Colaboraciones
Héctor Ramírez
“Una burbuja es una pequeña esfera de gas atrapada
dentro de un líquido o un glóbulo de una sustancia en
otra, sin embargo una burbuja también describe un
espacio aislado o una situación frágil que puede
estallar.”
Una definición
La pandemia fue una tragedia que nos tocó vivir, no sé si merecidamente o no. La realidad es que a todos nos afectó de alguna u otra manera, pero también es verdad que al parecer nada o muy poco ha cambiado a pesar de lo mal que nos la pasamos en todos los ámbitos: el personal, el social, el económico y un larguísimo etcétera. En un principio creímos que el medio ambiente saldría beneficiado porque fuimos testigos de idílicas escenas que parecían sacadas de la película 12 monos de Terry Gilliam con animales paseando libremente por grandes ciudades desiertas. Solo fueron espejismos que pretendimos esperanzadores.
¿Qué aprendimos de esa brutal y angustiante eperiencia? En lo social parece que muy poco. En un principio todo mundo hizo “buenos propósitos” —como esos que se hacen cada principio de año— y al pensar que esa sería una pesadilla que duraría solo unos cuántos días, los humanos nos humanizamos, después, poco a poco, el aislamiento y la posibilidad de contagio nos empezó a transtornar. El terror nos acobardó y nos obligó a vivir una vida enmascarados, distantes a la fuerza. Creo que aprendimos muy poco porque en la actualidad de nuevo las personas nos pueden estornudar en la cara sin ninguna reserva ni pudor. Las reglas se hicieron para no respetarlas o para olvidarse. La protección nos la tenemos que procurar nosotros porque a los otros poco o nada le importa el hecho de esparcir sus virus.
Los artistas en general y los poetas en particular ya están en condiciones de compartir sus experiencias en este negro periodo del siglo XXI que nos ha tocado sufrir. Es curioso porque son justo ellos (los artistas) quienes generalmente realizan su trabajo en soledad, pero ésta fue tanta y tan grande que en muchos casos los sobrepasó, quizá los paralizó, pero afortunadamente para nosotros hay quienes tuvieron la oportunidad de producir material que nos ayude a comprender mejor y no olvidar tan fácilmente.
Este es el caso de Gonzalo Vélez (CDMX, 1964) quien nos ofrece algunas de sus experiencias pandémicas en un libro de poemas titulado Burbuja. En él nos cuenta algo de lo vivido y nos hace pensar en nuestra propia burbuja cuando escribe: Los viernes fabrico filosofías,/ los lunes se las explico a mí mismo, / los jueves las cargo de simbolismo/ y los domingos las sirvo bien frías. / Duran hasta el martes sin compañía,/ el miércoles se ven como espejismo, / en sábado me abrumo de realismo/ y así me la paso todos los días. Con muy pocas, con poquísimas variantes, nuestras semanas transcurrían de manera muy similar y hacíamos grandes esfuerzos por conservar la cordura. Su bitácora tiene una carga de humor que, seguramente, como a muchos nos sucedió era el recurso que empleamos para no hundirnos en lo patético de una situación que se fue prolongando más y más.
Las burbujas, por su propia naturaleza o composición tienen esa textura que nos remite al vidrio o al espejo. El autor relaciona esto con las experiencias que tuvimos que vivir en ese encierro ya sea frente a un televisor, un teléfono o una pantalla de computadora para tener la posibilidad de encontrarnos con otros seres humanos: Todas las personas son planas/ como el vidrio de las ventanas. Para más adelante en el mismo poema titulado “Universo Digital” afirmar: Sabemos que estamos a salvo/ de este lado de la cámara./ Sabemos que estamos juntos,/ que somos estupefacción compartimentada./ La casa es el nuevo universo. / Afuera, en la calle, está de la chingada.
Ahora que escribo esto consultando el libro de Burbuja, me doy cuenta de su potencia en lo que empatía se refiere. Gonzalo Vélez habla por él y por todos nosotros como en aquel juego infantil en el que se tenía que cantar “uno, dos, tres por mí y por todos mis compañeros” lo cual representaba la salvación. La poesía, la buena poesía, tiene siempre esa potestad reivindicadora y este caso, cuando el tema es uno que todos padecimos, adquiere una significación mayor que no está exenta de contradicciones que “son la nueva naturaleza” como nos lo hace ver el poeta y en esa paradoja entonces se declara: Hoy soy:/ un devoto que no reza./ Soy un depredador hambriento/ que no se come/ a su presa. / Soy un capitalista feroz/ que hizo voto/ de pobreza.
En este poemario el autor es un auténtico bardo que juega con la rima, con lo que aligera un poco la tragedia que vivió, que compartimos y al definirse genera una especie de comunidad pandémica: Hoy me obliga a contemplarme/ cual vulgar/ hijo de tal:/ un individuo residual, / un ser humano parcial,/ un espectador virtual/ del melodrama. Sí, un melodrama en el que el reparto fue la humanidad entera, esa arrogante humanidad que apenas un siglo antes enfrentó la llamada “Gripe Española” y que tuvo el pretexto del desconocimiento, de la ciencia en pañales que unos cuántos años después tuvo la buena idea de organizar una nueva Guerra Mundial para probar que es capaz de exterminarse con armas nucleares. Y de nuevo Vélez reflexiona en lo que todos enfrentamos: Hoy estoy/ embriagado de pasado./ Nueve rostros en el computador/ demarcan los linderos/ de mi vecindario. / Todos juntos le damos forma/ al nuevo abecedario. Esa era nuestra nueva realidad “a distancia” que generó una novedosa forma de trabajar, de estudiar sin conocer a los compañeros de clase, de vernos las caras en una pantalla sin poder reconocernos y el poeta nos propone una salida: Nos ha llegado la era/ de respirar/ profundo:/ Cerremos ahora los ojos./ Inventemos el futuro. / Pensemos nuevas maneras/ con la convicción del olmo/ que da peras.
La Burbuja de Gonzalo Vélez cambia de forma para convertirse en un reloj de arena. Las paredes siguen siendo transparentes, pero no dejan de ser una prisión. El tiempo en la pandemia se enredó entre la física y la filosofía y que, según el diccionario de la Real Academia es “Duración de las cosas sujetas a mudanza.” “Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro, y cuya unidad en el sistema internacional es el segundo.” O bien “Parte de la secuencia de los sucesos.” Ese tiempo que se nos vino encima y a todos nos dejó indefensos, el autor del poemario lo define de esta manera: Perder el aliento/ no tiene sentido:/ es tiempo perdido,/ es cultivar el descontento. / Ahora todo va más lento/ y tengo la cabeza llena./ De mañana un rugido,/ por la noche un suspiro:/ así es el esquema/ de mi cuarentena.
El estar aislados nos desquició a todos. Vélez pasa de la plegaria a lo que él llama “Doctor Elíxir” con un : Tú traes tranquilidad y esperanza/ proporcionas burbuja segura:/ eres signo de confianza. A la inevitable culpa que en un momento todos sufrimos al sentir que el planeta nos estaba pasando la cuenta: El mundo no resistió nuestro asedio./ Todo nos indica que ya no hay remedio./ Nuestra desidia bloqueó la salida./ la necedad acabó con la vida./ Y un vil catarro nos quita de en medio, según lo expresa en otro de sus poemas.
Caminar agarrados de las manos/ es un acto subversivo y lo sabemos./ Caminamos/ a contracorriente,/ queremos creer. Así eran esos días en los que estaba prohibido todo contacto, en los que todos como el poeta estábamos llenos de preguntas: ¿Dónde es hoy?/ ¿Cuándo mañana?/ ¿Es ahora el pretérito o el infinito? Y las caricias no eran otra cosa que nostálgicos recuerdos: Llevo tu beso estampado/ como una cicatriz de ácido./ Soy un acumulador de ha sido.
En “Borbotones de un domingo artificial” es inevitable pensar en los Poemínimos de Efraín Huerta, cuando Gonzalo Vélez escribe: Metido en mi burbuja/ me va a chupar/ la bruja o bien Tu musa,/ Medusa,/ me usa. Por su sentido del humor, por la exactitud de las palabras, están definitivamente emparentados: Ya lo ves, tía:/ yo a la vez a la bestia/ vestía. Se aligera el tono y se convierte en declaración de principios: Con esta vida artificial/ me vuelvo cada vez/ más animal. El juego de palabras pasa a ser una especie de postulado filosófico: Amar a la distancia/ ya no es/ lo que era antes.
Burbuja es un libro imprescindible, un recordatorio necesario de mucho de lo que vivímos/padecimos en la era de la pandemia. Vale la pena mencionar aquí la pulcra y muy bien resuelta edición de Editorial La Tinta del Silencio con una estupenda portada obra del pintor Hugo Vélez, que renuncia a la perfección de una burbuja tradicional y se convierte en una masa extraña, violenta, ajena como lo fueron esos años de pandemia y que adquiere todo el sentido al leer el libro. De la misma manera las ilustraciones en interiores tomadas del cuaderno de dibujo de Gonzalo Vélez, los cuales bien podrían definirse como galimatías gráficos que representan ese asunto oscuro, de confusión y extraña estructura que le significó a él y, me atrevería afirmar que a todo el mundo, el terrible encierro por la llamada “emergencia sanitaria”.
Gonzalo Vélez. Burbuja. Colección Peces del viento, número 10. Editorial La Tinta del Silencio. Ciudad de México, 2026.

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