Colaboraciones
Araceli Mancilla Zayas
Para Fernando Solana
Adentro de mí
esa ciudad de piedra
donde te encuentro
y te pierdo
platico con personas
casi reales
hacemos planes para el futuro
salgo a la calle
me enfrento a la lluvia
al vendaval
un árbol se agita en la acera
me detengo
¿caerá derribado?
es mi único acompañante
permanecemos el laurel y yo
bajo la tormenta
esperamos
en la ciudad de piedra.
A mi lado
cerca de la cama
tu cara joven sabia
los ventanales dejan
pasar la luz nos aborda
por los cuatro costados
sale corriendo estaciona
sus ganas de perderse
de iluminar la confusión
no halla lugar no halla
espacio para su encendida
incomodidad:
alguien huye
como quimera
sin camino tropieza
no da una doy vuelta
y regreso contigo
porque al lado de la cama
me sigues observando
bajo un deseo oblicuo
y es la luz
la verdadera estancia
en la habitación de cristal.
La carta se escribe
se va escribiendo sola
no hay mano
no hay quién
solo el papel en blanco
el texto donde aparecen
las palabras
letras cordiales
de alguien que se excusa
de alguien que explica
lo que no tiene explicación
“la maldad es banal
a veces”
banal
como una carta
escrita por nadie.
Di un paso hacia la avenida
y estabas tú
venías de haber dejado atrás
disputas
malos entendidos
venías
de hecho
de haberte dejado atrás
eras el mismo
pero otro
me diste un abrazo
donde reposó la luz
después
nos bañamos en el agua
de aquella alberca abandonada
durante años sumergida bajo tierra
ahora abierta al sol.
Andábamos sobre las piedras
de aquel río
briosa corriente
cada vez más briosa
niños siguiendo a los adultos
avanzaba con dificultad la pequeña tribu
cuando llegó la tempestad
la turbulencia
una roca inmensa atajó el camino
imposible seguir
tomados de los brazos
sumergidos
se sostuvo uno en la otra
en el otro
las aguas al fin volvieron a su cauce
nadie se ahogó
persiste la corriente.
Han pasado muchas cosas
que ya no recordamos
y la casa aparece ahí
al lado del mar
dentro del mar estamos
nos arrastra el oleaje
nos lleva
tratamos de tomarnos
de las manos
buscamos
con nuestras manos
rescatarnos
sabemos que lo vamos
a lograr
vamos a resistir:
lejos
la casa.
Como degollada desde la carne viva
tu cabeza vibrante
tu rostro joven
podría instalarse en un pedestal
efigie para la memoria
estatua
pero tu cabeza flotante
portaba un sombrero adornado
con pequeñas flores
tu rostro sonreía
eras la que no conocimos
venías de ser muchacha
de ver algo alegre
tan alegre abuela
como tu cabeza-pájaro
revoloteando en el aire.
Un carretón de gitanos
donde todo se pierde:
ropa libros trastos
hemos de ir a algún lugar
lejos del mundo
del gentío
prisas alrededor apuraciones
las urgencias de un viaje
a correr sin bañarse
a ponerse los zapatos
y solo un par de sandalias viejas
a la mano
son enormes
pero las calzo y cubren mis pies
perfectamente
como si fueran mías
y ando.
Le toman y llevan en vuelo:
avista desde lo alto
el terreno donde pelean
el oso y el león
–riñen
discuten
hay entre los dos animales
un desacuerdo humano–
así volando llega hasta la colonia
donde personas afectadas
de sus cuerpos y mentes
esperan medicarse
aisladas en múltiples recámaras
se les atiende y alberga
para usarlas en experimentos
indecibles.
Paso el brazo sobre tus hombros
sentados en la banca
beso tus labios
estás feliz
me abrazas también
salimos no sé cómo
de esa fiesta
venimos conversando
en el carro
contentos
en el bosque
sobre la terracería
murmuran las sombras
de los árboles
ya voy en camino
-dices finalmente-
hacia allá voy
hay calma en tu voz
y en la joya preciosa
de tu mirada
mientras la muerte
se adentra.
Del libro Un carretón de gitanos (O la otra vida de los sueños), coedición de 1450 Ediciones y Editorial Almadía. Oaxaca, 2026.

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