Hilo desde la calma durante la espera

Hilar el mundo

Nidia Esteva

Llegamos al mes de abril y quizá al final nos preguntemos, como Joaquín Sabina, “¿quién me ha robado el mes de abril”? El tiempo transcurre, pero se disfruta y aprende de él precisamente cuando se vive la calma en la espera, esa lección valiosísima. Por ello esta columna, con su espíritu originario de admiración al textil artesanal, alude al recuerdo de aquella paciente espera al confeccionar una prenda para una ocasión especial, que entre sus muchas cualidades se impregnará del tiempo que lleva su elaboración.

Recuerdo que de niña mi abuela mencionaba, entre sus muchos oficios, el de costurera —de ahí que mi madre supiera usar una máquina de coser y me hiciera ropa en múltiples ocasiones. Aprendí la calma en la espera de una prenda. Hay un valor inconmensurable en el textil artesanal: cuando esa espera se habita con serena calma la experiencia se vuelve aún mayor.

En la calma existe una quietud que permite vivir la lección del aguardar. Por ejemplo, la abuela que teje o borda algo para la llegada de un nieto o nieta, y así se prepara para recibir y dar cariño filial de otra forma a lo que para ella fue maternar (dar a luz y criar) directamente.  

La espera en la oxidación de los tintes naturales, la espera en el crecimiento de las plantas, las flores, las verduras o los frutos que nos alimentan, la espera de la temporada de mangos. Esperar a teñir el hilo, a comprar la tela, a bordar o tejer, imaginar la combinación perfecta de los colores que sólo la dan los días comunes de siembra, de caminata, de vida.

La lección no siempre es quietud, a veces está llena de impaciencia, de ansiedad y desesperanza porque queremos que las cosas brillantes y luminosas ocurran en una entrega prime de Amazon. Somos la sociedad que describe Gilles Lipovetsky en La felicidad paradójica (2007): aquella que ha sustituido las pasiones por la fiebre del confort, abriendo paso a la sociedad del hiperconsumo donde la espera y el manejo del tiempo se vuelven casi impensables.

Las cosas planeadas a largo plazo, la calma como etapa de un proceso que requiere maduración, parecen cosa del pasado. Doña Guadalupe, tejedora originaria de San Pedro Apóstol, Oaxaca, ha querido vender sus bordados bajo esa otra lógica—la de la espera—, sin embargo cada tanto debe subir una serie de prendas a una red social virtual para que los ojos de la inmediatez las vean y consuman de inmediato.

En esta era en que el manejo del tiempo es síntoma de la modernidad elusiva—ese concepto que Zygmunt Bauman desarrolló en Modernidad líquida (2000) para describir cómo el tiempo se escapa y toma múltiples formas entre nuestras manos— podríamos, antes de que nos roben el mes de abril, atrevernos a ser, parafraseando a Lipovetsky, íntegramente nosotras mismas en medio de esta era del vacío, y disfrutar al máximo la vida aunque eso implique habitar con calma la espera de todo lo que hoy nos fijamos como meta.

Quizá la respuesta no esté en resistir la corriente sino en aprender a fluir con ella. Byung-Chul Han, en El aroma del tiempo (2015), señala que lo que hemos perdido no es la lentitud sino algo más sutil: el ritmo. Quizá, el tiempo se acelera no porque vaya más rápido sino porque ha perdido su trama. La misma trama que se construye con una madeja de hilo y que pasa despacio entre los dedos de una persona.

Hilemos el mundo con el tiempo y la calma suficientes, no para pensar en Lipovetsky, en Han o en Bauman, sino porque al tensar el hilo le devolveremos su ritmo al tiempo, le reintegraremos su aroma. Despertemos la capacidad de habitar un instante con suficiente plenitud como para que ese instante huela a algo. A cempasúchil recién cortado. A mango en plena temporada. Al mes de abril que aún no nos han robado.

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