¡Sícomono!

Ta Megala

Fernando Solana Olivares

Hace años un hombre entró a una redacción casi ruinosa, tal como la que describe Kipling en uno de sus más bellos y perturbadores cuentos: transida de descuido físico aunque bullente de espíritu, frecuentada por sujetos inestables y variopintos, llena de energía como carpa circense o esfera audioacústica, febril cuando el calendario de trabajo se acercaba al cierre y remolona pero atenta mientras comenzaba la semana. Era un suplemento cultural que se publicaba en un periódico que no tenía mucho tiempo de haber conocido mejores épocas.

       El hombre, alto y sonriente, se asomó por el marco sin puerta de la pequeña oficina del editor. La modestia del sitio nada tenía que ver con el prestigio del hebdomadario, muy leído y popular entre la minúscula agregación de lectores dedicados a ese género.

       El editor correspondió a la sonrisa del visitante. Con instinto aguzado por el adictivo oficio pidió ver los textos que el otro traía consigo. Los años le habían enseñado que entre lo escrito y quien lo escribía estaba establecida una sutil pero manifiesta correspondencia donde los gestos, las palabras y la actitud de los autores eran un anticipo generalmente infalible de los textos que ofrecían.

       Elogio en boca propia, ansiosa expectativa ante la opinión editorial, disertaciones prolijas sobre las intenciones del autor en el texto, advertencia de posibilidad de publicación en otras partes o cierta displicencia arrogante al entregar las cuartillas correspondían casi siempre a textos mediocres, lejanos al autoconcepto que el autor tenía de sí mismo y a la retórica con la que envolvía sus prescindibles productos.

       Por el contrario, la actitud del hombre —discretamente expectante y divertida, intrigada más por la actitud del editor que por la confirmación de lo que él ya sabía sobre el valor de sus textos— era común a un tipo de escritor o periodista, escaso pero afortunado, que en esa redacción se conocía como “calvínico”, en directa alusión al ensayo de Italo Calvino Seis propuestas para el próximo milenio.

       El trasvasamiento de una preceptiva literaria para medir el trabajo editorial era un método que rendía frutos. A fin de cuentas los textos eran lenguaje y como tal debían ser valorados. La compulsiva dictadura de lo diario se disolvía en la aparición semanal, y el suplemento al que había llegado el hombre practicaba un método atribuido a un impresor venerable: despacio, que tenemos prisa.

       El editor repasó mentalmente las virtudes cardinales propuestas por Calvino, buscándolas en aquello que leía: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad, consistencia. Las primeras cinco resultaban patentes; la sexta no, porque Calvino había muerto antes de poder escribirla. De ella sólo se sabía que hubiera versado sobre Bartleby, el escribiente de Melville. 

       Pero ante su ausencia, el método editorial calvinista había resuelto darla por existente si el texto mostraba tres o más características de las cinco conocidas. Lo que el hombre ofrecía reunía todas, aun el atributo no explicado. El editor se mostró complacido. Pocos placeres en su oficio como los de recibir textos impecables.

       Trajo a cuento las primeras líneas de la cartografía de Calvino: “Mi operación ha consistido las más de las veces en sustraer peso; he tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades; he tratado de quitar peso a la estructura del relato y al lenguaje”. Una línea de flotación hecha de palabras acompañó la sonrisa de los dos:

       —¡Sícomono!

       El término con el que el editor rubricó el trato era la concentración de su entusiasmo. No se requería nada más. Excepto salvar ciertas reservas, propias de colaboradores de excelencia como él: ¿no se vería mal que aparecieran ahí sus colaboraciones, en el suplemento de un periódico llamado Pravda por sus malquerientes, él, que colaboraba en un medio liberal e independiente que se promovía como políticamente impoluto? ¿Qué dirían las normas no escritas del periodismo, las imaginarias fronteras de la pertenencia y la pertenencia y la adscripción? ¿No faltaría más trabajo en la prosa eléctrica del autor y su impecable caracterización de los personajes?

       Entrenado en la dialéctica del convencimiento, táctico de la persuasión, el editor desmontó todas las dudas —pruritos, dijo—, que sólo refrendaban la calidad personal y profesional de quien las exponía. “La escritura, modelo de todo proceso de la realidad, más aún, única realidad conocible, más aún, única realidad tout court”.

       Ni el hombre ni el editor mencionaron la frase de Calvino, pero su imperio se impuso para posibilitar que los notables retratos depositados en el escritorio aparecieran algunos domingos de colección como modelo de la red de lo posible: una reina de la noche y la palabra, un cómico atrapado por la frivolidad trascendente, un adepto político expulsado por su sombría iglesia, una heredera empapada en venenos que curan del recuerdo, un atildado y culto funcionario sorprendido de pronto en la intimidad cimarrona, una escritora charming cuya ignorancia no era fingida hasta que la comercializó.

       —Así es la vida: condicionada, relativa, mal redactada. Y luego en ella los victimarios a uno se le reúnen. Así es el medio: evanescente, rencoroso, hostil.

       Se quejaba el hombre de una conjura que estaba en curso contra él. Debido a ella es que había llegado hasta ahí: sus textos no se publicaban de un tiempo a esta parte porque padecía la inquina de un grupúsculo de mediocres. Lo de siempre: la nociva conjura de los insignificantes o las desdichas humanas.

        —¿Por qué no escribe algo sobre la envidia? Le va a parecer presuntuoso, pero hacerlo me ayudó a mí. O concéntrese en lecturas al respecto. O repliéguese. La inteligencia provoca miedo en muchos y rencor en los necios. Me temo que eso siempre le va a pasar. Acabará entendiéndolo: es un precio a pagar —dijo el editor.

       —¿Sabe cómo le llaman a la operación en mi contra?: “Mientras lo hacemos invisible, chíngatelo tantito”. Ese es su santo y seña —dijo con elegante indiferencia el hombre. El editor y él rieron a gusto: sabían de la fiereza de los asuntos aludidos, de los invencibles alcohólicos de la malevolencia que pululaban por el gremio desde antes de Kipling. Desde Sumeria, quizá.

       El editor puso ejemplos. Entre otros recordó a Cervantes, a quien el mediocre de Avellaneda se enfrentó para rebajar el valor de El Quijote y al cual hoy sólo recordamos por ello. Siguieron hablando de la malevolencia que odia el logro ajeno y de cuando esta se legitimó moralmente como competitividad mediante la ideología del éxito. Se contaron mutuamente la vida, arreglaron el mundo y reiteraron su acuerdo. La mirada autoral de los dos se despidió cordialmente y el hombre salió contento. 

       El editor quedó exultante, como si la diosa de la prosodia estuviera con él. ¡Sícomono! 

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