Joseph Roth (1894-1939)

El laberinto del mundo

José Antonio Lugo

A Javier García-Galiano

  1. Stefan Zweig sobre Joseph Roth 

Zweig fue, en los años treinta del siglo pasado, el escritor más leído del mundo. Amigo y protector de Roth, escribió sobre él, después de su muerte: “Había en él un hombre ruso -casi un Karamazov- que fatalmente era llevado a la autodestrucción por ese impulso. Pero había otra persona en Roth, el judío brillante inusitadamente alerta y una tercera persona, el austriaco noble y maravilloso. Tan solo esa mezcla peculiar e irrepetible puede explicarme la singularidad de su ser y de su obra”.

  1. ¿Quién era Joseph Roth?

Judío que nació en Brody, en Galicia, casa de los pobres judíos ortodoxos del este, ciudad perteneciente al imperio austro-húngaro. Renegó de sus raíces religiosas porque quiso volverse austriaco, escritor en lengua alemana, e inscribirse en la gloriosa tradición del pensamiento y la cultura de ese país. Sin embargo, el advenimiento del nazismo convirtió a Alemania en el lugar de los antivalores. Todo esto lo podemos leer en la estupenda biografía de Keiron Pimb, La fuga sin fin: genio y tragedia de Joseph Roth, publicada en inglés hace tres años y cuya traducción, publicada por la Universidad Veracruzana, fue presentada hace unas semanas por José Luis Martínez S., Armando Gónzalez Torres y el autor del prólogo del libro, Javier García-Galiano.

El alcoholismo lo acompañó, junto con las deudas y un estilo de vida imposible de sostener -pese a que fue un escritor muy bien pagado, como periodista y como novelista-. Su primer mujer, Frieldl Reichler, terminó en Steinhof, el manicomio municipal de Viena -cuya vista tenía desde su estudio Elías Canetti, quien en 1981 ganaría el Premio Nobel de Literatura-. En buena medida, Friedl se apagó por la manera en que la controlaba Roth, sin dejarle oportunidad de moverse y ser ella misma. Roth tuvo diversas amantes, de manera destacada Andrea Manga Bell, una mujer negra exesposa de un noble de Camerún, con quien tuvo una relación más que compleja. 

Joseph Roth murió demasiado joven, estragado por el alcohol y la tristeza de ver cómo se derrumbaba el mundo que amaba.  

  1. La marcha Radetzky y Jefe de estación Fallmerayer

Entre una copiosa obra, la novela que tiene como nombre la pieza musical de Johann Strauss es quizá la más célebre, porque simboliza el canto del cisne del Imperio Austro-húngaro, que fue una combinación imposible de nacionalidades y culturas. La novela narra la historia y decadencia de una familia -los Trotta-. Cuando es asesinado el arquiduque Francisco Fernando -lo que dio inicio a la Primera Guerra Mundial- al recibir la noticia unas nacionalidades se conduelen de la muerte del heredero y otras se acarician los bigotes imaginando que su grupo étnico se convertirá en una nación independiente (como sucedió en el caso de los húngaros, por ejemplo).  

Por su parte, Jefe de estación Fallmerayer es un cuento espléndido, que narra cómo un simple burócrata ferroviario se convierte en alto mando del ejército alemán por amor -si somos románticos- o por deseo -si somos lacanianos- a una mujer a la que en un principio anheló sin esperanza y luego poseyó de manera casi sorpresiva. “Vio su propia personalidad y su amor asegurados de manera irrefutable”. Al final, sin embargo, perdió en el juego azaroso de la guerra, donde los dados nunca se sabe hacia qué lado van a caer. Dice Durrell: “Los jugadores y los enamorados juegan para perder”. 

Me entusiasma leer en la biografía que este cuento le gustaba mucho a Marlene Dietrich, que pensó llevarlo a la pantalla. Roth, bastante estragado ya, quiso viajar a Hollywood. Sin embargo, decidió quedarse en Europa y reventar allí en su prematura muerte, alcohólica y depresiva. 

  1. Ostende, Bélgica

En el verano de 1936 Roth viajó a este puerto belga para reencontrarse con su amigo y protector Stefan Zweig, que iba acompañado de su nueva mujer, Lotte Altmann, mientras Roth conoció allí y pronto vivió con su nueva novia, Irmgard Keun. En el espléndido libro Ostende, de Volker Weiderman (cuya traducción al inglés del alemán fue publicada por Pantheon Books, New York, 2006), se cuenta cómo en ese balneario belga en 1936 se reunieron el periodista y escritor Egon Erwin Kish -quien luego se exilió en México, junto con Paul Westheim, por cierto-, Arthur Koestler, Ernest Toller y otros pensadores e intelectuales. No creían que Hitler fuera capaz de invadir Austria. 

Roth era menos escéptico. De hecho, al final de su vida le reprochó a su maestro, benefactor y amigo no haber sido suficientemente duro contra Hitler. El “pacifismo blando” de Zweig le parecía a Roth inútil y medroso. “Pelée o cállese la boca” le escribió. Zweig alegaba que no se opuso a Hitler en forma directa porque no quería perjudicar más a los judíos. Después de esa temporada en Ostende, nos dice Weiderman: “Los amigos nunca se volvieron a ver. Cada uno tomó su propio camino hacia la muerte”. 

Cuando pienso en esos meses en los que no se pensaba que las cosas pudieran ponerse peor de lo que estaban, me pregunto si no estamos viviendo en Ostende, México; en Ostende, Europa, o en tantos lugares del mundo. Sin ser paranoico o fatalista, creo que a veces confiamos demasiado en la esperanza, de la que tanto desconfiaban los griegos. 

  1. Roth, Benajmín, Zweig

Roth, que anticipó lo que iba a pasar, se trasladó a París y bebió hasta reventar, después de derrumbarse en un café, en 1939. 

El filósofo Walter Benjamín se suicidó en 1940.

Stefan Zweig se fue con su mujer Lotte a Petrópolis, Brasil, y allá se suicidó junto con ella, en 1942.

Tres ángeles caídos. 

La extrordinaria biografía de Roth nos recuerda ese mundo perdido, el de Viena y el imperio austro-húngaro a través de la mirada de un “santo bebedor”, un artista poliédrico, sin raíces fijas, que hizo de la desilusión el alimento principal de su obra literaria y periodística. Enorme escritor, inventó muchos mundos. Como dice en el prólogo García-Galiano, cuando se le acusó de mitómano Roth contestó: “Yo no miento; yo hago literatura”.  

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