Tratando con don Cusa

Ta Megala

 El filósofo Nicolás de Cusa solía decir que el quincuagésimo es el año del jubilado para recompensar el trabajo de vivir siete veces siete años. Pero eso no le importa para nada a Nicolás Cusa, un homónimo alteño nacido quinientos años después de que el pensador alemán hubiera muerto. Don Cusa, como le apodan por aquí, se emplea talando árboles. Hace jales así, según dice él, desde antes de cumplir medio siglo, y sigue haciéndolos ahora sin jubilarse cuando va rodando a la vejez.

       Las razones para su empleo son dos: ser el único en el pueblito y sus alrededores que posee una motosierra orgullosamente comprada hace años en la ciudad, y además ser leñador en una geografía donde hay pocos árboles. Su trabajo no tiene que ver con devastar bosques sino con cortar un eucalipto mal plantado que ahora está a punto de tirar un venerable torreón de adobe y una barda en cualquier propiedad rural, por ejemplo, o un geno que se secó o un laurel muerto por plagas.

       —¿Y usté qué hace, don? —me pregunta, después de revisarme con la socarrona desconfianza rural que me prodigan los lugareños. Le parezco exótico, como a todos los moradores del pueblito instalado en la Alta Rulfiana con los que trato. Pero como a casi todos, no les caigo mal, porque por parecer distinto les resulto un acontecimiento que altera la rutina humana y eso lo aprecian más que cualquier otra cosa.

       —Escribo, don Cusa. Libros, textos, artículos.

       —Por eso, ¿y a qué se dedica?

       —Escribo, don Cusa, de eso vivo. Así como usted con su sierra, yo con mi máquina.

       —¿Y cuánto cobra? Porque esto va a estar difícil.

       —Depende, pero no crea que mucho. ¿Y usted?

       —Tampoco: mil cuatrocientos, además me llevo un pedazo del tronco para hacer una banca y usté va por mí y me regresa con mis cosas y el trozo, don.

       El regateo sigue por más de media hora, pero don Cusa no cede ni un ápice: mil cuatrocientos, trozo para hacer una banca y camioneta con chofer.

       —Y entonces, ¿usté qué hace, don? ¿A qué se dedica?

       —Escribo, don Cusa, pero ni usted ni yo. Ceda en algo.

       Otra vez: precio, pedazo, camioneta, una sorda letanía dicha con cierta burla y tanta calma como si tuviera a su alrededor todo el tiempo del mundo. Más la rudeza directa del lenguaje campesino que a las cosas las llama por su nombre.

       —No me chingue, don, que casi no es nada. Lo sabrá usté por su trabajo. ¿A qué dice que se dedica?

       Don Cusa no es duro sino paciente, y lo mismo que a su oficio leñador, se ha hecho de ese modo por dos razones. A) No sabe cuántos ciclos estacionales más vivirá pero comprende que la clave está en los mismos ciclos: hay que esperar. Que esto sea un conocimiento que solamente da el vivir en la cíclica naturaleza queda fuera de toda discusión. Sabiduría proveniente del tedio de la soledad. B) Don Cusa detecta mi prisa irreparable, propia de quien ha crecido en la ciudad y se ha educado sentimentalmente en el fastidio de la sociedad, que aunque ahora es mucho más sutil porque el sitio contagia a cualquiera de su serenidad solitaria, luce como una prisa que ante la calma atávica del hombre me muestra casi impaciente y me hace perder el ritmo tácito de la tratada, como aquí se le llama al regateo, delante de la táctica cusiana de la repetición invariable. Al modo de un jugador de peones de ajedrez indestructibles: aunque yo lo contrato, él pone las condiciones.

       —No, si aquí mi compadre es duro —dice el lugareño que lo trajo a negociar conmigo, como dando por hecho el resultado. —Pero cóbrele el trozo para la banca, don, porque sólo la quiere para estar de criminoso afuera de su casa y echando cervezas.

       —No me infame, compadre, ¿qué va a pensar el don? —y luego los dos se carcajean junto conmigo, que parezco celebrar así la victoria de don Cusa, y quizá hasta su criminosa pedez pueblerina cuando esté sentado en el banco que sin ninguna duda le donaré.

       —¿Sabe qué, don? Ni para usted ni para mí. Es un ejemplo para que este cabrón no se vaya al norte. Que vea que aquí también se puede vivir.

       Este cabrón es su sobrino veinteañero, un mocetón cuya estatura y fuerza darían temor de no ser porque viene con don Cusa, acreditado vecino del lugar: ningún otro es dueño de una sierra que sólo el joven gigante puede utilizar, imposible el tío, estratega del no perseverante, una mente fuerte para las tratadas pero un hombre ya viejo y desgastado por los años estoicos de vivir en Rulfiana.

       —Por qué mejor no pone una estatua ahí en lugar del árbol, don —comenta el sobrino, después de indagar si yo vivo en ese rancho y qué hago. Me asombra su idea y él se asombra todavía más por mi respuesta.

       —Me parece muy bien. ¿La estatua de quién sugieres tú?

       A continuación me siento como si fuera un sabio zen que aplicara un koan a un discípulo y a éste le tronara la cabeza, porque el mocetón se queda perplejo y no vuelve a abrir la boca, reconcentrado o ausente, da lo mismo, mientras don Cusa filosofa y sigue intercalando en la plática sus mismas condiciones. Truena mente perfecta, cosa que también suele pasar por aquí.

       —Le digo a éste que para qué quiere largarse al norte, si aquí están las mujeres más bonitas y hay de a bola, tantas que uno se puede dar el lujo de escoger. Con el debido respeto, don ¿usté tiene señora? ¿O no puede tener por su trabajo?

       —¿Pues a qué cree que me dedico, don Cusa? Ya le dije, soy escritor. La mía vive aquí conmigo. Es bueno tener mujer bajo las sábanas, ¿no?

       —Dígamelo a mí, don, que fui enamoradizo y de a caballo fino, bien puesto. Hombre galante, pues. Y entonces los que hacen un trabajo como el suyo sí pueden tener mujer.

       —Sí, aunque somos pobres casi todos, don Cusa. Por eso, ¿cuánto me va a cobrar?

       —¿Qué no ya quedamos, don? Si hasta mi compadre terció con la falsedad de para qué quiero poner la banca en la puerta. Más tiene el rico cuando empobrece. Luego el precio de la muerte del eucalipto es para darle el ejemplo y que no se vaya este cabrón.

       Así quedamos a fin de cuentas. Don Cusa hizo su voluntad.

       Luego anduvo diciendo en el pueblo que seguramente yo era mahometano porque eso de la necesidad de tener mujer bajo las sábanas lo había sacado de El Corán. Y que además no trabajaba en nada que le quedara claro, porque él sabía que los escritores sólo se sientan a escribir. Y pasarla sentado todo el día indica que uno anda nada más en el social, así, con artículo masculino, como le llaman aquí a la convivialidad.

       Pero esa tarde dilatada, viéndose caer al sol delante del amplio valle metafísico de los Altos de Rulfiana, fue el gigantesco sobrino quien cerró la negociación.

       —¿Me va a ocupar para aserrar el árbol, qué no, tío? Entonces ya no se raje con la tratada, porque aquí con el don vamos a poner una estatua en el hoyo. Sabe de quién.

       La primera palabra final, “sabe”, era una elipsis. Una forma tajante de terminar.

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