TA MEGALA
Fernando Solana Olivares
El comunicado que la familia del escritor J. D. Salinger distribuyó después de su muerte fue lacónico: “Hay dos fronteras cruciales en la vida de Salinger: el antes y el después de la guerra, y el antes y el después de la religión. La guerra lo destruyó como hombre, pero lo convirtió en un gran artista; la religión le ofreció consuelo espiritual tras la guerra, pero destruyó su arte”.
Ese extraño éxito obtenido por su novela de culto El guardián entre el centeno, que muy rápidamente rebasó la condición literaria para convertirse en un libro de revelaciones cuya arbitraria interpretación metatextual se multiplicó entre mucha gente a partir de 1951 cuando fue publicado, gente que consideró a su autor un gurú o un instrumento de entidades inefables que se manifestaban en la magistral historia atormentada del inconforme y desavenido adolescente Holden Caulfield, recientemente expulsado de la escuela y quien antes de volver a casa se dedica a vagar por Nueva York, en medio de un desencantado, ansioso y hormonal sinsentido existencial escrito como un crudo monólogo de lenguaje común, de diálogo interior en primera persona.
A Salinger le pareció aberrante esa condición atribuida a su novela, la cual alcanzó su clímax cuando John Hinckley Jr. intentó asesinar al presidente Ronald Reagan en marzo de 1981 y se declaró después obsesionado por El guardián, con una copia de él entre sus pertenencias encontradas en el hotel por la policía. Meses atrás, el 8 de diciembre de 1980, Mark David Chapman había asesinado de cuatro tiros a John Lennon afuera del edificio Dakota para luego sentarse en la escena del crimen a leer el ejemplar de la novela que llevaba consigo. La había comprado esa misma mañana y en ella había escrito: “Esta es mi declaración”, firmando como Holden Caulfield. La leyenda circulante menciona la existencia de otro ejemplar sobre la mesilla de noche de Lee Harvey Oswald, el supuesto asesino de Kennedy.
El tormentoso éxito de la novela, que la llevó de ser prohibida por inmoral a formar parte canónica de las bibliotecas escolares, sobre la que Salinger sólo dio una entrevista y mandó quitar su fotografía desde la tercera edición, reforzó su deseo de recluirse con su mujer y su hija en su apartamento neoyorkino, no como un ermitaño sino como un hombre privado y muy discreto que acudiría a los lugares de siempre y frecuentaría a la misma gente, manteniendo toda su vida un idéntico y estrecho círculo de amistades, alejado por completo de cualquier medio literario o intelectual.
La descripción de Shane Salerno, uno de los biógrafos de Salinger (Seix Barral, 2014), sobre la vida cotidiana del escritor al lado de su esposa Claire, enfatiza la sencillez y espiritualidad de cualquiera de sus íntimas y solitarias tardes dedicadas a la meditación, el yoga y la lectura de textos sagrados del Vedanta hindú. En una atmósfera de serenidad y recogimiento así no puede haber literatura porque ésta proviene del desasosiego y no de la fe. Aún la fe del escritor en el lenguaje, por más grande que sea, no resulta comparable a aquello tan integral y monolítico como ofrece el creer religioso.
La literatura se origina en el impulso contrario. Nada de religar con la existencia, que debe mirarse y contarse con la distancia de una voz crítica que pone en duda el valor de su propia existencia: “Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es donde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas mamadas estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso”.
El comienzo de El guardián corresponde a su capítulo veintiséis, breve y último, que concreta un empeño restrictivo: “Esto es todo lo que voy a decirles”. La primera persona en singular, Holden Caulfield, una voz narrativa que se dirige a la segunda persona en plural, los lectores, a quienes les ha venido contado la historia y a los que paradójicamente advierte en las últimas dos líneas de la novela: “No cuenten nunca nada a nadie. Si lo hacen, empezarán a echar de menos a todo el mundo”, adquiere así una dimensión adicional que bien podría explicar las duras fantasías extratextuales que ha provocado.
Se dice que Salinger escribió quince novelas más pero en un código secreto indescifrable. Debe entenderse entonces: la escritura y Dios. O el sacrificio de la escritura, al fin un medio, en el altar de un fin, para el encuentro con el campo semántico inagotable que bajo tantas representaciones llamamos Dios.
El budismo atrajo poderosamente a Salinger pero lo repelió su ateísmo, así fuera un ateísmo religioso. En 1946 leyó la novela de Somerset Maugham El filo de la navaja, cuyo epígrafe es un fragmento del Kata Upanishad, uno de los textos sagrados del hinduismo: “Cuesta pasar por el borde afilado de una navaja / y así de difícil dicen los sabios que es el camino de la salvación”, y en ella conoció el hinduismo vedanta.
Fue amigo del maestro zen D. T. Suzuki, pero al fin se convirtió al hinduismo advaita vedanta influido por El evangelio de Sri Ramakrisná en traducción de Joseph Campbell. “Un acontecimiento central en su vida, solamente por detrás de la guerra”, dijeron sus biógrafos. Desde entonces hasta su muerte Salinger siguió estrictamente las cuatro etapas de la vida, o asramas, según las explica el swami Nikhilnanda, su maestro espiritual.
1) Brahamacharia. La fase del estudio y el aprendizaje, de la preparación. 2) Garahastia. El momento de casarse, fundar una casa, crear una familia, mantenerla y contribuir al bienestar de la comunidad. 3) Vanaprashta. El distanciamiento de la sociedad y la marcha al bosque para continuar los estudios y el perfeccionamiento religioso. 4) Sannyasa. La renuncia al mundo y la conversión en sannyasin, hombre sagrado. Un estado en el que ya no es posible (ni necesario) escribir, y menos publicar. Y en el cual, según el mismo Salinger había comentado “se está en el mundo pero ya no se forma parte de él”.
Algunos comentaristas han afirmado que Salinger transformó su arte en religión; sus acuciosos biógrafos David Shields y Shane Salerno dicen que fue al contrario, que aquejado de estrés postraumático y en plena búsqueda de sentido y de Dios, “convirtió la religión en su arte”.
Quizá el único que tuvo razón fue él mismo: Salinger, dijo, era “un estado, no un hombre”. Dejemos que así sea.

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