Ta Megala
Fernando Solana Olivares
Daisaku Ikeda, un historiador del budismo histórico, alude a la investigación del profesor Kenshi Hori, quien leyó una reflexión de Schopenhauer que determinaría los siguientes treinta años de su vida: “Algún día, un estudioso de la Biblia que también esté versado en las religiones de la India logrará, fundándose en pruebas ciertas y detalladas, mostrar las conexiones que hay entre el cristianismo y esas religiones”.
Hori trabajó en ello por décadas hasta demostrar la existencia de una región central vinculada por intercambios e influencias mutuas, que iba del Mediterráneo hasta la India y en la que habían surgido el budismo y el cristianismo —“productos del mismo mundo”, escribe Ikeda—, la cual quedaba confirmada entre otras pruebas por la obtenida en una expedición francesa a Afganistán en 1958 que descubrió la inscripción tallada en piedra de un edicto del rey budista Asoka en griego y en arameo, la lengua corriente en Palestina cuando Jesús, quien así pudo haber conocido el budismo y verse influido por algunas de sus enseñanzas.
El concepto budista del bodhisatva, aquel que hace el voto de postergar su iluminación definitiva hasta salvar al último de los seres sintientes, y la práctica monacal de los esenios, una secta de la que Jesús se presume que formó parte, se han visto como influencias provenientes de la doctrina budista en el cristianismo.
Diversos autores citados por Ikeda afirman que un número importante de fábulas, leyendas y cuentos de hadas occidentales habrían tenido su origen en el budismo de fuentes hindúes: “Además, la famosa parábola del hijo pródigo, como se ha hecho notar con frecuencia, guarda un paralelo casi exacto con el Sutra del Loto”.
Hay constancias físicas de esas conexiones y vínculos: en Europa septentrional se han excavado restos de monasterios budistas y una pequeña estatua devocional de Buda fue descubierta en Suecia. La sugerencia de que el budismo pudo haber llegado a Inglaterra antes que el cristianismo proviene de la mención hecha por Orígenes en el siglo segundo de la era cristiana: “En la isla, sacerdotes druidas y budistas habían propagado ideas relativas a la unicidad de Dios y por esa razón los habitantes ya estaban inclinados a él”.
En el emplazamiento de una antigua ciudad romana en el sur de Gales fueron encontradas muchas monedas de la época, entre las que estaba una rupia proveniente del reino de Milinda o Menandro, quien dominó desde la India Central hasta partes de Afganistán durante el siglo segundo. Milinda, después de conquistar militarmente su amplio reino, dedicó su interés al pensamiento hindú y a los debates filosóficos. No hubo quien pudiera igualarlo en tales disciplinas hasta que llegó a Shakala, la capital del reino, el monje budista Nagasena, cuyo nombre significa en sánscrito “elefante”, un preciado animal de alto valor simbólico y práctico para Oriente.
El monje era un adversario retórico temible según el texto pali que registra el histórico encuentro. Descrito con el florido estilo de la época —“Imperturbable como las profundidades del mar, inconmovible como el rey de las montañas; vencedor en la lucha, disipador de tinieblas y difusor de luz; vigoroso en elocuencia, confundía a los discípulos de otros maestros y aplastaba a los adeptos de doctrinas rivales”—, su notable destreza argumental era ampliamente reconocida a pesar de su juventud.
Nagasena y el rey son dos filósofos que debaten representando al budismo uno y a la razón occidental el otro. A petición del renunciante budista, Milinda acepta debatir como sabio, mediante argumentos, y no como rey, imponiéndose por la fuerza. El monje al fin convence al soberano de que el budismo representa un sistema de vida y una interpretación de la realidad superiores, y lo convierte a esa forma de vida.
“El tacto tiene memoria”, escribió Baudelaire. Si la moneda del reino de Milinda en Gales pudiera contar la historia de todas las manos por las que habría pasado —apenas esbozadas por Ikeda: su presencia en el surgimiento de la transformación doctrinal budista mahayánica, como limosna de un mercader a un monje en ruta misionera hacia el oeste, como testigo silencioso de la muerte de un mesías en Palestina, como ganancia de una transacción comercial y luego adquisición de un coleccionista romano, quien la atesoró donde fue hallada—, esa relación de intercambios permitiría seguir el destino trashumante del budismo propagado a través del destino humano que desde el amanecer de los tiempos ha empujado a los hombres al viaje y al movimiento, a dar a conocer la revelación de la verdad.
El círculo de metal ágil entre dedos ávidos, indiferentes, furtivos, piadosos, apresurados y ansiosos que poco a poco gastaron sus bordes, casi borraron sus inscripciones y abrillantaron sus caras, contiene la memoria de tantos tactos, el sudor o la resequedad, la suavidad de las manos que la poseyeron, los sitios donde fue intercambiada, los servicios y objetos que significó. ¿Quién hará su historia, quien la usará de caleidoscopio literario como el denario del sueño de Marguerite Yourcenar, y haciéndolo cantará sus avatares?
Una humilde rupia (rûpyakam = moneda de plata) confirmará la tesis de Schopenhauer, que sugiere ser de doble vía: la India budista fue a Inglaterra e Inglaterra regresó a ella. Es una hipótesis histórica más verosímil que el aislamiento cultural autista porque el dios Shiva crea el mundo danzando y toda danza es un intercambio, desde una moneda hasta un cometa. Los viáticos humanos quedan entonces condensados. Una rupia desenterrada en Gales es su reiteración.

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