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Leidos y escrebidos

Administración de los males públicos
Jorge Pech Casanova
A Plutarco Elías Calles, temible caudillo de la revolución mexicana, se le recuerda porque impidió con toda clase de métodos ilegales y criminales que el intelectual José Vasconcelos ocupara la silla presidencial en 1929, cuando el Partido Nacional Revolucionario participó en su primera contienda electoral.
También se recuerda a Calles porque impuso a tres presidentes de la república: el medroso Pascual Ortiz Rubio, el refractario Emilio Portes Gil y el rapaz Abelardo L. Rodríguez. Por lo bajo, se culpa al caudillo de haber al menos solapado el asesinato de su predecesor en el poder, en el famoso atentado del restaurante La Bombilla.
Al caudillo se le achacan numerosos crímenes más, incluyendo los de los rebeldes Francisco R. Serrano y Arnulfo R. Gómez (quienes se levantaron en armas contra la candidatura presidencial del propio Calles), así como los de la matanza de Topilejo, en la que entre setenta y cien jóvenes partidarios de Vasconcelos fueron exterminados.
Debido a esta triste celebridad, nadie recuerda que Calles fue de 1913 a 1936 un autor prolífico de discursos y pronunciamientos, que décadas después están reunidos en el volumen Pensamiento político y social: antología.
Por su parte, el predecesor de Calles, Álvaro Obregón, publicó en 1917 un amplio volumen, Ocho mil kilómetros en campaña, que en sus más de quinientas páginas describe batallas que libró el brillante general y astuto político.
Con esto quiero señalar que los fundadores de lo que hoy conocemos como Partido Revolucionario Institucional fueron no sólo competentes militares e implacables verdugos, sino hombres capaces de expresarse por escrito con solvencia. No son piezas literarias las de aquellos caudillos, sino documentos políticos que ya son parte de la historia. Su estilo es en ocasiones engolado, en otras seco, pues estaban destinados a convencer o halagar a su auditorio. Era lo usual en su época. Sin embargo, los sucesores de Obregón y Calles no fueron tan proclives a la escritura.
Por ello es por lo que en estos tiempos es una creencia extendida que los políticos mexicanos son más bien ágrafos, cuando no refractarios a toda práctica escritural o inclusive a las habilidades lectoras: al candidato presidencial Mead una niña de primaria le corrigió la pronunciación de la palabra leer, y la líder del sindicato nacional de profesores Elba Esther Gordillo fue incapaz de pronunciar el brevísimo nombre del virus de la influenza A(H1N1).
A diferencia de los mandatarios Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, quienes presumían sus lecturas en materia de economía, los presidentes panistas Vicente Fox y Felipe Calderón se ufanaron de su casi absoluta carencia de lecturas. Fox inclusive rehusaba leer siquiera los periódicos “para no ser infeliz”. El presidente posterior, Enrique Peña Nieto, dijo que el único libro que había leído (“no completo”, aclaró) era la Biblia.
Andrés Manuel López Obrador declara sin mayor énfasis ser autor de seis libros sobre análisis político. No se sabe que sus análisis hayan influido en las ciencias políticas ni en la investigación histórica, así que han de ser textos forenses y de propaganda.
Aunque el actual presidente de México es un autor conocido, la Feria Internacional de la Lectura de Guadalajara no le extendió invitación para participar en sus foros. Quizá porque el mandatario no ha publicado ningún título nuevo desde que asumió el cargo.
Extraña, en cambio, que la FIL Guadalajara invitase a participar en sus foros a personajes de la política que nunca dieron noticias de tener actividad escritural. Uno de ellos, el gobernador de Nuevo León Samuel García, quien dijo que su lectura favorita es el libro El Federalista, a cuyos autores identificó como “los tres founding fathers de Estados Unidos: Hamilton, James y Madison”.
El gobernador olvidó (o ignora) que James y Madison son la misma persona, y que el tercer autor del citado libro es John Jay. Quizá dudó porque, en inglés, el nombre de este último autor suena igual que “John J.” y temió que le dijesen que había olvidado el apellido.
Por otra parte, la agencia Latinus —propiedad del priista Roberto Madrazo— destacó que la candidata presidencial Xóchitl Gálvez acudió como invitada al homenaje que rindió la FIL a su difunto fundador Raúl Padilla López.
Los medios afines a la candidata no pudieron celebrar demasiado sus declaraciones en la mesa “Mujeres en el Poder, el rumbo de México”, porque allí alguien le obsequió un libro con su biografía, y cuando la periodista Patricia Flores le preguntó “¿Cómo se llama tu libro, Xóchitl?”, la interpelada soltó una risita y tuvo que ver la portada del ejemplar para responder “Soy cabrona y media”.
Al leer incompleto el título del libro escrito por Raciel Trejo, la candidata no dijo que desconocía su existencia (aunque su interlocutora le recalcó: “Es del que hablábamos el año pasado, Xóchitl, ése es el libro”). Ni siquiera fue capaz de expresar que el volumen no lo escribió ella, por lo que todos los testigos de la escena se quedaron con la impresión de que la senadora no es capaz de recordar ni siquiera el nombre de una obra que le concierne.
Se espera que la FIL Guadalajara presente a autores trascendentes de la literatura y el pensamiento, como lo ha hecho en la mayoría de sus foros. Que no invite a un presidente que ha escrito libros se puede entender como una sana distancia con el poder. Mas, ¿para qué presentar a García y Gálvez, notorios por su analfabetismo funcional? ¿Qué lección literaria pueden aportar estos personajes, si no es la del burgués gentilhombre descrito por Molière, quien exigía una bata “para escuchar mejor la música”?
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Amando a la reina

Ta Megala
Fernando Solana OlivaresLa Revolución Francesa, ese horror sangriento del que nació la modernidad, fue brutal con la reina, más aún que con el rey, porque María Antonieta, la calumniada “austriaca”, como era despectivamente llamada, concentraba el odio popular inducido por sus enemigos, quienes abundaban en número mucho mayor que los de su esposo, Luis XVI.
Primera escena: ella llega, joven archiduquesa enviada por su madre, María Teresa de Austria, a casarse con el delfín de Francia, otro imberbe. En su tragedia estuvo ser tan bella, como mostró al ser desnudada por exigencia protocolar de los franceses a quienes ahora pertenecía, y dejar detrás de sí toda prenda y todo objeto provenientes de su origen. La entrega se efectuó, después de arduas negociaciones diplomáticas entre las cortes, en una deshabitada islita de arena en el Rhin, entre Kelh y Estrasburgo, a la mitad de los dos reinos.
Al verlo subrepticiamente días antes de la ceremonia, el entonces adolescente Goethe se quejó con vehemencia del mal presagio que significaba para la futura reina un gobelino colgado en el gran salón donde María Antonieta entraría como archiduquesa y saldría como delfina, representando “lo más inconveniente posible para una solemnidad de bodas” —escribe Stefan Zweig en su gran biografía sobre la desdichada reina, uno más de los tantos fieles, si no de María Antonieta directamente, sí de la incomparable fatalidad de su predestinación—: la leyenda de Jasón, Medea y Creusa. Su madre, la reina María Teresa, quien ha arreglado la importante y delicada boda que tejerá alianzas estratégicas entre los Habsburgo y los Borbones, la deja partir de Viena hacia París teniendo un amargo presentimiento sobre su destino. Nunca más volverá a verla.
Segunda escena: Los primeros tiempos en Versalles fueron locos y felices, deliciosamente irresponsables, y no importaron los siete años que el indeciso Luis XVI tardó en tomar la virginidad de su adorable reina y frecuentar su lecho para hacer obra de varón, como dirían los antiguos. Dicha indecisión será su signo, su mal fario hasta el final: actuando tarde, huyendo tarde, decidiendo tarde ante la sistemática demolición de su reinado en el patíbulo.
Todo se le permitió a María Antonieta, quien partía hacia la Ópera y las noches parisinas rodeada de alegres jóvenes aristócratas y cubierta por un antifaz desde Versalles. Organizaba casinos y jugaba, necesitada siempre de dinero para más moda y más diversión. Pero el amante llegó después. Una reina frívola que no se sentía atraída por su tarea, que no quería comprender el tiempo sino matarlo. Coge la corona, escribe su biógrafo, como si fuera un juguete, no quiere utilizar el poder sino gozar de él. Su error fatal: desear triunfar como mujer en vez de hacerlo como reina. Jovencita descocada, reina frívola del rococó.
Tercera escena: El presente se funda en el pasado. El colapso de los Borbones comenzó cuando el autócrata Luis XIV levantó en Versalles el palaciego símbolo de ello, un deslumbrante altar a su propia persona, y la corte dejó París: irreparable ruptura con la cual el rey anunció a Francia que él lo era todo y el pueblo nada. El camino de regreso lo recorrerían sus descendientes obligados por la hambrienta plebe, por vendedoras del mercado, por campesinos famélicos, por madrotas furiosas y busconas desesperadas.
Cuando todo estalla, con María Antonieta mediáticamente convertida en la bruja puta que debe ser sacrificada junto con su hijo, el sucesor del rey ejecutado, según pedían los furiosos libelos que algunos jefes revolucionarios publicaban contra ella, ocurre una metamorfosis inesperada: por fin el dolor convierte a María Antonieta en reina. Su marido no lo logra, ningún aprendizaje hay para el limitado rey indeciso que nunca altera su parsimonia dubitativa originada por el vacío. Llega el final de la estirpe reinante cuando le toca el turno a un sucesor cuyas únicas pasiones son la caza y la cerrajería, mientras es rey de un país que se destruye entre un orden que se evapora.
Durante su reinado María Antonieta jamás salió más allá de un radio de quince kilómetros. Nunca conoció ni el país ni la sociedad a los que había llegado. Creía que el paraíso en el que ella vivía era el de todos. Al sobrevenir la catástrofe cruzó Francia en un coche con las cortinas cerradas intentando huir sin lograrlo. Fue detenida en Varennes por los pobladores después de salir disfrazada de las Tullerías junto con su marido, sus hijos y unos cuantos acompañantes de la corte. El intento de fuga fue tan ingenuo y mal planeado como lo habría sido su mismo reinado.
Y sin embargo, la dignidad postrera con que encaró el destino significó una expiación. Luego se dirá que en el dolor nos hacemos y en el placer nos gastamos. La amaron muchos entonces, carceleros, guardianes y verdugos. Hasta los jefes revolucionarios se refinaban en su presencia. Ese poder curativo, esencialmente femenino, no lo pudo aplicar en ella misma.
Una gris mañana del 16 de octubre de 1793 los parisinos salieron a las calles de la ciudad, colmaron los balcones y se encaramaron en los tejados para ver pasar a María Antonieta con las manos atadas a la espalda y de pie en una carreta abierta, a diferencia del carro cerrado en que había sido transportado el rey nueve meses antes, camino a la guillotina.
El pueblo la insultó a lo largo del trayecto entre abucheos y vejaciones. Iba de blanco ya que por órdenes oficiales no le permitieron vestirse de negro, mientras los guardias presenciaban en la celda su último cambio de ropa, como años atrás cuando se mostrara desnuda ante extraños al llegar núbil y casadera a su nueva patria. Una vez al nacer como francesa y otra al morir ya siendo tal.
Había sido condenada por razones sexuales más que políticas. Uno de los dirigentes la acusó ante el tribunal revolucionarios de depravaciones entre las que se contaban enseñar a su hijo a masturbarse y compartir su cama con él, así como haber castrado a la monarquía con sus maléficos poderes. Se defendió de las viles infamias con inmensa pero inútil dignidad. Fue condenada unánimemente por el jurado.
Al subir al cadalso en la Plaza de la Concordia perdió un zapato y con el otro pisó accidentalmente el pie del verdugo. “Perdón, señor, no lo hice a propósito”, fueron sus últimas palabras. Cuando la cuchilla cayó sobre su cabeza se impuso en la plaza un pesado silencio.
El cielo siguió gris, como ya lo estaban sus cabellos.
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Sobre la perfección

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
Dice el Diccionario de la Real Academia Española que perfección implica la cualidad de perfecto y que perfecto es aquello «que tiene el mayor grado posible de bondad o excelencia en su línea». Ahora bien, en el arte, ¿existe la perfección? Lo veremos a través de la música y de la pintura, de la mano de tres extraordinarios autores.
I. Marguerite Yourcenar
En su famoso relato «De cómo se salvó Wang-Fo», incluido en su libro Cuentos orientales, la primera mujer elegida para formar parte de la Academia Francesa nos cuenta que se decía que «Wang-Fo tenía el poder de dar vida a sus pinturas por un último toque de color que añadía a los ojos. Los granjeros venían a suplicarle que les pintara un perro guardián y los señores querían de él imágenes de soldados. Los sacerdotes honraban a Wang-Fo como a un sabio, el pueblo lo temía como a un brujo».
Una tarde, el viejo pintor y su discìpulo Ling fueron arrestados por el Emperador, que le reprochó al artista que la realidad de sus cuadros era más hermosa que el mundo que lo rodeaba. Lo condenó a la ceguera, pero antes le pidió que terminara un cuadro. Así lo hizo Wang-Fo. Era un cuadro de su juventud. Empezó a extender sobre el mar inacabado largos trazos azules. Una barca apareció en el centro del lienzo, conducida por su alumno. El anciano pintor subió a la barca y él y su discípulo Ling «desaparecieron para siempre en ese mar de jade azul que Wang-Fo acababa de inventar». ¿Habrá mayor perfección que sustituir la realidad real por la realidad del arte?
II. Pascal Quignard
En su pequeña novela Todas las mañanas del mundo, el gran escritor francés nos relata cómo el señor de Sainte Colombe, después de haber tocado para el espectro de su mujer muerta, se había negado a tocar más hasta que el señor Marais aparece y él acepta hacerlo por última vez, mientras le dice:
«—Va usted a oír los Llantos y la Barca de Caronte. Luego, oirá la totalidad del Sepulcro de las Añoranzas. No he hallado quien, entre mis alumnos, merezca escucharlas. Usted me acompañará.
“El señor de Sainte Colombe marcó un compás al aire y posaron sus dedos. En el momento en que sube el canto de las dos violas se miraron. Estaban llorando. El resplandor que penetraba en la cabaña por el tragaluz se había vuelto amarillo. Mientras que las lágrimas corrían lentamente sobre sus narices, sus mejillas y sus labios, sonrieron al mismo tiempo».
La perfección es posible, pero requiere un espectador.
III. Marcel Schwob
En el otro polo, sobre el gran escritor francés Marcel Schwob, Borges escribió: «Sus Vidas imaginarias datan de 1896. Para su escritura inventó un método curioso. Los protagonistas son reales; los hechos pueden ser fabulosos y no pocas veces fantásticos. El sabor peculiar de este volumen está en ese vaivén».
En su cuento «Paolo Uccello pintor», Schwob describe cómo el artista del lienzo alcanzó la perfección, si bien nos deja la duda, cuando afirma que Donatello sólo vió una madeja de líneas:
«El Pájaro se hizo viejo y nadie comprendía más sus cuadros. No se veía en ellos sino una confusión de curvas. Ya no se reconocía ni la tierra, ni las plantas, ni los animales, ni los hombres. Hacía largos años que trabajaba en su obra suprema, que ocultaba a todos los ojos. Debía abarcar todas sus búsquedas y ser, en su concepción, la imagen de ellas. Era Santo Tomás incrédulo, palpando la llaga de Cristo. Uccello terminó su cuadro a los ochenta años. Llamó a Donatello y lo descubrió piadosamente ante él. Y Donatello exclamó:
—¡Oh, Paolo, cubre tu cuadro!
“El Pájaro interrogó al gran escultor, pero éste no quiso decir nada más. De modo que Uccello supo que había consumado el milagro. Pero Donatello no había visto sino una madeja de líneas. Y algunos años más tarde se encontró a Paolo Uccello muerto de agotamiento en su camastro. Su rostro estaba radiante de arrugas. Sus ojos estaban fijos en el misterio revelado. Tenía en su mano, estrictamente cerrada, un pequeño redondel de pergamino lleno de entrelazamientos que iban del centro a la circunferencia y que volvían de la circunferencia al centro».
Quizá la perfección no existe y sea sólo la epifanía del creador y su obra cumbre sea sólo una madeja de líneas sin forma ni sentido.
Podemos elegir la perfección que crean Wang-Fo y el señor de la Sainte Colombe o la confusión epistemológica y sin embargo feliz de Paolo Uccello. ¿Con quién te quedas, amable lector de estas líneas?
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Diario de Gaza II

Ta Megala
Fernando Solana OlivaresUn proverbio latino dice que lo que se puede afirmar sin evidencias, puede descartarse sin evidencias (“Quod gratis asseritur, gratis negatur”). La limpieza étnica de Gaza o el genocidio sionista contra los palestinos emprendido desde el 7 de octubre pasado se sostiene en atroces evidencias que están a la vista de todos, así quieran ser ocultadas por los intereses occidentales hegemónicos que controlan la información mundial. En cambio, las justificaciones sionistas para la aniquilación del pueblo palestino no están sostenidas más que en las repetidas afirmaciones de una falsa verdad. Ese crimen de lesa humanidad —“por primera vez en la historia una matanza sistemática de civiles frente a las cámaras de televisión”— se muestra todos los días en una incesante espiral del horror.
La ocupación armada de Palestina dirigida por los supremacistas judíos se inició en 1948 con la decisión de la ONU para crear dos Estados, uno hebreo y otro árabe. Antes de que se trazaran sus fronteras, que contemplaban el 55 % del territorio para los árabes y el 45 % para los judíos, los sionistas iniciaron la expulsión del pueblo palestino y asesinaron al representante especial de la ONU encargado de supervisar la creación de los dos países. Armados por los ingleses, los supremacistas judíos derrotaron a los países árabes que trataron de impedir la ilegal expulsión de los moradores históricos de Palestina.
El Estado de Israel, como observa Boaventura de Sousa, se creó sobre la base de una operación masiva de limpieza étnica: 750.000 palestinos fueron expulsados en 1948, más de 300.000 después de la guerra de 1967, y ahora lo serán cerca de dos millones de personas. Hasta hoy han sido inútiles todas las resoluciones de la ONU en contra de la ilegal ocupación judía de Palestina, invariablemente vetadas por Estados Unidos. Sin embargo, hasta “la más pronorteamericana de las organizaciones de derechos humanos”, Human Rights Watch, caracteriza a Israel en un informe de 2021 como un Estado que ha puesto en práctica el apartheid, un racismo estructural definido desde 1976 como un crimen colectivo por la Asamblea General de la ONU. La potencia ocupante controla los territorios de los que se ha apoderado (Jerusalén Este, Cisjordania palestina, la Franja de Gaza) y subordina al autogobierno palestino. “La opresión es sistemática y la discriminación es institucional: expropiación de tierras, cambio forzoso de residencia, control de movimientos de los habitantes, gestión autoritaria del agua y la electricidad, negación de servicios esenciales como las vacunas contra el Covid-19”. Además de la destrucción metódica de hospitales y escuelas, la confiscación de los lugares sagrados islámicos y la prohibición a sus fieles para ingresar libremente a ellos.
Esa prisión al aire libre, la más grande del mundo, no ha provocado ningún juicio internacional ni condena unánime a Israel por sus crímenes. La razón es obvia: los valores occidentales sólo se utilizan cuando conviene al imperio anglosajón y sus satélites europeos para beneficiarse de ellos. De ahí que Palestina represente una destrucción masiva de sentido, a la vez que “un descodificador de la hipócrita falsedad de los mecanismos dominantes para hacer prevalecer los valores occidentales que incesantemente conducen a su propia violación”. Un terrorismo de Estado sostenido con las armas más sofisticadas provistas por Estados Unidos, concluye Boaventura, “para mantener a un pueblo indefenso en estado de terror constante desde 1948”.
El ataque de Hamás a Israel el 7 de octubre, dejando más de 1,400 muertos y 240 rehenes, provocó la implacable y desmedida respuesta de Israel. En esta guerra asimétrica el lenguaje y su falsificación mediática han jugado un papel esencial. Antes del asalto palestino las provocaciones judías no habían existido. Tampoco la invasión de la mezquita de Al Aqsa en Jerusalén o los disparos contra los creyentes islámicos en oración durante el mes sagrado del Ramadán o los intentos crecientes de organizar el culto judío ahí mismo o los ataques de fanáticos judíos contra casas y negocios árabes o la constante expulsión armada de sus propiedades contra vecinos palestinos y pequeñas aldeas de Cisjordania cometida por colonos israelitas. La culpa de todo ello es de Hamás e Israel sólo se defiende. Por eso los ataques israelíes causan muertos civiles “inevitables”, así sean niños —utilizados por Hamás como escudos humanos según la potencia ocupante—, pero en cambio todos los israelíes muertos son “asesinados”.
Sara Roy, especialista judía-estadounidense en Gaza y Cisjordania e investigadora del Centro de Estudios de Oriente Medio de la Universidad de Harvard, cuyos padres fueron deportados a campos de exterminio nazis, escribió recientemente una carta abierta a Joe Biden: “Estimado señor presidente: ¿Cuándo se vuelve inaceptable la muerte de un niño palestino? O acaso debería formular la pregunta de este modo: ¿cuándo concederá usted a una vida palestina el mismo carácter sagrado que a una israelí?”
Otro historiador, el palestino-estadounidense Rashid Khalidi, observa que la limpieza étnica sionista contra Palestina hasta ahora se había estado llevando a cabo en relativo silencio, sin el interés de los medios de comunicación masiva. Menciona las recientes declaraciones del presidente de Estados Unidos —“la voz más importante del país, aunque no tenga mucha voz”— quien ha equiparado a Hamás con el Estado Islámico, pues aquel es “la pura maldad, peor que el Daesh”, un nuevo 11-S. Es lo más alto que se puede llegar en la escala del apocalipsis, escribe el académico, consistente con la propaganda sionista de que Hamás es una banda terrorista. El hecho de que sea un gobierno electo democráticamente en Gaza y represente una organización política, social, cultural y religiosa no tiene ninguna relevancia.
Durante un debate legislativo en Florida la representante demócrata Angie Nixon, que impulsaba una resolución de alto al fuego para detener los ataques de Israel contra Gaza, preguntó: “¿Cuántos palestinos, además de los más de 11.000 que hasta hoy se cuentan, deben morir para que cesen las hostilidades?” “Todos ellos”, le respondió imperturbable Michelle Salzman, legisladora republicana. Los legisladores rechazaron la propuesta de Nixon con 104 votos en contra y 2 a favor. Michelle Salzman no se retractó de su escalofriante llamado al genocidio palestino. Quedó consignado en el diario de debates. Unos días después la emisora estatal israelí Kann News subió a sus redes un video donde cinco jovencitas judías estudiantes de secundaria cantaban a coro una canción escolar: “Aniquilaremos a todos. Le mostraremos al mundo cómo destruimos a nuestro enemigo”. En la pantalla del video se mostraban los demoledores bombardeos contra Gaza, que las chicas festejaron patrióticamente.
Además de las metas declaradas por el ejército israelí para destruir a Hamás y recuperar a los rehenes, otras intenciones están detrás de su aniquilación y limpieza étnica. El territorio palestino ocupado y la costa mediterránea de la Franja de Gaza cuentan con importantes reservas de petróleo y gas natural con un valor estimado en cientos de miles de millones de dólares, cuya propiedad y derechos naturales de explotación le han sido arrebatados a Palestina por Israel. Primero intentando bloquear mediante medios legales ante tribunales hebreos el derecho de la Autoridad Palestina para otorgar permisos de perforación y exploración de energía, y después por la fuerza. Después de que Hamás llegara al poder en la Franja de Gaza, Israel lanzó en 2008 con el apoyo de Estados Unidos su operación Plomo Fundido. Mató entonces más de 1.400 árabes y se apoderó de los yacimientos de gas en aguas territoriales palestinas. La ministra de Energía israelí Karine Elharrar firmó en 2022 un memorándum de entendimiento con la Unión Europea para venderle gas natural. “Este es un momento histórico en que el pequeño país de Israel se convierte en un actor importante en el mercado energético mundial”, decía el documento. El gas, el petróleo y el agua de Palestina son robados por Israel. Negocios en tiempos de guerra.
La editora de poesía del New York Times, Anne Boyer, dimitió en protesta por la sangrienta ocupación de Gaza. En su carta de renuncia, publicada por La Jornada, advirtió que la guerra no hará que Israel, Estados Unidos o el pueblo judío estén más seguros, pues su beneficio sangriento es para los intereses petroleros y los fabricantes de armas. “Es una conflagración continua contra el pueblo de Palestina, que ha resistido durante décadas de ocupación, desplazamiento forzado, privaciones, vigilancia, asedio, encarcelamiento y tortura”, escribió. Su renuncia, sin decirlo explícitamente, también fue una protesta ante la manipulación informativa y el doble rasero del periodismo estadounidense en la masacre.
La brutalidad del ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre despertó una comprensible simpatía y solidaridad en Occidente. Pero no así el devastador ataque de Israel contra Gaza, con 11.400 palestinos muertos hasta hoy (4.700 niños, 3.155 mujeres y 668 ancianos), que ha arrasado barrios enteros de la Franja de Gaza y provocado la expulsión de más de un millón y medio de desplazados. Tampoco ha despertado condena en Occidente la decisión de Israel de cortar los suministros de agua, alimentos, médicos y combustible a Gaza. Una acción considerada un grave crimen de guerra según el derecho internacional, denunciada en otros lugares como “actos de puro terror” por los gobiernos occidentales, que en este caso se ha justificado y hasta defendido, como señala el periodista Khaled Elgindy, una voz aislada entre tantas otras en la prensa occidental: “Las muestras públicas de simpatía o solidaridad con las víctimas palestinas se consideran inaceptables y son consideradas como ‘insensibles’ o incluso ‘proterroristas’ por los funcionarios y la multimedia occidental. En el ambiente ‘juego de suma cero’ (donde la pérdida de un lado es igual al beneficio del otro) que se vive en la política estadounidense, sólo las víctimas israelíes son dignas de ser reconocidas”. No hay ningún tipo de empatía hacia los palestinos, “animales humanos”, “salvajes que tienen que ser erradicados”. En cambio, cualquier crítica al genocidio israelí se considera antisemitismo. Su condición de víctimas históricas le garantiza una permanente inmunidad a Israel.
El recuento de las atrocidades sionistas que quieren convertir a Gaza en “una isla desierta”, “una ciudad de tiendas de campaña”, cuya población será expulsada hacia el desierto egipcio del Sinaí, resulta escalofriante. Los nazis ocultaron el holocausto judío todo lo que pudieron. El sionismo judío muestra al mundo sin pudor ni remordimiento algunos el sacrificio palestino que ha provocado. La destrucción y asalto militar del hospital Al-Shifa y sus centenas de heridos y pacientes, varios bebés entre ellos, no tiene paralelo histórico. La muerte de inocentes palestinos y la supresión de todo un pueblo supera el entendimiento, ha denunciado Volker Türk, alto comisionado de la ONU para los derechos humanos. Netanyahu es un asesino de niños peor que Herodes, acusó Petro.
El genocidio y la limpieza étnica del sionismo en Gaza será equivalente a lo que la explosión de Chernobil significó para precipitar el derrumbe de la Unión Soviética. Mientras la atención se concentra en las masacres de civiles cometidas en Israel y exponencialmente en Gaza, se pierden de vista los efectos que esta masacre hasta hoy impune provocará en el mundo, considera Thierry Meyssan: “Israel y el Imperio estadounidense desaparecerán en pocos años. Quienes luchen contra la marcha de la Historia no lograrán otra cosa que provocar más guerras sin sentido y gran número de muertos inútiles”. Entretanto, el horror.
Este 22 de noviembre Israel y Hamás acordaron una tregua temporal para la liberación de rehenes judíos a cambio de prisioneros palestinos. “No nos detendremos después del cese del fuego”, advirtió sin embargo Netanyahu. El Departamento de Estado estadounidense expresó su preocupación ante los periodistas que durante esos días podrán entrar a la Franja de Gaza y mostrarán al mundo la catastrófica destrucción que ha sufrido. Mientras tanto, actrices como Susan Sarandon son despedidas por compañías de Hollywood después de hacer declaraciones a favor de Palestina y llamando a la paz.
Armagedón ya comenzó.
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Ciento un años sin Marcel Proust

El laberinto del mundo
José Antonio Lugo
Hace unos días se cumplió un aniversario más —18 de noviembre— de la muerte del novelista francés. Por ello, hoy lo recordamos. Quizá los tres mejores novelistas de la literatura francesa fueron François Rabelais, el Cervantes francés, autor de Gargantúa y de Pantagruel, que institucionalizó la risa, la joie de vivre; Gustave Flaubert, que cambió la historia de la novela al poner al estilo, la prosa, por delante de la trama y, en el siglo XX, Marcel Proust, quien con su novela en siete volúmenes A la búsqueda del tiempo perdido creó una obra imperecedera, de enorme penetración psicológica, belleza formal y planteamientos estéticos.
I. El deseo y la realidad (parafraseando a Cernuda)
A la búsqueda del tiempo perdido es una novela que se despliega a lo largo de muchos años. Comienza con el narrador siendo niño que sufre porque su mamá no le va a dar el beso de las buenas noches, porque su padre considera que está muy consentido. Sin embargo, finalmente da su brazo a torcer y no sólo permite el beso, sino que la mamá duerma a su lado. La expectativa, la frustración y, después, un goce inesperado y sobrecogedor… El narrador se da cuenta de que el placer que imaginó tendría al recibir el beso materno fue mayor que el que tuvo en la realidad. Esa terrible verdad permea toda la novela. La realidad, aún en los momentos sublimes, no alcanza el nivel de lo que imaginamos desde el deseo. Y la novela termina, simbólicamente, cuando el narrador, celoso de su amante Albertine, la ve dormida y se da cuenta de que así, dormida «como los animales y las plantas» es más suya que cuando está despierta. La posesión amorosa y erótica es imposible, una falacia, porque no se puede aprehender lo que no nos pertenece, porque el otro, la otra, el objeto de nuestro amor y nuestro deseo, tiene otras preocupaciones, otros deseos, otros traumas y son sólo las puntas de los icebergs de los dos las que se comunican con torpeza a través de los besos.
II. El museo imaginario de Marcel Proust
De paso por la librería francesa del sur de la ciudad de México, me topé con un libro excepcional: El museo imaginario de Marcel Proust, traducido al francés a partir de la versión inglesa de Eric Karpeles. El autor, concienzudo lector de la obra maestra de Proust, sabe que la novela está llena de referencias, algunas explícitas y otras un tanto soterradas o incluso imaginarias, de algunos de los famosos cuadros de la historia del arte, toda vez que Marcel se nutrió de la tradición clásica, desde el Renacimiento hasta Whistler, pero escribió su obra en la época de las grandes vanguardias artísticas. Entonces, la monumental y erudita tarea de Karpeles fue enumerar todas las referencias pictóricas de A la búsqueda del tiempo perdido y colocar las imágenes de esos cuadros en su libro, acompañando cada una con el fragmento de la novela que alude a esa pintura. Al hacerlo ¡vaya trabajo descomunal, brillante! nos ofrece también algunas claves secretas para comprender mejor la obra de Proust.
III. Una hermenéutica proustiana a partir de los cuadros de la novela
a. La novela como una sucesión de motivos que establecen pequeñas diferencias entre ellos. Karpeles nos muestra la fascinación de Proust por la serie de cuadros que pintó Monet sobre el tema de los nenúfares, y que se exhibió en la galería Durand-Ruel, en París. Dice Proust: «Imaginemos hoy a un escritor que tuviera la idea de trazar veinte veces, con una luz diferente, el mismo tema, y que tendría la sensación al hacerlo de crear algo profundo, sutil, abrumador, original, que atrape, como las cincuenta catedrales o los cuarenta nenúfares de Monet». Así se explicaría que la enorme novela se despliega como un tapete persa a lo largo de sus siete volúmenes.
b. Los pintores favoritos de Proust. Eran Mantegna, Rembrandt, Tiziano, las naturalezas muertas de Chardin, Turner, Whistler y, sobre todo, Vermeer, ante cuyo cuadro muere el escritor Bergotte, en la novela. En ella, las búsquedas estéticas de estos creadores se convirtieron en una trinidad: el escritor Bergotte, el compositor Vinteuil y el pintor Elstir.
c. La influencia de Baudelaire y de John Ruskin. En el extraordinario libro Baudelaire, critique de art (Folio, Gallimard, 1976) se compilan los ensayos de arte del autor de Las flores del mal para los «salones» de 1846, 1855 y 1859. En estos salones se exhibían los cuadros de los independientes, aquellos artistas que no eran del agrado de las galerías, llamémoslas así, burguesas, que ya tenían gustos codificados para una burguesía con poder adquisitivo. En las notas de Baudelaire abrevó Proust, así como en las del crítico inglés John Ruskin. Según Karpeles, Ruskin consideraba que la belleza y la moral eran indisolubles, por lo que criticaba a Whistler, a quien Proust admiraba, lo que permitió que terminara alejándose del crítico inglés, a pesar de la enorme influencia que ejerció sobre su obra.
d. El museo imaginario de Marcel Proust. Botticelli, Degas, Delacroix, Durero, Giotto, Gris, Monet, Moreau, Rembrandt, Renoir, Rubens, Tiziano, Turner, Velázquez. Vermeer, Watteau y Whistler son sólo algunos de los pintores cuyos cuadros reproduce Kespeler, junto con los fragmentos de A la búsqueda del tiempo perdido que a ellos se refieren, como señalamos con anterioridad.
Sin duda, este libro es una joya. Leerlo nos permite no sólo comprender la crítica de arte que, desde un conocimiento profundo de la pintura —y también de la música, por cierto—, Proust ejerció desde dentro de su novela.
La lectura de este libro es, también, una formidable clase de estética e historia del arte y, por supuesto, una invitación a leer o releer —-amigo lector de Morfemacero— la novela inconmensurable de Marcel Proust.
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El ministro contra el misterio

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
Carlos Abascal Carranza fue secretario del Trabajo y luego de Gobernación durante el sexenio de Vicente Fox, de los años 2000 a 2006. Cuando murió en diciembre de 2008 se dijo de él que hasta sus adversarios lo reconocieron como “un hombre congruente”. Con esto resaltaban su catolicismo a ultranza, que dio pie a que se intentara su canonización en 2009.
Ese proceso canonizante fue deslucido y quizá frenado por la noticia de que su hijo Rodrigo Abascal Olascoaga pretendía quitarle sus cuatro hijos y despojar de su casa a su ex esposa, nuera del candidato a santo. Un medio aclaró al respecto: “Rodrigo Abascal no tiene nada que ver con los valores y principios defendidos por su padre. El vástago del candidato a formar parte de los textos de hagiología es un ente antinatura”.
Años antes de su muerte, el propio Carlos Abascal dio muestras de un intolerancia nada santa ni cristiana al arremeter contra una modesta maestra de secundaria, Georgina Rábago Pérez, por el enorme delito de dar a leer a la hija de Abascal y a otras católicas educandas la clásica novela de fantasmas Aura, de Carlos Fuentes.
La breve e intensa narración de Fuentes es una de las obras maestras de la literatura mexicana del siglo XX, con reminiscencias de La hija de Rapaccini, de Nathaniel Hawthorne, y sobre todo de Los papeles de Aspern, sorprendente novela satírica de Henry James, con su carga de fantasmagorías inglesas y venecianas.
Con todo y su ascendencia inglesa, la muy mexicana Aura relata la extraña aventura de Felipe Montero, historiador contratado por la centenaria viuda Consuelo para ordenar las memorias del difunto general Llorente, quien combatió en tiempos de Benito Juárez. En la vetusta casa de Donceles 815, Felipe halla a la joven Aura, de quien se prenda. En su trato erótico y sentimental con ella, el historiador descubrirá que la joven guarda una anómala dependencia con su abuela Consuelo.
Una escena en particular de la novela despertó la católica indignación de Carlos Abascal: al unirse carnalmente con Aura, Felipe Montero participa en una especie de misa negra erótica sobre el lecho sacrílego. Sin decir nada a la docente, en 2001 el devoto secretario del Trabajo del papista Vicente Fox envió una carta al Instituto “Félix de Jesús Rougier” quejándose “debido al tipo de libros que la profesora Luz María Georgina Rábago Pérez de la asignatura de español II y III pidió a las alumnas”.
Al secretario Abascal no le agradaron los misterios eróticos y espectrales que halló en las lecturas encomendadas a su heredera. En consecuencia, Lourdes González Doria y Elizabeth Suchowitzki Stadelman, respectivas apoderada legal y directora técnica del Instituto, respondieron al quejoso ministro elaborando un acta de despido para la profesora Rábago en la que la desprevenida docente y estudiante de teatro leyó:
“Un argumento a través del cual se demuestra la incompatibilidad de estos libros con la Filosofía en Valores Éticos de esta escuela secundaria, es la transcripción del texto del libro Aura de Carlos Fuentes en las páginas 48 y 49, que dice: «Felipe cae sobre el cuerpo desnudo de Aura, sobre sus brazos abiertos, extendidos de un extremo al otro de la cama, igual que el Cristo Negro que cuelga del muro de su faldón de seda escarlata, sus rodillas abiertas, su costado herido, su Corona de brezos montada sobre la peluca negra, enmarañada, entreverada con lentejuela de plata. Aura se abrirá como un altar. Murmuras el nombre de Aura al oído de Aura, sientes los brazos llenos de la mujer contra tu espalda. Escuchas su voz tibia en tu oreja: ¿Me querrás siempre?»”.
Sobrevino el escándalo al dar a conocer públicamente la profesora las causas de su despido, que ni la escuela ni Carlos Abascal desmintieron. Las propias discípulas de la docente le revelaron que habían visto la alevosa carta del ministro en la mochila de su hija, a la cual la futura actriz teatral no señaló. Al contrario, Rábago defendió a la adolescente Abascal al describirla: “Era la más participativa, muy bien comportada. En clase no platica. Sin ser propiamente líder, era una de las que más enriquecían las clases con sus comentarios. Con ella nunca tuve un incidente”.
Aunque la escuela secundaria ofreció recontratar a la cesada admiradora de Fuentes, García Márquez y Kafka, Georgina Rábago rechazó el empleo, se graduó como actriz teatral en la universidad y desarrolló su carrera lejos de las católicas arremetidas del ministro que, a su muerte, olería a santidad en los belfos de sus sicofantes.
Abascal fue un enemigo de los trabajadores cuando estuvo en la Secretaría del Trabajo, así que no sorprende su alevosa arremetida contra la profesora Rábago. No era un hombre habituado a dialogar sino a imponer; no veía a las trabajadoras ni a los trabajadores como seres humanos con derechos, sino como simples receptores y ejecutores de órdenes. Cuando fue secretario de Gobernación, el católico señor tampoco fue favorable a la mayoría de las mexicanas ni de los mexicanos, como todo el nefasto gobierno que lo auspició.
En el funeral de su ex colaborador, el aciago Vicente Fox adujo sobre Abascal: “Él está en el cielo y sigue con nosotros”. Si el cielo existe, es difícil que admitiese entre sus inquilinos al vengativo Carlos Abascal, pero en consideración a sus fanáticas devociones, quizá le haya designado compartir un rincón cerca del cielo (pero sin salir del purgatorio) con su sacrílego tocayo Fuentes, quien dejó este mundo en 2012.
Acaso en un recodo de ese incómodo territorio póstumo, Carlos el aspirante a santo atormente al Carlos blasfemo con prédicas sobre el matrimonio; pero es más probable que Carlos el novelista atormente al Carlos rezandero con lecturas de sus (no muy logradas) novelas postrimeras. Acaso en las conversaciones de ambos medie otro Carlos, el satírico Monsiváis, y aun Carlos Montemayor, hombre que fue docto en lenguas, en literatura, en bel canto y en guerrillas. A tales peripecias póstumas no accede el humano entendimiento. Pero Alá sabe más.
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El insondable maestro K

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Esa definición, “maestro”, le hubiera parecido impropia a este deconstructor espiritual contemporáneo, antiautoritario y antidogmático, no filósofo ni retórico, poco discursivo, simple y preciso, insondable y enigmático.
Si la historia de esta época cuenta con tantos monstruos y demonios, en ella también hay personajes extraordinarios cuyo mensaje resulta compensatorio de los desvaríos de una civilización materialista terminal y atenúa la sensación de ocaso que nos rodea. La pregunta de cómo resolver la infelicidad de la conciencia y el cuerpo humanos ha sido permanente. Este hombre parece haberla resuelto.
Su biografía es tan singular como lo que dijo a lo largo de más de cincuenta años de pláticas impartidas en todas partes ante diversos auditorios, su único método de divulgación elegido, pláticas que se hicieron libros, junto con dos pequeños volúmenes escritos por él mismo en sendos cuadernos sin ninguna corrección, como si le hubieran sido dictados, Diario y Diario II (Hermes Sudamericana, México, 1992)—.
Krishnamurti, Krishnaji o sencillamente K —como lo habría prefigurado Kafka sin saberlo—, nació el 11 de mayo de 1895 en un pequeño pueblo hindú entre Madrás y Bangalore. Su padre era un brahamín ortodoxo miembro de la Sociedad Teosófica, organismo seudo religioso y seudo místico fundado en 1875 por dos personajes tan sórdidos y dudosos como su charlatanería neo espiritual.
Los sucesores de Helena Petrovna Blavatsky —una rusa operadora de milagros, supuesta clarividente y fraudulenta médium (ella misma todo un tema para la historia moderna de la antipolítica del espíritu, los antecedentes de la Nueva Era y el pensamiento mágico e irracionalista masificado)— y del coronel Henry Steel Olcott —veterano de la guerra civil estadounidense que también pretendía ser un iluminado clarividente—, Annie Besant y Charles W. Leadbeater, “descubrieron” a K a los catorce años mientras paseaba con su hermano menor por la playa donde el río Adyar confluye en la Bahía de Bengala, lugar que pertenecía a la Sociedad Teosófica y en la cual su padre había sido contratado como empleado.
Fue Leadbeater, un antiguo clérico anglicano y discípulo de Blavatsky, quien reparó en un niño desnutrido, empiojado, cubierto de piquetes y que parecía algo retrasado. Cuando menos particularmente torpe. Al verlo dijo que tenía el aura más maravillosa que hubiera conocido y que sería un gran maestro espiritual. El adolescente fue designado como el vehículo que utilizaría un Buda futuro, Maitreya, para manifestarse en el mundo. Se creó una orden, la Estrella de Oriente, que llegó a tener más de veinte mil miembros, y a ese tímido y como ausente jovencito se le puso a la cabeza la congregación. Se le declaró Instructor del Mundo y se le entregó, como él mismo diría después, “un poder tremendo”.
Basado en las creencias teosóficas —un batiburrillo de hinduismo, espiritismo y budismo indigestos, que en México, por cierto, pudo haber compartido el presidente Francisco I. Madero—, ese poder y esa designación fueron rechazados por K en un memorable 1928, cuando durante la Convención Teosófica abolió la Orden de la Estrella y declaró que no tenía discípulos, que todas las ceremonias eran innecesarias para el desarrollo espiritual de cada quien.
“Rehúso ser la muleta de ustedes. No dejaré que me pongan en una jaula para adorarme”, dijo en un sorprendente discurso. Después se marchó sin seguidores o devotos detrás, habiendo advertido que no se preocuparan por quién era él ya que nunca lo sabrían, no para alimentar un misterio sino precisamente para desautorizarlo. El resultado de ello derivó en el surgimiento de uno de los últimos maestros espirituales de la historia tardomoderna, tan concreto como los tiempos requieren, sin ninguna creencia, sin ningún dogma, sin ningún miedo psicológico, sin ninguna herida emocional.
Después de un suceso de tres días donde vivió un profundo estado de supraconciencia y arrobamiento místico —“estaba ebrio de Dios”, explicaría después—, K comenzó a trasmitir un nivel de reflexión que hablaba de cosas vitales: la vida, la muerte, la libertad, el dolor, el ser. Muy poco culto, estudiante fracasado en Londres, influenciable y dócil, bondadoso pero en apariencia vacío cuando joven, de este hombre hay testimonios contrapuestos. Uno de ellos afirmó que en sus primeros años se le creía subnormal e impedido, otro aseguraba que K siempre fue el mismo iluminado. Y una tercera opinión hacía constar que su presencia era noble, llena de gracia, serena y poderosa. La gente se enamoraba de la belleza de K.
Una nota periodística de abril de 1983 acerca de las pláticas de K en un rebosante Madison Square Garden de Nueva York consignaría: “Nos encontramos con un hombre atento y tímido que parecía dotado de una paciencia infinita, si bien al mismo tiempo exhibía una gran vehemencia y un sentido misionero (…) un hombre verdaderamente libre que, sin proponérselo, había alcanzado un tipo de anarquía espiritual, una perspectiva profundamente moral y sagrada, por completo independiente de las ideologías o religiones ortodoxas”.
En una ocasión, al pronunciar una plática en la Italia de Mussolini en 1933 delante de cardenales, obispos y generales, K habló contra todo tipo de autoridad, de devoción, de idea, de partido. Para empezar, contra la autoridad interior de cada cual (“yo nunca acepté la autoridad y nunca ejercí autoridad sobre otros”, dijo alguna vez). Al día siguiente sólo estaba una anciana en el auditorio para escuchar a quien durante años repitió solamente algunas nociones básicas: la necesidad de abandonar el miedo psicológico, la necesidad de abandonar las imágenes mentales que ese miedo produce, la necesidad de abandonar el tiempo que esas imágenes mentales inducen en el pensamiento, la necesidad de abandonar el mismo pensamiento.
Suena drástico pero es objetivamente exacto. K afirma que la memoria psicológica es la causante de la infelicidad humana y que el futuro sucede ahora, al modo de un clínico de la conciencia, un sanador del sufrimiento mental que siglos atrás habría elaborado una filosofía dogmática y ahora, en esta intemperie histórica donde las certezas se han evaporado, sólo tuviera disposición y energía para hablar de la verdad sin adornos, desnuda. Y para proponer a sus oyentes el alcanzarla sin método alguno, volviendo así más insondable su lección.
II.
Desde su infancia K no pensaba. No solía hacerlo sino en los momentos en que le era indispensable. En los otros, no. Miraba el mundo como si cada vez fuera la primera vez que lo hiciera, sin aplicar ideas, comparaciones o juicios a su observación. Por ello su maestro de párvulos lo consideraba retrasado y lo castigaba enviándolo a un rincón, cuidándose antes de apalearlo. La clase llegaba a su fin, todos se iban y K quedaba olvidado ahí.
“Cuando el observador abandona todo lo que él es, entonces el observador no existe. Esto no es muerte. Es lo intemporal”, escribió K años después en su Diario II, un testimonio sobre la conciencia obtenida que no apela a deidad o potencia alguna, que no propone método ni convoca ninguna creencia o convicción excepto esta: la verdad está aquí.
¿Pero qué es la verdad para K? La verdad consiste en liberarse de lo conocido para liberarse del tiempo y ver el mundo como una totalidad en transformación de la cual se forma parte. La verdad se alcanza cuando uno se absuelve de todas las imágenes mentales, ese hábito pertinaz que lleva a la persona al miedo psicológico y al dolor.
El meollo de esta doctrina no es novedoso, no tendría que serlo para ser real, pero sí el modo narrativo en que se expresa. Nuevo y tajante, según la tesis que caracteriza a K como el maestro postrero de una edad histórica donde todo lo sólido se desvanece, el divulgador de una hermenéutica para la transformación personal en momentos de confusión generalizada, de valores en extinción, especies en peligro, calentamiento global, militarismo apocalíptico, frente al final de un mundo y el colapso de su civilización. En la tardomodernidad surgen reflexiones que difunden otras maneras de vivir la existencia, otros recursos epistemológicos ante la aguda infelicidad del presente y el deterioro global que se anuncia venir.
En 1936 K visitó México e impartió una de sus habituales charlas, sentado en una silla en el escenario y silencioso algunos minutos antes de comenzar a hablar, en tanto exploraba al auditorio, al cual pedía no aplaudir ni antes ni después de sus palabras, pues “estarían premiando solamente su propia comprensión”. Todos los testimonios coinciden en reconocer una poderosa y concentrada fascinación en la oratoria de K, una sencillez inusual y una concreta claridad en lo que decía, aunque no ofreciera jamás un modo de llegar al sitio perceptivo sin imágenes mentales donde él parecía estar. Como sucedía siempre, esa conferencia de K en el México cardenista transformó a varios de quienes lo escuchaban, cuando menos durante el acto mismo, porque supieron de la posibilidad de un vivir sin repeticiones ni tedio, acto extraordinario pero enteramente posible que ocurriría en medio de la existencia misma, ocurriría aquí.
“La esencia de la enseñanza de K —escribió refiriéndose a sí mismo en tercera persona como siempre lo acostumbró— está contenida en la declaración que él hizo en 1929 cuando dijo: ‘La Verdad es una tierra sin senderos’. El hombre no puede llegar a ella a través de ninguna organización, de ningún credo, de ningún dogma, sacerdote o ritual, de ningún conocimiento filosófico ni de técnica psicológica alguna”.
Así fue la aparición crítica de un discurso objetivo y perentorio que describe las imágenes mentales construidas internamente como meras defensas humanas —“su percepción de la vida está moldeada por los conceptos ya establecidos en su mente”, indicó K en alguna entrevista, hablando de cualquiera y de todos— que conducen a ideas, símbolos y creencias dominantes del pensar, de las relaciones humanas y de la vida cotidiana. Sólo propone aceptar una única y determinante libertad personal: la total libertad con respecto al contenido de la conciencia. La libertad de no pensar más que cuando se requiera pensar.
Y aun su concepto de libertad es diferente al de cualquier otro enseñante o gurú: “La libertad es observación pura sin dirección, sin el miedo que se esconde tras del castigo y la recompensa. La libertad está exenta de motivo; no se halla al final de la evolución del hombre sino en el primer paso de su existencia”. Así disolvería este personaje sin linaje ni pertenencia el par de opuestos del observador y lo observado, para concretarse en la operación perceptiva que conduce a la libertad de la conciencia: observar cualquier cosa y suceso sin juicio comparativo, solamente observar. Contradijo también el orden evolutivo que nuestra cultura predica. La conciencia iluminada o supra consciente puede ser común y accesible a toda aquella persona que se proponga lograrla.
La causa de dicha condición consiste en que esa forma de mirar el mundo sin prejuicios ni comparaciones existe potencialmente en cualquiera decidido a abandonar las imágenes mentales automáticas que produce el pensar, cualquiera capaz de atreverse a mirar sin pensar. Un método no metódico para lograr el cambio “profundo y radical” al que su enseñanza exhorta: observar nuestra existencia diaria mediante una percepción directa y sin interpretaciones para comenzar a descubrir nuestra completa falta de libertad. “El pensamiento es tiempo —escribió K unos años antes de morir—. El pensamiento nace de la experiencia, del conocimiento, que son inseparables del tiempo. El tiempo es el enemigo psicológico del hombre. Nuestra acción se basa en el conocimiento y, por lo tanto, en el tiempo; de modo que el hombre siempre es esclavo del pasado.”
Ningún dios tutelar ni ningún credo protector, ninguna filia y ninguna fobia, nombre o entidad. K sólo habló desde la verdad objetiva de su lacónico mensaje: liberar completa y repentinamente la conciencia del ser humano actual. Sería ocioso (los físicos dirían: atender epifenómenos) especular por lo que fuera —“algo” o “alguien”, como afirmó primero y luego expresó ya próximo a morir— que estuviera actuando a través de la profunda y sencilla sabiduría de K, quien anunció que no dejaba ningún discípulo y que nadie podría hablar en su nombre.
La historia es una cuestión de permutaciones. Cuando todas ellas hayan sucedido, el tiempo histórico terminará. K propone un paso lateral: salirse de él. Aprender a observar sin juicio previo, abandonar el miedo de la memoria psicológica y alcanzar la libertad mental. Aceptar la claridad de que el futuro es hoy.
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Un mural universitario

Culturas impopulares
Jorge Pech Casanova
Se diría que la época del muralismo significativo ha terminado en México, después del largo periodo en que Rivera, Siqueiros y Orozco, junto con O’Gorman y otros artistas, llenaron los espacios públicos con sus trabajos monumentales.
Habrá quien cuestione: ¿Murales en el siglo XXI? ¿Para qué? Si en la modernidad líquida que nos contiene todo lo que era sólido se desvanece, si no en el agua, en el aire o en el fuego. Vivimos en un momento histórico en que inclusive las obras de arte antes atesoradas como reliquias, se pueden destruir para convertirlas en una imagen virtual que, al adquirirla un coleccionista, paradójicamente pasa a ser la nada propiedad de nadie.
¿A quién se le ocurre, pues, restaurar el viejo arte del muralismo en un espacio público, donde la obra pasa a ser propiedad de todas las personas? Un decano pintor y maestro, en la ciudad de Oaxaca y en otras capitales del sureste mexicano, está retomando, a contracorriente de tendencias privilegiadas por el mercado, el arte para fijar obras públicas de contenido histórico con un fondo mítico.
Shinzaburo Takeda, nacido en Japón en 1935, dejó su país para instaurar un magisterio artístico en Oaxaca desde 1974. Profundo conocedor de la obra de Siqueiros, el estilo de Takeda como pintor es más próximo a Diego Rivera, sin embargo. Sus recreaciones del istmo de Tehuantepec y de la antigua civilización maya recuerdan en mucho al creador de Paseo dominical en la Alameda.
Comisionado por Cristian Eder Carreño López, rector de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, Takeda emprendió la creación de tres grandes murales con la historia de la educación superior en Oaxaca a partir del siglo XIX, en que se fundó el Instituto Estatal de Ciencias y Artes del Estado.
Después de meses de intensa labor con los artistas Fulgencio Lazo Amaya, Rolando Rojas, Israel Nazario, Saúl Castro, Pablo Gómez, Fidel Blas Bustamante, Daniel Mendoza Zúñiga, Alondra Elena Martínez Jiménez, Montserrat Steck Ortiz y Siboney García Santos, Shinzaburo Takeda ha concluido la primera sección de su gran tríptico mural, la parte dedicada al siglo XIX en que la educación liberal del Instituto oaxaqueño formó a los impulsores de la Reforma y sirvió de inspiración a la lucha contra la invasión francesa.
Las autoridades de Oaxaca han desdeñado la oportunidad de contar con obras muralísticas de sus pintores importantes del siglo XX: Rufino Tamayo, Francisco Toledo, Rodolfo Nieto, Alejandro Santiago, Sergio Hernández. Los han dejado vivir sin comisionarles ninguna obra mayor para los imponentes espacios públicos de la capital y del estado. Por eso es importante que el rector Cristian Carreño, un académico joven de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, haya valorado la importancia de llamar a Shinzaburto Takeda y sus discípulos oaxaqueños para dotar a la máxima casa de estudios estatal de tres murales con la historia de la institución. Algo que no se suele ver en Oaxaca.
A sus 88 años de edad, Shinzaburo Takeda presenta la primera parte de su tríptico mural Imagen de la UABJO en la historia, en tanto ejecuta otro gran mural —Adán y Eva— en la capital de Campeche y prepara otra obra mayor con base en el Popol Vuh, el libro maya del inframundo. Con estas obras monumentales, Takeda reivindica una noción que ha expresado el autor Héctor Jaimes en su libro Filosofía del muralismo mexicano: Orozco, Rivera y Siqueiros:
“Un arte público lleva implícita la idea de que el espectador es de por sí libre, y que no depende de ninguna institución para poder experimentar el goce estético; también implica la idea de que esa libertad es espacial, pues se trata de una libertad de movimiento, donde el espectador puede desplegarse y así contribuir —como es el caso con algunos murales de Siqueiros con respecto a la poliangularidad— a la construcción y entendimiento del mural”.
No olvidemos el horizonte mítico de la obra mural, que tan sabiamente esclarece Eduardo Subirats en su libro El muralismo mexicano. Mito y esclarecimiento. Por ello la obra mural de Takeda y sus discípulos es crucial en estos momentos de disolución cultural. El pequeño formato es la esperanza de sobrevivencia en una sociedad que se extermina a sí misma, pero la monumentalidad de ciertas obras de arte es un recuerdo esencial de que los cuerpos, en su finitud, son también contenedores del espíritu que no se destruye, sino se transforma y pervive.
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Cuerpo monasterio

Ta Megala
Fernando Solana Olivares
“Cuando hice de mi cuerpo mi propio monasterio, abandoné el monasterio de la ciudad”. Estas líneas fueron escritas por Milarepa, el mago, poeta, ermitaño y sabio iluminado que nació en el Tíbet en 1040 y llevó la ascesis del renunciante y el esplendor del cuerpo hasta la vida inmediata de la cotidianidad.
“Vivo en mi propio templo, en mi cuerpo”. La frase apenas audible la musitó Elena Gouliakova, una rusa extraviada en Monterrey que hace años llegó al país como maestra de patinaje en hielo y ahora vaga por las calles, duerme en cajeros automáticos, mendiga un cigarro donde puede y desconfía de todos.
“Tú no podrás ser mejor que tu época —pero, cuando mucho, serás tu época”, sentenció Hegel en uno de sus poemas de juventud. Si tal advertencia es cierta, entonces en estos tiempos uno resulta ser esencialmente un cuerpo, porque hoy el ego es un ego corporal: la época radica en el cuerpo. Ego Gym se llaman los gimnasios.
“Los ancianos son asesinados. Las jóvenes son violadas. Y a los varones fuertes se les dan martillos, machetes y palos y se les obliga a luchar a muerte entre sí”, contó el miembro de un cártel mexicano a la reportera Diane Schiller. La semiótica del narco representa un código cuya sangrienta grafía queda expuesta en los mancillados cuerpos de sus víctimas y enemigos. No buscan mentes: devoran cuerpos.
“Esencial: seguir el cuerpo y utilizarlo como guía. Es la gran razón”, consignó Nietzsche, el sagrado bailarín anticristiano que sentía una mayor agilidad muscular cuando su fuerza creadora fluía de manera más abundante. Aquel que aconsejaba dejar fuera del asunto el alma cuando su cuerpo estaba entusiasmado.
Si toda persona, como afirmaba Montaigne, “lleva en sí, por entero, la condición de toda la humanidad”, entonces el cuerpo suma todos los cuerpos y todos hemos sido alguna vez Iskander derrumbando en la India un elefante, la Sulamita tocando con pies de fuego aquella agua clara que esparció su amante. Somos aquel torturado que muere en la hoguera o Ulises gozando del amor entre los brazos de Circe.
“Recuerda, cuerpo”, cantó el poeta Cavafis, para enfatizar que cualquier memoria del placer y del dolor representa un acto somático, como también lo supo Proust al iniciar con el cuerpo su búsqueda del tiempo perdido a través del sabor de una magdalena y el aroma de una taza de té.
Todas las religiones ofrecen un camino horizontal y al mismo tiempo otro cuya experiencia es discontinua, visionaria y extática, al cual se denomina “camino vertical”. Involucra un proceso de ascensión síquica donde mediante ciertas disciplinas “el alma individual puede ascender al cielo” y el cuerpo quedar atrás como un muñeco de trapo temporalmente abandonado.
“Uno primero es irresistible, luego resistible, después repugnante, a continuación invisible y al final se vuelve un lindo viejito”, ironizó Leonard Cohen para ilustrar la metamorfosis del cuerpo y su cosificación en estos días cuando predomina el fetichismo de la juvenilia, esa patética compulsión obligatoria para parecer siempre joven ante uno mismo y los demás.
El cuerpo es la cárcel del alma, aseguró un idealismo platónico debido al cual la doctrina eclesial cristiana lo condenaría durante siglos como sucio asiento del pecado, hasta que el materialismo lo llevara a su narcisista divinización. En lugar de este trágico error epistemológico, Morris Berman propone “una nueva calidad, un nuevo cuerpo, una nueva historia y una nueva creatividad compartida por todos”, única posibilidad de salvación.
Foucault denunció el “biopoder” del Estado moderno como un control autoritario de la política democrática sobre el cuerpo y la biología de los ciudadanos. Iván Illich habló de la “Némesis médica” como la venganza de la ciencia que mata a la gente en vida, o casi, mientras afirma su compromiso con la salud pero se entrega a la enfermedad. Fue Nietzsche quien supo señalar el advenimiento histórico de una deidad antidivina, aquel ídolo de los últimos hombres a la cual llamó la Diosa de la Salud.
“El santo olor de la panadería”, escribió López Velarde en líneas imborrables. “Hay perfumes que en toda materia suelen hallar lo poroso: diríase que filtran el cristal”, dijo Baudelaire. Los dos versos involucran al cuerpo y sus sentidos, templo del alma reverenciado como un noble vehículo por el pensamiento oriental. No como fin en sí mismo, según propone la reducción occidental, sino como medio para vivir con aceptante plenitud, en el dolor donde nos hacemos o en el placer donde nos gastamos, el milagro insondable del mundo y su existencia.
La ahora olvidada unidad del ser humano consta de dos partes: cuerpo/mente, para entender. Descartes se equivocó, pero no aquella mujer que advierte en sus entrañas la muerte del hijo que ocurre allá lejos. El cuerpo también piensa al sentir, la mente también siente al pensar. Ello es la reunión del ser.
Entonces podremos asistir agradecidos aunque nostálgicos al espectáculo de nuestro envejecimiento y no rechazar la flacidez en el cuerpo y las arrugas en el rostro, mapas del tiempo vivido, de la risa y el llanto, de la tristeza y la plenitud, del esfuerzo y la intención, del éxito y el fracaso. Confieso que he vivido, reconocería Neruda.
No vivimos la vida; la vida nos vive; sus vivencias se marcan en la piel. Al fin —seres impermanentes— el cuerpo claudica y todo termina. Así esta oscura desbandada: deja de haber cuerpo, deja de haber mente, deja de haber ser. Hete ahí el canto de Rilke: “¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo”.

