Morfema Cero

  • Calígula en la Casa Blanca

    Calígula en la Casa Blanca

    Parque México

    Fernando Solana Olivares 

    La muerte de la verdad. Entre todo lo sólido que se ha evaporado en la modernidad capitalista se encuentra la verdad, aquel fundamento epistemológico y moral de la conciencia humana que ha permitido el conocimiento de lo real y ha sostenido la facultad de la razón. Ahora ocurre la sustitución del existente humano a través del lenguaje como lo concibieron los dioses de la antigüedad y la filosofía clásica por una nueva entidad posthumana compuesta de enunciados vacíos, construcciones gramaticales espurias, sujetos gramaticales inciertos y tantas mentiras. ¿Qué es la verdad? La verdad es una correspondencia o relación, es una revelación, es la conformidad con una regla, es la coherencia y también la utilidad. Su formulación explícita está en el Cratilo de Platón: “Verdadero es el discurso que dice las cosas como son, falso el que las dice como no son”. Aristóteles lo complementa: “Negar lo que es y afirmar lo que no es, es lo falso, en tanto que afirmar lo que es y negar lo que no es, es lo verdadero”.  

    La Reina de Corazones. La medida y la confirmación de la verdad no son el pensamiento o el discurso, la opinión o la mención: la cosa o el fenómeno no es de tal manera porque se diga que es de tal manera. La verdad es la correspondencia del conocimiento con la cosa. El enunciado es válido sólo cuando designa un estado de circunstancias existentes. Este criterio de demostración (que siempre se hace a posteriori y nunca a priori) hoy está abrogado. “Ya te lo dije tres veces, entonces es verdad”, promulgó la Reina de Corazones de Alicia, anticipándose siglo y medio a una tendencia actualmente generalizada: decir y que lo ha dicho se asuma como si fuera lo real. La palabra del año del Diccionario Oxford en 2016, ya con Donald Trump en la presidencia de Estados Unidos, fue “Posverdad”, definida como una actitud de resistencia racional y emocional ante hechos confirmables y pruebas objetivas. Al año siguiente, en 2017, el término elegido por su recurrencia fue “Fake news”, noticias falsas, una consagración masiva de la mentira y la proliferación pública de la no verdad. En 2024, la derivación lingüística de la repulsa de la veracidad ha recaído en la palabra “Caquistocracia”, antónimo de aristocracia o gobierno de los mejores. La caquistocracia, el gobierno de los peores, consagra la supresión de la verdad, virtud que junto con la justicia y la belleza representó durante milenios los valores fundamentales de la humanidad.  

    El mentor de Trump.  La periodista Michelle Dean y el sociólogo Richard Sennett han documentado el estrecho vínculo del abogado y manipulador Roy Cohn, consejero jefe del senador Joseph McCarthy durante la persecución anticomunista entre 1950 y 1956 y experto en técnicas de humillación pública, despido de gente y vigilancia de la vida privada, con Donald Trump. Cohn —explica Sennett— le sugirió a McCarthy “que agitara listas de cientos de infiltrados extranjeros y espías ante una prensa crédula, que resultaron ser hojas en blanco”. De esa influencia derivan las obvias similitudes entre Trump y McCarthy: los dos llegaron al poder como demagogos alimentándose del miedo de la sociedad a los “enemigos internos”. Los comunistas, según McCarthy, o los migrantes, según Trump. Pero a diferencia del senador McCarthy y su asesor Cohn, que consideraban la cacería de comunistas como una cuestión de pérdidas y ganancias en las que se buscaba un beneficio y se abandonaba si los perseguidos ofrecían resistencia, este no es el caso de Trump. “El presidente electo nunca olvida a un enemigo y anda obsesionado con buscar venganza”. A diferencia del Trump empresario que actúa de modo “transaccional” a partir de lo que le resulta útil o no, para el Trump político el pasado, y con él la venganza, siempre están presentes. 

    Del magisterio negativo. Racismo, sexismo, homofobia, nativismo, negacionismo climático. Este “guiso de miedos y agravios”, como los llama Sennett, son característicos de la ideología de Trump y sus seguidores, quien no teme sino que busca la publicidad negativa, una de las tempranas enseñanzas de Cohn junto con la búsqueda descarada y descarnada del poder, el empleo de las amenazas, la compulsión por convertirse en el centro de atención de los medios y el invento de “hechos” al impulso del momento. Cohn aconsejó a Trump cómo sobornar e intimidar a políticos y adversarios desde sus tempranos negocios inmobiliarios. Cohn, lo mismo que su aventajado alumno, “trataba de apaciguar sus demonios interiores agrediendo a los demás”. La desfachatez era su rasgo definitorio, como lo será de Donald Trump. En la era de la telerrealidad, observa Michelle Dean, las payasadas ya no resultan chocantes. Trump aprendió que las burlas de la publicidad negativa son la mejor publicidad. Y también la mentira. La mentira sistemática y escandalosa dicha sin ningún rubor.   

    Bienvenidos a la distopía. Entrevistada por la publicación de su nuevo libro Doppelgänger, un viaje al mundo del espejo — investigación que según la crítica permite comprender la dinámica política de Estados Unidos, sus cimientos, sus entresijos y su funcionamiento subterráneo—, la ensayista y activista Naomi Klein retrata dos mundos escindidos y especulares comunicados apenas entre sí, en lo que describe como el nacimiento de “una nueva y peligrosa formación política, con sus alianzas, su visión del mundo, sus eslóganes, sus enemigos, sus palabras en clave, sus zonas prohibidas y, sobre todo, su plan de campaña para hacerse con el poder”. Sorprendida e incrédula por la “terriblemente imprudente” apuesta política del Partido Demócrata, cuya candidata, obligada por sus donantes, propuso una política centrista prácticamente de derecha que abandonó a su base electoral, jóvenes y minorías étnicas entre otros votantes, la participación y el papel de Elon Musk en el gobierno de Trump es para Klein aún más difícil de comprender: una situación en la que “el hombre más rico del mundo va a diezmar las escasas redes de seguridad de los más pobres, destruir la vida de las personas y atacar la educación especial para discapacitados”. Cuánto tiempo, se pregunta, la sociedad norteamericana tendrá que vivir con las “aguas envenenadas” de las desregulaciones que Trump y sus cómplices van a emprender, cuáles serán las consecuencias a largo plazo de políticas sanitarias como las de Robert Kennedy Jr.  Ante ello se declara triste y aterrorizada: “Ni siquiera la película más distópica del mundo podría haber imaginado un escenario así”. 

    Ignorando al adversario. Naomi Klein observa que la política se parece a un mundo de espejos, con una sociedad dividida en dos partes donde cada cual se define en relación con la otra: “cualesquiera que sean las palabras o las ideas de una, la otra dirá y pensará exactamente lo contrario”. También la alarma la manera en que la izquierda quedó completamente marginada de estas elecciones: “Representamos la opinión de la mayoría de la gente en muchas cuestiones y, sin embargo, no tenemos voz”. Y más allá de las desuniones crónicas de la izquierda, que cuando tiene diferencias entre sí las reitera obsesivamente y hace todo lo posible por dividirse, Klein acusa al Partido Demócrata de haber sucumbido a un espejismo: compensar la pérdida de votantes de izquierda por la búsqueda de “votantes fantasmas” de la derecha. De ahí que Kamala Harris no propusiera sanidad universal, salarios más altos, políticas redistributivas, guarderías accesibles, el alto al fuego en Oriente Próximo o la suspensión del envío de armas a Israel, entre otros asuntos de interés colectivo que los demócratas, controlados por sus donantes, republicanos centristas todos ellos, silenciaron. 

    La genealogía del mal. A partir de reducciones y etiquetas es que la realidad y las causas que originan los fenómenos dejan de entenderse. Naomi Klein escucha con atención lo que se dice en los centros estratégicos de esta “conquista del país” representada por la elección de Trump. El título del podcast de Steve Bannon, uno de los ideólogos principales del movimiento, es Sala de Guerra. Desde ahí se prevé la resistencia que enfrentarán las medidas de desmantelamiento estatal y cambio político y se diseñan las contraestrategias. Para la analista, las deportaciones de indocumentados son un programa económico que Trump ha convertido en el eje de su política de empleo. Bannon y sus partidarios promueven la deportación manu militari de todos los indocumentados, no solamente de aquellos que tengan antecedentes penales. Muchos votantes de Trump asumen la expulsión de los migrantes como una forma de redistribución. Klein cuestiona el desdén y la burla de los demócratas en la campaña al anuncio de esas medidas, y recuerda que durante el Tercer Reich la confiscación de las propiedades judías se anunció como una forma de redistribución de la riqueza a favor de la clase obrera alemana. “Esta dimensión económica de la obsesión de Trump por las deportaciones se ha pasado completamente por alto y pensamos que podíamos enfrentarnos a un oponente político simplemente burlándonos de sus propuestas”, escribe. Un error fundamental. 

    El gobierno del Sombrero Loco. La obsesión urbi et orbi por fijar aranceles a todos —socios, aliados o adversarios—; un expansionismo arbitrario y prepotente ignora cualquier regla diplomática, geopolítica y económica internacional: Groenlandia, el Canal de Panamá, Gaza (una espeluznante transacción de bienes raíces), Canadá, el Golfo “de América”, la intervención militar en México; una prédica de auto grandeza y excepcionalismo divinos a la par de un racismo supremacista que no teme decir su nombre; un narcisismo sociopático donde un yo encarna a un país y representa el advenimiento de una época histórica; el abandono de la OMS y los ataques a la ONU y al Banco Mundial; la desaparición tajante de la USAID o de la NOAA, que brinda servicios federales clave sobre el monitoreo del clima; el cierre de los portales de información federal o la interrupción sin aviso de diversos servicios sociales; los conflictos económicos unilateralmente anunciados con Arabia Saudita, Dinamarca, Colombia, México, Canadá, China, el Reino Unido y la UE; la incesante emisión de decretos y declaraciones que intencionalmente dificultan tanto a la oposición como a la comunidad internacional seguir el ritmo y reaccionar, todo ello y más que seguirá ocurriendo es parte de una estrategia intencional para alterar el orden global, en la cual también deben incluirse los impulsos y ocurrencias presidenciales. Su nombre técnico se conoce como Inundar la zona. Coloquialmente, Trump la aplica a sus críticos con el acrónimo FAFO, cuyo significado es la advertencia para quien se atreva a enfrentar a su administración: Fuck Around and Find Out (“Si juegas con fuego, acabarás quemado”). Esa política se inspira en lo que declaró la directora de la nueva Oficina de la Fe de la Casa Blanca: “Decirle no al presidente Trump, sería como decirle no a Dios”.  

    El final del imperio. Citado por el corresponsal David Brooks —“De repente, reportar sobre el mundo político de Estados Unidos es reportar desde un manicomio [donde los locos] están seguros que son los enviados divinos para salvar a este país”—, el periodista Chris Hedges escribe que “los multimillonarios, fascista-cristianos, estafadores, sicofantas, imbéciles, narcisistas y degenerados  que han tomado el control del Congreso, la Casa Blanca y los tribunales, están canibalizando la maquinaria del Estado. Estas heridas autoinfligidas, características de todo imperio en su última etapa, mutilarán y destruirán los tentáculos del poder. Y entonces, como castillo de naipes el imperio colapsará”. Hay quienes como Paul Krugman hablan de “autogolpe”, cuando “un líder legítimamente electo usa el puesto para tomar control total, eliminando las restricciones legales y constitucionales sobre su poder”. No otra cosa han hecho los dictadores. 

    Retrato en blanco y negro. El retrato de Robert De Niro es descarnado: “He pasado mucho tiempo estudiando a los hombres malos. He examinado sus características, sus gestos, la absoluta banalidad de su crueldad. Sin embargo, hay algo diferente en Donald Trump. Cuando lo miro, no veo a un hombre malo. Veo a un malvado. […] Incluso los criminales suelen tener un sentido del bien y el mal […], un código moral. Donald Trump no lo tiene. Es un tipo duro en potencia sin moral ni ética. Sin sentido del bien y del mal. No tiene ningún respeto por nadie más que por sí mismo, ni por las personas a las que se supone debe dirigir y proteger, ni por las personas con las que hace negocios, ni por las personas que lo siguen, ciega y lealmente, ni siquiera por las personas que se consideran sus ‘amigos’. Siente desprecio por todos ellos”.  

          Calígula, el insomne emperador romano de ojos hundidos que hablaba con la luna, declaró la guerra al mar y amenazó al senado romano con nombrar cónsul a su caballo Incitatus. Hoy un hombre de piel anaranjada, tiránico, infantil e imprevisible, gobierna en la Casa Blanca. Acaso, igual que Calígula, también deba diagnosticarse como bipolar.

  • Influencers desquiciados

    Influencers desquiciados

    Administración de los males públicos 

    Jorge Pech Casanova 

    Marianne, de 17 años de edad, se “dedicaba” a ser “influencer” difundiendo videos sobre “moda, belleza y estilo de vida”. Aprovechando que se convirtió en madre de una niña que tiene seis meses de nacida, promovía artículos para bebés; Rodolfo “Fofo”, de 26 años, autonombrado “niño millonario” presumía su estilo de vida derrochador y también se “dedicaba” a ser “influencer”. Marianne y “Fofo” están en la cárcel por agresiones peligrosas a mujeres. 

    El 22 de febrero de 2024 “Fofo” le propinó una golpiza a una mujer porque el vehículo de ella golpeó la unidad en que viajaba el joven. Tras darle un golpe en el rostro y derribarla, el “niño millonario” entrenado en artes marciales pateó a la mujer mientras estaba tirada en el piso. Cuando algunas personas acudieron a defender a la víctima, el “niño” les lanzó patadas y manotazos antes de huir. Después un proceso que duró casi un año, “Fofo” fue condenado a 17 años de cárcel por su cobarde ataque. 

    Cuando está por cumplirse un año de esa nefasta agresión, la joven Marianne, el 6 de febrero, acudió a un condominio para encontrarse con el padre de su hija y allí, al ver a Valentina, la nueva pareja de su ex novio, la atacó no menos de trece veces con dos cuchillos, ante una aterrorizada amiga de la víctima a quien amenazó con matarla si intervenía. 

    El relato del ataque es no menos aterrador: “Después de qué le atravesó la mano, se la agarró y se la empezó a cortar, después de haberle clavado el cuchillo en el pulmón, en la pierna, en el pecho, en la nuca, y le cortó la cara, y cuando término de acuchillarla, se paró y la empezó a grabar y le dijo: ¡Eso te pasa por puta!”. 

    Mientras Rodolfo “Fofo” quizá pase al menos diez años en la cárcel (si es que demuestra buena conducta), Marianne podría librar el encierro por ser menor de edad, pese a la gravedad de las lesiones que infligió a la joven Valentina, apenas un año mayor que ella, hoy yaciente en coma inducido en un hospital. 

    Hijo del difunto empresario Rodolfo Márquez y de Sandra Pérez, “Fofo” es un ejemplo del juniormexicano criado sin ningún límite ni restricción. Representa el reverso de lo que la clase privilegiada mexicana quisiera presumir, pero en realidad personifica su profunda podredumbre. 

    El “influencer” difundía videos en los que presumió haber gastado 950 mil pesos en una parranda (“después de eso me anexaron”, comentó), de comprar mascotas prohibidas que costaban fortunas y de tener como amantes ocasionales a “influencers” muy conocidas. En uno de sus videos alardea: “Famoso, poderoso, millonario, con buen cuerpo, o sea, neta, soy dios… conmigo nadie se puede comparar, no hay ser humano más perfecto que yo”. 

    Por su parte, la menor de edad Marianne se hizo conocida por sus videos sobre “estilo de vida”, lo cual, en los términos de estos jóvenes de pésimo comportamiento, implica no sólo dedicarse a la frivolidad y los excesos, sino a la agresión violenta contra personas que les resultan antipáticas. El homicidio puede ser, para ellos, parte de su estilo de vida.

    “Fofo” habló con desparpajo, en sus videos, de la posibilidad de mandar a sus guardaespaldas a golpear a quien le pareciera irrespetuoso. En una grabación que la autoridad tiene pendiente validar, se escucha la presunta voz de Marianne diciendo “Neta no te va a convenir que te metas con nosotros porque yo tengo un chingo de paro y tú lo sabes. He quemado un chingo de gente y entonces no te conviene que te metas con ellas. Yo digo que le vayas bajando de huevos, que bajes las cosas porque neta te va a ir muy mal. Tengo hasta amigos narcos que te pueden hacer cosas, mejor bájale de huevos…” 

    Jóvenes criados en el lujo, la frivolidad y la absoluta falta de empatía con las personas con quienes conviven. Jóvenes entrenados para hacer de su cuerpo un arma o para usar armas contra personas inermes. Jóvenes criados para abusar de sus privilegios, de su fuerza física y de las armas que puedan conseguir (incluyendo a otros seres humanos, como los tristemente célebres “guaruras” y, ahora, hasta sicarios). 

    Más allá de la responsabilidad individual que puede atribuirse a Mariane y Fofo, resalta la irresponsabilidad de sus padres, que en vez de enseñar a sus hijos e hijas empatía con las personas, los alientan o simplemente los descuidan, al grado de que estas y estos jóvenes asumen como derecho agredir con saña a otras personas, a otros seres humanos. 

    La víctima de Fofo se recupera de sus lesiones corporales, pero no puede superar las heridas anímicas que le produjo el ataque del joven y el posterior acoso de la familia, al sostener un proceso judicial a fin de exigir castigo para el agresor. Cuando la sentencia contra Fofo fue dada a conocer, la madre del agresor confrontó a la víctima con una mirada de odio. No se disculpó, no pidió perdón, no reaccionó con responsabilidad. Quiso transmitir a la agredida que la familia del atacante es asimismo violenta, despiadada, inhumana. 

    La familia de Marianne, ¿qué le dirá a la joven atacada que yace en coma en un hospital? ¿Tendrá el gesto mínimamente humano de disculparse? ¿O elegirá hacer sentir a la familia de la casi exterminada víctima su odio porque se consideran superiores a ellos? 

    Los “influencers” desquiciados son el producto de familias que nunca aplicaron la sabia máxima de enseñar límites a los hijos e hijas desbordados por la sensación de que sus fortunas los hacen superiores. Como erróneamente vociferaba el Fofo: “soy dios… conmigo nadie se puede comparar, no hay ser humano más perfecto que yo”. Alguien en su familia debió advertirle que es un simple mortal y ha de responder por sus actos y sus dichos ante la sociedad, que parece aplaudir esos desplantes. Alguien debió advertir a Marianne contra el uso de cuchillos para solventar cuestiones pasionales o sentimentales. 

    Estos ejemplos lamentables de una sociedad que fomenta la frivolidad, el clasismo, el racismo y otras formas de violencia, debieran poner un freno al narcisismo rabioso de estas y estos jóvenes que se creen con derecho al asesinato para reforzar su lamentable autoimagen de “dioses” y “amigas del narco”. Nadie está por encima de la ley, eso es sabido. Debiéramos cobrar conciencia de que nadie está por encima de la humanidad. Eso urge.

  • Del silencio interior

    Del silencio interior

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    Algunas técnicas meditacionales se componen de un acto de concentración focalizada, que permite ir sedimentando el flujo de pensamientos, sensaciones, percepciones e imágenes mentales, para advertir su naturaleza efímera e irreal y desagregarlo de la mente. Registrar y soltar, registrar y soltar: esa es la monótona y simple operación del acto, que debe ser hecho tantas veces como sobrevenga la distracción. Domar al mono de la mente por la inmovilidad física, la atención y la concentración.

           Meditar es hacer silencio interior. Observar el ruido subjetivo y acallarlo. Mirar mentalmente las sensaciones, las imágenes, las percepciones y dejarlas pasar. Esta es una primera ralentización que lleva al meditador a conocer cómo se comporta la mente: contacto, sensación, reacción. El pensamiento, la imagen o la percepción surgen de pronto, sin ser convocados. Provocan sensaciones agradables, desagradables o neutras. La mente yoica busca las primeras, huye de las segundas e ignora las terceras. Las primeras y las segundas tienden a convertirse en conducta, en reacción, en sufrimiento.

           El meditador repite tantas veces la identificación del pensamiento —cada ocasión es uno distinto aunque parezca ser el mismo— que éste deja de surgir al cabo del tiempo. De esa forma van alejándose los irritantes síquicos de la mente, conforme el acto meditativo enseña una y otra vez que uno no es lo que piensa cuando el pensamiento sobreviene, sino que se convierte en lo que piensa después. No ejerce ningún bloqueo sobre las imágenes mentales: sean lo que sean deben verse y rápidamente connotarse.

           Connotar consiste en identificar el objeto mental sin establecer sobre él o con él un diálogo interior. Tal maceración, idéntica a la fórmula alquímica del “disuelve y coagula”, permite que la estructura mental se modifique. Los irritantes psíquicos dejan de presentarse en el campo mental y los nudos de las ideas fijas y las obsesiones van remitiendo. La repetición del ejercicio meditativo y la repetición misma que el acto contiene son una gradualidad que garantiza, si no se obtiene nada más, aprender paciencia.

           Gran parte de la dificultad meditativa está en su práctica diaria. La pereza activa de la época, su rapidez vacía hace difícil cultivar, dedicada y consistentemente, la voluntad para ello. Sin embargo, hacerlo es la única manera de lograrlo. Esta tautología desesperante e inhóspita de la meditación es uno de los obstáculos más serios a vencer. Se hace meditador quien logra derrotar cotidianamente ese impedimento, agravado por la desazón que el ejercicio provoca en el ego. Para superar el ego hay que meditar y meditar, así que la batalla que el practicante inicia es en su interior, resuena en su cuerpo y se escenifica en su mente. Sólo la perseverancia gradual, el día a día, serán la acción y el método que lo proveerán de poder suficiente para el camino.

           No importa tanto la calidad misma de la meditación, que siempre debe ajustarse a una técnica secular, como el hecho de llevarla sistemáticamente a cabo. Los cambios fisiológicos gradualmente sobrevienen: se reduce el metabolismo cardiaco y pulmonar, se modifica la frecuencia cerebral, deja de producirse el estado de alerta compulsivo, aparecen una serenidad orgánica y mental memorable, que aunque haya sido relampagueante quiere lograrse otra vez al día siguiente. La llave y el cerrajero. De esa manera el único milagro que se dice que el budismo reconoce, el cambio de actitud, inicia su influencia gradual y creciente en el meditador.

           Para lograrlo no requirió discurso alguno: la turbulencia de pensamientos que acuden al campo mental del practicante se ha desmontado cada vez. Esa desagregación es no verbal y supra lógica. Aunque durante la meditación surjan momentos analíticos o instantes gestálticos, deben ser dejados ir. Así que la mutación acontece más allá del diálogo mental. Una metáfora referente a este hecho es la imagen de un cambio de vías en una estación mientras los trenes siguen circulando por ellas. Tiene grados, etapas, riesgos.

           El meditador puede llegar al desierto de una situación aflictiva: ya no es como solía ser, pero aún no es como será. La gente, las emociones, las cosas le parecerán ajenas y distantes, opacas y sin interés. La burbujeante energía histérica del ego se ha dispersado y todavía no actúa una fuerza proveniente del yo que alivie esa noche oscura del alma. El veneno se cura con el veneno: meditando. Tarde o temprano emergerá otro punto de vista y la sensación enajenante quedará atrás.

           La forja modela el metal golpe a golpe y poco a poco. Practicarla una y otra vez hace de la meditación un instrumento de transformación. Si fuera el caso de que esto no ocurriera, su mera promesa de realizarse bastaría para provocarlo. El cuerpo no se equivoca, el cambio sutil es perceptible en el letargo de la conciencia normal, que es la que debería designarse propiamente como estado alterado porque representa la caída que la mente racional sufre en el mundo, la caída en la reacción ante el pensamiento, después de no dejar pasar de largo el contacto y la sensación.

           Desagregar, disolver, coagular.

  • En el fragor del silencio II

    En el fragor del silencio II

    Culturas Impopulares 

    Jorge Pech Casanova 

    Esa tarde, al sentarse al piano del cinematógrafo, Hugo Riesenfield tomó con desgana el librillo de Erno Rappe Estados de ánimo para películas, el cual sugería temas que acompañaran la función. Proyectarían algo llamado Maciste, de dos directores italianos. Miró el índice donde decía “Italia”: el Himno Nacional, el Himno a Garibaldi, dos canciones de Capua (el O Sole Mio, definitivamente no, se dijo), una canción de los boteros del Volga, la Barcarola de Offenbach y una tarantela. 

    Riesenfield había tocado en el 99 en un cuarteto con Arnold Schönberg en Viena, emigró a Nueva York en 1907 y fue contratado como director de conciertos por la compañía operística de Oscar Hammerstein hasta 1911. Luego trabajó como director de conciertos y conductor en la Century Opera. Al cine había llegado después de acompañar la producción de Carmen de Jesse Lasky.  

    Ahora trabajaba para Samuel “Roxy” Rothafel en el cine Rialto. Nada contento, seguía las rutinarias recomendaciones del librito de Rappe. Acostumbrado a las grandes obras cantadas, Riesenfield lamentaba el reducido número de instrumentos, la ausencia de voces. Viendo al público en la sala, lamentaba además que esasvoces y más ruidos se mezclaran con la música. No había manera de hacer el trabajo con tanta gente hostigando a los músicos. 

    Riesenfield decidió esa tarde echar a la basura el manual de Rappe. Ya que el asunto era de aventuras (un gigante forzudo enfrentándose a criminales), decidió acompañar la proyección con una pieza de Wagner. Al terminar la función esa noche, comprobó lo certero de su elección: el público aplaudió con furor la más bien lamentable película. Los acordes de Los Nibelungos arrebataron a los asistentes, acallados desde la mitad del programa. 

    El dueño de la sala, Rothafel, se consternó al escuchar la música sin el habitual coro de cháchara, pisotones y golpes. Fue a observar al público; vio a la gente cautivada. No lo creía hasta que terminó la desmesurada cinta: hora y media, la mitad del tiempo con público callado. El estruendo de los aplausos lo sobresaltó y encantó. 

    Con todo, Rothafel fue a increpar a su conductor. “Nunca había escuchado esa música”, le reclamó. Riesenfield le respondió que lo mejor era que fuese a la ópera y actualizara su repertorio. Le propuso al empresario cambiar las piezas habituales, aumentar el reducido grupo de ejecutantes. El dueño de la sala calculó que tres músicos podrían sumarse. Riesenfeld le pidió una orquesta de cámara. 

    Rothafel gimió: “¡Es muy caro!” El conductor orquestal le garantizó que recuperaría su inversión. “¿Cómo cree que funciona la ópera de Hammerstein? Y ahí no proyectan películas”, le dijo al patrón. 

    Días después, la novedad de la reducida orquesta llenó la sala. El público esperaba distraerse llevando su barullo al cinematógrafo; descubrió que era mejor callarse y contemplar las historias filmadas escuchando las melodías de la orquesta. Algo inesperado. 

    Riesenfield logró que Rothafel le confiase cada vez mejores salas, donde podía aumentar el número de sus músicos. Pasó del Rialto al Rivoli, después al Criterion. Convirtió los tres establecimientos en lo que pomposamente llamaban “salas de luxe”. Logró que las películas en exhibición durasen más de una semana, con buenas entradas. Para 1923 las proyecciones en los cines de Rothafel alcanzaron hasta diez semanas con un mismo programa. 

    En vista del éxito, Riesenfeld pidió cantantes. El empresario se negó. Sin embargo, las noticias de las concurridas proyecciones en el Rialto, el Rivoli y el Criterion habían llamado la atención de los productores de películas. Cecil B. de Mille contrató al conductor vienés. Le encomendó una partitura para su descomunal Los diez mandamientos. Otros directores acudieron con el director orquestal y lo convirtieron en compositor. 

    Antes de que el invento del cine sonoro acabase con las grandes orquestas en los cines, Riesenfeld compuso temas para una veintena de películas. Sus mejores obras en esa etapa las hizo para el alemán Murnau, que filmó en Hollywood su Amanecer de 1927 y luego se fue a Tahití a rodar Tabú, que el vienés también musicalizó. 

    El músico esperaba continuar su asociación con el cineasta, pero Murnau murió en 1931 precisamente cuando iba al estreno de Tabú: en el camino de Los Ángeles a Nueva York, cuando travesaba Santa Mónica, al cineasta se le ocurrió prodigarle sexo oral a su adolescente amante filipino García Stevenson, quien conducía su Packard a cien kilómetros por hora. El joven perdió el control, el coche se estrelló contra un árbol. Cuando hallaron la cabeza de Murnau entre las piernas del muchacho, quedó claro el motivo del percance. 

    Riesenfeld no acudió al sepelio del lúbrico director. Pero continuó componiendo música para películas cuando el cine sonoro se estableció en Hollywood. Grabó temas para otras 25 películas antes de morir en 1939. Un año antes lo nominaron al Oscar por la banda sonora de Pide un deseo, de Kurt Neumann. Una obra más de Riesenfield se estrenó al año de su muerte: la partitura que compuso para la película de Fritz Lang El regreso de Frank James.

    Cuando el compositor y director orquestal murió, su hija Janet decidió dedicarse al cine, pero no en Hollywood. A sus veintiún años de edad se mudó a México y apareció como bailarina en una película. Fue llamada a otras producciones, donde se hizo actriz con el nombre de Raquel Rojas. Actuó al lado de Cantinflas y Jorge Negrete, lo cual hubiese complacido a su padre, quien habría presentado al charro cantor en una ópera formal (Negrete ansió toda su vida ese papel que nadie le concedió, comenta en sus memorias Luis Buñuel). 

    Janet Riesenfeld, en cambio, se convirtió en colaboradora del español cuando se casó con el guionista Luis Alcoriza. Para Buñuel, ella y su marido escribieron Don Quintín el amargado, El gran calavera, La hija del engaño, Él, La ilusión viaja en tranvía y El río y la muerte. Además, Janet apareció como actriz en El ángel exterminador. La guionista murió en México en 1998, casi medio siglo después que su padre. Aunque ambos nacieron en Viena, ninguno retornó a su país natal. América fue, para padre e hija, el territorio donde sus talentos hallaron expansión. 

    A Riesenfeld se le recuerda asimismo por haber fundado, junto con Albert William Ketèlbey, la biblioteca musical del cine, que sumó títulos a los del libro de Erno Rappé. El vienés mejoró además, con sus prácticas orquestales, la situación de los músicos en las salas; un recuento de la época encomia: “su organista gana doscientos cincuenta dólares a la semana, otros setenta músicos están bien pagados porque el sueldo más bajo es de setenta dólares semanales”. Esos tiempos de bonanza se han ido. La música de los films permanece.

  • Las reglas de la ilusión

    Las reglas de la ilusión

    TA MEGALA

    Fernando Solana Olivares

    El poeta era un hombre viejo, por sus ojos corrían lágrimas involuntarias cuyo recuerdo estaba perdido, meras constancias líquidas de penas acumuladas en desorden. La vejez nunca llegó al poeta como llegan los ejércitos victoriosos, nunca se desplegó ordenadamente y en silencio, ocupando con tersura el terreno de su propia vida.  Más bien irrumpió como las catástrofes: una vez tocó a la puerta, tomó la casa y sitió para siempre su cuerpo y su alma.

           No hubo signos previos, o el poeta no supo verlos. La vida es un bien que no siempre advierte sobre sí misma; ocurre, como lo hacen las cosas esenciales que no traen consigo antídoto o enseñanza inmediata. Sólo pasan, y mucho después aparece la conciencia resignada que ensaya una explicación.

           La del poeta era inútil. ¿Explicarse qué? ¿Que un día sus ojos había comenzado a llorar por sí mismos? ¿Que una tarde su cuerpo había decidido abandonarlo a su suerte, replegarse en un rincón inalcanzable y dejarlo sin reflejos mientras cruzaba una avenida peligrosa?  ¿Que una noche la razón había caído y la memoria se había marchado?

           Durante años el poeta practicó conjuros verbales. Con la palabra reordenaba el mundo, designaba los fenómenos y disponía nomenclaturas: si la rosa era la rosa, el poeta podía permitirse llamarla de nuevo, permutar las sílabas de su nombre e incorporar otros términos a su combinación. La rosa era entonces un pájaro mineral o un ave submarina, cualquier cosa menos la dulce, perseverante flor. Los gatos eran gárgolas móviles; el mar, en metáfora ajena y afortunada, un prado de gaviotas; la luna, una vez al mes, el hueco amarillo de la felicidad.

           Entre sus dilatas pérdidas el poeta no contaba todavía la soledad. Sus escasos visitantes volvían todas las tardes. Se instalaban en dos bancas de madera pintadas de verde frente al desatendido jardín de la casa y aguardaban su aparición por los corredores.

           Nunca sabían si el poeta los veía, pero parecía bastarles el estar ahí. Intercambiaban entre ellos algunos asentimientos y gestos fugaces, guardaban silencio durante toda la visita y entretenían su mirada en los juegos de luz crepuscular que bañaba el jardín.

           Una tarde sólo se presentó uno de los visitantes. La excepción alteró al poeta, sus días eran tolerables cuando lo habitual se repetía sin variación ni diferencia —la vejez, como toda costumbre, se arraiga en la repetición—. El visitante era un hombre alto y de sonrisa triste. Cuando el poeta pasaba junto a él, el hombre se levantó.

           —Vengo a salvarlo —le dijo, e inclinó la cabeza. El poeta lo miró con la distancia que le daba la incredulidad.

           —¿Salvarme de qué? ¿Quién es usted? ¿Mefisto, acaso? —y una torpe mueca de burla se dibujó en el rostro ajado del poeta.

           —Soy el que soy, o soy quien usted quiera que sea, eso no importa. Pero puedo salvarlo.

           —Vuelvo a preguntarle: ¿salvarme de qué? ¿De la vejez, de la desdicha, de los jirones de mis recuerdos? O quizá del deseo, ¿verdad? De esa fiebre que devora lo poco que todavía me espera.

           —De la palabra, nada más. La que ha pronunciado sin darse cuenta.

           —¿De la palabra, una sola? ¿De cuál?

           —De la que es cifra y suma. La de los círculos y repeticiones, la que encadena al ser con las cosas.

           La tarde acabó súbitamente y las alargadas sombras desaparecieron. El jardín, envuelto por masas oscuras, pareció duplicar su tamaño, creció en sonidos y en fragancias mientras un tosco murmullo lo recorrió.

           —¿Sabía usted que el crepúsculo es una hora extraña? —preguntó el poeta a su visitante. —Surgen grietas que llevan a otras zonas de lo real. Yo he visitado algunas, estoy seguro. Pero lo que vi en ellas lo he olvidado. ¿Del olvido también puede salvarme?

           —Sólo me dedico a las palabras y sus consecuencias. Otras tribulaciones están fuera de mi posibilidad. Puedo salvarlo de una palabra, pero usted tiene que encontrarla. En eso no puedo ayudarlo. Y tiene que ser ahora. Ni usted ni yo tenemos tiempo.

           —Hace mucho que dejé de buscar. Dejé también las palabras, extravié los nombres que di a las cosas. No me pida que regrese del vacío y en esta hora encuentre una palabra y la pronuncie para salvarme. Le agradezco su oferta, pero no me interesa.

           —Es una lástima —dijo el visitante. —Y no puedo decirle que será en otra ocasión. No con usted. Buenas noches.

           La luna, pálida puerta de la felicidad, escudriñó más tarde los corredores vacíos de la casa. Vistió de discretos brillos el cuerpo yacente del poeta e iluminó un papel junto a su mano que tenía escrita una palabra. La luna es ágrafa, no sabe leer.

  • Tres Genghis

    Tres Genghis

    El laberinto del mundo

    Por José Antonio Lugo

    I. Genghi Monogatari, de Murasaki Shikibu

    Marguerite Yourcenar la llamó «el Marcel Proust del Japón Feudal». Novela extraordinaria, que cuenta los amores del príncipe Genghi, contiene, en palabras también de la escritora francesa, todos los sentimientos humanos. Ese mismo argumento lo empleó Harold Bloom al hablar de Shakespeare, en su libro Shakespeare: la invención de lo humano. La diferencia es que el gran autor inglés escribió sus principales obras en los primeros años del siglo XVII, mientras que Murasaki Shikibu escribió Genghi Monogatari en el año 1000.

                La novela no tiene final; no sabemos cuál pudo ser el fín del príncipe.

    II. «El último amor del príncipe Genghi» de Marguerite Yourcenar

    En 1936, la autora francesa, primera mujer en ser aceptada en la Academia Francesa fundada por el cardenal Richelieu, publicó Cuentos orientales, un ramillete de relatos excepcionales. Destaca «De cómo se salvó Wang-Fo», que describe cómo el anciano pintor y su discípulo Ling desaparecen en el cuadro que el viejo pintor acababa de terminar.

                Sobresale también «El último amor del príncipe Genghi», en el que Yourcenar imagina el final del príncipe; es decir, el final de la novela de Murasaki Shikibu. Una de sus amantes, «la-Dama-del-pueblo-de-las-flores-que caen», se disfraza de mil maneras para amar al viejo príncipe, con la esperanza de que él recuerde que fue su amante en el pasado. Para su desgracia, el príncipe Genghi recuerda a muchos de esos cuerpos y esas almas, pero no a ella:

                «Chuyo, a quien yo hubiera deseado encontrar antes en mi vida, aunque también sea justo reservar alguna fruta para finales del otoño…

                Embriagado de tristeza, dejó caer su cabeza en la dura almohada. La Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen se inclinó sobre él y murmuró temblorosa:

                –¿Y no había en tu palacio otra mujer, cuyo nombre no has pronunciado? ¿No era acaso dulce? ¿No se llamaba la Dama-del-pueblo-de-las-flores-que-caen? Ay, recuerda…

                Pero las facciones del príncipe habían adquirido ya esa serenidad reservada tan sólo a los muertos».

    III. La novela de Lázló Krasznahorkai

    Krasznahorkai es un escritor húngaro que parece será el heredero de Adam Bodor y de Sándor Márai. Nació en 1954 y todavía vive. Sus libros están publicados por la editorial Acantilado –una garantía– y estoy empezando a leerlos con avidez.

                En su novela Al Norte la Montaña, al Sur el Lago, al Oeste el Camino, al Este el Río nos relata cómo el nieto del príncipe Genghi –imposible nombrarlo de ese modo sin referirse a la novela de Murasaki Shikibu y, quizás, al cuento de Marguerite Yourcenar– visita el templo, el pabellón de oro. Aquí abro un paréntesis.

    IV. El pabellón de oro, de Yukio Mishima

    Es una de las novelas más interesantes del novelista japonés, porque no es una exploración personal —Confesiones de una máscara–; ni una historia erótica —Sed de amor— ni una exploración de la reencarnación –su tetralogía El mar de la fertilidad–, sino la tortura que un hombre, Mizoguchi –invadido por la fealdad en su cuerpo físico y en su alma– afronta ante la belleza del pabellón dorado, belleza que no puede soportar, por lo que procede a quemar el templo, de la misma manera que Eróstrato terminó enviando a las llamas a la biblioteca de Alejandría: «Mis manos mojadas tenían un leve temblor y las cerillas estaban húmedas. La primera no se encendió; la segunda se partió. Lo conseguí a la tercera, y la llama, que yo protegía con la mano, fue a través de los intersticios de mis dedos a lanzar destellos en la sala. (…) Como una inspiración repentina, me atravesó el deseo de morir envuelto en llamas». Sin embargo, Mizoguchi logró salir y atestiguar que del pabellón de oro sólo quedaron cenizas.

    V El nieto del príncipe Genghi

    La novela de Krasznahoraki es una larguísima decripción de cómo se construyó el templo y de cómo se organizan sus habitaciones. El nieto del príncipe Genghi se escapa de la gente que lo rodea, visita el templo, entra a la habitación del superior y encuentra unas botellas de whisky y un libro de matemáticas enloquecido, en el que el autor, un matematico inglés, intenta demostrar la imposibilidad del infinito. Son miles de páginas llenas de números. El nieto lee el libro, sale de la habitación, se queda dormido y abandona el templo, llevando siempre en la mano su pañuelo blanco de seda, pieza exquisita que lo vincula con la realidad.

                Curiosamente, se dirige a la estación de tren, lo que quiere decir que no puede ser, en términos estrictos, el nieto de Genghi, que vivió antes del año 1000 cuando escribió Shikibu su novela. Ahora bien… ¿qué es el tiempo?, ¿qué es la realidad?

                Decide regresar y ver el monasterio por última vez: «Llegó al punto donde deberían haber encontrado el muro del monasterio y el puente. Ni muro ni puente. Casas diminutas, vallas bajas, tejados planos. El nieto del príncipe Genghi dobó con cuatro pliegues el pañuelo blanco de seda que siempre llevaba en la mano y lo introdujo en el bolsillo secreto del kimono. Miró el lugar por el que había pasado. Buscaba el muro, el puente, la puerta, el monasterio. Miró arriba atentamente. Supuso que alguna pequeña señal le revelaría algo. Pero en vano: allí no había nada».

    VI. Tres Genghis y varios pabellones

    El príncipe Genghi fue un hombre que se perdía en las mujeres al amarlas. Era un hombre gentil, refinado, que apreciaba como piezas exquisitas a las distintas flores de su jardín. Yourcenar imagina su final en brazos de la mujer que más lo amó, a quien él no supo reconocer. Kraskanaskoi recupera la figura del príncipe a través de su nombre –aunque el nieto del príncipe Genghi es un personaje asexuado cuya única amante es la belleza representada en el templo–. No lo destruye quemándolo, como Mizoguchi. Le sucede algo peor. El monasterio desaparece y al final, como Chuang-Tzu, no sabrá si el pabellón de oro y lo que en él vivió fue sólo un sueño.

  • En el fragor del silencio I

    En el fragor del silencio I

    Culturas Impopulares 

    Jorge Pech Casanova

    En el principio era el silencio y su fragor en la oscuridad de la sala de proyecciones, una galera donde la muchedumbre en incómodos asientos reía, gritaba, chachareaba y aún mugía mientras la pantalla, con la sucesión de imágenes, seducía a aquellos en alharaca: el cine de 1895 a 1930. 

    Dado que las proyecciones cinematográficas de ese período solían carecer de sonidos grabados, se ha dado en llamarla “época del cine silente”. Nada más engañoso que tal denominación: si las películas carecían de otro sonido que el del chirriante o ronroñoso proyector, el entorno estaba inundado de ruidos, a veces, hasta de música. 

    El hoy famoso escritor uruguayo Felisberto Hernández se inició en el mundo de las profesiones como pianista de cinematógrafo. Tenía apenas 16 años de edad cuando hubo de acompañar proyecciones en las que su música no siempre fluía sin interrupción, o más bien, sin acompañamiento de gañidos, silbidos, mugidos y aun zapateos o plomazos. Cuatro años pasó cautivo de las películas hasta que su forzada práctica le permitió integrarse a una orquesta itinerante, de la que más tarde fue director. 

    La música se convirtió en tarea, en medio de subsistencia y al fin en modo de vida para Hernández. Pero a partir de 1925, mientras su teclado dependía de las proyecciones en la galera, el joven comenzó a escribir libros inusuales, absorbentes, anómalos, en los que la música recurría como tema, si bien su prosa no es, como suele decirse, “musical”. Para 1941, el pianista ya dirigía una orquesta y continuaría manteniéndose con sus actuaciones, mientras refinaba su literatura. 

    Como si su vida fuese una película de las que había amenizado en las salas entre gritos de niños, leperadas de borrachos e incesante arrastrar de sillas y zapatos, en 1949 Felisberto Hernández se casó sin saberlo con una espía soviética, África de las Heras, con la que vivió una relación intensa, conflictiva, breve. Para 1950 estaban ya separados. Felisberto aún tendría otras dos parejas, además de las dos mujeres con quienes previamente se había casado y divorciado. Al morir de leucemia en 1964 estaba solo. 

    Durante el resto de su vida Felisberto reía cuando le hablaban del cine silente. “Nunca había silencio en las funciones”, reclamaba a los desconcertados jóvenes que mentaban el término. Les contaba con indignación cuando en su piano, frente a su cara, había estallado una botella medio vacía que lanzó algún borracho. Tras limpiarse la cara con rabia y desconsuelo, siguió tocando sin detenerse. Sólo al salir alguien le gritó que tenía sangre en la frente: alguna astilla lo había alcanzado. Se limpió con más vergüenza que dolor y se perdió en las sombras hacia su casa. 

    Desde entonces el pianista colocó sobre su instrumento un cartel que solicitaba: “Favor de no tirarle al pianista”. No cesaron las gritas, los improperios, los estornudos en las partes más delicadas de sus ejecuciones, pero al menos no volvió a salir herido de función alguna. 

    Años después, cuando dejó de trabajar en cines porque las películas ya no eran mudas, acudió a ver una película mexicana; “de aventuras”, la calificó. Narraba una historia de la revolución y, para su nostalgia, vio a un famoso compositor mexicano interpretando a un pianista de cantina en medio de una barahúnda de revolucionarios. El compositor, en la película, tocaba en medio del alboroto con un cartel sobre el piano que pedía “Se les suplica no dispararle al pianista”. 

    Esa noche, al salir del cine, el escritor no recordó el título del programa doble, pero se le quedó grabado el rostro del pianista, el gran compositor Silvestre Revueltas, quien había compuesto las partituras para Redes, Janitzio y La noche de los mayas. Esa música poderosa, retadora, había sacudido a Hernández cuando la escuchó en cines. Habituado a las obras clásicas y a las populares que interpretaba con su orquesta, el pianista evocó, no la música, sino su propia escritura voluntariosamente apartada de las convenciones, al punto que había escrito y publicado el Libro sin tapas. Recordó Hernández a su maestro Clemente Colling, cuya figura evocó en un libro de 1941 para dar testimonio de su propia experiencia en la música. 

    Esa noche, después del cine (en donde ya nadie interrumpía con gritos ni alharaca la música y las voces que emitían los parlantes), Felisberto Hernández pensó mucho en el destino genial y demasiado breve de Revueltas, muerto en 1940. Acaso esa noche el pianista intuyó que su destino sería, no la música de la cual se alimentaba, sino la literatura que pocos leían y aun menos escuchaban, salvo por unos contados extranjeros, entre ellos dos argentinos de apellidos Borges y Cortázar. La extraña música verbal de Hernández iba a resonar muchos años después en los famosos libros de aquéllos. 

    Cortázar le escribió al uruguayo, cuando aparecieron sus obras completas: “…por mi parte, prefiero decirles a quienes entren por estas páginas lo que Anton Webern le decía a un discípulo: ‘Cuando tenga que dar una conferencia, no diga nada teórico sino más bien que ama la música’. A vos te divertirá el buen consejo de Webern por la doble razón de la palabra y la música, y sobre todo, te gustará que sea un músico el que nos abra la puerta para ir a jugar un rato a nuestra manera rioplatense”.

  • Descontando cualidades

    Descontando cualidades

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Salvo unos, irreductibles racionalistas, u otros, adictos a sus pautas sentimentales, el tono de muchos se está haciendo catastrófico. La política es percepción y la percepción está de la chingada. Por eso el licenciado Sentido Común se preocupa por otras cosas.  Su batalla, por ejemplo, contra el contador No Sepuede.

              De que anda agraviado el hombre, ni negarlo cabe. Todo comenzó un día, cuando el contador le dijo para expresarse: “Lo que usted tiene que hacer, más que nada…”. Y a continuación opinó lo peor: “Eso es un delito”. “Eso” era la compra de una impresora que el licenciado Sentido Común había hecho, cambiando necesariamente el concepto de la factura porque el capítulo de adquisiciones resultaba tan infranqueable como la cuarta dimensión, para trabajar en su trabajo donde le solicitaban una profusa correspondencia y no le daban con qué.

              Tragó saliva entonces y templado como el acero respondió al sujeto: “Mire usted: ‘más que nada’ es una expresión estúpida. Mejor diga: ‘antes que otra cosa’, pues en la nada no puede haber más de nada, de la nada sólo sale la nada. Y déjeme ilustrarle lo que sí es un delito…”.

              El contador No Sepuede sufrió una inesperada descolocación comunicativa. Se despidió nerviosamente y colgó. El licenciado, por su parte, salió al fresco vespertino para serenarse. Andaba considerando otras cuestiones. Una: el misterio de Rimbaud que dejó de escribir a los diecinueve años y se marchó a un exilio africano inexplicable para regresar años después a morir en Marsella con la pierna amputada. Dos: El por qué se le llama “vertedero de demasías” al extremo de la cortina de una presa por donde se desaloja el agua sobrante y casi nunca se utiliza, cuando menos por ahí. Tres: el lapidario inicio de un libro de Steiner: “No nos quedan más comienzos” y sus derivaciones sensatas o insensatas, daba igual. Cuatro: una oración simbólica hopi pidiendo lluvia que quisiera grafitear en las paredes augustas de un edificio histórico, lo que no hará, y grabar en una piedra para su casa, lo que sí hará.

              Eso mismo caviló mirando el vacío de la tarde en el pueblo que conserva la sabia costumbre de volver a la vida a las siete de la noche, cuando el sol ya se puso: irse caminando hasta la marmolería El Chiris para hacer el encargo de su inscripción propiciatoria: “Ven, lluvia, ven”. Quizá ello sí sea un delito, pensó: andar en rogativas a los dioses antiguos e ignorar a los actuales. 

              Pero es que éstos, se justificó mentalmente, lo están haciendo muy mal, o no están presentes o son parte del problema. No le sonó tan descabellado: la catastrófica de una época también involucra a sus deidades. Los dioses del momento actual están en crisis.

              Ese era un tema que mucho le agradaba. Por eso su molestia con el contador No Sepuede: él empeñándose en asuntos del espíritu y el otro pendejo degradándolo a la burocratización de la materia. En esa noche temprana su flotante caminata le trajo otro recuerdo —culturita por aquí, culturita por allá— leído apenas: aquellos dioses homéricos eran “los que viven ligeramente”, oh casualidad.

              La modestia le impidió al licenciado comparar su marcha particular con la vida de las divinidades, aunque hablando consigo mismo dijo: los dioses van a regresar. No, se corrigió de inmediato, más bien se pueden alcanzar cuando uno se acerca a ellos para contemplar su gloria sin esperar nada a cambio y no como un necesitado. Debió interrumpir el soliloquio porque un hombre blanqueado de la cabeza a los pies por un fino polvillo le preguntó qué ocupaba: el Chiris. 

              Pasó algún tiempo hasta que pudo explicarle a cabalidad al espectro marmolero que la piedra grabada no era para un cementerio y tampoco para ningún rito irregular, que no tuviera escrúpulos en hacerla. Saliendo de la marmolería marcó en su celular el número de un conocido para ver si iban juntos a cenar. No le contestó nadie, así que dirigió sus pasos en solitario hasta el merendero de Ricky, un sitio de precios moderados que frecuentaba cada cuando. Ya sentado a la mesa delante de su cena, volvió mentalmente a lo que le competía.

              Uno: somos la gente que llegó tarde, esos cuando el mesero anuncia inesperadamente a los comensales: “Lo sentimos mucho. Se acabó el servicio”. Dos: ¿podría la oración hopi traer la lluvia? Tres: ¿sería ésta su última cena? Cuatro: ¿y si no volvía a llover? Cinco: ¿y si llegaban los zetas?

              Macetas, fue lo que dijo cuando salió a la noche satisfecho y supo que era mejor obedecerla. Debía comenzar a cultivar ciertas plantas comestibles en macetas puestas en la azotea para prevenirse ante la situación civilizacional de que ya no queden nuevos principios culturales, nuevas ocasiones colectivas de volver a empezar o verduras frescas. El licenciado Sentido Común llegó a su casa repitiendo las certezas de un sobreviviente pagano, como si fuera descontando cualidades porque sólo los libres, los alegres y los serenos pueden ponerse en contacto con los dioses. Sólo desde la libertad y la razón.           Volvió a irritarse un poco antes de quedar dormido: él tan ocupado en la percepción directa, pues quien ama a Dios no debe esperar que Dios le corresponda, y el cretino de No Sepuede perturbándolo con su manual oficinesco de materialismo vulgar. Ya va pensando en dirigirle un memorándum explícitamente definitivo: “Por este medio hago de su conocimiento que puede usted irse mucho a la chingada”. Última duda del licenciado: ¿deberá poner un sobrio “Atentamente” al final del perentorio mensaje, o mejor un mustio “Con las seguridades de mi más alta consideración”?

  • El infortunio de una madre

    El infortunio de una madre

    Culturas Impopulares 

    Jorge Pech Casanova 

    Mari Gilbert tuvo cuatro hijas: la mayor, Shannan, desapareció en 2010 y cuando su cuerpo fue hallado por la policía un año más tarde, se le dictaminó muerte accidental. Mari estaba convencida de que la muchacha fue asesinada. Durante seis años libró una batalla pública para que las autoridades encontrasen al criminal. 

    Los reclamos de Mari Gilbert nunca lograron que el fallecimiento de su hija fuese reconocido como un crimen. Sin embargo, la insistencia de la madre de cuatro hijas condujo a descubrir una serie de asesinatos de mujeres que terminaron en 2023, cuando el consultor arquitectónico Rex Heuermann fue arrestado por los asesinatos de cuatro mujeres: Megan Waterman, Melissa Barthelemy, Amber Lynn Costello y Maureen Brainard-Barnes. 

    Juzgado y declarado culpable, Heuermann fue procesado de nuevo por los asesinatos de Jessica Taylor y Sandra Costilla. También lo declararon culpable. En 2024, el individuo fue acusado de asesinar a una séptima muchacha, Valerie Mack. 

    Mari Gilbert no pudo ver el arresto de Heuermann y el fin de sus crímenes. En 2016 su hija menor, Sarra, quien quedó muy afectada por la muerte de su hermana mayor Shannan, en un brote sicótico apuñaló a su madre y le causó la muerte golpeándola con un extintor. 

    Mari había demandado a su hija para quedarse con la custodia de su nieto. Sin embargo, cuando la joven le llamó para decirle que estaba oyendo voces, la señora Gilbert no dudó en acudir a visitarla. Fue directo a su muerte. Sarra había planeado matarla desde que su madre la hizo arrestar meses antes por ahogar a la mascota de su hijo. 

    La joven fue dictaminada como esquizofrénica y pasará en la cárcel de 25 años a toda su vida. El triste destino de las mujeres Gilbert, sin embargo, hizo que la serie de asesinatos cometidos por Heuermann fuese investigada de nuevo, y años después la policía al fin detuvo al feminicida. 

    El caso puso en evidencia a la policía del condado de Suffolk porque durante más de treinta años evitó investigar las muertes de las siete víctimas de Heuermann, debido a que las siete mujeres eran jóvenes dedicadas al trabajo sexual. La muerte de Shannan Gilbert fue desestimada porque la joven se había salido de su casa para dedicarse asimismo al trabajo sexual. 

    Mari Gilbert se convirtió en una activista pública para denunciar el pobre desempeño de la policía en la serie de asesinatos de mujeres cometidos en la playa Gilgo, cercana a Long Island, donde Heuermann vivía y asechaba a sus víctimas. Cuando Gilbert logró reactivar las investigaciones, el caso fue conocido como “Las Cuatro de Gilgo”, y los deudos tuvieron que esperar más de diez años a que el criminal fuese atrapado. 

    Shannan Gilbert fue vista por última vez con vida cuando salió huyendo de la casa de un cliente al que la había llevado un taxista. Aunque el servicio de emergencias 911 recibió una llamada de auxilio de la muchacha, quien gritó que estaban tratando de matarla, los oficiales decidieron que padecía algún tipo de delirio y no intentaron buscarla. Su cuerpo fue hallado en la playa Oak un año después. A causa del tiempo transcurrido, sus restos poco pudieron revelar sobre la causa de su muerte. 

    En 2015, mientras Mari Gilbert seguía denunciando la inactividad de la policía del condado de Suffolk con respecto al caso de su hija, el jefe policiaco James Burke fue acusado por la golpiza que le propinó a un presunto ladrón que se llevó de su auto una bolsa con materiales pornográficos. Culpable de violar los derechos humanos del detenido y de obstruir la investigación que le sobrevino, Burke fue condenado a 46 meses de cárcel. 

    Al día siguiente de que el ex policía fue puesto en prisión, el FBI anunció que se unía a la investigación de los asesinatos de mujeres en la playa Gilgo. Al año siguiente, Mari Gilbert encontró la muerte en manos de su hija menor, y les tocó el turno a sus hijas Sherre y Stevie de reclamar que el caso de su hermana Shannan no quedase en el olvido. La justicia todavía se tardó otros seis años en alcanzar a Heuermann. 

    Robert Kolker, autor del libro Chicas perdidas: un misterio estadounidense sin resolver, escribió en 2013: “La vida de Mari, transformada por la muerte de una hija suya, fue terminada por otra de sus hijas. No era una persona perfecta y se confrontaba. Pero en sus años finales se convirtió en la cuidadora de otra hija suya, enferma. En sus años finales creció como persona y halló un modo de vivir pese a tan terrible pérdida. Mari entendió que una manera de hallar al menos un poco de sentido a su pérdida fue que la desaparición de su hija condujo al descubrimiento de aquellas cuatro víctimas, y que de no ser por Shannan nadie haría caso ni buscaría al asesino”.

  • El fuego y la escritura

    El fuego y la escritura

    Ta Megala

    Fernando Solana Olivares

    Hace varias décadas, la novela Obsesivos días circulares de Gustavo Sáinz se convirtió en una especie de divisa para mi generación. Yo la denostaba públicamente, pero en secreto acudía a su prosa lo necesario para leerla con voracidad. Tenía que hacerlo así para conseguir los favores de una hermosa jovencita que estaba hechizada por el libro y era alumna de su autor, además de su especialista, su celebrante, su fervorosa iniciada. 

              Para convencerla de aquello en lo que yo no creía, un día le regalé un volumen carísimo, el Ulises de Joyce. Mis tácticas seductivas bordaron entonces el ridículo. Los ojos negros de la joven brillaron con desprecio cuando escuchó mi explicación: “Éste es el maestro de tu maestro”, le dije, “y está parado hasta arriba de la escalera”. El error de método ya era irreparable. Yo había querido enamorarla a través de una batalla crítica, y en lugar de decirle tu cuerpo, tu boca, tu cabello, tu sonrisa, tus ojos, disputaba con ella el lugar literario de Gustavo Sainz.

              Su respuesta fue lapidaria, repitió de memoria y lentamente un párrafo salido de la página veintiocho de su libro tutelar, se quedó con mi inoportuno regalo sin dar las gracias y me expulsó para siempre de su vida con un portazo: “Misántropo —dijo con fruición antes de azotar la puerta—, hosco, jorobado, pudrible, inicuo exhibicionista, inmodesto, siempre desabrido o descortés o gris o tímido, según lo torpe de la metáfora, a veces erotómano, a veces atormentador de sí mismo, y por si fuera poco, mexicano”.

              Nunca volvió a hablarme. Días después la vi del brazo de otro, un entusiasta del culto a Sainz que había pintado con grandes letras negras en el muro colindante de la preparatoria las tres palabras oraculares de los conjurados y los términos de mi derrota amorosa: “Obsesivos días circulares”. Pasaron los años y aquella chica y yo entramos al sendero irreversible del destino de cada uno. La intemperie carcomió morosamente la consigna escrita en el muro, deformó sus letras rotundas hasta que un buen día la evaporó. Otras obsesiones circulares ocuparon mis días, pero el recuerdo devocional de la novela de Sainz y de un amor perdido formó desde entonces parte de mi educación sentimental, como si un libro y una linda jovencita inalcanzable hubieran sido las fechas púdicas y secretas de mi biografía profunda y por eso mucho más real.

              Toda literatura es un acto de fe porque reitera la existencia del mundo. Toda literatura es una transgresión porque sustituye al mundo para crear otro, autónomo y autosuficiente, que sólo depende de quien dispuso las condiciones de esa creación. Por ello, la literatura es una construcción sutil y contradictoria: se debe al mundo y está contra él. Milan Kundera, al teorizar sobre la novela, afirma que hay cuatro determinaciones para su escritura: la llamada del juego, donde la obra escapa del imperativo de la verosimilitud, del decorado realista, del rigor de la cronología; la llamada del sueño, donde la vigilia se funde con lo onírico y da lugar a una alquimia narrativa de la imaginación; la llamada del pensamiento, donde la obra opera como una síntesis intelectual suprema y utiliza todos los medios, racionales e irracionales, para describir y contar;  la llamada del tiempo, mediante la cual pueden franquearse los límites temporales de la existencia y hacer un presente compuesto del pasado, del mismo presente y del futuro. 

              Así, el juego, el sueño, el pensamiento y el tiempo concurren para fabricar un tejido complejo y continuo donde se exhiben los enigmas del ser en aquello que tiene verdadera importancia: la representación de los seres humanos, el papel de la memoria en la cognición y la esfera de la metáfora en las nuevas posibilidades del lenguaje, y al mismo tiempo, cuando los dioses lo conceden, se cumple ese imperativo postulado por Hermann Broch, quien definió a la novela como una impaciencia del conocimiento y al conocimiento como la moral de la novela: “descubrir lo que sólo una novela puede descubrir es la única razón de ser de una novela”.

              Y sin embargo, todo esto resulta paradójico cuando se piensa que todo novelista auténtico desea ser anulado en tanto que sujeto viviente y no dejar huella alguna detrás de sí excepto sus libros impresos: Flaubert aseguraba que el novelista es aquel que quiere desaparecer detrás de su obra. De ahí que las cualidades que hacen a un escritor sean negativas, es decir, aquellas por las que una persona es capaz de permanecer en la incertidumbre, el misterio y la duda, sin aspirar, impaciente, a descifrar las razones, los hechos que componen la realidad, sino solamente a contarlos. Hacer de la vida una sucesión de palabras como si las palabras crearan vida, una vida clara, situada, ejemplar y comprensible. No se escribe entonces para expresarse sino para construir/deconstruir al ser, para averiguar los profundos sentidos —no todos, nunca todos— de esta oscura desbandada que acaba siendo nuestro existir.

              Stendhal afirmó que la literatura es el arte de la reserva, de la restricción, y que en su magisterio cada sed crea su propia agua, su necesidad y su posibilidad. Por eso la intemperie al fin borró la pinta  “Obsesivos días circulares” inscrita tiempo atrás en un muro lateral de la Preparatoria Seis. Ya no era necesaria, porque para muchos de nosotros esas tres palabras y su resonante significado quedaron tatuadas en nuestra memoria, en nuestra vida perdida, en nuestra íntima piel. 

              Tal es el fuego de la escritura: lo que ya no está ante la vista ni los sentidos reposa discretamente en el corazón.

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