Morfema Cero

  • El Premio Nacional de Artes Gráficas y una ausencia inolvidable

    El Premio Nacional de Artes Gráficas y una ausencia inolvidable

    Culturas impopulares 

    Jorge Pech Casanova 

    Crispín Vayadares falleció en 2020 en la capital de Oaxaca, mientras el mundo estaba cerrado sobre sí mismo durante la epidemia de Covid-19. Pocos supieron de su fallecimiento entonces, aunque no era un desconocido en la escena nacional: había dedicado más de cuarenta años a la pintura, a diversas creaciones en las artes plásticas, y en 2008 el LX Congreso de la Unión le confirió una medalla en reconocimiento a su trayectoria y contribución artística a México. 

    Nacido en San Miguel del Puerto, Pochutla, en 1962, Vayadares expuso su obra en México y el extranjero en más de un centenar de exposiciones en museos y galerías de alto nivel. Ganó en 1993 el Premio del Jurado del Museo de Boca Ratón en Fort Lauderdale, Florida, y fue el año en que se casó con la compañera de toda su vida, la también artista Katherine Wong, quien firma sus obras como Peace KAT. 

    Cuando el artista tenía veinte años, una araña viuda negra lo mordió en un dedo del pie. Debido a que entonces no se trató contra la ponzoña, ésta actuó en su cuerpo durante años hasta que en 2006 el pintor descubrió que la toxina le había dañado un riñón, el páncreas y el hígado. A pesar de las diez hospitalizaciones y ocho operaciones que le sobrevinieron desde aquel año, Crispín Vayadares continuó pintando y disfrutando la vida con su esposa y su hija, hasta que falleció el 6 de noviembre 2020. 

    Al perder al compañero de su vida, Katherine Wong tuvo que asumir la resistencia contra el olvido, no solamente de su esposo sino de mí misma. “Y de este profundo miedo de la inexistencia —relata— nació un esfuerzo de hacer memoria de su arte, su persona, de nuestro amor y vida que veo en cada una de sus pinturas”. 

    El ritual evocativo que la artista eligió fue la elaboración de un libro que resguardase las imágenes que Crispín Vayadares prodigó como pintor a lo largo de cuatro décadas. En Oaxaca es usual la edición de libros de artista como vehículo para promover lo que producen creadores vivos, confiados en que seguirán creando. Es inusual que se dedique un volumen a la obra de autores fallecidos, salvo que su prestigio e interés comercial respalde las ediciones, como en el caso de Rufino Tamayo, Rodolfo Morales o Francisco Toledo. 

    Para Katherine Wong, publicar un libro con la pintura de Vayadares se convirtió en su rito de duelo: “más que una forma de solamente decir ‘adiós’, es un acto de gratitud. Gracias, gracias, gracias. Gracias, Crispín, por tu humildad, tu humanidad, y tu arte, el mayor testamento de quien eras como artista y persona. Sobre todo, gracias por existir y haber sido parte de mi vida. La gratitud nos da patria y pertenencia, dando sentido a nuestra existencia.  La gratitud nos hace recordar, rememorar y conmemorar”, escribió la artista en la presentación de aquel rito convertido en páginas llenas de color y calidez. 

    Con la colaboración del diseñador Javier Rosas Herrera y el fotógrafo Manuel Jiménez, la viuda del pintor integró en 2023 un volumen de 368 páginas en el cual da cuenta del arte pictórico que Vayadares desplegó no sólo en lienzos, sino en objetos como cajas de madera y utensilios tradicionales de cocina (sartenes, comales y ollas de peltre, detalla la crítica Blanca González Rosas, en uno de los textos incluidos en la publicación). 

    El volumen integró textos críticos que acompañaron exposiciones de Vayadares a lo largo de su vida, escritos por especialistas: Miguel Ángel Vives Lorenzini, Blanca González Rosas, José Manuel Springer, Fernando Solana Olivares, Jorge Pech Casanova, Fernando Gálvez y la propia Katherine Wong, quien además de pintora es una inteligente observadora del arte en Oaxaca. 

    La imprenta y editorial Productos Gráficos El Castor, de Faustino García, se hizo cargo del complejo proceso para darle al libro una calidad como pocas veces se ve en Oaxaca: un acabado visualmente impecable, que resalta no sólo el color de la obra, sino sus cualidades táctiles, pues el pintor solía aglutinar el óleo de sus pinturas en densas pinceladas que le dan particularidad a sus piezas. 

    Un detalle difícil era lograr que las aplicaciones de hoja de oro y hoja de plata en las pinturas tuviesen su correspondiente resalte en las imágenes impresas. Fue un problema técnico al que se enfrentaron Katherine Wong como editora y Faustino García como impresor. La imprenta salió airosa del desafío y el resultado fue tan deslumbrante que el impresor se animó a presentar el producto de esa colaboración a la cuadragésimo cuarta emisión del Premio Nacional de las Artes Gráficas. 

    La noche del 12 de noviembre de este año, en el Poliforum Siqueiros, el libro El universo de Vayadares recibió el galardón al Mejor Catálogo de Arte del 44º Premio Nacional de las Artes Gráficas, que recibió el impresor Faustino García. Es una noticia importante para Oaxaca, pues una empresa local consigue colocar su manufactura entre las mejores del país, con un producto que no es alcohólico, sino del ámbito artístico. 

    Como señala Katherine Wong, el volumen titulado El universo de Vayadares va más allá del registro de la obra dejada por un artista que no alcanzó a recibir merecido reconocimiento: “Este libro era necesario no sólo para puntuar la importancia del arte de Crispín Vayadares en el torrente del arte mexicano, sino también para permitirme cerrar un capítulo. Y a la vez mantenerlo abierto siempre. Les deseo que todos tengan su testigo de vida y su cómplice para dejar constancia de su paso”. 

    Crispín Vayadares pudo ver su obra reproducida y recomendada en catálogos de arte de pequeño formato y en revistas y periódicos prestigiados como Vogue, Casas y Gente, Arte al Día, La Jornada y El Financiero, gracias a que, como pintor, desarrolló una visualidad en la que “tejió el color con pinceles y espátula mediante la deconstrucción de los textiles tradicionales oaxaqueños. También creó su propio universo con una iconografía personalísima que incluía niños, enmascarados, novios y amantes, madonas, textiles istmeños, animales, y la cocina oaxaqueña, que navegaban entre lo figurativo y lo abstracto”, según refiere Katherine Wong. 

    El deseo de la viuda de mantener la memoria visual de su compañero artista generó un proyecto editorial que hubo de resolver problemas pocas veces planteados con seriedad en el ámbito editorial de Oaxaca: ¿cómo llevar a la impresión detalles pictóricos sutiles como el oro y la plata aplicados al lienzo? El resultado fue de tal calidad y belleza que mereció un premio nacional. Es un logro para celebrarse en una entidad asediada por más fracasos, problemas irresueltos y tragedias, que sucesos felices. 

    Para la editora e impulsora de la edición premiada, es un motivo de alborozo, y vale la pena encomiar su esfuerzo, que integró los de excelentes profesionales: “Me quedo satisfecha porque este libro es un vehículo de la memoria para que la bella obra y el efecto textil que desarrolló Crispín Vayadares, perduren. Y me regocijo porque el fuego que alumbra mi corazón encendió otros corazones, resultando en que la pasión, excelencia y compromiso de cada uno de los colaboradores imbuidos en el libro hizo que ganara el Premio Nacional de Artes Gráficas como el mejor catálogo de arte impreso en 2023. No puedo estar sino agradecida con Dios, la vida y los amigos”.

  • Hexagrama 38

    Hexagrama 38

    Colaboraciones 

    Román Villalobos 

    La misión era escribir la primera novela. En realidad iba a ser la tercera, pero vamos a hacer como que los primeros dos intentos no existen. Se quedaron en la congeladora. No los voy a sacar de ahí.  

    II 

    No es tiempo aún de hablar del fondo de la novela —¿todavía hablamos de forma y fondo?—. A ese respecto, sólo podría citar unos versos de Gerardo Deniz: «Diremos hoy del amor cosas verdades / como la orilla al mar hasta volverse arena».  

    III 

    Ni siquiera sé si puede hablarse de la forma.Con qué facilidad se puede decir: la forma es el fondo, y mantenerlo como un dogma cálido, doméstico. Pero sí hay observaciones que orbitan la existencia de esta novela y que quizá merezca la pena no dejar en el olvido.  

    IV 

    «El procedimiento en general, sea cual sea», dice César Aira, «consiste en remontarse a las raíces. De ahí que el arte que no usa un procedimiento, hoy día, no es arte de verdad». En este ensayo, «La nueva escritura», Aira habla sobre el método que John Cage utilizó para «construir» su pieza Music of Changes. Sesenta y cuatro combinaciones —como los hexagramas del I Ching— unidas por el azar. Así, según Cage, para que esté lejos del gusto personal, las obsesiones, la educación de la época, etcétera. 

    No podemos escapar del I Ching porque abarca la totalidad de la experiencia humana. Cuando empecé a escribir la novela, el hexagrama que me acompañaba era el 24, Fu, «Regresar». El pronóstico decía, entonces, «es beneficioso tener una dirección en la que ir». ¿Qué es la escritura sino una dirección en la que ir? Me sentí amparado y di comienzo.  

    Creí tener un procedimiento. Técnicas pensadas para buscar el azar, la libertad, y alejarme del yo sensiblero que podía contaminar la obra con algún melodrama. Quise buscar la forma nada más, afinarla, entenderla y llevarla a lugares nuevos para mi entendimiento de la escritura.  

    El procedimiento, sin embargo, tenía algunas faltas. Comenzar a escribir la primera novelasupuso un constante desmontaje de las artimañas creativas que fui adquiriendo a lo largo de varios años en intentos poéticos por aquí y por allá. La poesía regala siempre una experiencia de creación muy inmediata. Sacude con fuerza. Das en el blanco —no siempre con la recurrencia que uno desearía— y quieres intentarlo de nuevo. El campo de tiro se desenrolla conforme avanzan los pasos de la voz poética. No hay que describirlo todo, sólo lo esencial. Diseñar, confeccionar un mundo con palabras certeras. La palabra, a fin de cuentas, es un artefacto para remediar el desconocimiento.  

    VI 

    Otra vez Aira: «San Agustín dijo que sólo Dios conoce el mundo, porque él lo hizo. Nosotros no, porque no lo hicimos. El arte entonces sería el intento de llegar al conocimiento a través de la construcción del objeto a conocer; ese objeto no es otro que el mundo. El mundo entendido como un lenguaje». Los mundos que surgen con la creación poética entrañan un dilema: en busca de la claridad, de la eficiencia del lenguaje, de la explotación de su capacidad expresiva, puedo terminar por esconder las raíces, por perder mi punto de inicio y referencia. Aunque toda escritura siempre muestra algo de quien la plasma, es cierto también que pueden jugarse trucos muy eficaces para ocultar y hacer perdedizos los rasgos de nuestra identidad.  

    VII 

    En pocas palabras, uno puede escribirse y esconderse a la vez.  

    Eso que se esconde es algo humano. Lo mío que es también lo tuyo. Cómo nos vivimos en conjunto. Una palabra que yo puedo darte que es también la que esperabas leer. La que tenías en la punta de la lengua por tanto tiempo y que yo encontré por azar o por error.  

    VIII 

    Cuando terminé la primera versión de la obra, la primera versión de la primera novela, ya transformada de poesía azarosa, distópica e impersonal a un artefacto narrativo que simulaba contar una historia, me acompañaba el cuarto hexagrama, Meng, «Ignorancia». Aquí, en el pronóstico, el I Ching, como un ente, toma la palabra: «al primer oráculo doy razón. Si pregunta dos, tres veces, es molestia. Cuando molesta no doy información». Como curiosidad de estilo, la obra funcionaba bien, pero no era una novela. Entendí que no había que hacer más preguntas al oráculo de la escritura, no había que ir hacia arriba con los castillos del aire, sino sólo seguir el hilo y desarrollar. Desmontar, desmontar, desmontar, ir hacia abajo y hacia adentro. Dejar sólo una máscara, la de la ficción, para contar la verdad. Quienes hicieron el favor de leer el borrador coincidieron en esto. Hace falta algo humano que unifique los caminos y haga que los personajes crezcan, dijeron. Déjalos crecer, sin juzgarlos, y sigue sus pasos. Ahí hay algo que valdrá ser narrado.

    IX 

    En algún punto del proceso, se rompe un dique y todo comienza a fluir. En el caso de este proyecto, volver a la raíz supuso un retorno a lo esencial, a lo uno. Abandonar la estética de la fragmentación permanente a la que seguimos sometidos, y buscar lo propio en lo ajeno, lo tuyo en lo mío. Elegir una veta de esa experiencia y picar piedra.  

    En una carta a su hermano Stanislaus, James Joyce declara: «no escribiré más que lo que me parezca bien —que el diablo me ayude— y lo haré lo mejor que pueda». A mi lado, tras cuatro años de haber comenzado a redactar la primera novela, está el hexagrama trigésimo octavo, K’uei, «Oposición», que augura buena fortuna «en los pequeños asuntos». Cierro filas alrededor de mis palabras, de una versión de la obra que, me parece, podría ajustarse de a poco hasta quedar lista, y de pronto intento que todo en mi vida se trate de un pequeño asunto, para que la fortuna, que es ciega, pueda venir a casa.   

  • Diario de Gaza VI

    Diario de Gaza VI

    Ta Megala
    Fernando Solana Olivares


    El ministro de Finanzas de Israel, Bezalel Smotrich, una de las voces de ultraderecha más radicales del gobierno genocida de Israel, afirmó durante un discurso pronunciado en la Conferencia Katif que “puede ser justo y moral” matar de hambre a más de 2 millones de residentes de Gaza hasta que los rehenes israelíes en poder de Hamas sean devueltos, según reportó Dana Karni de CNN, pero que “nadie en el mundo nos lo permitiría”. La hambruna se ha extendido en todo el territorio gazatí entre el 96 por ciento de su población. Diversos grupos de ayuda y organizaciones internacionales han acusado a Israel de llevar a cabo una campaña de inanición que califican como violencia genocida. Entre las acusaciones imputadas por el fiscal de la Corte Penal Internacional, por las cuales solicitó órdenes de detención contra Netanyahu y su ministro de Defensa, Yoav Gallant, está la de “inanición como arma de guerra”. Los niños mueren de hambre en brazos de sus padres, informa la reportera, mientras Netanyahu niega las acusaciones calificándolas como una sarta de mentiras y afirmando que si los palestinos no reciben alimentos “no es porque Israel los esté bloqueando, es porque Hamas los está robando”.

    Al cumplirse un año del holocausto palestino, el Instituto para la Comprensión de Medio Oriente informó que durante estos doce meses Israel ha librado una guerra genocida contra los palestinos en Gaza, matando a 42 mil personas y orillando a la hambruna a cientos de miles, la mitad de ellos niños que no tienen donde huir o esconderse. Dos millones de palestinos (de los 2.4 millones de habitantes), han sido obligados a desplazarse una y otra vez hacia zonas más pequeñas en cada desalojo. Israel ha devastado la mayor parte del territorio, ha destruido barrios enteros y despoblado grandes zonas, entre ellas la ciudad de Gaza. Ha destrozado el sistema de salud, la infraestructura civil, escuelas, universidades, bibliotecas, museos, sitios culturales y patrimoniales. Ha profanado cementerios y bombardeado mezquitas. Entre las 42 mil personas asesinadas se contabilizan 17 mil niños cuando menos, sin considerar aquellos cadáveres que aún permanecen bajo los escombros —20 mil personas no han sido identificadas, están desaparecidas o sepultadas entre las ruinas—. Casi 120 personas mueren a diario en Gaza, cinco cada hora. Hay 96 mil habitantes de Gaza heridos, muchos con lesiones graves. Cada día 10 niños pierden extremidades desde el comienzo de la guerra, según estimaciones de Save The Children. Han sido asesinadas más de 10 mil palestinas, 19 mil han resultado heridas y 37 madres pierden la vida diariamente. El 60 por ciento de las víctimas en Gaza son niños y mujeres, de los cuales 937 mil han sido obligadas a abandonar sus hogares y miles de mujeres han quedado viudas.  

    Durante su cuarto discurso ante el Congreso estadunidense, en el cual nunca pronunció la palabra “palestino”, según nota de David Brooks y Jim Cason, el primer ministro Netanyahu definió la guerra de Israel contra Gaza como un “enfrentamiento entre la barbarie y la civilización”, y exigió acelerar la entrega de armas de Estados Unidos para concluir más rápido la confrontación. Llamó a los manifestantes que protestaban contra el genocidio sionista “idiotas útiles” financiados por Irán. El Partido Republicano refrendó su pleno apoyo a la guerra de Israel y la ocupación de Gaza, lo mismo que el presidente Biden. “Prácticamente ningún civil ha muerto en Gaza”, afirmó Netanyahu en su intervención. Los congresistas lo colmaron de aplausos.

    Semanas después de la visita de premier sionista, varias agencias de prensa informaron que Estados Unidos aprobó una nueva venta de armamento a Israel por más de 20 mil millones de dólares que incluye 54 aviones de combate F-15, misiles aire-aire de alcance avanzado y cerca de 33 mil proyectiles para tanques y morteros de alta explosividad, entre otros suministros bélicos. El Departamento de Estado notificó al Congreso que esta venta “mejorará la capacidad de Israel para enfrentar las amenazas enemigas actuales y futuras”. El entonces ministro israelí de Defensa agradeció la ayuda de Washington: “un mensaje de apoyo y compromiso con nuestra seguridad”. Por su parte, Irán dijo que los llamados de varios países occidentales a no emprender represalias por el ataque de Israel en su territorio para asesinar al líder político de Hamas, Ismail Haniyeh, “suponen una muestra de apoyo al régimen de Israel para que siga cometiendo más crímenes en la región”.

    En agosto pasado la franja de Gaza fue declarada zona epidémica de poliomielitis por el ministerio de Salud debido al genocidio judío, informaron agencias internacionales. La privación de agua potable, la destrucción de la infraestructura sanitaria y la acumulación de cientos de toneladas de basura provocaron la aparición de un virus antes erradicado. El mismo día, fuentes médicas palestinas anunciaron la muerte por hambre de Ali Anas Tatar, un niño de seis años y víctima número 39 por esa causa.

    El escritor y analista palestino Muhammad Shehada, director de asuntos de la Unión Europea en el Euro-Med Monitor de Derechos Humanos, al hacer un balance para la revista The New Arab después de un año de la guerra de Israel contra Gaza afirma que el 54 por ciento de los palestinos apoya la decisión de Hamas de lanzar los ataques contra Israel del 7 de octubre de 2023 en los que murieron mil 200 israelíes y fueron tomados cerca de 300 rehenes, un apoyo utilizado como pretexto por el gobierno israelí para justificar el asesinato en masa de más de 42 mil palestino, entre ellos 17 mil niños, y la destrucción del 70 por ciento del territorio sitiado. Ese apoyo, según señala el Centro Palestino para Investigación de Políticas en su encuesta, realizada del 3 al 7 de septiembre en Cisjordania y Gaza, “no necesariamente significa un apoyo al grupo armado islamita ni a los asesinatos o atrocidades cometidos contra civiles”. Noventa por ciento de los palestinos encuestados no cree que los milicianos cometieran las presuntas y falsamente documentadas atrocidades de ese día contra pobladores judíos, difundidas por el gobierno de Israel, los medios de información occidentales, el presidente Biden y los líderes de la Unión Europea. A pesar de mostrarse contraria al ataque contra civiles y el secuestro de niños, mujeres y ancianos por fuerzas de Hamas, una abogada palestina declaró que entendía la ofensiva como “una declaración de que la tiranía y la opresión tienen límites y consecuencias”. Aún con la inmensa destrucción infligida por Israel, 80 por ciento de los encuestados cree que el ataque contra el sionismo opresor “ha puesto el tema palestino en el centro de la atención y eliminado años de abandono”. Abú Suhaib, habitante de Gaza, dijo que el ataque “revivió nuestra lucha y atrajo interés mundial a nuestro predicamento”. 

    Muhammad Shehada concluye su texto señalando: “Los palestinos han intentado repetidas veces llamar a las puertas de Naciones Unidas y de los tribunales internacionales, acciones que Israel llama ‘terrorismo diplomático’. Resoluciones históricas adoptadas a favor de los derechos palestinos han quedado en el papel, sin ser jamás llevadas a la práctica. Entre tanto, gobernantes europeos reconocen que la comunidad internacional le ha fallado a los palestinos. La muerte lenta bajo el régimen de apartheid israelí, sumada a las avenidas diplomáticas bloqueadas, deja a los palestinos con la convicción de que no hay nada que puedan hacer para ser tratados como seres humanos iguales. Esta desesperación aporta entonces credibilidad a la resistencia armada como herramienta para romper el statu quo, obtener venganza o enfrentar la intimidación. Además, la doble moral occidental en el generoso e indeclinable apoyo a Ucrania y la glorificación de su resistencia, en oposición al abandono y la culpabilización de las víctimas en el caso de Palestina, se cita entre las razones que popularizan la resistencia armada y crean la convicción de tomar el asunto en sus propias manos”.

    En Ámsterdam cinco personas fueron hospitalizadas y 62 detenidas como saldo de un choque entre aficionados del equipo de futbol Maccabi de Israel y jóvenes oriundos de Países Bajos, según despachos de prensa de AP y Europa Press. La comunidad internacional calificó como un “ataque antisemita” el enfrentamiento. Estados Unidos afirmó que lo ocurrido había sido “un clásico pogromo”. Biden dijo que los incidentes eran un “despreciable recordatorio de momentos oscuros de la historia cuando los judíos eran perseguidos”. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, se declaró indignada y aseguró que “el antisemitismo no tiene cabida en Europa”. El premier de Países Bajos, Dick Schoof declaró estar “profundamente avergonzado por el ataque”. Ninguno de ellos, sin embargo, condenó las provocaciones de los aficionados israelíes contra la comunidad palestina, tanto camino al juego como al abandonar el estadio, donde interrumpieron el minuto de silencio dedicado a las víctimas de las inundaciones en España, país que pide el reconocimiento del Estado palestino. En las calles los aficionados judíos corearon consignas antiárabes, celebraron el genocidio en Gaza y se burlaron de los niños asesinados: “No hay más escuelas en la franja porque ya no quedan niños” o “Muerte a los árabes”, vociferaban. Ni la comunidad internacional ni los dirigentes políticos occidentales condenaron tales provocaciones.

    El holocausto judío, la Shoah, esa terrible barbarie después de la cual ya no podría haber poesía, según lamentaba Theodor Adorno, ocurrió casi en secreto y el mundo no supo de ella sino hasta terminar la guerra. Ahora el genocidio palestino, y el libanés que recién comienza, en una diabólica normalización del horror es televisado mientras sucede. Un nuevo holocausto perpetrado por el pueblo que antes lo sufrió ocurre ante los ojos mayoritariamente indiferentes de la humanidad. En su discurso de aceptación del premio PEN Pinter 2024, la escritora Arundhati Roy denunció que “los soldados israelíes parecen haber perdido todo el sentido de decencia. Se supone que debo caer en la equivalencia moral y condenar a Hamas y a la gente de Gaza que celebró el ataque que realizaron. No voy a decirles a los oprimidos cómo resistir a su propia opresión, ni quienes deben ser sus aliados”.

    El video de Qamar, una niña palestina descalza de 6 años que cargó a su hermana menor Sumaya, herida tras un bombardeo israelí hasta un lejano hospital y de vuelta a casa, se hizo viral cuando las recogió Rehab Ismail, periodista de la BBC. “Estoy agotada, llevo cargándola una hora, no puede caminar”, dijo Qamar en el encuentro, mientras regresaban al campamento de refugiados de al-Burij donde miles de personas desplazadas sobreviven en refugios improvisados y sin acceso a los insumos básicos. La periodista habló con la madre de Qamar, quien ahora que se acerca el invierno teme que la frágil carpa en la que viven no pueda resistir las lluvias y el frío extremo. “El frío nos está matando. Ni siquiera tengo una manta para tapar a mis hijas”, contó. Ellas son parte de los 1.9 millones de habitantes que han sido obligados a abandonar sus hogares y dependen de una ayuda humanitaria que les llega de manera muy esporádica y no cubre sus necesidades básicas.

    James Elder, portavoz de la agencia de Naciones Unidas para la infancia, UNICEF, fue entrevistado por BBC Mundo acerca del catastrófico impacto de la guerra de Gaza en los pequeños. Después de dos décadas de experiencia en conflictos dijo estar en “un territorio desconocido” en cuanto al estado psicológico de los niños: “no puedo describir el nivel de trauma porque los especialistas capacitados no logran todavía hacerlo”. En diciembre pasado la UNICEF se refirió a la situación de Gaza como una guerra contra los niños. Diez meses después esa percepción no ha cambiado, confirma el funcionario: “Durante un año se informó de la matanza cada día de 40 niñas y niños en promedio. Por eso hablamos de una guerra contra los niños”.

    El ultraderechista ministro de Finanzas Bezalel Smotrich, afirmó hace unos días que la reciente elección de Donald Trump es una “oportunidad importante” para que Israel imponga la “soberanía” en Judea y Cisjordania, según notas de agencias de prensa internacionales. Tal medida fue calificada por Joseph Borrel, canciller de la Unión Europea, como un “claro paso hacia la anexión ilegal” del territorio palestino. Smotrich, una de las voces más radicales del gobierno de Netanyahu, declaró a The Times of Israel que un Estado palestino es “un peligro” y que “los nuevos nazis” deben pagar con territorio sus desafíos.  

    Antes de morir de inanición el pequeño Ali Anas Tatar, uno de los nuevos nazis, soñaba con un kellaj, aquel pastel de queso fresco dulce bañado en almíbar que le horneaba su abuela. Era lo que más le gustaba comer.

  • De la observación astronómica al lienzo

    De la observación astronómica al lienzo

    Culturas impopulares

    Jorge Pech Casanova

    Para Siena Sofía

    Mónica Ortiz Álvarez nació en San Bartolo Coyotepec, un pueblo oaxaqueño de alfareros conocido por sus artesanías en barro bruñido de intenso color negro. Como muchas otras de sus coterráneas, Mónica pudo haberse dedicado a la cerámica artesanal, base de la economía de su pueblo, pero eligió estudiar derecho en la universidad pública local, aunque desde sus 17 años de edad tomó cursos de astronomía, astrofísica y robótica.

    Con mucho esfuerzo, la joven logró más tarde acudir a la Universidad de Edimburgo, en Escocia, donde estudió la Bachelor in Science in Astrobiology, y así se dedica actualmente a la investigación espacial. A sus 25 años, en 2023, se convirtió en comandanta de la Primera Misión Latinoamericana de Investigación Análoga de Marte en España, llamada “Principia”, mediante la cual se realizaron investigaciones y resolución a eventos problemáticos a los que podrían enfrentarse las futuras colonizaciones del planeta Marte, generando, al mismo tiempo, conocimiento científico hacia el futuro y el desarrollo de nuevas tecnologías que beneficiarán a la humanidad tanto en el espacio como en nuestro planeta.*

    La científica mexicana narra así ese proyecto: “Estuvimos en contacto cero con el mundo exterior. Hubo cambios físicos que tuvimos que hacer, adaptaciones y pruebas psicológicas. Tuvimos que restringirnos a la cuestión social durante todo un año. Ser astronauta análoga es un paso muy importante para el desarrollo científico en el sector espacial. Probamos todas las investigaciones, resolvemos problemáticas que los futuros astronautas podrían tener en diversas superficies como la Luna, Marte o la Estación Espacial Internacional”.

    La organización global del NASA Internacional Space Apps Challenge seleccionó a Mónica Ortiz como líder local de la primera edición del NASA Space Apps Challenge en Oaxaca, en la cual Mónica logró generar diversas alianzas aeroespaciales con la Agencia Espacial Mexicana, la Agencia Latinoamericana y Caribeña del Espacio y el Instituto de Astrobiología de Colombia, entre otras instituciones.

    En la primera edición del NSAC, los trescientos participantes contribuyeron al fomento de la innovación y la creatividad en el campo de la investigación espacial, al proponer soluciones a problemas reales que se presentan como desafíos, basados en datos reales de la NASA, tanto en nuestro planeta como en viajes al espacio exterior. Además, la astrobióloga Ortiz convocó a la comunidad artística oaxaqueña a contribuir con sus creaciones a las actividades de la NASA en este proyecto.

    El resultado de esta convocatoria fue la exposición pictórica Constelaciones y supernovas, en la cual participó el grupo de artistas visuales Guenda, encabezado por Ivonne Kennedy, con 22 obras pictóricas basadas en la cartografía de la galaxia obtenida mediante el sistema Sloan Digital Sky Survey, el cual utiliza un telescopio del observatorio Apache Point, en Nuevo México, para cartografiar una cuarta parte del cielo visible, obtener observaciones acerca de 100 millones de objetos y el espectro de un millón de objetos en el firmamento.

    La exposición se presentó en la Casa de la Cultura Oaxaqueña el 9 de octubre, y después en la galería Casa Azul, a partir del 30 de octubre. En ella participan Natividad Amador, María Rosa Astorga, Julia Barco, Amy García, Bacuza Gui, MJ Kelly, Ivonne Kennedy, Cristina Luna, Maia Luna, Katy Mcfadden, Cynthia Martínez, Kat Peace, Judith Ruiz, Beatriz Russek, Ana Santos, Marcela Taboada, Soledad Velasco, Alejandra Villegas, Susana Wald, Siegrid Wiese y Pita Wild C.

    Ivonne Kennedy, quien coordinó los trabajos pictóricos, escribió: “Cada obra de esta exposición contiene el universo de una artista, su cosmovisión, una parcela de su inmensidad, pues hay vida, historias y emociones contenidas en cada una de ellas, destreza acompañada a veces de tropiezos, lágrimas, compromiso, constancia, ilusión y satisfacción para, a su vez, lograr el reto de reflejar en un formato medio y cuadrado el gusto de participar en colaboración con el Instituto de Astronomía de la UNAM. Esta institución nos confió las placas del programa de investigación del Sloan Digital Sky Survey, para tener un punto de partida común”.

    Soledad Velasco, una de las pintoras que contribuyeron a la muestra, comenta la relevancia de esta colaboración: “No es frecuente participar junto con científicos en un proyecto. Este estuvo íntimamente ligado con ellos, no sólo en tema, también en interés presencial de los científicos en explicarnos lo que hacían y nuestra propia participación. También estuvimos ‘dentro’ del evento, como un acto más de los puramente científicos. Es importante que haya sido de la mano de relevantes instituciones científicas. Todo ello, creo que nos nutrió más a nosotras que muchos otros proyectos”.

    Por su parte, Siegrid Wiese, otra de las artistas participantes, explica su pieza para esta exposición: “La hice imaginando que no sabía nada de lo que nos han dicho sobre el cosmos, usando la foto del cielo que nos dieron —basada en una placa con orificios (estrellas)— hice mis propias constelaciones pensando en mi cuerpo: células, órganos, tejidos y bacterias aparecen en mi cielo tal como sucede en mi universo carnal. Somos un reflejo del cosmos, no podría ser de otra manera”.

    La exposición, como otras del colectivo Guenda, fue dedicada a dos artistas ya ausentes: Nadja Massün y Sara Jacinto, quienes fallecieron en 2022. Así conmemoran sus memorias, “sus vidas y obras, la fuerza de sus espíritus que nos inspiran como la luz de esas estrellas lejanas que viajan sin desplazarse, de quienes recibimos los destellos de sus voces en nuestras mentes; sus compañías discretas pero poderosas en nuestros corazones, y sus ausencias que, como agujeros negros, nos devoran el sentido de lo real, de la cordura y de toda lógica”, como escribió Ivonne Kennedy.

    El resultado es un conjunto muy coherente de obras en los que pueden destacar especialmente algunas obras. Por ejemplo, el retrato de la astrobióloga Ortiz, elaborado por Kat Peace; las muy sutiles efigies de Nadja Massün y Sara Jacinto, pintadas por María Rosa Astorga; o las obras de Natividad Amador, Alejandra Villegas, Cristina Luna, Ana Santos, Marcela Taboada, Beatriz Russek, MJ Kelly y Julia Barco; pero en conjunto, las 22 obras constituyen el homogéneo despliegue de talentos de artistas visuales que llevan las artes plásticas a otro nivel en Oaxaca. Los museos locales rehúsan exhibir esta clase de logros, en detrimento de las instituciones, pero no del elevado arte de las mujeres creadoras.

    Rufino Tamayo fue en México el gran pintor del anhelo cósmico. Sus obras La gran galaxia, Hombre frente al infinito y Hombre mirando el firmamento producen en quien las contempla esa conmoción de quien es interrogado por el enigma que articulan las luces del firmamento. Las 22 pintoras que han utilizado el mapa estelar de la Vía Láctea para componer sus propios mapas de constelaciones y supernovas, añaden a ese gran legado pictórico nuevas maneras de evocar el misterio sideral con su arte.

    No es pequeña contribución la de estas 22 artistas que se guían con sofisticados mapas estelares para concitar la emoción primordial de quien mira el firmamento y se interroga sobre esas lejanas luces que casi eternamente alumbran en la inmensidad.

    Sin duda, estas obras hacen resonar en quien las contempla, la recomendación que la astrobióloga Mónica Ortiz dirige a niñas y jóvenes: “No se enfoquen en tratar de ser mejor que alguien más, sino en ser la mejor versión de ustedes mismas, encontrando su pasión. Disfruten de este mundo que es tan bonito, y esta vida que es tan fugaz. Lleguen tan lejos que las estrellas se vean cercanas”.


    La científica Mónica Ortiz solicitó corregir algunos datos erróneos sobre su trayectoria que aparecieron en la publicación inicial de este texto. Aquí se incorporan.

  • Odín en la carretera

    Odín en la carretera

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    7:00 am. La técnica se llama “correlato objetivo”. Consiste en tomar circunstancias, anécdotas, cosas propias y ponerlas sobre la mesa de la imaginación para verlas con distancia, como cuestiones ajenas o sucesos acontecidos a un tercero. Ese cambio verbal de la primera persona, el yo, hipótesis sentimental e inutilizante, a la tercera, un pronombre impersonal y objetivado, concede la libertad del atrevimiento y así permite contar, decir, relaborar. Rimbaud la condensó en tres palabras: “Yo es otro”. Uno sale de sí, se libra de su propia estrechez.  

    10:15 am. La cita es a las once y el hombre piensa en ella mientras maneja por la carretera, cuando mira por el espejo retrovisor que una motocicleta se desprende desde atrás y acelera para rebasarlo. No la había visto antes y la imagen del piloto va creciendo en el espejo conforme se acerca. Lleva una mascada en la cabeza, lentes oscuros y sobre el rostro un pañuelo que reproduce la imagen de una calavera. Dos grandes astas metálicas forman el manubrio de la máquina, toda negra como el traje de cuero y las botas de quien la tripula. Pasa a su lado como una exhalación. Un casco del cual sobresalen dos pequeñas alas va colgado sobre la alforja trasera. El hombre piensa: “Allí va Odín, dios tuerto de la sabiduría, la guerra, la inspiración poética y la muerte”. Sabe que su nombre significa Señor del frenesí. Es el inspirado, el furioso, el frenético.

    11:00 am. A donde llega no hay dioses, salvo quienes dicen ser sus intermediarios. Se trata de lograr que el protuberante domo que cubre el patio de esta escuela de monjas observe la altura indicada por la ley de monumentos históricos que rige en la comarca. Se trata de un torneo de trampas provincianas, falsos permisos, contradictorias afirmaciones y compromisos incumplidos en medio del corrupto tiradero dejado por las autoridades municipales anteriores. Además de la mustia mansedumbre hipócrita que utilizan los curas y las monjas para hablar con los otros y acabar haciendo su voluntad.  La escurridiza madre superiora actúa como si supiera algo que no saben ni el hombre ni el perito que lo acompaña ni los dos padres que ella ha convocado en su defensa. Acaso una patente metafísica que la lleva a hacer rezar a los alumnos del colegio para impedir el triunfo del mal y la modificación del domo, pero no a obedecer leyes humanas que nada tienen que ver con los derechos sagrados de su fe. Los malos arreglos son mejores que los buenos pleitos. Dos semanas entonces para presentar un proyecto de solución. Muchísimas gracias y sí cómo no. El hombre deja la reunión con sentimientos encontrados: es México, se dice a sí mismo, sus arraigadas prácticas ilegales, su doble discurso, su farisea religión.

    12:30 pm. El hombre recapacita en lo que está leyendo, la divina Odisea, donde sí hay dioses, y luego en lo que debe terminar por la tarde, las dos o tres cuartillas finales de un ensayo sobre los libros, el lenguaje y las marcas de la conciencia, líneas de fuerza de lo humano, cuando circulando por las calles del pueblo subibaja ve al motociclista cruzar por delante de él, ahora con el casco de Odín en la cabeza, ceñido sobre la máscara de la muerte que lleva y dos cuervos —la imaginación es el origen de cualquier milagro— revoloteándole alrededor. Son Hug, quien representa la reflexión, y Munin, el símbolo de la memoria, sus aves alegóricas. Odín, al que al mismo tiempo se le conoce como el inspirado, sigue el camino hacia su trono. Desde ahí verá todo lo que pasa.

    13:15 pm. Es cuando visita un supermercado para abastecer su casa. Cavila que Ulises Mañero, el héroe odiseico, a veces sí y a veces no pudo ser un hombre abastecido, voz homérica que recuerda haber escuchado aquí mismo en los Altos. Se la dijo Manuel, el taxista cuya mente es una esponja, hablándole de su padre siempre abasteciente del hogar familiar y ahora fallecido.

    14:47 pm. El hombre regresa a su casa repitiéndose ese versículo que Alfonso Reyes escribió agradecido por su esposa incansable y alentadora: “Ciñóse de fortaleza y fortificó su brazo, tomó gusto en el granjear, su candela no se apagó de noche, puso sus manos en la tortera y sus dedos tomaron el huso”. La suya lo espera con una sabrosa comida. Y la ve entonces como su Nausícaa, la bella mujer que ama, la bella mujer que lo cuida. O su Circe, hechicera del sexo, o su ninfa Calipso, su paciente Penélope. Escucha las noticias de la casa y él cuenta las suyas. Había venido don Samuel, el encargado, a decir que los Afis andaban en los ranchitos vecinos buscando droga y extorsionando a las atemorizadas ancianas por tener alguna planta de mariguana medicinal en sus macetas. Alzan sus vasitos de vino para brindar por el enfermo país bizarro. Es México, dice ella. Es México, confirma él.

    19:00 pm. Por fin termina lo que lleva febriles días de estar escribiendo: una elegía por el libro, las palabras escritas, la moribunda Galaxia Gutenberg. Se lo anuncia a su mujer alborozado y ella lo festeja. Pero el hombre ha traspasado un umbral.

    20:45 pm. La noche llega y es mejor obedecerla, según Homero, cantor de Ulises, luego llamado Ninguno y Nadie. Mientras el hombre y su mujer están viendo Atlantic City y una sensual Susan Sarandon vuelta Circe escurre por su pecho y sus brazos jugo de limón en tanto escucha Norma de Bellini, en él se desata la crisis. Un temblor incontenible comienza a dominar su cuerpo que se estremece como si recibiera latigazos. La fiebre aparece de golpe y un intenso frío lo domina. Cae en una especie de trance, manteniendo una postura meditativa que apenas le permite soportar las sacudidas en las que se balancea e inclina sin control. Su mujer se sienta a horcajadas detrás de él y lo abraza con fuerza para contenerlo. Es inmensa la energía que lo sobresalta, recorriéndolo como si fuera una violenta posesión.

    23:50 pm. La calma vuelve a su cuerpo aunque no a su mente. El hombre siente que ha transitado por dinteles donde una puerta quedó cerrada y otra se abrió. Pero como quien sabe diez sólo puede enseñar nueve, acepta que la posesión sufrida ha sido oracular, eleusina, y no admite racionalización. Cuando un dios pasa cerca de uno suele, como lo hacía Apolo, herirnos a la distancia. Odín es llamado Glapsvidir, el ducho en ardides. Así el hombre piensa en Ulises, piensa en el amo del Valhalla, también piensa en él.

    3:00 am. El hombre sueña que un dios lo llama. 

  • De Cartas a mí misma

    De Cartas a mí misma

    Colaboraciones  

    Carmen Castellote

    Investigo el paradero de mi infancia

    Me reconozco ensayando los primeros pasos. Una noticia repite en el oído: “Ha dicho mamá”. Y luego, el regocijo de todos, que me alienta a cruzar el mundo sin ayuda.

    Empezaba a ser yo, a transportar mi infancia a todas partes.

    Los días eran arcilla obediente para todos mis inventos. Con los dedos, acreditados por una tinta de moras, hacía pregón de la escuela que aún no me llegaba.

    Leía sin vacilar en los libros crecidos, cuyas letras no me distinguían, y aunque pronto se descubrió mi truco, muchos elogiaron la ocurrencia.

    Aseguraba que los niños nacían en el mar como los peces y que la luna y el sol eran el mismo fantasma. Me alargué sola, sin que en esta tarea intervinieran conocidos.

    Un día me disfracé de grande. Pintados la cara y los labios con betabel, me clavé unos aretes y estiré las cejas con un lápiz negro. 

    Mi vecina alarmó mi rostro con una ruidosa carcajada. Uní mi risa a la suya, pero después lloré.

    Mi madre me lavó el disfraz con un jabón de apretados jardines.

    Me miró fijamente y declaró que ya era adulta. Aunque desconocía la palabra, me sentí muy orgullosa.

    Regreso a mis primeros intentos. Investigo el paradero de mi infancia.

    Los invasores

    Hay un paseo plácido de agua donde el sauce se observa sin asombro; una escultura de piedras en el mar: embarcadero en el que dejan las gaviotas su región más alta, su pulmón perfecto.

    Todo lo de afuera está en mí como asidero cercano, como el columpio que llega.

    Hay un perro en la lluvia de la calle, que es charco de filamentos y de voces, y un abedul con orejas puntiagudas que me trae información en sus buzones. Hay una mujer, sin mención en el mundo, que raspa los ayeres de la ropa con hierbas de antiguo conocer; y hay un puente de rústicos troncos, carril casero para unos bueyes que huyen sin dueño y sin carreta.

    Hay un estanque con ranas en el cielo —cantos verdes y trigo en la mirada— y un íntimo mapa con cosas que regresan.

    Un arcoíris de colores que no duermen invade mi mesa con recuerdos que aún no conozco.

    Hay una niña con las manos tendidas en la tarde que entra.

    Todo está conmigo

    Escribo para enhebrar las cosas que viví y hacer con ellas memoria.

    No tengo testigos en el arte de engarzar ni en la tarea de observar lo que me atisba.

    Voy por las regiones andadas las que, en virtud de un nombre, me devuelven lo que en ellas dejé. Gente y paisajes despiertan en mí su timbre y es ese ruido de manantiales el que me detiene en ellos.

    En mi mesa, a la que todo vuelve, una lámpara acerca los lugares y los protege del viento, suelto detrás de mis ventanas. Estoy en un pueblo de casas diseñadas con el mismo bosque. Unos pájaros, que todavía viven, sostienen sus tejados. En las rejas hay melodías de un acordeón, el calor de una cita que llenaron un hombre y una mujer.

    El río corta el pueblo en dos partes; y al final de la minúscula geografía se abre un ancho país de girasoles. Hay una farmacia, ajena a los inventos de la ciencia, y una oficina de correos adonde llegan las noticias en una carreta tirada por caballos y una acelerada campanilla.

    Estampo mis sueños en el pueblo, en los vidrios de su única tienda, donde mi rostro es una mercancía más de las que ofrece.

    Una maestra saluda en mí al cuarto de primaria. Yo me apresuro a repetir la lección recién aprendida, no vaya a ser que me interrogue. La maestra lo es en todas partes. Hundo mis pies en el pueblo.

    Sigo conmigo. Reclamo esas corrientes de agua que habrán de quitarme el último calor del día.

    Un niño me muestra el libro de un escritor inglés, y aunque el nombre del autor nada me dice, yo admiro al niño que aprende en los autores que no figuran en la nómina de mi clase. Regreso con muchas novedades, con nombres extranjeros y pétalos de traviesos girasoles.

    Escribo para que no huyan de mí los personajes de ese pueblo. Los veo en la faena de los días, los ojos hollando el infinito, como buscando a un Dios sin forma y sin vivienda, pero largamente intuido. Me persiguen sus rostros, sus charlas sin desperdicio, que nacían de ellos como ríos de primavera en los que todo era verdad: el canto de las ranas, el olor de los frutos despiertos y los reflejos de una cálida miel.

    Guardo lo que escuché en las honduras de mi ser, donde los rumores callan para ser más ellos.

    Escribir es entrar en un campo alumbrado por fresas, es caminar por encima del mar que duerme bajo una nieve dura.

    En mi pluma hay siempre una brisa de aves, unas grosellas entre los dientes, el discurso de un gallo, una historia contada por una mujer que lava niños y ropa y reclama el sentido de los sueños. Hay una luna de círculos gozosos, un abuelo apoyado en un palo y el fragor de una lejana primavera.

    Me niego a olvidar

    Yo viví un país tragando la guerra por sus ojos, niños atados a la estufa con la ira del frío y ancianos que esperaban la noticia de su muerte frente a sus casas, ya muertas en el aire.

    Vi camiones con letreros. “Todo para el frente”, y en una aldea mecida en la orilla del mundo unas mujeres que estallaban sus recuerdos para huir más ligeras; calles y banquetas enloquecidas por cuerpos, sin más abrigo que la guerra…

    Todo un país canjeando sus últimas ropas por monedas de pan y migas de agua.

    Vi un camión que estrenó sus pitones gigantes en un campo donde las flores jugaban con los niños y escuché la insólita burla de los dioses anteriores.

    Vi árboles tan densamente escondidos en el miedo, que no se aventuraban a soñar más sombras, luces negándose a entrar en la noche, por oscura, y cómo el pánico cavaba sus hoyos en pieles adultas.

    Vi morir a niños, y eran ellos tan niños, que confundían la vida con la muerte.

    No logrará el sol con su ronda de diestros girasoles, ni el mar con su manía de ahogarlo todo, dormir lo que despierto está en el corazón.

    Que no se puede matar el tiempo ni la vida sepultando todos los relojes.

    La luna

                                                                          A Fernando Solana Olivares

    Los relojes se detuvieron en la casa de madera. No había moradores ni pájaros nómadas. Sólo el silencio que me ahogaba con sus distancias subidas.

    El tiempo estaba fuera de los relojes, dentro de la luna, que alumbraba la casa con un pálido candor. Nacían los recuerdos como de un techo caliente. La luna equivocaba el perfil de las cosas, distribuyendo día y noche a su antojo.

    Crecían y se ocultaban los objetos. No había más mundo que el de la casa de madera con sus viejos baúles entreabiertos y unos manteles doblados por alguna abuela, que ya no estaba.

    Desde la pared, aprisionados en marcos, me vigilaban rostros ajenos a mí y a mi extraño pensamiento. Ignoro cómo cabían todos en la minúscula morada. Yo zurcía sus historias en el insólito escenario de luz donde cosas y gente rodaban como sombras. 

    La luna elogiaba la casa con ojos de gacela, con sus blandos y ricos terciopelos. Derramada en todas partes, dio horas y color a los manteles del baúl y al silencio que desdoblaba la casa con impecable blancura.

    Como planta de nostálgicos verdores, subió por las paredes y barnizó los techos con una humanidad de noche.

    Colmada de esencias que le hacían más ella, y a punto de irse, me descubrió con sus lámparas finales.

    Alguien dio cuerda a los relojes. El tiempo volvía al hogar. Voces diurnas reemplazaron al silencio. La casa volvió a ella, eran ellos los objetos.

    ¿Por qué las lunas no hablan?

    Mi abuelo

    Era como un árbol de raíces rugosas, un mapa conocedor de países, campos y montañas. Un abuelo vestido de abuelo, con la espalda encorvada, las manos: fábricas con calderas y gente, y una barba donde escondía sus recuerdos.

    Se llamaba Aurelio y en sus ojos vivía el mar un azul acunado en olas y fragatas.

    Un abuelo en la casa es una luna cuando la luz se va. Y en la hora del juego es vigía; un coche tirado por caballos si vas tras las palomas y un pan recién hecho cuando al fin las detienes.

    Un abuelo es sombra cuando el sol lastima el rostro, abrigo si el frío te clava sus ortigas.

    Mi abuelo era vasco y lo mató el tiempo. Yo nunca pude imaginarlo jugando como yo al escondite, midiendo la cintura del mundo con ojos soñadores, atravesándolo con alborozo y miedo.

    Estaba convencida de que mi abuelo había nacido abuelo.

    Amaba a los niños, daba limosna a los pobres, bebía vino de una bota de cuero; me narraba cuentos y me ataba las trenzas con unos lazos que parecían coles.

    Cuando no era abuelo, sirvió en la marina, y de ahí sus ojos azules. De sus manos de viejo nacían higos dulces, mazapanes en forma de culebra, cintas de exagerados colores.

    Mi abuelo nunca iba a misa, porque los dioses oficiaban dentro de él.

    Era un vasco con boina de cachava, un viudo que enterró a su esposa sin nombre para dármelo a mí.

    Siempre niña

    Quiero salir al mundo como lo hacían los andariegos de otros tiempos.

    Fortalecer sus esquinas y sentada en una piedra grande esperar la llegada de alguien, sabio de caminos. Saldré con ropas amplias, que aguanten mis fantasmas, los diablos invisibles que todos desean conocer. Quiero acercarme a una humanidad más crecida, beber sueños para seguir la marcha. Tengo que encontrar al anciano de límpidas barbas, que nunca existió, y despertar mis verbos en su luz.

    La fantasía lo regresa con su única vivienda: el abrigo de todos los días, que una soga de tiempo lo fija en el cuerpo erosionado.

    Nos sentamos en un lugar en el que los árboles transmiten muchas sombras, en un pasto de siglos y costumbres. Me hago chica entre sus barbas de seda piadosa, entre historias cautivas. Montada en sus relatos, cabalgo en ellos como en un vehículo diario.

    Cuando crezca seré niña. Salvaré mi encantamiento. Insistiré en los milagros. Creeré en la envoltura interior de las leyendas.

    Quiero salir de nuevo a los caminos, eternizarlos. Cumplir con mi destino de soñadora de mundos.

  • La dama de las dunas

    La dama de las dunas

    Culturas impopulares

    Jorge Pech Casanova

    La comunidad costera de Provincetown, en Massachussets, figuraba en la historia estadounidense como el sitio en que Eugene O’Neill comenzó en 1916 su carrera en la dramaturgia, escribiendo piezas para la compañía Provincetown Players.

    Muchos años después de fallecer O’Neill, una adolescente de doce años halló en las dunas de Provincetown, el 26 de julio de 1974, el cuerpo desnudo de una mujer con la cabeza fracturada por un golpe y asentada sobre unos jeans azules cuidadosamente doblados. Hallaron los forenses que la difunta fue estrangulada y con alguna maciza herramienta le partieron el cráneo. En sus restos hallaron costosas aplicaciones dentales, tras registrar la falta de algunos dientes, las manos y un hombro.

    Los forenses tomaron muestras de los huesos antes de admitir la inhumación del cuerpo en una fosa común. Después, durante 48 años, trataron de identificar a la desconocida. Los pobladores de la comunidad a orillas del mar no olvidaron a la anónima víctima. Colocaron una lápida en el sitio donde apareció tirada, y al carecer de un nombre para el cenotafio, le pusieron La Dama de las Dunas.

    En 1979 la policía hizo una reconstrucción con arcilla de la cabeza y el rostro de la mujer. Al año siguiente los restos del cráneo fueron examinados de nuevo. En el año 2000 los investigadores los exhumaron para obtener una muestra de ADN. Una década más tarde, en 2010, mediante una tomografía computarizada, las autoridades elaboraron otro retrato de la desconocida. Hasta 2022, empleando otro estudio genético de los restos, el FBI buscó a parientes de la víctima.

    El 31 de octubre de ese año los agentes federales anunciaron que el cuerpo perteneció a Ruth Marie Terry, nacida en Tennessee en 1936. La vida de Ruth no fue fácil: su madre murió muy joven. Ruth Marie se casó y separó a los 21 años, tuvo un hijo a los 22, se vio forzada a cederlo en adopción y para 1972 esperaba reunirse con él, pero el joven estaba en coma por una sobredosis de droga.

    En febrero de 1974 Ruth Marie se casó con el anticuario Guy Rockwell Muldavin en Nevada. Visitaron a la familia de Terry en Whitwell y Chatanooga. Entonces hablaron de que viajarían por el país en busca de antigüedades, mencionando Massachussets como uno de sus destinos. En el verano de ese año, Muldavin volvió solo. Dijo a los parientes que Ruth Marie se había marchado y no sabía dónde encontrarla. Un miembro de la familia Terry contrató a un detective para buscarla, pero no hubo resultados. La consideraron fallecida.

    Al conocer la identidad de Marie Ruth en 2022, el FBI buscó a su marido Muldavin. Los agentes se enteraron de que había muerto veinte años antes, en 2002. Se había establecido cerca de Salinas, California, desde 1976. Era comerciante de platería y al momento de su muerte estaba casado con su cuarta esposa. Sus conocidos dijeron que Muldavin era artista, actor y poeta. Dejó un libro autopublicado que tituló Cocinando con aceite de anca: Cooking with Rump Oil (rump también se puede traducir como “nalga”).

    Al investigar la vida de Muldavin, la policía se enteró de que tuvo al menos otras tres esposas antes de casarse “con una mujer llamada Teri”. De su primera esposa, Muldavin se divorció en 1956. Dos años después se casó con Manzanita Aileen Ryan, quien tenía una hija, Dolores Ann Mearns, de 18 años. Ambas mujeres desaparecieron en 1960 sin que se sepa qué fue de ellas. Muldavin fue arrestado por intentar darse a la fuga para no dar testimonio sobre la doble desaparición.

    Cuando la policía registró la casa donde vivieron Muldavin, Ryan y su hija, hallaron en la fosa séptica restos de tejidos humanos. Incapaz de vincular esos residuos con las dos mujeres desaparecidas, la fiscalía de Seattle no presentó cargos contra Muldavin, quien se mudó a King County, Washington.

    En 1960 el hombre se casó con Evelyn Marie Emerson. El matrimonio rompió porque Muldavin estafó a la familia de su esposa por diez mil dólares y fue a la cárcel con una sentencia de quince años. Pero salió en 1962 al devolver el dinero y volvió a casarse con Emerson en 1963, en Los Ángeles. Una década más tarde, Muldavin se había establecido en el pueblito de Chualar, cerca de Salinas. Allí vivió vendiendo platería y dándoselas de dibujante, escritor y actor, hasta que falleció.

    El libro que Muldavin publicó en 1976 con el sello de The Ryan Company, consta de un conjunto de textos y dibujos fantásticos sobre “bestiología”. En él, dice haber nacido en 1741, “hijo de un indio de cigarrería y una coyota” (en realidad, era huérfano y creció en una familia adoptiva). En la presentación de su volumen, el individuo apuntó: “En los pasados doscientos siete años el señor Muldavin ha escrito más de cuatrocientos libros sobre bestiología y aceite de anca, y es sin duda no sólo la autoridad más calificada sino la única autoridad”.

    El juego de referirse a sí mismo como un ser de más de doscientos años prosigue así: “En 1761, cuando el autor comenzó sus estudios en bestiología y aceite de anca, yo también quedé cautivado por el problema de qué bestias eran comestibles, qué cascos estaban herrados, qué bestias se volvían peces los viernes, cuáles habían de usarse como sacrificios y cuáles debían ser montadas, domesticadas y bailadas”.

    Muldavin tenía 42 años en 1961 y para entonces su segunda esposa Manzanita y su hija adoptiva Ann llevaban un año desaparecidas. Se sospecha que el asesinato de ambas mujeres fue su primer crimen de esa naturaleza, aunque también se le vincula con el asesinato de un hombre y la desaparición de una mujer en 1950.

    Al analizar el libro de Muldavin, la experta en asesinos seriales Julia Cowley halló que el texto titulado “Shid of Cape Cod”, puede referirse al asesinato de Ruth Marie Terry. Sobre el dibujo de una criatura femenina de largo cabello ondulante y grandes ojos, Cowley destaca “la forma en que dibujó el cabello… Sé que ella tenía cabello castaño largo y eso era significativo para él. Especialmente por la última línea —‘la tierna mirada se volverá desesperada’—, tienes que pensar que quizá es el momento en que la vida escapaba de sus ojos, cuando ella comprendió: ‘Me va a matar’. Es realmente pavoroso”.

    La experta ya retirada cree que Muldavin quería llamar la atención con su libro, presentando sus oscuras aventuras como humoradas fantásticas, y dado que nadie conocía sus secretos ni podía revelarlos, disfrutó al exponerse.

    En las páginas de Cocinando con aceite de anca, el autor se dibujó a sí mismo con alas de vampiro y rostro humanoide. Se presentaba como un ser que había vivido más de doscientos años, y no es difícil que, además de asesinar gente, incurriese en prácticas de antropofagia. Las “recetas” que esparció en su libro parecen apuntar a tales atrocidades.

    Casi medio siglo después de que el cuerpo de Ruth Marie Terry apareció en las dunas de Provincetown, el fiscal de distrito Robert J. Galibois declaró oficialmente, el 28 de agosto de 2023, a Guy Muldavin como el asesino de la mujer conocida como La Dama de las Dunas. Algunos meses antes, en mayo, el hijo de Ruth Marie, Richard Hanchett, de 64 años, pudo al fin visitar el sitio donde su madre, con quien nunca pudo reunirse, terminó sus días. 

  • Tres mujeres

    Tres mujeres

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Llega la tarde a los asuntos del mundo. La tarde citadina, no otra. Una nata atmosférica pinta el suroeste de la ciudad con trazos aceitunados, ozónicos, tan marchitos como los árboles que perseveran afuera del Lampedusa, salón de té. Tres mujeres están reunidas en una mesa que ocupa el centro del lugar. Es la única iluminada con los quinqués de porcelana que son el signo de ese merendero de enamorados furtivos, adolescentes aburridas y seductores sin pareja.

           Desde el fondo, junto a la barra de madera abrillantada, una cinta extiende los ecos en sordina de un Chopin valseado: suave, regular, con tonos climáticos que discretamente se apagan antes de ningún exceso. Un mesero vigila que el sopor no pierda su sitio. Cualquier gesto de un comensal es advertido por este servidor de ojos atentos.

           Las tres mujeres de la mesa central son de edades diversas. La que ahora habla es la mayor del grupo, tiene cerca de sesenta años, un rostro cincelado por las cosas vistas, cierta propiedad elegante en su atuendo gris y en la pañoleta de seda que lleva sobre los hombros. Sus manos son largas, de movimientos nerviosos, las pulseras que lleva en las muñecas chocan suavemente entre sí cuando enfatiza lo que dice:

           —No creo una sola palabra de todo eso. Me parece imperdonable que después de tantos años no sepamos cómo regresar. Porque no lo sabemos, ¿verdad?

           —No, supongo que no —contesta la segunda de los tres, una cuarentona de cabello castaño que aún conserva la prestancia de una belleza desigual.

           —Pero podríamos saberlo —afirma la última, una joven morena de ojos grandes y melena ensortijada. —Todo consiste en plantear el problema correctamente. ¿Cuándo llegamos y cómo? En esas preguntas debe estar la respuesta que buscamos.   

           —¿Cuándo y cómo? Menuda cuestión. Llevamos años acercándonos al cuándo. ¿Cuántos años más necesitamos para llegar al cómo? No, mujer. De ese modo estaremos aquí para siempre —argumenta la mayor, y su voz se alza entre los tintineos de sus pulseras.

           —No estoy tan segura. Quizá deberíamos invertir el método. Es cierto que no sabemos gran cosa del cuándo, ¿por qué, entonces, no nos dedicamos a revisar el cómo? —sugiere la cuarentona, mientras quita con destreza una hebra blanca de su saco color salmón.

           —El cómo… —repite la más joven, en tanto mira abstraída los asientos de su taza de café. —Pero también lo hemos escudriñado hasta el cansancio. Yo llegué primero, después ustedes dos. Nos encontramos una tarde parecida a ésta. Algo nos llevó a reunirnos y desde entonces hablamos de lo mismo: ¿cuándo y cómo?, ¿cómo y cuándo?

           Las tres mujeres guardan silencio. Hay un gesto de fastidio en sus rostros.

           —Con su permiso, señoras —interviene el mesero. —Ya es hora del boletín crepuscular. Prenderé el radio.

           Una voz metálica ocupa todos los espacios del Lampedusa: “Los reportes más recientes de la red de monitoreo ambiental señalan que el índice de contaminación ha subido geométricamente en la última hora. Para este momento, las condiciones atmosféricas presentan un registro ilimitado de puntos imeca. La situación es delicada, amables radioescuchas, y a continuación indicaremos las actividades que deben cancelarse inmediatamente de acuerdo con el Manual Público de Sobrevivencia Colectiva: pláticas que obliguen al uso de más de seis palabras por frase, movimientos que exijan desplazarse más de metro y medio, preguntas que no tengan respuesta con inclinaciones de cabeza y respuestas que vayan más allá del recinto donde se haya hecho la pregunta. Se desaconsejan las reflexiones de cualquier índole y se suspenden hasta nuevo aviso todas las tecnologías del yo que estén en curso. Las autoridades han anunciado que el azar queda a cargo de la situación y que los policías de crucero pueden comportarse de manera discrecional. Escuchemos ahora a nuestra unidad móvil, que trasmite desde algún punto de la ciudad…”.

           —Lo siento mucho, señoras —dice el mesero al apagar el aparato. —Considérenme su servidor.

           El lugar queda sosegado mientras el hombre va hacia la barra, se apoya en ella y dirige su mirada al vacío. La mesa de las mujeres está en reposo. Ningún movimiento altera su disposición. Ante ellas, a través de la ventana, la calle se estremece suavemente al paso de un automóvil solitario, el jirón luminoso de un fanal rebota en los cristales, un grito aislado se pierde más allá.

           —Tengo una respuesta —dice entre dientes la más joven.

           —Alguna cita, ¿no? —propone la mayor.

           —Pero en seis palabras, no más —advierte la cuarentona.

           —¿Y si tiene más? —inquiere la joven.

           —Entonces es imposible —ataja la mayor, haciendo sonar otra vez sus pulseras. —Déjalo así.

           —Ni cómo ni cuándo: por qué.

           Acaban los sonidos mínimos. Los otros hace minutos que desaparecieron. Inmovilidad. Afuera el altavoz de una patrulla vocea la emergencia. Un mensaje grabado se repite una y otra vez:

           “Ciudadanos, toda cosa puede ser, por accidente, causa de esperanza o de temor… Ciudadanos, toda cosa puede ser, por accidente, causa de esperanza o de temor”.

           El merendero se disuelve. La ciudad también. Tres mujeres contemplan su reflejo desarticulado. Un mesero contiene la respiración.

  • La (in)consistencia de las narrativas

    La (in)consistencia de las narrativas

    Culturas impopulares

    Jorge Pech Casanova

    La reciente adjudicación del Premio Nobel de Literatura a Han Kang y la amplia difusión de sus obras en el mundo ha hecho posible que un viejo crimen de estado cometido en Corea del Sur cobre actualidad y permita la revisión de varias obras creativas en ese país asiático. Esto, gracias a la novela Actos humanos, de la escritora premiada.

    En ese libro, Han Kang describe los efectos de la masacre de civiles inermes ordenada por el régimen de Doo-hwan Chun el 18 de mayo de 1980 en la ciudad de Gwangju. Esa agresión dejó un número indeterminado de personas muertas (entre 165 víctimas que reconoció el gobierno, y de mil a dos mil que denunciaron observadores extranjeros).

    La narración comienza en plena morgue, con el reconocimiento de cadáveres: manifestantes tiroteados o reventados a golpes por el ejército sudcoreano durante la protesta del 18 de mayo. A partir de esa macabra escena, la narradora va recreando las vidas y las muertes de sus personajes lacerados por el crimen, aun si lograron sobrevivir a él.

    La matanza fue difundida al mundo por periodistas extranjeros que lograron fotografiar la agresión y desmintieron la versión oficial de que las ejecuciones ilegales cometidas por soldados ocurrieron durante una insurrección armada (que achacaron al entonces disidente Dae-jung Kim). Con el tiempo quedó claro que el dictador Chun y su compañero del ejército Tae-woo Roh fueron los responsables de la matanza.

    Juzgados por ese crimen en 1995, Chun fue condenado a muerte y Roh a cadena perpetua. Sin embargo, al año siguiente los demócratas Young-sam Kim y Dae-Jung Kim, quienes sucesivamente ocuparon la presidencia, les concedieron a ambos criminales la amnistía. Chun fue sentenciado a una multa de 220 mil millones de wones (la moneda sudcoreana), pero se declaró insolvente y murió en 2021 sin pagar ni pedir, siquiera, perdón. Su cómplice Roh pagó su multa de 260 mil millones de wones y murió asimismo en 2021. En su testamento pidió perdón por la matanza de Gwangju.

    Con el premio adjudicado a Kang, y la consiguiente revisión de la matanza de Gwangju en Actos humanos, las plataformas digitales han puesto a disposición pública algunas obras del cine sudcoreano que recrean ese terrible suceso. Destacan entre esos filmes Un taxista (los héroes de Gwangju), realizada por Hoon Jang en 2017, y 26 años, de Geun-hyun Cho, que adapta el manhwa del novelista gráfico Full Kang. Esta última producción se demoró cuatro años porque los productores de la película se retiraron en 2008 debido al tema polémico, y la filmación se concluyó hasta 2012 gracias a donativos de artistas y del público.

    Tanto 26 años como Un taxista son obras cinematográficas elaboradas con gran talento y solvencia. La adaptación del manhawa de Kang es poderosa, sensible y convincente, pese a los problemas de producción. Cuenta el ficticio atentado que varios hijos de víctimas de la matanza de Gwangju organizan en 2006 contra el dictador, al cumplirse 26 años de la masacre. Aunque la cinta puede verse como una historia de acción con balaceras, es notable su construcción de personajes y su dolorosa evocación de la dictadura (cuya presencia se mantiene en muchos aspectos en la sociedad sudcoreana).

    Un taxista comienza como una comedia de enredos y, en cuanto se instala en la Gwangju de 1980, justo en el día de la matanza, se transforma en un conmovedor testimonio de lo que cuesta a nivel personal atestiguar un crimen de lesa humanidad, reunir desesperadamente las pruebas para denunciarlo y lograr que la infamia llegue al conocimiento no sólo del extranjero, sino del propio pueblo asediado por la dictadura.

    Ante la vehemencia testimonial de las películas de Geun-hyun Cho y Hoon Jang, que en su momento apenas recibieron atención de los medios occidentales, resulta decepcionante que la muestra de cine coreano más aplaudida —no sólo por distribuidores en todo el mundo sino por el jurado del Festival de Cannes en 2019— sea la simplista “crítica social” Parásitos de Joon-ho Bong.

    La complacencia del jurado de Cannes hace cinco años parece repetirse este año con su premio al mejor guion para el absurdo y chocante relato que sostiene La sustancia, de Coralie Fargeat, vehículo para el demencial “lucimiento” de la ex taquillera Demi Moore y de la muy atractiva Margaret Qualley. La crítica de Santiago García sobre la filmación de Fargeat, en el portal leǝr cine, puntualiza los principales defectos de La sustancia, que inexplicablemente recibe aplausos de varios críticos:

    “Pocas películas han sido tan crueles con sus protagonistas como lo es La sustancia. Quiere expresar la crueldad de la sociedad pero la directora es mucho más cruel que aquello que acusa. Expone los cuerpos reales de las dos actrices centrales y los convierte en un objeto, justamente lo que dice criticar. El sadismo de Coralie Fargeat puede que no sea machista, sino tan sólo cinematográfico, pero es sadismo al fin”.

    El defecto que comparten ambas películas premiadas en Cannes es la superficialidad de sus historias y personajes, que un guion cuidadoso hubiese evitado. En Parásitos, una familia de marginados va apoderándose de la casa de una familia rica mediante “ingeniosos” fraudes, hasta desencadenar una masacre durante una fiesta infantil. Se manipula la conciencia de clase (¿quiénes son los parásitos, los marginados o los ricos?) y se pone una cinematografía deslumbrante al servicio de ese pobre argumento, poblado con estereotipos.

    La sustancia opera en forma similar: la cinematografía enfatiza efectos visuales y sonoros; abruma a quien contempla la historia de una menguada presentadora de televisión que, con un tratamiento clandestino, rejuvenece en un cuerpo suplementario cuya usuaria va convirtiendo a la mujer de origen en una criatura monstruosa. Se supone que así denuncia a un sistema machista generador de íconos que victimizan a las mujeres, pero el método para mostrar esos manejos es aún más violento y complaciente con el machismo. El final de la historia es grotesco, ilógico, desmedido.

    El año en que el Permio Nobel de Literatura lo recibe una mujer sudcoreana por rescatar la moraleja de historias tan crueles como la masacre de Gwangju, o la de una mujer que muere lastimosamente por querer convertirse en planta, el jurado del festival de cine más prestigioso del mundo se comporta como un adolescente atiborrado de películas gore, galardonando el argumento en que una mujer se desdobla en un facsímil que la consume hasta convertirla no sólo en un monstruo, sino en un ridículo surtidor de fluidos repugnantes.

    Dado que productos como La sustancia son declarados obras de arte subversivo, parece que Oscar Wilde tenía razón al escribir en El retrato de Dorian Gray: “El arte no tiene influencia sobre la acción. Aniquila el deseo de actuar. Es soberbiamente estéril. Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza”. La historia de La sustancia es risible en su obscenidad. Y parece que eso dejó al jurado de Cannes con la única opción de aplaudir una explosión de ignominia.

  • Nueve flechas en el blanco

    Nueve flechas en el blanco

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    1.  El médico y psicólogo Maurice Nicoll asumió como eje de sus reflexiones sobre la vida y la conciencia una certeza ancestral existente en todas las tradiciones espirituales: el nivel de ser de una persona modela y construye su propia vida. En una carta escrita en 1941 insistió a su corresponsal en la idea de que la historia tanto colectiva como individual tiende a repetirse y que mientras no se produzca un cambio en esa circunstancia seguirá siendo la misma: “Todas las cosas se repiten en su propia vida: dice las mismas cosas, hace las mismas cosas, lamenta las mismas cosas. Y todo ello pertenece a la inmensamente profunda idea de que el nivel de ser atrae su vida”.

    2. En los seres humanos siempre hay dos futuros, uno en el correr del tiempo y otro en un cambio de estado interior. Pero la gente vive una ilusión profundamente arraigada y condicionante: mañana será otro día y todo cambiará. Sin embargo, las personas y sus vidas no mejoran conforme envejecen, una armadura de carácter las va petrificando y la compulsión a repetir patrones conductuales, formas lingüísticas y pensamientos obsesivos se vuelve una característica incurable. De ahí que la gente nunca cambie y esa sea su calamidad. Nicoll señala previene el error conceptual de pensar la vida en términos de pasado, presente y futuro, de pensarla solamente en términos de tiempo y no de estado. Así el mañana siempre será igual al hoy. El futuro no reside únicamente en el tiempo sino en la conciencia, en el sí mismo de cada cual: “consiste en mudar de estado ahora, al darse cuenta de aquel en que uno se encuentra”. Los magos no cambian el mundo sino la manera de ver el mundo. Su secreto no radica en tratar de cambiar neuróticamente las circunstancias externas sino en un cambio personal que asuma los sucesos de la vida de una nueva manera. En otra mirada, que siempre significa otro lenguaje. O el silencio. 

    3. En uno de sus análisis hermenéuticos sobre las parábolas evangélicas, para él no un compendio de reglas arbitrarias o preceptos morales sino un juego de mapas y orientaciones mentales, Nicoll explicó el significado psicológico del mirar o volver hacia atrás, contenido, entre otros, en el relato bíblico de la mujer de Lot, como una referencia de la esterilidad interior: “Las enfermedades o males que produce este retiro o regresión en el cuerpo-del-tiempo (la propia existencia) se debe a que el espíritu interno falla. Pues el espíritu ha de seguir luchando, ha de continuar, sean cuales fueren las dificultades externas”. Eres como eres, diría Don Juan, porque te dices a ti mismo que así eres. Por esa razón un maestro inusual pedía a sus alumnos fijarse en lo que se fijaban y a continuación fijarse en lo que no se fijaban. El mundo cotidiano se les revelaba distinto, enriquecido.

    4. No es una amnesia ni una innovación constantes —patologías de la sociedad consumista— sino una discriminación entre la comprensión vieja y la nueva, un discernimiento entre el pasado idealizado, entre la mente literal detenida (Swedenborg diría: lo maternal) y las nuevas categorías para pensar de forma superior o más profunda la lucha entre la comprensión interna y la externa: “No significa un movimiento hacia ningún mañana. Es un movimiento hacia lo íntimo, hacia una experiencia más profunda, hacia una mayor integridad y pureza de visión, hacia una calidad y no una mera cantidad”. Tal es el cambio de estado. Siempre tiene que ver con el ahora, con el presente del presente que menciona san Agustín. Es el olvido consciente de los dos días que no existen: ayer y mañana.

    5. En la cromática budista tibetana se enseña que el color granate del hábito protege a su portador del frío, que el color azafrán del ropaje interior lo resguarda del calor y que los ribetes azules de la vestimenta son un ojo de elefante que siempre mira hacia el frente, como los monjes deben hacer. En el ahora existe una constante, algo que no se muda. A eso Nicoll le llama “un espectador de sí mismo”, en relación con el cual las angustias temporales y los irritantes síquicos disminuyen, el mundo surge en su ambigüedad y se relativiza. La gente sólo piensa en el mundo sensorial y confunde su circunstancia con el transcurrir del tiempo creyendo que vive nada más en el mundo fenoménico. Ignora que la mera extensión de los días, su paso inevitable, no significa ninguna mutación personal, porque psicológicamente la persona permanece en la misma parte del mundo para el resto de sus días, continuará “pensando de la misma manera y obrando con la misma complacencia”. Como lo señala Cavafis en su poema La ciudad:

                    […]

                    No encontrarás otro país ni otras playas,

                    te llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad.

                    Caminarás las mismas calles,

                    envejecerás en los mismos suburbios,

                    encanecerás en las mismas casas. 

                    Siempre llegarás a esta ciudad:

                    no esperes otra,

                    no hay barco ni camino para ti.

                    Al arruinar tu vida en esta parte de la tierra,

                    la has destruido en todo el universo. 

    6. La compulsión a repetir conductas síquicas y costumbres de vida se refiere, también, a la incapacidad para discernir entre el entendimiento, que es externo al ser, y la comprensión, que es un proceso interior. Las intrigas, los celos, las ambiciones de poder, la ansiedad, la subjetividad mental egolátrica y toda suerte de emociones negativas son simbolizadas como las espinas que ahogan la simiente. Por ello la sufriente corona del Cristo crucificado representa, según Nicoll, la condición mental de los seres humanos, narcisos ahogados en ellos mismos. La vanidad es una fuerza modeladora de la persona y la imaginación echa sus cimientos, construye sus quimeras, pone el candado y tira la llave de la cárcel de nuestro yo: “La vanidad se quiere mostrar. Todo su intento y su esfuerzo es mostrarse.” El antídoto, juego de opuestos, es su contrario: guardarse, recogerse, dar un paso lateral. 

    7. La psicología de la transformación propia requiere la aceptación de un término que el moralismo dogmático ha explotado para su propio afán de poder: el arrepentimiento, la metanoia, cuyo sentido no es el de la confesión de los pecados ante un intermediario religioso y la penitenciamecánica subsiguiente, sino un cambio en la manera de pensar, una transformación de la mente. Es cuando adviene en la persona ese misterioso Reino de los Cielos que existe en su interior psíquico, no como un lugar metafísico sino como un estado concreto de la conciencia: “Se transforma todo el sentido de la vida y de cuanto a uno le ocurre; todas las tragedias, todo el secreto descontento, los pensamientos dolorosos y la sensación de fracaso, todo queda transformado”. 

    8. Lo mismo sucede con la palabra Fe, que no significa creer dogmáticamente en la existencia de entidades divinas sino desarrollar otra clase de pensamiento. Afirma Nicoll que “la fe es necesaria para abrir aquella parte de la mente que los sentidos no pueden abrir”. No solamente es una convicción sobre la existencia de una dimensión de lo real interior y no visible sino una base mental para alcanzar otro mundo de relación y de valores. La acción socrática, una fe cognitiva, es un estado de continua atención en la cual la mayéutica socrática tiene por objeto desatar a los hombres de sí mismos, de sus opiniones prestadas, de su imaginación circular, de su creencia en que saben. Platón pone en boca de Sócrates que “todo mundo sufre y está enfermo de sí mismo, pero no puede advertirlo. […] Librar a los hombres de su ilusión de conocimiento es uno de los aspectos de la desatadura que libra el alma”.   

    9. La transformación es la meta del ser humano. Ocurre mediante la comprensión y otorga sentido al estar en el mundo. Nicoll asevera que Dios es significado, pero que si dicho término, un campo semántico inagotable, perturba a la persona, entonces puede quedarse nada más con la palabra significado. Será suficiente para leer lo habitual de otro modo, mirar lo de siempre distinto cada vez. Platón, citado por el autor, advierte que el mejor remedio para la mezquindad del alma es convertirse en un espectador del Tiempo. Por eso su empleo analítico de las parábolas bíblicas como máquinas mentales y narrativas no literales (los símbolos contienen más de lo que muestran), transformadoras de significado. Un significado que siempre es psicológico, nunca físico. Son contados los seres humanos que se dan cuenta de su situación y “vuelven en sí”. Este es el momento de la metanoia. Un mirarse a cierto espejo donde el alma ve todo aquello de lo que ha desprenderse o librarse, y haciéndolo se termina y perfecciona. Tal es el significado del “Conócete a ti mismo”, aconsejado por Sócrates y enseñado por Nicoll, aquel antiguo aforismo griego inscrito en el templo de Apolo en el oráculo de Delfos.

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