para los cargos que ocupan.
Más que un esperpento valleinclanesco de terror o una turbia novela negra zombificada, la anti saga del jarismo, en la cual a un funcionario ladrón ahora huido por sus vínculos con el crimen organizado le entregan el instituto magisterial cuyo presupuesto es de miles de millones de pesos; o es nombrada una secretaria de Turismo que públicamente aparece disfrazada como personaje de comic y propone un proyecto institucional para replicar los métodos de Disneylandia en Oaxaca; o llega a la secretaría de Educación una mujer sin título ni experiencia alguna; o una funcionaria municipal es detenida en una tienda de conveniencia encabezando una célula de extorsionadores; o el presidente municipal de la ciudad devasta árboles centenarios y autoriza una excavación que originará un derrumbe y el desalojo de vecinos para servir a los intereses de fraccionadores; o la secretaría de Movilidad “reordena” las rutas de arribo de taxis con el inconfesado motivo de beneficiar al sindicato criminal que monopoliza los servicios de transporte; o un impune grupo de abogados, notarios y autoridades judiciales integrantes de un cartel del despojo se apropian de decenas de propiedades y terrenos urbanos; o se obliga a toda la ciudad a comprar agua en pipas porque la escasez intencional del líquido sólo merece misas oficiales para rogar por lluvias; o son asesinados dos vendedores de elotes a quienes luego la desacreditada fiscalía inculpa con pruebas de haber sido ajusticiados por una banda con la que estaban en deuda; o desprecios arrogantes y burlas gubernamentales sobre los movimientos sociales del gobernador y su secretario de Gobierno; o la criminalización tácita de críticos y denunciantes a quienes Jara acusa siempre de “politiquería”, más un largo, muy largo etcétera, la anti saga del jarismo escenifica la vergonzosa y hasta hoy impune secuencia de un mal gobierno sistémico que día a día se degrada cada vez más.
Es la puesta en escena, al estilo oaxaqueño, de una patética variante de Ubú rey.
Juchitán y el Istmo de Tehuantepec son una zona de guerra en la que ni el gobierno ni el gobernador estatal parecen atreverse a entrar. Perdido desde hace décadas que hoy hacen crisis ante la complicidad delincuente del gobierno actual, los cadáveres de los baleados a diario en Juchitán son recogidos por sus propios familiares sin pasar por trámites forenses porque la fiscalía cobra 30 mil pesos por entregarlos a los deudos. Ahí los asesinatos son un negocio de las autoridades. Y el Istmo, con su tren que va de costa a costa, resulta un codiciado territorio que diversos carteles nacionales y bandas locales a su servicio se disputan a sangre y fuego.
Esta crisis profunda del gobierno de Salomón Jara (una cursi primavera que velozmente se volvió un atroz invierno) alcanza también la metapolítica (las ideas, el lenguaje, la cultura y los marcos mentales). Mundos paralelos que parecen no tocarse pero que se vinculan, la decadencia del gobierno no es ajena a la de un magisterio “combativo”, más ocupado en hacer una política de presión extorsionadora que en cumplir la sustancial obligación de educar a las nuevas generaciones. Tampoco a la gentrificación de un turismo voraz y degradante, del cual sólo interesan las estadísticas y no las consecuencias públicas y sociales. El kitsch ornamental (“El ornamento es un delito”: Alfred Loos), decorativo y escénico —la “guelaguetzificación” denunciada desde décadas atrás por el crítico Robert Valerio—, con su mal gusto crónico representa una confesión de parte que no alcanza a ocultar la grave situación que aqueja a Oaxaca.
Si el gobierno actual es escalofriante, lo que puede venir es peor. En la despiadada guerra sucesoria que se libra al interior de Morena, causa para muchos de la acelerada descomposición actual, los posibles reemplazos de Salomón Jara no auguran nada bueno —o digamos, menos peor. Entre tanta mercancía que caracteriza la economía simbólica y práctica de Oaxaca, pueblo de comerciantes desde siempre, los cargos políticos son un codiciado y rentable modo de enriquecerse sin medida. A ellos se llega sin proyecto ni propuesta alguna. Gobernar no es una función pública sino un negocio faccioso.
El sexenio de Salomón Jara ya está concluido. No le queda más que sobrevivir e ir entregando a funcionarios cómplices y líderes sindicales gangsteriles ante la presión federal. Si las viejas virtudes, las antiguas palabras honrosas como la dignidad, la vergüenza y la decencia tuvieran todavía algún sentido, este malhadado gobernador debiera renunciar o cuando menos pedir licencia. Eso no ocurrirá por sí mismo a menos que un estallido de hartazgo social como aquel de 2006 lo lleve a dejar el cargo.
Sólo las catástrofes cambian las culturas. Pero sus costos colectivos son abrumadores. Salomón Jara quedará en el recuerdo colectivo como el peor gobernador de todos, en cerrada competencia con aquellos que lo han antecedido.
¿Cómo se cura lo que pareciera no poderse curar?

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